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Pulcritud coral

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Lunes 30 de marzo, 20:00 horas. Catedral de San Salvador, Oviedo: “Crucifixus”, Concierto de Semana Santa. Coro “El León de Oro” (LDO), Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Lotti, Victoria, Donati y Pizzetti. Fotos de Beatriz Montes y propias.

En la presentación de este concierto sacro, el coro “El León de Oro” (LDO) dentro de su propia temporada (de los pocos que la tienen) nos describen lo que escucharíamos este Lunes Santo en la Sancta Ovetensis con un lleno increíble y colas que rodeaban la plaza de Alfonso II hasta la capilla de La Balesquida media hora antes:

«El programa que presenta El León de Oro en la Catedral de Oviedo se inscribe plenamente en el espíritu de la Semana Santa, como un recorrido sonoro por la oscuridad, el dolor y la esperanza que atraviesan estos días. En él se respira, además, un marcado ambiente italiano, que conecta distintas generaciones y estéticas: desde Antonio Lotti hasta Lorenzo Donati e Ildebrando Pizzetti, sin olvidar a Tomás Luis de Victoria, cuya profunda vinculación con Italia —donde vivió y se formó— se refleja en la intensidad expresiva de su música.

A través de este diálogo entre tradición y contemporaneidad, el programa traza un itinerario que transita desde las tinieblas hacia la trascendencia. En este contexto, la interpretación de la Messa di Requiem de Pizzetti se erige como el eje central del concierto: una obra de extraordinaria belleza y profunda espiritualidad, muy poco frecuente en los escenarios. Su inclusión supone una apuesta artística valiente que invita a la escucha atenta y al recogimiento, en perfecta sintonía con el carácter introspectivo y meditativo de la Semana Santa».

Si algo identifica al coro asturiano, uno de los más laureados en España y con casi tres décadas de trayectoria, es la impecable organización de cada concierto, con una versatilidad al alcance de muy pocas formaciones corales amateurs, y que conjugan tradición e innovación con una plantilla de geometría variable que le permite tan amplio repertorio (desde el Renacimiento a las llamadas vanguardias actuales). Y nuevamente volvieron a acertar en elección y calidad con el éxito de un público fiel que crece en cada aparición de los gozoniegos. En el IV Festival AtriumMusicae de Cáceres cautivaron a medianoche en su Concatedral con el Officium Defuntorum de Victoria junto a la Schola Antiqva, y a primera hora del día siguiente asombraron con parte de este programa que disfrutamos este penúltimo día de marzo. Incluso en el Niemeyer volvieron a cantar parte de un Donati que ya es «fondo coral» de los gozoniegos.

La magia coral se repitió nuevamente en Lunes Santo (como el pasado año), con la acústica catedralicia que ayuda y no perdona, pero LDO no conocen las dificultades. Afinación perfecta, concentración total para unas entradas seguras, matices extremos sin importar la tesitura, finales precisos y cada partitura un dechado de belleza coral aunque la temática de este “Crucifixus” pareciera oscura. Pero resultó contenida, brillante, sin estruendos, empaste entre las cuerdas impecable, las asombrosas sopranos de agudos casi imposibles siempre limpios y fraseados, los bajos que cimentan hasta las profundidades cada templo sonoro, los contrastes de unas contraltos que enriquecen el color, y los tenores que van rejuveneciendo desde la cantera para completar una tímbrica de coro uniforme, compacta y expresiva a más no poder.

Abría el concierto el Crucifixus (a 8) de A. Lotti, con una acústica que multiplica presencia y realza las líneas de claroscuros para esta página conmovedora, herencia directa del Maestro Peter Phillips.

Alternar a Victoria con Donati es otra apuesta arriesgada, y acertada, de Marco A. García de Paz que los “enfrenta” por temática y aúna en esta visión doble de la polifonía eterna. Las tinieblas del abulense y la interiorización del italiano, el Renacimiento del “tactus” que tan bien conocen “los leones” más lo abrupto de nuestro tiempo hecho música. El Caligaverunt oculi mei a cuatro voces mixtas (de su Oficio de Tinieblas), arrancó unos tímidos aplausos por su magna interpretación que no rompieron la continuidad con las tinieblas de Donati. Todo un despliegue de voces siempre equilibradas, de disonancias afinadas, todas las cuerdas entregadas, llevadas con la expresividad de las manos maestras y la respuesta justa a cada indicación, con las campanas de Las Pelayas sonando de fondo.

Reubicando las voces con las blancas a la izquierda y graves a la derecha llegaría la impresionante Messa di Requiem (1923) de Ildebrando Pizzetti (1880–1968), una obra que muestra la influencia de los compositores polifónicos de los siglos XV y XVI, todo un descubrimiento por parte de LDO y Marco que mantienen toda la solemnidad de la liturgia en latín con esa herencia polifónica llena de “guiños” históricos que son como la propia historia del coro, más las aportaciones de unas disonancias siempre bellas, de sonidos esculpidos por las distintas voces de los luanquinos. Un Réquiem de dinámicas asombrosas, desde un perfecto unísono contraltos-bajos quasi gregoriano; el poderoso Dies Irae medieval «vistiéndose» actual con las contestaciones rítmicas y melódicas sin apenas palabras; el vibrante Sanctus de armonías espectaculares, sustentadas por unos bajos tenidos mientras las voces agudas nos elevan a las alturas que Victoria ubicó en el infinito y las sopranos iluminando al parmesano, verdadera explosión vocal frente a la espiritualidad contrapuntística; el Agnus Dei suplicante y ese final «liberador» marcando el carácter de cada sílaba, de cada frase, tejiendo un manto sonoro acogido con una atronadora ovación.

No faltó el regalo de bisar el Sanctus para esta misa (entendida incluso como puesta en escena) esperanzadora donde LDO siguen conmoviendo, asombrando y enamorando.

¡Hosanna Leones!

PROGRAMA:

Antonio Lotti (1667–1740):

Crucifixus (a 8)

Tomás Luis de Victoria (1548–1611):

O vos omnes (SSAT)

Lorenzo Donati (1972):

Davanti alle tenebre

Tomás Luis de Victoria:

Tenebrae factae sunt (SSAT)

Lorenzo Donati:

Dentro alle tenebre

Tomás Luis de Victoria:

Caligaverunt oculi mei (SATB)

Lorenzo Donati:

Oltre le tenebre

Ildebrando Pizzetti (1880–1968):

Messa di Requiem, 1923.

I. Requiem aeternam

II. Dies irae

III. Sanctus

IV.Agnus Dei

V. Libera me

Angustia y Enigma

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Viernes 27 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono 11 «Enigma»: Lidya Teuscher (soprano), Marta Infante (mezzo), Gavan Ring (tenor), Jan Antem (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Matthew Halls (director). Obras de Haydn y Elgar.

Viernes de dolor para cerrar marzo y abrir una Semana Santa donde la música no puede faltarnos, y un programa donde se mezclaban angustia y enigma. Los encuentros previos a las 19:15 horas van congregando  más aficionados que no queremos perder los detalles que no están en las notas al programa y enriquecen la escucha posterior. Y esta vez el británico Matthew Halls, actual director de la orquesta finlandesa Tampere Filharmonia acercaría no ya las dos obras con sus autores sino la forma de enfrentarse a las orquestas donde le invitan.

Es cierto que en la actualidad encontramos muchas batutas titulares al frente de varias orquestas, una exigencia tanto para las formaciones como para los directores, y aunque el maestro Halls suele estar invitado por muchas, comentaba que su esposa le agradecía ser solamente titular en Tampere (Finlandia), caracteres nórdicos totalmente opuestos a los españoles, pero que como buen británico está «en medio» para sacar en cada momento lo mejor de cada partitura, pues su objetivo no es el de que haya una «marca orquestal» (algo que con la globalidad se ha perdido) sino que los músicos interpreten las obras según el estilo de los compositores, como así lo demostraría con Haydn y Elgar.

No conocer la historia puede condenarnos a repetirla, y escuchar el origen de la Missa in Angustiis (“Nelson Mass”) de Haydn es trazar paralelismos entre aquellos tiempos convulsos del Imperio Austro-húngaro: Napoleón intentando conquistar Egipto y el inglés Nelson en defensa de los intereses del Imperio Británico, las tropas napoleónicas cruzando los Alpes amenazando Viena por vez primera, con la ciudad festejando la aplastante victoria del entonces contraalmirante británico Horatio Nelson en la Batalla del Nilo. Tiempos angustiosos que dan lugar a obras maestras. Las notas al programa de Álvaro Flores Coleto completan la historia de esta misa, que como curiosidad más que confirmación, el propio Horatio Nelson escuchó el estreno tras visitar al príncipe Esterházy pidiendo quedarse con la copia firmada por Haydn, un militar que leía música y la leía en sus momentos de relax.

Franz Joseph Haydn (1732 – 1809) se encontraba en Viena en 1795 tras su triunfante periplo londinense, pero el trabajo y los viajes ya le pesaban, y a sus 63 años regresa a su ciudad, donde Nicolás II -sucesor de los Esterházy- quería rehabilitar el antiguo esplendor de la capilla musical familiar, para situar de nuevo a «papá Haydn». Aceptado el cargo llegaron los encargos de una serie de misas para celebrar anualmente el onomástico de María Josefa Hermenegilda de Liechtenstein, esposa del príncipe. Guardo muchas versiones de estas joyas y aquí está el origen de la Missa in angustiis (estrenada en septiembre de 1798) con la que alcanzaría altas cotas de depuración del género.

