Inicio

Contraste de reinas

Deja un comentario

Viernes 9 de octubre, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: 79ª Temporada de Ópera, Maria Stuarda, tragedia lírica en dos actos, música de Gaetano Donizetti (1797-1848) con libreto de  Giuseppe Bardari, basado en la traducción italiana de Andrea Maffei de Maria Stuart de Friedrich von Schiller. Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 30 de diciembre de 1835. Coproducción Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Ópera. Fotos de Fernando Rodríguez, RRSS y propias.

(Crítica para Ópera World del 12 de octubre, con tipografía y colores propios y el añadido de los siempre enriquecedores enlaces)

Oviedo, una de las ciudades finalistas para la Capitalidad Cultural Europea de 2031, volvió a demostrar la amplitud de su oferta musical en una jornada en la que coincidieron el segundo título de la temporada lírica del Campoamor y la inauguración del abono de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), última temporada de su titular, el portugués Nuno Coelho. Una de esas curiosas coincidencias propició también el regreso del austriaco Friedrich Haider al podio de «su» Oviedo Filarmonía (OFIL), orquesta a la que contribuyó decisivamente durante su titularidad entre 2004 y 2011, impulsando su crecimiento y el cambio de denominación de la antigua Orquesta Sinfónica Ciudad de Oviedo (OSCO).

Tras inaugurar la temporada del Campoamor con Sorrow, llegaba Maria Stuarda, título intermedio de la llamada “Trilogía Tudor” de Donizetti, junto a Anna Bolena y Roberto Devereux. Tres óperas que, con el amor, los celos, las intrigas palaciegas y la ambición desmedida, contienen todos los ingredientes de una gran serie histórica. La programación ovetense comenzó este recorrido hace dos años y lo culminará el próximo con el viaje musical y dramático al universo de los Tudor (1485-1603).

Estrenada en 1835, Maria Stuarda sitúa frente a frente a dos reinas, Elisabetta I de Inglaterra y Maria I de Escocia, con el conde de Leicester como vértice de un triángulo amoroso. La rivalidad política y religiosa se mezcla así con los celos y el deseo, hasta desembocar en la condena y ejecución de la soberana escocesa. El enfrentamiento entre ambas monarcas, con el célebre insulto «¡Vil bastarda!» como detonante dramático, convirtió la obra en un título especialmente incómodo para la censura. La ópera, inicialmente destinada a estrenarse en Nápoles, tuvo que afrontar cambios y adaptaciones que afectaron tanto al texto como a su recorrido escénico.

Donizetti encuentra en el drama de Schiller un terreno idóneo para desplegar los recursos del bel canto: la ornamentación, el virtuosismo vocal y, sobre todo, una capacidad extraordinaria para convertir el canto en expresión dramática. Bajo la aparente exhibición técnica laten personajes de carne y hueso, con contradicciones, debilidades y una dignidad que la música lleva hasta sus últimas consecuencias. De ahí que escenas como «Figlia impura di Bolena» trasciendan la dificultad vocal para convertirse en auténticos puntos de inflexión teatral. La partitura no se limita a dibujar dos figuras históricas: enfrenta dos maneras de ejercer el poder y dos personalidades condenadas a medirse hasta el final.

De Maria Stuarda existen grabaciones de referencia, entre las que destacan las protagonizadas por Montserrat Caballé y Joan Sutherland en los años setenta, así como la de finales de los noventa con una entonces impresionante Edita Gruberova. Su recuerdo se hizo especialmente presente al reencontrarnos con Haider, que nos había traído a la soprano eslovaca en recital al Auditorio de Oviedo hace 17 años (12 de octubre de 2009) precisamente junto a Oviedo Filarmonía. La memoria también forma parte de la escucha.

En el Campoamor, la ópera solo se había representado en la temporada 2002-2003, con Ángeles Blancas como Maria Stuarda y Joseph Calleja como Leicester entre las voces protagonistas. Aquella producción contó, además, con dos intérpretes asturianos: David Menéndez (Lord Guglielmo Cecil) y Yolanda Montoussé (Anna Kennedy). Veintitrés años después, el título regresaba en una coproducción con ABAO Bilbao Ópera, donde ya la disfrutaron el pasado febrero.

La propuesta escénica de Emilio López busca una lectura actual sin descontextualizar la obra de su periodo histórico. En el programa de mano, el director lo expresa con claridad: «No me interesa trasladar la acción a otra época, sino descubrir todo aquello que sigue siendo profundamente actual dentro del universo de Donizetti». Una declaración que encuentra su reflejo en un montaje de códigos visuales reconocibles, con ecos de Juego de Tronos, pero sin renunciar a la identidad histórica de la trama.

Hay elementos que remiten a la anterior Anna Bolena (de 2024) como la mesa con tablero de ajedrez que Maria arroja al suelo, el pavimento emdosacado y las grandes piezas de ajedrez que convierten a los personajes en figuras de una partida de poder. Entre ellas destaca una reina que terminará descabezada por Lord Cecil, imagen de un destino que parece decidido antes incluso de que las protagonistas puedan mover sus piezas.

El vestuario de Naiara Beistegui mantiene esa estética de serial histórico de cuidada factura, mientras la escenografía geométrica de la asturiana Carmen Castañón construye un espacio de sugerente atemporalidad. Esferas suspendidas, un gigantesco globo terráqueo rodante, un arco cuadrado y dos enormes prismas móviles conforman una arquitectura cambiante que Óscar Frosio transforma mediante una iluminación precisa, adaptando los volúmenes a los distintos ambientes dramáticos. Los vídeos proyectados en el sobretelón completan este universo visual, con resultados desiguales en su desarrollo, pero coherentes con la propuesta general.

Entre las imágenes de mayor impacto destaca el velo rojo proyectado sobre el coro durante la espera de la reina: una sangre simbólica que anticipa la violencia del desenlace y que, al prolongarse, termina por subrayar en exceso una imagen cuya fuerza ya había quedado establecida.

Dos reinas rivales, una católica y otra protestante; una prisionera por orden de la otra; un hombre dividido entre el amor y la lealtad. Y, por encima de todo, una palabra que desencadena la tragedia. Maria y Elisabetta no son aquí simplemente una heroína y una villana, sino dos mujeres atrapadas en las exigencias del poder, obligadas a tomar decisiones cuyas consecuencias acabarán devorándolas. Esa es la lectura que Emilio López coloca en el centro de su propuesta y que la música de Donizetti convierte en drama.

Siguiendo el orden de aparición de los personajes, el telón se abre a la galería palaciega de Westminster. Damas y caballeros regresan del torneo celebrado en honor del embajador francés y esperan la llegada de Elisabetta. El Coro Intermezzo, dirigido por Pablo Moras, permanece buena parte del tiempo en una disposición escénica estática, pero responde con solvencia vocal, afinación y volumen, creciendo en los concertantes hasta alcanzar un resultado especialmente brillante en el final.

La aparición de la mezzosoprano italiana Paola Gardina como Elisabetta ofrece una interpretación que va ganando consistencia a medida que avanza la función. Su instrumento presenta un color homogéneo, agudos poderosos y un registro medio bien proyectado. En la zona grave, sin embargo, pierde parte de la presencia esperable en un papel que tradicionalmente se ha confiado a sopranos, aunque su caracterización de la reina inglesa encuentra otros recursos expresivos con los que sostener la autoridad del personaje.

Buena parte del resultado depende también de una Oviedo Filarmonía que, bajo la batuta de Friedrich Haider, se mostró especialmente sinfónica. Las amplias dinámicas, los contrastes y el cuidado de los matices revelan una lectura musical de calidad, aunque no siempre suficientemente atenta al equilibrio con las voces. En algunos pasajes, la intensidad del foso exige demasiado a los cantantes y amenaza con cubrir la expresión dramática, algo que el bel canto necesita preservar incluso en sus momentos de mayor despliegue virtuoso. Con todo, la orquesta demuestra su solvencia tanto en el acompañamiento como en los pasajes de mayor vuelo instrumental, y el reencuentro con Haider deja un balance musical estimable.

El bajo-barítono David Lagares, como Talbot, vuelve a confirmar una evolución que seguimos apreciando temporada tras temporada en el escenario ovetense. Su instrumento, rotundo y melódico, aporta el necesario contrapeso sonoro a las voces femeninas, mientras su presencia escénica resulta convincente en un repertorio donde el fraseo y la nobleza expresiva son tan importantes como la contundencia. Un conde de Shrewsbury bien delineado y mejor cantado.

En una línea semejante, el barítono Carlos Daza defiende con fidelidad a Lord Guglielmo Cecil, personaje fundamental en la progresión dramática de la obra. Es una de esas figuras que suelen quedar asociadas a la maldad, aunque Donizetti les reserve también momentos de lucimiento vocal. Daza aprovecha esas oportunidades, especialmente en el segundo acto, y contribuye a mantener la tensión de una trama en la que la intriga política nunca deja de avanzar.

Cuando Elisabetta pregunta por Leicester, aparece el tenor coreano Jihoon Son. Afronta los agudos con valentía, aunque en ocasiones se percibe cierta tendencia a cerrarlos, un aspecto que resta algo de amplitud a su línea vocal. A cambio, ofrece una proyección excelente, entrega escénica y un color especialmente esmaltado en el registro medio. Su interpretación gana enteros en los conjuntos, donde encuentra el espacio necesario para integrarse en el tejido vocal sin renunciar a la personalidad del personaje.

El cambio de escenario nos conduce al parque de Fotheringay, donde aparece la reina de Escocia encarnada por la soprano canaria Yolanda Auyanet, también protagonista de la producción en Bilbao. La encontramos en un excelente momento vocal, con una técnica sólida, fraseo cuidado y un legato de auténtica escuela. En Donizetti, esas cualidades son oro puro: la capacidad de sostener la línea, dar sentido a cada frase y hacer que el virtuosismo nazca de la expresión convierte su Maria Stuarda en una creación de notable consistencia. Auyanet no necesita recurrir al exceso para transmitir el orgullo, la fragilidad o la determinación de la reina cautiva. Su instrumento conserva la belleza y la firmeza necesarias para afrontar las exigencias del papel, pero es en la construcción de las frases donde se percibe una experiencia que da profundidad al personaje. La suya es una Maria que vive el drama desde dentro y que, sin perder nunca la dignidad, avanza hacia un final en el que la música y la interpretación se funden con especial intensidad.

La soprano Irina Avramenko, que debutaba en la Temporada de Ópera de Oviedo como Anna Kennedy, dispone de intervenciones más breves, pero suficientes para dejar constancia de su musicalidad. Se integra con naturalidad en los dúos y concertantes, empastando con las voces protagonistas y aportando sensibilidad a la figura de la nodriza, cuyo vínculo con Maria introduce una dimensión más íntima en medio de la lucha política.

La acción crece conforme se suceden los personajes y Donizetti despliega su extraordinaria capacidad para definirlos musicalmente. Los cazadores fuera de escena, el encuentro entre Leicester y Maria, los sextetos y los grandes conjuntos, con o sin coro, revelan una escritura del de Bérgamo reconocible desde los primeros compases: cada voz tiene su espacio, cada intervención modifica el equilibrio dramático y cada concertante parece conducir inevitablemente al conflicto siguiente.

Con seis solistas de nivel homogéneo y una orquesta dispuesta a explorar la riqueza de la partitura, el primer acto dejó ganas de más. La música sostiene la tensión y evita que la sucesión de escenas se convierta en una mera exhibición de recursos vocales, algo esencial en una obra cuyo atractivo reside tanto en el virtuosismo como en la evolución psicológica de sus protagonistas.

Cecil, encarnado por Daza, y Elisabetta, por Gardina, firman el documento que condena a Maria. La sentencia, proyectada sobre los prismas oblicuos, convierte la geometría escénica en una suerte de tribunal visual. Leicester, en la voz de Son, intenta interceder, y el duelo entre los personajes se transforma en un juego de lealtades donde la música dice tanto como las palabras. Las voces se cruzan, se enfrentan y se sostienen mutuamente, mientras la maquinaria del poder sigue su curso.

