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Un viaje musical de muchos quilates

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Jueves 15 de octubre, 19:30 h. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. V Ciclo Interdisciplinar de Música Ciudad de Oviedo (CIMCO), KAMBRASS: «Un nuevo comienzo». Música de Jan Bach, Granados, John Cage, Dowland y Bernstein. Pinturas de César Frey (El Último Crío). Fotos de Pablo Piquero y propias.

Segundo de los cuatro conciertos del ciclo CIMCO que dirige y presenta en cada sesión Cristina Gestido, este jueves con KamBrass, un quinteto de metales fundado en Barcelona en 2017, cuya curiosidad y pasión por la música de cámara son incentivos compartidos por los cinco músicos de este proyecto, con galardones, premios y reconocimientos tanto nacionales como internacionales.

«Un nuevo comienzo» es una conmemoración de la Independencia de los Estados Unidos (1776) entendida no solo como un acontecimiento político sino como ese nuevo comienzo: el inicio de un espacio cultural «abierto al intercambio de ideas y a la libertad creativa», con un programa que recorre desde las raíces centroeuropeas anglosajonas hasta la consolidación de la identidad musical propiamente estadounidense a través de un diálogo transatlántico entre Europa y América.

Y siendo CIMCO un ciclo interdisciplinar de música de cámara en la capital asturiana, a él se sumaba el artista César Frey, alter ego de «El Séptimo Crío» (firma creada en el año 2000), cuya obra “Hypnothic” presidía el lado izquierdo del escenario, combinando la fuerza sonora de los instrumentos de viento con la posterior creación visual en directo en la sala de cámara del auditorio ovetense.

Nacido en Bruselas de padres asturianos, a los 10 años se vino a Piedras Blancas para al año siguiente trasladarse definitivamente a Mieres (salvo su estancia de un año en Logroño), y donde le hemos seguido en su amplia producción en paredes, locales comerciales sin olvidarme de las charlas didácticas al alumnado de todo Asturias en torno al Hip-Hop y el grafifti. Su trabajo gráfico más cercano a gran escala lo tenemos  a pocos metros del propio auditorio (en el polideportivo del Instituto Alfonso II), y sobre las tablas iría dialogando a lo largo de la velada con el desarrollo melódico de KamBrass.

El quinteto barcelonés abría la sesión con una original visión de La Folía, las Foliations (mezclando Folia y “variations”) del estadounidense Jan Bach (1937-2000) es una “metamorfosis escénica de este ritmo, nacido en la península como una danza frenética en el Renacimiento que derivó en un refinado esquema de variaciones en el Barroco, y su resurrección en el siglo XX a través de nuevas voces en la creación contemporánea para quinteto de metales”. Se estructura en un conjunto de 20 variaciones basadas en el célebre tema renacentista. Los movimientos inicial y final (como el coral y la fuga) están fijos, pero el orden de las variaciones intermedias queda a libre elección de los intérpretes. En las variaciones hay estilos muy diversos como la variación «Austrian», «Bumptious», «Arpeggione», «Rococo» o «La Caccia». Un derroche en esta intensa composición donde apreciar la calidad tanto de la partitura como de la interpretación a cargo del quinteto catalán. Tras la exposición del tema, sería Joan Pàmies el primero de los cinco intérpretes en presentar todas las variaciones, prosiguiendo cada miembro en este turno de palabra tan didáctico y siempre de agradecer.

Visiones tímbricas bien ensambladas con unos metales ricos en matices y fraseos en esta página original para quinteto de metales donde se respira un lenguaje musical propio pero inspirado en la herencia peninsular que también “cruzó el charco” para enriquecer una cultura aún joven ante la tradición occidental heredada, a la que los EEUU tanto nos debe.

Sería Enrique Granados el compositor que estrenaría en Nueva York sus “Goyescas” en enero de 1916, como bien presentaría Oriol Reverter, sin poder disfrutar de su éxito en nuestro país. Tras ser invitado a la Casa Blanca el 7 de marzo, hubo de posponer su regreso tres días, partiendo el 11 de marzo hasta Falmouth. El 24 de marzo zarparía de Londres en el vapor Sussex con rumbo al puerto francés de Dieppe, pero sería detectado por un submarino alemán y torpedeado por la armada alemana (en plena Primera Guerra Mundial), falleciendo ahogado en el Canal de la Mancha junto a su esposa Amparo Gal Lloberas a la que intentó salvar. Añado otra anécdota: tanto su hijo como su nieto Enrique Granados Aumacellas (1934-2018) fueron grandes nadadores ante la catástrofe vivida por su familia, llegando incluso a ser olímpicos. Buena conexión a los dos lados del Atlántico donde no podía faltar este triunfo español en la Gran Manzana.

El KamBrass nos ofrecieron primeramente tres de los ocho Valses poéticos (1. Melodioso, 3. Tempo de Valse Lente y 4. Allegro umoristico) en un exquisito arreglo propio, con juegos tímbricos alternando las distintas trompetas y el bugle, flugel o fliscorno a partir de los originales para piano. Un redescubrimiento sonoro como el impresionante Intermezzo lleno de color, percusión justa desde las llaves de la trompeta de Ocón, el flugel de Joan, la trompa aterciopelada de María, el trombón por momentos camaleónico de Xavier, y el sustento en el grave de un Oriol impecable también en sus solos. Musicalidad y perfecto entendimiento en cada fraseo y planos sonoros del quinteto en un merecido homenaje al malogrado compositor ilerdense que triunfaría en New York con una ópera todavía no suficientemente reconocida en nuestra patria.

Probablemente el momento más esperado sería Five de John Cage, presentado y explicado por Xavier Gil, preguntándonos qué es el tiempo. Contestó por nosotros: lo que une sonido y silencio, además con el juego del número cinco, que César Frey iría plasmando con el quinteto moviéndose por la sala y envolviendo con esa sonoridad propia  de este «ensemble» durante los cinco minutos que veíamos correr en el reloj digital situado en el centro del escenario.

Cinco voces, cinco instrumentos, cinco colores, cinco líneas de un pentagrama y cinco sentidos, perfecta sincronización de música y pintura, herencia yanqui pero plenamente imbricada en nuestros tiempos, el llamado “arte urbano” hecho camerístico y donde prevalecería la vista (tres ojos) sobre el oído (la oreja) que se iría destapando, situado a la derecha para ensamblarse dos caballetes en una sola obra (titulada «Sentidos») mientras KamBrass los enlazaba con las “Lágrimas” Flow my tears del renacentista inglés John Dowland, porque también lo anglosajón tiene arraigo en la cultura estadounidense, con un arreglo de Timothy Jackson sonando tan actual como el espectáculo audiovisual y camerístico de estos seis artistas, cinco catalanes y un mierense de adopción en esta “performance” única e irrepetible (que intento ilustrar con las fotos).

Larga y merecida ovación tras la enorme emoción por haber asistido a este espectáculo, antes de que Íñigo Ocón nos presentase una de las últimas obras escritas por Leonard Bernstein, su Dance Suite (1989) pensada para esta formación de quinteto de metales tan habitual en los EEUU y los países germanos, que poco a poco va encontrando intérpretes en nuestra tierra, caso de este joven y laureado quinteto catalán.

Cinco amigos, como los destinatarios de esta página de Lenny, los bailarines y coreógrafos Antony Tudor, Agnes George de Mile, Mijail Baryshnikov (Misha”, George Balanchine y Jerome Robbins, que se “negaron” a escenificarlo por la brevedad y variedad de los distintos estilos. Nuevamente la magia numérica y la herencia occidental en la siempre reconocible música del irrepetible Bernstein, con sordinas, glissandos y todos los recurso sonoros de estos metales con «muchos quilates».

Cinco breves movimientos evocando ritmos populares que KamBrass Quintet nos regalaron con la calidad de cada solista, todos participando en partes virtuosas bien cantabiles, derrochando musicalidad y como se dice coloquialmente “buen rollo” entre ellos, como lo sería la partitura y amistades del mayor músico estadounidense del pasado siglo en todas sus facetas.

Faltaba por presentar María Servera Montserrat, que lo haría agradeciendo a César Frey su implicación en el Five, a Cristina Gestido por su enorme labor en este CIMCO, y también al público presente (en menor número que los anteriores ante la amplia oferta en la capital asturiana) sin el que la música no tendría sentido interpretarse.

