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NR con NR

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1715 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Orígenes», Nadège Rochat (violonchelo), Noelia Rodiles (piano). Obras de R. Schumann, Falla, Kodály y Stravinsky.

Hay días donde me coinciden dos conciertos y hay que elegir, aunque al de este miércoles gijonés no quería faltar por varias razones. Primera porque supone mi despedida de la temporada dado que el último (5 de junio)  pese a tenerlo en mi agenda desde que se programó (sobre todo por el «Homenaje a Falla» desde la óptica de Moisés P. Sánchez que regresa a esta filarmónica), me coincide con el último de abono de la OSPA, y la fidelidad está por encima de los gustos. Y esta fidelidad así como afinidad me acercó a Gijón para disfrutar de dos mujeres asturianas que comparten iniciales NR, tienen en el Jovellanos una casa donde siempre se las quiere, y dos artistas a las que sigo hace años pese a la juventud de ambas.

A la pianista «avilesina» Noelia Rodiles (Gijón, 1985) casi puedo presumir de haberla visto crecer y afrontar retos, acompañando al tenor Joaquín Pixán, todo un aprendizaje como maestra acompañante, con la OSPA interpretando a su paisano Julián Orbón, como solista en este mismo escenario del Paseo de Begoña estrenando obras de nuestro tiempo, con la Oviedo Filarmonía en las Jornadas de Piano estrenando a Manuel Martínez Burgos, su regreso para el 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón, sin olvidarme de sus grabaciones discográficas, precisamente de Orbón y M. Burgos, o el disco anterior «Efecto mariposa» presentado la víspera de un confinamiento del que no nos olvidaremos, por volver la vista atrás que he ido reflejando en mi blog.

Más cercana en el tiempo pero otro tanto puedo comentar de la chelista suiza Nadège Rochat (1991), a quien hemos enamorado de Asturias donde ha encontrado su «paraíso natural», puede que por aquellos que dicen lo de «Asturias, la pequeña suiza». Me la «descubrió» en Bilbao mi querida Judith Jáuregui y desde entonces sigo la trayectoria de ambas y siempre que he podido me he acercado a escucharlas. De nuevo la sociedad gijonesa acertó en traer a las figuras emergentes del momento, por lo que Nadège vino primero acompañada a la guitarra del malagueño Rafael Aguirre, después en trío con Soyoun Yoo y Judith en un «concierto de reencuentros»,  para hace casi dos meses verla «fichada» por el Ensemble 4.70 en Oviedo (también tocarían en Gijón).

Así pues era necesario escuchar este nuevo maridaje chelo-piano de las dos NR y con un programa muy bien estructurado, no solo cronológicamente sino también por «una misma orientación estética basada en la reelaboración de materiales vinculados a lo popular o tradiciones musicales del pasado» como comienza las notas al programa Mar Norlander.

La primera parte resultó un recital de lieder sin texto, el chelo cantante y el piano acompañando o compartiendo protagonismo. Primero las Cinco piezas en el estilo popular, Op. 102 (1849) de un entonces prolífico Schumann, con «los elementos de inspiración popular van dejando su rastro a lo largo de las cinco secciones, en las que destacan las referencias a los ritmos de danza», cinco páginas (la primera aplaudida, tal vez por desconocimiento de la unidad) donde no faltan el humor que las dos intérpretes comparten, una nana que estas dos madres habrán «cantado» a sus niñas, la sonoridad tanto de un cello alemán (el «Ex-Vatican» de 1620 no hubiera resultado igual) como del Steinway© en equilibrios dinámicos, el aire campesino asturiano en la inspirada interpretación del dúo casi olfateando esos aromas, hasta la marcada fuerza de la quinta. Interesante este «Estuche» donde comprobar el bien entendimiento del dúo pleno de afinidades estilísticas.

Recordaba el concierto con el guitarrista malagueño hace ya 8 años, donde sonaron las Siete Canciones Populares Españolas de Falla, y así  volverían esta vez con el piano en su versión original y manteniendo el orden, en vez de las seis de arregladas por Falla y Paul Kochanski que adaptaron seis de ellas para violín y piano como Suite populaire espagnole, omitiendo la nº 2 y cambiando el orden. Así nos avisó Nadège antes de arrancar con este homenaje a Manuel de Falla (#falla150) por su nacimiento, pero también los 80 años de su fallecimiento, efemérides que estamos celebrando en este 2026 (este jueves 21 seguiremos con Oviedo Filarmonía en el Auditorio de Oviedo).

Si no me fallan los datos, el arreglo para chelo y piano (pues los hay para todo tipo de combinaciones y es una de las suites más interpretadas del gaditano), es Maurice Maréchal (1892-1964). Los cambios de octava en el cello enriquecen las versiones vocales en la misma escala, incluso pasajes donde se suma al piano alcanzando momentos casi orquestales. La parte del piano además de su complejidad, requiere una total convivencia con «la cantada», siendo además el chelo lo más cercano a la voz humana. Nadège con la guitarra se acercó al «quejío flamenco», más con el piano fraseó sin necesidad del texto pero teniéndolo presente (haciéndome cantar mentalmente estas canciones que tanta guerra me dieron en los años de repertorista), pura canción de concierto con la esencia popular llevada a lo académico sin perder la riqueza melódica, y Noelia, maestra en estas lides, con los balances en su sitio, protagonismo compartido de todo lied, incluso apostando por una Seguidilla murciana muy ligera y virtuosa que para la voz sería excesiva pero dotada así del aire y tempo bailable que el chelo afrontó airoso.

Por su parte tanto la Asturiana como la Nana fueron íntimas, «Arrimeme a un pino verde» dolorido y «Duérmete mi niño, duerme» verdadero aRRoRRó de las dos eRRes, sentimientos expresados sin necesidad de palabras. Alternancias de sombras y brillos como la Jota que bisarían, El paño moruno lírica pura o el Polo potente donde el piano es una maravilla de escritura.

Abría la segunda parte Zoltán Kodály y su Sonata para violonchelo y piano, Op. 4 (1909), música de cámara del húngaro no siempre habitual en los conciertos del también pedagogo, musicólogo y folklorista, en este programa donde lo popular se hace clásico y encuentra en las sociedad filarmónicas el mejor escenario.  Mar Norlander describe esta sonata que refleja la síntesis entre tradición y modernidad y «…esta estética: una escritura de gran libertad expresiva, influida por el folklore y por el color armónico impresionista. Aunque concebida inicialmente en tres movimientos, la obra quedó finalmente reducida a dos, tras abandonar Kodály la composición del allegro inicial previsto originalmente». Cuando el folklore es inspiración para hacerlo camerístico, nos encontramos con páginas como esta sonata donde chelo y piano dialogan, juegan, bailan, rompen fronteras, y el dúo R&R transmitieron esta alegría que Kodály escribió. Momentos líricos junto a otros rapsódicos, perfecta conjunción y entendimiento entre las intérpretes, aún más exigente en el Allegro con spirito con el que nos deleitaron, ritmos contagiosos, conversaciones chispeantes que saltan del piano al chelo con una fuerza  contagiosa muy aplaudida por el público.

Cerraríamos este viaje en el tiempo nada menos que con Stravinsky y su Suite italienne en el arreglo del chelista ucraniano Grégor Piatigorsky (1903-1976) para este dúo que volvió a encandilarnos. Mar Norlander nos la explica a la perfección: «Constituye una de las manifestaciones más refinadas de su periodo neoclásico. Derivada directamente del ballet Pulcinella (1920) y adaptada posteriormente para distintas formaciones instrumentales, la obra parte de materiales atribuidos durante mucho tiempo a Giovanni Battista Pergolesi y a otros autores italianos del siglo XVIII. Lo que propone Stravinsky es una reinterpretación moderna del pasado: conserva la claridad formal, el equilibrio y el espíritu danzable de la música barroca, pero los transforma mediante síncopas, desplazamientos de acentos, giros armónicos inesperados y una escritura rítmica de gran precisión». Lenguaje cercano, melodías pegadizas, alternancias incluso tímbricas marcando los pasos. Prosigue Norlander comentando que «La suite alterna movimientos de carácter contrastante entre la elegancia cortesana, el humor y la vivacidad teatral en una continua exploración de colores y texturas. En esta versión para violonchelo y piano, realizada en colaboración con el violonchelista Gregor Piatigorsky, el diálogo entre ambos instrumentos adquiere una dimensión especialmente incisiva y virtuosa. El violonchelo oscila entre el canto lírico y el gesto irónico, mientras el piano apuesta por una escritura transparente y de gran vitalidad rítmica. El resultado es un lenguaje plenamente moderno y personal». Casi al pie de la letra, R&R mostraron esa vitalidad y rica paleta sonora por parte de ambas, complicidad, virtuosismo necesario (impecable y contagiosa la Tarantella) siempre al servicio de esta música del ruso tan actual desde ese lenguaje «neoclásico» que se agradece en estos tiempos donde parecemos buscar otras sensaciones. El chelo sigue haciéndonos vibrar, el piano pareja ideal con ese finale cómico que parece imitar el rebuznar de un «sedoso Platero ruso» y un dúo que hizo las delicias de un público siempre atento.

Manteniendo este acercamiento a lo popular y el baile, completando este programa tan interesante, la primera propina sería del checo Dvořak su Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre), número cuarto de las Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104, otro guiño al viaje popular de salón con este dúo. Tras el éxito bisarían la Jota de Falla, cierre nacional de un concierto internacional con dos asturianas que tocaban en casa, a gusto, felices como todos los que compartimos velada.

