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Noche impagable

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Larga noche”, abono 12 OSPA, Antje Weithaas (violín y directora), Obras de Haydn, K. A. Hartman Mozart.

Concierto duodécimo de abono de una OSPA casi camerística en «disposición vienesa» que nos traía a la violinista y directora alemana Antje Weithaas (Guben, 1966) con un programa que «pone las pilas» a toda orquesta, y más cuando se dirige como concertino en el caso de las sinfonías clásicas, lo que exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse, pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado, más el concierto solista donde la violinista logró «concertar», poner de acuerdo y alcanzar un nivel altísimo.

El encuentro previo a las 19:15 horas con Oriol Roch nos ayudó a entender este programa titulado «Larga noche» que se hizo corta, así como el «maridaje» con su violín «Peter Greiner» de 2001 (un violinista y luthier alemán afincado entre Zurich y Londres) que sonó siempre claro, preciso y de tímbrica redonda en todo su rango.

Como curiosidad personal añadir que Weithaas mantiene una estrecha colaboración artística con el pianista Dénes Várjon a quien escuchamos hace unos días en este mismo auditorio, con las sonatas para violín de Beethoven premiadas con el «Jahrespreis der Deutschen Schallplattenkritik» en 2024.

Las notas al programa de mi admirado Eduardo Chávarri Alonso analizan las tres obras, e iré intercalándolas en mis comentarios, entrecomilladas y en el color habitual de mis citas en el blog.

Haydn y Mozart son verdaderas «trampas» en cualquier concierto, por la engañosa sencillez, y más en el caso de dos sinfonías tan populares que todo melómano atesora con grabaciones de referencia. Si además, como apuntaba al inicio, se dirige desde la silla de concertino, el reto se hace mayor y Antje Weithaas nos lo dejó claro en el encuentro previo. Con una plantilla apropiada, adecuada y equilibrada para ambas sinfonías (violines enfrentados, cellos en el centro, contrabajos detrás de los primeros, viento en la ubicación habitual y timbales -de cobre- a la derecha en la que abría programa), la sonoridad fue perfecta tanto en la 95 de Haydn como en la 40 de Mozart.

«La Sinfonía en do menor Hob. I:95, compuesta por Haydn en su primer viaje a Londres (1791-92), es la única de las londinenses en tonalidad menor y sin introducción lenta». La profesora Weithaas con Daniel Jaime de ayudante, nos enseñó cómo se «lleva» a la OSPA desde el puesto de concertino. «El primer movimiento contrapone unísonos apasionados y pasajes más íntimos», y esos unísonos fueron perfectamente ejecutados así como los matices, sin necesidad de marcarlos porque la propia música invitaba a escucharse por parte de toda la orquesta. «El Andante cantabile presenta un tema lírico con tres variaciones, la segunda marcada por contrastes dinámicos y modulaciones» de nuevo obligaba a la formación a un entendimiento y colaboración para que las muchas y variadas dinámicas de este segundo movimiento se ejecutasen, escuchándose todos, y se logró con un sentido y sonido unitario al más ajustado Sturm und Drang, como «el padre de la sinfonía» dejó para las generaciones posteriores. «El Minueto alterna secciones contrastantes de un carácter más tenso, y el Trío, en do mayor, permite lucirse al violonchelista principal». La cuerda asturiana sigue manteniendo un color propio, yo lo llamo «cantábrico»,y cercano a las formaciones británicas, algo que se alcanza tras más de tres décadas de «hacer música» juntos. Contar con Maximilian von Pfeil es un lujo como pudimos comprobar en el segundo movimiento y especialmente en este Menuet que me recordó al Haydn de su concierto para chelo. «El Finale, con brillante contrapunto, cierra enérgicamente la sinfonía, regresando a la tonalidad menor inicial» y literalmente resultó brillante y enérgico con todas las secciones perfectamente empastadas, los balances adecuados y una atención total a la Maestra Weithaas.

Si Haydn resultó una prueba superada con creces, aún quedaba escuchar cómo afrontarían en la segunda parte «La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550, de Mozart, compuesta en 1788, destaca por su intensidad emocional y su estructura innovadora». Misma plantilla aunque sin timbales ni trompetas pero con el par de clarinetes, nuevamente la orquesta camerística, debiendo afrontar sin ambajes cuatro movimientos a cual más exigente para todos, pues no hay forma de «escapar» de una escritura tan perfecta como la del genio de Salzburgo, donde los detalles conforman el toque de calidad. «El primer movimiento, Molto allegro, presenta un tema rítmico que ha trascendido al acervo popular, siendo una de las piezas más conocidas del compositor». Con el tempo giusto y sin complejos, Weithaas llevó a la OSPA por una música que, no por conocida, siempre pide y exige sumar, aportar por parte de cada sección. El equilibrio se logró de principio a fin: «El segundo movimiento, Andante, ofrece una melodía lírica en mi bemol mayor, proporcionando un contraste sereno al carácter dramático del primero». La madera sigue en su madurez y conjunción, con una línea de empaste que el propio Mozart trabajó con todos esos instrumentos en distintas combinaciones, las dos trompas manteniendo el nivel de los últimos conciertos, más una cuerda aterciopelada, matizada, unida y donde hasta los arcos marcan una coreografía digna de destacar. «El tercer movimiento, Menuetto, mantiene la tonalidad menor y presenta un carácter elegante que contrasta con el Trío en sol mayor«, y si hay que definir su interpretación es precisamente por la elegancia de todas las secciones antes de atacar «El cuarto movimiento, Allegro assai, retoma la intensidad inicial con un desarrollo contrapuntístico y una conclusión enérgica». Valiente en el tempo, pues los retos hay que afrontarlos, bien delineados los contrapuntos por parte de toda la orquesta, y sobre todo la energía que Antje Weithaas transmitió desde su silla.

Dos clásicos exigentes donde las «trampas» que escondían las respectivas sinfonías no hicieron caer a una  madura OSPA que pese a su veteranía y excelentes conciertos en esta temporada, aún no recupera público, pero esto daría para un análisis específico que va más allá de esta reseña…

Y entre los clásicos, Antje Weithaas nos brindaría como solista el “Concierto fúnebre” del muniqués Karl Amadeus Hartmann (1905-1963). «Compositor alemán, eligió permanecer en Múnich durante el nazismo, rechazando el exilio y defendiendo valores democráticos en silencio. En 1939 compuso su Concierto fúnebre como respuesta a la anexión nazi de los Sudetes. Estrenado en Suiza en 1940, fue revisado en 1959, cuando recibió su título definitivo». La profesora alemana ya nos advirtió en el encuentro previo que no nos dejáramos llevar por el calificativo de este concierto de Hartmann, porque la música que su compatriota escribe tiene momentos inspirados en corales, canciones populares y hasta ciertas referencias a Shostakovich, y no nos mintió. Con la orquesta solo de cuerda, ya con Daniel Jaime de concertino y Pablo de la Carrera de ayudante, nos brindaron un concierto intenso, difícil para todos, pero emocionante. «La obra tiene cuatro movimientos enlazados sin pausa y basados en corales. Se inicia con el canto husita “Vosotros, guerreros de Dios”, en homenaje al pueblo checoslovaco, seguido de un Adagio de intensa expresividad». El «Stefan-Peter Greiner» sonó pletórico, arrullado y acunado por una orquesta tan ensamblada que sonaba como un «gran cuarteto», escuchándose todo, desde los armónicos hasta esa feliz conjunción coral rica y plena donde la cuerda canta sin palabras. «El tercer movimiento, un frenético scherzo, combina virtuosismo y ostinati hasta un clímax a modo de danza macabra». Si se puede hablar de una prodigiosa cadenza, Antje Weithaas fue la solista capaz de epatar no ya por una técnica asombrosa y una sonoridad rotunda, además de sentida, sino por una concertación y compenetración que resultó el mejor premio para este esfuerzo compartido. «El final, Choral, introduce una canción rusa y concluye con una coda sombría y disonante», aunque las sombras resultasen luminosas y todo un descubrimiento, por quien suscribe, de esta obra de nuestro tiempo.

Otra tarde-noche impagable por el trabajo realizado a cargo de Antje Weithaas con quien la OSPA sigue dando alegrías y la satisfacción de continuar aprendiendo y creciendo con invitadas que huyen de protagonismos, sintiéndose una más de la orquesta desde la cercanía que hace grande a todos.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)

Sinfonía nº 95 en do menor, Hob. I:95:

I. Allegro moderato
II. Andante

III. Menuet

IV. Vivace

KARL AMADEUS HARTMANN (1905-1963)

“Concierto fúnebre”:

I. Introducción. Largo
II. Adagio
III. Allegro di molto
IV. Choral. Langsamer Marsch

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto

IV. Allegro assai

Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas Contrapunto de cámara: forma y significado iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Desde Bremen, plurales y actuales

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Lunes 20 de abril, 19:30 horas. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: XIII Primavera Barroca, CNDM Circuitos Oviedo: Marsyas Baroque: Musas y heroínas.

Prosigue la decimotercera Primavera Barroca ovetense en colaboración con el CNDM y con otra conferencia previa para este cuarto concierto, enfocada a estudiantes del Conservatorio Superior de Música de la capital y la Universidad de Oviedo, presentado nuevamente por el doctor Ramón Sobrino, que nos darían la leonesa Sara Johnson Huidobro (a quien recordé hace casi 13 años en Gijón cuando ya apuntaba maneras estudiando en Zaragoza) y la tarazonesa (o turiasoniense) María Carrasco Gil preparándonos el concierto posterior, y aclarándonos tanto el origen del nombre de este cuarteto germano español (dos a dos) residente en Bremen, sin olvidarse de quién era Marsias (un pastor, ora sileno, ora sátiro, cuya leyenda se sitúa en Frigia y considerado el “inventor” del aulós, opuesto a la flauta de Pan, y desafiando nada menos que al dios Apolo, lo que le llevó a morir desollado tras ser vencido en el duelo). Alternando el uso de la palabra nos  desgranarían un programa titulado Musas y heroínas”, que se completaba perfectamente con las notas del especialista sevillano Pablo J. Vayón que además añade al título “… y artistas”.

Para este concierto, que ya interpretaron en Madrid el pasado enero, lo presentarían desde “La doble cara de la feminidad”: la mujer como arquetipo, alegoría o construcción poética, y la creación de la mujer como arquitecta de su propio discurso y gestora de su autonomía intelectual.