El regalo fuera de programa sería de nuestro Manuel de Falla, aún de aniversario (#150Falla) con la “Nana” de sus Siete Canciones Españolas en otro excelente arreglo de los propios KamBrass, buenos conocedores del buen trabajo de tantos arreglistas para esta formación de quinteto, como podemos comprobar en su CD “Developments” que pusieron a la venta al finalizar el concierto.

KamBrass Quintet:

Íñigo Ocón Sagastume y Joan Pàmies Magrané (trompetas)

María Servera Montserrat (trompa)

Xavier Gil Batet (trombón)

Oriol Reverter Curto (tuba)

PROGRAMA:

Jan Bach (1937-2000):

Foliations: Tema y variaciones sobre La Folía

Enrique Granados (1867-1916) -arr. Quinteto Kambrass- :

Tres valses poéticos

Intermezzo, de “Goyescas”

John Cage (1912-1992):

Five

John Dowland (1563-1626) -arr. Timothy Jackson– (1958):

Flow my tears

Leonard Bernstein (1918-1990):

Dance Suite

Comienzan las celebraciones musicales

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Miércoles 7 de octubre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 12 del año 2026 (año 129, concierto 2.109) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, Pedro Ordieres (director), Ensemble RONA (Valerie Steenken, violín – Montserrat Egea, chelo – Juan Barahona, piano). Obras de Ramón de Garay, Borodin y Beethoven.

Inaugurábamos la temporada 2026-27 en la centenaria Sociedad Filarmónica de Oviedo con la orquesta de su Fundación que dirige el violinista ovetense Pedro Ordieres (1979), heredera de la extinta Orquesta de la Universidad que fundase su padre Alfonso, y que al fin ha encontrado el necesario asentamiento en este año desde su nacimiento para seguir creciendo y dando la oportunidad a muchos músicos para seguir formándose («servir como espacio de encuentro intergeneracional para músicos aficionados, estudiantes y adultos que desean tocar en equipo» según reza su ideario), desde repertorios exigentes, también del gusto de un público que este primer miércoles de octubre acudió en buen número al teatro de la calle Mendizábal pese a las inclemencias otoñales, y que suponen todo un reto, evidentemente para cualquier orquesta, más aún para esta formación que adapta su amplia plantilla con total naturalidad a las obras programadas.

Es necesario  seguir reivindicando nuestro patrimonio musical asturiano, y nadie mejor que Ramón Fernando de Garay y Álvarez (Avilés, 27 de enero de 1761 – Jaén, 8 de enero de 1822) , un compositor de talla internacional contemporáneo de Mozart, Haydn o Beethoven (por citar la terna clásica), prolijo en todos los estilos aunque mayoritariamente el religioso, pero con nada menos que diez sinfonías (escritas entre 1790 y 1817) que han sido grabadas hace ya quince años por el incombustible José Luis Temes al frente de la Orquesta de Córdoba con motivo del 250 Aniversario del nacimiento del músico de Sabugo (y agotadas  dentro del sello Verso de la Fundación BBVA), formado en la Real Colegiata de Covadonga donde su padre era organista, antes de su partida a Jaén en 1785. Al menos en La Villa del Adelantado pude degustar su Sinfonía nº 9 allá por 2013 dentro de la XXXVI Semana de Música Religiosa (también fenecida) y que volvería a escuchar con la OSPA en mayo de 2017 y Víctor Pablo Pérez.

Hay que mantener el patrimonio asturiano con su amplia herencia sinfónica, y el maestro Pedro Ordieres optó por la Sinfonía nº 1 en Mi bemol mayor, que con esta misma orquesta ya ha interpretado el pasado mes de junio en la villa natal de Garay, y en Boal dentro del 9º Festival Indiano «Volven os americanos», acercando la música orquestal al tristemente olvidado suroccidente asturiano, por lo que podemos decir que «estaba bien rodada», algo que se notó en sus cuatro movimientos (Allegro – Minuet (Andante) – Andante Amoroso – Presto), ajustados a las indicaciones, con una plantilla equilibrada en sonoridades y plenamente adaptada a este estilo clásico del avilesino, que desde el podio Ordieres llevó sin batuta, mandando y llevando con sus manos polifónicas para así resaltar los motivos, marcar con precisión las amplias  dinámicas y ejercer de auténtico «maestro de capilla» como lo fue el avilesino emigrado a Jaén (donde pude presumir de la asturianía que muchos desconocían).

Y desde esa adaptación de la plantilla a todos los repertorios que está frontando, sacando «músculo» nos ofrecerían el poema sinfónico En las estepas de Asia Central (1880) del ruso Alexander Borodin, dedicada a Liszt, auténtica prueba de fuego para los solistas de viento, bien arropados por una cuerda que fue ganando cuerpo y mejorando afinación a lo largo del concierto, desde el dedicado lirismo inicial hasta los tutti bien empastados.

Ensemble RONA

El plato fuerte, tras el descanso, y aperitivo del 200 aniversario de la muerte de Ludwig van Beethoven (me hago viejo porque ya celebré los 150 y recuerdo conciertos en el de su nacimiento) sería el Triple Concierto para violín, violonchelo y piano en Do mayor, op. 56 contando con el trío del Ensemble Rona, otra formación versátil y polivalente que nace de la admiración de sus miembros hacia la música de cámara, forjados en la madrileña Escuela Superior de Música Reina Sofía, y que a nivel solista son parte de una excelente generación de jóvenes intérpretes que tienen un nivel altísimo fruto del duro trabajo, y en Beethoven lo demostraron con creces en sus tres movimientos (Allegro – Largo – Ronda alla Polacca), emulando a otros grandes que se unen para parecer fácil esta difícil y poco programada página de «El Genio de Bonn».

La muniquesa Valerie Steenken (1999), concertino de la OCNE desde 2023, la toledana Montserrat Egea (1997), docente y chelista también de la OCNE un año antes (formación que volvía a escuchar este verano en Granada), y el pianista asturiano -que le nacieron en París- Juan Barahona (1989) al que sigo desde sus inicios, resultaron los solistas ideales por su compenetración, musicalidad, entendimiento, dinámicas, sonoridad, y la perfecta concertación de Ordieres con su orquesta, en este triple beethoveniano al alcance de muy pocos. Un lujo contar con el Ensemble Rona para disfrutar de esta partitura bien llevada por todos, con unísonos impecables, cambios de tempo bien encajados, amplísima gama de matices y el protagonismo compartido donde reconocer la calidad de estos solistas siempre «mimados» desde el podio, fieles a un estilo cercano en una interpretación sin complejos por parte del trío.

Con el buen sabor de boca del Triple, el agradecimiento de Juan por estar en casa (donde volverán en abril) y la presentación por parte de Valerie, qué mejor propina que Beethoven y el tercer movimiento (Tema con variaciones: Allegretto) de su  Trío en si bemol para piano, clarinete y cello, op. 11 “Gassenhauer” (1798), que en esta versión elevó aún más la calidad de este concierto inaugural de la temporada, abriendo ya el «Año Beethoven«.

 

PROGRAMA:

R. Garay (1781-1824)

Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor:

Allegro – Minuet – Andante Amoroso – Presto

A. Borodin (1833-1887):

En las estepas del Asia Central

L. V. Beethoven (17770-1827):

Triple Concierto oara violín, vioonchelo y piano en do mayor, op. 56:

Allegro – Largo – Ronda alla Polacca

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Domingo 27 de septiembre, 17:00 horas. Basílica de Covadonga. 18º Ciclo “Órganos de Covadonga”: Heinrich Walther. Obras de Vivaldi, Bach y Arriaga.

Segundo concierto del organista alemán Heinrich Walther este fin de semana en una Asturias que le enamora hace muchos años (reconoce tener una foto de Los Lagos en su despacho de Friburgo), y otra oportunidad para comprobar cómo la música es irrepetible y cada órgano un mundo.

Con un programa casi idéntico al anterior de Pola de Siero, este domingo se veía recortado por las «necesidades del culto» que limitaron la duración del concierto a una hora (con las campanas marcando cada cuarto y las seis de la tarde durante el último Allegro con moto, y privándonos de alguna obra más). Si el “órgano de La Pola” lo calificaba de cercano, de sonido relajado y versátil por su mecánica con el verdadero “sello Grenzing”, el «Federico de Covadonga» otorga mayores posibilidades  en su tímbrica, un teclado más, la sonoridad que la Basílica proporciona, así como muchos más registros apropiados para las tres páginas que el alemán interpretó como hace 13 años, donde ya escribía «Otro alemán en Covadonga» recordando al de Corao, aunque a Heinrich casi podemos considerarlo asturiano de adopción.

