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Germinó y sigue creciendo…

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Oviedo 5 de abril, 18:30 horas. Auditorio de Oviedo, Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN), Juan Floristán (piano), Óliver Díaz (director). Obras de Copland, Rachmaninov y Dvořák.

Este Domingo de Resurrección a una hora poco habitual y con no demasiada publicidad, aunque el público fiel no falla, llegaba a la capital ovetense desde nuestra vecina Cantabria la JOSCAN en el «Encuentro de Primavera 2026«, agradeciendo además que su primera salida haya sido a nuestra tierra tras el concierto en la mañana anterior en Comillas, con muchos asturianos tanto en las responsabilidades de la Consejería de Educación, Formación Profesional y Universidades del Gobierno de Cantabria, como en la propia formación de los jóvenes músicos y al frente de la dirección artística y musical el carbayón Óliver Díaz, quien traía a un pianista amigo, al que sigo desde su «descubrimiento» en 2015 (XVIII Paloma O’Shea Santander International Piano Competition) donde se alzaría con el primer premio precisamente con el mismo concierto que interpretaría en este encuentro primaveral, todo un acontecimiento al que no podíamos faltar.

En su presentación figura que la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN) es un proyecto pedagógico de marcado carácter artístico, cuyo objetivo es contribuir, de forma muy significativa, a la educación musical y preparación profesional de los jóvenes músicos cántabros y de toda la sociedad a través de sus actividades artísticas. Como proyecto educativo, se pretende tender puentes entre las enseñanzas musicales de los conservatorios de esa comunidad, las enseñanzas musicales superiores y el entorno profesional de la orquesta. Desde sus comienzos en 2011, bajo la dirección artística de Emilio Otero, la JOSCAN ha contado en sus diferentes etapas con prestigiosos directores: el cántabro Jaime Martín, junto a maestros como José Luís Temes, Enrique García Asensio, Vladimir Stoupel, Andrés Juncos, la murciana Virginia Martínez o el mexicano Iván López Reynoso. Desde entonces han dado 10 conciertos, siendo estos del «Encuentro de Primavera 2026» el sexto de esta temporada tras un paréntesis de cinco años felizmente recuperado y necesario en el actual panorama sinfónico nacional. Se plantaron semillas en todos los terrenos que dependiendo del interés, buen abono, barbechos, y tiempo, han germinado e incluso creciendo como es el caso. Se podría escribir mucho de tantos excesos que marchitaron los buenos frutos, la escasa inversión o una mala «comercialización» de un producto que incluso hemos exportado a medio Europa, más allá del viento. Así que solo queda aplaudir esfuerzos como este de Cantabria, pleno además de cantidad y calidad musical, que no solo son cantera para el futuro sino una realidad digna de comentar.

Tras una intensa semana de preparación en las instalaciones del Centro de Programas Educativos de Viérnoles (Torrelavega), Óliver Díaz presentaba un ambicioso repertorio donde comprobar el nivel alcanzado por una amplia plantilla de músicos que lo dieron todo con la frescura de la edad, las ganas de aprender, la entrega y el talento más los vínculos que se crean en esta «pequeña sociedad» que es una orquesta, como así la definió el director asturiano en la breve presentación tras la Fanfarria para el hombre común («Fanfare for the Common Man») de Aaron Copland (1900-1990), breve pero impactante obra que rinde homenaje a la figura del ciudadano corriente mediante una potente llamada de metales y percusión cargada de simbolismo y solemnidad, compuesta en 1942 para la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, tras tantos encargos que se hicieron  por el «fervor patriótico» tras la entrada de EEUU en la SGM.

Abrir el concierto con los metales y percusión de la JOSCAN ya suponía una primera prueba de fuego y esta popular composición (de la que bebería tanto el «olímpico» John Williams como algunas notas que tomarían prestadas Queen para «We Will Rock You») no podía ser mejor carta de presentación.

Cada concierto de Juan Floristán (Juan Luis Pérez Floristán, Sevilla 1993), alumno entre otros de la gran Leonskaja, es siempre un acontecimiento único aunque interprete una obra tantas veces a lo largo de su ya larga trayectoria como el Concierto para piano n° 2, Op. 18 de Sergei Rachmaninov, pues los años dan no solo poso y experiencia, también complicidades con la orquesta de turno, con la que sentir ese ambiente camerístico que el ruso crea entre un tejido orquestal que manejaba como pocos en toda su amplia producción. El sevillano, un comunicador de talla internacional como ya asombró a quienes no le conocían en el programa «La Revuelta» con David Broncano hace un año, también quiso aportar antes de comenzar algunas pinceladas de esta famosa partitura más allá del cine o las connotaciones personales del compositor, que evidentemente ayudan a comprender mejor este «segundo» que nunca cansa escuchar. Tras Santander lo interpretaría en este mismo auditorio hace nueve años con Oviedo Filarmonía y ya entonces marcaba desde su personalidad unos tiempos tranquilos, sosegados pese a su juventud así como un perfecto entendimiento con el podio de Kerem Hasan. Más recientemente en Granada (20 de junio de 2024) lo escuchaba interpretarlo con la orquesta de la capital nazarí dirigida por la noruega Tabita Berglund, y donde destacaba que «El sevillano ha madurado y su interpretación resultó en cierto modo rocosa como las piedras del Carlos V, dura y muy contrastada, mandando y mostrando buen entendimiento con la directora noruega atenta al solista» pese a una OCG que estuvo descompensada y hasta gélida. Pero este primer domingo de abril Juan Floristán y Óliver Díaz encontraron en la JOSCAN la herramienta ideal donde volcar una interpretación a la altura de lo escrito. La plantilla, que dejo al final de la entrada, estuvo equilibrada en todas las secciones, con una cuerda que se puede calcular a partir de los seis contrabajos, una madera excepcional, una percusión siempre certera, y sobre todo los metales que presentaron sus credenciales en la fanfarria inicial.

Para quienes conocen a fondo «El segundo de Rach» (compuesto y estrenado entre 1900-1901), es difícil para todos, no ya las partes del piano donde debe dialogar, marcar los muchos cambios de compás y ritmo, encajar cada cadencia con el «tempi» global o ese carácter de último romántico que alterna melancolía, lirismo y dedos virtuosos, hasta sobreponerse con la necesaria fortaleza al empuje orquestal. Para toda formación sinfónica no hay sección que escape a sus respectivos solos y fraseos con el solista, el equilibrio entre lo íntimo y contemplativo con el «poderío» triunfal y expansivo de cada tutti, también muy atentos a la agógica y la plena concentración en la batuta, que debe conducir y concertar, algo que Díaz hace como pocos directores actuales. El entendimiento entre solista, orquesta y director funcionó desde el arranque en solitario del Moderato inicial hasta el último Allegro scherzando. Reconforta escuchar una orquesta bien empastada, con una cuerda sedosa capitaneada por Stefany Andreina Belandria, unos cellos mayoritariamente femeninos y maravillosos en sus fraseos, una madera donde flautas, oboes o clarinetes suenan «a gloria bendita» y sobre todo unos metales «orgánicos» capaces de dinámicas extremas sin perder homogeneidad, musicalidad, buen gusto y protagonismo en su sitio. Y sumemos el piano de Floristán, escuchando, compartiendo, sacando el color y sabor nunca edulcorado, adecuado para cada uno de sus pasajes. Protagonista y compañero sabiendo mandar sin imposiciones, incluso en los rubati, a unos jóvenes que dieron lo mejor de ellos tras un duro trabajo que tuvo la recompensa del aplauso unánime y prolongado.

Tras tanto esfuerzo, tensión y «notas» llegaría tras el verde y duro norte Cantábrico más el sevillano sur florido, el remanso finlandés de Le sapin (El abeto) de Sibelius (la última de sus Cinco piezas para piano, op. 75), donde Juan Floristán nos transportó a la naturaleza pianística de otro gran orquestador donde el piano es el contrapeso necesario para todos, esplendor sonoro lleno de intimismo y melancolía esculpiendo las 88 teclas con maestría y emotividad.

Para toda orquesta sinfónica afrontar la música de Antonín Dvořák (1841-1904) es siempre la piedra de toque de sus músicos y una herramienta donde ponerla a punto con la batuta correspondiente, más que un ejercicio necesario un peldaño en el crecimiento. De la conocidísima «Sinfonía del Nuevo Mundo» vamos bien servidos esta temporada y además con orquestas tanto jovenes como profesionales, que han puesto en los atriles la novena del checo. Así en Gijón las navidades pasadas fue una de las obras elegidas para el debut en su Sociedad Filarmónica de la recién creada Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la batuta de Pedro Ordieres, donde además participé en las notas al programa para comentar esta página «americana» (más breve Óliver antes de comenzarla), y el 23 de enero fue otro regalo de la OSPA, dos interpretaciones recientes para esta sinfonía que no puede ni debe faltar en el archivo ni en los atriles.

Óliver Díaz supo transmitir a la JOSCAN toda la inspiración que el compositor checo encontró en aquellos años neoyorquinos donde combinar el lenguaje romántico europeo y los ritmos afroamericanos sumados al folklore indígena, «realmente multirracial en sus bases» como la definió Bernstein. Sinfonía en cuatro movimientos con todos los recursos del ritmo, el contrapunto y el color orquestal modernos que nos dejaron una interpretación valiente en los tempi elegidos por el asturiano, segura en cada cambio de aire, dejando a los solistas marcar su pulso, manejando los balances con mano firme, sacando en cada sección lo mejor de sus primeros atriles, de nuevo con una cuerda rica en matices y una concepción brillante sin exageraciones ni desmanes en los volúmenes. Las reconocibles melodías de esta «Novena de Dvořák» irían dibujándose claras, presentes, sinfonismo en estado puro con todas las emociones y lenguajes utilizados por el checo que dejó la semilla para una música que se germinaría, crecería y se haría adulta en el «nuevo mundo» como hoy abría y demostraba Copland.

La JOSCAN ya germinó, crece correctamente y ya da sus primeros frutos, bien regada por Óliver Díaz hoy acompañado por Juan Floristán, dejándonos una excelente «resurrección sinfónica juvenil» en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, la mejor presentación en este coliseo por donde ha pasado lo más granado de la música de mi tiempo.

 

PROGRAMA:

Un gitano ilustrado

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Jueves 19 de marzo, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Manuel García (1775-1832): «El gitano por amor». Ópera bufa en dos actos, basada en la novela ejemplar «La gitanilla», de Miguel de Cervantes. Estrenada en 1829 en el Teatro Palenque de Gallos, México. Producción de la Ópera Estudio de Málaga – Teatro Cervantes (2024).

(Crítica para Ópera World con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Alfonso Suárez, más alguna propia)

Manuel del Pópulo Vicente García (Sevilla, 1775 – París, 1832) compuso «El gitano por amor» (1828) pensando en una intérprete excepcional: su hija, la legendaria soprano María Malibrán. Estamos ante una ópera bufa en dos actos que mezcla humor, enredos amorosos y un aire muy cercano al teatro popular de su época, encontrando en ella la influencia de la tradición italiana del ‘dramma giocoso’ pero también ese sabor español de los personajes y situaciones. La historia gira en torno a celos, identidades ocultas y engaños, elementos clásicos de la comedia musical que se resuelven finalmente con ligereza y buen humor. Como en muchas óperas cómicas del momento, la música está llena de vivacidad rítmica, melodías ágiles y números vocales pensados para lucimiento de los cantantes, donde nada es casual: García escribía pensando en las voces y conocía como pocos los recursos del ‘bel canto’.

Durante demasiado tiempo esta ópera española permaneció prácticamente olvidada, pero forma parte de un repertorio fascinante que se está redescubriendo y permite comprender mejor la riqueza de nuestra ópera en los comienzos del siglo XIX, así como nos recuerda el talento polifacético de Manuel García y su enorme legado en la historia del canto, un gran conocedor de las tendencias de su época como buen cosmopolita.

Tal como explicó el doctor Ramón Sobrino en la conferencia previa del pasado jueves 12 en el Club de Prensa, García no solo fue un brillante tenor, también empresario, pedagogo y creador incansable, desempeñando un papel fundamental en la difusión de la ópera italiana fuera de Italia, siendo “el compositor español más prolífico en el campo de la ópera” como así lo ha definido nuestro eterno profesor Emilio Casares. Y es que uno de los aspectos más llamativos de «El gitano por amor» es precisamente que se trata de una ópera bufa, en dos actos, sin diálogos, escrita íntegramente en castellano, algo poco común en su época, escrita durante su periplo de Nueva York a México (de 1826 a 1828) a petición de un público que se negaba a escuchar óperas en italiano por no entenderlas. Allí se estrenaría en 1829 esta ópera basada en «La gitanilla» de Miguel de Cervantes, un relato que combina amor, identidad y vida nómada. García supo trasladar estos elementos al lenguaje escénico y musical, creando una obra que dialoga tanto con la tradición literaria española como con el estilo operístico europeo en la etapa final de su vida con el regreso a la música española, especialmente por algunos giros vocales o la utilización de castañuelas o panderetas pero de un “españolismo” tamizado por su bagaje operístico de estilo tanto rossiniano como mozartiano que dominó a lo largo de su exitosa carrera.

