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Ímpetu juvenil en el octavo

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Abono 8 OSPA, Pasión y melancolía: Martín García (piano), Nil Venditti (directora). Obras de Gabriela Ortiz, Schumann y Chaikovski.

Una semana intensa en el auditorio ovetense y llegábamos a la mitad de los conciertos de abono de la OSPA con los ya habituales encuentros previos 45 minutos antes, moderados por Fernando Zorita en la Sala de conferencias nº 1 (del tercer piso), que paulatinamente van atrayendo -al igual que a los conciertos- más público del habitual, esperando se mantenga el incremento de aficionados. Personalmente no me los suelo perder porque son una forma de conocer de primera mano las obras que escucharemos a continuación con las aportaciones de los invitados, esta vez con la expresiva y mejor comunicadora directora ítalo-turca Nil Venditti (1994) invitada de nuevo por la orquesta asturiana, siendo su tercera visita a este mismo auditorio, a la que recordaremos precisamente por su ímpetu y forma de transmitir energía desde en un italiano comprensible siempre ayudado de las manos, y que volvería a lucir para todos los asistentes antes de dirigir cada una de las obras de la primera parte, más un dominio de cada obra que además contagia seguridad a una OSPA cada vez más madura, compacta, brillante por momentos, creciendo en cada abono en una temporada de asentamiento (a la espera de un concertino titular).

Comentaba el maestro Zorita lo habitual que es en la orquesta asturiana programar obras contemporáneas que no suelen repetirse pese a que muchas resultan verdaderos éxitos, y Venditti nos contó lo que la compositora Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 20 de diciembre de 1964) refleja en su obra, la conexión entre Clara y Robert Schuman, los momentos de esta relación y los papeles dados al oboe (Robert) y violín (Clara) más su forma de comunicarse precisamente con la música. También las notas al programa de mi admirado Ramón Sobrino nos prepararon para entender aún más esta obra compuesta en 2021 por encargo de la New York Philharmonic y estrenada el 10 de marzo de 2022 bajo la dirección de Gustavo Dudamel. Ubicar a continuación la «Sinfonietta» del alemán es rememorar al Schumann juvenil, despojado del tempo lento en esta «piccola sinfonia» por ser demasiado íntimo en un momento de euforia juvenil. Y por supuesto hablarnos del archiconocido concierto de piano de Tchaikovski donde aparecen motivos del folklore ruso con las características melodías también en los cellos y violas («no como Puccini que las escribe todas para los violines»), aunque retomaría para finalizar el encuentro desmenuzándonos la obra de la mexicana.

Aplaudir también el cambiar el habitual y decimonónico orden de los programas al colocar el concierto de piano en la segunda parte, algo que vengo reclamando hace tiempo evitando igualmente los trasiegos de un instrumento por el que ya pasan los años, especialmente en los agudos.

Muy interesante la obra de Gabriela Ortiz con una excelente e impresionante orquestación  que exige una buena cuerda (12-10-8- 6-5-5) hoy comandada por Jordi Rodríguez Cayuelas, para equilibrar a un viento poderoso, timbales más dos percusionistas desplegando un amplio arsenal de membranófonos e idiófonos que son parte imprescindible en toda la partitura, y especialmente en la «respuesta» que la mexicana plantea en la relación del matrimonio Schumann llena del trepidante ritmo de su tierra (güiro, temple blocks…) con la óptica femenina pero plenamente universal. El doctor Sobrino analiza la partitura al detalle en las notas al programa:

Clara consta de cinco secciones continuadas – 1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara –, que desarrollan dos elementos musicales: una breve secuencia rítmica como leitmotiv o idea fija, y un tema melódico en el oboe que representa el mundo privado de Clara. Salvo la número 3, todas las secciones son bocetos íntimos o esbozos de la relación entre Clara y Robert. Al final de la obra, el leitmotiv se percibe, en palabras de la autora, «como una respiración, dejando implícita la permanencia y el legado de ambas figuras».

Según Ortiz, «Clara parte de la idea de que la música nos permitirá acceder a una concepción no lineal del tiempo, más circular, donde el pasado (ellos) y el presente (yo) puedan encontrarse, conversar y conocerse». En «Mi respuesta», la compositora persigue acercar a Clara y Robert a su propio mundo, reivindicando a las mujeres que «desafiaron a la sociedad en la que crecieron al manifestar su obra artística». «Me gusta pensar que, a través de Clara, Clara Wieck Schumann está aquí, en esta sala de conciertos con nosotros».

Venditti conectó desde el primer compás con la esencia y sonoridad de la mexicana, sororidad musical impetuosa y delicada, defendiendo la partitura con seguridad, aplomo, gestualidad amplia donde su mano izquierda lo es en el amplio sentido de la palabra (en el encuentro comentaba ser menuda y mujer que no siempre ha tenido en las muchas orquestas la química esperada hasta que explica que lo importante es la obra), más una batuta flexible, precisa, pincel o tiralíneas pero nunca brochazos, lo que redundó en una OSPA entregada, con lucimiento de «los protagonistas», amplísimas dinámicas y dejándonos una interpretación de altura.

Con el espíritu de Schumann en el aire llegaría esa «sinfonía coja» si se me permite el calificativo (el compositor la llamó «Symphonette» o «Sinfonietta«) y juvenil, de nuevo impetuosa en sus tres movimientos (I. Obertura – II. Scherzo – III. Finale) de orquestación más liviana (vientos a dos salvo los tres trombones), obra más complicada que su aparentemente sencilla estructura, nuevo protagonismo del oboe de un Ferriol que este viernes «se ganó con creces una buena cena», una cuerda aterciopelada y siempre presente toda ella, manteniendo una sonoridad romántica plena de dinámicas siempre marcadas por ese vendaval que es Venditti. Obra compuesta durante tres semanas en 1841  con la «presencia alegre» de su amigo y admirador Mendelssohn (que dirigiría el estreno en Leipzig de su Sinfonía Primavera), que no encontró la respuesta editorial ni del público por lo que introdujo cambios en los dos primeros movimientos, estrenando esta nueva versión el 4 de diciembre de 1845, y publicada en 1846 por la editorial Friedrich Kistner. El Schumann sinfónico siempre para degustar que el tándem Venditti-OSPA nos brindaron para cerrar esta primera parte tras el impetuoso Finale.

Al pianista asturiano Martín García (Gijón, 1996) le sigo hace años recordando el doblete mozartiano y «Emperador» en un extraordinario de la OSPA en marzo de 2021, hasta el regreso a su Gijón natal dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Sociedad Filarmónica en enero de 2022, más su presentación en las jornadas de piano en noviembre de ese mismo año (El ciclón gijonés), titulando su concierto como «espectacular y potente», especialmente en Rachmaninov, la evolución está siendo increíble pero con mucho trabajo y esfuerzo que le ha dado ya el poso necesario, manteniendo un ímpetu ideal para obras como el «Primero de Chaikovski» habiendo ganado lirismo y profundización en su interpretación, con una amplísima gama de matices, poderosamente delicado (o delicadamente poderoso). Si ya entonces le describía como jovial en Mozart, explosivo en Liszt y especialmente «su» Chopin sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas -el primero lo mantiene, sumando alguno más como salir con un pañuelo para secarse el sudor de la cara o levantarse casi al momento de finalizar-, el Tchaikovsky de este abono octavo de la OSPA resultó profundo, valiente y musicalmente entregado.

Don Ramón Sobrino nos explica que «El Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky (1874, con revisiones en 1879 y 1888), rechazado inicialmente por Rubinstein, fue estrenado por Hans von Bülow en Boston en 1875. En tres movimientos, Allegro – que tras la conocida introducción emplea melodías de Ucrania, Francia y Rusia –; Andantino-Prestissimo-Tempo I; y Allegro con fuoco – con forma rondó –, es obra de referencia para los grandes pianistas, reconocida por público y crítica», así que contando con una orquesta en estado de gracia, una directora excelente concertante y un solista reconocido, el éxito estaba asegurado. Nunca hay dos interpretaciones iguales y he perdido la cuenta de las veces que lo he escuchado en directo, pero la de Martín García con Venditti y la OSPA no ha decepcionado. Siempre bien balanceado con la orquesta desde el potente inicio, sus solos fueron limpios, contrastando los súbitos que pasan del momento eufórico a la calma necesaria, sonoridades rotundas y cristalinas, encajes perfectos en los tempi que fueron valientes en los movimientos extremos, junto a la delicadeza «con poso» del andantino central que solo tiene de semplice el calificativo, porque más allá del virtuosismo necesario en los rápidos, el transmitir sentimientos siempre se hace con pocas notas pero bien tocadas. Y caer en la tentación del «primero» del ruso es fácil pero contener el exhibicionismo es una virtud. ¡Bravo Martín!.

La propina, con Venditti sentada en el suelo escuchando y la luz atenuada, nos demostró que Martín García García afronta la treintena con la serenidad y sonoridad de su Debussy (el Preludio nº 5, Bruyères, del segundo libro) rico, brillante, pedalizado con acierto, además contenido tras el ímpetu y pasión rusa.

PROGRAMA:

GABRIELA ORTIZ (1964):

Clara (1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara)

ROBERT SCHUMANN (1810 – 1856):

Obertura, Scherzo y Finale, op. 52

I. Obertura
II. Scherzo
III. Finale

PIOTR ILICH CHAIKOVSKI (1840 – 1893):

Concierto para piano nº1 ensi bemol menor, op. 23:

I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Colores sinfónicos

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Viernes 6 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Pájaro de fuego», abono 7 OSPA, Javier Comesaña (violín), Otto Tausk (director). Obras de Shostakovich, Ravel y Stravinsky.

