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Siempre Heinrich Walther

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Sábado 26 de septiembre, 20:15 horas. Iglesia de San Pedro de Pola de Siero. Concierto de órgano “El viento que canta”: Heinrich Walther. Obras de Buxtehude, Vivaldi, Bach y Arriaga.

Al organista alemán Heinrich Walther (1959) habría que nombrarle hijo predilecto de Asturias, pues además de un enamorado de nuestra tierra es habitual encontrarlo en los distintos órganos asturianos a los que hace “trabajar” a fondo, e incluso grabar discos en ellos donde transmitir el enorme legado que muchos de aquí ni siquiera reconocen, aunque todavía quedan los fieles defensores del llamado “rey de los instrumentos”, y Walther es todo un apóstol.

En Pola de Siero la Iglesia de San Pedro tiene desde 2013 un órgano de Gerhard Grenzing (13/II), constructor afincado en El Papiol, al que el tiempo le va otorgando la “maduración” necesaria desde una sonoridad  cercana por su ubicación (en el transepto norte al lado izquierdo del altar) y sonidos muy bien combinados, con un secreto doble de registros intercambiables para poder seleccionar alternativamente el suministro de viento a los tubos de uno u otro teclado, con las correderas de palancas encima de la consola. Por todo ello es un órgano capaz de crear sonido rápido con una mecánica de ejecución precisa y sensible, de sonido relajado pero fusionado muy “sello Grenzing”, y como el propio constructor lo ha definido.

En este mismo instrumento Heinrich grabó un CD en noviembre de 2023 con una muestra de Bach a Usandizaga, tres siglos de estilos variados donde mostrar las enormes posibilidades del “órgano de La Pola”, una exploración que con Walther siempre es un placer escuchar, y aún más en directo.

Este último sábado de septiembre la Asociación Pro-Órgano de Siero, con el patrocinio de la propia Parroquia de San Pedro Apóstol, la Consejería de Cultura del Principado, el Ayuntamiento  de Siero y el propio taller de Gerhard Grenzing, el organista alemán desgranaría  cuatro páginas con el nexo del trabajo en encontrar los sonidos precisos para cada una de ellas.

Buxtehude sería el principio de este «peregrinaje», como haría J. S. Bach, el órgano barroco poderoso, de sonoridades rotundas combinadas con rigor expresivo en los dos teclados más el pedal, que nos llevaron a la majestuosidad luterana de los preludios abriendo las celebraciones, esta vez con el Preludio en fa sostenido menor, BuxWV 146.

Bach conoció la obra de su contemporáneo Vivaldi, y el arreglo que hace “el Kantor de Leipzig” es un trabajo de artesano para poder dar desde su instrumento toda la gama tímbrica de orquesta del concierto para dos violines, cuerda y continuo RV522, rehaciéndola, engrandeciendo las voces y jugando con los contrastes de sus tres movimientos, donde el Adagio central es un prodigio en el órgano. Así lo entendió Heinrich Walther con un esmerado trabajo de registración.

Con la sonoridad germana del Grenzing catalán en esta Pola recia, el mejor exponente sería el coral BWV 656 “Oh! Inocente Cordero de Dios”, la plegaria musical del culto, donde cantan manos y pies. La escritura de Bach es prodigiosa y los bajos por momentos taparon las dos manos, pero es difícil encontrar el equilibrio que Walther buscó desde el inicio.

Lo más interesante e intenso de este concierto sabatino sería escuchar el arreglo para órgano de la Sinfonía en re del malogrado Arriaga, presentada en Avilés el pasado año (que me perdí), realizada por el propio Heinrich, en cierto modo enlazando lo que hizo Bach con Vivaldi, y que continúa la labor que el maestro alemán ya hizo con los también vascos Usandizaga y su “Fantasía para violonchelo y orquesta” o Tomás de Garbizu y su “Misa Benedicta”.

Entusiasta de estos compositores le ha llevado a analizar sus páginas sinfónicas para recrearlas en el órgano. El trabajo que Walther realiza de la sinfonía de Arriaga, que descubrió hace un año, es como la de restaurar y limpiar un cuadro, para ofrecer desde el órgano toda la riqueza orquestal no solo en tímbricas sino en matices, fraseos, tempi y hasta en el clima sonoro. Perfecta recreación sinfónica, todo un espectáculo visual verle manejar pies y manos, los cambios de teclado, los registros rápidos sin perder la unidad orquestal, la dirección e interpretación todo en uno desde el instrumento rey que además Walther conoce a la perfección, consiguiendo una recreación más que un arreglo de la Sinfonía en Re mayor de Arriaga. Si en la segunda obra la autoría es Vivaldi-Bach, en esta es justo por Arriaga-Walther.

Y con ese aire mozartiano o haydniano que tiene Arriaga más los sonidos del Grenzing, la propina sería del Brahms romántico heredero de la tradición organística germana con su Herzlich tut mich erfreuen, antes de partir para Covadonga donde Heinrich Walther se pondrá nuevamente al mando del Acitores, como hace ya 13 años tras el “bautizo avilesino”, dos años antes en su Semana de Música Religiosa o la visita en 2010 a otro Acitores, el ovetense de 2000 en la Iglesia de San Francisco para la vigésimo primera edición del siempre recordado Festival de Órgano CajAstur.

Distintos órganos, distintas sonoridades y un solo maestro.

PROGRAMA:

Dietrich Buxtehude (1637-1707): Preludio en fa sostenido menor, BuxWV 146.

Antonio Vivaldi (1678-1741) – J. S. Bach (1685-1750): Concierto para órgano en la menor, BWV 593 -arreglo para órgano-:

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro.

Johann Sebastian Bach: “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (del “Autógrafo de Leipzig” / 18 Chorales).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826): Sinfonía en Re, para orquesta:

I. Adagio – Allegro vivace – Presto. II. Andante. III. Allegro. IV. Allegro con moto.

(arreglo para órgano de Heinrich Walther, 202 / 2026)

Propina: Johannes Brahms (11833-1897): Herzlich tut mich erfreuen, op. 122, nº4

Nuberu de Oro

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Viernes 25 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto 50 aniversario de NUBERU, OSPA, Rubén Díez (arreglos y dirección). Músicos invitados: Jacobo de Miguel (piano), Pedro Pangua (flauta y gaita). Entrada: 25 €.

Mi juventud cumple años con Nuberu, Chus Pedro y Manolo (para la familia Jesús Pedro Suárez Fernández y Manolo Blanco Peñayos),  voz y guitarra de este dúo que nació en mi primer año de universidad cuando las pegatinas de “Camaretá” estaban adheridas en nuestras carpetas junto a la de Conceyu Bable y bandera de Asturias (mientras otros pegaban la de España), y la transición clamaba por una llingua que aún sigue sin ser oficial. El primer disco sigue entre mis tesoros y el tiempo nos fue llevando casi de la mano y haciéndonos perder pelo.

Giras por Asturias, la común amistad con el siempre recordado Manolo Quirós, las pausas de un Nuberu que suelta agua cuando vienen las tormentas, Chus solo con los teclados de Gabino Antuña y las percusiones de Julio Sánchez, vuelta al grupo donde estaba al bajo mi querido Carlos Fueyo en una formación sólida que recorrió medio Asturias, incluso recuerdo una suplencia por mi parte en un pub de Noreña tras un leve accidente de Gabino (que es como el tercer Nuberu), y muchos conciertos como espectador o en la RTPA.

Echando la vista atrás y casi sin enterarnos resulta que Nuberu cumple sus Bodas de Oro, tal vez la despedida verdadera, que medio siglo es mucho… Una celebración por todo lo alto y como los grandes con un “Nuberu Sinfónicu”. Para la ocasión, y con el auditorio lleno de varias generaciones, con gente de “les Cuenques”, entregada de principio a fin, una OSPA imponente con Rubén Díez al mando y sus arreglos a la altura del evento.

Con un poco de retraso arrancaba la OSPA con una obertura a modo de suite donde todos reconoceríamos parte del repertorio de Nuberu, desde la Céltica hasta ese himno minero grandioso del “Santa Bárbara bendita” aplaudido antes de acabarlo, al salir (lógicamennte por la izquierda ¡del escenario! Chus Pedro y Manolo antes de entonar el primer tema.

El sinfónico So vaqueiru del álbum “Atiendi, Asturies” (Fonomusic, 1980) demostró que la emoción no iba a faltar, la voz quebrada, los nervios, las respiraciones entrecortadas  para dar paso a La mula torda del primer LP “Asturies, ayer y güei» (1978). Arreglos cercanos a los originales ya grabados pero con la magia de una OSPA comandada por Daniel Jaime como concertino, quien también tendría unos solos impecables.

Chus Pedro siempre habla y Manolo escucha, 50 años con aquellos inicios apostando por la utopía, en parte como seguimos haciendo los de mi generación.

El chamiceru, también del mítico primer LP en Movieplay (y producido por Víctor Manuel) con Pedro Pangua de flautista , que se retiraría a buscar la gaita mientras Chus Pedro se remontaba al año 1977 recordando la muerte de Juan Muñiz Zapico (La Frecha, Pola de Lena 1941 – Reguera, 1977), Juanín represaliado sindicalista de CCOO que trabajó en Mieres (Talleres de Aguínaco). Todos cantando  interiormente la melodía «Qué probe quedó el ríu Huerna» de Al home de la unidá Xuanín esta vez solo con el punteo a la guitarra de Manolo en un arreglo donde predominaba la cuerda (arpa incluida), y el piano magistral de Jacobo de Miguel. La sonorización ya estaba perfectamente ajustada y el concierto avanzaba en silencio, con el respeto y admiración por este Nuberu dorado por los años.

Y sin perder emociones ni nostalgias, Chus presentaría la universal Santa Bárbara bendita que ellos recrearon como En el pozu Maria Luisa (del álbum «Mineros«, 1987), la voz desgarrada y coreada en el estribillo por un público que conoce todo el repertorio del dúo.

Presentaría Chus a su madre Delina, la biológica y la otra, la Madre  Tierra, con Jacobo solo introduciendo delicadamente el canto del emocionado hijo, antes de que la OSPA, con la gaita de Pangua, fuera arropando y creciendo en todos los sentidos, antes del retorno al inicio, un final acompañado solo por el piano.

Chus Pedro se definió como la propia canción popular de El Veleta, como la anterior del disco “Agua de la Fuente clara” (producido por Gabino Antuña en 1993) y “amaestáu al asturianu” en otro bellísimo arreglo de Rubén Díez, a quien agradecería haberle conocido, un avilesino de amplia trayectoria musical al que lió para este homenaje de cumpleaños en torno a una buena mesa en Casa Lín, como no podía ser menos en La Villa del Adelantado.