PROGRAMA:

Orígenes

I

Robert SCHUMANN (1810 – 1856)

Fünf Stücke im Volkston (Cinco piezas en el estilo popular), Op. 102

1. Vanitas vanitatum. Mit humor (con humor)

2. Langsam (Lentamente)

3. Nicht schnell, mit viel Ton zu spielen (No rápido, para ser tocado con gran entonación)

4. Nicht zu rasch (No demasiado rápido)

5. Stark and markirt (Fuerte y marcado)

Manuel de FALLA (1876 – 1946):
Siete canciones populares españolas (arr. para chelo y piano)

I. El paño moruno

II. Seguidilla murciana

III. Asturiana

IV. Jota

V. Nana

VI. Canción

VII. Polo

II

Zoltán KODÁLY (1882 – 1967)
Sonata para violonchelo y piano, Op. 4

I. Fantasia – Allegro di molto

II. Allegro con spirito

Igor STRAVINSKY (1882 – 1971)
Suite italienne (arr. Piatigorsky)

I. Introduzione

II. Serenata

III. Aria

IV. Tarantella

V. Minuetto e finale

Propinas:

Antonín DVOŘAK (1841-1904)

Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104: IV. Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre)

BIS Jota (FALLA)

Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas Contrapunto de cámara: forma y significado iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Bosques líricos

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Miércoles 3 de diciembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1705 de la Sociedad Filarmónica de GijónTrío Preseli. Crossroads: obras de Berlioz, Rubén Díez, Anthony Randall, Schubert, Gabriel Ordás, António Victoriano D’Almeida y Havelock Nelson.

Siempre resulta interesante asistir a un recital donde la poesía se une con la música, matrimonio indisoluble aunque no esté sobre un pentagrama. Si le sumamos que la formación era el Trío Preseli (creado en 2021) con la soprano María Hinojosa, la trompa de Simon Lewis y el piano de Daniel Pereira González, la sonoridad y tímbrica propia, que ya disfrutamos en este mismo teatro el 3 de abril del pasado año, me servía para volver a titular esta entrada como entonces, «El oscuro romanticismo» pero había mucha música de nuestro tiempo así como dos compositores asturianos que no quería perderme, incluyendo un estreno absoluto.

El programa titulado «Cruzando caminos» (Crossroads) viene perfectamente explicado en el programa de mano (que dejo enlazado) con las notas escritas por el galés Simon Lewis (aún recuerdo su paso por la Oviedo Filarmonía y actualmente en la Bilbao Orkestra Sinfonikoa), que también aprovechó para contar algunas anécdotas mientras cuidaba y limpiaba la trompa. De ellas iré insertando píldoras según voy comentando cada obra, y sobre la originalidad del trío decir que está en su propia idiosincrasia: tender puentes entre las culturas gallega y galesa (pianista y trompista). No faltarían por tanto letras en inglés, gallego, también alemán y por supuesto nuestro castellano, exigencias para una María Hinojosa Montenegro a la que seguimos hace años por nuestra tierra, como todos los cantantes, resulta políglota y estudiosa de cada idioma para poder expresar tanto de unos textos que dejo enlazados y la propia Sociedad Filarmónica de Gijón ubicó en varios lugares con un código QR para poder descargarlos e ir siguiéndolos a medida que se iban escuchando (me consta que no había tiempo para proyectarlos, aunque así evitábamos «distraer la mirada» y concentrarnos en la audición, que a menudo realizo con los ojos cerrados). Seguir aplaudiendo la incorporación en Spotify© de las listas con las obras de cada concierto en versiones de referencia y añado los links (enlaces).

La primera parte sería un tanto oscura aunque la variedad tímbrica de la trompa del galés daba los destellos para no caer en las tinieblas, la soprano sabadellense volcaba su expresividad desde cierto intimismo interiorizado y el piano del gallego compartía el protagonismo que toda «canción de concierto» conlleva.

La Captive (La Cautiva) (1832-1834) de Hector Berlioz (1803-1869), compuesta sobre un poema de Les Orientales de Victor Hugo, es una de sus melodías más significativas. Escrita inicialmente para voz y piano durante su estancia en la Villa Medici, el compositor francés la revisó y orquestó en varias ocasiones. Un hito en la evolución de la mélodie francesa, la pieza marca la transición desde la romanza hacia una expresión más profunda y sofisticada. El poema muestra a una mujer que, aunque reconoce la belleza del lugar donde está cautiva, no puede disfrutarlo. Recuerda con nostalgia su tierra, donde podía vivir y relacionarse libremente. La hermosura del entorno solo acentúa su tristeza y deseo de recuperar la libertad perdida.

Tras el inicio de trompa y piano, María Hinojosa arranca cantando en francés «Si yo no estuviera cautiva», casi literal porque no parecía disfrutar en el registro grave, ya de por si oscuro, y lo difícil de entender la pronunciación, pero su color vocal se adaptó a esta obra compleja.

Introspección (2021) del asturiano Rubén Díez (1977) es una obra que musicaliza el Soneto nº 10 de Emilia Pardo Bazán y en el que se reflexiona sobre la fugacidad y la futilidad de la vida, ya que todo termina desembocando en la muerte, representada por los intervalos de quintas y cuartas a cargo de la trompa. A partir de ese momento la obra se llena de sensaciones íntimas fruto de la aceptación del destino inexorable que todos compartimos.

El pianista, director y compositor avilesino conoce bien la escritura vocal y el papel del piano, añadiendo la tímbrica variada de la trompa (en vez de la viola original) para otra página sombría, interior, dolorosa como el propio soneto de la escritora gallega (La muerte, triste, pálida y divina, / al fin de nuestros años nos espera / como al esposo infiel la fiel esposa) que el trío asumió con el beneplácito del propio Rubén Díez que acudió a felicitarlos tras escucharla.

Do Not Go Gentle Into That Good Night (1999) del compositor galés Anthony Randall (1937-2023), quien empieza su vida profesional como trompista en todas las orquestas importantes de Londres y con conciertos como solista en Londres, Aldeburgh, Edimburgo y Lucerne. Fue profesor de trompa y director del departamento de metales en el London College de música y de la Royal Military School of Music Kneller Hall. La pieza se basa en el poema de Dylan Thomas, No entres dócilmente en esa noche quieta, obra maestra de la lengua inglesa, traducida a varios idiomas y conocida alrededor del mundo. Thomas se inspiró en la muerte de su padre y el poema explora la difícil relación paternofilial.

Interesantes las obras de este profesor y trompista, compatriota y colega de Lewis, así como la elección del poema del galés Dylan Thomas (1914-1953), obra maestra de la lengua inglesa traducido a varios idiomas. Traducido como «No entres dócilmente en esa noche quieta» y nuevamente la muerte que sobrevuela en texto musicado. Conjunción sonora del Preseli con una Hinojosa casi expresionista o «bergiana» en vocalidad, dramatismo, fraseos e incluso respiraciones, revestida en el ambiente por la trompa virtuosa en tímbrica y el sustento del piano.

Der Hirt auf dem Felsen (El pastor en la roca) (1828) de Franz Schubert (1797-1828) es posiblemente la última obra que el compositor vienés escribió y fue pensada para la gran cantante de la Ópera de la Corte de Berlín, Anna Milder-Hauptmann. Ella le había pedido no un Lied —que ya había escrito para ella—, sino una auténtica pieza de lucimiento y que pudiera representar diversas emociones. El texto expresa el lamento de un pastor que, junto a su rebaño, espera la llegada de la primavera, cuando podrá volver a ver a su amada. Lanza su voz al valle y escucha el eco que regresa. Al darse cuenta de lo lejos que ella está, lo invade una profunda tristeza, lo que da lugar a la sección central. Pero el pensamiento de la primavera renueva su energía y esperanza, y la obra pasa a una tercera sección alegre, danzante y virtuosística. El eco, que comienza y termina la obra, lo interpreta la trompa.

Al fin un poco de luz en este bosque sombrío, el mago de la melodía y la mejor herencia vocal para una obra que sobrepasa el lied por la originalidad, manteniendo la voz femenina llena de sentimientos encontrados, las contestaciones de la trompa y el piano armando esas melodías que transitan desde la esperanza a la tristeza con ecos pastoriles casi alpinos. La primera parte abriría una ventana a la segunda más alegre pese a un ambiente siempre grisáceo, atlántico, incluso cantábrico tan de este otoño que ya es invierno en nuestra tierra.

El compositor Gabriel Ordás (1999) comenta sobre su obra de estreno Bosque (2025) «el crepúsculo, la densidad del aire, la altura de los árboles, el canto de un pájaro, el eco distante… En mi primer contacto con el poema de Ángel González que inspira esta obra, me sentí transportado a un bosque donde las últimas horas de sol teñían de naranja los árboles en un día frío. Esta escena congelada en mi mente persistió a lo largo del proceso compositivo de la partitura, retrotrayéndome al pasado y llevándome a retomar las primeras tres notas de mi obra Luces de un cielo nocturno, que aluden precisamente al atardecer, pero haciéndolas repetirse aquí una y otra vez hasta volverlas un cuerpo hierático. El verso ‘Andas. No dejan huellas tus pies’ inspiró el segundo tema de la obra, que cita lejanamente el preludio Huellas en la nieve de Claude Debussy, una de las mejores representaciones de pasos jamás escritas en pentagrama. En los últimos compases ambos temas suenan simultáneamente, entremezclándose y desapareciendo, sugiriendo la belleza de aquello que se percibe como eterno, pero es efímero».

La estancia neoyorquina del ovetense que sigue ampliando estudios, le está viniendo bien no solo en lo formativo donde ya está encontrando un estilo propio, también la inspiración fuera de casa y esta obra que no pudo encontrar mejor día e intérpretes para su estreno mundial. Para los asturianos Ángel González (1925-2008) es nuestro poeta de cabecera y mucha producción suya ha sido musicada por distintos autores y géneros, así que Gabriel se suma a la lista con este trío donde la voz de María Hinojosa fue creciendo en confianza, entrega, dicción, matizada con su «dúo de trompa» y una piano donde se respira la raíz del compositor que lo lleva en los genes aunque sus pasiones son amplias y así lo ha volcado en este Bosque tan asturiano de principio a fin, bien sentido por catalana, galés y gallego.

