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Despedida mahleriana

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Jueves 2 de julio, 22:00 h75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Nacional de España (ONE),  David Afkham (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 9. Fotos ©Festival de Granada – J. M. Grimaldi, y propias.

Hay conciertos que terminan cuando llega el aplauso. Otros, muy pocos, continúan mucho tiempo después, cuando el silencio sigue resonando dentro de uno. Así fue esta Novena de Mahler en el Palacio de Carlos V, una de esas noches en las que la música parece detener el tiempo para obligarnos a escuchar algo más profundo que los sonidos.

La Novena es una despedida, aunque quizá no de la muerte, como tantas veces se ha repetido, sino de una manera de entender la vida. Mahler la escribió entre 1909 y 1910, después de haber conocido el dolor más absoluto con la pérdida de su hija Maria Anna y la enfermedad que acabaría llevándoselo apenas dos años después. Sin embargo, reducir esta partitura a un testamento sería injusto. Como él mismo confesaba a Bruno Walter, nunca había sentido con tanta intensidad el deseo de vivir. Y precisamente ahí reside su grandeza: la Novena no enfrenta vida y muerte como enemigos, sino como dos realidades inseparables.

También para David Afkham la obra tenía un significado especial. Era su despedida de la Orquesta Nacional de España tras doce años como director titular, una etapa que ha consolidado definitivamente el sonido de la formación y en la que Mahler ha ocupado un lugar central. Granada acogía el último concierto español antes de viajar a los Proms londinenses, y el simbolismo del programa no podía resultar más elocuente.

Desde los primeros compases quedó claro que Afkham no buscaba una lectura efectista. El célebre comienzo, con ese pulso irregular sobre el que Leonard Bernstein quiso ver el corazón enfermo de Mahler, apareció contenido, respirado, casi suspendido. Más que anunciar la tragedia, parecía preguntarse por ella. La cuerda encontró enseguida ese color cálido y transparente que ha caracterizado tantas veces a la ONE bajo su dirección, dejando respirar una arquitectura inmensa donde cada transición parecía inevitable. La acústica del Palacio no es la de un auditorio, pero las voces intermedias (violas y segundos violines) brillaron y los metales conservaron la claridad en todas sus intervenciones sin imponerse. Resultó admirable comprobar cómo una obra de semejante complejidad, y de aquí las pocas veces que se programa, nunca perdió el sentido del discurso. La Novena exige al director construir un edificio gigantesco sin que el oyente perciba el esfuerzo de los andamios. Afkham volvió a demostrar esa rara capacidad para manejar los grandes arcos sin perder el detalle, haciendo que los múltiples planos sonoros convivieran con absoluta naturalidad.

La ONE respondió con un nivel extraordinario. Da gusto comprobar cómo ha madurado durante estos años, y mis recuerdos se remontan a 1977 en Gijón y su I Festival de Otoño con Frübeck de Burgos. La cuerda volvió a ser el gran pilar de la interpretación, especialmente unos magníficos segundos violines y unas violas fundamentales en una partitura donde Mahler les confía buena parte del peso expresivo. El concertino Miguel Colom volvió a ejercer ese liderazgo discreto que tanto beneficia al conjunto, mientras las maderas dibujaban con exquisita delicadeza cada uno de sus innumerables solos. Los metales, tan comprometidos en esta sinfonía, brillaron con autoridad sin perder nunca el equilibrio con el resto de la orquesta.

El segundo movimiento, ese ländler deformado donde Mahler parece despedirse con ironía del mundo campesino de su infancia, evitó cualquier caricatura. Afkham encontró el difícil equilibrio entre rusticidad y elegancia, permitiendo que la danza sonara al mismo tiempo entrañable y perturbadora. La sonrisa nunca termina de ser completamente feliz en Mahler.

Más incisivo apareció el Rondo-Burleske, verdadero laboratorio contrapuntístico donde el sarcasmo alcanza una violencia casi expresionista. La precisión de la ONE permitió que toda esa escritura endiablada sonara con una claridad admirable. Bajo la aparente agresividad seguía latiendo ese trasfondo de melancolía que anticipa ya el adiós definitivo. Pero todo conduce inevitablemente al último movimiento.