Séptimo abono de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias) que volvió a mostrar músculo y personalidad en un programa que, bajo la apariencia de eclecticismo, trazaba un arco coherente de colores, tensiones y arquitecturas sonoras del siglo XX. Desde la densidad emocional de Shostakovich (al que seguimos «conmemorando» esta temporada 2025-26) hasta el refinamiento francés de Ravel y el fuego controlado de Stravinsky, la velada tuvo algo de lección sinfónica bien entendida y con más público del habitual, que se va incorporando paulatinamente a medida que avanzan los conciertos de abono.

Como siempre hubo encuentro previo a las 19:15 horas con Otto Tausk (Utrecht, 1970), director invitado que nos hizo llegar su visión de este programa ruso con acento francés y mucho color sinfónico en tres obras de tres grandes sinfonistas que, a diferencia de otros compositores, plasman en la partitura todo lo que debe tocarse, que ya es mucho, y que como refería con humor el holandés, tiene «poco trabajo» con estas obras donde lo importante es dejar que la la música fluya, pero sin excesos.

Tausk, un director holandés con amplia trayectoria que como violinista tuvo de profesor en su Holanda al que fue discípulo de David Oistrakh (que estrenó precisamente el concierto de este primer viernes de febrero), es de gesto claro y economía expresiva, y supo dejar fluir la música sin forzarla, tal como nos previno, cuidando un equilibrio muy trabajado entre secciones. El resultado fue un sonido compacto, especialmente en una cuerda densa y bien empastada, liderada con autoridad por la concertino invitada Joanna Wronko, y unas maderas y metales integrados con naturalidad en el discurso junto a la percusión  y arpa más celesta (alternaría en Stravinski con el piano) perfectamente ensamblados .

El eje emocional del concierto fue, sin duda, el Concierto para violín nº 1 de Dmitri Shostakovich, obra escrita “escondida en un cajón” a la espera de tiempos menos oscuros tras la sombra de Stalin. Javier Comesaña afrontó el exigente papel solista con una mezcla de valentía, madurez y control técnico admirable. Desde el Nocturne, supo cantar con un sonido flexible y lleno de matices, desplegando una paleta cromática que recordaba a un Pollock sonoro: aparentemente libre, pero profundamente estructurado. El Scherzo y la Burlesca, con su ironía corrosiva y ese sarcasmo “tan Dmitri”, fueron una auténtica montaña rusa de sensaciones, mientras que la Passacaglia se erigió como un núcleo de gravedad trágica, sostenida con pulso firme y gran concentración expresiva con una cadenza de cortar la respiración.

Como propina, Comesaña ofreció el último movimiento (Les furies) de la Sonata nº 2 de Ysaÿe, un momento de introspección con ese «Dies Irae» que cerró su intervención con recogimiento y elegancia desde su violín parisino Claude Pierray (datado en 1720).

La segunda parte “hablaba francés”, aunque con acentos bien distintos. La Pavane pour une infante défunte de Ravel sonó perfectamente coloreada, arpa con trompa y flauta rivalizando en ejecución bien sentida, de refinado impresionismo y fraseo amplio, con un lirismo que, sin caer en la languidez, me evocó incluso ciertos aires cantábricos por su atmósfera húmeda y envolvente que amplía la paleta de la original de piano, en las manos de Tausk.

Ya con una plantilla completa y una cuerda que se puede calcular con los 6 contrabajos, que siempre son necesarios para un buen cimiento sinfónico, Stravinsky, por su parte, apareció en su versión más gala que rusa con la Suite de El pájaro de fuego (1945), ya desligada del ballet pero aún cargada de energía narrativa. Tausk recordó en el encuentro previo cómo, en esta música donde todo está escrito al milímetro, el reto consiste en comprobar que cada elemento esté exactamente en su sitio. Así ocurrió: danza infernal precisa, berceuse de pulso contenido y un final luminoso, construido con lógica interna y sin efectismos gratuitos, bien llevados por un director que contactó sin problemas con una OSPA cada vez más madura que siempre se ha movido bien en estos repertorios que también conviene “sacar del cajón”.

Un concierto que confirmó el buen momento de la orquesta y dejó claro que los colores sinfónicos, cuando se trabajan con rigor y sensibilidad, siguen diciendo mucho más de lo que parece.

La velada tuvo además un momento de emoción contenida con la despedida de Irina Bessedova, violín segundo, que se jubila tras 35 años en la OSPA. Un agradecimiento sincero y merecido a una trayectoria silenciosa pero esencial.

Gracias, Irina

PROGRAMA:

I

DMITRI SHOSTAKOVICH (1906 – 1975):

Concierto para violín n.º 1 en la menor, op. 77:

I. Nocturne

II. Scherzo

III. Passacaglia

IV. Burlesca

II

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

Pavane pour une infante difunte

IGOR STRAVINSKY (1882 – 1971):

El pájaro de fuego: Suite (rev. 1945):

I. Introduction and Dance of the Firebird

II. Dance of the Princesses

III. Infernal Dance of King Kastchei

IV. Berceuse

V. Finale

Regalos para guardar

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Viernes 23 de enero, 20:00 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Abono 6, EL RESPLANDOR DE DVORAK: OSPA, David Moen (tuba), Ramón Tebar (director). Obras de Brahms, Birtwistle y Dvořák.

Agradecido de poder celebrar mis 67 inviernos con el sexto de abono de una OSPA que va sumando público, sigue ganando en calidad y volviendo a traer a directores con los que se nota desde el principio no ya la química o el entendimiento necesario, también el trabajo previo que nunca se ve, con poco tiempo de ensayo (desde el lunes antes del concierto) para poder comunicar todo lo que se busca en cada programa, sumándole los encuentros previos donde siempre aprendo, además de ayudarnos a comprender, escrutar y atender detalles que no por escuchados otras veces, nos pasan desapercibidos incluso a los melómanos irredentos.

El encuentro previo de las 19:15 en la Sala de conferencias nº 1 (de la 3ª planta) está igualmente atrayendo a más público y con Fernando Zorita (que tiene muchas horas de rodaje desde aquella extinta OSPATV que permanece aún en  los «históricos» de YouTube©) estuvo el director valenciano Ramón Tebar (1978) para compartir y descubrirnos (en este día nunca mejor los dichos de «muriendo y aprendiendo», «no te acostarás sin saber una cosa más» e incluso «nunca es tarde para aprender»). Le recordaba en sus anteriores visitas a Oviedo en el undécimo abono de 24 abril de 2015 y un Trovatore el 13 de octubre de 2017, alternando repertorio sinfónico y foso, por lo que me gusta releer mis reseñas de entonces (incluso en el ya abandonado Blogger) y comprobar el crecimiento artístico del maestro Tebar. Su acercamiento a las tres obras de este sexto de abono en esta temporada de la OSPA, que contó nuevamente con Aitor Hevia como concertino invitado, las aprovecharé para irlas incluyendo en mis propios comentarios pues no tienen desperdicio.

La imagen que todos tenemos de Brahms no siempre corresponde, como suele suceder, con la habitual que nos ha transmitido la historia, y nos lo pudimos imaginar cuando «En 1879 la Universidad de Breslau nombró a Brahms Doctor Honoris Causa. Como agradecimiento, el compositor escribió La Obertura para un festival académico, en la que se recoge la alegre tradición estudiantil» que refleja Ramón Avello en las notas al programa. Parece que al hamburgués no le gustaba viajar en barco y rechazó otro nombramiento similar en las Universidades de Oxford y Cambridge, quedando en Honorario precisamente por su miedo a cruzar el Canal de la Mancha, aunque su tocayo valenciano nos aclaró que la Obertura para un Festival Académico, op. 80 sí fue aceptada por la paralela oferta de unas buenas salchichas y mejor cerveza en tierra polaca, aunque en vez de «regalarles» una página sinfónica, coral o más solemne, optó por recoger los cantos estudiantiles, casi como los de nuestras tunas universitarias, revestirlos con su excepcional sinfonismo (me sigue impactando el final donde escuchamos el Gaudeamus Igitur) en esta su primera obertura, comentando «el Ramón director» que casi con remordimiento por el carácter bromista y juvenil que impregnaba esta obra, escribiría a continuación una segunda Obertura trágica, op. 81, que no sabemos si por programación o casualidades del destino, también interpretará esta temporada la OSPA en el 10º de abono con su titular Nuno Coelho los días 5 en Gijón y 6 de marzo en Oviedo antes de viajar a Bilbao el día siguiente, que nos recordó Zorita. Interesante comprobar cómo Tebar transmitió este sentimiento alegre, festivo y hasta humorístico a una OSPA con «músculo», nuevamente bien empastada en todas las secciones, destacando, de los cuatro números enlazados, las trompas, maderas y timbales en la entonces popular canción estudiantil “Wir hatten eb gebaut” (Construimos una gran casa), y apuntando el excelente trabajo de agógicas jugando con los tempi y los matices desde un balance marcado con la claridad y expresividad del director valenciano.

Citando de nuevo a mi admirado colega Ramón Avello, de la siguiente obra que además de ser estreno por la OSPA y también para Tebar, que mostraría su minucioso estudio previo aunque esta vez sin batuta y casi «operístico» por lo que represente «El grito de Anubis», nos cuenta:

«Harrison Birtwistle (1934-2022) fue un renombrado compositor inglés. Trabajó como director musical del Teatro Nacional de Londres y fue profesor de composición en el Henry Purcell King’s College. Es autor de un amplio catálogo en el que destaca la ópera Minotauro, estrenada en la Royal Opera House en 2008.

