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Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas Contrapunto de cámara: forma y significado iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Reteniendo el tiempo

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Jueves 19 de febrero, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Ciclo “Conciertos del Auditorio”. Homenaje a Zubin Mehta. West-Eastern Divan Orchestra, Zubin Mehta (director). Obras de Wagner, Beethoven y Chaikovski. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Hay conciertos que se escuchan y conciertos que se viven. Y algunos —muy pocos— que obligan a detenerse, respirar hondo y tomar conciencia de que el tiempo existe.

Oviedo ocupa un lugar simbólico en la historia de la West-Eastern Divan Orchestra. En 2002 sus fundadores, Edward W. Said y Daniel Barenboim, recibían el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por un proyecto que nacía con una idea sencilla y a la vez utópica: convivir a través de la música. Veintisiete años después, aquella utopía sigue siendo necesaria, casi urgente, mientras el mundo insiste en demostrar lo contrario.

Pero esta noche tenía otro centro emocional: la figura de Zubin Mehta (Bombay, 29 de abril de 1936), a punto de cumplir noventa años. Una vida entera dedicada a la música. Vivir para la música. Quizá también vivir de ella, pero sobre todo para ella.

Quisiera pensar este concierto con tres verbos: vivir, convivir y revivir. Vivir es dedicar una existencia a un arte hasta confundirse con él. Convivir es compartirlo, hacerlo comunidad, convertirlo en lenguaje común más allá de fronteras. Revivir es recordar… y en el recuerdo, vivir dos veces.

Cada concierto es una resurrección. Resucita la partitura, resucita el compositor, resucitan nuestras propias memorias musicales. Tener a Mehta en Oviedo, parada obligada tras los dos dobletes de Barcelona y Madrid en esta gira a la que aún le queda Turín y Viena, fue también revivir muchas escuchas anteriores, muchos nombres, muchas épocas. Y quizá por eso la emoción estaba teñida de una melancolía inevitable: la conciencia de estar asistiendo al final de algo.

La aparición del maestro —en silla de ruedas, ayudado para acceder al podio— produjo un silencio distinto en la sala. No era el silencio previo a la música, sino el silencio del respeto. Del agradecimiento que se tornó en ovaciones de gratitud e incluso de afecto. El concertino Mohamed Hiber se convirtió en apoyo físico y musical constante, pero el centro seguía siendo Mehta. Con gestos mínimos, casi simbólicos, la autoridad permanecía intacta. La disposición de la orquesta «a la vienesa» con violines enfrentados, cellos en el centro con las violas (ahí estaba el armenio Tigran Danielyan de la OFil), y en el fondo izquierda los contrabajos que dan una plantilla de 16-14-12-10-8 para un numeroso y poderoso viento más la percusión, ayudó a un equilibrio que no siempre resultó bien balanceado, pero hoy no tocaba criticar…

La obertura de Rienzi de Richard Wagner dejó ya una sensación clara: los tempi parecían suspendidos, retenidos, como si el maestro quisiera detener el reloj. No había urgencia dramática, sino cautela; no había tensión heroica, sino una especie de contemplación. De ahí nace el título de estas líneas: Mehta parecía querer retener el tiempo, su tiempo.

En la Octava Sinfonía de Ludwig van Beethoven apareció mayor cohesión, incluso momentos de energía, pero el humor beethoveniano —esa sonrisa inteligente que atraviesa la obra— quedó más insinuado que plenamente vivido. Todo sonó cuidado, pulcro, noble… pero con una fatiga que parecía venir de otro lugar, no de la música sino del cuerpo.

La Cuarta Sinfonía de Piotr Ilich Chaikovski evidenció aún más las limitaciones del momento. Hubo desajustes, tensiones difíciles de controlar y un discurso irregular. Sin embargo, incluso ahí surgían destellos: un final que conseguía levantarse, una orquesta que respondía con entrega, un público dispuesto a sostener emocionalmente lo que musicalmente no siempre se alcanzaba.

Porque esta noche no trataba solo de perfección interpretativa. Trataba de historia.

Zubin Mehta pertenece a una generación de directores que no solo interpretaron música: construyeron una época. Su nombre está unido a instituciones (especialmente a Ibermúsica de Alfonso Aijón), a tradiciones sonoras, a una manera de entender el sonido orquestal amplio, generoso, respirado. Puente entre continentes, entre culturas, entre generaciones. Una batuta que marcó más de medio siglo.

Hay directores que marcan el compás. Otros marcan el tiempo. Y unos pocos marcan la memoria.

Escucharle este jueves, ya en Cuaresma, fue asistir a la continuidad de una tradición que sabemos cercana a su despedida. No es nostalgia: es conciencia histórica. La sensación de que un mundo —una forma de hacer música, de pensar la música— se está apagando lentamente ante nuestros ojos.

Y, sin embargo, la música sigue. Porque la música siempre sigue. Nos hace vivir. Nos hace convivir. Nos hace revivir.

Gracias, Maestro Mehta.

PROGRAMA:

I

Richard Wagner (1813-1883):

Obertura de «Rienzi», WWV 49

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

I. Allegro vivace e con brio

II. Allegretto scherzando

III. Tempo di menuetto

IV. Allegro vivace

II

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36:

I. Andante sostenuto – Moderato con anima

II. Andantino in modo di canzona

III. Scherzo. Pizzicato ostinato. Allegro

IV. Finale. Allegro con fuoco

Resistencia titánica

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Miércoles 11 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1709 de la Sociedad Filarmónica de Gijón, Ciclo de Jóvenes Intérpretes «Fundación Alvargonzález»: Estefan Iatcekiw (piano). Obras de Beethoven, Chopin y Rachmaninov. Fotos propias.

Volvía el piano como protagonista y si el pasado domingo pasaba por Oviedo un «huracán», este miércoles pre-carnavalesco en Gijón, coincidiendo con la nueva Borrasca Nils en un día de los que en Asturias llamamos «aventau», llegaba el muy laureado pianista brasileño Estefan Iatcekiw (Curitiba, 2 de diciembre de 2003), joven y esforzado prodigio con un programa de tres sonatas a cual más exigentes y virtuosas, más unas variaciones bien engarzadas en el concierto, obras que está llevando por distintas sociedades filarmónicas españolas (tras ganar el pasado año el IX Concurso Internacional de Piano Ciudad de Vigo, el mejor premio hoy en día para los jóvenes intérpretes) pues este repertorio que necesita no solo un esfuerzo físico titánico sino también mental, evidentemente debe «amortizarse» ante las horas de estudio que conlleva.

Comenzaba el tour de force de más de dos horas ¡y con cuatro propinas! nada menos que con «El Genio de Bonn» y su Sonata «La tempestad» de la que el maestro Francisco J. Pantín en las notas al programa califica como la «más dramática de Beethoven tras la composición de la Patética. Plena de contrastes, de presagios y de explosiones temperamentales que transcurren entre lo depresivo y la desesperación, utiliza una retórica compleja (…)». El virtuoso brasileño afrontó sus tres movimientos desde el ímpetu juvenil lleno de la equilibrada mezcla de fuerza y delicadeza que supone llena de «trampas» y expresividad, con técnica más que suficiente aunque el empleo del pedal no fue siempre lo ajustado que podríamos esperar de un Beethoven que ya buscaba nuevas resonancias en el piano. Bien los contrastes dinámicos y el toque solemne del Adagio central y el Allegretto que no es ninguna bagatela para volver a citar a mi admirado Pantín: «un motu perpetuo en constante modulación que, partiendo de un motivo aparentemente banal- curiosamente relacionado con la bagatela Para Elisa que Beethoven compondría unos años más tarde- alcanza momentos de tensión extrema a partir de la aparición de un segundo tema que, en insistencia pertinaz a modo de lamento lacerante de dos notas articuladas entre sí, no abandona el sordo fragor de un movimiento incesante de semicorcheas que se acaba extinguiendo en las profundidades del teclado dejando una sensación de amargura profunda». Personalmente más que amargura Iatcekiw me transmitió su enorme trabajo previo pero sin el poso que esta sonata exige y solo con los años se alcanza.

Seguiría otro grande del piano como Chopin y su Sonata nº 3 en si menor, op. 58 en la búsqueda del puro romanticismo desde una forma clásica que el polaco evoluciona desde un dramatismo que parecía ser el nexo del programa. Aquí el brasileño volvió a un pedal que no siempre ayuda ante la exigencia de energía y algo mejor para los momentos lentos además de melódicos, casi «operísticos». Los contrapuntos quedaron algo borrosos y tanto en el Molto vivace del Scherzo  al que faltó ese aire de transparencia, como en el Presto non tanto final donde primó lo virtuoso con mucha fuerza pero poca claridad, aunque el final fuese apabullante para un público que incluso aplaudió el primer Allegro maestoso, impresionado por el despliegue técnico del brasileño.