La partitura pertenece a la citada última etapa creativa del sevillano, representa probablemente su proyecto escénico más ambicioso de esos años. Sin embargo, su estreno en España ha tenido que esperar casi dos siglos, gracias al trabajo musicológico de Juan de Udaeta (en colaboración con Enrique Amodeo), que tuvo lugar el 20 de noviembre de 2024 en el Teatro Cervantes malagueño, gracias al empeño de su ‘Ópera Estudio de Málaga’, contando con el apoyo incondicional del barítono Carlos Álvarez y la misma producción que hemos disfrutado en este segundo título de la temporada ovetense: la dirección musical de Carlos Aragón más la escénica del eternamente joven Emilio Sagi. Otra apuesta por recuperar (o redescubrir) esta ópera que suscitó la admiración de figuras como Emilio Castelar -presidente de la Primera República española-, lo que da cuenta de la relevancia que tuvo en su tiempo esta ópera bufa del sevillano Manuel García.

El estilo musical refleja claramente la influencia del ‘bel canto’ italiano plagado de amplias líneas melódicas y un exigente virtuosismo vocal para todo el elenco, pero, como igualmente nos contó el doctor Sobrino, también incorpora giros rítmicos y melódicos que evocan el mundo andaluz, generando una fusión estética que le otorga una personalidad propia dentro del repertorio prerromántico. Doscientos años después, «El gitano por amor» encuentra por fin su lugar en los escenarios ofreciendo al público actual la oportunidad de descubrir una pieza que combina historia, virtuosismo y tradición, con Oviedo apostando por nuevos títulos tan necesarios y tan nuestros como los “Imprescindibles” de todo festival lírico, que sigue pidiendo más funciones (pues las dos actuales agotan el papel).

Ópera exigente para todos, la Obertura la Oviedo Filarmonía (con Yuri Pisarevskyi de concertino) bajo la batuta de Carlos Aragón, mostró una sonoridad muy cuidada, todas las secciones bien balanceadas, que respetarían en todo momento la escena, firmada por la calidad y cálida sencillez de Sagi desde un fondo de batas de cola plegadas cual madroños con tres cortinas abriéndose a un fondo amarillo cual caseta de feria (en el segundo acto tres puertas combinado con el blanco luminoso), y todo resaltando aún más con las luces siempre efectivas de Eduardo Bravo.

Todo un adelanto de la línea a seguir en las dos horas y media de función, con el rojo dominante incluso en las sillas de zambra, único y más que suficiente atrezzo durante todo el primer acto (en el segundo cubiertas con telas blancas cual salón de bodas), para ir proyectando los nombres de los personajes, vistiéndose tras una cortinilla igualmente roja mientras salían y saludaban, con tímidos aplausos antes de la primera aparición de la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (que dirige José Manuel San Emeterio en esta producción con 16 componentes que cantaron a cinco voces (4-4 / 3-3-2), fueron otro seguro de calidad como titulares del Festival Lírico ovetense: volumen suficiente, escena cómoda (casi siempre sentados y separado las cuerdas), luciendo un siempre elegante y acertado vestuario de Jesús Ruiz, de ocres y rojos con los abanicos, siempre bien coreografiados por Nuria Castejón.

Dos actos de duración desigual (85 y 50 minutos) que fueron desplegando la maravillosa partitura de Manuel García donde hay desde recitativos con clave (bravo por Elia Esipovich) hasta un despliegue combinando coros, arias, dúos, tríos y concertantes para disfrutar de un elenco vocal equilibrado, variado y entregado, gran parte del cual estará en el Teatro de la Zarzuela -con doble reparto- el próximo mes (del 22 al 26 de de abril) donde se respira lo mozartiano por lo melódico, lo rossiniano por las coloraturas y crescendi, y lo mejor de nuestro folklore con seguidillas tiranas, boleros y hasta muñeiras.

Del cuarteto principal, casi  protagonista por la mayor presencia en escena -aunque todos tienen su momento vocal y actoral- quiero comenzar con el barítono granadino Pablo Gálvez como Baldaquín, el criado de Hernando que además de tener este simpático personaje que nos recuerda los distintos barberos, goza de una voz poderosa, timbre rotundo, línea de canto ideal, un empaste perfecto con sus compañeros de reparto (especialmente en todos los tríos con Hernando y Rosita), sin faltarle un papel a doble falsete increíble (“Vuestra ropa, tened / No, mi vida”), conjugado con un movimiento escénico que nunca cortó su emisión y dicción muy clara. Una pena que no lo vayan a disfrutar en el coso madrileño. Cada intervención suya fue un lujo ya desde la primera aparición con el señor Hernando (“Santo Dios!”), su recitativo y aria “¿Estás determinado? / Necesario es ya que os diga” todo un derroche vocal en las agilidades y pronunciación, así como el dúo con Laura (“Corazón de alfeñique / Señor mío, ya estoy viendo”) un auténtico flechazo por parte de la pareja.

Rosita sería la soprano de origen rumano, y formada en Italia, Suzana Nadejde, la misma que cantó el estreno malagueño y también estará en la calle Jovellanos. Debutante en Oviedo, fue “la Malibrán” actual con todas las virtudes de la hija de García: amplio registro de color homogéneo, matizada, con proyección excelente, agilidades perfectas, presencia escénica y musicalidad perfecta para este rol que compendia lo mejor del ‘bel canto’ con aires de Rossini y Mozart más los siempre difíciles ornamentos de copla que redondearon su personaje, fraseando con enorme gracia para brillar tanto en la coloratura como en el embrujo de esta cautivadora gitana. La salida con el coro (“¡Viva el gracejo de Andalucía! / Aquí está la gitanilla”) puso sus cartas boca arriba y no decepcionó en ningún momento. En los tríos antes citados su voz estuvo siempre presente luciendo unos agudos limpios y bien colocados.

El tenor almeriense Juan de Dios Mateos como Hernando tiene una emisión fluctuante, color bruñido, una mezza voce de menor proyección que da sensación de apretarse aunque con el canto natural sus agudos corren y brillan más, defendiendo su rol con valentía además de presencia. Buen empaste en el dúo con Baldaquín y los tríos, dejándonos su mejor momento en solitario con el recitativo, escena y aria “¿Has quedado? / Hernani desventurado”.

No por menor protagonismo pero igualmente acertados estuvieron la mezzo mallorquina Begoña Gómez como Laura, otra debutante en Oviedo, de color bien contrapuesto a su amiga Rosita, el ya citado buen dúo con Baldaquín, más una escena donde nunca faltó el humor de su personaje.

Menor presencia pero igualmente consistentes las siguientes voces del elenco, comenzando con la soprano granadina María José Moreno como Inés, que volvió a mostrar su excelente momento vocal con la hermosa cavatina “Amor, piadoso amor” que abría el segundo acto, muy compenetrada en el dúo con Manolo (cantado por el tenor sevillano José Ángel Florido, que nos dejó buenas sensaciones), o el barítono catalán Enric Martínez-Castignani en el papel de Marqués del Pino, siempre seguro sin excesos, para completar el reparto junto al Corregidor del bajo-barítono mallorquín Pablo López, voces experimentadas que redondearon una excelente producción desde lo vocal y musical a lo escénico.

El público que llenó el Teatro Campoamor, salió tan enamorado como este “gitano por amor” que no defraudó en este San José que prepara una primavera muy lírica.

FICHA

Jueves 19 de marzo, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Manuel García (1775-1832): «El gitano por amor». Ópera bufa en dos actos con música y libreto del propio Manuel García, basado en la novela ejemplar «La gitanilla», de Miguel de Cervantes. Estrenada en 1829 en el Teatro Palenque de Gallos, México. Producción de la Ópera Estudio de Málaga – Teatro Cervantes (2024).FICHA ARTÍSTICA

Dirección Musical: Carlos Aragón – Dirección de escena: Emilio Sagi – Escenografía: Daniel Bianco – Iluminación: Eduardo Bravo – Vestuario: Jesús Ruiz – Coreografía: Nuria Castejón – Asistente de dirección de escena: Javier Ulacia – Asistente de coreografía: Cristhian Sandoval.

REPARTO
Hernando (hijo del Marqués del Pino y enamorado de Rosita): Juan de Dios Mateos (tenor) – Rosita (gitana enamorada de Hernando): Suzana Nadejde (soprano) * – Baldaquín (criado de Hernando): Pablo Gálvez (barítono) – Inés (prima de Hernando y su prometida): María José Moreno (soprano) – Laura (amiga de Rosita): Begoña Gómez (mezzosoprano) *- Manolo (hermano de Rosita): José Ángel Florido (tenor) *- Marqués del Pino (padre de Hernando): Enric Martínez-Castignani (barítono) – Corregidor Pablo López (bajo-barítono).

* Debutantes en el Festival de Teatro Lírico Español

Oviedo Filarmonía

Coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio Álvarez)

Rescatando nuestras joyas líricas

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Martes 17 de marzo, 12:00 horas. Teatro Campoamor (Salón de Té) Oviedo: Rueda de prensa presentación del segundo título del XXXIII Festival de Teatro Lírico Español. Fotos propias y de Pablo Piquero.

La Fundación Municipal de Cultura de Oviedo (FMC) vuelve a apostar por el valor del patrimonio lírico español con la presentación de El gitano por amor de Manuel García, buscando sacar a la luz auténticas “joyas guardadas” dentro del repertorio nacional.

Manuel del Pópulo Vicente García (Sevilla, 1775 – París, 1832), tenor y compositor, actor y empresario, castizo y cosmopolita, profesor de canto y defensor tanto de la ópera española como de los derechos de los artistas, compondría esta primera ópera bufa en tiempos modernos escrita en nuestro idioma, que disfrutaremos tras su recuperación malagueña antes de llevarla al Teatro de la Zarzuela de Madrid.

El concejal de Cultura, David Álvarez, encabezó el acto de presentación junto al equipo artístico casi al completo de esta producción, destacando el compromiso de la ciudad con un ciclo de Teatro Lírico que no solo da cabida a los títulos más conocidos, sino también a obras menos habituales que reflejan la riqueza y la profundidad cultural de este género. También quiso destacar que Oviedo ha llegado entre las cuatro ciudades finalistas (con Granada, Cáceres y Las Palmas) para la Capitalidad Cultural Europea 2031. Aprovechó también para compartir el éxito del ensayo pre-general del día anterior, abierto a distintos colectivos, y la actividad Off-Zarzuela con Zarzuelíza-TE (encuentros líricos previos al estreno de cada título) que contarán con el director musical Carlos Aragón, la soprano granadina María José Moreno y el pianista langreano Marcos Suárez este miércoles 18 a las 19:30 en el coqueto Salón de Té del Teatro Campoamor.

Esta nueva propuesta forma parte del XXXIII Festival de Teatro Lírico Español y está basada en La gitanilla, la célebre novela de Miguel de Cervantes. La música y el libreto pertenecen al universal Manuel García, una de las figuras más relevantes de la lírica de su tiempo, quien llevó la entonces desconocida ópera italiana hasta los EE.UU., y en el caso de El gitano por amor la escribió y estrenó por un encargo de México, precisamente al estar en nuestro idioma, dado que las italianas o francesas no las entendían.

Durante la presentación, el director de escena Emilio Sagi explicó que la adaptación ha requerido ciertos cambios en la partitura original para hacer la dramaturgia más accesible al público actual. Aun así, definió la obra como “deliciosa y difícil”, destacando lo estimulante que ha sido recrearla y celebrando la apuesta de Oviedo por este tipo de producciones, música de aires rossinianos (como era lógico en el tenor sevillano que estrenaría El Barbero) o mozartianos pero también «lo andaluz» bien entendido desde el belcanto por álguien que lo viviría en primera persona. Nuestro ilustre ovetense volvió a pedir más funciones para este festival que con solo dos agota las entradas, y reivindicando la necesaria inversión para mejoras y mantenimiento del Campoamor, como papel protagonista en la vida cultural de la capital asturiana, aprovechando la candidatura antes citada que de no lograrla, seguirá teniendo su Oviedo natal como capital cultural por su oferta musical y artística.

