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Bach en Covadonga

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Domingo 11 de octubre, 17:00 horas. Basílica de Covadonga. 18º Ciclo “Órganos de Covadonga”. Ana Belén García Pérez: “Más allá de Bach”. Obras de Bach y Widor.

Cuarto y último  concierto del ciclo de órgano con el «Federico de Covadonga» en un domingo veraniego con muchos visitantes que aprovecharon este fin de semana largo de El Pilar y con la guipuzcoana Ana Belén García Pérez (Andoain, 1977) , alumna destacada de Esteban Elizondo y que volvía a nuestra tierra con un programa presentado, como todo el ciclo, por la doctora María Sanhuesa Fonseca que ahondó en la música de órgano “Más allá de Bach”, donde no faltaron las referencias tanto biográficas como cinematográficas, pues la música de “Mein Gott” es siempre perfecta en cualquier estilo y además se ha utilizado tantas películas que los melómanos conocemos precisamente por esas bandas sonoras que las han hecho tan populares.

Con el Órgano Mayor de la Basílica en perfecto estado gracias a los cuidados de Federico Acitores, y puntualidad británica para evitar “apuros eucarísticos” con la música de Bach en su recreación vivaldiana abría Ana Belén García la velada, desde el mimo en la elección de los registros (con la ayuda del titular Fernando Álvarez) donde ir jugando con la alternancia entre tutti y solos de dos violines bien fraseados y contrastados tanto por el italiano como en el enriquecimiento de El Kantor. Reconozco mi debilidad por los tempos lentos y el Adagio central resultó delicioso por la atmósfera creada desde la excelente acústica de la Basílica.

El compositor organista francés Charles-Marie Widor es uno a quien los intérpretes se rinden por sus partituras, con indicaciones puntuales para la registración y la grandiosidad de su amplio catálogo. Como tantos otros a lo largo de la historia, su espejo y modelo es Johann Sebastian Bach y “Bach’s Memento“ es una colección de seis transcripciones para órgano, publicada por primera vez en 1925 (por la editorial J. Hamelle en París). De él elegiría la intérprete guipuzcoana el Aria en mi menor, un arreglo del Preludio y Fuga en Mi menor, BWV 855 (I. Praeludium) y Mattheus Final en do menor, un arreglo de la Matthäuspassion, BWV 244, 78. (BWV68, con ese impresionante coral final “Wir setzen uns mit Tränen nieder” que pondría el mejor broche para este último concierto.

Y entre el francés dos obras de “dios Bach” para desplegar desde La Cuna de España la inmensidad organística nacida en Alemania hasta inundar todo el orbe musical. El Preludio y fuga en la menor, BWV 543 es solo una pequeña muestra de la inspiración compositiva más allá de la matemática en el pentagrama, con el inicio majestuoso antes del desarrollo de la fuga, que desplegó el magisterio en manos y pies de la organista vasca, esta vez pudiendo seguirla en pantalla (se agradece haber venido con todo el equipo audiovisual para favorecer una mayor interacción entre la escucha y la vista).

La Tocata y fuga en re menor, BWV 565 no hace falta presentarla porque probablemente sea la obra más popular de Bach para todos los públicos, a menudo descontextualizada por usarla asociada a imágenes tenebrosas, pero no hay duda que su impacto sonoro sigue manteniéndose sobre todo en el original. Ana Belén García apostó por una interpretación reposada sin evitar el virtuosismo, dejando que los silencios envolvieran las notas de fraseos claros con buena ornamentación. La elección de los registros en los tres manuales más el pedalero lograron un viaje emocional y tímbrico hasta Leipzig desde la arquitectura del alemán de Corao en el castellano Acitores que es ya adulto en Covadonga. Impresionante la fuga antes del último Widor, manteniendo la recreación tanto en la escritura como en la ejecución de mi admirada guipuzcoana.

Con el tiempo justo -en todos los sentidos- aún hubo  propina con la conocida Sonata en  re mayor de Mateo Albéniz (Logroño 1755 – San Sebastián 1831), un guiño a las posibilidades en cualquier instrumento de esta breve y “misteriosa” sonata del riojano fallecido en Donosti, que ha encontrado numerosas transcripciones aunque en el órgano de Covadonga pareció originalmente compuesta con la alegría en el tiempo, los registros suficientes más la siempre excelsa musicalidad de una madura Ana Belén que mantiene su trayectoria organística más allá de la docencia, esperando volver a escucharla de nuevo en algún concierto de su amplia agenda.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Concierto en la menor, BWV 593 -basado en el Concierto para dos violines, op. 3 nº 8 de Antonio Vivaldi):

Allegro – Adagio – Allegro

Charles-Marie Widor (1844-1937)

Bach’s Memento (1925):

Aria (arreglo del Preludio y Fuga en Mi meinor, BWV 855, 1. Praeludium.

Johann Sebastian Bach

Preludio y fuga en la menor, BWV 543.

Tocata y fuga en re menor, BWV 565.

Charles-Marie Widor

Bach’s Memento:

Mattheus-Final (arreglo de la Matthäuspassion, BWV 244, 78. (BWV)/68. (NBA), Coral: “Wir setzen uns mit Tränen nieder”).

Propina: Mateo Albéniz (1755-1831): Sonata en  re mayor.

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Domingo 27 de septiembre, 17:00 horas. Basílica de Covadonga. 18º Ciclo “Órganos de Covadonga”: Heinrich Walther. Obras de Vivaldi, Bach y Arriaga.

Segundo concierto del organista alemán Heinrich Walther este fin de semana en una Asturias que le enamora hace muchos años (reconoce tener una foto de Los Lagos en su despacho de Friburgo), y otra oportunidad para comprobar cómo la música es irrepetible y cada órgano un mundo.

Con un programa casi idéntico al anterior de Pola de Siero, este domingo se veía recortado por las «necesidades del culto» que limitaron la duración del concierto a una hora (con las campanas marcando cada cuarto y las seis de la tarde durante el último Allegro con moto, y privándonos de alguna obra más). Si el “órgano de La Pola” lo calificaba de cercano, de sonido relajado y versátil por su mecánica con el verdadero “sello Grenzing”, el «Federico de Covadonga» otorga mayores posibilidades  en su tímbrica, un teclado más, la sonoridad que la Basílica proporciona, así como muchos más registros apropiados para las tres páginas que el alemán interpretó como hace 13 años, donde ya escribía «Otro alemán en Covadonga» recordando al de Corao, aunque a Heinrich casi podemos considerarlo asturiano de adopción.

También segundo concierto del 18º Ciclo de Conciertos «Órganos de Covadonga» con la presentación del programa a cargo de María Sanhuesa Fonseca que relacionó las obras sinfónicas con las transcripciones al órgano, un breve análisis de las tres partituras que escucharíamos, así como la cita a Edouard Batiste «El domador de órganos» por su labor en esta siempre complicada labor a partir del estudio y copia de las partituras originales, y cómo el Acitores de la Basílica está «bien domado por su titular Fernando Álvarez Menéndez» desde hace muchos años, verdadero alma mater de un ciclo plenamente consolidado en este inicio del otoño asturiano donde acudimos los amantes del instrumento rey (que posamos con Walther a la salida del concierto donde no faltó el propio Federico Acitores y señora, orgulloso de su «hijo» que ya ha cumplido 25 años, inaugurado el 21 de abril de 2001).

J. S. Bach conoció y admiró la obra de su contemporáneo el italiano Vivaldi pues el aprendizaje en su época consistía en copiar las partituras, aunque «el Kantor» no se limita al trabajo artesano para poder dar desde su instrumento toda la gama tímbrica de orquesta del Concierto Op. 3 nº 6 para 2 violines y continuo, RV 522, sino rehacerla y añadiendo ornamentos tan propios de «mein Gott», jugando con los teclados y registros para engrandecer los contrastes entre solistas y  tutti que en el gran órgano sinfónico de Acitores con las manos, pies y magisterio de Heinrich Walther, trabajando como pocos la registración.