Para la segunda parte un «monográfico» Rachmaninov del que Estefan Iatcekiw se está convirtiendo en verdadero «apóstol» tras leer en su curriculum que ha ganado el primer premio del IV International Rachmaninov Piano Competition for Young Pianists, realizado en Alemania, además del premio a la mejor interpretación de una obra de S. Rachmaninov. También fue laureado en el International S. Rachmaninov Competition, en Moscú (2022), cuyo jurado estuvo compuesto por figuras como Denis Matsuev, Boris Berezovsky y Vladimir Ovchinnikov. En 2025, Estefan fue galardonado con el Primer Premio en el Concurso Internacional RPM (Russian Piano Music), celebrado en Sanremo, Italia, donde también recibió el Premio Especial del Público, consolidando aún más su reconocimiento internacional. Y de su formación que comenzó con 5 años, se destaca que fue alumno del prestigioso Conservatorio Tchaikovsky de Moscú (donde ingresó a los 15 años) y actualmente cursa sus estudios en la reconocida Juilliard School de Nueva York, bajo la orientación del legendario pianista Sergei Babayan. De su ya larga trayectoria pese a sus 22 años recién cumplidos, en 2023, lanzó su primer álbum solista con las dos sonatas de Rachmaninov, seguido por el álbum Memories con los 24 Preludios del compositor ruso más otro titulado Dreams con obras de Chopin, Scriabin y nuevamente Rachmaninov. En una entrevista para el periódico La Nueva España comentaba  que «es para mí un compositor muy especial. Desde muy pequeño tengo la obra completa de este compositor en mi repertorio y, si pudiera dar un consejo al público, sería que se permitan sentir y dejar que la música los transporte a lugares mágicos. La música no debe ser simplemente escuchada, sino sentida con el corazón».

Parece claro que el camino iniciado está bien enfocado, y en esta segunda parte (más «la tercera» que ya parece habitual entre los virtuosos) mostró todo el enorme trabajo en sus dedos, el ímpetu juvenil y ese deseo de impactar al público cual jurado popular.

A partir del Preludio nº 20 en Do menor del compositor polaco, Rachmaninov escribe las 22 variaciones que un virtuoso como él va desarrollando en muy distintos estilos, y donde Estefan Iatcekiw fue creciendo en intensidad emocional, complejidad sonora y un amplio despliegue de tempi ceñidos a las indicaciones de la partitura. El estilo del compositor ruso es inconfundible y en esta obra de 1902 estrenada por él mismo en Moscú un año después, nos encontramos con sus señas de identidad: contrastes impresionantes, pasajes en octavas, cromatismos, silencios  estremecedores, melodías que nos hacen tomar aire y texturas casi sinfónicas donde intentamos imaginar un diálogo con la orquesta, y que Pantín define y describe: «En el largo camino recorrido asistimos a un gran despliegue de medios en una obra que aporta mucho más que brillantez y virtuosismo y que contiene momentos de belleza y creatividad indudables», reuniendo inspiraciones chopinianas, shumannianas, y evidentemente las propias del inconfundible Rachmaninov.

Y si la escucha parecía agotar la capacidad de asimilar tanta música, todavía quedaba la Sonata nº 1 en re menor de 1907, menos interpretada que la segunda y que en los concursos no suele faltar ante una escritura más allá de un virtuosismo al alcance de pocos. De nuevo las emociones del último romántico en un piano que es una montaña rusa y todo un caleidoscopio sonoro, con un Lento central donde Iatcekiw mostró su gran sensibilidad expresiva. Como una señal el Dies Irae que parece perseguirme hace unos días se volcó en el Allegro molto donde el titán brasileño  se dejó los dedos para imponer fuerza e ira humana, un mefistofélico y deslumbrante concierto de tres atormentados que expresaban en sus obras dolor pero también un lirismo esperanzador tan necesario.

Tras dos horas intensas llegaría la tercera parte que parecía impensable ante el despliegue previo. Y las propinas no fueron tampoco bagatelas, primero el virtuosístico Liszt y su Liebeslied, S. 566 (after Schumann’s Widmung, Op. 25 nº 1), el lied sin palabras igualmente engrandecido por otro compositor y pianista de manos inmensas (casi como las del brasileño que ha perdido kilos, supongo que tras tanto trabajo previo), emotivo y bien «cantado». Después vuelta a su Rachmaninov de referencia y el imponente Preludio op. 23 nº 5 en sol menor, poderoso en dinámicas aunque algo espeso en sonoridad (de nuevo por un pedal no siempre bien utilizado), manteniéndonos en esa tierra de pianistas con Scriabin y su Poème Op. 32 nº 1 en fa sostenido menor, herencia de sus años estudiando en la capital rusa, para dejarnos un imperdible Tico-Tico no fubá (Zequinha Abreu) de su Brasil natal en unas variaciones que redondearon un concierto virtuoso aunque le faltase ese punto de emoción más allá del éxito obtenido para un público asombrado con el prometedor Iatcekiw.

PROGRAMA:

I

Ludwig van BEETHOVEN (1770–1827):

Sonata nº 17 en re menor, Op. 31 nº 2 («La tempestad»)

I. Largo – Allegro
II. Adagio
III. Allegretto

Frédéric CHOPIN (1810–1849):

Sonata nº 3 en si menor, Op. 58

I. Allegro maestoso
II. Scherzo. Molto vivace
III. Largo
IV. Finale. Presto non tanto

II

Sergei RACHMANINOV (1873–1943):

Variaciones sobre un tema de Chopin, Op. 22:

Tema. Largo
Variación I. Moderato
Var. II. Allegro
Var. III. (L’istesso tempo)
Var. IV. (L’istesso tempo)
Var. V. Meno mosso
Var. VI. Meno mosso
Var. VII. Allegro
Var. VIII. (L’istesso tempo)
Var. IX. (L’istesso tempo)
Var. X. Più vivo
Var. XI. Lento
Var. XII. Moderato
Var. XIII. Largo
Var. XIV. Moderato
Var. XV. Allegro scherzando
Var. XVI. Lento
Var. XVII. Grave
Var. XVIII. Più mosso
Var. XIX. Allegro vivace
Var. XX. Presto
Var. XXI. Andante
Var. XXII. Maestoso – Meno mosso – Presto

Sonata nº 1 en re menor, Op. 28:

I. Allegro moderato
II. Lento
III. Allegro molto

Huracán Trpčeski

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Domingo 8 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Simon Trpčeski (piano). Obras de Beethoven, Grieg, Ravel y Tchaikovski.

Antepenúltimo concierto de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” con el pianista Simon Trpčeski (Skopie -Macedonia del Norte-, 1979), un auténtico huracán con un programa que parecía iba a ser «danzable» y resultó una curiosa selección de obras donde disfrutar no sólo de su impecable técnica (con un dominio de los pedales impresionante y una posición de manos tendente a trabajar las muñecas y el antebrazo) o su delicada expresión (los gestos fuera del teclado en los silencios forman parte de una búsqueda en cada sonido del matiz apropiado con una amplia gama dinámica, especialmente en los ppp), sino también por su cálida personalidad, cercanía y compromiso con el fortalecimiento de la imagen cultural de Macedonia de quien nos regalaría la última obra ya en la «tercera parte» de un intenso concierto.

No es habitual escuchar las 12 Variaciones sobre la danza rusa del ballet «Das Waldmädchen», en la mayor, WoO 71 (1797) de Beethoven, de las que José Luis García del Busto en las notas al programa comenta que las compone a partir de una danza rusa del ballet «La muchacha del bosque» original de Wranitzky, tema sencillísimo y de escaso vuelo, y que:

Las doce variaciones compuestas por Beethoven a partir de esta danza son igualmente de factura simple, se diría que convencional, si bien pasado el ecuador de la pieza la escritura se muestra un poco más elaborada y densa. El compositor no dio a la edición esta obra, que se editó tardíamente y se cataloga como la número 71 de las obras de Beethoven sin número de opus (WoO 71). Comparar esta obra menor con las Variaciones Diabelli op. 120 que el mismo compositor aportó en su madurez y que son una cima del género de la variación y una muestra de pianismo trascendente, habla con elocuencia de la profundidad de la evolución que experimentó el genio beethoveniano.

