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Cuatro manos de salón

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Miércoles 28 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, concierto nº 1718 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. “A cuatro manos”: Giester Duo (David Salmon y Manuel Veillard, piano). Obras de Mozart, Schubert y Brahms.

En una semana donde las tres sociedades filarmónicas asturianas (Oviedo, Gijón y Avilés) programan una música de cámara que sigue siendo la base de todo buen melómano y el mejor escaparate de los intérpretes, llegaba al teatro del Paseo Begoña el Giester Duo formado por los pianistas franceses David Salmon y Manuel Veillard, especialistas tanto en el repertorio a dos pianos como a cuatro manos, y del que traían cuatro obras de Schubert que además han grabado su integral en el Auditorio de la Ópera Nacional de Burdeos, una colección de ocho horas abundantes que aumentan los registros de este repertorio a cuatro manos al que seguimos asociando a las veladas románticas en los salones decimonónicos.

Con un día de luto tras el terrible accidente ferroviario de Urda (Toledo), había que dedicar el concierto a las víctimas, y nada mejor que con música, puesto que la Fantasía en fa menor, D. 940 de Schubert incluye una marcha fúnebre en el Largo que sería el homenaje como recordó por megafonía el directivo David Roldán al inicio del concierto, quien como violista rememoraría a Hindemith en su llegada a Londres coincidiendo con el fallecimiento del rey Jorge V a quien dedicaría la suite para viola y orquesta de cuerda “Trauermusik”.

La violonchelista y doctora en Musicología Andrea García Alcantarilla nos deja unas notas al programa, siempre para guardar por las aportaciones a unos repertorios no muy transitados, que iré citando a lo largo de esta entrada. Así nos pone en antecedentes:

«En el prólogo a sus pioneras sonatas a cuatro manos de 1777, el musicólogo y compositor inglés Charles Burney justificaba así la decisión de reunir a dos pianistas ante un mismo teclado: “Los grandes y variados efectos que se pueden producir con dos teclados […] tienen el inconveniente de que es necesario poseer dos instrumentos en la misma habitación, lo que me ha inducido al cultivo de esta nueva música». Nacida por pragmatismo en una época en la que, para escuchar música, había que interpretarla, la literatura a cuatro manos se convirtió en el epicentro de la vida musical. Un solo instrumento permitía divulgar las grandes arquitecturas sinfónicas y operísticas en la intimidad del hogar. Al mismo tiempo, en una sociedad encorsetada, pasó a ser una de las pocas actividades sociales donde jóvenes de ambos sexos podían sentarse juntos, rozar sus hombros y cruzar sus manos sin romper los estrictos códigos de conducta de la época. Al reunir a dos pianistas sobre un mismo instrumento, los grandes compositores no solo buscaban multiplicar las posibilidades tímbricas del piano hasta convertirlo en una orquesta en miniatura, sino explorar una dimensión poética única basada en la complicidad de los músicos».

El Geister Duo afrontaría este repertorio con un enfoque riguroso desde el profundo entendimiento entre ambos intérpretes y su compromiso con este repertorio íntimo, orquestal y profundamente poético, que devuelve a la música para piano a cuatro manos el lugar que le corresponde como una verdadera forma de música de cámara. Más que cuatro manos parecerían dos con diez dedos cada una y cuerpo mellizo con un mismo corazón de dos aurículas y dos ventrículos, incluso un solo cerebro donde los hemisferios regían para los graves y pedal a David Salmon mientras los agudos eran de Manuel Viellard. Conseguir ese «piano imposible» se logra con mucha compenetración y los mismos sentimientos, siendo maravilloso comprobar la auténtica coreografía de las manos con un mismo ataque, posiciones y hasta la conjunción ideal de un ‘pulpo pianista’ que balancea una mano u otra según exija la partitura.

Abrían la velada con Mozart y la Sonata en do mayor, K. 521 (primavera de 1787), dedicada a su alumna Nanette von Jacquin, en una obra que, a diferencia del resto del programa, libera este repertorio de la esfera doméstica para llevarlo a las salas de concierto. El siempre reconocible niño prodigio de las sonatas para piano vuelca en esta a cuatro manos todo su genio e ingenio, la precoz madurez además del virtuosismo que la película “Amadeus” refleja e incluso utiliza el Allegro de este “juguete”.  Con el Geister Duo sonaría prístino, cristalino, limpio, matizado, perfecto en todos los sentidos y donde ya desde el inicio “el diálogo temático deja de ser patrimonio del registro agudo para repartirse equitativamente entre ambos intérpretes”.

El grueso del programa lo ocuparía Schubert, primero su Sonatina en do mayor, D. 968 (1815), pieza de juventud aún de aire clásico que entronca con el Mozart anterior y con solo dos movimientos, un diálogo entre los dos pianistas en el Allegro moderato y un “evoiucionado” Andantino donde disfrutar de los claroscuros bien ejecutados.

Proseguirían con el Allegro en la menor, D. 947, «Lebensstürme» (Tormentas de la vida) como así lo bautizaría Diabelli, y que el vienés compuso en su último año de vida, lleno de dramatismo y contrastes, nuevamente reflejados por el Geister Duo impecable de principio a fin con los acordes secos sincronizados, las pausas medidas y unos pianissimi que parecían imposibles equilibrar en las cuatro manos. Como escribe la doctora García Alcantarilla, “El choque entre la agitación trágica y la calma lírica, unido a modulaciones audaces, convierte a este movimiento en una de las páginas más logradas del catálogo schubertiano”.

Para concluir la primera parte llegaría la Fantasía en fa menor, D. 940, escrita en la primavera de 1828 y que “esconde una historia de amor imposible entre Schubert y su alumna, la condesa Karoline von Esterházy. Separados por el abismo infranqueable de la clase social, la relación jamás llegó a consumarse; la complicidad física del teclado compartido se transformó así en el único terreno donde ese galanteo mudo e infructuoso encontró vía de escape. Cuando la joven condesa le reprochó en una ocasión no haberle dedicado ninguna pieza, Schubert contestó con resignación: «¿Para qué, si todo lo que escribo ya está dedicado a vos?». Esta Fantasía fue la única obra que llevó su nombre en la dedicatoria” como bien refleja la musicóloga en las notas al programa. He escuchado esta fantasía en muchas interpretaciones, viniéndome a la memoria tanto la del matrimonio Chung-Bax la del asturiano Dúo Wanderer (Francisco Jaime Patín y Teresa Pérez Hernández) que además lo tienen grabado. Esta monumental página pone a prueba ese mismo corazón latiendo en cuatro manos, el entendimiento íntegro para expresar tanta profundidad musical. Los cuatro movimientos van pasando por estados de ánimo modulantes y desoladores que “culminan en una monumental fuga con dos sujetos que desemboca en la reaparición del desolado motivo inicial, sumiendo la sala en un silencio sobrecogedor“. Así la entendieron e interpretaron el Geister Duo con el mayor homenaje a las víctimas y al malogrado Schubert.

Aún quedaba la continuidad schubertiana con el Divertissement à la hongroise, D. 818 que abría los aires magiares aún presentes del día anterior en Oviedo. Como escribe Andrea García “La segunda parte del concierto está consagrada íntegramente al interés decimonónico por el exotismo húngaro y el estilo verbunkos —un género de origen militar rápidamente asimilado por la música popular urbana de Hungría—“, premonición y posteriores recuerdos del Imperio Austrohúngaro (1867-1918) porque la música de los zíngaros siempre ha estado cercana y los grandes compositores la han reflejado incluso asociada a lo popular aunque muchas de ellas tuviesen autoría, caso de este divertimento en tres movimientos que Schubert compuso en el otoño de 1824 “tras escuchar cantar a una criada en las cocinas de la residencia de verano de los Esterházy, la obra articula en sus tres secciones un ambicioso fresco del folclore magiar”. Geister Duo brindó la alegría de este “estilo” conjugando lo lírico y lo rítmico que separaría el cierre con Brahms y tres de sus conocidas Danzas húngaras, WoO 1, las números 1, 11 y especialmente la 5, bien organizadas al dejar en el medio la más lenta. Otro prodigio interpretativo por la complicidad en la ejecución tan difícil a cuatro manos donde el piano hace olvidar las posteriores versiones sinfónicas de esta partitura original. La doctora García Alcantarilla las analiza a la perfección recordando que el alemán fallecido en Viena declinó firmarlas con número de opus optando por presentará como «arreglista»:

«En la Danza nº 1 en sol menor, basada en la melodía popular Isteni csárdás, la música combina la pesadumbre de la sección lenta (Lassú) con el impulso de la rápida (Friss), valiéndose de un flexible rubato que imita la improvisación gitana. La Danza nº 11 en re menor muestra la madurez del ciclo: sin fuente popular conocida, se trata de una composición original de Brahms que recrea con delicada nostalgia la sonoridad húngara. Por su parte, la célebre Danza nº 5 en fa sostenido menor —donde la libertad agógica alcanza su punto culminante— fue adaptada por un Brahms convencido de que utilizaba un tema folclórico anónimo, ignorando que en realidad se trataba del vals Bártfai emlék, compuesto en 1858 por el músico húngaro Béla Kéler. Con la progresiva orquestación de la colección y su traslado a la escena sinfónica, estas páginas concebidas para el piano a cuatro manos realizan el camino inverso y cierran el círculo, poniendo el broche de oro al concierto de esta noche».

