Miércoles 4 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto inaugural del Ciclo “Conciertos del Auditorio”: Vox Luminis XL, Camerata Salzburg, Lionel Meunier (bajo y dirección musical y artística), Gregory Ahss (violín y dirección musical), Gwendoline Blondeel (soprano), Marie Henriette Reinhold (mezzo), Raffaele Giordani (tenor), Sebastian Myrus (bajo). Obras de F. J. Haydn y W.A. Mozart. Fotos de Pablo Piquero y propias.
Noviembre marcaba el inicio de un ciclo plenamente consolidado en Oviedo, que sigue situando a la capital asturiana en el mapa de los grandes acontecimientos musicales con solistas y formaciones internacionales. Para inaugurar esta nueva temporada llegaban el conjunto vocal belga Vox Luminis y la veterana Camerata Salzburg (que cumple 75 años) reunidos por primera vez en un proyecto común bajo la coordinación de sus respectivos responsables, Lionel Meunier y Gregory Ahss. Una gira española de apenas tres citas, con paradas previas en el Auditorio Nacional de Madrid y el Teatro de la Maestranza de Sevilla, que recalaba finalmente en el Auditorio ovetense con dos monumentos de la música sacra del clasicismo: la Missa in angustiis, conocida también como Misa Nelson, de Haydn, y el Requiem en re menor de Mozart.
Una velada marcada desde su comienzo por el recuerdo a las víctimas del trágico accidente ferroviario de Urda (Toledo), a quienes se dedicó el Requiem mozartiano, y también a la compositora Marisa Manchado, tan vinculada a Oviedo por su ópera La Regenta, fallecida en el fatal accidente. La música adquiría así una dimensión que trascendía lo estrictamente artístico, devolviendo a estas páginas litúrgicas su sentido más profundo de recogimiento, duelo y esperanza.
A Vox Luminis, formación fundada en 2004 por el bajo francés Lionel Meunier, ya habíamos tenido ocasión de disfrutarla en Oviedo, tanto en este mismo ciclo con The Fairy Queen, en marzo de 2022, como en la clausura de la XII Primavera Barroca de 2025. Esta vez comparecía en formato ampliado, bajo la denominación XL, aunque finalmente fueron 29 voces más el propio Meunier las que ocuparon el escenario, lejos de las cuarenta que cabría esperar por su nombre (y talla M más que XL). Una dimensión coral, en cualquier caso, suficiente para afrontar estas dos grandes partituras junto a una Camerata Salzburg que mantiene intacta su personalidad y solvencia estilística.
La peculiaridad del proyecto estaba también en su dirección compartida, sin un maestro convencional en el podio: Meunier conducía desde la sección de bajos con gestos mínimos, mientras Gregory Ahss, desde el puesto de concertino, asumía buena parte de la responsabilidad musical, levantándose de su atril cuando era necesario para asegurar las entradas y la cohesión de los conjuntos. Un procedimiento que exige músicos de enorme oficio y capacidad de escucha, y que, pese a las dificultades que puede entrañar, funcionó con notable solvencia en Oviedo.
La primera parte estuvo dedicada a la Missa in angustiis (Hob. XXII:11), escrita por Franz Joseph Haydn en 1798, en unos momentos especialmente convulsos para el Imperio austríaco por las campañas napoleónicas. La denominación original, «Misa para tiempos de angustia», resulta suficientemente expresiva de aquel contexto, aunque la obra terminaría siendo conocida popularmente como Misa Nelson, sobrenombre asociado a la victoria del almirante británico sobre la flota francesa en la batalla del Nilo y a su posterior visita a la corte de los Esterházy.
La disposición de los músicos ya anunciaba una lectura de marcado carácter historicista. La Camerata Salzburg presentó los metales naturales (trompas y trompetas), con una colocación de inspiración vienesa, los violines enfrentados, los dos contrabajos flanqueando las secciones de viento (de pie) y a la derecha en el fondo los timbales. La cuerda, y las distintas familias instrumentales dibujaban un espacio sonoro muy cuidado. A ambos lados se distribuyó el coro, en dos grupos enfrentados de catorce y quince voces, mientras el cuarteto solista ocupaba el centro, entre la cuerda y los vientos, con algunos de sus integrantes (soprano y bajo) adelantándose sobre un pequeño podio en el lugar habitual de los directores.
Una distribución que, lejos de perjudicar el resultado en esta ocasión, permitió que las voces solistas y el conjunto coral fluyeran por encima de la orquesta sin quedar tapados en ningún momento. La cuerda de la Camerata sonó limpia, ágil y perfectamente empastada, con unas maderas excelentes, especialmente el oboe, y unos metales naturales de afinación y brillantez admirables. El equilibrio entre las secciones, unido a una rica gradación dinámica, permitió disfrutar de una lectura donde el dramatismo y la energía del posteriormente llamado Sturm und Drang se dieron la mano con los momentos de mayor intimidad.
En el apartado vocal destacó especialmente la soprano Gwendoline Blondeel, de poderío extraordinario, emisión segura, fraseo distinguido y una coloratura resuelta con agilidad, pero también con un color penetrante y muy bello que sobresalía siempre con naturalidad. Una voz de enorme personalidad, capaz de combinar brillantez y delicadeza. No le fue a la zaga el bajo Sebastian Myrus, de registro amplio, con graves claros y unos agudos de color baritonal muy interesantes.