Casi sin aliento y emocionado, presumiendo de su natal El Entrego y  su “resurrección” en el Hospital de Cabueñes (Gijón) tras un susto cardiovascular, aprovecharía para reivindicar, siempre necesario e intrínseco al cantante, la Sanidad Pública, con el público ovacionando, latiendo  y sintiendo con Chus Pedro ante todo un “himno” que en su voz, incluso como invitado, tiene la mejor grabación en “Tejedores de suaños” (con Tejedor), el Chalaneru, que como años atrás en mi Requejo, sería coreado no por el alumnado mierense en un frío y lluvioso día un 29 de mayo de 2013 (celebrando los 25 años del conservatorio local), sino por un auditorio tan entregado como el propio Nuberu sinfónico en este “veroño astur”.

Rubén Díez y la OSPA se tomarían un respiro mientras Chus charlaba con una señora de la primera fila por el lema de su camiseta “Que no nos falte tu voz”, un halago compartido. Templando y calmando nervios no faltó la chanza con su inseparable Manolo, que fue minero sólo dos años y después «cerró Hunosa, aunque ayudase a las prejubilaciones»… ideal para el siguiente tema, otro de los emblemáticos mineros, con letra de Manolo Asur, Dame tira,  el dúo cantando solo con el piano de Jacobo.

Proseguirían Manolo a la guitarra y Chus Pedro rememorando aquella juventud nuestra y otra utopía como la libertad sexual en la Playa de Torimbia sin necesidad de cruzar los Pirineos. Tampoco faltaron las gracias a toda la clase política que apoyó este proyecto (desde la Consejería de Cultura, Política Lingüística y Deporte, con Vanessa Gutiérrez o Antón García), al gerente de la OSPA Oriol Roch, y por supuesto a todos los trabajadores del auditorio a quienes el público ovacionaría.

Acompañado por la guitarra de Manolo, Chus “alcontró el amor” con la canción que grabasen para Los Conciertos de Radio 3 de RTVE en 2002, Liberar l’amor antes que Rubén Díez retornase al podio con la OSPA mientras la gaita de Pedro Pangua sonaba fuera del escenario, para entrar todos en el arreglo sinfónico exquisito de esa alborada tan nuestra que es Céltica (de “Atiendi Asturies”).

Respiro y otra anécdota de Chus Pedro, cuando en 1977  tras un concierto donde pisaría una boñiga fresca, se sentaron y allí conocieron a un mexicano que quedó en enviarles una foto. Era Paco Ignacio Taibo II y la «semeya» que todos conocemos (la dejo a continuación), antes de presentar y cantarnos Aida de la fuente, otra imprescindible de Nuberu donde esta vez sería Manolo quien cantase la voz primera en vez de la habitual segunda.

Asturies como tú yes, emocionante, con otro punteo de Manolo a la guitarra eléctrica y una OSPA pletórica, sección por sección, madura como Nuberu, plegada al director avilesino que hubo de lidiar mucho para que todo encajase y fluyese como debía en este memorable final.

Auditorio en pie, bravos, aplausos y pidiendo a coro “otres tres”, llegando como propina el Chalaneru emblemático con el gran coro del público, comentando que curiosamente Nuberu (y Chus) lleva 50 años cantando “en una llingua que no existe ni ye oficial”, tiempos revueltos como aquella Marcha Verde donde el color no era asturiano sino el del Sáhara desértico.

Nadie quería acabar esta fiesta sinfónica, Chus ya sin nervios, feliz, sin querer bajarse del escenario, con una voz renacida y sin más repertorio, así que bisaría El veleta popular, sentido como este sinfónico Nuberu inmortal para una despedida apoteósica y por todo lo alto.

La música que sigue haciendo ciudad

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Viernes 25 de septiembre, 11:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe. Presentación de la temporada 2026/2027 de los Conciertos del Auditorio y las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una flauta abriendo el acto con la Danse de la chèvre de Arthur Honegger, en interpretación de Alexandra Pichurina Esipovich, daba paso esta mañana a la presentación de una nueva temporada de dos ciclos que ya forman parte, por derecho propio, de la vida musical de Oviedo. Una temporada especialmente significativa porque llega cuando la ciudad afronta la recta final hacia la decisión sobre la Capitalidad Cultural Europea de 2031, pero también porque supone la despedida de David Álvarez al frente de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

Álvarez hizo balance de estos cuatro años recordando algunos de los grandes momentos vividos desde la Concejalía, entre ellos las visitas de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, con Klaus Mäkelä, y de la Filarmónica de Viena. Lo hacía además desde una doble condición que mantendrá cuando deje el cargo: la de responsable político de la cultura y la de melómano y abonado de estos ciclos. Presentando un vídeo y a cada uno de los intervinientes (Álvaro Faes, Pilar Rubiera y Cosme Marina), quiso destacar en sus distintas alocuciones la fidelidad de un público que sigue creciendo en número de abonados y la importancia de las formaciones asturianas, con Oviedo Filarmonía y El León de Oro a la cabeza, dentro de una política musical sostenida gracias a la colaboración entre la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, la propia Concejalía y los diferentes agentes culturales. Y tuvo palabras especialmente afectuosas para Cosme Marina, director artístico de la Fundación Musical, por su compromiso y lealtad durante estos años. Una idea quedó flotando durante la presentación y bien podría resumir el espíritu de estos ciclos: que la música nos siga uniendo y reuniendo.

Una historia que viene de lejos

Cosme Marina tomó después la palabra para recordar que una programación como esta no aparece de repente en un calendario. Detrás hay décadas de trabajo y una historia musical que comenzó a tomar forma en los años ochenta, con la remunicipalización del Teatro Campoamor, las reformas emprendidas durante la etapa de Antonio Masip como alcalde, y aquellos Conciertos del Campoamor vinculados a Luis Gracia Iberni. También recordó el precedente de los Festivales de la Universidad de Oviedo, aquellas primeras semanas musicales en las que tuvo un papel fundamental Emilio Casares, hasta llegar a febrero de 1992, cuando se celebraron las primeras Jornadas Internacionales de Piano, germen de las actuales Jornadas “Luis G. Iberni”. Nacían con vocación internacional, abiertas al público y con un carácter temático pionero en España, pero sin perder nunca la vinculación con el entorno. En 1999, la creación de Oviedo Filarmonía y la consolidación del Auditorio «Príncipe Felipe» terminarían de dibujar el modelo actual: grandes artistas y formaciones internacionales junto a la presencia de los músicos y proyectos nacidos en Asturias. Y esa combinación sigue siendo una de las señas de identidad de la programación.

Un Auditorio de grandes nombres

La temporada comenzará el 4 de noviembre y se prolongará hasta el 23 de mayo, con un repertorio amplio y una sucesión de nombres que explican por sí solos la dimensión de estos ciclos.

Las Jornadas de Piano tendrán uno de sus momentos destacados el 19 de noviembre, con el encuentro de Jean-Guihen Queyras y Alexandre Tharaud, que celebran treinta años de trayectoria conjunta. Ambos han pasado ya por Oviedo por separado y ahora, por fin, podrán escucharse juntos en una colaboración que han mantenido durante tres décadas. Habrá además dos debuts pianísticos: Olga Scheps, el 9 de diciembre, y Misha Dacić, el 17 de diciembre. Y volverá Grigory Sokolov, el 23 de febrero. Poco más hace falta añadir. Don Gregorio Sokolov es ya parte de la historia de estas Jornadas, una de esas figuras que han convertido Oviedo en una de sus ciudades habituales de gira. Como viene siendo tradición, habrá que esperar unos días antes del concierto para conocer el programa. El ciclo recuperará también a Hélène Grimaud, que regresará a Oviedo el 23 de mayo después de muchos años de ausencia.

En los Conciertos del Auditorio, la apertura correrá a cargo de Vox Luminis y la Camerata Salzburg, con el Réquiem de Mozart, el 4 de noviembre. Una elección que mantiene esa vocación europea que siempre ha caracterizado al ciclo y que adquiere un significado especial en una ciudad que aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura.

Las grandes voces tendrán asimismo un protagonismo destacado. Véronique Gens llegará el 27 de noviembre con Reines, espectáculo que, dentro de España, podrá disfrutarse únicamente en Madrid y Oviedo. El 9 de enero regresará la Orquesta y Coro Nacionales de España, después de décadas de ausencia, con Josep Pons al frente de Un Réquiem alemán de Brahms.

El 12 de enero será el turno de Esa-Pekka Salonen, que dirigirá a la Philharmonia Orchestra y presentará en Oviedo su concierto para violín, con Leila Josefowicz como solista, sumándose al también finlandés Jukka-Pekka Saraste que el 11 de febrero actuará on la Orquesta Filarmónica de Helsinki junto a la violonista MINAMI (Minami Yoshida).

La música histórica tendrá su espacio con los asturianos Forma Antiqva, que el 21 de enero recuperarán para estrenar en Oviedo La Corte in Gioco. Y volverán a escucharse algunas de las grandes voces del panorama lírico: Nadine Sierra, el 26 de enero; Sondra Radvanovsky, en recital junto al pianista Anthony Manoli el 30 de marzo, y Marina Rebeka, que debutará en Oviedo el 6 de mayo junto a Oviedo Filarmonía.

Bach tendrá también su espacio con la celebración de los 300 años de la Pasión según San Juan, en una propuesta que contará con el director argentino Leonardo García-Alarcón, de raíces familiares asturianas. Y habrá un homenaje a Tomás Marco (Madrid 1942), con el estreno de Atalaya sobre Vetusta, encargo del ciclo en torno a Clarín y «La Regenta» («Mapa sonoro de Vetusta»), además de la presencia de Viotti y Capuçon junto a otras propuestas que completarán la programación.

Fuera de abono, los Niños Cantores de Viena el 4 de marzo ampliarán una temporada que vuelve a mirar hacia Europa sin olvidarse de casa.

El público como parte de la historia

Durante la presentación, Pilar Rubiera, presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, insistió en la posición que ocupa la ciudad dentro del panorama musical español y en el esfuerzo por mantener unos precios accesibles. Pero quizá una de las ideas más interesantes de la mañana fue la reivindicación de la propia Oviedo Filarmonía, una orquesta versátil que encuentra en estos conciertos un terreno especialmente adecuado para demostrar su capacidad y que, al mismo tiempo, continúa siendo uno de los pilares de la actividad musical de la ciudad.

También Álvaro Faes, como Jefe de la sección de Oviedo del periódico La Nueva España (en el que escribo puntualmente), puso el foco en algo que a veces queda oculto detrás de los grandes nombres: el público, ese espectador que reserva una fecha, que vuelve cada temporada y que ha construido durante años una relación de fidelidad con estos ciclos. Porque la música de una ciudad no se mide solamente por las orquestas que la visitan, los grandes solistas o los directores internacionales. Se mide también por la capacidad de conseguir que una sala se llene una y otra vez, que un público reconozca los nombres, espere los programas y haga de cada temporada una prolongación de la anterior. Y en Oviedo esa historia viene de lejos.