Heinrich Walther volvió al Bach original con el «Autógrafo de Leipzig» desde su estancia en Weimar y uno de sus 18 Chorales, “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (Oh! Inocente Cordero de Dios), canto de manos y pies con la siempre prodigiosa escritura de Bach, y en Covadonga sin la bombarda turbia para que los bajos no tapasen los tres teclados, al fin el equilibrio que Walther no encontró el día anterior y al fin pudimos disfrutar de la grandeza germana -en todos los sentidos- y la sonoridad de otro «Federico El Grande», desde Covadonga al mundo.

Y como escribía esta madrugada antes sobre dos órganos distintos por las sonoridades pero un solo maestro, volvía a escuchar el arreglo para órgano de la Sinfonía en re del malogrado Arriaga realizada por el propio Heinrich, enlazando lo que hizo Bach con Vivaldi: llevar lo orquestal a los tubos, un exhaustivo estudio de la partitura sinfónica y la recreación al órgano, pues como «el kantor» con el italiano, el maestro alemán lo realiza desde su conocimiento con el bilbaíno. Siempre le agradeceremos al maestro alemán que siga volcado no ya en la interpretación, también en la difusión a través de sus arreglos de muchas páginas sinfónicas donde no faltan compositores vascos. Walther recrea esta Sinfonía en Re de Arriaga, y además como un bien pintor es capaz en dos órganos distintos de utilizar una base distinta (tabla o lienzo), técnica (óleo o acuarela) pero sobre todo pinceles distintos porque logra nuevos trazos, brillos, inmediatez desde el oficio, para ofrecer un mismo cuadro con dos visiones. No es sólo restaurar y limpiar un cuadro, es utilizar las características de los órganos para reconocer siempre lo pintado. Riqueza orquestal por tímbricas, matices, fraseos, tempi y sobre todo un clima sonoro que en Covadonga fue aún más hondo.

Tras el concierto de Siero escribía «Perfecta recreación sinfónica, todo un espectáculo visual verle manejar pies y manos, los cambios de teclado, los registros rápidos sin perder la unidad orquestal, la dirección e interpretación todo en uno desde el instrumento rey que además Walther conoce a la perfección», para redondear en «El Federico de Covadonga» una Sinfonía en Re mayor de Arriaga-Walther.

Gracias a Heinrich ¡el alemán asturiano!

PROGRAMA:

Antonio Vivaldi (1678-1741) – J. S. Bach (1685-1750): Concierto para órgano en la menor, BWV 593 -arreglo para órgano-:

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro.

Johann Sebastian Bach: “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (del “Autógrafo de Leipzig” / 18 Chorales).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826) – Heinrich Walther (1959): Sinfonía en Re, para orquesta:

I. Adagio – Allegro vivace – Presto. II. Andante. III. Allegro. IV. Allegro con moto.

Siempre Heinrich Walther

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Sábado 26 de septiembre, 20:15 horas. Iglesia de San Pedro de Pola de Siero. Concierto de órgano “El viento que canta”: Heinrich Walther. Obras de Buxtehude, Vivaldi, Bach y Arriaga.

Al organista alemán Heinrich Walther (1959) habría que nombrarle hijo predilecto de Asturias, pues además de un enamorado de nuestra tierra es habitual encontrarlo en los distintos órganos asturianos a los que hace “trabajar” a fondo, e incluso grabar discos en ellos donde transmitir el enorme legado que muchos de aquí ni siquiera reconocen, aunque todavía quedan los fieles defensores del llamado “rey de los instrumentos”, y Walther es todo un apóstol.

En Pola de Siero la Iglesia de San Pedro tiene desde 2013 un órgano de Gerhard Grenzing (13/II), constructor afincado en El Papiol, al que el tiempo le va otorgando la “maduración” necesaria desde una sonoridad  cercana por su ubicación (en el transepto norte al lado izquierdo del altar) y sonidos muy bien combinados, con un secreto doble de registros intercambiables para poder seleccionar alternativamente el suministro de viento a los tubos de uno u otro teclado, con las correderas de palancas encima de la consola. Por todo ello es un órgano capaz de crear sonido rápido con una mecánica de ejecución precisa y sensible, de sonido relajado pero fusionado muy “sello Grenzing”, y como el propio constructor lo ha definido.

En este mismo instrumento Heinrich grabó un CD en noviembre de 2023 con una muestra de Bach a Usandizaga, tres siglos de estilos variados donde mostrar las enormes posibilidades del “órgano de La Pola”, una exploración que con Walther siempre es un placer escuchar, y aún más en directo.

Este último sábado de septiembre la Asociación Pro-Órgano de Siero, con el patrocinio de la propia Parroquia de San Pedro Apóstol, la Consejería de Cultura del Principado, el Ayuntamiento  de Siero y el propio taller de Gerhard Grenzing, el organista alemán desgranaría  cuatro páginas con el nexo del trabajo en encontrar los sonidos precisos para cada una de ellas.

Buxtehude sería el principio de este «peregrinaje», como haría J. S. Bach, el órgano barroco poderoso, de sonoridades rotundas combinadas con rigor expresivo en los dos teclados más el pedal, que nos llevaron a la majestuosidad luterana de los preludios abriendo las celebraciones, esta vez con el Preludio en fa sostenido menor, BuxWV 146.

Bach conoció la obra de su contemporáneo Vivaldi, y el arreglo que hace “el Kantor de Leipzig” es un trabajo de artesano para poder dar desde su instrumento toda la gama tímbrica de orquesta del concierto para dos violines, cuerda y continuo RV522, rehaciéndola, engrandeciendo las voces y jugando con los contrastes de sus tres movimientos, donde el Adagio central es un prodigio en el órgano. Así lo entendió Heinrich Walther con un esmerado trabajo de registración.

Con la sonoridad germana del Grenzing catalán en esta Pola recia, el mejor exponente sería el coral BWV 656 “Oh! Inocente Cordero de Dios”, la plegaria musical del culto, donde cantan manos y pies. La escritura de Bach es prodigiosa y los bajos por momentos taparon las dos manos, pero es difícil encontrar el equilibrio que Walther buscó desde el inicio.

Lo más interesante e intenso de este concierto sabatino sería escuchar el arreglo para órgano de la Sinfonía en re del malogrado Arriaga, presentada en Avilés el pasado año (que me perdí), realizada por el propio Heinrich, en cierto modo enlazando lo que hizo Bach con Vivaldi, y que continúa la labor que el maestro alemán ya hizo con los también vascos Usandizaga y su “Fantasía para violonchelo y orquesta” o Tomás de Garbizu y su “Misa Benedicta”.

Entusiasta de estos compositores le ha llevado a analizar sus páginas sinfónicas para recrearlas en el órgano. El trabajo que Walther realiza de la sinfonía de Arriaga, que descubrió hace un año, es como la de restaurar y limpiar un cuadro, para ofrecer desde el órgano toda la riqueza orquestal no solo en tímbricas sino en matices, fraseos, tempi y hasta en el clima sonoro. Perfecta recreación sinfónica, todo un espectáculo visual verle manejar pies y manos, los cambios de teclado, los registros rápidos sin perder la unidad orquestal, la dirección e interpretación todo en uno desde el instrumento rey que además Walther conoce a la perfección, consiguiendo una recreación más que un arreglo de la Sinfonía en Re mayor de Arriaga. Si en la segunda obra la autoría es Vivaldi-Bach, en esta es justo por Arriaga-Walther.

Y con ese aire mozartiano o haydniano que tiene Arriaga más los sonidos del Grenzing, la propina sería del Brahms romántico heredero de la tradición organística germana con su Herzlich tut mich erfreuen, antes de partir para Covadonga donde Heinrich Walther se pondrá nuevamente al mando del Acitores, como hace ya 13 años tras el “bautizo avilesino”, dos años antes en su Semana de Música Religiosa o la visita en 2010 a otro Acitores, el ovetense de 2000 en la Iglesia de San Francisco para la vigésimo primera edición del siempre recordado Festival de Órgano CajAstur.

