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Nacidos para ser yunque

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Viernes 10 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Coro de la OCG (Héctor Eliel Márquez, director del coro), solistas, Lucas Macías (director). Obras de Mascagni, Wagner y Falla. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

El festival granadino está ya en la recta final y en la antepenúltima noche que coincidía con el partido entre España y Bélgica (victoria sufrida) volvía al Palacio para comprobar en vivo el trabajo del maestro Lucas Macías con la OCG, pues con la OFil le sigo desde su titularidad y tenía curiosidad en un programa donde Mascagni y Wagner los tiene muy trabajados aunque el reto estaba en el estreno de La vida breve (1905) en su versión “original”, la ópera de Manuel de Falla y que se enmarca en el 150 aniversario del gaditano.

La Web presentaba el programa como El taller de Falla:

La Orquesta Ciudad de Granada bajo la dirección de Lucas Macías presenta un programa que recorre algunos hitos del teatro musical europeo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Intermezzo de Cavalleria rusticana de Mascagni y el Preludio y Muerte de Isolda en su primera versión sitúan al oyente en el núcleo del drama operístico. El centro del concierto lo ocupa en cualquier caso La vida breve de Manuel de Falla en su primera versión inédita, una partitura desconocida que permite redescubrir el proceso creativo del compositor y su temprana síntesis entre tradición lírica europea y elementos populares. Esta recuperación aporta una mirada nueva sobre una de las óperas fundamentales del repertorio español, revelando matices estructurales y expresivos que enriquecen la comprensión de la obra y de su contexto histórico.

Antes del concierto, y tras las palabras de Paolo Pinamonti (el micrófono no funcionó) pidiendo al público guardar un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del trágico incendio forestal ocurrido en Los Gallardos (Almería), comenzaba una velada que no colmó mis expectativas iniciales. La orquesta granadina va tomando forma aunque la noté descommpensada, con pocos contrabajos para dar consistencia en los graves, que con un tarima al menos ganaría en profundidad, una cuerda que va buscando su sonido aunque le falte algo más de tensión. En el Intermezzo de Cavalleria rusticana de Mascagni los cellos sí frasearon con gusto y musicalidad, la madera sí estuvo empastada más los metales sonaron algo destemplados, supongo que por la temperatura palaciega aunque al atardecer siempre desciende.

Para cerrar la primera parte el Preludio y Muerte de Isolda en su primera versión volvió a reflejar las carencias pese a los intentos del maestro onubense en la búsqueda de la tímbrica ideal para esta maravilla wagneriana. Me pareció, si se me permite el guiño cómico, un “Tristón e Isorda” sin la tensión y emoción que esta joya sinfónica necesita. La relación del alemán con el gaditano para la segunda parte las refleja muy bien Jorge de Persia en las notas al programa, y seguro que con más trabajo la OCG irá creciendo. Tocar en casa es una responsabilidad y aún mayor con estas páginas exigentes que suponen algo más que hacer sonar lo escrito en vez de sentirlo y disfrutarlo.

Tras la pausa de hidratación tan futbolera y comprobar cómo iban los cuartos de final llegaría el esperado estreno de la primera versión de Falla, con toda la historia que conlleva y que daría para un análisis más profundo ante lo que bien podría ser un borrador para una obra que tanto trabajo le costó al gaditano enamorado de Granada.

Con el propio Coro de la OCG que dirige Héctor Eliel Márquez (con unos días intensos tras el concierto del Numen Ensemble), y un amplio elenco de solistas, llegaba el estreno de la primera versión inédita de 1905 de La Vida Breve. Las notas de Jorge de Persia comentan que «hasta algo más de un año atrás la única fuente completa primigenia conservada de 1905 era la partitura de canto y piano y algunas páginas que Antonio Gallego suponía acertadamente pertenecientes a la de orquesta, considerada perdida en su totalidad». Se aprecian los “añadidos” en algunas partes y la instrumentación pero se mantiene el resto. Una ópera en concierto tiene la ventaja de imaginar cada cual la escenografía: el cercano Albaicín, la puesta de sol en la capital nazarí, la casa humilde de Carmela en Granada más la boda y el final trágico tan romántico.

Pero cantantes no interactuaron como se podría esperar, reconociendo que al tratarse de una edición nueva era mayor la preocupación en la fidelidad que la entrega a los distintos personajes. Pese a todo, la mezzo valenciana Silvia Tro Santafé gozó de buena Salud, buenos agudos, excelente proyección y el dramatismo de su papel. Otro tanto el Paco del tenor asturiano Alejandro Roy, que ha ganado en el registro grave manteniendo su poderío en estos roles veristas que domina con soltura. La abuela canaria Belén Elvira pide unos graves donde la pérdida de volumen se notó por una OCG que no bajó las dinámicas, y la elección de mezzos pedía una mayor diferenciación de color, compensada por la expresividad. Breves las intervenciones del bajo barcelonés Joan Martín-Royo (El tío Sarvaor)al que le ocurrió otro tanto, y la tercera mezzosoprano de la noche, Leticia Rodríguez (Carmela), sin dejarme a los barítonos Andrés Merino (Manuel) y Álvaro Gallegos «en la fragua».

Mención aparte de Antonio Gómez El Turry, cantaor que aporta a la obra el toque flamenco. Casi escondido detrás de los contrabajos y amplificado, al igual que la guitarra de Luis Mariano, pienso que innecesariamente pues debe escucharse en la lejanía aunque en el escenario había monitores para que Macías y la orquesta les escuchasen y pudiesen encajar, a la perfección, el cante y toque natural y “ad libitum” de la pareja.

Del coro destacar volumen y afinación tanto en las voces graves como en las blancas, el buen emparte todos juntos, incluso los jaleos y gestos escritos por Falla, y al proyectarse los textos podíamos seguir esa letra con los giros andaluces (“Arsa”) donde las consonantes desaparecen “mujé”, las jotas casi aspiradas y la frase repetida como leitmotiv ¡Malhaya quien nace yunque, en vez de nacer martillo!”.

Enorme trabajo con poco tiempo para poder preparar concienzudamente y escuchar este drama lírico de Falla por parte de todos, que además se retransmitió en directo por Canal Sur TV y Radio Clásica (que a su vez lo remitirá a la UER). El reto en la dirección para Lucas Macías es un escalón más para comprobar su crecimiento desde el podio con sus actuales tres orquestas sinfónicas. Y si suelo jugar con las palabras, esta vez no titulo la entrada como “Falla no falla” sino que me quedo con el paralelismo del yunque sobre el que golpeó el martillo.

ELENCO:

Orquesta Ciudad de Granada (OCG)

Lucas Macías, director

Coro de la OCG

Héctor Eliel Márquez, director del coro

Silvia Tro Santafé, mezzosoprano (Salud)

Belén Elvira, mezzosoprano (La abuela)

Leticia Rodríguez, mezzosoprano (Carmela)

Álvaro Gallegos, tenor (voz de la fragua)

Alejandro Roy, tenor (Paco)

Joan Martín-Royo, bajo (El tío Sarvaor)

El Turry, cantaor

Andrés Merino, barítono (Manuel)

Luis Mariano, guitarra

PROGRAMA:

I

Pietro Mascagni (1863-1945)

Intermezzo, de Cavalleria rusticana (1889)

Richard Wagner (1813-1883)

Preludio y Muerte de Isolda, de Tristan und Isolde (primera versión, 1857-59)

II

Manuel de Falla (1876-1946)

La vida breve (1905)

Drama lírico en dos actos y cuatro cuadros

Libreto de Carlos Fernández Shaw

Estreno de la primera versión inédita de 1905

Edición de la partitura dirigida por Álvaro Flores Coleto / Manuel de Falla Ediciones S. L.

