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Música para un doloroso tránsito

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„Das Unglück geschah nur mir allein die Sonne, sie scheinet allgemein”

(La desgracia me ha ocurrido a mí mientras que el sol, brilla para todos)

Del viernes 11 de septiembre al sábado 19 de septiembre. Cuatro funciones de abono. Teatro Campoamor, Oviedo. Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera de Oviedo. Sorrow (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, de Gustav Mahler (1860-1911), sobre poemas de Friedrich Rückert / Suor Angelica, de Giacomo Puccini (1858-1924), con libreto de Giovacchino Forzano. Nueva producción de la Ópera de Oviedo (Estreno de Suor Angelica en la temporada ovetense). Fotos: Iván Martínez – Ópera Oviedo.

Hay ocasiones en las que la programación de una temporada de ópera deja de ser solamente una cuestión de títulos, fechas y repartos para convertirse en una declaración de intenciones. La inauguración de la septuagésimo novena Temporada de Ópera de Oviedo pertenece a ese reducido grupo. Unir a Gustav Mahler y Giacomo Puccini en un mismo espectáculo podía parecer, de entrada, una apuesta insólita, incluso arriesgada. Pero Sorrow, concebido por Joan Anton Rechi, demuestra que entre ambos compositores existe un territorio común: el del dolor, la pérdida, la culpa, la muerte y, sobre todo, la necesidad humana de encontrar algún tipo de consuelo cuando parece que ya no queda ninguno. Más allá de la crítica rápida, quería hacer otra entrada lenta, larga, más ilustrada, reposada, detallada y profunda tras asistir a dos de las cuatro funciones programadas, y aquí la dejo.

Dos obras que nunca fueron concebidas para compartir escenario terminan así formando un único recorrido emocional. Primero el duelo colectivo de Kindertotenlieder, las Canciones para los niños muertos de Mahler; después el dolor íntimo de una madre en Suor Angelica. Del funeral al claustro, de la comunidad a la soledad, de la muerte de los hijos a la pérdida de un hijo único, de la oscuridad a una pequeña luz final.

Una hora larga, sin pausa, para atravesar la tristeza. Una experiencia de esas que dejan un nudo en la garganta y obligan a permanecer en silencio unos segundos antes de que lleguen los aplausos. Y quizá esa sea la primera gran virtud de la propuesta: no permitir que el espectador separe Mahler de Puccini.

Mahler y Puccini, una alianza insólita

Mi admirado Arturo Reverter titulaba su artículo publicado en El Cultural del 4 de septiembre “Mahler y Puccini, inédita alianza en Oviedo”, y pocas veces un titular resume tan bien la esencia de una propuesta. El crítico gallego afincado en Madrid destacaba el carácter insólito y atractivo de un programa que conecta, bajo el epígrafe Tristeza (o Pena), dos obras fundamentales de la lírica y subrayaba la audacia del planteamiento de Rechi.

Pero hay además una circunstancia histórica que hace especialmente sugerente este encuentro. Mahler y Puccini fueron contemporáneos y se “encontraron” en Viena, donde el compositor bohemio, al frente de la Ópera de la Corte, dirigió varias obras del italiano. Dos personalidades muy distintas, dos lenguajes aparentemente alejados, dos maneras de entender el teatro musical y, sin embargo, dos compositores capaces de convertir el dolor humano en materia sonora de extraordinaria eficacia.

Mahler lo hace desde la palabra de Friedrich Rückert, desde una escritura orquestal de enorme refinamiento y desde una intimidad que parece hablar directamente al espectador. Puccini, desde el teatro, el melodrama, la voz humana y esa capacidad suya para hacer que una melodía aparentemente sencilla termine instalándose en la memoria. El resultado en Oviedo es un díptico en blanco y negro, minimalista en su apariencia, pero de enorme riqueza emocional. El dolor atraviesa la escena de principio a fin mientras la soledad y la comunidad se dan la mano.

Y detrás de todo está Rechi.

“Fue una intuición inmediata”, explica el director de escena. “Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional”. Ese viaje es precisamente el que propone Sorrow.

Una ceremonia para quienes ya no pueden hablar

Las Kindertotenlieder fueron compuestas entre 1901 y 1904 a partir de poemas de Rückert, escritos después de la muerte de dos de sus cinco hijos, fallecidos con apenas tres y cinco años y con solo unas semanas de diferencia. El poeta escribió 428 poemas intentando sobrevivir a aquella tragedia. Mahler conocía demasiado bien la muerte. De sus trece hermanos, solamente seis llegaron a la edad adulta. Sin embargo, resulta especialmente interesante recordar sus propias palabras a Guido Adler: “Me puse en la situación de alguien que había perdido a un hijo. Si en aquella época realmente hubiera perdido a mi hija, no habría sido capaz de escribir esas canciones”. La paradoja es conocida: Mahler escribió tres de las canciones cuando todavía estaba soltero, en 1901, y completó las restantes en 1904, ya casado con Alma y padre de dos hijas. La muerte de «Puzzi», su hija María Anna, llegaría en 1907, después de haber terminado el ciclo. Por eso resulta injusto escuchar estas canciones solamente como un presentimiento autobiográfico. Son algo mucho más universal. Mahler se coloca en el lugar de quien ha perdido un hijo y convierte ese dolor en una experiencia que cualquiera puede comprender, aunque nunca haya vivido semejante tragedia.

El propio compositor quiso además que las cinco canciones se escucharan como un todo indivisible, sin interrupciones ni aplausos entre ellas. La producción ovetense respeta esa continuidad y, más aún, la convierte en una continuidad escénica. Rechi lo explica con claridad: el sacerdote que interpreta el ciclo “presta su voz a todos aquellos que ya no son capaces de encontrar la suya”. Las canciones dejan de ser solamente un ciclo sinfónico para transformarse en una oración colectiva, un rito de despedida y consuelo. Y ahí aparece Jacques Imbrailo.

Jacques Imbrailo, la voz del padre

El barítono sudafricano afrontaba un cometido especialmente delicado. No se trataba solamente de cantar Mahler, sino de convertirse en el hilo conductor de una ceremonia fúnebre, en padre, sacerdote, doliente y portavoz de quienes ya no pueden hablar.

El primer lied, «Nun will die Sonn’ hell aufgeh’n» (Ahora quiere el sol alzarse brillante), sitúa desde el comienzo el conflicto entre la desgracia individual y la indiferencia de la naturaleza: la desgracia ha sucedido a uno mientras el sol continúa brillando para todos. La desesperación se construye mediante contrapuntos y cánones sombríos, imitaciones pesarosas de los instrumentos y ese ascenso cromático de la melodía que parece buscar una salida que nunca termina de llegar. La frase “Die Unglück geschah nur mir allein, die Sonne, sie scheinet allgemein” resume una de las grandes contradicciones del ciclo: el mundo continúa mientras para quien sufre todo parece haberse detenido.

Imbrailo cantó con una sobriedad muy adecuada a esta música. No necesitaba exagerar el gesto porque la propia escritura mahleriana ya contiene la tragedia. El barítono, de buena proyección y con capacidad para graduar la expresión, se convirtió en una voz de recogimiento más que de exhibición.

En «Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas), el padre se dirige directamente a sus hijos. La languidez insatisfecha baña toda la canción desde un clima inestable e interrogador, sostenido por la constante ambigüedad de los retardos y esas cadencias de dominante que parecen negarse a encontrar reposo.

Sin apenas pausa y respiración llega «Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), observando desde el rincón aquella alegría resplandeciente cuando el niño entraba junto a su madre, una imagen cotidiana convertida ahora en recuerdo. Y precisamente ahí reside parte de la crueldad de Rückert y Mahler: no hablan solamente de la muerte, sino de las pequeñas cosas que ya no podrán repetirse.

«Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), aporta una serenidad engañosa. Es la necesidad de imaginar que los niños simplemente se han ausentado, que regresarán, que todo puede volver a ser como antes.

Hasta llegar a «In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), donde la angustia adquiere una dimensión casi física. El remordimiento por haber enviado a los niños fuera mientras la tormenta se desata se convierte en una explosión de desesperación.

La OSPA, en una formación “camerística” para estas páginas y por el propio foso del coliseo ovetense, tuvo que decir tanto como el propio barítono. Las obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre, aumentando progresivamente su extravío hasta ese primer fortissimo vocal. Los trinos de los bajos recuerdan el tema de marcha tan asociado al universo mahleriano y a esa sensación de fatalidad y destino que atraviesa buena parte de su producción. Y entonces, casi como si después de la tormenta volviese a aparecer el sol, dos notas del glockenspiel interrumpen la progresión.

La última canción, «In diesem Wetter…», desemboca en la nana que cierra el ciclo, y Mahler permite que aparezca aquello que parecía imposible: la esperanza. El re mayor final no es una victoria, pero sí una promesa. Los niños descansan bajo la protección de Dios. La música no borra el dolor, simplemente encuentra una manera de convivir con él.

Una catedral sobre el agua

Visualmente, Rechi construye para Mahler un espacio grande, abierto, casi monumental. Una especie de catedral contemporánea, blanca, despojada, iluminada por frías luces leds, y asentada sobre un suelo de espejo que transmite una sensación líquida, como si los personajes caminaran sobre agua. Al fondo, el vídeo acentúa esa impresión.

Diez pequeños ataúdes blancos esperan en escena. Una ceremonia fúnebre los reúne. Los personajes vestidos de luto completan la acción y los ángeles de la muerte se mueven en una coreografía sencilla, sin necesidad de cargar las imágenes. Sobre cada uno de los ataúdes se va colocando una rosa roja.

El sacerdote recoge las flores antes de arrodillarse ante el último de ellos. La escena adquiere entonces una fuerza simbólica evidente: el ramo rojo, convertido en signo de perdón y pureza, anticipa la unión con la casa materna que después será el convento de Sor Angélica.

Los vínculos entre ambas obras comienzan a hacerse visibles antes incluso de que Puccini haya sonado. Y cuando la ceremonia termina, la catedral se cierra.

Del funeral al claustro

Sin pausa, ese gran espacio se transforma en otro mucho más reducido. La amplitud de Mahler deja paso a la claustrofobia de Suor Angelica. El blanco permanece, también la luz, pero ahora estamos dentro de un convento. Es una de las mejores ideas de la producción: no hacer un corte entre compositores sino transformar una realidad en otra ante los ojos del espectador.

