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El último vals que nos hizo bailar

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Sábado 31 de octubre, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Miguel Ríos: «El último vals», gira de teatros 2025-26. Entrada: 68€ (+2€ de gestión).

Hay artistas que forman parte de la banda sonora de varias generaciones y otros que, además, han conseguido que sus canciones sobrevivan al paso del tiempo sin perder su capacidad de convocarnos. Miguel Ríos (Granada, 7 de junio de 1944) pertenece a esa estirpe. El granadino regresaba a Oviedo con El último vals, un título que podría sonar a despedida, pero que, a juzgar por lo vivido en un Auditorio lleno y entregado, parece más bien una invitación a seguir disfrutando de la carretera mientras el cuerpo aguante.

Desde el primer Bienvenidos, convertido en declaración de intenciones, Miguel Ríos se metió al público en el bolsillo. Enfundado en su condición de eterno rockero, se movió entre las canciones y las palabras con la naturalidad de quien lleva más de seis décadas sobre los escenarios. Todavía se encarama sobre las puntas de los pies y agita los brazos como aquel maestro de ceremonias del rock and roll que no ha perdido ni el gesto ni la complicidad con sus seguidores. Y eso que, entre bromas sobre la edad y las visitas al taburete, también hubo ocasión de reivindicar el estado de forma que conserva, pese a los achaques (hasta hizo guasa de su clonoscopia) y a un Covid persistente que no parece haberle arrebatado las ganas de cantar.

«Gracias, mecenas, amigos», saludó a quienes llenábamos el Auditorio, antes de alternar las composiciones de su último disco con las canciones de siempre, esas que él mismo definió, con mucho humor, como las «canciones de pago», en referencia a quienes habíamos pasado por taquilla. Un repertorio en el que las nuevas propuestas convivieron con la memoria de varias generaciones, siempre alimentadas por las raíces de la música negra que inspiraron al joven Mike Ríos, aquel Rey del Twist que encontró en el rock una manera de vivir.

De su último trabajo llegaría En la rampa de salida, con el recuerdo de aquella noche de difuntos vivida en Michoacán, México; y también Mientras el cuerpo aguante, toda una declaración de principios para quien sigue demostrando que todavía tiene cuerda para muchas más despedidas. La mirada retrospectiva continuaría con Oro irlandés, evocación de aquel viaje a Irlanda en el verano de 1973, cuando cargaba con una mochila y sin casetes, y con No estás sola, una de las canciones que más satisfacción le produjo componer, según confesó. Dedicada a la lucha de las mujeres por la igualdad y la libertad, sirvió para recordar que la violencia sigue sin remitir y que la música también puede ser una forma de compromiso. Una lucha que, en lo personal, al igual que al granadino, nos hizo recordar a Maricarmen y su batalla contra los desahucios.

Con Si pudiera parar el tiempo, Miguel se miró simbólicamente en el espejo de los años, pero sin que la edad (ya con 82 tacos) pareciera pesarle demasiado. Y entonces llegaron dos de esas canciones que ya no pertenecen únicamente a quien las escribió, sino también a quienes las han cantado durante décadas: El río y Vuelvo a Granada. El Auditorio se convirtió en un enorme coro, acompañando el «chiri, chiri, chiri, chiri» de la primera y celebrando la segunda, aquella canción dedicada a su ciudad natal y vinculada a la experiencia de la emigración. Granada y Oviedo quedaron hermanadas por la memoria de tantos que tuvieron que abandonar su tierra para buscarse la vida, una historia que también forma parte de la identidad asturiana. Como guiño a Neruda, que también reflejó Chus Neira en “La Nueva España”, Ríos nos recordó que le gusta cuando cantamos porque «no estáis como ausentes». Y allí nadie parecía estarlo.

La actualidad entró de lleno con No es la tierra, estúpido. ¡Eres tú!, composición de José Nortes incluida en el nuevo álbum y convertida en un auténtico SOS al planeta. Miguel aprovechó para cargar contra Donald Trump y la negación del cambio climático, recordando una reflexión del científico Fernando Valladares, del CSIC: el verano que vivimos podría ser «el más fresco de lo que nos queda de vida». La ironía no ocultaba la gravedad del mensaje: el calentamiento global exige responsabilidades y no admite la indiferencia de quienes contribuyen a agravarlo.

Después llegaría Año 2000, con una divertida exhibición de sus «yonkis del aplauso», como bautizó a los cuatro músicos que lo acompañan. El cuarteto intercambió sus instrumentos —teclados por batería, bajo por teclados y batería por bajo— para demostrar que el oficio y el dominio musical no dependen de una sola posición en el escenario. La letra hablaba del tiempo del cambio, y la banda lo escenificó con humor y solvencia.

El respiro lo proporcionó el alicantino Luis Prado (1972), multinstrumentista y teclista de la formación, un músico al que Miguel dedicó tantos elogios que terminó confesando que se le habían acabado los adjetivos. Prado cantó Estoy gordo, calvo y viejo, una «pequeña tragedia musical de la segunda edad» que convirtió el humor en virtud y permitió apreciar su enorme talento al piano, siempre certero a la hora de dar a cada tema su color y su aire. Poco después, el teclado volvería a quedarse solo para acompañar a Miguel en Todo a pulmón (del argentino Alejandro Lerner). Sin artificios y con una entrega conmovedora, el granadino volvió a demostrar que la intensidad no necesita grandes decibelios cuando hay verdad en lo que se canta.

Otro momento especialmente emotivo llegó con El último vals, canción que da título al disco y a la gira. La introducción, con Jorge Ruiz al Hammond©  y Luis Prado al piano, fue preparando la entrada de Miguel y la recuperación de la formación habitual de The Black Betty Boys, el cuarteto con el que ha grabado el álbum. Curiosamente, pese al título, la canción está escrita en compás de cuatro por cuatro: aquí no hay un vals convencional, sino una nueva oportunidad para seguir bailando al ritmo de su propia historia.

Y si hablamos de historias compartidas, pocas tan vinculadas a Asturias como la de El blues del autobús. Miguel recordó que fue Víctor Manuel quien escribió la letra cuando ambos terminaban los ensayos de Rock & Ríos. A partir de una línea, «Vivo en la carretera», el músico de Mieres construyó un retrato de aquella vida itinerante de los músicos de los años ochenta. Ríos se refirió a su amigo como «Titán», reclamó para él el Premio Princesa de Asturias y lo definió como uno de los mejores embajadores de esta tierra, además de una persona a la que respeta y de la que sigue aprendiendo. Personalmente, pienso que, siendo Víctor Manuel un republicano convencido, el reconocimiento como Hijo Predilecto de Asturias —ya lo es de Mieres— tendría también una especial coherencia.

La interpretación tuvo, además, su pequeña anécdota: Miguel se confundió de letra, introduciendo la segunda estrofa donde correspondía la primera, y tuvo que empezar de nuevo entre las risas cómplices del público. Un tropiezo sin importancia que reforzó la cercanía de una noche en la que el protagonista supo reírse de sí mismo. Pero la verdadera sorpresa estaba aún por llegar: Víctor Manuel, acompañado por Edu Galán, se encontraba sentado en las primeras filas y subió al escenario para fundirse en un abrazo con el granadino. No hizo falta que cantara. Bastaba con contemplar a dos amigos que han compartido tantas ideas, viajes, kilómetros y complicidades para comprender que aquella aparición era mucho más que una anécdota.

Con Insurrección, de Manolo García y El Último de la Fila, Miguel quiso involucrar a todo su equipo, también a quienes trabajan fuera de los focos, antes de lanzarse al fin de fiesta. Intentó que el público cantase como si fuéramos Manolos y Manolas, reservándose él su propia parte, pero terminó desistiendo y volvió a reprocharnos, entre risas, que parecíamos estar en el Campoamor. El Auditorio, sin embargo, ya estaba preparado para cumplir la promesa que había hecho en el periódico: acabar de pie, porque en nuestras butacas no había cinturón de seguridad.

El rock de la cárcel y Sábado a la noche pusieron a bailar, cantar y vitorear a una sala que había viajado desde la emoción de las canciones íntimas hasta la celebración colectiva del rock. La carretera de Miguel Ríos seguía abierta y, con ella, la memoria de aquel muchacho de Granada que descubrió en Elvis Presley una voz que parecía hablarle directamente.

Todavía quedaban los bises. A petición de los «mecenas», que así llama cariñosamente a quienes compramos la entrada y contribuimos también a su fundación, llegaron «otres tres» reclamadas desde el patio de butacas. El primero fue Santa Lucía, coreada por todos, antes de que Miguel cambiara el tono para abordar uno de los momentos más comprometidos de la velada.

Con un pañuelo palestino y un discurso contra la guerra, el poder del neofascismo y la actuación de Netanyahu, presentó Oración, poema antibelicista nacido en el contexto de la guerra de Irak (20 de marzo de 2003), pero cuya vigencia vuelve a resultar dolorosa. De sus paisanos Luis García Montero (letra) y Raúl Cover (música), acompañado únicamente por el órgano, la interpretación adquirió un carácter solemne. Tras el «Amén» y el rotundo «¡No a la guerra!», pidió también un instante de recogimiento por las víctimas del accidente ferroviario ocurrido en Toledo. «Que la tierra les sea leve», fue el sentimiento que sobrevoló entonces el Auditorio.

La despedida llegó con Samuel Terroso incorporándose a la segunda guitarra para acompañar el comienzo del Himno a la alegría de Beethoven, convertido en símbolo universal de fraternidad y paz. El público, puesto en pie, no necesitó más indicaciones. La música hizo el resto.

Dos horas de concierto que nos rejuvenecieron a todos. Miguel Ríos llamó a su gira El último vals, pero la última noche de octubre dejó claro que, mientras haya canciones que compartir, causas que defender y público dispuesto a levantarse de sus asientos, todavía queda mucho rock por delante. Porque algunas despedidas no cierran una historia: nos recuerdan por qué seguimos formando parte de ella.

The Black Betty Boys

  • Miguel Ríos: voz.
  • Luis Prado: teclados, más batería y coros.
  • Jorge Ruiz: bajo, más guitarra y coros.
  • Samuel Terroso: batería, más guitarra y coros.
  • José Nortes: guitarras y coros.

El equipo que hace posible el concierto

El sonido de Manolo Camacho, los monitores de Jorge Gómez, la iluminación de Arturo, el trabajo de Itu en el escenario con las guitarras y Mariano Guía al teleprónter, además de los productores y el resto del equipo técnico, completando una maquinaria que permite que la música llegue al público con la precisión y la energía que exige el directo, impecable todo él.

Encuentros nocturnos

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Jueves 9 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Jazz. Palacio de los Córdova: Leonor Watling & Leo Sidran, con The Groovy French Band. El arte de encontrarse. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

En mi juventud idolatraba a Michelle Pfeiffer como actriz y terminaría arrebatándome en “Los fabulosos Baker Boys” cantando tan maravillosamente como actuaba. Y en aquellas escapadas de fin de semana en tren hasta la capital, descubrí a Ben Sidran en el siempre añorado Café Central, haciéndome con muchos de sus discos, que no eran fáciles de encontrar. Más tarde con Jorge Drexler lo reencontré tocando el piano en el disco y DVD en vivo “eco2”, compartiendo con su hijo Leo el excelente plantel de músicos de los que siempre se ha rodeado el uruguayo.