En conmemoración del 150 aniversario de Manuel de Falla

Pacto musical con el diablo

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Domingo 5 de julio, 22:00 h75 Festival de Granada, Ópera y cine. Palacio de Carlos V: Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), Coro masculino de la Orquesta Ciudad de Granada (Héctor Eliel Márquez, director del coro), Alejandro del Ángel (tenor), Donato Renzetti y Timothy Brock (directores). Obras de Franz Liszt y Pietro Mascagni. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

Cine de verano en el palacio imperial con dos obras y dos directores al frente del una JONDE fresca, entregada, disciplinada y bien ensamblada para un programa que pide una gran orquesta como la que se subió al escenario. Apoyaré siempre esta cantera de las orquestas profesionales, incluso las que surgen independientes, porque nadie diría en mis años jóvenes que tendríamos este renacer de grandes músicos que necesitan rodarse como complemento necesario a sus estudios de instrumento, y según surgían nuevas formaciones sinfónicas a lo largo del territorio español, como sucede en el resto de Europa, la gente joven que aspira a la profesionalidad necesita estas oportunidades, con ilusión, calidad y un resultado final que no tienen nada que envidiar a “sus mayores”, y así lo estamos comprobando en esta edición.

La noche dominical tenía como hilo argumental el mito de Fausto, que bien nos explica y describe en las notas al programa mi admirado José Manuel Ruiz Martínez, profesor de Lingüística General y Teoría de la Literatura en la Universidad de Granada así como crítico musical. La poco interpretada Sinfonía Fausto de Liszt es un hito del sinfonismo del siglo XIX dentro de la llamada “música programática”.

Sus tres movimientos son retratos psicológicos de los principales protagonistas del drama, pero la interpretación del reputado maestro italiano Donato Renzetti (Torino di Sangro, 1950) me lleva a tomar las palabras del propio Liszt: «soy el espíritu de la negación».

En vez de transmitir emociones me acabó causando verdadero sopor, una lástima porque la JONDE fue disciplinada y entregada al maestro, sonando compacta, con una cuerda (a partir de 8 contrabajos para calcular la plantilla) bien comandada por la concertino María Asensi Yagüe, unas maderas que en el tema de Margarita sonaron y dieron la inocencia del personaje, unos metales brillantes para “acallar la amarga ironía mefistofélica y proclamar el triunfo del «eterno femenino»”  como escribe José Manuel, y el siempre exigente coro masculino y tenor, que añadiría posteriormente Liszt, en este caso el de la OCG junto al tenor mexicano Alejandro del Ángel para los versos de Goethe, traducidos en la pantalla para la posterior película. Demasiado ocupados en dar todas las notas de la partitura, los volúmenes no siempre fueron idóneos ante cierto “maltrato” orquestal.

La sinfonía no funcionó tal y como la planteó Renzetti, sin encontrar o atender los balances y fraseos, perdiéndose la oportunidad de disfrutar esta maravillosa sinfonía.

Y aunque el concierto se presentaba dentro del apartado “Ópera y cine” no resultó tan literal como en la anterior edición con Carmen y Pagliacci, ambas dirigidas por el norteamericano Timothy Brock (1963), aunque el compositor de la banda sonora para la película Rapsodia satanica (1917) de Nilo Oxilia fuese Pietro Mascagni en su primera y única aproximación a un género que, cien años después, sigue siendo la actual música sinfónica. Cada vez encontramos más películas previas al cine sonoro con la música en vivo tal y como se hacía en su época, y la labor de digitalizar estas cintas para una buena proyección es la mitad del espectáculo del “cine al aire libre”, aunque no sea igual que en un teatro o auditorio, pero Granada en verano es idónea para el Séptimo Arte con la música en vivo.

Nuevamente la JONDE rindió como una orquesta profesional, música diegética perfectamente encajada y sincronizada con muchas imágenes coloreadas, destacando especialmente las que el piano de la protagonista, curiosidad femenina que pacta con el diablo, sonaba chopiniano en las manos del segoviano Daniel Cardiel Manso, músico invitado que también se ocuparía de la celesta más el órgano en Liszt. El maestro Brock, investigador y especialista en estos rescates audiovisuales, supo sacar lo mejor de una partitura que pasará a la historia precisamente por ser de Mascagni, de sincronización perfecta y respuesta precisa de una orquesta joven pero madura y esta vez bien balanceada.

No sé si la excesiva duración de la velada o el sopor de la primera parte, hizo marchar a buena parte del público, pero es otra película para contar y tendrá que elegirse mejor la combinación de obras en este ciclo, pues el final resultó un pacto con el diablo musical.

PROGRAMA:

Franz Liszt (1811-1886)

Sinfonía Fausto en tres retratos de carácter, para tenor, coro y orquesta, S. 108 (1854-57, rev. 1861):

Faust –  Gretchen – Mephistopheles – Chorus Mysticus

Rapsodia satánica

Mediometraje, Italia, 1917

Dirección: Nino Oxilia (1889-1917)

Música: Pietro Mascagni (1863-1945)

Guion: Alberto Fassini sobre poema de Fausto Maria Martini

Reparto: Lyda Borelli, Andrea Habay, Ugo Bazzini, Giovanni Cini, Giulio Bazzini

Fotografía: Giorgio Ricci

Derechos para para la proyección en vivo: Ripley’s Film Srl

Restauración realizada por L’Immagine Ritrovata and Cineteca di Bologna

Espléndida Jaho

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Viernes 12 de enero de 2024, 20:00 horas. Auditorio “Príncipe Felipe” (Oviedo), Conciertos del Auditorio (25 años): «Gala Lírica». Ermonela Jaho (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Entradas: 29€ y 25€.

