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Cuatro manos de salón

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Miércoles 28 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, concierto nº 1718 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. “A cuatro manos”: Giester Duo (David Salmon y Manuel Veillard, piano). Obras de Mozart, Schubert y Brahms.

En una semana donde las tres sociedades filarmónicas asturianas (Oviedo, Gijón y Avilés) programan una música de cámara que sigue siendo la base de todo buen melómano y el mejor escaparate de los intérpretes, llegaba al teatro del Paseo Begoña el Giester Duo formado por los pianistas franceses David Salmon y Manuel Veillard, especialistas tanto en el repertorio a dos pianos como a cuatro manos, y del que traían cuatro obras de Schubert que además han grabado su integral en el Auditorio de la Ópera Nacional de Burdeos, una colección de ocho horas abundantes que aumentan los registros de este repertorio a cuatro manos al que seguimos asociando a las veladas románticas en los salones decimonónicos.

Con un día de luto tras el terrible accidente ferroviario de Urda (Toledo), había que dedicar el concierto a las víctimas, y nada mejor que con música, puesto que la Fantasía en fa menor, D. 940 de Schubert incluye una marcha fúnebre en el Largo que sería el homenaje como recordó por megafonía el directivo David Roldán al inicio del concierto, quien como violista rememoraría a Hindemith en su llegada a Londres coincidiendo con el fallecimiento del rey Jorge V a quien dedicaría la suite para viola y orquesta de cuerda “Trauermusik”.

La violonchelista y doctora en Musicología Andrea García Alcantarilla nos deja unas notas al programa, siempre para guardar por las aportaciones a unos repertorios no muy transitados, que iré citando a lo largo de esta entrada. Así nos pone en antecedentes:

«En el prólogo a sus pioneras sonatas a cuatro manos de 1777, el musicólogo y compositor inglés Charles Burney justificaba así la decisión de reunir a dos pianistas ante un mismo teclado: “Los grandes y variados efectos que se pueden producir con dos teclados […] tienen el inconveniente de que es necesario poseer dos instrumentos en la misma habitación, lo que me ha inducido al cultivo de esta nueva música». Nacida por pragmatismo en una época en la que, para escuchar música, había que interpretarla, la literatura a cuatro manos se convirtió en el epicentro de la vida musical. Un solo instrumento permitía divulgar las grandes arquitecturas sinfónicas y operísticas en la intimidad del hogar. Al mismo tiempo, en una sociedad encorsetada, pasó a ser una de las pocas actividades sociales donde jóvenes de ambos sexos podían sentarse juntos, rozar sus hombros y cruzar sus manos sin romper los estrictos códigos de conducta de la época. Al reunir a dos pianistas sobre un mismo instrumento, los grandes compositores no solo buscaban multiplicar las posibilidades tímbricas del piano hasta convertirlo en una orquesta en miniatura, sino explorar una dimensión poética única basada en la complicidad de los músicos».

El Geister Duo afrontaría este repertorio con un enfoque riguroso desde el profundo entendimiento entre ambos intérpretes y su compromiso con este repertorio íntimo, orquestal y profundamente poético, que devuelve a la música para piano a cuatro manos el lugar que le corresponde como una verdadera forma de música de cámara. Más que cuatro manos parecerían dos con diez dedos cada una y cuerpo mellizo con un mismo corazón de dos aurículas y dos ventrículos, incluso un solo cerebro donde los hemisferios regían para los graves y pedal a David Salmon mientras los agudos eran de Manuel Viellard. Conseguir ese «piano imposible» se logra con mucha compenetración y los mismos sentimientos, siendo maravilloso comprobar la auténtica coreografía de las manos con un mismo ataque, posiciones y hasta la conjunción ideal de un ‘pulpo pianista’ que balancea una mano u otra según exija la partitura.

Abrían la velada con Mozart y la Sonata en do mayor, K. 521 (primavera de 1787), dedicada a su alumna Nanette von Jacquin, en una obra que, a diferencia del resto del programa, libera este repertorio de la esfera doméstica para llevarlo a las salas de concierto. El siempre reconocible niño prodigio de las sonatas para piano vuelca en esta a cuatro manos todo su genio e ingenio, la precoz madurez además del virtuosismo que la película “Amadeus” refleja e incluso utiliza el Allegro de este “juguete”.  Con el Geister Duo sonaría prístino, cristalino, limpio, matizado, perfecto en todos los sentidos y donde ya desde el inicio “el diálogo temático deja de ser patrimonio del registro agudo para repartirse equitativamente entre ambos intérpretes”.

El grueso del programa lo ocuparía Schubert, primero su Sonatina en do mayor, D. 968 (1815), pieza de juventud aún de aire clásico que entronca con el Mozart anterior y con solo dos movimientos, un diálogo entre los dos pianistas en el Allegro moderato y un “evoiucionado” Andantino donde disfrutar de los claroscuros bien ejecutados.

Proseguirían con el Allegro en la menor, D. 947, «Lebensstürme» (Tormentas de la vida) como así lo bautizaría Diabelli, y que el vienés compuso en su último año de vida, lleno de dramatismo y contrastes, nuevamente reflejados por el Geister Duo impecable de principio a fin con los acordes secos sincronizados, las pausas medidas y unos pianissimi que parecían imposibles equilibrar en las cuatro manos. Como escribe la doctora García Alcantarilla, “El choque entre la agitación trágica y la calma lírica, unido a modulaciones audaces, convierte a este movimiento en una de las páginas más logradas del catálogo schubertiano”.

Para concluir la primera parte llegaría la Fantasía en fa menor, D. 940, escrita en la primavera de 1828 y que “esconde una historia de amor imposible entre Schubert y su alumna, la condesa Karoline von Esterházy. Separados por el abismo infranqueable de la clase social, la relación jamás llegó a consumarse; la complicidad física del teclado compartido se transformó así en el único terreno donde ese galanteo mudo e infructuoso encontró vía de escape. Cuando la joven condesa le reprochó en una ocasión no haberle dedicado ninguna pieza, Schubert contestó con resignación: «¿Para qué, si todo lo que escribo ya está dedicado a vos?». Esta Fantasía fue la única obra que llevó su nombre en la dedicatoria” como bien refleja la musicóloga en las notas al programa. He escuchado esta fantasía en muchas interpretaciones, viniéndome a la memoria tanto la del matrimonio Chung-Bax la del asturiano Dúo Wanderer (Francisco Jaime Patín y Teresa Pérez Hernández) que además lo tienen grabado. Esta monumental página pone a prueba ese mismo corazón latiendo en cuatro manos, el entendimiento íntegro para expresar tanta profundidad musical. Los cuatro movimientos van pasando por estados de ánimo modulantes y desoladores que “culminan en una monumental fuga con dos sujetos que desemboca en la reaparición del desolado motivo inicial, sumiendo la sala en un silencio sobrecogedor“. Así la entendieron e interpretaron el Geister Duo con el mayor homenaje a las víctimas y al malogrado Schubert.

Aún quedaba la continuidad schubertiana con el Divertissement à la hongroise, D. 818 que abría los aires magiares aún presentes del día anterior en Oviedo. Como escribe Andrea García “La segunda parte del concierto está consagrada íntegramente al interés decimonónico por el exotismo húngaro y el estilo verbunkos —un género de origen militar rápidamente asimilado por la música popular urbana de Hungría—“, premonición y posteriores recuerdos del Imperio Austrohúngaro (1867-1918) porque la música de los zíngaros siempre ha estado cercana y los grandes compositores la han reflejado incluso asociada a lo popular aunque muchas de ellas tuviesen autoría, caso de este divertimento en tres movimientos que Schubert compuso en el otoño de 1824 “tras escuchar cantar a una criada en las cocinas de la residencia de verano de los Esterházy, la obra articula en sus tres secciones un ambicioso fresco del folclore magiar”. Geister Duo brindó la alegría de este “estilo” conjugando lo lírico y lo rítmico que separaría el cierre con Brahms y tres de sus conocidas Danzas húngaras, WoO 1, las números 1, 11 y especialmente la 5, bien organizadas al dejar en el medio la más lenta. Otro prodigio interpretativo por la complicidad en la ejecución tan difícil a cuatro manos donde el piano hace olvidar las posteriores versiones sinfónicas de esta partitura original. La doctora García Alcantarilla las analiza a la perfección recordando que el alemán fallecido en Viena declinó firmarlas con número de opus optando por presentará como «arreglista»:

«En la Danza nº 1 en sol menor, basada en la melodía popular Isteni csárdás, la música combina la pesadumbre de la sección lenta (Lassú) con el impulso de la rápida (Friss), valiéndose de un flexible rubato que imita la improvisación gitana. La Danza nº 11 en re menor muestra la madurez del ciclo: sin fuente popular conocida, se trata de una composición original de Brahms que recrea con delicada nostalgia la sonoridad húngara. Por su parte, la célebre Danza nº 5 en fa sostenido menor —donde la libertad agógica alcanza su punto culminante— fue adaptada por un Brahms convencido de que utilizaba un tema folclórico anónimo, ignorando que en realidad se trataba del vals Bártfai emlék, compuesto en 1858 por el músico húngaro Béla Kéler. Con la progresiva orquestación de la colección y su traslado a la escena sinfónica, estas páginas concebidas para el piano a cuatro manos realizan el camino inverso y cierran el círculo, poniendo el broche de oro al concierto de esta noche».

Hay muchas grabaciones tanto fonográficas como en internet con dúos históricos por pianistas consagrados que se unen para disfrutar con estas danzas, y el dúo francés contagió tanto el entusiasmo como la alegría desde mi sueño imposible de dos manos y veinte dedos sobre las 88 teclas, donde el Steinway© del teatro aguantó como un campeón.

