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El arte de escuchar

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Abono 14 «Sublime ambición», Cuarteto Quiroga y OSPA. Obras de Beethoven, Haydn y Mozart.

En la Festividad de Santa Rita, llamada abogada de los casos imposibles y patrona de las causas difíciles, el antepenúltimo abono de la OSPA (encomendándonos a ella para que la próxima temporada acuda más público), nos devolvía un concierto con «los clásicos» que no pueden faltar en cada curso, y sin director pero con el Cuarteto Quiroga, repetíendo la experiencia de hace un año con los mismos compositores y tres obras que la doctora Mª Encina Cortizo presenta en las notas al programa como «Sublime ambición».

Los encuentros previos a las 19:15 horas en la Sala de conferencias nº 1 sí está siendo un éxito porque la transmisión oral («el boca a boca») sí funciona y siempre aprendemos de las interioridades tanto de los invitados como de las obras que posteriormente escuchamos. Moderados por Fernando Zorita acudieron todos los componentes de «El Quiroga» (el asturiano Aitor Hevia, el gallego Cibrán Sierra, el valenciano Josep Puchades y la madrileña Helena Poggio) que no solo compartieron cómo coordinar sus carreras como solistas o profesores con el cuarteto, los nuevos proyectos, la toma de decisiones siempre democráticas (en las orquestas parece imposible porque quien manda es la batuta), con lo que tiene de enriquecimiento, o la simpática  comparación que Sierra hizo de qué es un cuarteto: el chelo es la botella, sin ella no hay nada; el primer violín es la etiqueta y el diseño, pero el auténtico vino son el segundo y la viola, con todo el humor y reflexión sobre los buenos compositores que se diferencian no por las melodías sino por su desarrollo, recordando la frase de Brahms «No es difícil componer, pero es maravillosamente difícil dejar que las notas superfluas caigan bajo la mesa. . . Hay tantas melodías volando que hay que tener cuidado de no pisarlas».

Sobre tener a la orquesta sin director es algo necesario, enriquecedor e incluso habitual cuando hay un solista que también «conduce» desde el piano o el violín. En estos casos siempre destaco la dificultad que ello conlleva y precisamente durante el encuentro previo al abono 12 de esta temporada, la violinista y directora Antje Weithaas nos comentaba, junto al gerente Oriol Roch, que «exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse», pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado. No es imposible cuando el Cuarteto Quiroga, con quien la OSPA lleva años de colaboración (especialmente con Aitor Hevia de concertino invitado), sabe «hacer equipo», compartir experiencias para hacer que una formación esta vez sin superar los 50 músicos (como era en los tiempos clásicos y muy alejadas de nuestras cercanas grabaciones de los Karajan o Kleiber, por citar dos referentes de mi juventud) suene camerística. Aprender a escucharse, mantener la atención a los detalles, incluso desde la «distancia» de los cuatro atriles que comandaron toda la cuerda, pero especialmente en este programa ¡valorar los silencios! que son tan importantes en los tres compositores: expresión y dramatización que obliga a mantener la pulsación interior en todos los miembros de la orquesta mientras el sonido aún está flotando en el aire antes de atacar el siguiente compás.

El arte del silencio realzando la expresividad aparece ya en Coriolano: obertura, op. 62 (1807) del genio de Bonn con una plantilla de 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (12-10-8-6-4).

Con Hevia marcando, fraseando y contagiando el tempo escrito por Beethoven como Allegro con brio, comunicando y ejerciendo el mando otorgado, parecía difícil encontrar los balances perfectos entre cuerda, viento y timbales -de cobre-, pero una vez que la sincronización en el latir musical se alcanzó (que costó algunos compases), esta página llena de tragedia de un Beethoven con 37 años ya romántico, sacó de la OSPA esa mezcla de aire heroico y lírico, con un empaste ideal desde la plantilla idónea donde el Cuarteto Quiroga ocupó los atriles principales de la cuerda, algunos coprincipales hoy principales -también varias «caras nuevas»- pero todos manteniendo calidad, profesionalidad en este compartir la escucha ¡y los silencios!.

En la Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78 de «papá Haydn», que la doctora Cortizo cuenta «es una de las tres (76, 77 y 78) que Haydn escribe en 1782, todavía en Esterházy, con 50 años, para una visita a Londres que finalmente se retrasará una década. En una carta al editor francés Boyer, Haydn las define como «hermosas, magníficas y no muy largas […] muy fáciles y sin demasiado concertante». Mientras que las sinfonías 76 y 77 presentan un carácter galante, ésta explora la sensibilidad Sturm und Drang en los movimientos extremos», pasaría al concertino Sierra, y con una plantilla más reducida (flauta, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas y la cuerda), de nuevo la exigencia, la atención y el respeto a los silencios escritos en este romanticismo que ya es «la tormenta y el ímpetu» (traducción del  Sturm und Drang), dinámicas bien marcadas, los balances con la gestualidad habitual del violinista orensano, retorciéndose o levantándose de la silla y blandiendo el arco para subrayar o recordar las entradas del viento.

Todos latiendo con el mismo pulso, desde el Vivace inicial (contrastes ideales del oboe con el tutti) al bello Adagio siguiente, una esfuerzo equiparable al de los deportistas de élite por los cambios de ritmo que encajaron todos a la perfección. Y subiendo «revoluciones» el expresivo Menuetto: Allegretto perfectamente sincronizado en fraseos, intervenciones solistas, aires y planos sonoros antes del valiente Presto final, un rondó lleno de pasión e interpretación no ya académica sino la demostración de una OSPA convencida, madura, respetuosa con la partitura bien entendida por «El Quiroga» compartida con la formación asturiana.

Y volvía «al frente» Hevia para Mozart y la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543, nuevo reto conjunto en una obra de la llamada trilogía final escrita entre junio y agosto de 1788, con 32 años y con la controversia del motivo de la composición, aunque a diferencia de Haydn o Beethoven, la escritura fluye tan espontánea y natural como solo el prodigio de Salzburgo era capaz. Así la entendieron todos ellos con una plantilla conformada por flauta, 2 clarinetes, 2 fagots, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (destacando la tarima que refuerza los graves en los cuatro contrabajos). La sonoridad resultó perfecta, equilibrada en todas las secciones, aún más exigente que en Haydn, pues la engañosa facilidad mozartiana pide atención continua y el mínimo despiste, más aún sin director, puede dar lugar a entradas en falso. Pero los cuatro movimientos (I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro) fluyeron con la naturalidad de unos músicos que disfrutan con estos repertorios, la riqueza de nuestra orquesta que a lo largo de esta temporada, que va llegando a su fin, han transitado estilos, compositores, épocas y batutas muy distintas. Arranque con los timbales mandando a una cuerda aterciopelada e incisiva, flauta clara -como toda la madera-, metales empastados (dos trompas perfectas y abriendo sonido cuando debían) seguido por el Allegro luminoso, valiente y equilibrado; el Andante con moto sereno, aún más complicado hacer latir con menos pulsaciones pero logrado sin aparente esfuerzo colectivo, verdadero disfrute de la madera y sus diálogos en pasajes cual ópera sinfónica; «marcando el paso» el Menuetto, incisivo, contrastado, fraseos y acentos claros; y el Finale valiente de metrónomo, equilibrados los balances marcados desde el puesto de concertino pero plenamente asimilados, alegría contagiosa con el Cuarteto Quiroga contagiando su espíritu de unidad y calidad donde poder disfrutar de intervenciones plenas de gusto, personales pero compartidas.

PROGRAMA

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Coriolano: obertura, op. 62

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)
Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78:

I. Vivace / II. Adagio / III. Menuetto: Allegretto / IV. Presto

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)
Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543:

I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro

Arde París

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Martes 21 de mayo, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Emily D’Angelo (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Arriaga, Rossini y Falla. Fotos de Pablo Piquero y propias.

En una semana de lo más musical, acabando mayo llegaba el antepenúltimo de los Conciertos del Auditorio «Con París como telón de fondo» como titula Pablo Meléndez-Haddad las notas al programa. Y Oviedo Filarmonía pasaba con la ductilidad a la que nos tiene acostumbrados del foso zarzuelístico al repertorio sinfónico, con un ajetreado final de temporada, que nuevamente con su titular Lucas Macías Navarro (quien además acaba de renovar hasta la temporada 2027-28 con la OCG y la nueva gerencia de Ana Mateo). Orquesta y maestro siguen creciendo y haciendo crecer cada actuación en estos años de estabilidad.

Volvía nuevamente a Oviedo la mezzo canadiense Emily D’Angelo (Toronto, 23 de septiembre de 1994) que tan grato recuerdo nos dejó hace cuatro años, encandilando al numeroso público del auditorio especialmente con Rossini, pero esto lo cuento más adelante.

Al malogrado compositor vizcaíno Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Baizola (Bilbao, 1806 – París, 1826) se le ha llamado «El Mozart español» por ser un niño prodigio pero de sorprendente «madurez melódica y expresiva» como nos cuenta mi tocayo periodista, historiador y crítico musical. No es habitual en lo conciertos pese a que su calidad es equiparable a los mejores clásicos, manteniendo un estilo propio. Retomo las notas de Meléndez-Haddad sobre el genio vasco (de quien conmemoramos su 200 aniversario), «formado como músico en París, con once años ya comenzaba a destacar por su calidad y obras como su  ópera Los esclavos felices (1820), escrita el año anterior a su traslado, con 15 años, a París, donde se inscribiría en la École Royale de Musique et Declamation, siendo discípulo de Cherubini, quien le nombró profesor ayudante, sus obras se mueven entre el Clasicismo vienés y el incipiente Romanticismo francés».