Crítica para ÓperaWorld del sábado 13 con los añadidos de fotos de las RRSS y propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
Ermonela Jaho volvía por tercera vez a “La Viena Española” tras su cancelación por enfermedad del concierto previsto en octubre de 2.022 con otro nuevo revés, esta vez el tenor Antonio Corianò que durante los ensayos en Oviedo debido a una repentina y severa afección respiratoria hubo de cancelar su participación. Ante esta situación sobrevenida, la soprano de origen albanés asumiría en solitario esta Gala Lírica incorporando nuevas arias a las inicialmente previstas y programadas (sin tiempo para cambiar los programas de mano, y al menos solventado con una hoja),emitiendo un comunicado la Fundación Municipal de Cultura que deseaba “una pronta recuperación al señor Corianò y agradeciendo muy especialmente a la señora Jaho su generosidad en asumir íntegramente la gala lírica”.
Los Conciertos del Auditorio ya nos trajeron en abril de 2019 a una Jaho con legión de admiradores que repetiría en la ópera ovetense hace ahora dos años con su «Adriana Lecouvrer» comentada en estas mismas páginas. Si el formato de recital compartido presupone la alternancia de números instrumentales a cargo de la orquesta con arias y dúos que permiten a las voces un ligero descanso, pues cada página conlleva un esfuerzo mayor que la propia ópera a la que pertenecen, está claro que asumir las nuevas arias en solitario y con tan poco tiempo, le traería a la soprano un extra que solventó con la misma profesionalidad y entrega a la que nos tiene acostumbrados, espléndida incluso con las propinas tras una “carrera de fondo” luchando contra los elementos y volviendo a enamorar a un público que casi llenó el auditorio ovetense, con muchos “operófilos del Campoamor” y una buena legión de fans, poniéndose en pie al finalizar el recital.
Si de esfuerzo hablamos también el de la Oviedo Filarmonía debiendo armar en dos días el ‘nuevo’ programa aunque su experiencia acumulada en estos veinticinco años en el foso es un tanto a su favor y más con su titular Lucas Macías que se ha hecho plenamente con ella, llevándola a crecer en cada función y concierto, tanto en el “templo lírico” como en este auditorio que con la orquesta celebra sus bodas de plata. La formación de la capital abrió la velada con la obertura de las Vísperas de Verdi disfrutando de la sonoridad fuera del foso y con refuerzos que le dieron un “músculo” extra, desde la parte inicial para acallar toses (algo difícil en estos días), teléfonos y alarmas, que siguen siendo pandémicas, hasta el cambio de tempo para dejarnos lo mejor de este gélido viernes con el que comenzaba un enero lírico en la capital asturiana.
Destacable igualmente el siempre bello «Intermezzo» de la Cavalleria de Mascagni para degustar una cuerda hoy homogénea, vigorosa, cálida, con el arpa de José Antonio Domené que estaría impecable a lo largo de toda la velada. La segunda parte abriría de nuevo Verdi con el Preludio de Macbeth, algo más destemplado y un Adagietto de la Quinta de Mahler que pese a carecer de lógica en una gala operística, al menos se inspiraba en el texto de Rückert “He muerto para el mundo”, lo que daba el carácter dramático (y casi cinematográfico de Visconti) tras el dolor de Suor Angelica, volviendo a disfrutar de una cuerda madura y ya con sonoridad propia, siempre bien entendida por el maestro onubense que alterna titularidad con Granada.
La entrada elegante en escena de “La Jaho” marcaría las líneas generales de la gala, los atributos ya conocidos de la albanesa que ya apuntase en su primera visita al auditorio (entonces con el tenor Benjamin Bernheim): su entrega total en cada papel, su presencia escénica, su técnica e incluso su color vocal que se ha enriquecido, así como la plena implicación en todas las arias elegidas, escenificando las heroínas operísticas que todos esperábamos aunque siga “abusando” de recursos como el vibrato por momentos desmedido, los fiatos que han ganado en amplitud dinámica y todavía algunos portamentos hacia el agudo, dificilísimos por otra parte, rozando una afinación no del todo limpia en algún “tutti” con la orquesta, que tampoco ayudó por sus dinámicas poderosas detrás de la soprano y no abajo en el foso, lo que nos hizo perder intensidades dramáticas en los graves, pero deshaciéndose en estos años del amaneramiento que le pasaba factura global en cuanto a calidad.
Este frío viernes en Vetusta se mantuvo un interesante duelo operístico entre Verdi y Puccini, decantándose por el de Lucca por poca diferencia (la prórroga desequilibraría el empate pese al gran instrumental del de Busseto), aunque abriría recital con su Adriana Lecouvreur (que bisaría como segunda propina) y la famosísima aria de Cilea “Io sono l’umile ancella» de gran poder emocional, que volvió a enamorar por su dramatización y entrega, haciéndonos volver atrás en el tiempo hasta el centenario teatro carbayón con las temporadas líricas de ópera y zarzuela auténticos referentes en España.
Y de nuevo Verdi tras una rápida salida y entrada del escenario para “cambiar el chip”, pues tras la “Canción del Sauce” de Otello, el «Ave María» supone un cambio drástico por la amplia tesitura de una Desdémona evocadora que presiente la muerte, y donde el registro grave tan exigente quedaría algo tapado por una orquesta poderosa más que misteriosa. Pero esta oración siempre emociona y Jaho transmite el intimismo del rol y el dramatismo de su celoso y asesino esposo, miedo y angustia cantado en el “Egli era nato per la sua gloria, io per amar” (Él nació para su gloria y yo para amar…), el mismo sentimiento hacia Otello escrito por Verdi y cantado por Ermonela con toda la carga emocional que el personaje pide.
El siguiente grande, Puccini primero de la tarde, llegaría con Magda de Civry y su aria “El bello sueño de Doretta” de La rondine (brava María Cueva al piano), nuevo cambio escénico y actoral donde la voz de Ermonela Jaho voló como la golondrina, bien proyectada, fiatos “marca de la casa ” y la tentación orquestal por ser águila imperial en esta “opereta vienesa a la italiana”.
Aún quedaba un nuevo contraataque verdiano, la Violetta Valery del último acto, todavía cercana en nuestros oídos (con “La Bakanova” también comentada desde estas páginas) y el aria inmortal “Addio del passato” con la Jaho saliendo transmutada, otra transformación escénica leyendo la carta a Alfredo, melancólica belleza, tosiendo (ayudada por parte del público), creyéndose y sintiendo ese papel que está haciéndola triunfar: el lamento de su vida descarriada y llena de excesos así como de su amor perdido. Emoción y respeto antes de los atronadores aplausos, al menos hubo química con la orquesta y el maestro Macías sacó el mejor concertador, con el oboe de Jorge Bronte tan lírico como la propia albanesa. Público entregado y agradecido por la generosa Jaho que da todo sobre las tablas.
El aria más conocida de La Wally, la sexta y última ópera de Catalani (calificada como “verismo blando” por Arturo Reverter en sus notas al programa), que personalmente nunca vi en directo. “Ebben ne andrò lontana” sería donde Ermonela Jaho arrancaría vocalmente la segunda mitad con otro vestido (las cantantes suelen hacerlo contrastando igualmente color y hechura) antes del Puccini que en el actual momento vocal de la soprano de origen albanés es su mejor tarjeta de presentación. Maravillosos sus cambios de roles, pasando de Sor Angelica a Cio-Cio-San y sin apenas respiro a Flora Tosca, tres arias donde explotar las dotes de una Ermonela que transmite cada página, que las escenifica, que las siente, que emociona y hace creíbles. De nuevo sobrevoló la tentación sinfónica del inigualable orquestador Puccini que opacó por momentos los registros graves, pero la ópera es escena, texto y música. La Jaho lo sabe y el público lírico asturiano lo agradece: la madre y monja sacrificada del “Senza mamma” nos hizo añorarla en el último díptico pucciniano del Campoamor (no llegó a tríptico), ya más mimada por Macías y corpórea en los graves con toda la emoción de los agudos. La japonesa, hasta en la gestualidad, de “Un bel di vedremo” haciéndonos sentirnos Suzuki a todo el auditorio, divisando la esperada nave entrando en puerto, la fragilidad del personaje y la fortaleza vocal de esta “gheisa”. Por último “Vissi d’Arte”, el destino hecho música y personificado por Ermonela Jaho, a merced de los teatros o el público igual que Cavaradossi del terrible Scarpia, testamento propio y ajeno cuando canta “He vivido del arte, he vivido del amor…”, Ermonela Tosca triunfadora de la noche.
Si había un incierto empate en este particular duelo lírico entre Busseto y Lucca, la primera propina lo decantó por el último gran operista, el toscano frente al parmesano rememorándonos nuevamente el ya comentado díptico del Campoamor, Gianni Schicchi y el aria más cantada, “O mio babbino caro” donde Lauretta Jaho completó sus personajes puccinianos: angustia y tormento para poder casarse con Rinuccio, esfuerzo dramático y amor por la ópera, regalándonos esta “gala de gala” en solitario con el carácter de “espléndida” en el amplio sentido del adjetivo.
Auditorio en pie, rendido a “La Jaho” y bisando“humilde esclava del genio creador”, Ermonela verdadera trabajadora lírica, quien en una entrevista para la prensa local contestaba que su ópera favorita es “aquella con la que puedo llevar al público en un viaje espiritual en el que ambos alcanzamos la catarsis”, y realmente lo consiguió, rompiéndonos el corazón con todas las protagonistas.
PROGRAMA:
1ª PARTE
Obertura de “I vespri siciliani” (G. Verdi)
Io sono l’umile ancella, de “Adriana Lecouvreur” (F. Cilea)
Ave Maria, de “Otello” (G. Verdi)
Intermezzo de “Cavalleria Rusticana” (P. Mascagni)
Il bel sogno di Doretta, de “La Rondine” (G. Puccini)
Addio del pasato, de “La Traviata” (G. Verdi)
2ª PARTE
Obertura de “Macbeth” (G. Verdi)
Ebben ne andrò lontana, de “La Wally” (A. Catalani)
Senza Mamma, de “Suor Angelica” (G. Puccini)
“Adagietto” de la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (G. Mahler)
Un bel di vedremo, de “Madama Butterfly” (G. Puccini)
Vissi d’Arte, de “Tosca” (G. Puccini)