Tres Cançōes op. 92 (1993) de António Victorino de Almeida (1940) están compuestas sobre textos de José Carlos González, y originales para soprano, trompa y piano, ejemplifican el estilo armónico variado y sofisticado de Almeida, conservando un bello lirismo con un cierto sabor atlántico, donde las disonancias forman parte del ambiente sonoro con total naturalidad. Uno de los compositores portugueses más prolíficos y versátiles, además de pianista, director, escritor y figura mediática, Victorino de Almeida inició su carrera como niño prodigio, componiendo ya a los cinco años y a los siete ofreciendo su primera audición pública. Formado en el Conservatorio Nacional de Lisboa y en Viena, desarrolló una intensa actividad internacional, incluida su labor cultural en la Embajada de Portugal en Viena. Su catálogo abarca prácticamente todos los géneros: música para piano, cámara, orquesta, ópera, banda sonora, fado y numerosas obras para cine y teatro. También destacó como divulgador musical en radio y televisión, y como escritor, y sigue siendo una figura central de la cultura musical portuguesa contemporánea.

El carácter portugués lo asociamos a la saudade tan cercana a la morriña gallega, pero estas canciones de Almeida también tienen un estilo cercano y escritura muy actual, y encontraron en el trío su mejor vehículo expresivo. O Malabarista nos habla de «silenciosos equilibrios donde solo queda el dolor de vivir, un fantasma olvidado por el viento nocturno», texto y música unidos en esas tres patas que sustentan esta primera canción y prosiguen cantando «Tres gritos de advertencia suspenden la noche. Tres ecos responden, tres armas apuntan. Y la espada del viento renueva su látigo. En los rostros ya fríos que los dedos encuentran«. Tres número mágico antes de la segunda, A veces una nube que nos canta «Otoño prematuro desciende tras los edificios (…). A veces un barco pierde el rumbo y ancla en el tiempo. A veces es difícil saber dónde, cómo y cuándo. El tiempo del Amor es nuestro y de todos nosotros», música transatlántica de versos certeros e interpretación ganando enteros, especialmente por la soprano catalana que se sintió más cómoda en esta tesitura. Y la tercera canción «Una larga despedida» que abre los balcones de la mañana, de nuevo el amor dibujando su rostro de sal en la playa vacía, aires cercanos y juegos tímbricos donde la música del lisboeta António Victorino de Almeida no solo subraya los poemas del escritor, traductor y técnico de la Biblioteca Nacional Portuguesa José Carlos González (1937 – 2000), hijo de gallegos emigrados al país vecino, el Trío Preseli nos perfumó con el salitre gallego hasta El Muro en una interpretación cargada de expresividad en la lengua de Pessoa.

Three Poems by Geraint Jones (2010) de Anthony Randall musicaliza los poemas de David Rhys Geraint Jones y está cargada de tragedia. Los poemas son descripciones de pérdida y anhelo y se tornan más conmovedores al saber que fueron escritos solo unos meses antes de la muerte prematura del poeta en la campaña de Normandía en 1944. Las melodías y armonías que acompañan las palabras solo añaden tristeza y sentimiento a esta emocionante obra.

Sonaba nuevamente Anthony Randall lleno de angustias que el trío transmitió con el dramatismo de una ópera breve que firmarían Schoenberg o Webern, pues el ambiente expresionista se respira tanto en los poemas como en la partitura. Tres capítulos (Let Me Not See Old Age (Que yo no vea la vejez), A Joy too deep for words to say (Una alegría demasiado profunda para vocalizar) y Your peace is bought with mine (Tu paz se gana con la mía), tres intérpretes, emociones triplicadas y un momento de profundidad musical rotunda que deja desarmado al oyente con el Trío Perseli que es un referente para la música de Randall. Pero al menos quedaba Irlanda, una Asturias a lo grande que siempre transmite juventud, optimismo, ganas de vivir, y pese a la climatología sigue siendo una tierra que visitar.

Four Irish Songs (Cuatro Canciones Irlandesas) (1993) de John Havelock Nelson (1917- 1996) fueron compuestas solo tres años antes de su fallecimiento, son originales para este ensemble de soprano, trompa y piano, y muestran su estilo caracterizado por la claridad, el humor refinado, la escritura accesible y una inclinación hacia el color local, combinando tradición folclórica con un lenguaje tonal elegante. Están dedicadas al trompista británico Ifor James y a su madre, la soprano Ena Mitchell. Compositor y director irlandés cuya carrera combinó la música con la investigación académica, John Havelock Nelson se formó en Dublín en piano, órgano y composición, y realizó estudios superiores en el Trinity College. Cofundó en 1939 los Dublin Orchestral Players y, desde 1947, desarrolló una larga trayectoria en la BBC de Belfast.

Cuatro canciones escritas por el compositor irlandés y originales para esta formación de trío, juguetonas, socarronas, marineras… Lovely Jimmie (Querido Jimmie) de ambiente portuario que canta la duda de volver a pisar tierra, Poor Auld Ass (Pobre burro viejo) donde la trompa rebuzna y la soprano, manos en los bolsos del pantalón, nos hace reír y penar a la vez por el aspecto del animal, Lovely Armoy, adorable despedida al pueblo pesquero con música acorde al texto, para terminar con Linking O’er the Lea (Caminando por la pradera), de letra intraducible, inventada, picarona buscando al buen joven que se cuela en casa ajena para pernoctar con la criada. Al fin la alegría de la noche tras atravesar bosques espesos, oscuros, trágicos, dolorosos, con el Trío Preseli fiel intérprete de cada página y donde disfrutar al fin de una María Hinojosa siempre segura, conocedora del tortuoso camino que la traería sana y salva tras «cruzar caminos» que solo el trabajo y buen hacer alcanzan la meta.

Y la propina sería gallega, hermosa y sentida Lela tradicional con músicas de distintos autores, aquí en el arreglo de Juan Durán (Vigo, 1960) que en la ampliación de Lewis para su trío- llena de color esta partitura muy conocida, programada y versionada de una música nuestra y tan cercana, con la letra de Castelao.

PROGRAMA:

Crossroads

I

Hector BERLIOZ (1803–1869):

La captive (1832-1834) H 60 -texto sobre un poema de Les Orientales de Víctor Hugo

Rubén DÍEZ (1977):

Introspección (2021) -texto de Emilia Pardo Bazán, Soneto nº 10-

Anthony RANDALL (1937–2023):

Do not go gentle into that good night (1999) -texto sobre un poema de Dylan Thomas

Franz SCHUBERT (1797–1828):

Der Hirt auf dem Felsen, D. 965 (1828) -Texto de Willhelm Müller y Wilhelmina von Chézy (versos V y VI)

II

Gabriel ORDÁS (1999):

Bosque (2025), estreno absoluto -sobre un poema de Ángel González

António Victorino D’ALMEIDA (1940):

Tres Cançoes, Op. 92 (1993) -sobre textos de José Carlos González

O malabarista

Por vezes uma nuvem

Uma longa despedida

A. RANDALL:

Three Poems by Geraint Jones (2010) -textos sobre poemas de David Rhys Geraint Jones

Let me not see old age

A joy too deep for words to say

Your peace is bought with mine

Havelock NELSON (1917–1996):

Four Irish Songs (1993) -Canciones tradicionales irlandesas-

Lovely Jimmie

Poor Auld Ass

Lovely Armoy

Linking O’er the Lea

Propina:

Juan DURÁN (1960):

Lela (texto de Alfonso R. Castelao)

Felices mestizajes musicales

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Miércoles 5 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1703 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: “Más Filarmónica” – Jazz Xixón: Xavi Torres Trio. “Kind of Beethoven”.

Nueva apuesta de la centenaria sociedad gijonesa tras la primera con Moisés P. Sánchez en el 2022, las (Re)Invenciones de Bach, y colaborando con el Festival JazzXixón desde el Rembrandt Trío de 2023 a la «Ravelación» de Marco Mezquida en el 2024, dentro de lo que hoy se llamaría transversalidad musical, y que otros prefieren etiquetar como música de fusión, aunque personalmente huya de calificativos y prefiera el término «mestizaje», pues toda la música se nutre de lo popular para vestirse con todo tipo de ropaje y modas, ya que en eso consisten los distintos estilos y épocas de la historia. Si el cuerpo es bello y proporcionado, es fácil que quede bien todo aquello que probemos desde una buena confección, y donde los «complementos» son tan necesarios, así que revestir esta vez a Beethoven contando con tres buenos «maestros de la costura» reafirmaría mi concepción de la música sin etiquetas y mi autodefinición de omnívoro musical.

Si hay una música del siglo pasado es precisamente el jazz del que han bebido también tantos compositores mal llamados clásicos, en una retroalimentación donde la formación académica ha ayudado en «revisitar» como así aparece en los programas donde se ha escuhado A kind of Beethoven, mejor revisar o en mi caso revestir obras de nuestro pasado estudiantil, esta vez partiendo de las sonatas de Beethoven a las que el tarraconenses Xavi Torres (1982) se enfrentó desde su persona visión, una buena elección de algunas de las más conocidas alternando movimientos a lo largo de la tarde, con la inestimable colaboración del «holandés» Joris Roelofs (Aix-En-Provence, 1984) al clarinete bajo que aporta no solo una tímbrica propia al trío sino esa conjunción académica desde la libertad del lenguaje, junto al reusense Joan Terol Amigó (1985) que con un set de batería sencillo (bombo, caja, timbal y base más hit-hat y dos platillos) sacó todo un arsenal de sonidos con baquetas, mazas, escobillas y manos, para comple(men)tar un trío muy profesional, desenfadado, sin complejos, que hizo las delicias de un abarrotado teatro con un público heterogéneo disfrutando más de hora y media de la buena música de «el sordo genial», otro rompedor de su tiempo.