También cumplieron con solvencia la mezzo Marie Henriette Reinhold (no hay apenas contraltos hoy en día) y el tenor Raffaele Giordani, todos ellos integrantes de Vox Luminis, lo que da buena medida del nivel individual de una formación coral donde sus componentes pueden asumir con garantías las exigencias del cuarteto solista.
La misa discurrió entre la solemnidad del Kyrie, el impulso marcial de los pasajes corales y la luminosidad característica del Haydn maduro. El Gloria, el Credo y el Sanctus encontraron una respuesta instrumental de gran calidad, con especial protagonismo de los metales y los timbales, mientras el Benedictus aportó algunos de los momentos más recogidos y expresivos, antes de desembocar en la intensidad del Hosanna. Una interpretación de gran cohesión, con voces matizadas y una orquesta especialista en este repertorio, que hizo justicia a una de las grandes creaciones sacras del compositor austríaco.
Tras la pausa se procedió a reorganizar el escenario y colocar el órgano positivo en el centro para afrontar el Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart, K. 626. Se mantuvieron las mismas voces, ya sentadas en sillas cuando no intervenían, y la Camerata incorporó ahora los corni di bassetto, fagotes, trombones y trompetas naturales, con los instrumentos de viento distribuidos al fondo. Una instrumentación que, por su disposición y sonoridad, parecía anticipar la que Haydn utilizaría siete años después en su Misa Nelson.
Como bien apunta Alfredo Aracil en las notas al programa, estábamos ante «Dos visiones paralelas del temor y la incertidumbre en tiempos críticos», una coincidencia que, a la vista de los acontecimientos recientes, adquiría una dolorosa actualidad. El Requiem mozartiano, además, conserva intacta su capacidad para conmover desde los primeros compases, con esa mezcla de dramatismo, humanidad y misterio que acompaña a una de las partituras más universales de la historia de la música.
La lectura de Vox Luminis y la Camerata Salzburg mantuvo la línea de calidad de la primera parte, con un conjunto especialmente cuidado en el empaste y la articulación. El Introitus abrió el camino hacia un Dies irae de gran intensidad, mientras el Tuba mirum permitió lucir la sección de metales y sus intervenciones solistas. Mención especial merece el Rex tremendae, magníficamente encajado con la cuerda y de imponente respuesta coral, uno de los momentos más conseguidos de la noche.
También resultó interesante la elección de un tempo más ligero para el Lacrimosa, alejándose de la solemnidad casi monumental con la que tradicionalmente suele abordarse este número. Una decisión que puede sorprender inicialmente, pero que aquí aportó una lectura menos plañidera y más esperanzadora, sin renunciar a la emoción que encierra la página. El discurso desembocaría en la Lux aeterna, con la que se cerraba una interpretación de notable nivel, sostenida por la calidad de todas las secciones y por la personalidad de los solistas.
Las dos obras dejaron patente la extraordinaria calidad de los músicos convocados, aunque personalmente encontré en Haydn una mayor redondez y equilibrio global. El planteamiento de dirección compartida, con Ahss llevando el peso desde el primer atril y Meunier realizando discretas indicaciones desde el coro, no impidió que en Oviedo (a diferencia de Sevilla o Madrid) se consiguiera una buena coordinación y un balance muy satisfactorio entre las voces y la orquesta, como si el «rodaje» previo hubiera mejorado la interpretación. Una fórmula poco habitual para semejante contingente de intérpretes, pero que en esta ocasión ofreció resultados convincentes.
El público, que llenaba el Auditorio, respondió con una prolongada ovación, y los conjuntos ofrecieron como propina el delicado Ave Verum Corpus de Mozart. Un final de recogimiento absoluto, de exquisita sencillez y devoción, donde la música pareció detener el tiempo y encontrar su verdadero sentido en la emoción compartida. Si durante toda la velada habían dominado la zozobra y el dolor, esta última página dejó abierta una puerta a la esperanza.
Una inauguración de altura para los «Conciertos del Auditorio», con dos formaciones internacionales de referencia y un programa que, más allá de su indiscutible valor musical, nos recordó que la gran música sacra sigue siendo capaz de acompañar el duelo, dar voz a la memoria y transformar el dolor en belleza.
PROGRAMA:
PARTE I
Franz Joseph Haydn (1732–1809): Misa en re menor, Hob. XXII:11, «Missa in Angustiis» («Misa Nelson»):
I. Kyrie
II. Gloria
III. Credo
IV. Sanctus V. Benedictus VI. Agnus Dei
PARTE II
Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791): Requiem en re menor, K. 626:
I. Introitus: Requiem aeternam
II. Kyrie
III. Sequentia
1. Dies irae
2. Tuba mirum
3. Rex tremendae
4. Recordare, pie Jesu
5. Confutatis maledictis
6. Lacrimosa
IV. Offertorium
1. Domine Jesu
2. Hostias
V. Sanctus
VI. Benedictus
VII. Agnus Dei
VIII. Communio: Lux aeterna
































































