La Sinfonía en Re para orquesta sinfónica, es una partitura ideal para formaciones como Oviedo Filarmonía. La Orquesta del Conservatorio de París, que la estrenó, no llegaba a los 40 músicos, mientras en el auditorio estos eran toda la cuerda (capitaneada por Marina Gurdzhiya) más viento a dos -sin trombones ni tuba- y timbales. De las grabaciones existentes, tengo en CD las de López Cobos con la Orquesta de Cámara Inglesa, y la de Jordi Savall con su orquesta Le Concert des Nations, ambas dignas de reescuchar, y que en el directo de esta jueves con calor veraniego, sumó fuego a todo el programa.

De estructura clásica en cuatro movimientos (Adagio, Andante, Allegro-Minuetto y Allegro con moto), su orquestación permitió comprobar el excelente momento de esta orquesta ambiciosa y colorista como la propia partitura de Arriaga. Una madera empastada, cuarteto de metales a pares (trompetas y trompas) de sonido orgánico y una cuerda que da gusto escucharla con un sonido claro, aterciopelado y compacto, siempre bien llevada de la(s) mano(s) de Macías.

El cisne de Pésaro tiene un lenguaje propio e inimitable por su manejo melódico, las armonías y una instrumentación única, tanto en sus óperas como en los «pecados de vejez». Esta Giovanna d’Arco (1832), cantata para voz solista y piano, en el arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino (Palermo, 1947), Rossini la estrena primero en su casa parisina (1 de abril de 1859) con él al piano y la célebre Marietta Alboni, antes de abandonarse a los placeres culinarios. Hay una versión orquestal de 1842, aunque la de Sciarrino es un encargo del Festival Rossini (1989) estrenada por nuestra Teresa Berganza bajo la dirección de Alberto Zedda.

Como tantos otros, el italiano se rindió a la santa doncella quemada en la hoguera, con ese estilo romántico que no faltó en la interpretación de una Emily D’Angelo ideal por tesitura, color, proyección e incluso dramatismo. Página bien interiorizada por la mezzo canadiense a quien solo faltó el fuego alrededor, pero que puso toda la carne en el asador, bien cocinada por Macías y la OFIL que mantuvo bien planos y dinámicas, en parte por una mezzo de registro grave, cercano al original de contralto, aunque con unos agudos y agilidades casi «belcantistas» que le permitieron afrontar esta cantata operística por su escritura (donde no faltan los recitativos) con una orquesta que fue manteniendo vivo el fuego enriqueciendo el original con piano.

La orquestación de Salvatore Sciarrino es totalmente respetuosa con el estilo del gourmet, y nos permitió disfrutar de una OFIL magnífica en todas las secciones, arropando a esta Juana de Arco convincente, pletórica y con una dramatización digna de las grandes figuras de la lírica (como demostrase en su recital junto a la soprano ucraniana Olga Kulchynska) incluso por el vestuario y corte de pelo habituales.

Sobre esta cantata, Meléndez-Haddad escribe: «Sigue siendo un misterio la autoría del libreto utilizado por Rossini en su Grande scena Giovanna D’Arco. Cantata a voce sola con accompagnamento di piano, espressamente composta per Madamigella Olimpia Pélissier da Rossini, aunque algunas fuentes apuntan al libretista Gaetano Rossi (1774-1855), quien colaboró con Vaccai en una ópera basada en la vida de la santa. Lejos de pretender brindar dimensión operística a esta pieza, una de las últimas de Rossini antes de su abrupta retirada, el compositor opta por un monólogo para voz de contralto con la típica estructura de cantata italiana con raíces en el Barroco dividida en recitativo / aria / recitativo / cabaletta brillante, secciones que permiten detallar la lucha interior de la heroína. El arco dramático camina desde un comienzo íntimo, melancólico, para posteriormente evocar a su madre y a su familia (“O mia madre, se frattanto”), para decantar en una emoción tan contenida como profunda antes del apasionado final (“Corre la gioia di core in core”), en el que la doncella, plena de energía y determinación, acaba celebrando su infausto destino». Así la afrontaron D’Angelo y OFIL con su titular Macías Navarro, una página poco habitual en los conciertos y que el público asturiano tan lírico siempre agradece acudiendo puntualmente a estos conciertos.

Este año se conmemoran los 150 años del nacimiento y 80 de la muerte del gaditano Manuel de Falla (1876-1946) cuya música eleva el nacionalismo español hasta el universo mundial, con obras sinfónicas que son habituales en los conciertos, más aún en este 2026. Para la ocasión y aprovechando la presencia de la mezzo canadiense, la segunda parte la ocuparía El amor brujo (versión de 1925). El maestro Macías repetirá con Falla en el 75 Festival Internacional de Granada al frente de la OCG en la primera versión inédita de 1905 de su ópera La vida breve el próximo 10 de julio en el Palacio de Carlos V en este #Falla150, donde en el amplio elenco estará el tenor asturiano Alejandro Roy (dejo sobre estas líneas el avance en el programa). 

El amor brujo es un ballet-pantomima escrito para orquesta de cámara entre 1914 y 1915, recién acabado de llegar de París, donde residía, huyendo de la guerra. «Sobre un libreto de María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra lo presentará en 1915 en el Teatro Lara de Madrid como gitanería, incluyendo danzas, canciones y texto según lo solicitado por la mítica Pastora Imperio. Al año siguiente Falla replantea la obra y propone una orquestación para conjunto sinfónico antes de una tercera revisión que se daría a conocer en París en 1923, la misma que, dos años después, estrena como ballet». Si de Arriaga refería mis grabaciones, de este «Falla brujo» casi puedo decir que colecciono versiones de todo tipo, donde no faltan las cantaoras pues en El amor brujo late el profundo conocimiento que Falla tenía del cante jondo (recordando que en 1922 junto a Lorca organizó en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra granadina el primer concurso, germen del actual festival internacional de música y danza de la capital nazarí). Pero si me piden una, aunque todos sepamos lo que supone grabar en estudio y nada que ver con el siempre irrepetible directo, me quedo con Rocío Jurado y la ONE dirigida por Jesús López Cobos, banda sonora de la película de Carlos Saura, pues nadie como la chipionera para poner fuego, pasión, celos y fantasmas, el retrato de Candela y Carmelo, la pareja de enamorados que lucha contra todo, un canto al amor teñido de genuino duende y quejío. Claro que de las líricas evidentemente elijo a la siempre recordada madrileña Teresa Berganza, porque sigue siendo mi referente entre «las grandes de la escena».

Es difícil para las mezzos y aún mejor contraltos rodadas en la lírica, captar la esencia flamenca que exige otra técnica y estilo, más tras el Rossini anterior donde el fuego alcanzó altas temperaturas para arrancar este Amor brujo ovetense. Para la Candela canadiense con perfecta dicción española no es el mejor papel al que enfrentarse. Sobreponiendo a su vestuario una gasa negra con grandes lunares -un toque actual flamenco-, sus intervenciones (Canción del amor dolido, Canción del fuego fatuo, Danza del juego del amor y Las campanas del amanecer) fueron de menos a más, pues la orquesta arrancó poderosa en la Introducción y escena sin bajar decibelios para el primer número. Para la mezzo en el registro grave pierde volumen aunque mantiene el color y cuerpo que mostró en la primera parte; mejor el fuego fatuo que intentó quemarla como a Juana de Arco, pero solventó con un estilo propio, elegante y bien fraseado, aunque no tenga el quejío flamenco; algo más templada la orquesta en el tercer número pudo lucir presencia y personalidad junto a violín y oboe; mas las campanas finales avivaron las llamas  y en el agudo no pudo brillar porque su color tiende a lo oscuro, aunque por otra parte la orquesta no bajaría el calor a lo largo de los doce números de este ballet en concierto sinfónico-vocal.

Y si Emily D’Angelo exprimió todo su potencial vocal buscando la cercanía a lo nuestro, sería Oviedo Filarmonía quien bordó cada intervención desde todos los principales. Si la trompeta del valenciano Juan Antonio Soriano lució en cada aparición, brillo y color con sordina, de fraseos empastados, el oboe del navarro Jorge Bronte no se quedó a la zaga, incluso en sus diálogos -a lo largo de todo su registro- con trompeta y flauta, más aún «jugando con el amor» de la mezzo. Importante e imponente la trompa del de Liria, Víctor Talayero, en la primera parte, más Daniel Ayala en Falla que no falla: de afinación exquisita y empastes con los metales muy destacados. La flauta de la cartagenera Mercedes Schmidt brilló a lo largo de todo el concierto (verdadero pájaro cantor); el clarinete de la madrileña Inés Allué mantuvo el altísimo nivel interpretativo. Contar con el piano del virtuoso ruso Sergey Bezrodny sigue siendo un lujo para toda orquesta, más el violín de la moscovita Gurdzhiya «cantando» con D’Angelo el juego del amor resultó uno de los momentos más líricos junto a su solo en la Pantomima, y otro tanto el chelo siempre solvente del avilesino Gabriel Ureña en el mismo número. El cuarteto de contrabajos sobre la tarima logró la sonoridad rotunda y necesaria en los graves más el empuje rítmico junto a los timbales siempre acertados del ilerdense Daniel Ishanda. Toda la cuerda sonó rica de color, presente, bien balanceada, y el maestro onubense Macías dejándoles interpretar gustándose (tanto en la Escena como la Pantomima resultaron otros momentos orquestales de altura para cada sección y principales brillando todos a gran nivel). La conocida Danza ritual del fuego bien avivado por el tempo elegido, sirvió para deleitarnos con esas maravillosas dinámicas sinfónicas y los balances precisos de los principales junto al tutti poderoso con un final que dejó esta evocación de un París en llamas para este jueves caluroso pero sin quemarnos.