Pasado el tiempo me sucedió algo parecido con Leonor Watling cuando fundó  su grupo Marlango, seducción y sofisticación en esta madrileña de inglés biingüe por parte de madre (de quien tomó su apellido artístico). En esta nueva noche granadina se alineaban los astros como reuniendo tantos buenos momentos con todas estas figuras, Leo & Leo en un espectáculo titulado El arte de la conversación como el primer tema de su disco homónimo (Leo & Leo, Bonsai Music, 2025), junto a Leo Sidran y su grupo The Groovy French Band, en un directo que da pureza a la grabación por destilar al cuarteto el sonido siempre irrepetible del estudio, disco recomendable para escuchar casi en bucle. Hasta las notas al programa (que dejo al final de esta entrada) volvían a recordarme mi trayecto vital de una juventud que pasa de la física a la mental.

La web presentaba esta velada como Encontrarse en torno al jazz:

Leonor Watling y Leo Sidran se encuentran en un proyecto compartido que celebra la afinidad artística, el diálogo entre lenguajes y el gusto por la canción bien construida. Watling, figura destacada del cine y el teatro español, ha desarrollado también una sólida trayectoria musical, especialmente al frente de Marlango, grupo con el que exploró durante años un pop elegante y cosmopolita. Leo Sidran, compositor, cantante y músico estadounidense criado en el entorno del jazz, mantiene desde joven una estrecha relación con España y con la lengua española, presente de forma natural en su obra. En 2025 ambos publicaron el disco Leo & Leo (Bonsai Music, 2025), punto de partida de El arte de encontrarse, un concierto que reúne canciones propias y miradas cruzadas, acompañados por The Groovy French Band, y que pone en primer plano la complicidad, la escucha y el placer de compartir escenario.

Repertorio cómplice entrelazando canciones propias y miradas cruzadas en las que la voz de Watling se funde con la instrumentación y el poso jazzístico de una banda de primer nivel, escucha mutua, elegancia y el placer de compartir la música en directo en un entorno patrimonial inigualable, como así leía en la prensa local.

Leo&Leo ya sonaba en el ambigú por su megafonía, y el buen ambiente se trasladaba poniéndose el sol al irrepetible directo con el trío de jazz por excelencia: Paul Sany al piano (que después también usaría un Nord©), Max Darmon al bajo eléctrico y Romain Bouiges en la batería, con una sonorización al fin impecable, equilibrada, sin molestar para incorporarse Leo Sidran con su guitarra y una voz peculiar cantando sus temas, evocación del mejor Lou Reed, que tras los dos temas haría la presentación de Leo, Watling cantando The Art of conversation, primeros diálogos entre este quinteto disfrutando ya de la noche incipiente. Enlazarían con otro de los temas de su disco (que se vendía a la entrada en formato CD y LP), Nobody Kisses Anymore, hablando de echar de menos los besos, con Sany dándole el toque eléctrico emulando los Hammond y volviendo para que los dos Leo nos cantaran su tema escrito a cuatro manos It`s never too late, charla cantada porque una es tarde contándonos sus edades, felices 50, y la anécdota de que Watling se sacaría el carnet de conducir un año antes, el ambiente desenfadado, la queja por la luz que impedía a Leonor leer o el ruido de fondo de una boda que también daría para algún chascarrillo.

Con el piano de Paul al que se sumaría el resto, un tema lento, relajación de “pequeños amigos”, el inglés compartido, So good fine.

Encuentros, diálogos y dejando irse a Leonor el cuarteto interpretaría el tema de Leo alternando el «espanglish» de Speak to me spanish, este artista criado en Wisconsin que se vino a España con 15 años, y por tanto hacía 30 en Sevilla, de donde rescató un tema juvenil con letra de un “guiri” que intentaba ligar cantando con su guitarra, “no nai no nai, guiris, tapas, chiquillos…”, cercano viaje de Chicago a Triana con el cuarteto siempre delicado, elegante, ordenado, y el piano impecable de un Sany rico en matices además de buen gusto y feeling.

Sidran se iría al piano para contarnos su visita a Granada en 1999 con su padre Ben a la Huerta de San Vicente en el centenario de Federico invitados por Laura García Lorca, presente entre el público y dedicándole Meaning in a the moment con el acompañamiento de las voces a capella, chasqueando con swing y Paul sumando su mano derecha para un solo coral, encontrándole literalmente «sentido» a un momento que dejó la huella perenne de Granada.

Volviendo a sus posiciones, con el Nord© de colchón, el bajo sustentando polifonías, la batería elegante y por supuesto la guitarra iniciando What’s Trending con Watling, versión de directo que sin los metales de estudio depuraba esta tendencia de amistad, de Leo y Leo, complicidad, mucha música de una pareja que el destino unió para crear un proyecto de largo recorrido.

Sidran presentaría a su banda francesa, contándonos y cantándonos la expresión en francés (Entre chien et loup), Leonor traduciendo al inglés (Between Dog and Wolf), metáfora entre perro y lobo para describir el paso del día a la noche, todos ya más lobos, incluso aullando para sumarse al jolgorio de la boda cercana, dúo humano que no canino, caminando a la sombra de la luna lorquiana (Walking on sunshine).

Leo Watling y su encuentro con Leo Sidran, sus versiones de Suzanne Vega o la de la recordada Lasha de Sela, una cantante única, medio canadiense, chilena, mexicana, criada no se sabe dónde, el recuerdo de Marlango dejando el inglés para cantar en español Con toda palabra, con toda sonrisa, con toda mirada, con toda caricia… con toda la delicadeza. Como alguna vez comentaron Leo&Leo se decidieron a disfrutar cada momento, y en esta noche granadina nos contagiaron este sentimiento con toda naturalidad.

Risas, diálogos y Wake UpSoSo, sin etiquetas, despertando “buen rollo” con el trío haciendo también voces, el sonido Hammond, punteo de guitarra y mucha marcha enfocando el fin de fiesta. Leonor Watling presentaría Light, una de sus canciones favoritas de Leo “aunque me gustan todas pues escribe muy bien”, con respuesta de Leo Sidran “cantas muy bien”. Luces que ya no molestaban ambientando un escenario que invitaba a escucharlos bebida en mano, ausente pese al patrocinio.

Dúo Leo&Leo con el ruido de fondo boda antes de despedirse todos, porque nunca es demasiado tarde, Tonight someone Is me, una noche con álguien que (no) soy yo, 90 minutos de club palaciego disfrutando de buena música, con unos músicos excelentes, sonido impecable y la seducción a dúo que sigue sonando mientras lo cuento.

Dejo las notas al programa El arte de la conversación:

La actriz y cantante Leonor Watling (Marlango) inicia una nueva aventura musical asociada al músico y compositor Leo Sidran. Leo&Leo es un enlace que se ha ido fraguando a fuego lento desde la admiración recíproca de ambos artistas. Watling descubrió a Leo como admiradora de su padre, el poeta y músico Ben Sidran, y Leo, que ya conocía a la actriz por sus trabajos en la gran pantalla, descubrió su faceta musical a través de Marlango y de la amistad que le une con su marido, el cantautor uruguayo Jorge Drexler. La brillante carrera cinematográfica de Watling a la orden de directores de prestigio internacional como Pedro Almodóvar, Isabel Coixet o Álex de la Iglesia, entre muchos otros, no ha sido obstáculo para que la actriz de rienda suelta a sus inquietudes musicales. Así queda demostrado con los siete discos que firma con el grupo Marlango en calidad de compositora y cantante, y en esta nueva aventura junto a uno de los músicos que más admira y respeta.

Leo Sidran, por su parte, es un músico experimentado que ha combinado sus facetas como baterista, guitarrista y cantante con las de compositor y letrista. Tanto su versatilidad como su dedicación lo han convertido en un artista prolífico que se ha prodigado al servicio de nombres consagrados como Ben Sidran y Steve Miller Band. En paralelo ha editado más de media docena trabajos a su nombre y fue partícipe en calidad de coproductor de la canción «Al Otro Lado del Río», incluida en la película Diarios de Motocicleta y ganadora del Óscar a mejor canción.

Juntos han establecido un binomio de complicidades y universos afines a través de las canciones de Leo interpretadas por Leonor y con el sustrato y sofisticación musical de The Groovy French Band. Una sesión donde está garantizada la elegancia y el buen gusto bajo un sonido de terciopelo. Una propuesta que ha tenido como fruto el disco de estudio Leo & Leo (Bonsai Music, 2025), donde el lema «El Arte de la Conversación» recoge el espíritu de este encuentro ya reflejado en el tema que compuso el propio Leo Sidran en 2021 con el título «The Art Of Conversation». La Academia de la Música ha galardonado recientemente este trabajo conjunto con el premio al mejor Álbum de jazz”.

LEO & LEO

Leonor Watling & Leo Sidran con The Groovy French Band

Leonor Watling, voz

Leo Sidran, guitarra

Max Darmon, bajo

Paul Sany, teclados

Romain Bouiges, batería

Cuartetos para centenarios

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Lunes 22 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Música de cámara. Patio de los Arrayanes: Cuarteto Quiroga. Obras de Arriaga y Kurtág. En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

El Cuarteto Quiroga proponía un diálogo entre dos figuras separadas por dos siglos, pero unidas por la radicalidad de su escritura y la intensidad. El bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga, fallecido con diecinueve años, y a quien se la apodado “el Mozart español”, dejó pese a su breve trayectoria una obra madura, en la que sus tres cuartetos de cuerda ocupan un lugar central por su equilibrio formal, claridad expresiva y dominio del lenguaje clásico (y el Quiroga los ha grabado en septiembre de 2005 en la neerlandesa iglesia WedtVest90 de Schiedam, que están presentando este año del bicentenario). Por otro el compositor húngaro, nacido en Rumanía, György Kurtág, que ha cumplido cien años este pasado febrero, representa una de las figuras más singulares del último siglo con exploraciones más concentradas y de carácter aforístico, junto a una expresividad diría que especial. Como dice la web del Festival “El programa subraya así una curiosa relación entre juventud truncada y longevidad creadora, con el cuarteto de cuerda como vehículo privilegiado para la introspección y la experimentación”.

Alternar las miniaturas de Kurtág con los tres cuartetos de Arriaga no pareció encajar mucho, y el público estuvo algo «perdido» con el húngaro, pero estaba claro que el punto fuerte era el bilbaíno.