Con una plantilla tanto coral como orquestal más «romántica» que históricamente informada, en la línea de la que he estado escuchando en casa se abría este undécimo abono con un cuarteto solista algo desigual:

La soprano alemana Lidya Teuscher (sustituyendo a Lucy Crowe que canceló por enfermedad, de nuevo agradeciendo la prontitud en encontrar sustituta) fue lo mejor de esta misa ya desde el Kyrie inicial, luciendo una proyección y volumen excelentes, una línea de canto expresiva, un empaste en los concertantes y una dicción clara. En el rápido «Quoniam tu solus sanctus» del Gloria con el coro su voz fluía limpia y amplia, incluso en el Amen con el resto del cuarteto solista. Bellísimo el «Et incarnatus» del Credo, con una orquesta mimando tanto el tempo Largo como un coro bien matizado donde Matthew Halls llevó con sus manos la expresividad de todos.

Las partes de mezzo no son muy «agradecidas» en esta misa, y la ilerdense Marta Infante empastó muy bien pero en esta «versión poderosa» el empuje sonoro no permitió apreciar su  hermoso color, con un volumen que quedó demasiado tapado. Al menos en el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi» disfrutamos el arranque y buen empaste con la soprano alemana.

El tenor irlandés Gavan Ring posee la voz deseada en estas obras sinfónico-corales, aunque forzando una presencia no siempre protagonista, pero al menos el color resultó ideal sobre todo con el joven barítono catalán Jan Antem (1998), que los años acabarán dándole más cuerpo, proyección y volumen, pues musicalidad la tiene y en su solo inicial del «Qui tollis peccata mundi» así lo demostró, bien mimado por Halls siempre atento a los matices y tempi (sin poder disfrutar un sonido más presente del órgano) con soprano y coro.

El Coro de la FPA que dirige hace año mi querido compañero Pepu, llevaba tiempo sin escucharle, y en estos repertorios luce por cantidad y calidad. No tengo a mano cuándo cantaron otra vez esta «Misa Nelson» (la culpable de mis adquisiciones discográficas como la que puse arriba), supongo que a finales de los años 80, pero el tiempo acaba dando peso y poso a todos. Sin contar el número, pienso que entorno a 70 voces (con reparto 40-30 entre blancas y graves), volvió a mostrar lo mejor de sus cuerdas, especialmente las sopranos que en los difíciles agudos nunca sonaron  forzadas aunque el balance sea a su favor. Muy matizado en los pianos (impecable el inicio en Adagio del «Benedictus qui venit»), equilibrado en dinámicas con los solistas, vocalidad precisa en los pasajes fugados («Credo in unum Deum»), entradas seguras incluso en los diferentes cambios de tempi o compás (desde el Amen del Vivace en el Credo al inicio del Sanctus), y con el volumen necesario y ajustado en los tutti, de nuevo con las manos maestras de Halls que le llevaron, junto a la OSPA, por esos momentos donde Haydn conjuga espiritualidad, tristeza, recogimiento, alegría y orgullo patrio.

Centrándome en la orquesta asturiana, con una plantilla «engordada» e inmensa para esta misa clásica, la cuerda (hoy de nuevo comandada por Pablo Suárez como concertino invitado) sonó aterciopelada en su momento, intensa y clara en los allegri, el inicio del «Osanna in excelsis» en el Benedictus, llevando a soprano y coro en volandas, maderas devolviéndonos los primeros atriles habituales, metales «orgánicos» por tímbrica y presencia, más los timbales clásicos de cobre, pero una lástima el órgano eléctrico que no se escuchó en ningún momento (tampoco en Elgar). Si como nos avanzaba el director británico que buscaba el estilo, pese a esta versión tan habitual en mis jóvenes años 80, al menos con estos mimbres se tejió una interpretación notable donde la sonoridad pletórica primó sobre una que hubiésemos preferido con la mitad de efectivos, más cercana tanto al Clasicismo como al espíritu de esta «Misa Nelson«.

Hace años que comento lo bien que le sientan a la OSPA los directores británicos que logran esa sonoridad que se está perdiendo. Cuando Radio Clásica grababa los conciertos para emitirlos posteriormente, tenía el humor de escucharlos en la entonces primera TDT, grabarlos en el ordenador para después pasarlos y guardarlos en CD. Buscando al llegar a casa me encontré con dos magníficas batutas allá por 2009: Adrian Leaper (con la obertura Cocaigne ¡de Elgar!) y Howard Griffiths (Mendelssohn, Schumann, Bach y la «Sinfonía Inglesa» de Dvorak). Estaba claro que con Matthew Halls volvería ese sonido «british» que la OSPA atesora y sólo unos pocos saben sacar a flote. Si el inglés en el encuentro previo nos ubicó perfectamente a su compatriota Elgar desde su modestia y poca popularidad, el «Enigma» quedó resuelto desde el Andante y cada uno de las catorce «variaciones» fueron descifrándose casi como la propia máquina que tanto ayudó en la Segunda Guerra Mundial a derrotar el nazismo, un enlace histórico de angustias con final feliz que todos esperamos discurran igual de satisfactorias en estos tiempos que no queremos ni debemos repetir.

Si puedo buscar calificativos a ese touch of class sinfónico con el que tantos hemos crecido, el sonido es una mezcla de aterciopelado, sedoso, brillante y «nebuloso», de líneas bien definidas en cada sección con unas dinámicas amplias, «pomposo» por momentos casi ceremoniales, y con un equilibrio (lo llamo balance) donde el primer plano protagonista no quede opacado por una globalidad que debe cuidar cada matiz, unido a una expresividad que solo se encuentra con el sonido correcto que el compositor busca. Elgar con sus Variaciones Enigma, op. 36 es perfecto para poder encontrar todo ello, por cercanía climatológica o de paisaje, tal vez con el trasfondo estudiantil inglés de muchos músicos de la OSPA, y aunque parte del público se fuese al descanso (nunca no lo entenderé) o incluso un teléfono volviese a sonar en el peor momento (se cumple la «Ley de Murphy» con penitencia exigida al usuario para que esta Semana Santa escuche completa la Tetralogía wagneriana ¡más el Parsifal!), este Enigma sacó lo mejor de nuestra orquesta, casi 35 años de viaje, hoy caminando de las manos de un Matthew Halls, gestos claros, amplios, cercanos, esculpiendo sonido y tiempo, dejando disfrutar de los primeros atriles (bravos von Pfeil, Alamá y el «recuperado» Andreas), pausas tan expresivas como la propia música de Elgar, o perlas engarzadas con primor del «W.N. Allegretto» (variación VIII) con el IX. Nimrod que siempre me conmueve. Brillantes todos y broncíneos los metales con ese «E.D.U.» final que sigue sonando esperanzador, británico y dejándonos otro «Viernes de Dolor» pleno de emociones.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809)

Missa in Angustiis (“Nelson Mass”), Hob. XXII:11:

I. Kyrie

II. Gloria

III. Credo

IV. Sanctus

V. Benedictus

VI. Agnus Dei

EDWARD ELGAR (1857 – 1934)

Variaciones Enigma, op. 36

Enigma: Andante

Variaciones:
I. «C.A.E.» L’istesso tempo

II. «H.D.S.- P.» Allegro

III. «R.B.T.» Allegretto

IV. «W.M.B.» Allegro di molto

V. «R.P.A.» Moderato

VI. «Ysobel» Andantino

VII. «Troyte» Presto

VIII. «W.N.» Allegretto

IX. «Nimrod» Moderato

X. «Dorabella – Intermezzo» Allegretto

XI. «G.R.S.» Allegro di molto

XII. «B.G.N.» Andante

XIII. «*** – Romanza» Moderato

XIV. «E.D.U.» – Finale

Silencios sonOROs

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Domingo 15 febrero, 12:00 h. Cúpula del Centro Niemeyer. Coro EL LEÓN DE ORO, Marco Antonio García de Paz (director): Deafening Silence. Obras de Venturini, Donati, Pärt, Cage, Arnesen y Whitacre. Entrada: 12€ (+ 1€ de gestión). Fotos de Beatriz Montes y propias.

Silencio sonoro, silencio de oro, silencio respetuoso, silencio vergonzoso, silencio cómplice, silencio doloroso, silencio bochornoso, silencio majestuoso y musicalmente llenando vacíos como pausas en un camino de aires actuales, con un silencio imponente y trágico, impetuoso y nostálgico, el oximoron de «silencio  atronador» o «silencio ensordecedor» (Deafening Silence), porque lo vivido esta mañana dominical en la Cúpula del Niemeyer -con todo vendido muchos días antes– gracias al El León de Oro (LDO), más allá de mi reconocido calificativo de «leónigan», traspasa todo lo que pueda contar o intentar describir. Pensé incluso en poner solo la ficha técnica y dejar toda esta entrada en blanco cual silencio, pero hay experiencias que no podemos dejar pasar aunque a veces la prensa las omita o no les dé la importancia que tienen.

Barajé también disertar sobre la cantidad de música que se ha compuesto con el silencio como tema a lo largo del tiempo («The Sound of Silence» lo primero que me vino a la cabeza), más allá de que sea tan importante como el propio sonido desde aquella definición decimonónica que «la música es el arte de combinar sonidos y silencios».