PROGRAMA

PARTE I

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Sinfonía en re

Adagio / Andante / Allegro-Minuetto / Allegro con moto

Gioachino Rossini (1792-1868)

Giovanna d’Arco, cantata para voz solista y orquesta (arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino)

PARTE II

Manuel de Falla (1876-1946)

El amor brujo (versión de 1925)

Introducción y escena

Canción del amor dolido
El aparecido (El espectro)
Danza del terror
El círculo mágico. Romance del pescador A media noche. Los sortilegios
Danza ritual del fuego
Escena
Canción del fuego fatuo
Pantomima
Danza del juego del amor
Final. Las campanas del amanecer

NR con NR

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1715 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Orígenes», Nadège Rochat (violonchelo), Noelia Rodiles (piano). Obras de R. Schumann, Falla, Kodály y Stravinsky.

Hay días donde me coinciden dos conciertos y hay que elegir, aunque al de este miércoles gijonés no quería faltar por varias razones. Primera porque supone mi despedida de la temporada dado que el último (5 de junio)  pese a tenerlo en mi agenda desde que se programó (sobre todo por el «Homenaje a Falla» desde la óptica de Moisés P. Sánchez que regresa a esta filarmónica), me coincide con el último de abono de la OSPA, y la fidelidad está por encima de los gustos. Y esta fidelidad así como afinidad me acercó a Gijón para disfrutar de dos mujeres asturianas que comparten iniciales NR, tienen en el Jovellanos una casa donde siempre se las quiere, y dos artistas a las que sigo hace años pese a la juventud de ambas.

A la pianista «avilesina» Noelia Rodiles (Gijón, 1985) casi puedo presumir de haberla visto crecer y afrontar retos, acompañando al tenor Joaquín Pixán, todo un aprendizaje como maestra acompañante, con la OSPA interpretando a su paisano Julián Orbón, como solista en este mismo escenario del Paseo de Begoña estrenando obras de nuestro tiempo, con la Oviedo Filarmonía en las Jornadas de Piano estrenando a Manuel Martínez Burgos, su regreso para el 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón, sin olvidarme de sus grabaciones discográficas, precisamente de Orbón y M. Burgos, o el disco anterior «Efecto mariposa» presentado la víspera de un confinamiento del que no nos olvidaremos, por volver la vista atrás que he ido reflejando en mi blog.

Más cercana en el tiempo pero otro tanto puedo comentar de la chelista suiza Nadège Rochat (1991), a quien hemos enamorado de Asturias donde ha encontrado su «paraíso natural», puede que por aquellos que dicen lo de «Asturias, la pequeña suiza». Me la «descubrió» en Bilbao mi querida Judith Jáuregui y desde entonces sigo la trayectoria de ambas y siempre que he podido me he acercado a escucharlas. De nuevo la sociedad gijonesa acertó en traer a las figuras emergentes del momento, por lo que Nadège vino primero acompañada a la guitarra del malagueño Rafael Aguirre, después en trío con Soyoun Yoo y Judith en un «concierto de reencuentros»,  para hace casi dos meses verla «fichada» por el Ensemble 4.70 en Oviedo (también tocarían en Gijón).

Así pues era necesario escuchar este nuevo maridaje chelo-piano de las dos NR y con un programa muy bien estructurado, no solo cronológicamente sino también por «una misma orientación estética basada en la reelaboración de materiales vinculados a lo popular o tradiciones musicales del pasado» como comienza las notas al programa Mar Norlander.

La primera parte resultó un recital de lieder sin texto, el chelo cantante y el piano acompañando o compartiendo protagonismo. Primero las Cinco piezas en el estilo popular, Op. 102 (1849) de un entonces prolífico Schumann, con «los elementos de inspiración popular van dejando su rastro a lo largo de las cinco secciones, en las que destacan las referencias a los ritmos de danza», cinco páginas (la primera aplaudida, tal vez por desconocimiento de la unidad) donde no faltan el humor que las dos intérpretes comparten, una nana que estas dos madres habrán «cantado» a sus niñas, la sonoridad tanto de un cello alemán (el «Ex-Vatican» de 1620 no hubiera resultado igual) como del Steinway© en equilibrios dinámicos, el aire campesino asturiano en la inspirada interpretación del dúo casi olfateando esos aromas, hasta la marcada fuerza de la quinta. Interesante este «Estuche» donde comprobar el bien entendimiento del dúo pleno de afinidades estilísticas.

Recordaba el concierto con el guitarrista malagueño hace ya 8 años, donde sonaron las Siete Canciones Populares Españolas de Falla, y así  volverían esta vez con el piano en su versión original y manteniendo el orden, en vez de las seis de arregladas por Falla y Paul Kochanski que adaptaron seis de ellas para violín y piano como Suite populaire espagnole, omitiendo la nº 2 y cambiando el orden. Así nos avisó Nadège antes de arrancar con este homenaje a Manuel de Falla (#falla150) por su nacimiento, pero también los 80 años de su fallecimiento, efemérides que estamos celebrando en este 2026 (este jueves 21 seguiremos con Oviedo Filarmonía en el Auditorio de Oviedo).

Si no me fallan los datos, el arreglo para chelo y piano (pues los hay para todo tipo de combinaciones y es una de las suites más interpretadas del gaditano), es Maurice Maréchal (1892-1964). Los cambios de octava en el cello enriquecen las versiones vocales en la misma escala, incluso pasajes donde se suma al piano alcanzando momentos casi orquestales. La parte del piano además de su complejidad, requiere una total convivencia con «la cantada», siendo además el chelo lo más cercano a la voz humana. Nadège con la guitarra se acercó al «quejío flamenco», más con el piano fraseó sin necesidad del texto pero teniéndolo presente (haciéndome cantar mentalmente estas canciones que tanta guerra me dieron en los años de repertorista), pura canción de concierto con la esencia popular llevada a lo académico sin perder la riqueza melódica, y Noelia, maestra en estas lides, con los balances en su sitio, protagonismo compartido de todo lied, incluso apostando por una Seguidilla murciana muy ligera y virtuosa que para la voz sería excesiva pero dotada así del aire y tempo bailable que el chelo afrontó airoso.

Por su parte tanto la Asturiana como la Nana fueron íntimas, «Arrimeme a un pino verde» dolorido y «Duérmete mi niño, duerme» verdadero aRRoRRó de las dos eRRes, sentimientos expresados sin necesidad de palabras. Alternancias de sombras y brillos como la Jota que bisarían, El paño moruno lírica pura o el Polo potente donde el piano es una maravilla de escritura.

Abría la segunda parte Zoltán Kodály y su Sonata para violonchelo y piano, Op. 4 (1909), música de cámara del húngaro no siempre habitual en los conciertos del también pedagogo, musicólogo y folklorista, en este programa donde lo popular se hace clásico y encuentra en las sociedad filarmónicas el mejor escenario.  Mar Norlander describe esta sonata que refleja la síntesis entre tradición y modernidad y «…esta estética: una escritura de gran libertad expresiva, influida por el folklore y por el color armónico impresionista. Aunque concebida inicialmente en tres movimientos, la obra quedó finalmente reducida a dos, tras abandonar Kodály la composición del allegro inicial previsto originalmente». Cuando el folklore es inspiración para hacerlo camerístico, nos encontramos con páginas como esta sonata donde chelo y piano dialogan, juegan, bailan, rompen fronteras, y el dúo R&R transmitieron esta alegría que Kodály escribió. Momentos líricos junto a otros rapsódicos, perfecta conjunción y entendimiento entre las intérpretes, aún más exigente en el Allegro con spirito con el que nos deleitaron, ritmos contagiosos, conversaciones chispeantes que saltan del piano al chelo con una fuerza  contagiosa muy aplaudida por el público.

Cerraríamos este viaje en el tiempo nada menos que con Stravinsky y su Suite italienne en el arreglo del chelista ucraniano Grégor Piatigorsky (1903-1976) para este dúo que volvió a encandilarnos. Mar Norlander nos la explica a la perfección: «Constituye una de las manifestaciones más refinadas de su periodo neoclásico. Derivada directamente del ballet Pulcinella (1920) y adaptada posteriormente para distintas formaciones instrumentales, la obra parte de materiales atribuidos durante mucho tiempo a Giovanni Battista Pergolesi y a otros autores italianos del siglo XVIII. Lo que propone Stravinsky es una reinterpretación moderna del pasado: conserva la claridad formal, el equilibrio y el espíritu danzable de la música barroca, pero los transforma mediante síncopas, desplazamientos de acentos, giros armónicos inesperados y una escritura rítmica de gran precisión». Lenguaje cercano, melodías pegadizas, alternancias incluso tímbricas marcando los pasos. Prosigue Norlander comentando que «La suite alterna movimientos de carácter contrastante entre la elegancia cortesana, el humor y la vivacidad teatral en una continua exploración de colores y texturas. En esta versión para violonchelo y piano, realizada en colaboración con el violonchelista Gregor Piatigorsky, el diálogo entre ambos instrumentos adquiere una dimensión especialmente incisiva y virtuosa. El violonchelo oscila entre el canto lírico y el gesto irónico, mientras el piano apuesta por una escritura transparente y de gran vitalidad rítmica. El resultado es un lenguaje plenamente moderno y personal». Casi al pie de la letra, R&R mostraron esa vitalidad y rica paleta sonora por parte de ambas, complicidad, virtuosismo necesario (impecable y contagiosa la Tarantella) siempre al servicio de esta música del ruso tan actual desde ese lenguaje «neoclásico» que se agradece en estos tiempos donde parecemos buscar otras sensaciones. El chelo sigue haciéndonos vibrar, el piano pareja ideal con ese finale cómico que parece imitar el rebuznar de un «sedoso Platero ruso» y un dúo que hizo las delicias de un público siempre atento.