Hay muchas grabaciones tanto fonográficas como en internet con dúos históricos por pianistas consagrados que se unen para disfrutar con estas danzas, y el dúo francés contagió tanto el entusiasmo como la alegría desde mi sueño imposible de dos manos y veinte dedos sobre las 88 teclas, donde el Steinway© del teatro aguantó como un campeón.

Y la propina también del hamburgués, su Vals op. 39 nº 15 en la bemol mayor, en el arreglo para cuatro manos medio tono más alto, igual de brillante manteniendo, como en todo el concierto a Vieillard en el agudo y Salmon en el grave, todo un regalo de una velada con tristeza y esperanza donde nuevamente la buena música hizo de terapia.

PROGRAMA:

Primera parte

Wolfgang Amadeus MOZART (1756 – 1791)

Sonata en do mayor para piano a cuatro manos, K. 521:

I. Allegro – II. Andante – III. Allegretto

Franz SCHUBERT (1797 – 1828)
Sonatina en do mayor, D. 968:

I. Allegro moderato – II. Andantino

Allegro en la menor, D. 947, «Lebensstürme»

Fantasía en fa menor, D. 940:

I. Allegro molto moderato – II. Largo – III. Scherzo. Allegro vivace – Tempo I

Segunda parte

Divertissement à la hongroise, D. 818:

I. Andante – II. Marcia. Andante con moto – III. Allegretto

Johannes BRAHMS (1833 – 1897)
Danzas húngaras, WoO 1 (Selección):

Nº 1 en sol menor
Nº 11 en re menor
Nº 5 en fa sostenido menor

Carmen Yepes: historia de la sonata en Villaviciosa

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Sábado 18 de julio, 20:00 horas. Teatro Riera, Villaviciosa, Círculo Cultural Valdediós: XXVIII Atardeceres Musicales 2026. “Mark The Music”. Segundo concierto: Un recorrido por la sonata. Carmen Yepes (piano). Obras de D. Scarlatti, Mozart y Schubert. Fotos propias y de las RR.SS.

La pianista asturiana Carmen Yepes (Oviedo, 1979), afincada desde hace años en Madrid, donde compagina la docencia en el Conservatorio Profesional «Teresa Berganza» con una constante actividad concertística, regresaba a los Atardeceres Musicales de Villaviciosa para ofrecer un recital concebido con un evidente propósito didáctico sin renunciar a la emoción artística. Bajo el título Un recorrido por la sonata, el programa proponía seguir la evolución de esta forma musical desde Scarlatti hasta Schubert, un viaje que Yepes construyó con inteligencia y absoluta fidelidad al estilo de cada compositor.

Las tres sonatas de Domenico Scarlatti elegidas por «la mierense nacida en Oviedo» para abrir el concierto, constituyeron una magnífica carta de presentación. De las más de quinientas que el compositor napolitano y madrileño escribió para teclado, la K. 247 mostró un carácter introspectivo y una expresividad delicada, con un fraseo limpio y un uso muy medido del pedal, siempre al servicio de la claridad del discurso. Muy diferente resultó la K. 115, intensa y dramática, de energía casi impetuosa, mientras que la luminosa K. 416 cerró este primer bloque con un virtuosismo brillante y una espontaneidad contagiosa. Yepes supo evidenciar cómo estas pequeñas joyas, concebidas para el clave, encuentran en el piano nuevas posibilidades tímbricas y expresivas sin perder su esencia.

Mozart representaba el siguiente paso en la evolución de la sonata. De sus sonatas para piano, Carmen Yepes escogió la KV 332, escrita en París en el verano de 1778, una obra que para muchos pianistas permanece ligada a nuestros años de formación. La interpretación destacó por la naturalidad del discurso, el equilibrio entre brillantez y lirismo y un refinamiento constante en la ornamentación. El Allegro inicial fluyó con elegancia y transparencia; el Adagio encontró un canto de auténtico carácter vocal, mientras que el Allegro assai final recuperó toda la vitalidad mozartiana con una energía siempre controlada y nunca exhibicionista. Una lectura luminosa y equilibrada que resumía perfectamente el ideal clásico de la forma sonata.

La segunda parte estaba dedicada íntegramente a la Sonata Póstuma D. 959 en la mayor de Franz Schubert, una de las tres últimas sonatas del compositor. No pude evitar recordar la integral ofrecida hace dos años en Granada por Paul Lewis, donde precisamente esta obra fue la que más me impresionó por su extraordinario equilibrio formal y por esa permanente tensión entre serenidad y desgarro.

También Carmen Yepes hizo de esta partitura el verdadero centro emocional del recital. Desde el rotundo Allegro inicial, de dimensiones casi sinfónicas, fue construyendo un discurso donde el lirismo convivía constantemente con una sensación de inestabilidad, como si cada cadencia evitara deliberadamente el reposo definitivo. Los sutiles retenuti mantenían al oyente suspendido antes de cada nueva frase, mientras el desarrollo alternaba momentos de aparente calma con inesperadas irrupciones dramáticas.

Especialmente sobrecogedor resultó el Andantino. Esa melancolía casi inmóvil que Schubert transforma de pronto en un estallido de angustia encontró en Yepes una intérprete capaz de mantener la tensión sin exageraciones. Fue uno de esos movimientos que remueven tanto la inteligencia como la emoción: el caminante schubertiano vuelve a aparecer, dudando siempre del siguiente paso, dejando melodías que parecen esperar la voz de un cantante invisible.

El Scherzo ofreció el necesario respiro antes de un Rondo final donde la pianista volvió a combinar lirismo y dramatismo hasta desembocar en una coda de enorme fuerza expresiva. Una interpretación madura, profundamente reflexionada y construida desde la honestidad musical, sin buscar efectos externos, dejando que fuera la propia arquitectura de la obra la que emocionara al público.

Como propina llegó un delicioso regalo mozartiano: el breve Allegro en fa mayor KV 33b, compuesto cuando Mozart tenía apenas once años. Un final luminoso que devolvió la sonrisa tras el intenso viaje emocional propuesto por Schubert y que confirmó el excelente momento artístico de Carmen Yepes, una pianista que une experiencia, inteligencia interpretativa y una admirable capacidad para comunicar la música desde la sencillez.

PROGRAMA:

Domenico Scarlatti (1685-1757):

Tres sonatas:

K. 247 en do sostenido menor

K. 115 en do menor

K. 416 en re mayor

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sonata KV. 332 en fa mayor:

Allegro – Adagio – Allegro assai

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata Póstuma D. 959 en la mayor:

Allegro – Andantino – Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento – Rondo. Allegretto

 Propina:

W. A. Mozart:

Allegro (Klavierstück in F, KV 33b)

Un piano y tres sonatas

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Mi querida pianista Carmen Yepes continúa otro curso como Profesora de Piano en el Conservatorio de Música «Teresa Berganza» de Madrid, pero no abandona los conciertos y retoma su actividad sobre los escenarios, del aula a las tablas.