No hace falta decir que LDO es sin duda uno de los coros más reconocidos del panorama coral internacional, más allá del español, y he vivido en primera persona su triunfo en el reciente Festival AtriumMusicae en Cáceres, donde ofreció dos conciertos que siempre son únicos bajo la dirección de Marco Antonio García de Paz, maravillando a un público llegado de los cuatro puntos cardinales.

El programa del Niemeyer se titulaba Deafening Silence (Silencio ensordecedor), una invitación al público a adentrarse en un viaje sonoro que interpelaba, conmovía y cuestionaba nuestro tiempo, como ya indicaba la web del ágora avilesina y el propio programa de mano:

«En una época en la que las ideologías se disuelven y las palabras pierden peso, el silencio –aparentemente pasivo– se vuelve protagonista. Pero no cualquier silencio: un silencio ensordecedor, que grita con fuerza todo aquello que ya no se dice, lo que se oculta, lo que no se quiere mirar».

Luces cuidadas, proyecciones con varios textos, cantados o evocados, imágenes en movimiento y un público en un respetuoso y por momentos inquietante silencio, donde se podía escuchar respirar con solo algún leve y breve comentario infantil que se apagaba rápidamente. Una selección de obras que solamente «los leones» puede interpretar porque se mueven -en todos los sentidos- cómodos tanto en las épocas históricas pero especialmente en el repertorio coral de nuestro tiempo que dominan como ningún otro en España. Sigo citando los propios textos que invitaban a leerse y pensarse antes, durante y/o después de una experiencia sonora más allá del silencio:

Este concierto nace de una necesidad urgente: la de reflexionar, desde el arte, sobre la indiferencia y la distancia creciente entre los avances tecnológicos y la dignidad humana. Mientras algunos alcanzan las estrellas, millones siguen luchando por derechos básicos. Las voces que aquí resuenan –poéticas, espirituales, fragmentarias– nos hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre.

Las obras de los seis compositores elegidos suman textos de autores que nos invitan a escuchar  esa música desde otro lugar, puede que el interior. Y el silencio se hizo con Venturini (Udine, 1959) y la obra que daba título al concierto. Aparición del coro bajo la cúpula susurrando, hablando, cantando recorriendo el espacio con el sonido, ubicándose en una tarima con un fondo que daría luz al tríptico y las letras de Donati (Arezzo, 1972), tinieblas de disonancias que suenan próximas, bellas y hasta luminosas. El lenguaje de Dante sublimado con la música del madrigalista contemporáneo en las voces impecables, afinadas, expresivas, celestiales asentadas desde el Averno del arquitecto brasileño.

Si hay un compositor que conmueve como pocos es el estonio Arvo Pärt más allá de su música sacra, y LDO sigue ejerciendo su apostolado. Las dificultades no existen, afinan, empastan, emocionan, juegan con el espacio, disfrutan con el sonido, la magnificencia de los fortissimi y los interiorizados pianissimi tan trabajados que se hace imposible consigan esa fusión vocal tan plena. Carne de gallina en el cántico bíblico de Simeón, Nunc dimittis, enlazado con The Deers Cry (2007), maravilloso diálogo de la voces masculinas y femeninas en un continuo “in crescendo” lleno de fuerza donde sentir esas maravillosas polifonías del final con todas las voces combinadas en un momento de gran inspiración y emoción con el grito del ciervo (impresionantemente proyectado), jugando con «Cristo» conmigo, delante, detrás, en mí…

Y llegó la «conocida» obra de John Cage, el único compositor no vivo del concierto, con 4’33’’ que no apareció como provocación (lo fue en su momento y hasta se vendía por 0,99€ en las plataformas), un reloj de arena proyectado ese tiempo de silencio absoluto mientras Marco  A. García de Paz dirigía al imaginario coro silencioso que formaba el público, marcando a tres o a cuatro, quién sabe si VictoriaRheinberger como en Cáceres, las pausas y «fraseos», que buscaban lo escrito previamente: «un punto de inflexión que nos invita a escuchar el espacio, el tiempo y la comunidad reunida. Especialmente en un lugar como la cúpula del Centro Niemeyer, el silencio se convierte en una experiencia compartida que da sentido a la música que la rodea».

Del compositor noruego Arnesen (Trondheim, 1980) que hoy en día está siendo referente coral a nivel mundial, LDO nos interpretarían un emocionante Even When He Is Silent (2011), una obra coral conmovedora e introspectiva cuya música está inspirada en un texto breve pero profundamente conmovedor, escrito por un judío que se escondió durante la Segunda Guerra Mundial y encontrado rayado en la pared de un sótano en Colonia, que estuvo proyectada mientras  la escuchábamos.

De nuevo el silencio como protagonista pues así comienza reflejando la profunda profundidad de las palabras usadas para ir gradualmente desarrollándose hasta un clímax dramático con la frase «Creo en el amor», que encarna las intensas y conflictivas emociones de aferrarse a él en tiempos difíciles. La pieza se desvanece luego en un final más contemplativo, que culmina en una serena aceptación de la fe en Dios, incluso en medio del silencio. Música conmovedora, de acordes exuberantes y desafiantes líneas vocales, todo un viaje emocional del texto interpretado con profundidad por LDO donde también está la esperanza en los momentos más oscuros, iluminados tenuemente como las luces sobre las partituras. Podrán quitarnos el sol o el amor pero la música nos recuerda que incluso en las circunstancias más sombrías, podemos aferrarnos a nuestra esperanza y fe.

Y para finalizar esta experiencia coral otro de los compositores «fetiche» de los asturianos, Eric Whitacre (1970) con las voces graves rodeándonos desde arriba, las blancas en la tarima y Marco manejando ese Water Night, luz y oro, noche con ojos de caballo y de agua, «Silencio y soledad» antes de un recitado preparando la última posición del coro, «voces que aquí resuenan, poéticas, espirituales, fragmentarias, hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre«, de guerras en Gaza y Ucrania pero también en África, Asia… When David heard, un tránsito musical a la muerte, al silencio y la oscuridad, emoción contenida, explosión coral de una página que LDO tienen en su genética y va pasando de generación en generación con la misma entrega de sus inicios. El proyecto es una realidad y mantiene la eterna búsqueda de la belleza vocal que prosigue con una versatilidad única, capaz de transitar entre estilos muy diversos manteniendo coherencia expresiva y claridad sonora, que incluso desde el silencio atronador.

Finalizo con las notas escritas por Marco A. García de Paz:

En su ensayo “El resto es silencio”, Aldous Huxley reflexiona sobre cómo el ser humano experimenta la belleza, el placer, el dolor, el éxtasis o la muerte sin necesidad de expresarlos con palabras. Cuando lo inexpresable exige manifestarse, decía, recurrimos a la música. Y cuando la música ya no basta, siempre queda el silencio.

Shakespeare coloca esas mismas palabras —The rest is silence— en boca de Hamlet en el instante final. Pero en su tragedia la muerte no es solo un desenlace: es un proceso. Un camino que va desde la oscuridad del duelo hasta un intento de reconciliación con lo inevitable. La vida, parece decirnos Shakespeare, no se pierde del todo mientras haya alguien que recuerde, alguien que cruce el umbral del tiempo para contar la historia. Mientras exista la memoria, el silencio no será vacío.

Deafening Silence propone precisamente eso: escuchar el silencio no como ausencia, sino como presencia cargada de significado. Como un espacio donde la música, al retirarse, nos obliga a mirar, y a mirarnos, con mayor profundidad.

PROGRAMA

Andrea Venturini (1959)

Deafening silence

Lorenzo Donati (1972)

Davanti alle tenebre Dentro alle tenebre Oltre le tenebre

Arvo Pärt (1935)

Nunc dimittis

The Deers Cry

Jonn Cage (1912 – 1992)

433

Kim André Arnesen (1980)

Even When He Is Silent

Eric Whitacre (1970)

Water Night

When David heard

Contrafacta dorada

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 10:15 horas: Iglesia de Santiago. El León de Oro (director: Marco Antonio García de Paz): Contrafacta. Obras de Victoria, Donati, Palestrina, Pärt, Rheinberger y Whitacre. Fotos propias y de Sandra Polo.

Quienes me conocen saben que soy un ferviente “leónigan” y si en la mañana del sábado sacaba pecho presumiendo de este coro de mi tierra, con casi 30 años de trayectoria, muchos premios internacionales (y no solo nacionales), pero sobremanera con una cantera que hace de este proyecto algo único y vivo, escucharles de nuevo y en solitario, dominando repertorios tan variados y a la vez tan bien ensamblados, me hicieron “engordar de orgullo” ante mucha parte de un público con el que estamos coincidiendo en este festival tan intenso y casi maratoniano (ya conocemos a Don Antonio), pero con un éxito arrollador que respondió a esta oferta de la que aún me queda mucho por contar.

Marco A. García de Paz presenta este Contrafacta explicando que es “un viaje sonoro que atraviesa los límites del tiempo, el estilo y la tradición, deteniéndose en un fenómeno fascinante de la historia musical: la capacidad de una obra para transformarse en otra sin perder su esencia”, y por ello contrafactum que es la práctica de reutilizar una música ya existente aplicándole un nuevo texto, algo tan histórico pero igual de vigente. El León de Oro (LDO) tiene muy trabajadas gran parte de las obras que cada temporada aunque vayan incorporando repertorio no almacenan ni archivan mucho, con la oportunidad de poder armar conciertos como este matutino que abría el 5º día del Atrium Musicae.