Manteniendo este acercamiento a lo popular y el baile, completando este programa tan interesante, la primera propina sería del checo Dvořak su Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre), número cuarto de las Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104, otro guiño al viaje popular de salón con este dúo. Tras el éxito bisarían la Jota de Falla, cierre nacional de un concierto internacional con dos asturianas que tocaban en casa, a gusto, felices como todos los que compartimos velada.

PROGRAMA:

Orígenes

I

Robert SCHUMANN (1810 – 1856)

Fünf Stücke im Volkston (Cinco piezas en el estilo popular), Op. 102

1. Vanitas vanitatum. Mit humor (con humor)

2. Langsam (Lentamente)

3. Nicht schnell, mit viel Ton zu spielen (No rápido, para ser tocado con gran entonación)

4. Nicht zu rasch (No demasiado rápido)

5. Stark and markirt (Fuerte y marcado)

Manuel de FALLA (1876 – 1946):
Siete canciones populares españolas (arr. para chelo y piano)

I. El paño moruno

II. Seguidilla murciana

III. Asturiana

IV. Jota

V. Nana

VI. Canción

VII. Polo

II

Zoltán KODÁLY (1882 – 1967)
Sonata para violonchelo y piano, Op. 4

I. Fantasia – Allegro di molto

II. Allegro con spirito

Igor STRAVINSKY (1882 – 1971)
Suite italienne (arr. Piatigorsky)

I. Introduzione

II. Serenata

III. Aria

IV. Tarantella

V. Minuetto e finale

Propinas:

Antonín DVOŘAK (1841-1904)

Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104: IV. Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre)

BIS Jota (FALLA)

Sin edulcorantes

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Martes 19 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 9 del año 2026 (año 129, concierto 2.106) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Diana Cooper (piano). Obras de D. Scarlatti, F. Mendelssohn, E. Granados y F. Chopin.

Tras un breve paseo por alguno de los órganos de Vetusta en su IV edición del Festival musicUO guiados por el doctor Ramón Sobrino, y con el tiempo justo para llegar a la calle Mendizábal, volvía a escuchar a la francesa Diana Cooper (Tarbes, 1999) un año después de su monográfico Chopin en Gijón, y me gusta comprobar cómo en tan poco tiempo esta joven pianista ha madurado en sus interpretaciones, transitando otros compositores que además organizó en el programa de forma magistral, y con «su polaco preferido» que va ya tomando cuerpo y (re)posándolo, sin almibarar ni edulcorar.

Con una técnica impecable y aún sin los muy habituales tics de tantos pianistas, Diana Cooper fue creciendo en intensidades y transmitiendo muchas emociones. Comenzar con Domenico Scarlatti era ideal por la técnica y los tempi de las tres sonatas elegidas (9, 96 y 14 del catálogo Kirkpatrick) de las más de 500 que escribió, jugando con la tonalidad de re (menor-mayor-menor) casi conformando una «gran sonata» bien diferenciadas en su estructura binaria (una primera parte a modo de exposición y una segunda parte que repite, con algunas variaciones, los elementos melódicos y rítmicos que habían aparecido ya en la primera): limpia en los ornamentos, bien contrapuestas desde la tranquilidad del Allegro de la primera, el conocido Allegrissimo de la segunda y la virtuosa tercera. Luis Ángel de Benito describió el estilo de las sonatas del hispano-italiano que «presenta disonancias atrevidas y salvajes, incluso agresivas, que imitan la mano del gitano en la guitarra, y que Bach, Händel, Mozart y Beethoven nunca se atrevieron a utilizar». Con un interesante manejo del pedal que nunca ensuciaría ese lenguaje para el clave que hace a grandes pianistas enriquecerlas por sonoridad, dinámicas y profundidad. Cooper dejó esa mezcla de ímpetu juvenil con una frescura encomiable y la técnica al servicio de la música.

Y con el mismo enfoque y tonalidad afrontaría las llamadas «Variations sérieuses» op. 54, MWV U156 (1841) de Mendelssohn, probablemente una de sus obras más maduras. Un tema y 17 variaciones que Diana Cooper fue desgranando con personalidad, una mano izquierda poderosa y precisa, matizaciones extremas sin esfuerzo aparente, romanticismo sin endulzar, verdaderas delicatesen para el paladar auditivo, contrastes rítmicos y dinámicos portentosos, seguros, fraseos bien variados y una sonoridad rica en esta partitura no muy habitual en los programas, que la pianista francesa defendió con seriedad y musicalidad, variaciones lentas casi bachianas con unos bajos en la mano izquierda poderosos y el fraseo de la derecha impoluto, rápidas apabullantes sin pizca de dulzor, los excesos en su punto de dinámicas todopoderosas.

Casi continuación técnica tras Scarlatti y Mendelssohn llegaría nuestro Granados y su “Allegro de concierto” en Do sostenido menor, op. 46 (1903). Continuidad por dedos y pedales, pero diferenciación estilística bien entendida, sin complejos ni excesos de azúcar desde el Molto Allegro: spiritoso inicial. Los ingredientes son los mismos aunque la preparación distinta y el toque de dulce puede combinarse desde los anisados o la canela hasta el azúcar glass o el de caña. Diana en las proporciones y el producto final para «relamerse»: contrastes de aires, matices, digitación magistral, pedales mesurados ayudando a una riqueza en el veterano Steinway© ovetense que parecía otro tras el anterior concierto a cuatro manos. Octavas poderosas, de vértigo, arpegios cristalinos, trinos claros, momentos en calma con mucho poso y trabajo para esta joya del ilerdense, verdadero tour de force para todo pianista, que la francesa afrontó con seguridad y madurez.

Chopin sigue siendo una tentación y el éxito a menudo está en la correcta elección de las obras y su ubicación dentro de un concierto. Está bien programar alguno de sus top 10 alternando aires y formas, pero Diana Cooper, que lo «tiene en dedos», supo buscar tres partituras que mantienen el espíritu del polaco con variadas exigencias técnicas y el poso que en Gijón eché de menos. No cayó en la tentación fácil y si en el Jovellanos optó  por cuatro mazurkas de las opus 30, habituales en pianistas de referencia, para Oviedo eligió las Tres Mazurkas, Opus 59 (1845). Un reto cada una de ellas por los contrastes de tempo donde no abusar del rubato, y el juego de tonalidades que les dan ese carácter propio sin perder la esencia chopiniana y menos escuchadas: la primera Moderato (la menor), la segunda Allegretto (en lamayor) y la tercera Vivace (fa menor), sonoridades muy logradas, serias, buen equilibrio de manos, con los bajos atinados y presentes cuando así están escritos, la rítmica bien marcada para los fraseos delineados y un acercamiento ya maduro.

La Barcarola, op. 60, en fa mayor tampoco suele faltar en competiciones como el famoso Concurso Chopin, con interpretaciones que siguen siendo referentes, donde la técnica es necesaria pero la interpretación marca las diferencias. Y Diana Cooper nos dejó un muy personal acercamiento de sonido muy pulido, pedales en su sitio, balance perfecto entre las dos manos con una gestualidad siempre contenida sin alardes para la galería, una interpretación que ya tiene hondura por su calidad.

Para cerrar esta parte chopiniana, otra página poco habitual pero exigente como todas, la Polonesa-Fantasía, op. 61 en la mayor (1846), en la tonalidad preferida por el polaco y cercanía a su tierra natal desde el virtuosismo habitual, el sello inconfundible y el acertar con la carga emocional sin edulcorar desde el inicio, con sutilezas rítmicas expresivas que simplemente no se pueden captar en la notación sino que se deben sentir. En 1846 Fryderyk Chopin atravesaba un momento difícil de su vida tras su ruptura con George Sand. Es entonces cuando compone esta Polonesa-Fantasía, una pieza en la que se funden el ritmo ternario característico de la polonesa con la libertad armónica y el carácter rapsódico de la fantasía, aspectos que la pianista francesa plasmó de principio a fin.

De la misma manera que su Barcarola pulveriza las convenciones de una canción veneciana, esta Polonaise-Fantasie supera cualquier expectativa que tengamos de la forma de polonesa que había popularizado el polaco a lo largo de su carrera. De hecho, durante mucho tiempo se ha observado que es mucho más fantasía que polonesa. Una misteriosa y errante apertura, radicalmente poco convencional -anticipa los experimentos posteriores de Wagner y Liszt- marca esos momentos en los que se escucha el aire marcial de la polonesa tradicional pero sirven más como demarcaciones de episodios que como cimientos estructurales. La grandeza de esta página radica en su abrazo a la forma fantasía y a la posibilidad de pasar en un instante musical, de la melancolía y la introspección al triunfo y al éxtasis. Así lo entendió Cooper en una más que notable interpretación.

Un éxito para un público entregado y numeroso en el Filarmónica, y sin hacerse de rogar nada mejor que una propina también de Chopin y manteniendo la tonalidad: el Vals nº 5 en la mayor, Op. 42 ‘Grande Valse’, corroborando cómo ha madurado la francesa en su acercamiento a estas páginas conocidas y no tanto, todas exigentes, desde el romanticismo juvenil que derrocha pasión y respeto por la partitura, esperando mantenga el acierto en la elección de sus repertorios, especialmente los solitarios que son los que desnudan a los intérpretes.

PROGRAMA:

Primera parte

D. SCARLATTI (1685 – 1757):

Sonata en re menor, K. 9

Sonata en re mayor, K. 96

Sonata en re menor, K. 141

F. MENDELSSOHN (1809 – 1847):

“Variaciones serias” en re menor, op. 54

E. GRANADOS (1867 – 1916):

“Allegro de concierto” en do sostenido menor, op. 46

Segunda parte

F. CHOPIN (1810 – 1849):

Tres Mazurkas, op. 59

Barcarola, op. 60, en fa sostenido mayor

Polonesa-Fantasía, op. 61, en la bemol mayor 

Propina: Valse nº 5 en la bemol mayor, Op.42 ‘Grande Valse’

Beethoven al piano

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Martes 12 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 8 del año 2026, 2.105 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (año 120). Beethoven Piano Dúo (Sylvia Torán y Ramón Grau). Obras de Beethoven.