Las notas al programa de Luis Gago las titula Los dos extremos:

«(…) Escuchar la música de ambos en el concierto de esta noche tiene, por tanto, el atractivo del contraste entre dos maneras casi antagónicas de abordar la creación musical: la eclosión de talento casi incomprensible en un adolescente Arriaga versus la larga lucha por encontrar una voz propia de Kurtág, que publicó su op. 1, precisamente un cuarteto de cuerda, a los treinta y tres años. La conjunción de un genio precoz y una muerte temprana suelen ser los mejores aliados de la leyenda (…). El editor y musicólogo Alfred Schlee es homenajeado en su nonagésimo cumpleaños y recordado tras su muerte en Aus der Ferne III y V, esta última «música angustiada con grandes dosis de sul ponticello. Y luego, muy suavemente, algo se eleva», nos dice su autor. Conmueve observar las tres páginas y media en las que, con una escritura temblorosa, Kurtág entonó un planto fúnebre por László Dobszay, una persona cercanísima al compositor durante décadas, fechadas en Saint-André-de-Cubzac el 26 de agosto de 2011 (…) . En palabras de Cibrán Sierra, «un epitafio turbador que nos enfrenta al sobrecogedor abismo de la nada, donde el átomo se funde con la materia oscura y el sonido parece desintegrarse en el fatal agujero negro del silencio». Calando e perdendosi, escribe Kurtág casi al final de esta música rica en armónicos, en acordes de séptima y novena, tocada con sordinas de metal, con los sonidos reducidos a ascuas: «serán ceniza, mas tendrá sentido».

Sin entrar a fondo en la biografía de Arriaga citar la curiosidad de su fecha de nacimiento: un 27 de enero de 1806 (exactamente el día en que Mozart habría celebrado su quincuagésimo cumpleaños). De las únicas obras que se publicaron en vida del compositor vasco están los tres cuartetos de cuerda, que vieron la luz en París en 1824. De ellos, Cibrán Sierra escribe en el libreto del CD: «El dramatismo oscuro del inicio del primer cuarteto, en la sombría tierra sonora de re menor, convive con la deliciosa naïvité de las variaciones del segundo cuarteto, o con la increíble imaginación sonora del Andante del tercer cuarteto, que preludia usos instrumentales inauditos en la época». Del Quiroga podría repetir sus cualidades que reflejo en cada concierto al que he asistido, y son muchos, pero los tres cuartetos de Arriaga son también un referente en vivo, con la peculiar acústica del Patio de los Arrayanes. Ahondando en la descripción, “el Primer Cuarteto, en re menor, transmite la cara más sombría, dramática y retóricamente intensa de Arriaga, con una seriedad expresiva verdaderamente sorprendente en un compositor tan joven. El Segundo, en la mayor, tiene una luminosidad más extrovertida y una brillantez casi concertante, con momentos de un encanto y una elegancia irresistibles. Y el Tercero, en mi bemol mayor, es el más libre y audaz en términos de invención, color y juego formal: su Andante se convierte en pura imaginación sonora, y su final, una explosión de inteligencia y energía”.

La composición de un cuarteto de cuerda supone todo un complejo proceso que en Haydn, Beethoven o Schubert llevó años, mientras que en Arriaga asombra por su precocidad, celeridad y calidad, tres páginas amables del más puro clasicismo pero con sello propio. Retomando el libreto de la grabación del Cuarteto Quiroga, quiero destacar el análisis:

«Resulta admirable cómo se divierte con frases irregulares, cómo roza el cubismo en sus Scherzi, jugando al trilero con el oyente, en un ejercicio de ingenio parangonable a algunos de los más arriesgados experimentos haydnianos de Eszterháza. Es fascinante el arrojo instrumental, como ese brillante y operístico comienzo del segundo cuarteto, o el audaz tejido contrapuntístico con el que va urdiendo, de manera nada ostentosa, pero llena de pícara creatividad, los desarrollos del Finale del cuarteto en mi bemol. Sorprende ver a un joven firmar páginas donde los silencios ocupan espacios retóricos de tanta profundidad expresiva, un adolescente que no se esconde ante la oscuridad y que maneja con sobriedad las texturas más dramáticas; da gusto observar cómo es capaz de desarrollar el trabajo temático, explotar la diversidad de las cadencias, con sus múltiples encrucijadas narrativas, y cómo, a pesar de todo, nunca suena pretencioso, como les pasa a tantos, y no cae en el habitual pecado de la pedantería o la hipertrofia petulante. En sus cuartetos, Arriaga suena atrevido, con agallas y descaro; fresco y joven, pero inteligente, refinado y elegante».

Si Kurtág es lo actual, con sus aristas y particular entendimiento de estos “regalos cuartetísticos”, exigentes para poder extraer tanta profundidad en tan cortas duraciones, y el Cuarteto Quiroga los interpretó de forma magistral, desde matices íntimos, casi imperceptibles, a la fuerza arrolladora, Arriaga es frescura, con una escritura madura que saca de cada instrumento su protagonismo: diálogos deliciosos de los violines, el chelo sustentando la arquitectura sin perder los pasajes melódicos y un tratamiento de la viola que le da el color y el brillo que el Quiroga demostró con una interpretación perfecta a la que ni el calor, ni las toses, ni los cuchicheos a mi alrededor, lograron opacar.

Como decía George Steiner, un clásico lo es porque nos lee a nosotros tanto como nosotros a él, y así entendió el Cuarteto Quiroga al genio bilbaíno, al que llevan interpretando desde sus inicios, esta vez emparejado con el húngaro simplemente por efemérides.

PROGRAMA

I

György Kurtág (1926)

Aus der Ferne III (1991).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Cuarteto de cuerda nº 1 en re menor (1823).

György Kurtág

Aus der Ferne V (1999).

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 2 en la mayor (1823).

György Kurtág

Secreta: funeral music.
in memoriam László Dobszay (2011).

II

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 3 en mi bemol mayor (1823).

En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

@Lucía Rivera – Festival de Granada

P. D. Las fotos fueron compartidas el martes 23 a las 11:39 horas, utilizo esta última, ya subida la entrada de madrugada y actualizada a mediodía.

Siempre la radio para vivir mejor

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“Músicas para vivir mejor” Radio Clásica en su 60 aniversario”. Prólogo de Gustavo Dudamel y Espido Freire. Editorial Medio Tono.

ISBN 978-84-127901-3-9. 198 páginas, Precio 22 €.

Soy de la generación que ha vivido y vive con la radio. Mi primer recuerdo es aquella que teníamos en la cocina sobre la mesa, con un mueble de madera a medida y donde escuché la muerte del papa Juan XXIII en 1963. Tres años más tarde se creaba en Radio Nacional un segundo canal dedicado a la llamada música clásica, y sumando los muchos discos de mi padre, era lógico que me aficionara a ella de crío, para ir pasando a pasión y profesión.

Llegaron los radiocasetes, y aún atesoro dos cintas grabadas en vivo cuando vino a España Leonard Bernstein con la Filarmónica de Viena y el pianista Krystian Zimerman al Teatro Real (por entonces solamente sala de conciertos) a finales de octubre de 1984 con una interpretación de nuestro “Himno Nacional” única -que recuerdan los archivos de RTVE– .

Llevo siempre sintonizada Radio Clásica en el coche, mi radio despertador otro tanto. Llegó la TDT, con una calidad de sonido fenomenal por lo que a menudo utilizo la televisión sólo para escuchar. Y no me falta una en el baño otra que funciona a pilas (se agradeció cuando “el apagón”).

Los llamados teléfonos “inteligentes” con la aplicación de RNE Audio se sumaron a las muchas opciones de seguir fiel y últimamente es la que más utilizo, pues me permite escuchar música a la carta con la posibilidad de los llamados “podcast” y así poder rescatar programas en “horas de sueño”, aunque también en el ordenador, y si lo tengo conectado a la cadena de música todavía mejor.

Celebré los 50 años de Radio Clásica con un cofre de 5 CDs (“La Música de una Historia”) donde se repasaba la historia de la música “académica” desde el Medievo hasta nuestros días con nada menos que 8o «pequeñas joyas», más un libreto con autógrafos de compositores, fotografías del equipo de Radio Clásica, y una selección de textos firmados por los  entonces trabajadores de la emisora, todo voces expertas de la radio pública.

Y en este 2026 llegaría el doble CD editado por Warner Music Spain (“Mucho más que música”) con abundantes fotos y textos de “mi familia radiofónica”, un aperitivo donde también están las sintonías de nuestra vida al otro lado de la radio «para trazar un itinerario afectivo a través de la historia de la cadena. Un viaje sonoro que conecta memoria, excelencia interpretativa y diversidad estilística» como lo presentaba la web.

A este 60 aniversario se suma 1/2 Tono, una editorial de libros de música “donde la historia se lee con los oídos y se escucha con la imaginación”. con un libro en colaboración con Radio Clásica, RNE y RTVE, titulado “Músicas para vivir mejor”, perfecto complemento donde 22 de sus actuales informadores nos dejan este relato colectivo y nos ofrecen su personal visión musical desde la óptica y línea “argumental” de los programas que dirigen. La contraportada ya nos indica que «Estas páginas exploran cómo la música influye en nuestra identidad, en nuestras relaciones, en nuestra forma de pensar y hasta en nuestra manera de habitar el tiempo». Además se acompaña de una lista de reproducción accesible desde un QR con la selección que cada uno de los participantes ha elaborado relacionada con el título  del capítulo (también en la Web).

El libro de 198 páginas, con un diseño y  cubierta de Javier Díaz Garrido “marca de la casa” que sigue ampliando su catálogo (este es el cuarto y esperando que “no hay quinto malo”) lo he estado leyendo cual “rayuela” anímica (Ad libitum), mentalmente con sus voces y sintiéndome plenamente reflejado tanto en la selección y textos de cada uno y cada una, como en los propios títulos de Música para… Reír con Elena Horta, meditar con Mikaela Vergara, el duelo con Eva Sandoval, aprender idiomas con Martín Llade (en su línea habitual incluso por la extensión)… y por supuesto para despertarse feliz (Lidia Cossío), sólo por citar algunos capítulos, pero donde encontrar la música en cada momento.

Roberto Santamaría, actual director de RNE, en el Epílogo y (citado también en la contraportada) escribe que « (…) cada día se demuestra que Bach ordena el mundo, que Mahler lo ensancha, que Falla lo enciende y que Monteverdi lo consuela», porque todos están en nuestra vida y en este libro.

La radio nos mantiene informados, despiertos o acunándonos para el sueño, pero sobre todo nos hace vivir mejor. Radio Clásica es como mi hermana pequeña y no hay mayor placer que la lectura con música porque nunca termina.

En estos días se está presentando el libro, y esperando seguir cumpliendo y celebrando décadas solo queda cantar

♩ ♫ ♪ Cumpleaños feliz ♪♫♪♫

Redacción actual de Radio Clásica:

Nacho Arbalejo, Fernando Blázquez, Ana Cortijo Haro, Clara Corrales, Lidia Cossío de la Iglesia, Yolanda Criado Díaz, Germán García Tomás, Carlos Hernández Sánchez, David Hervás, Elena Horta Barrio, Irene de Juan Bernabéu, Vigor Kuric, Martín Llade, Marisa Martínez Esparza, Amaya Prieto Barriuso, Ana Reina, Diego Requena, Clara Sánchez González, Eva Sandoval Díez, María del Ser, Gracia Terrén Lalana, Mikaela Vergara.