Diálogos entre el Victoria genético de “los leones” (no me canso de recordar a P.P.) con el italiano Lorenzo Donati (Arezzo, 1972), música actual de enorme dificultad en afinación con disonancias exigentes para cualquier coro y que LDO lleva años siendo referente en estos aspectos, tres parejas que conviven en calidad y emotividad. Otro tanto con Palestrina y Arvo Pärt en el Nunc dimittis, e incluso con Josef Gabriel Rheinberger en el Kyrie, todos ellos en el archivo mental (también digital y coral) de estos leones ya desde cachorros y que Marco refresca emparejando mundos como sólo él acostumbra.

Y el cierre nadie mejor que la pareja Victoria-Whitacre, el Sanctus de la Missa Salve Regina con el Sainte-Chapelle jugando como siempre con distintas ubicaciones de las voces, dobles coros, siempre equilibradas, matizadas, unas sopranos celestiales y unos bajos verdaderos (nada de barítonos con años), para completar este edificio sonoro sumando unas contraltos y tenores para armar otro templo coral que mueve pasiones fuera de las fronteras astures.

No importa el horario ni la climatología, si el sábado LDO con la Schola Antiqua asombraron, por separado y arrancando febrero volvieron a llamar a un público abierto de mente (y de oído) “comulgando” solo con la música bien interpretada por dos coros que mantienen la esperanza en el mundo coral.

Casi sin tiempo había que irse hasta Malpartida de Cáceres con el segundo concierto a las 12:30… pero como en los seriales y desde este blog

CONTINUARÁ…

PROGRAMA:

Contrafacta
Tomás Luis de Victoria (1548-1611)
O vos omnes
(SSAT)
Lorenzo Donati (1972)
Davanti alle tenebre

Tomás Luis de Victoria
Tenebrae factae sunt (SSAT)
Lorenzo Donati
Dentro alle tenebre

Tomás Luis de Victoria
Caligaverunt oculi mei (SATB)
Lorenzo Donati
Oltre le tenebre

Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594)
Nunc dimittis (SATB + SATB)
Arvo Pärt (1935)
Nunc dimittis

Giovanni Perluigi da Palestrina
KyrieMissa Papae Marcelli (SATTBB)
Josef Gabriel Rheinberger (1839 – 1901)
Kyrie – Cantus Missae

Tomás Luis de Victoria
SanctusMissa Salve Regina (SSAB + SATB)

Eric Whitacre (1970)
Sainte–Chapelle

P.D.: Las fotos de Sandra Polo al subir esta entrada (ya en la noche del 6º día de festival, aún no estaban disponibles) pero las añadí cuando las tuve ya de madrugada.

Medianoche cacereña de meditación

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Sábado 31 de enero, día 4 del Festival Atrium Musicae. Concatedral de Cáceres23:55 horasSchola AntiquaJuan Carlos Asensio (director). Las vigilias de Santa Maria a través de la música medieval. Fotos propias.

Cerrando un intenso cuarto día de festival y entrando en febrero llegaba otro concierto de los que hacen mella hasta en el más agnóstico y ateo. Si en esta misma catedral en la mañana los asturianos de El León de Oro unían fuerzas con la Schola Antiqua para un monumental Oficio de Difuntos, febrero arrancaría con ellos “desgajados” pero igualmente dignos de reseñar.

Llenar a medianoche la Concatedral da buena señal para seguir programando en esta línea y si las obras elegidas, como bien explicó Juan Carlos Asensio tras el Ad procesionem lliteral, y la Antífona Nativitatem hodieram mirando al altar mayor, eran casi un relato musical del Retablo Mayor de Santa María, organizado en siete episodios paralelos a las tallas de del siglo XVI realizadas por Roque Balduque y Guillén Ferrant, ambos maestros muy reconocidos, resultando un ejemplo muy característico en el Renacimiento Español y carentes de policromía, siendo los cantos llanos más alguno a dos y 3 veces quienes llenaron de color esta primera noche de febrero, con obras de los propios Cantorales cacereños de la Concatedral y los monasterios de Guadalupe y Yuste, sumándose el burgalés Códice de Las Huelgas o el Libre Vermell de Montserrat, verdaderas fuentes de una música que si en la mañana nos dejaron en el siglo XVII, en la medianoche nos detendríamos en el Medievo.

Una hora de meditación bajo el título de “Ad Matutinum, In Nocturnos”, centrado en la música destinada a los rezos nocturnos, sobriedad de unas obras realzadas por el propio templo y la singularidad del horario. Juan Carlos Asensio nos dejó unas excelentes notas en el programa de mano, no accesible pero que quiero dejar íntegras aquí:

Devoción mariana

Durante toda la Edad Media, la liturgia ha consagrado una importante parcela al culto a la Virgen. Desde los primeros repertorios pregregorianos hasta las elaboradas polifonías del Ars Subtilior, las músicas en honor de María han tenido una presencia activa en las celebraciones cristianas. Por ello, Schola Antiquaha querido consagrar el programa del presente concierto dentro del IV Festival Atrium Musicae a la advocación de la Concatedral de Cáceres, Santa María, siguiendo con la monodia y las primitivas polifonías medievales, el itinerario de la vida de la titula de la seo de la ciudad. Desde la Natividad hasta la Asunción a los cielos y la posterior Glorificación, efectuaremos un recorrido a través de algunas melodías gregorianas extraídas de los cantorales de la propia catedral y de la colección dee los libros de coro jerónimos de Guadalupe y Yuste. El propio canto gregoriano se verá completado con obras polifónicas de manuscritos españoles pertenecientes a los periodos del Ars Antiqua y del Ars Nova (ss. XII-XIV), algunos de ellos como el Códice de Las Huelgas o el Libre Vermell de Montserrat de clara vocación mariana. Los responsorios y antífonas de los maitines o vigilias –Ad Matutinum-constituyen el hilo conductor que se completará con otras piezas tanto de la Liturgia de las Horas como de la Misa aprovechando este contexto peculiar, no litúrgico, pero sí revelador de la importancia que la música tuvo en el culto divino de devoción mariana.

Las 13 voces del excelente grupo especialista en el canto llano, Schola Antiqua, dirigido por Juan Carlos Asensio, siguen manteniendo viva una música que alejada de conventos o monasterios y en pleno siglo XXI casi se convierten en Patrimonio Inmaterial, voces sobras, expresivas desde la solemnidad, uniendo la belleza de algunas de esas voces además del director ejerciendo de solista, caso de uno de los tenores.

Si los diferentes ocho modos (herederos de los griegos y precursores de los solamente dos que desembocaron en la tonalidad del Barroco) sirven para subir o bajar las tesituras, además del propio carácter propio a cada momento del año litúrgico y al texto en el latín oficial, el primer motete a 3 voces demostró el mismo empaste que en la monodia, y aún mejor las caccias del códice de Montserrat, bien ubicadas en el programa y que cerrando los ojos eran de una homogeneidad en emisión y color que solo con el “duro entrenamiento” en el canto llano se alcanza.

Una hora de tentaciones sensoriales, sobre todo al oído, pero con la penitencia horaria y la absolución musical de la Madre de Dios siempre piadosa y amantísima.

Una noche que nos llevaría ya hasta otra histórica iglesia cacereña. Como en las series o culebrones ¡CONTINUARÁ!

P.D.: Las fotos de Sandra Polo al subir esta entrada (ya en la mañana del 6º día de festival, aún no disponibles pero las añadiré cuando las tenga).

Monumento coral en la Concatedral

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Sábado 31 de enero, día 4 del Festival Atrium Musicae. Concatedral de Santa María, Cáceres, 12:00 horas: El León de Oro (director: Marco Antonio Gª de Paz), Schola Antiqua (director: Juan Carlos Asensio): “Un Réquiem para la eternidad”. Victoria: Officum defunctorum.

Cuarto día de este Atrium Musicae cacereño que al mediodía la Concatedral de Santa María acogía uno de esos acontecimientos que justifican por sí solos la existencia de un festival: la interpretación íntegra del Officium Defunctorum (1605) de Tomás Luis de Victoria, a cargo de El León de Oro, y la Schola Antiqua, dos coros de amplia experiencia y buscando la excelencia por parte de sus respectivos directores.

Compuesto en 1603 para las exequias de la emperatriz María de Austria y publicado dos años después, este Réquiem es considerado con razón la cumbre de la polifonía española del Siglo de Oro. En él, Victoria condensa como nadie una espiritualidad intensa y austera, despojada de artificio, donde la emoción surge de la pureza del discurso musical. Como recuerdan las notas al programa, su arquitectura sonora “trasciende el marco litúrgico para convertirse en un monumento de alcance universal”, y así lo vivimos este último sábado de enero en Cáceres.

La conjunción de El León de Oro —sin discusión uno de los mejores coros de España sin que me ciegue la pasión de “leónigan” confeso— con Schola Antiqua, referente absoluto en el Gregoriano, dominadores del difícil arte del canto llano afinados y de color uniforme, ofrecieron el marco ideal para un acercamiento riguroso, histórico y profundamente expresivo a esta obra. El canto llano, lejos de ser mero preámbulo, se integró orgánicamente en la polifonía, aportando sentido ritual y continuidad espiritual. No se trató de una alternancia de estilos, sino de una respiración común, de una liturgia musical entendida en toda su dimensión.