Pocas páginas existen en la historia de la música capaces de detener el tiempo como este Adagio final. No es una conclusión, es una desaparición progresiva. Mahler no termina la obra, la deja extinguirse lentamente, como una respiración que se va apagando hasta confundirse con el silencio. Afkham supo dosificar admirablemente esa larguísima despedida, manteniendo la tensión incluso cuando la dinámica descendía hasta un pianísimo casi irreal. La cuerda respondió con una concentración sobrecogedora, sosteniendo el sonido en ese delicadísimo límite donde todo parece a punto de quebrarse y, precisamente por eso, adquiere una intensidad emocional casi insoportable. Tras doce años con su titular, casi puedo decir que se ha conseguido un «sonido Afkham”, con una cuerda muy trabajada, arpas presentes, maderas de enorme personalidad, metales «broncíneos», percusión precisa y un equilibrio muy natural entre los planos.

Entonces llegó el verdadero final. No fueron las últimas notas. Fue el silencio. Ese silencio que Mahler escribe sin escribirlo, ese instante en que nadie debería sentirse con derecho a romper lo que la música acaba de dejar suspendido en el aire. Durante veinte segundos, el Palacio de Carlos V permaneció inmóvil, como si cientos de personas respirásemos al mismo ritmo, porque en Mahler ese silencio forma parte de la obra.

Después llegaron las ovaciones, largas, emocionadas, inevitables. Emoción de una despedida donde hubo complicidad entre director y orquesta (miradas, sonrisas, abrazos finales…), y que el público que agotó las entradas en esta noche palaciega, también percibió.

El partido del mundial de fútbol donde España vencía 3-0 a Austria en Los Ángeles, era un resultado casi metafórico, porque Mahler sucumbía ante una ONE comandada por Afkham.

Uno abandona el concierto con la sensación de haber asistido no solo a una extraordinaria interpretación de la Novena sino también a la despedida de un ciclo. Afkham deja una orquesta en un momento de evidente madurez artística y con una identidad sonora reconocible. No es poco legado.

Mi querido Arturo Reverter recordaba en las notas al programa una hermosa frase de Carlo Maria Giulini: «La Novena supone el triunfo del espíritu del hombre». Quizá esa sea la mejor definición posible. Mahler no vence a la muerte, vence al miedo de mirarla de frente. Y convierte ese último suspiro en una de las páginas más hermosas jamás escritas. En una noche granadina de verano, bajo las piedras renacentistas del Palacio de Carlos V, volvió a demostrarse que la gran música posee una extraña capacidad: recordarnos que toda despedida, mientras alguien siga escuchándola, nunca llega a ser del todo definitiva.

PROGRAMA:

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 9 en re mayor (1909-10):

I. Andante comodo

II. Im Tempo eines gemächlichen Ländlers.

Etwas täppisch und sehr derb

(En el tempo de un Ländler tranquilo. Algo torpe y muy tosco)

III. Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig (Muy desafiante)

IV. Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend (Muy lento y contenido)

Una nacional internacional

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 4 b). Conciertos sinfónicos.

Domingo 22 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orquesta Nacional de España, María Dueñas (violín), Andrés Orozco-Estrada (director). Obras de Lalo y Berlioz.  Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Cuarto día de mi festival tras la sesión matutina en un concierto muy esperado que agotó todas las localidades, algo de esperar no solo por el programa y el regreso a Granada de la Orquesta Nacional de España (ONE) sino por la violinista María Dueñas quien me asombró desde la primera vez que la escuché, ganando en madurez y hondura en la siguiente visita al Auditorio de Oviedo, para ser hoy una de las figuras emergentes en el panorama internacional, esta noche disfrutándola en su casa.

La web del festival presentaba este concierto dominical y palaciego:

Española fantástica
Después de su sonada participación en el Festival de 2020, la joven granadina María Dueñas vuelve al Palacio de Carlos V convertida ya en una auténtica figura internacional del violín, contrato incluido con Deutsche Grammophon, el mítico sello alemán. Esta vez lo hará junto a la Orquesta Nacional de España que será dirigida para la ocasión por el colombiano Andrés Orozco-Estrada, actual titular de la Orquesta Sinfónica de la RAI, que nunca antes había participado en el Festival. El programa es netamente francés, pues Dueñas tocará como solista la Sinfonía española de Édouard Lalo, una obra virtuosística habitual del repertorio más querido por aficionados e intérpretes, que se estrenó hace justo 150 años, y la Sinfonía fantástica de Hector Berlioz, un auténtico monumento orquestal que se adelantó a su tiempo.

Y no pudo ser mejor en una noche calurosa, donde María Dueñas verdaderamente fue dueña y señora en ese concierto que Lalo llamó Symphonie espagnole y en cinco movimientos (parte del público amagó con aplausos al finalizar el tercero).