En la misma línea, el director musical Carlos Aragón subrayó la complejidad vocal de la pieza, asegurando que, pese a su exigencia, el resultado es “una preciosidad” que sorprenderá y emocionará al público, agradeciendo poder contar con Sagi y haber conseguido que el trabajo de Ópera Estudio de Málaga enfocado para formar en la escena a nuevas voces, haya dado el salto ahora a Oviedo y posteriormente a Madrid, las dos longevas temporadas estables en nuestro país. También quiso destacar el trabajo previo de Oviedo Filarmonía y del coro titular, con sus responsables presentes en la rueda de prensa.

Por su parte, Cosme Marina, director artístico de la FMC de Oviedo, elogió tanto la dirección como el reparto, calificándolo de “estupendo” y garantizando una puesta en escena de gran calidad en el Teatro Campoamor, igualmente poniendo en valor a todo el equipo técnico del coliseo carbayón.

Más allá de la propia producción, todos los participantes aprovecharon la ocasión para felicitar a Oviedo por su candidatura a la Capitalidad Cultural Europea 2031, coincidiendo en que la ciudad ya es un referente cultural, independientemente del resultado, alguno con el «corazón partío» como los cantantes granadinos, subrayando la importancia de seguir cuidando espacios emblemáticos como el Teatro Campoamor, sin olvidarse de la gastronomía astur y la propia ciudad que muchos ya conocían de anteriores trabajos tanto en la ópera como en la zarzuela.

El gitano por amor se representará en el Teatro Campoamor en dos funciones: el jueves 19 de marzo a las 19:30 horas y el sábado 21 de marzo a las 19:00 horas, que contaremos desde aquí.

Una oportunidad única para redescubrir una pieza singular de la lírica española y disfrutar de una propuesta escénica que combina tradición y renovación.

Dualidades

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Viernes 27 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 Transcendencia: OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Martínez Burgos, Wagner y R. Strauss.

El noveno de abono que cierra el mes de febrero, se titulaba «Transcendencia», aunque rápidamente me vino a la memoria el famoso y desternillante «cuento» de Les Luthiers «La gallina dijo Eureka» donde Daniel Ravinovich le  pregunta a Marcos Mundstock sobre el significado con la contestación siguiente:

«Realizarse es trascender, yendo mas allá de los hechos, hasta lograr cierto tipo de equilibrio, cierto tipo de equilibrio, como por ejemplo, un árbol…».

Pero no me encajaba pensar en la música de este último viernes de febrero desde ese enfoque humorístico aunque trascender sea ir más allá de los hechos, y tras asistir al habitual encuentro de las 19:15 h., esta vez con el director titular y el compositor madrileño (del que escucharíamos dos obras), preferí elegir mi título de «Dualidades» porque estaba claro que se jugaba con aunar visiones dobles, sin llegar a «el Yin y el Yang» pero sí ante las distintas emociones contrapuestas que son como la propia vida, blanco y negro aunque con muchas gamas de grises.

Cada día se aprende algo nuevo y poder escuchar de primera mano qué busca un compositor de nuestro tiempo en cada página es prepararse para una audición más completa, que Nuno Coelho también cuenta micrófono en mano antes de iniciar los conciertos. Por mi parte aplaudir estas iniciativas así como seguir apostando por obras de nuestro tiempo, recordando que la historia cuenta cómo se estrenaban siempre y sería en tiempos cercanos cuando se optó por la repetición de unas pocas, formando lo que suelo llamar «Las 40 principales» aunque en otros géneros musicales, especialmente las denominadas músicas urbanas, todas parecen de poco uso para tirarse rápidamente, pasando a la memoria las que nos «machacaron» haciéndolas como decimos en Asturias pegañosas, hasta aquellas (pocas) que están tan bien escritas que permanecen en el inconsciente colectivo de distintas generaciones.

Me decía una querida amiga al descanso que no estaba acostumbrada a escuchar composiciones sinfónicas actuales, así que le hice el paralelismo con la pintura o mejor aún con la gastronomía que siempre está de moda. La cocina tradicional nos gusta a todos pero debemos probar nuevos platos. Los ingredientes pueden ser los mismos pero influyen igualmente las proporciones,  la elaboración, la guisandera o el cocinero, incluso la presentación del plato, y es cierto que se puede arruinar un menú o bien descubrir sabores que parecían ocultos y salen al paladar con nuevas sensaciones. La dualidad entre comida y OSPA la hemos sufrido con un cocinero  búlgaro que casi me obliga a clausurar este «restaurante», pero la llegada del chef portuense (definiendo ese término tomado del francés como «máximo responsable de una cocina profesional, encargado de dirigir, organizar y supervisar la elaboración de alimentos») nos ha devuelto a todos el gusto por esta cocina musical: repertorio habitual bien elaborado junto a nuevas recetas que tienen todo lo que necesitan para gustar (o al menos probarlas).

Del menú sinfónico había dos platos potentes que no pueden faltar en la mesa (Wagner y Richard Strauss) más otros dos entrantes o primeros de la «nueva cocina musical» dignos de cinco estrellas, pues Martínez Burgos ha trabajado y conoce lo tradicional para combinarlo y presentar unas exquisiteces (delicatessen) llenas de sensaciones cual sabores y olores sobre pentagramas que además maridaron perfectamente con los segundos, todo con una despensa bien surtida de la OSPA y el Master Coelho que sigue cocinando con esmero y presentándonos cada nuevo menú para integrarlo en nuestra memoria sensitiva.

El primer plato sería Daivāt (estrenada el 23 de febrero de 2019 en Basel) del catedrático del CONSMUPA al que Coelho conoció tras estrenar esta obra con la OSG y añadió a su amplio recetario sinfónico, cocinándolo para todos (me consta que las dos obras de Martínez Burgos se han grabado esta mañana para el sello Aria Classics, esperando las tengamos disponibles el próximo año, y alentando a volver con la costumbre de registrar el trabajo de una OSPA que sigue estando por descubrir incluso en nuestra tierra). Esta obra de hace siete años se estrenaba en Asturias y obtuvo el ‘Primer premio de composición Andrés Gaos’ de la Diputación de A Coruña en 2017, que pese a la objetividad de los jurados a la hora de elegir obras anónimas, está claro que los premios ayudan a difundir estas páginas sinfónicas como el propio compositor nos contó, y Hertha Gallego de Torres también en las notas al programa nos explican el título que surge de la lectura de Bhagavata-purana, uno de los textos religiosos que narra leyendas del hinduismo:

«Curiosamente encontré una palabra —daivāt— que no tenía traducción directa. En ciertos contextos lingüísticos este vocablo significa “el tiempo más allá de la memoria” (…) A partir de ahí surgió en mí una reflexión acerca de la memoria y el olvido que desencadenó finalmente un pensamiento musical».

Conflictos existenciales o cómo una sola palabra puede describir toda una frase cargada de simbolismo y filosofía, siempre a tener en cuenta por el premiado compositor y profesor afincado en la capital asturiana, que bajo esta premisa nos deja una composición plagada de sensaciones y texturas, una gran orquesta sinfónica donde explorar la tímbrica en cada sección, con la percusión utilizando arcos en platos o láminas, la cuerda con sordinas y armónicos, más color (o sabor) con el arpa y el piano, más un viento que equilibra fuerzas entre maderas y metales. Coelho fue dejando hacerse a fuego lento este aperitivo potente de mano pero delicado al «paladar auditivo».

Segundo plato que no puede faltar en un buen menú sinfónico: el «Preludio y Muerte de amor» del Tristan und Isolda wagneriano, inicio y final despojado (o deshojado) de las cuatro horas intermedias , otra dualidad que Hertha Gallego comenta: «El dúo de Eros y Thánatos es un tema universal que ha preocupado a los más grandes filósofos, poetas, novelistas, músicos… desde el comienzo de la historia. Recordemos simplemente las infinitas versiones del mito de la desgraciada Dido o de Romeo y Julieta», amor y muerte, leyendas medievales como las que utiliza Wagner que tanto arte nos han dejado. Liebestod en alemán une las palabras amor (Liebe) y muerte (Tod), el famosísimo preludio de la ópera -estrenada en 1865- enlazado con la Muerte de amor de Isolda, ambigüedades y dualidades desde el conocido como «el acorde de Tristán» perfectamente cocinado por Coelho y mejor servido por la OSPA, unos cellos magníficos y acoplados como uno solo, ricos en fraseo y dinámicas, el canto del oboe siempre melancólico, lengüetas alternando presencias y el «fondo» de una cuerda comandada hoy por el concertino invitado Luis María Suárez Felipe. Toda una modulación de sensaciones y emociones típicamente wagnerianas llevadas con mano maestra por el director portugués y la respuesta precisa de una orquesta contundentemente delicada, como sacando a flote sabores escondidos, «ingrávidos y sutiles como pompas de jabón» (con la venia de Machado), mezclados con especias poderosas en una escritura sinfónica que sobrevive a toda la ópera. Una primera parte para paladear y degustar.

La segunda parte se abría con otro plato del madrileño preparado durante su estancia en la Universidad de Oxford donde en 2019 (se doctoraría al año siguiente) le encargaron componer una obra sobre Leonardo da Vinci, todo un reto para Martínez Burgos que tras rebuscar se inspiró en un estudio sobre las aves (el Codex on The Flight of Birds), inspirándose básicamente en los dos tipos de planeo: propulsión, en cuanto a la fuerza para comenzar a volar, y el planeo, que apenas necesita esfuerzo dejándose llevar por las distintas corrientes de aire, este Codex (estrenado el 11 de mayo de 2019 por la Oxford Philharmonic) presenta otra dualidad: «transformar la energía cinética en expresión musical». No hay mejor forma de captar el germen sinfónico de esta nueva receta con los mismos ingredientes de la primera pero combinados y presentados más del gusto europeo actual, casi banda sonora de un documental bello desde su inicio: tutti de metales y percusión, súbitos contrastes de volumen con unas dinámicas bien controladas por Coelho que nunca deja quemarse ningún ingrediente, y menos con la calidad de una OSPA versátil en todo repertorio pero respondiendo a cada «cocinero» con toda la calidad que atesora y mantiene.

Y la última dualidad, Muerte y Transfiguración de Richard Strauss, un compositor que nuestra OSPA entiende como pocas formaciones, y son muchas las obras del muniqués que ha servido la orquesta asturiana en sus 34 años largos, aunque no siempre bien horneadas, retomando los paralelismos gastronómicos. Todo un plato potente con los ingredientes en cantidad y calidad donde no faltaron dos arpas, cinco trompas… equilibradas con una cuerda suficiente (12-10-8-7-6) para mantener los balances precisos elegidos por un Strauss admirador de Wagner, bien combinado tras el primer plato de Martínez Burgos. Gallego de Torres nos la describe perfectamente:

«(… basada en las Sagradas Escrituras y estrenada en 1890. Para Strauss cada momento de la obra poseía un significado extramusical: Un artista yace moribundo, y los pensamientos sobre su vida revolotean sobre su cabeza: la infancia inocente, los años de lucha, la consecución en este mundo de sus objetivos; al final, recibirá la ansiada transfiguración «del alcance infinito de los cielos». Podemos pensar (no seremos los únicos) que la música siempre remite a sí misma y no necesita de estas imágenes. Dejo a cada uno con sus reflexiones, no sin antes decir que este programa, al margen de un análisis más cerebral, nos remite a un mundo de espiritualidad contenida. Emoción, pero con conciencia».

Coelho nos recordaría cómo en su lecho de muerte a los 85 años Richard Strauss confesaba que la sentía igual que la había escrito a sus 24. De nuevo la dualidad, «Muerte y transfiguración» (Tod und Verklärung), una muerte que comienza con la misma vida, un artista que yace moribundo mientras pasan los pensamientos como una película (infancia, luchas de madurez, consecución de objetivos mundanos y la transfiguración «del alcance de los cielos». Como en Wagner, la OSPA nos llevó por estos recovecos con una mayor riqueza de matices y colores, con solos impecables como el de violín a cargo de Luis Mª Suárez, el duelo fraternal entre oboe y corno inglés, la suma de los fagotes (el contrabajo cimentando sonoridades), unos bronces -como se refería a nuestro recordado Max Valdés a los metales- empastados, ricos en presencia incluso en los pianissimi que cortaban la respiración, flautas de ensueño, arpas celestiales, una cuerda compacta de amplias dinámicas, empaste perfecto y balances gracias a un Coelho «master chef» cocinando este pote sinfónico asturiano capaz de competir con la mejor gastronomía germana, verdadera trascendencia para un programa que necesita de buena digestión tras una ansiada ingesta que nos hará soñar cual breve muerte diaria con la vida compañera de La Parca desde la primera cuna.