David Álvarez se despedía hoy de la presentación de un ciclo que comenzó a defender desde su concejalía en 2023. Lo hacía agradeciendo a quienes lo han acompañado durante estos años y anunciando, en cierto modo, que la despedida institucional no será una despedida musical: seguirá siendo abonado. Quizá no haya mejor manera de cerrar una etapa. Porque cambian los concejales, cambian los programas y cambian los nombres sobre el escenario. Pero permanece algo mucho más difícil de construir: una ciudad que espera a la música, un público que responde y un Auditorio que sigue siendo lugar de encuentro.

Y nada mejor para finalizar que volver a escuchar a la joven flautista Alexandra Pichurina y Minera (de “Cantes de Levante» del compositor Oscar de Manuel).

El próximo y primer encuentro del ciclo ya tiene fecha: 4 de noviembre. Mozart, Vox Luminis y la Camerata Salzburg. Que empiece la música.

Información sobre conciertos, abonos, entradas y precios en https://www.oviedo.es/de/ccjp

CIMCO estrena “Origen”

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Jueves 24 de septiembre, 19:30 h. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. V Ciclo Interdisciplinar de Música Ciudad de Oviedo (CIMCO): Colectivo Lamiel & Carlos Galán: «Origen». Música de Jesús Á. Arévalo.

(Mi reseña original para LNE del viernes 25, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no puede ni suele incluir)

La nueva edición del CIMCO, dirigido por Cristina Gestido que abriría el ciclo, contará con cuatro conciertos de aquí a diciembre, y se inauguraba este jueves 24 con el estreno de «Origen», a cargo del Colectivo Lamiel formado por Tono Ferriol y Sara Suárez junto al pianista Carlos Galán con “Danzas asturianas” a partir de los “Siete preludios asturianos” (2025) del ovetense Jesús A. Arévalo (26 de agosto, 1964), presente entre el público que llenó la sala. Desde el piano de Galán se aunaron y dialogaron con la bellísima coreografía de Lamiel y la moda de “Made by kös”, en la acertada apuesta por unir música de cámara con otras disciplinas que ya se ha consolidado en el otoño de “La Viena española”.

Presentado por la musicóloga Susana Asensio Llamas, editora de la partitura del compositor y polifacético Arévalo, que los describe como “una rareza en el panorama de la eiségesis musical de la tradición astur” pudimos vivir lo popular y lo personal, espacios y lugares sonoros además de visuales, una visión actual desde el piano con ritmos híbridos, modulaciones sorprendentes y una escritura de nuestro tiempo que «Origen» desarrolla con el piano y la coreografía clásica,

pero partiendo del folklore con bailes autóctonos y el vestuario transgresor de una inmensa falda que aparece en el segundo preludio, cubriendo y jugando con los bailarines evocando las olas de nuestro Cantábrico, también en el vídeo en blanco y negro, «A la mar fui por naranjas» Cosa que la mar nun tien.

Plasticidad individual y a dúo con el piano o incluso los grabados cantos de pájaros al amanecer. Multitud de detalles que actualizan esta apuesta interdisciplinar con la dualidad Tradición-Modernidad haciéndonos imaginar nuestros paisajes desde el irrepetible directo donde cada preludio tiene título propio para esta “reunión de disciplinas” de coreografía, desde la Alborada y floreu, una original Chalana con el mantón, En Oviedo no me caso, un soliloquio de Ferriol y «yendo por agua», de río y playa en espejo y en Blancu y negru, cristalinos para un final guiados por Una estrella que brilló y triunfó.

PROGRAMA:

Jesús Ángel Arévalo: Siete Preludios Asturianos

I. Alborada y floreu – II. Chalana – III. Cosa que la mar nun tien – IV. En Oviedo no me caso –  V. Quintana – VI. Una estrella nos guía – VII. Blancu y negru

P.D.: Entrevista en LNE del miércoles 23 a Tono Ferriol:

 

Mayoría de edad en el ciclo de Covadonga

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Domingo 20 de septiembre, 17:00 horas. 18º Ciclo de Conciertos “Órganos de Covadonga”. Basílica de Covadonga. Juan Paradell Solé. Obras de Franck, Bossi, Guridi, Miserachs y Halsey.

Este penúltimo domingo de septiembre, todavía veraniego, en la Basílica de Covadonga llegaba a su “mayoría de edad” un ciclo dedicado al órgano mayor, parte de un gran proyecto comandado por el constructor y maestro organero Federico Acitores Cabezudo. Una cita obligada no solo para los muchos peregrinos que acuden al Santuario, sino también para los amantes del “instrumento rey”, o instrumento de reyes, como bien nos comentó María Sanhuesa Fonseca durante la presentación, tras la bienvenida del abad Don David Cueto.

Cuatro domingos de septiembre para seguir celebrando, tras el día 8, las bodas de plata de “El Federico de Covadonga”, si se me permite la licencia de bautizarlo con el nombre de su constructor. Este órgano, inaugurado el 21 de abril de 2001 por el siempre recordado Adolfo Gutiérrez Viejo (Lugán, 1934 – Madrid, 2019) y del Catedrático de Órgano de Murcia Javier Artigas Pina, conservando el cuaderno cuya portada dejo a continuación, va ganando con los años una sonoridad cada vez más regia y rotunda gracias a un cuidadoso mantenimiento y, en parte, al uso diario que le insufla la vida necesaria de la mano de su titular Fernando Álvarez Menéndez (Belmonte de Miranda, 1965). Cada instrumentista invitado profundiza así en la indescriptible gama de registros que ofrece este Acitores desde su “bautizo”.

Joan Paradell Solé (Igualada, 6 de marzo de 1956), organista emérito de la Capella Musicale Pontificia Sistina del Vaticano y organista de tres Papas, fue durante treinta años titular de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. «El organista del Papa» inauguraba esta decimoctava edición con un programa centrado en autores románticos de los siglos XIX y XX, buscando sacar el máximo partido a las posibilidades del órgano mayor de Covadonga.

Todos los autores elegidos tienen antepasados musicales que marcarían su propia trayectoria, como bien subrayó la doctora Sanhuesa, autora además, junto a Susana García Lastra y Enrique Campuzano Ruiz, del libro El órgano en el Principado de Asturias, editado por la Fundación José Cardín Fernández, donde se dedica un detallado capítulo al instrumento de la Basílica, desde sus antecedentes hasta el actual y “plateado” Acitores de Covadonga (páginas 109 a 115).

Comenzaría el concierto con César Franck (1822-1890) y su Coral III en la menor, FWV 40, despedida y testamento musical tras su grave accidente de carruaje y último de su colección Trois chorals pour grand orgue. Este belga afincado en París revitalizó el instrumento desde su labor en el Conservatorio de la capital francesa. Un coral de cromatismos y arpegios fluidos, lleno de heroicidad, que Paradell sacó a la luz con una sabia elección de registros en los tres teclados —positivo, expresivo y recitativo—, sostenidos por un pedal siempre poderoso y excelentes acoplamientos.

Marco Enrico Bossi (1861-1925) representa la escuela italiana. Su Intermezzo lírico nos dejó sonidos celestiales y un trémolo donde deleitarnos con una escritura de gran belleza, especialmente desde los registros agudos del Acitores. Bossi, además, protagonizó una importante gira por los Estados Unidos, con un trágico regreso a Europa al fallecer a bordo del transatlántico que le devolvía a Italia, como igualmente nos comentó la doctora Sanhuesa en la presentación.

Siempre es un placer escuchar la música de Jesús Guridi (1886-1961) y sus composiciones para órgano. En esta ocasión, Paradell elegiría “El Buen Pastor”, último episodio del Tríptico del Buen Pastor, estrenado por el propio compositor el 20 de enero de 1954 y considerado por Esteban Elizondo como la mejor obra española del género en el siglo XX. La pieza, ganadora del concurso de composición celebrado en San Sebastián en 1953 y convocado por Organería Española y el Real Conservatorio de Música donostiarra para la inauguración del gran órgano de su catedral, se presenta como una música majestuosa y enérgica que se asemeja a un canto litúrgico, de alabanza a los ángeles del cielo por no decir de la Creación entera. Sonidos triunfales pero también apacibles, casi un gran coro de alabanza con ese terremoto final que nos hace temblar más allá de los propios sonidos elegidos por el organista catalán.

Muy interesante también la biografía del presbítero, director de coro y compositor Valentí Miserachs (San Martín Sasgayolas, Barcelona, 1943), de amplísimo catálogo, maestro, además, del propio Juan Paradell. De Monseñor Miserachs nos trajo la sardana A la memoria de Josep Solà, en la transcripción realizada por el propio compositor para órgano. No solo transmite toda la grandeza de la típica danza catalana de las coblas, con sus tenoras y flabiols, sino también el conocimiento de la escritura y de los registros organísticos necesario para conseguir la sonoridad sinfónica de una partitura ya de por sí llena de color. El alumno Paradell la convirtió así en memoria del maestro y de su propia tierra.

Probablemente lo más singular del programa que el organista igualadino  trajo a Covadonga sería la Tocata en do menor op. 26 n.º 2 del compositor británico (y humorista) Ernest Halsey (1876-1939), de la que María Sanhuesa ya nos había “preparado el terreno” para poder escucharla aún con más atención dentro de un concierto muy bien hilvanado. Aires de música inglesa que me recuerdan a Ketèlbey o Vaughan Williams por su majestuosidad y elegancia, sin perder ese toque de humor british, incluso en una elección de registros que por momentos parecía banda sonora de los primeros cartoons (dibujos animados). Si la partitura tiene sus contrastes de luces y sombras, la interpretación de Juan Paradell resultó no solo virtuosa sino todo un caleidoscopio sonoro, al que “El Federico” respondió sin apenas “empapizarse”.

Tras cincuenta minutos intensos, exprimiendo el Acitores y sus inabarcables combinaciones de registros, siempre bien elegidos, Paradell aún nos regalaría como propina la Tocata en re menor del francés Gaston Bélier (1863-1938), aires de «mein Gott» como última parada en este itinerario de color organístico donde la música romántica nos hizo disfrutar como aperitivo de los próximos tres domingos de un septiembre que no quiere ser otoñal.