The cry of Anubis, El grito de Anubis, (1995), está a caballo entre el concierto para tuba y orquesta y el poema sinfónico. La tuba personifica a Anubis, el dios egipcio de la muerte y la vida después de la muerte, representado con cuerpo de hombre y cabeza de chacal. La obra, de marcado carácter ritual, simboliza un cortejo fúnebre, en el que se contraponen la tuba frente a una sonoridad muy individualizada de los instrumentos de la orquesta. La yuxtaposición de bloques sonoros, el uso de recurrentes obstinados melódicos y rítmicos y un sentimiento ritual, son cualidades de una obra evocativa del mundo de las sombras y la muerte».

Aunque Sir Harrison Birtwistle esté muy consolidado en su país, fue relativamente desconocido para el público general hasta mediados de la década de 1990, cuando algunos acontecimientos ampliaron su perfil ante el público general, especialmente en la última noche de los PROMS de 1995 donde su obra concertante para saxofón (Panic ) generó la incomprensión entre muchos espectadores pero mucha publicidad y el reconocimiento mundial de este «enfant trerrible». El maestro Tebar nos comentó que el estilo del británico está cercano al expresionismo operístico de Berg o Schonberg con una producción teatral que busca libretos ambientados en las mitologías antiguas y modernas, y que The cry of Anubis es casi como una suite donde elige distintos números de su ópera La segunda señora Kong (1994) enlazados donde el personaje del dios egipcio lo canta un bajo-barítono tan cercano en tesitura a la tuba: exigente, difícil, lleno de efectos más allá de melodías reconocibles pero que David Moen, principal de la OSPA casi desde sus inicios, hizo cantar enriqueciendo con la tímbrica tan especial del instrumento al personaje, vistiéndolo de rituales instrumentales paralelos a los del libreto, gritos, quejidos, llantos, siempre muy mimado por una orquesta que las manos del valenciano fueron llevando por los distintos giros estilísticos del compositor británico. Se agradece dar a los primeros atriles conciertos de solista donde dejar constancia de la calidad, virtuosismo y buen hacer de estos músicos no siempre apreciados por el gran público.

Comentar que el tubista estadounidense, pero plenamente asturiano, interpretó las tres obras del programa aunque para «su grito» le ubicaron en una plataforma cercana a su posición orquestal, siendo enormemente aplaudido tanto por sus compañeros como por un público que parece ir acercándose a repertorios de nuestro tiempo sin toser.

De la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» me ha tocado incluso redactar unas notas al programa para la Filarmónica de Gijón y es probablemente una de las obras orquestales más populares e interpretadas. Ramón Tébar la habrá dirigido en incontables ocasiones pero nos abrió la mente para comentar que probablemente se la haya «europeizado» cuando Dvořák lo que buscó fue inspiración en las músicas que escuchó en la entonces «tierra de las oportunidades», cantos de los indígenas, de los esclavos  afrocubanos y tanta inspiración para una música europea llevada al Nuevo Mundo, por lo que su visión de esta enormidad sinfónica apostaba, pese a cierta incredulidad, por fraseos más cercanos a lo que el bohemio escuchó durante su estancia en los EEUU, y que con los años, el trabajo, las lecturas y la experiencia, siempre se encuentran elementos que poder seguir descubriendo. Zorita aún conserva las grabaciones en DECCA con Antal Dorati como una de las que le marcaron, mientras personalmente lo fue Karajan y «Los Berliner», pero Tebar y la OSPA han hecho su versión.

La interpretación fue luminosa, jugando con los acentos, los fraseos, trabajando muchísimo cada matiz, un viaje casi en coche descapotable donde pisar el acelerador o reducir, cambiar de marcha para recrearse en el paisaje que Dvořák contempló. Interesante ir escuchando los distintos y recurrentes temas que el checo va colocando en los distintos movimientos con instrumentaciones variadas, contestaciones precisas dentro de la globalidad para mantener una sonoridad compacta, disfrutando de los primeros atriles, con un cuarteto de cuerda camerístico, una madera inspirada, unos metales broncíneos, más los timbales con la percusión coloreando cada intervención en cuatro movimientos donde el final del primero levantó aplausos extemporáneos aunque expontáneos, el Largo fue sublime y cantado cual «espiritual» más ese fogoso final que me sigue emocionando más allá del regalo de cumpleaños.

Aplaudir cada nueva escucha y apostar por estos acercamientos ricos, siempre distintos sin perdernos nada de lo escrito pero haciendo florecer colores no siempre apreciables que el director saca a la luz.

PROGRAMA

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura para un Festival Académico, op. 80

HARRISON BIRTWISTLE (1934 – 2022 ):

The cry of Anubis *

ANTONIN DVORAK (1841-1904):

Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo»:

I. Adagio – Allegro molto / II. Largo / III. Molto vivace / IV. Allegro con fuoco

* Estreno OSPA

Impacto ruso

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Viernes 16 de enero, 20:00 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Abono 5, LA ORILLA RUSA: OSPA, Federico Colli (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Rachmaninov y Shostakóvich.

El solista previsto inicialmente, Behzod Abduraimov, no pudo participar en este concierto por motivos médicos, siendo sustituido por el italiano Federico Colli en el siempre complicado y exigente “tercero” de Rachmaninov, y agradeciendo su disponibilidad para incorporarse a este quinto de abono con dos miradas muy distintas del universo musical ruso. Un concierto para disfrutar de la música del siglo XX con dos compositores que sufrieron en carne propia los avatares de una Unión Soviética que sigue siendo patria de grandes músicos, bien «presentados» por el maestro Coelho en el encuentro previo en compañía de Fernando Zorita, y que nos hablaría igualmente del segundo al inicio de la segunda parte.

Con una entrada mejor que en los últimos abonos, este primero del año volvió a confirmar el dicho de que «no hay quinto malo» y no en el sentido taurino sino por la solvencia, magnitud e impacto tanto musical como emocional con dos rusos cercanos en el tiempo pero tan distintos, que el titular portugués al frente de una OSPA verdaderamente entregada y cómoda pese a la complejidad, mostraron lo mejor de la orquesta asturiana que va siendo hora de exportar su calidad y hacerlo saber a los cuatro vientos, pues si el día anterior hubo una entrada a rebosar con una solista de fama mundial y una formación con historia, esta vuelta vacacional nos ha traído a la orquesta reforzada y vitalista, con un pianista impresionante como el italiano Federico Colli que sacó del Steinway© del auditorio más riqueza que la china, sumándole una sinfónica poderosa, sutil, segura, con primeros atriles magníficos, todas las secciones impecables y un concertino invitado como Pablo Suárez Calero al que tendríamos que fichar urgentemente porque necesitamos un «segundo de a bordo» como agua de mayo.

La vida de Rachaminov es para conocerla a fondo, incluso leí alguna vez que le apodaron como «el Chopin de Broadway» durante su estancia en Nueva York, al ser el último romántico tanto por sus composiciones, como virtuoso del piano, lleno de altibajos emocionales de los que siempre le costaba salir, y tras el éxito de su segundo concierto para piano (archiconocido y utilizado en muchas películas), el tercero de proporciones mucho mayores así como una factura pianística especialmente cargada, le hace uno de los «más peligrosos» del repertorio y un verdadero «concierto para elefantes» (el propio compositor utilizó esta expresión tras escuchar al pianista Vladimir Horowitz interpretar la obra de manera magistral, y según Horowitz, el compositor dijo: «¡Yo la escribí para elefantes!» (en ruso, refiriéndose a que es una obra para «pesos pesados» o grandes virtuosos, no necesariamente por torpeza, sino por la gran fuerza y magnitud que requiere). Escrito en el verano de 1909 en su primera gira por los EEUU, y contemporáneo de La Isla de los Muertos, se estrenó con el propio compositor al piano el 28 de noviembre de 1909 bajo la dirección de Walter Dammrosch, pero no alcanzó tanta fama (Mahler por su parte sí comprendió la magnitud de este tercero que dirigió en la premiere con la Filarmónica de Nueva York tal día como hoy hace 116 años) también con el compositor de solista). Personalmente me gusta más que el segundo y este tercero también tiene en la película «Shine» (1996) su propia intrahistoria basada en la vida del australiano David Helfgott (19 de mayo de 1947), un niño prodigio redescubierto muchos años después.

Alberto Martín Entrialgo en las notas al programa escribe: «Según cuenta el New York Herald, aunque el público pretendía que Rachmaninov ofreciera algunos bises, éste se negó haciendo gestos con las manos sugiriendo que, debido a la dificultad del concierto, sus dedos no se lo permitirían. El periódico The Sun, sin embargo, criticó la larga duración del concierto y la falta de contraste armónico y rítmico. La obra sigue el esquema tradicional del concierto en tres movimientos: rápido-lento-rápido». Nuno Coelho ya nos avanzó cómo debía subrayar y «sacar a flote» lo importante dentro de la masa orquestal, además de la necesaria concertación con el solista, y doy fe que la interpretación resultó impactante.

En el Allegro ma non tanto el primer tema, de engañosa sencillez, fue jugando entre la brillante ornamentación mientras el segundo con la orquesta fue de un lirismo que intensificó el pianista italiano, de dedos prodigiosos, sonido limpio y musicalidad a raudales. Los amplios reguladores entre orquesta y solista, perfectamente marcados desde el podio, fueron ejecutados con delicada grandeza, con una primera cadenza para saborear melódica y rítmicamente bien contestada tras la posterior entrada orquestal y una coda casi vaporosa. El  Intermezzo tiene la magia y la firma inconfundible del ruso, juego de texturas orquestales bien «sacadas a la luz» por el director portuense y delicadas por el italiano en el piano antes del «tumulto» que se encadena con el Finale poderoso y rítmico, unos agudos del piano cristalinos, el regreso de los dos temas del Allegro inicial, vitales y virtuosos por parte de Colli con una concertación siempre respetuosa con él en la batuta y el balance perfecto de una OSPA sin tacha, con algunos «cambios» en los principales de plantilla perfectamente asumidos por los coprincipales.