PROGRAMA:

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS (Madrid, 1970 – ):

Daivāt
(Estreno en Asturias, Avilés 27 de febrero – Primer premio de composición «Andrés Gaos» de la Diputación de A Coruña, 2017)

RICHARD WAGNER (1813 – 1883):

Tristán und Isolda, WWV 90: Preludio y Muerte de amor

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS:

Codex

RICHARD STRAUSS (1864 – 1949):

Tod und Verklärung, op. 24, TrV 158

El barberillo valiente

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Jueves 26 de febrero, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894): El barberillo de Lavapiés. Zarzuela en tres actos con libreto de Luis Mariano de Larra (1830–1901). Estrenada el 19 de diciembre de 1874 en el Teatro de la Zarzuela. Coproducción del Theater Basel (2025), el Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo y el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Fotos propias y de Alfonso Suárez.

(Crítica para Ópera World del viernes 27 de febrero, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Alfonso Suárez más alguna propia)

Oviedo sigue siendo capital lírica, y finalizada la LXXVIII Temporada de Ópera arranca el Festival de Teatro Lírico Español que alcanza su trigésimotercera edición con dos funciones que se quedan pequeñas ante la demanda en la que es segunda temporada estable de zarzuela, tras la madrileña. Y este jueves llegaba a la capital asturiana el director de escena alemán Christof Loy, de fama internacional, quien se enamoró de nuestro género creando su  propia compañía de zarzuela con cuatro artistas españoles llamada “Los Paladines”, con sede en Austria (y a quien le comunicaron en el ensayo general el Premio del Teatro de Rabisbona como “Mejor Emprendedor”). Con ellos ha venido a Oviedo y con quienes ha debutado en Viena con Benamor (Pablo Luna), y en el Teatro de Basilea (Suiza) el pasado mes de septiembre precisamente con este Barbieri de El barberillo de Lavapiés que estrenaba este último jueves de febrero en nuestra sempiterna Vetusta (Madrid deberá esperar a la próxima temporada), para proseguir su andadura en el coliseo de la calle Jovellanos madrileña donde dirigirá El Gato Montés (Penella) el próximo junio, esperando siga periplo y lo traiga para la próxima edición de nuestro festival (personalmente me encantaría disfrutar de Benamor).

De El barberillo de Lavapiés aún recordamos anteriores producciones como la de 1994 en el primer festival, la de 2005 en la duodécima edición con la producción madrileña de Calixto Bieito y la más cercana de Alfredo Sanzol (en 2020) con dirección musical de Miquel Ortega.

Christof Loy confesaba no hace mucho en la prensa especializada que sus pasión por nuestra zarzuela le vino tras ver una representación de La del Manojo de Rosas en el Teatro de la Zarzuela en pleno Covid-19, cuando toda Europa tenía cerrados los teatros líricos mientras los españoles abrían, lo que le ganó para el género, siendo el comienzo de una andadura que ha culminado esta temporada con las tres producciones líricas antes citadas.

El barberillo de Lavapiés sigue siendo la zarzuela emblemática de la amplísima producción de Barbieri, y obra cumbre de la denominada “Zarzuela Grande”, triunfando ya desde su estreno, permaneciendo en la memoria de tantos aficionados al género, siendo de agradecer la edición crítica de los doctores de la Universidad de Oviedo Mª Encina Cortizo y Ramón Sobrino a los que bien conocemos y admiramos, y que se llevó al disco gracias a la Fundación Caja-Madrid para el sello francés Auvidis-Valois, con un reparto encabezado por María Bayo, Lola Casariego, Manuel Lanza y Juan Pons en el cuarteto protagonista, todos bajo la dirección musical de Víctor Pablo Pérez al frente de la Orquesta Sinfónica de Tenerife. Muchos nombres ligados a Asturias que han mantenido en alto este «Barbero de Barbieri« que combina intriga política, aventuras con una vibrante defensa del buen casticismo madrileño y goyesco, majos y majas, manolas y estudiantes, guardias y conspiradores para esta “tonadilla escénica dieciochesca” ampliada, que no pierde el tono cómico y le ha asegurado su permanencia en los escenarios a lo largo del tiempo.

No quiero olvidarme de Luis Mariano de Larra, autor del libreto e hijo de Mariano José (que firmaba sus artículos como Fígaro e otro guiño al barbero) de quien heredó el amor a las letras, y escribió muchos textos de zarzuela para Arrieta, Gaztambide y Barbieri entre otros, pero cuyo fin de carrera literaria es digno de una película por estar ligado a una estafa de su hermana Baldomera, que tristemente le trajo el sobrenombre de “Larra el malo” con una furia hacia él que le obligó a abandonar el teatro y retirarse, como bien ha escrito Carlos Gómez Amat en el libreto que acompaña la histórica grabación de 1994, además de las excelentes notas del tándem Cortizo-Sobrino, donde el análisis de esta joya de Barbieri (el “maestro Bandurria” como humorísticamente él mismo se llamó) es referente para todo amante de nuestro patrimonio musical.

Christof Loy se refería a El barberillo de Lavapiés con las siguientes palabras antes del estreno suizo: «Ante todo, he intentado leer la obra con atención y he descubierto que, como toda buena comedia, tiene un trasfondo serio que debe aflorar constantemente. Lo genial del libreto es que personajes como Lamparilla y Paloma siempre logran salir de situaciones difíciles con humor. De este modo surge un nivel jovial tanto del contenido como de la filosofía de la obra. Y ese delicado equilibrio entre lo ligero y lo serio —algo parecido a lo que ocurre en la genial película de Ernst Lubitsch To be or not to be— es lo que intento captar atmosféricamente».

Sigo citando al alemán porque explica muy bien su acercamiento, siendo lo que más le atrae del Lamparilla «su origen teatral, la figura del Arlecchino. Sin proponérselo, se ve enredado en una intriga política que amenaza su vida. Y a lo largo de la acción va perdiendo cada vez más su papel “profesional” de bufón… y solo entonces se convierte en el hombre al que Paloma puede amar. Esta historia de amor entre Paloma y Lamparilla es, de por sí, gran literatura, comparable con las grandes parejas de enamorados en las comedias de Shakespeare. Y yo intento dar a esta evolución tan conmovedora de la pareja una gran autenticidad en mi puesta en escena».

La propuesta de Loy está obviamente actualizada y situada en El Pardo, como bien explicaba el propio director en una entrevista para la revista “Codalario” el 20 de septiembre pasado: «Como siempre en mis producciones, me tomo la libertad de inventar un mundo poético-teatral que corresponda al espíritu de la obra, pero también a mi necesidad de acercarme a los personajes. Para mí era importante representar el mundo del primer acto —que no transcurre en Madrid, sino en El Pardo— como una belleza casi irreal; luego, la barbería de Lamparilla se convierte en el lugar central de la acción, pero también ese Lavapiés es una invención: de un Lavapiés realista solo permanecen los faroles. Y, finalmente, el tercer acto es un espacio íntimo, la vivienda de Paloma, y en principio el escenario de un drama psicológico de cámara. Lo insólito de esta obra es que los personajes principales se sustraen por completo a los clichés. A primera vista parece evidente: está la pareja cómica del pueblo y, por otro lado, la pareja noble y seria. Sin embargo, los celos de Don Luis lo hacen parecer, en ocasiones, el personaje más cómico de la obra; al amor de Paloma y Lamparilla le devuelvo toda la dignidad que quizá se haya perdido con el paso de la tradición escénica. Y al final, también la pareja tragicómica de los nobles alcanza de nuevo esa grandeza. Es maravilloso cómo en esta obra se hace realidad la utopía».

Resaltar por último que esta producción está disponible para todo el mundo en la plataforma Operavision que la ha subido a Youtube© durante seis meses (filmada los días 5 y 7 de noviembre del pasado año). Evidentemente es una elaboración contemporánea (como era de esperar con Loy) pero de estética atemporal, casi de musical americano setentero por el vestuario, incluso anterior por las costureras que me recordaron el taller que tenía mi abuela materna), y donde lo único dieciochesco es la Guardia Walona de Carlos III “el rey alcalde”, elegantes de blanco con tricornio y peluca, pero la trama se sigue sin mayores problemas y sigue divirtiendo igual que siempre, incluso notando que Loy no ha renunciado a los tópicos más asociados al género (danza, colorido y casticismo), en un Madrid colorido donde toda la gente fluye, “todos un poco locos..” como lo describe el propio escenógrafo alemán que piensa ya en la temporada del Carnaval vienés, donde podría funcionar muy bien, reconociendo que está aprendiendo mucho y se acerca con respeto, amor y pasión a este género, pero también con cierta inocencia, “Y en mi teatro siempre es esencial una verdadera emoción”.

El decorado se ve limpio y concentrado en los actores para que nada distraiga, pues siempre funciona bien el aforismo de “más e menos”, unido a una iluminación cálida  que me recordó al mejor Sagi. No puede faltar el cuerpo de baile con cuatro parejas que dieron color y salero, lo que redunda y añade el calificativo de “grande” a esta producción internacional, a la que se sumó el coro titular del festival, la “Capilla Polifónica de Oviedo” que salvo un arranque dubitativo en la “Jota de los estudiantes” volvieron a funcionar en cada acto, estudiantes, vecinos y soldados, destacando especialmente el coro de las costureras (aunque no suspirasen el “Camisón” como el propio Barbieri indica en su manuscrito, en una acotación que me hizo llegar Ramón Sobrino).

En la parte instrumental repetían el Barberillo ovetense de 2020 tanto el coro como la Oviedo Filarmonía y seis componentes de la Rondalla Langreana (guitarras y mandolinas), presentándose este 2026 con el cuarteto protagonista (de “Los Paladines” ): la mezzo donostiarra Carmen Artaza (que también estuvo en el de Sanzol en la calle Jovellanos), la soprano madrileña Cristina Toledo y su paisano el barítono David Oller, completando el cuarteto principal el tenor uruguayo Santiago Sánchez, quien ejerció de presentador antes de levantarse el telón (al igual que en Basilea, allí en un alemán perfecto), por lo que el trabajo de la partitura de Barbieri estaba más que hecho, aunque nunca haya dos representaciones iguales.

Dos dúos bien diferenciados que representan los distintos mundos sociales, aún vigentes incluso en los diálogos que siguen siendo actuales, destacando la inclusión y presencia en ellos de Lope, con el guitarrista argentino Marcelino Echeverría, que iría poniendo el fondo ideal con melodías del propio barberillo pero también fragmentos de Asturias (Albéniz) o Recuerdos de la Alhambra (Tárrega) que enriquecieron la acción hablada, destacando la buena proyección y el mismo color vocal en las muchas y siempre difíciles partes teatrales de todos los protagonistas (lo que es un hándicap para muchos cantantes no hispano parlantes).

Y si la nobleza la representan la Marquesita del Bierzo y Don Luis de Haro, todos estábamos con el pueblo, con Paloma y Lamparilla, verdaderos triunfadores de la función.

La dicharachera costurera madrileña de Carmen Artaza mostró su gracia y buen hacer tanto  en las partes habladas como en cada intervención: romanzas (su canción inicial “Como nací en la calle de la Paloma”), dúos (bisaría con Oller “Una mujer que quiere ver a un barbero” cantado con gusto, al igual que el conocido dúo de las majas del tercer acto con Cristina Toledo (“Aquí estoy ya vestida como hace el caso”), y por supuesto en los concertantes, siempre de empaste perfecto manteniendo un color homogéneo y redondo de mezzo, sumándole una escena completísima haciendo plenamente suyo este rol.

Hace tiempo que el rol de Lamparilla lo abandonaron los llamados tenores cómicos para incorporarse directamente al repertorio de los barítonos, en parte por los guiños al rossiniano que tantas veces aparece en esta zarzuela, y David Oller es un lírico con la obligada vis cómica que dominó la escena dentro y fuera (Rossini le va muy bien) aunque el tempo algo rápido (hubo varios a lo largo de la función) para su entrada del primer acto hiciesen difícil una mejor vocalización, pero mostrando siempre una buena línea de canto, proyección hablada y cantada, presencia y dominio de este barbero castizo.

Un escalón por debajo (que no en lo social), la Marquesita Cristina Toledo no tiene suficiente caudal vocal en los graves pero lució buen empaste y equilibrio en el dúo de las majas antes citado, mientras el tenor Santiago Sánchez estuvo algo más opaco como Don Luis de Haro incluso en las partes habladas, menos “interpretadas” o creíbles que las cantadas, un tenor lírico con una bella línea de pero de poco volumen.