Para esta semana ha preparado un programa que escucharán en Madrid y Asturias (Villaviciosa). Por si aún no la conocen, dejo a continuación aquí parte de su extenso currículo, aunque lo mejor es escucharla, como llevo haciendo desde sus inicios, lo más recomendable para los que lean esta entrada y tengan la ocasión de asistir a alguno de sus conciertos.

Carmen Yepes, piano

Realiza sus estudios de piano en Oviedo y Madrid, con los maestros Francisco Jaime Pantín, Josep Colom y Claudio Martínez Mehner. Además, ha recibido consejos de I. Zaristkaya, A. Baciero, J. Achúcarro, L. Chiantore, F. Rados, J. Banowetz y A. Jasinski.

Ha obtenido el Primer Premio en Concursos Nacionales e Internacionales, tales como Ciudad de San Sebastián, Ciutat de Carlet, Petrof y Ricard Viñes de Lleida.

Ha realizado actuaciones por Europa y Estados Unidos, dentro de prestigio- sos ciclos musicales, como el “II y VII Ciclo Complutense de Conciertos” en el Auditorio Nacional de Madrid, Temporada de la Orquesta Filarmónica de Hradec Kralové (Praga), Teatro Real de Madrid, “Enric Granados” de Lleida, varias tem- poradas de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, “Ciclo de Grandes Maestros”, en colaboración con la Orquesta Sinfónica de RTVE en la Fundación “Juan March” de Madrid, Jornadas de piano“Luis G. Iberni” de Oviedo entre otros.

Ha realizado grabaciones para el Canal Clásico de TVE, un CD con la Orquesta Oviedo Philarmonía, con obras de Piazzola y Mederos, así como una grabación en directo de la “Fantasía Coral” Op. 80 para piano, coros y orquesta de Beethoven desde el Teatro Monumental de Madrid, retransmitida por La 2 de RTVE.

En 2017 el compositor Carles Guinovart compuso la Toccata Al-Ándalus para Carmen Yepes, a quien la obra está dedicada, teniendo el privilegio de llevar a cabo su estreno absoluto en la ciudad de Alicante y posteriormente en otras ciudades españolas.

En la actualidad, Carmen Yepes compagina su actividad concertística con la docencia como Profesora de Piano en el Conservatorio de Música «Teresa Berganza» de Madrid, habiendo conseguido el Máster Universitario en Investigación Musical por la Universidad de La Rioja. Ha sido profesora en el Conservatorio Superior de Oviedo y en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.

Este miércoles 15 de julio a las 20:00 horas en el Espacio Ronda Madrid, Ronda de Segovia 50 (Metro Puerta de Toledo) y con entradas a 12 €:

PROGRAMA:

Domenico Scarlatti:

Tres sonatas:

K. 247 en do # menor – K. 115 en do menor – K. 416 en Re Mayor.

W. A. Mozart:

Sonata KV. 332 en Fa Mayor:

Allegro – Adagio – Allegro assai

F. Schubert:

Sonata Póstuma D. 959 en La Mayor:

Allegro – Andantino – Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento – Rondo. Allegretto

Así presenta este concierto “Arquitecturas del sonido: La evolución de la sonata para piano” la web del recinto madrileño:

La música, al igual que la arquitectura, es el arte de esculpir el tiempo y el espacio, utilizando el sonido como ladrillo y el silencio como cimiento. Este concierto propone un viaje fascinante a través de tres siglos, invitando al oyente a habitar las diferentes estructuras que el genio humano ha construido alrededor de una misma forma musical: la sonata. El viaje comienza en el Barroco, con Domenico Scarlatti. Sus sonatas son delicadas miniaturas de orfebrería musical, concebidas originalmente para clavecín pero transformadas hoy por la riqueza del piano moderno. La arquitectura de Scarlatti es la de un jardín geométrico y vibrante, texturas ágiles, ritmos danzantes de herencia hispana y una frescura donde cada nota busca su lugar preciso bajo el sol. Son estructuras de una sola pieza, compactas pero llenas de luz y de un ingenio desbordante. Al avanzar el siglo, el espacio se transforma. Con Wolfgang Amadeus Mozart, la sonata alcanza la madurez del Clasicismo. Su arquitectura se vuelve simétrica, equilibrada y de proporciones perfectas, como un templo de líneas puras. Mozart introduce el diálogo dramático dentro del teclado: sus temas musicales conversan, se oponen y se reconcilian con una elegancia suprema. Detrás de su aparente sencillez, se esconde una profunda teatralidad y una transparencia donde cualquier emoción queda expuesta con una belleza cristalina transmitiendo las cualidades más profundas del Humanismo.

Finalmente, el concierto nos lleva a cruzar el umbral hacia una nueva era de la mano de Franz Schubert. En la transición hacia el Romanticismo, las paredes de la sonata clásica comienzan a expandirse para albergar los misterios del alma humana. La arquitectura de Schubert ya no busca la simetría perfecta, sino la inmensidad del paisaje interior. Sus sonatas son catedrales de la nostalgia y la confidencia, la protesta y la desesperanza, donde las modulaciones armónicas nos transportan por caminos inesperados de luz y sombra. El piano de ser solo un instrumento para convertirse en un confidente íntimo. Escuchar este programa en el piano moderno es, en definitiva, contemplar cómo un mismo lienzo en blanco se transforma: desde el detalle minucioso del artesano barroco, pasando por el equilibrio perfecto del maestro clásico, hasta la poesía infinita del alma romántica.

Y el próximo sábado 18 a las 20:00 horas, en el Teatro Riera de Villaviciosa dentro de la edición XXVIII Atardeceres Musicales, que organiza el Círculo Cultural de Valdediós, titulada “Mark the Music”, cinco conciertos entre julio y agosto con el segundo a cargo de la Carmen Yepes presentando el mismo programa madrileño, con el título “Un recorrido por la sonata”.

Dejo a continuación las notas al programa de la villa malaya, analizando musicalmente las obras seleccionadas por la pianista mierense, aunque nacida en Oviedo:

El presente recital propone un recorrido por más de un siglo de historia de la mú- sica para teclado, desde el refinamiento barroco de Domenico Scarlatti hasta la amplitud expresiva y la profundidad emocional del último Schubert. A través de estas obras, el oyente podrá apreciar la evolución del lenguaje pianístico y de la propia idea de sonata, que pasa de la miniatura brillante y concentrada a la gran arquitectura romántica.

Domenico Scarlatti (1685 – 1757). 3 sonatas

Las tres sonatas de Domenico Scarlatti pertenecen al extraordinario conjunto de más de quinientas obras para teclado que escribió durante su estancia en la corte española. Aunque tradicionalmente se denominan “sonatas”, se trata de piezas breves de un solo movimiento, construidas generalmente en forma binaria y concebidas como auténticos laboratorios de invención musical.

La Sonata K. 247 en do sostenido menor destaca por su carácter introspectivo y su delicada expresividad. Su discurso melódico parece desplegarse con naturalidad sobre un acompañamiento sutil, creando una atmósfera de recogimiento poco habitual en la producción más brillante del compositor. La K. 115 en do menor, por el contrario, presenta un perfil más dramático e intenso. Los contrastes dinámicos, la energía rítmica y la insistencia de determinados motivos revelan una escritura llena de tensión y vitalidad. Finalmente, la K. 416 en re mayor ofrece un carácter luminoso y extrovertido. Su elegante virtuosismo, las figuraciones ágiles y el constante impulso rítmico muestran a un Scarlatti capaz de transformar los recursos del clave en un lenguaje sorprendentemente moderno.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791). Sonata Kv. 332 en fa m

Con Wolfgang Amadeus Mozart, la sonata adquiere una dimensión completamente distinta. La Sonata en fa mayor, K. 332, compuesta alrededor de 1783, pertenece al período de madurez vienesa y constituye una de las obras más representativas de su producción pianística. En ella conviven la elegancia clásica, la claridad formal y una riqueza expresiva que anticipa desarrollos posteriores.

El primer movimiento, Allegro, despliega una extraordinaria variedad temática. Mozart combina episodios de brillante virtuosismo con momentos de delicadeza lírica, articulando un discurso de gran fluidez y equilibrio. La escritura exige del intérprete tanto precisión técnica como una gran sensibilidad para resaltar los constantes cambios de carácter.