Se agruparon y analizaron las obras y su autoría en seis bloques:

I. Construcciones de lo femenino: de la ninfa transformada a la palabra de la heroína”, donde estaban Jacob van Eyck y G. Ph. Telemann.

II. El parnaso francés: El manifiesto de Marin Marais y Michel Blavet”, el barroco elegante especialmente para el clavecín tan distinto del alemán.

III. Bayreuth como epicentro: El diálogo entre la soberana y la virtuosa” en referencia a las obras de Wilhelmine von Bayreuth y Anna Bon di Venezia (egresada del Ospedalle della Pietà).

IV. “Celdas y Salones: La doble geografía de la creación barroca” con Isabella Leonarda, Claudia Francesa Rusca y Élisabeth Jacquet de la Guerre.

V. “El enigma y la modernidad: De la identidad oculta a la vanguardia de Marsyas”, con esa probable compositora que firmaba como Mrs. Philarmonica, al estreno de la italiana Alessandra Bellino (Nápoles, 1970) de su obra dedicada al cuarteto, con explicación de Sara Johnson sobre un fragmento de la partitura y explicándonos que el clave con el que hoy tocaba no tenía el registro a solo de cuatro pies, que al faltarle la octava aguda no es tal como lo escribió la napolitana para los más actuales, pero sí con el resto de registros, incluyendo el de laúd; finalmente el

VI. “La Pietà: La profesionalidad de la alteridad” con Vivaldi formando a las alumnas del hospicio veneciano de donde salían jóvenes virtuosas y “donde la frontera entre práctica profesional y educación de vida resultó especialmente permeable” como refiere mi tocayo sevillano, y de donde también saldría Anna Bon di Venezia como una de las destacadas en la música de su tiempo y excelente alumna, hija de una soprano y de un libretista de ópera, que escribió mucha música para flauta, siendo una auténtica virtuosa que luego veremos relacionada con Guillermina de Prusia.

Tras tres cuartos de hora y una vez informados del origen de este original programa ejecutado en el orden que figura al final de esta entrada, con tiempo para un café y la necesaria afinación del conjunto, comenzaría con puntualidad británica el concierto de “Las cuatro de Bremen” y otra excelente entrada con todo vendido, lo que corrobora el éxito de este ciclo entre el público asturiano.

De G. Ph. Telemann (1681-1767) y su Sonata en trío para dos violines y bajo continuo en do mayor, serían María Carrasco Gil y Paula Pinn las solistas con ese cambio tímbrico sobre el original en los movimientos asociados a las musas y diosas, siendo la violinista quien nombraría a cada una (Xantippe, esposa de Sócrates, la ultrajada Lucretia, la poetisa Corinna, la valiente Clelia o la legen­daria Dido) en una interpretación bien conjuntada con el continuo de Konstanze Waidosch y Sara Johnson.

La Sonata para flauta y bajo continuo en la menor de Wilhelmine von Bayreuth en tres movimientos (I. Affettuoso – II. Allegro – III. Presto) nos traería el dúo de la leonesa y la alemana que iría alternando a lo largo del concierto las distintas flautas de pico apropiadas a las tonalidades, virtuosa en los movimientos rápidos y con excelentes fraseos en los lentos. Interesante saber que la compositora es Guillermina de Prusia, her­mana de Federico el Grande y margravina de Bayreuth, donde, entre otras cosas, dejó un precioso teatro que sigue en pleno uso y donde Marsyas Baroque también actuaron, la procedencia noble y la ya citada Anna Bon di Venezia, que fue nombrada en 1756, con solo dieciséis años, virtuosa di musica di came­ra en la corte del margrave, cuando a Guillermina le quedaban dos años de vida, como nos cuenta en las notas mi tocayo sevillano.

Si en Telemann uno de los violines fue flauta, en el Divertimento para dos traversos y bajo continuo en re menor, op. 3, nº 3 (de los “Sei divertimenti”) de la alumna veneciana, el violín respiró y cantó con la misma intención que en el compositor del Sacro Imperio Romano Germánico, con un cuarteto bien ensamblado y de balances difíciles por las distintas dinámicas de cuatro instrumentos que lograron buscar un buen “sonare”.

Para las obras siguientes cambiarían la ubicación primera permutando violín y chelo tras presentar Sara Johnson el siguiente bloque, volver a explicar las características del clave ovetense, el diálogo Blavet-Rameau con un bello dúo de cello y flauta, donde las musas son invocadas genéricamente, más la obra de la napolitana Alesandra Bellino presente en la sala, que estrenasen en Madrid y tiene la originalidad de escribir música actual para esta formación instrumental barroca en este universo femenino. Paula Pinn elegiría la flauta soprano más aguda de su “arsenal” (hasta seis usaría) y el cuarteto interpretó esta partitura llena de disonancias, tímbricas extremas y uno uso de cada instrumento “rompedor” para ellos y plenamente innovador. Partitura inspirada en la mitología y en las sonoridades históricas, establece un diálogo contemporáneo con los siglos XVII y XVIII, reafirmando la vigencia creativa de los referentes femeninos y la capacidad del repertorio antiguo para inspirar nuevas lecturas precisamente por la sonoridad buscada en este rendido homenaje al gran maestro Luigi Dallapiccola celebrando el cincuenta aniversario de su muerte.

Tras la explosiva obra el “remanso” del clave solo y elegante de Élisabeth Jacquet de La Guerre , de biografía interesante pues fue niña prodigio admirada por todos, que acabó instalándose en París con su marido -el organista Marin de La Guerre– y lo hizo como compositora libre llegando a publicar colecciones de música para violín y clave, abriendo un salón de formidable éxito social. Criada en Versalles allí coincidiría con Marin Marais, y de él escuchamos dos movimientos de la Suite a tres en sol menor (1692), pues además del conocido legado para la viola, es autor de una colección menos conocida de tríos como el que disfrutamos, manteniendo la colocación y retomando una flauta contralto, con una buena combinación y alternancia de dúos y tutti que cerrarían la primera parte de estas barrocas.

Abriría la segunda parte la flauta soprano sola de Paula Pinn con una de las diferencias sobre “Doen Daphne d’over schoone Maeght” de Jacob van Eyck (ca. 1590-1657), el carillonero ciego de Utrecht, donde se retrata la belleza proverbial de Dafne -la ninfa deseada por Apolo y trans­formada en laurel- como explica en las notas al programa Pablo J. Vayón, para proseguir con la procedencia conventual de Claudia Francesca Rusca y su Canzon prima à 4 ‘La Borromea’ (de Sacri concerti a 1-5 con salmi e canzoni francesi) ya con el cuarteto al completo.

Llegaría el momento del lucimiento de la española María Carrasco al violín con la Sonata para violín y bajo continuo, op. 16, nº12 de la monja ursulina, organista, cantante y prolífica compositora italiana Isabella Leonarda, la primera mujer en publicar una colección de sonatas arrancando con el clave para sumarse el cello en el cambio de tempo.

Esquiva a los historiadores y sin saber su sexo real, Mrs. Philarmonica dejó en Londres un par de publicaciones para violín y de su Sonata terza para dos violines, violonchelo y bajo continuo en sol menor (de la Sonate a due violini…, prima parte, 1715) escuchamos sus cuatro movimientos (I. Largo – II. Vivace – III. Lento – IV. Tempo giusto) donde nuevamente la flauta “hizo de violín” con todas las dificultades de los ornamentos, el virtuosismo del Vivace o el excelente diálogo con el violín en una interpretación de altura por parte igualmente del bajo continuo (siempre impecable Konstanza Waidosch).

Y nadie mejor para finalizar que Il Prete Rosso con uno de sus conciertos de cáma­ra: el Concierto para flauta de pico, violín, violonchelo y bajo continuo en re mayor, RV 92 para disfrutar de una inspirada Paula Pinn bien arropada por sus tres compañeras, los movimientos rápidos vertiginosos más el intermedio que pese a no indicarse el tempo, como ya habían explicado en la conferencia, toman los motivos escritos por Vivaldi que se han utilizado en otros conciertos para violín como el “Per Anna Maria”, del que el cuarteto toma parte de los motivos del veneciano.

Sin entrar ya en musas aunque sí fueron “heroínas y artistas”, el regalo de una danza virtuosa para otra flauta y Marsyas Baroque: «Ballo detto Pollicio»de Tarquinio Merula (ca. 1595-1665), agradecidas tanto al CNDM como a todo el personal del Auditorio de Oviedo y la mejor recompensa de una ovación cerrada en este nuevo concierto primaveral de la capital asturiana a la que aún quedan dos más.

PROGRAMA:

Georg Philipp TELEMANN (1681-1767)
Sonata en trío para dos violines y bajo continuo en do mayor, TWV 42:C1 (ca. 1728).

I. Introduzione. Grave. Vivace. Andante. Vivace – II. Andante. Vivace – III. Xantippe – IV. Lucretia. Largo – V. Corinna – VI. Clelia. Spirituoso – VII. Dido. Triste. Disperato

Wilhelmine von BAYREUTH (1709-1758)
Sonata para flauta y bajo continuo en la menor

I. Affettuoso II. Allegro III. Presto

Anna Bon di VENEZIA (ca. 1738-1765)
Divertimento para dos traversos y bajo continuo en re menor, op. 3, nº 3 (Sei divertimenti, 1759):

I. Andantino – II. Allegro – III. Presto.

Michel BLAVET (1700-1768) / Jean-Philippe RAMEAU (1683-1764)

De la Suite en E, si, mi (Troisième recueil de pièces):

V. L’entretien des muses-Gracieux

Alessandra BELLINO (1970)

Marsýas * (2025)

Élisabeth JACQUET DE LA GUERRE (1665-1729)

De la Suite para clave solo en sol menor (Les pièces de clavecin, premier livre, 1687):

I. Prélude

Marin MARAIS (1656-1728)

De la Suite à trois en sol mineur (Pièces en trio, 1692):

X. Plainte XI. Passacaille

II

Jacob van EYCK (ca. 1590-1657)

De Der Fluyten Lust-Hof (1644):

Diferencias sobre ‘Doen Daphne d’over schoone Maeght’

Claudia Francesca RUSCA (1593-1676)

De Sacri concerti a 1-5 con salmi e canzoni francesi (1630):

Canzon prima à 4 ‘La Borromea’

Isabella LEONARDA (1620-1704)

Sonata para violín y bajo continuo, op. 16, nº 12 (1693)

Mrs. PHILARMONICA (fl. 1715)

Sonata terza para dos violines, violonchelo y bajo continuo en sol menor (Sonate a due violini…, prima parte, 1715):

I. Largo – II. Vivace – III. Lento – IV. Tempo giusto

Antonio VIVALDI (1678-1741)

Concierto para flauta de pico, violín, violonchelo y bajo continuo en re mayor, RV 92 (1720-1724):

I. Allegro – II. [Sin indicación] – III. Allegro

* Estreno absoluto

MARSYAS BAROQUE

Paula Pinn, FLAUTAS DE PICO:

María Carrasco Gil, VIOLÍN BARROCO:

Konstanze Waidosch, VIOLONCHELO  – BARROCO:

Sara Johnson Huidobro, CLAVE:

Recordando a Bartók en Oviedo

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Miércoles 8 de abril, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Dénes Várjon. Obras de B. Marcello, D. Scarlatti, della Ciaja,  Kodály y Bartók.