Excelente el bajo gallego Alejandro Baliñas como Don Juan de Peralta, poderoso, cantabile desde su registro y agradecido en escena. De los llamados actores cantantes (aunque prefiero la inversa), Joselu López, un albaceteño de Hellín, funcionó muy bien como Don Pedro de Monforte, completando un elenco vocal donde hubo nobleza canora y triunfo del pueblo.

No quiero olvidarme de los llamados partiquinos, a cargo de tres componentes del coro titular que van buscando su sitio en estos papeles comprometidos precisamente por su brevedad: los estudiantes encarnados por el langreano Adrián Begega y Carlos Prado junto a la contralto Eugenia Ugarte como vendedora, más desenvuelta y espontánea que sus dos compañeros tenores.

El director ovetense Óliver Díaz volvía al foso con Oviedo Filarmonía, una relación de hace años que le permite sacar de esta versátil y ya madura orquesta capitalina lo mejor en todas sus secciones. Además de saber mimar las voces como pocos, ya en el Preludio inicial supo jugar con las dinámicas y el ritmo, al igual que en el Intermedio del tercer acto, dando confianza y feliz entendimiento que hasta en las caleseras finales la dejó sonando sola con la misma calidad. Interesante resultó repetir las conocidas seguidillas “En el Templo de Marte vive Cupido” para favorecer el cambio de decorado sin pausa al tercer acto, haciendo cantar como Lamparilla la corneta de Antonio Soriano, que además adornó como buen valenciano que no olvida su tierra pese a los años que lleva en Oviedo. El maestro Díaz siempre favoreciendo y apoyando las voces, aceleró algún número para no agotar las exigentes capacidades pulmonares que pide Barbieri, aunque fuese en detrimento de unos textos ya de por sí difíciles de encajar, incluso para el coro, pero hay que reconocerle como un defensor de nuestra zarzuela desde su magisterio y experiencia en tantos fosos, incluso operísticos.

Otro éxito en Oviedo, que ama nuestro género por excelencia, y el aforo completo para las dos funciones sigue mostrando una afición que crece cada temporada, aplaudiendo entusiasmada a Christof Loy y todo su equipo en este estreno español dentro de la zarzuela, que pronto corroborarán en la capital de España y allá donde la lleve, valiente en sus apuestas y un idilio hispano que no decaerá, menos con “Los Paladines” que a buen seguro irán rodándose y ampliando plantilla, algo de agradecer en los siempre duros tiempos para la lírica.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección Musical: Óliver Díaz – Dirección de Escena: Christof Loy – Asistente de dirección: Silvia Aurea – Escenografía: Manuel La Casta – Asistente de escenografía: Matías Carbia – Iluminación: Valerio Tiberi – Asistente de iluminación: Emanuele Agliati  Vestuario: Robby Duiveman – Coreografía: Javier Pérez.

REPARTO
Lamparilla: David OllerPaloma: Carmen ArtazaMarquesita del Bierzo: Cristina Toledo Don Luis de Haro: Santiago SánchezDon Juan de Peralta: Alejandro BaliñasDon Pedro de Monforte: Joselu LópezLope/Guitarrista: Marcelino EcheverríaEstudiante 1º: Adrián Begega* – Estudiante 2º: Carlos Prado* – Vendedora: Eugenia Ugarte*.

* Miembros de la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”

BAILARINES

Davide Pillera, Lucía Vázquez, Iván Amaya, Laura García Aguilera, Amparo Uhlmann, Pascu Ortí, Chiara Viscido, Giuseppe Bencivenga

Oviedo Filarmonía

Coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio)

Orquesta Langreana de Pulso y Púa

Sara Cuello, Isabel Benavente (guitarras) – Dimas Coalla (guitarra bajo) – Sofía Nevado, Begoña Pérez, Ángel Cuartas (mandolinas)

Arranca Atrium Musicae 2026

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Miércoles, 28 de enero, 19 horas. 4ª edición Atrium musicae. Concierto inaugural: Coria, Catedral de Santa María de la Asunción: Benjamin Alard (órgano): Ostinato y Tenuto. Obras de Muffat, Froberger, Couperin, Pachelbel, Bach y Grigny.

Arranca la cuarta edición de Atrium Musicae de Cáceres del 28 de enero al 2 de febrero y llega por primera vez a Trujillo, Plasencia, Garrovillas de Alconétar, y la Catedral de Coria donde se inauguraba este festival extremeño en un espacio de singular valor patrimonial que conserva en el lado del Evangelio un imponente órgano (el de la Epístola aún espera «resucitar») construido por José Verdalonga en 1806. En él daba el pistoletazo de salida a los 16 conciertos programados para este 2026, Benjamin Alard, que en la anterior edición visitó los distintos órganos de la provincia extremeña quedando prendado de éste, como bien nos contó en la presentación Antonio Moral, director artístico de este festival, presentando al teclista francés a quien descubría en Granada en 2o23 y 2024 (recordando en este festival cacereño dará un segundo concierto el próximo sábado 31 en esa joya de órgano del siglo XVI en Santa María Garrovillas de Alconétar, aunque a este no podré escaparme).

Benjamin Alard es una de las grandes figuras actuales de los teclados antiguos, reconocido por sus grabaciones de Bach y por una trayectoria marcada por la investigación histórica y la excelencia interpretativa que a Coria nos trajo un excelente y escogido programa, que detallo al final de esta entrada, donde recorrer distintas tradiciones europeas del siglo XVII y comienzos del XVIII, «desde la retórica austroalemana de Muffat o Pachelbel hasta la elegancia francesa de Couperin y De Grigny, con Froberger como nexo y Bach como horizonte. Un viaje por estilos y formas que muestra la riqueza del repertorio organístico en diálogo con un instrumento histórico extremeño» como rezaba el programa de mano y donde indico el orden de las obras. Mi primer día de festival me acercó a una de mis pasiones de melómano, el mundo del llamado «rey de los instrumentos» por su grandiosidad, donde si cada uno es un mundo, cada órgano en sí es una galaxia, pues cada intérprete debe surcarla, conocerla, reconocerla, investigar los registros, combinaciones, acústica y estilo a ser posible lo más apropiado o cercano a cada obra elegida para el concierto. Y el bien conservado órgano del Evangelio construido por José Verdalonga se plegó a las exigencias del maestro Alard, con unas sabias elecciones de toda la tuberías -y pedalero- que aguantaron, salvo algún «gemido» inicial, a la gran riqueza demostrada por el maestro francés, todo un prodigio de la ornamentación barroca con una amplísima gama de registros de trompetería, flautados y lengüetas.

Sin analizar cada obra, o grupo de ellas, abundaron las «chaconas» variadas en tímbricas y aires, prologadas por las virtuosas tocatas, como la inicial de Muffat (de agudos prístinos), preludios o las «fantasías», que lo fueron literalmente, como la maravillosa de Froberger sobre las notas que fueron sonando para mostrando la riqueza de registros de esta joya organística del barroco extremeño explorando registros de 2″ y 4″ verdaderamente celestiales.

Punto y aparte para «mein Gott» y su Fantasia en sol mayor BWV 572 (c. 1712) en tres secciones que comienzan en el vigoroso Allegro (Trés vitement), virtuoso pero siempre claro y preciso en las manos y pies de Alard, enlazando con los Gravement y Lentement donde los registros «escondidos» brillaron con luz propia desde una sabia elección de los mismos, así como la escrupulosa lectura de cada nota que Bach refleja en esta obra de su época en Weimar, con la cercana influencia del entonces «todopoderoso» Buxtehude, con una perfecta escucha de todas y cada una de las voces (de 2 a 5) y cómo va ganando protagonismo el pedal.

Está claro el dominio de «dios Bach» a cargo de su actual apóstol francés, que además nos regaló una «Chacona» que descubrió el pasado mes de diciembre y que supuso la alegría de este estreno del que podremos presumir haberlo disfrutado en primera persona.

Para finalizar la hora de concierto en la catedral con una entrada casi al completo, nadie mejor que el francés Nicolas de Grigny para sacar del órgano de Coria «los grandes registros» como así dejó reflejado el su «Libro de Órgano» de 1699, que su compatriota exprimió para sorpresa auditiva y verdadera «prueba de fuego» del Verdalonga que cumple 220 años pero sigue en plena forma.

El jueves estaremos en Cáceres para seguir contando este Atrium Musicae en mi día 2.

PROGRAMA:

Georg Muffat (1653 –1704)
1. Toccata tertia
2. Ciaccona en sol mayor (Apparatus musico-organisticus, 1690)

Johann Jakob Froberger (1616 – 1667)3.
3. Fantasia sopra ut, re, mi, fa, sol, la… en do mayor, FbWV 201

Louis Couperin (1626 – 1661)
4. Prélude

5. Chaconne

8. Carillon (compuesto para ser interpretado en el órgano de Saint-Gervais entre las vísperas de Todos los Santos y la Festividad de los Difuntos)

Johann Pachelbel (1653 –1706)
6. Fantasia en sol menor P. 255
7. Toccata en do mayor P. 454
9. Ciaccona en re menor P. 41

Johann Sebastian Bach (1685-1750)
10. Fantasia en sol mayor BWV 572 (c. 1712)

Nicolas de Grigny (1672-1703)
11. Punto de órgano en los grandes registros (Libro de Órgano, 1699)

 

P. D.: añado tres excelentes fotos en HD de Sandra Polo, las oficiales para la Fundación Atrio.

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Viernes 23 de enero, 20:00 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Abono 6, EL RESPLANDOR DE DVORAK: OSPA, David Moen (tuba), Ramón Tebar (director). Obras de Brahms, Birtwistle y Dvořák.

Agradecido de poder celebrar mis 67 inviernos con el sexto de abono de una OSPA que va sumando público, sigue ganando en calidad y volviendo a traer a directores con los que se nota desde el principio no ya la química o el entendimiento necesario, también el trabajo previo que nunca se ve, con poco tiempo de ensayo (desde el lunes antes del concierto) para poder comunicar todo lo que se busca en cada programa, sumándole los encuentros previos donde siempre aprendo, además de ayudarnos a comprender, escrutar y atender detalles que no por escuchados otras veces, nos pasan desapercibidos incluso a los melómanos irredentos.

El encuentro previo de las 19:15 en la Sala de conferencias nº 1 (de la 3ª planta) está igualmente atrayendo a más público y con Fernando Zorita (que tiene muchas horas de rodaje desde aquella extinta OSPATV que permanece aún en  los «históricos» de YouTube©) estuvo el director valenciano Ramón Tebar (1978) para compartir y descubrirnos (en este día nunca mejor los dichos de «muriendo y aprendiendo», «no te acostarás sin saber una cosa más» e incluso «nunca es tarde para aprender»). Le recordaba en sus anteriores visitas a Oviedo en el undécimo abono de 24 abril de 2015 y un Trovatore el 13 de octubre de 2017, alternando repertorio sinfónico y foso, por lo que me gusta releer mis reseñas de entonces (incluso en el ya abandonado Blogger) y comprobar el crecimiento artístico del maestro Tebar. Su acercamiento a las tres obras de este sexto de abono en esta temporada de la OSPA, que contó nuevamente con Aitor Hevia como concertino invitado, las aprovecharé para irlas incluyendo en mis propios comentarios pues no tienen desperdicio.

La imagen que todos tenemos de Brahms no siempre corresponde, como suele suceder, con la habitual que nos ha transmitido la historia, y nos lo pudimos imaginar cuando «En 1879 la Universidad de Breslau nombró a Brahms Doctor Honoris Causa. Como agradecimiento, el compositor escribió La Obertura para un festival académico, en la que se recoge la alegre tradición estudiantil» que refleja Ramón Avello en las notas al programa. Parece que al hamburgués no le gustaba viajar en barco y rechazó otro nombramiento similar en las Universidades de Oxford y Cambridge, quedando en Honorario precisamente por su miedo a cruzar el Canal de la Mancha, aunque su tocayo valenciano nos aclaró que la Obertura para un Festival Académico, op. 80 sí fue aceptada por la paralela oferta de unas buenas salchichas y mejor cerveza en tierra polaca, aunque en vez de «regalarles» una página sinfónica, coral o más solemne, optó por recoger los cantos estudiantiles, casi como los de nuestras tunas universitarias, revestirlos con su excepcional sinfonismo (me sigue impactando el final donde escuchamos el Gaudeamus Igitur) en esta su primera obertura, comentando «el Ramón director» que casi con remordimiento por el carácter bromista y juvenil que impregnaba esta obra, escribiría a continuación una segunda Obertura trágica, op. 81, que no sabemos si por programación o casualidades del destino, también interpretará esta temporada la OSPA en el 10º de abono con su titular Nuno Coelho los días 5 en Gijón y 6 de marzo en Oviedo antes de viajar a Bilbao el día siguiente, que nos recordó Zorita. Interesante comprobar cómo Tebar transmitió este sentimiento alegre, festivo y hasta humorístico a una OSPA con «músculo», nuevamente bien empastada en todas las secciones, destacando, de los cuatro números enlazados, las trompas, maderas y timbales en la entonces popular canción estudiantil “Wir hatten eb gebaut” (Construimos una gran casa), y apuntando el excelente trabajo de agógicas jugando con los tempi y los matices desde un balance marcado con la claridad y expresividad del director valenciano.