Interesante escuchar la progresión sonora y técnica del pianista macedonio en cada variación, casi un «precalentamiento» a lo que vendría después: la Suite Holberg, op. 40 de Grieg que son igualmente una sucesión de danzas de origen barroco, casi bachianas pero impregnadas de un romanticismo que Trpčeski llevó en cada una de ellas, melodías expresivas tanto en los movimientos rápidos como en los lentos que hicieron íntima esta «reducción» de la sinfónica plagada de color y delicadeza desde unos pianissimi increíbles.

La segunda parte mantenía el espíritu de la danza desde los Valses nobles de Ravel a la Suite «El cascanueces» (Tchaikovski) que Pletnev arregló para el piano, pero más que bailar, aunque Trpčeski moviese la cabeza y el cuerpo casi llevando el rubato a límites insospechados, el color pianístico resultó un caleidoscopio brillante y tenue, agitadamente tranquilo, un sinfonismo no reducido al piano sino otra gama donde seguir asombrándonos con un pianista que no deja indiferente.

Los ocho Valses nobles et sentimentales, M. 61 del vasco-francés son una de «sus obras más concisas y austeras, más intimistas y ausentes de concesiones» como escribe García del Busto, y un verdadero banco de pruebas para la posterior orquestación donde Ravel siempre ha sido único aunque autoconfesándose como un pésimo pianista. Pero Trpčeski supo sacar toda la paleta de colores, ácidos e irónicos pero también complacientes y nostálgicos como los califica el mencionado académico valenciano. Juego total con el rubato, matices frágiles casi imperceptibles enfrentados a pasajes poderosos, intimidad y exhuberancia para esta obra de la que Marguerite Long (gran intérprete y estudiosa de la obra pianística de Ravel) decía que «no se adapta a los grandes públicos ni a salas muy amplias» pero que en este segundo domingo de febrero acalló toses y rompió perjuicios ante un auditorio rendido al macedoni0.

Y si hay un ballet icónico de Tchaikosvky es «El cascanueces» que asociamos habitualmente a la Navidad. Vuelvo a dejar parte de las notas al programa:

Bien clara debía tener Chaikovski la idea de la validez de la música de este ballet para el concierto a juzgar por el hecho, ciertamente insólito, de que una Suite orquestal de Cascanueces se presentó antes de que la obra completa llegara al teatro: en efecto, el propio compositor dirigió su Suite de Cascanueces, op. 71a en San Petersburgo, el 7 de marzo de 1892. Los altos valores del original orquestal no se disfrutan, obviamente, en la reducción pianística de estos pasajes, pero la riqueza melódica, armónica y rítmica de esta música hacen de la versión para piano solo que vamos a escuchar una auténtica delicia. Entre otros movimientos encontramos la suma delicadeza de la Danza del hada de azúcar, el exotismo de las danzas rusa, árabe y china… y, cómo no, el rutilante Vals de las flores que cierra la suite.

Plenamente de acuerdo que no podemos disfrutar la orquestación del ruso en el piano, pero precisamente el virtuoso pianista Mikhail Pletnev realiza este arreglo que hace olvidarnos del original para enfrentarnos a una durísima prueba de virtuosismo al servicio de unas melodías que todos conocemos y recrearlas en el universo de las 88 teclas coloridas, jugosas en los tempi, los ataques precisos, imaginándonos el propio ballet calentando en una barra alrededor del piano, poder escuchar verdaderamente la celesta de una nada edulcorada «hada del azúcar», rememorar el flautín «chino» con unos trinos precisos en el agudo, o la trepidante «Trépak» que impactó de principio a fin. La gestualidad de Trpčeski nos llevó desde la impresionante obertura hasta el famoso Vals de las flores casi dirigiendo desde el piano a su orquesta multicolor pintada desde el blanco y negro.

Los grandes concertistas no escatiman esfuerzo ni agradecimiento y en el caso del macedonio hubo verdaderamente una tercera parte, comenzando con Villa Lobos y su “Valsa da Dor” (Vals del dolor) dedicado en perfecto español a las víctimas de las últimas y devastadoras borrascas con nombre propio.

Si el enorme despliegue hasta el momento era digno de admiración, aún quedaba mucho «huracán Trpčeski» con Prokofiev y el tercer movimiento (Precipitato) de la exigente Sonata para piano nº 7, opus 81 como muy bien me informaron los maestros Pantín y Pérez. Un derroche de técnica y música a raudales con un pianista que se le notó cómodo pese al esfuerzo, espontáneo, explosivo y espléndido en el amplio sentido de la palabra.

Y cuando se conjuga la técnica con la delicadeza expresiva nos llegó otra propina, el francés F. Poulenc y su Hommage à Edith Piaf, cercano, emocional, profundo y sentido de principio a fin.

Como seña de identidad que indiqué al inicio, Simon Trpčeski mantiene el compromiso en fortalecer la imagen cultural de su Macedonia natal, y nada mejor que una obra actual, creo que de su compatriota Zivojin Glisic que no suele faltar como regalo en los conciertos de este virtuoso que no tenía «fichado en vivo» pero al que habrá que seguir aunque sea en las redes sociales porque este concierto es para recordar en estas Jornadas de Piano que son referente hispano desde hace décadas.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

12 Variaciones sobre la danza rusa del ballet «Das Waldmädchen», en la mayor, WoO 71

Tema. Allegretto (la mayor)
Variación 1 (la mayor)
Variación 2 (la mayor)
Variación 3 (la menor)
Variación 4 (la mayor)
Variación 5 (la mayor)
Variación 6 (la mayor)
Variación7 (la menor)
Variación 8 (la mayor)
Variación 9 (la mayor)
Variación 10 (la mayor)
Variación 11 (la menor)
Variación 12. Allegro (la mayor)
Coda. [Allegro] – Tempo primo (la mayor)

Edvard Grieg (1843-1907):

Holberg Suite, op. 40

1. Praeludium. Allegro vivace

2. Sarabande. Andante espressivo

3. Gavotte. Allegretto

4. Air. Andante religioso

5. Rigaudon. Allegro con brio

SEGUNDA PARTE

Maurice Ravel (1875-1937):

Valses nobles et sentimentales, M. 61

1. Modéré, très franc

2. Assez lent, avec une expression intense

3. Modéré

4. Assez animé

5. Presque lent, dans un sentiment intime

6. Vif

7. Moins vif

8. Épilogue. Lent

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Suite de «El cascanueces», op.71a

1. Obertura miniatura

Allegro giusto

2. Danses caractéristiques:

a. Marcha. Tempo di marcia viva

b. Danza del Hada de azúcar. Andante non troppo

c. Danza rusa ‘Trépak’. Tempo di trépak, molto vivace

d. Danza árabe. Allegro

e. Danza china. Allegro moderato

f. Danza de los mirlitones. Allegro

3. Vals de las flores

Tempo di valse

Luminosa oscuridad

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Día 2 de la 4ª edición Atrium musicaeJueves, 29 de enero, 20 horas. Cáceres, Gran Teatro. Mario Brunello (violonchelo), Yulianna Avdeeeva (piano): Shostakovich, epicentro musical. Obras de Beethoven, Ustvolskaya, Weinberg y Shostakovich. Fotos propias y de Sandra Polo.

Segundo día y dos nuevos eventos musicales del Atrium Musicae donde la lluvia amenazó pero aguantó tras el tercero con las Fanfarrias del medievo hasta nuestros días en las escalinatas del Arco de la Estrella (a las 19:15 horas) a cargo del Lituus Quartet, formado por los trombones de Ángel Sánchez Fernández y Javier Bardón Cancho, la trompeta de José Manuel García Sampedro y la trompa de Miguel Ángel Pulido Bermejo), ubicado al resguardo para hacer sonar esas músicas desde el Medievo hasta nuestros tiempos pasando por el Händel de los Reales Fuegos Artificiales dando por inaugurada en la capital esta nueva edición, música ideal cual toque de arrebato

y el tiempo justo para dirigirnos al Gran Teatro para el cuarto concierto con un dúo al que conozco por separado, esta vez uniendo fuerzas para todo un homenaje a Shostakovich en el cincuentenario de su fallecimiento.