La escena siguiente nos devuelve a la prisión de Maria. Frente a Cecil y al comprensivo Talbot, la reina escocesa mantiene su orgullo y su arrojo, consciente de que ya no hay negociación posible. La expresividad belcantista encuentra aquí uno de sus terrenos más fértiles: la escritura de Donizetti hace avanzar la acción sin renunciar a la expansión melódica, y cada frase parece acercar a la protagonista a la aceptación de su destino.

La última parte prepara la noche de la ejecución. El coro vuelve a mostrar su solidez, Avramenko se integra con sensibilidad y Auyanet afronta la despedida con gallardía. El primer cañonazo anuncia que la hora se aproxima; Cecil apremia, mientras Talbot y Leicester invocan al Dios vengador de la inocencia. La escena adquiere una dimensión casi ritual, con todos los personajes atrapados en un desenlace que ya nadie puede detener.

«Sangre inocente derramada para apagar la ira del cielo indignado, que no atraiga sobre la Inglaterra perjura el látigo de un Dios vengador». Las palabras, cargadas de presagio, encuentran en la música una expresión desgarradora. El rojo vuelve a ocupar el centro de la escena y la imagen final adquiere toda su fuerza trágica: la reina que ha perdido la corona conserva, sin embargo, la dignidad. El telón cae y el aplauso, contenido hasta ese instante, estalla como respuesta a una tragedia que no necesita subrayados para conmover.

Otro éxito para la Ópera de Oviedo, que mantiene el bel canto como una de las señas de identidad de su temporada. La producción ofrece un marco visual cuidado y una lectura escénica que busca la actualidad sin desfigurar el contexto histórico, mientras el conjunto vocal destaca por su homogeneidad y por la solidez de sus protagonistas, con una Yolanda Auyanet especialmente convincente en la construcción musical y dramática de Maria Stuarda.

La OFIL de Haider aporta calidad y riqueza sonora, aunque un mayor cuidado del equilibrio con las voces habría permitido disfrutar aún más de los matices de la partitura. Son detalles que no empañan el balance general de una función en la que Donizetti vuelve a demostrar que la belleza vocal alcanza su mayor sentido cuando se pone al servicio del drama.

Y queda también una reivindicación que no debería seguir aplazándose: el reconocimiento de nuestros cantantes. En un reparto donde las voces españolas sostienen con solvencia personajes de enorme exigencia, la calidad está demostrada y no necesita disculpas ni concesiones. Producciones como esta, compartidas entre Bilbao y Oviedo, mantienen viva la magia de la lírica y recuerdan que el bel canto no es solo una tradición que preservar, sino un arte capaz de seguir abriendo heridas, siglos después, con la misma belleza con la que las convierte en música.

FICHA:

Viernes 9 de octubre, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: 79ª Temporada de Ópera, Maria Stuarda, tragedia lírica en dos actos, música de Gaetano Donizetti (1797-1848) con libreto de  Giuseppe Bardari, basado en la traducción italiana de Andrea Maffei de “Maria Stuart” de Friedrich von Schiller. Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 30 de diciembre de 1835. Coproducción Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Ópera.

FICHA ARTÍSTICA:

Elisabetta, reina de Inglaterra: Paola Gardina (mezzosoprano) – Maria Stuarda, reina de Escocia: Yolanda Auyanet (soprano) – Roberto, conde de Leicester: Jihoon Son (tenor) – Giorgio Talbot: David Lagares (bajo-barítono) – Lord Guglielmo Cecil: Carlos Daza (barítono) – Anna Kennedy: Irina Avramenko * (soprano).

Dirección musical: Friedrich Haider – Dirección de escena: Emilio López – Diseño de escenografía: Carmen Castañón – Diseño de vestuario: Naiara Beistegui – Diseño de iluminación: Oscar Frosio -Dirección del coro: Pablo Moras

Orquesta Oviedo Filarmonía

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

La música que sigue haciendo ciudad

Deja un comentario

Viernes 25 de septiembre, 11:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe. Presentación de la temporada 2026/2027 de los Conciertos del Auditorio y las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una flauta abriendo el acto con la Danse de la chèvre de Arthur Honegger, en interpretación de Alexandra Pichurina Esipovich, daba paso esta mañana a la presentación de una nueva temporada de dos ciclos que ya forman parte, por derecho propio, de la vida musical de Oviedo. Una temporada especialmente significativa porque llega cuando la ciudad afronta la recta final hacia la decisión sobre la Capitalidad Cultural Europea de 2031, pero también porque supone la despedida de David Álvarez al frente de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

Álvarez hizo balance de estos cuatro años recordando algunos de los grandes momentos vividos desde la Concejalía, entre ellos las visitas de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, con Klaus Mäkelä, y de la Filarmónica de Viena. Lo hacía además desde una doble condición que mantendrá cuando deje el cargo: la de responsable político de la cultura y la de melómano y abonado de estos ciclos. Presentando un vídeo y a cada uno de los intervinientes (Álvaro Faes, Pilar Rubiera y Cosme Marina), quiso destacar en sus distintas alocuciones la fidelidad de un público que sigue creciendo en número de abonados y la importancia de las formaciones asturianas, con Oviedo Filarmonía y El León de Oro a la cabeza, dentro de una política musical sostenida gracias a la colaboración entre la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, la propia Concejalía y los diferentes agentes culturales. Y tuvo palabras especialmente afectuosas para Cosme Marina, director artístico de la Fundación Musical, por su compromiso y lealtad durante estos años. Una idea quedó flotando durante la presentación y bien podría resumir el espíritu de estos ciclos: que la música nos siga uniendo y reuniendo.

Una historia que viene de lejos

Cosme Marina tomó después la palabra para recordar que una programación como esta no aparece de repente en un calendario. Detrás hay décadas de trabajo y una historia musical que comenzó a tomar forma en los años ochenta, con la remunicipalización del Teatro Campoamor, las reformas emprendidas durante la etapa de Antonio Masip como alcalde, y aquellos Conciertos del Campoamor vinculados a Luis Gracia Iberni. También recordó el precedente de los Festivales de la Universidad de Oviedo, aquellas primeras semanas musicales en las que tuvo un papel fundamental Emilio Casares, hasta llegar a febrero de 1992, cuando se celebraron las primeras Jornadas Internacionales de Piano, germen de las actuales Jornadas “Luis G. Iberni”. Nacían con vocación internacional, abiertas al público y con un carácter temático pionero en España, pero sin perder nunca la vinculación con el entorno. En 1999, la creación de Oviedo Filarmonía y la consolidación del Auditorio «Príncipe Felipe» terminarían de dibujar el modelo actual: grandes artistas y formaciones internacionales junto a la presencia de los músicos y proyectos nacidos en Asturias. Y esa combinación sigue siendo una de las señas de identidad de la programación.

Un Auditorio de grandes nombres

La temporada comenzará el 4 de noviembre y se prolongará hasta el 23 de mayo, con un repertorio amplio y una sucesión de nombres que explican por sí solos la dimensión de estos ciclos.

Las Jornadas de Piano tendrán uno de sus momentos destacados el 19 de noviembre, con el encuentro de Jean-Guihen Queyras y Alexandre Tharaud, que celebran treinta años de trayectoria conjunta. Ambos han pasado ya por Oviedo por separado y ahora, por fin, podrán escucharse juntos en una colaboración que han mantenido durante tres décadas. Habrá además dos debuts pianísticos: Olga Scheps, el 9 de diciembre, y Misha Dacić, el 17 de diciembre. Y volverá Grigory Sokolov, el 23 de febrero. Poco más hace falta añadir. Don Gregorio Sokolov es ya parte de la historia de estas Jornadas, una de esas figuras que han convertido Oviedo en una de sus ciudades habituales de gira. Como viene siendo tradición, habrá que esperar unos días antes del concierto para conocer el programa. El ciclo recuperará también a Hélène Grimaud, que regresará a Oviedo el 23 de mayo después de muchos años de ausencia.

En los Conciertos del Auditorio, la apertura correrá a cargo de Vox Luminis y la Camerata Salzburg, con el Réquiem de Mozart, el 4 de noviembre. Una elección que mantiene esa vocación europea que siempre ha caracterizado al ciclo y que adquiere un significado especial en una ciudad que aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura.

Las grandes voces tendrán asimismo un protagonismo destacado. Véronique Gens llegará el 27 de noviembre con Reines, espectáculo que, dentro de España, podrá disfrutarse únicamente en Madrid y Oviedo. El 9 de enero regresará la Orquesta y Coro Nacionales de España, después de décadas de ausencia, con Josep Pons al frente de Un Réquiem alemán de Brahms.

El 12 de enero será el turno de Esa-Pekka Salonen, que dirigirá a la Philharmonia Orchestra y presentará en Oviedo su concierto para violín, con Leila Josefowicz como solista, sumándose al también finlandés Jukka-Pekka Saraste que el 11 de febrero actuará on la Orquesta Filarmónica de Helsinki junto a la violonista MINAMI (Minami Yoshida).

La música histórica tendrá su espacio con los asturianos Forma Antiqva, que el 21 de enero recuperarán para estrenar en Oviedo La Corte in Gioco. Y volverán a escucharse algunas de las grandes voces del panorama lírico: Nadine Sierra, el 26 de enero; Sondra Radvanovsky, en recital junto al pianista Anthony Manoli el 30 de marzo, y Marina Rebeka, que debutará en Oviedo el 6 de mayo junto a Oviedo Filarmonía.

Bach tendrá también su espacio con la celebración de los 300 años de la Pasión según San Juan, en una propuesta que contará con el director argentino Leonardo García-Alarcón, de raíces familiares asturianas. Y habrá un homenaje a Tomás Marco (Madrid 1942), con el estreno de Atalaya sobre Vetusta, encargo del ciclo en torno a Clarín y «La Regenta» («Mapa sonoro de Vetusta»), además de la presencia de Viotti y Capuçon junto a otras propuestas que completarán la programación.

Fuera de abono, los Niños Cantores de Viena el 4 de marzo ampliarán una temporada que vuelve a mirar hacia Europa sin olvidarse de casa.

El público como parte de la historia

Durante la presentación, Pilar Rubiera, presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, insistió en la posición que ocupa la ciudad dentro del panorama musical español y en el esfuerzo por mantener unos precios accesibles. Pero quizá una de las ideas más interesantes de la mañana fue la reivindicación de la propia Oviedo Filarmonía, una orquesta versátil que encuentra en estos conciertos un terreno especialmente adecuado para demostrar su capacidad y que, al mismo tiempo, continúa siendo uno de los pilares de la actividad musical de la ciudad.

También Álvaro Faes, como Jefe de la sección de Oviedo del periódico La Nueva España (en el que escribo puntualmente), puso el foco en algo que a veces queda oculto detrás de los grandes nombres: el público, ese espectador que reserva una fecha, que vuelve cada temporada y que ha construido durante años una relación de fidelidad con estos ciclos. Porque la música de una ciudad no se mide solamente por las orquestas que la visitan, los grandes solistas o los directores internacionales. Se mide también por la capacidad de conseguir que una sala se llene una y otra vez, que un público reconozca los nombres, espere los programas y haga de cada temporada una prolongación de la anterior. Y en Oviedo esa historia viene de lejos.

David Álvarez se despedía hoy de la presentación de un ciclo que comenzó a defender desde su concejalía en 2023. Lo hacía agradeciendo a quienes lo han acompañado durante estos años y anunciando, en cierto modo, que la despedida institucional no será una despedida musical: seguirá siendo abonado. Quizá no haya mejor manera de cerrar una etapa. Porque cambian los concejales, cambian los programas y cambian los nombres sobre el escenario. Pero permanece algo mucho más difícil de construir: una ciudad que espera a la música, un público que responde y un Auditorio que sigue siendo lugar de encuentro.