En las distintas presentaciones de este proyecto que se ha llevado al disco, se nos recuerda que

Kind of Beethoven fue un encargo especial del Auditori de Barcelona en el año 2021, donde el joven pianista revisita una de las obras fundamentales de la literatura musical: las Sonatas para piano de Beethoven.

Xavi Torres, uno de los músicos más solicitados de Europa, ha estudiado música clásica y jazz en Barcelona y en el Conservatorium van Amsterdam. Ha ganado varios premios internacionales y fue finalista en la Thelonious Monk Jazz Competition en Washington D.C., el concurso de jazz más prestigioso del mundo.

En este proyecto, estará acompañado por el virtuoso del clarinete bajo Joris Roelofs, considerado uno de los mejores del mundo (ha tocado con Brad Mehldau y Dee Dee Bridgewater, entre otros), y el baterista Joan Terol, con quien lleva más de 10 años tocando.

Se trata de un viaje a través de algunas de las sonatas más conocidas de Beethoven, con la visión única de Torres, explorando todas las posibilidades sonoras mediante la improvisación, nuevos ritmos y texturas, siempre desde la admiración por la obra de Beethoven y el bagaje musical de los tres artistas.
El proyecto ya ha sido presentado en Holanda y Francia, y en festivales como Festival de Jazz de Barcelona, donde ya ha recibido una gran acogida tanto del público como de la crítica.

El recital con una buena amplificación (que fue mejorando a medida que avanzaba, aunque tal vez y personalmente muy presente la percusión), junto a la iluminación siempre elegante del coliseo gijonés, se abría con el primer movimiento de la sonata Waldstein (la nº 21, opus 53) donde comprobar el respeto por un original siempre reconocible pero trufado de un ritmo contagioso, muchos matices por parte del trío, con el sonido de Roelofs tan característico y poco habitual en el jazz aunque sigo recordando al grupo Oregon que lo adaptó (con Paul McCandless) entre otras muchas formaciones de todo tipo, y hoy estamos mucho más acostumbrados a su peculiar timbre. Versión trepidante que bisarían al final.

Otra de las sonatas que no pueden faltar es la Patética (la nº 8, op. 13), aquí el tercer movimiento manteniendo la pulsión rítmica con el clarinete bajo desgranando la melodía que va evolucionando y jugando con una improvisación muy trabajada, más un piano transparente y la batería jugando con las figuras en un trío bien compactado con ese final preciso al unísono.

Un momento de más sosiego vendría con el primer movimiento de la sonata nº 28, op. 101, el piano limpio, las pinceladas de la percusión y el registro grave del clarinete bajo rellenando además de complementar una tímbrica bella que hace años estará etiquetada como de «New Age» y hoy es tan actual como el propio Beethoven vestido en el siglo XXI.

El propio Xavi Torres iría presentando por bloques las distintas sonatas elegidas (de las 32 que compuso el genio alemán) y el proceso en afrontarlas como todo estudiante de piano, siguiendo el encargo de L’Auditori barcelonés para el 250 aniversario de Beethoven (la pandemia lo opacó) que fue tomando forma al contar precisamente con «su batería de siempre» y el holandés que conoció en sus años de estudios en Amsterdam, una amistad que ha enriquecido este acercamiento desde un lenguaje distinto pero fácilmente comprensible.

Y no faltó la pasión, la Appassionata (nº 23, op. 57) jugando con las cuerdas en la caja del piano y un bajo en la mano izquierda preciso, a solas con el colorido de la percusión redoblando la figuración rítmica del original en una versión que sigue manteniendo la riqueza melódica de esa famosa sonata, desde el respeto y enriquecimiento personal, que no una «deconstrucción» que iría saboreándose por parte de todos.

(Re)visitada otra sonata como la nº 10, op. 14 y su segundo movimiento casi marcial, juguetón, bien encajado por el trío, pero debíamos volver a la Patética (la nº 8, op. 13), piano y clarinete bajo para el segundo movimiento donde disfrutar de la calidez de Roelofs junto a la elegancia del piano de Torres, nueva combinación a dúo (antes de escucharle en solitario con  el segundo movimiento de la sonata nº 27, op. 90), o el famosísimo Claro de luna (nº 14, op. 27) en su tranquilo primer movimiento (Quasi una fantasia) que no necesitaría presentarse, plenamente libre, plácido, sentido por ambos músicos.

Había que cerrar este ciclo y nada mejor que la última sonata escrita por Beethoven, la nº 32, opus 111, el primer movimiento  Maestoso: Allegro con brio ed appassionato (de los dos que tiene), partiendo del tema absorto y estático que gana vida a partir de la subdivisión rítmica creciente a la que está sometida hasta estallar en una alegría de la variación particularmente famosa, con el piano poderoso de Torres a partir del original para ir variando sin perder estilo, sumándose Roelofs completando tímbricas en el grave y Terol jugando con los platos, para comenzar el desarrollo lleno de fuerza e impulso, unísonos y combinaciones del trío para rematar una música que el directo siempre hace irrepetible.

La propina (ahora lo llaman «encore») vendría con el tercero movimiento de la nº 25, op. 79, cercana al estilo «free jazz» por los cambios de ritmo, frases a unísono, cortes muy logrados, sonoridades aterciopeladas sin perder la fuerza original de esta página algo menos escuchada siquiera en los conciertos pianísticos que supo a poco y aún bisarían el primer tema del recital, cerrando este círculo de sonatas beethovenianas de buen mestizaje musical.

XAVI TORRES TRÍO: Xavi Torres, piano – Joris Roelofs, clarinete bajo – Joan Terol, batería.

Un corazón de dieciséis cuerdas y tres miradas unidas por un mismo pulso

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Sábado 11 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1701, inauguración de la temporada 2025-26: Cuarteto Casals. Obras de Arriaga, Shostakovich y Beethoven.

La centenaria Sociedad Filarmónica de Gijón abría su temporada 2025-26 con una formación tan emblemática como el muy galardonado Cuarteto Casals, Premio Nacional de Música 2006, y pocas imágenes describen mejor su arte que la de un corazón que late al mismo ritmo, con sus aurículas y ventrículos perfectamente sincronizados: cuatro intérpretes respirando juntos, compartiendo una única corriente vital hecha de sonido, tensión y silencio, sin trasplantes ni válvulas pero manteniendo el mismo (im)pulso con Cristina Cordero a la viola desde hace un año. Los 27 años de carrera artística explican la común unión de este Casals amplio de miras, abarcando repertorio de todas las épocas interpretado con la primigenia idea que bien reflejan en el número de septiembre de la revista Scherzo, de lectura más que recomendada.

El programa gijonés, de impecable coherencia, profundo y extenso (dos horas), tendía un puente entre tres siglos de música y tres formas de entender el cuarteto de cuerda, al que siempre me refiero como laboratorio de compositores, entrenamiento de cuerda y obligada iniciación para todo melómano.

De Arriaga, el joven bilbaíno de apenas dieciséis años, ofrecieron el Cuarteto nº 3 en mi bemol mayor en cuatro movimientos (I. Allegro – II. Andantino. Pastorale – III. Menuetto. Allegro – IV. Presto agitato), compuesto en 1823 cuando el compositor bilbaíno contaba ¡solo 16 años! y del que François-Joseph Fétis, uno de los primeros admiradores de sus creaciones, en su Biographie universelle des musiciens et bibliographie générale, escribe respecto a sus cuartetos: «Es imposible imaginar algo más original, más elegante, más puramente escrito que estos cuartetos, insuficientemente conocidos. Cada vez que eran ejecutados por su joven autor, despertaba la admiración de los oyentes» bien reseñado en las notas al programa por Jonathan Mallada. El tercero, de gracia clásica y melodías transparentes, «El Casals» lo frasearía con la pureza y elegancia que caracteriza al conjunto, con Abel Tomàs en el violín primero y Vera Martínez-Mehner en el segundo, aunque cerrando los ojos nadie puede distinguir cuál de ellos suena ante la impecable afinación, fraseo, unísonos o matices desde el diálogo inicial del primer movimiento, que el cuarteto completado por la viola madura de Cristina Cordero y el cello de Arnau Tomàs conforman ese «corazón de 16 cuerdas» que hubiesen firmado Mozart o Haydn pero también el «sucesor» Beethoven, por su sonoridad clásica, la aparente y engañosa sencillez y un sutil manejo de las dinámicas por parte de un Arriaga que su temprana nos privó de mayores logros.

El tono cambió con Shostakóvich y su Cuarteto nº 3 op. 73, obra sombría y desgarrada compuesta en 1946 como bien explica Mallada, donde el Casals mostró su maestría en el equilibrio entre precisión técnica y carga emocional. Los contrastes dinámicos, el pulso interno y el uso del silencio tuvieron aquí la intensidad de un diálogo interior, casi confesional, sin perdernos esos guiños mordaces a Mozart y Beethoven (siempre presente) o la futura inspiración del tercer movimiento al Hermann de Psicosis (y hasta de la habanera «El Abanico» mal atribuida a Trayter).

Un cuarteto de gran dificultad técnica por su exigente escritura en los registros más agudos de los instrumentos con Vera y Abel permutados pero manteniendo esa unidad tímbrica bien completada por Cristina y Arnau. Con una inusual estructura de cinco movimientos (I. AllegrettoII. Moderato con motoIII. Allegro non troppoIV. AdagioV. Moderato – Adagio), presentando cada uno tonalidades diferentes que no son obstáculo para teñir esta obra de una amplia gama expresiva donde el Cuarteto Casals demostró lo muy trabajado que lo tienen y del que en la citada entrevista para Scherzo (fueron también su portada «Como una sola voz») de Ana María Dávila se referían diciendo que «Shostakovich necesita el intercambio emocional con la audiencia para acabar de brillar».