La dirección de García de Paz apostó por la sobriedad, el equilibrio y la claridad de planos, como es habitual en el maestro asturiano, permitiendo que la música hablase por sí misma. El empaste del coro, la afinación impecable, la transparencia de las líneas y el control del espacio acústico de la Concatedral construyeron una experiencia de recogimiento colectivo, sin efectismos ni gestos superfluos. Cada entrada, cada cadencia, cada silencio adquirió un peso específico, recordándonos que esta música no busca conmover por exceso, sino por verdad. Sumemos el encaje perfecto entre polifonía y canto llano con la Schola Antiqua que además de lo estrictamente musical, se percibió desde el inicio, con la salida por una capilla lateral transitando juntos por el pasillo central hasta llegar al altar mayor para proseguir la liturgia coral, todo lo que confirió al concierto esa pátina de auténtica misa como «puesta en escena» donde Victoria sigue transmitiendo la espiritualidad de su polifonía que tan bien entiende el coro asturiano desde sus inicios creciendo año a año sin olvidarme del «doctorado» que supuso PP (Peter Phillips) y aún más con el maestro abulense.

Cuatro siglos después de su creación, el Officium Defunctorum sigue interpelando al oyente con la misma fuerza. Escucharlo así, manteniendo Canto Llano y Polifonía, en un espacio sagrado y con unos intérpretes de esta talla, fue asistir no solo a un concierto sino a un acto de memoria, espiritualidad y arte en estado puro. Un auténtico monumento coral, levantado no en piedra sino en sonido y silencio.

Y a medianoche estaremos escuchando en esta misma Concatedral a Schola Antiqua, Ad Matutinum, In Nocturnos para madrugar el domingo en los maitines a las 10:15 en la Iglesia de Santiago con El León de Oro, quinto día de Festival que seguiré contando desde este blog.

Las fotos son propias y en el momento de publicar no tenía las de Sandra Polo, que ya recibidas las añado a partir de aquí.

Espejos rotos

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Miércoles 29 de octubre, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Inauguración del ciclo «Los Conciertos del Auditorio«: Berna Perles (soprano), Gaëlle Arquez (mezzo), José Simerilla (tenor), Rubén Amoretti (bajo), El León de Oro (maestro de coro: Marco Antonio García de Paz), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de R. Carnicer y G. Rossini.

Hay conciertos de los que me cuesta mucho escribir, y este que abría la temporada es uno de ellos, pese a mis ganas de escuchar una obra como el Stabat Mater de Gioachino Rossini (1792-1868) que me acompaña hace años, y tengo una grabación -arriba dejo la carátula- que suele sonar en mi cadena de música al menos una vez al año (en este ya van tres para refrescar el oído). Si además estaba precedida por una sinfonía (a modo de obertura) de nuestro poco reconocido Ramón Carnicer y Batlle (Tárrega, 1789 – Madrid, 1855) para testear a la Oviedo Filarmonía (OFil) con su titular Lucas Macías aún mejor, pues las notas al programa de «otro Ramón» nos preparaban para acudir en este nuevo horario del ciclo con toda la esperanza para abrir boca.

El doctor Sobrino titulaba «Bel canto en espejo» para comprender cómo se organizaba este concierto inaugural, y desmenuzaba o mejor diseccionaba, como buen conocedor del maestro ilerdense, la Gran Sinfonía en Re, dada por perdida y localizada recientemente por el ICCMU en el legado Llimona y Boceta.

Obra de aires rossinianos que Carnicer conocía de primera mano (tanto en Barcelona como después en Madrid, además de sus viajes a Italia donde contrataba compañías que vendrían a España), y como bien nos cuenta su tocayo llanisco, dirigiría en Madrid El Barbero rossiniano donde se interpretaría esta sinfonía, de donde saldría el encargo del Stabat Mater que rivalizase con el de Pergolessi. La OFil con Macías demostraron el buen maridaje y entendimiento tras estos siete años de maduración mutua, una orquesta con personalidad que gana calidad en todas las secciones. Desde los violines hoy con Marina Gurdzhiya de concertino, y una plantilla bien equilibrada (cuerda 12-10-8-6-4), violas y chelos permutados como suele ser habitual y al fin colocando los contrabajos sobre una tarima para dar corporeidad y sustento en los graves. La madera que nunca defrauda, los metales templados, más para esta sinfonía donde la trompeta tiene protagonismo junto a unos trombones potentes, sumando una percusión que por la acústica tan peculiar del auditorio, hace rebotar las frecuencias del triángulo en la parte contraria. El maestro onubense «defendió» esta partitura haciendo una interpretación bien contrastada en los tempi de sus tres movimientos (Allegro – Andantino – Allegro), con gesto claro, preciso, dejando fluir una sonoridad poderosa y rotunda pero bien balanceada, que no sería la misma en el «auténtico Rossini» posterior.

Tras la obertura de Carnicer llegaba ese maravilloso poema franciscano del siglo XIII al que tantos compositores han puesto música, esa Madre Dolorosa con la que esta vez hemos compartido dolor, comprensión, perdón, pero también esperanza, que nunca debemos perder. El Stabat Mater de Rossini se estrenó el Viernes Santo de 1833, en San Felipe el Real de Madrid, presentando el compositor como obra enteramente suya la encargada por Manuel Fernández Varela, arcediano (así se llama el primero o principal de los diáconos, que ejercía jurisdicción delegada del obispo en un territorio determinado), confesor, predicador y consejero real en Madrid tras la petición de Fernando VII, como bien comenta Ramón Sobrino, así como las incidencias que sobrevinieron a esta maravillosa partitura y su finalización definitiva con los diez números.

Arrancaba la introducción del «Stabat Mater dolorosa» con una OFIL matizada junto a nuestro coro El León de Oro más un cuarteto solista (Berna Perles, Gaëlle Arquez, José Simerilla Rubén Amoretti) algo desigual que me volvió a plantear dudas: no es igual cantar con la orquesta detrás que situarlo delante del coro, como también se suele colocar en estas obras sinfónico-corales. La escucha del director no es la misma teniendo al cuarteto a sus espaldas que enfrente, aunque ello exija de los solistas una proyección que tristemente no todas las voces poseen, de ahí la sensación que parte del público tiene de un exceso de volumen orquestal que «tapa las voces y el coro». Si hay buena técnica no debería haber problema alguno, aunque en los registros graves siempre resulte más difícil. También es labor del director buscar el balance y equilibrio entre las distintas secciones, por lo que a menudo deberá recordar, especialmente a los metales, «quitar una letra de los matices», vamos que ff (fortísimo) sea f (fuerte) e incluso aplacar el ímpetu intrínseco a cada músico, si bien otras veces no se pueda remediar pues así se les exige en la partitura.

El inicio resultó correcto, matizado, con un coro suficiente de volumen en todos los planos y un cuarteto solista empastado, presente pero no del todo equilibrado, primer toque de atención para este número inicial cuando el tenor hispano-argentino atacaba los agudos con unos portamentos nada correctos pero al menos bien contrastados por «48 leones» (12 por cuerda con las voces blancas flanqueando las graves, y éstas permutadas, buscando una sonoridad acorde con la sinfónica), siempre seguros y atentos sin necesidad de «apianar» la orquesta. Las solistas emergieron sobre la masa instrumental en unos agudos limpios.

El segundo aviso vendría con un destemplado «Cuius animam gementem» del tenor pese a un inicio orquestal mimando, fraseando y dejando todo servido para que el solista brillase, pero el oro resultó en bisutería, sin cuerpo y «buscando» unos agudos que deslucen los ataques. Por mucho que el maestro Macías intentase llevar los contrastes escritos, aquello no fluía como debería: descolocación vocal y poco carácter para cantar «Y cuando muera el cuerpo haz que mi alma alcance la gloría del paraíso», personalmente condenándolo al fuego eterno.

Al menos volvería algo de sosiego con un buen dúo de las dos solistas en el «Quis est homo, qui non fleret» tras unas trompas afinadas, empastadas y una cuerda sedosa contestada por las maderas dolientes en el sentimiento. La soprano malagueña ha ganado cuerpo en el grave y mantiene sus agudos portentosos, limpios, de musicalidad total, bien contrastada con la mezzo francesa de color redondo, corpóreo, segura, ambas con emisiones matizadas, agilidades bien encajadas, colores diferenciados y empaste conseguido, mientras la OFIL con Macías las revestía y realzaba.

El arranque del aria del barítono-bajo burgalés «Pro peccatis suae gentis» resultó accidentado tras una indisposición en el patio de butacas de un espectador que ante el susto levantó a los muchos médicos presentes de sus asientos, felizmente solventado pero que detuvo muchos minutos el concierto, probablemente rompiendo la concentración y «obligando» a reiniciar el cuarto número que, sin que sirva como excusa, enfrió el discurrir hasta ese momento, pese a los denodados intentos del titular y su orquesta. Amoretti es más barítono que bajo aunque su registro grave, sobre todo en sus intervenciones a solo, es suficiente y llena la sala. Le reconozco como un intérprete que se entrega siempre pero no lució como era de esperar, con agudos forzados y sin «ligazón», pues parecía como si el texto «¿Quién no apenarse podría, al ver de Cristo a la Madre, padeciendo con su Hijo?» nos pidiese precisamente entristecerse tras la escucha. Algo mejor en el recitativo junto al coro ‘a capella’ «Eia, Mater, fons amoris […] / Fac ut ardeat cor meum» tan bello y matizado que por lo menos me quitó el mal sabor previo. Maravilla de afinación de LDO, expresividad y buen diálogo además del fraseo conjunto marcado al detalle por Lucas Macías que al menos parecía volver a disfrutar, como todos, este quinto número.