Y nada mejor para finalizar que volver a escuchar a la joven flautista Alexandra Pichurina y Minera (de “Cantes de Levante» del compositor Oscar de Manuel).

El próximo y primer encuentro del ciclo ya tiene fecha: 4 de noviembre. Mozart, Vox Luminis y la Camerata Salzburg. Que empiece la música.

Información sobre conciertos, abonos, entradas y precios en https://www.oviedo.es/de/ccjp

Estío sinfónico

2 comentarios

Miércoles 26 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, “OFIL CONTIGO… EN VERANO”, organizado dentro de la programación estival de la Fundación Municipal de Cultura (FMC): José Andrés Mir (trombón), Oviedo Filarmonía (OFil), Lucas Macías Navarro (director). Obras de F. David y W. A. Mozart. Entrada libre. Fotos de la orquesta y propias.

La vida musical no entiende de vacaciones, aunque siempre hay momentos para el asueto. Y este último miércoles de un agosto que en Oviedo siempre es más llevadero en cuanto a temperatura, volvía la Oviedo Filarmonía con los conciertos de verano que, ante la amenaza de lluvia, se trasladó del Claustro del Edificio Histórico de la Universidad al Auditorio «Príncipe Felipe», lo que supuso mayor asistencia y comodidad para un público heterogéneo haciendo cola una hora antes y  llenó el patio de butacas más parte del anfiteatro, gracias a un programa ideal para aficionados de todas las edades y gustos, pues la orquesta de la capital tiene «tirón» en Vetusta, pero también supone seguir siendo «La Viena Española» durante el estío asturiano que atrae visitantes de toda la geografía.

Con su titular al frente, que tampoco disfruta de vacaciones, la OFil da la oportunidad a sus primeros atriles de actuar como solistas, en este caso al trombón principal José Andrés Mir (Liria, 1984), que lleva en la formación ovetense desde 2006, y ya tuvo la oportunidad de actuar junto a sus compañeros en 2014 con el concierto de Nino Rota. En esta ocasión, y con la madurez de los años, el apoyo incondicional de sus compañeros y la confianza del maestro Macías Navarro, lo haría con el maravilloso «Concertino» de Ferdinand David al que el compositor alemán titula humildemente como «concertino», tal vez por su duración que apenas sobrepasa el cuarto de hora, aunque mantiene la estructura clásica en tres movimientos (Allegro maestoso- Andante, marcia funèbre-Allegro) que se interpretan sin pausa entre ellos.

Obra escrita en 1837, es una de las obras fundamentales del repertorio romántico para trombón, y se le considera uno de los primeros grandes conciertos para este instrumento, que fue dedicado por David al virtuoso Karl Traugott Queisser, quien lo estrenaría en la Gewandhaus de Leipzig con su paisano Felix Mendelssohn a la batuta. En sus movimientos combina elegancia melódica y lirismo,  propios del lenguaje del hamburgués con una escritura solista que exige gran dominio técnico, flexibilidad y expresividad, con un estilo muy próximo al de Mendelssohn, con un equilibrio entre virtuosismo y musicalidad que han convertido este «Concertino de David» en una pieza de referencia dentro de la literatura para trombón solista.

José Andrés Mir nos dejó una interpretación completa, dominador de principio a fin de una partitura exigente no ya por la técnica (asombrosos los trinos) sino por la amplísima gama de dinámicas en unos fraseos de este instrumento poderoso pero siempre matizado. Precisamente por el abanico de volúmenes, la OFil siempre perfectamente concertada por el director andaluz, pudo desplegar todo lo escrito sobre el papel, sabedora que tanto el timbre como las dinámicas del trombón nunca quedarían opacas. Al contrario, brillaron todas las secciones: la cuerda comandada por Marina Gurdzhiya con cellos y violas «permutadas» más los contrabajos sobre una tarima que les otorga la contundencia en el grave tan necesaria; madera muy empastada con sus momentos melódicos que siempre defienden sus primeros atriles; metales completando un viento que no puede faltar en estas páginas románticas bien ensamblado; y unos timbales seguros, redondeando una muy conjuntada orquesta que sigue sonando segura en todos los repertorios y mantiene esa versatilidad digna de encomio. Un «concertino» que supo a poco por la calidad de todos los intérpretes, en especial un Mir al que sus compañeros y el público premiaron con largas ovaciones.

El regalo tras las palabras de agradecimiento del solista valenciano, sería la muy versioneada Oblivion de Astor Piazzolla en un arreglo de José Vicente Faubel (1990), otro músico de Liria (¡sigue la inmensa cantera de su centenaria Sociedad «La Primitiva»!) para cuarteto de cuerda a cargo de los primeros atriles esta tarde (Marina Gurdzhiyya, Luisa Lavín, Rubén Menéndez y Guillermo L. Cañal) en una interpretación donde el trombonista nos deleitó con un sonido aterciopelado, una repetición del tema llena de buen gusto y un feliz entendimiento y complicidad de estos cinco solistas de la OFil que volvieron a poner al público a sus pies.

Y recomponiendo la plantilla llegaría «La cuarenta de Mozart», penúltima sinfonía del genio de Salzburgo que nunca defrauda, conocida por todos los públicos (el de Oviedo aplaudió el final del primer movimiento) y forma parte de lo que llamo «repertorio sinfónico básico» porque la trilogía final es piedra angular para toda orquesta y un reto para las batutas a lo largo de toda la vida. He perdido la cuenta de las versiones que guardo en mi discoteca y las que he podido disfrutar en vivo, siempre único e irrepetible. Hay incluso estudios sobre la evolución en el tiempo de esta sinfonía con orquestas y directores que nunca son ni suenan iguales, siendo objeto de debate para muchos melómanos. Por lo cercano y reciente, tengo que recordar a Zubin Mehta este verano en Granada, que afrontaría esta trilogía sinfónica desde su propia biografía totalmente distinta a la visión-versión que nos dejó Lucas Macías. Si el nonagenario afrontó la Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 con unos tempi casi para deleitarse, «olvidando» las indicaciones en cada uno de los cuatro movimientos, el onubense optó por el reto de las indicaciones de Mozart en esta su penúltima maravilla sinfónica, sabedor además que «su» OFil responde y le sigue sin titubeos.

Y de Macías este miércoles resaltar su espontaneidad y apuesta por la viveza en el Molto allegro desde la colocación elegida antes citada, cuerda clara y precisa, maderas sin clarinetes «cantando» con una expresividad ya propia, dúo de trompas empastadas; el Andante sacando al primer plano cada sección sin renunciar a la agilidad ni claridad expositiva; un Menuetto más tranquilo donde degustar la sonoridad redonda de esta OFil, y el Allegro assai con el ímpetu necesario manteniendo los detalles que se escucharon nítidos desde el dominio de esta sinfonía que el maestro llevó de memoria y sin batuta, expresividad en ambas manos sin excesos gestuales, sabedor que «su orquesta» responde tras este tiempo como titular, donde sigue creciendo desde el podio y haciendo crecer a esta formación que no deja de sorprendernos desde sus inicios allá por 1999 como OSCO y que el maestro Haider logró levantar el vuelo, con algunos altibajos posteriores que el onubense ha remontado y aún desconozco dónde llegará de altura viendo la evolución hasta este 2026.

Mozart es muy exigente, traicionero por la engañosa sencillez, al menos para el oyente, y todo un reto que se debe afrontar desde el trabajo continuado. Esta «Cuarenta» ha sido otra prueba para comprobar cómo mantener un repertorio que no puede faltar, desde la tradición a la actualidad, con lecturas de nuestro tiempo sin más afán que disfrutar con calidad de «tanta buena música».

El próximo viernes habrá otra oportunidad para seguir disfrutando con la OFil, Andrey Baranov, Gabriel Ureña y Lucas Macías al frente, que espero contar desde aquí.

 

PROGRAMA:

Ferdinand David (Hamburgo, 1810 – Klosters-Serneus, Suiza, 1873):

Concertino op. 4 para trombón y orquesta:

I. Allegro maestoso – II. Andante, marcia funèbre – III. Allegro

W. A. Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto – Trio

IV. Allegro assai

Músicas para el universo

Deja un comentario

Viernes 7 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto «Armonía Eclíptica” , en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Oviedo Filarmonía (OFil), Anthony Gabriele (director). Obras de R. Strauss, John Estacio, Debussy, Holst, Rodrigo y Mussorgsky. Entrada butaca: 20€. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Gracias a un trío de eclipses que serán históricos (dos totales este año y el próximo 2027, más otro anular en 2028) el CSIC ha organizado estos conciertos multimedia dentro de un ciclo don distintas formaciones orquestales para acompañar esta tríada de eclipses. Tras un vídeo del propio CSIC, la mayor institución pública de investigación de España y una de las más importantes a nivel mundial, también en el campo de la astronomía y la astrofísica, con más de 14000 proyectos, defendiendo todas las ciencias y sus avances, con presencia en distintos lugares de la geografía, llegaría una variada banda sonora elegida para la ocasión, que encontró unas imágenes espectaculares gracias al excelente trabajo audiovisual de José Francisco Salgado Alicea (físico portorriqueño y doctor en Astronomía por la Universidad de Michigan, además de fotógrafo experimental y artista visual), y su Proyecto KV 265 (Science trough Art) del que Salgado es cofundador y director ejecutivo: calidad y belleza por momentos pictórica, perfectamente encajadas y sincronizadas con las partituras gracias a la siempre versátil OFil en este primer viernes de agosto bajo la dirección del maestro Anthony Gabriele, especialista en dirigir músicas de película, quien sacaría de la formación ovetense buenas notas, con parte de su plantilla ausente (supongo que por permisos vacacionales) aunque sin perder las cualidades que va atesorando con el tiempo y donde la mencionada versatilidad a lo largo de sus 27 años viene de los muchos directores y repertorios que van modelando un sonido propio.

La propuesta combinaba la música en directo con las proyecciones de imágenes científicas, comenzando con el Richard Strauss cinematográfico de Así habló Zaratustra cuya introducción seguimos asociando con Kubrick, un melómano que ha sabido siempre buscar las mejores músicas para su amplia cinematografía.

El Sol, la Tierra, la Luna y un infinito elenco de galaxias, universos, auroras boreales, el fotón en el centro del astro rey, recreaciones de impactos de meteoritos, sondas espaciales o planetas que irían proyectándose en la pantalla gigante.

Momentos casi épicos como en Solaris de John Estacio (1967), un viaje dede el sol donde la luz alcanza la Tierra en ocho minutos y veinte segundos, la misma duración de esta obra con la gama cromática de la agitada además de violenta física solar, con la OFil sacando todo el potencial de una amplia plantilla para la ocasión, casi preludio al Claro de Luna de Debussy, en orquestación a partir del pianístico perteneciente a la «Suite Bergamasque», con imágenes hispanas de atardeceres en Burgos, Segovia, León, Astorga o La Coruña con la Torre de Hércules. Música impresionista ideal para una buena publicidad de los distintos monumentos por todos conocidos, con la luna que hechiza e ilumina, que las notas al programa de Juan Ramón Pardo Carrión (del Instituto de Física Fundamental IIFF-CSIC), describe como «un remanso selenita de evocadora calma, pausada y poética en lo musical y lo visual».

En un concierto con la ciencia y el firmamento, como eje temático, no podían faltar dos de “Los planetas” de Holst, una música siempre asociada con el espacio junto a las imágenes espectaculares, primero Júpiter, el portador de la alegría, hermano mayor de nuestro sistema, y después Mercurio, el mensajero alado en arreglos de Cliff Colnot (Youngstown, Ohio, 1947 – Chicago, 2024), tras el “preludio” del propio Estacio y la luna de Debussy.