Distintos órganos, distintas sonoridades y un solo maestro.

PROGRAMA:

Dietrich Buxtehude (1637-1707): Preludio en fa sostenido menor, BuxWV 146.

Antonio Vivaldi (1678-1741) – J. S. Bach (1685-1750): Concierto para órgano en la menor, BWV 593 -arreglo para órgano-:

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro.

Johann Sebastian Bach: “O Lamm Gottes, unschuldig”, BWV 656 (del “Autógrafo de Leipzig” / 18 Chorales).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826): Sinfonía en Re, para orquesta:

I. Adagio – Allegro vivace – Presto. II. Andante. III. Allegro. IV. Allegro con moto.

(arreglo para órgano de Heinrich Walther, 202 / 2026)

Propina: Johannes Brahms (11833-1897): Herzlich tut mich erfreuen, op. 122, nº4

Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas “Contrapunto de cámara: forma y significado” iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Bach aprieta pero no ahoga

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Domingo 15 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo:  Concentus Musicus Wien, Stefan Gottfried (director). “Nikolaus Harnoncourt, in memoriam († 5 de marzo de 2016)”. Obras de J S. Bach.

De todos los apóstoles de nuestro “Dios Bach”, este domingo honrábamos a Nikolaus Harnoncourt (Berlín, 1939 – Sankt Georgen im Attergau, 2016), con la llegada a Oviedo de la orquesta que él fundase en el otoño de 1953, aquellos veinteañeros como la violinista Alice Hoffelner (con quien se casaría al poco) o Leonhardt ¡con la viola de gamba! más Nikolaus dirigiéndola desde el violonchelo hasta 1987, siendo después el director artístico de estos vieneses internacionales.

El Credo de Harnoncourt reza: “La música de cada época se puede presentar de la manera más vívida utilizando los recursos sonoros de su tiempo». De su ya larga historia, durante más de cuatro años los músicos del conjunto vienés se centraron inicialmente de forma exclusiva en los ensayos, refinando su sonido y buscando una interpretación auténtica de obras barrocas y prebarrocas, hasta que ofrecieron su primer concierto en 1957 en el Palais Schwarzenberg de la capital austríaca.

Y a partir de entonces nacía otra Historia de la Música, alejada de visiones románticas con afinaciones aptas para los instrumentos actuales pero muy distintas de sus orígenes. Si en mi juventud se hablaba de versiones historicistas, hoy ya se las denominan con “criterios históricamente informadas”, aunque el espíritu sigue siendo el mismo: realizar “interpretaciones auténticas”  en una aproximación de la que nunca agradecemos lo suficiente el enorme trabajo de aquellos “visionarios” que rompían moldes en busca de poder recrear obras según el estilo, contexto, instrumentos y técnicas originales de su época desde el análisis concienzudo de las fuentes históricas, tratados y réplicas de instrumentos para ofrecer una versión más fiel a la intención del compositor, comúnmente aplicada al Barroco, Renacimiento y Clasicismo.

No citaremos todo el apostolado pero al menos tocaba recordar “Los Cuatro Evangelistas”: Harnoncourt con Leonhardt, Koopman y Gardiner (éstos pasando por Oviedo Origen del Camino para refundar «La Viena Española»).

Las claves de esta iniciativa y muchos más datos podemos rastrearlos en el Archivo Nikolaus Harnoncourt (www. harnoncourt.org) donde se localizan las partituras anotadas de los Brandeburgo que sonaron este domingo, y cuya interpretación conviene complementar previamente con la lectura de algunos escritos como el capítulo del libro “El diálogo musical” (Paidós Ibérica, 2003) o “La música como discurso sonoro” (1984, traducido por Juan Luis Milán y publicado en Acantilado, 2007), que no pueden faltar cual Evangelio según Nikolaus de la biblioteca que todo creyente en Bach atesora, y que el crítico Alberto González Lapuente incluye en sus notas al programa junto a un breve análisis de los seis “Conciertos de Brandeburgo” BWV 1046-1051,  que ocuparían todo el programa.

Pero la obra viva de Nikolaus, su Concentus Musicus Wien, como cualquier otra transmisión oral, va perdiendo y adaptando, incluso traduciendo de forma desigual con el transcurso del tiempo, y aunque se mantenga el espíritu, falta «la mano que todo lo guía». Por su parte las fuentes escritas, aunque sean las originales, se interpretan siempre distintas y aún mas desde el irrepetible directo. En esta gira hispano-portuguesa donde Oviedo sigue estando en el mapa, tras la liturgia bachiana solo me quedó pensar que «Mein Gott» todo lo perdona y como el refrán «aprieta pero no ahoga».

Los famosos «conciertos para distintos instrumentos» escritos cual tentaciones paganas entre Weimar y Köthen para el Margrave Cristian Luis, y de los que el ex-director del Archivo Bach, en mi siempre recordado Leipzig, Christoph Wolff definió como «el más amplio espectro de instrumentos de orquesta… en combinaciones audaces», siendo para tantos bachianos un soplo de aire fresco al combinar distintas formaciones. Pero no fueron sino una penitencia pese al intento por comprender lo que iríamos escuchando en apenas dos horas, con una sensación de prisa en terminar el concierto, pues tocaba madrugar, y mucho, para tomar el vuelo hacia Barcelona (quedando aún por delante Lisboa, Las Palmas y Sevilla antes de retornar a Viena). En el aire estaba el espíritu pero no la dirección, pues Stefan Gottfried estuvo más preocupado del teclado que en mantener los tempi y los balances, que deslucieron casi todo el concierto. Sensación de cierta taquicardia porque no había un solo corazón latiendo en estos seis libros del «Nuevo Testamento». El alma insufla conocimiento pero faltaba cohesión, con momentos incluso de desafine, desajustes de todo tipo que si Harnoncourt lo estaba escuchando a la derecha de Dios Padre pensaría que su «evangelio» no era el mismo, aunque perdonándolo todo desde su eterna piedad y comprensión por estos herederos humanos indignos por tomar su nombre en vano.

El Concierto nº1 en fa mayor  -único escrito en cuatro movimientos- con las dos trompas naturales solistas era previsible que daría quebraderos de cabeza -y oído- para todos, y cual claxon de camión el volumen (y las pifias varias) taparon a un trío de oboes que se volvieron invisibles-o inaudibles- e incluso un fagot que intentaba compactar el continuo discontinuo y deslabazado. Nada se escuchaba con claridad y menos a una cuerda donde el contrabajo doblando los cellos (ahí teníamos al leonés Luis Zorita) emborronaba aún más la sonoridad. De acuerdo que por aquel entonces la trompa era un instrumento «de aire libre» que tocaban los cazadores y batidores, pero se escuchó más una jauría que ni siquiera nos dejó entrever el esperado y tranquilo Menuetto que pudiera dejarnos algo relajados y alejados del estruendo. Malas sensaciones que proseguirían…

Algo mejor transcurrió el Concierto nº 3 en sol mayor, casi camerístico y cabalístico en torno al número tres (tres violines, tres violas y tres violonchelos), en este caso gracias a la ausencia en él de los instrumentos de viento que salvó la versión de los errores anteriores, con el clave del profesor vienés Stefan Gottfried al menos «en su sitio», pese a unos ornamentos no muy brillantes pero manteniendo el sonido de una cuerda algo más ajustada, donde el Adagio central, que originalmente solo consta de dos acordes (inicial y final), fue casi un Andante para poder dar rienda suelta en las cadencias a lo que El evangelio según Harnoncourt plasmó en sus partituras más allá de lo imaginable por El Kantor.