PROGRAMA

César Franck (1822-1890): Coral III en la menor, FWV 40
Marco Enrico Bossi (1861-1925): Intermezzo lírico
Jesús Guridi (1886-1961): El Buen Pastor, del Tríptico del Buen Pastor
Valentí Miserachs (1943): A la memoria de Josep Solà -sardana-, transcripción para órgano del autor
Ernest Halsey (1876-1939): Tocata en do menor op. 26 n.º 2

PROPINA
Gaston Bélier (1863-1938): Tocata en re menor

Música para un doloroso tránsito

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„Das Unglück geschah nur mir allein die Sonne, sie scheinet allgemein”

(La desgracia me ha ocurrido a mí mientras que el sol, brilla para todos)

Del viernes 11 de septiembre al sábado 19 de septiembre. Cuatro funciones de abono. Teatro Campoamor, Oviedo. Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera de Oviedo. Sorrow (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, de Gustav Mahler (1860-1911), sobre poemas de Friedrich Rückert / Suor Angelica, de Giacomo Puccini (1858-1924), con libreto de Giovacchino Forzano. Nueva producción de la Ópera de Oviedo (Estreno de Suor Angelica en la temporada ovetense). Fotos: Iván Martínez – Ópera Oviedo.

Hay ocasiones en las que la programación de una temporada de ópera deja de ser solamente una cuestión de títulos, fechas y repartos para convertirse en una declaración de intenciones. La inauguración de la septuagésimo novena Temporada de Ópera de Oviedo pertenece a ese reducido grupo. Unir a Gustav Mahler y Giacomo Puccini en un mismo espectáculo podía parecer, de entrada, una apuesta insólita, incluso arriesgada. Pero Sorrow, concebido por Joan Anton Rechi, demuestra que entre ambos compositores existe un territorio común: el del dolor, la pérdida, la culpa, la muerte y, sobre todo, la necesidad humana de encontrar algún tipo de consuelo cuando parece que ya no queda ninguno. Más allá de la crítica rápida, quería hacer otra entrada lenta, larga, más ilustrada, reposada, detallada y profunda tras asistir a dos de las cuatro funciones programadas, y aquí la dejo.

Dos obras que nunca fueron concebidas para compartir escenario terminan así formando un único recorrido emocional. Primero el duelo colectivo de Kindertotenlieder, las Canciones para los niños muertos de Mahler; después el dolor íntimo de una madre en Suor Angelica. Del funeral al claustro, de la comunidad a la soledad, de la muerte de los hijos a la pérdida de un hijo único, de la oscuridad a una pequeña luz final.

Una hora larga, sin pausa, para atravesar la tristeza. Una experiencia de esas que dejan un nudo en la garganta y obligan a permanecer en silencio unos segundos antes de que lleguen los aplausos. Y quizá esa sea la primera gran virtud de la propuesta: no permitir que el espectador separe Mahler de Puccini.

Mahler y Puccini, una alianza insólita

Mi admirado Arturo Reverter titulaba su artículo publicado en El Cultural del 4 de septiembre “Mahler y Puccini, inédita alianza en Oviedo”, y pocas veces un titular resume tan bien la esencia de una propuesta. El crítico gallego afincado en Madrid destacaba el carácter insólito y atractivo de un programa que conecta, bajo el epígrafe Tristeza (o Pena), dos obras fundamentales de la lírica y subrayaba la audacia del planteamiento de Rechi.

Pero hay además una circunstancia histórica que hace especialmente sugerente este encuentro. Mahler y Puccini fueron contemporáneos y se “encontraron” en Viena, donde el compositor bohemio, al frente de la Ópera de la Corte, dirigió varias obras del italiano. Dos personalidades muy distintas, dos lenguajes aparentemente alejados, dos maneras de entender el teatro musical y, sin embargo, dos compositores capaces de convertir el dolor humano en materia sonora de extraordinaria eficacia.

Mahler lo hace desde la palabra de Friedrich Rückert, desde una escritura orquestal de enorme refinamiento y desde una intimidad que parece hablar directamente al espectador. Puccini, desde el teatro, el melodrama, la voz humana y esa capacidad suya para hacer que una melodía aparentemente sencilla termine instalándose en la memoria. El resultado en Oviedo es un díptico en blanco y negro, minimalista en su apariencia, pero de enorme riqueza emocional. El dolor atraviesa la escena de principio a fin mientras la soledad y la comunidad se dan la mano.

Y detrás de todo está Rechi.

“Fue una intuición inmediata”, explica el director de escena. “Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional”. Ese viaje es precisamente el que propone Sorrow.

Una ceremonia para quienes ya no pueden hablar

Las Kindertotenlieder fueron compuestas entre 1901 y 1904 a partir de poemas de Rückert, escritos después de la muerte de dos de sus cinco hijos, fallecidos con apenas tres y cinco años y con solo unas semanas de diferencia. El poeta escribió 428 poemas intentando sobrevivir a aquella tragedia. Mahler conocía demasiado bien la muerte. De sus trece hermanos, solamente seis llegaron a la edad adulta. Sin embargo, resulta especialmente interesante recordar sus propias palabras a Guido Adler: “Me puse en la situación de alguien que había perdido a un hijo. Si en aquella época realmente hubiera perdido a mi hija, no habría sido capaz de escribir esas canciones”. La paradoja es conocida: Mahler escribió tres de las canciones cuando todavía estaba soltero, en 1901, y completó las restantes en 1904, ya casado con Alma y padre de dos hijas. La muerte de «Puzzi», su hija María Anna, llegaría en 1907, después de haber terminado el ciclo. Por eso resulta injusto escuchar estas canciones solamente como un presentimiento autobiográfico. Son algo mucho más universal. Mahler se coloca en el lugar de quien ha perdido un hijo y convierte ese dolor en una experiencia que cualquiera puede comprender, aunque nunca haya vivido semejante tragedia.

El propio compositor quiso además que las cinco canciones se escucharan como un todo indivisible, sin interrupciones ni aplausos entre ellas. La producción ovetense respeta esa continuidad y, más aún, la convierte en una continuidad escénica. Rechi lo explica con claridad: el sacerdote que interpreta el ciclo “presta su voz a todos aquellos que ya no son capaces de encontrar la suya”. Las canciones dejan de ser solamente un ciclo sinfónico para transformarse en una oración colectiva, un rito de despedida y consuelo. Y ahí aparece Jacques Imbrailo.

Jacques Imbrailo, la voz del padre

El barítono sudafricano afrontaba un cometido especialmente delicado. No se trataba solamente de cantar Mahler, sino de convertirse en el hilo conductor de una ceremonia fúnebre, en padre, sacerdote, doliente y portavoz de quienes ya no pueden hablar.

El primer lied, «Nun will die Sonn’ hell aufgeh’n» (Ahora quiere el sol alzarse brillante), sitúa desde el comienzo el conflicto entre la desgracia individual y la indiferencia de la naturaleza: la desgracia ha sucedido a uno mientras el sol continúa brillando para todos. La desesperación se construye mediante contrapuntos y cánones sombríos, imitaciones pesarosas de los instrumentos y ese ascenso cromático de la melodía que parece buscar una salida que nunca termina de llegar. La frase “Die Unglück geschah nur mir allein, die Sonne, sie scheinet allgemein” resume una de las grandes contradicciones del ciclo: el mundo continúa mientras para quien sufre todo parece haberse detenido.

Imbrailo cantó con una sobriedad muy adecuada a esta música. No necesitaba exagerar el gesto porque la propia escritura mahleriana ya contiene la tragedia. El barítono, de buena proyección y con capacidad para graduar la expresión, se convirtió en una voz de recogimiento más que de exhibición.

En «Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas), el padre se dirige directamente a sus hijos. La languidez insatisfecha baña toda la canción desde un clima inestable e interrogador, sostenido por la constante ambigüedad de los retardos y esas cadencias de dominante que parecen negarse a encontrar reposo.

Sin apenas pausa y respiración llega «Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), observando desde el rincón aquella alegría resplandeciente cuando el niño entraba junto a su madre, una imagen cotidiana convertida ahora en recuerdo. Y precisamente ahí reside parte de la crueldad de Rückert y Mahler: no hablan solamente de la muerte, sino de las pequeñas cosas que ya no podrán repetirse.

«Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), aporta una serenidad engañosa. Es la necesidad de imaginar que los niños simplemente se han ausentado, que regresarán, que todo puede volver a ser como antes.

Hasta llegar a «In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), donde la angustia adquiere una dimensión casi física. El remordimiento por haber enviado a los niños fuera mientras la tormenta se desata se convierte en una explosión de desesperación.

La OSPA, en una formación “camerística” para estas páginas y por el propio foso del coliseo ovetense, tuvo que decir tanto como el propio barítono. Las obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre, aumentando progresivamente su extravío hasta ese primer fortissimo vocal. Los trinos de los bajos recuerdan el tema de marcha tan asociado al universo mahleriano y a esa sensación de fatalidad y destino que atraviesa buena parte de su producción. Y entonces, casi como si después de la tormenta volviese a aparecer el sol, dos notas del glockenspiel interrumpen la progresión.

La última canción, «In diesem Wetter…», desemboca en la nana que cierra el ciclo, y Mahler permite que aparezca aquello que parecía imposible: la esperanza. El re mayor final no es una victoria, pero sí una promesa. Los niños descansan bajo la protección de Dios. La música no borra el dolor, simplemente encuentra una manera de convivir con él.

Una catedral sobre el agua

Visualmente, Rechi construye para Mahler un espacio grande, abierto, casi monumental. Una especie de catedral contemporánea, blanca, despojada, iluminada por frías luces leds, y asentada sobre un suelo de espejo que transmite una sensación líquida, como si los personajes caminaran sobre agua. Al fondo, el vídeo acentúa esa impresión.

Diez pequeños ataúdes blancos esperan en escena. Una ceremonia fúnebre los reúne. Los personajes vestidos de luto completan la acción y los ángeles de la muerte se mueven en una coreografía sencilla, sin necesidad de cargar las imágenes. Sobre cada uno de los ataúdes se va colocando una rosa roja.

El sacerdote recoge las flores antes de arrodillarse ante el último de ellos. La escena adquiere entonces una fuerza simbólica evidente: el ramo rojo, convertido en signo de perdón y pureza, anticipa la unión con la casa materna que después será el convento de Sor Angélica.

Los vínculos entre ambas obras comienzan a hacerse visibles antes incluso de que Puccini haya sonado. Y cuando la ceremonia termina, la catedral se cierra.

Del funeral al claustro

Sin pausa, ese gran espacio se transforma en otro mucho más reducido. La amplitud de Mahler deja paso a la claustrofobia de Suor Angelica. El blanco permanece, también la luz, pero ahora estamos dentro de un convento. Es una de las mejores ideas de la producción: no hacer un corte entre compositores sino transformar una realidad en otra ante los ojos del espectador.