El poco escuchado poema sinfónico A la busca del más allá (1976) de Joaquín Rodrigo, resultó una de las obras más logradas en ejecución y sincronismo por parte de todos, obra que no llega al cuarto de hora, encargada por la Orquesta Sinfónica de Houston para conmemorar el Bicentenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y dedicada a los astronautas de la NASA, en especial a Walt Cunningham que también era guitarrista y admirador del compositor español (obra estrenada bajo la dirección de Antoni Ros Marbá el 27 de marzo de 1978). Aquí la propia música del valenciano ya invita a viajar por un cosmos pletórico, luminoso, insondable e infinito, sumándose unas imágenes a cual más impactantes.

Retomando las notas de Pardo Carrión, quien cita las palabras de Cecilia, la hija del saguntino «Es como si mi padre, que no veía, hubiera escrito la música para acompañar sus vistas del espacio». De rica orquestación y con intervenciones exquisitas tanto del corno inglés (igual que en el famoso Concierto de Aranjuez) como de la celesta que le da ese aire etéreo, la unión de imagen y sonido fue todo un acierto.

Y tras una mínima pausa, llegaría un “Universo en exposición” utilizando al Mussorgsky donde las pinturas de Hartmann fueron imágenes coloreadas por Ravel para un museo que resultó ser el propio universo con fotos cuales cuadros, sin percusión en otro arreglo de Cliff Colnot que parece prefirió prescindir de los títulos y grandiosidad originales, aún mayores en la orquestación del vasco-francés, para dejar que fuese el firmamento quien tuviese todo el protagonismo. Castillos o Tullerías luminosos, un mercado de estrellas, unas catacumbas de agujeros negros, patas no de gallinas sino esferas luminosas, unos muertos que siguen resplandecientes en el espacio, o la puerta mayor de Orión que fueron los cuadros estelares con una orquesta “descafeinada” al servicio del relator Salgado con una elección de imágenes, vídeos y música para disfrutar este espectáculo multimedia preparando el trío de eclipses que arranca el próximo miércoles 12 con Asturias entre los mejores palcos.

Paseando por Vetusta

Deja un comentario

Jueves 4 de junio, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio: Steven Isserlis, (violonchelo), Oviedo Filarmonía (OFIL), Pietari Inkinen (director). Obras de Parera Fons, W. Walton y Sibelius.

Finaliza la temporada de los Conciertos del Auditorio con la OFIL que es la residente de este ciclo, esta vez dirigido por el violinista y director finlandés Pietari Inkinen (Kouvola, 29 de abril de 1980), y el chelista británico Steven Isserlis (Londres, 19 de diciembre de 1958) que volvía a Oviedo después de cinco años, con el concierto de Walton, del que el londinense es uno de sus mayores difusores.

De esa inmensa cantera de directores que es Finlandia, con una lista que sigue creciendo y están ocupando podios en medio mundo, habría para hacer una tesis doctoral y una reflexión por la juventud de la última “hornada” (mujeres incluidas), dado que a diferencia de otros países, en la Academia Sibelius de Helsinki se estudia dirección en paralelo a otros instrumentos (en España los Conservatorios llevan retraso secular hasta en su nomenclatura), por lo que no es extraño encontrarnos veinteañeros como Peltokoski, mi “último descubrimiento”. Más maduro, en todos los sentidos, Pietari Inkinen viene a sumarse a la “cantera finlandesa” poniéndose al frente de nuestra OFIL para una clausura por todo lo alto, sin que nos faltase un estreno, el de Antoni Parera Fons (Manacor, 1943) y su Vetusta promenade, encargo de la propia orquesta ovetense, aunque sería Sibelius el fuerte de la velada, siempre aplicando mi dicho de “no hay quinta mala”.

De Vetusta promenade las notas al programa del cellista, profesor y doctor en Musicología Santiago Ruiz de la Peña Fernández, nos cuenta y describe la partitura del compositor mallorquín:

«Vetusta promenade, de Antoni Parera, obra compuesta en 2025 por encargo de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, propone un paseo sonoro por la Vetusta clariniana. Concebida por el autor como una mirada a una sociedad de claroscuros, de pasiones ocultas y lamentos silenciados, la partitura despliega un crescendo emocional que avanza de principio a fin. Junto al empleo de un lenguaje modal, que dota a la obra de una ambigüedad armónica generadora de una sensación siempre latente de inestabilidad emocional, el discurso compositivo se construye a partir de una notable austeridad de material. Dos temas, sometidos a continuas reelaboraciones a lo largo de la obra, conforman una sólida unidad motívica, lo que revela una escritura minuciosa, laboriosa y profundamente reflexiva. Mientras que los motivos melódicos recaen preferentemente en las maderas, la cuerda protagoniza los pasajes de mayor sosiego. Los metales refuerzan los momentos de máxima intensidad expresiva, con un papel destacado de las trompas como nexo entre las secciones orquestales, al tiempo que la paleta orquestal se amplía gracias al aporte tímbrico del arpa, la celesta y el piano.

Escrita a modo de obertura, la introducción se articula a partir de un motivo ondulante en maderas, cuerdas graves y celesta, acompañado por arpegios de piano y arpa y trémolos de violines con sordina. Un toque de campana, respondido por una llamada de trompetas y ecos en las maderas, da entrada al primer tema a cargo del clarinete bajo. Se trata de una melodía breve, ondulante, mágica y misteriosa, de trasfondo oscuro, contrastante con el segundo tema, más luminoso y festivo, presentado por el oboe. El desarrollo, construido mediante sucesivas transformaciones de los dos temas y del material introductorio, que se entrelazan superpuestos y confrontados, desemboca en un gran crescendo de toda la orquesta sobre la nota do, centro tonal de la composición».

Paseo clariniano el del manacorí con ecos parisinos de Debussy o Falla con una plantilla poderosa que curiosamente era muy similar al Walton posterior (desconozco si sabía que irían juntas y de ahí esa coincidencia casi total). Interesante instrumentación donde la percusión no puede faltar para crear ese ambiente de neblina carbayona y campanas emulando La Wamba, con toques de celesta, piano y arpa, aunque toda la orquesta se mostró compacta, afinada, con solos bellísimos del oboe y el corno inglés, toda la madera impecable, unos metales empastados y afinados, más una cuerda sutil y muy matizada. El estudio de la partitura por parte de Inkinen se notó en esta primera obra, de gesto no muy grande pero siempre claro, preciso, marcando todo, dando seguridad y empaque a un estreno que enlazó perfectamente con el concierto posterior a cargo de Isserlis.

Prescindiendo del piano y añadiendo dos tubas a una OFIL que nuevamente contaría con el refuerzo de alumnado del CONSMUPA, sobre el concierto de Walton , el profesor Santiago Ruiz de la Peña (con su hijo en la misma cuerda de chelos) escribe:

«El Concierto para violonchelo de William Walton, compuesto por encargo de Gregor Piatigorsky, fue escrito entre febrero y octubre de 1956, periodo durante el cual el compositor y el violonchelista mantuvieron una correspondencia regular sobre diversos asuntos técnicos de la obra. Tras su estreno en 1957, parte de la crítica la percibió como decadente y anclada en la tradición romántica, pues, «aunque bien construido, la disonancia que presenta no alarmaría ni a una anciana». La obra, con una exigente parte orquestal, produce una impresión inicial más cercana a la de un poema sinfónico con violonchelo obligado que a la de un concierto tradicional, y presenta una estructura poco convencional al invertir el patrón habitual de tres movimientos de los conciertos clásicos adoptando un esquema lento-rápido-lento.

El primer tiempo es evocador y nostálgico. Sobre una figura de tic-tac hipnótica y rítmica de las cuerdas en pizzicato y los instrumentos de viento, la suave voz del violonchelo desarrolla lentamente una hermosa y oscura melodía. Tras la serenidad del primer movimiento, arranca un arrebatador y virtuoso Allegro appassionato, donde solista y orquesta se persiguen a toda velocidad en un constante movimiento perpetuo. Melodías elevadas, con armónicos aflautados, escalas vertiginosas y dobles cuerdas, crean un discurso de gran tensión, detenido ocasionalmente por momentos de un lirismo conmovedor a cargo del violonchelo. El último movimiento, Tema ed improvvisazioni, con la segunda y la cuarta variación asignadas al solista sin acompañamiento y concebidas como auténticas cadencias, concluye con un último suspiro del violonchelo desvaneciéndose sobre su nota más grave, un cierre de obra melancólico y nostálgico que Walton revisó en varias ocasiones, pues Piatigorsky deseaba un final más dramático e impactante».

Si Antoni Parera evocaba la capital asturiana, Sir William Walton aún más su Gran Bretaña, con una escritura que pasa por continuos “sobresaltos anímicos” que el Stradivarius “Marquis de Corberon” (1726) en las manos del solista británico siempre estuvo presente, perfectamente concertado por la batuta finlandesa, tiempos para disfrutar de todas las secciones de la OFIL y el virtuosismo de un Isserlis que en sus intervenciones solistas volvió a mostrar una sonoridad amplísima donde la técnica está siempre al servicio de la música escrita por su compatriota.

La propina desprovisto de arco y toda en pizzicato sería «Chonguri» del giorgiano Sulkhan Tsintsadzesonó (1925-1991), si se me permite el calificativo de sonido “british”, muy rítmico y en la línea de Clancy Newman o Jerry Liu e incluso los “juguetes” de Yo-Yo-Ma, donde la sonoridad del chelo solo es plenamente moderna tras el esfuerzo con Walton.

Y en la segunda parte la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor de Sibelius. Hace años que el compositor finlandés me ganó en el terreno orquestal, en parte por el excelente blog a él dedicado del vallisoletano David Revilla. Puedo presumir de compartir con él programas y hasta atesoro muchos vinilos y algunas integrales en CD, incluso compartí mi escapada al barrio de Töölö en Helsinki, donde hice mi personal peregrinaje al Monumento “Passio Musicae”  (obra de la escultora Eila Hiltunen inaugurado en 1967) que tiene en el parque con su nombre. Rodeado de “hordas salvajes” que hacían el tour turístico sin saber siquiera quién fue Sibelius o lo que representaban las dos obras enfrentadas. Hombre orgulloso y tímido, reservado y sensible, con una vida marcada por las contradicciones, como apuntan muchas de sus biografías, aunque otras lo describen como de «vida tranquila, sin turbulencias ni pasiones, no exentas de conflictos pero siempre sin estrépito». Su música parece reflejar esa personalidad que nos transmiten sus fotografías, esa mezcla de serenidad a veces sombría pero sin excesos ni desmesura, un verdadero mago de la orquesta que supo cantar como nadie a su pueblo y los paisajes nórdicos que tanto amaba.

De esta Quinta hay muchísima literatura, casi tanta como el tiempo que le llevó su composición. En el blog “Sibelius en castellano” del pucelano, ya escribe sobre esta sinfonía:

« (…) su creación fue gestada por el músico en un periodo prolongado, durante el cual redactó hasta tres versiones del trabajo, estrenadas respectivamente en 1915, 1916 y 1919, resultado del deseo de que la sinfonía, a pesar del reconocimiento que tuviera en su primer estreno, alcanzara la perfección con respecto a la idea que tenía en su mente de ella. Este largo proceso creativo, y la implicación emocional, su conexión biográfica, y los debates estéticos que suscitaba en la imaginación de Sibelius los cambios y la ascensión hacia la forma que considerará final de sus notas, resultan auténticamente reveladora para quienes nos hemos dedicado, de una manera u otra, a observar y estudiar la música del genio finlandés».

Sinfonía plenamente interiorizada por Pietari Inkinen sin las ataduras del atril, supuso una dirección precisa, acertada, dejando fluir una música rica con una respuesta perfecta de una OFIL versátil, aplicada, que navega por mares muy distintos (y que la próxima semana vuelve al foso del Campoamor para cerrar el XXXIII Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo con “Maharajá”). Una temporada de conciertos que deja un sobresaliente a la  ya veterana orquesta ovetense, siempre enriqueciéndose con directores como el finlandés que jugó con los tempi, los balances y la expresividad de esta sinfonía de su tierra no tan distinta a la nuestra, que hizo disfrutar a músicos y aficionados en buena respuesta.