Y la propina también del hamburgués, su Vals op. 39 nº 15 en la bemol mayor, en el arreglo para cuatro manos medio tono más alto, igual de brillante manteniendo, como en todo el concierto a Vieillard en el agudo y Salmon en el grave, todo un regalo de una velada con tristeza y esperanza donde nuevamente la buena música hizo de terapia.

PROGRAMA:

Primera parte

Wolfgang Amadeus MOZART (1756 – 1791)

Sonata en do mayor para piano a cuatro manos, K. 521:

I. Allegro – II. Andante – III. Allegretto

Franz SCHUBERT (1797 – 1828)
Sonatina en do mayor, D. 968:

I. Allegro moderato – II. Andantino

Allegro en la menor, D. 947, «Lebensstürme»

Fantasía en fa menor, D. 940:

I. Allegro molto moderato – II. Largo – III. Scherzo. Allegro vivace – Tempo I

Segunda parte

Divertissement à la hongroise, D. 818:

I. Andante – II. Marcia. Andante con moto – III. Allegretto

Johannes BRAHMS (1833 – 1897)
Danzas húngaras, WoO 1 (Selección):

Nº 1 en sol menor
Nº 11 en re menor
Nº 5 en fa sostenido menor

Pinturas parisinas

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Jueves 8 de octubre, 19:30 horas: Teatro Jovellanos, Gijón. Abono 1 OSPA,  Martín García (piano), El León de Oro (Marco A. García de Paz, director del coro), Nuno Coelho (director). Obras de Falla y Ravel.

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) daba comienzo a su temporada 2026-2027 por todo lo alto con un programa reuniendo dos grandes obras del repertorio sinfónico del siglo XX: Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla, y Daphnis et Chloé, de Maurice Ravel, y además con un carácter especialmente significativo, al ser la última inauguración de temporada que el portugués Nuno Coelho afronta como Director Titular y Artístico de la OSPA, culminando así cinco años de intenso trabajo, giras, explorando nuevos repertorios, aprendizaje y experiencias compartidas con la orquesta y el público asturiano, contribuyendo a construir esta etapa de especial intensidad en los últimos años de nuestra OSPA.

Esta primera cita de la nueva temporada contaría con la participación del pianista gijonés Martín García García, que interpretaba la obra de Falla, y del coro El León de Oro, que se incorporaría tras el descanso a la orquesta para abordar la partitura de Ravel.

En la nota de prensa presentando esta temporada, la propia OSPA ahondaba en las obras y los intérpretes:

Dos obras maestras para abrir la temporada

“El programa propone un recorrido por dos universos musicales de extraordinaria riqueza. En Noches en los jardines de España, Manuel de Falla combina la escritura sinfónica con la tradición musical española en una obra de marcado carácter evocador, en la que el piano desempeña un papel protagonista”.

La biografía del gijonés Martín García García (1996) es amplia y le llevo escuchando hace años, concretamente desde 2008 y 2009 también con la OSPA y Max Valdés, “precoz madurez” que ha ido pasando por ciclón con ímpetu aún juvenil, funcionando mejor en recital. Reconocido como uno de los intérpretes españoles con mayor proyección internacional, fue el encargado de afrontar la parte solista de la obra de Falla, habiendo actuado por todo el mundo con las orquestas más prestigiosas, logrando hitos significativos (como su debut en el Carnegie Hall de Nueva York) y una exitosa gira en Japón con 25.000 asistentes en 14 actuaciones. Ha recibido importantes reconocimientos a nivel mundial, incluyendo el primer premio en la ‘Cleveland International Piano Competition 2021’ y el tercer lugar en la ‘International Chopin Piano Competition 2021’. 

“La segunda parte estará dedicada a Daphnis et Chloé, una de las partituras más ambiciosas y deslumbrantes de Maurice Ravel. Destaca por su extraordinaria riqueza tímbrica, sus grandes contrastes sonoros y una orquestación de enorme sofisticación. La participación del coro convierte su interpretación en uno de los grandes retos del repertorio sinfónico”.

El León de Oro participaría en la interpretación de Daphnis et Chloé, todo un emblema de excelencia coral que ha conquistado tanto al público como a la crítica especializada a lo largo de su trayectoria de casi 30 años, y se ha convertido en un referente internacional avalado por invitaciones a festivales de prestigio (Arezzo, Flandes, Tolosa, Varna y Tours) y numerosos premios: el primer premio en la London International a Cappella Choir Competition (2014), el Gran Premio Nacional de Canto Coral (2003 y 2006)  y el premio Amuravela de Oro (2021). La versatilidad es uno de los rasgos que mejor define a esta formación ya que ofrece interpretaciones que abarcan desde los grandes nombres del Renacimiento y Barroco hasta las composiciones más audaces del repertorio contemporáneo y esto les ha permitido consolidarse como uno de los principales coros españoles.

Con el nuevo horario de conciertos a las 19:30 horas, tanto en Gijón como en Oviedo, dada la coincidencia el viernes con el segundo título de la Temporada de Ópera, acudí, como muchos abonados ovetenses, al Teatro Jovellanos para esta inauguración que no quería perderme por muchas razones: la doble dimensión al ser el comienzo de una nueva temporada y, al mismo tiempo, la culminación de una etapa artística compartida durante cinco años con el maestro Coelho que la ha hecho crecer hasta un nivel que merece conocerse más allá de nuestra tierra; mantener mi fidelidad  de 35 temporadas como abonado a la OSPA (pese a mi “divorcio con el cocinero”); seguir disfrutando de ella; comprobar la evolución del pianista gijonés; y por supuesto no perderme al LDO como “leónigan” confeso desde sus inicios.

El teatro del Paseo Begoña obliga por su escenario a una colocación “apretada” de la sinfónica asturiana, y más cuando hay un piano o un coro, tal como sucedió en este primer jueves de octubre. Con un retraso no habitual, del que desconozco la causa (con toda la orquesta afinada a la espera de la salida del solista y director), más un público que acudió en buen número a esta inauguración de la temporada de abono (pues la OSPA ya estuvo en el foso del Campoamor para el Sorrow de la ópera carbayona más el sinfónico del Auditorio para los 50 años de Nuberu), en este 2026 aún queda tiempo para la conmemoración de los #150Falla, y en esta segunda temporada como colaborador artístico de Martín García, nos ofrecería las “impresiones sinfónicas”, como así presentó el gaditano sus Noches en los jardines de España (1916) que iniciaría en París partiendo de los Nocturnos, como bien refleja Jonathan Mallada en las notas al programa. Tres movimientos donde el piano no se enfrenta a la orquesta como un solista convencional sino que dialoga y se imbrica con ella de forma constante. Nuno Coelho así lo entendió con ricas dinámicas y respetuoso con el piano, donde degustar la orquestación de Falla, aunque Martín García optó más por la potencia y el intento de sobresalir. No era necesario porque se pierde toda la sutileza de una pintura casi de acuarela y no de pastel ni óleo: fresca en vez de intensa, jugando con una amplia paleta de colores que la OSPA logró de principio a fin con un sonido que el titular ha ido personalizando en este tiempo, conocedor del potencial de su formación capaz de afrontar cualquier lienzo sonoro.

Si la evocación acuática del primer movimiento son las fuentes de La Alhambra, el gijonés prefirió las cascadas del bosque nazarí que bajan de Sierra Nevada. Al menos en la Danza lejana mantuvo una delicadeza necesaria para partir hasta la sierra cordobesa que nuevamente la OSPA con Coelho delineó con tinta china los trazos gruesos de un solista que no se integró en la sonoridad global.

Y la propina también Falla con una Danza del fuego imprecisa, trastabillada, con llamaradas y dando la impresión de un fuelle soplando para que no se apagase. Espero otra ocasión para reencontrarme con “el otro Martín” inspirado y contenido, más centrado como solista (un ciclón potente como en noviembre de 2022, o delicadamente poderoso desde el mismo ímpetu juvenil como en febrero pasado con la OSPA).

El descanso necesario para reubicar todo el escenario nos traería al Ravel de esta “sinfonía coreográfica” impresionante más que impresionista, muy trabajado, preciso, parisino y de aires cantábricos, con todas las secciones exigentes para todos los solistas, desde la concertino invitada Hannah Perowne hasta la celesta de Sergey Bezrodny, de la flauta de Pan de Myra Sinclair a la máquina de viento de Juan Antonio Martín, la viola de Lucía Ortiz y el cello de Max von Pfeil, así todos y cada uno de los profesores que en este Daphnis et Chloé (1909-1912) deben unirse, sentirse individuales sin perder la compleja unidad, siempre desde la batuta de Nuno Coelho dando protagonismo puntual, dejando fluir las frases, contagiando seguridad, marcando con precisión los múltiples cambios rítmicos y de aire, matizando cada detalle de esta página sinfónica llena de colores, intensidades, emociones y auténtico “caleidoscopio orquestal”, con pasajes que parecen preparar La Valse (1919-1920).