Las monjas aparecen progresivamente. La vida cotidiana del convento trae pequeñas dosis de humor, conversaciones, reprimendas, oraciones, recuerdos y hasta cierta alegría en las hermanas mendicantes. La vida continúa también aquí, aunque sea detrás de unos muros. La “paz del claustro” tiene, sin embargo, mucho de falacia para Angélica.

Rechi utiliza las plantas medicinales como uno de los elementos que conectan las dos partes. Las hierbas que curan, el pharmakon que puede ser remedio y veneno, terminarán adquiriendo una dimensión trágica cuando la protagonista recurra a ellas para acabar con su vida. El jardín vertical, casi único elemento de color, se convierte así en espacio de vida y, finalmente, de muerte.

Beatriz Díaz, una Angélica “en casa”

Hablar de Beatriz Díaz como Sor Angélica en el Campoamor tiene además un componente especial. La soprano allerana completa su Tríptico pucciniano “en casa” después de haber cantado en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi. Su relación con Puccini viene de lejos: su Lauretta de Gianni Schicchi fue debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón de Buenos Aires y Suor Angelica ya la había interpretado en julio de 2018 en Barcia de Mera, entonces en la versión original para piano. Ahora, por fin, llegaba al Campoamor con orquesta y ese poso que dan los años.

Siempre he escrito que Puccini es una piedra angular para la voz y la personalidad artística de Beatriz Díaz. Este personaje parece escrito para ella. Y quizá por eso su Angélica tiene algo que va más allá de la solvencia vocal: hay memoria, experiencia y una identificación natural con la música. Desde la primera aparición se percibe la evolución de una mujer que lleva siete años encerrada por un pecado de juventud. La alegría de las demás contrasta con una tristeza interior que nunca desaparece. La noticia de la llegada de una berlina rompe la rutina. Es la tía Princesa.

El duelo entre Angélica y su tía

La escena entre Ana Ibarra y Beatriz Díaz es uno de los grandes momentos de la función. La mezzo valenciana afronta un papel escrito para contralto y, precisamente por ello, debe oscurecer mucho su timbre. Hay momentos en los que ese «oscurecimiento» resulta excesivo y el timbre no es homogéneo, aunque lo compensa con su notable presencia escénica y una autoridad dramática muy marcada. Frente a ella, la soprano asturiana domina la escena.

La rotunda Abadesa de María Heres ya había preparado el ambiente tras la campana del locutorio y el anuncio de la visita. Pero cuando aparece la Princesa todo cambia. «Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!» abre un verdadero duelo vocal y teatral. Angélica vuelve a ser niña ante su familia. Primero aparece la ilusión por la boda de su hermana menor, Anna Viola. Después, la noticia que lo destruye todo: su hijo ha muerto.

La tía le lanza la fotografía al suelo, el recuerdo de la madre, la herencia rechazada, la ofensa y la culpa se acumulan en pocos minutos. Puccini construye aquí un teatro de enorme eficacia. Y aunque Suor Angelica recibió críticas muy diversas desde su estreno, incluyendo acusaciones de estatismo, monotonía o excesiva dulcificación del drama, esta escena demuestra por qué también pudo ser considerada una de las páginas más conmovedoras de Puccini. Incluso el crítico James Huneker, en el estreno neoyorquino, llegó a mostrarse demoledor con la obra, aunque terminaría entusiasmándose con Gianni Schicchi. El destino de Suor Angelica dentro de Il trittico ha sido, de hecho, singular: es probablemente la menos representada de las tres y no es habitual escucharla fuera del contexto de la trilogía. Sin embargo, Puccini la consideraba su favorita. Y hay algo en la sinceridad del dolor de esta mujer que explica esa predilección.

“Senza mamma”

Tras la noticia llega «Mio figlio». Y después, «Senza mamma». Aquí Beatriz Díaz encuentra el punto exacto entre el canto y la palabra. No hay necesidad de sobreactuar un dolor que la música ya contiene. El sufrimiento está en cada frase, en cada respiración, en cada recuerdo.

“Sin madre” se transforma paradójicamente en una pregunta sobre el hijo: una madre que no pudo verlo crecer, que apenas pudo abrazarlo una vez, y que ahora comprende que jamás volverá.

Las monjas salen de escena y Sor Genoveva, cantada con solvencia por Montserrat Seró, encabeza el penitencial cortejo de hermanas con «Lodiamo la Vergine Santa». Hay una despedida agridulce. Entonces llega el último tránsito: Angélica se encuentra con su hijo. ¿Es real? ¿es un recuerdo? ¿es un deseo? Rechi no lo resuelve. Y hace bien, porque la ambigüedad permite que el espectador complete aquello que la escena no puede explicar.

El Puccini de la redención

Puccini llevó Suor Angelica incluso al terreno de su propia intimidad religiosa. La presentó en el monasterio de Vicoplago, dedicado a su hermana Iginia, religiosa profesa, y a las demás monjas de la orden. Allí, con el propio compositor al piano, explicó a aquellas mujeres el argumento de la joven aristócrata castigada por un pecado de amor y condenada al enclaustramiento. El final, con la invocación a la Virgen y la petición de perdón por el pecado cometido, debió conmover profundamente a aquellas religiosas. Y ahí está la clave de Suor Angelica: no estamos solamente ante una historia de suicidio, sino ante una historia de culpa, arrepentimiento y redención. La protagonista no puede cambiar el pasado. No puede recuperar a su hijo. No puede deshacer los siete años de clausura. Pero puede pedir perdón. Y Puccini convierte esa petición en música.

El aria final es una página magistral y Beatriz Díaz alcanzó ese La agudo en pianísimo que parece detener el tiempo. El Campoamor contuvo la respiración. Pocas veces una nota tan pequeña puede tener tanto peso.

La OSPA, entre Mahler y Puccini

En el foso el bilbaíno Diego Martín-Etxebarría regresaba al Campoamor después de haber dirigido allí La rosa del azafrán, en mayo de 2024, y Doña Francisquita, en febrero de 2025 con Oviedo Filarmonía. Esta vez el reto del maestro vasco era diferente y especialmente delicado: unir a dos grandes orquestadores sin que la orquesta se convierta nunca en protagonista por encima de las voces. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) respondió con solvencia en ambas páginas. Mahler exige transparencia, escucha interna, capacidad de respirar con la voz y un dominio absoluto de las dinámicas. Puccini necesita además esa mezcla de exuberancia y contención que permita que la emoción nunca se vuelva sentimentalismo barato. Martín-Etxebarría estuvo atento a las tablas, cuidando especialmente las voces, y obtuvo de la formación asturiana una riqueza tímbrica que no quedó encerrada en el foso. Los primeros atriles fueron fundamentales en Mahler, pero también lo fueron las intervenciones de los metales y las distintas familias en Puccini. La música parecía extenderse por todo el espacio.

Igualmente importante fue la aportación de las formaciones vocales. El Coro Intermezzo, titular de la Ópera de Oviedo, y el coro infantil de la Escuela de Música Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada, completaron una producción coralmente cuidada. La banda interna de la Banda de Música Ciudad de Oviedo aportó también su presencia en una propuesta que no deja ningún elemento al margen, al igual que el instrumental no visible.

Las mujeres del convento

Suor Angelica es además una ópera sin voces masculinas, algo que ya provocó comentarios en su momento. Aquí esa característica se convierte en parte esencial de la propuesta. Anna Tobella, como hermana celadora, estuvo impecable tanto vocal como actoralmente, especialmente en esos momentos iniciales en los que debe controlar a la comunidad; Marina Pardo, maestra de novicias; Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez y Vilma Ramírez, junto al resto de hermanas, construyeron ese pequeño universo femenino en el que transcurre la vida cotidiana del convento.

Las pequeñas alegrías de las hermanas mendicantes, las conversaciones, la enfermedad de Sor Clara, las plantas medicinales, la llegada de la berlina, el recuerdo de la hermana fallecida… todo contribuye a crear una comunidad que parece vivir ajena al drama de Angélica. Pero solo parece, porque todas son testigos de su sufrimiento.

Una producción “Made in Asturias”

Hay algo especialmente satisfactorio en que una propuesta tan original llegue al Campoamor como producción propia de la Ópera de Oviedo. Rechi ha contado con Sebastian Ellrich para la escenografía y el vídeo, Gabriela Salaverri para el vestuario, Alberto Rodríguez en la iluminación y Mar Gómez en la coreografía, con Pablo Moras al frente del Coro Intermezzo. La suma de todos estos elementos consigue que la producción no sea solamente una sucesión de imágenes bellas, sino una verdadera arquitectura dramática. El suelo líquido de Mahler se transforma en el claustro de Puccini. Los ataúdes blancos encuentran continuidad en las monjas. Las rosas rojas anticipan la sangre. El sacerdote de la primera parte reaparece como figura de enlace.

Y las plantas medicinales, el pharmakon, contienen desde el principio la posibilidad de la vida y de la muerte. Todo conduce al final.

El tránsito de un mismo recorrido

Cuando el espacio vuelve a abrirse después del suicidio de Angélica, comprendemos finalmente el sentido de Sorrow. No eran dos obras, era una sola. Primero el dolor de un padre y una comunidad ante la muerte de los niños, después, el dolor de una madre ante la muerte de su hijo. Primero el funeral, después el convento. Primero las flores sobre los ataúdes, después las hierbas que pueden curar o matar. Primero la mano de Dios que protege a los niños, después el perdón que Angélica necesita para encontrar a su hijo.

Y en medio de todo, una música capaz de decir aquello que las palabras no alcanzan. El final propuesto por Rechi no cierra completamente la historia. La aparición del hijo deja abierta la pregunta. ¿Es realmente él? ¿Es un recuerdo? ¿Es la imaginación de una mujer que acaba de morir? ¿Es la promesa de una redención? El padre y la madre en todos los sentidos del hijo muerto, la presencia de ambos en Mahler y Puccini, aunque no importa demasiado. Lo importante es que, después de tanta oscuridad, aparece finalmente un poco de luz. Era la intención declarada del director de escena andorrano y termina siendo también la sensación con la que el espectador abandona el Campoamor.

Cuando la tristeza también puede ser esperanza

La inauguración de esta 79ª Temporada de Ópera de Oviedo no busca agradar al público con una velada cómoda. Todo lo contrario, es una propuesta exigente, oscura, dolorosa y, precisamente por ello, necesaria. Mahler y Puccini hablan de la muerte desde lugares diferentes, pero terminan encontrándose en el mismo punto: la necesidad de seguir viviendo después de la pérdida.