Para cerrar la primera parte de impares, el Concierto nº 5 en re mayor, sonido global reducido para el lucimiento de la quebequesa Annie Laflamme al traverso y el violín del veterano Erich Höbarth, sumándose el clave del vienés en su gran cadencia de nada menos que ¡65 compases!, verdadero regalo de «dios Bach» donde poder mostrar las cualidades que tanto le faltaron como director del conjunto, aunque de nuevo llevándola excesivamente ornamentada, como intentando demostrar más virtuosismo -y protagonismo- del necesario. González Lapuente describe este quinto como «el más moderno de los seis. Se trata del primer concierto «para piano» de la historia de la música (si consideramos que «piano» hace referencia a cualquier instrumento de teclado). Los otros dos instrumentos solistas son el violín y la flauta travesera, que por entonces empezaba a sustituir a la flauta dulce. Hay que tener en cuenta el papel asignado al clave a principios del siglo XVIII para juzgar lo sensacional que debió de resultar para el oyente de la época su uso en esta obra». Hoy día ya estamos hechos a esta sonoridad que asociamos al Barroco (también tristemente «por culpa» de Orff con los estudiantes de su Método que tantos profesores hemos utilizado en Primaria y Secundaria). Al menos fuimos transitando del aprieto inicial a un leve empapizamiento tras comprobar lo desigual de las distintas combinaciones instrumentales a cargo del «DesConcentus Musicus» vienés que tal vez deba volver a los inicios al principio comentados de reunirse de forma exclusiva en los ensayos para refinar su sonido.Llegaría la segunda parte con nuevos sobresaltos en una gran sala donde su peculiar acústica (sin cerrar la caja escénica como sí recuerdo se hizo con el Apóstol Leonhardt en mayo de 2011) no le viene nada bien a estas formaciones que además combinan distintos orgánicos (con todo lo que supone de ubicaciones dispares), de sonido «nebuloso» o farragoso por momentos, sin poder apreciar la cantidad de detalles que contienen los conciertos pares y las anotaciones de Harnoncourt.

Así, en el cuarto Concierto nº  4 en sol mayor brilló el violín solista de la georgiana Theona Gubba-Chkheidze, bien secundada por el resto de la cuerda más las dos flautistas de pico (Rahel  Stoellger y Patricia Nägele), las tres empastadas aunque sin un balance equilibrado con el ensamble, y menos aún en el Andante donde fuera de escena el trío solista hizo lo que Bach escribió como due Fiauti d’Echo, due Violini…  mientras Gottfried luchaba (es un decir) por mantener una pulsación que parecía asistólica a punto de infartar.

En el Concierto nº  6 en si bemol mayor, para dos violas, dos violas de gamba, violonchelo, contrabajo y clave, brilló el siempre gesticulante y por momentos exagerado Pedro de Pablo Cano, pese a una mínima desafinación del madrileño con el austriaco Firmian Lermer. De destacar y aplaudir el esfuerzo y colaboración de Zorita al cello, pues del resto las dos violas de gamba no pasaron la revisión sonora (la visual era tierna por lo nuevas). Bravo por el siempre esforzado y virtuoso cello de Luis Zorita González con la «dupla» junto a la contrabajista Alexandra Dienz, en este sexto menos embarullada.

Para concluir el programa en esta segunda parte de «pares», llegaría el célebre Concierto nº 2 en fa mayor con cuarteto solista de trompeta natural en fa, flauta de pico, oboe y violín, que quedaría desdibujado por una trompeta demasiado «fallona» del otrora gran solista Gabriele Cassone (Udine, Italia, 1959) desde la primera nota. Conozco y reconozco las dificultades de los metales naturales tan distintos de las modernas trompetas «barrocas», pero el italiano evidenció que el tiempo no perdona, y curiosamente lo mejor -o menos malo- sería el Andante central donde no interviene, pudiendo así disfrutar de Patricia Nägele, Pier Luigi Fabretti y Erich Höbarth bien arropados por el ensemble vienés que mantuvo la unidad que faltó en los movimientos extremos, con un Allegro assai rozando el esperpento o la blasfemia bachiana.

Una lástima porque este segundo, como nos contaba en las notas González Lapuente , «es una complicada interlocución musical en la que Bach no indicó ninguna dinámica, de manera que se esperaba la relación habitual de la época que era opuesta a la actual: por regla general, los solos se tocaban en piano y los tutti en fuerte. El solista no necesitaba luchar contra el tutti puesto que no lo acompaña, sino que establece con este una forma de diálogo». Más monólogos que diálogo y más pena que gloria, aunque como en los toros (y había seis auténticos morlacos) hubo división de opiniones, pese a la devoción por Bach y el afecto casi devocional por El Concentus de Harnoncourt de los muchos melómanos que este cuarto Domingo de Cuaresma ocuparon el auditorio de «La Viena española», finalista a la candidatura de Capitalidad Cultural Europea 2031 junto a Granada, Cáceres y Las Palmas.

Las prisas no son buenas consejeras, menos en una música que debe paladearse sin empapizarnos, y ni siquiera hubo propina, aunque tras lo escuchado casi fue de agradecer.

Se me hace difícil escribir de estos conciertos tan esperados pero queda aquí mi opinión que a buen seguro muchos no compartirán, pero siempre enfatizo que es personal…

Gracias por leerme.

INTÉRPRETES:

Violines: Erich Höbarth, Andrea Bischof, Barbara Klebel-Vock, Christian Eisenberger, Silvia Iberer, Veronica Böhm, Theona Gubba-Chkheidze , Jennifer Lippl, Markus Hoffmann.

Violas: Pablo de Pedro, Firmian Lermer, Ursula Kortschak.

Violas de gamba: Pierre Pitzl, Bianca Riesner.

Violoncellos: Luis Zorita, Bianca Riesner, Hannah Stoellger.

Contrabajo:  Alexandra Dienz.

Flautas de pico (Blockflöte): Rahel  Stoellger, Patricia Nägele.

Flauta (traverso): Annie Laflamme.

Oboes: Pier Luigi Fabretti, Heri Choi, Patricia Nägele.

Fagot: Ivan Calestani.

Trompas: Dániel Pálkövi, Viktor Praxmarer.

Trompeta: Gabriele Cassone.

Cémbalo: Stefan Gottfried.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750): Conciertos de Brandeburgo

PARTE I

Concierto nº 1 en fa mayor, BWV 1046*

I. – – – –

II. Adagio

III. Allegro

IV. Menuetto-TrioI-Polacca-TrioII

Concierto nº 3 en sol mayor, BWV 1048

I. – – – –

II. Adagio

III. Allegro

Concierto nº 5 en re mayor, BWV 1050*

I. Allegro

II. Affettuoso

III. Allegro

PARTE II

Concierto nº  4 en sol mayor, BWV 1049**

I. Allegro

II. Andante

III. Presto

Concierto nº  6 en si bemol mayor, BWV 105

1 – – – –

II. Adagio ma non tanto

III. Allegro

Concierto nº 2 en fa mayor, BWV 1047*

I. Allegro

II. Andante

III. Allegro assai

Violines solistas: *Erich Höbarth y **Theona Gubba-Chkheidze

Un banquete polaco

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Domingo 1 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sinfonia Varsovia, Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zukerman (violín, viola y director). Obras de Bach, Kilar, Mozart y Dvořák. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Si el pasado viernes hacía paralelismos entre música y gastronomía, este primer día de marzo mi querido Arturo Reverter (Santiago de Compostela, 1941) titulaba sus notas al programa como «Menú musical muy digestivo», y es que la Sinfonia Varsovia con uno de las pocas leyendas vivas que nos quedan, el israelí Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 16 de julio de 1948) nos ofrecían cuatro obras cual excelente banquete orquestal, músicas del Barroco, Clasicismo, Romanticismo y Contemporánea, con el violinista japonés Fumiaki Kiura (Tokio, 1993), nuevamente junto al maestro que nos dieron una lección de «alta cocina».