La emoción tras el «tercero» de lágrimas contenidas, nos dejó la propina con el permiso para derramarlas en la versión del propio Federico Colli del «Lascia ch’io pianga» (Händel): íntima, interiorizada y logrando un sepulcral silencio de nuevo con una sonoridad única en el Steinway© ovetense que pareció otro.

Hace tiempo que comento lo bien que le sientan a nuestra OSPA los rusos, y si la primera parte lo confirmó, Shostakovich es otro reto para toda sinfónica, y es que el enorme trabajo del titular portugués saca de «su orquesta» lo mejor de ella, pues se nota que hay mucho estudio en cada partitura que coloca en el atril, y la última sinfonía del ruso demostró el excelente estado de salud de una orquesta que brilló de principio a fin, compacta, matizada, brillante, segura, disfrutando y contagiando tanto talento sobre el papel que toma forma en el irrepetible directo. De mi particular discografía no quiero dejar de reflejar la integral de Haintink con la LPO (más otra con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en una de las colecciones editadas hace años por Salvat).

La Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 (1971) es un verdadero testamento del ruso en su larga enfermedad de sus últimos años. Estrenada el 8 de enero de 1972 en la Gran Sala de la Universidad de Moscú, interpretada por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por su hijo Maxim Shostakovich, es una obra que nunca se desentraña pese al estudio riguroso y la abundante literatura especializada sobre ella, y así nos lo contó primero, y la hizo sonar después, Nuno Coelho: dudas y preguntas sin respuesta porque cada uno de los cuatro movimientos esconde muchos enigmas, no siempre reconocibles por mucho que se investigue. Parece que en conjunto la idea del «camarada Dmitri» es una evocación de la propia vida donde no faltan pasajes meditativos y guiños al pasado, citas al Guillermo Tell rossinano o la maldición del Tristán wagneriano, también autocitas (Sinfonía Leningrado) y hasta el «prohibido» dodecafonismo del régimen perfectamente «escondido» en distintos momentos. En la web de la Filarmónica de Los Ángeles siempre encuentro referencias interesantes, y de esta despedida sinfónica de Shostakovich apunta en la misma dirección que nuestro maestro portugués:

«De todos los compositores del siglo XX, de ninguno es más cierto decir que cuanto más sabemos, menos conocemos. Hemos aprendido mucho sobre Shostakovich desde su muerte en 1975, gracias a los recuerdos de sus amigos, a las cartas y documentos, a su ahora desacreditada autobiografía Testimonio, y a nuestro conocimiento más profundo de la vida en la Unión Soviética. Lo que queda claro es que para cualquier artista bajo el régimen de Stalin la habilidad más preciada era la de disimular. Para Shostakovich, que era extraordinariamente tímido y odiaba aparecer en público, se convirtió en una segunda naturaleza guardar sus pensamientos para sí mismo, jugar sus cartas con la mayor circunspección, mentir cuando era necesario y elegir sus amigos con cuidado. Un compositor en tales circunstancias tiene la bendición de su propia música, que puede expresar exactamente lo que quiere sin tener que explicar su significado a nadie. ¿Quién puede decir de qué trata su música? ¿Cómo podemos saber que las pistas y explicaciones que el compositor dio son la verdad? Al igual que Beethoven, Shostakovich tenía un dominio tan supremo de su oficio que podía hacer creer a su público un mensaje y luego (quizás) entregar otro diferente. ¿O tal vez el mismo?»

La orquestación de esta última sinfonía es inmensa, con una cuerda abundante (14-12-10-9-6) para la ocasión, maderas a dos (con piccolo, flautas, oboes, clarinetes, fagotes), metales (4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones y tuba), timbales junto a una amplísima percusión (bombo, platillos, glockenspiel, caja, redoblante, tam-tam, triángulo, vibráfono, látigo, temple block, xilófono…), más celesta, un verdadero trabajo impagable de toda la sección (me encantó ver a Miguel Pérez Rivero que forma parte del Ateneo Musical de Mieres), pero con pocos momentos de tutti, donde destaca el tratamiento casi camerístico de las distintas secciones para poder degustar la calidad de todos los primeros atriles y el control dinámico ejercido por un Coelho que supo dónde «apretar», esperando lo tengamos más allá de 2027.

La decimoquinta sinfonía arranca con un Allegretto de reminiscencias de infancia y juguetes con un flautín penetrante y unas trompetas marciales con la melodía de Rossini más el primer protagonismo del concertino invitado, mezcla de optimismo y frescura que adornaría este primer movimiento con unas maderas perfectas. El Adagio resultó coral por unos metales que yo suelo calificar de «orgánicos» ante la sonoridad compacta cercana al órgano romántico, y sombrío por el guiño wagneriano, pero destacando el solo de violonchelo impactante por su hondura y sonoridad desde la escritura dodecafónica más la respuesta del trombón sedoso con el acompañamiento de una tuba alcanzando un empaste ideal. Igual de impecable la participación de la celesta búlgara, el contrabajo y el vibráfono demostrando la calidad de nuestros solistas (tanto de plantilla como los refuerzos), antes del choque de acordes de metales y timbales junto a unos fagotes que enlazaron con el  Allegretto. Apareció el toque irónico de Dmitri con una intervención emotiva del clarinete y unos staccati que Coelho remarcó para sacar a la luz la economía casi camerística de este testamento sinfónico y vital de Shostakovich.

Aún quedaba el larguísimo  Adagio final donde resuena «la maldición» wagneriana en unos metales con sordina nuevamente bien empastados y tímbrica perfecta. Los violines atacaron el Allegretto cantarines, incluso populares aunque no sepamos desentrañar el hermetismo, pero los matices, llevados a los extremos sin buscar el efectismo, demostraron la sintonía entre orquesta y podio respondiendo a cada gesto, a una batuta siempre precisa y la mano izquierda mandando. La «firma» de Shostakovich son esos ascensos vertiginosos a las tres « y un rápido decrescendo que nos hace sentir cual montaña rusa sinfónica. Los arabescos de la celesta o la maravillosa flauta con una cuerda tenida haciendo de colchón sonoro, nos llevaron a esa ‘última duda’ con las notas LA y MI etéreas sin concretar hasta que aparece el DO sostenido en la percusión que resuelve la tonalidad de la sinfonía con esa serenidad casi infantil del inicio, y un Coelho manteniendo los brazos en alto junto a los músicos «congelados» desde la magia del largo silencio final, antes de la merecida y calurosa ovación de un público tan emocionado como los propios intérpretes en otra noche para el recuerdo.

PROGRAMA:

SERGUÉI RACHMANINOV (1873 – 1943);

Concierto para piano nº 3 en re menor, op. 30 (1909):

I. Allegro ma non tanto – II. Intermezzo – III. Finale

DMITRI SHOSTAKÓVICH (1906 – 1975):

Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 ( 1971):

I. Allegretto
II. Adagio
III. Allegretto
IV. Adagio – Allegretto

PD: a la memoria de V. Atapin

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si me permiten este trato epistolario:

Como todavía queda algo de inocencia (será por los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes cada vez lo llevo peor y no solo por esta tendencia mía a La República) es seguir pasando hojas del calendario aunque la gripe y el «bicho» del Covid n quieren abandonarnos.

Musicalmente, y a la vista de cómo está el mundo lleno de odio, guerras, genocidios y las tristes circunstancias de las que parecemos no aprender, solo pido mantener toda la música posible, a ser posible en PAZ, aunque sé que la salud es el mejor regalo en estos tiempos.