Citando de nuevo a mi admirado colega Ramón Avello, de la siguiente obra que además de ser estreno por la OSPA y también para Tebar, que mostraría su minucioso estudio previo aunque esta vez sin batuta y casi «operístico» por lo que represente «El grito de Anubis», nos cuenta:

«Harrison Birtwistle (1934-2022) fue un renombrado compositor inglés. Trabajó como director musical del Teatro Nacional de Londres y fue profesor de composición en el Henry Purcell King’s College. Es autor de un amplio catálogo en el que destaca la ópera Minotauro, estrenada en la Royal Opera House en 2008.

The cry of Anubis, El grito de Anubis, (1995), está a caballo entre el concierto para tuba y orquesta y el poema sinfónico. La tuba personifica a Anubis, el dios egipcio de la muerte y la vida después de la muerte, representado con cuerpo de hombre y cabeza de chacal. La obra, de marcado carácter ritual, simboliza un cortejo fúnebre, en el que se contraponen la tuba frente a una sonoridad muy individualizada de los instrumentos de la orquesta. La yuxtaposición de bloques sonoros, el uso de recurrentes obstinados melódicos y rítmicos y un sentimiento ritual, son cualidades de una obra evocativa del mundo de las sombras y la muerte».

Aunque Sir Harrison Birtwistle esté muy consolidado en su país, fue relativamente desconocido para el público general hasta mediados de la década de 1990, cuando algunos acontecimientos ampliaron su perfil ante el público general, especialmente en la última noche de los PROMS de 1995 donde su obra concertante para saxofón (Panic ) generó la incomprensión entre muchos espectadores pero mucha publicidad y el reconocimiento mundial de este «enfant trerrible». El maestro Tebar nos comentó que el estilo del británico está cercano al expresionismo operístico de Berg o Schonberg con una producción teatral que busca libretos ambientados en las mitologías antiguas y modernas, y que The cry of Anubis es casi como una suite donde elige distintos números de su ópera La segunda señora Kong (1994) enlazados donde el personaje del dios egipcio lo canta un bajo-barítono tan cercano en tesitura a la tuba: exigente, difícil, lleno de efectos más allá de melodías reconocibles pero que David Moen, principal de la OSPA casi desde sus inicios, hizo cantar enriqueciendo con la tímbrica tan especial del instrumento al personaje, vistiéndolo de rituales instrumentales paralelos a los del libreto, gritos, quejidos, llantos, siempre muy mimado por una orquesta que las manos del valenciano fueron llevando por los distintos giros estilísticos del compositor británico. Se agradece dar a los primeros atriles conciertos de solista donde dejar constancia de la calidad, virtuosismo y buen hacer de estos músicos no siempre apreciados por el gran público.

Comentar que el tubista estadounidense, pero plenamente asturiano, interpretó las tres obras del programa aunque para «su grito» le ubicaron en una plataforma cercana a su posición orquestal, siendo enormemente aplaudido tanto por sus compañeros como por un público que parece ir acercándose a repertorios de nuestro tiempo sin toser.

De la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» me ha tocado incluso redactar unas notas al programa para la Filarmónica de Gijón y es probablemente una de las obras orquestales más populares e interpretadas. Ramón Tébar la habrá dirigido en incontables ocasiones pero nos abrió la mente para comentar que probablemente se la haya «europeizado» cuando Dvořák lo que buscó fue inspiración en las músicas que escuchó en la entonces «tierra de las oportunidades», cantos de los indígenas, de los esclavos  afrocubanos y tanta inspiración para una música europea llevada al Nuevo Mundo, por lo que su visión de esta enormidad sinfónica apostaba, pese a cierta incredulidad, por fraseos más cercanos a lo que el bohemio escuchó durante su estancia en los EEUU, y que con los años, el trabajo, las lecturas y la experiencia, siempre se encuentran elementos que poder seguir descubriendo. Zorita aún conserva las grabaciones en DECCA con Antal Dorati como una de las que le marcaron, mientras personalmente lo fue Karajan y «Los Berliner», pero Tebar y la OSPA han hecho su versión.

La interpretación fue luminosa, jugando con los acentos, los fraseos, trabajando muchísimo cada matiz, un viaje casi en coche descapotable donde pisar el acelerador o reducir, cambiar de marcha para recrearse en el paisaje que Dvořák contempló. Interesante ir escuchando los distintos y recurrentes temas que el checo va colocando en los distintos movimientos con instrumentaciones variadas, contestaciones precisas dentro de la globalidad para mantener una sonoridad compacta, disfrutando de los primeros atriles, con un cuarteto de cuerda camerístico, una madera inspirada, unos metales broncíneos, más los timbales con la percusión coloreando cada intervención en cuatro movimientos donde el final del primero levantó aplausos extemporáneos aunque expontáneos, el Largo fue sublime y cantado cual «espiritual» más ese fogoso final que me sigue emocionando más allá del regalo de cumpleaños.

Aplaudir cada nueva escucha y apostar por estos acercamientos ricos, siempre distintos sin perdernos nada de lo escrito pero haciendo florecer colores no siempre apreciables que el director saca a la luz.

PROGRAMA

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura para un Festival Académico, op. 80

HARRISON BIRTWISTLE (1934 – 2022 ):

The cry of Anubis *

ANTONIN DVORAK (1841-1904):

Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo»:

I. Adagio – Allegro molto / II. Largo / III. Molto vivace / IV. Allegro con fuoco

* Estreno OSPA

Benditas irreverencias

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Miércoles 14 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Concierto 2.099 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (año 120): “Una Suite española”. Rosa Torres-Pardo y La Jose (piano y cante). Obras de Granados, Albéniz, FallaGarcía Lorca Sefarad.

Si nuestros grandes compositores se inspiraron en el folklore y la canción popular, se agradece revisar (o devolver) los originales a las fuentes con todo el respeto a ellos desde el profundo conocimiento de las partituras. Y la madrileña Rosa Torres-Pardo (1960) volvía a visitar desde su larga trayectoria interpretando a Granados, Falla o Albéniz (su Iberia la tengo en mi discoteca) en colaboración con una cantaora como ya disfruté en la sociedad hermana de Gijón en mayo de 2018 junto a Rocío Márquez y los poemas recitados por Luis García Montero -esta vez sólo uno pero sin el poeta granadino– y cantando La Jose (Alicante, 1983), una artista «como la copa de un pino» que además estrenaban en España (el absoluto tuvo lugar en el Instituto Cervantes de Münich, prosiguiendo por Viena y Sofía el pasado año) este espectáculo que va más allá del mestizaje entre lo popular y lo clásico, «una bendita irreverencia» como la calificaron ambas, una actualización de lo mejor que tenemos en el patrimonio musical hispano, y que además nos sirvió para inaugurar los 150 años del nacimiento del Tito Manuel como lo presentaron en la primera de las dos propinas.

El programa se organizaba en cuatro bloques, similares al «Desconcierto para piano y voz» que sigue igual de fresco y actual, donde volver a disfrutar del magisterio pianísitico de Torres-Pardo tanto en la versiones originales como en su visión acompañando y plegándose a la voz natural de Josefa, Josefina o directamente La Jose, una cantaora alicantina afincada en Madrid, hija de gitano y paya que muchos recordarán por su paso en el televisivo concurso «La Voz», esta vez en un maridaje lleno de «pellizco» culto al que sólo cabría la expresión «¡Qué arte!», y muy bien amplificada, discretamente para no perder el equilibrio necesario con un piano a tumba abierta siempre respetuoso con la voz, a quien se la ha calificado de «torbellino, verdad y garra».

La pianista arrancaba en solitario Granados con La maja y el ruiseñor que daba paso al cante de unas canciones donde la naturalidad de la voz sumándole los ornamentos tan de la copla flamenca engrandecían estas páginas Goyescas llenas de gracia, salero, dramatismo y hondura. Primer bloque que arrancó ovaciones de un público menos habituado a estos recitales pero que valora la calidad así como la apuesta de los programadores por estas propuestas que buscan nuevos públicos, y que los declarados «omnívoros musicales» seguimos apreciando.

La Lorquiana es una selección muy bien engarzada por la pianista que comienza con Almería de Albéniz  para ir modulando hacia el cante de La Jose que va enhebrando El vito, el Zorongo de Federico, la Jota de Falla, El Corpus original que va transitando tonalidades e incluyendo el canto de una saeta de cortar la respiración, La tarara que el propio Albéniz ubica en la Sevilla florida, una Soleá donde el piano eleva la guitarra al séptimo cielo, para arrullarnos con la Nana convirtiendo el negro mantón en bebé imaginado. Y enlazaría la maestra madrileña el Tango de Albéniz con el recitado de «Iberia, el sur del sur» del poeta granadino, tan presente como sentido.

La cantaora tiene un timbre propio y una expresividad no solo con su voz, baila, palmea, jalea, chasquea los dedos y se entrega desde un poderío pleno de amplísima tesitura siempre añadiendo su toque personal a cada obra. Y como bien presentaron al alimón, las tres melodías de «Sefarad» cantadas en ladino con la voz de la alicantina son una joya que brilla aún más por la elección por parte de la pianista de Córdoba y Jerez de Albéniz mostrando no ya el conocimiento de los originales a los que es capaz de «recocinar» y darles el tono adecuado (como en El Corpus), revestirlas e incluso hacerle el dúo en La Serena que resultó nuevamente hondo, sentido y bien construido por este tándem que aúna generaciones, estilos y musicalidad a borbotones.

Y no hubo mejor homenaje al gaditano que ese acercamiento a «El amor brujo» (que me recordó a Lole y Manuel), la Introducción en un piano orquestal,  la Canción del amor dolido llena de verdadero embrujo, la sonoridad bien lograda que culminaría en una Danza del fuego donde Rosa Torres-Pardo jugó desde la candela mínima a la hoguera resplandeciente, insuflando aire para avivar el rescoldo hasta la llamarada, arrancando una inmensa ovación por la pasión, interrumpiendo el último fuego fatuo donde La Jose aportó personalidad a una página que personalmente siempre aposté por voces menos líricas y plegadas al original de Falla (desde la irrepetible Rocío Jurado en la película de Saura, a Estrella Morente o Marina Heredia, pasando por Carmen Linares o las más cercanas por estilo de Pastora Soler o Diana Navarro). Cante y piano que elevaron lo flamenco a la canción de concierto internacional.

Propina igualmente «de raíz» con El paño moruno clásico al piano madrileño, tan natural como popular y flamenco transportado para la voz alicantina, mestizaje y devolución al folklore (como lo fue la Nana) y que sería interesante escuchar las Siete canciones populares españolas por este dúo que al menos prometió Volver cantándonos más que el tango gardeliano, de recuerdo almodovariano con otra gran voz como la ya famosa Rosalía, un guiño más de esta Suite (por fusión o mestizaje) que Torres-Pardo con La Jose llevaron a su estilo, invitando a cantar al respetable que fue imposible seguirles, prefiriendo disfrutarlas solas.

PROGRAMA:

«Una Suite española»

GOYESCAS:

La maja y el ruiseñor

La maja de Goya

El majo tímido

El tralalá y el punteado

Majas dolorosas II y III

LORQUIANA:

Selección de Iberia, de Albéniz y canciones populares de García Lorca (Almería – El vito – Zorongo – Jota – El Corpus Christi en Sevila – La tarara – Soleá – Nana)

Tango de Albéniz / Texto “Iberia, el sur del sur» de L. GarcíaMontero)

SEFARAD:

Los Bilbilicos

Morenika

La Serena

EL AMOR BRUJO:

Introducción

Canción del amor dolido

Danza del terror

Romance del pescador

Danza del fuego

Canción del Fuego Fatuo

Un enigma que no Falla

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Jueves 11 de diciembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Lucas Debargue (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director), Sofía Martínez Villar (narradora). “Música y enigma II”, obras de Òscar Colomina i Bosch, Ravel y Falla.