Los años pasan para todos y el maestro Zukerman, que ya nos había visitado en este ciclo pero como solista de violín con Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en 2012, mantiene su magisterio tanto en la viola como en el violín (un caso extraordinario) y la dirección, siendo otra oportunidad de disfrutar en «La Viena Española» de figuras que recuerdan su paso por Oviedo y tienen marcada parada «obligada» en giras donde a menudo solo Madrid y Barcelona las disfrutan, aunque también estén Valencia o incluso Santander, que está buscando sitio en este mapa musical español.

Es difícil encontrar en un programa tan variado música de Bach interpretada desde visiones bien (in)formadas  sin recurrir a las historicistas, pero la Sinfonia Varsovia puede afrontarlas solo con su calidad y sonoridad de su cuerda (más el siempre necesario clave) que transitó por este «menú cronológico» asombrando de principio a fin. El Concierto para dos violines en re menor es una de las muchas joyas de «dios Bach», y si contamos con dos solistas de altura el goce es aún mayor. Miura y Zukerman que dobla en edad al japonés, demostraron el entendimiento entre los dos Guarnieri (el primero un Kaston, de 1732, y un Dushkin, de 1742 el segundo) que sonaron como uno solo, muy cuidados los arcos, los fraseos que pasaban de uno a uno con total naturalidad y uniformidad tímbrica, la limpieza en la ejecución de los movimientos extremos y la hondura del central, contando con la complicidad de una orquesta camerística comandada por Jakub Haufa, siempre atento a las dinámicas que sin necesitar los contrastes extremos nos dejaron un «entrante» para paladear el siguiente plato.

De una época lejana a la actual y dejando la cuerda básica (5-4-3-2-1) bajo la dirección desde el atril de Haufa, nos dejarían Orawa (1986) del polaco Wojciech Kilar, nacido en Leopolis (hoy es de Ucrania) y fallecido en Katowice, a quien he recordado como autor de la banda sonora del Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola, que ocupa su lugar preferente en mi fonoteca, y otro de los muchos alumnos destacados de Nadia Boulanger en París. Con un grupo de cámara virtuoso, compenetrado, compacto y homogéneo, Orawa es una obra que podemos calificar como minimalista (aunque las etiquetas no siempre ayuden), con aires de danza popular y muy basada en la repetición, que me recuerda a Steve Reich, o como destaca en las notas al programa mi admirado Don Arturo:

«El polaco Wojciech Kilar fue un músico muy dotado, que se apuntó a las descubiertas que otros colegas (Gorecki, Lutoslawski, Penderecki, por ejemplo) practicaban en busca de nuevas formas de expresión musical. Recorrió distintas etapas y exploró tendencias, siempre con la vista puesta en la música popular de su región, en los Trata, apuntada ya en una de sus obras más populares, Krzesani, de 1974, escuchada hace unas semanas en Madrid. Orawa es bastante posterior, de 1986 y en ella el músico muestra su pericia con un lenguaje aparentemente simple cuajado de frases repetidas y constantes, de una rítmica contagiosa, emparentada con la de un Philip Glass, por ejemplo.

El material temático es enormemente sencillo y económico. El curso va creciendo paulatinamente a través de sencillas y lentas transformaciones, raras espirales y pasajeras zonas de aparente tranquilidad. El curso repetitivo e intenso nos prende y no podemos quitar ojo (oído) a las constantes formulaciones de las sencillas frases. Por momentos la música parece atenazarnos, envolvernos, apresarnos y casi respiramos al concluir. La veintena de instrumentistas de cuerda (número que puede variar) lanzan un grito exultante. Aunque no siempre es expelido. La categoría musical, la preparación y sapiencia de Kilar fue muchas veces apreciada por cineastas como Polanski (El pianista), Coppola (Drácula) o Kieslowski».

Todo un derroche musical en esta página actual pero agradable y con la estética siempre cercana del polaco, que sus compatriotas bordaron de principio a fin con el empuje desde su silla de Haufa, repeticiones que ya utilizó J. Strauss hijo hasta aires folklóricos de danzas transilvanas que desde Bartok o Enescu han inspirado tantas páginas, siendo esta de Kilar una más que añadir a la larga lista que enlaza con nuestro tiempo.

Y antes del descanso otro plato clásico donde disfrutar del genial salzburgués, su Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta, rareza porque Pinchas tomaba la viola en feliz emparejamiento con el violín de Fumiaki más una orquesta que cogía cuerpo en la cuerda (10-8-6-5-3) sumando trompas y oboes a dos (¡maravilla de empaste y sonido!). Si en Bach el entendimiento y sonoridad fue única, este Mozart redondeó un imaginado instrumento suma de ambos, con un mano a mano en las cadencias a cual más brillantes y profundas, o unos unísonos como el inicial para concluir con el alegre y detallista final de imitaciones y contrastes entre ambos solistas.

La Sinfonia Varsovia otro instrumento compacto, vibrante, con un Presto final que mostró cuánta calidad mantiene esta formación capaz de «transmutar» periodos tan distintos, con un Zukerman llevándola con mínimos movimientos de su arco o un simple movimiento de cabeza.

Si el banquete ya era exquisito y variado, aún quedaba música para rellenar oídos cual estómagos insaciables, o como escribe Reverter -ilustre gallego afincado en Madrid- citando al biógrafo del checo Gervase Hugues (de su libro Dvorak: His Life and Music) «tras escuchar la sinfonía uno tenga el mismo sentimiento que tendría un hombre robusto y buen comedor después de dar cuenta de un menú consistente en una sopa clara, una pequeña loncha de salmón ahumado, un soufflé de huevo, todo regado con agua fría. No está mal el símil; pero ese menú es en todo caso de una ligereza, de un refinamiento y de una exquisitez nada empachosos». La Octava de Dvořák me ha gustado siempre más que su famosa novena, perdiendo la cuenta de las veces que ha sonado en vivo desde mis años jóvenes hasta la actualidad, y la Sinfonia Varsovia ya trajo todos los condimentos de una orquesta romántica (2 flautas /2ª= flautín/, 2 oboes /2º=corno inglés/, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y cuerda / 4-6-8-10-12) para que el Chef Zukerman nos cocinase este plato checo y universal, impecable cada sección, cada solista, con balances perfectos donde poder escuchar todo lo escrito y saliendo a flote los motivos.

Cada movimiento de los cuatro (Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo) era una delicia de escucha, los tempi exactos y sin excesos, la sonoridad envidiable, con un Zukerman del que mi querido Justo Romero ha escrito que «empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico», algo que no comparto en absoluto pues esta Octava el Maestro la llevó por donde quiso en fraseos, aire, intensidades, rubatos… dejando fluir esta sinfonía con estos músicos polacos que transmiten energía y compromiso con toda la música que interpretaron, el Allegro con brio literal sin quemarse, un Adagio pletórico en cada sección lleno de dinámicas contrastantes hasta los extremos, un luminoso y vibrante Allegretto grazioso de ‘pizzicatti’ delicadamente contrapuestos a los arcos subyugantes con aires vieneses, vientos en el sitio preciso de protagonismo, o el Allegro ma non troppo desbordante de musicalidad.

Cuerda sedosa y rotunda, madera maleable e incluso etérea por momentos, metales brillantes sin estridencias -con un excelente arranque de la trompeta en el último movimiento- y timbales mandando sin excesos dinámicos. Un Dvořák que sigue enamorando por su frescura e inspiración melódica, tarareando al salir el Allegro ma non troppo que me lleva a no olvidar otros tantos conciertos ¡y zarzuelas!.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043:

Vivace / Largo ma non tanto / Allegro

Wojciech Kilar (1932-2013):

Orawa*

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, K. 364, (320d):

Allegro maestoso / Andante / Presto

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88:

Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo

* El concertino de la orquesta, Jakub Haufa, dirigirá Orawa de W. Kilar desde el atril.