Sumemos al LDO, capaces de afrontar una partitura al alcance de pocos coros y con una plantilla que no llegó a 48 voces (que serían 12 por cuerda), sin referencias instrumentales ni texto para cantar, todo con boca cerrada o vocalizaciones como “ah” u “oh” con inflexiones, matices, ataques, creando efectos atmosféricos, casi místicos, de verdadero color armónico y comportándose como una sección orquestal más, pues así debe funcionar en esta compleja y difícil partitura, flotando sobre un colchón instrumental (cuerdas, arpas y viento-madera), e incluso cantando con los metales. Ubicados al fondo, con las siempre envidiables voces blancas flanqueando las graves, todos “incómodos” por las estrecheces del escenario pero con profesionalidad y mucho trabajo previo que Marco Antonio García de Paz logró para este ballet de Ravel, pocas veces podremos escuchar en vivo esta obra como en Gijón y al día siguiente en Oviedo. Perfectamente imbricado en el sonido sinfónico, también lo disfrutamos brevemente “a capella” en el único momento del Interlude (que cierra el primero de los tres cuadros) y que demostró la versatilidad de los gozoniegos para cualquier repertorio, que en el sinfónico-coral siguen siendo sinónimo de calidad, empaste y afinación.

Con un público respetuoso y emocionado, el ballet alcanzó su cumbre en la bacanal final, auténtico broche de oro para casi dos horas de buena música sentida como perfumes parisinos y salitre cantábrico.

Si Coelho ha conseguido un “sonido OSPA”, con la suma vocal de «los leones» amplió una paleta tímbrica casi galáctica, que a buen seguro en el Auditorio de Oviedo, con otra acústica y más espacio, aún brillará más.

PROGRAMA:

Manuel de FALLA (1876-1946): Noches en los jardines de España:

I. En el Generalife

II. Danza lejana

III. En los jardines de la Sierra de Córdoba

Maurice RAVEL (1875-1937): Daphnis et Chloé (Ballet completo):

Tableau I

Introduction et Danse religieuse

Danse générale

Danse grotesque de Dorcon

Danse légère et gracieuse de Daphnis

Danse de Lycéion

Nocturne

Danse lente et mystérieuse des Nymphes

Interlude

Tableau II

Introduction et Danse guerrère

Danse suppliante de Chloé

Tableau III

Leverdu jour

Pantomime (Daphnis et Chloé miment l’aventure de Pan et de Syrinx)

Danse de Chloé

Danse générrale (Bacchanale)

La música que sigue haciendo ciudad

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Viernes 25 de septiembre, 11:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe. Presentación de la temporada 2026/2027 de los Conciertos del Auditorio y las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una flauta abriendo el acto con la Danse de la chèvre de Arthur Honegger, en interpretación de Alexandra Pichurina Esipovich, daba paso esta mañana a la presentación de una nueva temporada de dos ciclos que ya forman parte, por derecho propio, de la vida musical de Oviedo. Una temporada especialmente significativa porque llega cuando la ciudad afronta la recta final hacia la decisión sobre la Capitalidad Cultural Europea de 2031, pero también porque supone la despedida de David Álvarez al frente de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

Álvarez hizo balance de estos cuatro años recordando algunos de los grandes momentos vividos desde la Concejalía, entre ellos las visitas de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, con Klaus Mäkelä, y de la Filarmónica de Viena. Lo hacía además desde una doble condición que mantendrá cuando deje el cargo: la de responsable político de la cultura y la de melómano y abonado de estos ciclos. Presentando un vídeo y a cada uno de los intervinientes (Álvaro Faes, Pilar Rubiera y Cosme Marina), quiso destacar en sus distintas alocuciones la fidelidad de un público que sigue creciendo en número de abonados y la importancia de las formaciones asturianas, con Oviedo Filarmonía y El León de Oro a la cabeza, dentro de una política musical sostenida gracias a la colaboración entre la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, la propia Concejalía y los diferentes agentes culturales. Y tuvo palabras especialmente afectuosas para Cosme Marina, director artístico de la Fundación Musical, por su compromiso y lealtad durante estos años. Una idea quedó flotando durante la presentación y bien podría resumir el espíritu de estos ciclos: que la música nos siga uniendo y reuniendo.

Una historia que viene de lejos

Cosme Marina tomó después la palabra para recordar que una programación como esta no aparece de repente en un calendario. Detrás hay décadas de trabajo y una historia musical que comenzó a tomar forma en los años ochenta, con la remunicipalización del Teatro Campoamor, las reformas emprendidas durante la etapa de Antonio Masip como alcalde, y aquellos Conciertos del Campoamor vinculados a Luis Gracia Iberni. También recordó el precedente de los Festivales de la Universidad de Oviedo, aquellas primeras semanas musicales en las que tuvo un papel fundamental Emilio Casares, hasta llegar a febrero de 1992, cuando se celebraron las primeras Jornadas Internacionales de Piano, germen de las actuales Jornadas “Luis G. Iberni”. Nacían con vocación internacional, abiertas al público y con un carácter temático pionero en España, pero sin perder nunca la vinculación con el entorno. En 1999, la creación de Oviedo Filarmonía y la consolidación del Auditorio «Príncipe Felipe» terminarían de dibujar el modelo actual: grandes artistas y formaciones internacionales junto a la presencia de los músicos y proyectos nacidos en Asturias. Y esa combinación sigue siendo una de las señas de identidad de la programación.

Un Auditorio de grandes nombres

La temporada comenzará el 4 de noviembre y se prolongará hasta el 23 de mayo, con un repertorio amplio y una sucesión de nombres que explican por sí solos la dimensión de estos ciclos.

Las Jornadas de Piano tendrán uno de sus momentos destacados el 19 de noviembre, con el encuentro de Jean-Guihen Queyras y Alexandre Tharaud, que celebran treinta años de trayectoria conjunta. Ambos han pasado ya por Oviedo por separado y ahora, por fin, podrán escucharse juntos en una colaboración que han mantenido durante tres décadas. Habrá además dos debuts pianísticos: Olga Scheps, el 9 de diciembre, y Misha Dacić, el 17 de diciembre. Y volverá Grigory Sokolov, el 23 de febrero. Poco más hace falta añadir. Don Gregorio Sokolov es ya parte de la historia de estas Jornadas, una de esas figuras que han convertido Oviedo en una de sus ciudades habituales de gira. Como viene siendo tradición, habrá que esperar unos días antes del concierto para conocer el programa. El ciclo recuperará también a Hélène Grimaud, que regresará a Oviedo el 23 de mayo después de muchos años de ausencia.

En los Conciertos del Auditorio, la apertura correrá a cargo de Vox Luminis y la Camerata Salzburg, con el Réquiem de Mozart, el 4 de noviembre. Una elección que mantiene esa vocación europea que siempre ha caracterizado al ciclo y que adquiere un significado especial en una ciudad que aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura.

Las grandes voces tendrán asimismo un protagonismo destacado. Véronique Gens llegará el 27 de noviembre con Reines, espectáculo que, dentro de España, podrá disfrutarse únicamente en Madrid y Oviedo. El 9 de enero regresará la Orquesta y Coro Nacionales de España, después de décadas de ausencia, con Josep Pons al frente de Un Réquiem alemán de Brahms.

El 12 de enero será el turno de Esa-Pekka Salonen, que dirigirá a la Philharmonia Orchestra y presentará en Oviedo su concierto para violín, con Leila Josefowicz como solista, sumándose al también finlandés Jukka-Pekka Saraste que el 11 de febrero actuará on la Orquesta Filarmónica de Helsinki junto a la violonista MINAMI (Minami Yoshida).

La música histórica tendrá su espacio con los asturianos Forma Antiqva, que el 21 de enero recuperarán para estrenar en Oviedo La Corte in Gioco. Y volverán a escucharse algunas de las grandes voces del panorama lírico: Nadine Sierra, el 26 de enero; Sondra Radvanovsky, en recital junto al pianista Anthony Manoli el 30 de marzo, y Marina Rebeka, que debutará en Oviedo el 6 de mayo junto a Oviedo Filarmonía.

Bach tendrá también su espacio con la celebración de los 300 años de la Pasión según San Juan, en una propuesta que contará con el director argentino Leonardo García-Alarcón, de raíces familiares asturianas. Y habrá un homenaje a Tomás Marco (Madrid 1942), con el estreno de Atalaya sobre Vetusta, encargo del ciclo en torno a Clarín y «La Regenta» («Mapa sonoro de Vetusta»), además de la presencia de Viotti y Capuçon junto a otras propuestas que completarán la programación.

Fuera de abono, los Niños Cantores de Viena el 4 de marzo ampliarán una temporada que vuelve a mirar hacia Europa sin olvidarse de casa.

El público como parte de la historia

Durante la presentación, Pilar Rubiera, presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, insistió en la posición que ocupa la ciudad dentro del panorama musical español y en el esfuerzo por mantener unos precios accesibles. Pero quizá una de las ideas más interesantes de la mañana fue la reivindicación de la propia Oviedo Filarmonía, una orquesta versátil que encuentra en estos conciertos un terreno especialmente adecuado para demostrar su capacidad y que, al mismo tiempo, continúa siendo uno de los pilares de la actividad musical de la ciudad.

También Álvaro Faes, como Jefe de la sección de Oviedo del periódico La Nueva España (en el que escribo puntualmente), puso el foco en algo que a veces queda oculto detrás de los grandes nombres: el público, ese espectador que reserva una fecha, que vuelve cada temporada y que ha construido durante años una relación de fidelidad con estos ciclos. Porque la música de una ciudad no se mide solamente por las orquestas que la visitan, los grandes solistas o los directores internacionales. Se mide también por la capacidad de conseguir que una sala se llene una y otra vez, que un público reconozca los nombres, espere los programas y haga de cada temporada una prolongación de la anterior. Y en Oviedo esa historia viene de lejos.