El violín de la granadina es un placer para el oido, la proyección en el palacio que desde mi posición perdía algo en los graves pero conmoviendo por su limpieza en los pasajes virtuosos, un arco prodigioso y una orquesta en estado óptimo con un  magistral Andrés Orozco-Estrada (Medellín, 14 de diciembre de 1977), gestualidad total: corporal, facial, mano izquierda sutil y la batuta dibujando, anticipando lo justo para acoplar y concertar a la perfección con «la dueña».

Destaco las notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén que titula «Dos aspectos de la gran música francesa», sobre este híbrido entre sinfonía y concierto tan original para su momento a finales del XIX:

«(…) Apoyado por la Société nationale de musique, fundada en 1871 por Romain Bussine y Camille Saint-Saëns, fue, sin embargo, su colaboración con el violinista navarro Pablo de Sarasate lo que más contribuyó a su triunfo ante el público y a su fama póstuma. Sarasate estrenó su Concierto para violín en 1874 y la Sinfonía española, que escucharemos hoy, en 1875 con la Orquesta Pasdeloup.

La Sinfonía española responde en parte a la idea que de nuestro país tenían los músicos franceses de la época, más como de postal que verdaderamente honda, puesta de manifiesto en el uso de ritmos como la habanera, la giga –a la española– o el tango andaluz. Al mismo tiempo, hay en ella algo del concierto romántico alemán y todo se funde en una propuesta de un virtuosismo extremo. Como afirmaba un crítico inglés, «su atractiva fachada esconde un campo de minas para el solista».

De la ONE impresionantes todas las secciones en una gran plantilla para las mismas obras (que llevarán a Alemania el día 27 en el Festival de Música de Rheingau), con Miguel Colom de concertino. Empaque y empaste, jugosa en las dinámicas, plegados a Orozco-Estrada que no perdía detalle con la respuesta inmediata de los profesores y profesoras que integran «nuestra orquesta» y donde se aprecia un relevo generacional confluyendo veteranía y juventud. Los días trabajando en «el Falla» se notaron en este Lalo con Dueñas (y aún más en el Berlioz posterior), aire flamenco que la granadina lleva en las venas, lo festivo junto a lo melancólico, la rítmica juguetona compartida por todos para otro éxito de los intérpretes.

El público rendido a María, que «jugaba en casa», y una propina con orquesta, con aires o estilo británico pero del noruego Johan Halvorsen (1864-1935), su Le Chant de la  Veslemøy (de la suite «Mosaique IV») que la granadina suele llevar en solitario pero que al completo levantó al palacio con una interpretación intimista, sentida, bien arropada por la ONE y Orozco-Estrada para degustar un violín que ya está haciendo historia.

La sorpresa tras las ovaciones vendría al quedarse al lado del arpa y hacer un dúo  con ella en arreglo propio del himno extraoficial, Granada de asombro sonoro en la esquina izquierda con Coline-Marie Orliac, la magia femenina plural del diálogo virtuoso, melódico, cercano y sentido de esta granadina internacional con todo el público en pie aclamándola con unas ovaciones que retumbaron en todo  el Palacio.

Tras un largo descanso llegaría el segundo plato fuerte de la noche con Orozco-Estrada y una ONE textualmente «Fantástica», que nos dejarían un Berlioz impresionante y difícil de poner en palabras. Solistas impecables, arpas cristalinas, los efectos del oboe o las campanas en el primer piso, para una partitura gigantesca. Vuelvo a las notas al programa del «gallego» Luis Suñén que la analiza:

«La Sinfonía fantástica de Hector Berlioz –a la vez un revolucionario y un heredero confeso de Gluck y Spontini, de Beethoven y Weber– se estrenó en París el 5 de diciembre de 1830. Su protagonista, ese “artista” del subtítulo, ha fumado una buena dosis de opio mientras piensa en un amor imposible, probablemente el de Berlioz por la actriz Harriet Smithson. En el arranque, Ensueños y pasiones, aparece ya la idea fija –l’idée fixe–, reconocible de inmediato, y que representa a la mujer –naturalmente– ideal. Primero se escucha sola y luego integrada en la orquesta. Abre El baile un vals ensoñador que hace el papel de Scherzo, con un episodio central en el que reaparece la idea fija. La Escena en el campo se inicia con un diálogo con su punto de misterio entre los caramillos de dos pastores. Se habla de la influencia de la Pastoral de Beethoven, más en el espíritu que en la letra en todo caso. Lo más interesante es cómo la idea fija va, como sucedía en el primer movimiento, integrándose en el crecimiento orquestal. Volverán los pastores con anunciadora tormenta al fondo para cerrar el movimiento. Metales y percusión nos conducen hacia la Marcha al cadalso. El condenado es el artista, quien sueña que ha matado a su amada y va a ser ajusticiado, de ahí la transformación de los sueños en una pesadilla. Reaparece la idea fija que es rota abruptamente por la caída de la guillotina. Gritos, desgarros, truenos: es el Sueño de una noche de sabbat. El amante ejecutado asiste a su propio funeral. Por eso escuchamos, igualmente deformados, la idea fija y el Dies irae mientras las brujas bailan alrededor del difunto y llega el clímax tras un pletórico crescendo».