Jacques Imbrailo pone voz al padre que intenta comprender una ausencia imposible. Beatriz Díaz encarna a una madre que no puede soportar la suya. Diego Martín-Etxebarría sostiene desde el foso la delicada arquitectura musical. La OSPA demuestra su solvencia. Los coros completan la ceremonia. Y Joan Anton Rechi consigue que dos obras que nunca nacieron para estar juntas terminen pareciendo destinadas a encontrarse. Quizá por eso, cuando las luces vuelven y el Campoamor rompe finalmente el silencio, uno entiende que Sorrow no habla solamente de tristeza. Habla de la memoria, del perdón, de la ausencia. Y quizá sea ahí, precisamente, donde Sorrow encuentre su verdadero sentido. Porque después de una hora larga de tristeza, de ataúdes blancos, rosas rojas, muros de clausura, una madre rota y un hijo perdido, lo que queda no es solamente el dolor. Queda la música, capaz de poner voz a aquello que nosotros no sabemos decir.

Mahler termina en re mayor, con la promesa de que los niños están protegidos por la mano de Dios. Puccini hace que Angélica encuentre finalmente a su hijo. Rechi deja abierta la puerta para que cada uno decida si ese encuentro sucede en la realidad, en el recuerdo o en el deseo. Quizá no importe: basta con que exista la posibilidad de volver a abrazar aquello que hemos perdido. Y mientras el Campoamor recuperaba poco a poco la luz, pensé en quienes no pudieron estar allí:

En Luis Antonio Suárez, al que esta producción está justamente dedicada, y aún más en mi querido y siempre añorado Misael Campo, que no llegó a disfrutarla. Dos nombres, dos ausencias, que también forman parte de esta noche. Porque quizá la tristeza sea, en el fondo, otra forma de amor: sólo nos duele lo que seguimos queriendo.

Así, entre Mahler y Puccini, entre la muerte y el perdón, entre una catedral que parece flotar sobre el agua y un claustro que termina abriéndose a la luz, el Campoamor inauguró su nueva temporada con algo más que un espectáculo lírico. Nos regaló una música para recordar, para conmovernos y, quizá, para salir del teatro llevando con nosotros algo que no estaba allí cuando entramos. Yo salí en silencio. Hay músicas que se aplauden, y hay músicas que, sencillamente, se quedan con uno.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella  (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo  (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Arriesgado tránsito

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Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905 / Suor Angelica, música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo. © Fotos de Iván Martínez – Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 14 de septiembre, con tipografía y colores propios y el añadido de los siempre enriquecedores enlaces)

Inauguración de la septuagésimo novena temporada de la ópera ovetense con producción propia y un estreno uniendo a Mahler con Puccini en un desgarrador e inédito díptico: Kindertotenlieder, de Mahler, un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética; por su parte, Suor Angelica, de Puccini, una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano. Dos dramas que hablan de la desgracia por la pérdida de la inocencia y la muerte de un niño, dos compositores coetáneos unidos, pues ya en Viena el bohemio dirigiría muchas obras del italiano. Dualidad minimalista en blanco y negro con el dolor atravesando la escena, la unión del dramatismo orquestal y vocal en un inédito y arriesgado espectáculo lírico, con el barítono Jacques Imbrailo y la soprano Beatriz Díaz transmitiendo el sufrimiento, soledad y comunidad dándose la mano. Una hora abundante y sin pausa para la angustia emocional que pone un nudo en la garganta a un público respetuoso, aguantando las lágrimas ante la enorme exigencia vocal de unos protagonistas que transmitieron de principio a fin ese dolor por la pérdida de un hijo.

Como cuenta el propio Joan Anton Rechi, director de escena de esta producción, “he querido trabajar ambas obras como un solo espectáculo, no como dos historias independientes. El título de las funciones, Sorrow, tristeza o pena, lo unifica todo. Lo cierto es que el personaje de Suor Angelica aparece en los Kindertotenlieder y el personaje del barítono que canta las piezas de Mahler es una especie de cura que aparece también en Suor Angelica. Hay varios elementos que conectan ambas obras en escena. Es indudablemente un espectáculo triste por la materia con la que trabajan ambos libretos, aunque he querido terminar la representación con un poco de luz, con un poco de esperanza”.

Esta producción, como se anunció por megafonía y figura en el excelente libro del primer título, está dedicada a la memoria de Luis Antonio Suárez, todo un referente de la cultura asturiana, historiador, diseñador, director artístico, empresario, actor amateur y colaborador de la Temporada de Ópera de Oviedo como escenógrafo además del creador de la exposición conmemorativa en la plaza de Trascorrales de los 75 años de la historia de esta temporada carbayona: “Su legado artístico y bonhomía nos acompañarán siempre. Descanse en paz”.

Las Canciones para los niños muertos, de Gustav Mahler, fueron compuestas entre 1901 y 1904. Los textos que acompañan a la música están basados en poemas de Friedrich Rückert. El poeta alemán escribió 428 poemas, en el intento de sobrevivir a la muerte de dos de sus cinco hijos, de 3 y 5 años, en el plazo de dos semanas. También el compositor austríaco sufrió en su infancia la pérdida de seres queridos: solo seis de sus trece hermanos llegaron a la edad adulta. Mahler con los Kindertotenlieder tejió un universo dramático en torno a la muerte de alcance universal. Para Theodor Adorno, las Canciones para los niños muertos “miran a los muertos como se mira a los niños. La música de Mahler lleva alimento a la boca aniquilada, vela el sueño de los que ya no volverán a despertar”. Las canciones fueron escritas en el idioma mahleriano posromántico, el ánimo y sentimiento que expresan se adecuan al título y al texto. La canción final termina en re mayor, con una promesa de redención trascendente, porque “la mano de Dios los protege”.

Una apuesta arriesgada escenificar esos Kindertotenlieder pero que en el contexto de tanta pena y tristeza enlazaría a la perfección con Suor Angelica en su convento. La obra de Mahler tiene una entidad que facilita mucho las cosas, en plantilla orquestal y en este caso, a nivel escénico, pues el andorrano ha planteado un espacio escénico grande y amplio para los lieder, tal vez una catedral moderna, blanca con iluminación de fluorescentes, suelo de espejo y una sensación de liquidez, como si fuera un suelo de agua (proyectado al fondo), donde tiene lugar la ceremonia fúnebre por los niños, diez pequeños ataúdes blancos y el “Padre Imbrallo” ejerciendo como tal. Pero hay personajes de luto completando los cinco lieder: padre, madre, ángeles de la muerte que interactúan en sencilla y sentida coreografía (de Mar Gómez). El barítono (podría haber sido una mezzo, pero hubiera roto el contraste desde la buscada unidad) presenta cada canción dándole a los textos toda la dramatización, realzada con una orquesta subrayando las palabras:

«Nun seh’ich wohl warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas) donde Imbrallo se dirige a “sus hijos”, languidez insatisfecha que baña toda la canción desde un clima inestable, interrogador, mantenido por la constante ambigüedad de los retardos y cadencias de dominante rotas.

«Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), desde el rincón observando la alegría resplandeciente cuando entraba al lado de su madre tan pronto extinguida, para proseguir con «Ofi denk’ich, sin Sind sur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), serena conclusión antes de la última canción anunciando que encontrará a sus niños en el paraíso, cual radiante colina.

«In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), el remordimiento de mandar fuera a los niños que finamente descansan como si estuvieran en casa de su madre (Sor Angélica presente) protegidos por la mano de Dios. Si sobre cada uno de los cinco ataúdes se depositaba una rosa roja, el sacerdote las recogía antes de abrir arrodillado el último, un baño de perdón y pureza para depositar como su hijo el ramo rojo, reposando en la casa materna que será el convento.

Un inicio sin resignación y con dolor contenido, explosión de la violenta desesperación, la angustia incontrolable como la propia naturaleza, aunque siempre manteniendo el piano y donde los forte van seguidos por diminuendos. Trinos en los bajos con el tema de marcha evocando otras sinfonías con esa cadencia mahleriana siempre vinculada a la fatalidad y el destino, primeros atriles de la OSPA completando con la música lo que a menudo las palabras no consiguen, obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre que aumenta su extravío hasta el primer fortissimo vocal, con dos notas del glockenspiel interrumpiendo la progresión como si el sol volviese tras la tormenta, transición hacia la nana que sirve de Finale al ciclo, esperanza y paz, porque sólo unas campanas enlazan la acción y la emoción.

Así, esa catedral mahleriana se cierra y genera un espacio muy cerrado, casi claustrofóbico para Puccini, aunque el blanco y la luz se apoderan en el inicio conventual con las diez hermanas (el coro interno) y el resto de la comunidad que irá ocupando la escena tras el rezo inicial de “la Hermana Díaz” y la celadora Anna Tobella (impecable vocal y actoralmente) regañando al resto de monjas. La propuesta teatral parte de la voluntad de eliminar las fronteras entre ambas obras, construyendo así un único relato emocional que encuentra sorprendentes vínculos: “Fue una intuición inmediata. Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional” nos explicaba el propio Rechi. Evolución de Suor Angelica en un periodo que resume sus siete años de clausura. La protagonista es otra heroína trágica del universo pucciniano, perteneciente a una familia de la alta aristocracia recluida por tener un hijo natural y obligada a permanecer en el convento. Diálogos de monjas desde esa falacia llamada “la paz del claustro”, con las hierbas medicinales (Pharmakon como las denomina en el excelente libreto para esta función, la doctora María Sanhuesa Fonseca, “vida y suerte en sus manos”), desde el remedio solicitado por la hermana enfermera para Sor Clara picada por una avispa en el huerto, la única nota de color en el jardín vertical del que Sor Angélica toma las hierbas, hasta el veneno final brindado por los mismos padres mahlerianos de “la primera parte”.

Momentos emocionantes como el recuerdo a la hermana ausente y fallecida, donde Sor Angélica canta “Los deseos son las flores de los vivos, no florecen en el reino de los muertos” (I desideri sino i fiori…), pequeñas alegrías monacales a cargo de las golosas hermanas mendicantes, aunque el sufrimiento tras siete años de encierro de la “poveretta” protagonista no faltan, cantados y engrandecidos desde el foso, siempre con el maestro Martín-Etxebarría muy atento a las dinámicas sobre las tablas, exhuberancia contenida y tímbricas incluso fuera de escena, al igual que las formaciones vocales del coro titular y el de los niños de Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada ovetense.

El aviso de la llegada de una berlina aumentará la curiosidad tras los muros, la tensión y los miedos de la noble castigada y penitente que se pone blanca y después roja. Una impresionante abadesa María Heres cantando, tras escucharse la campana del locutorio, Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!, el anuncio de la tía Princesa (Ana Ibarra), comienzo de un duelo vocal y escénico de la mezzo valenciana, en un registro de contralto que la obligó a oscurecer en demasía su timbre aunque lo compensa su presencia, y la soprano asturiana Beatriz Díaz, dominadora de este personaje que parece escrito para ella y firmado, como la renuncia a su herencia tras la fatal noticia, y que además completa su Tríptico pucciniano “en casa” tras cantar en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi (con su Lauretta debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón bonaerense y Suor Angelica en julio de 2018 en la versión original para piano representada en Barcia de Mera), al fin con orquesta y con el poso que dan los años, a un compositor del que siempre he escrito es piedra angular para su voz y personalidad.