El Adagio central constituye el corazón emocional de la obra. En esta página de profunda inspiración cantabile, el piano parece adoptar las cualidades expresivas de la voz humana. Las amplias frases melódicas, las sutiles modulaciones y la refinada ornamentación crean una atmósfera de íntima serenidad, aunque no exenta de melancolía.

El movimiento final, Allegro assai, recupera la energía y el brillo característicos del compositor. Su escritura ágil y transparente, llena de ingenio y frescura, concluye la sonata con un espíritu luminoso y afirmativo que resume a la perfección el ideal clásico mozartiano.

Franz Schubert (1797 – 1828). Sonata póstuma D. 959 en la m

La segunda parte está dedicada íntegramente a una de las cumbres de la literatura pianística: la Sonata en la mayor, D. 959 de Franz Schubert. Escrita en septiembre de 1828, apenas unas semanas antes de la muerte del compositor, forma parte del célebre tríptico de sus tres últimas sonatas para piano. Estas obras representan la culminación de su pensamiento musical y constituyen uno de los testimonios más conmovedores del Romanticismo temprano.

A diferencia de la concentración característica de Scarlatti o del equilibrio clásico de Mozart, Schubert concibe la sonata como un vasto espacio expresivo en el que conviven la contemplación, la memoria, la exaltación y la inquietud. La amplitud de las formas y la riqueza armónica permiten al compositor explorar territorios emocionales de una profundidad inédita.

El primer movimiento, Allegro, se abre con una afirmación serena y majestuosa. A partir de este gesto inicial, Schubert construye un extenso paisaje sonoro en el que los temas evolucionan libremente, alternando momentos de luminosidad con episodios de intensa tensión dramática. La sensación de viaje y transformación constante constituye uno de los rasgos más característicos de esta música.

El célebre Andantino ocupa un lugar singular dentro de toda la producción schubertiana. Comienza como una sencilla canción impregnada de nostalgia, casi una evocación de los lieder que hicieron célebre al compositor. Sin embargo, el discurso se ve progresivamente alterado por una sección central de extraordinaria intensidad, marcada por violentos contrastes y una expresividad casi visionaria. Tras esta tormenta emocional, la música regresa transformada a la calma inicial, como si hubiera atravesado una experiencia irrepetible.

El tercer movimiento, Scherzo: Allegro vivace, aporta un necesario contraste. Ligero, elegante y lleno de vitalidad, recuerda por momentos el espíritu de los grandes scherzi beethovenianos, aunque conservando la gracia melódica tan propia de Schubert. El trío central introduce un momento de relajación antes del retorno de la sección principal.

La sonata concluye con un amplio Rondo: Allegretto, una de las páginas más inspiradas del compositor. Sobre un tema de carácter amable y cantable, Schubert desarrolla una sucesión de episodios que combinan lirismo, fantasía y energía rítmica. A lo largo del movimiento aparecen continuas transformaciones expresivas, como si el compositor quisiera condensar múltiples estados de ánimo en un único discurso. La obra culmina con una brillante coda Presto, cuya energía final contrasta con la profundidad reflexiva que ha dominado gran parte del recorrido.

Escuchadas conjuntamente, las obras de este recital permiten contemplar la extraordinaria evolución del repertorio para teclado entre los siglos XVIII y XIX. Desde la imaginación concentrada de Scarlatti, pasando por el equilibrio y la perfección formal de Mozart, hasta la amplitud poética y la hondura emocional de Schubert, el programa traza un fascinante itinerario por algunos de los momentos más altos de la historia de la música para piano. Cada compositor aporta una visión única del instrumento y de la expresión musical, convirtiendo este concierto en una celebración de la riqueza y diversidad del gran repertorio pianístico.

Bello fluir lírico

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Miércoles 18 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón: Concierto 1710 (en colaboración con el POEX26): Luken Munguira (tenor), Aurelio Viribay (piano). Schubert: «La bella molinera» (Die schöne Müllerin, D 795).

Descubrí Los lieder de Schubert con el barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau que atesoro en mi discoteca, y después me empapé de su libro escrito en 1971 dedicado a ellos, con el subtítulo de «Creación – Esencia – Efecto» (Alianza Música, vol. 44, 1989). Cada ciclo es un reto compartido entre la voz y el piano, dominar la lengua de Goethe para poder expresar todo el contenido de los textos seleccionados, una técnica vocal apropiada a ese género tan romántico, y la perfecta simbiosis entre los intérpretes. Las notas al programa de la doctora Sanhuesa Fonseca nos da el contexto de «La bella molinera»:

En Die schöne Müllerin estamos aún al principio de todo el viaje. Este ciclo de lieder para voz aguda y piano fue dedicado a un cantante, el barón Carl Von Schönstein (1796-1876). Se trataba de un barítono con agudos, el tipo de voz también conocido como baritenore, o bien un tenor abaritonado. Von Schönstein tenía una voz ligeramente más aguda que la del barítono Johann Michael Vogl (1768-1840), otro gran intérprete schubertiano, al que admiraba profundamente y lo consideraba su modelo e inspiración. Schubert y Von Schönstein coincidieron en las estancias del compositor con la familia Esterházy en su castillo de Zseliz (1818-1824), y el compositor lo consideró el intérprete ideal de sus canciones. Porque en el universo de Schubert, texto e intérpretes iban de la mano en la intimidad de unas veladas que contaban sus historias musicales al público sin el artificio escénico de la ópera. Voz, piano, texto, y el carisma de los creadores y los intérpretes, ante unos oyentes habituados a las distancias cortas.

Acostumbrado a ese timbre peculiar, hace tiempo que tenores más líricos se enfrentan a los lieder de Schubert desde un intimismo con menos rotundez pero mayor expresividad, acercándonos a un lenguaje que con todas las dificultades son la mejor forma de preparar la voz.

Al tenor pasaitarra Luken Munguira (Pasajes, 2004) le descubrí en el Festival de Granada (edición de 2023) cantando a Bach bajo la dirección de Carlos Mena, Academia Barroca con alumnado destacado que ya prometía e incluso estaban comenzando su trayectoria artística en solitario. La confirmación del buen hacer del guipuzcoano la tuve tras escuchar su CD «Aberri Maitiari» precisamente con el maestro Aurelio Viribay, siempre eligiendo voces con las que mantener un crecimiento que nunca se detiene, para ir asentando un repertorio con el que proseguir una carrera de fondo.

A Gijón el dúo Munguira-Viribay llegaban dentro de los Encuentros de Poesía (POEX) nada menos que con este ciclo Die schöne Müllerin, D 795 (1823). Toda una prueba de fuego que tanto el joven tenor como el reconocido maestro y pianista lograron el respeto de un público que seguiría la proyección de los textos traducidos a partir de los veinte poemas que Schubert elige de los veinticinco que Wilhelm Müller de Dessau (1794-1827) publica en 1821: la primera parte de la colección «Sieben und siebzig Gedichten aus den nachgelassenen Papieren eines reisenden Waldhornisten» (en traducción de Adriana Hochleitner de Vigil para el citado libro de Fischer-Dieskau sería «Poemas de los papeles dejados por una corneta del bosque itinerante») con el subtítulo «Para leer en el invierno», perfecta conjunción a las puertas de la primavera, poemas donde existe aún ironía suave y escondida, incluso la modestia donde algunos números entrelazados  (caso de los números XIII y XIV) constituyen todo un ciclo.

A continuación dejo las imágenes que la Sociedad Filarmónica de Gijón subió a sus redes sociales sobre este ciclo.


Luken Munguira transitaría por este camino tan schubertiano con enorme expresividad, riqueza de matices, realzando cada estrofa, marcando las palabras que Müller desgrana y Schubert realza con su música. Todo un fluir con remansos, meandros, saltos, el río de la vida donde el joven molinero errante nos canta la pasión no correspondida desde la ilusión al incierto final. El piano de Aurelio Viribay completa cada página: empuja y arrulla, subraya y respira para que nada pare. Amplias dinámicas desde la media voz hasta los agudos mantenidos y bien proyectados, con la tapa acústica abierta, apoyado en una partitura que el tenor ha interiorizado de principio a fin con una dicción perfecta. Aunque un teatro no sea lo más adecuado para escuchar el lied (mejor un salón «vienés» o una sala más reducida), los retos se aceptan y superan, redondeando un recital que fue de menos a más en emociones y sentimientos, como el joven molinero.