Las notas al programa ya nos informaban de lo que sería para mí este nuevo concierto: “El Gran Teatro acoge el primer concierto del Festival en Cáceres con dos intérpretes de referencia internacional, el violonchelista Mario Brunello y la pianista Yulianna Avdeeva. Bajo el título Shostakóvich, epicentro musical, el programa, concebido por el cincuentenario del fallecimiento del compositor ruso, subraya su influencia en su entorno creativo y vital. Junto a su temprana Sonata Op.40, se escuchan obras de Galina Ustvolskaya y Mieczysław Weinberg, figuras estrechamente vinculadas a él y herederas de su legado en un siglo marcado por tensiones políticas y búsquedas estéticas. La presencia de Beethoven, con la última de sus sonatas para violonchelo y piano, abre el concierto y ofrece un contrapunto clásico que dialoga con la modernidad desde la intimidad de la música de cámara”. Y podría haber titulado este concierto como “Música solitaria” desde una luminosa oscuridad, donde Brunello explicó antes de comenzar la elección de este programa y esa relación curiosa pero necesaria de los cuatro autores, así como la aparición de tres sillas que comentaré más adelante.

Brunello y Avdeeva casi afrontaron la sonata de Beethoven cual calentamiento ante lo que vendría después, los tres movimientos bien encajados por parte de ambos y respeto total por las indicaciones de tempo, brioso el primero, sentimiento de afecto el segundo y el maravilloso fugado del tercero, donde el cello toca la fibra y el piano dialoga, completa o protagoniza cada aparición pues cerrando los ojos se podía entender qué buscaba el genio de Bonn con su oído interior, siendo aplaudido el Allegro con brio más por el ímpetu contagiado a un público heterogéneo que acudió al centenario teatro cacereño.

Interesante a más no poder el Gran dúo para violonchelo y piano de Galina Ustvolskaya que Brunello describió como “música pura” escrita por una mujer poco religiosa en lo practicante aunque sí en el sentido litúrgico, como cubierta de un aura de espiritualidad, descrita igualmente como poesía salvaje y meditativa la de esta alumna (y algo más) de Shostakovich. Dejar las indicaciones para que el cello estuviese en cada una de las partes situado a distintas distancias bien medidas, ya nos da una idea de esa idea propia en un dúo escrito en 1959 dentro de la Rusia opresiva en el Telón de Acero, controladora en todo incluso en la música, que Galina como su maestro aguantaron sin emigrar escribiendo páginas que están llenas de dolor, desgarro, introspección y dudas, arrancando el cello en la posición habitual, desplazándose a la derecha, volviendo al centro pero con un arco pequeño de cerdas descuidadas que tocando cerca del puente (sul ponticello) gemía, lloraba, rompía, nuevo ubicación a la izquierda en un solo movimiento pero como cuatro partes bien diferenciadas en lo espacial y en lo emocional en perfecta simbiosis con el piano de Avdeeva, igualmente pletórico de música, melodía, ritmo y armonía sin normas, atonal, extremos en el teclado y los matices con todo escrito para un encaje tímbrico cual el de bolillos con Brunello. Impactante la interpretación de este llamado gran dúo por dimensiones, emociones, matices, bloques sonoros repetitivos, por lo que algunos contemporáneos llamaron a Galina “La dama del martillo”, un lenguaje casi sinfónico reducido al dúo.

Tras la pausa aún quedaba oscuridad por iluminar, primero el judeopolaco emigrado a la URSS Mieczysław Weinberg, que compuso nada menos que diecisiete cuartetos de cuerda, siendo la Sonata que interpretaron Brunello (uno de sus valedores) y Avdeeva un buen reflejo del estilo tan bien encajado en esta sesión “no apta para todos los públicos” pero poniendo a prueba verdaderamente a los iniciados, con este amigo de Shostakovich que tanto le ayudó, al igual que el Rostropovich, admirador y defensor de sus obras. La sonata nº 1 en do mayor es de 1960, y si la intentamos comparar con la de Ustvolskaya un año antes son dos mundos diametralmente opuestos para aquella Unión Soviética nada abierta a nuevos lenguajes, que en el caso del perseguido Weinberg aún mantiene la herencia de sus maestros Balakirev o Rimski, incluso optando por una música “más libre” y honda en sentimiento y expresividad como así la interpretaron y entendieron  Brunello y Avdeeva, al primar dos movimientos lentos enmarcando el poco moderato central, perfecto enlace para llegar al esperado Shostakovich.

De nuevo Stalin y sus críticas musicales mientras Dmitri acababa de escribir esta sonata en 1934 al poco de finalizar su Lady Macbeth, de la que el diario Pravda dijo que no era disciplinada, de proporciones clásicas, sonora y eminentemente lírica justo lo contrario de esta sonata nº 1 para violonchelo y piano. Está claro que Shostakovich conocía a la perfección su oficio, escritura con un estilo propio donde hay sátira en el Allegro mordaz, la energía beethoveniana con la que comenzó este concierto, melancolía en el Largo y sobre todo el Allegro final, casi atlético por el esfuerzo físico (el mental no queda atrás) para ambos intérpretes, donde hay juegos de texturas, cadencias para cada uno y sobre todo mucha energía que se transmitió con apabullante naturalidad.

Tras la tempestad llegaría la calma y regalo de Chopin con el Largo central de su única sonata para chelo y piano, la opus 65 en sol menor, donde Avdeeva y Brunello demostraron no solo la versatilidad en el repertorio sino el buen entendimiento de dos excelentes músicos en solitario conformando este dúo para disfrutarlos unidos.

 

PROGRAMA

Ludwig van Beethoven (1770–1827)

Sonata para violonchelo y piano n°5 en re mayor (1815):

Allegro con brio – Adagio con molto sentimento d’affetto – Allegro fugato

Galina Ustvolskaya (1919–2006)

Gran dúo para violonchelo y piano (1959)

Mieczysław Weinberg (1919–1996)

Sonata para violonchelo y piano n° 1, op. 21 (1960):

Lento ma non troppo – Un poco moderato – Lento ma non troppo

Dmitri Shostakovich (1906–1975)

Sonata para violonchelo y piano, op. 40 (1934):

Allegro non troppo – Allegro – Largo – Allegro

DD traen BB

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Miércoles 21 de enero, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Daniel Lozakovich (violín), David Fray (piano). Obras de Bach y Beethoven. “A la memoria de las víctimas y familiares de la tragedia ferroviaria de Adamuz”.

Hace tiempo que llamo a Bach «Mein Gott» y padre de todas las músicas, y por ser quien es suelo aplaudir cualquier versión, arreglo, instrumentación e incluso interpretación, por poco que me guste. Con los ingredientes de dios Bach es difícil preparar mal un plato, pero cocinarlo requiere mimo y tacto, especialmente con la sal que debe ir en su punto, dado que la parquedad puede solventarse con alguna pizca más, pero el exceso no tiene arreglo. Programar dos de las «Seis sonatas para violín y cémbalo obligado» esta vez «con teclado» aunque se enmarcase en unas jornadas «ad hoc», ya apuntaba a una receta difícil, pues el piano, como la sal, debe administrarse sin ocultar los sabores.

Comienzo así mi primera impresión del dúo «con dos D»: el sueco Daniel Lozakovich (Estocolmo, 2001) al violín y el francés David Fray (Tarbes, 1991)) al piano (que volvía al auditorio tres años después) que eligieron para la primera parte las sonatas en si menor, BWV 1014 y en mi mayor, BWV 1016 que «El kantor de Leipzig» compuso durante su estancia en Köthen, puede que el periodo más feliz de Bach alejado de las obligaciones religiosas. Las notas al programa de mi admirado Francisco Jaime Pantín, tituladas Evolución ante revolución, ya nos cuentan de ellas lo siguiente:

«Las Seis Sonatas para violín y cémbalo obligado de J. S. Bach fueron compuestas en el último período de su estancia en la Corte de Köthen, donde ocupó el cargo de maestro de capilla entre 1717 y 1723. Dicha corte estaba afectada por la reforma calvinista que prohibía la interpretación musical en los actos litúrgicos, lo que abrió a Bach la posibilidad de desarrollar su labor creativa al margen de la música sacra. Es en este período cuando ven la luz muchas de sus aportaciones a la música instrumental como los 6 Conciertos de Brandeburgo, las Sonatas y Partitas para violín, Las 6 Suites para violonchelo, el primer volumen de El Clave Bien Temperado o las Suites Francesas, entre otras.

El propio hijo de Bach, Carl Philippe, considera estas sonatas como una de las mejores obras de su padre, una muestra de fantasía y maestría compositiva en las que Bach trasciende de las convenciones de la sonata-trío contemporánea para explorar un nuevo modelo de diálogo instrumental, superando los límites del clave como instrumento desarrollador del bajo cifrado y logrando sintetizar el rigor contrapuntístico con la fluidez melódica a partir de un modelo basado en la sonata da Chiesa, que establece una sucesión de cuatro movimientos con alternancia de aires lentos y rápidos: un primer movimiento a modo de preludio expresivo al que sigue un segundo fuertemente contrastante, veloz y en estilo fugado, un tercero de expresión concentrada y un movimiento final de marcado virtuosismo instrumental que acusa la influencia de los conciertos italianos».