La segunda parte estuvo consagrada al Cuarteto nº 13 en si bemol mayor, Op. 130 de Beethoven, culminado con la monumental Gran Fuga op. 133. Fue escrito en 1825 y estrenado en marzo de 1826, y ante las reacciones adversas a sus primeros seis movimientos (I. Adagio, ma non troppo – Allegro  / II. Presto / III. Andante con moto, ma non troppo. Poco scherzoso  / IV. Alla danza tedesca. Allegro assai / V. Cavatina. Adagio molto espressivo / VI. Grosse Fuge), especialmente el último, optaría por reemplazarlo con un Finale: allegro más corto y de menor densidad, publicando la fuga por separado aunque en Gijón  pudimos escuchar la versión primigenia que el Casals tiene en su repertorio hace años. Abordada con una claridad estructural y una energía casi física, casi coreografía de arcos con un latido y sentir «todos a uno», fue un viaje hacia lo esencial, donde la disonancia se convirtió en catarsis y la polifonía en un organismo vivo.

Como propina había que ir al origen que siempre es «mein Gott»: el Contrapunctus I de «El arte de la fuga», BWV 1080 de Bach que cerró la velada retomando posiciones iniciales pasadas las 22:15 horas, con un hilo de serenidad y perfección, recordando que todo corazón necesita también su reposo y me quedaba la vuelta hasta mi aldea, y que Gijón vuelve a latir al compás de su mejor música de cámara donde esta temporada el corazón del cuarteto estará muy presente.

PROGRAMA:

Juan Crisóstomo de ARRIAGA Y BALZOLA (1806 – 1826)

Cuarteto de cuerda n. 3 en mi bemol mayor:

I. Allegro – II. Andantino. Pastorale – III. Menuetto. Allegro – IV. Presto agitato

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)

Cuarteto de cuerda nº 3 en fa mayor, Op. 73:

I. Allegretto – II. Moderato con moto – III. Allegro non troppo – IV. Adagio – V. Moderato – Adagio

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827):

Cuarteto de cuerda n.º 13 en si bemol mayor, Op.130 con «Gran fuga» Op.133:

I. Adagio, ma non troppo – Allegro  / II. Presto / III. Andante con moto, ma non troppo. Poco scherzoso  / IV. Alla danza tedesca. Allegro assai. / V. Cavatina. Adagio molto espressivo / VI. Grosse Fuge

Feliz 1700

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Viernes 30 de mayo, 20.00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1700 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Carlos Mena (contratenor), Concerto 1700. Sacro Vivaldi.

Parecen coincidencias pero realmente no lo son, y hacer coincidir el concierto 1700 de la Sociedad Filarmónica de Gijón con la presencia del conjunto fundado hace 10 años por Daniel Pinteño era casi de justicia. El siempre bienvenido a Asturias Concerto 1700, lo apalabraba hace dos años y este último viernes clausuraba la temporada actual que nos trajo al teatro del Paseo de Begoña un monográfico Vivaldi donde poder disfrutar de este 1700 mezclando instrumental y sacro en la voz del contratenor vitoriano Carlos Mena (1971), con el brazo derecho en cabestrillo (caídas imprevistas) y sus cualidades vocales intactas, incluso ganando cuerpo como los buenos vinos.

La doctora María Sanhuesa en sus notas al programa tituladas «Sacro Vivaldi: musica per (la) Pietà» amén de diseccionar cada obra, las terminaba así:

Luces y sombras, voces y violines, lo sacro y lo profano en la ciudad sobre el agua. Sin contraste no hay belleza, y sobre eso Vivaldi y Venecia —la mítica Venecia/Venusia del carnaval retratado por Federico Fellini en Il Casanova— lo sabían todo. El mundo en las cuerdas de un violín, o en la coloratura de una voz.

Así resultó este «Vivaldi 1700» que llegaba desde Lugo a Gijón, cual La Serenísima cantábrica, conjugando la calidad de un orgánico para la ocasión (detallado más adelante) variado en combinaciones tímbricas con un continuo de peso, teniendo al órgano un Ignacio Prego siempre impecable junto al cello de Ester Domingo, alternando  las tres obras sacras con las dos instrumentales donde el asturiano Pablo Zapico tomaría la guitarra barroca, con el magisterio y entrega del malagueño Daniel Pinteño atento al detalle y la afinación (al finalizar cada obra), con el respeto total por la voz de contralto que brilló en las obras elegidas.

Se abría este 1700 con Mena y Concerto interpretando el motete Filiae maestae Jerusalem, RV 638 (proyectándose la traducción de los textos), tres secciones donde el dramatismo que describe la tristeza de las hijas de Jerusalén tras la muerte de Cristo, encontró la expresión y color de esa voz de contratenor contralto sin fisuras, homogénea, con el grave natural del vitoriano bien arropado por el ensamble al mando de Pinteño donde todo encaja y los punteos de Zapico enriquecían el continuo.

El Concerto a 4 en sol menor, RV157 no solo nos dejaba el característico «sonido vivaldiano» sino el virtuosismo de Pinteño en perfecto entendimiento con Fumiko Morie y Leticia Moros, más los rasgueos en la guitarra de Zapico, la calidad de Domingo y los ornamentos de Prego.

De más envergadura vocal e instrumental serían las cuatro secciones del motete Vestro Principi divino, RV 633, las agilidades de Mena ya desde el aria inicial, contestadas por el violín malagueño, un recitativo bien vestido en el continuo (impecables Domingo y Zapico), más los dos Presto que culminan en un Alleluia virtuoso en la voz, de agilidades casi imposibles con un fiato del vitoriano bien entendido por el orgánico, lleno de brillo, entrega y pasión de «El cura pelirrojo» (feliz en el Ospedalle della Pietá y las “figlie di coro” para quienes tanta música escribió).

Sin la viola llegaría la Sonata da camera a tre, Op. 1 nº 12, RV 63, La Follia con los dos violines protagonistas y basada en variaciones sobre La Follia de Arcangelo Corelli, donde Concerto 1700  están en «su salsa» pues transitan esta música desde sus inicios.

El número fuerte para cerrar el 1700 sería la cantata (mejor que motete como explica Sanhuesa) Nisi Dominus, RV 608, sin «viola d’amore» pero de sonoridad vivaldiana de principio a fin, emoción en el Vanum est vobis (que bisarían de regalo), combinaciones instrumentales degustando incluso la cuerda con sordina del Cum dederit, rico juego de contrastes en los tempi, virtuosismo instrumental y vocal donde las agilidades transitan «como flechas» casi todas las vocales (impactante el Amen final) y unos saltos de registro bien sorteados por un pletórico Mena, incluso colocándose atrás para el Beatus vir solo con violín y órgano, seguido por el recogimiento suplicante del Gloria Patri retomando la posición inicial en una interpretación atemporal, agradecida, exigente, que nos dejó esta música única «por los siglos de los siglos».

Un feliz 1700 para ir cerrando poco a poco mi temporada 24-25 (y ya avanzando parte de la siguiente en la sociedad gijonesa).

CONCERTO 1700:

Daniel Pinteño, violín y dirección – Fumiko Morie, violín – Leticia Moros, viola – Ester Domingo, violonchelo – Ignacio Prego, órgano – Pablo Zapico, cuerda pulsada.

PROGRAMA:

SACRO VIVALDI

Filiae maestae Jerusalem, RV 638

I. Filiae maestae Jerusalem (Adagio)

II. Sileant zephyri (Largo)

III. Sed tenebris diffusis

Concerto a 4 en sol menor, RV157

I. Allegro

II. Largo

 III. Allegro

Vestro Principi divino, RV 633

I. Vestro Prinicipi divino (Allegro)

II. O felix culpa (Recitativo)

III. Quid loqueris ad cor (Presto)

IV. Alleluia (Presto)

Sonata da camera a tre, Op. 1 nº 12, RV 63, La Follia

Nisi Dominus, RV 608

I. Nisi Dominus (Allegro)

II. Vanum est vobis (Largo)

III. Surgite (Presto-Adagio)

IV. Cum dederit (Andante)

V. Sicut sagittae (Allegro)

VI. Beatus vir (Andante)

VII. Gloria Patri (Larghetto)

VIII. Sicut erat in principio (Allegro)

IX.  Amen (Allegro)

Zarzuela para seguir cumpliendo años

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Sábado 3 y Domingo 4 de mayo de 2025, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Gran Gala de Zarzuela y Música Española. Orquesta Sinfónica MercadanteMariano Rivas (dirección artística y musical)Alexandra Zamfira (soprano) – Quintín Bueno (tenor) – Li Guochao (piano) – Natalia Thaïs (baile). Entradas: 40€ / 30€.

(Crítica para OperaWorld del domingo 4, con fotos propias, más el añadido de los siempre enriquecedores links, con la tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar)

El Teatro Jovellanos gijonés cumple los 30 años de su remodelación, y nada mejor que celebrarlos con nuestro género por excelencia como es la zarzuela, que cuenta con miles de aficionados en Asturias y que en esta primera gala llenaron el coliseo del paseo de Begoña para volver a escuchar (tras la inauguración de la temporada 2022-23 de la Sociedad Filarmónica de Gijón) a la Orquesta Sinfónica Mercadante (OSMer) fundada por el asturiano Mariano Rivas (siempre bien recibido en su tierra), dando la oportunidad y el apoyo necesario a muchos músicos de los conservatorios y teatros madrileños desde su conocimiento como docente.

Dos funciones programadas donde además de la propia OSMer el programa ofrecía, como si de un catálogo promocional se tratase, no solo zarzuela sino música española sinfónica, y así junto a las voces de la soprano Alexandra Zamfira y el tenor Quintín Bueno, estaría la pianista china Li Guochao y especialmente la bailarina Natalia Thaïs.