No está nunca de más recordar que Oviedo es parada obligatoria de las grandes figuras musicales desde hace muchas décadas. Esta vez llegaba al auditorio, dentro de las jornadas que llevan el nombre del siempre recordado Luis Gracia Iberni (1964-2007), el pianista  húngaro Dénes Várjon (Budapest, 1968) que recordaría y casi repetiría el concierto de su compatriota en 1931 (entonces su tercera visita a la Península Ibérica e invitado por Manuel de Falla para tocar en Granada), aunque finalmente aquella gira sólo pasaría por Barcelona, San Sebastián y Oviedo, además de Lisboa.

El siempre recordado Adolfo Casaprima Collera (1961-2024) en el libro “Una vida para la música: Historia de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, 1907-1994”, dedica un apartado titulado ‘Bartók y su poético ayudante’ (pág. 110 y ss.) donde refiere que «La epidemia de gripe que invade España preocupa sobremanera a los directivos de la Sociedad Filarmónica al inicial la temporada de 1931. Han recibido un telegrama en el que se les anuncia que el compositor Béla Bartok, que debe actuar en el Campoamor el día 31 de enero, se ha contagiado con la enfermedad. Afortunadamente, se recupera rápido y el músico húngaro tan solo retrasa su comparecencia al 3 de febrero, desestimando anular sus citar españolas, como le propone su representante». Llegaba en la cúspide de su carrera y las notas al programa de mano las escribió Adolfo Salazar, con un lleno en el coliseo carbayón de público venido de todas partes, y entre el que estaba Gerardo Diego, apasionado por la música y gran aficionado al piano, acompañado por el pintor gijonés Nicanor Piñole, siendo de destacar que el poeta se llegó a cartear con el húngaro de quien aseguró que “con Ravel, Falla y Stravinsky, forman cuatro puntos cardinales de la música moderna (…) Bartók es el Norte, el punto donde convergen las dos tendencias opuestas”. A Oviedo Bartók llegaría como pianista además de acompañar a la cantante Marie-France de Montaut, solista de los conciertos del Conservatorio de París.

Parte de esta historia también la refleja László Stachó, musicólogo, psicólogo, pianista, profesor titular e investigador principal en la Academia de Música Liszt de Budapest cuyas notas al programa para la Fundación March se incluyen en el programa de mano ovetense, pues La March dedicó un “Ciclo de miércoles” titulado “Perspectivas bartokianas” del 17 de enero al 7 de febrero de  en 2024, donde Dénes Várjon estaba anunciado y hubo de cancelar por enfermedad (desconozco si también una gripe al igual que su compatriota) pero que en Oviedo hemos podido disfrutar como entonces.

Del extenso programa de la fundación madrileña (dejo el enlace así como arriba la portada del diseñador mierense Alfredo Casasola), el propio László Stachó hace una introducción al mundo de Bartók, «compositor, pianista (no uno cualquiera, sino un verdadero virtuoso de su instrumento) e investigador de la música folclórica», y en las notas al programa disecciona las obras que Dénes Várjon nos interpretaría en un auditorio con apenas público, que parece volver a 1931 cuando la crítica del periódico La Voz de Asturias explicaba: “(…) una ola de extrañeza y respeto cruzaba la sala. Alguien suspiraba por los dioses de Beethoven, de Mozart” para finalizar que al menos el crítico se alegraba por “este público está dando en nuestra Sociedad, sino una nota de fina comprensión, al menos una nota de franco respeto y resignación, lo cual no es poco”.

Como entonces, en este abril de 2026 el concierto comenzaba con transcripciones que el propio Bartók realizó de las sonatas en si bemol mayor de Benedetto Marcello (1686-1739), y la Canzone de la opus 4 nº 1 de Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755), «obras para piano típicamente románticas que recuerdan a las transcripciones de Bach realizadas por Ferruccio Busoni (y otros contemporáneos), con una mayor densidad de la textura musical (octavas dobladas, acordes con más notas)» con las partituras en el atril que Várjon ejecutó con una técnica impecable, de ataques precisos, un pedal muy medido para saborear el enfoque virtuosístico que estas dos sonatas esconden aunque no con la profundidad de las dos siguientes de Domenico Scarlatti (1685-1757) ejecutadas sin pausas: la K 427 en sol mayor, y la K 537 en la tonalidad de la mayor. Impecable su técnica y sonoridad amplia, el acercamiento que hoy en día están haciendo muchos pianistas al repertorio de clave con la grandiosidad de las 88 teclas y una digitación cristalina emulando la cuerda pinzada, pero con la tímbrica poderosa del piano. Bartók conocía la edición completa de Scarlatti preparada por Alessandro Longo en 1906 y hasta dejó grabadas las cuatro, con estas dos elegidas por Várjon.

Lo mejor llegaría con las Danzas de Marosszék de Zoltán Kodály (1882-1967), probablemente su obra de mayor envergadura. Cercano amigo personal, aliado y compañero de Bartók en la lucha por la renovación de la música húngara. Béla Bartók fue un fiel defensor de las composiciones de su colega, y estas danzas las interpretaría con mucha asiduidad, que como escribe Stachó «tan solo en 1930-1931 la tocó docenas de veces». Para todo pianista es un reto por las dificultades que entraña desde una sonoridad tan rotunda que la orquestación del propio Kodály forma parte del repertorio sinfónico de las grandes formaciones. Várjon sacó de un Steinway© perfectamente afinado todo el abanico tímbrico y el empuje rítmico de estas antiguas danzas folclóricas húngaras, bellas y cercanas pese a la geografía, siempre con unas dinámicas amplias y el conocimiento profundo de esta compleja partitura que el Profesor Várjon interpretó de memoria, sobrio y brillante.

Bartók ocuparía toda la segunda parte con un “muestrario” donde reflejar no ya el virtuosismo que todos conocemos -y hemos podido escuchar en grabaciones históricas- sino del nuevo lenguaje del siglo XX inspirado en los folclores de su tierra (Hungría, Rumanía y Eslovaquia) desde el conocimiento como pianista de los grandes que también interpretaba (Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Richard Strauss o Debussy), para  integrarlos en su estilo propio e inconfundible tras las enseñanzas de la Academia Liszt de Budapest bebiendo de las fuentes directas, como el citado László Stachó y nuestro Dénes Várjon.

Imposible describir el derroche pianístico del húngaro, la fidelidad y conocimiento profundo de cada partitura, la búsqueda de los sonidos precisos, las danzas y hasta los ambientes (las “Gaitas” de la última de las Quince canciones campesinas húngaras fueron casi literales incluso en el roncón).

No solo este ambiente campesino, directo o inspirado, también la grandeza y explosión del Allegro barbaro, o la expresividad del “Atardecer en Transilvania», la impecable Suite para piano, op. 14 con cuatro movimientos delineados y esculpidos, una mano izquierda siempre poderosa y precisa, con profusión de distintos ataques para encontrar el sonido ideal.

Las Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20 fueron un nuevo catálogo interpretativo y clase maestra de la técnica al servicio de la música, lo cantabile siempre presente y lo «accesorio» en su plano, con un juego variable en cada tempi donde la indicación “rubato” fue magistral y lo caprichoso entendido como alegría y regocijo recreando música de su tierra.

Éxito de Dénes Várjon que para deleite pianístico nos regalaría un Schumann modélico en todo. De sus «Escenas de niños» (Kinderszenen, Op.15) y como queriendo cerrar otro acercamiento romántico desde “su” Academia en Budapest, la primera Von fremden Ländern und Menschen (Extraños países y personas) y la última Der Dichter spricht (El poeta habla), elección precisa y sentida donde Bartók volvía a Oviedo 95 años después con el piano de su compatriota.

Parte I

Benedetto Marcello (1686-1739)

Sonata en si bemol mayor, SF 742 (transcripción de Béla Bartók):

Lento
Allegro ma non troppo

Allegro
Maestoso

Domenico Scarlatti (1685-1757)

Sonata en sol mayor, K 427

Sonata en la mayor, K 537

Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755)

Canzone (Sonata en sol mayor, op. 4 nº 1, transcripción de Béla Bartók)

Zoltán Kodály (1882-1967)

Danzas de Marosszék

Parte II

Béla Bartók (1881-1945)

Quince canciones campesinas húngaras, BB 79 (Sz 71) (1881-1945) (selección):

6. Ballade – Tema con variazioni. Andante (Angoli Borbála…)

7-15. Antiguas melodías de danza

7. Allegro (Arra gyere, amőrre én…)

8. Allegretto (Fölmentem a szilvafára…)

9. Allegretto (Erre kakas, erre tyúk…)

10. L’istessotempo(Zölderdőbenaprücsök…)

11. Assai moderato (Nem vagy legény, nem vagy…)

12. Allegretto (Beteg asszony, fáradt legény…)

13. Pocopiùvivo(Sárilovam,afakó…)

14. Allegro (Ësszegyültek, ësszegyültek az izsapi lányok…)

15. Allegro [Gaitas]

Suite para piano, op. 14, BB 70 (Sz 62):

Allegretto

Scherzo

Allegro molto

Sostenuto

Allegro barbaro, BB 63 (Sz 49)

Este a székelyeknél [Atardecer en Transilvania] (Diez piezas fáciles, BB 51 [Sz 39])

Allegro vivace (Dos danzas rumanas, op. 8a, BB 56 [Sz 43])

Tres canciones populares húngaras del distrito de Csík, BB 45b (Sz 35a):

Rubato

L’istesso tempo

Poco vivo

Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20, BB 83 (Sz 74):

Molto moderato

Molto capriccioso

Lento, rubato

Allegretto scherzando

Allegro molto

Allegro moderato, molto capriccioso

Sostenuto, rubato

Allegro

Un banquete polaco

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Domingo 1 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sinfonia Varsovia, Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zukerman (violín, viola y director). Obras de Bach, Kilar, Mozart y Dvořák. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Si el pasado viernes hacía paralelismos entre música y gastronomía, este primer día de marzo mi querido Arturo Reverter (Santiago de Compostela, 1941) titulaba sus notas al programa como «Menú musical muy digestivo», y es que la Sinfonia Varsovia con uno de las pocas leyendas vivas que nos quedan, el israelí Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 16 de julio de 1948) nos ofrecían cuatro obras cual excelente banquete orquestal, músicas del Barroco, Clasicismo, Romanticismo y Contemporánea, con el violinista japonés Fumiaki Kiura (Tokio, 1993), nuevamente junto al maestro que nos dieron una lección de «alta cocina».