También segundo concierto del 18º Ciclo de Conciertos «Órganos de Covadonga» con la presentación del programa a cargo de María Sanhuesa Fonseca que relacionó las obras sinfónicas con las transcripciones al órgano, un breve análisis de las tres partituras que escucharíamos, así como la cita a Edouard Batiste «El domador de órganos» por su labor en esta siempre complicada labor a partir del estudio y copia de las partituras originales, y cómo el Acitores de la Basílica está «bien domado por su titular Fernando Álvarez Menéndez» desde hace muchos años, verdadero alma mater de un ciclo plenamente consolidado en este inicio del otoño asturiano donde acudimos los amantes del instrumento rey (que posamos con Walther a la salida del concierto donde no faltó el propio Federico Acitores y señora, orgulloso de su «hijo» que ya ha cumplido 25 años, inaugurado el 21 de abril de 2001).

J. S. Bach conoció y admiró la obra de su contemporáneo el italiano Vivaldi pues el aprendizaje en su época consistía en copiar las partituras, aunque «el Kantor» no se limita al trabajo artesano para poder dar desde su instrumento toda la gama tímbrica de orquesta del Concierto Op. 3 nº 6 para 2 violines y continuo, RV 522, sino rehacerla y añadiendo ornamentos tan propios de «mein Gott», jugando con los teclados y registros para engrandecer los contrastes entre solistas y  tutti que en el gran órgano sinfónico de Acitores con las manos, pies y magisterio de Heinrich Walther, trabajando como pocos la registración.

Heinrich Walther volvió al Bach original con el «Autógrafo de Leipzig» desde su estancia en Weimar y uno de sus 18 Chorales, “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (Oh! Inocente Cordero de Dios), canto de manos y pies con la siempre prodigiosa escritura de Bach, y en Covadonga sin la bombarda turbia para que los bajos no tapasen los tres teclados, al fin el equilibrio que Walther no encontró el día anterior y al fin pudimos disfrutar de la grandeza germana -en todos los sentidos- y la sonoridad de otro «Federico El Grande», desde Covadonga al mundo.

Y como escribía esta madrugada antes sobre dos órganos distintos por las sonoridades pero un solo maestro, volvía a escuchar el arreglo para órgano de la Sinfonía en re del malogrado Arriaga realizada por el propio Heinrich, enlazando lo que hizo Bach con Vivaldi: llevar lo orquestal a los tubos, un exhaustivo estudio de la partitura sinfónica y la recreación al órgano, pues como «el kantor» con el italiano, el maestro alemán lo realiza desde su conocimiento con el bilbaíno. Siempre le agradeceremos al maestro alemán que siga volcado no ya en la interpretación, también en la difusión a través de sus arreglos de muchas páginas sinfónicas donde no faltan compositores vascos. Walther recrea esta Sinfonía en Re de Arriaga, y además como un bien pintor es capaz en dos órganos distintos de utilizar una base distinta (tabla o lienzo), técnica (óleo o acuarela) pero sobre todo pinceles distintos porque logra nuevos trazos, brillos, inmediatez desde el oficio, para ofrecer un mismo cuadro con dos visiones. No es sólo restaurar y limpiar un cuadro, es utilizar las características de los órganos para reconocer siempre lo pintado. Riqueza orquestal por tímbricas, matices, fraseos, tempi y sobre todo un clima sonoro que en Covadonga fue aún más hondo.

Tras el concierto de Siero escribía «Perfecta recreación sinfónica, todo un espectáculo visual verle manejar pies y manos, los cambios de teclado, los registros rápidos sin perder la unidad orquestal, la dirección e interpretación todo en uno desde el instrumento rey que además Walther conoce a la perfección», para redondear en «El Federico de Covadonga» una Sinfonía en Re mayor de Arriaga-Walther.

Gracias a Heinrich ¡el alemán asturiano!

PROGRAMA:

Antonio Vivaldi (1678-1741) – J. S. Bach (1685-1750): Concierto para órgano en la menor, BWV 593 -arreglo para órgano-:

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro.

Johann Sebastian Bach: “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (del “Autógrafo de Leipzig” / 18 Chorales).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826) – Heinrich Walther (1959): Sinfonía en Re, para orquesta:

I. Adagio – Allegro vivace – Presto. II. Andante. III. Allegro. IV. Allegro con moto.

Siempre Heinrich Walther

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Sábado 26 de septiembre, 20:15 horas. Iglesia de San Pedro de Pola de Siero. Concierto de órgano “El viento que canta”: Heinrich Walther. Obras de Buxtehude, Vivaldi, Bach y Arriaga.

Al organista alemán Heinrich Walther (1959) habría que nombrarle hijo predilecto de Asturias, pues además de un enamorado de nuestra tierra es habitual encontrarlo en los distintos órganos asturianos a los que hace “trabajar” a fondo, e incluso grabar discos en ellos donde transmitir el enorme legado que muchos de aquí ni siquiera reconocen, aunque todavía quedan los fieles defensores del llamado “rey de los instrumentos”, y Walther es todo un apóstol.

En Pola de Siero la Iglesia de San Pedro tiene desde 2013 un órgano de Gerhard Grenzing (13/II), constructor afincado en El Papiol, al que el tiempo le va otorgando la “maduración” necesaria desde una sonoridad  cercana por su ubicación (en el transepto norte al lado izquierdo del altar) y sonidos muy bien combinados, con un secreto doble de registros intercambiables para poder seleccionar alternativamente el suministro de viento a los tubos de uno u otro teclado, con las correderas de palancas encima de la consola. Por todo ello es un órgano capaz de crear sonido rápido con una mecánica de ejecución precisa y sensible, de sonido relajado pero fusionado muy “sello Grenzing”, y como el propio constructor lo ha definido.

En este mismo instrumento Heinrich grabó un CD en noviembre de 2023 con una muestra de Bach a Usandizaga, tres siglos de estilos variados donde mostrar las enormes posibilidades del “órgano de La Pola”, una exploración que con Walther siempre es un placer escuchar, y aún más en directo.

Este último sábado de septiembre la Asociación Pro-Órgano de Siero, con el patrocinio de la propia Parroquia de San Pedro Apóstol, la Consejería de Cultura del Principado, el Ayuntamiento  de Siero y el propio taller de Gerhard Grenzing, el organista alemán desgranaría  cuatro páginas con el nexo del trabajo en encontrar los sonidos precisos para cada una de ellas.

Buxtehude sería el principio de este «peregrinaje», como haría J. S. Bach, el órgano barroco poderoso, de sonoridades rotundas combinadas con rigor expresivo en los dos teclados más el pedal, que nos llevaron a la majestuosidad luterana de los preludios abriendo las celebraciones, esta vez con el Preludio en fa sostenido menor, BuxWV 146.

Bach conoció la obra de su contemporáneo Vivaldi, y el arreglo que hace “el Kantor de Leipzig” es un trabajo de artesano para poder dar desde su instrumento toda la gama tímbrica de orquesta del concierto para dos violines, cuerda y continuo RV522, rehaciéndola, engrandeciendo las voces y jugando con los contrastes de sus tres movimientos, donde el Adagio central es un prodigio en el órgano. Así lo entendió Heinrich Walther con un esmerado trabajo de registración.

Con la sonoridad germana del Grenzing catalán en esta Pola recia, el mejor exponente sería el coral BWV 656 “Oh! Inocente Cordero de Dios”, la plegaria musical del culto, donde cantan manos y pies. La escritura de Bach es prodigiosa y los bajos por momentos taparon las dos manos, pero es difícil encontrar el equilibrio que Walther buscó desde el inicio.

Lo más interesante e intenso de este concierto sabatino sería escuchar el arreglo para órgano de la Sinfonía en re del malogrado Arriaga, presentada en Avilés el pasado año (que me perdí), realizada por el propio Heinrich, en cierto modo enlazando lo que hizo Bach con Vivaldi, y que continúa la labor que el maestro alemán ya hizo con los también vascos Usandizaga y su “Fantasía para violonchelo y orquesta” o Tomás de Garbizu y su “Misa Benedicta”.