Curiosidades como la parada antes de Ungeduld (Impaciencia), literal, dudando todos de lo que sucedía, vuelta del tenor despojado ya de la corbata, que aprieta pero no ahoga, la contención hasta el imponente final de Mein! que provocó el aplauso espontáneo, aprovechado la Pause para hidratarse discretamente tras el piano, y la emoción de los dos lieder finales, siempre con la complicidad del maestro Viribay.

Un examen de post-grado donde el análisis que el barítono alemán realiza de los veinte números se realizó casi al pie de la letra (y de la música) como iré desgranando en mis comentarios. El «impulso hacia la lejanía» y el fluir, transparencias en el juego del agua de Wohin, ingenuidad y tristeza que desaparecen y se superan (Danksagung an den Bach) con el acompañamiento delicado del piano, transmitido por el dúo con las preguntas del molinero si le mandaba la molinera con el arroyo respondiendo; el enérgico Am Feierabend que contrapone emoción y sosiego. Schubert enriquece a Müller con el suspiro  y cansancio que prepara Der Neugierige, casi el punteo del laúd que llegaría «Con la cinta verde», metáfora del color asociado a la esperanza  -y la muerte- tan presente en este ciclo.

El canto va haciéndose cada vez más penetrante, desde el «Saludo matutino» a Des Müllers Blumen («Las flores del molinero») efusivas, después la «Lluvia de lágrimas» manteniendo métrica y ganando en expresividad mientras el piano fluye como el arroyo desde una pedalización que ayudaba en el efecto buscado. El ya citado Mein! es la naturaleza embriagadora donde las palabras no deben expresar el júbilo con sobreagitación, y donde los cambios de tonalidad llevan al desahogo, como así lo interpretó el dúo vasco.

Proseguirían el sobresalto y la tranquilidad del laúd donde también hay desconcierto, congoja e incertidumbre, así cantados por un Luken asentado, seguro, expresivo a más no poder, enlazado con «El cazador» presentado por un piano emulando las trompas, empujando un texto endiablado pero claro, el enojo del tímido molinero que va aumentando hasta un sol agudo en forte mantenido con el brío suficiente sin caer en la precipitación, con frases que necesitan tomar aliento rápido más las pausas para los «stacato», igual que en «Celos y orgullo» donde el arroyo fluye y todo desciende, también la música, con esa ironía antes comentada.

Maravilla el contraponer los colores querido y odiado, tono mayor y menor, el preferido y amado, penetrante como el cuerno del cazador, y el Böser Farbe (color malo), una despedida que parece inevitable pero llevada con hombría. El piano ligero, elástico y el timbre virtuoso por parte de los dos intérpretes. Tristeza y desesperación que se agranda en «Flores secas», emociones que decrecen en intensidad y tempo cerrado por el escalonamiento descendente en el piano. El agua siempre protagonista, olas sobrenaturales respondidas por el río de las preguntas del joven arrastrado por el «frío reposo» para que misterio y dulzura yazcan sobre el monólogo final: Des Baches Wiegelied, arroyo en arrullo del sueño, sentidos por voz y piano, timbre y color vocal del tenor junto al piano revistiendo las palabras de Müller que Schubert eleva sutilmente.

Buena velada lírica a cargo de un tenor emergente que va enfocando su carrera desde el trabajo apoyado en un pianista que sigue siendo maestro y referente en el difícil campo del acompañamiento, y que con la «canción de concierto» sabe escuchar y dialogar con las voces. Lírica como «poesía apropiada para el canto» en todos los idiomas y épocas, este miércoles con el malogrado Schubert ya eterno.

PROGRAMA:

Franz SCHUBERT (1797–1828):

Die schöne Müllerin, D 795 (La bella molinera). Textos de Wilhelm Müller.

  1. Das Wandern — El caminar
  2. Wohin? — ¿Adónde?
  3. Halt! — ¡Alto!
  4. Danksagung an den Bach — Agradecimiento al arroyo
  5. Am Feierabend — Al terminar la jornada
  6. Der Neugierige — El curioso
  7. Ungeduld — Impaciencia
  8. Morgengruß — Saludo matutino
  9. Des Müllers Blumen — Las flores del molinero
  10. Tränenregen — Lluvia de lágrimas
  11. Mein! — ¡Mía!
  12. Pause — Pausa
  13. Mit dem grünen Lautenbande — Con la cinta verde del laúd
  14. Der Jäger — El cazador
  15. Eifersucht und Stolz — Celos y orgullo
  16. Die liebe Farbe — El color querido
  17. Die böse Farbe — El color odiado
  18. Trockne Blumen — Flores secas
  19. Der Müller und der Bach — El molinero y el arroyo
  20. Des Baches Wiegenlied — La canción de cuna del arroyo

El piano danzante

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Crítica para LNE de lunes 9, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

En Praga está la famosa “Casa Danzante” del arquitecto Frank Gehry (en realidad son dos edificios, también conocidos como “Fred y Ginger”, la famosa pareja de bailarines de Hollywood) en colaboración con el checo Vlado Milunić, un polémico proyecto para el que ambos arquitectos gozaron de total libertad artística. La misma libertad del pianista canadiense Jan Lisiecki para organizar un programa ecléctico y nada habitual titulado “Mundo de danza”, toda una guía musical de viajes por Europa con dos pequeños saltos hasta Argentina, una mezcla de valses, mazurkas, polonesas y tangos, música popular que también se traslada al ballet aunque en el piano todo adquiera una dimensión menos bailable pero más universal, usando distintos elementos que conformaron un edificio sonoro de lo más agradecido para el numeroso y variado público que acudió hasta el auditorio ovetense, tras su concierto en el Palau catalán el pasado jueves, únicas paradas españolas en esta nueva gira.

De las dos partes en las que el canadiense organizó este concierto, la primera parecía una suma de lo que ahora se llaman “encores” -yo sigo diciendo propinas-, seis conjuntos de piezas breves de seis autores bajo el título de danzas, mezclando romanticismo y nacionalismo con aires normalmente ligeros donde disfrutar del virtuosismo del aún joven Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) que lleva desde su más tierna infancia delante de las 88 teclas, de técnica asombrosa pero aún con el ímpetu que le hace transitar por tempos algo precipitados junto a los más aposentados y emotivos lentos imposibles de danzar.

Abría el recital con las “Tres danzas checas” de B. Martinů, temperamentales y de complejas armonías y ritmos que el canadiense llenó de colorido, especialmente en la Polka tercera. Sin pausa ni aplausos (igual en las dos partes) llegaría el homenaje a Falla (150 años de su nacimiento y 80 de su muerte) con las dos primeras “Danzas españolas” de “La vida breve”, la segunda sugerente por sus contrastes sonoros y dinámicas ricas, más una primera algo atolondrada pero igual de luminosa. Lisiecki es de origen polaco y se nota por cómo entendió las “Cuatro danzas polacas” de Szymanowski, exhuberantes y jugando con los tempi y sus acotaciones de aire, desde ese aire chopiniano (que llenaría la segunda parte). Las poco escuchadas “Dieciséis danzas alemanas D 783” de Schubert fueron más vienesas que germanas, de melodías bien fraseadas ejecutadas con la elegancia típica del pianista.

Retornaba la arquitectura nacionalista con Bartók y sus coloridas “Danzas populares rumanas Sz 56″, una suite  de seis páginas mezclando vértigo y calma de la tercera (“En el lugar”) donde poder paladear el pianismo delicado despojado de ornamentos, el más interesante de Lisiecki. Algo similar con las famosas “Danzas argentinas op. 2” de Ginastera, tres aires evocadores y coloristas donde la intermedia, “Danza de la moza donosa”, fue delicada sutileza entre las otras dos tan explosivas y virtuosas, en un auténtico arrebato rítmico que cerraba casi una hora de lo más intensa.