Talento joven

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Viernes 13 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Concierto nº 2101 del año 120 (nº 4 del año 2026) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Oviedo Filarmonía (OFil); alumnos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía: Moira Petra Cauzzo (violín) y Sanghyeok Park (cello); directores: Javier Huerta Gimeno, Simon Peter Schmied, Philipp Schneider Benjamin y Leonard Wacker, alumnos de la Cátedra de Dirección de Orquesta Zubin Mehta, y de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Obras de Bach, Schubert y Brahms.

Nuevo concierto de la centenaria Sociedad Filarmónica de Oviedo que traía a la orquesta Oviedo Filarmonía y jóvenes talentos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, quienes han estado ensayando dentro de sus prácticas desde el pasado día 8, una semana con tres sesiones que desembocaron en este concierto del viernes 13, y que forma parte de un convenio suscrito entre la citada Escuela y la OFIL en febrero del año pasado, orientado a reforzar la formación del alumnado de dirección de los maestros Nicolás Pasquet, titular de la Cátedra, y Jordi Francés (hoy presente en la sala).

Cuatro directores para tres obras, para las que se organizaron (pese a haberlas trabajado todos ellos) alternándose en el podio, con estilos diferentes y en parte rompiendo la unidad expositiva al ser aplaudidos al finalizar cada intervención y realizar los cambios. Con todo las partituras elegidas son cual «fondo de estudio» que no debe faltar ni a estas batutas ni tampoco a una OFIL siempre versátil que sabe seguir las indicaciones amoldándose siempre a cualquier repertorio. Y pese a una plantilla algo más reducida sobre todo en la cuerda (8-6-4-4-3) comandada por Marina Gurdzhiya, en un escenario que no da para más, volvieron a darnos una velada de calidad siendo la mejor herramienta para el aprendizaje (que no cesa) de estas promesas en el siempre difícil terreno de la dirección orquestal.

Leonard David Wacker (Jerusalén -Israel-, 1998) tomaba el mando del arreglo que Anton Webern realizó de la Fuga (2. Ricercata) a 6 voci, de «La ofrenda musical» bachiana, donde las voces juegan con la tímbrica orquestal que el maestro israelí fue marcando con ambas manos en un estilo diría que coral y muy atento a los fraseos y el balance global, recordándome a su compatriota Lahav Shani. Muy bien los primeros atriles de la OFil, desde el trombón inicial a una cuerda compacta y clara.

Javier Huerta Gimeno (Valencia, 1990) que hizo de presentador para comentarnos los distintos directores y cómo se organizaron, además de agradecer a la orquesta su excelente trabajo, comenzó con la «Inacabada» de Schubert y el primer movimiento, expresivo, marcando tanto el compás y las entradas con una batuta precisa, más los muchos matices que el Allegro moderato tiene bien señalados en esta octava sinfonía. Maderas impecables, metales orgánicos, cuerda aterciopelada y dinámicas bien marcadas, todo con el aire preciso El Andante con moto sería de nuevo para Wacker, atento a los fraseos dejando fluir este movimiento donde cada sección de la OFil se pudo volver a lucir.

Tras el descanso llegaría el Doble concierto en la menor, op. 102 de Brahms con dos instrumentistas impecables y bien compenetrados: dos jóvenes alumnos ya destacando en sus respectivos instrumentos: la violinista Moira Petra Cauzzo (Sorengo -Suiza-, 2003) y el cellista Sanghyeok Park (Gangneung -Corea-, 2004), de sonido compacto y ambos precisos tanto por separado como en los dúos.

El primer movimiento lo afrontaría Simon Peter Schmied (Berna -Suiza-, 1995), buen concertador, de gesto claro y batuta flexible, atento no solo a las inflexiones orquestales, también a dejar a los solistas marcar fraseos y tempi, perfectamente contestados por la orquesta que el suizo llevó preciso, siendo el que personalmente se mostró como más maduro.

Para los otros dos movimientos sería el espigado Philipp Schneider Benjamin (Landau in der Pfalz -Alemania-, 1997), empatando los «sin batuta» quien mantuvo el planteamiento de su predecesor en la tarima, de gesto amplio, impregnando este maravilloso doble concierto del hamburgués de una sonoridad compacta y respetuosa con los solistas, intenso en los tutti dejando brillar a los dos virtuosos para una interpretación más que correcta desde una dirección que ya tiene poso y recorrido.

Final con todos saludando, buscando en el patio de butacas a Jordi Francés que tomaría buena nota de esta intensa semana que finalizaba con este concierto al que acudió numeroso público más allá de los socios, y con ganas de música sinfónica en El Filarmónica carbayón en un día donde la lluvia no impidió el disfrute de estas músicas que animan a los aficionados.

PROGRAMA:

Primera parte

J. S. BACH (1685-1750):

Fuga (2. Ricercata) a 6 voci, de «La ofrenda musical«, BWV 1079/5 (transcripción de Anton Webern).

Director: Leonard Wacker.

F. SCHUBERT (1797-1828):

Sinfonía nº 8 en si menor (“Inacabada”):

I. Allegro moderato, en si menor

II. Andante con moto, en mi mayor

Directores:  Javier Huerta Gimeno (I) , Leonard Wacker (II).

III. Scherzo (inacabado)

Segunda parte

J. BRAHMS (1833-1897):

Doble concierto en la menor, op. 102:

I. Allegro.

II. Vivace.

III. Vivace non troppo

Directores: Simon Peter Schmied (I) y Philipp Schneider Benjamin (II y III).

Esplendor Barroco

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Lunes 2 de febrero día 6 del Festival Atrium Musicae. 18:00 horas: Catedral de Santa María de Plasencia (Cáceres). Miriam Hontana (violín), Daniel Oyarzabal (órgano). Obras de Bach y Vivaldi. Fotos propias y de Sandra Polo.

(Crítica para Scherzo y aquí con la tipografía que las webs no admite así como los siempre enriquecedores enlaces -links- y más fotos de Sandra Polo).

Sin el inicio del IV Festival Atrium Musicae tenía lugar en Coria con el concierto de órgano a cargo de Benjamin Alard, la clausura de este intenso festival nos devolvía al Camino de La Plata con parada final en Plasencia, también con órgano (el que se instaló en 1919 y restaurado por José Antonio Azpeitia en 2023) añadiendo el violín para unir dos generaciones de maestros: el consagrado Daniel Oyarzabal y la joven Miriam Hontana en un programa con música de dos de los grandes de la primera mitad del siglo XVIII, Bach y Vivaldi, un dúo que en Madrid ya actuó en el Bach Vermut allá por noviembre de 2023 además de formar el conjunto OBNI (Objeto Barroco No Identificado) participando en el FIAS de 2022.

La amplia reverberación catedralicia no ayudó a disfrutar en todo su esplendor de un órgano algo desafinado y con “gemidos, en parte por la climatología y el poco uso, un instrumento que necesita respirar para vivir y mantenerse en forma, pero la calidad y buen oficio del dúo nos hicieron disfrutar de un repertorio que se organizó a pares entre “El Kantor” y el “Prete Rosso”, emparentando obras de cámara y piezas solísticas, alternando transcripciones y conciertos que muestran la fecunda relación entre ambos compositores.

Se abría la fría tarde con el Preludio BWV 568 impetuoso y potente aunque necesitado de más presencia en el pedalero a cargo de Daniel para proseguir con el arreglo que el propio Bach hizo sobre el concierto para dos violines RV522 del italiano, tres movimientos variados en registros, graves en el Allegro inicial, agudos para el Adagio central y plenos para el Allegro final.

Y el órgano se convirtió en el continuo de la Sonata BWV 1023 para que Miriam Hontana arrancase con una cadenza de cortar la respiración antes del Adagio ma non tanto, la Allemande y la Gigue siempre en primer plano gracias a una sabia elección de registros en el órgano de balances bien equilibrados. En cambio con la vivaldiana RV12 tras un Adagio inicial preciso y sentido, la reverberación empañó los siguientes tres movimientos, con sonidos “confusos” que mezclaban los registros del órgano y la sonoridad propia de un violín que en el Presto voló sin poder despegar toda la belleza de esta sonata.