Las monjas aparecen progresivamente. La vida cotidiana del convento trae pequeñas dosis de humor, conversaciones, reprimendas, oraciones, recuerdos y hasta cierta alegría en las hermanas mendicantes. La vida continúa también aquí, aunque sea detrás de unos muros. La “paz del claustro” tiene, sin embargo, mucho de falacia para Angélica.

Rechi utiliza las plantas medicinales como uno de los elementos que conectan las dos partes. Las hierbas que curan, el pharmakon que puede ser remedio y veneno, terminarán adquiriendo una dimensión trágica cuando la protagonista recurra a ellas para acabar con su vida. El jardín vertical, casi único elemento de color, se convierte así en espacio de vida y, finalmente, de muerte.

Beatriz Díaz, una Angélica “en casa”

Hablar de Beatriz Díaz como Sor Angélica en el Campoamor tiene además un componente especial. La soprano allerana completa su Tríptico pucciniano “en casa” después de haber cantado en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi. Su relación con Puccini viene de lejos: su Lauretta de Gianni Schicchi fue debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón de Buenos Aires y Suor Angelica ya la había interpretado en julio de 2018 en Barcia de Mera, entonces en la versión original para piano. Ahora, por fin, llegaba al Campoamor con orquesta y ese poso que dan los años.

Siempre he escrito que Puccini es una piedra angular para la voz y la personalidad artística de Beatriz Díaz. Este personaje parece escrito para ella. Y quizá por eso su Angélica tiene algo que va más allá de la solvencia vocal: hay memoria, experiencia y una identificación natural con la música. Desde la primera aparición se percibe la evolución de una mujer que lleva siete años encerrada por un pecado de juventud. La alegría de las demás contrasta con una tristeza interior que nunca desaparece. La noticia de la llegada de una berlina rompe la rutina. Es la tía Princesa.

El duelo entre Angélica y su tía

La escena entre Ana Ibarra y Beatriz Díaz es uno de los grandes momentos de la función. La mezzo valenciana afronta un papel escrito para contralto y, precisamente por ello, debe oscurecer mucho su timbre. Hay momentos en los que ese «oscurecimiento» resulta excesivo y el timbre no es homogéneo, aunque lo compensa con su notable presencia escénica y una autoridad dramática muy marcada. Frente a ella, la soprano asturiana domina la escena.

La rotunda Abadesa de María Heres ya había preparado el ambiente tras la campana del locutorio y el anuncio de la visita. Pero cuando aparece la Princesa todo cambia. «Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!» abre un verdadero duelo vocal y teatral. Angélica vuelve a ser niña ante su familia. Primero aparece la ilusión por la boda de su hermana menor, Anna Viola. Después, la noticia que lo destruye todo: su hijo ha muerto.

La tía le lanza la fotografía al suelo, el recuerdo de la madre, la herencia rechazada, la ofensa y la culpa se acumulan en pocos minutos. Puccini construye aquí un teatro de enorme eficacia. Y aunque Suor Angelica recibió críticas muy diversas desde su estreno, incluyendo acusaciones de estatismo, monotonía o excesiva dulcificación del drama, esta escena demuestra por qué también pudo ser considerada una de las páginas más conmovedoras de Puccini. Incluso el crítico James Huneker, en el estreno neoyorquino, llegó a mostrarse demoledor con la obra, aunque terminaría entusiasmándose con Gianni Schicchi. El destino de Suor Angelica dentro de Il trittico ha sido, de hecho, singular: es probablemente la menos representada de las tres y no es habitual escucharla fuera del contexto de la trilogía. Sin embargo, Puccini la consideraba su favorita. Y hay algo en la sinceridad del dolor de esta mujer que explica esa predilección.

“Senza mamma”

Tras la noticia llega «Mio figlio». Y después, «Senza mamma». Aquí Beatriz Díaz encuentra el punto exacto entre el canto y la palabra. No hay necesidad de sobreactuar un dolor que la música ya contiene. El sufrimiento está en cada frase, en cada respiración, en cada recuerdo.

“Sin madre” se transforma paradójicamente en una pregunta sobre el hijo: una madre que no pudo verlo crecer, que apenas pudo abrazarlo una vez, y que ahora comprende que jamás volverá.

Las monjas salen de escena y Sor Genoveva, cantada con solvencia por Montserrat Seró, encabeza el penitencial cortejo de hermanas con «Lodiamo la Vergine Santa». Hay una despedida agridulce. Entonces llega el último tránsito: Angélica se encuentra con su hijo. ¿Es real? ¿es un recuerdo? ¿es un deseo? Rechi no lo resuelve. Y hace bien, porque la ambigüedad permite que el espectador complete aquello que la escena no puede explicar.

El Puccini de la redención

Puccini llevó Suor Angelica incluso al terreno de su propia intimidad religiosa. La presentó en el monasterio de Vicoplago, dedicado a su hermana Iginia, religiosa profesa, y a las demás monjas de la orden. Allí, con el propio compositor al piano, explicó a aquellas mujeres el argumento de la joven aristócrata castigada por un pecado de amor y condenada al enclaustramiento. El final, con la invocación a la Virgen y la petición de perdón por el pecado cometido, debió conmover profundamente a aquellas religiosas. Y ahí está la clave de Suor Angelica: no estamos solamente ante una historia de suicidio, sino ante una historia de culpa, arrepentimiento y redención. La protagonista no puede cambiar el pasado. No puede recuperar a su hijo. No puede deshacer los siete años de clausura. Pero puede pedir perdón. Y Puccini convierte esa petición en música.

El aria final es una página magistral y Beatriz Díaz alcanzó ese La agudo en pianísimo que parece detener el tiempo. El Campoamor contuvo la respiración. Pocas veces una nota tan pequeña puede tener tanto peso.

La OSPA, entre Mahler y Puccini

En el foso el bilbaíno Diego Martín-Etxebarría regresaba al Campoamor después de haber dirigido allí La rosa del azafrán, en mayo de 2024, y Doña Francisquita, en febrero de 2025 con Oviedo Filarmonía. Esta vez el reto del maestro vasco era diferente y especialmente delicado: unir a dos grandes orquestadores sin que la orquesta se convierta nunca en protagonista por encima de las voces. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) respondió con solvencia en ambas páginas. Mahler exige transparencia, escucha interna, capacidad de respirar con la voz y un dominio absoluto de las dinámicas. Puccini necesita además esa mezcla de exuberancia y contención que permita que la emoción nunca se vuelva sentimentalismo barato. Martín-Etxebarría estuvo atento a las tablas, cuidando especialmente las voces, y obtuvo de la formación asturiana una riqueza tímbrica que no quedó encerrada en el foso. Los primeros atriles fueron fundamentales en Mahler, pero también lo fueron las intervenciones de los metales y las distintas familias en Puccini. La música parecía extenderse por todo el espacio.

Igualmente importante fue la aportación de las formaciones vocales. El Coro Intermezzo, titular de la Ópera de Oviedo, y el coro infantil de la Escuela de Música Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada, completaron una producción coralmente cuidada. La banda interna de la Banda de Música Ciudad de Oviedo aportó también su presencia en una propuesta que no deja ningún elemento al margen, al igual que el instrumental no visible.

Las mujeres del convento

Suor Angelica es además una ópera sin voces masculinas, algo que ya provocó comentarios en su momento. Aquí esa característica se convierte en parte esencial de la propuesta. Anna Tobella, como hermana celadora, estuvo impecable tanto vocal como actoralmente, especialmente en esos momentos iniciales en los que debe controlar a la comunidad; Marina Pardo, maestra de novicias; Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez y Vilma Ramírez, junto al resto de hermanas, construyeron ese pequeño universo femenino en el que transcurre la vida cotidiana del convento.

Las pequeñas alegrías de las hermanas mendicantes, las conversaciones, la enfermedad de Sor Clara, las plantas medicinales, la llegada de la berlina, el recuerdo de la hermana fallecida… todo contribuye a crear una comunidad que parece vivir ajena al drama de Angélica. Pero solo parece, porque todas son testigos de su sufrimiento.

Una producción “Made in Asturias”

Hay algo especialmente satisfactorio en que una propuesta tan original llegue al Campoamor como producción propia de la Ópera de Oviedo. Rechi ha contado con Sebastian Ellrich para la escenografía y el vídeo, Gabriela Salaverri para el vestuario, Alberto Rodríguez en la iluminación y Mar Gómez en la coreografía, con Pablo Moras al frente del Coro Intermezzo. La suma de todos estos elementos consigue que la producción no sea solamente una sucesión de imágenes bellas, sino una verdadera arquitectura dramática. El suelo líquido de Mahler se transforma en el claustro de Puccini. Los ataúdes blancos encuentran continuidad en las monjas. Las rosas rojas anticipan la sangre. El sacerdote de la primera parte reaparece como figura de enlace.

Y las plantas medicinales, el pharmakon, contienen desde el principio la posibilidad de la vida y de la muerte. Todo conduce al final.

El tránsito de un mismo recorrido

Cuando el espacio vuelve a abrirse después del suicidio de Angélica, comprendemos finalmente el sentido de Sorrow. No eran dos obras, era una sola. Primero el dolor de un padre y una comunidad ante la muerte de los niños, después, el dolor de una madre ante la muerte de su hijo. Primero el funeral, después el convento. Primero las flores sobre los ataúdes, después las hierbas que pueden curar o matar. Primero la mano de Dios que protege a los niños, después el perdón que Angélica necesita para encontrar a su hijo.

Y en medio de todo, una música capaz de decir aquello que las palabras no alcanzan. El final propuesto por Rechi no cierra completamente la historia. La aparición del hijo deja abierta la pregunta. ¿Es realmente él? ¿Es un recuerdo? ¿Es la imaginación de una mujer que acaba de morir? ¿Es la promesa de una redención? El padre y la madre en todos los sentidos del hijo muerto, la presencia de ambos en Mahler y Puccini, aunque no importa demasiado. Lo importante es que, después de tanta oscuridad, aparece finalmente un poco de luz. Era la intención declarada del director de escena andorrano y termina siendo también la sensación con la que el espectador abandona el Campoamor.

Cuando la tristeza también puede ser esperanza

La inauguración de esta 79ª Temporada de Ópera de Oviedo no busca agradar al público con una velada cómoda. Todo lo contrario, es una propuesta exigente, oscura, dolorosa y, precisamente por ello, necesaria. Mahler y Puccini hablan de la muerte desde lugares diferentes, pero terminan encontrándose en el mismo punto: la necesidad de seguir viviendo después de la pérdida.