Entusiasta de estos compositores le ha llevado a analizar sus páginas sinfónicas para recrearlas en el órgano. El trabajo que Walther realiza de la sinfonía de Arriaga, que descubrió hace un año, es como la de restaurar y limpiar un cuadro, para ofrecer desde el órgano toda la riqueza orquestal no solo en tímbricas sino en matices, fraseos, tempi y hasta en el clima sonoro. Perfecta recreación sinfónica, todo un espectáculo visual verle manejar pies y manos, los cambios de teclado, los registros rápidos sin perder la unidad orquestal, la dirección e interpretación todo en uno desde el instrumento rey que además Walther conoce a la perfección, consiguiendo una recreación más que un arreglo de la Sinfonía en Re mayor de Arriaga. Si en la segunda obra la autoría es Vivaldi-Bach, en esta es justo por Arriaga-Walther.

Y con ese aire mozartiano o haydniano que tiene Arriaga más los sonidos del Grenzing, la propina sería del Brahms romántico heredero de la tradición organística germana con su Herzlich tut mich erfreuen, antes de partir para Covadonga donde Heinrich Walther se pondrá nuevamente al mando del Acitores, como hace ya 13 años tras el “bautizo avilesino”, dos años antes en su Semana de Música Religiosa o la visita en 2010 a otro Acitores, el ovetense de 2000 en la Iglesia de San Francisco para la vigésimo primera edición del siempre recordado Festival de Órgano CajAstur.

Distintos órganos, distintas sonoridades y un solo maestro.

PROGRAMA:

Dietrich Buxtehude (1637-1707): Preludio en fa sostenido menor, BuxWV 146.

Antonio Vivaldi (1678-1741) – J. S. Bach (1685-1750): Concierto para órgano en la menor, BWV 593 -arreglo para órgano-:

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro.

Johann Sebastian Bach: “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (del “Autógrafo de Leipzig” / 18 Chorales).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826): Sinfonía en Re, para orquesta:

I. Adagio – Allegro vivace – Presto. II. Andante. III. Allegro. IV. Allegro con moto.

(arreglo para órgano de Heinrich Walther, 202 / 2026)

Propina: Johannes Brahms (11833-1897): Herzlich tut mich erfreuen, op. 122, nº4

Estío sinfónico

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Miércoles 26 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, “OFIL CONTIGO… EN VERANO”, organizado dentro de la programación estival de la Fundación Municipal de Cultura (FMC): José Andrés Mir (trombón), Oviedo Filarmonía (OFil), Lucas Macías Navarro (director). Obras de F. David y W. A. Mozart. Entrada libre. Fotos de la orquesta y propias.

La vida musical no entiende de vacaciones, aunque siempre hay momentos para el asueto. Y este último miércoles de un agosto que en Oviedo siempre es más llevadero en cuanto a temperatura, volvía la Oviedo Filarmonía con los conciertos de verano que, ante la amenaza de lluvia, se trasladó del Claustro del Edificio Histórico de la Universidad al Auditorio «Príncipe Felipe», lo que supuso mayor asistencia y comodidad para un público heterogéneo haciendo cola una hora antes y  llenó el patio de butacas más parte del anfiteatro, gracias a un programa ideal para aficionados de todas las edades y gustos, pues la orquesta de la capital tiene «tirón» en Vetusta, pero también supone seguir siendo «La Viena Española» durante el estío asturiano que atrae visitantes de toda la geografía.

Con su titular al frente, que tampoco disfruta de vacaciones, la OFil da la oportunidad a sus primeros atriles de actuar como solistas, en este caso al trombón principal José Andrés Mir (Liria, 1984), que lleva en la formación ovetense desde 2006, y ya tuvo la oportunidad de actuar junto a sus compañeros en 2014 con el concierto de Nino Rota. En esta ocasión, y con la madurez de los años, el apoyo incondicional de sus compañeros y la confianza del maestro Macías Navarro, lo haría con el maravilloso «Concertino» de Ferdinand David al que el compositor alemán titula humildemente como «concertino», tal vez por su duración que apenas sobrepasa el cuarto de hora, aunque mantiene la estructura clásica en tres movimientos (Allegro maestoso- Andante, marcia funèbre-Allegro) que se interpretan sin pausa entre ellos.

Obra escrita en 1837, es una de las obras fundamentales del repertorio romántico para trombón, y se le considera uno de los primeros grandes conciertos para este instrumento, que fue dedicado por David al virtuoso Karl Traugott Queisser, quien lo estrenaría en la Gewandhaus de Leipzig con su paisano Felix Mendelssohn a la batuta. En sus movimientos combina elegancia melódica y lirismo,  propios del lenguaje del hamburgués con una escritura solista que exige gran dominio técnico, flexibilidad y expresividad, con un estilo muy próximo al de Mendelssohn, con un equilibrio entre virtuosismo y musicalidad que han convertido este «Concertino de David» en una pieza de referencia dentro de la literatura para trombón solista.

José Andrés Mir nos dejó una interpretación completa, dominador de principio a fin de una partitura exigente no ya por la técnica (asombrosos los trinos) sino por la amplísima gama de dinámicas en unos fraseos de este instrumento poderoso pero siempre matizado. Precisamente por el abanico de volúmenes, la OFil siempre perfectamente concertada por el director andaluz, pudo desplegar todo lo escrito sobre el papel, sabedora que tanto el timbre como las dinámicas del trombón nunca quedarían opacas. Al contrario, brillaron todas las secciones: la cuerda comandada por Marina Gurdzhiya con cellos y violas «permutadas» más los contrabajos sobre una tarima que les otorga la contundencia en el grave tan necesaria; madera muy empastada con sus momentos melódicos que siempre defienden sus primeros atriles; metales completando un viento que no puede faltar en estas páginas románticas bien ensamblado; y unos timbales seguros, redondeando una muy conjuntada orquesta que sigue sonando segura en todos los repertorios y mantiene esa versatilidad digna de encomio. Un «concertino» que supo a poco por la calidad de todos los intérpretes, en especial un Mir al que sus compañeros y el público premiaron con largas ovaciones.

El regalo tras las palabras de agradecimiento del solista valenciano, sería la muy versioneada Oblivion de Astor Piazzolla en un arreglo de José Vicente Faubel (1990), otro músico de Liria (¡sigue la inmensa cantera de su centenaria Sociedad «La Primitiva»!) para cuarteto de cuerda a cargo de los primeros atriles esta tarde (Marina Gurdzhiyya, Luisa Lavín, Rubén Menéndez y Guillermo L. Cañal) en una interpretación donde el trombonista nos deleitó con un sonido aterciopelado, una repetición del tema llena de buen gusto y un feliz entendimiento y complicidad de estos cinco solistas de la OFil que volvieron a poner al público a sus pies.

Y recomponiendo la plantilla llegaría «La cuarenta de Mozart», penúltima sinfonía del genio de Salzburgo que nunca defrauda, conocida por todos los públicos (el de Oviedo aplaudió el final del primer movimiento) y forma parte de lo que llamo «repertorio sinfónico básico» porque la trilogía final es piedra angular para toda orquesta y un reto para las batutas a lo largo de toda la vida. He perdido la cuenta de las versiones que guardo en mi discoteca y las que he podido disfrutar en vivo, siempre único e irrepetible. Hay incluso estudios sobre la evolución en el tiempo de esta sinfonía con orquestas y directores que nunca son ni suenan iguales, siendo objeto de debate para muchos melómanos. Por lo cercano y reciente, tengo que recordar a Zubin Mehta este verano en Granada, que afrontaría esta trilogía sinfónica desde su propia biografía totalmente distinta a la visión-versión que nos dejó Lucas Macías. Si el nonagenario afrontó la Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 con unos tempi casi para deleitarse, «olvidando» las indicaciones en cada uno de los cuatro movimientos, el onubense optó por el reto de las indicaciones de Mozart en esta su penúltima maravilla sinfónica, sabedor además que «su» OFil responde y le sigue sin titubeos.

Y de Macías este miércoles resaltar su espontaneidad y apuesta por la viveza en el Molto allegro desde la colocación elegida antes citada, cuerda clara y precisa, maderas sin clarinetes «cantando» con una expresividad ya propia, dúo de trompas empastadas; el Andante sacando al primer plano cada sección sin renunciar a la agilidad ni claridad expositiva; un Menuetto más tranquilo donde degustar la sonoridad redonda de esta OFil, y el Allegro assai con el ímpetu necesario manteniendo los detalles que se escucharon nítidos desde el dominio de esta sinfonía que el maestro llevó de memoria y sin batuta, expresividad en ambas manos sin excesos gestuales, sabedor que «su orquesta» responde tras este tiempo como titular, donde sigue creciendo desde el podio y haciendo crecer a esta formación que no deja de sorprendernos desde sus inicios allá por 1999 como OSCO y que el maestro Haider logró levantar el vuelo, con algunos altibajos posteriores que el onubense ha remontado y aún desconozco dónde llegará de altura viendo la evolución hasta este 2026.