Efecto Einaudi

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Jueves 11 junio, 22.30 h. 75 Festival de Granada, Concierto Extraordinario. Teatro del Generalife: Ludovico Einaudi. Solo piano. Fotos Álex Cámara / Festival de Granada, y propias.

Como figura en la web del festival, llegaba esta cita excepcional de aniversario (con todo vendido): Einaudi en el Generalife, antesala de la 75 edición del Festival, con el reconocido compositor y pianista italiano Ludovico Einaudi (Turín, 1955) debutando en Granada con este concierto extraordinario en el Teatro del Generalife, en gira española de Granada a Pamplona, Madrid y Barcelona hasta el día 16, y el programa Solo piano que ha grabado recientemente, a la espera de nuevo en estos días, enlazando y organizado temas con la naturalidad y sencillez del italiano.

Figura destacada en el panorama musical contemporáneo, Einaudi ha construido un lenguaje personal que trasciende géneros y públicos. Su obra, próxima a veces al minimalismo, combina claridad melódica y carga emocional profunda, conectando con audiencias amplias más allá de los circuitos clásicos tradicionales, lo que se nota por “el tirón” de todas su actuaciones, como en Granada con todo el papel vendido y colas esperando antes de abrirse las puertas. Sus composiciones para piano solo, también  para conjuntos, han sido aclamadas internacionalmente, formando parte de bandas sonoras cinematográficas y de series, consolidándolo como uno de los creadores más influyentes de nuestro tiempo.

Concierto extraordinario en todos los sentidos para comenzar oficialmente este viernes la septuagésima edición del festival granadino, apostando por “música sin etiquetas” como me gusta llamarla, y nadie mejor que el pianista italiano que rompe barreras, aunque los que peinamos canas asociemos su música a la por entonces llamada “New Age” donde el estadounidense George Winston marcó estilo siendo un superventas parecido al inglés Michael Nyman, y que ahora el turinés parece tomar el relevo.

Con una amplificación no de la calidad esperada, pero con los efectos de reverberación y delay habituales en sus grabaciones, sumándole un excelente uso de los pedales, Einaudi embrujó a todo el Generalife que siguió la actuación en un silencio sepulcral, relajante, cual «salvapantallas sonoro» de casi dos horas, donde ir desgranando y enlazando temas de una carrera longeva como el propio artista comentaría (en inglés) tras el primer bloque. Su música, como él la definió, es un lienzo desde el piano donde puede pasar de la brocha al lápiz, un paisaje que nunca es igual, como en cierto modo entendían los impresionistas, el mezclar colores  directamente en el óleo que para Ludovico es el piano, con el fondo de los cipreses imperiales.

En el Generalife ofreció una velada única e irrepetible, un concierto o mejor recital íntimo, donde “invita al público a sumergirse en un universo sonoro íntimo y universal, donde cada nota parece hablar en silencio. El programa propone un viaje emocional por una obra que trasciende géneros y fronteras, caracterizada por su minimalismo lírico, su profundidad expresiva y una conexión directa con el oyente”. A través del piano solo, fuimos disfrutando casi de un muestrario de todos sus trabajos, pues el autor interpretó algunas de las piezas más queridas de su repertorio junto con otras menos conocidas, y composiciones de sus trabajos más recientes, tal y como lo presentaba el programa de mano.

En su biografía destaca “que se ha formado en el Conservatorio de Milán bajo la guía de maestros como Luciano Berio. Einaudi ha sabido destilar la complejidad de la vanguardia para alcanzar una «esencialidad máxima». Desde su debut con Le Onde hasta su reciente e íntimo proyecto Underwater –gestado en el silencio del confinamiento–, su carrera ha sido una búsqueda constante de la pureza. Ya sea interpretando su célebre Elegy for the Arctic sobre el hielo del océano Ártico o bajo las estrellas en el Generalife (como en esta noche nazarí), Einaudi demuestra que, en un mundo ruidoso, su piano es el refugio donde el silencio y la emoción finalmente se encuentran”.

Cual cuadros de una exposición donde el italiano iba pintando al piano mientras el público contemplaba cada lienzo, el color inicial casi etéreo, por el empleo del registro agudo, iría ganando en intensidades cuando aparecían unos graves potentes, pinceladas donde el trazo cambiaba con irisaciones ayudadas por el técnico de sonido en un piano peculiar por esa sonoridad casi electrónica. No hace falta aplicar conceptos academicistas de acordes, tonalidad, cadencias, ni siquiera frases que esperamos se repitan y evolucionan sutilmente, simplemente dejar fluir sonidos y sensaciones.

Las notas prosiguen en el apartado Referente internacional de la música contemporánea que “Ludovico Einaudi no es solo un pianista; es un referente indiscutible de la música contemporánea, una figura que ha logrado lo que parecía imposible para un compositor de formación clásica: derribar las barreras entre géneros y conectar con el alma de millones de personas en todo el mundo. Su nombre es sinónimo de un éxito sin precedentes, siendo el único músico de su disciplina capaz de batir récords de permanencia en las listas de éxitos internacionales, compitiendo con los grandes iconos del pop y el rock, y llenando los auditorios más prestigiosos del planeta, desde el Royal Albert Hall hasta la Sidney Opera House”.

Noche con el «Efecto Einaudi» para un público heterogéneo, intergeneracional, que vivimos un recital distinto, casi como de musicoterapia para una total relajación y disfrute emocional, banda sonora sin imágenes, donde cada uno puso las suyas, puede que en parte por los muchos vídeos que están en las distintas redes sociales del italiano, hoy auténtico soporte vehicular de esta música de nuestro tiempo que escapa a las etiquetas tradicionales.

PROGRAMA y enlaces:

Ascent
Jay
(* 10)
Melodia Africana
(* 3)

Memory One (* 4)
Swordfish

Tu sei
Elegy for the Arctic
(* 16)

Le Onde (* 1)
Oltremare

Low Mist 1
Birdsong
Devils
Low Mist 2
Una Mattina
(* 7)

Experience (* 14)
Divenire

I giorni (* 5)

(* X número de pista en su CD “Solo piano” ©2026)

Un piano con voz propia

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«UN PIANO ENTRE LIBROS». Diego Fernández Magdaleno (piano)

Junta de Castilla y León / Instituto Castellano y Leonés de la Lengua / Ref. 8 435725 606535 / S-33327

Precio: 15€

Obras de F. García Álvarez, I. Adiego, J. Legido, C. Fernández-Vidal y J. Soler.

Grabado en la Sala de Cámara del Centro Cultural Miguel Delibes, en Valladolid, entre los días 4 y 7 de agosto de 2025. Técnico de sonido: Armando Fernández León. Afinador: Xavier Pérez Casares. Piano: Steinway & Sons.

Puedo presumir de los muchos años que conozco y admiro al vallisoletano Diego Fernández Magdaleno (Medina de Rioseco, 31 de diciembre de 1971), siguiéndole tanto en algunos de sus conciertos como en las redes sociales e incluso en su faceta de escritor (guardo desde 2005 sus diarios titulados El tiempo incinerado), tan unida a la de pianista. Así, en 2011 pude disfrutar de su CD “Soledad sonora” dedicado a Pedro Aizpurúa, y ahora llega este último titulado “Un piano entre libros”, verdadera definición de toda una vida entre ellos, pues son dos de sus facetas más significativas del académico y Premio Nacional de Música 2010 o en 2024 la Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio (entre muchos más galardones).

Quiero comenzar con las palabras del propio maestro en el extraordinario libreto que acompaña este su último trabajo discográfico que está presentando estos días por parte de la geografía española, contando también con el texto “La virtud ilimitada” de su colega y amiga María del Ser Guillén:

«Vuelve el camino, mira

su mapa de silencio

donde se abre la luz:

un piano entre libros.

Allí está, como el agua,

dejándose soñar hacia lo alto.

La belleza que muere

es lo que llamas fruto».

Desde el Centro Cultural Miguel Delibes, vecino del conservatorio de la capital castellana y segunda casa del profesor riosecano, nos ha dejado una grabación con 28 obras de sus muchos compositores de referencia, manteniendo una trayectoria que le ha situado como el mayor exponente de la música de nuestro tiempo por haber estrenado más de 300 obras escritas por casi 80 compositores contemporáneos. De cinco de ellos, las páginas elegidas vuelven a las siempre necesarias referencias literarias, inspiración y bandas sonoras para todo lector uniendo el legado sonoro del piano actual de su gran difusor y docente.

En un concierto celebrado en Valdediós (Asturias) allá por agosto de 2019, en mi blog escribía que “Nada es casual” asombrándome “cómo combina las obras para darles unidad, diálogo entre ellas, uniones impensables que con él resultan plenamente convicentes”. Y en este disco ese nexo son los libros, “bellísima metáfora de conciencia y consciencia y parte indispensable de un todo ordenado en este tiempo disipado y fútil” como lo (d)escribe María del Ser con sus doctas y cercanas palabras.

Unión y reunión de las las dos facetas más significativas de Diego Fernández Magdaleno: pianista y escritor de extensa trayectoria pero también resumen de su vida y de su tierra, embajador de Castilla y León donde lleva décadas difundiendo su patrimonio musical y literario.

No faltan los homenajes a tantos grandes de nuestra literatura donde no podía faltar Miguel Delibes, Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Agustín García Calvo, incluso Umberto Eco… también compañeros y amigos, desde Joaquín Díaz, Pedro Aizpurúa o Eva Gigosos, pero también la invitación para seguir descubriéndonos escritores como la leonesa Elena Santiago (Veguellina de Órbigo, 1936 – 2021), la dominicana Ángela Hernández (Buena Vista Jarabacoa, 1954) el poeta palentino Gabino Alejandro Carriedo (1923-1981), el burgalés Tino Barriuso (1948-2017), el segoviano Luis Javier Moreno (1945-2015), el abulense José Jiménez Lozano (Langa, comarca de La Moraña, 1930 – Valladolid, 2020), o el soriano Avelino Hernández (Valdegeña, 1944- Selva, Baleares, 2003), relaciones literarias cercanas al propio Diego en esta fusión de música y literatura minuciosamente construida.

Textos castellanos, recios, poéticos, musicales en origen, homenajes desde el mismo blanco y negro de su escritura que en estas (re)interpretaciones se vuelven todo un mosaico donde los compositores vuelcan su creación de esta literatura musical o música literaria, pues tanto monta una como otra.

Alternando autores y obras, todas van sumando estilos, texturas, duraciones, cercanías, geografías, historias, sentimientos e imaginación. Veintiocho partituras cual autobiografía y gratitud a unos compositores que son y han sido “la familia musical” del escritor y pianista Diego Fernández Magdaleno.

La mitad de las obras son de su paisano Francisco García Álvarez (Valladolid, 1959), muchos años de amistad entre ambos, incluso escribiendo el discurso de contestación tras el ingreso de su compañero en la Academia de Bellas Artes de Valladolid.