Y no siempre que un gran violinista, como D1 (Lozakovich), se une a otro grande al piano como D2 (Fray), resulta verdaderamente un dúo, pese a tener ya una trayectoria juntos. Tanto la tímbrica como el volumen del piano, a tapa abierta, sumándole una pedalización no siempre «bien aplicada» cuando se ejecuta a Bach, ocultaron el sonido delicado del Stradivarius «ex-Sancy» (1713) de Daniel Lozakovich. Está claro que no se buscan interpretaciones hoy llamadas «históricamente informadas» y el acercamiento a ambas sonatas tuvo más de románticas que de barrocas por matices, dinámicas y hasta los tempi que resultaron más audibles (y sentidos) en los lentos que en los rápidos. Las dos sonatas de «los dos D» no me convencieron y hasta bromeé con mandarlos al purgatorio musical, pues tampoco se notó unidad expresiva ni buena química, como si el exceso de sal estropease los ingredientes para esta primera parte. Y es que volviendo al análisis que mi querido Paco Pantín escuchándolas parecieron muy alejadas del espíritu bachiano, aunque siempre sobrevuele:

«La Sonata en Si menor BWV 1014, se inicia con un Adagio en el que el clave presenta sucesiones de terceras y sextas que responden a propuestas del bajo en arpegios- en una retórica de lamento tan afín a los adagios barrocos- que serán repetidas por el violín, estableciendo un diálogo de densa complejidad polifónica y gran intensidad expresiva. El Allegro que le sigue consiste en un largo fugato de marcada energía y fuerza dramática, cambiando la tonalidad a Re mayor en un Andante a modo de aria, con sucesión constante de semicorcheas articuladas a partir de la que ambos instrumentos establecen un diálogo simultáneo en terceras paralelas, culminando la sonata con un Allegro que adopta la forma binaria de una corrente italiana con contrapunto a tres voces y abundante ornamentación.

La Sonata en Mi mayor BWV 1016 se abre con un Adagio, intensa obertura en la que el violín asume el protagonismo melódico a partir de un recitativo prolongado de estilo italianizante y profusamente ornamentado, sobre el acompañamiento a cuatro voces de un teclado que parece imitar la densidad de una orquesta de cuerdas. El Allegro que sigue expone un motivo de gran frescura que es tratado en un contrapunto constante, añadiendo progresiva tensión a un conjunto siempre transparente. El teclado introduce la tonalidad de Do sostenido menor en un Adagio en el que el violín expone una bellísima melodía después encomendada al clave, asumiendo el violín la función de sostén armónico para iniciar ambos instrumentos un diálogo de alta intensidad expresiva, culminando la sonata con un Allegro a tres voces de gran brillantez y fuerza rítmica».

La primera en si menor, lejana al diálogo y con una expresividad entendida desde unas dinámicas confusas, algo mejor el «aria» y oscuro contrapunto que no pareció inspirarse en la sonoridad organística que tanto gustaba a Bach. De la segunda en mi mayor, como si hubiesen leído mis pensamientos, al menos bajó la presencia del piano para disfrutar de un violín siempre cantabile mientras el teclado intentaba contestar con la misma expresión, pero no hubo la culminación brillante aunque sí rítmica pero desequilibrada entre ambos intérpretes.

En un concierto donde «dos D» interpretaban «dos B», al menos con Beethoven hubo penitencia para sacarlos del purgatorio. La Sonata «Kreutzer» sí encontró entendimiento, intensidad, expresión, diálogos, incluso lo que Pantín disecciona de ella y dejo literalmente a continuación:

«Escrita entre 1802-1803, supone un avance definitivo con respecto a las anteriores, como se desprende del título “Sonata para piano y violín obligado, escrita en un estilo muy concertante, casi como un concierto” lo que puede dar una idea del fuerte componente virtuosístico que ilumina la concepción de esta importante obra, seguramente la que más ha trascendido a través de la historia y la única de las 10 sonatas dedicadas por Beethoven a un violinista de fama internacional como Rodolphe Kreutzer, que sin embargo nunca interpretó la pieza, rechazándola por su complejidad excesiva. Fue de hecho el violinista inglés George Bridgetower el encargado de su estreno y él hubiera sido el destinatario de la dedicatoria de no haberse producido un desencuentro posterior con Beethoven.

A pesar de su extensión considerable, la sonata consta tan solo de 3 partes, con un primer movimiento de imponente concepción sinfónica que se abre con cuatro compases a solo del violín a los que el piano responde, iniciando un diálogo que generará una larga introducción, comenzando la sonata propiamente dicha con un presto en el que desde el primer momento se impondrá la tonalidad menor en la que se desenvolverá el movimiento en medio de un intenso fragor emocional e inusitado despliegue virtuosístico cuyo protagonismo ambos instrumentos parecen disputarse.

El segundo movimiento es un Andante con 4 variaciones y una coda. Las dos primeras variaciones inciden sobre el desarrollo ornamental, con protagonismo alternativo en el lucimiento técnico de los respectivos instrumentos, derivando a un clima más sombrío en la tercera variación, en modo menor y que se aleja significativamente del espíritu de un tema que retorna en una cuarta variación en la que la escritura ornamental vuelve a ser protagonista, esta vez con virtuosismo compartido, desembocando en una coda final de mayor recogimiento e intimismo.

Culmina la obra con un presto a modo de tarantela obsesiva que arranca tras un largo acorde que parece volver a anunciar el clima de la introducción para inmediatamente iniciar un contrapunto apretado entre los dos protagonistas, en una cabalgada obsesiva de fuerza delirante y ritmo vertiginoso inagotable tan solo interrumpida por un episodio en adagio que aparece por dos veces antes de la coda que cierra la sonata».

Protagonismo bien compartido, verdadero «concierto» para dos con un arranque de Lozakovich poderoso y esta vez «bachiano» (hubiese sido ideal un recital con un pianoforte para este «BB de DD») bien contestado por Fray antes de un Adagio sostenuto intenso, virtuoso por parte de ambos, bien balanceado y matices presentes además de ricos por los contrastes. El Andante con variazioni trajo el auténtico lucimiento de estos dos virtuosos, desde una expresividad bien entendida por estilo y entrega, amplia en sonoridades y dinámicas que desembocaron en el necesario «recogimiento e intimismo» que cita Paco J. Pantín. Y el último movimiento Finale Presto bien dialogado, de ciertas reminiscencias schubertianas (en 1803), y entendido por las «dos D» con el engañoso y original adagio que Beethoven coloca casi para tomar aire antes del cierre: pasajes veloces bien encajados, unidad expresiva, el violín siempre presente capaz de equipararse al piano por momentos «delirante» en ese vértigo que arrancó grandes ovaciones de un público que sin llenar el auditorio, al menos sigue fiel a estas jornadas más allá de la mayor o menor «fama mediática» de los intérpretes.

Dos propinas que no conocía (ni pude escuchar su presentación) pero que bien hubieran ocupado una primera parte (corta aunque llegasen a los doce minutos) más cercanas al estilo de Daniel y David, la primera unas variaciones bien entendidas por ambos, y la segunda más actual demostrando que hay «alta cocina» incluso con ingredientes distintos que no necesitan muchos condimentos si se sirven bien.

P. D.: las propinas fueron el «Andante con variaciones» de la sonata para violín nº 25 de Mozart y el «Preludio y allegro» de Kreisler.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Sonata en si menor, BWV 1014:

Adagio – Allegro – Andante – Allegro

Sonata en mi mayor, BWV 1016:

Adagio – Allegro – Adagio ma non tanto – Allegro

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sonata para violín y piano nº 9 en la mayor, op. 47, «Kreutzer»:

Adagio sostenuto – Andante con variazioni – Finale. Presto

NOTAS AL PROGRAMA de Francisco J.Pantín:

Evolución ante revolución

La Sonata en Si menor BWV 1014, se inicia con un Adagio en el que el clave presenta sucesiones de terceras y sextas que responden a propuestas del bajo en arpegios- en una retórica de lamento tan afín a los adagios barrocos- que serán repetidas por el violín, estableciendo un diálogo de densa complejidad polifónica y gran intensidad expresiva. El Allegro que le sigue consiste en un largo fugato de marcada energía y fuerza dramática, cambiando la tonalidad a Re mayor en un Andante a modo de aria, con sucesión constante de semicorcheas articuladas a partir de la que ambos instrumentos establecen un diálogo simultáneo en terceras paralelas, culminando la sonata con un Allegro que adopta la forma binaria de una corrente italiana con contrapunto a tres voces y abundante ornamentación.