Mozart es muy exigente, traicionero por la engañosa sencillez, al menos para el oyente, y todo un reto que se debe afrontar desde el trabajo continuado. Esta «Cuarenta» ha sido otra prueba para comprobar cómo mantener un repertorio que no puede faltar, desde la tradición a la actualidad, con lecturas de nuestro tiempo sin más afán que disfrutar con calidad de «tanta buena música».

El próximo viernes habrá otra oportunidad para seguir disfrutando con la OFil, Andrey Baranov, Gabriel Ureña y Lucas Macías al frente, que espero contar desde aquí.

 

PROGRAMA:

Ferdinand David (Hamburgo, 1810 – Klosters-Serneus, Suiza, 1873):

Concertino op. 4 para trombón y orquesta:

I. Allegro maestoso – II. Andante, marcia funèbre – III. Allegro

W. A. Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto – Trio

IV. Allegro assai

Músicas para el universo

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Viernes 7 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto «Armonía Eclíptica” , en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Oviedo Filarmonía (OFil), Anthony Gabriele (director). Obras de R. Strauss, John Estacio, Debussy, Holst, Rodrigo y Mussorgsky. Entrada butaca: 20€. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Gracias a un trío de eclipses que serán históricos (dos totales este año y el próximo 2027, más otro anular en 2028) el CSIC ha organizado estos conciertos multimedia dentro de un ciclo don distintas formaciones orquestales para acompañar esta tríada de eclipses. Tras un vídeo del propio CSIC, la mayor institución pública de investigación de España y una de las más importantes a nivel mundial, también en el campo de la astronomía y la astrofísica, con más de 14000 proyectos, defendiendo todas las ciencias y sus avances, con presencia en distintos lugares de la geografía, llegaría una variada banda sonora elegida para la ocasión, que encontró unas imágenes espectaculares gracias al excelente trabajo audiovisual de José Francisco Salgado Alicea (físico portorriqueño y doctor en Astronomía por la Universidad de Michigan, además de fotógrafo experimental y artista visual), y su Proyecto KV 265 (Science trough Art) del que Salgado es cofundador y director ejecutivo: calidad y belleza por momentos pictórica, perfectamente encajadas y sincronizadas con las partituras gracias a la siempre versátil OFil en este primer viernes de agosto bajo la dirección del maestro Anthony Gabriele, especialista en dirigir músicas de película, quien sacaría de la formación ovetense buenas notas, con parte de su plantilla ausente (supongo que por permisos vacacionales) aunque sin perder las cualidades que va atesorando con el tiempo y donde la mencionada versatilidad a lo largo de sus 27 años viene de los muchos directores y repertorios que van modelando un sonido propio.

La propuesta combinaba la música en directo con las proyecciones de imágenes científicas, comenzando con el Richard Strauss cinematográfico de Así habló Zaratustra cuya introducción seguimos asociando con Kubrick, un melómano que ha sabido siempre buscar las mejores músicas para su amplia cinematografía.

El Sol, la Tierra, la Luna y un infinito elenco de galaxias, universos, auroras boreales, el fotón en el centro del astro rey, recreaciones de impactos de meteoritos, sondas espaciales o planetas que irían proyectándose en la pantalla gigante.

Momentos casi épicos como en Solaris de John Estacio (1967), un viaje dede el sol donde la luz alcanza la Tierra en ocho minutos y veinte segundos, la misma duración de esta obra con la gama cromática de la agitada además de violenta física solar, con la OFil sacando todo el potencial de una amplia plantilla para la ocasión, casi preludio al Claro de Luna de Debussy, en orquestación a partir del pianístico perteneciente a la «Suite Bergamasque», con imágenes hispanas de atardeceres en Burgos, Segovia, León, Astorga o La Coruña con la Torre de Hércules. Música impresionista ideal para una buena publicidad de los distintos monumentos por todos conocidos, con la luna que hechiza e ilumina, que las notas al programa de Juan Ramón Pardo Carrión (del Instituto de Física Fundamental IIFF-CSIC), describe como «un remanso selenita de evocadora calma, pausada y poética en lo musical y lo visual».

En un concierto con la ciencia y el firmamento, como eje temático, no podían faltar dos de “Los planetas” de Holst, una música siempre asociada con el espacio junto a las imágenes espectaculares, primero Júpiter, el portador de la alegría, hermano mayor de nuestro sistema, y después Mercurio, el mensajero alado en arreglos de Cliff Colnot (Youngstown, Ohio, 1947 – Chicago, 2024), tras el “preludio” del propio Estacio y la luna de Debussy.

El poco escuchado poema sinfónico A la busca del más allá (1976) de Joaquín Rodrigo, resultó una de las obras más logradas en ejecución y sincronismo por parte de todos, obra que no llega al cuarto de hora, encargada por la Orquesta Sinfónica de Houston para conmemorar el Bicentenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y dedicada a los astronautas de la NASA, en especial a Walt Cunningham que también era guitarrista y admirador del compositor español (obra estrenada bajo la dirección de Antoni Ros Marbá el 27 de marzo de 1978). Aquí la propia música del valenciano ya invita a viajar por un cosmos pletórico, luminoso, insondable e infinito, sumándose unas imágenes a cual más impactantes.

Retomando las notas de Pardo Carrión, quien cita las palabras de Cecilia, la hija del saguntino «Es como si mi padre, que no veía, hubiera escrito la música para acompañar sus vistas del espacio». De rica orquestación y con intervenciones exquisitas tanto del corno inglés (igual que en el famoso Concierto de Aranjuez) como de la celesta que le da ese aire etéreo, la unión de imagen y sonido fue todo un acierto.

Y tras una mínima pausa, llegaría un “Universo en exposición” utilizando al Mussorgsky donde las pinturas de Hartmann fueron imágenes coloreadas por Ravel para un museo que resultó ser el propio universo con fotos cuales cuadros, sin percusión en otro arreglo de Cliff Colnot que parece prefirió prescindir de los títulos y grandiosidad originales, aún mayores en la orquestación del vasco-francés, para dejar que fuese el firmamento quien tuviese todo el protagonismo. Castillos o Tullerías luminosos, un mercado de estrellas, unas catacumbas de agujeros negros, patas no de gallinas sino esferas luminosas, unos muertos que siguen resplandecientes en el espacio, o la puerta mayor de Orión que fueron los cuadros estelares con una orquesta “descafeinada” al servicio del relator Salgado con una elección de imágenes, vídeos y música para disfrutar este espectáculo multimedia preparando el trío de eclipses que arranca el próximo miércoles 12 con Asturias entre los mejores palcos.

Carmen Yepes: historia de la sonata en Villaviciosa

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Sábado 18 de julio, 20:00 horas. Teatro Riera, Villaviciosa, Círculo Cultural Valdediós: XXVIII Atardeceres Musicales 2026. “Mark The Music”. Segundo concierto: Un recorrido por la sonata. Carmen Yepes (piano). Obras de D. Scarlatti, Mozart y Schubert. Fotos propias y de las RR.SS.

La pianista asturiana Carmen Yepes (Oviedo, 1979), afincada desde hace años en Madrid, donde compagina la docencia en el Conservatorio Profesional «Teresa Berganza» con una constante actividad concertística, regresaba a los Atardeceres Musicales de Villaviciosa para ofrecer un recital concebido con un evidente propósito didáctico sin renunciar a la emoción artística. Bajo el título Un recorrido por la sonata, el programa proponía seguir la evolución de esta forma musical desde Scarlatti hasta Schubert, un viaje que Yepes construyó con inteligencia y absoluta fidelidad al estilo de cada compositor.

Las tres sonatas de Domenico Scarlatti elegidas por «la mierense nacida en Oviedo» para abrir el concierto, constituyeron una magnífica carta de presentación. De las más de quinientas que el compositor napolitano y madrileño escribió para teclado, la K. 247 mostró un carácter introspectivo y una expresividad delicada, con un fraseo limpio y un uso muy medido del pedal, siempre al servicio de la claridad del discurso. Muy diferente resultó la K. 115, intensa y dramática, de energía casi impetuosa, mientras que la luminosa K. 416 cerró este primer bloque con un virtuosismo brillante y una espontaneidad contagiosa. Yepes supo evidenciar cómo estas pequeñas joyas, concebidas para el clave, encuentran en el piano nuevas posibilidades tímbricas y expresivas sin perder su esencia.