Jacques Imbrailo pone voz al padre que intenta comprender una ausencia imposible. Beatriz Díaz encarna a una madre que no puede soportar la suya. Diego Martín-Etxebarría sostiene desde el foso la delicada arquitectura musical. La OSPA demuestra su solvencia. Los coros completan la ceremonia. Y Joan Anton Rechi consigue que dos obras que nunca nacieron para estar juntas terminen pareciendo destinadas a encontrarse. Quizá por eso, cuando las luces vuelven y el Campoamor rompe finalmente el silencio, uno entiende que Sorrow no habla solamente de tristeza. Habla de la memoria, del perdón, de la ausencia. Y quizá sea ahí, precisamente, donde Sorrow encuentre su verdadero sentido. Porque después de una hora larga de tristeza, de ataúdes blancos, rosas rojas, muros de clausura, una madre rota y un hijo perdido, lo que queda no es solamente el dolor. Queda la música, capaz de poner voz a aquello que nosotros no sabemos decir.

Mahler termina en re mayor, con la promesa de que los niños están protegidos por la mano de Dios. Puccini hace que Angélica encuentre finalmente a su hijo. Rechi deja abierta la puerta para que cada uno decida si ese encuentro sucede en la realidad, en el recuerdo o en el deseo. Quizá no importe: basta con que exista la posibilidad de volver a abrazar aquello que hemos perdido. Y mientras el Campoamor recuperaba poco a poco la luz, pensé en quienes no pudieron estar allí:

En Luis Antonio Suárez, al que esta producción está justamente dedicada, y aún más en mi querido y siempre añorado Misael Campo, que no llegó a disfrutarla. Dos nombres, dos ausencias, que también forman parte de esta noche. Porque quizá la tristeza sea, en el fondo, otra forma de amor: sólo nos duele lo que seguimos queriendo.

Así, entre Mahler y Puccini, entre la muerte y el perdón, entre una catedral que parece flotar sobre el agua y un claustro que termina abriéndose a la luz, el Campoamor inauguró su nueva temporada con algo más que un espectáculo lírico. Nos regaló una música para recordar, para conmovernos y, quizá, para salir del teatro llevando con nosotros algo que no estaba allí cuando entramos. Yo salí en silencio. Hay músicas que se aplauden, y hay músicas que, sencillamente, se quedan con uno.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella  (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo  (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Arriesgado tránsito

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Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905 / Suor Angelica, música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo. © Fotos de Iván Martínez – Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 14 de septiembre, con tipografía y colores propios y el añadido de los siempre enriquecedores enlaces)

Inauguración de la septuagésimo novena temporada de la ópera ovetense con producción propia y un estreno uniendo a Mahler con Puccini en un desgarrador e inédito díptico: Kindertotenlieder, de Mahler, un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética; por su parte, Suor Angelica, de Puccini, una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano. Dos dramas que hablan de la desgracia por la pérdida de la inocencia y la muerte de un niño, dos compositores coetáneos unidos, pues ya en Viena el bohemio dirigiría muchas obras del italiano. Dualidad minimalista en blanco y negro con el dolor atravesando la escena, la unión del dramatismo orquestal y vocal en un inédito y arriesgado espectáculo lírico, con el barítono Jacques Imbrailo y la soprano Beatriz Díaz transmitiendo el sufrimiento, soledad y comunidad dándose la mano. Una hora abundante y sin pausa para la angustia emocional que pone un nudo en la garganta a un público respetuoso, aguantando las lágrimas ante la enorme exigencia vocal de unos protagonistas que transmitieron de principio a fin ese dolor por la pérdida de un hijo.

Como cuenta el propio Joan Anton Rechi, director de escena de esta producción, “he querido trabajar ambas obras como un solo espectáculo, no como dos historias independientes. El título de las funciones, Sorrow, tristeza o pena, lo unifica todo. Lo cierto es que el personaje de Suor Angelica aparece en los Kindertotenlieder y el personaje del barítono que canta las piezas de Mahler es una especie de cura que aparece también en Suor Angelica. Hay varios elementos que conectan ambas obras en escena. Es indudablemente un espectáculo triste por la materia con la que trabajan ambos libretos, aunque he querido terminar la representación con un poco de luz, con un poco de esperanza”.

Esta producción, como se anunció por megafonía y figura en el excelente libro del primer título, está dedicada a la memoria de Luis Antonio Suárez, todo un referente de la cultura asturiana, historiador, diseñador, director artístico, empresario, actor amateur y colaborador de la Temporada de Ópera de Oviedo como escenógrafo además del creador de la exposición conmemorativa en la plaza de Trascorrales de los 75 años de la historia de esta temporada carbayona: “Su legado artístico y bonhomía nos acompañarán siempre. Descanse en paz”.

Las Canciones para los niños muertos, de Gustav Mahler, fueron compuestas entre 1901 y 1904. Los textos que acompañan a la música están basados en poemas de Friedrich Rückert. El poeta alemán escribió 428 poemas, en el intento de sobrevivir a la muerte de dos de sus cinco hijos, de 3 y 5 años, en el plazo de dos semanas. También el compositor austríaco sufrió en su infancia la pérdida de seres queridos: solo seis de sus trece hermanos llegaron a la edad adulta. Mahler con los Kindertotenlieder tejió un universo dramático en torno a la muerte de alcance universal. Para Theodor Adorno, las Canciones para los niños muertos “miran a los muertos como se mira a los niños. La música de Mahler lleva alimento a la boca aniquilada, vela el sueño de los que ya no volverán a despertar”. Las canciones fueron escritas en el idioma mahleriano posromántico, el ánimo y sentimiento que expresan se adecuan al título y al texto. La canción final termina en re mayor, con una promesa de redención trascendente, porque “la mano de Dios los protege”.

Una apuesta arriesgada escenificar esos Kindertotenlieder pero que en el contexto de tanta pena y tristeza enlazaría a la perfección con Suor Angelica en su convento. La obra de Mahler tiene una entidad que facilita mucho las cosas, en plantilla orquestal y en este caso, a nivel escénico, pues el andorrano ha planteado un espacio escénico grande y amplio para los lieder, tal vez una catedral moderna, blanca con iluminación de fluorescentes, suelo de espejo y una sensación de liquidez, como si fuera un suelo de agua (proyectado al fondo), donde tiene lugar la ceremonia fúnebre por los niños, diez pequeños ataúdes blancos y el “Padre Imbrallo” ejerciendo como tal. Pero hay personajes de luto completando los cinco lieder: padre, madre, ángeles de la muerte que interactúan en sencilla y sentida coreografía (de Mar Gómez). El barítono (podría haber sido una mezzo, pero hubiera roto el contraste desde la buscada unidad) presenta cada canción dándole a los textos toda la dramatización, realzada con una orquesta subrayando las palabras:

«Nun seh’ich wohl warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas) donde Imbrallo se dirige a “sus hijos”, languidez insatisfecha que baña toda la canción desde un clima inestable, interrogador, mantenido por la constante ambigüedad de los retardos y cadencias de dominante rotas.

«Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), desde el rincón observando la alegría resplandeciente cuando entraba al lado de su madre tan pronto extinguida, para proseguir con «Ofi denk’ich, sin Sind sur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), serena conclusión antes de la última canción anunciando que encontrará a sus niños en el paraíso, cual radiante colina.

«In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), el remordimiento de mandar fuera a los niños que finamente descansan como si estuvieran en casa de su madre (Sor Angélica presente) protegidos por la mano de Dios. Si sobre cada uno de los cinco ataúdes se depositaba una rosa roja, el sacerdote las recogía antes de abrir arrodillado el último, un baño de perdón y pureza para depositar como su hijo el ramo rojo, reposando en la casa materna que será el convento.

Un inicio sin resignación y con dolor contenido, explosión de la violenta desesperación, la angustia incontrolable como la propia naturaleza, aunque siempre manteniendo el piano y donde los forte van seguidos por diminuendos. Trinos en los bajos con el tema de marcha evocando otras sinfonías con esa cadencia mahleriana siempre vinculada a la fatalidad y el destino, primeros atriles de la OSPA completando con la música lo que a menudo las palabras no consiguen, obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre que aumenta su extravío hasta el primer fortissimo vocal, con dos notas del glockenspiel interrumpiendo la progresión como si el sol volviese tras la tormenta, transición hacia la nana que sirve de Finale al ciclo, esperanza y paz, porque sólo unas campanas enlazan la acción y la emoción.

Así, esa catedral mahleriana se cierra y genera un espacio muy cerrado, casi claustrofóbico para Puccini, aunque el blanco y la luz se apoderan en el inicio conventual con las diez hermanas (el coro interno) y el resto de la comunidad que irá ocupando la escena tras el rezo inicial de “la Hermana Díaz” y la celadora Anna Tobella (impecable vocal y actoralmente) regañando al resto de monjas. La propuesta teatral parte de la voluntad de eliminar las fronteras entre ambas obras, construyendo así un único relato emocional que encuentra sorprendentes vínculos: “Fue una intuición inmediata. Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional” nos explicaba el propio Rechi. Evolución de Suor Angelica en un periodo que resume sus siete años de clausura. La protagonista es otra heroína trágica del universo pucciniano, perteneciente a una familia de la alta aristocracia recluida por tener un hijo natural y obligada a permanecer en el convento. Diálogos de monjas desde esa falacia llamada “la paz del claustro”, con las hierbas medicinales (Pharmakon como las denomina en el excelente libreto para esta función, la doctora María Sanhuesa Fonseca, “vida y suerte en sus manos”), desde el remedio solicitado por la hermana enfermera para Sor Clara picada por una avispa en el huerto, la única nota de color en el jardín vertical del que Sor Angélica toma las hierbas, hasta el veneno final brindado por los mismos padres mahlerianos de “la primera parte”.

Momentos emocionantes como el recuerdo a la hermana ausente y fallecida, donde Sor Angélica canta “Los deseos son las flores de los vivos, no florecen en el reino de los muertos” (I desideri sino i fiori…), pequeñas alegrías monacales a cargo de las golosas hermanas mendicantes, aunque el sufrimiento tras siete años de encierro de la “poveretta” protagonista no faltan, cantados y engrandecidos desde el foso, siempre con el maestro Martín-Etxebarría muy atento a las dinámicas sobre las tablas, exhuberancia contenida y tímbricas incluso fuera de escena, al igual que las formaciones vocales del coro titular y el de los niños de Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada ovetense.