Ya nos han hecho llegar en los programas de mano un avance de la próxima temporada, pero esperaremos a concretar las fechas, aunque los nombres ya auguran otro curso exitoso para “pasear por Vetusta” y seguir llamándola “La Viena Española”, que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA

PARTE I

Antoni Parera Fons (Manacor, 1943)

Vetusta promenade (2025)

(Obra de encargo por Oviedo Filarmonía)

William Walton (1902-1983)

Concierto para violonchelo y orquesta (1957):

Moderato

Allegro appassionato

Tema ed improvvisazioni

PARTE II

Jean Sibelius (Hämeenlina, 8 de diciembre de 1865 – Järvenpäá, 20 de septiembre de 1957)

Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 (1915, rev. 1916 -desaparecida-, rev. 1917/1919):

Tempo molto moderato
Andante mosso, quasi allegretto
Allegro molto

Arde París

2 comentarios

Martes 21 de mayo, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Emily D’Angelo (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Arriaga, Rossini y Falla. Fotos de Pablo Piquero y propias.

En una semana de lo más musical, acabando mayo llegaba el antepenúltimo de los Conciertos del Auditorio «Con París como telón de fondo» como titula Pablo Meléndez-Haddad las notas al programa. Y Oviedo Filarmonía pasaba con la ductilidad a la que nos tiene acostumbrados del foso zarzuelístico al repertorio sinfónico, con un ajetreado final de temporada, que nuevamente con su titular Lucas Macías Navarro (quien además acaba de renovar hasta la temporada 2027-28 con la OCG y la nueva gerencia de Ana Mateo). Orquesta y maestro siguen creciendo y haciendo crecer cada actuación en estos años de estabilidad.

Volvía nuevamente a Oviedo la mezzo canadiense Emily D’Angelo (Toronto, 23 de septiembre de 1994) que tan grato recuerdo nos dejó hace cuatro años, encandilando al numeroso público del auditorio especialmente con Rossini, pero esto lo cuento más adelante.

Al malogrado compositor vizcaíno Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Baizola (Bilbao, 1806 – París, 1826) se le ha llamado «El Mozart español» por ser un niño prodigio pero de sorprendente «madurez melódica y expresiva» como nos cuenta mi tocayo periodista, historiador y crítico musical. No es habitual en lo conciertos pese a que su calidad es equiparable a los mejores clásicos, manteniendo un estilo propio. Retomo las notas de Meléndez-Haddad sobre el genio vasco (de quien conmemoramos su 200 aniversario), «formado como músico en París, con once años ya comenzaba a destacar por su calidad y obras como su  ópera Los esclavos felices (1820), escrita el año anterior a su traslado, con 15 años, a París, donde se inscribiría en la École Royale de Musique et Declamation, siendo discípulo de Cherubini, quien le nombró profesor ayudante, sus obras se mueven entre el Clasicismo vienés y el incipiente Romanticismo francés».

La Sinfonía en Re para orquesta sinfónica, es una partitura ideal para formaciones como Oviedo Filarmonía. La Orquesta del Conservatorio de París, que la estrenó, no llegaba a los 40 músicos, mientras en el auditorio estos eran toda la cuerda (capitaneada por Marina Gurdzhiya) más viento a dos -sin trombones ni tuba- y timbales. De las grabaciones existentes, tengo en CD las de López Cobos con la Orquesta de Cámara Inglesa, y la de Jordi Savall con su orquesta Le Concert des Nations, ambas dignas de reescuchar, y que en el directo de esta jueves con calor veraniego, sumó fuego a todo el programa.

De estructura clásica en cuatro movimientos (Adagio, Andante, Allegro-Minuetto y Allegro con moto), su orquestación permitió comprobar el excelente momento de esta orquesta ambiciosa y colorista como la propia partitura de Arriaga. Una madera empastada, cuarteto de metales a pares (trompetas y trompas) de sonido orgánico y una cuerda que da gusto escucharla con un sonido claro, aterciopelado y compacto, siempre bien llevada de la(s) mano(s) de Macías.

El cisne de Pésaro tiene un lenguaje propio e inimitable por su manejo melódico, las armonías y una instrumentación única, tanto en sus óperas como en los «pecados de vejez». Esta Giovanna d’Arco (1832), cantata para voz solista y piano, en el arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino (Palermo, 1947), Rossini la estrena primero en su casa parisina (1 de abril de 1859) con él al piano y la célebre Marietta Alboni, antes de abandonarse a los placeres culinarios. Hay una versión orquestal de 1842, aunque la de Sciarrino es un encargo del Festival Rossini (1989) estrenada por nuestra Teresa Berganza bajo la dirección de Alberto Zedda.

Como tantos otros, el italiano se rindió a la santa doncella quemada en la hoguera, con ese estilo romántico que no faltó en la interpretación de una Emily D’Angelo ideal por tesitura, color, proyección e incluso dramatismo. Página bien interiorizada por la mezzo canadiense a quien solo faltó el fuego alrededor, pero que puso toda la carne en el asador, bien cocinada por Macías y la OFIL que mantuvo bien planos y dinámicas, en parte por una mezzo de registro grave, cercano al original de contralto, aunque con unos agudos y agilidades casi «belcantistas» que le permitieron afrontar esta cantata operística por su escritura (donde no faltan los recitativos) con una orquesta que fue manteniendo vivo el fuego enriqueciendo el original con piano.

La orquestación de Salvatore Sciarrino es totalmente respetuosa con el estilo del gourmet, y nos permitió disfrutar de una OFIL magnífica en todas las secciones, arropando a esta Juana de Arco convincente, pletórica y con una dramatización digna de las grandes figuras de la lírica (como demostrase en su recital junto a la soprano ucraniana Olga Kulchynska) incluso por el vestuario y corte de pelo habituales.

Sobre esta cantata, Meléndez-Haddad escribe: «Sigue siendo un misterio la autoría del libreto utilizado por Rossini en su Grande scena Giovanna D’Arco. Cantata a voce sola con accompagnamento di piano, espressamente composta per Madamigella Olimpia Pélissier da Rossini, aunque algunas fuentes apuntan al libretista Gaetano Rossi (1774-1855), quien colaboró con Vaccai en una ópera basada en la vida de la santa. Lejos de pretender brindar dimensión operística a esta pieza, una de las últimas de Rossini antes de su abrupta retirada, el compositor opta por un monólogo para voz de contralto con la típica estructura de cantata italiana con raíces en el Barroco dividida en recitativo / aria / recitativo / cabaletta brillante, secciones que permiten detallar la lucha interior de la heroína. El arco dramático camina desde un comienzo íntimo, melancólico, para posteriormente evocar a su madre y a su familia (“O mia madre, se frattanto”), para decantar en una emoción tan contenida como profunda antes del apasionado final (“Corre la gioia di core in core”), en el que la doncella, plena de energía y determinación, acaba celebrando su infausto destino». Así la afrontaron D’Angelo y OFIL con su titular Macías Navarro, una página poco habitual en los conciertos y que el público asturiano tan lírico siempre agradece acudiendo puntualmente a estos conciertos.

Este año se conmemoran los 150 años del nacimiento y 80 de la muerte del gaditano Manuel de Falla (1876-1946) cuya música eleva el nacionalismo español hasta el universo mundial, con obras sinfónicas que son habituales en los conciertos, más aún en este 2026. Para la ocasión y aprovechando la presencia de la mezzo canadiense, la segunda parte la ocuparía El amor brujo (versión de 1925). El maestro Macías repetirá con Falla en el 75 Festival Internacional de Granada al frente de la OCG en la primera versión inédita de 1905 de su ópera La vida breve el próximo 10 de julio en el Palacio de Carlos V en este #Falla150, donde en el amplio elenco estará el tenor asturiano Alejandro Roy (dejo sobre estas líneas el avance en el programa). 

El amor brujo es un ballet-pantomima escrito para orquesta de cámara entre 1914 y 1915, recién acabado de llegar de París, donde residía, huyendo de la guerra. «Sobre un libreto de María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra lo presentará en 1915 en el Teatro Lara de Madrid como gitanería, incluyendo danzas, canciones y texto según lo solicitado por la mítica Pastora Imperio. Al año siguiente Falla replantea la obra y propone una orquestación para conjunto sinfónico antes de una tercera revisión que se daría a conocer en París en 1923, la misma que, dos años después, estrena como ballet». Si de Arriaga refería mis grabaciones, de este «Falla brujo» casi puedo decir que colecciono versiones de todo tipo, donde no faltan las cantaoras pues en El amor brujo late el profundo conocimiento que Falla tenía del cante jondo (recordando que en 1922 junto a Lorca organizó en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra granadina el primer concurso, germen del actual festival internacional de música y danza de la capital nazarí). Pero si me piden una, aunque todos sepamos lo que supone grabar en estudio y nada que ver con el siempre irrepetible directo, me quedo con Rocío Jurado y la ONE dirigida por Jesús López Cobos, banda sonora de la película de Carlos Saura, pues nadie como la chipionera para poner fuego, pasión, celos y fantasmas, el retrato de Candela y Carmelo, la pareja de enamorados que lucha contra todo, un canto al amor teñido de genuino duende y quejío. Claro que de las líricas evidentemente elijo a la siempre recordada madrileña Teresa Berganza, porque sigue siendo mi referente entre «las grandes de la escena».

Es difícil para las mezzos y aún mejor contraltos rodadas en la lírica, captar la esencia flamenca que exige otra técnica y estilo, más tras el Rossini anterior donde el fuego alcanzó altas temperaturas para arrancar este Amor brujo ovetense. Para la Candela canadiense con perfecta dicción española no es el mejor papel al que enfrentarse. Sobreponiendo a su vestuario una gasa negra con grandes lunares -un toque actual flamenco-, sus intervenciones (Canción del amor dolido, Canción del fuego fatuo, Danza del juego del amor y Las campanas del amanecer) fueron de menos a más, pues la orquesta arrancó poderosa en la Introducción y escena sin bajar decibelios para el primer número. Para la mezzo en el registro grave pierde volumen aunque mantiene el color y cuerpo que mostró en la primera parte; mejor el fuego fatuo que intentó quemarla como a Juana de Arco, pero solventó con un estilo propio, elegante y bien fraseado, aunque no tenga el quejío flamenco; algo más templada la orquesta en el tercer número pudo lucir presencia y personalidad junto a violín y oboe; mas las campanas finales avivaron las llamas  y en el agudo no pudo brillar porque su color tiende a lo oscuro, aunque por otra parte la orquesta no bajaría el calor a lo largo de los doce números de este ballet en concierto sinfónico-vocal.

Y si Emily D’Angelo exprimió todo su potencial vocal buscando la cercanía a lo nuestro, sería Oviedo Filarmonía quien bordó cada intervención desde todos los principales. Si la trompeta del valenciano Juan Antonio Soriano lució en cada aparición, brillo y color con sordina, de fraseos empastados, el oboe del navarro Jorge Bronte no se quedó a la zaga, incluso en sus diálogos -a lo largo de todo su registro- con trompeta y flauta, más aún «jugando con el amor» de la mezzo. Importante e imponente la trompa del de Liria, Víctor Talayero, en la primera parte, más Daniel Ayala en Falla que no falla: de afinación exquisita y empastes con los metales muy destacados. La flauta de la cartagenera Mercedes Schmidt brilló a lo largo de todo el concierto (verdadero pájaro cantor); el clarinete de la madrileña Inés Allué mantuvo el altísimo nivel interpretativo. Contar con el piano del virtuoso ruso Sergey Bezrodny sigue siendo un lujo para toda orquesta, más el violín de la moscovita Gurdzhiya «cantando» con D’Angelo el juego del amor resultó uno de los momentos más líricos junto a su solo en la Pantomima, y otro tanto el chelo siempre solvente del avilesino Gabriel Ureña en el mismo número. El cuarteto de contrabajos sobre la tarima logró la sonoridad rotunda y necesaria en los graves más el empuje rítmico junto a los timbales siempre acertados del ilerdense Daniel Ishanda. Toda la cuerda sonó rica de color, presente, bien balanceada, y el maestro onubense Macías dejándoles interpretar gustándose (tanto en la Escena como la Pantomima resultaron otros momentos orquestales de altura para cada sección y principales brillando todos a gran nivel). La conocida Danza ritual del fuego bien avivado por el tempo elegido, sirvió para deleitarnos con esas maravillosas dinámicas sinfónicas y los balances precisos de los principales junto al tutti poderoso con un final que dejó esta evocación de un París en llamas para este jueves caluroso pero sin quemarnos.