Mozart representaba el siguiente paso en la evolución de la sonata. De sus sonatas para piano, Carmen Yepes escogió la KV 332, escrita en París en el verano de 1778, una obra que para muchos pianistas permanece ligada a nuestros años de formación. La interpretación destacó por la naturalidad del discurso, el equilibrio entre brillantez y lirismo y un refinamiento constante en la ornamentación. El Allegro inicial fluyó con elegancia y transparencia; el Adagio encontró un canto de auténtico carácter vocal, mientras que el Allegro assai final recuperó toda la vitalidad mozartiana con una energía siempre controlada y nunca exhibicionista. Una lectura luminosa y equilibrada que resumía perfectamente el ideal clásico de la forma sonata.

La segunda parte estaba dedicada íntegramente a la Sonata Póstuma D. 959 en la mayor de Franz Schubert, una de las tres últimas sonatas del compositor. No pude evitar recordar la integral ofrecida hace dos años en Granada por Paul Lewis, donde precisamente esta obra fue la que más me impresionó por su extraordinario equilibrio formal y por esa permanente tensión entre serenidad y desgarro.

También Carmen Yepes hizo de esta partitura el verdadero centro emocional del recital. Desde el rotundo Allegro inicial, de dimensiones casi sinfónicas, fue construyendo un discurso donde el lirismo convivía constantemente con una sensación de inestabilidad, como si cada cadencia evitara deliberadamente el reposo definitivo. Los sutiles retenuti mantenían al oyente suspendido antes de cada nueva frase, mientras el desarrollo alternaba momentos de aparente calma con inesperadas irrupciones dramáticas.

Especialmente sobrecogedor resultó el Andantino. Esa melancolía casi inmóvil que Schubert transforma de pronto en un estallido de angustia encontró en Yepes una intérprete capaz de mantener la tensión sin exageraciones. Fue uno de esos movimientos que remueven tanto la inteligencia como la emoción: el caminante schubertiano vuelve a aparecer, dudando siempre del siguiente paso, dejando melodías que parecen esperar la voz de un cantante invisible.

El Scherzo ofreció el necesario respiro antes de un Rondo final donde la pianista volvió a combinar lirismo y dramatismo hasta desembocar en una coda de enorme fuerza expresiva. Una interpretación madura, profundamente reflexionada y construida desde la honestidad musical, sin buscar efectos externos, dejando que fuera la propia arquitectura de la obra la que emocionara al público.

Como propina llegó un delicioso regalo mozartiano: el breve Allegro en fa mayor KV 33b, compuesto cuando Mozart tenía apenas once años. Un final luminoso que devolvió la sonrisa tras el intenso viaje emocional propuesto por Schubert y que confirmó el excelente momento artístico de Carmen Yepes, una pianista que une experiencia, inteligencia interpretativa y una admirable capacidad para comunicar la música desde la sencillez.

PROGRAMA:

Domenico Scarlatti (1685-1757):

Tres sonatas:

K. 247 en do sostenido menor

K. 115 en do menor

K. 416 en re mayor

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sonata KV. 332 en fa mayor:

Allegro – Adagio – Allegro assai

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata Póstuma D. 959 en la mayor:

Allegro – Andantino – Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento – Rondo. Allegretto

 Propina:

W. A. Mozart:

Allegro (Klavierstück in F, KV 33b)

Amor y deber para una clausura faraónica

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Domingo 12 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Ópera. Palacio de Carlos V: Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director del coro), Dominic Limburg (director musical), Manuel Fuentes (bajo), Ketevan Kemoklidze (mezzo), Olga Maslova (soprano), Francesco Meli (tenor), Inho Jeong (bajo), Fabián Veloz (barítono), Néstor Galván (tenor), Patricia Calvache (soprano): Aida, ópera en cuatro actos (1871) en versión concierto. Música de Giuseppe Verdi y libreto de Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle, inspirado en un texto de Auguste Mariette Bey. Estrenada el 24 de diciembre de 1871 en el Teatro de Ópera del Jedive de El Cairo. Fotos © Festival de Granada – Lucía Rivas, y propias.

Última noche de mi festival y Aida para clausurar esta septuagésimoquinta edición, la antepenúltima ópera de Verdi, quien también se rindió a la fascinación por Egipto a partir del libreto de Mariette, y que no pudo estrenar en la inauguración del Canal de Suez (se programó Rigoletto) para esperar  hasta la Nochebuena de 1871, haciendo de mi día 34 en Granada otra noche buena para los verdianos.

Si las escenografías provocan últimamente críticas no muy positivas, al menos las versiones en concierto nos permiten imaginar nuestros propios decorados. Sumemos que los protagonistas traen rodada la ópera desde Sevilla (con mínimos cambios en el reparto que dejo al final de la entrada), interactuando y dramatizando la lucha entre el amor y el deber, por lo que el éxito de esta Aída imperial de Granada fue rotundo.

Los dos primeros actos, aprovechando la increíble acústica palaciega, suponen un despliegue sinfónico coral que por momentos se apoderó de los solistas, ellos fueron verdaderos valientes con sus volúmenes, con el maestro suizo Dominic Limburg que disfrutó de una excelente ROSS  y un magnífico coro del teatro sevillano, para en los actos finales manejar sutilmente todos sus efectivos, atento a los matices, fraseos, complicidades y riqueza tímbrica en una partitura que exige de principio a fin, contando, como es de esperar, de un reparto vocal homogéneo, equilibrado y con el trío protagonista brillando en la noche.

Tras una obertura íntima y «en frío» llegaría el Radamés del tenor genovés Meli con la archiconocida Celeste Aida, reto vocal que uno de los tenores favorito de Muti afrontó valiente, de timbre idóneo y color esmaltado, agudos limpios y seguros, de buen fiato, esperando a la Amneris de la segunda triunfadora de la noche, la georgiana Ketevan Kemoklidze, vestido verde esperanza y dominadora de principio a fin a lo largo de la función. El trío lo completaba la soprano rusa Olga Maslova que debutaba su personaje. Iría de menos a más, dejándonos arias, dúos y concertantes de mucha calidad afianzándose según avanzaba la noche.

Prosiguiendo con las apariciones en escena, tanto El Rey del bajo Manuel Fuentes como el mensajero del tenor canario Néstor Galván, irían sumándose el en difícil equilibrio entre potencia y musicalidad, que como el resto, irían ganando seguridad: Ramfis con el bajo coreano Inho Jeong poderoso y rotundo, más las imponentes voces graves del Teatro de la Maestranza, cantando a “¡Radamés!” que retumbaba en la piedras renacentistas del palacio imperial, al igual que el grito de “Guerra” con la ROSS pletórica en todas las secciones, ubicando trompetas en la galería del primer piso con ese efecto envolvente y la popular “Marcha triunfal” verdadera gloria y regocijo sonoro. Maslova ya desgranó su calidad vocal en Retorna vincitor y la sacerdotisa gaditana Patricia Calvache contestaría con su voz hermosa desde el “altar metálico” rodeada de las voces blancas del coro, en diálogo con las graves y un Radamés siempre presente.

Los personajes entraban y salían por la rampa izquierda y comenzaba, sin apenas pausa, el segundo acto, esclavas y Amneris empastadas, sentidas, con la orquesta arropándolas y silencios marcados para mayor expresión y dramatismo, sumándose Aida. Momentos bien cantados, matizados, con otra intervención coral segura, afinada, nueva petición de “guerra y muerte al extranjero” empujados por el ejército instrumental, una escena segunda que iría avivando el fuego operístico y un Amonasro del argentino Fabián Veloz en “contrapeso” al Radamés de Meli.

Tras el descanso los mejores y más sentidos momentos de esta joya verdiana, las sacerdotisas en la escalera derecha del fondo con una de las dos arpas, recibiendo a Amneris con Ramfis, y a continuación Aida con la bellísima aria Qui Radamès verrà!  Che vorrà dirmi? Io tremo! ya centradísima la soprano rusa con la posterior aparición y diálogo con Amonasro que se escondería saliendo por el lateral derecho. Emociones, amores y obligaciones preparando la escena con Radamés, otro momento mágico con un empaste vocal con interacción entre Meli y Maslova, más el retorno de Amonasro. Si la georgiana Kemoklidze ya dominaba desde el inicio, vestida de color burdeos irrumpía para proseguir su poderío escénico y vocal, un concertante final del tercer acto que dejaba al público asombrado de unas voces y orquesta en su punto, siempre guiadas por un Dominic Limburg atento a todo, de gesto claro, amplio, manteniendo el equilibrio musical sin excesos.