El sexto nos traería de nuevo al cuarteto de solistas junto a la orquesta, «Sancta Mater, istud agas» con el aire y matices perfectos para degustarlo en su totalidad, pero Simerilla Romero volvía a «sacarme de mis casillas» aunque intentó forzar presencia con la consiguiente descolocación de sus agudos. La malagueña equilibró y brilló a continuación, corroborando que la técnica es muy necesaria, al igual que la francesa. El burgalés buscó el empaste con musicalidad, la orquesta matizó al detalle y los contrastes dinámicos «desnudaron» las carencias mientras realzaban las cualidades individuales con un final en pianissimi de una orquesta siempre segura.

De lo mejor en este agridulce Stabat Mater llegaría con Gaëlle Arquez, recordada del abril pasado en este mismo ciclo, con su cavatina «Fac ut portem Christi mortem», trompas y clarinete presentando la delicada introducción a la voz de la francesa, agudos poderosos, graves corpóreos, pianisimi mantenidos y presentes, color de verdadera mezzo rotunda y delicada, con la técnica al servicio del mejor Rossini, una delicatesen del músico gourmet acorde con el texto («…no seas conmigo desabrida y haz que yo contigo llore»).

Y Berna Perles no se quedaría a la zaga con su aria «Inflammatus et accensus», sentimiento cantado pidiendo «Haz que sus heridas me laceren, haz que me embriaguen la cruz, y la sangre de tu Hijo» subrayado por una contundente OFIL junto a un poderoso LDO, conjunción llena de colores e intensidades tanto musicales como emocionales, con el maestro onubense dibujando los detalles, balanceando las distintas secciones para dibujar este lienzo sonoro de claroscuros que Rossini pintó inspirado sobre el pentagrama.

El momento más amargo llegaría con el cuarteto «Quando corpus morietur» porque el esfuerzo en lograr afinar fue baldío, por un lado las solistas sin perderse mientras los solistas ni siquiera «ayudados» por el cello lograron aunar esfuerzos. De verdad que la desafinación es una sensación indescriptible que cuando no se logra supone un dolor para el oído, y rezando interiormente el texto («Cuando de aquí deba partir concédeme alcanzar – por medio de tu Madre – la palma de la victoria») no conseguí templanza aunque otorgase perdón. Al menos ese final coral del «Amen, in sempiterna saecula» que Rossini felizmente añadió me resultase el alivio por un espejo roto donde el bel canto no siempre lo fue, pero no hay placer sin dolor.

Un arranque de temporada agridulce que me ha desvelado describirlo pero con la esperanza de comprobar como «leónigan» confeso que la cantera coral se mantiene con los años, que la OFIL sigue consolidada dentro y fuera del foso, más un Lucas Macías Navarro que desde el trabajo y estudio riguroso de cada programa se ha hecho un nombre propio desde la batuta (sin perder su prestigio como oboísta), compaginando Oviedo, Granada y Sevilla, además de invitado en medio mundo, con un esfuerzo encomiable para continuar haciendo crecer todo lo que afronta.

PROGRAMA

Ramón Carnicer y Batlle (1789-1855):

Sinfonía en re mayor (Allegro – Andantino – Allegro).

Gioachino Rossini (1792-1868):

Stabat Mater

1. Introducción. Coro y solistas. «Stabat Mater dolorosa»

2. Aria. Tenor. «Cuius animam gementem»

3. Dúo. Soprano y mezzosoprano. «Quis est homo, qui non fleret»

4. Aria. Bajo. «Pro peccatis suae gentis»

5. Recitativo. Bajo y coro. «Eia, Mater, fons amoris […] / Fac ut ardeat cor meum»

6. Cuarteto. Solistas. «Sancta Mater, istud agas»

7. Cavatina. Mezzosoprano. «Fac ut portem Christi mortem»

8. Aria. Soprano y coro. «Inflammatus et accensus»

9. Cuarteto. Solistas. «Quando corpus morietur»

10. Final. Coro. «Amen, in sempiterna saecula»

Menú degustación del LDO

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Domingo 5 de octubre, 19:00 horas. Palacio de Revillagigedo, Gijón. El León de Oro (LDO): «Menú degustación». Presentación de la temporada 2025-26.

(Reseña escrita desde el teléfono para La Nueva España del lunes 6 con fotos gentileza de Adela Sánchez y propias, tipografía que el papel no siempre soporta, más el añadido de los enlaces –links– siempre enriquecedores)

El Proyecto El León de Oro (LDO) presentaba su temporada 25-26 con cuatro de sus formaciones, “El León de Oro”, “Aurum”, “Ferrum” y “Lithos”, tras las intervenciones de Jorge Suárez García (Alcalde de Gozón), Luis Rodríguez-Ovejero (Presidente de Satec) y de los directores artísticos del Proyecto LDO, Marco Antonio García de Paz y Elena Rosso. Todos ellos resaltaron la trayectoria envidiable, la implicación de muchas mujeres, personas e instituciones, más que un proyecto o familia ese árbol con raíces, un tronco recio y las ramas de cada agrupación, el árbol que representa la imagen de la temporada.

Jesús Gavito Feliz

Siempre es un placer ver avanzar y crecer esta familia coral que cumplirá 30 años,  escuchando sus formaciones en un “Menú degustación” donde abrir boca, mejor los oídos, con una selección de las obras que llenarán otra temporada siempre de altura para seguir colocando en el mapa musical nuestro Principado de Asturias.

Como aperitivo actuaría el joven coro “Lithos” dirigido por Jesús Gavito pues “Los peques” aún comienzan el curso escolar, están creciendo y sus voces también, la forma mantener y hacer crecer una cantera ejemplo a seguir, con música de Dan Forrest y Jakub Neske. Maravilloso espejo donde reflejar esta juventud entregada, disciplinada y futuro asegurado de talento demostrado como bien nos contó el maestro Gavito al finalizar su estreno.

Después llegaría el primer plato con las voces blancas de Elena Rosso, el muy galardonado “Aurum” que tiene próximas varias citas fuera de Asturias y tres solistas “Bajo el sauce” (Sandra Álvarez, Carlota Iglesias y María Peñalver) -en la foto inferior de derecha a izquierda-,

que reflejan la altísima calidad vocal de esta formación femenina en las páginas de Jacobo Gallus, Micklos Kocsar y Stephen Collins.

Otro plato potente con las voces graves de “Ferrum”, que están afianzándose por nuestra geografía con un repertorio siempre exigente donde no faltarían obras de Pärt, ubicados para envolvernos con su sonoridad rotunda, Busto (compositor muy unido al coro) en euskera lleno de emociones, más la obra para ellos compuesta y dedicada por Gavito, un docente auténtico referente coral a nivel internacional, además de miembro del LDO desde sus inicios junto al “cocinero jefe” Marco A. García de Paz, leyenda coral en latín, inspirada en la forja de la espada de Pelayo, oro, hierro y piedra también en honor de estas tres formaciones.

Y un surtido de postres variados de alta cocina coral, dentro del menú gijonés, llegaría con “El León de Oro” al completo, cuatro páginas verdaderamente exquisitas con un repertorio siempre bien buscado y mejor servido desde su interpretación: el “Agnus Dei” del Réquiem de Pizzetti, que escucharemos en la Catedral de Oviedo, junto a la polifonía actual, cercana, exigente y monumental de los Pärt, Whitacre y Trotta,

María Peñalver y Maïlis Velasco

partituras al alcance de muy pocos coros que gracias el esfuerzo ímprobo del tándem Marco-Elena vuelven a marcar otro hito fruto de un trabajo no siempre reconocido, alcanzando la madurez y consolidación definitiva de esta aventura coral que nació en Luanco y hoy es referencia nacional e internacional siempre con nuevas iniciativas que buscan ampliar la aportación a nuestra comunidad.

El chupito fuera del menú, Si la nieve resbala (2013) de Julio Domínguez, presente en el concierto, para quedarnos con buen sabor y ganas del siguiente banquete coral de LDO.

Excelente inauguración de otro curso musical, sabrosa degustación con el compromiso renovado en seguir haciendo de la música un espacio de encuentro, participación y orgullo compartido.

Un Requiem iracundo

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 18b). Conciertos sinfónicos.

Domingo 6 de julio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orchestra e Coro dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Daniel Harding (director), Andrea Secchi (director del coro), Federica Lombardi (soprano), Teresa Romano (mezzo), Francesco Demuro (tenor), Giorgi Manoshvili (bajo). Verdi: Messa da Requiem. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Segundo concierto de los debutantes en el Festival de Granada nada menos que con esa obra que bien describe Arturo Reverter en las notas al programa: que titula Planto por la humanidad: entendido ese «planto» como composición elegíaca:

Cuatro gestos expresivos recorren de arriba a abajo la Misa de difuntos de Verdi tal y como resumía Jürgen Dohm: «horror, temor, contrición y súplica». Cuatro sentimientos muy propios de la música religiosa cristiana y que Verdi reúne en esta obra tan netamente italiana, tan operística, carácter que se combina perfectamente con la emoción cordial que nace de la sinceridad de la expresión. El canto que lloraba el tránsito de Alessandro Manzoni se convertía, por obra y gracia de la pluma de Verdi, en un planto por la humanidad entera.