Perfecto entendimiento entre el compositor y su intérprete, obras casi todas recientes en el estilo inconfundible de nuestro Paco, desde la locura de Rosa la salmantia, el aire folklórico de la quintaesencia asturiana “Dónde vas por agua” que también inspiró al inigualable Joaquín Díaz, el color malva de Elena Santiago con pinceladas rítmicas y acordes potentes, espíritu y homenaje femenino de principio a fin, el guiño de Delibes a los diputados de la transición en la austera (como su música) Castilla rural, contrapuesto a la amiga y profesora Eva Gigosos, felizmente jubilada hace poco, todo un ejercicio pianístico de acordes y plácidas atmósferas como la sonoridad del “Begin the beguine” de Cole Porter para esta “Eva en el jardín de las hadas”. También aparece la mentira nocturna para Ángela, verdaderas perlas luminosas, la “ausencia” de Umberto Eco con clusters y notas llenas de matices sonoros en una estructura pianística propia.

Un “tríptico” que arranca con la angustia de ese corazón en un puño homenajeando a Carriedo, latidos asincopados, desasosiego con registros extremos, el siguiente Mompou espiritual que escribe a San Juan de la Cruz, “noche pasiva del espíritu” con resonancias que invitan a una mística casi organística, y más filosofía con el salto hasta los Países Bajos de Baruch Spinoza, de origen sefardí quien defendía que alma y cuerpo no son entes separados, música y filosofía en la unidad compositiva e interpretativa.

Dos nuevas poesías pianísticas para Avelino Hernández y Tino Barriuso, reflexiones en los propios títulos, con el primero clásico en escritura, juguetón el segundo. Finalizan disco y autorías la muy afamada Caperucita neoyorquina de 1990, aires americanos cercanos al jazz pero con impronta propia y tintes literarios de este cuento para todas las edades, más el homenaje común al maestro Aizpurúa, el silencio musical, la reflexión sobre lo aparentemente insignificante que toma cuerpo en una diálogo de notas cual sílabas formando palabras antes de un inquietante coral de nuestro tiempo.

No podía faltar en este disco el recuerdo además de homenaje al maestro y amigo Josep Soler i Sardá (Vilafranca del Penedès, 1935 – Barcelona, 2022), precisamente de quien dio la lección inaugural de la Real Academia de Bellas Artes con el discurso “Estética e interpretación de la obra pianística de Josep Soler”, un hombre de increíble personalidad creadora y vasta cultura, siendo además escritor y ensayista, muchos puntos en común con “su” intérprete. Primero, dos corales de 2009 contrapuestos en el aire con el lenguaje que el compositor catalán encontró en el pianista amigo su intérprete de referencia (y obras siempre sabiamente colocadas en el orden del disco para dotar de la unidad expositiva que Diego Fernández Magdaleno lleva también a sus conciertos). Prosigue el guiño juvenil escrito en 1956 al cuento que se hace ballet ruso (La bella durmiente) y casi melodía para una caja de música de nuestro tiempo; la Elegía (1995) siempre definida como subgénero de la poesía lírica, generalmente de naturaleza triste y sombría, que Soler eleva a género pianístico propio, más el todopoderoso “Wagner del Tristán” de 1996, con quien el compositor catalán nos lleva a la magia de la “obra de arte total” condensada en las 88 teclas por su intérprete amigo.

Aportan cuatro obras el catalán Ignasi Adiego (Barcelona, 1963) y el vallisoletano Jesús Legido (Valladolid, 1943). Del primero páginas recientes de nuestros años 20, como la evocación que Alonso Mudarra hace de las famosas coplas de Jorge Manrique (Recuerde el alma dormida, 2020), el Preludio (2023) que preparará la mujer malva cual paleta de pintor donde colocar los colores que se mezclarán sobre el lienzo de la partitura, la Cantiga dos babous (2024), que me recuerda al Verdi de su Requiem antes de adentrarnos en esos ritmos medievales galaico-portugueses de Martín Códax y tantos juglares vecinos, y Las semanas de Daniel (2024), mucho más que las profecías bíblicas unos apuntes pianísticos sobre un conflicto que permanece en nuestros días.

De la inconmensurable producción del profesor Legido escuchamos en este disco sendos homenajes y el recuerdo a Javier Marías (1951-2022). Primero Pasos silentes (2017) del compositor vallisoletano que me hacen viajar a la Semana Santa castellana, una miniatura en el título de El mudejarillo (2022) que me lleva de nuevo a rememorar a Mompou y su Damunt de tus nomes les flors, aquí homenaje a Jiménez Lozano, música sin palabras plena de romanticismo. En la misma línea los Brotes primaverales (2020) con la inspiración del luchador y rebelde zamorano Agustín García Calvo (1926-2012), primavera poética al piano en el lenguaje inconfundible de Don Jesús -de quien recomiendo sus obras para voz y piano– para finalizar con el Corazón tan blanco (2022) que estrenase el 11 de septiembre del año siguiente el propio Diego Fernández Magdaleno en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, una bellísima página que rezuma pedagogía y melodismo.

También aparecen compositoras de nuestro tiempo en muchos programas del pianista, como Teresa Catalá, y así de la mallorquina Carme Fernández-Vidal (Palma de Mallorca, 1970) su Tanto vay Santa María (2024), otra nueva inspiración en nuestras cantigas (como la de Alfonso X El Sabio), que mantienen vigencia más allá de su tiempo con estos acercamientos que resultan verdaderas relecturas musicales.

Un disco para escuchar, desde una excepcional toma de sonido y un piano ideal para subir el volumen y sentirlo a tu lado, no por autores sino en el mismo orden de aparición, porque todo está hilvanado cual capítulos de este libro pianístico que nos “lee” Don Diego con la misma pasión con las que están escritas, “la narrativa interior sin perder la coherencia musical que debe tener” en sus palabras, una voz propia para este “piano entre libros”.

Autores, cortes, obras y cronologías

Francisco García Álvarez (1959):

1. Ofrenda a una virgen loca (2023) -sobre un texto de Rosa Chacel-.

4. Un romance de Joaquín (2024) – homenaje a Joaquín Díaz-.

6. Una mujer malva (2023) -sobre un texto de Elena Santiago-.

8. El disputado voto del señor Cayo (2020) -homenaje a Miguel Delibes-.

10. Eva en el jardín de las hadas (2024) -homenaje a Eva Gigosos-.

15. La noche y la mentira (2022) -a la memoria de Ángela Hernández-.

17. La estructura ausente (2017) -homenaje a Umberto Eco-.

20. El corazón en un puño (2023) -homenaje a Gabino Alejandro Carriedo-.

21. Mompou escribe a san Juan de la Cruz (2015).

22. Baruch Spnioza (2017).

24. No es bueno echar el ancla donde se ha sido feliz (2024) -homenaje a Avelino Hernández-.

25. Paloma sin alas (2023) -homenaje a Tino Barriuso-.

27. Caperucita en Manhattan (2023) -sobre un texto de Carmen Martín Gaite-.

28. Prevalencia del silencio (2018) -Pedro Aizpurua in memoriam-.

Ignasi Adiego (1963):

2. Recuerde el alma dormida (2020) -evocación de la melodía de Alonso Mudarra para las Coplas de Jorge Manrique-.

5. Preludio (2023).

7. Cantiga dos babous (2024).

19. Las semanas de Daniel (2024).

Jesús Legido (1943):

3. Pasos silentes (2017) -homenaje a Luis Javier Moreno-.

11. El mudejarillo (2022) -homenaje a José Jiménez Lozano-.

14. Brotes primaverales (2020) -homenaje a Agustín García Calvo-.

23. Corazón tan blanco (2022) -in memoriam Javier Marías-.

Carme Fernández-Vidal (1970):

9. Tanto vay Santa María (2024).

Josep Soler (1935-2022):

12.-13. Dos corales (2009) -sobre un glosado de Antonio de Cabezón, Au holy bois sur le verdure, de Johannes Lupi-:

12. Molto tranquilo; 13. Lento.

16. La bella durmiente del bosque (1956).

18. Elegía (1995).

26. Tristán e Isolda (1996) -recuerdo de Richard Wagner-.

Concerto 1700 graba la integral op. 22 de Boccherini

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CD Luigi Boccherini: String Quartets, op. 22.

Concerto 1700 – Daniel Pinteño: Luigi Boccherini: String Quartets, op. 22.

Sello: 1700 Classics / Referencia: 170009.

Concerto 1700, fundado por el violinista malagueño Daniel Pinteño Villaescusa (1985), sigue grabando en su propio sello, creado en 2018, y se han alzado con el Premio MIN 2026 al “Mejor Álbum de Música Clásica”, todo un regalo para celebrar su primera década de trayectoria. Avanzando siempre en la senda camerística de la excelencia, llega este CD presentando la primera grabación mundial de la integral de los cuartetos de Luigi Boccherini (Lucca, Italia 1743 – Madrid, 1805), seis cuartetos que conforman el Opus 22 y fueron compuestos en 1775 para el Infante don Luis Antonio de Borbón y Farnesio (hermano pequeño de Carlos III), con un lenguaje refinado, elegante y de una poética íntima singular que aún no tenía un registro discográfico completo.

Para los melómanos y músicos en general, el cuarteto de cuerda está considerado el rey de las formaciones camerísticas, y en estas obras, Boccherini establece un diálogo ilustrado entre instrumentos, dejando atrás viejas jerarquías y aportando luz a un periodo donde España era un centro de vanguardia internacional tan importante como el centroeuropeo donde reinan Haydn y Mozart, con un estilo propio desde un lenguaje diríamos que más italiano, que trajo la corte borbónica.

Concerto 1700 con Daniel Pinteño son una formación variable consolidada en la recuperación de este patrimonio hispano, que he ido comentando desde este blog, así como los conciertos que he podido disfrutar en vivo (el último el pasado 26 de abril en formato dúo). Es encomiable que se hayan puesto como misión seguir devolviendo la vida a estas partituras con el frescor y rigor que merecen, pues es una música plenamente vigente, auténticas joyas del siglo XVIII español que no puede faltar en la discoteca de todo buen melómano ávido de conocer más sobre nuestro legado.

De mis anteriores comentarios en el blog quiero recordar sus grabaciones que puntualmente llegan a la bandeja de mi cadena: “Italia en España” ((2020), “Literes: Sacred Cantatas for alto” (2021), “José Castell: String Trios” (2022), “D. Scarlatti: Amorosi Accenti” (2023), ”Back to folia” (2024) y “Gaetano Brunetti: String Quartets Opus 3” (2025). En este 2026 siguen apostando por recuperaciones y estrenos como estos seis cuartetos opus 22 de Boccherini.