Oviedo es lírico

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Sábado 22 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Gala Lírica inauguración de la «Temporada del reencuentro» (Los Conciertos del Auditorio). Elena Pankratova (soprano), Riccardo Massi (tenor), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Arias y dúos de ópera.

Hace años que reivindico para Oviedo el título de «capital lírica» por sus temporadas de ópera y zarzuela, así como los muchos recitales de las mejores voces en concierto, bien camerístico o con orquesta. Y nada mejor para comenzar la llamada Temporada del reencuentro (Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano) que esta Gala Lírica donde el COVID19 nos privó de la prevista Ermonela Jaho pero presentó en Oviedo a la soprano rusa Elena Pankratova junto al tenor italiano Riccardo Massi y con una Oviedo Filarmonía (OFIL) y su titular Lucas Macías al frente.

Programa organizado como es previsible alternando las diferentes arias de tenor y soprano con un dúo cerrando cada parte, haciendo «descansos vocales» desde páginas instrumentales donde poder disfrutar con nuestra «orquesta de foso» que brilla aún más sobre el escenario. Porque la antigua OSCO creada para los festivales líricos y estos ciclos, así como alternar con la OSPA en las temporadas de ópera, daría su salto de calidad como OFIL a partir de F. Haider, caminó «adolescente» con M. Conti y con la llegada de Macías Navarro alcanzaría su mayoría de edad, el onubense dando un paso al frente para lograr una sonoridad propia, confiada, y con solistas de primera como pudimos comprobar este sábado lírico.

Interesantes los dos cantantes aunque hubiese momentos de trazo grueso pero con una selección de arias conocidas donde ambos dieron lo mejor de sí mismos, avanzando en musicalidad y matices no todo lo delicados que hubiésemos deseado, pues la orquesta detrás, y no abajo, requiere una emisión vocal de mayor proyección que en el caso de Massi no se equiparó a la Pankratova, sacrificando el italiano su mezza voce y optando la rusa por el poderío del volumen, fuerza que hacer perder intensidades dramáticas de buen gusto pero sobrevolando sin dificultad la masa sonora.

Globalmente me quedo con la OFil que se lució de principio a fin, desde una ágil por no decir vertiginosa Obertura de Carmen (Georges Bizet, 1838-1875) ejecutada con limpieza, seguridad y equilibrada en todas las secciones (al fin cuatro contrabajos y sobre podio para redondear los graves), la “Méditation” de Thaïs  (Jules Massenet, 1842-1912) con el extraordinario solo de la concertino Marina Gurdzhiya, todas en la primera parte, más el Preludio e Intermedio del sainete Diana cazadora o Pena de muerte al amor (María Rodrigo, 1888-1967) con el objetivo de programar obras de mujeres compositoras, y con ese piano final del virtuoso Sergey Bezrodny (hoy también al órgano), más un hondo “Intermezzo”, de Manon Lescaut (Giacomo Puccini,1858-1924) con el cello de Gabriel Ureña y la viola de Rubén Menéndez, ya en la segunda (con esa melodía que siempre me recuerda las notas «galácticas» de John Williams), lo mejor de esta orquesta ovetense en la gala lírica de apertura.

Los acompañamientos de las arias y dúos estuvieron a gran altura, exigiendo a las voces lo apuntado anteriormente, y de nuevo con lucimiento de los primeros atriles (bravo el arpa de Danuta Wojnar o el clarinete de Inés Allué) en una orquesta de la que Macías saca brillo, buenos balances y verdadera pasión en páginas que ya sonaron en el Campoamor pero que en el Auditorio adquieren la grandeza sinfónica.

El tenor Riccardo Massi eligió para Oviedo lo mejor de su repertorio: en la primera parte Massenet “Ah! Fuyez douce image” (Manon) mostrando un timbre redondo y poderoso aunque mínimamente calado en los agudos por el esfuerzo dinámico, mejor “Ah! Lève-toi, soleil” (Roméo et Juliette) de Charles Gounod (1818-1893), y más entonado además de confiado con una orquesta a la que se sobrepuso por potencia durante la segunda parte “A te, o cara”, (I Puritani) de Vincenzo Bellini (1801-1835) para redondear con su mejor aria del gran Giuseppe Verdi (1813-1901): “Giorno di pianto” (I vespri siciliani) que convenció por color, entrega y musicalidad.

La soprano Elena Pankratova posee un caudal vocal potentísimo en todo su amplio registro, si se me permite el calificativo, «típica voz rusa» con una proyección capaz de sobreponerse a una plantilla orquestal detrás, con buenos detalles técnicos y escena convincente donde no faltaron los «tics de diva» de imagen muy cuidada, jugando con distintos zapatos y sobrecamisas de gasa diferentes para un floreado conjunto hasta el paso al elegante color negro en el final de la gala.

Arias poderosas de bravura más que íntimas, Francesco Cilea (1866-1950) y  “Io son l’umile ancella”, (Adriana Lecouvreur), mejor Un ballo in maschera (Verdi): “Morrò, ma prima in grazia” (bravo el cello de Ureña) y el bellísimo dúo “Teco io sto / Gran Dio”, en «duelo de volúmenes» reposado, empastado y bien arropados por la OFIL; ganando enteros siempre con el inimitable, exigente y emocionante Giacomo Puccini (1858-1924) con una Turandot grandísima en todos los sentidos en el aria “In questa reggia”, y todavía más centrada y entregada con Pietro Mascagni (1863-1945), verismo puro donde “Voi lo sapete, o mamma” (Cavalleria Rusticana) nos dejó lo mejor de su color vocal y dominio técnico con una orquesta rotunda y explendorosa.