Desde mis años de estudiante Beethoven ha estado presente tanto en el piano como en los conciertos donde mi tío Paco me llevaba al Teatro Filarmónica (haciéndome socio de su sociedad en 1971) e incluso me regalaba discos donde profundizar y seguir aprendiendo de los grandes intérpretes.

Las sonatas del genio de Bonn están en mi discoteca desde hace muchas décadas, y Willhem Kempff  sería mi primer referente. Después llegarían muchos más, desde los vinilos a los discos compactos sin faltar Daniel Barenboim o el siempre único Glenn Gould, entre otros muchos. De mis partituras abundan no solo las distintas ediciones de las sonatas, también las de violín y piano (obligadas en los dos años de «Música de cámara» con mi siempre recordado Carlos Luzuriaga), las increíbles transcripciones de las sinfonías a cargo de Liszt (diabólicas como el propio virtuoso), más lieder varios y algunas páginas sinfónicas y/o corales que trabajé en los ya lejanos tiempos de repertorista en la Academia Real Musical de la calle Principado ovetense.

Está claro que para todo melómano y estudiante, por supuesto todo un reto para los músicos profesionales, Beethoven siempre está y debe estar presente «en dedos», desde la llamada trilogía de Las Tres B (junto a Bach y Brahms), que en los conciertos de cámara tampoco puede faltar. Así que volvía a la calle Mendizábal para un monográfico pianístico con dos de sus sonatas de plenitud (la Appasionata y la número 31), más una transcripción a 4 manos de su séptima sinfonía con dos maestros que llevan desde 2008 uniendo carreras y pasión beethoveniana, repartiéndose las sonatas y sumando dedos para «La Séptima» del sordo, con las transcripciones de las sinfonías que sigue llevando el dúo en sus recitales.

Sería Sylvia Torán quien presentaría este concierto, con el que volvían a la Sociedad Filarmónica de Oviedo, cronologías, breve análisis y el deseo de compartir una pasión que nos une a tantos.

Ramón Grau (Úbeda, 1989) abriría la velada con la Sonata nº 23 en fa menor, op. 57, «Appassionata» en su acepción e interpretación. El acercamiento del jienense afincado en Madrid (alumno de Ana Guijarro y del añorado Jenõ Jandó entre otros) a esta sonata, resultó nebuloso aunque intenso, en parte por un pedal no siempre apropiado ni ajustado que impidió una mayor claridad en el sonido, compensado por la pasión y unos excelente contrastes dinámicos que pusieron a prueba los años del Steinway© de la sociedad ovetense que sigue mimado por Jesús Arévalo. Desconozco si había problemas técnicos en el piano, que todo intérprete debe lidiar al no ser nunca el mismo, pero no me emocionó ni resultó la interpretación esperada (mis referencias siempre ponen el listón demasiado alto). Hubo detalles interesantes por los fraseos, la elección de los tempi e incluso cierta frescura juvenil en el acercamiento a esta página, que personalmente necesita algunos años más para poder exprimir todo lo que encierra su escritura, avanzar técnicamente y profundizar musicalmente.

Si el andaluz puso pasión, la madrileña pondría el poso y la madurez con la Sonata nº 31 en la bemol mayor, op. 110, toda una súplica humana y la respuesta divina en una época difícil para Beethoven. Con una pulsación desigual y débil por momentos -que nos hizo perder notas-, el primer movimiento resultó literalmente «espressivo», mientras las dos fugas del tercero estuvieron poco claras aunque bien contrastadas por el juego de las cuartas (descendentes y ascendentes) aunque sin la rotundidad o profundidad de la forma que «dios Bach» colocó en el más allá compositivo e interpretativo.

No hubo pausa y llegaría la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 en una interesante transcripción a 4 manos de Hugo Ulrich (1827-1872), Torán en los graves y Grau en los agudos. Liszt parece tener veinte dedos en su acercamiento sinfónico desde el piano, y escribió: «No hay meditación sobre ellas ni estudio demasiado profundo. En consecuencia, cualquier modo de propagarlas y popularizarlas tiene su lugar». Las transcripciones de Liszt de las sinfonías de Beethoven no sólo son algunas de las transcripciones piano más rigurosas y difíciles de tocar, sino también las más fieles desde el punto de vista sonoro. Ulrich las utiliza directamente, «facilitando» los equilibrios y balances de esta maravillosa Séptima que sigue siendo rica, vitalista, pletórica por momentos, colorista desde una profundidad  de escritura que, al piano, nos acerca a los tiempos donde las orquestas no estaban al alcance del gran público.

El Steinway© sufrió un poco en los agudos que «castañetean» aunque lograsen un color distinto que se agradece en esta transcripción. Importante el trabajo de compenetración de los dos artistas, siempre difícil encajar entradas, silencios y matices, así como manejar los pedales para no enturbiar, si se me permite, «lo principal desde lo accesorio», e incluso la necesaria coordinación para pasar hoja entre uno y otro.

Del acercamiento que el compositor, educador musical y arreglista romántico hace de las sinfonías del «sordo genial», logra un lenguaje pianístico a cuatro manos que puede incluso hacernos olvidar el original, pues trabaja para los dos pianistas, caso del interesante Allegretto con la conocida «marcha fúnebre» donde comienzan las manos graves para ir sumando la tercera y cuarta en el agudo, logrando no solo ganar en dinámicas sino en presencia.

Los tempi rápidos resultan siempre exigentes y bien trabajados, especialmente el Allegro con brio final, aunque los matices resultasen de libro, y por momentos exagerados por unas acentuaciones que ayudan a encajar las cuatro manos, pero escapan de los fraseos y tímbricas orquestales que el piano, por mucho que se trabaje, es incapaz de superar.

Con todo siempre se agradecen estas transcripciones a cuatro manos, así como la riqueza de los dos pianos -esta vez solo uno- que son parte de la propia historia de las sociedades filarmónicas  y hoy en día siguen atrayendo por la espectacularidad de unos repertorios propios, o ajenos, donde «las 88 teclas» siguen siendo en blanco y negro con infinitas gamas de grises.

PROGRAMA:

Ludwig Van Beethoven (1770-1827)

Sonata nº 23 en fa menor, op. 57, «Appassionata» (1804-1806):

I. Allegro assai / II. Andante con moto / III. Allegro ma non troppo – Presto.
(Ramón Grau)

Sonata nº 31 en la bemol mayor, op. 110 (autógrafo de 25 de diciembre de 1821):

I. Moderato cantabile molto espressivo / II. Allegro molto / III. Adagio ma non troppo.
(Sylvia Torán)

Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812), transcrita para piano a 4 manos por Hugo Ulrich:

I. Poco sostenuto – Vivace / II. Allegretto / III. Presto / IV. Allegro con brio.

Colores sugerentes

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Viernes 8 de mayo, 20:00 h. Oviedo, Auditorio Príncipe Felipe: OSPA, 𝐀𝐛𝐨𝐧𝐨 𝟏𝟑: 𝑂𝑟𝑔𝑖́𝑎 𝑑𝑒 𝑖𝑚𝑎́𝑔𝑒𝑛𝑒𝑠. Adèle Charvet (mezzo), Nuno Coelho (director). Obras de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 y 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚.

Encuentro previo a las 19:15 con Nuno Coelho
(Reseña para LNE del sábado 9, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

La OSPA presentaba en el decimotercero de abono un programa sugerente de música francesa y española con aires comunes desde la vecindad y biografías de los compositores elegidos.

Comenzaba el concierto con el poco escuchado 𝑃𝑜𝑒𝑚𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑦 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑎𝑟 de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, el amor y el mar con un interludio donde volver a constatar el excelente estado de la OSPA, con Aitor Hevia de nuevo concertino invitado, el titular portugués y la mezzo francesa 𝐀𝐝𝐞̀𝐥𝐞 𝐂𝐡𝐚𝐫𝐯𝐞𝐭, plena, expresiva, delicada, en esta maravilla sinfónico vocal que emocionó a un auditorio que sigue sin la asistencia que la calidad de los conciertos se merece.

La segunda parte con una reforzada OSPA con alumnado del CONSMUPA nos trajo la España parisina de Debussy más la sentida en la distancia del sevillano Turina.

𝐼𝑏𝑒́𝑟𝑖𝑎 de 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 es nuestra piel de toro, la orquestación impresionante del francés con la inspiración y color hispano, verdadero caleidoscopio instrumental para disfrutar con cada sección de la OSPA y Coelho dibujando toda la paleta parisina. Si el segundo “cuadro” trajo perfumes nocturnos, la mañana festiva resultó un derroche sinfónico.

Para  cerrar, todo el empuje orquestal desde el piano que son las enérgicas 𝐷𝑎𝑛𝑧𝑎𝑠 𝑓𝑎𝑛𝑡𝑎́𝑠𝑡𝑖𝑐𝑎𝑠 de 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚. Ritmo que nos transporta con aires festivos, nostalgia y energía en tres momentos de evanescencias y toda una gama tímbrica: jota aragonesa, zambra andaluza  y la “Orgía” casi zapateado que siempre asociaré a la publicidad de un conocido brandy. Pasión y exuberancia en este abono 13 que volvió a abrir la puerta grande a una OSPA pletórica y colorista.