Vamos cerrando este año tan musical y volvían las Jornadas de Piano con la OFil y su titular junto al tocayo francés Lucas Debargue (Villers-sur-Coudun, 1990), a quien ya disfrutamos hace ocho años en este mismo ciclo sustituyendo a Martha Argerich, y este jueves recuperando formato de concierto narrado por Sofía Martínez Villar (y autora de las notas al programa que esta vez titula «Evolución ante revolución» para esta segunda edición de «Música y enigma») en la misma línea del que tuvo lugar en mayo pasado, una fórmula didáctica que si entonces gozó de mi aprobación, de nuevo resultó positiva para un público que debe ir renovándose y así se pudo comprobar este jueves (con una sesión matinal para escolares y distintos colectivos  de discapacitados que me consta disfrutaron con este nuevo Enigma que no falla).

The Styx (La Estigia) del director y compositor valenciano Òscar Colomina i Bosch (1977) se estrenó por la Orquesta de València y Baldur Brönnimann en septiembre de 2024, primera de una serie de Mitos para orquesta que exploran tradiciones mitológicas en las que el agua es un elemento central en el paso entre la vida y la muerte. Actualmente está trabajando en la segunda parte de esta serie (tal y como refleja en su web) Pozos del Olvido, comisionada por la Orquesta Sinfónica de TenerifeThe Styx toma como punto de partida el río mitológico que separa los mundos de los vivos y los muertos, evocado en un mundo sonoro descrito por la crítica como «preciso pero fluido», «sugestivo y emocionalmente resonante» y lleno de «paisajes extraños e incorpóreos».

Poco antes de comenzar el concierto me llegaba la triste noticia de la muerte de mi querido Misael Campo tras una dura lucha donde fue ejemplo de resilencia y amor por la música que con tantos colombianos y habanos disfrutamos, así que  escuchar este cruce de la laguna estigia me resultó aún más duro y Caronte fue la obra del valenciano con una OFil sin fisuras para una partitura poderosa, oscura, de amplia instrumentación para vivir con la música un el tránsito que todos haremos pero que nunca deseamos llegue para nuestros seres queridos. La doctora Martínez Villar nos describía en las notas esta «Estigia» definiéndola, la música como símbolo y analizándola:

«La sonoridad grave del inicio, así como el sonido de violines en el agudo, aporta una imagen muy evocadora que remite al enigmático tránsito entre la vida y la muerte. La segunda característica es: la música como narrativa. La forma en la que se desarrolla la obra, mediante grandes terrazas sinfónicas que contrastan y dialogan, genera una sensación muy cinematográfica en la que los instrumentos aparecen y desaparecen como si fueran personajes en un paisaje neblinoso. La tercera es: la conexión emocional. En este tránsito, a través de una línea melódica ininterrumpida en las cuerdas, la obra nos sumerge con sus tensiones armónicas en una permanente sensación de misterio, jugando con las dinámicas más extremas para golpearnos en unos momentos y dejarnos sin aliento en otros».

Sensaciones, emociones y una orquesta siempre dúctil, versátil, madura tras años de trabajo y capaz de afrontar tanto el barroco en el foso como estas obras de nuestro tiempo con un Macías que sabe cómo sacar lo mejor de todos ellos, con la percusión alcanzando a pintar los claroscuros de este cuadro sinfónico. El compositor, presente en la sala, además de saludar al respetable felicitaría una interpretación que a buen seguro le satisfizo. Mi valoración no puedo separarla del estado de ánimo que me dejó un nudo en la garganta.

Celebrando al hispano-francés Maurice Ravel llegaría ese maravilloso Concierto para piano en sol mayor donde su compatriota Debargue supo sacar todos los guiños del compositor en una obra que maneja aires de jazz  en el Allegramante (siempre me viene a la memoria Gershwin), placidez en el Adagio assai central y toda la energía y empuje rítmico del Presto final. El piano sonó siempre en primer plano, lleno de matices, colores resaltados por el arpa de Domené y la celesta virtuosa de Bezrodny, gracias nuevamente una orquesta bien balanceada por Macías, segura sección a sección con una concertación primorosa donde paladear esa escritura única tan buenísima en su instrumentación, de la que The Styx parece haber bebido, siendo el preludio ideal para esta joya de Ravel, que curiosamente nunca fue gran pianista pero dejándonos unas páginas que siguen sonando actuales.

Las notas al programa nos explican que los tres movimientos de este concierto «son un buen ejemplo para descubrir por qué Maurice Ravel se consideraba a sí mismo un compositor de evolución más que un revolucionario. Su música, igual que su personalidad, es una mezcla de sencillez, sofisticación, búsqueda de perfección técnica y sensibilidad con los rasgos musicales de oriente y occidente descubiertos a partir de exposición universal de París (1889). Se mantuvo alejado del lenguaje más rupturista de la vanguardia de su época y siguió utilizando estructuras musicales claras en las que el oído musical se orienta bien, aunque se sienta sorprendido por armonías más disonantes y ritmos irregulares. Todo esto lo vamos a percibir en esta obra fundamental del repertorio para piano que, desde su estreno en 1932, con Marguerite Long como solista y Ravel como director de la Orquesta Lamoureux, no ha dejado de ser interpretada». Y si The Styx me dejaba inquietud, este Ravel pianístico como bien escribe Sofía Martínez, «el resultado sonoro es fascinante ya que al mismo tiempo que sentimos el vértigo del tempo rápido percibimos la seguridad de melodías y armonías muy claras».

Debargue nos regalaría la Sonata en la mayor, K. 208 de «Domingo» Scarlatti impecable por limpieza, riqueza de sonido, intimista, casi romántica y cercana en la interpretación del francés que dejó un buen sabor de boca en este regreso a las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni».

La segunda parte sería mucho más que didáctica, presentada previamente por la pucelana Sofía Martínez Villar, cuyo proyecto «Música y Enigma» desarrollado con la OFil desde la pasada temporada, «nos da la oportunidad de escuchar esta obra de una forma diferente que invita a ir más allá de la escucha mediante una presentación breve y una guía de audición». Así nos ayudó a diferenciar el «Olé gaditano» del «Ole» granaíno, así como conocer el argumento simple (amor y traición) junto a los cuatro personajes del ballet de Falla encargado por Diaghilev más los figurines de Picasso, recordar a María Lejárraga que al fin está saliendo de la sombra y peso de su esposo Gregorio Martínez Sierra

También irían proyectándose las imágenes y textos enriquecedores según iban sonando las dos suites orquestales del gaditano afincado en Granada en las manos de un onubense medio asturiano, descripción de cada uno de los siete números de ambas suites, los motivos, instrumentos, las distintas danzas con sus orígenes e inspiración, morir aprendiendo con evolución antes que revolución. Si hubo algún enigma lo dejo para mis lectores con el simbolismo de la numerología: obras, tricornio y nombres repetidos en este concierto.

Ilustrada por diapositivas proyectadas en grande, primero la Suite nº1 impecable por el gusto, el juego tímbrico, las dinámicas, las intervenciones de los primeros atriles gustándose, «visualizando» el ballet sin necesidad de danzantes porque la música brillaba sola ilustrada por y tras la orquesta. Y la Suite nº2, casi sin pausa y sin aplausos que rompieran la unidad narrativa, una explosión sonora donde la jota final me devolvió a Granada, la «sintonía» en el Palacio de Carlos V que suena como seña de identidad propia de un «Falla que no falla» nunca, el compositor alumno de Pedrell que se sentía español en el extranjero y extranjero en España, pero al menos el tiempo lo ha hecho universal, viviendo (y bebiendo) el París de Ravel pero también de Debussy o Stravinsky. La OFil con Macías nos dejaron una versión sinfónica apta para todos los públicos con una calidad digna de haberse grabado para así poder sumarla a tantas que guardo en mi discoteca, que esta vez sonaron para eMe que seguro estará leyendo estas líneas, con una orquesta compacta y los principales luciéndose todos ellos (de nuevo el lujo al arpa de Domené y las teclas de Bezrodny en una «noche de San Juan» pródiga), pero también del empuje en los timbales y toda la percusión junto a las intervenciones solistas de oboe, clarinete, trompeta o corno inglés, así como destacar las trompas, tuba y toda la cuerda, esta vez comandada por Marina Gurdzhiya, y hasta unos «refuerzos» que se unieron y sumaron a la familia sinfónica para el «Falla que no falla», el nacionalismo que une, pero no unifica, la esencia de nuestra música (y de nuestro día a día)

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Òscar Colomina i Bosch (1977): The Styx

Maurice Ravel (1875-1937): Concierto para piano y orquesta en sol mayor, M. 83

1. Allegramente

2. Adagio assai

3. Presto

SEGUNDA PARTE

Manuel de Falla (1876-1946): El sombrero de tres picos.

Suite nº 1:

1. La tarde

2. Danza de la molinera

3. El corregidor

4. Las uvas

Suite nº 2:

1. Los vecinos

2. Danza del molinero (Farruca)

3. Danza final

Bosques líricos

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Miércoles 3 de diciembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1705 de la Sociedad Filarmónica de GijónTrío Preseli. Crossroads: obras de Berlioz, Rubén Díez, Anthony Randall, Schubert, Gabriel Ordás, António Victoriano D’Almeida y Havelock Nelson.

Siempre resulta interesante asistir a un recital donde la poesía se une con la música, matrimonio indisoluble aunque no esté sobre un pentagrama. Si le sumamos que la formación era el Trío Preseli (creado en 2021) con la soprano María Hinojosa, la trompa de Simon Lewis y el piano de Daniel Pereira González, la sonoridad y tímbrica propia, que ya disfrutamos en este mismo teatro el 3 de abril del pasado año, me servía para volver a titular esta entrada como entonces, «El oscuro romanticismo» pero había mucha música de nuestro tiempo así como dos compositores asturianos que no quería perderme, incluyendo un estreno absoluto.

El programa titulado «Cruzando caminos» (Crossroads) viene perfectamente explicado en el programa de mano (que dejo enlazado) con las notas escritas por el galés Simon Lewis (aún recuerdo su paso por la Oviedo Filarmonía y actualmente en la Bilbao Orkestra Sinfonikoa), que también aprovechó para contar algunas anécdotas mientras cuidaba y limpiaba la trompa. De ellas iré insertando píldoras según voy comentando cada obra, y sobre la originalidad del trío decir que está en su propia idiosincrasia: tender puentes entre las culturas gallega y galesa (pianista y trompista). No faltarían por tanto letras en inglés, gallego, también alemán y por supuesto nuestro castellano, exigencias para una María Hinojosa Montenegro a la que seguimos hace años por nuestra tierra, como todos los cantantes, resulta políglota y estudiosa de cada idioma para poder expresar tanto de unos textos que dejo enlazados y la propia Sociedad Filarmónica de Gijón ubicó en varios lugares con un código QR para poder descargarlos e ir siguiéndolos a medida que se iban escuchando (me consta que no había tiempo para proyectarlos, aunque así evitábamos «distraer la mirada» y concentrarnos en la audición, que a menudo realizo con los ojos cerrados). Seguir aplaudiendo la incorporación en Spotify© de las listas con las obras de cada concierto en versiones de referencia y añado los links (enlaces).

La primera parte sería un tanto oscura aunque la variedad tímbrica de la trompa del galés daba los destellos para no caer en las tinieblas, la soprano sabadellense volcaba su expresividad desde cierto intimismo interiorizado y el piano del gallego compartía el protagonismo que toda «canción de concierto» conlleva.

La Captive (La Cautiva) (1832-1834) de Hector Berlioz (1803-1869), compuesta sobre un poema de Les Orientales de Victor Hugo, es una de sus melodías más significativas. Escrita inicialmente para voz y piano durante su estancia en la Villa Medici, el compositor francés la revisó y orquestó en varias ocasiones. Un hito en la evolución de la mélodie francesa, la pieza marca la transición desde la romanza hacia una expresión más profunda y sofisticada. El poema muestra a una mujer que, aunque reconoce la belleza del lugar donde está cautiva, no puede disfrutarlo. Recuerda con nostalgia su tierra, donde podía vivir y relacionarse libremente. La hermosura del entorno solo acentúa su tristeza y deseo de recuperar la libertad perdida.

Tras el inicio de trompa y piano, María Hinojosa arranca cantando en francés «Si yo no estuviera cautiva», casi literal porque no parecía disfrutar en el registro grave, ya de por si oscuro, y lo difícil de entender la pronunciación, pero su color vocal se adaptó a esta obra compleja.