El aviso de la llegada de una berlina aumentará la curiosidad tras los muros, la tensión y los miedos de la noble castigada y penitente que se pone blanca y después roja. Una impresionante abadesa María Heres cantando, tras escucharse la campana del locutorio, Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!, el anuncio de la tía Princesa (Ana Ibarra), comienzo de un duelo vocal y escénico de la mezzo valenciana, en un registro de contralto que la obligó a oscurecer en demasía su timbre aunque lo compensa su presencia, y la soprano asturiana Beatriz Díaz, dominadora de este personaje que parece escrito para ella y firmado, como la renuncia a su herencia tras la fatal noticia, y que además completa su Tríptico pucciniano “en casa” tras cantar en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi (con su Lauretta debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón bonaerense y Suor Angelica en julio de 2018 en la versión original para piano representada en Barcia de Mera), al fin con orquesta y con el poso que dan los años, a un compositor del que siempre he escrito es piedra angular para su voz y personalidad.

Dolor, tragedia, breve alegría por la boda de su rubia hermana pequeña Anna Viola, truncada tras el frío y sobrecogedor anuncio de la muerte de su hijo, ante la foto lanzada al suelo por una tía inexorable ofendida por su sobrina al recordar a su madre en su contra. Puro dolor expresado en “Mio figlio” al que solo pudo ver y besar una vez, la sobrecogedora aria “Senza mamma”, la salida de las monjas acogiendo a Sor Angélica con Sor Genoveva (siempre bien la soprano Montserrat Seró) encabezando ese penitencial cortejo de hermanas cantando “Lodiamo la Vergine Santa”, una despedida agridulce, el encuentro con su hijo y el pecado del suicidio para después invocar el perdón. El aria final es una página magistral, cerrada con un La agudo en pianísimo que cortó la respiración del Campoamor. Para Puccini, Suor Angelica era la mejor ópera de la trilogía y musicalmente en esta obra el lirismo es permanente y la escritura tanto orquestal como coral depurada.

Un tránsito de un mismo recorrido: del duelo colectivo al dolor íntimo de una madre, el espacio final que vuelve a abrirse con el encuentro (real, mero recuerdo o deseo) entre Angélica y su hijo con la aparición del sacerdote que responde al interrogante: ¡el muerto es su hijo y con el perdón de la madre, Sor Angélica!. Genial y original cierre explicando esta Sorrow de Rechi en una producción sobresaliente “Made in Asturias”.

FICHA:

Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905/ Suor Angelica. Música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró * (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas * (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich * – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez * – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Despedida mahleriana

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Jueves 2 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Nacional de España (ONE),  David Afkham (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 9. Fotos ©Festival de Granada – J. M. Grimaldi, y propias.

Hay conciertos que terminan cuando llega el aplauso. Otros, muy pocos, continúan mucho tiempo después, cuando el silencio sigue resonando dentro de uno. Así fue esta Novena de Mahler en el Palacio de Carlos V, una de esas noches en las que la música parece detener el tiempo para obligarnos a escuchar algo más profundo que los sonidos.

La Novena es una despedida, aunque quizá no de la muerte, como tantas veces se ha repetido, sino de una manera de entender la vida. Mahler la escribió entre 1909 y 1910, después de haber conocido el dolor más absoluto con la pérdida de su hija Maria Anna y la enfermedad que acabaría llevándoselo apenas dos años después. Sin embargo, reducir esta partitura a un testamento sería injusto. Como él mismo confesaba a Bruno Walter, nunca había sentido con tanta intensidad el deseo de vivir. Y precisamente ahí reside su grandeza: la Novena no enfrenta vida y muerte como enemigos, sino como dos realidades inseparables.

También para David Afkham la obra tenía un significado especial. Era su despedida de la Orquesta Nacional de España tras doce años como director titular, una etapa que ha consolidado definitivamente el sonido de la formación y en la que Mahler ha ocupado un lugar central. Granada acogía el último concierto español antes de viajar a los Proms londinenses, y el simbolismo del programa no podía resultar más elocuente.

Desde los primeros compases quedó claro que Afkham no buscaba una lectura efectista. El célebre comienzo, con ese pulso irregular sobre el que Leonard Bernstein quiso ver el corazón enfermo de Mahler, apareció contenido, respirado, casi suspendido. Más que anunciar la tragedia, parecía preguntarse por ella. La cuerda encontró enseguida ese color cálido y transparente que ha caracterizado tantas veces a la ONE bajo su dirección, dejando respirar una arquitectura inmensa donde cada transición parecía inevitable. La acústica del Palacio no es la de un auditorio, pero las voces intermedias (violas y segundos violines) brillaron y los metales conservaron la claridad en todas sus intervenciones sin imponerse. Resultó admirable comprobar cómo una obra de semejante complejidad, y de aquí las pocas veces que se programa, nunca perdió el sentido del discurso. La Novena exige al director construir un edificio gigantesco sin que el oyente perciba el esfuerzo de los andamios. Afkham volvió a demostrar esa rara capacidad para manejar los grandes arcos sin perder el detalle, haciendo que los múltiples planos sonoros convivieran con absoluta naturalidad.

La ONE respondió con un nivel extraordinario. Da gusto comprobar cómo ha madurado durante estos años, y mis recuerdos se remontan a 1977 en Gijón y su I Festival de Otoño con Frübeck de Burgos. La cuerda volvió a ser el gran pilar de la interpretación, especialmente unos magníficos segundos violines y unas violas fundamentales en una partitura donde Mahler les confía buena parte del peso expresivo. El concertino Miguel Colom volvió a ejercer ese liderazgo discreto que tanto beneficia al conjunto, mientras las maderas dibujaban con exquisita delicadeza cada uno de sus innumerables solos. Los metales, tan comprometidos en esta sinfonía, brillaron con autoridad sin perder nunca el equilibrio con el resto de la orquesta.

El segundo movimiento, ese ländler deformado donde Mahler parece despedirse con ironía del mundo campesino de su infancia, evitó cualquier caricatura. Afkham encontró el difícil equilibrio entre rusticidad y elegancia, permitiendo que la danza sonara al mismo tiempo entrañable y perturbadora. La sonrisa nunca termina de ser completamente feliz en Mahler.

Más incisivo apareció el Rondo-Burleske, verdadero laboratorio contrapuntístico donde el sarcasmo alcanza una violencia casi expresionista. La precisión de la ONE permitió que toda esa escritura endiablada sonara con una claridad admirable. Bajo la aparente agresividad seguía latiendo ese trasfondo de melancolía que anticipa ya el adiós definitivo. Pero todo conduce inevitablemente al último movimiento.

Pocas páginas existen en la historia de la música capaces de detener el tiempo como este Adagio final. No es una conclusión, es una desaparición progresiva. Mahler no termina la obra, la deja extinguirse lentamente, como una respiración que se va apagando hasta confundirse con el silencio. Afkham supo dosificar admirablemente esa larguísima despedida, manteniendo la tensión incluso cuando la dinámica descendía hasta un pianísimo casi irreal. La cuerda respondió con una concentración sobrecogedora, sosteniendo el sonido en ese delicadísimo límite donde todo parece a punto de quebrarse y, precisamente por eso, adquiere una intensidad emocional casi insoportable. Tras doce años con su titular, casi puedo decir que se ha conseguido un «sonido Afkham”, con una cuerda muy trabajada, arpas presentes, maderas de enorme personalidad, metales «broncíneos», percusión precisa y un equilibrio muy natural entre los planos.

Entonces llegó el verdadero final. No fueron las últimas notas. Fue el silencio. Ese silencio que Mahler escribe sin escribirlo, ese instante en que nadie debería sentirse con derecho a romper lo que la música acaba de dejar suspendido en el aire. Durante veinte segundos, el Palacio de Carlos V permaneció inmóvil, como si cientos de personas respirásemos al mismo ritmo, porque en Mahler ese silencio forma parte de la obra.

Después llegaron las ovaciones, largas, emocionadas, inevitables. Emoción de una despedida donde hubo complicidad entre director y orquesta (miradas, sonrisas, abrazos finales…), y que el público que agotó las entradas en esta noche palaciega, también percibió.

El partido del mundial de fútbol donde España vencía 3-0 a Austria en Los Ángeles, era un resultado casi metafórico, porque Mahler sucumbía ante una ONE comandada por Afkham.

Uno abandona el concierto con la sensación de haber asistido no solo a una extraordinaria interpretación de la Novena sino también a la despedida de un ciclo. Afkham deja una orquesta en un momento de evidente madurez artística y con una identidad sonora reconocible. No es poco legado.

Mi querido Arturo Reverter recordaba en las notas al programa una hermosa frase de Carlo Maria Giulini: «La Novena supone el triunfo del espíritu del hombre». Quizá esa sea la mejor definición posible. Mahler no vence a la muerte, vence al miedo de mirarla de frente. Y convierte ese último suspiro en una de las páginas más hermosas jamás escritas. En una noche granadina de verano, bajo las piedras renacentistas del Palacio de Carlos V, volvió a demostrarse que la gran música posee una extraña capacidad: recordarnos que toda despedida, mientras alguien siga escuchándola, nunca llega a ser del todo definitiva.

PROGRAMA:

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 9 en re mayor (1909-10):

I. Andante comodo

II. Im Tempo eines gemächlichen Ländlers.

Etwas täppisch und sehr derb

(En el tempo de un Ländler tranquilo. Algo torpe y muy tosco)

III. Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig (Muy desafiante)

IV. Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend (Muy lento y contenido)

La Ópera de Oviedo presenta su nueva temporada

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La programación de la septuagésimo novena temporada reúne obras de Mahler, Puccini, Donizetti, Verdi y Mozart, con destacados repartos de los circuitos nacional, internacional y talento local, nuevas producciones y coproducciones y la apuesta por el talento joven a través de las funciones Viernes de Ópera

Según la nota de prensa, el pasado miércoles 22 de abril el director general y artístico de la Ópera de Oviedo, Celestino Varela, fue el encargado de presentar a los socios los detalles de los cinco títulos, ya conocidos, que conforman la 79ª temporada operística en el Teatro Campoamor de la capital asturiana.

La Ópera de Oviedo alzará el telón en septiembre con un programa doble englobado bajo el título “Sorrow”, que incluye Kindertotenlieder y Suor Angelica, un díptico lírico que se verá por primera vez en el ciclo, que reúne las visiones musicales de Gustav Mahler y Giacomo Puccini.