PROGRAMA:

ERNEST CHAUSSON (1855 – 1899)
Poème de l’amour et de la mer, op. 19:
I. La fleur des eaux
II. Interludio
III. La mort de l’amour

CLAUDE DEBUSSY (1862 – 1918)

Imágenes para orquesta: Iberia:

I. Par les rues et par les chemins – II. Les parfums de la nuit – III. Le matin d’un jour de fête

JOAQUIN TURINA (1882 – 1949)

Danzas fantásticas, op. 22:

I. Exaltación
II. Ensueño
III. Orgía

NOTAS AL PROGRAMA de Julia María Martínez-Lombó Testa:

Noche impagable

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Larga noche”, abono 12 OSPA, Antje Weithaas (violín y directora), Obras de Haydn, K. A. Hartman Mozart.

Concierto duodécimo de abono de una OSPA casi camerística en «disposición vienesa» que nos traía a la violinista y directora alemana Antje Weithaas (Guben, 1966) con un programa que «pone las pilas» a toda orquesta, y más cuando se dirige como concertino en el caso de las sinfonías clásicas, lo que exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse, pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado, más el concierto solista donde la violinista logró «concertar», poner de acuerdo y alcanzar un nivel altísimo.

El encuentro previo a las 19:15 horas con Oriol Roch nos ayudó a entender este programa titulado «Larga noche» que se hizo corta, así como el «maridaje» con su violín «Peter Greiner» de 2001 (un violinista y luthier alemán afincado entre Zurich y Londres) que sonó siempre claro, preciso y de tímbrica redonda en todo su rango.

Como curiosidad personal añadir que Weithaas mantiene una estrecha colaboración artística con el pianista Dénes Várjon a quien escuchamos hace unos días en este mismo auditorio, con las sonatas para violín de Beethoven premiadas con el «Jahrespreis der Deutschen Schallplattenkritik» en 2024.

Las notas al programa de mi admirado Eduardo Chávarri Alonso analizan las tres obras, e iré intercalándolas en mis comentarios, entrecomilladas y en el color habitual de mis citas en el blog.

Haydn y Mozart son verdaderas «trampas» en cualquier concierto, por la engañosa sencillez, y más en el caso de dos sinfonías tan populares que todo melómano atesora con grabaciones de referencia. Si además, como apuntaba al inicio, se dirige desde la silla de concertino, el reto se hace mayor y Antje Weithaas nos lo dejó claro en el encuentro previo. Con una plantilla apropiada, adecuada y equilibrada para ambas sinfonías (violines enfrentados, cellos en el centro, contrabajos detrás de los primeros, viento en la ubicación habitual y timbales -de cobre- a la derecha en la que abría programa), la sonoridad fue perfecta tanto en la 95 de Haydn como en la 40 de Mozart.

«La Sinfonía en do menor Hob. I:95, compuesta por Haydn en su primer viaje a Londres (1791-92), es la única de las londinenses en tonalidad menor y sin introducción lenta». La profesora Weithaas con Daniel Jaime de ayudante, nos enseñó cómo se «lleva» a la OSPA desde el puesto de concertino. «El primer movimiento contrapone unísonos apasionados y pasajes más íntimos», y esos unísonos fueron perfectamente ejecutados así como los matices, sin necesidad de marcarlos porque la propia música invitaba a escucharse por parte de toda la orquesta. «El Andante cantabile presenta un tema lírico con tres variaciones, la segunda marcada por contrastes dinámicos y modulaciones» de nuevo obligaba a la formación a un entendimiento y colaboración para que las muchas y variadas dinámicas de este segundo movimiento se ejecutasen, escuchándose todos, y se logró con un sentido y sonido unitario al más ajustado Sturm und Drang, como «el padre de la sinfonía» dejó para las generaciones posteriores. «El Minueto alterna secciones contrastantes de un carácter más tenso, y el Trío, en do mayor, permite lucirse al violonchelista principal». La cuerda asturiana sigue manteniendo un color propio, yo lo llamo «cantábrico»,y cercano a las formaciones británicas, algo que se alcanza tras más de tres décadas de «hacer música» juntos. Contar con Maximilian von Pfeil es un lujo como pudimos comprobar en el segundo movimiento y especialmente en este Menuet que me recordó al Haydn de su concierto para chelo. «El Finale, con brillante contrapunto, cierra enérgicamente la sinfonía, regresando a la tonalidad menor inicial» y literalmente resultó brillante y enérgico con todas las secciones perfectamente empastadas, los balances adecuados y una atención total a la Maestra Weithaas.

Si Haydn resultó una prueba superada con creces, aún quedaba escuchar cómo afrontarían en la segunda parte «La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550, de Mozart, compuesta en 1788, destaca por su intensidad emocional y su estructura innovadora». Misma plantilla aunque sin timbales ni trompetas pero con el par de clarinetes, nuevamente la orquesta camerística, debiendo afrontar sin ambajes cuatro movimientos a cual más exigente para todos, pues no hay forma de «escapar» de una escritura tan perfecta como la del genio de Salzburgo, donde los detalles conforman el toque de calidad. «El primer movimiento, Molto allegro, presenta un tema rítmico que ha trascendido al acervo popular, siendo una de las piezas más conocidas del compositor». Con el tempo giusto y sin complejos, Weithaas llevó a la OSPA por una música que, no por conocida, siempre pide y exige sumar, aportar por parte de cada sección. El equilibrio se logró de principio a fin: «El segundo movimiento, Andante, ofrece una melodía lírica en mi bemol mayor, proporcionando un contraste sereno al carácter dramático del primero». La madera sigue en su madurez y conjunción, con una línea de empaste que el propio Mozart trabajó con todos esos instrumentos en distintas combinaciones, las dos trompas manteniendo el nivel de los últimos conciertos, más una cuerda aterciopelada, matizada, unida y donde hasta los arcos marcan una coreografía digna de destacar. «El tercer movimiento, Menuetto, mantiene la tonalidad menor y presenta un carácter elegante que contrasta con el Trío en sol mayor«, y si hay que definir su interpretación es precisamente por la elegancia de todas las secciones antes de atacar «El cuarto movimiento, Allegro assai, retoma la intensidad inicial con un desarrollo contrapuntístico y una conclusión enérgica». Valiente en el tempo, pues los retos hay que afrontarlos, bien delineados los contrapuntos por parte de toda la orquesta, y sobre todo la energía que Antje Weithaas transmitió desde su silla.

Dos clásicos exigentes donde las «trampas» que escondían las respectivas sinfonías no hicieron caer a una  madura OSPA que pese a su veteranía y excelentes conciertos en esta temporada, aún no recupera público, pero esto daría para un análisis específico que va más allá de esta reseña…

Y entre los clásicos, Antje Weithaas nos brindaría como solista el “Concierto fúnebre” del muniqués Karl Amadeus Hartmann (1905-1963). «Compositor alemán, eligió permanecer en Múnich durante el nazismo, rechazando el exilio y defendiendo valores democráticos en silencio. En 1939 compuso su Concierto fúnebre como respuesta a la anexión nazi de los Sudetes. Estrenado en Suiza en 1940, fue revisado en 1959, cuando recibió su título definitivo». La profesora alemana ya nos advirtió en el encuentro previo que no nos dejáramos llevar por el calificativo de este concierto de Hartmann, porque la música que su compatriota escribe tiene momentos inspirados en corales, canciones populares y hasta ciertas referencias a Shostakovich, y no nos mintió. Con la orquesta solo de cuerda, ya con Daniel Jaime de concertino y Pablo de la Carrera de ayudante, nos brindaron un concierto intenso, difícil para todos, pero emocionante. «La obra tiene cuatro movimientos enlazados sin pausa y basados en corales. Se inicia con el canto husita “Vosotros, guerreros de Dios”, en homenaje al pueblo checoslovaco, seguido de un Adagio de intensa expresividad». El «Stefan-Peter Greiner» sonó pletórico, arrullado y acunado por una orquesta tan ensamblada que sonaba como un «gran cuarteto», escuchándose todo, desde los armónicos hasta esa feliz conjunción coral rica y plena donde la cuerda canta sin palabras. «El tercer movimiento, un frenético scherzo, combina virtuosismo y ostinati hasta un clímax a modo de danza macabra». Si se puede hablar de una prodigiosa cadenza, Antje Weithaas fue la solista capaz de epatar no ya por una técnica asombrosa y una sonoridad rotunda, además de sentida, sino por una concertación y compenetración que resultó el mejor premio para este esfuerzo compartido. «El final, Choral, introduce una canción rusa y concluye con una coda sombría y disonante», aunque las sombras resultasen luminosas y todo un descubrimiento, por quien suscribe, de esta obra de nuestro tiempo.

Otra tarde-noche impagable por el trabajo realizado a cargo de Antje Weithaas con quien la OSPA sigue dando alegrías y la satisfacción de continuar aprendiendo y creciendo con invitadas que huyen de protagonismos, sintiéndose una más de la orquesta desde la cercanía que hace grande a todos.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)

Sinfonía nº 95 en do menor, Hob. I:95:

I. Allegro moderato
II. Andante

III. Menuet

IV. Vivace

KARL AMADEUS HARTMANN (1905-1963)

“Concierto fúnebre”:

I. Introducción. Largo
II. Adagio
III. Allegro di molto
IV. Choral. Langsamer Marsch

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto

IV. Allegro assai

Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas Contrapunto de cámara: forma y significado iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Recordando a Bartók en Oviedo

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Miércoles 8 de abril, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Dénes Várjon. Obras de B. Marcello, D. Scarlatti, della Ciaja,  Kodály y Bartók.

No está nunca de más recordar que Oviedo es parada obligatoria de las grandes figuras musicales desde hace muchas décadas. Esta vez llegaba al auditorio, dentro de las jornadas que llevan el nombre del siempre recordado Luis Gracia Iberni (1964-2007), el pianista  húngaro Dénes Várjon (Budapest, 1968) que recordaría y casi repetiría el concierto de su compatriota en 1931 (entonces su tercera visita a la Península Ibérica e invitado por Manuel de Falla para tocar en Granada), aunque finalmente aquella gira sólo pasaría por Barcelona, San Sebastián y Oviedo, además de Lisboa.