Grabado en  el Auditorio Fray Luis de León en Guadarrama (Madrid) en septiembre del pasado año, y con los habituales ingenieros de Pinteño (Sonia Gancedo y Víctor Sordo, de VN Studio), con instrumentos de época, manteniendo la misma plantilla que en los seis cuartetos Opus 3 de Brunetti (Daniel Pinteño, violín I – Fumiko Morie, violín II – Isabel Juárez, viola – Ester Domingo, violoncello). De estos dos italianos afincados en España, sus cuartetos comparten igual estructura de dos movimientos contrapuestos, e incluso coincidiendo muchas tonalidades y orden de los mismos, aunque en el caso de Boccherini están en el mismo orden del catálogo (de Gérard 183 al G. 188), y que el propio compositor definió como «opera picola» en contraste a la «opera grande» (con cuatro movimientos), diferencia logística más que musical pensando precisamente en el mercado editorial, pues su obra se publicaba en París, Londres o Viena con enorme éxito y demanda.

Es obligatorio citar el diseño siempre original, tanto del propio disco (curiosa la portada con cuatro sillas vacías y la contraportada con una más otra siendo retirada), fotografías, maquetación y el libreto con las notas de Óscar Sánchez en castellano, traducidas al inglés, francés y alemán, que aportan un interesante estudio tanto biográfico del compositor madrileño (desde los 25 años), al que estilísticamente se le ha enmarcado en el estilo galante y el clasicismo, como el análisis de estos seis cuartetos opus 22.

De la importancia y vigencia de esta primera integral llevada al disco, quiero recordar que Concerto 1700 son portada de la revista Scherzo de este mes de mayo, así como de una amplia entrevista de Stefano Russomanno, donde comentan que “Boccherini entiende el cuarteto como un lienzo sobre el que pintar su música”, y el CD figura como excepcional del mes en la crítica de Andrés Moreno Mengíbar.

Cuartetos donde compartir protagonismo toda la cuerda, aunque Boccherini fuese un gran violonchelista, lo que evidentemente se nota en la exposición de los segundos temas o siendo el «rey absoluto» (aquí Ester Domingo), pero aportando soluciones y atmósferas distintas en cada uno: hay movimientos donde el violín primero de Daniel Pinteño lleva el ritmo y no solo el segundo de Fumiko Morie y la viola de Isabel Juárez (que también puede llevar el bajo), jugando con las texturas de los cuatro dada la similitud tímbrica del cuarteto, mas donde la maestría del compositor de Lucca (que desde 1768 hasta la fecha de su muerte ya no saldrá de España) se demuestra también en las dinámicas y esa búsqueda de colores para que cada instrumentista tenga su propio rol.

Cada uno de los cuartetos juega con todas estas características de una música doméstica que se llamó quartettini, con un primer movimiento dinámico, brillante, y un segundo en forma de «minueto», graciosos, encantadores, más allá de lo cortesano y plenos de la inventiva creativa de este compositor que es plenamente español. Concerto 1700 nos dejan su habitual empaste, sonido con cuerpo, de rítmica contagiosa, un empaste y equilibrio entre los cuatro intérpretes que se aprecia con todo detalle sobre todo en la escucha con auriculares, ataques muy trabajados (los arcos darían para todo un tratado de interpretación históricamente informada), y una defensa de los cuartetos “Made in Spain” que podemos exportar sin complejos, siendo necesario por lo tanto no solo dejarlos en el para mí imprescindible formato físico, sino poder llevarlos a las salas de concierto.

Concerto 1700:

DANIEL PINTEÑO, violín I – FUMIKO MORIE, violín II – ISABEL JUÁREZ, viola – ESTER DOMINGO, violoncello.

Cortes:

:

Cuarteto de cuerda en do mayor, G183:

01. Allegro molto; 02. Tempo di Minuetto.

Cuarteto de cuerda en re mayor, G184:

03. Moderato; 04. Minuetto.

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, G185:

05. Adagio; 06. Rondeau. Allegro moderato.

Cuarteto de cuerda en si bemol mayor, G186:

07. Allegro moderato; 08. Allegro vivace.

Cuarteto de cuerda en la menor, G187:

09. Allegretto con molto; 10. Minuetto amoroso.

Cuarteto de cuerda en do mayor, G188:

11. Andantino; 12. Non troppo. Presto.

Monsieur Mahúgo

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Oviedo, 26 de marzo, 19:30 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, XIII Primavera Barroca / CNDM «Circuitos»: Yago Mahúgo (clave). Obras de Couperin. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Hace ya once años que el clavecinista Yago Mahúgo (Madrid, 1976) visitaba esta Primavera Barroca con su grupo Ímpetus, un músico de tecla e investigador al que tuve la suerte de escucharlo el pasado verano en Granada al pianoforte. Pero esta vuelta a Oviedo nos le traería al clave con la conferencia previa a las 18:00 horas (integradas dentro de esta programación, en colaboración con el CONSMUPA y la Universidad de Oviedo), presentado por la doctora Mª Encina Cortizo donde acercar y enseñarnos no solo su bellísimo clave (una réplica del Taskin -1769- realizada en 2009 por el luthier Keint Hill, propiedad del propio Mahúgo) sino cómo es su acercamiento a la obra de François Couperin, desgranando muchas de las obras que escucharíamos posteriormente en una sala llena que sigue demostrando el tirón que este ciclo tiene entre los melómanos asturianos.

El músico madrileño que está celebrando sus 44 años de carrera en una gira mundial, se ha embarcado en llevar al disco la integral del francés, al que desde la cercanía de tantas horas de estudio le llama François,  un proyecto titánico e inédito en nuestro país, casi 230 piezas, si tenemos en cuenta las 220 en los Libros de piezas y los preludios de El arte de tocar el clave, once álbumes de los que ya podemos disfrutar el primero (3 CDs) donde escuchar parte del programa que disfrutamos este frío último jueves de marzo. Destacar que la obra completa de Couperin abarca cuatro libros, con veintisiete órdenes (ordres) en total, y en esta primera «entrega» figura el Primer Libro que abarca cinco ordres, los números 1 y 3, esperando ya la publicación del segundo ya grabado. Si el esfuerzo es inmenso, aún más al ser el propio Mahúgo quien ha realizado tanto la grabación como la edición, con su propio sello (CMY Baroque).

En la conferencia previa el maestro madrileño nos situó en el Versalles de Luis XIV (que también era músico) y el tratado didáctico L’art de toucher le clavecin (1716) de François Couperin, verdadero manual para los clavecinistas, donde el compositor sistematizó la técnica, la articulación y el complejo sistema ornamental francés mediante detalladas tablas explicativas. A partir de las danzas que conformaban la Suite de entonces, una estructura consolidada por Jacques Champion de Chambonnières (ca. 1602-1672), fundador de la escuela clavecinística gala (como bien nos recuerda en las notas al programa mi admirado sevillano Pablo J. Vayón, Couperin comenzará a ponerles títulos en una evocación muy francesa que el propio Mahúgo nos fue desvelando, y en cada parte del concierto relató de manera más resumida.

El artículo en femenino hace referencia a «la pieza» de cada Pièces de clavecin y en todas ellas se indican las referencias más o menos directas de cada danza, un mosaico de aires, tempos o registros bien organizados y elegidos por el maestro Mahúgo. Sin entrar a comentar las dos partes (de unos treinta minutos cada una),  intercalando «capítulos» del manual con piezas de los libros I y II, que dejo al final de esta entrada, destacar cómo «canta» cada parte melódica, buscando el teclado idóneo al carácter, con una mano izquierda limpia y la derecha siempre elegante, llena de filigranas tan francesas en aquella corte donde todo era refinamiento y libertad (como en los ritmos), unas armonías audaces y sobre todo la enorme expresividad, ornamentos jugosos y una visión madrileña de aire francés bien narrada desde el clave, dejando flotando en el aire los finales que la acústica de la sala de cámara siempre favorece.

Del monográfico Couperin quiero transcribir parte de lo apuntado por mi tocayo en el programa que titula «Un teatro de caracteres», que completa y expresa mejor que quien suscribe (mis comentarios los añado al suyo en texto negro y con algún enlace a su canal en YouTube©) lo vivido en este segundo concierto de la decimotercera edición de la Primavera Barroca ovetense, con una iluminación apropiada que se aprecia en las fotos de mi otro tocayo, más un público respetuoso en general (los paseos traseros los omito):

Los preludios, de índole improvisatoria pero cuidadosamente construidos, funcionan aquí como umbrales retóricos que enmarcan las piezas de los distintos ordres. En el primero conviven la nobleza de L’Auguste con la gracia pastoril de Les Silvains (agudeza en la búsqueda del timbre propicio) o la vivacidad encadenada de La Bourbonnoise, La Manon y L’Enchanteresse.

En el segundo se alternan el brío casi marcial de La Diane y su Fanfare con la agilidad de La Diligente y la delicadeza introspectiva de Les idées heureuses (aquí dejo el enlace a YouTube©, con una bellísima tímbrica desde la copia del Taskin original que contrasta con las partituras en la tableta digital, hoy en día habitual y casi imprescindible).

En el tercero profundiza en contrastes de carácter, desde la gravedad de La Ténébreuse (nunca mejor expresado desde el clave esa imagen espectral) hasta la expansiva La Favorite, chacona de amplio aliento, ideal para terminar la primera parte de su recital.

En la segunda, pueden destacarse las texturas ondulantes de Les ondes (desde nuestro Cantábrico común con el francés) y la magia armónica de Les baricades mistérieuses (antes de las revolucionarias), que revelan la maestría de Couperin en el arte de sugerir, más que describir, afectos y atmósferas. Influyente incluso para Bach, Couperin encarna la culminación de la tradición clavecinística francesa: una síntesis de rigor formal, sutileza ornamental y elocuencia poética que transforma la suite en un auténtico teatro de caracteres.

Aún hubo tiempo para un regalo (Le Tic Toc Choc) de Monsieur Mahúgo con «su François» cercano y profundo en el salón ovetense que sigue siendo el mejor escenario para las músicas de cámara tan necesarias para poder continuar «aprendiendo a escuchar». El directo siempre será único, aunque las grabaciones sigan ocupando mis estanterías y así poder rememorar lo vivido.

PROGRAMA

François COUPERIN (1668-1733):

De Pièces de clavecin, livre I (1713):

L’Auguste. Allemande (premier ordre, nº 1)

Les Silvains. Rondeau (premier ordre, nº 8)

La Bourbonnoise. Gavotte (premier ordre, nº 14)

La Manon (premier ordre, nº 15)

L’Enchanteresse. Rondeau (premier ordre, nº 16)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Allemande

De Pièces de clavecin, livre I (1713)

La Diane (second ordre, nº 12)

Fanfare pour la suitte de la Diane (second ordre, nº 13)

La Garnier (second ordre, nº 16)

La Diligente (second ordre, nº 20)

Les idées heureuses (second ordre, nº 18)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Prélude I

II

De Pièces de clavecin, livre I (1713):

La Ténébreuse. Allemande (troisième ordre, nº 1)

L’Espagnolette (troisième ordre, nº 9)

La Favorite. Chaconne à deux tems (troisième ordre, nº 12)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Prélude V

De Pièces de clavecin, livre I (1713):

Les ondes (cinquième ordre, nº 14)

La tendre fanchon. Rondeau (cinquième ordre, nº 6)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Prélude VII

De Pièces de clavecin, livre II (1716-1717):

Les langueurs tendres (sixième ordre, nº 2)

Les baricades mistérieuses. Rondeau (sixième ordre, nº 5)

Propina (Encore):

Le Tic Toc Choc (ou Les Maillotins) (XVIII ordre, nº 6)

Canciones de la «patria querida»

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CD «ABERRI MAITIARI. Basque Art Song». Luken Munguira (tenor), Aurelio Viribay (piano).