Para la segunda parte sería la música de Chopin la que nos llegó al alma, mostrando más poso desde una técnica al servicio de cada partitura. El “Gran Vals Brillante”, los dos valses Opus 34, con un “Lento” enlazado con el Opus 39 nº 15 de Brahms de suma delicadeza (primero sonaría su Opus 39 nº 3), con amplias dinámicas y sonoridad de un Steinway© que parecía otro, llenando toda la sala desde los pianissimi a las fff. El Chopin de Lisiecki es poético, personal, sentido, posado, antes de la sexta “Polonesa Heróica”con la que finalizaría el concierto, todo un derroche técnico de tempi prodigiosos, temperamental y con una ejecución potente (aunque “pise” alguna tecla como ya sucediese en el Campoamor a la “leyenda Rubinstein“ un inolvidable 7 de junio de 1975).

En este viaje no faltarían un personal “Libertango” de Piazzolla, el otro salto argentino más virtuoso que evocador desde el mismo París bien enlazado con el “Tango” de la “España” de Albéniz, y una impetuosa “Danza ritual del fuego” que adoleció de precisión pero regaló sonoridad antes de la chopiniana heroicidad final.

Lisiecki pudo presumir de sus orígenes polacos sin perder los aires de danza del resto del programa, y así la primera propina fue de su “compatriota” Ignacy Jan Paderewski (1860-1941), el “Minueto en sol mayor, Op. 14 nº 1”, para repetir con el Chopin “marca de la casa” y su famosísimo Vals del minuto (“Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1”) que duró lo habitual: minuto y cuarenta segundos, otra muestra de virtuosismo e ímpetu juvenil. Su agenda no para, pero tendrá que hacer alguna pausa para (re)posar y asentar un repertorio propio aún sin definir.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Un mundo de danzas

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Reseña para LNE del mismo sábado 7 en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

El pianista canadiense Jan Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) traía a Oviedo un programa intenso trufado de danzas a lo largo de la geografía y el tiempo, estilos y dificultades variadas para hacer las delicias de los muchos aficionados al mundo de las 88 teclas, que acudieron en buen número al Auditorio en un largo trayecto donde no faltó el homenaje a Falla en el año del 150 aniversario de su nacimiento.

Luz tenue para empezar viaje en la Chequia de Martinů, bajar hasta la “breve” Andalucía fallesca para tomar rumbo a Polonia (Szymanowski) -prólogo danzante chopininiano de la segunda parte- con escala en Viena y las poco transitadas “Danzas alemanas” de Schubert, reponer fuerzas casi siBartókn aliento en otro corto trayecto destino Rumania con el húngaro Bartók, antes de cruzar el Atlántico hasta la Pampa de Ginastera y sus “Danzas argentinas”, un mate con “la moza donosa” para cabalgar cual gaucho con boleadoras. Un itinerario musical a distintas velocidades pero siempre firmes y seguras: a pie, marcando buen paso, tomando caballo o diligencia, hasta el último en barco (que los vuelos son peligrosos). Con todo Lisiecki arriesga en cada danza desde una técnica impecable y una sonoridad amplia, un piano poderoso y delicado de este viajero que disfruta de paisaje y paisanaje, imaginando trajes de colores, cumbres y llanuras donde lo popular se hace música sin apenas reposo.

Para la segunda gran etapa un trayecto tortuoso y necesitado de mucho poso y reposo, de ballet más que danza aunque mantengamos el ritmo: Chopin de inicio, intermedio para paladear y final por todo lo alto, con Brahms acompañando a pares, más nuestros internacionales Albéniz y Falla, tango y fuego (se quemó algo) que Piazzolla aunó desde el mismo Paris, con nostalgia marplatense, donde triunfó Chopin y sus polonesas (hoy Sexta de arrebato).

En Oviedo triunfó Jan Lisiecki con dos propinas en “minuto y medio”.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Talento joven

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Viernes 13 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Concierto nº 2101 del año 120 (nº 4 del año 2026) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Oviedo Filarmonía (OFil); alumnos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía: Moira Petra Cauzzo (violín) y Sanghyeok Park (cello); directores: Javier Huerta Gimeno, Simon Peter Schmied, Philipp Schneider Benjamin y Leonard Wacker, alumnos de la Cátedra de Dirección de Orquesta Zubin Mehta, y de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Obras de Bach, Schubert y Brahms.

Nuevo concierto de la centenaria Sociedad Filarmónica de Oviedo que traía a la orquesta Oviedo Filarmonía y jóvenes talentos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, quienes han estado ensayando dentro de sus prácticas desde el pasado día 8, una semana con tres sesiones que desembocaron en este concierto del viernes 13, y que forma parte de un convenio suscrito entre la citada Escuela y la OFIL en febrero del año pasado, orientado a reforzar la formación del alumnado de dirección de los maestros Nicolás Pasquet, titular de la Cátedra, y Jordi Francés (hoy presente en la sala).

Cuatro directores para tres obras, para las que se organizaron (pese a haberlas trabajado todos ellos) alternándose en el podio, con estilos diferentes y en parte rompiendo la unidad expositiva al ser aplaudidos al finalizar cada intervención y realizar los cambios. Con todo las partituras elegidas son cual «fondo de estudio» que no debe faltar ni a estas batutas ni tampoco a una OFIL siempre versátil que sabe seguir las indicaciones amoldándose siempre a cualquier repertorio. Y pese a una plantilla algo más reducida sobre todo en la cuerda (8-6-4-4-3) comandada por Marina Gurdzhiya, en un escenario que no da para más, volvieron a darnos una velada de calidad siendo la mejor herramienta para el aprendizaje (que no cesa) de estas promesas en el siempre difícil terreno de la dirección orquestal.

Leonard David Wacker (Jerusalén -Israel-, 1998) tomaba el mando del arreglo que Anton Webern realizó de la Fuga (2. Ricercata) a 6 voci, de «La ofrenda musical» bachiana, donde las voces juegan con la tímbrica orquestal que el maestro israelí fue marcando con ambas manos en un estilo diría que coral y muy atento a los fraseos y el balance global, recordándome a su compatriota Lahav Shani. Muy bien los primeros atriles de la OFil, desde el trombón inicial a una cuerda compacta y clara.

Javier Huerta Gimeno (Valencia, 1990) que hizo de presentador para comentarnos los distintos directores y cómo se organizaron, además de agradecer a la orquesta su excelente trabajo, comenzó con la «Inacabada» de Schubert y el primer movimiento, expresivo, marcando tanto el compás y las entradas con una batuta precisa, más los muchos matices que el Allegro moderato tiene bien señalados en esta octava sinfonía. Maderas impecables, metales orgánicos, cuerda aterciopelada y dinámicas bien marcadas, todo con el aire preciso El Andante con moto sería de nuevo para Wacker, atento a los fraseos dejando fluir este movimiento donde cada sección de la OFil se pudo volver a lucir.

Tras el descanso llegaría el Doble concierto en la menor, op. 102 de Brahms con dos instrumentistas impecables y bien compenetrados: dos jóvenes alumnos ya destacando en sus respectivos instrumentos: la violinista Moira Petra Cauzzo (Sorengo -Suiza-, 2003) y el cellista Sanghyeok Park (Gangneung -Corea-, 2004), de sonido compacto y ambos precisos tanto por separado como en los dúos.

El primer movimiento lo afrontaría Simon Peter Schmied (Berna -Suiza-, 1995), buen concertador, de gesto claro y batuta flexible, atento no solo a las inflexiones orquestales, también a dejar a los solistas marcar fraseos y tempi, perfectamente contestados por la orquesta que el suizo llevó preciso, siendo el que personalmente se mostró como más maduro.

Para los otros dos movimientos sería el espigado Philipp Schneider Benjamin (Landau in der Pfalz -Alemania-, 1997), empatando los «sin batuta» quien mantuvo el planteamiento de su predecesor en la tarima, de gesto amplio, impregnando este maravilloso doble concierto del hamburgués de una sonoridad compacta y respetuosa con los solistas, intenso en los tutti dejando brillar a los dos virtuosos para una interpretación más que correcta desde una dirección que ya tiene poso y recorrido.

Final con todos saludando, buscando en el patio de butacas a Jordi Francés que tomaría buena nota de esta intensa semana que finalizaba con este concierto al que acudió numeroso público más allá de los socios, y con ganas de música sinfónica en El Filarmónica carbayón en un día donde la lluvia no impidió el disfrute de estas músicas que animan a los aficionados.

PROGRAMA:

Primera parte

J. S. BACH (1685-1750):

Fuga (2. Ricercata) a 6 voci, de «La ofrenda musical«, BWV 1079/5 (transcripción de Anton Webern).