Último acto para la “coronación” de Kemoklidze plena en gestualidad, maravillosos movimientos girándose sin perder volumen ni proyección, química con Radamés Meli en un “duelo vocal” impecable, sentido, mejor cantado y emocionante. Seguiría la pugna argumental con Ramfis, sacerdotes y Amneris elevando la trama con entrega total, sentimientos cantados, expresivos, delicados con la respuesta dura al grito de È traditor! È traditor!, Morrà!, montaña rusa o pirámide de emociones antes de entrar en el templo de Vulcano, esta última noche imperial. La maravilla vocal entre Radamés y Aida O terra, addio, las sacerdotisas fuera de la tarima y la súplica final de Amenris Pace, t’imploro, el trío protagonista para cerrar trama, criptas y losas egipcias esta vez palaciegas para la “Aida sevillana” que viajó a Granada.

ELENCO:

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS)

Coro Teatro de la Maestranza

Íñigo Sampil, director del coro

Dominic Limburg, director musical

El Rey: Manuel Fuentes, bajo

Amneris: Ketevan Kemoklidze, mezzosoprano

Aida: Olga Maslova, soprano

Radamès: Francesco Meli, tenor

Ramfis Inho Jeong, bajo

Amonasro: Fabián Veloz, barítono

Un mensajero: Néstor Galván, tenor

Gran sacerdotisa: Patricia Calvache, soprano

Nacidos para ser yunque

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Viernes 10 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Coro de la OCG (Héctor Eliel Márquez, director del coro), solistas, Lucas Macías (director). Obras de Mascagni, Wagner y Falla. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

El festival granadino está ya en la recta final y en la antepenúltima noche que coincidía con el partido entre España y Bélgica (victoria sufrida) volvía al Palacio para comprobar en vivo el trabajo del maestro Lucas Macías con la OCG, pues con la OFil le sigo desde su titularidad y tenía curiosidad en un programa donde Mascagni y Wagner los tiene muy trabajados aunque el reto estaba en el estreno de La vida breve (1905) en su versión “original”, la ópera de Manuel de Falla y que se enmarca en el 150 aniversario del gaditano.

La Web presentaba el programa como El taller de Falla:

La Orquesta Ciudad de Granada bajo la dirección de Lucas Macías presenta un programa que recorre algunos hitos del teatro musical europeo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Intermezzo de Cavalleria rusticana de Mascagni y el Preludio y Muerte de Isolda en su primera versión sitúan al oyente en el núcleo del drama operístico. El centro del concierto lo ocupa en cualquier caso La vida breve de Manuel de Falla en su primera versión inédita, una partitura desconocida que permite redescubrir el proceso creativo del compositor y su temprana síntesis entre tradición lírica europea y elementos populares. Esta recuperación aporta una mirada nueva sobre una de las óperas fundamentales del repertorio español, revelando matices estructurales y expresivos que enriquecen la comprensión de la obra y de su contexto histórico.

Antes del concierto, y tras las palabras de Paolo Pinamonti (el micrófono no funcionó) pidiendo al público guardar un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del trágico incendio forestal ocurrido en Los Gallardos (Almería), comenzaba una velada que no colmó mis expectativas iniciales. La orquesta granadina va tomando forma aunque la noté descommpensada, con pocos contrabajos para dar consistencia en los graves, que con un tarima al menos ganaría en profundidad, una cuerda que va buscando su sonido aunque le falte algo más de tensión. En el Intermezzo de Cavalleria rusticana de Mascagni los cellos sí frasearon con gusto y musicalidad, la madera sí estuvo empastada más los metales sonaron algo destemplados, supongo que por la temperatura palaciega aunque al atardecer siempre desciende.

Para cerrar la primera parte el Preludio y Muerte de Isolda en su primera versión volvió a reflejar las carencias pese a los intentos del maestro onubense en la búsqueda de la tímbrica ideal para esta maravilla wagneriana. Me pareció, si se me permite el guiño cómico, un “Tristón e Isorda” sin la tensión y emoción que esta joya sinfónica necesita. La relación del alemán con el gaditano para la segunda parte las refleja muy bien Jorge de Persia en las notas al programa, y seguro que con más trabajo la OCG irá creciendo. Tocar en casa es una responsabilidad y aún mayor con estas páginas exigentes que suponen algo más que hacer sonar lo escrito en vez de sentirlo y disfrutarlo.

Tras la pausa de hidratación tan futbolera y comprobar cómo iban los cuartos de final llegaría el esperado estreno de la primera versión de Falla, con toda la historia que conlleva y que daría para un análisis más profundo ante lo que bien podría ser un borrador para una obra que tanto trabajo le costó al gaditano enamorado de Granada.

Con el propio Coro de la OCG que dirige Héctor Eliel Márquez (con unos días intensos tras el concierto del Numen Ensemble), y un amplio elenco de solistas, llegaba el estreno de la primera versión inédita de 1905 de La Vida Breve. Las notas de Jorge de Persia comentan que «hasta algo más de un año atrás la única fuente completa primigenia conservada de 1905 era la partitura de canto y piano y algunas páginas que Antonio Gallego suponía acertadamente pertenecientes a la de orquesta, considerada perdida en su totalidad». Se aprecian los “añadidos” en algunas partes y la instrumentación pero se mantiene el resto. Una ópera en concierto tiene la ventaja de imaginar cada cual la escenografía: el cercano Albaicín, la puesta de sol en la capital nazarí, la casa humilde de Carmela en Granada más la boda y el final trágico tan romántico.

Pero cantantes no interactuaron como se podría esperar, reconociendo que al tratarse de una edición nueva era mayor la preocupación en la fidelidad que la entrega a los distintos personajes. Pese a todo, la mezzo valenciana Silvia Tro Santafé gozó de buena Salud, buenos agudos, excelente proyección y el dramatismo de su papel. Otro tanto el Paco del tenor asturiano Alejandro Roy, que ha ganado en el registro grave manteniendo su poderío en estos roles veristas que domina con soltura. La abuela canaria Belén Elvira pide unos graves donde la pérdida de volumen se notó por una OCG que no bajó las dinámicas, y la elección de mezzos pedía una mayor diferenciación de color, compensada por la expresividad. Breves las intervenciones del bajo barcelonés Joan Martín-Royo (El tío Sarvaor)al que le ocurrió otro tanto, y la tercera mezzosoprano de la noche, Leticia Rodríguez (Carmela), sin dejarme a los barítonos Andrés Merino (Manuel) y Álvaro Gallegos «en la fragua».

Mención aparte de Antonio Gómez El Turry, cantaor que aporta a la obra el toque flamenco. Casi escondido detrás de los contrabajos y amplificado, al igual que la guitarra de Luis Mariano, pienso que innecesariamente pues debe escucharse en la lejanía aunque en el escenario había monitores para que Macías y la orquesta les escuchasen y pudiesen encajar, a la perfección, el cante y toque natural y “ad libitum” de la pareja.

Del coro destacar volumen y afinación tanto en las voces graves como en las blancas, el buen emparte todos juntos, incluso los jaleos y gestos escritos por Falla, y al proyectarse los textos podíamos seguir esa letra con los giros andaluces (“Arsa”) donde las consonantes desaparecen “mujé”, las jotas casi aspiradas y la frase repetida como leitmotiv ”¡Malhaya quien nace yunque, en vez de nacer martillo!”.

Enorme trabajo con poco tiempo para poder preparar concienzudamente y escuchar este drama lírico de Falla por parte de todos, que además se retransmitió en directo por Canal Sur TV y Radio Clásica (que a su vez lo remitirá a la UER). El reto en la dirección para Lucas Macías es un escalón más para comprobar su crecimiento desde el podio con sus actuales tres orquestas sinfónicas. Y si suelo jugar con las palabras, esta vez no titulo la entrada como “Falla no falla” sino que me quedo con el paralelismo del yunque sobre el que golpeó el martillo.