Sin necesidad de aniversarios (que en 2026 hay muchos para celebrar), como todo los años, que son como mi Scalextric, pido poder escuchar en mi tierra la Octava Sinfonía «De los Mil»  de Mahler con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, y la de la Fundación Filarmónica de Oviedo recién nacida tras la «degollada» Universitaria), coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y chicos de hierro, jóvenes pétreos y peques, igual que el de la Fundación Princesa, la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y también alguna escolanía -la Escolanía de Covadonga -la han «desaparecido»- como la luchadora heredera de San Salvador… que sigue recordando a Don Alfredo), junto a solistas de los que tenemos un montón y ¡de primera! en nuestra querida Asturias y de todas las tesituras: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Lola Casariego, María Heres, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa). Sería lo más deseado de mi lista… Para todos ellos siempre les pido a ustedes mucho trabajo, pues los éxitos llegan con el esfuerzo y eso no les falta nunca.
Eso sí, mantengo mi ilusión de contar con Pablo González como director de un acontecimiento que saben me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… y mi tocayu ya dirigiese en Barcelona cuando estuvo de titular, ya que se ha despedido de la OCRTVE, agradeciéndoles que le dieron una orquesta en Tenerife y continúa siendo invitado en las de medio mundo. Ya por redondear este paquete, podrían traernos un concertino para la OSPA, pues llevamos huérfanos y necesitados desde la jubilación de nuestro querido Sasha. Darles las gracias porque nos han traído a un nuevo gerente.
Con la ilusión infantil de este día tampoco quiero olvidarme de pedirles mucho trabajo para Forma Antiqva, esperando les llegue un Grammy clásico (que llevan años mereciéndolo), sobre todo a los tres hermanos Zapico que pese a todo, siguen «a tope» haciendo historia volando desde casa, actuando solos, en otros ensembles, y especialmente en «su formación», así como pedir que sigan grabando nuevos discos, juntos o por separado, pues siempre son el mejor regalo.
También quiero recordar a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes en Madrid a la cabeza de los también docentes como Mario Bernardo o Noelia Rodiles, a Martín García o Henar F. Clavel que siguen creciendo en todos los sentidos, sin olvidarme de mis admirados Diego Fernández Magdaleno, Judith Jáuregui o mi querida venezolana Gabriela Montero, a quienes les vendrá bien seguir trabajando mucho en este recién estrenado 2026.
Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Jorge Muñiz junto a las de la joven e inconmensurable pareja Guillermo Martínez (que este pasado año sigue igual de fructíferoy Gabriel Ordás (que sigue en USA con sus estudios y componiendo nuevas obras), pues siguen estando de lo más inspirados, regalándonos muchos estrenos tal como les había pedido en mi carta del 2025. Gracias señorías…
Y por mantener la ilusión, aunque como decía mi madre «parece que te hizo la boca un fraile» (?), continúo reclamando a los llamados «gestores culturales» les den mucho más trabajo a los de casa, no por patrioterismo o «aldeanismo» barato sino por la calidad contrastada, incluso que varíen de agencias de contratación… saben de sobra que la Cultura ha demostrado resultar la mejor inversión en tiempos difíciles.
De mis violinistas favoritos, que se van haciendo mayores, siguen trabajando. Gracias por traernos desde Bélgica a Valencia a Don Ignacio Rodríguez, y a María Ovín que continúa en la OSPA con el mejor regalo de su reciente maternidad. Que sigan creciendo como personas y artistas, deseándoles que continúen sus éxitos.
Para mi adorada Beatriz Díaz siempre les escribo otra carta porque se merece todo lo que le traigan en este 2026 con mucho más. Además de darle de nuevo las gracias a la asturiana, felicitarla por un repertorio que sigue creciendo aunque no tanto su agenda. Al menos ha estrenado la ópera Faycán, y retornará a nuestro Campoamor con Maharajá, que nos enamoró en 2017. Sigo pidiendo la lleven al Teatro Real de Madrid o al Liceu barcelonés. En Tokio o Brasil ya ha triunfado, en Italia «la piccolina» ya es casi suya, y continúa teniendo fechas por Europa, pero recordándoles que en Londres, Viena o Nueva York aún no se han enterado cómo canta, y Vds. lo saben por ser Magos… la magia de la soprano allerana es tan única como la suya y debemos compartirla. Para la ópera necesitaría otra carta de adulto, pero haciendo caso a mi mamá, que creo está con ustedes, vale ya de pedir… al menos mantenerla en Asturias apostando por títulos nuevos sin olvidarnos de los «top» y seguir dando oportunidades a nuevas voces y públicos.
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir otra misiva más detallada para tantos como tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS). Al menos me consta que los envíos llegan a destino y se agradecen, incluso con emoticonos que ya son universales (🚜💩💩💩💩💩💩💩🐄).
Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalásteis su presidencia en junio de 2018 y ahí seguimos, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2025, esperando ver crecer más su Banda Sinfónica y en un nuevo año acertemos con los dos directores que además «son de casa». Poder mantener el mismo nivel tras casi ocho años sin parar, con ganas de seguir con nuestros «13 Reyes 2.0» que tantas alegrías nos lleva dando junto a los «Toroyos hermanos», y llevando su música, además del nombre de nuestra «Hermosa Villa» lo más lejos posible con una calidad y programas que son la envidia de muchos. Salud es lo importante porque ganas e ilusión no nos faltan.
A propósito, de la música en la educación, tras cuatro cursos fuera de ella, ya ni les pido como el chiste «me quede como estoy» pues sigo comprobando que lo que hay que mejorar son los políticos, y eso no lo arregla ni un milagro. Ya está aquí la generación de ignorantes digitales y adictos al móvil, aunque mantengo la esperanza (es lo último que se pierde) de alcanzar un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia que intenta reescribir la historia a base de tantos eufemismos.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan) utilizando el transporte que tengan (saben de sobra que los carburantes son más caros que el pienso y los eléctricos no tienen autonomía suficiente para un viaje tan largo)… El regalo del ascenso de «el mi Oviedín» ha sido lo mejor del año pasado tras 24 años esperando con mi papá que seguro saltó de alegría con ustedes. Que sigan llenándonos de esperanza e ilusiones todos los días de este 2026.
Y como siempre, que no se me olvide

¡Hala Oviedo!

Pablito, 12 años

Un Rigoletto pasado por agua

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Domingo 14 de diciembre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Rigoletto». Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 15 de diciembre, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínez más alguna propia)

Cuarto título de la LXXVIII Temporada (para cerrar 2025 antes de la «Carmen» que la clausurará ya en 2026) de este clásico como es el «Rigoletto» considerado popular dentro de la “trilogía verdiana” que regresaba al Teatro Campoamor tras el de 2016-2017, con lluviosos aires asturianos y un trío protagonista que cojeó por donde menos esperábamos, aunque los aficionados de esta segunda función aplaudieron la trigésimo segunda vez que se escuchaba esta ópera, contando además con el mismo Duque de la última.

Si en la primera función del pasado viernes hubo tormenta y pateos, al menos este segunda de domingo quedó en un chaparrón sin escándalos, y con padre e hija (Petti y Nowakowski) triunfando sobre Il Duca Albelo que no lució como hubiéramos deseado tras las más de 250 representaciones sumadas con este personaje que, para quienes ya peinamos canas, seguiremos asociándolo a Don Alfredo Kraus desde aquel septiembre de 1981 que perdurará para siempre en nuestra memoria.

El diseño de Ricardo Sánchez Cuerda con la escena de la ovetense Susana Gómez son un reciclaje, pues no están los presupuestos para dilapidarlos, aunque si se prefiere es un ‘regreso al proyecto iniciado con el «Hamlet» de 2022’, como así lo presenta la asturiana en el libreto de este título, que además titula “Sigue la tormenta” para disipar cualquier duda. Dos facetas (El Duque de Mantua actual y el Príncipe danés de entonces) con “un proyecto conceptual único en el que se muestra la realidad de un hombre que, al querer tomar la justicia por su mano, termina devorado por la máscara que construye para restituir el orden justo”, máscara de la deformidad de la que el protagonista se despoja varias veces sin apenas cojear, y donde el inocente acaba siendo víctima de sus intentos de reparación de los desajustes sociales, por otra parte muy actual siglo y medio después del estreno en La Fenice veneciana.

Reconozco que el tratamiento escenográfico sigue resultando eficaz aunque algo incorrecto, con mínimos cambios, caso del vídeo de Rubén Ráyen como teatro de sombras inicial junto a las nebulosas tras el telón, o la figura inquietante que se repetiría como evocación de la amenaza del Conde de Monterone, principio y fin del drama. Pero el efecto de la lluvia (supongo nada cómoda para Rigoletto y Gilda) al rebotar en el plástico produce un ruido que según comentó  el público de la primera función, fue aún mayor por la sonora tromba de agua -casi tanto como los abucheos- que este domingo “cerraron el grifo” antes para evitar males mayores, o al menos no calarse hasta los tuétanos. Y tampoco se utilizó el efecto de recoger en la trampilla del suelo las telas finales que conforman la casa de Los Monterone, sí usada para el rapto de la protagonista con su padre engañado.

Sobre el resto de la escena, los cuadros de los tres actos resultaron más abstractos y con espacios sin perfilar (mejor imaginárselos conociendo el original de Victor Hugo), salvo la casa transparente de Rigoletto, utilizando los planos inclinados que siempre suponen tensión tanto para la acción como para el canto, destacando las luces de Félix Garma, relámpagos incluidos, o los truenos fuera de escena (como la banda interna).

No me gustó nada el vestuario de Gabriela Salaverri que pese a los distintos colores, muy terrosos, mezcla pelucas dieciochescas con trajes de diseño (?), o una orgía sin mujeres, claro que escribe Susana que no hay lugar para ellas, pues “están escondidas (…) en un mundo de hombres y en el que solo los hombres tienen un lugar. Las mujeres habitan en los márgenes (…)”, travistiendo cual Drag-Queens al personal masculino (el Coro Intermezzo siempre seguro y matizado además de coreografiado por Olimpia Oyonarte) en un entorno de brillos muy sesenteros con redondos sillones amarillos para la fiesta en el salón de baile inicial donde tampoco faltarían los abanicos.

Y si la escena no gusta, siempre nos queda la opción de cerrar los ojos y escuchar la música de Verdi que llena y realza todo argumento. El maestro carbayón Oliver Díaz es ya un consumado director que conoce muy bien el foso para ayudar siempre a los cantantes, y esta vez volvió a demostrarlo al frente de la OSPA que volvió a dejarnos una sonoridad compacta, de altura y calidad ya desde la obertura, con primeros atriles que sonaron como alter ego de los protagonistas, desde el oboe al chelo en los momentos más destacables de esta ópera.

Si Gilda es el eslabón más frágil de una cadena perversa donde se suceden traiciones, engaños y fechorías, Alexandra Nowakowski, soprano estadounidense de origen polaco, supuso el mejor nexo y engarce para los otros dos (el tinerfeño Celso Albelo y el salernitano Ernesto Petti), brillando desde su primera aparición. Su textura de lírico-ligera con un color vocal sugerente, cálida pero también carnosa, siempre bien afinada y de fiato impresionante con matices extremos, con una afinación impoluta junto a una proyección que llenaba todo el teatro, así como un excelente empaste en los dúos sin olvidarme del cuarteto “Bella figlia della’amore” junto a Rigoletto ubicados en el lado opuesto y “ganando” en presencia vocal a Il Duca y Maddalena, resultó la auténtica triunfadora de la tarde-noche. Cada intervención iría aumentando su entrega, desde el dúo “Tutte le feste al tempio” hasta la esperada y famosa aria  “Caro nome” sensible, tan arrebatadora como los aplausos del público, virtuosismo vocal donde mostrar el dominio de todos los recursos técnicos que lo fueron hasta su agonía final en brazos de su padre con una dramaturgia que creció como su personaje, un verdadero disfrute escénico vocal y actoral.