Director: Leonard Wacker.

F. SCHUBERT (1797-1828):

Sinfonía nº 8 en si menor (“Inacabada”):

I. Allegro moderato, en si menor

II. Andante con moto, en mi mayor

Directores:  Javier Huerta Gimeno (I) , Leonard Wacker (II).

III. Scherzo (inacabado)

Segunda parte

J. BRAHMS (1833-1897):

Doble concierto en la menor, op. 102:

I. Allegro.

II. Vivace.

III. Vivace non troppo

Directores: Simon Peter Schmied (I) y Philipp Schneider Benjamin (II y III).

Sorteando obstáculos

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 18:00 horas: Gran Teatro, Cáceres. Viena, punto de encuentro. Javier Perianes (piano), María Florea (violín), Joaquín Riquelme (viola) y Olaf Maninger (chelo). Obras de Schubert, Brahms y Mozart. Fotos propias y de Sandra Polo.

Si en la anterior entrada comentaba lo importante de una agenda, en la despedida de la capital (antes del cierre que también comentaremos desde aquí) aún habría más impedimentos que los buenos contactos y disponibilidad de los artistas tienen para este festival que ya avanzó las fechas de su quinta edición en 2027 (última semana de enero hasta el lunes 1 de febrero).

La indisposición del maestro Perianes tras el anterior concierto del viernes, estuvo a punto de cancelar este concierto que traía a los solistas de la Filarmónica de Berlín, y que otro contratiempo dejaría al violinista Luis Esnaola en Berlín al no tomar el avión por una Gripe A que no entiende de fronteras ni músicas. Con Riquelme y Maninger ya en Cáceres había que encontrar un violín que conociese el programa previsto de Schubert y Mozart encontrando en Barcelona a la muy reconocida María Florea (Esparreguera, 1993), concertino de la Franz Schubert Filharmonia, y muy solicitada en otras formaciones, además de conocida por los que estaban esperando ensayar y dominadora de ambas obras. El resultado nos pareció que llevasen años tocando juntos, talento nacional que seguimos exportando.

Aún quedaba un último contratiempo que fue la pérdida de la caja con los programas de mano, aunque estaba Antonio Moral para contarnos todo lo acontecido y desearnos que disfrutásemos porque el diluvio exterior invitaba a una velada que traía la Viena Imperial al Cáceres inmortal.

El concierto lo abría el Trío para cuerdas en si bemol mayor, D 471 (1816) de Schubert, bien encajados sus dos movimientos con una sonoridad perfecta, un mismo discurso en fraseos y contestaciones, para este romanticismo vienés que ya vivimos cantado pero necesitábamos también el instrumental.

Desde 2009 el murciano Joaquín Riquelme García (1983) es viola de la Filarmónica de Berlín que es la mejor presentación de un músico inmenso que es invitado por muchas orquestas como solista y al que he tenido la ocasión de disfrutar en Oviedo tanto con la OSPA en 2020 como con un Ensemble berlinés en 2022 y los hermanos Jussen, además de ser habitual en retransmisiones radiofónicas o televisivas, aprovechando para comentar que este concierto se grababa para Radio Clásica. Junto a un Perianes recuperado, nos ofrecían la Sonata n° 2 para viola y piano en mi bemol mayor, op. 120 (1895) de Brahms, originalmente escrita para clarinete pero que en este arreglo del propio compositor es casi más programada (también el de violín) por el color que consigue la viola, y más en las manos de nuestro murciano en Berlín.

El amor por la música de cámara en todas sus formas que el hamburgués que murió en Viena sentía le llevó a componer esta sonata para el clarinetista Richard Mühlfeld tras escucharle en el concierto de Weber. Pero también adoraba el cálido y rico sonido de la viola, publicando rápidamente esta versión que disfrutamos en Cáceres. El piano no es solo acompañante, es coprotagonista con pasajes virtuosos, casi orquestales, y el onubense sabe concertar a la perfección, por lo que los cuatro movimientos de esta sonata sonaron en todo el esplendor de matices, balances y tempi. Riquelme y Perianes son dos músicos inmensos (sin malentendidos y con mi chanza de amigo al verlos sobre el escenario) que no defraudaron en este Brahms tan camerístico y exigente para ambos.

Tras el descanso Mozart y uno de los cuartetos con piano más agradecidos de escuchar, que necesitan un encaje y entendimiento de años si se quiere exprimir todo el genio que el salzburgués atesora y asentado en una Viena que rebosaba música por todos los rincones y se trasladó a Cáceres.

Tres movimientos y cuatro intérpretes sonando equilibrados, protagonizando sus momentos más presentes, el piano cristalino brillando en los cromatismos y trinos, amoldándose a la cuerda para mantener esa unidad, con el trío berlinés-catalán dando nueva lección de musicalidad tanto entre ellos como con un onubense que está cómodo, igual en solitario como en lo sinfónico que lo hace camerístico porque entiende la necesaria unidad estilística del conjunto, aportando y remando todos para lograr hacer sentir «el cuarteto» como la formación más completa y verdadero banco de pruebas, tanto para el compositor como para los intérpretes y el público.

Finalizaba este intenso quinto día del IV Festival Atrium Musicae que se despedía de Cáceres aunque falte la Clausura en Plasencia y su Catedral… También la comentaremos desde aquí cual último capítulo de esta experiencia para repetir.

PROGRAMA:

I

Franz Schubert (1797–1828)
Trío para cuerdas en si bemol mayor, D 471 (1816):

Allegro – Andante sostenuto

Johannes Brahms (1833 – 1897)
Sonata n° 2 para viola y piano en mi bemol mayor, op. 120 (1895):

Allegro appassionato – Andante un poco adagio –  Allegretto grazioso – Vivace

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1991)
Cuarteto con piano en sol menor n°1, KV 478 (1785):

Allegro –  Andante – Rondo

El lied protagonista

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Sábado 31 de enero, día 4 del Festival Atrium Musicae. Gran Teatro, Cáceres, 19:30 horas: Manuel Walser (barítono), Malcolm Martineau (piano). Franz Schubert: Sehnsucht (Anhelo). Fotos propias y de Sandra Polo.

El Gran Teatro de Cáceres acogió finalmente un recital que, pese al cambio obligado de intérprete, mantuvo intacta la esencia del festival y, si cabe, reforzó su identidad: el lied como centro y razón de ser. La indisposición gripal que impidió la presencia del barítono Florian Boesch fue resuelta con rapidez y acierto por la organización, que confió el programa al barítono suizo Manuel Walser, acompañado por el pianista Malcolm Martineau, ofreciendo un monográfico schubertiano de altura aunque no el programado Schawanengesang (El canto del cisne).

Walser no es un desconocido para el público de Atrium Musicae: y cuentan que ya había dejado una profunda impresión en la primera edición del festival con su interpretación del “Viaje de Invierno” (Winterreise). En esta ocasión regresó con una selección de lieder, un programa nuevamente schubertiano íntegramente como no podía ser menos, cuidadosamente construido en torno a algunos de los grandes ejes de su universo poético: el anhelo, la soledad, la naturaleza y la introspección nocturna. El título implícito del recital, Sehnsucht (Anhelo), actuó como hilo conductor de una travesía emocional tan exigente como coherente.

Desde Der Wanderer an den Mond hasta Totengräbers Heimweh, el barítono suizo desplegó una voz de timbre noble, emisión natural y dicción ejemplar, cantando todo el programa de memoria, lo que favoreció una comunicación directa con el público y con el pianista, así como una expresividad no solo vocal, gestualidad en manos y rostro. Los lieder elegidos pudieron haber memos trágicos y oscuros, y el Schubert del suizo aunque rehúye el efectismo y se apoya en la palabra, en el matiz y en una línea de canto siempre al servicio del texto, adoleció de «más carne» pues sus pianissimi resultaron tan imperceptibles que ante el uso excesivo restaron mayor capacidad y volumen (que lo tiene y se notó puntualmente), hubiese necesitado mayores contrastes en los matices. Especialmente logrados resultaron lieder como Du bist die Ruh, de intimidad suspendida, Aufenthalt, de tensión contenida, o el inquietante Der Zwerg, auténtico relato dramático en miniatura que personalmente fue de lo mejor en esta schubiertiada cacereña.