La Sonata en Mi mayor BWV 1016 se abre con un Adagio, intensa obertura en la que el violín asume el protagonismo melódico a partir de un recitativo prolongado de estilo italianizante y profusamente ornamentado, sobre el acompañamiento a cuatro voces de un teclado que parece imitar la densidad de una orquesta de cuerdas. El Allegro que sigue expone un motivo de gran frescura que es tratado en un contrapunto constante, añadiendo progresiva tensión a un conjunto siempre transparente. El teclado introduce la tonalidad de Do sostenido menor en un Adagio en el que el violín expone una bellísima melodía después encomendada al clave, asumiendo el violín la función de sostén armónico para iniciar ambos instrumentos un diálogo de alta intensidad expresiva, culminando la sonata con un Allegro a tres voces de gran brillantez y fuerza rítmica.

L. van Beethoven. Sonata para violín y piano n.o 9 en la mayor, op. 47, «Kreutzer»
Escrita entre 1802-1803, supone un avance definitivo con respecto a las anteriores, como se desprende del título “Sonata para piano y violín obligado, escrita en un estilo muy concertante, casi como un concierto” lo que puede dar una idea del fuerte componente virtuosístico que ilumina la concepción de esta importante obra, seguramente la que más ha trascendido a través de la historia y la única de las 10 sonatas dedicadas por Beethoven a un violinista de fama internacional como Rodolphe Kreutzer, que sin embargo nunca interpretó la pieza, rechazándola por su complejidad excesiva. Fue de hecho el violinista inglés George Bridgetower el encargado de su estreno y él hubiera sido el destinatario de la dedicatoria de no haberse producido un desencuentro posterior con Beethoven.

A pesar de su extensión considerable, la sonata consta tan solo de 3 partes, con un primer movimiento de imponente concepción sinfónica que se abre con cuatro compases a solo del violín a los que el piano responde, iniciando un diálogo que generará una larga introducción, comenzando la sonata propiamente dicha con un presto en el que desde el primer momento se impondrá la tonalidad menor en la que se desenvolverá el movimiento en medio de un intenso fragor emocional e inusitado despliegue virtuosístico cuyo protagonismo ambos instrumentos parecen disputarse.

El segundo movimiento es un Andante con 4 variaciones y una coda. Las dos primeras variaciones inciden sobre el desarrollo ornamental, con protagonismo alternativo en el lucimiento técnico de los respectivos instrumentos, derivando a un clima más sombrío en la tercera variación, en modo menor y que se aleja significativamente del espíritu de un tema que retorna en una cuarta variación en la que la escritura ornamental vuelve a ser protagonista, esta vez con virtuosismo compartido, desembocando en una coda final de mayor recogimiento e intimismo.

Culmina la obra con un presto a modo de tarantela obsesiva que arranca tras un largo acorde que parece volver a anunciar el clima de la introducción para inmediatamente iniciar un contrapunto apretado entre los dos protagonistas, en una cabalgada obsesiva de fuerza delirante y ritmo vertiginoso inagotable tan solo interrumpida por un episodio en adagio que aparece por dos veces antes de la coda que cierra la sonata.

Un corazón de dieciséis cuerdas y tres miradas unidas por un mismo pulso

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Sábado 11 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1701, inauguración de la temporada 2025-26: Cuarteto Casals. Obras de Arriaga, Shostakovich y Beethoven.

La centenaria Sociedad Filarmónica de Gijón abría su temporada 2025-26 con una formación tan emblemática como el muy galardonado Cuarteto Casals, Premio Nacional de Música 2006, y pocas imágenes describen mejor su arte que la de un corazón que late al mismo ritmo, con sus aurículas y ventrículos perfectamente sincronizados: cuatro intérpretes respirando juntos, compartiendo una única corriente vital hecha de sonido, tensión y silencio, sin trasplantes ni válvulas pero manteniendo el mismo (im)pulso con Cristina Cordero a la viola desde hace un año. Los 27 años de carrera artística explican la común unión de este Casals amplio de miras, abarcando repertorio de todas las épocas interpretado con la primigenia idea que bien reflejan en el número de septiembre de la revista Scherzo, de lectura más que recomendada.

El programa gijonés, de impecable coherencia, profundo y extenso (dos horas), tendía un puente entre tres siglos de música y tres formas de entender el cuarteto de cuerda, al que siempre me refiero como laboratorio de compositores, entrenamiento de cuerda y obligada iniciación para todo melómano.

De Arriaga, el joven bilbaíno de apenas dieciséis años, ofrecieron el Cuarteto nº 3 en mi bemol mayor en cuatro movimientos (I. Allegro – II. Andantino. Pastorale – III. Menuetto. Allegro – IV. Presto agitato), compuesto en 1823 cuando el compositor bilbaíno contaba ¡solo 16 años! y del que François-Joseph Fétis, uno de los primeros admiradores de sus creaciones, en su Biographie universelle des musiciens et bibliographie générale, escribe respecto a sus cuartetos: «Es imposible imaginar algo más original, más elegante, más puramente escrito que estos cuartetos, insuficientemente conocidos. Cada vez que eran ejecutados por su joven autor, despertaba la admiración de los oyentes» bien reseñado en las notas al programa por Jonathan Mallada. El tercero, de gracia clásica y melodías transparentes, «El Casals» lo frasearía con la pureza y elegancia que caracteriza al conjunto, con Abel Tomàs en el violín primero y Vera Martínez-Mehner en el segundo, aunque cerrando los ojos nadie puede distinguir cuál de ellos suena ante la impecable afinación, fraseo, unísonos o matices desde el diálogo inicial del primer movimiento, que el cuarteto completado por la viola madura de Cristina Cordero y el cello de Arnau Tomàs conforman ese «corazón de 16 cuerdas» que hubiesen firmado Mozart o Haydn pero también el «sucesor» Beethoven, por su sonoridad clásica, la aparente y engañosa sencillez y un sutil manejo de las dinámicas por parte de un Arriaga que su temprana nos privó de mayores logros.

El tono cambió con Shostakóvich y su Cuarteto nº 3 op. 73, obra sombría y desgarrada compuesta en 1946 como bien explica Mallada, donde el Casals mostró su maestría en el equilibrio entre precisión técnica y carga emocional. Los contrastes dinámicos, el pulso interno y el uso del silencio tuvieron aquí la intensidad de un diálogo interior, casi confesional, sin perdernos esos guiños mordaces a Mozart y Beethoven (siempre presente) o la futura inspiración del tercer movimiento al Hermann de Psicosis (y hasta de la habanera «El Abanico» mal atribuida a Trayter).

Un cuarteto de gran dificultad técnica por su exigente escritura en los registros más agudos de los instrumentos con Vera y Abel permutados pero manteniendo esa unidad tímbrica bien completada por Cristina y Arnau. Con una inusual estructura de cinco movimientos (I. AllegrettoII. Moderato con motoIII. Allegro non troppoIV. AdagioV. Moderato – Adagio), presentando cada uno tonalidades diferentes que no son obstáculo para teñir esta obra de una amplia gama expresiva donde el Cuarteto Casals demostró lo muy trabajado que lo tienen y del que en la citada entrevista para Scherzo (fueron también su portada «Como una sola voz») de Ana María Dávila se referían diciendo que «Shostakovich necesita el intercambio emocional con la audiencia para acabar de brillar».

La segunda parte estuvo consagrada al Cuarteto nº 13 en si bemol mayor, Op. 130 de Beethoven, culminado con la monumental Gran Fuga op. 133. Fue escrito en 1825 y estrenado en marzo de 1826, y ante las reacciones adversas a sus primeros seis movimientos (I. Adagio, ma non troppo – Allegro  / II. Presto / III. Andante con moto, ma non troppo. Poco scherzoso  / IV. Alla danza tedesca. Allegro assai / V. Cavatina. Adagio molto espressivo / VI. Grosse Fuge), especialmente el último, optaría por reemplazarlo con un Finale: allegro más corto y de menor densidad, publicando la fuga por separado aunque en Gijón  pudimos escuchar la versión primigenia que el Casals tiene en su repertorio hace años. Abordada con una claridad estructural y una energía casi física, casi coreografía de arcos con un latido y sentir «todos a uno», fue un viaje hacia lo esencial, donde la disonancia se convirtió en catarsis y la polifonía en un organismo vivo.