PROGRAMA

PARTE I

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Sinfonía en re

Adagio / Andante / Allegro-Minuetto / Allegro con moto

Gioachino Rossini (1792-1868)

Giovanna d’Arco, cantata para voz solista y orquesta (arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino)

PARTE II

Manuel de Falla (1876-1946)

El amor brujo (versión de 1925)

Introducción y escena

Canción del amor dolido
El aparecido (El espectro)
Danza del terror
El círculo mágico. Romance del pescador A media noche. Los sortilegios
Danza ritual del fuego
Escena
Canción del fuego fatuo
Pantomima
Danza del juego del amor
Final. Las campanas del amanecer

Oviedo de verbena

1 comentario

Oviedo se rinde a “La verbena de la Paloma” antes de su estreno en el Campoamor

El Teatro Campoamor acogió esta mañana a las 11:30 horas en su Salón de Té, la presentación oficial de La verbena de la Paloma, tercer y penúltimo título del XXXIII Festival Lírico Español de Oviedo, organizado por la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo, en colaboración con el diario La Nueva España. Y si algo quedó claro durante la rueda de prensa es que el montaje llega rodeado de una enorme expectación.

La producción, dirigida musicalmente por Víctor Pablo Pérez y escénicamente por Nuria Castejón, ha agotado todas las localidades para sus dos funciones previstas, los días 14 y 16 de mayo, apenas unos días después de ponerse a la venta. El propio elenco y equipo técnico reclamaron públicamente la posibilidad de añadir una tercera representación ante la alta demanda del público ovetense.

Durante la presentación, el concejal y presidente de la fundación municipal, David Álvarez, definió la célebre zarzuela como “uno de los hits del corpus de la zarzuela”, destacando además la singularidad de esta propuesta escénica, que incorpora como prólogo Adiós, Apolo, un sainete escrito por Álvaro Tato (Madrid, 1978). La pieza recrea la última noche del mítico Teatro Apolo de Madrid en 1929, escenario donde precisamente se estrenó La verbena de la Paloma en 1894. El director burgalés Víctor Pablo Pérez, tendrá un encuentro el próximo viernes 15 a las 19:30 horas en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, dentro del ciclo Cultura OFF, donde recordará su estancia en nuestra tierra (bajo el título Historias de la Historia Musical de Oviedo) desde 1980 a 1988, como nos recordaron en esta rueda de prensa tanto el concejal como el propio maestro.

Un homenaje al Teatro Apolo y a la zarzuela clásica

Nuria Castejón explicó que el montaje mantiene la esencia clásica de la obra, aunque traslada ligeramente la acción hasta 1929 para enlazarla con el prólogo. Según detalló, Adiós, Apolo funciona como un homenaje sentimental y humorístico al desaparecido teatro madrileño, evocando aquella histórica última función en la que el público se resistía a abandonar la sala y tuvo que intervenir la policía para desalojarla.

“Todo está contado desde el humor y desde un tono muy romántico”, señaló la directora de escena, que apuesta por una mirada cercana y emotiva sobre una de las obras más populares del género.

Por su parte, el director artístico de este festival, Cosme Marina, aseguró que, pese a las numerosas versiones de La verbena de la Paloma representadas durante las más de tres décadas del certamen, “ninguna como ésta”. Marina destacó especialmente la magnitud del reparto y la cuidada unión dramatúrgica entre las dos piezas que conforman el espectáculo.

Un elenco entregado… y enamorado de Oviedo

La actriz Gurutze Beitia, encargada de interpretar a ‘Tía Antonia’, definió el ambiente de trabajo como “una familia de verdad” y lamentó que no exista, de momento, una tercera función para responder al entusiasmo del público.

También la soprano valenciana Carmen Romeu, que dará vida a ‘Susana’, elogió la dirección musical de Víctor Pablo Pérez, capaz de aportar “frescura y nuevos matices” a una partitura tan conocida. La ovetense María Zapata, encargada del personaje de ‘Casta’, resumió el espíritu del espectáculo con una frase rotunda: “Es una obra sumamente divertida, para verla varias veces”.

El actor y tenor Antonio Comas, que participa tanto en el prólogo como en la zarzuela principal en el papel de ‘Don Hilarión’, así como Rafa Castejón, que hace de ‘director de escena’ en el prólogo y de ‘tabernero’ en esta producción, destacaron la calidad artística de un equipo en el que coinciden “muy buenos actores y muy buenos cantantes que son buenos actores”. La reflexión final dejó una de las frases más celebradas de la presentación: “La modernez significa hacer las cosas bien”.

Con el cartel de “entradas agotadas” colgado desde hace semanas y el respaldo unánime del equipo artístico, Oviedo vuelve a confirmar su condición de gran plaza de la lírica española, consolidándose —como apuntaron varios participantes— como el segundo gran referente nacional del género, solo por detrás del Teatro de la Zarzuela.

¡Oviedo pide más funciones de zarzuela!

Añadir que dentro del Ciclo Off Zarzuela, el sábado 16 habrá Talleres infantiles: Una verbena de colores. Música, movimiento y expresión plástica, un acercamiento cultural a la Zarzuela “La verbena de La Paloma” para público a partir de 5 años en el Teatro Campoamor (Salón de Té), con dos sesiones, a las 12:30 h. y 16:30 h. Aforo 30 personas, con inscripción previa desde hoy hasta el 14 de mayo.

Zarzuela de las dos orillas

Deja un comentario

Jueves 30 de abril, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXIII Festival de Teatro Lírico Español. Gala Lírica. Ruth Iniesta (soprano), Jorge de León (tenor), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). «Las dos orillas»: Preludios, intermedios, canciones y romanzas de zarzuela. Fotos de Pablo Piquero y Alfonso Suárez.

(Crítica para Ópera World, con los añadidos habituales de mi blog)

Dentro del trigésimo tercer Festival de Teatro Lírico Español, aunque fuera del abono de los cuatro títulos (con dos funciones), se presentaba una interesante gala lírica con dos de nuestra voces más internacionales y defensores de nuestra zarzuela: la soprano zaragozana Ruth Iniesta y el tenor tinerfeño Jorge de León con un programa titulado «Las dos orillas» con conocidas páginas de nuestro género a ambos lados del Atlántico, y que esta pareja defiende con la misma calidad que sus habituales roles operísticos, haciendo grande nuestro “Patrimonio Cultural Inmaterial” que de momento espera dicho reconocimiento.

El ovetense Óliver Díaz en el foso -pues la escena para “La Verbena de la Paloma” de los días 14 y 16 de mayo, ya se está montando- volvía a ponerse al frente de la orquesta titular del Festival (y del ciclo “Los Conciertos del Auditorio”) con la que hace años tiene una relación tan personal que le permite sacar de ella lo mejor, siempre mimando las voces, respetándolas, acompañándolas, y en las partes orquestales haciendo sonar compacta a una gran plantilla para esta ocasión, reforzada con alumnado del Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias (CONSMUPA) y contando con Marina Gurdzhiya como concertino, que como muchos primeros atriles, tendrían sus momentos de lucimiento.

Interesante programa donde además de los números instrumentales que forman parte del repertorio orquestal en medio mundo, reunía algunas de las romanzas y dúos más conocidos del género lírico español junto a imprescindibles páginas de su homónima caribeña, zarzuela cubana, que pocas veces hemos disfrutado sobre las tablas aunque sí de sus romanzas más populares, canciones que muchos no asociaban a la escena musical.

El Preludio de La Torre del Oro (Giménez) sirvió para testar el buen estado de Oviedo Filarmonía y cómo se plegaron al mando de un Díaz que jugó con unos retardandos no escritos pero muy apropiados por lo personales en cuanto al fraseo. En esta parte hispana, el segundo número orquestal sería el intermedio de La pícara molinera (Pablo Luna), con esa conexión sevillano-asturiana de nuestra zarzuela, bien de tempi y excelente balance en el foso.

La parte vocal iría alternando romanzas de Iniesta, León y dúos, comenzando con la poco escuchada y exigente “La Dogaresa” (1920) del maestro Rafael Millán. Salir casi a puerta gayola para enfrentarse con «Ya muerto está mi amor en flor» supuso para la soprano madrileña tardar en centrar su rol de Marietta dejando un agudo final algo destemplado. Por su parte «Yo arrasaré Venecia», del Paolo tinerfeño, también supone comenzar literalmente a pecho descubierto con otro agudo final de los que llamamos “a romper” que dicho sea, al público habitual le encanta. La aparición para el dúo «Tu voz resonaba en la noche tranquila» por ambos lados de la escena, ayudaron a crear la necesaria complicidad, voces empastadas y compenetradas, siempre mimadas por la orquesta, pero con el público aún frío.

Los que peinamos canas atesoramos las grabaciones de Alfredo Kraus como joyas y referentes vocales, Canarias tierra de tenores con Jorge de León que nos dejó la romanza «La roca fría del calvario» de La Dolorosa (Serrano) más vibrante que sentida, pasión en vez de dolor, pero con gusto y valentía tanto en los fraseos como en unos agudos que fueron encontrando posición a medida que avanzaba el recital.

Relevo con una Ruth “primorosa”, rojo pasión y mantón de Manila bien manejado como esta conocida página de El barbero de Sevilla de Giménez y Nieto. La excelente técnica permite unas agilidades y volumen perfectos aunque los años quiten esmalte vocal pero regalen su corporeidad, así como las tablas que el tiempo, como el bien vino, convierten en reserva.

Y en una parte dedicada a la zarzuela española no puede faltar Pablo Sorozábal, de quien nos dejarían el dúo «Todos lo saben» (de La tabernera del puerto). Escena, empaste, entrega, química incluso con la combinación de colores en la pareja, optando el Leandro canario por una chaqueta de smoking azul mar para esta bien cantada escena con la Marola madrileña en el hoy “Puerto de Campoamor”, que al fin levantó el ánimo de un público que acudió con ganas y en buen número, pese a la coincidencia en el Auditorio “Príncipe Felipe” del concierto para la celebración del “Día de les lletres asturianes” con el maestro Marco A. García de Paz al frente de la OSPA, su Coro “El León de Oro” y el estreno de dos obras de los compositores Jorge Muñiz y Guillermo Martínez.

Los aires caribeños llenarían toda la segunda parte, la zarzuela cubana que bebe de su folklore al igual que la nuestra pero más cercana a las revistas o musicales de sus vecinos, sin olvidarnos que La Habana en aquellos años era el cabaret de los yanquis. Grandes compositores cubanos los elegidos para esta fiesta de la lírica de las dos orillas, comenzando por un poco reconocido Eliseo Grenet cuyo «Lamento esclavo» aún está sin encontrarse una edición completa, y que Rodrigo Prats utilizará para La perla del Caribe. Oviedo Filarmonía hizo la travesía de nuestro abuelos para llenarse de ritmos afrocubanos donde la percusión cubana de un “recuperado” Fernando Arias aportaba el sabor y el arpa de Jose Antonio Domené ese especial color caribeño.