David Álvarez se despedía hoy de la presentación de un ciclo que comenzó a defender desde su concejalía en 2023. Lo hacía agradeciendo a quienes lo han acompañado durante estos años y anunciando, en cierto modo, que la despedida institucional no será una despedida musical: seguirá siendo abonado. Quizá no haya mejor manera de cerrar una etapa. Porque cambian los concejales, cambian los programas y cambian los nombres sobre el escenario. Pero permanece algo mucho más difícil de construir: una ciudad que espera a la música, un público que responde y un Auditorio que sigue siendo lugar de encuentro.

Y nada mejor para finalizar que volver a escuchar a la joven flautista Alexandra Pichurina y Minera (de “Cantes de Levante» del compositor Oscar de Manuel).

El próximo y primer encuentro del ciclo ya tiene fecha: 4 de noviembre. Mozart, Vox Luminis y la Camerata Salzburg. Que empiece la música.

Información sobre conciertos, abonos, entradas y precios en https://www.oviedo.es/de/ccjp

CIMCO estrena “Origen”

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Jueves 24 de septiembre, 19:30 h. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. V Ciclo Interdisciplinar de Música Ciudad de Oviedo (CIMCO): Colectivo Lamiel & Carlos Galán: «Origen». Música de Jesús Á. Arévalo.

(Mi reseña original para LNE del viernes 25, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no puede ni suele incluir)

La nueva edición del CIMCO, dirigido por Cristina Gestido que abriría el ciclo, contará con cuatro conciertos de aquí a diciembre, y se inauguraba este jueves 24 con el estreno de «Origen», a cargo del Colectivo Lamiel formado por Tono Ferriol y Sara Suárez junto al pianista Carlos Galán con “Danzas asturianas” a partir de los “Siete preludios asturianos” (2025) del ovetense Jesús A. Arévalo (26 de agosto, 1964), presente entre el público que llenó la sala. Desde el piano de Galán se aunaron y dialogaron con la bellísima coreografía de Lamiel y la moda de “Made by kös”, en la acertada apuesta por unir música de cámara con otras disciplinas que ya se ha consolidado en el otoño de “La Viena española”.

Presentado por la musicóloga Susana Asensio Llamas, editora de la partitura del compositor y polifacético Arévalo, que los describe como “una rareza en el panorama de la eiségesis musical de la tradición astur” pudimos vivir lo popular y lo personal, espacios y lugares sonoros además de visuales, una visión actual desde el piano con ritmos híbridos, modulaciones sorprendentes y una escritura de nuestro tiempo que «Origen» desarrolla con el piano y la coreografía clásica,

pero partiendo del folklore con bailes autóctonos y el vestuario transgresor de una inmensa falda que aparece en el segundo preludio, cubriendo y jugando con los bailarines evocando las olas de nuestro Cantábrico, también en el vídeo en blanco y negro, «A la mar fui por naranjas» Cosa que la mar nun tien.

Plasticidad individual y a dúo con el piano o incluso los grabados cantos de pájaros al amanecer. Multitud de detalles que actualizan esta apuesta interdisciplinar con la dualidad Tradición-Modernidad haciéndonos imaginar nuestros paisajes desde el irrepetible directo donde cada preludio tiene título propio para esta “reunión de disciplinas” de coreografía, desde la Alborada y floreu, una original Chalana con el mantón, En Oviedo no me caso, un soliloquio de Ferriol y «yendo por agua», de río y playa en espejo y en Blancu y negru, cristalinos para un final guiados por Una estrella que brilló y triunfó.

PROGRAMA:

Jesús Ángel Arévalo: Siete Preludios Asturianos

I. Alborada y floreu – II. Chalana – III. Cosa que la mar nun tien – IV. En Oviedo no me caso –  V. Quintana – VI. Una estrella nos guía – VII. Blancu y negru

P.D.: Entrevista en LNE del miércoles 23 a Tono Ferriol:

 

Carmen Yepes: historia de la sonata en Villaviciosa

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Sábado 18 de julio, 20:00 horas. Teatro Riera, Villaviciosa, Círculo Cultural Valdediós: XXVIII Atardeceres Musicales 2026. “Mark The Music”. Segundo concierto: Un recorrido por la sonata. Carmen Yepes (piano). Obras de D. Scarlatti, Mozart y Schubert. Fotos propias y de las RR.SS.

La pianista asturiana Carmen Yepes (Oviedo, 1979), afincada desde hace años en Madrid, donde compagina la docencia en el Conservatorio Profesional «Teresa Berganza» con una constante actividad concertística, regresaba a los Atardeceres Musicales de Villaviciosa para ofrecer un recital concebido con un evidente propósito didáctico sin renunciar a la emoción artística. Bajo el título Un recorrido por la sonata, el programa proponía seguir la evolución de esta forma musical desde Scarlatti hasta Schubert, un viaje que Yepes construyó con inteligencia y absoluta fidelidad al estilo de cada compositor.

Las tres sonatas de Domenico Scarlatti elegidas por «la mierense nacida en Oviedo» para abrir el concierto, constituyeron una magnífica carta de presentación. De las más de quinientas que el compositor napolitano y madrileño escribió para teclado, la K. 247 mostró un carácter introspectivo y una expresividad delicada, con un fraseo limpio y un uso muy medido del pedal, siempre al servicio de la claridad del discurso. Muy diferente resultó la K. 115, intensa y dramática, de energía casi impetuosa, mientras que la luminosa K. 416 cerró este primer bloque con un virtuosismo brillante y una espontaneidad contagiosa. Yepes supo evidenciar cómo estas pequeñas joyas, concebidas para el clave, encuentran en el piano nuevas posibilidades tímbricas y expresivas sin perder su esencia.

Mozart representaba el siguiente paso en la evolución de la sonata. De sus sonatas para piano, Carmen Yepes escogió la KV 332, escrita en París en el verano de 1778, una obra que para muchos pianistas permanece ligada a nuestros años de formación. La interpretación destacó por la naturalidad del discurso, el equilibrio entre brillantez y lirismo y un refinamiento constante en la ornamentación. El Allegro inicial fluyó con elegancia y transparencia; el Adagio encontró un canto de auténtico carácter vocal, mientras que el Allegro assai final recuperó toda la vitalidad mozartiana con una energía siempre controlada y nunca exhibicionista. Una lectura luminosa y equilibrada que resumía perfectamente el ideal clásico de la forma sonata.

La segunda parte estaba dedicada íntegramente a la Sonata Póstuma D. 959 en la mayor de Franz Schubert, una de las tres últimas sonatas del compositor. No pude evitar recordar la integral ofrecida hace dos años en Granada por Paul Lewis, donde precisamente esta obra fue la que más me impresionó por su extraordinario equilibrio formal y por esa permanente tensión entre serenidad y desgarro.

También Carmen Yepes hizo de esta partitura el verdadero centro emocional del recital. Desde el rotundo Allegro inicial, de dimensiones casi sinfónicas, fue construyendo un discurso donde el lirismo convivía constantemente con una sensación de inestabilidad, como si cada cadencia evitara deliberadamente el reposo definitivo. Los sutiles retenuti mantenían al oyente suspendido antes de cada nueva frase, mientras el desarrollo alternaba momentos de aparente calma con inesperadas irrupciones dramáticas.

Especialmente sobrecogedor resultó el Andantino. Esa melancolía casi inmóvil que Schubert transforma de pronto en un estallido de angustia encontró en Yepes una intérprete capaz de mantener la tensión sin exageraciones. Fue uno de esos movimientos que remueven tanto la inteligencia como la emoción: el caminante schubertiano vuelve a aparecer, dudando siempre del siguiente paso, dejando melodías que parecen esperar la voz de un cantante invisible.

El Scherzo ofreció el necesario respiro antes de un Rondo final donde la pianista volvió a combinar lirismo y dramatismo hasta desembocar en una coda de enorme fuerza expresiva. Una interpretación madura, profundamente reflexionada y construida desde la honestidad musical, sin buscar efectos externos, dejando que fuera la propia arquitectura de la obra la que emocionara al público.

Como propina llegó un delicioso regalo mozartiano: el breve Allegro en fa mayor KV 33b, compuesto cuando Mozart tenía apenas once años. Un final luminoso que devolvió la sonrisa tras el intenso viaje emocional propuesto por Schubert y que confirmó el excelente momento artístico de Carmen Yepes, una pianista que une experiencia, inteligencia interpretativa y una admirable capacidad para comunicar la música desde la sencillez.

PROGRAMA:

Domenico Scarlatti (1685-1757):

Tres sonatas:

K. 247 en do sostenido menor

K. 115 en do menor

K. 416 en re mayor

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sonata KV. 332 en fa mayor:

Allegro – Adagio – Allegro assai

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata Póstuma D. 959 en la mayor:

Allegro – Andantino – Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento – Rondo. Allegretto

 Propina:

W. A. Mozart:

Allegro (Klavierstück in F, KV 33b)

Un piano y tres sonatas

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Mi querida pianista Carmen Yepes continúa otro curso como Profesora de Piano en el Conservatorio de Música «Teresa Berganza» de Madrid, pero no abandona los conciertos y retoma su actividad sobre los escenarios, del aula a las tablas.

Para esta semana ha preparado un programa que escucharán en Madrid y Asturias (Villaviciosa). Por si aún no la conocen, dejo a continuación aquí parte de su extenso currículo, aunque lo mejor es escucharla, como llevo haciendo desde sus inicios, lo más recomendable para los que lean esta entrada y tengan la ocasión de asistir a alguno de sus conciertos.

Carmen Yepes, piano

Realiza sus estudios de piano en Oviedo y Madrid, con los maestros Francisco Jaime Pantín, Josep Colom y Claudio Martínez Mehner. Además, ha recibido consejos de I. Zaristkaya, A. Baciero, J. Achúcarro, L. Chiantore, F. Rados, J. Banowetz y A. Jasinski.