La plantilla de la OSMer se quedó muy corta y desequilibrada en la cuerda (7-5-5-5-2), lo que perjudicó sobremanera las obras sinfónicas y las bailadas, con un esfuerzo por parte de los jóvenes músicos no siempre suficiente en las dinámicas, balances y planos, favoreciendo los matices para las romanzas, si bien el maestro Rivas trabajó con sus músicos como si de una gran orquesta filarmónica se tratase.

Centrándome en estas obras de la orquesta sola, las coincidencias en el tiempo hicieron que el día anterior escuchase en Oviedo a la OSPA con Óliver Díaz tanto la Danza final de El sombrero de tres picos (Falla) como la “Escena, canto gitano y fandango asturiano” del Capricho español (R. Korsakov), en el caso gijonés ambas cerrando cada parte del programa, que evidentemente no soporta, ni pretendo, comparaciones. De Falla diría que le faltó un pico al tricornio, con un enorme trabajo del viento madera, mientras de Korsakov el aire asturiano lo puso Don Mariano, y el concertino más el arpa hicieron el esfuerzo de sus intervenciones solistas. Por último del conocido preludio de Chapí solo diré que se quedó en “La juguetona” por las carencias antes apuntadas.

Es de aplaudir montar el piano solamente para el primer movimiento de las Noches en los jardines de España (El Generalife) de Don Manuel, con todo lo que supone, pero la pianista china se limitó a tocar todo lo escrito (que es mucho). Pese a la buena concertación de Rivas y el trabajo de la orquesta, por momentos tapó a Li Guochao ante su poco volumen y la ausencia del “duende” que inunda este concierto de nuestro gaditano universal enamorado de Granada. Faltó la atmósfera sonora que invita a la ensoñación, la magia que desprenden los arabescos y acordes que la recorren (casi imperceptibles), más el rubato casi necesario, así que espero escuchar en otro momento a la pianista y profesora china de buen currículo y trayectoria que esta vez no se lució.

Más interesante resultó comprobar todo el arte que nos ofreció la bailarina Natalia Thaïs, nacida en Zúrich pero formada en nuestro país en danza española y flamenco. Tres números donde poder cambiar de vestuario y estilo: primero el conocidísimo intermedio de Las Bodas de Luis Alonso (G. Giménez), baile español con castañuelas y zapateado mientras la OSMer rendía al máximo con sus posibilidades, de coreografía elegante y ritmo complementario al orquestal. Vestido goyesco y de nuevo con las castañuelas para el Fandango de Doña Francisquita (Vives) con el maestro Rivas exprimiendo los planos sonoros y Thaïs sin el obstáculo del piano (retirado al descanso) ampliando movimientos con unas manos y gestualidad flamencas. Para rematar la Danza Española de La vida breve (Falla) libre de “palillos” con zapateo y el juego del sombrero cordobés, nuevamente con la orquesta descompensada pero afinada y entregada al magisterio del director asturiano.

Dejo para el final las dos romanzas de cada cantante más los dúos. La joven soprano castellonense Alexandra Zamfira posee una voz de color muy bello, proyección suficiente, buena dicción y además valiente, comenzando con El barbero de Sevilla (Giménez) y la conocidaMe llaman la primorosa”, arropada por una orquesta siempre mimando a las voces (se nota el magisterio de Rivas en la Escuela Superior de Canto de Madrid), bien interpretada con agudos variados en matizaciones (el final levantó al público) y agilidades limpias, más la Romanza de la Duquesa de Jugar con fuego (Asenjo Barbieri), entendimiento con la flauta, Rivas vigilando los fraseos y una correcta acentuación  y afinación (“Tirano amor…”), muy dramatizada, de color homogéneo en todo su amplio registro, de nuevo valiente atacando el agudo final, con proyección más que suficiente ante una orquesta casi camerística. Habrá que seguir la trayectoria de esta soprano lírico-ligera con mucho camino por delante.

El tenor madrileño Quintín Bueno tiene tablas y oficio, eligiendo dos romanzas muy conocidas: “De este apacible rincón de Madrid” de Luisa Fernanda (Moreno Torroba), jugando con el maestro Rivas para cantar en un “rincón de Gijón”, de color no muy brillante, timbre algo metálico de amplio volumen algo apagado en el grave, seguro, más “No puede ser” de La tabernera del puerto (Sorozábal) no todo lo matizada que me hubiera gustado, abusando un tanto del portamento aunque valiente en los agudos, que suelen ser muy del gusto de los aficionados, sin problemas de tesitura y personalmente demasiado abierto el final. De nuevo impagable el trabajo de Mariano Rivas con su orquesta, concertador de primera, templando y respirando con los cantantes.

De los dúos elegidos, en la primera parte “Le van a oír” de Doña Francisquita (Vives) con buen empaste aunque Zamfira tapase a Bueno, arriesgando en el agudo final sin miedo a desafinarlo, y otro tanto en la propina de “Las mañanitas” de Don Gil de Alcalá (Penella) invitando al público a realizar el coro, tímido, tras el pasodoble “España Cañí” (Pascual Marquina) antes del dúo, poco torero, demasiado descompensado en balances, dinámicas y matices, para poner el punto y final a casi dos horas de cumpleaños gijonés, aplaudiendo el trabajo de asturiano Mariano Rivas siempre apoyando esta juventud que muy a menudo debe emigrar para encontrar una hueco en el difícil mundo de los profesionales de la música, y apostando por nuestra zarzuela dentro y fuera de nuestras fronteras.

PROGRAMA:

Primera parte

La Revoltosa: Preludio (Ruperto Chapí)

El barbero de Sevilla: Me llaman la primorosa (Gerónimo Giménez)

Noches en los jardines de España: 1º mov (Manuel de Falla)

Luisa Fernanda: De este apacible rincón de Madrid (Federico Moreno Torroba)

Las Bodas de Luis Alonso: Intermedio (Gerónimo Giménez)

Doña Francisquita: Le van a oír (Amadeo Vives)

El sombrero de tres picos: Danza final -Jota- (Manuel de Falla)

Segunda parte

El Bateo: Preludio (Federico Chueca)

El último romántico: Bella enamorada (Soutullo / Vert)

Doña Francisquita: Fandango (Amadeo Vives)

Jugar con fuego: Romanza de la Duquesa (Francisco Asenjo Barbieri)

La vida breve: Danza española (Manuel de Falla)

La tabernera del puerto: No puede ser (Pablo Sorozábal)

Capricho español: Escena, canto gitano y fandango asturiano (Rimski Korsakov)

Faltaron velas

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Miércoles 2 de abril, 20:00 horas, Teatro Jovellanos, Concierto conmemorativo 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón (1908-2025) (número 1697): Noelia Rodiles (piano), Cosmos Quartet, Mariona Mateu (contrabajo). Obras de Liszt, Haydn, Adès y Schubert.

Hoy celebrábamos un cumpleaños musical en Gijón donde hubo «anécdotas» que podría equiparar a olvidarse la tarta, las velas, o peor aún el mechero para encenderlas, debiendo buscar en la otra punta de la ciudad (desconozco si en coche, moto o bicicleta), y para no «quedarnos a dos velas» se buscó una piñata para no detener la fiesta, y de la que caerían más regalos de los esperados, alargando la celebración hasta pasadas las 22:30 horas. Pero vamos con la crónica de este 117º aniversario.

Para ponernos en situación copio de las notas al programa de Ramón Avello, compañero de profesión, crítico y personalmente el mejor cronista de la Sociedad Filarmónica de Gijón, de la que ha sido presidente, continuando en la actual junta directiva:

«El 2 de abril de 1908 en el foyer o vestíbulo principal del antiguo Teatro Jovellanos, situado en el solar que hoy es sede de la Biblioteca Pública de Gijón, se constituyó la Sociedad Filarmónica Gijonesa. Contaba en aquella fecha con 269 socios promotores, que eligieron ese día a la Junta de Gobierno de la Filarmónica, con Domingo de Orueta y Duarte como presidente y Diego Murillo en el papel de secretario. Los ideales de la Filarmónica, no muy diferentes a los actuales, eran proporcionar a sus socios la mejor música por los mejores intérpretes; promover la música de cámara, de instrumentos solistas y de lieder, dejando al margen géneros como la ópera y la zarzuela, y promocionar la música española, tanto en sus intérpretes como en sus compositores.

Hoy se cumplen exactamente los 117 años del nacimiento de la Filarmónica de Gijón. La labor cultural ininterrumpida de esta sociedad se puede resumir en 1697 conciertos, contando el último: el que interpretan esta tarde Noelia Rodiles con el Cosmos Quartet y la contrabajista Mariona Mateu».

Manteniendo el espíritu original abría este concierto la pianista Noelia Rodiles (Oviedo, 1985), que nos interpretaría dos Lieder de Schubert en la transcripción que hiciese Liszt, quien como toda sociedad filarmónica, ayudaría a promover y dar a conocer las obras de músicos como su admirado y  malogrado vienés, desde unas «versiones» que son recreación sin voz desde un virtuosismo al alcance de pocos, y Rodiles lo demostró con los dos elegidos: la célebre «Serenata» que muchos conocimos tanto sola como cantada (el cuarto de la colección recopilatoria El canto del cisne D. 977), con el piano siempre fiel a la melodía, y la hermosísima «Margarita en la rueca» (Gretchen am Spinnrade) D. 118, tejiendo al piano casi un hilo de oro delicados con unos graves intensos y la expresividad innata de la «avilesina» que nunca defrauda.

Colocadas sillas y atriles para las tabletas llegaba el Cuarteto Cosmos con el gran Haydn y su Cuarteto en re mayor (1793), utilizando este género para expresar y volcar sus ideas, escribiendo 68 donde desarrolla este nuevo estilo camerístico donde los cuatro instrumentos tienen igual importancia, y los catalanes así lo entendieron. Este cuarteto aunque compuesto en Viena se pensó para el violinista, empresario y amigo de Haydn el británico Johan Peter Salomon, quien en la Real Sociedad Filarmónica de Londres marca el inicio y espíritu de tantas como la propia gijonesa. Cuatro movimientos aplaudidos cada uno por un público que parecía estar inaugurando la sociedad en el siglo pasado, bien delineados los temas, con los tiempos elegidos para escucharse todo, un Allegro bien desarrollado y especialmente el Menuetto enérgico.