Y siempre Puccini para cerrar recital con el dúo de Tosca «Ah! Franchigia a Floria Tosca”, feliz conjunción  musical de voces y orquesta, que arrancó los mayores aplausos de un auditorio lleno para este estreno lírico de temporada.

Los regalos igualmente alternados del gran Puccini, primero el Calaf de Massi con el verdadero número uno “Nessun dorma” de Turandot, sentido aunque la nota final fuese más corta de lo que estamos acostumbrados, y Pankratova haciendo de Musetta con el vals “Quando m’en vo” de La Bohème con la risa surgida no sé si por olvido o miedo al agudo final tras el desgaste físico de toda la velada.

P. D. Curiosidades al descanso desde mi butaca: me aterroriza escuchar frases narrando sin pudor al teléfono, cual retransmisión social, como «Muy guay, veinte violines sonando como uno», «Qué heavy», y «No escuchas, qué caos» mientras algunos músicos afinaban. Todo sea por un público joven cuyo pobre vocabulario me rechina cada vez más. Serán los años o mi deformación profesional de docente jubilado.

Recortes de prensa:

Pecados operísticos

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Jueves 29 de julio, 20:00 horasIglesia de Santa María La Real de La Corte: Oviedo, Origen del CaminoEsplendores SonorosAna Nebot (soprano), Arkaitz Mendoza (órgano). Compositores operísticos y música sacra. Entrada gratuita (previa reserva).

Último de los tres conciertos en La Corte dentro de la programación ovetense veraniega con el dúo Ana Nebot y su «habitual» Arkaitz Mendoza que cambió el piano por el órgano barroco (aunque no todas las partituras), con un repertorio que podríamos titular de «pecados operísticos» al seleccionar a compositores que se acercaron a la música sacra en distintas épocas desde el barroco al pasado siglo.

Pero el rey de los instrumentos barroco, salvo dos intervenciones en solitario del repertorista vasco, el Tiento en fa de Correa de Arauxo (casi irreconocible y falto de mejor ornamentación) y la Fantasía cromática de Sweelinck (algo borrosa en sonoridades y ejecución), no es romántico y carece del pedal de expresión, si bien podría haber hecho del acompañamiento una «orquesta de tubos» o al menos haber trabajado con más variedad los registros, pues las reducciones orquestales para piano no suenan igual al órgano, obligando a esforzarse en demasía la soprano carbayona, que hubo de obviar a menudo los matices originales ante las limitaciones del instrumento. La afinación del instrumento restaurado por Grenzing a 415 Hz. tampoco es la habitual para los cantantes no especializados en repertorios históricos, que no brillan tanto como con orquesta, y menos la reverberación del templo de la plaza de Feijóo, demasiados hándicaps con los que hubo que bregar «La Nebot», así como poco ideales las obras elegidas con ese acompañamiento, aunque todo ayude a una mayor proyección de la personal voz de la soprano que pareció mostrarse más cómoda hacia el final del concierto.

De los grandes operistas abría este concierto sacro el aria de «El Mesías» (Haendel) How beautiful, donde mis temores al comprobar previamente el repertorio comenzaron a salir a flote. Al menos Vivaldi parecía más adecuado con sus motetes Nulla in mundo pax, RV 630 y Ostro picta, armata spina, RV 642, tal vez algo precipitados de tempo para los virtuosísticos pasajes de agilidades forzadas y volúmenes en el órgano poco adecuados.

Mejor el Vidit sumus del «Stabat mater» (Pergolesi) precisamente por su escritura de acompañamiento más apropiada al aerófono, el aire contenido y el color de la soprano ovetense. En cambio Tu virginum del motete «Exsultate jubilate», KV 165 (Mozart) no aguantó tan bien el paso de la orquesta al piano que el órgano precisamente por la escasa riqueza en los registros enturbiaría la belleza de este número previo al Aleluya final (que no escuchamos). Al menos la religiosidad luminosa de Haydn nos transportó con el aria de Gabriel Und Gott sprach… Nun beute… del oratorio «La Creación» que tiene ese color carnoso ideal para la voz de Ana Nebot.

Uno de los grandes compositores de ópera como Rossini no dudaría en acercarse a la música sacra como «un pecado de vejez» y su «Petite Messe Solennelle» es una de esas joyas de las que el O salutaris (que no suele formar parte de la Misa) resulta ideal para el lucimiento de las sopranos incluso solo con piano. Hubiese sido una solución mantener todo el programa en ese formato de recital pero la apuesta por el órgano no creo haya sido la opción correcta pese a la belleza de las obras.

Así lo sentí con los tres Ave María elegidos para concluir el concierto alterando el orden programado como hizo saber de viva voz la propia Ana Nebot, quien añadió que se podía aplaudir cuando quisiéramos dado el silencio sepulcral hasta entonces. Comenzó con el de Gounod sobre el primer preludio de Bach, después el verdiano de «Otello» y  finalmente Mascagni del conocido intermedio de su ópera «Cavalleria Rusticana» con letra de Piero Mazzoni. Tres conceptos operísticos distintos que si bien el primero estamos acostumbrados a escuchar en las iglesias con órgano o piano en muchas ceremonias sin ser parte del ordinario de la misa, aunque muy agradecido por todo el público que al fin rompió su contención; mejor el operístico con órgano y casi imposible de reconocer el último por un instrumento desfigurado en su acompañamiento.

Lástima no haber escuchado a la soprano de casa al piano con el mismo Arkaitz, puesto que la calidad quedó empañada por esta apuesta fallida, al menos eso creo, pero aplaudir como siempre el trabajo y entrega de Ana Nebot ante su público fiel.

Contra los imprevistos siempre Verdi

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Sábado 24 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Olga Peretyatko-Mariotti (soprano), Luca Salsi (barítono), Oviedo Filarmonía, Tung-Chieh Chuang (director). Extractos de óperas de Mozart, Mascagni y Verdi.

Con expectación esperábamos en Oviedo, capital operística con solera, a la soprano rusa Olga Peretyatko, añadiendo el apellido Mariotti por matrimonio con Michele Mariotti en otra pareja para la historia de la lírica entre diva y director. En el concierto del sábado compartiría programa con el barítono Thomas Hampson pero a mediados de semana nos encontrábamos el aviso de cancelación aquejado de una insuficiencia respiratoria con el obligado cambio de obras y la búsqueda de otro barítono que pudiese afrontar con solvencia este duelo con la nueva diva rusa que desde ahora habrá que llamar como las estrellas con artículo delante, «La Peretyatko» (pues La Netrebko sigue siendo única), encontrándose los organizadores con el italiano Luca Salsi recién finalizada su participación en el Trovatore del MET ( hace pocos años también le tocó sustituir a última hora a Plácido Domingo) antes de volver en abril con Lucía y tras el recital del pasado domingo 18 en la Opera Naples que tiene a nuestro Ramón Tebar de director artístico (también pianista) en esta ciudad en el suroeste de Florida.