La velada contará con el barítono Jacques Imbrailo en Kindertotenlieder, mientras que Suor Angelica estará encabezada por la soprano asturiana Beatriz Díaz en el papel titular (que debutó hace casi ocho años en tierras gallegas en la versión original con piano) volviendo a las tablas del coliseo ovetense, acompañada por Ana Ibarra (Princesa), Anna Tobella (Hermana Celadora), la mezzo pixueta María Heres (Madre Abadesa), la cántabra Marina Pardo (Maestra de Novicias) junto a las sopranos leridana Montserrat Serós (Sor Genoveva), ruso-cubana Anna Cabrera (Sor Dolcina) y navarra Andrea Jiménez (Hermana Enfermera).

La dirección musical correrá a cargo de Diego Martin-Etxebarria al frente de la OSPA, con dirección escénica de Joan Anton Rechi en una nueva producción de la Ópera de Oviedo, en la que participarán el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo, y el Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento.

Kindertotenlieder, de Mahler, es un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética. Por su parte, Suor Angelica, de Puccini, es una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano.

Fechas: 11, 13, 16 y 19 de septiembre.

El bel canto de Donizetti regresa en octubre

La temporada continuará en octubre con cuatro funciones de Maria Stuarda, de Gaetano Donizetti, una de las grandes tragedias del bel canto. La soprano Yolanda Auyanet asumirá el papel protagonista junto a Paola Gardina como Elisabetta, Jihoon Son como Leicester, David Lagares como Talbot, Carlos Daza como Lord Cecil e Irina Avramenko como Anna.

La dirección musical estará a cargo de Friedrich Haider en su retorno al frente de la OFIL que él relanzase, con la participación del Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La puesta en escena correrá a cargo de Emilio López, tras su propuesta en el Campoamor de Anna Bolena, en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera.

Fechas: 9, 11, 14 y 17 de octubre.

La tragedia shakespeariana de Verdi llega en noviembre

Noviembre sube a escena Macbeth, de Giuseppe Verdi, una de las grandes tragedias operísticas inspiradas en Shakespeare. Los papeles principales estarán encabezados por el mejor barítono verdiano actual, el onubense Juan Jesús Rodríguez como Macbeth, el esperado regreso de Marigona Qerkezi como Lady Macbeth, completando el reparto Gianfranco Montresor (Banco), los tenores cántabro Alejandro del Cerro (Macduff) y asturiano Jorge Rodríguez-Norton (Malcolm), más Julia Merino (Dama), Mikel Zabala (Doctor) y Ángel Simón (Criado, Sicario y Heraldo).

La directora musical estará a cargo de será Clelia Cafiero, con la OFIL en el foso, con puesta en escena de Paco López en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga. Participa el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

En el marco de esta producción se inauguran las funciones de los Viernes de Ópera del ciclo 2026/2027, con Jorge Nelson Martínez en el papel de Macbeth, Paulina Bielarczyk como Lady Macbeth, el bajo gallego Alejandro Baliñas en el rol de Banco y el tenor murciano Francisco Cruz como Macduff.

Fechas: 13, 15, 18, Viernes Ópera: 20, y 21 de noviembre.

El Puccini más apasionado en diciembre

El ciclo continuará en diciembre con Manon Lescaut, de Giacomo Puccini, una de las óperas más intensas y líricas del compositor italiano. El papel de Manon Lescaut será interpretado por Vanessa Goikoetxea, otro regreso esperado, junto al mexicano Arturo Chacón-Cruz como Des Grieux, Manel Esteve como Lescaut, el barítono mierense Abraham García como Geronte di Ravoir y El Comandante, el tenor catalán Josep Fadó como Edmondo, la mezzo donostiarra Marifé Nogales como el Músico y también como El Peluquero, el mallorquín Pablo López como El Posadero y El Sargento, y el canario Gabriel Álvarez como Maestro de danza y Farolero.

La dirección musical estará a cargo de Nuno Coelho al frente de la OSPA, de la que es director titular, con dirección de escena de Emiliano Suárez en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera. En escena también el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

De nuevo función de Viernes de Ópera con Rebecca Gulinello en el papel de Manon Lescaut, Joan Laínez como Des Grieux y Guillem Batllori como Lescaut.

Fechas: 11, 13, 16, Viernes Ópera: 18, y 19 de diciembre.

Mozart cierra la temporada con su gran comedia de enredo

La temporada cerrará en enero y febrero con Così fan tutte, de Wolfgang Amadeus Mozart, una de las grandes óperas bufas del repertorio clásico. Fiordiligi será interpretada por la soprano malagueña Berna Perles, junto a  la mezzo bogotana Andrea Niño como Dorabella, la soprano madrileña Natalia Labourdette como Despina, el barítono californiano Christian Pursell como Guglielmo, el tenor croata Filip Filipović como Ferrando y otro «regreso a casa» del barítono castrillonense David Menéndez como Don Alfonso.

La dirección musical estará a cargo de Lucas Macías al frente de la OFIL, de la que es titular, con el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La dirección escénica es de Marta Eguilior en una producción de la ABAO Opera Bilbao.

Tercer título con función a precio asequible de Viernes de Ópera con la soprano checa Lada Bočková como Fiordiligi, la mezzo colombiana Paola Leguizamón como Dorabella, la soprano franco-española Eleonora Deveze como Despina, el barítono chipriota Yiorgo Ioannou como Guglielmo, el tenor chino Anle Gou como Ferrando y el bajo-barítono leonés Javier Blanco como Don Alfonso.

Fechas: 29 y 31 de enero, más 3, Viernes Ópera: 05, y 6 de febrero.

La LXXIX temporada mantiene los cinco títulos combinando repertorio muy conocido, nuevas producciones, también propias, y dos títulos especialmente llamativos: Macbeth y Maria Stuarda, con muchas voces conocidas en el Campoamor, el regreso de varias asturianas, los Viernes de Ópera orientados a impulsar el talento joven en el segundo reparto (en Macbeth, Manon Lescaut y Così fan tutte) más el reparto en el foso de las dos orquestas habituales: la OSPA (que se encargará del programa doble que abre la temporada y de Manon Lescaut), mientras que Oviedo Filarmonía acompañará los tres títulos restantes.

Un Mahler increíble

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 9). Conciertos sinfónicos.

Viernes 27 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Budapest Festival Orchestra, Gerhild Romberger (mezzo), Iván Fischer (director). Música de Mahler. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Esta novena noche de mi festival ya aventuraba un concierto en palacio para recordar, tanto por el debut en Granada de la Orquesta del Festival de Budapest con su fundador en 1983 Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), recordándola hace ya 13 años en su paso por Oviedo, esta vez con un monográfico de Mahler, y viniendo a mi memoria una vez más a «El Pérez» (a quien conocí precisamente aquí hace 14 años en mi primera escapada). José Luis Pérez de Arteaga (Madrid, 1950-2017) siempre estará asociado a la figura de Gustav Mahler por su enorme legado, pasión y trabajo sobre el maestro bohemio, que de seguir vivo desconozco cuántas reediciones más llevaría porque sigue siendo el compositor más programado en un tiempo que tardó en llegar pero ya se ha quedado para siempre.

La web del festival presentaba así este concierto:

Muerte, destino y redención
Importante debut en Granada de una de las orquestas asociadas a un director más relevantes de las últimas décadas en toda Europa: la Orquesta del Festival de Budapest e Iván Fischer. Con el concurso de la mezzo alemana Gerhild Romberger se sumergen en hondas aguas mahlerianas. Los Kindertotenlieder y la 5ª Sinfonía reflejan la dualidad vida-muerte. En los lieder, Mahler musicaliza la pérdida infantil (que sintió realmente Friedrich Rückert, el autor de los inquietantes poemas) con una orquestación íntima y conmovedora, mezcla expresiva de dolor y resignación. La Quinta, en cambio, es un viaje épico desde la tragedia hasta la redención. Su célebre Adagietto, expresión pura de amor, contrasta con la potencia y el dramatismo de los movimientos extremos. Ambos son testimonios profundos del alma humana y su lucha ante el destino.

Y todo resultó como podíamos esperar con un Palacio completo, caras conocidas, famosos de todo tipo pero sobre todo un Mahler increíble. Iván Fischer es uno de los grandes directores y con su orquesta lo demostró. Los húngaros tienen un sonido único con la disposición «vienesa» que al colocar los violines enfrentados y los contrabajos atrás en el centro logran abrazar a toda la orquesta. La formación al completo suena compacta, sedosa, matizada, donde poder escuchar todo lo escrito con nitidez y cada sección está completa con unos solistas de calidad suprema.

Comenzar con los Kindertotenlieder ya supuso la prueba de fuego porque estos lieder orquestales requieren sutileza, realzar todo el dramatismo que la mezzo alemana Gerhild Romberger puso en cada uno de los cinco poemas de Rückert en su lengua vernácula, y un Fischer no solo concertando sino mimando y completando este Mahler doliente. Aunque el registro grave de la alemana pasase por problemas de volumen, el maestro húngaro pulió hasta el más mínimo detalle los matices para ir creciendo en intensidad emocional para una excelente interpretación de una primera parte grande que prepararía la inmensidad de la segunda.

Engañosa aceptación

He aquí un programa en el que se establecen las principales coordenadas del arte mahleriano, tantas veces sumido en la emoción de los sentimientos más hondos expresados en sones de una honda repercusión humana. Fue Federico Sopeña, siempre fervoroso mahleriano, quien dijo, muy literariamente, aquello de que el músico bohemio había metido sus manos en la fuente de las aguas cristalinas del lied schubertiano o schumaniano, o incluso brahmsiano, y las había traído manchadas de sangre. Hay, es cierto, en estas canciones un mundo de sufrimientos, de crueles ironías, de tragedia; pese a que ésta venga traspasada por un sentimiento de pretendida serenidad, de aceptación incluso.

El ciclo Kindertotenlieder se estrenó en Viena el 29 de enero de 1905 por el barítono Friedrich Weidermann y miembros de la Filarmónica en el curso de un concierto organizado por Schoenberg y Zemlinsky. La primera canción, Nun will die Sonn’ so hell aufgehn, emplea un tema ondulante y largo, contrastado en el sexto verso por una dramática derivación. El glockenspiel emerge en la última estrofa con el contrapunto de fagot y corno inglés, resaltando, en palabras de La Grange, «el tono de dolor lancinante pero contenido». El mismo curso de lentitud dolorosa sigue Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen, que trabaja sobre un motivo de cinco notas enunciado por los violonchelos, que Goldet conecta con el de la mirada de Tristán y que es desarrollado por la voz pronto, en la palabra schicke (segunda estrofa), encaramada a un luminoso fa agudo.