Como propina había que ir al origen que siempre es «mein Gott»: el Contrapunctus I de «El arte de la fuga», BWV 1080 de Bach que cerró la velada retomando posiciones iniciales pasadas las 22:15 horas, con un hilo de serenidad y perfección, recordando que todo corazón necesita también su reposo y me quedaba la vuelta hasta mi aldea, y que Gijón vuelve a latir al compás de su mejor música de cámara donde esta temporada el corazón del cuarteto estará muy presente.

PROGRAMA:

Juan Crisóstomo de ARRIAGA Y BALZOLA (1806 – 1826)

Cuarteto de cuerda n. 3 en mi bemol mayor:

I. Allegro – II. Andantino. Pastorale – III. Menuetto. Allegro – IV. Presto agitato

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)

Cuarteto de cuerda nº 3 en fa mayor, Op. 73:

I. Allegretto – II. Moderato con moto – III. Allegro non troppo – IV. Adagio – V. Moderato – Adagio

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827):

Cuarteto de cuerda n.º 13 en si bemol mayor, Op.130 con «Gran fuga» Op.133:

I. Adagio, ma non troppo – Allegro  / II. Presto / III. Andante con moto, ma non troppo. Poco scherzoso  / IV. Alla danza tedesca. Allegro assai. / V. Cavatina. Adagio molto espressivo / VI. Grosse Fuge

Filarmónica de Gijón: tradición, talento y nuevas miradas

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En la Junta General Ordinaria de la Sociedad Filarmónica de Gijón celebrada este lunes 29 de septiembre a las 19:30 h. se presentó su 118ª Temporada, un curso que reúne grandes intérpretes internacionales, jóvenes promesas y, como siempre, el valioso talento de músicos asturianos.

🎻 Los cuartetos como eje central

El protagonismo recaerá en la música de cámara y, en particular, en los cuartetos de cuerda. Actuarán dos formaciones de referencia mundial, el Cuarteto Casals y el Cuarteto Quiroga, junto al joven Cuarteto Iberia, dentro del ciclo de “Jóvenes Intérpretes”. Sonarán varios de los últimos cuartetos de Beethoven y se rendirá homenaje a Shostakóvich en el 50º aniversario de su fallecimiento, con sus cuartetos nº 3 y nº 8.

🌟 Efemérides y estrenos

El 150º aniversario de Manuel de Falla estará presente en programas tan diversos como las Canciones populares con el regreso, esta vez juntas, de Nadège Rochat y Noelia Rodiles o el original FALLA imaginado del pianista Moisés P. Sánchez, que vuelve a Gijón para clausurar la temporada junto al violín de  Ana Mª Valderrama y el contrabajo de Pablo Martín Caminero. El Trío Preseli estrenará además una obra del compositor ovetense Gabriel Ordás, y regresará el Ensemble 4.70 con sextetos de Brahms y Chaikovski.

🎤 Lied, cine y colaboraciones

El tenor Luken Munguira y el pianista Aurelio Viribay ofrecerán La bella molinera de Schubert en colaboración con el festival de poesía POEX. La Filarmónica continuará tendiendo puentes con otras disciplinas: Kind of Beethoven en el Festival de Jazz de Gijón, con el trío de Xavi Torres, o el Trío Arbós poniendo la música en vivo de Stephen Prutsman (1960) para El maquinista de La General de Buster Keaton en el Festival Internacional de Cine (FICX). Todo ello bajo la etiqueta [+Filarmónica], que incluye también producciones para familias como el Gianni Schicchi de “La Federica. Compañía Musical 4.40”.

🎼 Conciertos especiales

No faltarán las citas tradicionales: el Concierto de Navidad a beneficio de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) en Gijón, con la Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo dirigida por Pedro Ordieres y heredera de la «disuelta» Orquesta Universitaria de Oviedo, que interpretarán la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák, y el Concierto de Semana Santa con el Stabat Mater de Pergolesi. que contará con las voces de Cristina van Roy (soprano) y Serena Pérez (mezzo) con la Camerata Barroca «L’Alcordanza» bajo la batuta de Rubén Díez.

👏 Jóvenes talentos

La temporada refuerza su apoyo a las nuevas generaciones con el Ciclo de Jóvenes Intérpretes Fundación Alvargonzález, que presentará al ya reconocido en Gijón Cuarteto Iberia, la pianista Miyu Shindo tras su paso por la «hermanada» sociedad homónima ovetense, y el dúo Juan Cossío (flauta) – Andrés Rubio (guitarra), que habrán pasado primero por el CIMCO de la capital asturiana. A ello se suma el concierto de ganadores del “Concurso de Jóvenes Intérpretes del Conservatorio de Gijón”.

ℹ️ Información práctica

  • El carné de socio sigue dando acceso también a los conciertos de las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Avilés.
  • Cuotas: general 180 €, jóvenes (15-30) 50 €, infantil (menores de 15) 20 €.
  • Localidades numeradas para fechas concretas en colaboración con “Divertia” se retirarán en la taquilla del Teatro Jovellanos.

Gracias a la fidelidad de sus más de 400 socios, la Sociedad Filarmónica de Gijón vuelve a ofrecer una temporada diversa y ambiciosa, plenamente integrada en la vida cultural de la ciudad y apostando por nuevas formas de “entender la música” donde no faltarán conferencias previas o encuentros con los músicos.

Aterballetto en el Generalife

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 10 b). Danza.

Sábado 28 de junio, 22:30 horas. Teatro del Generalife. Centro Coreografico Nazionale / Aterballetto. Don Juan y más. Coreografías de Johan Inger y otros. Música de Marc Álvarez, George Gershwin, Bessie Jones, Beethoven y Keith Jarrett. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

En las redes sociales del festival se comunicaba que debido a una lesión sufrida por el protagonista del ballet Don Juan durante el ensayo general, el Festival de Granada se ha visto obligado a cambiar el programa, y el coreógrafo sueco Johan Inger ha accedido generosamente a modificar el contenido de la velada y, junto a la Dirección del Aterballeto, cambiaron el programa que dejo al final. Y antes de dar comienzo al espectáculo, tanto Paolo Pinamonti como Johan Inger se dirigieron al público para anunciar los cambios, aunque en el programa de mano se añadió el repertorio elegido.

Del esperado Don Juan al menos se representó la escena de la boda, con la música de Marc Álvarez, y casi toda la compañía en escena, con los cipreses de verdadero decorado, una iluminación suficiente y un vestuario sencillo en tonos apagados que contrastaba con la luz, y las parejas asociadas a los mismos. Una muestra de lo que pudo haber sido y no fue con unos excelentes bailarines y bailarinas que mostraron flexibilidad y una coreografía exigente pero muy plástica.

Las excelentes imágenes captadas por Fermín Rodríguez.nos pueden dar una idea de los números que hubieron de prepararse ante el imprevisto cambio. 

Tras una pausa para poder cambiar el vestuario llegaría la Rhapsody in blue de Gershwin aunque primero se escuchó la voz de Bessie Jones cantando Beggin’ The Blues. Con un vestuario en azules como no podía ser menos, un bailarín en solitario abría este segundo número antes de que con la rapsodia fuesen incorporándose toda la compañía, notándose que había que «refrescar» todo el movimiento escénico de la coreógrafa vasca Iratxe Ansa y el italiano Igor Bacovich, para mí lo mejor de la noche por la buena coordinación entre música y danza, mejor ellas y con logradísimas escenas «a cámara lenta» de lo más vistosas.

Otra parada para un número titulado Reconciliato con el primer movimiento de la sonata «Claro de Luna» de Beethoven con dos bailarinas casi en espejo, movimientos exigentes explorando escenario en un dúo con coreografía de Angelin Preljocaj (con quien disfrutaremos el próximo 4 de julio en este mismo teatro).

Me gusta mucho Keith Jarret pero es complicado bailarlo, 27 minutos de piano solo con improvisaciones tituladas Bliss, que ya avanzó Inger al inicio en en itañol. Mucho movimiento sobre el escenario, tránsitos, emparejamientos y agrupaciones variadas que visualmente se notaban trabajadas aunque algo descoordinadas. La idea de transmitir esa idea de improvisación que como en el jazz está reglada, es buena pero la duración algo excesiva.