La anterior noche francesa me dejaba buenas expectativas por la orquesta y coro romano, alguna duda con el titular británico e interrogantes con los cuatro solistas. La web nos lo presentaba como Requiem por un poeta:

En este segundo concierto de la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma con la batuta de Harding se sumará un conjunto de notables solistas para afrontar una de las mayores obras del repertorio sacro de todo el siglo XIX, el Réquiem de Verdi. El compositor escribió su misa de difuntos en homenaje a Alessandro Manzoni, muerto en mayo de 1873. La obra se estrenó justo en el primer aniversario del óbito del poeta. Se trata de una pieza monumental, que fusiona la intensidad operística con la solemnidad litúrgica en su exploración de emociones humanas profundas: miedo, esperanza, redención. Su orquestación dramática y sus poderosos números corales lo han convertido en un emblema del repertorio sacro de todos los tiempos.

El Introito se iniciaba con pianísimo del tutti verdaderamente magistral que apuntaba maneras, pero en general hubo de todo, comenzando por un Harding más interesado en llevar casi todo con la mano izquierda que en manejar una batuta a menudo escondida. La amplitud de sus gestos no correspondía a las dinámicas reales (tan solo se «acercaba» para las partes sinfónico-corales), sobre todo cuando este Verdi maduro indica al detalle todos y cada uno de los matices, por lo que al director inglés no se le notó entregado al de Le Roncole, y con números desiguales en los tempi, especialmente en un Sanctus que casi nos duerme por su lentitud. Muy atento a los fraseos con la «siniestra» y mejor en las partes a capella del coro pero no siempre mimando al cuarteto solista, aunque la música del italiano está tan bien escrita que si hay buenas voces todo se escucha con el balance «natural» donde apreciar todo lo reflejado en la partitura. Al director de este Requiem se le exige, como bien apunta Arturo Reverter, «una batuta ágil, desentrañadora y clara, dotada de una necesaria veta lírica» donde el maestro de Oxford personalmente no llegó.

De la orquesta repetir lo dicho en la noche del sábado: buena cuerda empastada y compacta, aunque algo corta en los contrabajos, limpia y muy matizada; madera segura con flautas, oboes y especialmente los fagots, de sonido presente y melódico; metales algo destemplados y con un protagonismo no siempre indicado (aunque estuvo bien el guiño de colocar enfrentados dos pares de trompetas en el anfiteatro), y por último una percusión no todo lo precisa que debiera, con mucha «ira» en el bombo que pocas veces entró a tempo.

Lo mejor de la noche el enorme coro de 80 veces situado en las gradas traseras del escenario, manteniendo presencia, afinación, empaque y buen gusto, de volúmenes extremos muy cuidados (no tanto en el doble coro del Sacntus) si bien apuraban al levantarse sin estar bien asentados para una correcta emisión. Con todo sus pppp son merecedores de mis elogios, y los ffff me siguen impactando con los Dies Irae retumbando en el Palacio de Carlos V.

Dejo para el final al cuarteto solista, en el centro entre el coro y la orquesta, exigente para poder emerger o no verse tapado en los tutti. De más a menos aquí dejo mis apreciaciones:

Por fin escuché a un bajo verdadero y cantante (no un barítono entrado en años) como Giorgi Manoshvili, de timbre ideal para esta música de un agnóstico Verdi: intensidad en los momentos necesarios junto al coro (Tuba mirum) , expresividad en su medida (Confutatis) y un buen empaste con sus compañeros (Lux aeeterna). De lo que se le pide, Don Arturo indica que debe tener «La rotundidad del acento, la homogeneidad del color, la oscuridad del timbre y la vibración dramática de la expresión han de acompañar al bajo, un bajo-cantante», y el georgiano lo cumplió al pie de la letra.

Federica Lombardi, una joven soprano de color vocal bello, homogéneo en toda su tesitura, con buen fiato, voz bien proyectada y afinación perfecta -incluso en el do sobreagudo- mantuvo el tipo, resultó musicalmente expresiva y de volumen suficiente (Liber scriptus o Libera me), con un recitativo dramático y adecuado en el grave, verdadera y sentida plegaria, además de generosa al compartir protagonismo (Recordare) tanto con la mezzo, el trío (Quid sum miser) y los cuartetos (Lux aeterna) donde su empaste y fraseo resultaron muy adecuados.

Francesco Demuro fue como diríamos en Asturias un «tenorín» de timbre bello al que se le notó forzado para un esperado Ingemisco que necesitaría otro color vocal y la necesaria mezcla de bravura y refinamiento. En los conjuntos quedaría algo opacado pese a intensificar el volumen para no verse sepultado ante la masa sonora que le rodeaba, y supongo que los años hacen mella en una cuerda donde la juventud pide paso.

Finalmente la mezzo Teresa Romano mostró tantos colores en cada registro, poca musicalidad además de una vocalización no siempre clara, que no me convenció. Su papel en este Requiem es muy exigente porque debe poseer un centro y grave consistente (lo tiene), ascender frecuentemente a las zonas agudas casi como una soprano (llega y se nota su etapa anterior) pero debe cantarse en su contexto y no cual Amneris o Azucena. Los calificativos que publica su curriculum (privilegiado color tímbrico, notas bajas ricas en armónicos, asciende a notas altas radiantes y sin fracturas, voz amplia y oscura o de temperamento abrumador) no las disfrutamos todas en esta noche dominical aunque le reconozca su esfuerzo.

Al menos hubo buen empaste entre los cuatro, mejor en los ppp que en unos fff por momentos más gritados que cantados y haciendo olvidar que es un Requiem y no una ópera aunque Verdi tenga un estilo único.

Sentimientos encontrados en este anhelado Requiem en Palacio con estos «romanos» y su titular más un cuarteto vocal desigual, al que como profesor le pondría una nota final de NOTABLE pese a esperar mucho más.

PROGRAMA:

Giuseppe Verdi (1813-1901):

Messa da Requiem (1874, rev. 1875)

I. Introitus – Kyrie

II. Sequence

Dies irae

Tuba mirum

Mors stupebit

Liber scriptus

Quid sum miser

Rex tremendae

Recordare

Ingemisco

Confutatis

Lacrimosa

III. Offertorium

Domine Iesu Christe

Hostias

IV. Sanctus

V. Agnus Dei

VI. Communio

Lux aeterna

VII. Libera me

Libera me

Dies irae

Requiem aeternam

Libera me

Camino al paraíso

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 17a). Conciertos matinales.

Sábado 5 de julio, 12:30 horas. Monasterio de San Jerónimo. Joven Coro de Andalucía (JCA), Marco Antonio G. de Paz (director). Paraíso abierto para muchos: obras de Falla, Poulenc, Messiaen y Pizzetti. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

El mundo coral español goza de muy buena salud y más con una generación joven muy preparada técnicamente que representa la necesaria cantera que vaya tomando el relevo de tantas formaciones. Desde su creación el JCA en 2007 (como ampliación de la Orquesta Joven que la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales -de la Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía- creaba en 1994 con el objetivo de impulsar y complementar la formación musical de los jóvenes valores que aspiran a incorporarse al ámbito profesional), ha contado con la colaboración de directores de la talla de los maestros Michael Thomas (fundador del JCA), Julio Domínguez, Román Barceló, Juanma Busto, Íñigo Sampil, Carlos Aransai, Lluís Vilamajó y su actual titular desde 2019 Marco Antonio García de Paz, quien tras mucho trabajo en Mollina nos traería una matinal sabatina de envergadura.

La página web del Festival presentaba este concierto coral del JCA bajo la dirección del maestro asturiano Marco Antonio G. de Paz.

Entre espiritualidad y modernidad
De la mano de Marco Antonio García de Paz, el Joven Coro de Andalucía está situándose entre los proyectos más ilusionantes de la música nacional. En este programa han reunido obras corales de cuatro compositores que exploraron la música sacra desde perspectivas contemporáneas. Manuel de Falla lee con reverencia a Tomás Luis de Victoria, creando de sus motetes versiones expresivas que fusionan tradición y modernidad. Poulenc y Messiaen aportan su sello francés, con los austeros Quatre motets pour un temps de pénitence y el luminoso O sacrum convivium. Finalmente, Pizzetti retoma el estilo de la polifonía renacentista con su Messa di Requiem, impregnándola de un dramatismo moderno. Un recorrido sonoro por la espiritualidad del siglo XX, cargado de introspección y de belleza.