Magistral cómo llevó el director colombiano cada capítulo sonoro, magnetismo en el podio, mando total de respuesta sinfónica precisa, dinámicas extremas donde los pianissimi delicados cortaban el aire, con una pertinaz tos senil antes del Baile que detuvo más de lo necesario su comienzo y provocando risas generalizadas que no empañaron un vals con aire vienés de agógica bien entendida. Momentos de hechizo en el duelo pastoral de oboe antes de Marchar al cadalso donde enviar a la sufrida señora, y el apoteósico final de aquelarre tímbrico y dinámico con los tutti en fff afinados desde la percusión a los bronces, pero brillo global con Orozco-Estrada dueño y señor.

Dejo para concluir nuevamente a Don Luis y finalizar esta entrada:

«El día del estreno hubo quien criticó la obra por vulgar y quien atisbó en ella la música del porvenir. Hoy nos sigue asombrando mientras, en efecto, vemos hasta dónde llegó su influencia –pensemos en Mahler, por ejemplo– y la escuchamos sabiendo ya –como intuía al fin Berlioz– que sus notas hablan por sí solas, más allá de su (im)posible argumento».

PROGRAMA

I
Édouard Lalo (1823-1892):
Symphonie espagnole, en re menor, op. 21 (para violín y orquesta. 1874)
I. Allegro non troppo
II. Scherzando. Allegro molto
III. Intermezzo. Allegro non troppo
IV. Andante
V. Rondo. Allegro
II
Hector Berlioz (1803-1869):
Symphonie fantastique: épisode de la vie d’un artiste, op. 14 (1830)
I. Rêveries, Passions (Sueños – Pasiones)
II. Un bal (Un baile)
III. Scène aux champs (Escena en los campos)
IV. Marche au supplice (Marcha al cadalso)
V. Songe d’une nuit du sabbat (Sueño de una noche de sabbat)

Noche de Mahler

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Domingo 9 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: , Tríptico Mahler II. Orquesta Nacional de España (ONE), David Afkham (director). Obras de Tomás Marco y Gustav Mahler. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Otra noche mágica en Granada, tras el Bach matutino llegaba el Mahler vespertino casi nocturno y con un estreno inspirado en la “Séptima” no muy escuchada, aunque el “Tiempo de Mahler” hace lustros que ha llegado para mantenerse.

Tomás Marco (1942) ya conocía al compositor bohemio antes de “ponerse de moda” con Alfonso Guerra en 1982, aunque siempre se agradece descubrir autores poco escuchados y todavía estamos a tiempo. El compositor madrileño ya compuso cuatro alegorías mahlerianas: Angelus Novus (Mahleriana I), de 1971 que escuchamos el pasado San Fermín, Mahleriana de bolsillo, Angelus Novus II en 2017, reducción de la anterior para 16 instrumentos, dos años después De la vida celestial (Mahleriana III) para combinar con el arreglo de Klaus Simon de la cuarta sinfonía para pequeño conjunto instrumental con armonio y piano, más el estreno absoluto encargado por el Festival de Música de Granada de Ur-Nachtmusik (Mahleriana IV) como preámbulo de la Séptima sinfonía.

La pasión de Marco por la obra de Mahler viene de un conocimiento profundo que le permite “deconstruir” como los buenos cocineros los ingredientes para crear un plato distinto. Esta nueva composición es una evocación de los cantos y presencias de la noche inspirado en sus dos movimientos titulados Nachtmusik o «música nocturna», que explica el propio compositor: «He llamado a la obra Ur-Nachtmusik, algo así como ‘música nocturna primigenia’ como si fuera una pieza escrita antes de las de Mahler que emergerían de ella. Una ficción, claro, pero que me permitía hacer una música mía entroncada con Mahler, y con coherencia con lo que en el concierto se quiere presentar», como bien recoge Pablo L. Rodríguez en sus notas al programa.