El barítono se sumó rápidamente a los ensayos con la Oviedo Filarmonía bajo la batuta del joven director taiwanés Tung-Chieh Chuang, auténtico responsable musical del concierto, agradeciéndoseles a todos por megafonía esta buena predisposición para luchar contra los imponderables, volviendo a realizar cambios en el añadido para la velada sabatina.

Bautizada por la prensa musical como «La dama rusa del bel canto», a la soprano rusa no le escuchamos nada de Rossini y prefirió para Oviedo cantar un poco de Mozart que siempre es mucho, y mucho Verdi que no es poco, junto al barítono italiano que sería padre político, biológico e incluso amante a lo largo de esta selección de óperas en el formato habitual de un aria y un dúo, semiescenificados, y dos más uno tras el descanso, sin faltar oberturas e intermedios amén de las esperadas y ensayadas propinas. Pero quien se merece un aplauso enorme de admiración y trabajo es el talentoso director taiwanés Tung-Chieh Chuang, premiado en el concurso para jóvenes directores Malko de la capital danesa en su edición del 2015, lo que le abrió más puertas, demostrando ser un maestro de la concertación con cantantes, mimándoles en las dinámicas y tempi, con gesto claro y preciso para la orquesta, la Oviedo Filarmonía, a la que se le notó cómoda pese a las premuras e inconvenientes surgidos.

Con Mozart tocó abrir (y casi cerrar) velada con Le nozze di Fígaro, primero la obertura ágil, rotunda y precisa antes de la aparición de la Condesa con Dove sono i bei momenti, recién estrenada en el repertorio de la rusa que puede con el aria pero aún le falta rodarla, demasiado sobria y falta de sentimiento.
Debería haber seguido Mascagni y su bellísimo además de delicado Intermezzo de «Cavalleria rusticana» que la orquesta ovetense (con Marina Gurdzhiya nuevamente de concertino) ya ha interpretado en conciertos similares y el maestro Chuang volvió a sacar lo mejor de ella. La Julieta de Gounod se cayó del programa, supongo que por mantener «cuotas de intervención», así que…

… rompiendo también esa unidad argumental se adelantó la salida de Luca Salsi para comenzar con Verdi y La Traviata, la famosa aria de Giorgio Germont Di Provenza il mar, il suol que pienso le pilló un tanto frío, sobrado de potencia que puede llegar a variar por momentos la perfecta afinación. Y mucho mejor el dúo con su «nuera» Madamigella  Valery? donde empastaron perfectamente, moviéndose a la izquierda del podio casi peligrando la batuta del taiwanés, creíbles vocalmente y mimados en las dinámicas por Tung-Chieh Chuang y una orquesta ideal en estas partituras. Faltó la Violeta perdida (aunque sí el público aplaudiendo el dúo antes del «sacrificio»), nada abandonada sino felizmente encontrada por un Germont padre todo poderoso y generoso con la descarriada que tiene hace ya años en su repertorio.

Tras el descanso más Verdi, auténtico protagonista, impecable obertura de “La forza del destino”, digna página de conciertos sinfónicos (junto a las anteriores de Mozart y Mascagni) para una orquesta muy centrada y eficaz pese a los imprevistos. Cambiando de rol y de vestido (oro en la primera y rojo en la segunda ) inició la soprano rusa su segunda aria en solitario con Mercè, dilette amiche, el bolero de Hèléne («Les vèpres siciliennes») que aún necesita maduración y reposo pese a los años que lleva en su repertorio, tal vez el aire sea el de su Carmen pensada pero los graves deberán ganar redondez y volumen igualando colores demasiado contrastados todavía.

El italiano Salsi además de complemento masculino y paternal como Giorgio Germont nos regaló un entregado Macbeth Pietà, rispetto, onore que nos supo a poco, voz pletórica y rotunda, más contenido que de suegro y centrado en esta su segunda aria antes de pasar al padre jorobado con esos roles del genio de Busseto que exprimen todas las cuerdas para perfilar cada cantante su propio personaje.

La Peretyatko tiene igualmente bien estudiada y cantada la Gilda de «Rigoletto» aunque su Gualtier Maldé!… Caro nome con excesiva pirotecnia vocal en su última aria en solitario, tercera de la noche, resultó muy personal pero poco precisa aunque entregada en volúmenes para los agudos, antes del final con su «padre» Salsi, primero el Cortigiani vil razza dannata reválida de todo barítono que el italiano defendió con vehemencia, credibilidad (encorvándose además de cojear) y volumen, más el dúo paternofilial Tutte le feste al templo donde la soprano estuvo algo tapada por el barítono mientras Tung-Chieh Chuang no tuvo contemplaciones dinámicas con una orquesta madura.

Aplauso enorme para el barítono por lo que supuso esta sustitución de última hora que no decepcionó a nadie y se adaptó a las circunstancias, más los bravos para la prometedora diva rusa que aún sigue en ascenso para poder mejorar Verdi tras encandilar con Rossini, ausente en Oviedo. Personalmente su color vocal puede ser mozartiano y hasta creerme que los años la lleven por estos repertorios, es cuestión de esperar y elegir.
Ante el éxito nada menos que tres propinas: la Bess rusa del Summertime (Gershwin) que figuraba en el primer programa aunque ella prefiriese darnos sorpresso, sin poso en el grave, muy plana pese a sus agudos pero de lo más comercial. Como Zerlina llamaría al conquistador italiano para “darse la mano” y marcharse lentamente con Mozart (Là ci darem la mano), un Salsi poliédrico pasando este sábado de suegro a padre y finalmente Don Juan con la Peretyatko menos «Verdi» con Wolfgy en feliz dúo.

Mozart es mucha ópera y hubiese sido el final ideal, pero sin más papeles preparados y para regocijo del respetable quedaría organizarse un poco con unos desconcertados músicos y director para bisar los compases últimos del dúo Todos los días de fiesta con Verdi, y Oviedo volvió a disfrutar de la ópera aunque sea en concierto.

P. D.: reseña en La Nueva España de este domingo 25 y crítica del lunes 26 edición digital solo para suscriptores, adjunto foto:

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

Pasión lírica con más amor que desdicha

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Viernes 13 de febrero, 20:15 horas. Sociedad Filarmónica de Vigo, Auditorio Centro Cultural Afundación, Vigo. Pasión Lírica «Entre el amor y la desdicha»: Beatriz Díaz (soprano), Belén Elvira (mezzo), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de ópera y zarzuela.

En pleno siglo XXI mantener sociedades filarmónicas es toda una labor épica, abonados que van dejando por razones obvias su gran afición y poca juventud que tome el relevo. Lástima porque siguen siendo la escuela formativa para mayores auditorios tanto para intérpretes como público. En ellas podemos seguir disfrutando de la llamada música de cámara y recitales líricos con piano que llenarían grandes salas con orquesta.

Ferrol, Coruña y Vigo aunaron esfuerzos para lograr un recital de auténtica pasión con dos mujeres de larga trayectoria y un pianista que ha dedicado toda su vida a este género, acompañando voces que siguen triunfando.

La asturiana de Bóo Beatriz Díaz, la canaria de Lanzarote Belén Elvira y el madrileño Álvarez Parejo organizaron un programa para esta pequeña gira gallega que hizo las delicias del público conocedor de casi todo lo escuchado (más allá de la edad), arias y dúos para soprano y mezzo donde las voces lograron triunfar tanto en solitario como juntas gracias a un empaste perfecto, algo difícil de encontrar en estos tiempos, con alternancia de números que hicieron aún más atractivo el concierto.