Cezanne Producciones, CZ169 / M-26786-2025 / 0 667758 375509

Nuevo trabajo discográfico del maestro Aurelio Viribay que cual arqueólogo de la llamada “Canción de concierto española” sigue recuperando patrimonio musical, y desde la docencia va encontrando las voces adecuadas para cada proyecto, que también lleva al directo.
Y como se trata de un vitoriano de pro aunque afincado en Madrid, nadie mejor que mi admirado Aurelio para las 36 canciones de cinco compositores vascos y uno navarro (por no llamarlos vasco-navarros aunque todos compartan  textos en euskara), por lo cual era imprescindible encontrar un cantante que dominase este idioma tan singular, siendo el tenor guipuzcoano de Pasaia -Pasajes- Luken Munguira Santos (12 de mayo de 2004) el ideal para esta reciente aportación, que como en otros trabajos del profesor Viribay, se ha grabado en los Estudios Cezanne de Javier Monteverde, todo un equipo que está dando calidad y cantidad, ambas necesarias en estos tiempos donde el soporte físico lucha contra los “nubosos”, al que no pueden suplir pues el libreto que acompaña cada CD son otro documento imprescindible para ponernos en contexto con sus notas, además de contar tanto con los textos originales como sus traducciones, esta vez gracias a a la doctora en Filosofía Marta García Rodriguez, Profesora del área de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad del País Vasco, que iré añadiendo en esta entrada, y comienzo mi reseña con el inicio de sus notas:

«Aberri maitiari, una de las Tres canciones vascas que Francisco Escudero escribió en 1939 y que da título a este disco, significa «a la patria querida». La palabra aberri es un neologismo creado por Sabino Arana en el siglo XIX, y está compuesto por los lexemas aba, utilizado con significado de asaba («antepasado») y herri, que significa «pueblo». Es el equivalente a la terra patria latina, que el español redujo a «patria», el pueblo de los antepasados, la tierra de los ancestros. No es, por tanto, necesariamente el lugar que se habita, sino el espacio físico, cultural, espiritual y emocional del que se desciende y al que uno se siente unido por lazos del mismo tipo».

La voz del guipuzcoano Munguira, al que «descubrí» en el 72 Festival de Granada, es la de un tenor joven de bello timbre, amplia tesitura y enorme expresividad, que a buen seguro siempre cuenta con los sabios consejos del maestro Viribay, arropándole y complementando el protagonismo que ambos tienen en el “lied español”. El donostiarra comenzó en el Coro Easo allá por 2013 con Gorka Miranda y ha trabajado con Miren Urbieta-Vega y mi querida Ana Belén García antes de dar el salto a la Escuela Superior de Canto de Madrid, donde estudia con Judith Pezoa y Elías Romero Salamanqués, además de estar becado por Britten Pears Arts para trabajar repertorio de cámara con James Gilchrist y Anna Tilbrook. Estos datos biográficos nos dan cuenta de unos inicios líricos bien asentados y una carrera que va creciendo con recitales y conciertos donde no faltan estas canciones vascas y otros repertorios con distintos acompañantes o formaciones.

Este arduo trabajo que se ha llevado al disco comienza con las Tres canciones vascas de Francisco Escudero (Zarautz, 13/08/1912 – Donostia, 17/06/2002), con Matzaren orpotik (Del pie de la vid) poderosa para proseguir con una sentida Urrundik (Desde lejos) y esa «A la patria querida» evocadora y compartida en todas nuestras patrias chicas, escritura vocal y pianística delicadas. Más «ligeras» las siguientes con tres temas populares armonizados por Escudero que como tantos contemporáneos ayudan a elevar la tradición hasta las salas de concierto, con el euskera tan cantable pese a lo que se pueda pensar del hablado, ya que la música lo embellece y hace plenamente lírico (recomiendo leer las traducciones así como las biografías de los seis compositores). Como bien nos ilustra la doctora García, «Las canciones seleccionadas, que se presentan también en traducción al español, parten de ese acervo musical popular, aunque trasladadas a un lenguaje armónico extendido, aprendido e interiorizado dentro y fuera de la patria».

Los siguientes diez cortes son una selección de las Viejas Canciones Donostiarras (Donostiako kantu zaharrak) de Tomás Garbizu (Lezo, 12/09/1901 – Donostia, 27/11/1989), muy conocido en el terreno de obras litúrgicas desde su cátedra de órgano del Conservatorio de San Sebastián en 1954. Citando de nuevo a Doña Marta García «muchas de las melodías que utilizan (…) están recogidas y clasificadas en el (…) Cancionero de Azkue, y otras se construyen sobre letras vascas».  De todas ellas, que alternan expresividad y sentimiento, me encantó el Kuku tan onomatopéyico, el majestuoso y «guerrero» Jaiki-Jaiki (Levantaos, levantaos) y especialmente la «Habanera del Guria» cantando en euskera y castellano, esa melodía que conocía desde mi infancia como “Dijo el Sabio Salomón”, cercano folklore vasco que tantas versiones tiene y aquí de nuevo Garbizu lo trata desde el conocimiento académico y el amor a la tierra sentida por el dúo con los aires del común Cantábrico.

De los compositores, prácticamente todos iniciaron sus estudios en las parroquias o conservatorios de su pueblo o ciudad natal, siguiendo con ayudas, premios y becas de distintas instituciones para poder ampliar y profundizar sus estudios en el extranjero. Tras la Guerra Civil obtendrían cátedras en los conservatorios de sus ciudades y realizarían una encomiable labor pedagógica -además de ejercer como directores de orquesta- salvo Norberto Almandoz (Astigarraga, 05/06/1893 – Sevilla, 07/12/1970) que fue primero organista y después Maestro de Capilla en la Catedral de Sevilla desde 1919 hasta su jubilación en 1960. Sus Cuatro Melodías de Iparraguirre mezclan cierta conexión espiritual como la tentadora Zugana Manuela (En tí, Manuela), la denuncia política como Zibilak esan naute (Los Civiles me han dicho), con un acompañamiento pianístico interesante desde ese ritmo de zortzico y la voz dramatizando perfectamente los textos, hasta las dos las más aferradas al terruño, evocadoras y casi impresionistas Ara nun diran mendi maiteak (He aquí las queridas montañas) «presumiendo» como todos hacemos de Europa, España y aquí de «Euskal Herria Hermosa y querida»  o la alegre Biba Rioja (Viva Rioja) y también ¡Viva Navarra! y su gastronomía donde no puede faltar el «glu, glu, glu, glu» de sus excelentes caldos. Canciones dignas de ser consideradas a la mayor altura de los lieder alemanes o las chansons francesas. El Padre Norberto obtuvo con estas cuatro melodías un accésit en el Concurso de Composición sobre temas del poeta y músico vasco José María Iparraguirre organizado por el Ayuntamiento de Urretxu en 1920, en el Primer Centenario del nacimiento del popular bardo, todo un símbolo de la literatura en euskera, como recoge el libreto que acompaña el disco y voy reflejando en esta reseña.

Jesús Arrambarri (Bilbao, 13/04/1902 – Madrid, 10/07/1960) fue director de la Banda Municipal de su ciudad natal, ejerció la dirección de la Orquesta Sinfónica y formó su Orquesta Municipal antes de ser nombrado director de la Banda Municipal de Madrid, con la que interpretó muchas obras de compositores vascos. El conocimiento de tanta música se nota en cada una de las Ocho Canciones Vascas , un ciclo que mantiene esas raíces en su aberri (patria), «las referencias a elementos folklóricos y paganos, a tradiciones y costumbres locales» que cita la doctora García. Perfecta conjunción letra y música, lírica pura en la voz de Luken y el piano de Aurelio, paisajes sonoros con distintos tempi siempre acomodados al realce del canto, alternando por ejemplo la bellísima Tun, kurrun, kutun, con la juguetona Ainoarra ñimiño (La anchoa pequeñita), incluso respirando aires fallescos en la sentida Anderegeya (Novia) que entrará «de monja en un convento» enlazando con la alegre Amak ezkondu ninduen (Me casó mi madre) con un acompañamiento pianístico tan importante como la voz protagonista.

La vida del navarro Fernando Remacha (Tudela, 15/12/1898 – Pamplona, 21/02/1984) es digna de película, tras un periodo en el que tuvo que ocuparse de la ferretería que regentaba su familia en Tudela, y que en 1957 pondría en marcha el Conservatorio Pablo Sarasate en Pamplona. Musicalmente se nota haber sido alumno de Conrado del Campo durante su estancia madrileña, y sigue siendo uno de los compositores aún por redescubrir en las salas de concierto con un amplio catálogo que abarca distintos géneros (de sus películas daría para un estudio en profundidad) y a quien como tantos la Guerra Civil truncó una carrera más que prometedora, optando por el denominado «exilio interior», siendo uno de los músicos más representativos de la Generación del 27 que bien conoce Aurelio Viribay en su tesis doctoral sobre el llamado Grupo de los Ocho (también Grupo de la República o Grupo del 31) . En este disco están sus Seis canciones Vascas que el dúo Munguira-Viribay plasma de forma magistral como en los conciertos donde las llevan. Hermosas melodías, amorosas, sentimentales, delineadas en canto y piano de estilo universal plenamente exportable, breves e intensas además de una gran hondura interpretativa, que finaliza cantando a Ondarribia y las hermosas hijas de viuda que emulan en Fuenterrabía a las morillas de Jaén, otra joya recuperada por el «arqueólogo musical» y que siempre suena fresca.

Para cerrar este proyecto nadie mejor que el universal Pablo Sorozábal (Donostia, 18/09/1897 – Madrid, 26/12/1988) y dos canciones que muestran la inspiración melódica sumada al buen hacer de mi tocayo easonense que su nieto Pablo Sorozábal Gómez sigue manteniendo vivo más allá de las zarzuelas, y donde la herencia del folklore nunca se pierde, siendo probablemente su obra menos difundida, y de la que el pianista y musicólogo Mario Lerena Gutiérrez (Getxo, 1981), autor de una premiada tesis sobre el compositor, en el libro bilingüe editado en 2022 por Donostia Musika para conmemorar el 125 aniversario de su nacimiento, describe que «muestra una faceta más reservada del compositor y nos acerca a aspectos inéditos de sus inquietudes y quehaceres cotidianos, revelando entrañables redes amistosas, familiares y profesionales, imprescindibles para comprender a fondo su trayectoria y personalidad artísticas». La popular Gure basetxe (Nuestro caserío) con letra de Imanol Egileor, un caserío distinto al de Guridi que Sorozábal hace schubertiano y casi convierte en pequeño himno pastoral con aire de romanza (al que no falta el brillante final en agudo), y citando de nuevo al doctor Lerena «su acompañamiento pianístico (…) no renuncia a un refinamiento armónico con discretos gestos de modernidad contenida. De ese modo, el autor refleja la particular encrucijada estética y vital en que se hallaba inmerso: entre el elitismo de la alta cultura y la emergente cultura de masas, pero también entre la tradición vernácula y la vanguardia internacional». El último Euskalerria en adaptación al euskera del propio Sorozábal y Fernando Artola Sagarzazu del texto original de «Ay tierra vasca» (1956), broche de oro de estas 36 canciones vascas a las que deseo larga vida en vivo una vez inmortalizadas en este CD donde Javier Monteverde y su equipo de los Estudios Cezanne siguen mimando y apostando por estos repertorios.