No se quedó atrás Ernesto Petti en un Rigoletto a tener en cuenta. De amplio registro y enorme expresividad, despojándose de su joroba en los momentos donde reflejar su verdadera personalidad encerrada en el bufón, pero sin la cojera que pareció evitar para lograr el mayor equilibrio, en el amplio sentido de la expresión. Si se me permite el juego de palabras, cargó sobre sus espaldas toda la dramaturgia de la obra, desde las escenas de potencia y volumen hasta los más delicados y expresivos. Sus arias de barítono dramático “Cortigiani, vil raza dannata” maldiciendo a quienes deshonran a su hija, “Piangi, piangi, fanciulla” y el desesperado “Si, vendetta, tremenda vendetta” junto a Gilda (donde juran venganza contra el Duque) estuvieron llenas de intensidad y patetismo, siendo de lo más aplaudido y dejándonos un gran sabor de boca.

Celso Albelo debutó su Duca precisamente en Oviedo, y no ha parado de llevarlo por medio mundo, pero este frío domingo no se le notó cómodo pese al dominio del personaje que ya ha interiorizado. Tampoco brilló su timbre que parecía “tomado” ya desde su primer aria “Questa o quella” donde me pareció cansado vocalmente, cortando las frases, respirando donde no suele, con unos piani nunca bien delineados y forzando unos agudos, que sí dio pero al límite de volumen. Por momentos me sonó incluso “calante” como en “La donna è mobile” evidenciando la cojera del trío protagonista, aunque el público asturiano le quiere y perdona estos detalles, pero personalmente me llevé una decepción con el tenor tinerfeño.

Queda comentar al resto del elenco con algunas voces debutantes que indico en la ficha técnica. El bajo trevisano Roberto Scandiuzzi encarnó un Sparafucile consistente por la profundidad y rotundidad de su voz, aportando el carácter que corresponde a su personaje. La mezzo crevillentina Sandra Ferrández mantiene un timbre central redondo y sigue demostrando sus cualidades de actriz, donde los “hermanos” conformaron un excelente dúo junto al buen empaste y química mostrada por Maddalena con El Duque.

De los barítonos, breve y no muy afortunado estuvo el veronés Gianfranco Montresor como El conde de Monterone, algo tapado por la orquesta y forzando los agudos; el venezolano Ángel Simón como Conde de Ceprano y ujier sigue creciendo escénicamente gracias a un buen nivel vocal; mientras el Marullo del ferrolano Gabriel Alonso no lució como de él esperaba, mostrando un color poco adecuado y unos agudos “apretados”.

Para finalizar me queda citar al tenor murciano Francisco Cruz que mostró sus facultades vocales en un Matteo Borsa presente y suficiente, a la soprano berciana Nerea González dotada de una voz interesante con buenos agudos y defendiendo sus breves papeles de La condesa de Ceprano y Giovanna. Por último me encanta comprobar cómo hay cantera lírica en Asturias, y así la joven soprano gijonesa Teresa de Albéniz debutaba con el partiquino del paje, tras su rodaje en la compañía musical infantil, y residente en la ópera ovetense “La Federica”. Segura sobre las tablas, con maestras de quienes seguir creciendo y donde mirarse, el próximo mes de enero interpretará la adaptación de «Carmen» paralela a la que cierra temporada.

Como dice el refranero “Después de la tormenta viene la calma”, tras un período difícil o de adversidad, siempre llega un momento de paz y tranquilidad, ofreciendo esperanza y optimismo para superar los problemas, un mensaje de resiliencia que sugiere cómo las dificultades son temporales y la calma es inevitable, a menudo fortaleciéndonos en el proceso. En tiempos convulsos la música es la mejor terapia y aprovecho para desear todo lo mejor en el año venidero.

FICHA:

Domingo 14 de diciembre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Rigoletto», melodrama en tres actos, con libreto Francesco Maria Piave, basado en la obra de teatro “Le Roi s’amuse”  (1832) de Victor Hugo. Estrenado en el  Teatro de La Fenice de Venecia, el 11 de marzo de 1851. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Óliver Díaz – Dirección de escena: Susana Gómez – Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Félix Garma – Vídeo: Rubén Ráyen – Dirección del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El Duque de Mantua: Celso Albelo (tenor) – Rigoletto: Ernesto Petti (barítono) – Gilda: Alexandra Nowakowski (soprano) – Sparafucile: Roberto Scandiuzzi (bajo) – Maddalena: Sandra Ferrández (mezzosoprano) – El Conde de Monterone: Gianfranco Montresor (barítono) – Marullo: Gabriel Alonso (barítono)* – Matteo Borsa: Francisco Cruz (tenor)* – El conde de Ceprano / Ujier: Ángel Simón (barítono) – La condesa de Ceprano / Giovanna: Nerea González (soprano)* – Paje: Teresa Rodríguez García de Albéniz (soprano)*.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Banda interna (Banda de Música Ciudad de Oviedo)

* Debutante en la Ópera de Oviedo

El dolor que genera belleza

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Crítica para LNE del domingo 23 NO PUBLICADA con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Cuarto y último abono de la OSPA este año 2025, pues se incorporara al “Rigoletto” de la temporada de ópera ovetense. El habitual encuentro previo de las 19:15 h., tuvo de protagonista al maestro titular que volvía al podio, acompañado por Fernando Zorita, preámbulo que, lejos de ser un simple calentamiento, ayudó a contextualizar un cuarto concierto marcado por el frío invernal exterior y por un público escaso que comienza a ser preocupante. Quizá por ello resultó todavía más revelador comprobar cómo dos obras poco frecuentes en los programas sinfónicos, lograron elevar la temperatura emocional de la sala, ambas atravesadas por un ideario musical que encaja de lleno en estos tiempos convulsos: música que denuncia, pero que también reconcilia; música que incide en la herida, pero que a la vez ofrece un bálsamo. Dos páginas sinfónicas que, pese a pertenecer a universos distintos, dialogan entre sí desde la tensión entre destrucción y esperanza: la madurez amarga del francés Arthur Honegger y la fogosa juventud del alemán Richard Strauss.

Honegger y la liturgia del desgarro, su Sinfonía nº 3, “Liturgique”, H. 186, es una obra que nace como reflejo directo del trauma de la Segunda Guerra Mundial tras componer la nº 2 “para orquesta de cuerda y trompeta” (1940-41) -que esperamos poder escuchar también con el maestro Coelho en un futuro- y escrita entre enero de 1945 y abril de 1946 a petición de la Fundación Pro Helvetia estrenándose en Zürich el 17 de agosto y el 14 de noviembre de ese año en París. Miembro destacado del grupo de Les Six, vuelca aquí una visión profundamente existencial y espiritual, muy alejada del neoclasicismo jocoso que caracterizó a muchas obras del colectivo de cuyo estilo siempre discrepó. Se trata de una partitura de una lucidez casi brutal, construida en tres movimientos que adoptan como título versículos de la Missa pro defunctis, partitura que mantiene un lenguaje que une lo alemán y lo francés de este suizo nacido en Le Havre y afincado en París que nunca renunció a la nacionalidad de su padres: “La música francesa debe encontrar sus cualidades intrínsecas. el arte de Wagner y de Debussy nos lleva a la sobre valoración, los ritmos obsesivos del jazz y de la Sacre constituyen un mismo peligro de carácter hipnótico”.

El “Dies irae” inicial irrumpe con un estallido de violencia contenida. La OSPA desplegó aquí una sonoridad robusta, casi escultórica, sostenida por una plantilla generosa en el amplio sentido de la palabra, que permitió un retrato fiel del caos y de la ira que Honegger quiso dejar como testimonio. La precisión rítmica —clave para que este primer movimiento no se desborde en ruido— se mantuvo firme gracias al control del maestro Coelho, siempre atento a los planos y a la tensión interna, con un brillante coral de los trombones, el llamado por el compositor “canto del pájaro”, donde la música retorna a las profundidades de donde se había iniciado. En el “De profundis clamavi”, segundo movimiento, llegó el gran momento lírico de la velada. La orquesta encontró un equilibrio muy logrado entre densidad y transparencia, articulando un lamento que no cae en el patetismo sino que se abre a la esperanza. Fue especialmente admirable el empaste de las maderas, sostenido por una cuerda que, bajo el liderazgo de la concertino invitada Isabel Jiménez Montes, mostró cohesión además de un fraseo cálido y flexible. Coelho manejó con sensibilidad los crescendi, permitiendo que la emoción creciera orgánicamente. Contrastes entre dulzura y dureza, lo lírico alternando entre la cuerda y la madera, el tema que va aumentando su expresividad con los violines acompañados por las trompetas con sordina sin olvidarme de los acordes del piano en sus notas graves anunciando el principio del clímax, para culminar con la interpretación apasionada de las primeras frases del tema. El piccolo repite con una variación difícilmente reconocible el citado “tema del pájaro” como representación de la paloma de la paz volando sobre los escombros de las ciudades destruidas por la guerra, para terminar con una coda apacible aunque presentando un cierto carácter interrogativo. El cierre con un Andante, “Dona nobis pacem”, planteó la eterna pregunta por la posibilidad de la paz. Tras una marcha implacable, una humanidad miserable y agotada desfilando arrastrándose desesperadamente, y de atmósfera casi cinematográfica, la obra desemboca en un final que no ofrece respuestas fáciles, la visión de la paz eterna expresada por los arabescos de la flauta adornando el recurrente tema del pájaro. Es la visión de un mundo utópico dirigido por el amor y la fraternidad, un bello sueño cuyo título «danos la paz”, es la parte final del ordinario de la misa, escuchado con un silencio sepulcral. La OSPA resolvió este movimiento con una madurez tímbrica notable, destacando la claridad de los metales y la contundencia jamás excesiva de la percusión. El resultado fue un final que mantuvo la tensión sin renunciar a la luz final, esa que aparece tímidamente más como una promesa que como un triunfo. El programa detallado que Honegger escribe para esta obra se resume en la siguiente frase: “Quería simbolizar en esta obra la rebelión del hombre moderno contra el alud de barbarie, estupidez, sufrimiento, mecanización y burocracia que nos viene azotando últimamente”.