La primera parte la abriría Mascagni con su Cavalleria Rusticana, la escena y oración a piano solo emulando una orquesta con esa música siempre bella, antes del Voi lo sapete, o mamma de la mezzo canaria, continuando con Puccini y dos delicias suyas, Tu che di gel sei cinta de «Turandot» que parece escrito para la asturiana, y el dúo de las flores de Madame Butterfly, dulzura allerana y el perfecto entendimiento entre los tres intérpretes. Esta temporada de ópera en Oviedo pude escuchar dos versiones de Butterfly y el esperado «Samson et Dalila» (Saint-Saëns) del que Belén Elvira desgranó la conocida Mon coeur s’ouvre à ta voix convincente, como si las mezzo canarias tuviesen un don para este rol. Las joyas brillaron con Beatriz Díaz en el «Faust» (Gounod) de Ah! Je ris des me voir, gusto y escena siempre de la mano, con esos rubati impecables y bien entendidos desde el piano, antes de la conocida Barcarolle, dúo de «Los cuentos de Hoffmann» (Offenbach) que confirmó el empaste de ambas voces, a unísono como una sola, con los planos en perfecto equilibrio y un piano siempre pendiente de las protagonistas. El cierre operístico de la primera parte lo puso Bizet con la conocida Habanera de «Carmen» ideal para la mezzo canaria hoy con piano, y Les filles du Cadix (Delibes) que en la voz de la asturiana son otra delicia en versión recital que nunca cansa escuchar, destacando lo difícil que resulta cantar en francés sin cambiar el color de voz, algo que lograron ambas.

El llamado género chico lo es solo de nombre, junto con una zarzuela que seguimos sin saber vender incluso en recital, pese a contar con páginas hermosísimas y de igual o mayor calidad que muchas de sus «hermanas mayores».

La selección adecuada, exigente y nuevamente completa en registros, escena y acompañamiento, destacando El dúo No merece ser feliz de «Los Gavilanes» (Guerrero) con madre e hija convincentes o el agradecido Todas las mañanitas de «Don Gil de Alcalá» (Penella), donde sólo faltó hacer los coros al público. Sobrios el ¿Qué te importa que no venga? (Serrano) de «Los claveles» por la canaria, y  la petenera Tres horas antes del díaLa marchenera«) de Moreno Torroba por la asturiana, en registros y colores de voz apropiados para ambas para deleitar y recrearse aún más en las siguientes romanzas solistas de la Canción de Paloma de «El barberillo de Lavapiés» (Barbieri), endemoniada para pianistas acompañantes (como toda reducción orquestal) y más para sopranos que logren cantar todo lo escrito además de interpretarla escénicamente, a lo que Beatriz Díaz nos tiene acostrumbrados ¡Brabóo!, y el Chotis del Eliseo de «La Gran Vía» (Chueca), tan castizo en todo que nadie diría que Belén Elvira sea canaria, más un «organillero» de lujo el piano de Parejo. Nada mejor que un poco de humor todos juntos con una página compleja en partitura, con cambios de ritmo difíciles de encajar, y escena simpática como es el dúo de «Los sobrinos del Capitán Grant» (Fernández Caballero), ese En Inglaterra los amantes… donde Miss Ketty Beatriz y Soledad Belén nos hicieron reír con su escenificación, sin escatimar nada en un canto nuevamente bien ensamblado, templado y acertado.

Largos aplausos y dos regalos en solitario también españoles, ese El vito de Obradors que Beatriz Díaz defiende como un auténtico «lied» español mientras Álvarez Parejo protagoniza al fin algo puramente pianístico y no orquestal, exigencias bien resueltas por ambos intérpretes, y La tarántula de «La Tempranica» (G. Giménez), con Belén Elvira que da a lo pícaro altura artística en esta mezzo de amplio registro. Excelente recital con auténtica pasión donde entre el amor y la desdicha reflejadas en las partituras estuvo el buen hacer y calidad de los tres intérpretes.

Como curiosidad seguirán viaje hasta el Baluarte de Pamplona para hacer una antología de zarzuela con coros, orquesta y distintos solistas, comentando que mi admirada Beatriz Díaz cantaba estos recitales gallegos a caballo entre su reciente Oscar de Ballo en la ópera de Bolonia y la Clementina (Boccherini) de mayo en la Zarzuela madrileña. No está nada mal un recital con ambos géneros, más allá de mantener repertorio porque siempre son grandes cuando hay calidad en los intérpretes, algo que se corrobora en cada actuación.

Harding Scala al Nuevo Mundo

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Sábado 31 de mayo, 20:00 horas. Concierto extraordinario Fin de temporada, XV Años del Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Filarmonica della Scala, Daniel Harding (director). Obras de Rossini, Puccini, Mascagni, Leoncavallo, Verdi y Dvorak.

Con equívocos informativos varios como prensa y programación general anunciando Beethoven y Mahler con Essa Peka-Salonen en la dirección, la certeza estuvo en un excelente concierto para conmemorar quince años del «templo musical asturiano» y cerrar mes así como temporada del ciclo «Conciertos del Auditorio», nuevamente nuevo con figuras mundiales sobre el escenario, la orquesta del foso operístico milanés con el inglés Daniel Harding al frente In memoriam Claudio Abbado, curiosamente sin haber dirigido en vida ninguna de las óperas programadas como cuenta Carlos García de la Vega en las notas al programa, pero que seguramente las habría llevado en la línea escuchada este último sábado de mayo donde se alcanzo un deseado lleno en el auditorio carbayón. Harding ya dirigió en Oviedo hace cuatro años la Mahler Chamber Orchestra, fundada igualmente por Abbado, dejándome entonces un sabor agridulce, aunque esta vez pareció otro, puede que por las diferencias entre ambas formaciones y el repertorio elegido.

La orquesta filarmónica fundada con los músicos de la ópera de La Scala por Abbado en 1982 surge para «salir del foso» y abordar repertorios sinfónicos, aunque la crisis parece ir en dirección contraria y «reciclar» las sinfónicas para interpretar también óperas. Está claro que una gran orquesta funciona con cualquier repertorio, y más si al frente hay una batuta solvente, como sucedió con Harding (Oxford, 1975) veinte años desde su debut en Birmingham, y la Filarmonica della Scala.

La plantilla resultó ideal y su colocación vienesa perfecta para lograr un sonido de disco: contrabajos atrás a la izquierda, percusión al fondo y metales agrupados de centro a derecha incluyendo aquí las trompas, con solista ovetense (Jorge Monte de Fez) para quien no faltaron aplausos individuales. Impresionante la calidad alcanzada por esta orquesta donde hubo brillo, tensión, limpieza, presencia, gama dinámica amplísima, disciplina y todos los calificativos que queramos, plegados al gesto siempre exquisito de Harding, claro y preciso, marcándolo todo mientras dejaba a los músicos compartir ese disfrute musical, sobre todo en la primera parte que resultó como una promoción del producto deseado.