Introspección (2021) del asturiano Rubén Díez (1977) es una obra que musicaliza el Soneto nº 10 de Emilia Pardo Bazán y en el que se reflexiona sobre la fugacidad y la futilidad de la vida, ya que todo termina desembocando en la muerte, representada por los intervalos de quintas y cuartas a cargo de la trompa. A partir de ese momento la obra se llena de sensaciones íntimas fruto de la aceptación del destino inexorable que todos compartimos.

El pianista, director y compositor avilesino conoce bien la escritura vocal y el papel del piano, añadiendo la tímbrica variada de la trompa (en vez de la viola original) para otra página sombría, interior, dolorosa como el propio soneto de la escritora gallega (La muerte, triste, pálida y divina, / al fin de nuestros años nos espera / como al esposo infiel la fiel esposa) que el trío asumió con el beneplácito del propio Rubén Díez que acudió a felicitarlos tras escucharla.

Do Not Go Gentle Into That Good Night (1999) del compositor galés Anthony Randall (1937-2023), quien empieza su vida profesional como trompista en todas las orquestas importantes de Londres y con conciertos como solista en Londres, Aldeburgh, Edimburgo y Lucerne. Fue profesor de trompa y director del departamento de metales en el London College de música y de la Royal Military School of Music Kneller Hall. La pieza se basa en el poema de Dylan Thomas, No entres dócilmente en esa noche quieta, obra maestra de la lengua inglesa, traducida a varios idiomas y conocida alrededor del mundo. Thomas se inspiró en la muerte de su padre y el poema explora la difícil relación paternofilial.

Interesantes las obras de este profesor y trompista, compatriota y colega de Lewis, así como la elección del poema del galés Dylan Thomas (1914-1953), obra maestra de la lengua inglesa traducido a varios idiomas. Traducido como «No entres dócilmente en esa noche quieta» y nuevamente la muerte que sobrevuela en texto musicado. Conjunción sonora del Preseli con una Hinojosa casi expresionista o «bergiana» en vocalidad, dramatismo, fraseos e incluso respiraciones, revestida en el ambiente por la trompa virtuosa en tímbrica y el sustento del piano.

Der Hirt auf dem Felsen (El pastor en la roca) (1828) de Franz Schubert (1797-1828) es posiblemente la última obra que el compositor vienés escribió y fue pensada para la gran cantante de la Ópera de la Corte de Berlín, Anna Milder-Hauptmann. Ella le había pedido no un Lied —que ya había escrito para ella—, sino una auténtica pieza de lucimiento y que pudiera representar diversas emociones. El texto expresa el lamento de un pastor que, junto a su rebaño, espera la llegada de la primavera, cuando podrá volver a ver a su amada. Lanza su voz al valle y escucha el eco que regresa. Al darse cuenta de lo lejos que ella está, lo invade una profunda tristeza, lo que da lugar a la sección central. Pero el pensamiento de la primavera renueva su energía y esperanza, y la obra pasa a una tercera sección alegre, danzante y virtuosística. El eco, que comienza y termina la obra, lo interpreta la trompa.

Al fin un poco de luz en este bosque sombrío, el mago de la melodía y la mejor herencia vocal para una obra que sobrepasa el lied por la originalidad, manteniendo la voz femenina llena de sentimientos encontrados, las contestaciones de la trompa y el piano armando esas melodías que transitan desde la esperanza a la tristeza con ecos pastoriles casi alpinos. La primera parte abriría una ventana a la segunda más alegre pese a un ambiente siempre grisáceo, atlántico, incluso cantábrico tan de este otoño que ya es invierno en nuestra tierra.

El compositor Gabriel Ordás (1999) comenta sobre su obra de estreno Bosque (2025) «el crepúsculo, la densidad del aire, la altura de los árboles, el canto de un pájaro, el eco distante… En mi primer contacto con el poema de Ángel González que inspira esta obra, me sentí transportado a un bosque donde las últimas horas de sol teñían de naranja los árboles en un día frío. Esta escena congelada en mi mente persistió a lo largo del proceso compositivo de la partitura, retrotrayéndome al pasado y llevándome a retomar las primeras tres notas de mi obra Luces de un cielo nocturno, que aluden precisamente al atardecer, pero haciéndolas repetirse aquí una y otra vez hasta volverlas un cuerpo hierático. El verso ‘Andas. No dejan huellas tus pies’ inspiró el segundo tema de la obra, que cita lejanamente el preludio Huellas en la nieve de Claude Debussy, una de las mejores representaciones de pasos jamás escritas en pentagrama. En los últimos compases ambos temas suenan simultáneamente, entremezclándose y desapareciendo, sugiriendo la belleza de aquello que se percibe como eterno, pero es efímero».

La estancia neoyorquina del ovetense que sigue ampliando estudios, le está viniendo bien no solo en lo formativo donde ya está encontrando un estilo propio, también la inspiración fuera de casa y esta obra que no pudo encontrar mejor día e intérpretes para su estreno mundial. Para los asturianos Ángel González (1925-2008) es nuestro poeta de cabecera y mucha producción suya ha sido musicada por distintos autores y géneros, así que Gabriel se suma a la lista con este trío donde la voz de María Hinojosa fue creciendo en confianza, entrega, dicción, matizada con su «dúo de trompa» y una piano donde se respira la raíz del compositor que lo lleva en los genes aunque sus pasiones son amplias y así lo ha volcado en este Bosque tan asturiano de principio a fin, bien sentido por catalana, galés y gallego.

Tres Cançōes op. 92 (1993) de António Victorino de Almeida (1940) están compuestas sobre textos de José Carlos González, y originales para soprano, trompa y piano, ejemplifican el estilo armónico variado y sofisticado de Almeida, conservando un bello lirismo con un cierto sabor atlántico, donde las disonancias forman parte del ambiente sonoro con total naturalidad. Uno de los compositores portugueses más prolíficos y versátiles, además de pianista, director, escritor y figura mediática, Victorino de Almeida inició su carrera como niño prodigio, componiendo ya a los cinco años y a los siete ofreciendo su primera audición pública. Formado en el Conservatorio Nacional de Lisboa y en Viena, desarrolló una intensa actividad internacional, incluida su labor cultural en la Embajada de Portugal en Viena. Su catálogo abarca prácticamente todos los géneros: música para piano, cámara, orquesta, ópera, banda sonora, fado y numerosas obras para cine y teatro. También destacó como divulgador musical en radio y televisión, y como escritor, y sigue siendo una figura central de la cultura musical portuguesa contemporánea.

El carácter portugués lo asociamos a la saudade tan cercana a la morriña gallega, pero estas canciones de Almeida también tienen un estilo cercano y escritura muy actual, y encontraron en el trío su mejor vehículo expresivo. O Malabarista nos habla de «silenciosos equilibrios donde solo queda el dolor de vivir, un fantasma olvidado por el viento nocturno», texto y música unidos en esas tres patas que sustentan esta primera canción y prosiguen cantando «Tres gritos de advertencia suspenden la noche. Tres ecos responden, tres armas apuntan. Y la espada del viento renueva su látigo. En los rostros ya fríos que los dedos encuentran«. Tres número mágico antes de la segunda, A veces una nube que nos canta «Otoño prematuro desciende tras los edificios (…). A veces un barco pierde el rumbo y ancla en el tiempo. A veces es difícil saber dónde, cómo y cuándo. El tiempo del Amor es nuestro y de todos nosotros», música transatlántica de versos certeros e interpretación ganando enteros, especialmente por la soprano catalana que se sintió más cómoda en esta tesitura. Y la tercera canción «Una larga despedida» que abre los balcones de la mañana, de nuevo el amor dibujando su rostro de sal en la playa vacía, aires cercanos y juegos tímbricos donde la música del lisboeta António Victorino de Almeida no solo subraya los poemas del escritor, traductor y técnico de la Biblioteca Nacional Portuguesa José Carlos González (1937 – 2000), hijo de gallegos emigrados al país vecino, el Trío Preseli nos perfumó con el salitre gallego hasta El Muro en una interpretación cargada de expresividad en la lengua de Pessoa.

Three Poems by Geraint Jones (2010) de Anthony Randall musicaliza los poemas de David Rhys Geraint Jones y está cargada de tragedia. Los poemas son descripciones de pérdida y anhelo y se tornan más conmovedores al saber que fueron escritos solo unos meses antes de la muerte prematura del poeta en la campaña de Normandía en 1944. Las melodías y armonías que acompañan las palabras solo añaden tristeza y sentimiento a esta emocionante obra.

Sonaba nuevamente Anthony Randall lleno de angustias que el trío transmitió con el dramatismo de una ópera breve que firmarían Schoenberg o Webern, pues el ambiente expresionista se respira tanto en los poemas como en la partitura. Tres capítulos (Let Me Not See Old Age (Que yo no vea la vejez), A Joy too deep for words to say (Una alegría demasiado profunda para vocalizar) y Your peace is bought with mine (Tu paz se gana con la mía), tres intérpretes, emociones triplicadas y un momento de profundidad musical rotunda que deja desarmado al oyente con el Trío Perseli que es un referente para la música de Randall. Pero al menos quedaba Irlanda, una Asturias a lo grande que siempre transmite juventud, optimismo, ganas de vivir, y pese a la climatología sigue siendo una tierra que visitar.

Four Irish Songs (Cuatro Canciones Irlandesas) (1993) de John Havelock Nelson (1917- 1996) fueron compuestas solo tres años antes de su fallecimiento, son originales para este ensemble de soprano, trompa y piano, y muestran su estilo caracterizado por la claridad, el humor refinado, la escritura accesible y una inclinación hacia el color local, combinando tradición folclórica con un lenguaje tonal elegante. Están dedicadas al trompista británico Ifor James y a su madre, la soprano Ena Mitchell. Compositor y director irlandés cuya carrera combinó la música con la investigación académica, John Havelock Nelson se formó en Dublín en piano, órgano y composición, y realizó estudios superiores en el Trinity College. Cofundó en 1939 los Dublin Orchestral Players y, desde 1947, desarrolló una larga trayectoria en la BBC de Belfast.

Cuatro canciones escritas por el compositor irlandés y originales para esta formación de trío, juguetonas, socarronas, marineras… Lovely Jimmie (Querido Jimmie) de ambiente portuario que canta la duda de volver a pisar tierra, Poor Auld Ass (Pobre burro viejo) donde la trompa rebuzna y la soprano, manos en los bolsos del pantalón, nos hace reír y penar a la vez por el aspecto del animal, Lovely Armoy, adorable despedida al pueblo pesquero con música acorde al texto, para terminar con Linking O’er the Lea (Caminando por la pradera), de letra intraducible, inventada, picarona buscando al buen joven que se cuela en casa ajena para pernoctar con la criada. Al fin la alegría de la noche tras atravesar bosques espesos, oscuros, trágicos, dolorosos, con el Trío Preseli fiel intérprete de cada página y donde disfrutar al fin de una María Hinojosa siempre segura, conocedora del tortuoso camino que la traería sana y salva tras «cruzar caminos» que solo el trabajo y buen hacer alcanzan la meta.

Y la propina sería gallega, hermosa y sentida Lela tradicional con músicas de distintos autores, aquí en el arreglo de Juan Durán (Vigo, 1960) que en la ampliación de Lewis para su trío- llena de color esta partitura muy conocida, programada y versionada de una música nuestra y tan cercana, con la letra de Castelao.

PROGRAMA:

Crossroads

I

Hector BERLIOZ (1803–1869):

La captive (1832-1834) H 60 -texto sobre un poema de Les Orientales de Víctor Hugo

Rubén DÍEZ (1977):

Introspección (2021) -texto de Emilia Pardo Bazán, Soneto nº 10-

Anthony RANDALL (1937–2023):

Do not go gentle into that good night (1999) -texto sobre un poema de Dylan Thomas

Franz SCHUBERT (1797–1828):

Der Hirt auf dem Felsen, D. 965 (1828) -Texto de Willhelm Müller y Wilhelmina von Chézy (versos V y VI)

II

Gabriel ORDÁS (1999):

Bosque (2025), estreno absoluto -sobre un poema de Ángel González

António Victorino D’ALMEIDA (1940):

Tres Cançoes, Op. 92 (1993) -sobre textos de José Carlos González

O malabarista

Por vezes uma nuvem

Uma longa despedida

A. RANDALL:

Three Poems by Geraint Jones (2010) -textos sobre poemas de David Rhys Geraint Jones

Let me not see old age

A joy too deep for words to say

Your peace is bought with mine

Havelock NELSON (1917–1996):

Four Irish Songs (1993) -Canciones tradicionales irlandesas-

Lovely Jimmie

Poor Auld Ass

Lovely Armoy

Linking O’er the Lea

Propina:

Juan DURÁN (1960):

Lela (texto de Alfonso R. Castelao)

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