Si Honegger escribe desde la devastación contemporánea, el joven Richard Strauss recurre a Shakespeare para su primer poema sinfónico, “Macbeth”, op. 23, TrV 163 (1887–1889), el menos conocido e interpretado de Strauss, algo injusto pues se trata de una pieza profética en varios aspectos del compositor de ópera en el que Strauss se convertiría. Aquí el drama no describe la guerra moderna sino la ambición humana en su dimensión más corrosiva, un retrato musical de los protagonistas y su conflicto interior. La propia OSPA parece llevar en sus genes estos poemas, y este primero presenta ya muchas de sus señas de identidad: exuberancia orquestal, contrastes dramáticos súbitos y una escritura que exige una orquesta disciplinada pero también capaz de asumir riesgos expresivos, reflejo de la ambición, el poder y la tragedia.

Desde los primeros compases quedó claro que Strauss sienta bien a la OSPA. La orquesta asturiana afrontó las seis secciones de este poema sinfónico de atmósferas más que de personajes, aunque podamos reconocerlos por el clima tímbrico y melódico, con un sonido compacto y una evidente implicación. Coelho apostó por una lectura clara en su arquitectura, subrayando el carácter narrativo de la obra sin sacrificar la robustez sonora, que dirigirá la próxima semana a la Sinfónica de Tenerife. La tensión entre Macbeth y Lady Macbeth -dos ‘leitmotivs’ que Strauss entrelaza con habilidad creciente- estuvo bien marcada por el color instrumental, destacando el trabajo de las trompas y la cuerda grave: heroico y militar en re menor, y otro más frágil y vacilante frente a Lady Macbeth, que dibuja con líneas apasionadas en la cuerda y los vientos, de un lirismo tan seductor como ambiguo aunque parece predominar en esta narración. La ambición desbordada, el poder como fuerza destructiva y la sombra de la tragedia se plasmaron en un discurso musical fluido, de gran energía y sin excesos. El final, lejos de cualquier grandilocuencia superficial, dejó un regusto casi moralizante: el recordatorio de que todo ascenso basado en la violencia conduce inevitablemente al derrumbe.

El concierto confirmó el excelente momento de la orquesta. Compacta, disciplinada, generosa en matices, la OSPA exhibe una solidez que se está convirtiendo en signo distintivo de la etapa actual. El trabajo del maestro Coelho se percibe en cada sección: precisión rítmica, equilibrio tímbrico y una búsqueda constante de sentido musical más allá de la mera corrección técnica.

Si Jonathan Mallada escribía en el periódico LNE que se trata de “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”, la definición captura con exactitud el viaje emocional de una velada en la que el dolor generó belleza, y donde la música —una vez más— se alzó como herramienta de memoria, de resistencia y de consuelo.PROGRAMA:

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955)

Sinfonía nº 3, “Litúrgica”, H.186

I. Dies irae

II. De profundis clamavi

III. Dona nobis pacem

RICHARD STRAUSS (1864- 1949)

“Macbeth”, op. 23, TrV 163

Paz y tragedia

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Reseña rápida desde el teléfono para LNE del sábado 22 con el el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Otro viernes de abono con el ya habitual encuentro previo a las 19:15 h., esta vez junto al maestro titular y el violinista Fernando Zorita, donde preparar este cuarto concierto de poco público con frío invernal que nos traía para “calentar” dos obras muy poco habituales, con un ideario que pone banda sonora a estos tiempos tan convulsos, y donde la música es denuncia pero también bálsamo, dos páginas sinfónicas que aúnan la madurez del compositor suizo-francés abriendo, y la juventud del alemán cerrando.

La Sinfonía nº 3, “Litúrgica” de Honegger se organiza en tres movimientos con los respectivos versículos de la ‘Misa de difuntos’ que el miembro de Los Seis compuso tras finalizar la SGM y el posterior colapso (1945-46). Caos y barbarie iracunda bien retratada por una orquesta generosa en plantilla y dinámicas, después el segundo movimiento de lamento y esperanza, empaste ideal con el balance orquestal perfecto bien marcado por el maestro portugués, seguido del tercer movimiento que traería la paz final tras una marcha implacable hacia un destino indeciso donde disfrutar de una OSPA rica en matices, equilibrada en todas las secciones y la cuerda omnipresente comandada por Isabel Jiménez Montes, concertino invitada.

Shakespeare y sus tragedias han inspirado siempre grandes obras. Así “Macbeth” le sirve al joven R. Strauss para escribir su primer poema sinfónico (compuesto entre 1887 y 1889), un compositor que a nuestra OSPA siempre le ha sentado -y sonado- bien. Aquí la ambición destructora se refleja con seis secciones en un solo movimiento, plasmando cómo poder y ambición destruyen todo a su paso. Musicalmente resultó todo lo contrario: una edificante interpretación para la grandiosa instrumentación del muniqués, que siguió mostrando una orquesta compacta, disciplinada, generosa e implicada con el enorme trabajo que el maestro Coelho mantiene con generosidad y calidad en una OSPA madura y ensamblada sección por sección.

Como escribía ayer Jonathan Mallada, “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”.

Mozart entre dos B

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Le Carnaval, abono 3: OSPA, François Leleux (oboe y director). Obras de Berlioz, Mozart y Brahms. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con François Leleux -moderado por Fernando Zorita.

Otro viernes donde elegir entre la ópera del Campoamor o el tercer de abono de la OSPA, así que Vivaldi me esperará en la tercera función pero este Mozart entre Berlioz y Brahms no se podía perder, y menos contando con  François Leleux (Croix, 1971) quien ya en el encuentro previo contagió su vitalidad y ganas de compartir tanta sabiduría, pues sin dejar nunca el oboe, al que casi nació pegado, la dirección le abría puertas a los grandes sinfonistas que no siempre escribieron para el instrumento que le acompaña toda la vida. Bromeaba antes del concierto con su ocupación del 80% en la dirección y «el otro 60% al oboe, matemática francesa», pues como esta vez, alternaba sus dos facetas.

El doctor Israel López Estelche en sus notas al programa presentaba el concierto como que «(…) traza un itinerario sonoro a través de tres formas de entender la orquesta: timbre, melodía y construcción; como una fuente de color inagotable, como conversación o discurso elegante y como creación arquitectónico-sonora, donde resuenan los ecos del pasado» y si le sumamos que a Leleux en sus muchos años desde el atril le han dirigido todas las grandes batutas, haciendo varias veces mención especial al gran Lorin Maazel, las obras elegidas dejarían claras tanto su concepción orquestal como su vitalidad contagiosa donde lo que busca es «compartir» tanto entre los músicos como con el público, con quien alcanzó la química que le llevó a saludar en múltiples ocasiones con ovaciones atronadores y algún que otro «bravo».

Con una OSPA cada vez más compacta sección a sección, hoy contando con Pablo Suárez como concertino invitado (esperando tener, algún día no muy lejano, cubierta esa plaza vacante desde «tiempo inmemorial», tras la jubilación de Sasha), elegir la obertura de El carnaval romano de Berlioz serviría para disfrutar de los tres elementos apuntados por el musicólogo y compositor cántabro que Leleux llevó «al pie de la letra»: el timbre sinfónico, que el compositor francés siempre trabajó como excelente orquestador (que la convierte «en un centelleante carnaval lleno de gran variedad de timbres, ritmos y melodías contrastantes, en un acto de deslumbrante imaginación sonora» como lo describe López Estelche), las melodías, que el director, como Maaazel, buscan fraseos más largos y completos, más una construcción, rica en colores tanto en el trazo como en el grosor, contando con la plantilla perfecta y bien equilibrada por la batuta de Monsieur Leleux.

Y para Mozart la plantilla se reduciría en efectivos pero no en la calidad y buen hacer por parte de todos. En el encuentro previo François Leleux nos comentó que entiende este concierto para oboe del genio de Salzburgo, compuesto con 21 años ya sin las obligaciones con Colloredo) como una ópera, y así interpretó los tres movimientos (I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto) con fiatos increíbles, fraseos «maazelianos», matices muy ricos, tímbricas alcanzando sonoridades de lo más variadas, y cada una de las cadencias virtuosísticas pero rebosantes de una musicalidad propia, con esos guiños humorísticos de Wolferl en feliz compenetración, entendimiento y concertación con una OSPA quasi camerística que le arropó y se plegó a todas sus indicaciones. Excelente interpretación de este concierto que el maestro francés habrá perdido la cuenta de las veces que lo ha tocado con las mejores orquestas, y la asturiana ya puede presumir de encontrarse entre ellas.

No podía faltar una propina donde seguir disfrutando de la magia del oboe, nada menos que Gluck y la «Danza de los espíritus benditos» del Orfeo y Euridice en esta versión que sustituye la flauta por la lengüeta doble de un instrumento rico no ya en sonido sino en emociones compartidas con una «cámara» de violines, cellos y contrabajo.

Hay sinfonías que deben escucharse al menos una vez cada temporada, pues son básicas en el repertorio orquestal sirven para poner a prueba la ductilidad y el magisterio desde el podio. La «Primera» de Brahms está entre mis preferidas (este verano en Granada quedé con sabor agridulce) y su último movimiento es la música que sirve de aviso al inicio de cada parte, para llamar al silencio previo, esta vez con toda la orquesta ya ubicada (el director francés es de los que arranca sin apenas respirar para avisar) sonriendo ante lo que ellos mismos interpretarían a continuación.