Siguiente bloque emparejado, la Fuga en sol menor para violín y continuo BWV 1026 adoleció de la mala acústica pese a la tímbrica de un violín de graves redondos y agudos limpios bien arropados por los registros del órgano. Seguiría el célebre “Invierno” de Las Cuatro Estaciones, más equilibrado, con tiempos más ligeros (obviando el “molto”), virtuosa Miriam Hontana y certero Daniel Oyarzabal con unos excelentes registros “orquestales” más los silencios y articulación que esta vez sí ayudaron a una mayor limpieza de escucha para apreciar tanto una ejecución muy personal de la violinista, expresividad desde el respeto a este opus 8 RV 297 del que aportar la frescura e ímpetu solista y la registración capaz de engañar al oido por lo acertada.

No hay mejor forma de finalizar que Bach, Oyarzabal en solitario con el coral In dir int Freude, BWV 615, del”Libro de órgano” nuevamente pletórico de sonoridades, al fin el pedalero presente sustentando la melodía y registros idóneos para este rey del barroco.

Aprovechando esta joya, Miriam Montana bajaría hasta el crucero catedralicio para interpretar en solitario la monumental Ciaccona para violín de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, intensidad emocional, sensibilidad, fraseos personales, dominio técnico asombroso y un sonido que esta vez la acústica lo repartió por todo el templo, desde un violín plenamente barroco que resultó un regalo para el público que abarrotó la Catedral de Santa María. La joven madurez donde ya hay un trabajo no solo técnico sino introspectivo para afrontar esta chacona con la sonoridad y el poso de esta artista.

Aún quedaba una propina vivaldiana, el Largo del Concierto para violín en Si menor, RV 389, con Oyarzabal en el órgano y Hontana en el crucero en esta clausura esplendorosa de la cuarta edición de AtriumMusicae, que se ha saldado con un gran éxito de público en todas sus citas, incluso en las que han tenido lugar fuera de la capital, esperando ya la de 2027 que a buen seguro seguirá creciendo como la propia Fundación Atrio de Cáceres, fiel a su slogan “Sonidos que construyen legados, donaciones que transforman”.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Preludio en sol mayor, BWV 568

Antonio Vivaldi (1685-1750)
Concierto en re menor, BWV 596
(arreglo para órgano de J. S. Bach del Concierto para dos violines en re menor, RV 522 (de L’Estro Armonico)

Johann Sebastian Bach
Sonata para violín y continuo en mi menor, BWV 1023

Antonio Vivaldi
Sonata para violín y continuo en re menor, RV 12

Johann Sebastian Bach
Fuga en sol menor para violín y continuo, BWV 1026

Antonio Vivaldi
Concierto n° 4 en fa menor, op. 8, RV 297 “El Invierno” (de Las Cuatro Estaciones)

Johann Sebastian Bach
In dir ist Freude, BWV 615, BWV 731
Ciaccona para violín solo de la Partita n° 2 en re menor, BWV 1004

Modernidad desde la tradición

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 12:30 horas: Museo Vostell Malpartida, Bach Fluxus IV. Mario Brunello (cello). Obras de Bach y Weinberg.

Desde que comenzó el Festival Atrium Musicae, Antonio Moral consiguió incluir como cita imperdible este Museo Vostell y el espíritu de Bach Fluxus, continuando este idilio desde sus tiempo en el CNDM así como la colaboración con José Antonio Agúndez (director gerente del museo y cronista oficial de Malpartida) y la apuesta fue sobre seguro viendo la respuesta de un público que peregrina hasta este municipio de Cáceres más allá de “Juego de Tronos” en Los Barruecos, que también merecen visita pero en otro contexto y momento.

Fluxus en latín significa flujo pero también es un movimiento de las artes visuales, de la música y de la literatura que tuvo su momento más activo entre la década de los sesenta y los setenta del siglo XX. Se declaró contra el objeto artístico tradicional como mercancía y se proclamó a sí mismo como el antiarte. Así se funda en 1976 este museo en Los Berruecos dedicado este Fluxus donde llegaron el artista alemán Wolf Vostell (1932-1998) y su mujer Mercedes, que se enamoraron de este paraje natural en un antiguo lavadero de lanas, conjugando arte y naturaleza.

Y si los espacios son importantes, las agendas de los gestores musicales son mejores que las de los políticos que dan el salto a las multinacionales, bufetes o grandes empresas privadas. Si con ella se puede encontrar en un día un barítono para sustituir al previsto, ahí está el contacto (de otras “adversidades” aún me quedan por contar las de la tarde de este primer domingo), y cuando se establecen vínculos casi fraternos con muchos intérpretes, se les convence para que den no uno sino dos conciertos. Así sucedió con Mario Brunello (1960) tras el dúo Yulianna Avdeeeva del pasado jueves que esta mañana dominical lo hacía en solitario con dos de las suites de Bach (las nº 3 y nº1) escoltando a Weinberg.

El maestro italiano ofrecía en este espacio tan singular bajo el título Bach Fluxus IV (identificando el término latino ya explicado) un recorrido entre “la música” y “la vida”, entre Meinn Gott y el siglo XX del perseguido y enorme compositor judeopolaco, en sintonía con el espíritu del museo fundado Vostell. Junto a dos de las suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, auténticos pilares del repertorio instrumental que Pau Casals rescató del olvido, el italiano Brunello como el catalán italiano está recuperando a Mieczysław Weinberg que merece un sitio propio más allá de su amistad con Shostakovich como ya comentamos en el concierto del jueves. De este “olvidado” e incluso borrado por el estalinismo soviético, Brunello nos interpretó la Sonata nº2 op. 121 (1977) que conjuga lirismo y dramatismo, felizmente hermanado en este mediodía dominical.

Tras unas palabras en italiano perfectamente entendibles donde presentarnos las obras, de las suites de Bach que probablemente son de la época de Cöthen aunque se siga investigando su cronología exacta, comenzaría con la tercera en do mayor (BWV 1009) que arranca con el famosísimo Prelude válido en cualquier entorno. Brunello la llevó a su estilo con fraseos propios, intensidades variadas, prosiguiendo con la profunda Allemande que parecía presagiar a Weinberg en cada “danza”, incluso en la Sarabande aunque la Gigue de aires gaiteros abría cierto tono festivo.

Pero los movimientos de la Sonata 2 de Weinberg ponía un nudo en la garganta, compuesta casi el mismo año en que se inauguraba este Museo y rodeada de muchas obras tan expresivas como esta sonata para violonchelo que la acústica también favoreció. Brunello siente cada nota, cada frase, estados de ánimo que como decía Bach es “la música” pero Weinberg es “la vida”. Las notas al programa se titulan “Tradición y modernidad” aunque yo invierta el orden, y en ellas se disecciona el programa. Del compositor remarca una vida marcada por el Holocausto, el exilio, su cercana amistad con Shostakovich (que le salvaría la vida en plena persecución estalinista), y destacando que es un compositor clave no sólo de música de cámara, también de sinfonías y óperas con un catálogo inmenso que se está “sacando del olvido”, y esta Sonata op. 121 pertenece a un ciclo de cuatro para violonchelo solo. La analizan de la siguiente manera:

“Tras un inicio introspectivo del Andante inicial con un tono de soledad casi meditativa, el Allegro siguiente irrumpe con fuerza, con un ritmo trepidante, lleno de energía y contrastes que desemboca en un Adagio donde el tiempo queda suspendido con un canto sencillo y directo del violonchelo creando una atmósfera entre melancólica y resignada que tanto caracteriza a Weinberg. La obra se cierra con un movimiento más ligero, con algunos guiños al folclore judío y a Bach, para concluir de forma solemne en un final que se desvanece poco a poco buscando de nuevo el sosiego del Andante inicial”.