Espero escucharlos en Gijón el 18 de marzo aunque será con La Bella Molinera de Schubert en su Sociedad Filarmónica dentro del ciclo POEX, y que me dediquen este último disco.

Cortes, autores y canciones:

Francisco Escudero (1912 – 2002):

Tres canciones vascas:

01.I. Matzaren orpotik (Del pie de la vid); 02. II. Urrundik (Desde lejos); 03. III. Aberri maitiari (A la patria querida).

04. Navidad-Eguberri -popular-.

05. Artaso (Bitoriano Gandiaga) -tradicional Paulo Aguirretaltzategi-.

06. Ollo eder bat -popular- (Una hermosa gallina).

Tomás Garbizu (1901 – 1989):

Viejas Canciones Donostiarras (Donostiako kantu zaharrak) -selección-:

07. Mariya nora zuaz (¿Dónde vas María?); 08. Pello Joxepe (Pedo José); 09. Kaia barrenian (Dentro del muelle); 10. Ikusi nuanian (Cuando vi); 11. Loa-loa (Duerme, duerme); 12. Donostiyako iru damatxo (Tres señoritas de San Sebastián); 13. Kuku; 14. Itzaya (El boyero); 15. Jaiki-Jaiki (Levantaos, levantaos); 16. Habanera del Guria.

Norberto Almandoz (1893 – 1970):

Cuatro Melodías de Iparraguirre:

17. I. Zugana Manuela (En tí, Manuela); 18. II. Zibilak esan naute (Los Civiles me han dicho); 19. III. Ara nun diran mendi maiteak (He aquí las queridas montañas); 20. IV. Biba Rioja (Viva Rioja).

Jesús Arrambarri (1902 – 1960):

Ocho Canciones Vascas:

21. I. Atea tan tan (La puerta, tan-tan); 22. II. Txalopin txalo (Aplauso y aplausito); 23. III. Nere maitia (Amor mío); 24. IV. Tun, kurrun, kutun; 25. V. Ainoarra ñimiño (El ainhoar pequeñito); 26. VI. Arranoak bartuetan (Las águilas); 27. VII, Anderegeya (Novia); 28. VIII. Amak ezkondu ninduen (Me casó mi madre).

Fernando Remacha (1898 – 1984): Seis canciones Vascas:

29. I. Eijerra zira maitia (Hermosa eres, amada); 30. II. Zubietako neskatxentzat (Las chicas de Zubieta); 31. III. Chorietan bürüzagi (Maestro entre los pájaros); 32. IV. Astea luze (Larga semana); 33. V. Bentara noa (A la venta voy); 34. VI. Ondarribia, erri txikia (Fuenterrabía, pueblo pequeño).

Pablo Sorozábal (1897 – 1988):

35. Gure basetxe -Imanol Egileor- (Nuestro caserío).

36. Euskalerria (¡Ay, tierra vasca!) -Pablo Sorozábal y Fernando Artola-.

Hipnotismo relajante

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Martes 25 de noviembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 16 del año 2025, 2.096 del año 119: Dúo Cassadó (Damián Martínez Marco, violonchelo – Marta Moll de Alba, piano). Hypnotik, obras de Bach, Kodály, Bloch, Glass y Pärt. Fotos propias y de la web del dúo.

Siempre hay que volver a la música de cámara como continuo aprendizaje para intérpretes y público, esta vez no muy abundante en el teatro de la calle Mendizábal, con el Dúo Cassadó que traía un programa «hipnótico» algo monócromo por las obras elegidas -que no por una iluminación relajante acorde con lo que iríamos escuchando-, y el estilo de una escritura que apuesta por obras de nuestro tiempo capaces de escapar de etiquetas, aunque se hayan calificado de «minimalistas», pero el objetivo de compartir la expresividad de todas ellas con una belleza y reflexiones siempre personales, se alcanzó en la hora abundante de concierto, más aún con la calidad de este dúo formado por Damián Martínez Marco al chelo (a quien ya pude escuchar en Oviedo en agosto de 2015 junto a la OFIL) y el piano de la canaria Marta Moll de Alba, dos intérpretes, divulgadores y docentes de amplia trayectoria. que siguen apostando por el repertorio de nuestros días, y además traían parte del Hypnotik ya grabado para el sello Warner Classics (del que son artistas exclusivos), por lo que el posterior rodaje tras el trabajo previo se notó, y del que el programa de mano -escrito por la pianista- nos cuenta:

«Está concebido como una experiencia personal, nos invita a conectar con lo más íntimo de nosotros mismos. Es un viaje musical en el que se pone de manifiesto la esencia del ser humano y la música minimal desde el barroco hasta nuestros días. La música minimal se asocia a la repetición, al éxtasis y al énfasis. Es un concepto musical donde los sonidos son utilizados en su mínima expresión. La repetición de las frases, la armonía y el pulso constante nos transporta a un universo donde conectamos con nuestra propia esencia».

Pero sería el Bach eterno quien abría programa con la Suite nº 3 BWV 1009 (de la que Martínez Marco ya nos regalase en el concierto antes citado la Courante). Entonces escribía que el inmenso Pau Casals , comentaba desayunarse cada día una de ellas  -«Beethoven es la pasión, Bach es la música completa»-, así que este tercera (cuyo enlace es la interpretación del catalán) nos la tomaríamos como una merienda del antes de compartir el resto del  programa con Marta Moll. Finalizada la escucha del concierto me reafirmo en mantener que Mein Gott es el «Padre de todas las músicas» y su aura se mantuvo en cada obra del programa. El sonido del cellista es rotundo, amplio, de digitación limpia, tempi adecuados y fraseos intensos. Destacar la hermosísima Allemande y la Gigue final con esos aires de gaita que parecen llevarnos al folklore hecho obra de arte.

Vendrían después el húngaro Zoltan Kodály (1882-1967) y su Adagio para cello y piano (1905), del que las notas al programa, dicen: «A lo largo de la historia, el ser humano ha tenido la necesidad de buscar respuestas a los misterios de la vida y los enigmas de la muerte. Gracias a la música podemos transportarnos a otra dimensión». El cello humano que canta arropado por un piano caminando en este viaje interior de El Cassadó, tranquilidad rota como un despertar tras la placidez de esta página donde se pueden intuir reflejos en un agua turbulenta antes de recuperar la respiración y la serenidad.

“La Vida Judía” («Jewish Life») del compositor suizo Ernest Bloch (1880-1959) «está inspirada en los cantos litúrgicos judíos. Es una obra que trata de captar el carácter del alma judía a través de una plegaria, una súplica y una canción judía» y en sus tres «versos» (Prayer – Supplication – Jewish song) es el cello quien transmite toda la intensidad de los cantos, glissandos o melismas -la «súplica» transmitiendo una sensación de rezo con el piano cristalino sustentando en tierra la espiritualidad contenida- más esa canción judía propia por todo lo que transmite de colorido interior y sonoridades amplias.

Dos compositores vivos y verdaderos iconos del llamado «Minimalismo» que con ellos se hace grande: primero el norteamericano Phillip Glass (Baltimore, Maryland, 1937) y su Metamorphosis Two (1988) para piano solo -de las cinco que la componen- inspirada en la obra literaria homónima de Franz Kafka, esta vez en arreglo para chelo y piano que engrandece esta enorme miniatura con la repetición mantenida en las teclas mientras las cuerdas exploran una melodía que no intuimos dónde nos llevará, registros extremos en ambos instrumentos, revoloteos cual monstruoso moscardón que aumenta las pulsaciones durante este tránsito sonoro hasta nuestras ignotas profundidades.

Este viaje, tal como lo describe Marta Moll, llegará a su destino de la mano del compositor estonio Arvo Pärt (1935) donde Spiegel im Spiegel «habla de un espejo infinito, una experiencia mística donde el tiempo y la eternidad están conectados. El compositor estuvo años sin componer estudiando música antigua y canto gregoriano. Al retornar a la composición su música cambió radicalmente y emergió un universo meditativo y sereno». Si la obra coral de Pärt es un remanso espiritual lleno de complejidades armónicas desde la siempre traicionera y aparente sencillez , esta obra amplía la sonoridad vocal al dúo Martínez Marco y Moll de Alba, luz pianística y cielo con aurora boreal chelística en otra plegaria por la paz tan necesaria en nuestros tiempos.

Y a continuación Fratres (1977), «Hermanos» compuesta para la también estonia orquesta de música antigua Hortus Musica, que pese a no estar en la grabación del dúo para Warner Classics, es «(…) una de las obras más significativas del compositor y nos traslada a un universo místico. Arvo Pärt utiliza el sonido para crear una escucha interna. Compara su música con la luz blanca que contiene todos los colores. Sólo un prisma puede revelar los colores que contiene la propia luz blanca y hacerlos aparecer. Ese prisma es el espíritu de los oyentes», una más de las muchas adaptaciones de esta música sin palabras, siempre luminosa desde el propio sistema compositivo del genio estonio, el Tintinnabuli, como en la anterior, para seguir transitando este viaje sonoro con un dúo bien hermanado que nos llevó a disfrutar de una tarde hipnótica y relajante.

El verdadero final del viaje sería la propina con homenaje, tanto a nuestro Falla (de quien celebraremos el próximo 2026 los  15o años de su nacimiento en Cádiz más los 80 de su muerte en el exilio argentino de Alta Gracia), como a nuestra tierra: esa Asturiana de las «Siete canciones populares españolas» que tantas versiones instrumentales ha tenido, y que personalmente la de chelo con piano es la más cercana a la voz mostrándonos cómo la belleza melódica no necesita de la palabra (la de nuestro Lorca patrio con el tamiz de mi tierrina: «Arriméme a un pino verde / me consoloba«), aunque siempre se enriquezca con la música, el minimalismo antes de definirse e innecesario hoy en día.

PROGRAMA:

J. S. Bach (1685-1750): Suite para violonchelo nº 3, BWV 1009 (Prélude – Allemande – Courante – Bourrées I y II – Sarabande – Gigue).

Zoltan Kodály (1882-1967); Adagio para cello y piano.

Ernest Bloch (1880-1959): From «Jewish Life»: Prayer – Supplication – Jewish song.

Phillip Glass (31 de enero de 1937): Metamorphosis Two.

Arvo Pärt (11 de septiembre de 1935): Spiegel im Spiegel – Fratres.

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