François Leleux también comentó, antes del concierto, de su largo aprendizaje que una de las claves para alcanzar una buena interpretación orquestal es «encontrar el tempo cómodo para todos», y doy fe que lo logró, pues la OSPA este segundo viernes de noviembre no solo mantuvo «el tipo» en todos los múltiples cambios que esta sinfonía del hamburgués tiene, sino que además disfrutó con los elegidos por el maestro francés. Así, el contraste del Un poco sostenuto – Allegro jugó con una primera parte profunda, lúgubre y mayestática antes del cambio brillante de la segunda, con balances muy logrados entre las secciones, sabiendo desde el podio qué hacer resaltar dentro de este legado beethoveniano de un Brahms que masticó esta primera casi 20 años antes de finalizarla. El Andante sostenuto mostró de nuevo los tres elementos (timbre sinfónico, melodías y construcción) con una cuerda homogénea junto a los vientos empastados y brillando en «sus» momentos. Un poco allegretto e grazioso resultó literal, el tempo ideal con ese toque optimista, rico en dinámicas, trompas sedosas, maderas «gustándose» (el maestro las felicitaría al final, especialmente a sus «colegas»), fraseos jugosos antes de esa «montaña rusa» que es el IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio. Los pizzicati de la cuerda sonaron poderosos en todos los matices y aires impuestos por el director francés, los timbales mandaron, los metales volvieron a ser broncíneos y las maderas brillaron como siempre. El juego de tiempos encajado a la perfección y las dinámicas amplias para engrandecer este gran final sinfónico.

Al contrario que en Granada, de donde retomo mis palabras, pero en sentido positivo, el juego de tempi funcionó precisamente por el buen encaje entre las secciones, las maderas no necesitaron «huir de la quema», los metales empastaron y prosiguieron con una sonoridad que suelo llamar «orgánica», los timbales mandando y la cuerda siempre con la homogeneidad tímbrica y una musicalidad, además de entrega, en parte por un director que supo contagiar su vitalidad para compartir tanta buena música. Mi querido Don Arturo Reverter hubiera dicho que esta vez sí hubo «sustancia».

PROGRAMA

HECTOR BERLIOZ (1803 – 1869)

Le carnaval romain: obertura

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791)
Concierto para oboe en do mayor, K. 314

I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897)

Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68

I. Un poco sostenuto – Allegro
II. Andante sostenuto
III. Un poco allegretto e grazioso
IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio

P.D.: Crítica para LNE del domingo 16 de noviembre.

Bach, Mozart… y Sato

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Bach y Mozart, abono 2: OSPA, Shunske Sato (violín y director). Obras de Mozart, J. S. Bach y J. Ch. Bach. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con Shunske Sato -moderado por Fernando Zorita.

No hace falta entrar a contar lo que supusieron nombres como Herreweghe, Leonhardt, Koopman, Suzuki o Gardiner con formaciones que afinaban por debajo de los 440 Hz (o más) como en la época en la que se hacía aquellas músicas, con instrumentos recuperados o reconstruidos, de sonoridades tan distintas, más la libertad expresiva que llegaron a llamar «interpretación historicista» o «historicismo musical» (actualmente se describe como «interpretación históricamente informada«), pues se dejaba atrás la grandiosidad romántica para volver a unos orígenes no muy estudiados aún en aquellos felices 60 y 70 -mejoraría en los 80- e incluso plantearse si había necesidad de contar con un director cuando solo era ponerse de acuerdo en el tempo y compartir sensaciones.

Está claro que con Shunske Sato (Tokio, 10 junio 1984) se nos disiparon las  dudas en el encuentro previo, pues como nos contaría, estudiando en la prestigiosa Julliard School no tenía la posibilidad de encontrar lo que allí faltaba y sí podía escuchar en unas grabaciones distintas, casi prohibidas en Nueva York, sintiendo la necesidad de venirse a París donde todo le cambiaría (más el posterior salto a los Países Bajos donde durante 10 años fue director artístico y concertino de la Sociedad Bach). Todos asentimos ante Zorita en lo «obligado» de interpretar más música del barroco por parte de las orquestas sinfónicas, pues programar este repertorio es cual puesta a punto de un motor, y elegir tres compositores tan unidos y necesarios esta vez supuso un feliz acontecimiento musical, con mejor entrada que en el primero, mayor aún con un violinista que no deja de serlo, porque lo suyo no es -como bien nos dijo- dirigir, sino ejercer el liderazgo para poder transmitir y compartir su enfoque, sin perder pasión e implicar, con mucho ensayo, a los profesores. Y doy fe que se alcanzó en una hora sin pausas donde Sato en pie no se movió del escenario, como uno más pese a los distintos cambios de plantilla que supusieron las seis obras de este segundo abono.

La orquesta se dispuso «a la manera clásica» con los violines enfrentados, más dos parejas de contrabajos, por detrás de los violines, arropando el sonido global, sumando el clave de Alberto Martínez en el medio, poco perceptible pero siempre necesario, más en las obras elegidas. Después irían menguando o aumentando efectivos aunque Sato siempre fue uno más entre todos, sin soltar su violín (alternando dos arcos situados en un taburete), tocando con los primeros cual concertino, sumándose a cellos o violas, apenas marcando los inicios o pidiendo las dinámicas exactas desde su atril giratorio. Hasta en las dos obras donde actuó como solista nunca perdería su liderazgo ejercido desde la sencillez y discrección, «conduciendo» una OSPA aseada, rigurosa, implicada y hasta disfrutona, si se me permite el calificativo.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sería inicio y final del concierto, con su primera sinfonía compuesta a los 8 años, y el último movimiento de la «Júpiter» escrita en la plenitud de los 32 (fechada el 10 de agosto de 1788, y última contribución al género sinfónico), para reconocerle su aprendizaje londinense con el último hijo de «Mein Gott», Johan Christian Bach (Leipzig, 1735 – Londres 1782) cuya música Nannerl comentaba era difícil distinguirla de la de su hermano con solo escuchar cuatro compases de cada uno, tal resultó la influencia y enseñanzas del último hijo de Bach, y por supuesto el descubrimiento del Gran Padre que era inevitable, marcando esa conexión del programa: «Bach pilar de todas las músicas».

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto) pondría las revoluciones orquestales en su punto, sonoridades precisas, claras, con los aires rigurosos de los entonces tres movimientos clásicos aún influenciado por el Estilo Galante de su «english teacher» pero con una clara personalidad ya apuntada en el genio de Salzburgo, orquesta quasi camerística con oboe y trompas a pares que enriquecieron una sonoridad y estilo ya reconocibles.

Si Bach es el padre de todas las músicas, el propio Mozart orquestaría la Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878 (de El clave bien temperado) para cuerda, con Sato ejerciendo en pie de concertino impulsando cada motivo, cada frase, sumándose a cada sección para una exposición donde estudiar el genio de El Cantor de Leipzig e interpretarlo con la misma limpieza que el original para clave. Perfecto que nadie aplaudiese y así enlazar con el Concierto para violín en la menor BWV 1041,  una de las muchas joyas y partituras para los solistas donde una OSPA camerística sonó madura, adaptada al estilo y tímbrica -la sensación del ligero desafine en cellos y contrabajos es parte de ella- en tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) donde el violinista japonés mostraría todas las cualidades que le hemos disfrutado en los muchos vídeos grabados con la Nederlands Bach Society. Liderazgo y compenetración para una interpretación a la altura de la obra.

Y de «El Bach de Londres» llegaría su Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12, como la propia Nannerl Mozart diríamos que la firmaría su hermano, tres movimientos (I. AllegroII. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto) impetuosos sin necesidad de «instrumentos de época», vientos a pares bien empastados (me encantaron las trompas abriendo su sonido como si fuesen naturales) y balanceados para una versión rica del pequeño de los Bach.

Mozart punto y final sin interrupciones: primero el Rondó para violín y orquesta en do mayor K. 373 para seguir disfrutando de Sato y la complicidad de una OSPA que se notaba entregada al placer de compartir esta música con el músico japonés: delicadeza, fraseo, presencia y pasión contenida, que Alejandro G. Villalibre comenta en sus notas al programa sobre el cuarto episodio en modo menor «… al que parece que Carlos Gardel se refería cuando afirmó en una carta “acabo de encontrar una melodía macanuda” que cristalizaría en su tango Por una cabeza« siendo «uno de los rondós solísticos de la época clásica (…) consecuencia de los conciertos a solo barrocos» como el escuchado de Bach.

Con la incorporación al orgánico de la espléndida flauta de Myra Pears bien empastada con oboes y fagotes, junto a los timbales naturales de Prentice, llegaría el broche de oro con el último movimiento (Molto allegro) de la Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551, una explosión jubilosa, equilibrada, verdadera lección contrapuntística bien aprendida por ese prodigio irrepetible en la Historia de la Música, con Shunske Sato sujetando violín y arco con la mano izquierda para marcar con la derecha, retomándolo como concertino, entregado al genio de Salzburgo con el rigor y al fin la pasión «planetaria» en un concierto que supuso comprobar el excelente estado de la orquesta de todos los asturianos, hoy conducida por un japonés que supo llevarla en todas las velocidades y marchas sin necesidad de pasarse de revoluciones con la suavidad del mejor pilotaje.

PROGRAMA:

W. A. MOZART: Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto).
J.S. BACH – MOZART: Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878, de El clave bien temperado (orq. W.A. Mozart, K. 405/3).
J. S. BACH: Concierto para violín en la menor, BWV 1041 (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai).
J. Ch. BACH: Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12 (I. AllegroII. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto).
MOZART: Rondó en do mayor K. 373.
Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551: IV. Molto allegro.

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