La música instrumental de las óperas habituales en la Scala milanesa ocupó la parte esperada por un público mayoritariamente lírico en este concierto, arrancando con el solo de cello inicial de la obertura de Guillermo Tell (Rossini) antes de alcanzar la parte más conocida, ciertamente algo fríos y todavía calentando, aunque los siguientes tres intermedios, pausados y tranquilos desde el podio, resultaron «in crescendo» de emociones y calidades: Puccini y el inicio del tercer acto de Manon Lescaut, segundo solo de cello, Cavalleria rusticana (Mascagni) descubriendo mismas raíces y dramatismo que en el de Lucca, culmen de intensidad emocional con Pagliacci (Leoncavallo), sonido convincente en cada sección y solistas convencidos, conocedores de un repertorio amoldado siempre a la dirección del momento, y Harding optó por la pulcritud confiando la sensibilidad a sus músicos. Para cerrar Verdi y la obertura de La forza del destino, obra habitual en conciertos precisamente por su carácter sinfónico de música pura pese a componerse como apertura de esta ópera de argumento español y que tantos directores de orquesta la han dejado grabada para disfrute de discófilos. Buen sabor de boca operístico para una formación que encima del escenario gana en sonoridades desde un trabajo con los altibajos habituales. Lástima que haya público con prisa para el aplauso sin esperar la bajada de brazos del director porque nos privaba al resto de seguir paladeando esos silencios sabrosos donde la música todavía está en el ambiente.

Foto Web

Totalmente distinta la segunda parte retomando el espíritu de Abbado para esta orquesta, el repertorio sinfónico con una de las cumbres del género, la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» (Dvorak) donde Daniel Harding disfrutó de una orquesta rendida a su excelencia en la dirección, logrando una interpretación perfecta, apolínea sin perder romanticismo alguno merced a una sonoridad precisa y preciosa: cuerda presente en todo momento independientemente del caudal sonoro de vientos, redondez en unos contrabajos ligeros en melodías y pesantes en pegada, solistas con timbre hermoso (especialmente las maderas con corno inglés, flauta y clarinete rivalizando en belleza), percusión acertada y metales en el punto justo donde el poderío nunca resultó arrebatador, optando el director británico por dinámicas extremas que exigen sacrificio en todos para no perder nunca el equilibrio. Cada movimiento contrastado resultó impecable, el Adagio – Allegro molto un micromundo de expresión e intensidades, el Largo de emotividad y belleza expositiva, el Molto vivace más allá de virtuosismos, que los hubo, sin perder ni una nota por el camino con un balance entre secciones perfecto, y ese final realmente fogoso, el Allegro con fuoco recordado por los de mi quinta y anteriores como sintonía del programa «Ustedes son formidables» con Alberto Oliveras al micrófono. Cuatro movimientos donde observar al maestro Harding resultó todo un espectáculo y una verdadera clase de dirección: elegante, claro, conocedor de la obra en todos los detalles que fue haciendo sonar en su punto exacto, siempre con la respuesta esperada de una orquesta que brilló más que con la primera parte operística.

Como si subscribiesen lo anteriormente apuntado, bisaron la obertura de Guillermo Tell, esta vez sin partitura (de eso hablaban maestro y viola solista) y sin el inicio de chelo, entrando en la archiconocida «carga». Se quitaron la espina inicial reafirmándose como una excelente orquesta sinfónica con un Harding ya en primera línea del escalafón directorial. Buen cierre esperando ver y disfrutar por lo menos otros quince aniversarios más.

Del abismo al paraíso

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Miércoles 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Midori (violín), OvFi, Marzio Conti (director). Obras de Puccini, Britten y Ravel.

Concierto distinto con la lírica sobrevolando todo él en un estilo que tanto la orquesta ovetense como su actual titular dominan y se sienten cómodos, «cojeando» algo en Ravel pero sobre todo emocionando con Midori.

El Intermezzo del Acto III de «Manon Lescaut» (Puccini) se colocaba al inicio para calentar motores, versión más sinfónica que de foso que siempre agradecen todos al permitir una gama dinámica más amplia y mejor escucha por parte de un público tan operófilo como el carbayón, con un solo del cello de Gabriel Ureña dulce y bien cantabile cual barítono en estado de gracia, seguido por la viola de Igor Sulyga y el violín de Mijlin, trío de ases que despuntaron cual figuras líricas.

El Concierto para violín nº 1, op. 15 de Britten nos presentaba en la capital asturiana (puente entre Florida y Suiza) a Midori, una violinista cuya presencia física menuda y delicada se transforma desde el primer compás. Cual prolongación corpórea su interpretación de esta obra poliédrica, de aristas cortantes, llena de sufrimiento, transmitía con toda la gestualidad pareja a cada nota que su violín (Guarneri del Gesù de 1734) emitía, sin perder el lirismo que ya nos cautivó recientemente en el «Peter Grimes» y ahora la OvFi acompañó como si de la voz se tratase, violín cantante, emotivo, dramático, gimiente, brillante, con un virtuosismo nunca exagerado y planeando todo el dolor y sentimiento del compositor inglés en un 1939 triste históricamente como bien recuerda Aurelio M. Seco en las notas al programa. La concertación de Conti puedo decir que fue operística porque así lo pide una partitura exigente para toda la plantilla, logrando una gama dinámica que hizo suspirar tras cada pianíssimo, siempre atento a la solista que ejerció con mando en plaza. Esfuerzo recompensado dejándonos una versión para recordar de una obra con la que no se atreven muchos solistas ni orquestas, dura no ya para el ánimo.

Todavía con ese malestar que Britten te deja en el cuerpo, Midori nos regaló la Fuga de la Sonata nº 1 en Sol m. BWV 1001 de Bach, auténtica delicia de fraseo, sonido y placer tras el dolor, en un tempo agradecido, nada lento y como terapia necesaria, grandeza que continuó al pedir salir al vestíbulo del primer piso para compartir con el público el agradecimiento mútuo que supone haber dado el mejor regalo: la música.

La segunda parte comenzó con los Valses nobles et sentimentales de Ravel, más plebeyos de lo esperado aunque la plantilla estuviese algo reforzada, bien llevados pero faltando precisamente algo más de sentimentalismo que no es igual que sensiblería. Conti tuvo algunos detalles interesantes pero la orquesta aún no puede alcanzar repertorios de esta envergadura pese al excelente trabajo que están realizando. Ya que la lírica pareció impregnar el programa, como en ella la elección del repertorio es la base para una carrera fructífera que no traiga problemas a la voz.

Creo que el maestro florentino sabedor de esa máxima operística quiso resarcirse con el Capriccio sinfonico de su compatriota Puccini, obra no muy habitual, de paleta sonora cercana al oyente aunque sin la voz para la que tan bien escribirá, sólo resulte evocadora más allá de las melodías apuntadas. Bien las distintas familias orquestales, buen empaste global, nuevamente dinámicas bien conseguidas y una cuerda que va tomando cuerpo, para una obra juvenil del de Lucca donde los motivos de «La Bohème» (triunfante tras «Manon Lescaut») me trajeron mentalmente a Beatriz Díaz como la Musetta con alma de Mimì para quien Don Giácomo no tiene secretos.

Al menos la propina también sonó operística, y la cuerda vibró en el hermosísimo Intermezzo de la «Cavalleria Rusticana» de Mascagni que nos devolvió el color y la sonrisa tras un concierto que surcó lo más recóndito de nuestros sentimientos aunque inicio y final fuesen «intermedios» del abismo al paraíso

P. D. Crítica sin firma en LVA.