Malcolm Martineau, figura imprescindible del lied europeo, fue mucho más que un acompañante: su piano respiró con la voz, coloreó atmósferas y sostuvo con inteligencia cada giro expresivo. La compenetración entre ambos fue total, esa que solo se da entre intérpretes que comparten lenguaje y profundidad de enfoque, y capaz de rehacer en pocos días todo un recital con otro barítono, algo al alcance de muy pocos pianistas.

De agradecer también la proyección de sobretítulos, imprescindibles para seguir el diálogo entre música y poesía, esencia misma del lied. Schubert volvió a demostrar por qué sigue siendo piedra angular de este género exigente, no apto para todas las voces ni para todas las escuchas, con dos propinas, lógicas, del malogrado Franz, Fahrt zum Hades D 526 (algo menos ligero de tempo que mi referente en este repertorio) y finalizando con ese “himno” An die Musik D 547. En Cáceres, el lied fue protagonista absoluto: palabra, música y verdad, aunque tenebroso y triste pero pura emoción.

PROGRAMA

Franz Schubert (1797–1828): Sehnsucht (Anhelo)

Der Wanderer an den Mond, D 870 (El caminante a la Luna)

Abendstern, D. 806 (La estrella vespertina)

Die Taubenpost, D. 957/14 (La paloma mensajera)

Du bist die Ruh, D. 776 (Ella estuvo aquí)

Bei dir allein, D. 866/2 (Solo contigo)

Des Fischers Liebesglück, D. 933 (El pescador felizmente enamorado)

Aufenthalt, D.957/5 (La estancia)

Auf der Bruck, D. 853 (Sobre el puente)

Frühlingsglaube, D. 686 (Fe primaveral)

Im Walde, D. 708 (En el bosque)

Im Abendrot, D. 799 (En el crepúsculo)

Der Zwerg, D. 771 (El enano)

Nachtstück, D. 672 (Nocturno)

Totengräbers Heimweh, D. 842 (El anhelo del enterrador)

P.D. Las fotos de Sandra Polo al subir esta entrada (ya en la tarde del 5º día de festival, aún no disponibles) las añadí en la madrugada del domingo al lunes.

Navidades sinfónicas y solidarias

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos: Concierto nº 1.706 de la Sociedad Filarmónica de Gijón (a beneficio de la Asociación Española Contra el Cáncer). Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, Pedro Ordieres (director). Obras de Schubert y Dvořák.

Mi último concierto del año en  la Sociedad Filarmónica de Gijón resultó una cita que aunaba música y compromiso solidario al celebrarse a beneficio de la AECC en Gijón, y con una extraordinaria entrada que seguro ayudará a seguir invirtiendo en la investigación para seguir una lucha que nunca es suficiente, como bien nos recordó la periodista lenense Laura Mayordomo del diario El Comercio, antes de que sonase la música.

La Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la dirección de Pedro Ordieres, presentó un programa equilibrado y de gran atractivo, con obras de Franz Schubert y Antonín Dvořák, con una plantilla algo desequilibrada donde el viento era casi tan numeroso como la cuerda (esta vez capitaneada por Daniel Jaime Pérez), con todo el “sacrificio” que supone intentar una sonoridad bien balanceada, una especie de ecualización donde el primero baja el volumen y la segunda lo sube, en un ímprobo trabajo cuando además violas y contrabajos quedaban en franca minoría perdiéndose «pegada en los graves». Con todo alcanzaron una calidad que para una orquesta amateur con apenas tres meses de vida, heredera de la desahuciada Orquesta Universitaria que fundase mi siempre recordado Alfonso Ordieres y recuperase su hijo Pedro durante ocho años, una «escuela de vida» que trabaja para unir caminos, aficiones y una experiencia para los jóvenes que pronto ocuparán atriles profesionales, o como reza en su presentación «un espacio donde personas de distintas edades, trayectorias y niveles musicales comparten algo en común: el deseo de hacer música juntas».

Ya en su debut al que tuve la suerte de disfrutar en su “sede”, en la sociedad hermana de la gijonesa, resaltaba el empuje y ganas de trabajar de esta “heredera universitaria” y con parte de este programa, la obertura “asturiana” de Schubert  y solo el primer movimiento de la sinfonía. Para el 22 de abril del próximo año retornarán «a casa» y espero seguir su evolución, deseándoles muchos más conciertos para llevar la música sinfónica allá donde no alcanzan las orquestas profesionales.

La velada se abrió con la Obertura “Alfonso und Estrella”, D. 732 de Schubert, una página infrecuente en las salas de conciertos que permitió asomarse a una faceta menos conocida del compositor vienés. Como señalaba en las notas al programa, que esta vez tuve el honor de escribir, se trata de una obertura en la que Schubert conjuga la herencia clásica con un marcado aliento lírico, anticipando ya algunos rasgos de su madurez. Pedro Ordieres subrayó precisamente ese equilibrio, ofreciendo una lectura clara y bien estructurada, con un discurso fluido y un sonido cuidado, en el que destacó el buen empaste de las cuerdas y la elegante participación de los vientos.

A continuación llegaría la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95, “Del Nuevo Mundo”, de Antonín Dvořák, obra emblemática del repertorio sinfónico y verdadero cruce de caminos estéticos y culturales. Tal como recordaba en las notas al programa, la sinfonía no pretende tanto una cita literal del folklore americano como una síntesis personal entre el lenguaje del compositor y las impresiones recogidas durante su estancia en Estados Unidos. Esta idea encontró reflejo en una interpretación atenta a los contrastes y al desarrollo orgánico del discurso musical. Con alguna permuta en los atriles de la madera la orquesta volvió a trabajar los matices para proseguir con el mismo empuje juvenil y la madurez en la dirección.

Desde el Adagio-Allegro molto inicial, Ordieres planteó una lectura de amplios arcos formales, con una introducción solemne y bien graduada que desembocó en un allegro de pulso firme. El célebre Largo fue abordado con un tempo contenido y una atmósfera recogida, destacando la calidez y calidad del solo de corno inglés, sostenido por un acompañamiento delicado y expresivo que evitó cualquier exceso sentimental, trabajando los matices y equilibrios entre las secciones. El Scherzo, rítmicamente incisivo, mostró a una orquesta ágil y bien articulada, mientras que el Allegro con fuoco final cerró la obra con energía y coherencia, integrando los motivos recurrentes de la sinfonía en un clímax convincente, siempre  bajo el magisterio de «junior». Personalmente quiero felicitar especialmente a los componentes de “mi” Banda Sinfónica del Ateneo Musical de Mieres por sus respectivos solos a Alba García (flauta) y Mateo Velasco (trompeta) porque estoy viéndolos crecer en todos los sentidos, y su participación en la Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo es un escalón más en su formación y toda una experiencia siempre enriquecedora en el largo camino de los músicos.

Como concierto navideño hubo propina con los músicos envueltos en espumillones plateados, manteniéndonos en el continente americano pero bajando hasta México con el agradecido Danzón nº 2 de Arturo Márquez para una orquesta engrosada con más viento, percusión y el piano de Luis López Aragón, que prosigue cursando estudios de dirección orquestal en Oviedo y Alemania.

Público en pie, varias salidas a saludar de Pedro Ordieres, y no podía faltar en este día festejando ya la Navidad el mundialmente conocido villancico Noche de Paz (de Joseph Franz Mohr y Franz Xaver Grüber) en un bellísimo arreglo del avilesino Rubén Díez y el chipriota afincado en nuestra tierra Rafaelos Christofi, ambos presentes en el teatro, digno de banda sonora para alguna de las películas de temática navideña que seguro abundarán próximamente. De nuevo excelente repuesta de todo el teatro con calurosos aplausos, reconociendo tanto la calidad artística de esta propuesta como el valor añadido de una velada en la que música, reflexión y compromiso social se dieron la mano.

En conjunto, un concierto que ofreció una interpretación sólida y musicalmente honesta, sustentada en una lectura reflexiva del programa y en un notable trabajo de conjunto por parte de la Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo.

PROGRAMA

Franz Schubert (1797–1828):

Obertura “Alfonso und Estrella”, D.732

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95, “Del Nuevo Mundo”:

I. Adagio – Allegro molto II. Largo III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro con fuoco

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