Dolor, tragedia, breve alegría por la boda de su rubia hermana pequeña Anna Viola, truncada tras el frío y sobrecogedor anuncio de la muerte de su hijo, ante la foto lanzada al suelo por una tía inexorable ofendida por su sobrina al recordar a su madre en su contra. Puro dolor expresado en “Mio figlio” al que solo pudo ver y besar una vez, la sobrecogedora aria “Senza mamma”, la salida de las monjas acogiendo a Sor Angélica con Sor Genoveva (siempre bien la soprano Montserrat Seró) encabezando ese penitencial cortejo de hermanas cantando “Lodiamo la Vergine Santa”, una despedida agridulce, el encuentro con su hijo y el pecado del suicidio para después invocar el perdón. El aria final es una página magistral, cerrada con un La agudo en pianísimo que cortó la respiración del Campoamor. Para Puccini, Suor Angelica era la mejor ópera de la trilogía y musicalmente en esta obra el lirismo es permanente y la escritura tanto orquestal como coral depurada.

Un tránsito de un mismo recorrido: del duelo colectivo al dolor íntimo de una madre, el espacio final que vuelve a abrirse con el encuentro (real, mero recuerdo o deseo) entre Angélica y su hijo con la aparición del sacerdote que responde al interrogante: ¡el muerto es su hijo y con el perdón de la madre, Sor Angélica!. Genial y original cierre explicando esta Sorrow de Rechi en una producción sobresaliente “Made in Asturias”.

FICHA:

Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905/ Suor Angelica. Música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró * (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas * (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich * – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez * – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Estío sinfónico

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Miércoles 26 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, “OFIL CONTIGO… EN VERANO”, organizado dentro de la programación estival de la Fundación Municipal de Cultura (FMC): José Andrés Mir (trombón), Oviedo Filarmonía (OFil), Lucas Macías Navarro (director). Obras de F. David y W. A. Mozart. Entrada libre. Fotos de la orquesta y propias.

La vida musical no entiende de vacaciones, aunque siempre hay momentos para el asueto. Y este último miércoles de un agosto que en Oviedo siempre es más llevadero en cuanto a temperatura, volvía la Oviedo Filarmonía con los conciertos de verano que, ante la amenaza de lluvia, se trasladó del Claustro del Edificio Histórico de la Universidad al Auditorio «Príncipe Felipe», lo que supuso mayor asistencia y comodidad para un público heterogéneo haciendo cola una hora antes y  llenó el patio de butacas más parte del anfiteatro, gracias a un programa ideal para aficionados de todas las edades y gustos, pues la orquesta de la capital tiene «tirón» en Vetusta, pero también supone seguir siendo «La Viena Española» durante el estío asturiano que atrae visitantes de toda la geografía.

Con su titular al frente, que tampoco disfruta de vacaciones, la OFil da la oportunidad a sus primeros atriles de actuar como solistas, en este caso al trombón principal José Andrés Mir (Liria, 1984), que lleva en la formación ovetense desde 2006, y ya tuvo la oportunidad de actuar junto a sus compañeros en 2014 con el concierto de Nino Rota. En esta ocasión, y con la madurez de los años, el apoyo incondicional de sus compañeros y la confianza del maestro Macías Navarro, lo haría con el maravilloso «Concertino» de Ferdinand David al que el compositor alemán titula humildemente como «concertino», tal vez por su duración que apenas sobrepasa el cuarto de hora, aunque mantiene la estructura clásica en tres movimientos (Allegro maestoso- Andante, marcia funèbre-Allegro) que se interpretan sin pausa entre ellos.

Obra escrita en 1837, es una de las obras fundamentales del repertorio romántico para trombón, y se le considera uno de los primeros grandes conciertos para este instrumento, que fue dedicado por David al virtuoso Karl Traugott Queisser, quien lo estrenaría en la Gewandhaus de Leipzig con su paisano Felix Mendelssohn a la batuta. En sus movimientos combina elegancia melódica y lirismo,  propios del lenguaje del hamburgués con una escritura solista que exige gran dominio técnico, flexibilidad y expresividad, con un estilo muy próximo al de Mendelssohn, con un equilibrio entre virtuosismo y musicalidad que han convertido este «Concertino de David» en una pieza de referencia dentro de la literatura para trombón solista.

José Andrés Mir nos dejó una interpretación completa, dominador de principio a fin de una partitura exigente no ya por la técnica (asombrosos los trinos) sino por la amplísima gama de dinámicas en unos fraseos de este instrumento poderoso pero siempre matizado. Precisamente por el abanico de volúmenes, la OFil siempre perfectamente concertada por el director andaluz, pudo desplegar todo lo escrito sobre el papel, sabedora que tanto el timbre como las dinámicas del trombón nunca quedarían opacas. Al contrario, brillaron todas las secciones: la cuerda comandada por Marina Gurdzhiya con cellos y violas «permutadas» más los contrabajos sobre una tarima que les otorga la contundencia en el grave tan necesaria; madera muy empastada con sus momentos melódicos que siempre defienden sus primeros atriles; metales completando un viento que no puede faltar en estas páginas románticas bien ensamblado; y unos timbales seguros, redondeando una muy conjuntada orquesta que sigue sonando segura en todos los repertorios y mantiene esa versatilidad digna de encomio. Un «concertino» que supo a poco por la calidad de todos los intérpretes, en especial un Mir al que sus compañeros y el público premiaron con largas ovaciones.

El regalo tras las palabras de agradecimiento del solista valenciano, sería la muy versioneada Oblivion de Astor Piazzolla en un arreglo de José Vicente Faubel (1990), otro músico de Liria (¡sigue la inmensa cantera de su centenaria Sociedad «La Primitiva»!) para cuarteto de cuerda a cargo de los primeros atriles esta tarde (Marina Gurdzhiyya, Luisa Lavín, Rubén Menéndez y Guillermo L. Cañal) en una interpretación donde el trombonista nos deleitó con un sonido aterciopelado, una repetición del tema llena de buen gusto y un feliz entendimiento y complicidad de estos cinco solistas de la OFil que volvieron a poner al público a sus pies.

Y recomponiendo la plantilla llegaría «La cuarenta de Mozart», penúltima sinfonía del genio de Salzburgo que nunca defrauda, conocida por todos los públicos (el de Oviedo aplaudió el final del primer movimiento) y forma parte de lo que llamo «repertorio sinfónico básico» porque la trilogía final es piedra angular para toda orquesta y un reto para las batutas a lo largo de toda la vida. He perdido la cuenta de las versiones que guardo en mi discoteca y las que he podido disfrutar en vivo, siempre único e irrepetible. Hay incluso estudios sobre la evolución en el tiempo de esta sinfonía con orquestas y directores que nunca son ni suenan iguales, siendo objeto de debate para muchos melómanos. Por lo cercano y reciente, tengo que recordar a Zubin Mehta este verano en Granada, que afrontaría esta trilogía sinfónica desde su propia biografía totalmente distinta a la visión-versión que nos dejó Lucas Macías. Si el nonagenario afrontó la Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 con unos tempi casi para deleitarse, «olvidando» las indicaciones en cada uno de los cuatro movimientos, el onubense optó por el reto de las indicaciones de Mozart en esta su penúltima maravilla sinfónica, sabedor además que «su» OFil responde y le sigue sin titubeos.

Y de Macías este miércoles resaltar su espontaneidad y apuesta por la viveza en el Molto allegro desde la colocación elegida antes citada, cuerda clara y precisa, maderas sin clarinetes «cantando» con una expresividad ya propia, dúo de trompas empastadas; el Andante sacando al primer plano cada sección sin renunciar a la agilidad ni claridad expositiva; un Menuetto más tranquilo donde degustar la sonoridad redonda de esta OFil, y el Allegro assai con el ímpetu necesario manteniendo los detalles que se escucharon nítidos desde el dominio de esta sinfonía que el maestro llevó de memoria y sin batuta, expresividad en ambas manos sin excesos gestuales, sabedor que «su orquesta» responde tras este tiempo como titular, donde sigue creciendo desde el podio y haciendo crecer a esta formación que no deja de sorprendernos desde sus inicios allá por 1999 como OSCO y que el maestro Haider logró levantar el vuelo, con algunos altibajos posteriores que el onubense ha remontado y aún desconozco dónde llegará de altura viendo la evolución hasta este 2026.

Mozart es muy exigente, traicionero por la engañosa sencillez, al menos para el oyente, y todo un reto que se debe afrontar desde el trabajo continuado. Esta «Cuarenta» ha sido otra prueba para comprobar cómo mantener un repertorio que no puede faltar, desde la tradición a la actualidad, con lecturas de nuestro tiempo sin más afán que disfrutar con calidad de «tanta buena música».

El próximo viernes habrá otra oportunidad para seguir disfrutando con la OFil, Andrey Baranov, Gabriel Ureña y Lucas Macías al frente, que espero contar desde aquí.

 

PROGRAMA:

Ferdinand David (Hamburgo, 1810 – Klosters-Serneus, Suiza, 1873):

Concertino op. 4 para trombón y orquesta:

I. Allegro maestoso – II. Andante, marcia funèbre – III. Allegro

W. A. Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto – Trio

IV. Allegro assai

Músicas para el universo

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Viernes 7 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto «Armonía Eclíptica” , en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Oviedo Filarmonía (OFil), Anthony Gabriele (director). Obras de R. Strauss, John Estacio, Debussy, Holst, Rodrigo y Mussorgsky. Entrada butaca: 20€. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Gracias a un trío de eclipses que serán históricos (dos totales este año y el próximo 2027, más otro anular en 2028) el CSIC ha organizado estos conciertos multimedia dentro de un ciclo don distintas formaciones orquestales para acompañar esta tríada de eclipses. Tras un vídeo del propio CSIC, la mayor institución pública de investigación de España y una de las más importantes a nivel mundial, también en el campo de la astronomía y la astrofísica, con más de 14000 proyectos, defendiendo todas las ciencias y sus avances, con presencia en distintos lugares de la geografía, llegaría una variada banda sonora elegida para la ocasión, que encontró unas imágenes espectaculares gracias al excelente trabajo audiovisual de José Francisco Salgado Alicea (físico portorriqueño y doctor en Astronomía por la Universidad de Michigan, además de fotógrafo experimental y artista visual), y su Proyecto KV 265 (Science trough Art) del que Salgado es cofundador y director ejecutivo: calidad y belleza por momentos pictórica, perfectamente encajadas y sincronizadas con las partituras gracias a la siempre versátil OFil en este primer viernes de agosto bajo la dirección del maestro Anthony Gabriele, especialista en dirigir músicas de película, quien sacaría de la formación ovetense buenas notas, con parte de su plantilla ausente (supongo que por permisos vacacionales) aunque sin perder las cualidades que va atesorando con el tiempo y donde la mencionada versatilidad a lo largo de sus 27 años viene de los muchos directores y repertorios que van modelando un sonido propio.