Y deben seguir programándose obras de autores actuales, caso del londinense Thomas Adès (1971) de quien El Cosmos eligió su Arcadiana (1994) estrenado en el Festival Elgar de Cambridge y que pese a la referencia a los paisajes paradisíacos a lo largo de siete movimientos, su lenguaje atonal aunque buscando efectos y elementos bien explicados perfectamente por Avello en las notas, pero comenzaron las sorpresas del cumpleaños. No sé si el agua veneciana (o el orbayu en e exterior), el «tango mortal» o directamente la «pérfida Albión», con tanto glissando, tirar de las cuerdas, la fuerza e ímpetu que los cuatro imprimían en cada movimiento, poco cercano a un esperado «idilio sonoro», se rompía una cuerda del chelo de Oriol Prat.

Tras la incertidumbre estaba claro que no podía reanudarse, pues cambiar una cuerda lleva su tiempo y más si no se trae de repuesto, así que se adelantó el descanso. Mas no llegaba a tiempo para reanudar la segunda parte, así que llegó la inesperada «piñata» y el verdadero regalo de Noelia Rodiles, anunciando por megafonía que nos interpretaría junto a Lara Fernández dos romanzas sin palabras de Félix y Fanny Mendelssohn, también presentadas cada una de ellas. Es difícil interpretar obras no preparadas para la ocasión, pero Noelia es una profesional y nos dejó del segundo libro de las conocidas como romanzas sin palabras de Félix Mendelsshon, primero la opus 30 nº 7 en mi bemol mayor, y después la opus 30 nº 6 en fa sostenido menor, Barcarola que parecía retrotraernos de la Venezia nocturna de Adés. Dos páginas que como en el Schubert de Liszt hacen cantar el piano con la voz inconfundible de la asturiana, fraseos claros, rubatos sin exagerar y la musicalidad característica de la pianista que comenzó a formarse en el Conservatorio Julián Orbón de Avilés.

Lara Fernández se uniría con igual profesionalidad para sumar su viola con dos canciones de la hermana e igualmente gran compositora e intérprete Fanny Mendelsshon: la conocida Canción de primavera op. 62 nº 6 en la mayor, el diálogo de la voz femenina en la cuerda más cercana a ella, y Schwanenlied (canción del cisne), opus 1/1, también conocida y muy versionada, que pareció otro premio más de esa piñata no esperada pero traída en las ya habituales tabletas (al menos venían bien cargadas).

Aún no estaba preparado el quinteto, así que el inesperado «Dúo Rodiles-Fernández» prosiguieron una especie de Gijonada (cual Schubertiada gijonesa) tirando de recursos como «cantar» Die Forelle D. 550 (sin la letra de C. F. Daniel Schubart) e intentando preparar el quinteto homónimo. Pero difícil sin ensayar y con algún contratiempo o falta de entendimiento en las repeticiones y cantos, al menos el esfuerzo se puede considerar sobrehumano para cualquier músico, y esta trucha parecía estar escabechada o ahumada, aunque comestible.

Seguía la espera pero la música no pararía, y de nuevo una canción sin palabras, el Liebestraum nº 3 (Sueño de amor) de Liszt, mucho mejor dadas las circunstancias, con un entendimiento por parte de Noelia que da la experiencia, más un canto de Lara bien sentido, dejándonos este regalo extra de una piñata a la que aún se debía sacudir, pues eran las 21:42 y no llegaba a tiempo la cuerda del cello (colocarla, atemperar y afinar antes de la última obra prevista).

Noelia Rodiles volvió a rebuscar en la tableta y prosiguió la fiesta con su Schubert querido, trabajado, estudiado, capaz de detener el tiempo y hacer de la espera virtud. El Andante sostenuto de la Sonata nº 21 en si bemol D960, fue un portento de emoción, sabiduría, talento, limpieza, generosidad y profesionalidad para dejarnos con ganas de seguir escuchándola, pero al fin llegaba una trucha del día, casi saltando del río Piles en el Quinteto con piano en la mayor D. 667, marchando Helena Satué (que estuvo de primer violín la primera parte) e incorporándose el contrabajo de Mariona Mateu.

Diez minutos recolocando sillas y atriles para este valiente quinteto en los tempi,  bien ajustados y encajados todos, con el peso del grave bien balanceado, los momentos de la cuerda frotada muy ricos en matices, protagonismo compartido con las cristalinas contestaciones del piano, «tirando, un Scherzo brillante, las variaciones sobre el lied cantadas por todos valientes, en el aire, encajadas a la perfección sin perder el aliento hasta poder soplar las imaginarias velas del Finale como si fuese el «cumpleaños feliz» en el tiempo justo, a las 22:30 horas de este 117º cumpleaños, muy aplaudido, donde sin tarta ni velas los regalos fueron generosos (impagable mi querida Noelia Rodiles) e inesperados, como en toda fiesta que se precie, y aún más en la Sociedad Filarmónica de Gijón.

¡Y que cumplas muchos más!

PROGRAMA:

Primera parte:

Noelia Rodiles (piano):

Franz LISZT (1811–1886)

Lieder de Franz Schubert, S. 558:
Ständchen, nº 9
Gretchen am Spinnrade, nº 8

COSMOS QUARTET: Helena Satué, violín – Bernat Prat, violín – Lara Fernández, viola – Oriol Prat, violonchelo:

Joseph HAYDN (1732–1809)

Cuarteto de cuerda en Re mayor, Op. 71, nº 2 (Hob.III:70):

  1. Adagio – Allegro
  2. Adagio cantabile
  3. Menuetto. Allegro – Trio
  4. Finale. Allegretto

Thomas ADÈS (1971)

Arcadiana, Op. 12

  1. Venezia notturna
  2. Das klinget so herrlich, das klinget so schön
  3. Auf dem Wasser zu singen
  4. Et… (tango mortale)
  5. L’embarquement
  6. O Albion
  7. Lethe

Segunda parte:

Noelia Rodiles (piano), Bernat Prat (violín) – Lara Fernández (viola) – Oriol Prat (violonchelo) – Mariona Mateu (contrabajo):

Franz SCHUBERT (1797–1828)

Quinteto con piano en La mayor, D. 667, «La trucha»

  1. Allegro vivace
  2. Andante
  3. Scherzo. Presto – Trio
  4. Tema con variazione. Andantino
  5. Finale. Allegro giusto

Un Chopin sin poso

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Miércoles 29 de enero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Concierto nº 1692, Ciclo de Jóvenes Intérpretes «Fundación Alvargonzález»: Diana Cooper (piano). Obras de Chopin.

Hay una nueva generación de pianistas jóvenes que esperan afianzar una carrera concertística con mucho trabajo y participación en concursos que les abran paso en los escenarios. El Concurso Internacional de Piano «Ciudad de Vigo» es uno de los que comienzan a afianzarse en el panorama nacional «compitiendo» con otros más renombrados como el Concurso Chopin de Brest o el Concurso Internacional Halina Czemy-Stefanská de Poznan (Polonia), todos ellos donde ha ganado esta prometedora artista francesa, hija de padre británico y madre franco-española, Diana Cooper (Tarbes, 1999) que comenzó su actividad pianística con 9 años y desde 2018 tiene una amplia agenda profesional de conciertos, obteniendo premios como los antes citados, lo que le ha servido para actuar en lugares y festivales de su Francia natal (festivales Chopin de Nohant, París, Sala Cortot, Embajada de Polonia en París) y en el extranjero: Festival de Ysaye en Bélgica, Palacio de Congresos de Huesca, Hrvatski dom Split en Croacia, Kielce Filharmonia en Polonia, y este último miércoles de enero en la Sociedad Filarmónica de Gijón en los recitales que conlleva ganar el «Ciudad de Vigo» de 2002 (en su sexta edición) dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Alvargonzález en la capital de la Costa Verde.

El piano de Chopin siempre es una tentación para todo pianista y a lo largo de la historia muchos son los nombres que no deben olvidarse, pero está claro que la técnica y virtuosismo no es suficiente para poder interpretar al gran romántico polaco. Diana Cooper tiene dedos, cabeza y una excelente técnica pero por momentos peca de excesiva delicadeza en la pulsación (aunque el polaco tenga escritas obras que lo requieren, caso del nocturno programado en primer lugar pero abriendo con las Mazurkas). Su velocidad en los cromatismos, octavas o escalas suenan precipitados, con una mano izquierda que necesita más fuerza para el necesario equilibrio y balance de ambas manos sin perder las melodías escondidas entre los «ornamentos». Maneja bien el pedal creando buena sonoridad, pero cara a la interpretación ideal el rubato en Chopin es tan importante como poder tocar todo lo escrito, que también. Y si he escuchado a pianistas en plena madurez que siguen interpretándonos al músico polaco (el siempre recordado Rubinstein, Arrau, Pollini, Argerich, Pires, Pogorelich y muchos más cercanos en el tiempo como el impactante Trifonov), Diana Cooper que confiesa su amor por un Chopin que le abre muchas puertas, aún necesita algunos años más para alcanzar el poso necesario para un programa muy exigente tanto en lo físico como en lo mental por técnica e interiorización, como el que trajo a Gijón (en gira por distintas filarmónicas).

La pianista francesa comenzaría con las cuatro Mazurkas opus 30 (números 18 al 21) resultaron planas de expresión tanto por los tempos similares como por las tonalidades nada diferenciadas en el carácter intrínseco que Chopin les da,  y más cercanas a los valses que a la danza polaca que requiere una rítmica y acentación distinta, desconociendo la causa de colocarlas abriendo el recital, seguidas del esta vez necesariamente delicado Nocturno en re bemol mayor, Op. 27, nº 2.