Los años pasan para todos y el maestro Zukerman, que ya nos había visitado en este ciclo pero como solista de violín con Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en 2012, mantiene su magisterio tanto en la viola como en el violín (un caso extraordinario) y la dirección, siendo otra oportunidad de disfrutar en «La Viena Española» de figuras que recuerdan su paso por Oviedo y tienen marcada parada «obligada» en giras donde a menudo solo Madrid y Barcelona las disfrutan, aunque también estén Valencia o incluso Santander, que está buscando sitio en este mapa musical español.

Es difícil encontrar en un programa tan variado música de Bach interpretada desde visiones bien (in)formadas  sin recurrir a las historicistas, pero la Sinfonia Varsovia puede afrontarlas solo con su calidad y sonoridad de su cuerda (más el siempre necesario clave) que transitó por este «menú cronológico» asombrando de principio a fin. El Concierto para dos violines en re menor es una de las muchas joyas de «dios Bach», y si contamos con dos solistas de altura el goce es aún mayor. Miura y Zukerman que dobla en edad al japonés, demostraron el entendimiento entre los dos Guarnieri (el primero un Kaston, de 1732, y un Dushkin, de 1742 el segundo) que sonaron como uno solo, muy cuidados los arcos, los fraseos que pasaban de uno a uno con total naturalidad y uniformidad tímbrica, la limpieza en la ejecución de los movimientos extremos y la hondura del central, contando con la complicidad de una orquesta camerística comandada por Jakub Haufa, siempre atento a las dinámicas que sin necesitar los contrastes extremos nos dejaron un «entrante» para paladear el siguiente plato.

De una época lejana a la actual y dejando la cuerda básica (5-4-3-2-1) bajo la dirección desde el atril de Haufa, nos dejarían Orawa (1986) del polaco Wojciech Kilar, nacido en Leopolis (hoy es de Ucrania) y fallecido en Katowice, a quien he recordado como autor de la banda sonora del Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola, que ocupa su lugar preferente en mi fonoteca, y otro de los muchos alumnos destacados de Nadia Boulanger en París. Con un grupo de cámara virtuoso, compenetrado, compacto y homogéneo, Orawa es una obra que podemos calificar como minimalista (aunque las etiquetas no siempre ayuden), con aires de danza popular y muy basada en la repetición, que me recuerda a Steve Reich, o como destaca en las notas al programa mi admirado Don Arturo:

«El polaco Wojciech Kilar fue un músico muy dotado, que se apuntó a las descubiertas que otros colegas (Gorecki, Lutoslawski, Penderecki, por ejemplo) practicaban en busca de nuevas formas de expresión musical. Recorrió distintas etapas y exploró tendencias, siempre con la vista puesta en la música popular de su región, en los Trata, apuntada ya en una de sus obras más populares, Krzesani, de 1974, escuchada hace unas semanas en Madrid. Orawa es bastante posterior, de 1986 y en ella el músico muestra su pericia con un lenguaje aparentemente simple cuajado de frases repetidas y constantes, de una rítmica contagiosa, emparentada con la de un Philip Glass, por ejemplo.

El material temático es enormemente sencillo y económico. El curso va creciendo paulatinamente a través de sencillas y lentas transformaciones, raras espirales y pasajeras zonas de aparente tranquilidad. El curso repetitivo e intenso nos prende y no podemos quitar ojo (oído) a las constantes formulaciones de las sencillas frases. Por momentos la música parece atenazarnos, envolvernos, apresarnos y casi respiramos al concluir. La veintena de instrumentistas de cuerda (número que puede variar) lanzan un grito exultante. Aunque no siempre es expelido. La categoría musical, la preparación y sapiencia de Kilar fue muchas veces apreciada por cineastas como Polanski (El pianista), Coppola (Drácula) o Kieslowski».

Todo un derroche musical en esta página actual pero agradable y con la estética siempre cercana del polaco, que sus compatriotas bordaron de principio a fin con el empuje desde su silla de Haufa, repeticiones que ya utilizó J. Strauss hijo hasta aires folklóricos de danzas transilvanas que desde Bartok o Enescu han inspirado tantas páginas, siendo esta de Kilar una más que añadir a la larga lista que enlaza con nuestro tiempo.

Y antes del descanso otro plato clásico donde disfrutar del genial salzburgués, su Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta, rareza porque Pinchas tomaba la viola en feliz emparejamiento con el violín de Fumiaki más una orquesta que cogía cuerpo en la cuerda (10-8-6-5-3) sumando trompas y oboes a dos (¡maravilla de empaste y sonido!). Si en Bach el entendimiento y sonoridad fue única, este Mozart redondeó un imaginado instrumento suma de ambos, con un mano a mano en las cadencias a cual más brillantes y profundas, o unos unísonos como el inicial para concluir con el alegre y detallista final de imitaciones y contrastes entre ambos solistas.

La Sinfonia Varsovia otro instrumento compacto, vibrante, con un Presto final que mostró cuánta calidad mantiene esta formación capaz de «transmutar» periodos tan distintos, con un Zukerman llevándola con mínimos movimientos de su arco o un simple movimiento de cabeza.

Si el banquete ya era exquisito y variado, aún quedaba música para rellenar oídos cual estómagos insaciables, o como escribe Reverter -ilustre gallego afincado en Madrid- citando al biógrafo del checo Gervase Hugues (de su libro Dvorak: His Life and Music) «tras escuchar la sinfonía uno tenga el mismo sentimiento que tendría un hombre robusto y buen comedor después de dar cuenta de un menú consistente en una sopa clara, una pequeña loncha de salmón ahumado, un soufflé de huevo, todo regado con agua fría. No está mal el símil; pero ese menú es en todo caso de una ligereza, de un refinamiento y de una exquisitez nada empachosos». La Octava de Dvořák me ha gustado siempre más que su famosa novena, perdiendo la cuenta de las veces que ha sonado en vivo desde mis años jóvenes hasta la actualidad, y la Sinfonia Varsovia ya trajo todos los condimentos de una orquesta romántica (2 flautas /2ª= flautín/, 2 oboes /2º=corno inglés/, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y cuerda / 4-6-8-10-12) para que el Chef Zukerman nos cocinase este plato checo y universal, impecable cada sección, cada solista, con balances perfectos donde poder escuchar todo lo escrito y saliendo a flote los motivos.

Cada movimiento de los cuatro (Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo) era una delicia de escucha, los tempi exactos y sin excesos, la sonoridad envidiable, con un Zukerman del que mi querido Justo Romero ha escrito que «empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico», algo que no comparto en absoluto pues esta Octava el Maestro la llevó por donde quiso en fraseos, aire, intensidades, rubatos… dejando fluir esta sinfonía con estos músicos polacos que transmiten energía y compromiso con toda la música que interpretaron, el Allegro con brio literal sin quemarse, un Adagio pletórico en cada sección lleno de dinámicas contrastantes hasta los extremos, un luminoso y vibrante Allegretto grazioso de ‘pizzicatti’ delicadamente contrapuestos a los arcos subyugantes con aires vieneses, vientos en el sitio preciso de protagonismo, o el Allegro ma non troppo desbordante de musicalidad.

Cuerda sedosa y rotunda, madera maleable e incluso etérea por momentos, metales brillantes sin estridencias -con un excelente arranque de la trompeta en el último movimiento- y timbales mandando sin excesos dinámicos. Un Dvořák que sigue enamorando por su frescura e inspiración melódica, tarareando al salir el Allegro ma non troppo que me lleva a no olvidar otros tantos conciertos ¡y zarzuelas!.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043:

Vivace / Largo ma non tanto / Allegro

Wojciech Kilar (1932-2013):

Orawa*

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, K. 364, (320d):

Allegro maestoso / Andante / Presto

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88:

Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo

* El concertino de la orquesta, Jakub Haufa, dirigirá Orawa de W. Kilar desde el atril.

Dualidades

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Viernes 27 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 Transcendencia: OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Martínez Burgos, Wagner y R. Strauss.

El noveno de abono que cierra el mes de febrero, se titulaba «Transcendencia», aunque rápidamente me vino a la memoria el famoso y desternillante «cuento» de Les Luthiers «La gallina dijo Eureka» donde Daniel Ravinovich le  pregunta a Marcos Mundstock sobre el significado con la contestación siguiente:

«Realizarse es trascender, yendo mas allá de los hechos, hasta lograr cierto tipo de equilibrio, cierto tipo de equilibrio, como por ejemplo, un árbol…».

Pero no me encajaba pensar en la música de este último viernes de febrero desde ese enfoque humorístico aunque trascender sea ir más allá de los hechos, y tras asistir al habitual encuentro de las 19:15 h., esta vez con el director titular y el compositor madrileño (del que escucharíamos dos obras), preferí elegir mi título de «Dualidades» porque estaba claro que se jugaba con aunar visiones dobles, sin llegar a «el Yin y el Yang» pero sí ante las distintas emociones contrapuestas que son como la propia vida, blanco y negro aunque con muchas gamas de grises.