Ha obtenido el Primer Premio en Concursos Nacionales e Internacionales, tales como Ciudad de San Sebastián, Ciutat de Carlet, Petrof y Ricard Viñes de Lleida.

Ha realizado actuaciones por Europa y Estados Unidos, dentro de prestigio- sos ciclos musicales, como el “II y VII Ciclo Complutense de Conciertos” en el Auditorio Nacional de Madrid, Temporada de la Orquesta Filarmónica de Hradec Kralové (Praga), Teatro Real de Madrid, “Enric Granados” de Lleida, varias tem- poradas de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, “Ciclo de Grandes Maestros”, en colaboración con la Orquesta Sinfónica de RTVE en la Fundación “Juan March” de Madrid, Jornadas de piano“Luis G. Iberni” de Oviedo entre otros.

Ha realizado grabaciones para el Canal Clásico de TVE, un CD con la Orquesta Oviedo Philarmonía, con obras de Piazzola y Mederos, así como una grabación en directo de la “Fantasía Coral” Op. 80 para piano, coros y orquesta de Beethoven desde el Teatro Monumental de Madrid, retransmitida por La 2 de RTVE.

En 2017 el compositor Carles Guinovart compuso la Toccata Al-Ándalus para Carmen Yepes, a quien la obra está dedicada, teniendo el privilegio de llevar a cabo su estreno absoluto en la ciudad de Alicante y posteriormente en otras ciudades españolas.

En la actualidad, Carmen Yepes compagina su actividad concertística con la docencia como Profesora de Piano en el Conservatorio de Música «Teresa Berganza» de Madrid, habiendo conseguido el Máster Universitario en Investigación Musical por la Universidad de La Rioja. Ha sido profesora en el Conservatorio Superior de Oviedo y en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.

Este miércoles 15 de julio a las 20:00 horas en el Espacio Ronda Madrid, Ronda de Segovia 50 (Metro Puerta de Toledo) y con entradas a 12 €:

PROGRAMA:

Domenico Scarlatti:

Tres sonatas:

K. 247 en do # menor – K. 115 en do menor – K. 416 en Re Mayor.

W. A. Mozart:

Sonata KV. 332 en Fa Mayor:

Allegro – Adagio – Allegro assai

F. Schubert:

Sonata Póstuma D. 959 en La Mayor:

Allegro – Andantino – Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento – Rondo. Allegretto

Así presenta este concierto “Arquitecturas del sonido: La evolución de la sonata para piano” la web del recinto madrileño:

La música, al igual que la arquitectura, es el arte de esculpir el tiempo y el espacio, utilizando el sonido como ladrillo y el silencio como cimiento. Este concierto propone un viaje fascinante a través de tres siglos, invitando al oyente a habitar las diferentes estructuras que el genio humano ha construido alrededor de una misma forma musical: la sonata. El viaje comienza en el Barroco, con Domenico Scarlatti. Sus sonatas son delicadas miniaturas de orfebrería musical, concebidas originalmente para clavecín pero transformadas hoy por la riqueza del piano moderno. La arquitectura de Scarlatti es la de un jardín geométrico y vibrante, texturas ágiles, ritmos danzantes de herencia hispana y una frescura donde cada nota busca su lugar preciso bajo el sol. Son estructuras de una sola pieza, compactas pero llenas de luz y de un ingenio desbordante. Al avanzar el siglo, el espacio se transforma. Con Wolfgang Amadeus Mozart, la sonata alcanza la madurez del Clasicismo. Su arquitectura se vuelve simétrica, equilibrada y de proporciones perfectas, como un templo de líneas puras. Mozart introduce el diálogo dramático dentro del teclado: sus temas musicales conversan, se oponen y se reconcilian con una elegancia suprema. Detrás de su aparente sencillez, se esconde una profunda teatralidad y una transparencia donde cualquier emoción queda expuesta con una belleza cristalina transmitiendo las cualidades más profundas del Humanismo.

Finalmente, el concierto nos lleva a cruzar el umbral hacia una nueva era de la mano de Franz Schubert. En la transición hacia el Romanticismo, las paredes de la sonata clásica comienzan a expandirse para albergar los misterios del alma humana. La arquitectura de Schubert ya no busca la simetría perfecta, sino la inmensidad del paisaje interior. Sus sonatas son catedrales de la nostalgia y la confidencia, la protesta y la desesperanza, donde las modulaciones armónicas nos transportan por caminos inesperados de luz y sombra. El piano de ser solo un instrumento para convertirse en un confidente íntimo. Escuchar este programa en el piano moderno es, en definitiva, contemplar cómo un mismo lienzo en blanco se transforma: desde el detalle minucioso del artesano barroco, pasando por el equilibrio perfecto del maestro clásico, hasta la poesía infinita del alma romántica.

Y el próximo sábado 18 a las 20:00 horas, en el Teatro Riera de Villaviciosa dentro de la edición XXVIII Atardeceres Musicales, que organiza el Círculo Cultural de Valdediós, titulada “Mark the Music”, cinco conciertos entre julio y agosto con el segundo a cargo de la Carmen Yepes presentando el mismo programa madrileño, con el título “Un recorrido por la sonata”.

Dejo a continuación las notas al programa de la villa malaya, analizando musicalmente las obras seleccionadas por la pianista mierense, aunque nacida en Oviedo:

El presente recital propone un recorrido por más de un siglo de historia de la mú- sica para teclado, desde el refinamiento barroco de Domenico Scarlatti hasta la amplitud expresiva y la profundidad emocional del último Schubert. A través de estas obras, el oyente podrá apreciar la evolución del lenguaje pianístico y de la propia idea de sonata, que pasa de la miniatura brillante y concentrada a la gran arquitectura romántica.

Domenico Scarlatti (1685 – 1757). 3 sonatas

Las tres sonatas de Domenico Scarlatti pertenecen al extraordinario conjunto de más de quinientas obras para teclado que escribió durante su estancia en la corte española. Aunque tradicionalmente se denominan “sonatas”, se trata de piezas breves de un solo movimiento, construidas generalmente en forma binaria y concebidas como auténticos laboratorios de invención musical.

La Sonata K. 247 en do sostenido menor destaca por su carácter introspectivo y su delicada expresividad. Su discurso melódico parece desplegarse con naturalidad sobre un acompañamiento sutil, creando una atmósfera de recogimiento poco habitual en la producción más brillante del compositor. La K. 115 en do menor, por el contrario, presenta un perfil más dramático e intenso. Los contrastes dinámicos, la energía rítmica y la insistencia de determinados motivos revelan una escritura llena de tensión y vitalidad. Finalmente, la K. 416 en re mayor ofrece un carácter luminoso y extrovertido. Su elegante virtuosismo, las figuraciones ágiles y el constante impulso rítmico muestran a un Scarlatti capaz de transformar los recursos del clave en un lenguaje sorprendentemente moderno.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791). Sonata Kv. 332 en fa m

Con Wolfgang Amadeus Mozart, la sonata adquiere una dimensión completamente distinta. La Sonata en fa mayor, K. 332, compuesta alrededor de 1783, pertenece al período de madurez vienesa y constituye una de las obras más representativas de su producción pianística. En ella conviven la elegancia clásica, la claridad formal y una riqueza expresiva que anticipa desarrollos posteriores.

El primer movimiento, Allegro, despliega una extraordinaria variedad temática. Mozart combina episodios de brillante virtuosismo con momentos de delicadeza lírica, articulando un discurso de gran fluidez y equilibrio. La escritura exige del intérprete tanto precisión técnica como una gran sensibilidad para resaltar los constantes cambios de carácter.

El Adagio central constituye el corazón emocional de la obra. En esta página de profunda inspiración cantabile, el piano parece adoptar las cualidades expresivas de la voz humana. Las amplias frases melódicas, las sutiles modulaciones y la refinada ornamentación crean una atmósfera de íntima serenidad, aunque no exenta de melancolía.

El movimiento final, Allegro assai, recupera la energía y el brillo característicos del compositor. Su escritura ágil y transparente, llena de ingenio y frescura, concluye la sonata con un espíritu luminoso y afirmativo que resume a la perfección el ideal clásico mozartiano.

Franz Schubert (1797 – 1828). Sonata póstuma D. 959 en la m

La segunda parte está dedicada íntegramente a una de las cumbres de la literatura pianística: la Sonata en la mayor, D. 959 de Franz Schubert. Escrita en septiembre de 1828, apenas unas semanas antes de la muerte del compositor, forma parte del célebre tríptico de sus tres últimas sonatas para piano. Estas obras representan la culminación de su pensamiento musical y constituyen uno de los testimonios más conmovedores del Romanticismo temprano.

A diferencia de la concentración característica de Scarlatti o del equilibrio clásico de Mozart, Schubert concibe la sonata como un vasto espacio expresivo en el que conviven la contemplación, la memoria, la exaltación y la inquietud. La amplitud de las formas y la riqueza armónica permiten al compositor explorar territorios emocionales de una profundidad inédita.

El primer movimiento, Allegro, se abre con una afirmación serena y majestuosa. A partir de este gesto inicial, Schubert construye un extenso paisaje sonoro en el que los temas evolucionan libremente, alternando momentos de luminosidad con episodios de intensa tensión dramática. La sensación de viaje y transformación constante constituye uno de los rasgos más característicos de esta música.