El siempre recordado Adolfo Casaprima Collera (1961-2024) en el libro “Una vida para la música: Historia de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, 1907-1994”, dedica un apartado titulado ‘Bartók y su poético ayudante’ (pág. 110 y ss.) donde refiere que «La epidemia de gripe que invade España preocupa sobremanera a los directivos de la Sociedad Filarmónica al inicial la temporada de 1931. Han recibido un telegrama en el que se les anuncia que el compositor Béla Bartok, que debe actuar en el Campoamor el día 31 de enero, se ha contagiado con la enfermedad. Afortunadamente, se recupera rápido y el músico húngaro tan solo retrasa su comparecencia al 3 de febrero, desestimando anular sus citar españolas, como le propone su representante». Llegaba en la cúspide de su carrera y las notas al programa de mano las escribió Adolfo Salazar, con un lleno en el coliseo carbayón de público venido de todas partes, y entre el que estaba Gerardo Diego, apasionado por la música y gran aficionado al piano, acompañado por el pintor gijonés Nicanor Piñole, siendo de destacar que el poeta se llegó a cartear con el húngaro de quien aseguró que “con Ravel, Falla y Stravinsky, forman cuatro puntos cardinales de la música moderna (…) Bartók es el Norte, el punto donde convergen las dos tendencias opuestas”. A Oviedo Bartók llegaría como pianista además de acompañar a la cantante Marie-France de Montaut, solista de los conciertos del Conservatorio de París.

Parte de esta historia también la refleja László Stachó, musicólogo, psicólogo, pianista, profesor titular e investigador principal en la Academia de Música Liszt de Budapest cuyas notas al programa para la Fundación March se incluyen en el programa de mano ovetense, pues La March dedicó un “Ciclo de miércoles” titulado “Perspectivas bartokianas” del 17 de enero al 7 de febrero de  en 2024, donde Dénes Várjon estaba anunciado y hubo de cancelar por enfermedad (desconozco si también una gripe al igual que su compatriota) pero que en Oviedo hemos podido disfrutar como entonces.

Del extenso programa de la fundación madrileña (dejo el enlace así como arriba la portada del diseñador mierense Alfredo Casasola), el propio László Stachó hace una introducción al mundo de Bartók, «compositor, pianista (no uno cualquiera, sino un verdadero virtuoso de su instrumento) e investigador de la música folclórica», y en las notas al programa disecciona las obras que Dénes Várjon nos interpretaría en un auditorio con apenas público, que parece volver a 1931 cuando la crítica del periódico La Voz de Asturias explicaba: “(…) una ola de extrañeza y respeto cruzaba la sala. Alguien suspiraba por los dioses de Beethoven, de Mozart” para finalizar que al menos el crítico se alegraba por “este público está dando en nuestra Sociedad, sino una nota de fina comprensión, al menos una nota de franco respeto y resignación, lo cual no es poco”.

Como entonces, en este abril de 2026 el concierto comenzaba con transcripciones que el propio Bartók realizó de las sonatas en si bemol mayor de Benedetto Marcello (1686-1739), y la Canzone de la opus 4 nº 1 de Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755), «obras para piano típicamente románticas que recuerdan a las transcripciones de Bach realizadas por Ferruccio Busoni (y otros contemporáneos), con una mayor densidad de la textura musical (octavas dobladas, acordes con más notas)» con las partituras en el atril que Várjon ejecutó con una técnica impecable, de ataques precisos, un pedal muy medido para saborear el enfoque virtuosístico que estas dos sonatas esconden aunque no con la profundidad de las dos siguientes de Domenico Scarlatti (1685-1757) ejecutadas sin pausas: la K 427 en sol mayor, y la K 537 en la tonalidad de la mayor. Impecable su técnica y sonoridad amplia, el acercamiento que hoy en día están haciendo muchos pianistas al repertorio de clave con la grandiosidad de las 88 teclas y una digitación cristalina emulando la cuerda pinzada, pero con la tímbrica poderosa del piano. Bartók conocía la edición completa de Scarlatti preparada por Alessandro Longo en 1906 y hasta dejó grabadas las cuatro, con estas dos elegidas por Várjon.

Lo mejor llegaría con las Danzas de Marosszék de Zoltán Kodály (1882-1967), probablemente su obra de mayor envergadura. Cercano amigo personal, aliado y compañero de Bartók en la lucha por la renovación de la música húngara. Béla Bartók fue un fiel defensor de las composiciones de su colega, y estas danzas las interpretaría con mucha asiduidad, que como escribe Stachó «tan solo en 1930-1931 la tocó docenas de veces». Para todo pianista es un reto por las dificultades que entraña desde una sonoridad tan rotunda que la orquestación del propio Kodály forma parte del repertorio sinfónico de las grandes formaciones. Várjon sacó de un Steinway© perfectamente afinado todo el abanico tímbrico y el empuje rítmico de estas antiguas danzas folclóricas húngaras, bellas y cercanas pese a la geografía, siempre con unas dinámicas amplias y el conocimiento profundo de esta compleja partitura que el Profesor Várjon interpretó de memoria, sobrio y brillante.

Bartók ocuparía toda la segunda parte con un “muestrario” donde reflejar no ya el virtuosismo que todos conocemos -y hemos podido escuchar en grabaciones históricas- sino del nuevo lenguaje del siglo XX inspirado en los folclores de su tierra (Hungría, Rumanía y Eslovaquia) desde el conocimiento como pianista de los grandes que también interpretaba (Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Richard Strauss o Debussy), para  integrarlos en su estilo propio e inconfundible tras las enseñanzas de la Academia Liszt de Budapest bebiendo de las fuentes directas, como el citado László Stachó y nuestro Dénes Várjon.

Imposible describir el derroche pianístico del húngaro, la fidelidad y conocimiento profundo de cada partitura, la búsqueda de los sonidos precisos, las danzas y hasta los ambientes (las “Gaitas” de la última de las Quince canciones campesinas húngaras fueron casi literales incluso en el roncón).

No solo este ambiente campesino, directo o inspirado, también la grandeza y explosión del Allegro barbaro, o la expresividad del “Atardecer en Transilvania», la impecable Suite para piano, op. 14 con cuatro movimientos delineados y esculpidos, una mano izquierda siempre poderosa y precisa, con profusión de distintos ataques para encontrar el sonido ideal.

Las Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20 fueron un nuevo catálogo interpretativo y clase maestra de la técnica al servicio de la música, lo cantabile siempre presente y lo «accesorio» en su plano, con un juego variable en cada tempi donde la indicación “rubato” fue magistral y lo caprichoso entendido como alegría y regocijo recreando música de su tierra.

Éxito de Dénes Várjon que para deleite pianístico nos regalaría un Schumann modélico en todo. De sus «Escenas de niños» (Kinderszenen, Op.15) y como queriendo cerrar otro acercamiento romántico desde “su” Academia en Budapest, la primera Von fremden Ländern und Menschen (Extraños países y personas) y la última Der Dichter spricht (El poeta habla), elección precisa y sentida donde Bartók volvía a Oviedo 95 años después con el piano de su compatriota.

Parte I

Benedetto Marcello (1686-1739)

Sonata en si bemol mayor, SF 742 (transcripción de Béla Bartók):

Lento
Allegro ma non troppo

Allegro
Maestoso

Domenico Scarlatti (1685-1757)

Sonata en sol mayor, K 427

Sonata en la mayor, K 537

Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755)

Canzone (Sonata en sol mayor, op. 4 nº 1, transcripción de Béla Bartók)

Zoltán Kodály (1882-1967)

Danzas de Marosszék

Parte II

Béla Bartók (1881-1945)

Quince canciones campesinas húngaras, BB 79 (Sz 71) (1881-1945) (selección):

6. Ballade – Tema con variazioni. Andante (Angoli Borbála…)

7-15. Antiguas melodías de danza

7. Allegro (Arra gyere, amőrre én…)

8. Allegretto (Fölmentem a szilvafára…)

9. Allegretto (Erre kakas, erre tyúk…)

10. L’istessotempo(Zölderdőbenaprücsök…)

11. Assai moderato (Nem vagy legény, nem vagy…)

12. Allegretto (Beteg asszony, fáradt legény…)

13. Pocopiùvivo(Sárilovam,afakó…)

14. Allegro (Ësszegyültek, ësszegyültek az izsapi lányok…)

15. Allegro [Gaitas]

Suite para piano, op. 14, BB 70 (Sz 62):

Allegretto

Scherzo

Allegro molto

Sostenuto

Allegro barbaro, BB 63 (Sz 49)

Este a székelyeknél [Atardecer en Transilvania] (Diez piezas fáciles, BB 51 [Sz 39])

Allegro vivace (Dos danzas rumanas, op. 8a, BB 56 [Sz 43])

Tres canciones populares húngaras del distrito de Csík, BB 45b (Sz 35a):

Rubato

L’istesso tempo

Poco vivo

Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20, BB 83 (Sz 74):

Molto moderato

Molto capriccioso

Lento, rubato

Allegretto scherzando

Allegro molto

Allegro moderato, molto capriccioso

Sostenuto, rubato

Allegro

Germinó y sigue creciendo…

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Oviedo 5 de abril, 18:30 horas. Auditorio de Oviedo, Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN), Juan Floristán (piano), Óliver Díaz (director). Obras de Copland, Rachmaninov y Dvořák.