Cada día se aprende algo nuevo y poder escuchar de primera mano qué busca un compositor de nuestro tiempo en cada página es prepararse para una audición más completa, que Nuno Coelho también cuenta micrófono en mano antes de iniciar los conciertos. Por mi parte aplaudir estas iniciativas así como seguir apostando por obras de nuestro tiempo, recordando que la historia cuenta cómo se estrenaban siempre y sería en tiempos cercanos cuando se optó por la repetición de unas pocas, formando lo que suelo llamar «Las 40 principales» aunque en otros géneros musicales, especialmente las denominadas músicas urbanas, todas parecen de poco uso para tirarse rápidamente, pasando a la memoria las que nos «machacaron» haciéndolas como decimos en Asturias pegañosas, hasta aquellas (pocas) que están tan bien escritas que permanecen en el inconsciente colectivo de distintas generaciones.

Me decía una querida amiga al descanso que no estaba acostumbrada a escuchar composiciones sinfónicas actuales, así que le hice el paralelismo con la pintura o mejor aún con la gastronomía que siempre está de moda. La cocina tradicional nos gusta a todos pero debemos probar nuevos platos. Los ingredientes pueden ser los mismos pero influyen igualmente las proporciones,  la elaboración, la guisandera o el cocinero, incluso la presentación del plato, y es cierto que se puede arruinar un menú o bien descubrir sabores que parecían ocultos y salen al paladar con nuevas sensaciones. La dualidad entre comida y OSPA la hemos sufrido con un cocinero  búlgaro que casi me obliga a clausurar este «restaurante», pero la llegada del chef portuense (definiendo ese término tomado del francés como «máximo responsable de una cocina profesional, encargado de dirigir, organizar y supervisar la elaboración de alimentos») nos ha devuelto a todos el gusto por esta cocina musical: repertorio habitual bien elaborado junto a nuevas recetas que tienen todo lo que necesitan para gustar (o al menos probarlas).

Del menú sinfónico había dos platos potentes que no pueden faltar en la mesa (Wagner y Richard Strauss) más otros dos entrantes o primeros de la «nueva cocina musical» dignos de cinco estrellas, pues Martínez Burgos ha trabajado y conoce lo tradicional para combinarlo y presentar unas exquisiteces (delicatessen) llenas de sensaciones cual sabores y olores sobre pentagramas que además maridaron perfectamente con los segundos, todo con una despensa bien surtida de la OSPA y el Master Coelho que sigue cocinando con esmero y presentándonos cada nuevo menú para integrarlo en nuestra memoria sensitiva.

El primer plato sería Daivāt (estrenada el 23 de febrero de 2019 en Basel) del catedrático del CONSMUPA al que Coelho conoció tras estrenar esta obra con la OSG y añadió a su amplio recetario sinfónico, cocinándolo para todos (me consta que las dos obras de Martínez Burgos se han grabado esta mañana para el sello Aria Classics, esperando las tengamos disponibles el próximo año, y alentando a volver con la costumbre de registrar el trabajo de una OSPA que sigue estando por descubrir incluso en nuestra tierra). Esta obra de hace siete años se estrenaba en Asturias y obtuvo el ‘Primer premio de composición Andrés Gaos’ de la Diputación de A Coruña en 2017, que pese a la objetividad de los jurados a la hora de elegir obras anónimas, está claro que los premios ayudan a difundir estas páginas sinfónicas como el propio compositor nos contó, y Hertha Gallego de Torres también en las notas al programa nos explican el título que surge de la lectura de Bhagavata-purana, uno de los textos religiosos que narra leyendas del hinduismo:

«Curiosamente encontré una palabra —daivāt— que no tenía traducción directa. En ciertos contextos lingüísticos este vocablo significa “el tiempo más allá de la memoria” (…) A partir de ahí surgió en mí una reflexión acerca de la memoria y el olvido que desencadenó finalmente un pensamiento musical».

Conflictos existenciales o cómo una sola palabra puede describir toda una frase cargada de simbolismo y filosofía, siempre a tener en cuenta por el premiado compositor y profesor afincado en la capital asturiana, que bajo esta premisa nos deja una composición plagada de sensaciones y texturas, una gran orquesta sinfónica donde explorar la tímbrica en cada sección, con la percusión utilizando arcos en platos o láminas, la cuerda con sordinas y armónicos, más color (o sabor) con el arpa y el piano, más un viento que equilibra fuerzas entre maderas y metales. Coelho fue dejando hacerse a fuego lento este aperitivo potente de mano pero delicado al «paladar auditivo».

Segundo plato que no puede faltar en un buen menú sinfónico: el «Preludio y Muerte de amor» del Tristan und Isolda wagneriano, inicio y final despojado (o deshojado) de las cuatro horas intermedias , otra dualidad que Hertha Gallego comenta: «El dúo de Eros y Thánatos es un tema universal que ha preocupado a los más grandes filósofos, poetas, novelistas, músicos… desde el comienzo de la historia. Recordemos simplemente las infinitas versiones del mito de la desgraciada Dido o de Romeo y Julieta», amor y muerte, leyendas medievales como las que utiliza Wagner que tanto arte nos han dejado. Liebestod en alemán une las palabras amor (Liebe) y muerte (Tod), el famosísimo preludio de la ópera -estrenada en 1865- enlazado con la Muerte de amor de Isolda, ambigüedades y dualidades desde el conocido como «el acorde de Tristán» perfectamente cocinado por Coelho y mejor servido por la OSPA, unos cellos magníficos y acoplados como uno solo, ricos en fraseo y dinámicas, el canto del oboe siempre melancólico, lengüetas alternando presencias y el «fondo» de una cuerda comandada hoy por el concertino invitado Luis María Suárez Felipe. Toda una modulación de sensaciones y emociones típicamente wagnerianas llevadas con mano maestra por el director portugués y la respuesta precisa de una orquesta contundentemente delicada, como sacando a flote sabores escondidos, «ingrávidos y sutiles como pompas de jabón» (con la venia de Machado), mezclados con especias poderosas en una escritura sinfónica que sobrevive a toda la ópera. Una primera parte para paladear y degustar.

La segunda parte se abría con otro plato del madrileño preparado durante su estancia en la Universidad de Oxford donde en 2019 (se doctoraría al año siguiente) le encargaron componer una obra sobre Leonardo da Vinci, todo un reto para Martínez Burgos que tras rebuscar se inspiró en un estudio sobre las aves (el Codex on The Flight of Birds), inspirándose básicamente en los dos tipos de planeo: propulsión, en cuanto a la fuerza para comenzar a volar, y el planeo, que apenas necesita esfuerzo dejándose llevar por las distintas corrientes de aire, este Codex (estrenado el 11 de mayo de 2019 por la Oxford Philharmonic) presenta otra dualidad: «transformar la energía cinética en expresión musical». No hay mejor forma de captar el germen sinfónico de esta nueva receta con los mismos ingredientes de la primera pero combinados y presentados más del gusto europeo actual, casi banda sonora de un documental bello desde su inicio: tutti de metales y percusión, súbitos contrastes de volumen con unas dinámicas bien controladas por Coelho que nunca deja quemarse ningún ingrediente, y menos con la calidad de una OSPA versátil en todo repertorio pero respondiendo a cada «cocinero» con toda la calidad que atesora y mantiene.

Y la última dualidad, Muerte y Transfiguración de Richard Strauss, un compositor que nuestra OSPA entiende como pocas formaciones, y son muchas las obras del muniqués que ha servido la orquesta asturiana en sus 34 años largos, aunque no siempre bien horneadas, retomando los paralelismos gastronómicos. Todo un plato potente con los ingredientes en cantidad y calidad donde no faltaron dos arpas, cinco trompas… equilibradas con una cuerda suficiente (12-10-8-7-6) para mantener los balances precisos elegidos por un Strauss admirador de Wagner, bien combinado tras el primer plato de Martínez Burgos. Gallego de Torres nos la describe perfectamente:

«(… basada en las Sagradas Escrituras y estrenada en 1890. Para Strauss cada momento de la obra poseía un significado extramusical: Un artista yace moribundo, y los pensamientos sobre su vida revolotean sobre su cabeza: la infancia inocente, los años de lucha, la consecución en este mundo de sus objetivos; al final, recibirá la ansiada transfiguración «del alcance infinito de los cielos». Podemos pensar (no seremos los únicos) que la música siempre remite a sí misma y no necesita de estas imágenes. Dejo a cada uno con sus reflexiones, no sin antes decir que este programa, al margen de un análisis más cerebral, nos remite a un mundo de espiritualidad contenida. Emoción, pero con conciencia».

Coelho nos recordaría cómo en su lecho de muerte a los 85 años Richard Strauss confesaba que la sentía igual que la había escrito a sus 24. De nuevo la dualidad, «Muerte y transfiguración» (Tod und Verklärung), una muerte que comienza con la misma vida, un artista que yace moribundo mientras pasan los pensamientos como una película (infancia, luchas de madurez, consecución de objetivos mundanos y la transfiguración «del alcance de los cielos». Como en Wagner, la OSPA nos llevó por estos recovecos con una mayor riqueza de matices y colores, con solos impecables como el de violín a cargo de Luis Mª Suárez, el duelo fraternal entre oboe y corno inglés, la suma de los fagotes (el contrabajo cimentando sonoridades), unos bronces -como se refería a nuestro recordado Max Valdés a los metales- empastados, ricos en presencia incluso en los pianissimi que cortaban la respiración, flautas de ensueño, arpas celestiales, una cuerda compacta de amplias dinámicas, empaste perfecto y balances gracias a un Coelho «master chef» cocinando este pote sinfónico asturiano capaz de competir con la mejor gastronomía germana, verdadera trascendencia para un programa que necesita de buena digestión tras una ansiada ingesta que nos hará soñar cual breve muerte diaria con la vida compañera de La Parca desde la primera cuna.

PROGRAMA:

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS (Madrid, 1970 – ):

Daivāt
(Estreno en Asturias, Avilés 27 de febrero – Primer premio de composición «Andrés Gaos» de la Diputación de A Coruña, 2017)

RICHARD WAGNER (1813 – 1883):

Tristán und Isolda, WWV 90: Preludio y Muerte de amor

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS:

Codex

RICHARD STRAUSS (1864 – 1949):

Tod und Verklärung, op. 24, TrV 158

Ímpetu juvenil en el octavo

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Abono 8 OSPA, Pasión y melancolía: Martín García (piano), Nil Venditti (directora). Obras de Gabriela Ortiz, Schumann y Chaikovski.