Un austero contrapunto a dos voces del corno inglés y el fagot, con pizzicati de los chelos, se instala al comienzo de esa especie de plegaria que es Wenn dein Mütterlein. En realidad, si bien se mira, excepto el último, estos lieder funcionan como singulares y poéticas marchas fúnebres. Goldet alaba la magnífica técnica de fusión tímbrica puesta en práctica por Mahler en el siguiente lied, Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen, en el que prevalece un intervalo de sexta. La tónica, sin embargo, la establece el maravilloso y cantabile motivo inicial expuesto cálidamente por la cuerda. En contraposición, el último lied, In diesem Wetter, posee una movilidad muy acusada. Se abre con un Allegro nervioso envuelto en una furiosa orquestación en la que todo rechina. Se levantan auténticas chispas en este retrato de una tempestad desaforada.

Con la angustia y dolor mahleriano, llegaría una segunda parte soberbia por todos y cada uno de los cinco movimientos. Hace años que repito «no hay quinta mala», y con una orquesta como la del Festival de Budapest y el maestro Fischer, lo escuchado esta novena noche de festival se quedará en mi memoria, y son muchas las veces que he podido disfrutar en vivo «La Quinta de Mahler», creo que la más programada, pero con la intensidad, claridad, entrega y sonido no tengo otra. Vuelvo a dejar las notas de Don Arturo sobre esta inmensa quinta húngara en Granada:

Pocas obras tan adecuadas para culminar este concierto mahleriano como la Quinta sinfonía en la que el compositor, subrayaba Pérez de Arteaga, se sintió más heredero de Beethoven que nunca. El do sostenido menor del inicio va variando y viajando a otras tonalidades a medida que la obra avanza. El primer movimiento tiene una relativa forma de sonata. El segundo contrasta dos secciones contrapuestas, una tempestuosa y otra serena. En el Scherzo se abre un tempo de vals con la trompa como instrumento obligado. Sopeña hablaba de «melodía abrazadera» al referirse al célebre Adagietto. «Uno de los más conspicuos cantos de amor ideados por el músico». Y eso que puede rozar, dependiendo de la interpretación, lo cursi. El Finale se ha definido en ocasiones como «singular diablura contrapuntística». Silbermann resumía así, muy brevemente, la obra: «De la tristeza que acompaña a la desesperanza de un cortejo fúnebre (primer movimiento) somos llevados con la mayor vehemencia (segundo) a una lucha exigente y (tercero) a una energía dominante. Un instante de tranquila meditación interrumpe (cuarto) las impetuosas

No solo suscribo todo lo anterior que Reverter nos dejó por escrito, es que la cuerda húngara sonó precisa, aterciopelada y enérgica, siempre presente con unos pizzicatti rotundos, los balances logradísimos no solo por la colocación ya citada sino por asimilar cada cuerda lo que Fischer iba indicando con una verdadera definición de «tener mano izquierda». La acústica palaciega que con otras orquestas no parece ayudar, con los de Budapest no hubo problema porque se pudieron apreciar unas dinámicas extremas y la pulcritud de todos y cada uno de los músicos, gracias a un Maestro con mayúsculas, siempre contenido en el gesto, de batuta más florete que sable pero exigiendo para obtener la respuesta exacta. El famoso Adagietto sería uno de los momentos mágicos que cortaron la respiración, detuvieron toses, abanicos y comentarios, una sensación de respeto y silencio sepulcral por saber que estábamos viviendo algo único.

Pero si todas las maderas lucieron, especialmente clarinetes y oboes cincelando cada pasaje del color reflejado en la partitura por Mahler, los metales fueron perfectos de principio a fin, desde una tuba virtuosa y presente, los trombones broncíneos junto a las trompetas (con y sin sordina) espectaculares por empaste y tímbrica, para redondear las trompas que son la envidia de toda orquesta pues no hubo ni una nota «pinchada» o descolocada. Y colocar la solista al lado del director en el Scherzo nos permitió paladear toda la gama expresiva de un instrumento que no permite errar, con una gama dinámica total y colorida de matrícula de honor en un vals muy bien navegado por el Danubio que une Budapest y Viena con personalidad propia.

Podría estar toda la madrugada exponiendo emociones y sensaciones de esta Quinta a cargo de los húngaros, que sin mucha publicidad pero con el magisterio de su fundador han logrado armar una orquesta no solo perfecta sino convincente, con un Finale esperanzador tras tanto dolor hecho música.

PROGRAMA

Gustav Mahler (1860-1911)

I

Kindertotenlieder (Canciones sobre la muerte de los niños, para mezzo y orquesta. 1901-04). Textos: Friedrich Rückert (*):

Nun will die Sonn’ so hell aufgehn (1901)

Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen (1904)

Wenn dein Mütterlein tritt zur Tür herein (1901)

Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen! (1901)

In diesem Wetter, in diesem Braus (1904)

II

Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-02, rev. 1904-11):

I. Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt

II. Stürmisch bewegt, mit größter Vehemenz

III. Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell

IV. Adagietto. Sehr langsam

V. Rondo – Finale. Allegro – Allegro giocoso. Frisch

* Traducción de los poemas proyectada en los sobretítulos: Luis Gago.

Un arranque luminoso de la temporada

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Viernes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Mahler eterno, Abono I OSPA, Roman Simovic (violín), Pablo Ferrández (cello), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms y Mahler.

Este viernes otoñal arrancaba la 34ª temporada de abono de la OSPA y tercera del titular Nuno Coelho (Oporto, 1989) aunque todavía sin cubrir la plaza de concertino que volvía a tener de invitado a Aitor Hevia, más un programa con más conocidos desde hace años en la capital asturiana: el  concertino de la LSO Roman Simovic (1981), colaborador artístico esta temporada, y el chelista madrileño Pablo Ferrández (1991) que junto al director portugués mantuvieron un encuentro previo a las 19:15 en la sala de cámara, donde nos hablaron de lo que supuso el premio del concurso Tchaikovsky, del concierto doble de Brahms que interpretaría posteriormente y muchos le recordamos junto a Anne-Sophie Mutter (grabado para Sony©), el más difícil para él como es el triple de Beethoven, o sus incursiones en el género camerístico (esperando disfrutarle con su hermana Sara), especialmente con Janine Jansons que disfruta siempre, ensayando tres días intensamente antes de cada concierto, buen síntoma de amor y entrega por la música. Finalmente el maestro luso nos recordaría el inicio del Ciclo de Cámara, un concierto mensual que comienza este domingo a las 12:30 precisamente con el Octeto de Schubert donde también estará Simovic junto a siete músicos de la sinfónica asturiana.

Al fin un auditorio casi lleno, con colas para sacar las entradas que retrasaron casi un cuarto de hora el inicio del concierto, y una breve introducción del titular dando la bienvenida a una ilusionante temporada que se ha titulado como «Música para el paraíso», y con dos compositores para testear el buen estado de la OSPA junto al maestro portuense que ya conoce al detalle su orquesta, trabajando duro y comprobando la calidad de esta formación que está en su momento dulce, madura y entregada en unos tiempos no siempre buenos para la sinfónica pero que con su música nos vuelven a hacer olvidar y disfrutar.

Para la primera parte nada menos que el Doble concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102 (1887) de Brahms (1833-1897), su despedida de la música sinfónica que tiene todo el dominio orquestal y el buen gusto camerístico con dos solistas que se entendieron a la perfección y una buena concertación desde el podio. La entrada de Ferrández con su Stradivarius Archinto (1689) en el Allegro inicial llenó de poderío la sala principal, el Ex Nachez (1709) de Simovic no se quedó a la zaga, y la sonoridad orquestal mantuvo en su sitio tanto los planos sonoros como los tempi siempre ajustados por el director portugués. La joya del Andante sonó cual lied, las tres notas (la, re, mi) que van tejiendo y creciendo ese ambiente lírico con dúos solistas encajados y el «arrullo» sinfónico antes del Vivace non troppo más reposado de lo indicado pero igualmente brillante a cargo de todos, con un éxito que obligó a saludar hasta cinco veces pero sin propinas dada la extensión del concierto. Si el chelista madrileño tiene más que asimilado este «Doble de Brahms«, el montenegrino afincado en Londres contagia alegría y buen gusto, empuja a todos y hasta el «duelo de arcos» resultó de una elegancia extrema. Coelho sacó de todas las secciones el colorido ideal así como un sonido consistente, bien empastado y casi el mejor «calentamiento» para la Quinta de Mahler.

Ramón Avello en las notas al programa define la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-1903) de Mahler (1860-1911) como «Síntesis de lo trágico y lo jubiloso: viaje de la oscuridad a la luz o autobiografia a través de la polifónica», música absoluta para esta págiba que como siempre digo «no hay quinta mala», con una plantilla bien reforzada para la ocasión y sin fisuras en ninguna sección. Una sinfonía que marcará el comienzo de una nueva fase creativa con tres partes y cinco movimientos:

  • Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt.
  • Stürmisch bewegt. Mit grösster Vehemenz.
  • Scherzo. Kräftig, Nicht zu schnell.
  • Adagietto. Sehr langsam- Attaca.
  • Rondo-Finale. Allegro-Allegro giocoso. Frisch.