Vestuario distinto para esta parte cubana, azabache y tinto, negro la madrileña y grana el tinerfeño que abría “en” Soledad (1932) con la romanza «Qué negra y qué triste mi vida de ayer». Ideales los solos de violín (Marina Gurdzhiya) y flauta (Mercedes Schmidt) en el puente antes de retomar la estrofa con los agudos poderosos de Jorge de León llenando un teatro ya rendido al tinerfeño.

Aún quedaba el cubano más internacional, Ernesto Lecuona con María de la O (1930), Ruth Iniesta y la conocida canción de esta ópera, cuyo título original es «Mulata infeliz» antes de escuchar el famoso estribillo. Gurdzhiya contestando desde el violín en un puente instrumental de gran versatilidad en todo el foso y el buen gusto de la soprano que prepararían el dúo «Me engañabas traicionando mi pasión», revista musical en estado puro con cambios de ritmos y tonalidades muy variados, mejor cantados y compenetración de este dúo al que se le notaba cómodo en escena y todavía más en el estilo.

Una de las comedias líricas cubanas que más tirón han tenido en Madrid, recordando aún su retransmisión por los propios canales del Coliseo de la calle Jovellanos hace ya seis años, es “Cecilia Valdés” (1932) de Gonzalo Roig. Una gala lírica se puede hacer con piano y la misma dignidad, pero teniendo una orquesta y director de casa no se podía escatimar y apostar por unos números ganadores: la Contradanza fue otra marca de calidad con ese solo de clarinete (Inés Allué) tan de Brooklyn, más los ritmos caribeños que bien hubiese firmado Lenny, pero era Roig con una OFil en estado de gracia sección por sección: una cuerda danzante, unas maderas juguetonas, los metales redondeando presencias y la percusión que contagia el ímpetu para todos, dejando listo el fin de fiesta en el Barrio del Ángel habanero que hoy era calle madrileña en el teatro de la capital asturiana para lucimiento de los dos cantantes, siempre mimados por el ovetense Óliver Díaz:

«Dulce quimera» de Jorge de León, melodía sincopada, cantable, músicas de estilo cercanas al canario y su folklore, el mestizaje con las herencias que el tenor sintió y cantó como propias con un final en sobreagudo largo y mantenido por parte de su Leonardo.

La gracia y estilo sabrosón, casi de una “modernizada” Celia Cruz para esa espléndida «Sí, yo soy Cecilia Valdés», habanera sentida que gira a danzón, donde Ruth Iniesta se entregó cantando, bailando, mandando siempre con buena respuesta desde el foso y otro final agudo, limpio, potente y arrancando muchos bravos. El dúo final, perfecto broche vocal, expresivo, entregado, de colores apropiados, química y literalidad de «Ya sabía, vida mía, que esa puerta la abriría», en este caso con dos propinas en la misma línea y totalmente ganado el público.

Primero la famosa «Quiéreme mucho» de Roig, en casa cantada como nadie por Kraus que mi padre dedicaba a mi madre (“Cuando se quiere de veras”) y de una zarzuela titulada Servicio Militar Obligatorio, que fueron alternando estrofas canario y madrileña, incluso con segundas voces que aportaron el toque distintivo, así como el baile del puente instrumental antes de atacar el final del estribillo en unos sobreagudos no escritos muy del gusto del respetable al que encandilarían todavía más con la conocida canción del tipo tango-congo compuesta por Eliseo Grenet «Ay mamá Inés» que formaba parte de la zarzuela Niña Rita (1927) completada por Lecuona.

Dos propinas que tras los saludos de rigor, aún bisarían la última, algo al menos curioso, con la participación del público y hasta el maestro Óliver Díaz cantando, muchos recuerdos radiofónicos, Ruth bailona, Jorge cómico y una OFIL siempre cómplice en el foso.

 

PROGRAMA «LAS DOS ORILLAS»:

PRIMERA PARTE

Gerónimo Giménez (1852-1923)

La Torre del Oro, Preludio

Rafael Millán (1893-1957)

La Dogaresa

«Ya muerto está mi amor en flor»

«Yo arrasaré Venecia»

«Tu voz resonaba en la noche tranquila»

Pablo Luna (1879-1942)

La pícara molinera, Intermedio

José Serrano (1873-1941)

«La roca fría del calvario», La Dolorosa

Gerónimo Giménez (1852-1923) y Manuel Nieto (1844-1015)

«Me llaman la primorosa», El barbero de Sevilla

Pablo Sorozábal (1897-1988)

«Todos lo saben», La tabernera del puerto

SEGUNDA PARTE

Rodrigo Prats (1909-1980):

«Lamento esclavo», La perla del Caribe

«Qué negra y qué triste mi vida de ayer», Soledad (1932)

Ernesto Lecuona (1895-1963)

María la O (1930)

«Mulata infeliz»

«Me engañabas traicionando mi pasión»

Gonzalo Roig (1890-1970)

Cecilia Valdés (1932)

Contradanza

«Dulce quimera»

«Sí, yo soy Cecilia Valdés»

«Ya sabía, vida mía, que esa puerta la abriría»

La Ópera de Oviedo presenta su nueva temporada

Deja un comentario

La programación de la septuagésimo novena temporada reúne obras de Mahler, Puccini, Donizetti, Verdi y Mozart, con destacados repartos de los circuitos nacional, internacional y talento local, nuevas producciones y coproducciones y la apuesta por el talento joven a través de las funciones Viernes de Ópera

Según la nota de prensa, el pasado miércoles 22 de abril el director general y artístico de la Ópera de Oviedo, Celestino Varela, fue el encargado de presentar a los socios los detalles de los cinco títulos, ya conocidos, que conforman la 79ª temporada operística en el Teatro Campoamor de la capital asturiana.

La Ópera de Oviedo alzará el telón en septiembre con un programa doble englobado bajo el título “Sorrow”, que incluye Kindertotenlieder y Suor Angelica, un díptico lírico que se verá por primera vez en el ciclo, que reúne las visiones musicales de Gustav Mahler y Giacomo Puccini.

La velada contará con el barítono Jacques Imbrailo en Kindertotenlieder, mientras que Suor Angelica estará encabezada por la soprano asturiana Beatriz Díaz en el papel titular (que debutó hace casi ocho años en tierras gallegas en la versión original con piano) volviendo a las tablas del coliseo ovetense, acompañada por Ana Ibarra (Princesa), Anna Tobella (Hermana Celadora), la mezzo pixueta María Heres (Madre Abadesa), la cántabra Marina Pardo (Maestra de Novicias) junto a las sopranos leridana Montserrat Serós (Sor Genoveva), ruso-cubana Anna Cabrera (Sor Dolcina) y navarra Andrea Jiménez (Hermana Enfermera).

La dirección musical correrá a cargo de Diego Martin-Etxebarria al frente de la OSPA, con dirección escénica de Joan Anton Rechi en una nueva producción de la Ópera de Oviedo, en la que participarán el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo, y el Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento.

Kindertotenlieder, de Mahler, es un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética. Por su parte, Suor Angelica, de Puccini, es una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano.

Fechas: 11, 13, 16 y 19 de septiembre.

El bel canto de Donizetti regresa en octubre

La temporada continuará en octubre con cuatro funciones de Maria Stuarda, de Gaetano Donizetti, una de las grandes tragedias del bel canto. La soprano Yolanda Auyanet asumirá el papel protagonista junto a Paola Gardina como Elisabetta, Jihoon Son como Leicester, David Lagares como Talbot, Carlos Daza como Lord Cecil e Irina Avramenko como Anna.

La dirección musical estará a cargo de Friedrich Haider en su retorno al frente de la OFIL que él relanzase, con la participación del Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La puesta en escena correrá a cargo de Emilio López, tras su propuesta en el Campoamor de Anna Bolena, en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera.

Fechas: 9, 11, 14 y 17 de octubre.

La tragedia shakespeariana de Verdi llega en noviembre

Noviembre sube a escena Macbeth, de Giuseppe Verdi, una de las grandes tragedias operísticas inspiradas en Shakespeare. Los papeles principales estarán encabezados por el mejor barítono verdiano actual, el onubense Juan Jesús Rodríguez como Macbeth, el esperado regreso de Marigona Qerkezi como Lady Macbeth, completando el reparto Gianfranco Montresor (Banco), los tenores cántabro Alejandro del Cerro (Macduff) y asturiano Jorge Rodríguez-Norton (Malcolm), más Julia Merino (Dama), Mikel Zabala (Doctor) y Ángel Simón (Criado, Sicario y Heraldo).

La directora musical estará a cargo de será Clelia Cafiero, con la OFIL en el foso, con puesta en escena de Paco López en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga. Participa el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

En el marco de esta producción se inauguran las funciones de los Viernes de Ópera del ciclo 2026/2027, con Jorge Nelson Martínez en el papel de Macbeth, Paulina Bielarczyk como Lady Macbeth, el bajo gallego Alejandro Baliñas en el rol de Banco y el tenor murciano Francisco Cruz como Macduff.

Fechas: 13, 15, 18, Viernes Ópera: 20, y 21 de noviembre.

El Puccini más apasionado en diciembre

El ciclo continuará en diciembre con Manon Lescaut, de Giacomo Puccini, una de las óperas más intensas y líricas del compositor italiano. El papel de Manon Lescaut será interpretado por Vanessa Goikoetxea, otro regreso esperado, junto al mexicano Arturo Chacón-Cruz como Des Grieux, Manel Esteve como Lescaut, el barítono mierense Abraham García como Geronte di Ravoir y El Comandante, el tenor catalán Josep Fadó como Edmondo, la mezzo donostiarra Marifé Nogales como el Músico y también como El Peluquero, el mallorquín Pablo López como El Posadero y El Sargento, y el canario Gabriel Álvarez como Maestro de danza y Farolero.

La dirección musical estará a cargo de Nuno Coelho al frente de la OSPA, de la que es director titular, con dirección de escena de Emiliano Suárez en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera. En escena también el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

De nuevo función de Viernes de Ópera con Rebecca Gulinello en el papel de Manon Lescaut, Joan Laínez como Des Grieux y Guillem Batllori como Lescaut.

Fechas: 11, 13, 16, Viernes Ópera: 18, y 19 de diciembre.

Mozart cierra la temporada con su gran comedia de enredo

La temporada cerrará en enero y febrero con Così fan tutte, de Wolfgang Amadeus Mozart, una de las grandes óperas bufas del repertorio clásico. Fiordiligi será interpretada por la soprano malagueña Berna Perles, junto a  la mezzo bogotana Andrea Niño como Dorabella, la soprano madrileña Natalia Labourdette como Despina, el barítono californiano Christian Pursell como Guglielmo, el tenor croata Filip Filipović como Ferrando y otro «regreso a casa» del barítono castrillonense David Menéndez como Don Alfonso.

La dirección musical estará a cargo de Lucas Macías al frente de la OFIL, de la que es titular, con el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La dirección escénica es de Marta Eguilior en una producción de la ABAO Opera Bilbao.

Tercer título con función a precio asequible de Viernes de Ópera con la soprano checa Lada Bočková como Fiordiligi, la mezzo colombiana Paola Leguizamón como Dorabella, la soprano franco-española Eleonora Deveze como Despina, el barítono chipriota Yiorgo Ioannou como Guglielmo, el tenor chino Anle Gou como Ferrando y el bajo-barítono leonés Javier Blanco como Don Alfonso.

Fechas: 29 y 31 de enero, más 3, Viernes Ópera: 05, y 6 de febrero.

La LXXIX temporada mantiene los cinco títulos combinando repertorio muy conocido, nuevas producciones, también propias, y dos títulos especialmente llamativos: Macbeth y Maria Stuarda, con muchas voces conocidas en el Campoamor, el regreso de varias asturianas, los Viernes de Ópera orientados a impulsar el talento joven en el segundo reparto (en Macbeth, Manon Lescaut y Così fan tutte) más el reparto en el foso de las dos orquestas habituales: la OSPA (que se encargará del programa doble que abre la temporada y de Manon Lescaut), mientras que Oviedo Filarmonía acompañará los tres títulos restantes.