Una semana intensa en el auditorio ovetense y llegábamos a la mitad de los conciertos de abono de la OSPA con los ya habituales encuentros previos 45 minutos antes, moderados por Fernando Zorita en la Sala de conferencias nº 1 (del tercer piso), que paulatinamente van atrayendo -al igual que a los conciertos- más público del habitual, esperando se mantenga el incremento de aficionados. Personalmente no me los suelo perder porque son una forma de conocer de primera mano las obras que escucharemos a continuación con las aportaciones de los invitados, esta vez con la expresiva y mejor comunicadora directora ítalo-turca Nil Venditti (1994) invitada de nuevo por la orquesta asturiana, siendo su tercera visita a este mismo auditorio, a la que recordaremos precisamente por su ímpetu y forma de transmitir energía desde en un italiano comprensible siempre ayudado de las manos, y que volvería a lucir para todos los asistentes antes de dirigir cada una de las obras de la primera parte, más un dominio de cada obra que además contagia seguridad a una OSPA cada vez más madura, compacta, brillante por momentos, creciendo en cada abono en una temporada de asentamiento (a la espera de un concertino titular).

Comentaba el maestro Zorita lo habitual que es en la orquesta asturiana programar obras contemporáneas que no suelen repetirse pese a que muchas resultan verdaderos éxitos, y Venditti nos contó lo que la compositora Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 20 de diciembre de 1964) refleja en su obra, la conexión entre Clara y Robert Schuman, los momentos de esta relación y los papeles dados al oboe (Robert) y violín (Clara) más su forma de comunicarse precisamente con la música. También las notas al programa de mi admirado Ramón Sobrino nos prepararon para entender aún más esta obra compuesta en 2021 por encargo de la New York Philharmonic y estrenada el 10 de marzo de 2022 bajo la dirección de Gustavo Dudamel. Ubicar a continuación la «Sinfonietta» del alemán es rememorar al Schumann juvenil, despojado del tempo lento en esta «piccola sinfonia» por ser demasiado íntimo en un momento de euforia juvenil. Y por supuesto hablarnos del archiconocido concierto de piano de Tchaikovski donde aparecen motivos del folklore ruso con las características melodías también en los cellos y violas («no como Puccini que las escribe todas para los violines»), aunque retomaría para finalizar el encuentro desmenuzándonos la obra de la mexicana.

Aplaudir también el cambiar el habitual y decimonónico orden de los programas al colocar el concierto de piano en la segunda parte, algo que vengo reclamando hace tiempo evitando igualmente los trasiegos de un instrumento por el que ya pasan los años, especialmente en los agudos.

Muy interesante la obra de Gabriela Ortiz con una excelente e impresionante orquestación  que exige una buena cuerda (12-10-8- 6-5-5) hoy comandada por Jordi Rodríguez Cayuelas, para equilibrar a un viento poderoso, timbales más dos percusionistas desplegando un amplio arsenal de membranófonos e idiófonos que son parte imprescindible en toda la partitura, y especialmente en la «respuesta» que la mexicana plantea en la relación del matrimonio Schumann llena del trepidante ritmo de su tierra (güiro, temple blocks…) con la óptica femenina pero plenamente universal. El doctor Sobrino analiza la partitura al detalle en las notas al programa:

Clara consta de cinco secciones continuadas – 1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara –, que desarrollan dos elementos musicales: una breve secuencia rítmica como leitmotiv o idea fija, y un tema melódico en el oboe que representa el mundo privado de Clara. Salvo la número 3, todas las secciones son bocetos íntimos o esbozos de la relación entre Clara y Robert. Al final de la obra, el leitmotiv se percibe, en palabras de la autora, «como una respiración, dejando implícita la permanencia y el legado de ambas figuras».

Según Ortiz, «Clara parte de la idea de que la música nos permitirá acceder a una concepción no lineal del tiempo, más circular, donde el pasado (ellos) y el presente (yo) puedan encontrarse, conversar y conocerse». En «Mi respuesta», la compositora persigue acercar a Clara y Robert a su propio mundo, reivindicando a las mujeres que «desafiaron a la sociedad en la que crecieron al manifestar su obra artística». «Me gusta pensar que, a través de Clara, Clara Wieck Schumann está aquí, en esta sala de conciertos con nosotros».

Venditti conectó desde el primer compás con la esencia y sonoridad de la mexicana, sororidad musical impetuosa y delicada, defendiendo la partitura con seguridad, aplomo, gestualidad amplia donde su mano izquierda lo es en el amplio sentido de la palabra (en el encuentro comentaba ser menuda y mujer que no siempre ha tenido en las muchas orquestas la química esperada hasta que explica que lo importante es la obra), más una batuta flexible, precisa, pincel o tiralíneas pero nunca brochazos, lo que redundó en una OSPA entregada, con lucimiento de «los protagonistas», amplísimas dinámicas y dejándonos una interpretación de altura.

Con el espíritu de Schumann en el aire llegaría esa «sinfonía coja» si se me permite el calificativo (el compositor la llamó «Symphonette» o «Sinfonietta«) y juvenil, de nuevo impetuosa en sus tres movimientos (I. Obertura – II. Scherzo – III. Finale) de orquestación más liviana (vientos a dos salvo los tres trombones), obra más complicada que su aparentemente sencilla estructura, nuevo protagonismo del oboe de un Ferriol que este viernes «se ganó con creces una buena cena», una cuerda aterciopelada y siempre presente toda ella, manteniendo una sonoridad romántica plena de dinámicas siempre marcadas por ese vendaval que es Venditti. Obra compuesta durante tres semanas en 1841  con la «presencia alegre» de su amigo y admirador Mendelssohn (que dirigiría el estreno en Leipzig de su Sinfonía Primavera), que no encontró la respuesta editorial ni del público por lo que introdujo cambios en los dos primeros movimientos, estrenando esta nueva versión el 4 de diciembre de 1845, y publicada en 1846 por la editorial Friedrich Kistner. El Schumann sinfónico siempre para degustar que el tándem Venditti-OSPA nos brindaron para cerrar esta primera parte tras el impetuoso Finale.

Al pianista asturiano Martín García (Gijón, 1996) le sigo hace años recordando el doblete mozartiano y «Emperador» en un extraordinario de la OSPA en marzo de 2021, hasta el regreso a su Gijón natal dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Sociedad Filarmónica en enero de 2022, más su presentación en las jornadas de piano en noviembre de ese mismo año (El ciclón gijonés), titulando su concierto como «espectacular y potente», especialmente en Rachmaninov, la evolución está siendo increíble pero con mucho trabajo y esfuerzo que le ha dado ya el poso necesario, manteniendo un ímpetu ideal para obras como el «Primero de Chaikovski» habiendo ganado lirismo y profundización en su interpretación, con una amplísima gama de matices, poderosamente delicado (o delicadamente poderoso). Si ya entonces le describía como jovial en Mozart, explosivo en Liszt y especialmente «su» Chopin sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas -el primero lo mantiene, sumando alguno más como salir con un pañuelo para secarse el sudor de la cara o levantarse casi al momento de finalizar-, el Tchaikovsky de este abono octavo de la OSPA resultó profundo, valiente y musicalmente entregado.

Don Ramón Sobrino nos explica que «El Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky (1874, con revisiones en 1879 y 1888), rechazado inicialmente por Rubinstein, fue estrenado por Hans von Bülow en Boston en 1875. En tres movimientos, Allegro – que tras la conocida introducción emplea melodías de Ucrania, Francia y Rusia –; Andantino-Prestissimo-Tempo I; y Allegro con fuoco – con forma rondó –, es obra de referencia para los grandes pianistas, reconocida por público y crítica», así que contando con una orquesta en estado de gracia, una directora excelente concertante y un solista reconocido, el éxito estaba asegurado. Nunca hay dos interpretaciones iguales y he perdido la cuenta de las veces que lo he escuchado en directo, pero la de Martín García con Venditti y la OSPA no ha decepcionado. Siempre bien balanceado con la orquesta desde el potente inicio, sus solos fueron limpios, contrastando los súbitos que pasan del momento eufórico a la calma necesaria, sonoridades rotundas y cristalinas, encajes perfectos en los tempi que fueron valientes en los movimientos extremos, junto a la delicadeza «con poso» del andantino central que solo tiene de semplice el calificativo, porque más allá del virtuosismo necesario en los rápidos, el transmitir sentimientos siempre se hace con pocas notas pero bien tocadas. Y caer en la tentación del «primero» del ruso es fácil pero contener el exhibicionismo es una virtud. ¡Bravo Martín!.

La propina, con Venditti sentada en el suelo escuchando y la luz atenuada, nos demostró que Martín García García afronta la treintena con la serenidad y sonoridad de su Debussy (el Preludio nº 5, Bruyères, del segundo libro) rico, brillante, pedalizado con acierto, además contenido tras el ímpetu y pasión rusa.

PROGRAMA:

GABRIELA ORTIZ (1964):

Clara (1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara)

ROBERT SCHUMANN (1810 – 1856):

Obertura, Scherzo y Finale, op. 52

I. Obertura
II. Scherzo
III. Finale

PIOTR ILICH CHAIKOVSKI (1840 – 1893):

Concierto para piano nº1 ensi bemol menor, op. 23:

I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Silencios sonOROs

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Domingo 15 febrero, 12:00 h. Cúpula del Centro Niemeyer. Coro EL LEÓN DE ORO, Marco Antonio García de Paz (director): Deafening Silence. Obras de Venturini, Donati, Pärt, Cage, Arnesen y Whitacre. Entrada: 12€ (+ 1€ de gestión). Fotos de Beatriz Montes y propias.

Silencio sonoro, silencio de oro, silencio respetuoso, silencio vergonzoso, silencio cómplice, silencio doloroso, silencio bochornoso, silencio majestuoso y musicalmente llenando vacíos como pausas en un camino de aires actuales, con un silencio imponente y trágico, impetuoso y nostálgico, el oximoron de «silencio  atronador» o «silencio ensordecedor» (Deafening Silence), porque lo vivido esta mañana dominical en la Cúpula del Niemeyer -con todo vendido muchos días antes– gracias al El León de Oro (LDO), más allá de mi reconocido calificativo de «leónigan», traspasa todo lo que pueda contar o intentar describir. Pensé incluso en poner solo la ficha técnica y dejar toda esta entrada en blanco cual silencio, pero hay experiencias que no podemos dejar pasar aunque a veces la prensa las omita o no les dé la importancia que tienen.