El célebre Andantino ocupa un lugar singular dentro de toda la producción schubertiana. Comienza como una sencilla canción impregnada de nostalgia, casi una evocación de los lieder que hicieron célebre al compositor. Sin embargo, el discurso se ve progresivamente alterado por una sección central de extraordinaria intensidad, marcada por violentos contrastes y una expresividad casi visionaria. Tras esta tormenta emocional, la música regresa transformada a la calma inicial, como si hubiera atravesado una experiencia irrepetible.

El tercer movimiento, Scherzo: Allegro vivace, aporta un necesario contraste. Ligero, elegante y lleno de vitalidad, recuerda por momentos el espíritu de los grandes scherzi beethovenianos, aunque conservando la gracia melódica tan propia de Schubert. El trío central introduce un momento de relajación antes del retorno de la sección principal.

La sonata concluye con un amplio Rondo: Allegretto, una de las páginas más inspiradas del compositor. Sobre un tema de carácter amable y cantable, Schubert desarrolla una sucesión de episodios que combinan lirismo, fantasía y energía rítmica. A lo largo del movimiento aparecen continuas transformaciones expresivas, como si el compositor quisiera condensar múltiples estados de ánimo en un único discurso. La obra culmina con una brillante coda Presto, cuya energía final contrasta con la profundidad reflexiva que ha dominado gran parte del recorrido.

Escuchadas conjuntamente, las obras de este recital permiten contemplar la extraordinaria evolución del repertorio para teclado entre los siglos XVIII y XIX. Desde la imaginación concentrada de Scarlatti, pasando por el equilibrio y la perfección formal de Mozart, hasta la amplitud poética y la hondura emocional de Schubert, el programa traza un fascinante itinerario por algunos de los momentos más altos de la historia de la música para piano. Cada compositor aporta una visión única del instrumento y de la expresión musical, convirtiendo este concierto en una celebración de la riqueza y diversidad del gran repertorio pianístico.

Perianes no falla

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Lunes 6 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Recital. Patio de los Arrayanes: Javier Perianes (piano). Obras de Falla, Chopin y Albéniz. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Hay lugares donde el piano parece encontrar su espacio natural. El Patio de los Arrayanes es uno de ellos. El rumor constante del agua, la geometría serena de la Alhambra y el silencio expectante del público componían el mejor marco posible para el regreso de Javier Perianes (Nerva, 1978), uno de esos músicos que no necesitan demostrar nada porque llevan años confirmándolo todo. Lo llamé hace años «el Sorolla del piano» con su aquiescencia, porque, como el pintor valenciano, trabaja la luz más que el color. Sus interpretaciones nunca buscan el efecto inmediato, sino esa claridad que parece surgir desde dentro de la propia música. Cada obra termina iluminada de una manera distinta.

La web del festival titulaba Falla y su profeta con las siguientes palabras:

En el año dedicado a Manuel de Falla, la presencia de Javier Perianes, uno de sus intérpretes de referencia, adquiere un valor especialmente significativo. El pianista regresa a los Arrayanes con un programa que sitúa a Falla en diálogo con dos figuras decisivas de su universo estético. La primera parte explora la afinidad entre el joven Falla y Chopin, visible en nocturnos, mazurcas y piezas de aliento lírico en las que se reconocen la herencia romántica, el refinamiento armónico y la atención al canto interior. En la segunda, las Cuatro piezas españolas de Falla se insertan en el marco más amplio del nacionalismo pianístico, junto a una selección de Iberia de Albéniz, auténtica cima del piano del siglo XX. El considerando traza así un recorrido coherente entre influencia, identidad y madurez creadora.

El programa nunca fue un enfrentamiento, fue una genealogía, una conversación transversal entre estéticas, lenguajes y raíces, leída desde el piano con inteligencia y una extraordinaria capacidad narrativa que Perianes sigue llevando por distintos escenarios.

La velada se abrió con el Nocturno (1896) de un joven Manuel de Falla, todavía impregnado del romanticismo tardío y de la herencia chopiniana, casi entendiendo esta primera parte como “afinidades inesperadas”. Perianes abordó este nocturno con un fraseo flexible y una sonoridad contenida, subrayando su carácter introspectivo sin exagerar la nostalgia para a continuación, el Nocturno en do sostenido menor, op. 27 nº 1 de Chopin que apareció como una prolongación natural del discurso: atmósferas densas, tensiones armónicas sutiles y un uso del rubato tan elegante como controlado.

Las mazurcas reforzaron ese diálogo implícito: la Mazurca en do menor de Falla, seguida de las mazurkas chopinianas (op. 7 nº 2 y op. póst. 67 nº 1), evidenció cómo ambos compositores, desde contextos culturales distintos, supieron transformar la danza popular en materia poética. Perianes evitó cualquier acento “folklorizante” superficial, apostando por una lectura depurada, de ritmos insinuados y clara articulación, pues en estos momentos el mejor Falla sigue sonando en las manos del onubense.

En la Serenata andaluza y la Canción de Falla, sacó a relucir una paleta tímbrica luminosa, casi guitarrística, mientras que obras como el Vals en la menor, op. 34 nº 2 y la Berceuse, op. 57 de Chopin se desplegaron con una ‘cantabilidad’ (si se me permite el palabro) exquisita, de líneas largas y respiración natural, sin perder nunca la tensión interna, Perianes volvió a demostrar que el silencio también forma parte de la interpretación. No deja morir una nota: la escucha extinguirse.

Falla y Albéniz, España como idea sonora que ahondó en nuestra identidad musical desde dos perspectivas complementarias además de enriquecedoras. Las Cuatro Piezas Españolas de Falla (Aragonesa, Cubana, Montañesa y Andaluza) fueron interpretadas con una claridad estructural admirable, resaltando su modernidad armónica y su refinamiento rítmico, lejos de cualquier pintoresquismo pero de trazo ágil, luminoso y con la luz del mago evocando paisajes nuestros.

Escuchar “Iberia” en la Alhambra tiene inevitablemente algo de regreso al origen. No porque Albéniz escribiera pensando en Granada, sino porque pocas arquitecturas dialogan tan bien con ese mundo sonoro hecho de luz, distancia y memoria. La selección de Evocación, El Puerto, Almería y Triana permitió a Perianes desplegar aún más toda su autoridad en este repertorio del que no solo es embajador sino todo un referente. Mientras escuchaba desde mi incómoda silla Evocación no pude evitar acordarme de Esteban Sánchez, cuya lectura de “Iberia” sigue ocupando un lugar privilegiado en mi discoteca. Las comparaciones son inevitables, aunque también injustas. Perianes no pretende parecerse a nadie. Esta selección posee una claridad de texturas y una naturalidad en el discurso que la hacen profundamente personal.

Primera parte nostálgica, con nocturnidad sin alevosía, honda, sentida, con el poso onubense, y la segunda tan festiva como la victoria de España ante Portugal rozando una prórroga que no llegó a dejarnos in albis.

Y como si me hubiese leído el pensamiento, la propina fue casi una parte extra y con memoria: el propio homenaje a Falla con su Fantasía Bética (1919) que en Cáceres dedicó al ilustre pianista pacense Esteban Sánchez (Orellana la Vieja, Badajoz: 1934 -1997), pues no hubo mejor intérprete para esta impresionante fantasía, cerrando este recital granadino con una fuerza simbólica y musical incontestable. El de Nerva mostró y demostró su vertiente más poderosa y rítmica, sin perder nunca el control ni la claridad, en una obra exigente que resume como pocas el espíritu moderno y telúrico del compositor gaditano. Aún llegarían dos más: Sevilla (Albéniz) rindiendo el tributo al de Campodrón tras la Bëtica que «no falla», puro arte de esta tierra andaluza, y la Danza ritual del fuego (Falla) ardiendo con llamas a punto de quemarnos para concluir el inicio de la última semana de festival.

No todos los grandes pianistas consiguen que el público salga hablando del programa antes que de la dificultad técnica. Javier Perianes sí, porque su virtuosismo nunca reclama protagonismo: está al servicio de la música. Lo verdaderamente memorable de esta noche no fueron los pasajes imposibles de Iberia, ni la arquitectura perfecta de Chopin, sino la sensación de haber asistido a una conversación íntima entre tres compositores separados por el tiempo y unidos por una misma idea de belleza. Cuando terminó el recital, el rumor del agua volvió a quedarse solo en el Patio de los Arrayanes. Quizá era la mejor manera de entender lo que acabábamos de escuchar: un piano que nunca necesita levantar la voz para decirlo todo. Perianes, una vez más, no falló.

PROGRAMA:

I

Manuel de Falla (1876-1946)

Nocturno (1896)

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturno en re bemol mayor, op. 27 nº 2 (1835)

Manuel de Falla

Mazurca en do menor (1899)

Fryderyk Chopin

Mazurca en la menor, op. 7 nº 2 (1830- 31)

Mazurca en sol mayor, op. 67 nº 1 (1835)

Manuel de Falla

Serenata Andaluza (1900)

Fryderyk Chopin

Vals en la menor, op. 34 nº 2 (1831)

Manuel de Falla

Canción (1900)

Fryderyk Chopin

Berceuse en re bemol mayor, op 57 (1843, rev. 1844)

II

Manuel de Falla

Cuatro piezas españolas (1906-1909)

Aragonesa

Cubana

Montañesa

Andaluza

Isaac Albéniz (1860-1909)

Iberia (Selección. 1905-08)

Evocación

El Polo

Almería

Triana

Que no pare la danza

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Viernes 3 de julio, 22:30 h. 75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Béjart Ballet Lausanne, Julien Favreau (director artístico). Dyonisos (Suite) – L’Oiseau de Feu – Boléro, música de Hadjidakis, Stravinsky y Ravel. Fotos propias.