Si los tres primeros suponen la expresión de dolor, los dos últimos alcanzarán la luz vital tras un viaje que comienza en la oscuridad interior. Desde la marcha fúnebre inicial, con un un impecable solo de Maarten van Weverwijk, el maestro Coelho optó por pintar cual Klimt cada color, sacando brillo a los dorados o jugando con una amplia gama de ocres, vientos llenos de matices y una cuerda delineando cada motivo, manteniendo una pulsación pausada para paladear una música intensa. Lo tormentoso del segundo movimiento estuvo lleno de contrastes emocionales y dinámicos, una cuerda tersa, limpia y acoplada, metales redondos y rotundos, maderas cristalinas, percusión ajustada y sobre todo una musicalidad bien entendida y marcada por el director, jugando con el rubato justo y una amplia gama de matices. La alegría del scherzo con aires de vals y «laendler» vienés nos traería el magnífico solo de Javier Molina en un sexteto de trompas que cuajó uno de los mejores sonidos que recuerdo, sumando todo el metal, una cuerda donde una tarima para los contrabajos hubiese reforzado los graves, pero homogéneas todas las secciones, al fin un pizzicato presente y encajado, y con una compenetración con la batuta muy destacable. El «cinematográfico Adagietto» volvió a enamorar como Alma a Gustav, una cuerda sedosa con el arpa de Mirian del Río, manteniendo un tempo giusto que nunca decayó pese a lo melancólico, y ese final luminoso y alegre del Rondó, con ese tutti sinfónico que avanza cual montaña rusa, dejándonos una fuga algo embarullada pero que transmitió la alegría de vivir cerrando este viaje sentimental y musical, una primera y esperanzadora etapa ya con ganas del abono segundo («Arquitectura hecha música») tras la Arabella operística, allá para el 29 de noviembre donde sonará otra Quinta, la de Bruckner en su bicentenario.

Mäkelä transfigura la noche granadina

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Sábado 29 de junio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada. Palacio de Carlos V, Conciertos de Palacio: Orchestre de Paris, Christiane Karg (soprano), Klaus Mäkelä (director). Obras de Schoenberg y Mahler. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Llegaba al Palacio de Carlos V uno de los conciertos más esperados de esta edición, en parte por el mediático y joven director finlandés, pluriempleado pero con la orquesta de la que es titular desde 2021, el tándem Klaus Mäkelä (Helsinki, 1996) y Orchestre de Paris que me dejaría una buena impresión con dos obras donde poder comprobar en vivo cómo funcionan.

La Noche transfigurada de Schoenberg puso a prueba toda la cuerda parisina y a un Mäkelä de estilo único con una orquesta a la que le exige y responden. El director finlandés, de gestualidad clara, potente, por momentos hasta exagerada pero eficaz, hizo con su formación verdadera magia con un concertino cómplice (me pareció Andrea Obiso pero las caras no son las habituales de la web, con Eiichi Chijiwa de ayudante) y el viola Nicolas Carles que «rivalizaron» en protagonismos. De la obra, las notas al programa de Justo Romero tituladas Noche y luz expresan muy bien la génesis: «Noche transfigurada nace en 1899, en formato de sexteto de cuerdas e inspirado por el introspectivo poema homónimo de Richard Dehme, que narra los sentimientos y reacciones derivadas de la confesión de una mujer que revela a su pareja, «durante un paseo por un bosque bajo el claro de luna», estar embaraza de un extraño. Pronto se convirtió en la primera obra relevante de Schoenberg, quien estructura la traslación sonora en tres episodios: el primero describe el dolor y desasosiego de la mujer al contar su estado; el segundo es un “interludio” que refleja los sentimientos contradictorios del hombre al conocer los hechos, y, finalmente, un desenlace de amor y aceptación, hermano casi gemelo del de la Cuarta de Mahler. «¡Mira cuan claro el Universo reluce! Hay un brillo alrededor de todo», cuenta Dehme y musica Schoenberg en un lenguaje aún tonal, deudor del cromatismo wagneriano, en el límite de la consonancia y la armonía. El arreglo para orquesta de cuerdas data de 1917, y fue revisado en 1943, en la versión que hoy se escucha en la sonora noche del Carlos V». Conseguir que la gruesa cuerda parisina suene camerística es un arduo trabajo pero con Mäkelä todo parece fácil, una mano izquierda que moldea el sonido y la batuta casi como un sable para herir, junto a su contorsionismo sobre el podio, con un resultado aceptable en los tres episodios. Tímbrica y color en unos violines compactos, homogéneas las violas más unos graves siempre rotundos (calcular a partir de ocho contrabajos), con una interpretaión rica de matices y expresividad transfigurando esta noche de San Pedro y San Pablo como prólogo bien buscado para un Mahler luminoso y celestial.

Tras la pausa en este concierto en «la Viena granadina» llegaba mi esperada Cuarta de Mahler con la orquesta al completo, buenas maderas y metales contenidos que fueron creciendo en entrega y sonoridad a lo largo de los cuatro movimientos. Las notas de de Justo Romero analizan esta sinfonía: «Como era costumbre en Mahler, la Cuarta sinfonía fue escrita durante las vacaciones veraniegas, en 1900. Tiempo feliz y fructífero, en el que ocupaba el cargo de director de la Ópera de Viena y el futuro estaba abierto a todo. Tiempo de amor, dirección, expansión y creación. De ahí acaso, el aire sereno y desenfadado de esta sinfonía que se aparta de la grandilocuencia de las dos precedentes para acercarse a una sonoridad menos apabullante, que, desde la evidente distancia, parece tornar la mirada a Mozart. Quizá por eso, el público muniqués que asistió al estreno –el 25 de noviembre de 1901, dirigido por el propio Mahler–, y que esperaba una nueva “catedral sinfónica” al modo de las dos sinfonías precedentes, recibió la obra fríamente», pero el granadino fue emocionándose y corroborando que el tiempo de Mahler ha llegado, recordando toda la noche a mi querido Pérez de Arteaga a quien precisamente conocí hace años aquí  mismo recién publicado su libro. Seguramente hubiese disfrutado como casi todos, pues Mäkelä sin cumplir los 30 años no solo apunta maneras sino que la madurez y dominio con el que se enfrentó a esta Cuarta le corrobora como un director en la cumbre en este primer cuarto de siglo.

Romero continúa explicando que «Frente a las dos sinfonías precedentes, la Cuarta retoma el esquema tradicional en cuatro movimientos. Aquí, todo aparece más sustanciado y ligero, tanto en su contenido musical como conceptual. Claridad meridiana y clásica. Sin trombones ni tuba, ni coro ni efectos desmesurados. La infancia y su sencillez como celebración de la vida celestial e ingenua aparecen sin el drama próximo de los Kindertotenlieder. En los tres primeros movimientos todo parece concebido para conducir amablemente al estado de gracia beatífica del canto final. Visiones triviales desprovistas de conflicto. Ensueño que pronto se desvanecerá en la contingencia de la realidad. El desenlace de las llamadas sinfonías Wunderhorn, de la feliz «trompa mágica del niño» es inexorable (…) Historias de una vida». La orquesta parisina cambió de viola principal (Florian Voisin), el concertino jugó con dos violines para jugar con los ataques y tímbrica mahleriana y toda la cuerda mantuvo, e incluso mejoró, el nivel mostrado en Schoenberg, con Mäkelä mandando sobre este Mahler pletórico de expresión, de rubati, de tensiones y dinámicas amplias hasta llegar al Ruhevoll, poco adagio mágico, cortando la  respiración, flotando, sujetando el tempo casi como en la «Quinta de Visconti» viendo a Dirk Bogarde chorrearle el tinte por la cara mientras moría en la tumbona del Lido veneciano, esta vez cual «Muerte en Granada» que tendría final feliz, angelical hasta en la aparición de la soprano alemana Christiane Karg ubicada en el primer piso, voz ideal para el bohemio, proyectándola sobre la orquesta y mimada por un Mäkelä que despertó «los sentidos para que todo renazca con alegría».

Ejerciendo un poder casi magnético fui  perdiendo prejuicios para comprobar una musicalidad innata dominando la obra que apenas necesitaba mirar el atril, pasando hoja delicadamente para no enturbiar el sonido de sus parisinos plenamente entregados al finlandés hasta llegar a un final sobrecogedor, manteniendo los brazos tanto tiempo arriba que ni un murmullo se escuchó antes del estruendoso aplauso final para el director y su orquesta, sin olvidarnos de la soprano aún en el cielo tras este angelical Wir geniessen die Himmlischen Freuden. Sehr behaglich que recordaré mucho tiempo.

PROGRAMA

-I-

Arnold Schoenberg (1874-1951):

Verklärte Nacht, op. 4 (Noche transfigurada, orq. 1917, versión 1943)

-II-

Gustav Mahler (1860-1911):

Sinfonía nº 4 en sol mayor (1899-1901):

Bedächtig, nicht eilen

In gemächlicher Bewegung, ohne Hast

Ruhevoll, poco adagio

Wir geniessen die Himmlischen Freuden. Sehr behaglich

Una Resurrección para 25 años

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Sábado 8 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario 25 aniversario del Auditorio «Príncipe Felipe»: Slávka Zámecníková (soprano), Fleur Barron (mezzo), OSPA, OFIL, Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Nuno Coelho (director). Mahler: Sinfonía nº 2 en do menor, «Resurrección». Butaca de patio: 15 €.

Hace años que el «tiempo de Mahler» ha llegado, siendo el compositor que más grabaciones de sus obras tiene y uno de los más programados, así que nada mejor para conmemorar las Bodas de Plata del Auditorio de Oviedo que con su monumental segunda sinfonía, «Resurrección», uniendo las dos principales orquestas asturianas que llenan gran parte de la programación en este edificio de Rafael Beca sobre los antiguos depósitos de agua de «La Viena Española», como en 2017, un sábado casi invernal con buena entrada (pese al partido de promoción del Real Oviedo), y el titular portugués de la OSPA al frente (con Aitor Hevia nuevamente de concertino), volviéndome mis recuerdos de hace casi 16 años donde el «Coro de la Fundación» interpretaba esta misma sinfonía con la entonces premiada Orquesta del Sistema venezolano bajo la batuta de un Dudamel que comenzaba una meteórica carrera que últimamente parece haberse estancado.

Difícil unir dos formaciones para esta sinfonía pero el maestro Nuno Coelho puso todas las herramientas para conseguir una más que aseada versión, aunque las distintas secciones no estuviesen del todo ajustadas con un inicio titubeante pero que a medida que la obra avanzaba la complicidad entre todos se notó y fue de menos a más como la propia Segunda Sinfonía, de la muerte a la vida.

Si el primer movimiento son esos «Ritos fúnebres», la oscuridad y contrastes se alcanzaron con un Coelho claro y preciso en los gestos y literalmente Con expresión totalmente seria y solemne, encajando este monumental arranque que como escribe la doctora Cortizo «expresando la lucha del hombre ante su inexorable destino: la muerte», una lucha desde el podio cargada del dramatismo mahleriano con silencios subrayando esa oscuridad que planea en estos Totenfeier y que la OSPA+OFIL fue creciendo en entrega.