Este Domingo de Resurrección a una hora poco habitual y con no demasiada publicidad, aunque el público fiel no falla, llegaba a la capital ovetense desde nuestra vecina Cantabria la JOSCAN en el «Encuentro de Primavera 2026«, agradeciendo además que su primera salida haya sido a nuestra tierra tras el concierto en la mañana anterior en Comillas, con muchos asturianos tanto en las responsabilidades de la Consejería de Educación, Formación Profesional y Universidades del Gobierno de Cantabria, como en la propia formación de los jóvenes músicos y al frente de la dirección artística y musical el carbayón Óliver Díaz, quien traía a un pianista amigo, al que sigo desde su «descubrimiento» en 2015 (XVIII Paloma O’Shea Santander International Piano Competition) donde se alzaría con el primer premio precisamente con el mismo concierto que interpretaría en este encuentro primaveral, todo un acontecimiento al que no podíamos faltar.

En su presentación figura que la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN) es un proyecto pedagógico de marcado carácter artístico, cuyo objetivo es contribuir, de forma muy significativa, a la educación musical y preparación profesional de los jóvenes músicos cántabros y de toda la sociedad a través de sus actividades artísticas. Como proyecto educativo, se pretende tender puentes entre las enseñanzas musicales de los conservatorios de esa comunidad, las enseñanzas musicales superiores y el entorno profesional de la orquesta. Desde sus comienzos en 2011, bajo la dirección artística de Emilio Otero, la JOSCAN ha contado en sus diferentes etapas con prestigiosos directores: el cántabro Jaime Martín, junto a maestros como José Luís Temes, Enrique García Asensio, Vladimir Stoupel, Andrés Juncos, la murciana Virginia Martínez o el mexicano Iván López Reynoso. Desde entonces han dado 10 conciertos, siendo estos del «Encuentro de Primavera 2026» el sexto de esta temporada tras un paréntesis de cinco años felizmente recuperado y necesario en el actual panorama sinfónico nacional. Se plantaron semillas en todos los terrenos que dependiendo del interés, buen abono, barbechos, y tiempo, han germinado e incluso creciendo como es el caso. Se podría escribir mucho de tantos excesos que marchitaron los buenos frutos, la escasa inversión o una mala «comercialización» de un producto que incluso hemos exportado a medio Europa, más allá del viento. Así que solo queda aplaudir esfuerzos como este de Cantabria, pleno además de cantidad y calidad musical, que no solo son cantera para el futuro sino una realidad digna de comentar.

Tras una intensa semana de preparación en las instalaciones del Centro de Programas Educativos de Viérnoles (Torrelavega), Óliver Díaz presentaba un ambicioso repertorio donde comprobar el nivel alcanzado por una amplia plantilla de músicos que lo dieron todo con la frescura de la edad, las ganas de aprender, la entrega y el talento más los vínculos que se crean en esta «pequeña sociedad» que es una orquesta, como así la definió el director asturiano en la breve presentación tras la Fanfarria para el hombre común («Fanfare for the Common Man») de Aaron Copland (1900-1990), breve pero impactante obra que rinde homenaje a la figura del ciudadano corriente mediante una potente llamada de metales y percusión cargada de simbolismo y solemnidad, compuesta en 1942 para la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, tras tantos encargos que se hicieron  por el «fervor patriótico» tras la entrada de EEUU en la SGM.

Abrir el concierto con los metales y percusión de la JOSCAN ya suponía una primera prueba de fuego y esta popular composición (de la que bebería tanto el «olímpico» John Williams como algunas notas que tomarían prestadas Queen para «We Will Rock You») no podía ser mejor carta de presentación.

Cada concierto de Juan Floristán (Juan Luis Pérez Floristán, Sevilla 1993), alumno entre otros de la gran Leonskaja, es siempre un acontecimiento único aunque interprete una obra tantas veces a lo largo de su ya larga trayectoria como el Concierto para piano n° 2, Op. 18 de Sergei Rachmaninov, pues los años dan no solo poso y experiencia, también complicidades con la orquesta de turno, con la que sentir ese ambiente camerístico que el ruso crea entre un tejido orquestal que manejaba como pocos en toda su amplia producción. El sevillano, un comunicador de talla internacional como ya asombró a quienes no le conocían en el programa «La Revuelta» con David Broncano hace un año, también quiso aportar antes de comenzar algunas pinceladas de esta famosa partitura más allá del cine o las connotaciones personales del compositor, que evidentemente ayudan a comprender mejor este «segundo» que nunca cansa escuchar. Tras Santander lo interpretaría en este mismo auditorio hace nueve años con Oviedo Filarmonía y ya entonces marcaba desde su personalidad unos tiempos tranquilos, sosegados pese a su juventud así como un perfecto entendimiento con el podio de Kerem Hasan. Más recientemente en Granada (20 de junio de 2024) lo escuchaba interpretarlo con la orquesta de la capital nazarí dirigida por la noruega Tabita Berglund, y donde destacaba que «El sevillano ha madurado y su interpretación resultó en cierto modo rocosa como las piedras del Carlos V, dura y muy contrastada, mandando y mostrando buen entendimiento con la directora noruega atenta al solista» pese a una OCG que estuvo descompensada y hasta gélida. Pero este primer domingo de abril Juan Floristán y Óliver Díaz encontraron en la JOSCAN la herramienta ideal donde volcar una interpretación a la altura de lo escrito. La plantilla, que dejo al final de la entrada, estuvo equilibrada en todas las secciones, con una cuerda que se puede calcular a partir de los seis contrabajos, una madera excepcional, una percusión siempre certera, y sobre todo los metales que presentaron sus credenciales en la fanfarria inicial.

Para quienes conocen a fondo «El segundo de Rach» (compuesto y estrenado entre 1900-1901), es difícil para todos, no ya las partes del piano donde debe dialogar, marcar los muchos cambios de compás y ritmo, encajar cada cadencia con el «tempi» global o ese carácter de último romántico que alterna melancolía, lirismo y dedos virtuosos, hasta sobreponerse con la necesaria fortaleza al empuje orquestal. Para toda formación sinfónica no hay sección que escape a sus respectivos solos y fraseos con el solista, el equilibrio entre lo íntimo y contemplativo con el «poderío» triunfal y expansivo de cada tutti, también muy atentos a la agógica y la plena concentración en la batuta, que debe conducir y concertar, algo que Díaz hace como pocos directores actuales. El entendimiento entre solista, orquesta y director funcionó desde el arranque en solitario del Moderato inicial hasta el último Allegro scherzando. Reconforta escuchar una orquesta bien empastada, con una cuerda sedosa capitaneada por Stefany Andreina Belandria, unos cellos mayoritariamente femeninos y maravillosos en sus fraseos, una madera donde flautas, oboes o clarinetes suenan «a gloria bendita» y sobre todo unos metales «orgánicos» capaces de dinámicas extremas sin perder homogeneidad, musicalidad, buen gusto y protagonismo en su sitio. Y sumemos el piano de Floristán, escuchando, compartiendo, sacando el color y sabor nunca edulcorado, adecuado para cada uno de sus pasajes. Protagonista y compañero sabiendo mandar sin imposiciones, incluso en los rubati, a unos jóvenes que dieron lo mejor de ellos tras un duro trabajo que tuvo la recompensa del aplauso unánime y prolongado.

Tras tanto esfuerzo, tensión y «notas» llegaría tras el verde y duro norte Cantábrico más el sevillano sur florido, el remanso finlandés de Le sapin (El abeto) de Sibelius (la última de sus Cinco piezas para piano, op. 75), donde Juan Floristán nos transportó a la naturaleza pianística de otro gran orquestador donde el piano es el contrapeso necesario para todos, esplendor sonoro lleno de intimismo y melancolía esculpiendo las 88 teclas con maestría y emotividad.

Para toda orquesta sinfónica afrontar la música de Antonín Dvořák (1841-1904) es siempre la piedra de toque de sus músicos y una herramienta donde ponerla a punto con la batuta correspondiente, más que un ejercicio necesario un peldaño en el crecimiento. De la conocidísima «Sinfonía del Nuevo Mundo» vamos bien servidos esta temporada y además con orquestas tanto jovenes como profesionales, que han puesto en los atriles la novena del checo. Así en Gijón las navidades pasadas fue una de las obras elegidas para el debut en su Sociedad Filarmónica de la recién creada Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la batuta de Pedro Ordieres, donde además participé en las notas al programa para comentar esta página «americana» (más breve Óliver antes de comenzarla), y el 23 de enero fue otro regalo de la OSPA, dos interpretaciones recientes para esta sinfonía que no puede ni debe faltar en el archivo ni en los atriles.

Óliver Díaz supo transmitir a la JOSCAN toda la inspiración que el compositor checo encontró en aquellos años neoyorquinos donde combinar el lenguaje romántico europeo y los ritmos afroamericanos sumados al folklore indígena, «realmente multirracial en sus bases» como la definió Bernstein. Sinfonía en cuatro movimientos con todos los recursos del ritmo, el contrapunto y el color orquestal modernos que nos dejaron una interpretación valiente en los tempi elegidos por el asturiano, segura en cada cambio de aire, dejando a los solistas marcar su pulso, manejando los balances con mano firme, sacando en cada sección lo mejor de sus primeros atriles, de nuevo con una cuerda rica en matices y una concepción brillante sin exageraciones ni desmanes en los volúmenes. Las reconocibles melodías de esta «Novena de Dvořák» irían dibujándose claras, presentes, sinfonismo en estado puro con todas las emociones y lenguajes utilizados por el checo que dejó la semilla para una música que se germinaría, crecería y se haría adulta en el «nuevo mundo» como hoy abría y demostraba Copland.

La JOSCAN ya germinó, crece correctamente y ya da sus primeros frutos, bien regada por Óliver Díaz hoy acompañado por Juan Floristán, dejándonos una excelente «resurrección sinfónica juvenil» en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, la mejor presentación en este coliseo por donde ha pasado lo más granado de la música de mi tiempo.

 

PROGRAMA:

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