Quedamos con ganas del Don Juan al completo y sigo recordando mis años universitarios cuando los ballets  de Marta Graham eran auténtica revolución en la entonces llamada «danza moderna» e incluso contemporánea con series como Fama que llenaron las escuelas de baile, técnicas exigentes a nivel técnico y físico, casi acrobáticos pero que cuarenta años después ya no son novedad, y el centro italiano hubo de afrontar como mejor pudieron un imprevisto donde no había un cover para evitar «cancelar» y preparar en tan poco tiempo un nuevo programa que pareció una muestra de lo que Aterballetto puede ofrecer.

PROGRAMA

Fragmento de DON JUAN (Escena de la boda), 15 bailarines.

Coreografía: Johan Inger

Composición musical original: Marc Álvarez

RHAPSODY IN BLUE, 16 bailarines.

Coreografía: Iratxe Ansa e Igor Bacovich
Música: George Gershwin, Rhapsody in Blue; Bessie Jones, Beggin’ The Blues

RECONCILIATIO: 2 bailarinas

Coreografía: Angelin Preljocaj
Música: Ludwig van Beethoven, Sonata Claro de luna

BLISS, 16 Bailarines
Coreografía: Johan Inger
Música: Keith Jarrett
Escenografía: Johan Inger

Maratoniano Perianes

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Sábado 14 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: MARATÓN BEETHOVEN – OSPAFEST (2). OSPA, Javier Perianes (piano y dirección). Entrada: butaca: 15 €.

Finalizada la temporada de abono de la OSPA, aún quedaba algún extraordinario más, y volvía a la capital asturiana el onubense y colaborador artístico Javier Perianes (Nerva, 1978) con una «Maratón Beethoven«, nada menos que los cinco conciertos para piano del genio de Bonn, que también llevará al Auditorio Nacional de Música de Madrid dentro de una semana, el próximo día 21 de junio para celebrar el «Día Europeo de la Música» junto a la Orquesta de la Comunitat Valenciana en el programa «¡Solo Música!» que organiza el Centro Nacional de Difusión Musical  en coproducción con el Palau de Les Arts de Valencia.

Si este pasado jueves se enfrentaba a los tres centrales (que me perdí al coincidir con la Marina del Campoamor, este sábado llegaban los dos extremos cual alfa y omega de este reto físico y mental que en Madrid afrontará el mismo día (verdadera maratón): el Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15 y el Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador”.

En palabras del propio Perianes (para la revista Scherzo) comenta: “En una diminuta misiva que Beethoven envió a un íntimo amigo, el diplomático Heinrich von Struve, fechada en Viena el 17 de septiembre de 1795 y desconocida hasta 2012, puede leerse: “¿Cuándo llegará el tiempo en que haya únicamente seres humanos? Es posible que solo veamos llegar ese dichoso momento en unos pocos lugares. Pero no lo veremos acaecer en todas partes. Pasarán siglos antes de que eso suceda”. Tocar la música del compositor alemán supone, para mí, contribuir humildemente a la llegada de ese “dichoso momento” que él tanto ansiaba. Y hacerlo por medio de sus cinco Conciertos para piano, que requieren un entendimiento pleno entre el solista y todos los instrumentistas (…) es un privilegio que estoy feliz de compartir con el público en el Día Europeo de la Música”, y los asturianos estos días previos a la cita madrileña.

Los dos conciertos de este sábado nos muestran al Beethoven joven aún «mozartiano» y el maduro, casi como un príncipe que termina emperador manteniendo toda su personalidad. Y Perianes así afrontó ambos, juvenil y maduro, debiendo asumir la dirección de la OSPA (se anunció por megafonía la ausencia del titular, al igual que el concierto anterior) donde Aitor Hevia volvía de concertino invitado para una complicidad necesaria, pues no siempre «enmudece» el piano para encajar solista y orquesta en momentos puntuales de auténtica complejidad.

El de Nerva arrancó el Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15 (dedicado a Anna Luisa Barbara Fürstin Odescalchi) con aplomo, el Allegro con brio literal pero controlando el tempo para no caer en excesos pues toda maratón debe dosificar el esfuerzo, aquí pleno de vigor y marcialidad donde los balances con la orquesta resultaron dignos de mención, pudiendo disfrutar de un piano limpio, cristalino en los arpegios, un virtuosismo nunca exagerado con diálogos bien entendidos por toda la orquesta en un lenguaje deudor de Mozart y Haydn (que el onubense tan bien conoce) pero con las abruptas modulaciones «marca Beethoven» y una  primera cadenza reposada. El Largo (en  la bemol mayor) se erigió principesco, de lirismo casi vocal, con ornamentos bien dibujados por un pianista al que llevo años llamando «el Sorolla del piano» ante la luminosidad que alcanza desde una técnica perfecta sin necesidad de «volver al trazo inicial». Perianes contagió el sosiego de este movimiento a la orquesta, con el clarinete de Daniel Velasco delicioso de fraseo y sonido. El tercer y último movimiento (Rondo. Allegro scherzando) retoma la tonalidad inicial en compás de 2/4 y forma rondó con siete partes (ABACABA), fórmula habitual en el tercer movimiento de los conciertos clásicos. Un piano imponente en el tema principal marcando el devenir que repite la orquesta con un entendimiento y encaje donde Hevia sería primordial por la dificultad que tiene este rondó lleno de síncopas y fraseos irregulares. Trinos limpios, cruce de manos impecable y dos cadenzas diseñadas con el espíritu audaz y pícaro del genio de Bonn con un Perianes integrado en la sonoridad global del solista. Dinámicas ricas antes de esa melodía imperceptible aunque presente «como queriendo escabullirse del escenario sin ser visto» y la orquesta finalizando el movimiento con la contundencia donde Czerny (que fue alumno de Beethoven) recomendaba que el director esperase todo lo posible antes de desatar el fortissimo. Con respeto y escucha por parte de todos, Perianes remarcó el final vitalista en esta primera etapa sabatina.

Sin apenas respiro e incorporándose al mismo orgánico la segunda flauta, entraba «El Emperador» como se conoce el Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73, la tonalidad «heroica» con toda la grandeza de este quinto y último concierto para piano, tras el sitio de Viena por el ejército de Napoleón. Así el 11 de mayo se activó la artillería francesa y la casa de Beethoven se encontraba peligrosamente cerca de la línea de fuego por lo que aquellos que no podían -o no querían- salir de casa buscaban refugio bajo tierra y Beethoven lo encontró en el sótano de la casa de su hermano. Tras cesar el bombardeo y la rendición de las fuerzas austriacas, el compositor describió «una ciudad llena sólo de tambores, cañones, hombres marchando y miseria de todo tipo», abandonando la ciudad para escribir este «emperador entre los conciertos». Con la firma del Tratado de Viena en octubre de 1809, la vida en la ciudad de la música volvió a una aparente normalidad pero sin la oportunidad de presentar el nuevo concierto hasta dos años después tras el estreno en Leipzig, contando con Czerny de solista al estar el compositor ya demasiado sordo (aunque había interpretado la parte solista en sus cuatro conciertos anteriores).

La OSPA comandada por Hevia entendió este quinto como una globalidad sinfónica donde Perianes reinaba en el trono confiado en la respuesta de sus huestes. Potente y grandioso arranque del Allegro, cromatismos y arpegios cristalinos, agógica bien entendida, alternancias protagónicas entre solista y orquesta, con el segundo tema tenue, etéreo, evanescente, pura seda. De los tiempos lentos está claro que el segundo movimiento del «Emperador» es uno de los sublimes del alemán. El empaque y sonoridad aterciopelada de todas las secciones nos devolvió a una orquesta en plenitud cerrando temporada, cuerdas en sordina dibujando ese tema de incomparable belleza, cellos contestando, contrabajos cimentando, mientras el piano de Perianes respondía con silenciosos tresillos descendentes, logrando una sutil tensión desde el delicado equilibrio entre maderas, cuerdas y piano, con la música desvaneciéndose llena de una ternura única. Bien la nota sostenida de la trompa para que el piano introdujese suave y todavía andante el tema del Rondó final en compás de 6/8, sin excesos en el tempo, «rápido pero no demasiado». Exuberancia por parte de todos, optimismo interpretativo, gloria sinfónica y un manto de armiño pianístico sobre un gran ropaje sinfónico con toda la fuerza para este final maratoniano que no tuvo la merecida respuesta de público (incomprensible toda la temporada) aunque los presentes disfrutamos nuevamente del príncipe Perianes coronado emperador con la OSPA.

PROGRAMA:

Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15 (1798-1800):

I. Allegro con brio – II. Largo – III. Rondo. Allegro scherzando

Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador” (1809-1810):

I. AllegroII. Adagio un poco mosso [-attacca-]  III. Rondo. Allegro ma non troppo

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