ELENCO:

Orquesta Ciudad de Granada (OCG)

Lucas Macías, director

Coro de la OCG

Héctor Eliel Márquez, director del coro

Silvia Tro Santafé, mezzosoprano (Salud)

Belén Elvira, mezzosoprano (La abuela)

Leticia Rodríguez, mezzosoprano (Carmela)

Álvaro Gallegos, tenor (voz de la fragua)

Alejandro Roy, tenor (Paco)

Joan Martín-Royo, bajo (El tío Sarvaor)

El Turry, cantaor

Andrés Merino, barítono (Manuel)

Luis Mariano, guitarra

PROGRAMA:

I

Pietro Mascagni (1863-1945)

Intermezzo, de Cavalleria rusticana (1889)

Richard Wagner (1813-1883)

Preludio y Muerte de Isolda, de Tristan und Isolde (primera versión, 1857-59)

II

Manuel de Falla (1876-1946)

La vida breve (1905)

Drama lírico en dos actos y cuatro cuadros

Libreto de Carlos Fernández Shaw

Estreno de la primera versión inédita de 1905

Edición de la partitura dirigida por Álvaro Flores Coleto / Manuel de Falla Ediciones S. L.

En conmemoración del 150 aniversario de Manuel de Falla

Perianes no falla

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Lunes 6 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Recital. Patio de los Arrayanes: Javier Perianes (piano). Obras de Falla, Chopin y Albéniz. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Hay lugares donde el piano parece encontrar su espacio natural. El Patio de los Arrayanes es uno de ellos. El rumor constante del agua, la geometría serena de la Alhambra y el silencio expectante del público componían el mejor marco posible para el regreso de Javier Perianes (Nerva, 1978), uno de esos músicos que no necesitan demostrar nada porque llevan años confirmándolo todo. Lo llamé hace años «el Sorolla del piano» con su aquiescencia, porque, como el pintor valenciano, trabaja la luz más que el color. Sus interpretaciones nunca buscan el efecto inmediato, sino esa claridad que parece surgir desde dentro de la propia música. Cada obra termina iluminada de una manera distinta.

La web del festival titulaba Falla y su profeta con las siguientes palabras:

En el año dedicado a Manuel de Falla, la presencia de Javier Perianes, uno de sus intérpretes de referencia, adquiere un valor especialmente significativo. El pianista regresa a los Arrayanes con un programa que sitúa a Falla en diálogo con dos figuras decisivas de su universo estético. La primera parte explora la afinidad entre el joven Falla y Chopin, visible en nocturnos, mazurcas y piezas de aliento lírico en las que se reconocen la herencia romántica, el refinamiento armónico y la atención al canto interior. En la segunda, las Cuatro piezas españolas de Falla se insertan en el marco más amplio del nacionalismo pianístico, junto a una selección de Iberia de Albéniz, auténtica cima del piano del siglo XX. El considerando traza así un recorrido coherente entre influencia, identidad y madurez creadora.

El programa nunca fue un enfrentamiento, fue una genealogía, una conversación transversal entre estéticas, lenguajes y raíces, leída desde el piano con inteligencia y una extraordinaria capacidad narrativa que Perianes sigue llevando por distintos escenarios.

La velada se abrió con el Nocturno (1896) de un joven Manuel de Falla, todavía impregnado del romanticismo tardío y de la herencia chopiniana, casi entendiendo esta primera parte como “afinidades inesperadas”. Perianes abordó este nocturno con un fraseo flexible y una sonoridad contenida, subrayando su carácter introspectivo sin exagerar la nostalgia para a continuación, el Nocturno en do sostenido menor, op. 27 nº 1 de Chopin que apareció como una prolongación natural del discurso: atmósferas densas, tensiones armónicas sutiles y un uso del rubato tan elegante como controlado.

Las mazurcas reforzaron ese diálogo implícito: la Mazurca en do menor de Falla, seguida de las mazurkas chopinianas (op. 7 nº 2 y op. póst. 67 nº 1), evidenció cómo ambos compositores, desde contextos culturales distintos, supieron transformar la danza popular en materia poética. Perianes evitó cualquier acento “folklorizante” superficial, apostando por una lectura depurada, de ritmos insinuados y clara articulación, pues en estos momentos el mejor Falla sigue sonando en las manos del onubense.

En la Serenata andaluza y la Canción de Falla, sacó a relucir una paleta tímbrica luminosa, casi guitarrística, mientras que obras como el Vals en la menor, op. 34 nº 2 y la Berceuse, op. 57 de Chopin se desplegaron con una ‘cantabilidad’ (si se me permite el palabro) exquisita, de líneas largas y respiración natural, sin perder nunca la tensión interna, Perianes volvió a demostrar que el silencio también forma parte de la interpretación. No deja morir una nota: la escucha extinguirse.

Falla y Albéniz, España como idea sonora que ahondó en nuestra identidad musical desde dos perspectivas complementarias además de enriquecedoras. Las Cuatro Piezas Españolas de Falla (Aragonesa, Cubana, Montañesa y Andaluza) fueron interpretadas con una claridad estructural admirable, resaltando su modernidad armónica y su refinamiento rítmico, lejos de cualquier pintoresquismo pero de trazo ágil, luminoso y con la luz del mago evocando paisajes nuestros.

Escuchar “Iberia” en la Alhambra tiene inevitablemente algo de regreso al origen. No porque Albéniz escribiera pensando en Granada, sino porque pocas arquitecturas dialogan tan bien con ese mundo sonoro hecho de luz, distancia y memoria. La selección de Evocación, El Puerto, Almería y Triana permitió a Perianes desplegar aún más toda su autoridad en este repertorio del que no solo es embajador sino todo un referente. Mientras escuchaba desde mi incómoda silla Evocación no pude evitar acordarme de Esteban Sánchez, cuya lectura de “Iberia” sigue ocupando un lugar privilegiado en mi discoteca. Las comparaciones son inevitables, aunque también injustas. Perianes no pretende parecerse a nadie. Esta selección posee una claridad de texturas y una naturalidad en el discurso que la hacen profundamente personal.

Primera parte nostálgica, con nocturnidad sin alevosía, honda, sentida, con el poso onubense, y la segunda tan festiva como la victoria de España ante Portugal rozando una prórroga que no llegó a dejarnos in albis.

Y como si me hubiese leído el pensamiento, la propina fue casi una parte extra y con memoria: el propio homenaje a Falla con su Fantasía Bética (1919) que en Cáceres dedicó al ilustre pianista pacense Esteban Sánchez (Orellana la Vieja, Badajoz: 1934 -1997), pues no hubo mejor intérprete para esta impresionante fantasía, cerrando este recital granadino con una fuerza simbólica y musical incontestable. El de Nerva mostró y demostró su vertiente más poderosa y rítmica, sin perder nunca el control ni la claridad, en una obra exigente que resume como pocas el espíritu moderno y telúrico del compositor gaditano. Aún llegarían dos más: Sevilla (Albéniz) rindiendo el tributo al de Campodrón tras la Bëtica que «no falla», puro arte de esta tierra andaluza, y la Danza ritual del fuego (Falla) ardiendo con llamas a punto de quemarnos para concluir el inicio de la última semana de festival.

No todos los grandes pianistas consiguen que el público salga hablando del programa antes que de la dificultad técnica. Javier Perianes sí, porque su virtuosismo nunca reclama protagonismo: está al servicio de la música. Lo verdaderamente memorable de esta noche no fueron los pasajes imposibles de Iberia, ni la arquitectura perfecta de Chopin, sino la sensación de haber asistido a una conversación íntima entre tres compositores separados por el tiempo y unidos por una misma idea de belleza. Cuando terminó el recital, el rumor del agua volvió a quedarse solo en el Patio de los Arrayanes. Quizá era la mejor manera de entender lo que acabábamos de escuchar: un piano que nunca necesita levantar la voz para decirlo todo. Perianes, una vez más, no falló.

PROGRAMA:

I

Manuel de Falla (1876-1946)

Nocturno (1896)

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturno en re bemol mayor, op. 27 nº 2 (1835)

Manuel de Falla

Mazurca en do menor (1899)

Fryderyk Chopin

Mazurca en la menor, op. 7 nº 2 (1830- 31)

Mazurca en sol mayor, op. 67 nº 1 (1835)

Manuel de Falla

Serenata Andaluza (1900)

Fryderyk Chopin

Vals en la menor, op. 34 nº 2 (1831)

Manuel de Falla

Canción (1900)

Fryderyk Chopin

Berceuse en re bemol mayor, op 57 (1843, rev. 1844)

II

Manuel de Falla

Cuatro piezas españolas (1906-1909)

Aragonesa

Cubana

Montañesa

Andaluza

Isaac Albéniz (1860-1909)

Iberia (Selección. 1905-08)

Evocación

El Polo

Almería

Triana

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