Otra noche en el Generalife del festival granadino en su vertiente de danza con la compañía creada en 1987 por Maurice Béjart (Medalla de Honor del Festival 2007) y heredera de su espíritu con tres de sus creaciones más icónicas, y un cuerpo de baile interracial e internacional plagado de verdaderas estrellas de la danza.

Abría la noche la Suite Dionysos sobre música del griego Manos Hadjidakis (1925-1994) y piezas de música folk de la tradición helénica, que estrenó en Nueva York en 1980, inspirada en el mito opuesto a Apolo. Aires de sirtaki, blancos del Egeo, el vino, el mar y la luz, Coreografías variadas desde lo coral hasta los solos, apolíneos y dionisíacos, el color rojo vino de Versace, bacantes, ditirambos y efebos con cuadros helénicos tan actuales en pleno siglo XXI, el hedonismo hecho arte griego en movimiento con el Dionisio Oscar Eduardo Chacón y el Zeus de Oscar Frame. La perfecta sincronización del movimiento con la música de buzukis y cítaras de una coordinación galáctica para un ballet atemporal.

Tras el descanso dos coreografías más de Béjart, primero su versión de L’Oiseau de Feu (El pájaro de fuego) de Stravinsky, estrenada en 1970 que se vio en España en 1979 con el Ballet Nacional Clásico (actual Compañía Nacional de Danza), y su entonces director Víctor Ullate, como bien recuerda la web del festival.

Un pájaro impecable de Hideo Kishimoto, el Fénix de Aubin Le Marchand y una iluminación idónea encajada para cada movimiento de la música del ruso, con simetrías y pleno entendimiento entre los partisanos (de gris) y los pequeños pájaros, rojo fuego y movimientos perfectos de plasticidad bellísima en otra coreografía del maestro Béjart ejecutada a la perfección y que Favreau ha mantenido en el tiempo.

Cerraba la velada Boléro (1961) sobre la famosísima composición del vasco-francés Maurice Ravel que volvíamos a escuchar en esta edición aunque no en directo sino grabada. Inicio de bombo ostinato para preparar la escena con las sillas y la la gran mesa redonda roja donde la bailarina solista Mari Ohashi, La Méolide omnipresente iría dibujando el inmenso crescendo, mientras el cuerpo de baile (Le Rythme) sumaba elementos en cada repetición de la melodía raveliana, inquietante, todos alrededor para conformar esta joya visual por la que no pasan los años y mantiene la contemporaneidad de una compañía fiel al legado de su fundador.

Éxito nocturno en esta noche estrellada del Generalife con la mejor danza de esta septuagésimo quinta edición del festival.

PROGRAMA:

Dionysos (Suite)

Coreografía: Maurice Béjart

Música: Manos Hadjidakis

Pinturas: Yokoo Tadanori

Vestuario: Gianni Versace

Estrenado en diciembre de 1985 por el Ballet du XXe siècle en el City Center de Nueva York

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L’Oiseau de Feu

Coreografía: Maurice Béjart

Música: Igor Stravinsky

Diseño de escenografía y vestuario: Joëlle Roustan, Roger Bernard

Estreno el 31 de octubre de 1970 por el Ballet du XXe siècle en el Palais des Sports de París

Boléro

Coreografía: Maurice Béjart

Música: Maurice Ravel

Diseño de escenografía y vestuario: Maurice Béjart

Estrenado el 10 de enero de 1961 por el Ballet du XXe siècle en el Théâtre Royal de la Monnaie de Bruselas

ELENCOS:

P.D.: Las fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez las añadiré a continuación cuando nos las hagan llegar, pues al subir la entrada del blog aún no estaban disponibles a la espera del visto bueno de la compañía.

Imágenes que ilustran mejor mis impresiones:

Despedida mahleriana

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Jueves 2 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Nacional de España (ONE),  David Afkham (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 9. Fotos ©Festival de Granada – J. M. Grimaldi, y propias.

Hay conciertos que terminan cuando llega el aplauso. Otros, muy pocos, continúan mucho tiempo después, cuando el silencio sigue resonando dentro de uno. Así fue esta Novena de Mahler en el Palacio de Carlos V, una de esas noches en las que la música parece detener el tiempo para obligarnos a escuchar algo más profundo que los sonidos.

La Novena es una despedida, aunque quizá no de la muerte, como tantas veces se ha repetido, sino de una manera de entender la vida. Mahler la escribió entre 1909 y 1910, después de haber conocido el dolor más absoluto con la pérdida de su hija Maria Anna y la enfermedad que acabaría llevándoselo apenas dos años después. Sin embargo, reducir esta partitura a un testamento sería injusto. Como él mismo confesaba a Bruno Walter, nunca había sentido con tanta intensidad el deseo de vivir. Y precisamente ahí reside su grandeza: la Novena no enfrenta vida y muerte como enemigos, sino como dos realidades inseparables.

También para David Afkham la obra tenía un significado especial. Era su despedida de la Orquesta Nacional de España tras doce años como director titular, una etapa que ha consolidado definitivamente el sonido de la formación y en la que Mahler ha ocupado un lugar central. Granada acogía el último concierto español antes de viajar a los Proms londinenses, y el simbolismo del programa no podía resultar más elocuente.

Desde los primeros compases quedó claro que Afkham no buscaba una lectura efectista. El célebre comienzo, con ese pulso irregular sobre el que Leonard Bernstein quiso ver el corazón enfermo de Mahler, apareció contenido, respirado, casi suspendido. Más que anunciar la tragedia, parecía preguntarse por ella. La cuerda encontró enseguida ese color cálido y transparente que ha caracterizado tantas veces a la ONE bajo su dirección, dejando respirar una arquitectura inmensa donde cada transición parecía inevitable. La acústica del Palacio no es la de un auditorio, pero las voces intermedias (violas y segundos violines) brillaron y los metales conservaron la claridad en todas sus intervenciones sin imponerse. Resultó admirable comprobar cómo una obra de semejante complejidad, y de aquí las pocas veces que se programa, nunca perdió el sentido del discurso. La Novena exige al director construir un edificio gigantesco sin que el oyente perciba el esfuerzo de los andamios. Afkham volvió a demostrar esa rara capacidad para manejar los grandes arcos sin perder el detalle, haciendo que los múltiples planos sonoros convivieran con absoluta naturalidad.

La ONE respondió con un nivel extraordinario. Da gusto comprobar cómo ha madurado durante estos años, y mis recuerdos se remontan a 1977 en Gijón y su I Festival de Otoño con Frübeck de Burgos. La cuerda volvió a ser el gran pilar de la interpretación, especialmente unos magníficos segundos violines y unas violas fundamentales en una partitura donde Mahler les confía buena parte del peso expresivo. El concertino Miguel Colom volvió a ejercer ese liderazgo discreto que tanto beneficia al conjunto, mientras las maderas dibujaban con exquisita delicadeza cada uno de sus innumerables solos. Los metales, tan comprometidos en esta sinfonía, brillaron con autoridad sin perder nunca el equilibrio con el resto de la orquesta.

El segundo movimiento, ese ländler deformado donde Mahler parece despedirse con ironía del mundo campesino de su infancia, evitó cualquier caricatura. Afkham encontró el difícil equilibrio entre rusticidad y elegancia, permitiendo que la danza sonara al mismo tiempo entrañable y perturbadora. La sonrisa nunca termina de ser completamente feliz en Mahler.

Más incisivo apareció el Rondo-Burleske, verdadero laboratorio contrapuntístico donde el sarcasmo alcanza una violencia casi expresionista. La precisión de la ONE permitió que toda esa escritura endiablada sonara con una claridad admirable. Bajo la aparente agresividad seguía latiendo ese trasfondo de melancolía que anticipa ya el adiós definitivo. Pero todo conduce inevitablemente al último movimiento.

Pocas páginas existen en la historia de la música capaces de detener el tiempo como este Adagio final. No es una conclusión, es una desaparición progresiva. Mahler no termina la obra, la deja extinguirse lentamente, como una respiración que se va apagando hasta confundirse con el silencio. Afkham supo dosificar admirablemente esa larguísima despedida, manteniendo la tensión incluso cuando la dinámica descendía hasta un pianísimo casi irreal. La cuerda respondió con una concentración sobrecogedora, sosteniendo el sonido en ese delicadísimo límite donde todo parece a punto de quebrarse y, precisamente por eso, adquiere una intensidad emocional casi insoportable. Tras doce años con su titular, casi puedo decir que se ha conseguido un «sonido Afkham”, con una cuerda muy trabajada, arpas presentes, maderas de enorme personalidad, metales «broncíneos», percusión precisa y un equilibrio muy natural entre los planos.

Entonces llegó el verdadero final. No fueron las últimas notas. Fue el silencio. Ese silencio que Mahler escribe sin escribirlo, ese instante en que nadie debería sentirse con derecho a romper lo que la música acaba de dejar suspendido en el aire. Durante veinte segundos, el Palacio de Carlos V permaneció inmóvil, como si cientos de personas respirásemos al mismo ritmo, porque en Mahler ese silencio forma parte de la obra.

Después llegaron las ovaciones, largas, emocionadas, inevitables. Emoción de una despedida donde hubo complicidad entre director y orquesta (miradas, sonrisas, abrazos finales…), y que el público que agotó las entradas en esta noche palaciega, también percibió.

El partido del mundial de fútbol donde España vencía 3-0 a Austria en Los Ángeles, era un resultado casi metafórico, porque Mahler sucumbía ante una ONE comandada por Afkham.