Los siguientes dos estudios elegidos, el op. 25 nº 5 en mi menor y el op. 10 nº 8 en fa mayor (que son verdaderas obras de repertorio pese al nombre) me parecieron más pensadas para concurso por su ejecución técnica impecable que para un concierto, sin las dinámicas deseadas y donde el segundo pide más fuerza en la mano izquierda.

Con algo más de «transfondo» el Scherzo nº 4 en mi mayor, op. 54, pareció más interiorizado pese a un virtuosismo algo melifluo, delicado cuando debe y nuevamente poco contraste en los matices que necesitarían expresión y algún fortísimo más.

Y cerrando la primera parte, puede que ya más centrada y con los «dedos calientes», otra página virtuosa como el Andante spianato y Gran Polonesa brillante, Op. 22, bien reposado el primero y poco «brillante» la polonesa que se quedó sin adjetivo.

Comenzar con la Berceuse en re bemol mayor, op. 57 no consiguió animar al abundante público con presencia de jóvenes estudiantes que sueñan subirse a esas tablas, y la Sonata nº 3 en si menor, Op. 58, una de las más complejas y aclamadas, más que la unidad en la forma  resultaron cuatro números casi independientes donde el I. Allegro maestoso fue rápido pero nada majestuoso ni contrastando potencia y delicadeza, el III. Largo se hizo literal, y los Molto vivace del II. Scherzo junto al Presto ma non tanto del IV. Finale otra demostración de vértigo, rapidez, prisas y desbalanceado dinámicamente en ambas manos, aunque algo más poderosas en volumen que la primera parte.

Curiosa la propina elegida con las mismas «prisas» de Chopin: del francés Emmanuel Chabrier el Scherzo-Vals (perteneciente a las  «Pièces Pittoresques») casi continuador del polaco que triunfaría en París y la francesa en los concursos.

PROGRAMA:

Frédéric CHOPIN (1810–1849):

-I-

Mazurkas, Op. 30

I. Allegretto non tanto, en do menor

II. Allegretto, en si menor

III. Allegro non troppo, en re bemol mayo

IV. Allegretto, en do sostenido menor

Nocturno en re bemol mayor, Op. 27, nº 2

Estudio en mi menor, Op. 25, nº 5

Estudio en fa mayor, Op. 10, nº 8

Scherzo nº 4 en mi mayor, Op. 54

Andante spianato y Gran Polonesa brillante, Op. 22

-II-

Berceuse en re bemol mayor, Op. 57

Sonata nº 3 en si menor, Op. 58

I. Allegro maestoso

II. Scherzo: Molto vivace

III. Largo

IV. Finale: Presto non tanto

Para cerrar el tríptico de Fígaro

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Miércoles 22 de enero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1691 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «El secreto del otro», basado en la ópera «La mère coupable» de Darius Milhaud. Versión del director de escena Íñigo Santacana. Coproducción de la Fundación Ópera de Oviedo y el Palacio de Festivales de Santander.

(Crítica para OperaWorld del jueves 23, con fotos propias, más el añadido de los siempre enriquecedores links y la tipografía que no siempre se puede utilizar)

La ópera de Darius Milhaud (1892-1974) «La mère coupable», estrenada en el Gran Teatro de Ginebra el 13 de junio de 1966, se basa en la tercera y última parte de la llamada “trilogía de Beaumarchais tras «El barbero de Sevilla» y «Las bodas de Fígaro», popularizadas en sendas óperas de Rossini y Mozart respectivamente –ambas incluidas en la actual temporada de Ópera de Oviedo, que se cierra precisamente con Le Nozze– de esta trilogía que narra la historia de amor del Conde y la Condesa Almaviva a través del tiempo y sus devenires. Esta última parte constituye el último enredo familiar en el que se descubren sus hijos secretos con una propuesta destinada a un público adolescente y adaptada con el título «El secreto del otro» donde además, como espectadores, deciden el final de la historia, colocándola frente a la vida real a través del teatro. La versión actualizada busca acercar la ópera a futuros públicos y se estrenó el pasado domingo 18 en Pola de Siero, para recalar tras esta de Gijón, el próximo viernes 24 al Teatro Filarmónica de Oviedo, justo antes de las bodas de Fígaro mozartianas a partir del sábado.

El argumento se centra 15 años después de los desposorios, cuando la pareja ha abandonado Sevilla junto a su otro hijo León y su criada Fígara tras la muerte del primogénito, que ha sumido al Conde en una depresión, actuando de manera extraña dilapidando su fortuna, que de seguir así arruinará por completo a toda la familia, además de haberse distanciado de Rosina, la condesa, a la que maltrata sin piedad (como a León, que en esta versión no aparece). Solamente habla con el amigo de la familia, Béggears, quien también se ha venido con ellos a un apartamento parisino. Parece que son los culpables de su desgracia como confiesa a su amigo. Realmente ninguno de ellos tiene la culpa de la muerte de su primogénito, pero ¿habrá otra razón que explique el comportamiento del conde? ¿un secreto inconfesable que esos padres han fingido no saber y que ahora sale a la luz?. El desenlace de esta trilogía lo descubrimos con «El secreto del otro», adaptación al castellano con solo un piano en la parte instrumental más dos bases electrónicas de Íñigo Plazaola que utiliza parte de las oberturas de los Fígaros de Mozart y Rossini con unos ritmos y luces muy discotequeras, subiendo y bajando el telón de fondo donde se proyectaban los vídeos e imágenes diseñadas por Pedro Chamizo, intentando hacer partícipe a un patio de butacas con más gente joven de la habitual en la programación de la Sociedad Filarmónica gijonesa.

La escena, armada toda con cartones que le dan un diseño actual (y ecológico), transcurre en un apartamento diseñado como gran caja con una puerta trasera y muebles “transportables” dentro y fuera, pero siempre visibles además de la llamada “cuarta pared”. Interesante idea de Íñigo Santacana, que se completaría con un adecuado juego de luces de Víctor Longás, contrastando la parte argumental -abundante en las partes habladas no siempre legibles- con las arias y dúos que llevan solamente el difícil acompañamiento pianístico de un siempre seguro Marcos Suárez. La electrónica que hace de “puente” es la contraposición que daba paso a unos movimientos algo artificiosos (dudo que los jóvenes bailen así) por parte de los figurantes Querubino y Florestine (Oskar Fresneda y Silvia Bango) con vestimenta (a cargo de Mar Pérez Soler) muy dieciochesca precisamente en las partes electrónicas. A destacar el trabajo actoral de la narradora Arantxa Fernández como Fígara, quien se encargaría de abrir y cerrar la obra con un final preguntando al público de las primeras filas de butaca por el desenlace deseado -que mantendría el original por votación- aunque se nos presentasen momentos “muy actuales” que bien podrían acabar en los juzgados por “violencia de género”, buscando tal vez concienciarnos a todos de algo que sigue ocupando las noticias diarias en todos los medios. Una visión actual desde un lenguaje joven pero válido para todas las edades y hacernos pensar sobre las relaciones de pareja en esta historia de amor llena de infidelidades, envidia, celos y maltrato.

De los tres protagonistas -con buenos arreglos musicales de Adrián Arechavala– vestidos con colores contrapuestos muy bien elegidos para cada rol, destacar el enorme esfuerzo de las partes habladas, con desigual proyección y no muy clara dicción que sería similar a las cantadas. Tres voces jóvenes para los roles elegidos en esta versión de Santacana: un Almaviva trajeado de blanco, camisa gris y corbata azul, a cargo del barítono Francisco Sierra que demostró el mismo carácter tosco de su rol, con un volumen exagerado y por momentos “destemplado” que literalmente no mostraría empatía alguna con la condesa Rosina, de luto riguroso, cantada por la soprano de origen cubano Vilma Ramírez, de color ideal y amplia tesitura aunque volumen limitado, pero reconociéndole el esfuerzo y trabajo en sus dos arias sin más referencias que las armónicas del piano en esta compleja partitura de Milhaud, y una escena siempre creíble donde su acento caribeño se percibió. Se nota en esta “pareja noble” una formación que aún deberá seguir puliendo detalles en una música tan atonal que no siempre es agradecida de cantar.

El más experimentado barítono venezolano Ángel Simón como Bégears, con un jersey color caramelo a juego con los zapatos, continúa reafirmándose paulatinamente tanto en la escena como en el canto, más contenido y bien fraseado, completando las tres patas de esta función, necesarias para un equilibrio siempre necesario en toda representación.

FICHA:

Miércoles 22 de enero de 2025, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1691 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «El secreto del otro», basado en la ópera «La mère coupable» de Darius Milhaud (1892-1974). Versión del director de escena Íñigo Santacana. Coproducción de la Fundación Ópera de Oviedo y el Palacio de Festivales de Santander.

FICHA TÉCNICA:

Música de Darius Milhaud con textos de Madeleine Milhaud. Traducción al castellano de Íñigo Santacana.

Dirección de escena, dramaturgia e idea: Íñigo Santacana.

Arreglos musicales: Adrián Arechavala

Ayudante de dirección y vestuario: Mar Pérez Soler

Adaptaciones musicales de Mozart, Rossini y DJ: Íñigo Plazaola

Iluminación y concepto escenográfico: Víctor Longás

Creación de vídeo: Pedro Chamizo

Piano: Marcos Suárez

REPARTO:

Conde Almaviva: Francisco Sierra (barítono) – Rosine, la condesa: Vilma Ramírez (soprano) – Bégears: Ángel Simón (barítono) – Fígara: Arantxa Fernández (actriz) – Querubino: Oskar FresnedaFlorestine: Silvia Bango (figurantes)

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