La ONE llegó con todos sus efectivos bajo la batuta de su titular, desde 2019, David Afkham (Friburgo, 1983) en pleno estado de forma y clausurando temporada, por lo que la partitura de Tomás Marco encontró en la formación de todos nosotros el mejor vehículo para transmitirnos el espíritu de Gustav Mahler (1860-1911). Noche llena de sueños o pesadillas, de desengaños y pasiones, con un arranque de los contrabajos angustioso, el uso de glissandos en violines y flautas de émbolo evocando la angustia de una imaginada mala noche que nos despierta sobresaltados, una música que provoca el mismo estado anímico de la siguiente utilizando todos los recursos tímbricos con un importante papel de la percusión generando texturas y planos sonoros sumándose unos metales germanos que nos “biografían” la infancia de Gustav pero supongo que la de tantos de mi generación y anteriores con las bandas de música de nuestros pueblos. Evocaciones que la noche ayuda a revivir como sueños antes del despertar con un gong final mantenido en el duermevela granadino. Buena interpretación y acogida del público, con el compositor recogiendo los aplausos y felicitaciones.

Y si Tomás Marco compuso su “Música nocturna” como ficción, la realidad llegó con la Sinfonía nº 7 en mi menor (1904-1905) aumentando aún más los efectivos de la ONE. Si la Sexta del viernes 7 supuso un descenso a los infiernos, esta séptima se la ha considerado la cenicienta de su producción sinfónica, descrita por Pablo L. Rodríguez como que “avanza desde la tragedia hacia la comedia con cuatro movimientos plagados de ambigüedades y un quinto de tinte cómico: trompetas, tambores y cencerros, donde se combinan parodias operísticas con músicas a la turca, un cancán francés, un minué vienés y música circense”. Las pesadillas previas de Marco se hacen reales. El Langsam. Allegro risoluto, ma non troppo es una siniestra marcha con fanfarrias lejanas y pasajes celestiales aunque como en Marco y Mahler no ascienden y llegamos al colapso. Aplausos al finalizar el movimiento, que parecen han venido para quedarse como “público soberano” o directamente desconocedor de una tradición que quiere romperse.

La Nachtmusik I mezcla de nuevo recuerdos de infancia, pastores, una marcha militar y hasta una habanera, «otro colapso” o sobresalto. David Afkham en estos cuatro años ha conseguido de la ONE un sonido compacto, equilibrado en todas su secciones y la complicidad de sus músicos para responder a la visión de cada obra que afrontan, y esta sexta sonó germánica, nuevamente aplaudida aunque con menor intensidad.

El tercer movimiento, Scherzo. Schattenhaft el propio comentario original lo deja claro, «Schattenhaft» significa sombrío o espectral, vida y muerte de la mano desde el nacimiento, música sinfónica llena de significados, danzas que parecen un vals vienés aunque Mahler no lo indica y tampoco Afkham lo interpretó como tal, más bien buscando la tímbrica de una potente ONE que encontró en esta sinfonía su mejor expresión. Menor intensidad en los aplausos que proseguirían tras cada movimiento.

El cuarto, Nachtmusik II: Andante amoroso incorpora mandolina y guitarra, aunque no se pudiesen escuchar con la presencia necesaria que intenta recrear una serenata, supongo que por la propia intención de Mahler o como escribe mi tocayo “también se desploma” en cuanto a las sensaciones, aunque la cuerda mantuvo la marca bohemia de un clima onírico y hasta cinematográfico, una madera más allá de lo pastoril o unos metales siempre templados con el protagonismo justo reclamado desde el podio.

Y los “colapsos” o derrumbes que escribe el crítico maño, continúan en el Rondo – Finale: Allegro ordinario que evoca un circo (sus notas las titula “La noche de Marco y el circo de Mahler”. Si la Sexta es “Trágica”, esta Séptima podría tener título goyesco porque “El sueño de la razón engendra monstruos”, también payasos que dan miedo, carpas con marchas donde disfrutar de metales y percusión de la ONE con Afkham de “jefe de pista”. Noche de sombra y espectros, de pesadillas musicales con cromatismos y los glissandi “soñados” por Marco despertándonos con el Mahler angustiado que no pierde la esperanza desde un lenguaje sinfónico cada vez más actual. Pasado y presente dándoles la vuelta en una noche pletórica antes de intentar conciliar el sueño.