Barajé también disertar sobre la cantidad de música que se ha compuesto con el silencio como tema a lo largo del tiempo («The Sound of Silence» lo primero que me vino a la cabeza), más allá de que sea tan importante como el propio sonido desde aquella definición decimonónica que «la música es el arte de combinar sonidos y silencios».

No hace falta decir que LDO es sin duda uno de los coros más reconocidos del panorama coral internacional, más allá del español, y he vivido en primera persona su triunfo en el reciente Festival AtriumMusicae en Cáceres, donde ofreció dos conciertos que siempre son únicos bajo la dirección de Marco Antonio García de Paz, maravillando a un público llegado de los cuatro puntos cardinales.

El programa del Niemeyer se titulaba Deafening Silence (Silencio ensordecedor), una invitación al público a adentrarse en un viaje sonoro que interpelaba, conmovía y cuestionaba nuestro tiempo, como ya indicaba la web del ágora avilesina y el propio programa de mano:

«En una época en la que las ideologías se disuelven y las palabras pierden peso, el silencio –aparentemente pasivo– se vuelve protagonista. Pero no cualquier silencio: un silencio ensordecedor, que grita con fuerza todo aquello que ya no se dice, lo que se oculta, lo que no se quiere mirar».

Luces cuidadas, proyecciones con varios textos, cantados o evocados, imágenes en movimiento y un público en un respetuoso y por momentos inquietante silencio, donde se podía escuchar respirar con solo algún leve y breve comentario infantil que se apagaba rápidamente. Una selección de obras que solamente «los leones» puede interpretar porque se mueven -en todos los sentidos- cómodos tanto en las épocas históricas pero especialmente en el repertorio coral de nuestro tiempo que dominan como ningún otro en España. Sigo citando los propios textos que invitaban a leerse y pensarse antes, durante y/o después de una experiencia sonora más allá del silencio:

Este concierto nace de una necesidad urgente: la de reflexionar, desde el arte, sobre la indiferencia y la distancia creciente entre los avances tecnológicos y la dignidad humana. Mientras algunos alcanzan las estrellas, millones siguen luchando por derechos básicos. Las voces que aquí resuenan –poéticas, espirituales, fragmentarias– nos hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre.

Las obras de los seis compositores elegidos suman textos de autores que nos invitan a escuchar  esa música desde otro lugar, puede que el interior. Y el silencio se hizo con Venturini (Udine, 1959) y la obra que daba título al concierto. Aparición del coro bajo la cúpula susurrando, hablando, cantando recorriendo el espacio con el sonido, ubicándose en una tarima con un fondo que daría luz al tríptico y las letras de Donati (Arezzo, 1972), tinieblas de disonancias que suenan próximas, bellas y hasta luminosas. El lenguaje de Dante sublimado con la música del madrigalista contemporáneo en las voces impecables, afinadas, expresivas, celestiales asentadas desde el Averno del arquitecto brasileño.

Si hay un compositor que conmueve como pocos es el estonio Arvo Pärt más allá de su música sacra, y LDO sigue ejerciendo su apostolado. Las dificultades no existen, afinan, empastan, emocionan, juegan con el espacio, disfrutan con el sonido, la magnificencia de los fortissimi y los interiorizados pianissimi tan trabajados que se hace imposible consigan esa fusión vocal tan plena. Carne de gallina en el cántico bíblico de Simeón, Nunc dimittis, enlazado con The Deers Cry (2007), maravilloso diálogo de la voces masculinas y femeninas en un continuo “in crescendo” lleno de fuerza donde sentir esas maravillosas polifonías del final con todas las voces combinadas en un momento de gran inspiración y emoción con el grito del ciervo (impresionantemente proyectado), jugando con «Cristo» conmigo, delante, detrás, en mí…

Y llegó la «conocida» obra de John Cage, el único compositor no vivo del concierto, con 4’33’’ que no apareció como provocación (lo fue en su momento y hasta se vendía por 0,99€ en las plataformas), un reloj de arena proyectado ese tiempo de silencio absoluto mientras Marco  A. García de Paz dirigía al imaginario coro silencioso que formaba el público, marcando a tres o a cuatro, quién sabe si VictoriaRheinberger como en Cáceres, las pausas y «fraseos», que buscaban lo escrito previamente: «un punto de inflexión que nos invita a escuchar el espacio, el tiempo y la comunidad reunida. Especialmente en un lugar como la cúpula del Centro Niemeyer, el silencio se convierte en una experiencia compartida que da sentido a la música que la rodea».

Del compositor noruego Arnesen (Trondheim, 1980) que hoy en día está siendo referente coral a nivel mundial, LDO nos interpretarían un emocionante Even When He Is Silent (2011), una obra coral conmovedora e introspectiva cuya música está inspirada en un texto breve pero profundamente conmovedor, escrito por un judío que se escondió durante la Segunda Guerra Mundial y encontrado rayado en la pared de un sótano en Colonia, que estuvo proyectada mientras  la escuchábamos.

De nuevo el silencio como protagonista pues así comienza reflejando la profunda profundidad de las palabras usadas para ir gradualmente desarrollándose hasta un clímax dramático con la frase «Creo en el amor», que encarna las intensas y conflictivas emociones de aferrarse a él en tiempos difíciles. La pieza se desvanece luego en un final más contemplativo, que culmina en una serena aceptación de la fe en Dios, incluso en medio del silencio. Música conmovedora, de acordes exuberantes y desafiantes líneas vocales, todo un viaje emocional del texto interpretado con profundidad por LDO donde también está la esperanza en los momentos más oscuros, iluminados tenuemente como las luces sobre las partituras. Podrán quitarnos el sol o el amor pero la música nos recuerda que incluso en las circunstancias más sombrías, podemos aferrarnos a nuestra esperanza y fe.

Y para finalizar esta experiencia coral otro de los compositores «fetiche» de los asturianos, Eric Whitacre (1970) con las voces graves rodeándonos desde arriba, las blancas en la tarima y Marco manejando ese Water Night, luz y oro, noche con ojos de caballo y de agua, «Silencio y soledad» antes de un recitado preparando la última posición del coro, «voces que aquí resuenan, poéticas, espirituales, fragmentarias, hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre«, de guerras en Gaza y Ucrania pero también en África, Asia… When David heard, un tránsito musical a la muerte, al silencio y la oscuridad, emoción contenida, explosión coral de una página que LDO tienen en su genética y va pasando de generación en generación con la misma entrega de sus inicios. El proyecto es una realidad y mantiene la eterna búsqueda de la belleza vocal que prosigue con una versatilidad única, capaz de transitar entre estilos muy diversos manteniendo coherencia expresiva y claridad sonora, que incluso desde el silencio atronador.

Finalizo con las notas escritas por Marco A. García de Paz:

En su ensayo “El resto es silencio”, Aldous Huxley reflexiona sobre cómo el ser humano experimenta la belleza, el placer, el dolor, el éxtasis o la muerte sin necesidad de expresarlos con palabras. Cuando lo inexpresable exige manifestarse, decía, recurrimos a la música. Y cuando la música ya no basta, siempre queda el silencio.

Shakespeare coloca esas mismas palabras —The rest is silence— en boca de Hamlet en el instante final. Pero en su tragedia la muerte no es solo un desenlace: es un proceso. Un camino que va desde la oscuridad del duelo hasta un intento de reconciliación con lo inevitable. La vida, parece decirnos Shakespeare, no se pierde del todo mientras haya alguien que recuerde, alguien que cruce el umbral del tiempo para contar la historia. Mientras exista la memoria, el silencio no será vacío.

Deafening Silence propone precisamente eso: escuchar el silencio no como ausencia, sino como presencia cargada de significado. Como un espacio donde la música, al retirarse, nos obliga a mirar, y a mirarnos, con mayor profundidad.

PROGRAMA

Andrea Venturini (1959)

Deafening silence

Lorenzo Donati (1972)

Davanti alle tenebre Dentro alle tenebre Oltre le tenebre

Arvo Pärt (1935)

Nunc dimittis

The Deers Cry

Jonn Cage (1912 – 1992)

433

Kim André Arnesen (1980)

Even When He Is Silent

Eric Whitacre (1970)

Water Night

When David heard

Colores sinfónicos

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Viernes 6 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Pájaro de fuego», abono 7 OSPA, Javier Comesaña (violín), Otto Tausk (director). Obras de Shostakovich, Ravel y Stravinsky.

Séptimo abono de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias) que volvió a mostrar músculo y personalidad en un programa que, bajo la apariencia de eclecticismo, trazaba un arco coherente de colores, tensiones y arquitecturas sonoras del siglo XX. Desde la densidad emocional de Shostakovich (al que seguimos «conmemorando» esta temporada 2025-26) hasta el refinamiento francés de Ravel y el fuego controlado de Stravinsky, la velada tuvo algo de lección sinfónica bien entendida y con más público del habitual, que se va incorporando paulatinamente a medida que avanzan los conciertos de abono.

Como siempre hubo encuentro previo a las 19:15 horas con Otto Tausk (Utrecht, 1970), director invitado que nos hizo llegar su visión de este programa ruso con acento francés y mucho color sinfónico en tres obras de tres grandes sinfonistas que, a diferencia de otros compositores, plasman en la partitura todo lo que debe tocarse, que ya es mucho, y que como refería con humor el holandés, tiene «poco trabajo» con estas obras donde lo importante es dejar que la la música fluya, pero sin excesos.

Tausk, un director holandés con amplia trayectoria que como violinista tuvo de profesor en su Holanda al que fue discípulo de David Oistrakh (que estrenó precisamente el concierto de este primer viernes de febrero), es de gesto claro y economía expresiva, y supo dejar fluir la música sin forzarla, tal como nos previno, cuidando un equilibrio muy trabajado entre secciones. El resultado fue un sonido compacto, especialmente en una cuerda densa y bien empastada, liderada con autoridad por la concertino invitada Joanna Wronko, y unas maderas y metales integrados con naturalidad en el discurso junto a la percusión  y arpa más celesta (alternaría en Stravinski con el piano) perfectamente ensamblados .