La propuesta combinaba la música en directo con las proyecciones de imágenes científicas, comenzando con el Richard Strauss cinematográfico de Así habló Zaratustra cuya introducción seguimos asociando con Kubrick, un melómano que ha sabido siempre buscar las mejores músicas para su amplia cinematografía.

El Sol, la Tierra, la Luna y un infinito elenco de galaxias, universos, auroras boreales, el fotón en el centro del astro rey, recreaciones de impactos de meteoritos, sondas espaciales o planetas que irían proyectándose en la pantalla gigante.

Momentos casi épicos como en Solaris de John Estacio (1967), un viaje dede el sol donde la luz alcanza la Tierra en ocho minutos y veinte segundos, la misma duración de esta obra con la gama cromática de la agitada además de violenta física solar, con la OFil sacando todo el potencial de una amplia plantilla para la ocasión, casi preludio al Claro de Luna de Debussy, en orquestación a partir del pianístico perteneciente a la «Suite Bergamasque», con imágenes hispanas de atardeceres en Burgos, Segovia, León, Astorga o La Coruña con la Torre de Hércules. Música impresionista ideal para una buena publicidad de los distintos monumentos por todos conocidos, con la luna que hechiza e ilumina, que las notas al programa de Juan Ramón Pardo Carrión (del Instituto de Física Fundamental IIFF-CSIC), describe como «un remanso selenita de evocadora calma, pausada y poética en lo musical y lo visual».

En un concierto con la ciencia y el firmamento, como eje temático, no podían faltar dos de “Los planetas” de Holst, una música siempre asociada con el espacio junto a las imágenes espectaculares, primero Júpiter, el portador de la alegría, hermano mayor de nuestro sistema, y después Mercurio, el mensajero alado en arreglos de Cliff Colnot (Youngstown, Ohio, 1947 – Chicago, 2024), tras el “preludio” del propio Estacio y la luna de Debussy.

El poco escuchado poema sinfónico A la busca del más allá (1976) de Joaquín Rodrigo, resultó una de las obras más logradas en ejecución y sincronismo por parte de todos, obra que no llega al cuarto de hora, encargada por la Orquesta Sinfónica de Houston para conmemorar el Bicentenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y dedicada a los astronautas de la NASA, en especial a Walt Cunningham que también era guitarrista y admirador del compositor español (obra estrenada bajo la dirección de Antoni Ros Marbá el 27 de marzo de 1978). Aquí la propia música del valenciano ya invita a viajar por un cosmos pletórico, luminoso, insondable e infinito, sumándose unas imágenes a cual más impactantes.

Retomando las notas de Pardo Carrión, quien cita las palabras de Cecilia, la hija del saguntino «Es como si mi padre, que no veía, hubiera escrito la música para acompañar sus vistas del espacio». De rica orquestación y con intervenciones exquisitas tanto del corno inglés (igual que en el famoso Concierto de Aranjuez) como de la celesta que le da ese aire etéreo, la unión de imagen y sonido fue todo un acierto.

Y tras una mínima pausa, llegaría un “Universo en exposición” utilizando al Mussorgsky donde las pinturas de Hartmann fueron imágenes coloreadas por Ravel para un museo que resultó ser el propio universo con fotos cuales cuadros, sin percusión en otro arreglo de Cliff Colnot que parece prefirió prescindir de los títulos y grandiosidad originales, aún mayores en la orquestación del vasco-francés, para dejar que fuese el firmamento quien tuviese todo el protagonismo. Castillos o Tullerías luminosos, un mercado de estrellas, unas catacumbas de agujeros negros, patas no de gallinas sino esferas luminosas, unos muertos que siguen resplandecientes en el espacio, o la puerta mayor de Orión que fueron los cuadros estelares con una orquesta “descafeinada” al servicio del relator Salgado con una elección de imágenes, vídeos y música para disfrutar este espectáculo multimedia preparando el trío de eclipses que arranca el próximo miércoles 12 con Asturias entre los mejores palcos.

Sin equívocos

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Viernes 31 de julio, 20:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: La Castalia, II Edición Ópera-Studio. “El sobre equivocado” (Yónatan Santianes) – “La serva padrona” (G. B. Pergolesi). Vilma Ramírez y Ángeles Rojas (sopranos), Paula Duarte y Anne Broers (mezzos), Álvaro Segador (tenor) –  Ángel Simón (barítono), Noive Solar (soprano), Ariel Martín (actor). Arián Alegre (piano). Entrada libre.

Siempre resulta un placer asistir a estrenos, aún más en mi tierra, y si sumamos que el compositor es (re)conocido además de tener una estrecha relación profesional con él, la cita este último día de julio era de las que denomino “imprescindibles”. Y el público premió con un lleno absoluto y largas colas que iban desde la calle Mendizábal hasta la Plaza de la Escandalera con toda San Francisco que daba gusto contemplar en una fila bien respetada, la mejor demostración de que La Castalia tiene tirón en la Vetusta clariniana en pleno siglo XXI y para todas las edades.

El pasado lunes tenía lugar la presentación de la segunda edición de Ópera-Studio que organiza La Castalia y llegaba la “puesta de largo” así como el día de recoger los frutos de un intenso trabajo que va más allá de seguir dando oportunidades al mundo de la lírica desde la capital asturiana a la que llevo años denominando “La Viena Española” precisamente por su amplia oferta musical en la que la propia asociación La Castalia tiene su propia identidad. Yónatan Sánchez Santianes (Oviedo, 1978) preparó una ópera de cámara dando el protagonismo a los “otros intérpretes” tan necesarios para una representación, la de Pergolesi que resultaba la trama perfecta para la partitura del compositor asturiano, haciendo igualmente de director de escena para todo el espectáculo.

Destacando de principio a fin la labor del pianista Arián Alegre, impecable en la ejecución y un personaje más de la trama, la ópera de cámara del asturiano está escrita con guiños a la de Pergolesi y organizada con sus recitativos, arias, dúos y el concertante final del quinteto. Cada rol estuvo bien delineado por María Piquero tan necesaria para la preparación de unos cantantes que dieron lo mejor de ellos, aunque sigo echando en falta una mejor vocalización de unos textos en castellano simpáticos, entretenidos y entretejidos en el escenario de la ópera italiana, con el atrezzo sencillo de un tresillo con tapizados dieciochescos, más una luz de Eduardo Espina, que aprovechó al máximo las combinaciones de color del Filarmónica, para ir alternando los distintos números de “El sobre equivocado”. Mientras Leonor la regidora, abría la función en la voz de la soprano Vilma Ramírez, los momentos cómicos vendrían con Serafina, la maquinista interpretada por Ángeles Rojas, una soprano que ya tiene muchas tablas, y Ricardo, el técnico de luces del joven tenor Álvaro Segador que arrancaría los primeros aplausos unánime tras su habanera, digna de las mejores zarzuelas, con una voz limpia, la tesitura perfecta que Santianes elige para cada personaje, sin olvidarme de Umberta, la directora de escena que encarnó Anne Broers, y otra de las más aplaudidas, Beatriz la maquilladora a cargo de la mezzo Paula Duarte, con amplio registro, color ideal y excelente escena.

El último número invitaba, tras «el despido de la compañía», a continuar con Pergolesi, aguantar sin descanso aunque los esfínteres aprieten, y un quinteto casi rossiniano donde disfrutar de un simpático concertante, empastado, que daría paso a una criada patrona de más enjundia por dos cantantes con mucha experiencia sobre la escena, en parte por La Castalia con la que están profundizando en sus carreras.

Si el trabajo previo de María Piquero con cada personaje encontró la respuesta perfecta, para “La serva padrona” los tres personajes fueron una verdadera lección actoral (pues de lo vocal ya se encargó Begoña García-Tamargo).  Tras un primer intermedio desde el piano de Arián Alegre, llegaría la acción en la Italia del XVIII, hoy en el Oviedo del XXI. El barítono Ángel Simón “crearía” un Uberto perfecto tanto vocal como escénicamente, poderoso, de amplio registro donde el grave no se resintió en su tesitura, agudos bien proyectados, dicción italiana más que correcta, y haciéndonos disfrutar de sus arias y dúos con Serpina, la soprano Noive Solar que volvió a “enamorar” desde una interpretación pícara como su personaje.

Y no podía faltar Vespone, un auténtico descubrimiento el del actor Ariel Martín con un personaje mudo cuya mímica, escena e interacción con los protagonistas fue otra lección de dramaturgia al servicio de la partitura del italiano, nada de un “tentetieso” (baloco le llama Uberto como dice el libreto), más bien quien consigue acabar con la paciencia de Serpina (Oh tu da senno vai stuzzicando la pazienza mia) soltándole una bofetada que sonó en todo el teatro.

Cada aria de Uberto (Sempre in contrasti Con te si sta. E qua e là, e su e giù e sì e no) sería bien respondida por Serpina (Stizzoso, mio stizzoso) y en los duettos seguir comprobando el empaste y química escénica entre Simón y Solar (Lo conosco a quegli occhietti…) que fue creciendo en el segundo acto tras otro intermedio impecable en el piano de Alegre, con recitativos bien escenificados, iluminados y dramáticamente cantados, la magia de la lírica camerística igual de grande que sus hermanas mayores. Para “recordar” A Serpina penserete qualche volta…, bien “enredados” por Uberto (Son imbrogliato io già…), espada en ristre de Vespone que nunca llega a clavarse, y el final feliz dando vivas al patrón y también a Vespone, dejándonos a todos contentos (Contento tu sarai, avrai amor per me? /  So che contento è il core e amore avrò per te), y pensando como Uberto entendiendo a la ladrona (Ah! ladra, ti comprendo, Mi vuoi tu corbellar) con todos los equívocos de dos tramas operísticas siempre actuales, donde la única certeza es el trabajo bien hecho y el premio final con el público en pie.

Mi más cordial enhorabuena a todos quienes han hecho posible este nuevo espectáculo, desde un Yónatan Santianes que sigue inspirado escribiendo “a medida” de unas voces que no dejan de formarse, y especialmente a La Castalia por seguir luchando en una tarea no siempre recompensada ni reconocida como se merece.

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