Este camino al paraíso arrancaría con 32 voces (4 por cuerda dispuestas como casi siempre suelen colocarse) para comenzar con las tres «versiones expresivas de obras de Tomás Luis de Victoria» que Falla trabajaría entre 1932 y 1942. García de Paz lleva años marcando escuela en su coro El León de Oro, y el Renacimiento español es uno de sus fuertes, agrandado tras la colaboración con el británico Peter Phillips. Pero las visiones del gaditano muestran una relectura del abulense, desde el Ave María (ahora parece que de Jacobus Gallus) que el JCA interpretó con esa visión romántica «transformada» (por las indicaciones muy personales del gaditano sobre las dinámicas, tempo y carácter que son curiosidades bien alejadas de los llamados «criterios historicistas») por el conocimiento que de nuestro siglo de oro tiene el maestro asturiano; el O magnum misterium rico en dinámicas con el final en un inmenso decrescendo hasta el pianissimo verdaderamente bien ejecutado; y las Tenebrae factae sunt donde disfrutar de los solos de contralto, dos sopranos y tenor para un final sin bajos que dieron luz a unas tinieblas originales. De las excelentes notas impresas, tituladas como el elegido para todo el concierto, Paraíso abierto para muchos, aunque no tienen firma las iré intercalando en este color con mis comentarios. Así la presentación y las visiones fallescas:

«Del poeta granadino Pedro Soto de Rojas (1584-1658), discípulo y ferviente admirador de Luis de Góngora y al mismo tiempo dotado de una personalísima delicadeza de orfebre, proviene el título que por sí mismo ha llegado a convertirse en un lema tan críptico como sugeridor de tesoros semiocultos: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Federico García Lorca, al hilo del título aludido, atinaba con estas palabras bien precisas para subrayar ese carácter recogido y primoroso del poemario: «Soto de Rojas se encierra en su jardín para descubrir surtidores, dalias, jilgueros y aires suaves. Aires moriscos, medio italianos, que mueven todavía sus ramas, frutos y boscajes de su poema». Una leve alteración de los términos nos permite abrir, de par en par, el elocuente título de Soto de Rojas para mostrar al público del Festival de Granada el «paraíso sonoro abierto para muchos» que propone el Joven Coro de Andalucía, en un programa conformado por una sucesión de joyas, no siempre suficientemente conocidas, pero todas ellas dotadas de un singular detallismo lírico en el que se entrelazan nombres esenciales de las primeras décadas de la Europa del siglo XX: Manuel de Falla, Francis Poulenc, Ildebrando Pizzetti y Olivier Messiaen.

Con una caligrafía de un preciosismo equiparable a la filigrana poética de Soto de Rojas, Manuel de Falla, desde su recoleto Carmen de la Antequeruela Alta de Granada, situado en el entorno de la Alhambra, comenzó a recrear con letra diminuta –en partituras manuscritas de tinta negra y lápiz rojo y azul– una colección de «versiones expresivas» de obras predilectas del Renacimiento español –de las que en este caso se escogen tres obras bien conocidas de Tomás Luis de Victoria–, pero añadiendo el propio Falla unas indicaciones muy personales de dinámica, de tempo y de carácter que las convierten en curiosidades bien alejadas de los criterios historicistas de nuestro tiempo, pero dotadas de un encanto singularmente atemporal».

Ya con la plantilla al completo, donde me pareció contar 24 voces blancas y 21 graves, tras recolocarse a izquierda y derecha para el resto del concierto, la sonoridad, afinación, equilibrio en los balances y empaste de esta juventud cantora fue la ideal para el resto de las obras, sumando una vocalización clara de los textos en latín donde los finales de palabras en consonante marcan un color especial.

«Francis Poulenc, 22 años más joven que Falla, fue alumno de piano del gran Ricardo Viñes en su París natal. Poulenc conoció a Falla en casa de éste hacia 1918. Era el periodo en el que Diaghilev, Picasso y Falla preparaban la fascinante obra El sombrero de tres picos. Su amistad se extendió hasta 1932, siendo esta la última vez que se vieron en el marco de un Festival de Música en Venecia. En este encuentro ambos compartieron ensayos y música, llegando Poulenc a narrar un recuerdo muy especial: «Una tarde, durante un paseo por las calles de Venecia, encontramos una pequeña iglesia que poseía unos preciosos órganos. Nada más entrar en la iglesia, Falla se puso a rezar, y así como cuentan que ciertos santos en éxtasis desaparecen súbitamente de la vista de los profanos, yo tuve esa misma impresión con Falla. Al cabo de un tiempo, decidí marcharme, así que me acerqué a él y le golpeé suavemente en el hombro. Me miró un instante, sin verme, y se sumergió de nuevo en sus oraciones. Salí de la iglesia, y desde entonces no le volví a ver […]». Concluía Poulenc: «Para mí, esa última visión de un músico al que tanto he querido y admirado es… ¡como una especie de Asunción!».

Poulenc guardaría en su memoria esta imagen final de Falla, «la de un hombre, o mejor, de un fraile de Zurbarán, rezando en una iglesia de Venecia». El ciclo de Motetes penitenciales de Poulenc (1939) puede servirnos como un extraordinario punto de encuentro musical entre ambos autores y sus distintos acercamientos a la fe. Estos cuatro motetes se compusieron en los albores de la Segunda Guerra Mundial, lo que los hace siempre atrayentes por ser un difícil desafío. Su uso de la armonía, la sorprendente conducción melódica de sus voces y la particular acentuación de su latín a la francesa lo hacen muy especial. Su escritura diatónica, sabor modal y adecuación al texto hacen de este ciclo una experiencia sublime».

Los cuatro motetes más que penitenciales fueron gozosos en cuanto al comportamiento del coro bien llevado por el maestro asturiano, marcando con claridad, con respuestas dinámicas amplias que fueron «in crescendo» en el tercero (Tenebrae factae sunt) de nuevo con un regulador hasta el pp con la «t» final bien pronunciada, más el epatante Tristis est anima mea con un hoquetus  central que se repite antes de la doble barra última resultó efectivo y espectacular en estos motetes del compositor feancés casi contemporáneos al Falla anterior.

«Como “cortante sonoro”, como algo que va a preparar nuestros oídos para el plato fuerte del programa, haremos una pequeña incursión en el universo del gran Olivier Messiaen, alumno aventajado de Paul Dukas, autor que también tuvo una gran relación con Falla. Será a través de su breve motete de ofertorio O sacrum convivium (1937). Es una gran oportunidad para poder escuchar a este extraordinario autor, cultivador del serialismo y constructor de sus propios modos de transposición limitada. Esta pieza es cautivadora por su color sonoro; construye una suntuosidad mágica a través de su armonía y su tonalidad. A pesar de su complejidad, podemos afirmar que es una obra principalmente tonal; está en fa sostenido mayor, la tonalidad favorita de Messiaen. Este color tonal intenta expresar la experiencia mística del amor sobrehumano. Todo un reto para el coro y que entronca con el mundo religioso de los autores anteriores.

Como obra principal del programa traemos el magnífico Requiem de Pizzetti, un compositor prolífico, que cultivó todos los géneros y destacó por ser un importante compositor de óperas. No es una obra dramática en el sentido ordinario del término. Es apacible, serena, obra de un creyente en la vida eterna y la resurrección. Al igual que Gabriel Fauré en su Requiem, se refiere a la muerte como «una feliz liberación», una aspiración al bienestar del más allá, más que como un tránsito doloroso. Trata de no colocar la vida y la muerte en oposición, como un brote de curiosidad ante algo “extraterrenal”. Sigue una corriente de composición de principios del siglo XX que sintetiza técnicas neorrenacentistas y neomedievales, pero pasadas por el tamiz de un lenguaje armónico y de estructuras formales que beben del siglo XIX. Abunda la escritura modal y polifónica, así como el uso de melodías procedentes del canto gregoriano. Desde el punto de vista compositivo es de gran variedad. Indica cantar partes con la mitad del coro, números con doble cuerda de bajos, utiliza un triple coro para el Sanctus y emplea unos 10 minutos de duración para el Dies irae. Su exitosa relación música-texto nace de su experiencia como compositor teatral y su conexión con el texto del Requiem, que fue escrito tras la muerte de su primera esposa. Es probable que Pizzetti haya estado más oculto de lo debido por los propios italianos al considerarlo un músico próximo al régimen fascista en época de Mussolini. Quizá estemos ante un error histórico, que poco a poco se va subsanando. Realmente es una obra fascinante, emocionante y a la cual le daremos presencia en este paraíso».

Un Requiem fascinante, verdadero templo coral sustentado por unos buenos cimientos en la cuerda de bajos que van construyendo una escalera con tenores y contraltos hasta la aguja  celestial de las sopranos, voces limpias, frescas, matizadas, sin abrir en los fuertes y delicadas en los pianos, respondiendo a las peticiones de García de Paz. Si personalmente el de Fauré está en mi lista de preferidos, siempre vuelvo al Padre Sopeña y su libro que atesoro en mi biblioteca musical, pero suscribo las notas que dicen «se refiere a la muerte como «una feliz liberación», una aspiración al bienestar del más allá, más que como un tránsito doloroso”» y así el Dies irae resultó un caleidoscopio vocal con la delicadeza del Amen final, el Sanctus luminoso con un «excelso» Hossanna -que bisarían de regalo- para felizmente liberarnos y conducirnos camino del paraíso coral con este JCA guiado por el arcángel Marco.

Aún habrá en este Festival otro grandioso Requiem, pero lo contaré puntualmente…

PROGRAMA:

Paraíso abierto para muchos

Manuel de Falla (1876-1946)

Versiones expresivas de obras de Tomás Luis de Victoria:

Ave Maria (1932)

O magnum mysterium (1940-42)

Tenebrae factae sunt (1940-42)

Francis Poulenc (1899-1963)

Quatre motets pour un temps de pénitence (1938-39):

Timor et tremor

Vinea mea electa

Tenebrae factae sunt

Tristis est anima mea

Olivier Messiaen (1908-1992)

O sacrum convivium (1937)

Ildebrando Pizzetti (1880-1968)

Messa di Requiem (1922-23):

Requiem aeternam

Dies irae

Sanctus

Agnus Dei

Libera me

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