La interpretación de Brunello fue poderosa e introspectiva, desgarradora pero llena de esperanza, amplísima en unas dinámicas con todas las técnicas del instrumento que en momentos dados hicieron soltarse el arco o arrojar la sordina violentamente al suelo para no perder un discurso que el italiano siente tan ruso como el compositor, y que obtuvo el premio Tchaikosky en 1986. El público, que agotó las plazas del museo, premió en pie con una atronadora ovación la entrega y emociones de esta sonata.

Tras el dolor viene el perdón de “dios Bach” y la primera de las seis suites, como el vermut al desayuno diario de Casals a lo largo de toda su vida a partir de los 48 años en que realizó la primera interpretación en público y llevarla al disco para convertirse en una referencia absoluta y todo un reto para los violonchelistas desde entonces. Mismas “danzas” que en la tercera que abría la velada (salvo el cambio de la Bourrée por ell Menuet) y otra lección del italiano que si desde el piccolo nos asombró en Granada, con el del siglo XVII del luthier Giovanni Paolo Maggini con una hermosa voluta tallada en forma de cabeza redondeó este Bach Fluxus antes de otra cálida, merecida y larga ovación, dejándonos un regalo de Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966), alumno por muchos años de Casals en París, también amigo de Falla, Casella o Ricardo Viñés, residiendo desde 1923 en Florencia por sus amores con Guilietta Gordigiani y un dúo que triunfó incluso en los EEUU. Brunello nos lo “devolvió” con el mismo y reciproco amor en un sentido Intermezzo y Danza Finale de la Suite para Cello solo. Hora y media de profundidad interpretativa, magisterio en el instrumento y emociones a flor de piel, en esta coproducción con el Museo Vostell –como en las anteriores ediciones–, en una forma de que el concierto subraye la vocación del Festival Atrium Musicae de llevar la música a escenarios singulares y de establecer vínculos entre tradición y modernidad.

Aún quedaba el concierto de la tarde en el Gran Teatro, que es otro capítulo para el blog… Lo dicho, ¡CONTINUARÁ!

PROGRAMA:

Bach Fluxus IV
Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Suite para violonchelo n° 3 en do mayor, BWV 1009 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Bourèe 1&2 – Gigue

Mieczysław Weinberg (1919-1996)
Sonata para violonchelo n° 2, op. 121 (1977):

Andante – attaca / Allegro / Adagio – attacca / Allegretto – Lento – Adagio

Johann Sebastian Bach
Suite para violonchelo n° 1 en sol mayor, BWV 1007 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Menuet 1&2 – Gigue

Tres de tres (toma 1)

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Viernes, 30 de enero, día 3 del 4º Festival Atrium Musicae, Cáceres. Fotos propias y de Sandra Polo.

Un día completo donde la música fluía desde la mañana a la noche. A las 12:00 horas arrancábamos en la Concatedral de Santa María donde actuaba el dúo formado por el trompetista Manuel Blanco (Daimiel, Ciudad Real, 1985) y el actual organista de la Catedral de Valencia Pablo Márquez Caraballo (1984), además de catedrático de clave en el Conservatorio de Castellón. Dos amigos desde su época de estudiantes y todo un acierto este reencuentro en Cáceres donde organizar cronológicamente un programa de tres siglos, desde Buxtehude y “dios Bach” pasando por Leopold Mozart, Gigout y el propio Márquez, que en el programa de mano le pusieron las fechas de Leopold y alguno se percató de la errata.

Comentar la sonoridad propia del órgano que unida a la trompeta da un plus tímbrico y el empaste perfecto. La Concatedral cacereña conserva el instrumento construido en 1703 por Manuel de la Viña y restaurado en 1973, ya que en su origen, éste se encontraba en el espacio contiguo, pegado al muro. Márquez Caraballo supo elegir el registro perfecto de principio a fin, con el par inicial de obras de J. S. Bach: el Preludio y fuga en sol menor, BWV 550 y el Coral BWV 659 (con errata en el programa se mano) con la primera intervención de Manuel Blanco “procesionando” entre los bancos, jugando con la acústica y pese a la distancia con el coro, perfectamente sincronizado con el órgano, cantando al Salvador de los paganos (Nun Komm, Der Heiden Heiland). La Chacona BuxWV 160 de Buxtehude daría un respiro y nuevamente el dúo para la suite haendeliana “Water piece” (HVW 341), verdadera joya ideal para esta formación: desde la Ouverture a la Marche final, órgano y trompeta unidos por los registros y balances perfectos entre ambos, contrastes de tempo y todo un portento de ornamentaciones brillantes del trompetista con un fiato increíble, más la conjunción necesaria para esta página del ya londinense Jorge Federico.

Vuelta al órgano solo con “dios Bach” y su BWV 539 seguido de la “invocación a Jesucristo” del archiversioneado coral Ich ruf zu dir, herr Jesu Christ, BWV 639 que en estado original Pablo Márquez interpretó magistralmente, destacando el respeto a los silencios, cesuras y fraseos donde el aire también es música. Después haría de “orquesta” en el Concierto para trompeta en re mayor de Leopold Mozart, casi haendeliano en el Allegro Moderato y con el impresionante Manuel Blanco virtuoso y luminoso, expresivo desde esta página entre barroca y clásica con la impactante cadenza del Andante digna de ser archivada como aprendizaje del instrumento.

Del postromanticismo francés, y una exigencia para todo buen organista, es la Tocata de Eugène Gigout (de sus “10 pièces pour orgue”) donde volvimos a disfrutar no ya de una técnica y registración magistral de mi tocayo, también uno de los referentes de la última obra por él compuesta en 2007 como trabajo de su primer año estudiando Composición y dedicado precisamente a Manuel Blanco, como explicarían al finalizar el concierto.

Al pie de la Cruz va más allá de la transmisión emocional de esta imagen del sacrificio, el dolor de la Madre, la muerte y toda inspiración que este momento ha llevado a todas las artes, musicalmente tiene todos los referentes a los grandes organistas franceses, desde el ya citado Gigout hasta Vierne, de Franck a Dupré o de Widor a Latry, que Pablo Márquez habrá estudiado y mucho a lo largo de estos años, y que van dejando el poso que resurge de forma natural en el paso de intérprete a compositor. Nuevamente la sonoridad y musicalidad de la trompeta de Blanco hace esta obra actual pese a la juventud inicial, pero que cuando algo se hace bien pasa a convertirse en atemporal.

Aplausos de un templo en pie y la primera propina del dúo con “dios Bach” y el famoso coral Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645, de la Cantata 140, con la trompeta elevando la melodía del pedaleo, más un arreglo del Adagio del Concierto para oboe op. 9 nº 2  de Albinoni, que sonó ideal por parte de ambos intérpretes con la química musical necesaria para alcanzar el nivel de este concierto matinal que colmó todas las expectativas puestas en él.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Preludio y fuga en Sol Mayor, BWV 550 (c. 1710)

Nun komm, der Heiden Heiland à 2 claviers et pédale, BWV 659

Dietrich Buxtehude (1637-1707)

Ciaccona en mi menor, BuxWV 160

Georg Friedrich Haendel (1685-1759)

Water piece (de la Suite para trompeta y orquesta, en re mayor, HVW 341) (1733):

Ouverture – Gigue (Allegro) – Air (Menuetto) – Marche (Bourrée) – Marche

Johann Sebastian Bach

Preludio y fuga en Re menor BWV 539 (c. 1720)

Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ à 2 claviers et pédale BWV 639 (1720)

Leopold Mozart (1719-1787)

Concierto para trompeta en re Mayor (1756)

Andante – Allegro Moderato

Eugène Gigout (1844-1925)

Toccata (de las “10 pièces pour orgue”) (1890)

Pablo Márquez Caraballo (1984)

Al pie de la Cruz (2007)

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