Uno abandona el concierto con la sensación de haber asistido no solo a una extraordinaria interpretación de la Novena sino también a la despedida de un ciclo. Afkham deja una orquesta en un momento de evidente madurez artística y con una identidad sonora reconocible. No es poco legado.

Mi querido Arturo Reverter recordaba en las notas al programa una hermosa frase de Carlo Maria Giulini: «La Novena supone el triunfo del espíritu del hombre». Quizá esa sea la mejor definición posible. Mahler no vence a la muerte, vence al miedo de mirarla de frente. Y convierte ese último suspiro en una de las páginas más hermosas jamás escritas. En una noche granadina de verano, bajo las piedras renacentistas del Palacio de Carlos V, volvió a demostrarse que la gran música posee una extraña capacidad: recordarnos que toda despedida, mientras alguien siga escuchándola, nunca llega a ser del todo definitiva.

PROGRAMA:

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 9 en re mayor (1909-10):

I. Andante comodo

II. Im Tempo eines gemächlichen Ländlers.

Etwas täppisch und sehr derb

(En el tempo de un Ländler tranquilo. Algo torpe y muy tosco)

III. Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig (Muy desafiante)

IV. Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend (Muy lento y contenido)

Estaciones danzantes

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Martes 30 junio, 22:30 h. 75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Malandain Ballet Biarritz, Thierry Malandain (director artístico), Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director musical): Les Saisons. Música de Vivaldi y Giovanni Antonio Guido. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Mi primer Festival de Granada fue un 7 de julio de 2011 en el Auditorio Manuel de Falla con “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi a cargo de Forma Antiqva y con Aitor Hevia (del Cuarteto Quiroga como solista), y que grabarían al día siguiente para el sello alemán Winter&Winter. Y este último día de junio en el Generalife volvía Aarón Zapico al frente de la Academia Barroca del Festival, dentro de la séptima edición de los Cursos Manuel de Falla donde jóvenes instrumentistas prepararon estas estaciones de Vivaldi y G. A. Guido, con Jorge Jiménez de violín solista, para poner música en vivo desde el foso al Malandain Ballet Biarritz.

Siempre he defendido que el ballet debe tener la música en vivo, y en este caso así fue pero amplificada desde una ecualización no preparada para la música barroca, pues los balances que el director asturiano marcaba en el foso no tenían la misma respuesta en la megafonía. Y otro tanto con el violín solista de Jorge Jiménez donde las cuerdas de tripa no tienen igual tímbrica que las actuales.

Pese a todo es un placer volver a escuchar “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi quince años después con el poso y el aprendizaje que da el estudio en profundidad por parte del maestro asturiano, con los jóvenes instrumentistas siguiendo todas las indicaciones “marca Zapico” que sigue dando a esta popular partitura su particular interpretación y visión, con un juego de contrastes y tempi que además tenían la respuesta del ballet francés con coreografías diferenciadas entre “El cura pelirrojillo” veneciano y su continuador algo más «afrancesado» Giovanni Antonio Guido.

La de Thierry Malandain para Vivaldi contó con casi todo el cuerpo de baile y la pareja de Giuditta Banchetti y Hugo Layerelenco, todos de negro con el fondo de los cipreses y la iluminación acorde con cada estación pero sin literalidad, buscando el colorido que me hace rememorar la serie del artista alicantino Eusebio Sempere, entendiendo al grupo como bloque compacto sin líderes y con pocas intervenciones solistas.

En cambio para Guido optó por ir combinando los primeros tiempos con una o dos parejas (Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Laurine Viel y Alejandro Sánchez Bretones) de levita y “polisón” sobre el negro con el fondo en los mismos tonos para las primeras partes, y la suma de los “desnudos” en las segundas secciones, desde Hugo Layer  con la “hoja de otoño negra”, más simbólica que descriptiva, al que irían apareciendo posteriormente duetos, tríos y cuartetos, plásticamente muy bellos, casi transposición del otro Guido, Reni y su “Hipomenes y Atlanta” antes del número final con toda la compañía, lo que el coreógrafo llama “musicalidad de los cuerpos”.

Si la búsqueda del color en la iluminación y los contrastes de coreografías y vestuario entre Vivaldi y Guido marcaron la danza, el foso aportó la sonoridad barroca contrastada con unos silencios que en el primero me recordaban las estatuas de Giacometti de “El hombre que camina” o las de Dülken (ciudad alemana en la Renania del Norte-Westfalia) donde hay un sanatorio para enfermos mentales (que en mi tierra llamaríamos “La Cadellada”) e incluso un «Molino de los locos», mientras para el segundo lo visual parecía se guiarse por la auditivo.

Personalmente me gustó más la coreografía para Vivaldi por los movimientos ocupando todo el espacio, la gestualidad que Malandain entiende como “danza neoclásica contemporánea”, figuras muy plásticas y la mejor adecuación a la música en vivo que la de Guido pese a la alternancia.

Recordar que Granada también es festival internacional de danza, y en esta 75 edición estamos asistiendo a distintos estilos, escuelas y enfoques, aunque espero especialmente al Béjart Ballet de Lausanne el próximo viernes 3 de julio, para poder contarlo desde aquí.

PROGRAMA:

Les Saisons

Coreografía: Thierry Malandain

Música: Antonio Vivaldi y Giovanni Antonio Guido

Violín solista: Jorge Jiménez

Decorados y vestuario: Jorge Gallardo

Diseño de iluminación: François Menou

Diseño de vestuario: Véronique Murat, Charlotte Margnoux,

con la ayuda de Anaïs Abel

Realización de decorados: Frédéric Vadé

Realización de accesorios: Annie Onchalo

Ayudantes de decorado y atrezo: Nicolas Rochais, Gorka Arpajou,

Félix Vermandé, Raphaël Jeanneret, Christof t’Siolle, Txomin LabordePeyre,

Maruschka Miramon, Karine Prins, Sandrine Mestas Gleizes, Fanny Sudres,

Fantine Goulot

Maestros de ballet: Richard Coudray, Giuseppe Chiavaro, Frederik Deberdt

Ballet para 22 bailarines

Duración: 60 minutos sin descanso

Estrenado el 25 de noviembre de 2023 en el Palais des Festivals de Cannes (Francia)

ELENCO LES SAISONS

Primavera – Antonio Vivaldi

Giuditta Banchetti y Hugo Layer

Noé Ballot, Julie Bruneau, Elisabeth Callebaut, Raphaël Canet, Mickaël Conte, Irma Hoffren, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Neil Ronsin, Yui Uwaha, Patricia Velázquez, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Léo Wanner.

Primavera – Giovanni Guido

Le temps vole, Chaque saison s’enfuit

Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Laurine Viel, Alejandro Sánchez Bretones

Danse des bergers

Hugo Layer

Verano – Antonio Vivaldi

Patricia Velazquez y Noé Ballot

Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Elisabeth Callebaut, Raphaël Canet, Clémence Chevillotte, Mickaël Conte, Loan Frantz, Irma Hoffren, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Neil Ronsin, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Verano – Giovanni Guido

L’air s’enflamme, Zéphire disparaît, Chant des coucous

Allegra Vianello y Léo Wanner

Vole à notre secours O ! Cérès adorable

Patricia Velázquez y Hugo Layer

Otoño – Antonio Vivaldi

Irma Hoffren y Raphaël Canet

Noé Ballot, Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Elisabeth Callebaut, Clémence Chevillotte, Mickaël Conte, Loan Frantz, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Neil Ronsin, Julen Rodríguez Flores, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Patricia Velazquez, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Otoño – Giovanni Guido

Célébrons le retour de l’Automne

Yui Uwaha, Guillaume Lillo, Julen Rodríguez, Chelsey Van Belle

Allegro

Patricia Velázquez, Raphaël Canet, Hugo Layer

Invierno – Antonio Vivaldi

Claire Lonchampt y Mickaël Conte

Noé Ballot, Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Raphaël Canet, Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Irma Hoffren, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Chelsey Van Belle, Patricia Velázquez, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Invierno – Giovanni Guido

La saison des frimas

Julie Bruneau, Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Léo Wanner

Le cruel Aquilon nous déclare la guerre

Claire Lonchampt, Patricia Velázquez, Raphaël Canet, Hugo Layer

Laissons gronder les vents

Todos los bailarines.

ACADEMIA BARROCA DEL FESTIVAL DE GRANADA

Director musical: Aarón Zapico

Violines: Orión Arroyo Pérez, María Beltrán Peralta, Mª de los Ángeles Cáceres Márquez, Miguel Calleja Rodriguez, Natalia Cid Iriarte, Fernando Cornejo Ortega, Alfredo Jaime Doblado, Claudia Montoya Salinas, Abraham Parra Amante, Mercedes Rodríguez Pérez, Juan Utrera Moreno

Concertino: Jorge Jiménez

Violas: Nadia Carmona Carrasco, Jesús Segura Torres

Violonchelos: Sara Ortega López, Alba Villar Cairó

Cuerda pulsada: Rafael Arjona Ruz, Álex Pernas Muñoz

Contrabajo: Rubén Castañeda Hernández

Clave: Iraia Otaduy Ortega

Coproductor principal: Château de Versailles Spectacles / Opéra Royal de Versailles / Orchestre de l’Opéra Royal de Versailles

Coproducción: Festival de Danse de Cannes – Côte d’Azur (Francia) / Teatro Victoria Eugenia – Ballet T – Donostia-San Sebastián / Opéra de Saint-Etienne / Theater Bonn (Alemania) / Teatro la Fenice, Venecia (Italia) / CCN Malandain Ballet Biarritz

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