El eje emocional del concierto fue, sin duda, el Concierto para violín nº 1 de Dmitri Shostakovich, obra escrita “escondida en un cajón” a la espera de tiempos menos oscuros tras la sombra de Stalin. Javier Comesaña afrontó el exigente papel solista con una mezcla de valentía, madurez y control técnico admirable. Desde el Nocturne, supo cantar con un sonido flexible y lleno de matices, desplegando una paleta cromática que recordaba a un Pollock sonoro: aparentemente libre, pero profundamente estructurado. El Scherzo y la Burlesca, con su ironía corrosiva y ese sarcasmo “tan Dmitri”, fueron una auténtica montaña rusa de sensaciones, mientras que la Passacaglia se erigió como un núcleo de gravedad trágica, sostenida con pulso firme y gran concentración expresiva con una cadenza de cortar la respiración.

Como propina, Comesaña ofreció el último movimiento (Les furies) de la Sonata nº 2 de Ysaÿe, un momento de introspección con ese «Dies Irae» que cerró su intervención con recogimiento y elegancia desde su violín parisino Claude Pierray (datado en 1720).

La segunda parte “hablaba francés”, aunque con acentos bien distintos. La Pavane pour une infante défunte de Ravel sonó perfectamente coloreada, arpa con trompa y flauta rivalizando en ejecución bien sentida, de refinado impresionismo y fraseo amplio, con un lirismo que, sin caer en la languidez, me evocó incluso ciertos aires cantábricos por su atmósfera húmeda y envolvente que amplía la paleta de la original de piano, en las manos de Tausk.

Ya con una plantilla completa y una cuerda que se puede calcular con los 6 contrabajos, que siempre son necesarios para un buen cimiento sinfónico, Stravinsky, por su parte, apareció en su versión más gala que rusa con la Suite de El pájaro de fuego (1945), ya desligada del ballet pero aún cargada de energía narrativa. Tausk recordó en el encuentro previo cómo, en esta música donde todo está escrito al milímetro, el reto consiste en comprobar que cada elemento esté exactamente en su sitio. Así ocurrió: danza infernal precisa, berceuse de pulso contenido y un final luminoso, construido con lógica interna y sin efectismos gratuitos, bien llevados por un director que contactó sin problemas con una OSPA cada vez más madura que siempre se ha movido bien en estos repertorios que también conviene “sacar del cajón”.

Un concierto que confirmó el buen momento de la orquesta y dejó claro que los colores sinfónicos, cuando se trabajan con rigor y sensibilidad, siguen diciendo mucho más de lo que parece.

La velada tuvo además un momento de emoción contenida con la despedida de Irina Bessedova, violín segundo, que se jubila tras 35 años en la OSPA. Un agradecimiento sincero y merecido a una trayectoria silenciosa pero esencial.

Gracias, Irina

PROGRAMA:

I

DMITRI SHOSTAKOVICH (1906 – 1975):

Concierto para violín n.º 1 en la menor, op. 77:

I. Nocturne

II. Scherzo

III. Passacaglia

IV. Burlesca

II

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

Pavane pour une infante difunte

IGOR STRAVINSKY (1882 – 1971):

El pájaro de fuego: Suite (rev. 1945):

I. Introduction and Dance of the Firebird

II. Dance of the Princesses

III. Infernal Dance of King Kastchei

IV. Berceuse

V. Finale

Modernidad desde la tradición

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 12:30 horas: Museo Vostell Malpartida, Bach Fluxus IV. Mario Brunello (cello). Obras de Bach y Weinberg.

Desde que comenzó el Festival Atrium Musicae, Antonio Moral consiguió incluir como cita imperdible este Museo Vostell y el espíritu de Bach Fluxus, continuando este idilio desde sus tiempo en el CNDM así como la colaboración con José Antonio Agúndez (director gerente del museo y cronista oficial de Malpartida) y la apuesta fue sobre seguro viendo la respuesta de un público que peregrina hasta este municipio de Cáceres más allá de “Juego de Tronos” en Los Barruecos, que también merecen visita pero en otro contexto y momento.

Fluxus en latín significa flujo pero también es un movimiento de las artes visuales, de la música y de la literatura que tuvo su momento más activo entre la década de los sesenta y los setenta del siglo XX. Se declaró contra el objeto artístico tradicional como mercancía y se proclamó a sí mismo como el antiarte. Así se funda en 1976 este museo en Los Berruecos dedicado este Fluxus donde llegaron el artista alemán Wolf Vostell (1932-1998) y su mujer Mercedes, que se enamoraron de este paraje natural en un antiguo lavadero de lanas, conjugando arte y naturaleza.

Y si los espacios son importantes, las agendas de los gestores musicales son mejores que las de los políticos que dan el salto a las multinacionales, bufetes o grandes empresas privadas. Si con ella se puede encontrar en un día un barítono para sustituir al previsto, ahí está el contacto (de otras “adversidades” aún me quedan por contar las de la tarde de este primer domingo), y cuando se establecen vínculos casi fraternos con muchos intérpretes, se les convence para que den no uno sino dos conciertos. Así sucedió con Mario Brunello (1960) tras el dúo Yulianna Avdeeeva del pasado jueves que esta mañana dominical lo hacía en solitario con dos de las suites de Bach (las nº 3 y nº1) escoltando a Weinberg.

El maestro italiano ofrecía en este espacio tan singular bajo el título Bach Fluxus IV (identificando el término latino ya explicado) un recorrido entre “la música” y “la vida”, entre Meinn Gott y el siglo XX del perseguido y enorme compositor judeopolaco, en sintonía con el espíritu del museo fundado Vostell. Junto a dos de las suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, auténticos pilares del repertorio instrumental que Pau Casals rescató del olvido, el italiano Brunello como el catalán italiano está recuperando a Mieczysław Weinberg que merece un sitio propio más allá de su amistad con Shostakovich como ya comentamos en el concierto del jueves. De este “olvidado” e incluso borrado por el estalinismo soviético, Brunello nos interpretó la Sonata nº2 op. 121 (1977) que conjuga lirismo y dramatismo, felizmente hermanado en este mediodía dominical.

Tras unas palabras en italiano perfectamente entendibles donde presentarnos las obras, de las suites de Bach que probablemente son de la época de Cöthen aunque se siga investigando su cronología exacta, comenzaría con la tercera en do mayor (BWV 1009) que arranca con el famosísimo Prelude válido en cualquier entorno. Brunello la llevó a su estilo con fraseos propios, intensidades variadas, prosiguiendo con la profunda Allemande que parecía presagiar a Weinberg en cada “danza”, incluso en la Sarabande aunque la Gigue de aires gaiteros abría cierto tono festivo.

Pero los movimientos de la Sonata 2 de Weinberg ponía un nudo en la garganta, compuesta casi el mismo año en que se inauguraba este Museo y rodeada de muchas obras tan expresivas como esta sonata para violonchelo que la acústica también favoreció. Brunello siente cada nota, cada frase, estados de ánimo que como decía Bach es “la música” pero Weinberg es “la vida”. Las notas al programa se titulan “Tradición y modernidad” aunque yo invierta el orden, y en ellas se disecciona el programa. Del compositor remarca una vida marcada por el Holocausto, el exilio, su cercana amistad con Shostakovich (que le salvaría la vida en plena persecución estalinista), y destacando que es un compositor clave no sólo de música de cámara, también de sinfonías y óperas con un catálogo inmenso que se está “sacando del olvido”, y esta Sonata op. 121 pertenece a un ciclo de cuatro para violonchelo solo. La analizan de la siguiente manera:

“Tras un inicio introspectivo del Andante inicial con un tono de soledad casi meditativa, el Allegro siguiente irrumpe con fuerza, con un ritmo trepidante, lleno de energía y contrastes que desemboca en un Adagio donde el tiempo queda suspendido con un canto sencillo y directo del violonchelo creando una atmósfera entre melancólica y resignada que tanto caracteriza a Weinberg. La obra se cierra con un movimiento más ligero, con algunos guiños al folclore judío y a Bach, para concluir de forma solemne en un final que se desvanece poco a poco buscando de nuevo el sosiego del Andante inicial”.

La interpretación de Brunello fue poderosa e introspectiva, desgarradora pero llena de esperanza, amplísima en unas dinámicas con todas las técnicas del instrumento que en momentos dados hicieron soltarse el arco o arrojar la sordina violentamente al suelo para no perder un discurso que el italiano siente tan ruso como el compositor, y que obtuvo el premio Tchaikosky en 1986. El público, que agotó las plazas del museo, premió en pie con una atronadora ovación la entrega y emociones de esta sonata.

Tras el dolor viene el perdón de “dios Bach” y la primera de las seis suites, como el vermut al desayuno diario de Casals a lo largo de toda su vida a partir de los 48 años en que realizó la primera interpretación en público y llevarla al disco para convertirse en una referencia absoluta y todo un reto para los violonchelistas desde entonces. Mismas “danzas” que en la tercera que abría la velada (salvo el cambio de la Bourrée por ell Menuet) y otra lección del italiano que si desde el piccolo nos asombró en Granada, con el del siglo XVII del luthier Giovanni Paolo Maggini con una hermosa voluta tallada en forma de cabeza redondeó este Bach Fluxus antes de otra cálida, merecida y larga ovación, dejándonos un regalo de Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966), alumno por muchos años de Casals en París, también amigo de Falla, Casella o Ricardo Viñés, residiendo desde 1923 en Florencia por sus amores con Guilietta Gordigiani y un dúo que triunfó incluso en los EEUU. Brunello nos lo “devolvió” con el mismo y reciproco amor en un sentido Intermezzo y Danza Finale de la Suite para Cello solo. Hora y media de profundidad interpretativa, magisterio en el instrumento y emociones a flor de piel, en esta coproducción con el Museo Vostell –como en las anteriores ediciones–, en una forma de que el concierto subraye la vocación del Festival Atrium Musicae de llevar la música a escenarios singulares y de establecer vínculos entre tradición y modernidad.

Aún quedaba el concierto de la tarde en el Gran Teatro, que es otro capítulo para el blog… Lo dicho, ¡CONTINUARÁ!

PROGRAMA:

Bach Fluxus IV
Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Suite para violonchelo n° 3 en do mayor, BWV 1009 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Bourèe 1&2 – Gigue

Mieczysław Weinberg (1919-1996)
Sonata para violonchelo n° 2, op. 121 (1977):

Andante – attaca / Allegro / Adagio – attacca / Allegretto – Lento – Adagio

Johann Sebastian Bach
Suite para violonchelo n° 1 en sol mayor, BWV 1007 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Menuet 1&2 – Gigue

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