Un gitano ilustrado

1 comentario

Jueves 19 de marzo, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Manuel García (1775-1832): «El gitano por amor». Ópera bufa en dos actos, basada en la novela ejemplar «La gitanilla», de Miguel de Cervantes. Estrenada en 1829 en el Teatro Palenque de Gallos, México. Producción de la Ópera Estudio de Málaga – Teatro Cervantes (2024).

(Crítica para Ópera World con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Alfonso Suárez, más alguna propia)

Manuel del Pópulo Vicente García (Sevilla, 1775 – París, 1832) compuso «El gitano por amor» (1828) pensando en una intérprete excepcional: su hija, la legendaria soprano María Malibrán. Estamos ante una ópera bufa en dos actos que mezcla humor, enredos amorosos y un aire muy cercano al teatro popular de su época, encontrando en ella la influencia de la tradición italiana del ‘dramma giocoso’ pero también ese sabor español de los personajes y situaciones. La historia gira en torno a celos, identidades ocultas y engaños, elementos clásicos de la comedia musical que se resuelven finalmente con ligereza y buen humor. Como en muchas óperas cómicas del momento, la música está llena de vivacidad rítmica, melodías ágiles y números vocales pensados para lucimiento de los cantantes, donde nada es casual: García escribía pensando en las voces y conocía como pocos los recursos del ‘bel canto’.

Durante demasiado tiempo esta ópera española permaneció prácticamente olvidada, pero forma parte de un repertorio fascinante que se está redescubriendo y permite comprender mejor la riqueza de nuestra ópera en los comienzos del siglo XIX, así como nos recuerda el talento polifacético de Manuel García y su enorme legado en la historia del canto, un gran conocedor de las tendencias de su época como buen cosmopolita.

Tal como explicó el doctor Ramón Sobrino en la conferencia previa del pasado jueves 12 en el Club de Prensa, García no solo fue un brillante tenor, también empresario, pedagogo y creador incansable, desempeñando un papel fundamental en la difusión de la ópera italiana fuera de Italia, siendo “el compositor español más prolífico en el campo de la ópera” como así lo ha definido nuestro eterno profesor Emilio Casares. Y es que uno de los aspectos más llamativos de «El gitano por amor» es precisamente que se trata de una ópera bufa, en dos actos, sin diálogos, escrita íntegramente en castellano, algo poco común en su época, escrita durante su periplo de Nueva York a México (de 1826 a 1828) a petición de un público que se negaba a escuchar óperas en italiano por no entenderlas. Allí se estrenaría en 1829 esta ópera basada en «La gitanilla» de Miguel de Cervantes, un relato que combina amor, identidad y vida nómada. García supo trasladar estos elementos al lenguaje escénico y musical, creando una obra que dialoga tanto con la tradición literaria española como con el estilo operístico europeo en la etapa final de su vida con el regreso a la música española, especialmente por algunos giros vocales o la utilización de castañuelas o panderetas pero de un “españolismo” tamizado por su bagaje operístico de estilo tanto rossiniano como mozartiano que dominó a lo largo de su exitosa carrera.

La partitura pertenece a la citada última etapa creativa del sevillano, representa probablemente su proyecto escénico más ambicioso de esos años. Sin embargo, su estreno en España ha tenido que esperar casi dos siglos, gracias al trabajo musicológico de Juan de Udaeta (en colaboración con Enrique Amodeo), que tuvo lugar el 20 de noviembre de 2024 en el Teatro Cervantes malagueño, gracias al empeño de su ‘Ópera Estudio de Málaga’, contando con el apoyo incondicional del barítono Carlos Álvarez y la misma producción que hemos disfrutado en este segundo título de la temporada ovetense: la dirección musical de Carlos Aragón más la escénica del eternamente joven Emilio Sagi. Otra apuesta por recuperar (o redescubrir) esta ópera que suscitó la admiración de figuras como Emilio Castelar -presidente de la Primera República española-, lo que da cuenta de la relevancia que tuvo en su tiempo esta ópera bufa del sevillano Manuel García.

El estilo musical refleja claramente la influencia del ‘bel canto’ italiano plagado de amplias líneas melódicas y un exigente virtuosismo vocal para todo el elenco, pero, como igualmente nos contó el doctor Sobrino, también incorpora giros rítmicos y melódicos que evocan el mundo andaluz, generando una fusión estética que le otorga una personalidad propia dentro del repertorio prerromántico. Doscientos años después, «El gitano por amor» encuentra por fin su lugar en los escenarios ofreciendo al público actual la oportunidad de descubrir una pieza que combina historia, virtuosismo y tradición, con Oviedo apostando por nuevos títulos tan necesarios y tan nuestros como los “Imprescindibles” de todo festival lírico, que sigue pidiendo más funciones (pues las dos actuales agotan el papel).

Ópera exigente para todos, la Obertura la Oviedo Filarmonía (con Yuri Pisarevskyi de concertino) bajo la batuta de Carlos Aragón, mostró una sonoridad muy cuidada, todas las secciones bien balanceadas, que respetarían en todo momento la escena, firmada por la calidad y cálida sencillez de Sagi desde un fondo de batas de cola plegadas cual madroños con tres cortinas abriéndose a un fondo amarillo cual caseta de feria (en el segundo acto tres puertas combinado con el blanco luminoso), y todo resaltando aún más con las luces siempre efectivas de Eduardo Bravo.

Todo un adelanto de la línea a seguir en las dos horas y media de función, con el rojo dominante incluso en las sillas de zambra, único y más que suficiente atrezzo durante todo el primer acto (en el segundo cubiertas con telas blancas cual salón de bodas), para ir proyectando los nombres de los personajes, vistiéndose tras una cortinilla igualmente roja mientras salían y saludaban, con tímidos aplausos antes de la primera aparición de la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (que dirige José Manuel San Emeterio en esta producción con 16 componentes que cantaron a cinco voces (4-4 / 3-3-2), fueron otro seguro de calidad como titulares del Festival Lírico ovetense: volumen suficiente, escena cómoda (casi siempre sentados y separado las cuerdas), luciendo un siempre elegante y acertado vestuario de Jesús Ruiz, de ocres y rojos con los abanicos, siempre bien coreografiados por Nuria Castejón.

Dos actos de duración desigual (85 y 50 minutos) que fueron desplegando la maravillosa partitura de Manuel García donde hay desde recitativos con clave (bravo por Elia Esipovich) hasta un despliegue combinando coros, arias, dúos, tríos y concertantes para disfrutar de un elenco vocal equilibrado, variado y entregado, gran parte del cual estará en el Teatro de la Zarzuela -con doble reparto- el próximo mes (del 22 al 26 de de abril) donde se respira lo mozartiano por lo melódico, lo rossiniano por las coloraturas y crescendi, y lo mejor de nuestro folklore con seguidillas tiranas, boleros y hasta muñeiras.

Del cuarteto principal, casi  protagonista por la mayor presencia en escena -aunque todos tienen su momento vocal y actoral- quiero comenzar con el barítono granadino Pablo Gálvez como Baldaquín, el criado de Hernando que además de tener este simpático personaje que nos recuerda los distintos barberos, goza de una voz poderosa, timbre rotundo, línea de canto ideal, un empaste perfecto con sus compañeros de reparto (especialmente en todos los tríos con Hernando y Rosita), sin faltarle un papel a doble falsete increíble (“Vuestra ropa, tened / No, mi vida”), conjugado con un movimiento escénico que nunca cortó su emisión y dicción muy clara. Una pena que no lo vayan a disfrutar en el coso madrileño. Cada intervención suya fue un lujo ya desde la primera aparición con el señor Hernando (“Santo Dios!”), su recitativo y aria “¿Estás determinado? / Necesario es ya que os diga” todo un derroche vocal en las agilidades y pronunciación, así como el dúo con Laura (“Corazón de alfeñique / Señor mío, ya estoy viendo”) un auténtico flechazo por parte de la pareja.

Rosita sería la soprano de origen rumano, y formada en Italia, Suzana Nadejde, la misma que cantó el estreno malagueño y también estará en la calle Jovellanos. Debutante en Oviedo, fue “la Malibrán” actual con todas las virtudes de la hija de García: amplio registro de color homogéneo, matizada, con proyección excelente, agilidades perfectas, presencia escénica y musicalidad perfecta para este rol que compendia lo mejor del ‘bel canto’ con aires de Rossini y Mozart más los siempre difíciles ornamentos de copla que redondearon su personaje, fraseando con enorme gracia para brillar tanto en la coloratura como en el embrujo de esta cautivadora gitana. La salida con el coro (“¡Viva el gracejo de Andalucía! / Aquí está la gitanilla”) puso sus cartas boca arriba y no decepcionó en ningún momento. En los tríos antes citados su voz estuvo siempre presente luciendo unos agudos limpios y bien colocados.

El tenor almeriense Juan de Dios Mateos como Hernando tiene una emisión fluctuante, color bruñido, una mezza voce de menor proyección que da sensación de apretarse aunque con el canto natural sus agudos corren y brillan más, defendiendo su rol con valentía además de presencia. Buen empaste en el dúo con Baldaquín y los tríos, dejándonos su mejor momento en solitario con el recitativo, escena y aria “¿Has quedado? / Hernani desventurado”.

No por menor protagonismo pero igualmente acertados estuvieron la mezzo mallorquina Begoña Gómez como Laura, otra debutante en Oviedo, de color bien contrapuesto a su amiga Rosita, el ya citado buen dúo con Baldaquín, más una escena donde nunca faltó el humor de su personaje.

Menor presencia pero igualmente consistentes las siguientes voces del elenco, comenzando con la soprano granadina María José Moreno como Inés, que volvió a mostrar su excelente momento vocal con la hermosa cavatina “Amor, piadoso amor” que abría el segundo acto, muy compenetrada en el dúo con Manolo (cantado por el tenor sevillano José Ángel Florido, que nos dejó buenas sensaciones), o el barítono catalán Enric Martínez-Castignani en el papel de Marqués del Pino, siempre seguro sin excesos, para completar el reparto junto al Corregidor del bajo-barítono mallorquín Pablo López, voces experimentadas que redondearon una excelente producción desde lo vocal y musical a lo escénico.

El público que llenó el Teatro Campoamor, salió tan enamorado como este “gitano por amor” que no defraudó en este San José que prepara una primavera muy lírica.

FICHA

Jueves 19 de marzo, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Manuel García (1775-1832): «El gitano por amor». Ópera bufa en dos actos con música y libreto del propio Manuel García, basado en la novela ejemplar «La gitanilla», de Miguel de Cervantes. Estrenada en 1829 en el Teatro Palenque de Gallos, México. Producción de la Ópera Estudio de Málaga – Teatro Cervantes (2024).FICHA ARTÍSTICA

Dirección Musical: Carlos Aragón – Dirección de escena: Emilio Sagi – Escenografía: Daniel Bianco – Iluminación: Eduardo Bravo – Vestuario: Jesús Ruiz – Coreografía: Nuria Castejón – Asistente de dirección de escena: Javier Ulacia – Asistente de coreografía: Cristhian Sandoval.

REPARTO
Hernando (hijo del Marqués del Pino y enamorado de Rosita): Juan de Dios Mateos (tenor) – Rosita (gitana enamorada de Hernando): Suzana Nadejde (soprano) * – Baldaquín (criado de Hernando): Pablo Gálvez (barítono) – Inés (prima de Hernando y su prometida): María José Moreno (soprano) – Laura (amiga de Rosita): Begoña Gómez (mezzosoprano) *- Manolo (hermano de Rosita): José Ángel Florido (tenor) *- Marqués del Pino (padre de Hernando): Enric Martínez-Castignani (barítono) – Corregidor Pablo López (bajo-barítono).

* Debutantes en el Festival de Teatro Lírico Español

Oviedo Filarmonía

Coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio Álvarez)

Older Entries