El sosiego y tranquilidad llegaría en länder del segundo movimiento, la cuerda aterciopelada, expresiva, con un sonido muy cuidado bien secundado por la madera, siempre un seguro en las dos formaciones, gama amplia de matices marcados al detalle por el maestro Coelho, con buen balance para esta masa sinfónica sin perder las líneas melódicas, destacando un redondo «pizzicatto» contestado por un flautín digno de estudio ornitológico.

Y como siguiendo el guión indicado en la propia partitura, un tercero «tranquilo y fluido», diálogos de maderas exquisitas con una cuerda cristalina en un tempo para disfrutar el Mahler que habita entre nosotros de su canción Des Antonius von Padua a los peces sobre unos de los poemas de «El cuerno mágico de la juventud», un scherzo optimista que Coelho dibujó con su precisión habitual, contrastes voluptuosos muy logrados, perfilados más que dibujados, haciendo brillar a esta gran orquesta astur.

La esperada canción “Urlicht» (“Luz primordial”) subió enteros gracias a la ya conocida mezzo Fleur Barron de emisión increíble, color vocal ideal para Mahler, dicción perfecta y unos graves de diamante (por el brillo y dureza) sin perder nunca homogeneidad e impregnando de emoción y complicidad en el acompañamiento de Nuno Coelho o en el dúo con Aitor Hevia, mimando las dinámicas sabiendo hasta dónde llegar para no perdernos este cuarto movimiento que dice «El buen Dios me dará un poco de luz, ¡me conducirá a la vida eterna!», luces tenues, casi párvulas en los metales mecidos por una cuerda de seda, esperanzador viaje de la muerte a la vida preparando la «Resurrección» final con un corno inglés lastimeramente bello.

Y si el primer movimiento es monumental aún más el quinto, sublime, con el coro empastado, piano junto a la eslovaca Slávka Zámecníková (1991), otro ‘descubrimiento’ perfecto para completar este torbellino emocional y misericordioso de esta segunda para las bodas de plata: volumen penetrante sin forzar,  presente, delicada, sobrevolando desde detrás de las arpas y delante del coro (junto a la mezzo irlandesa en feliz empaste de ambas), Coelho sacando lo mejor de los músicos, tanto la banda externa de trompas y trompetas en las alturas como en un escenario con la caja escénica abierta para acoger este ejército sinfónico. El resplandor del poema de Klopstock brillante, impactantes los metales y percusión del Dies Irae, la montaña rusa de sensaciones con dinámicas extremas, el coro con esta obra en sus genes, interiorizada y muy trabajada en todos los aspectos, avanzando hacia el final ya en pie para un Finale que sigue poniendo la carne de gallina y haciendo subir las pulsaciones ante las últimas palabras que «levantan el vuelo» y nos hacen morir para vivir. Otra Resurrección asturiana a la espera de mi deseada Octava…

PROGRAMA

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 2 en do menor, “Resurrección” (1895)

I. Totenfeier (Ritos fúnebres). Mit durchaus ernstem und feierlichem Ausdruck
(Con expresión totalmente seria y solemne). Allegro Maestoso

II. Sehr gemachlich (Muy tranquilo). Andante moderato

 III. In ruhig fliessender Bewegung (Con un movimiento tranquilo y fluido)

IV. Sehr feierlich, aber schlicht (Muy solemne, pero sencillo)

“Urlicht” (“Luz primordial”)

V. Im Tempo des Scherzos. Wild herausfahrend (En el tempo del Scherzo. Salvajemente conduciendo hacia adelante)

“Aufersteh‘n” (“Resurrección”)

Mahler para 25 años de Auditorio

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Este lunes 27 de mayo a las 11:30 horas tenía lugar en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo la presentación a los medios de comunicación de los dos conciertos extraordinarios con motivo del 25 Aniversario del «Auditorio Príncipe Felipe», que se celebrarán los próximos días 8 y 28 de junio.

La OSPA y Oviedo Filarmonía se unirán de nuevo en dos conciertos con Mahler de protagonista. Tomaba la palabra en primer lugar David Álvarez Menéndez, Concejal de Cultura y presidente de la Fundación Municipal de Cultura (FMC) para recordar la efemérides y repasar por alto quién fue Don Gustavo y las sinfonías corales del bohemio de las que en Oviedo sólo nos queda la número 8 «De los Mil», que llevo años pidiendo a SSMM cada víspera de Reyes, como le recordé, esperando cumplir el sueño en esta legislatura. Las tres requieren gran cantidad de efectivos pero en «La Viena española» todo es posible.

Antón García Fernández, director general de Acción Cultural y Normalización Llingüística también hacía referencia al primer cuarto de siglo del auditorio diseñado por Rafael Beca que los que ya peinamos canas todavía recordamos los depósitos de agua que aún conservan parte en esta sala (dándole además una acústica ideal), veinticinco años con una programación de altura que ha puesto a la capital del Principado en el mapa de los grandes conciertos.

Ana Mateo Martín, gerente Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), que estaba «en su casa» como sede de la formación desde la inauguración, bromeando con la infraestructura que suponen estas dos sinfonías para celebrar las Bodas de Plata del Auditorio, aceptando el reto del concejal y recordando anteriores colaboraciones con la formación ovetense.

María Riera, directora general de la FMC también recordó la unión de ambas orquestas no solo en estos conciertos, como La consagración de la primavera de Stravinsky, la Sinfonía alpina de R. Strauss o la Sinfonía nº 7 «Leningrado» de Shostakovich entre otras, sino también en la Ópera de Oviedo, contabilizando nueve colaboraciones como Sigfrido y el último El ocaso de los dioses de Wagner con sus cuatro representaciones, y recordó que las entradas se pondrán a la venta a partir de mañana martes 28, con precios asequibles de 15€ en butaca y 10€ en anfiteatro, con la posibilidad de abonarse a los dos conciertos por 27€ y 18€ respectivamente, con un 10% de descuento.

El sábado 8 de junio a las 20:00 horas, OSPA y OFIL volverán a interpretar la Sinfonía nº 2, «Resurrección» junto a la soprano Slávka Zámecnniková, la mezzo Fleur Barron que vuelve a Oviedo, el Coro de la Fundación Princesa de Asturias que dirige José Esteban García Miranda (aún recuerdo esta misma sinfonía en 2008 en los inicios del blog, o la de hace 7 años con Pablo González, un mahleriano reconocido) y todos ellos, en torno a unos doscientos intérpretes, bajo la batuta del titular de la OSPA, Nuno Coelho, como anfitrión de este primer Mahler de junio.

Y el viernes 28 de junio a la misma hora, sin moverse del Auditorio y «devolviendo» visita será el titular de la OFIL el onubense Lucas Macías quien llevará la dirección de la Sinfonía nº 3 en re menor con la OSPA, la mezzo Dame Sarah Connolly más los coros Aurum y Peques del León de Oro (LDO) que dirige Elena Rosso, la mejor cantera vocal asturiana.

Por causa del Covid nos quedamos sin otro Mahler conjunto para la Sinfonía nº 9 en re mayor programada para el  día 26 de junio de 2020 con Lucas Macías, pero dado que ya llegó el «tiempo de Mahler», no faltarán más sinfonías de mi querido Don Gustavo, esperando por esa Octava «De Los Mil» que aún no ha sonado en Oviedo, esperándola como un niño de 12 años.

Del mar a la tierra

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 OSPA FEST, East West II: Fleur Barron (mezzo), Benjamin Bruns (tenor), OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Du Yun y Mahler.

La OSPA es una fiesta y volvía con estos conciertos «Este-Oeste» (del que me perdí el octavo de abono) en cuanto a la fusión de músicas desde Oriente a Occidente, una de las apuestas del titular que organiza los conciertos con mimo, preparación y entrega. Así para el noveno se unía la compositora de Shanghai Du Yon (1977) que triunfa en EE.UU. y el siempre actual Mahler con esta sinfonía de seis lieder como es «La canción de la tierra» (Das Lied von der Erde) con textos de poemas chinos de la antología «La flauta china» (Die chinesische Flöte) compilada por Hans Bethge, bien hiladas ambas con una orquesta perfecta para ambas páginas y sin descanso porque los noventa minutos formaban esta unidad East-West sin cesura.

Y como ya es costumbre, a las 19:15 en la Sala de Cámara tenía lugar el encuentro de Fleur Barron y Nuno Coelho con los habituales, siendo interesante cómo se conocieron ambos en los Estados Unidos y se ha mantenido esta amistad que les daría la complicidad necesaria para Mahler, lo que supone esta colaboración en distintos formatos como han sido «Joy» el pasado día 13 con Julius Drake (piano) y Max von Pfeil (cello) donde unió cantos de Lorca o Falla con canciones chinas (que conoce por su madre) o el floklore de Brahms, y este sábado en el Museo Casa Natal de Jovellanos con parte del Kaleidoscope Chamer Collective, otra combinación de amistad y canciones de oriente a occidente con este grupo, que también me perderé por otros compromisos. Un esfuerzo no solo vocal sino mental el de Fleur Barron transitar en una semana por repertorios y formaciones tan distintos pero unidos, como bien nos contó, por la pasión y la emoción, así como poder disfrutar de nuestra tierra acompañada por su madre.

Sobre Kraken de la china Du Yun aunque afincada en los EEUU, se estrenó en 2012 por la Detroit Symphony Orchestra dirigida por Leonard Slatkin, con una gran plantilla y una interesante orquestación donde no faltan dos grandes kits de percusión y utilizando dos mirlitones (kazoos), sustituyendo a oboe y timbal, que deben “cantar utilizando la voz a través del instrumento”, extremadamente rubato con toda una paleta de recursos variados en esta compositora multi-instrumentista, activista, que ha pasado por distintos géneros y estilos pero que en esta obra muestra una trabajada exploración rítmica y tímbrica de cada instrumento, un lenguaje actual con reminiscencias de Hermann o Stravinsky por los efectos en las cuerdas o metales, aunque como sucede con nuestras actuales músicas sinfónicas, bien pueden ser bandas sonoras. El propio título que para muchos de nosotros es un calamar gigante, en este caso forma parte de una serie de obras de Yun sobre fábulas mitológicas: mitad dios y mitad demonio, un dragón marino elegido por representar el punto medio de la existencia humana, “recuerdo pasado del futuro, futuro del pasado” que la compositora china dice reconocer en ella misma y en su obra, como bien indica en las notas al programa la doctora Julia Mª Martínez Lombó. La obra se estructura, sin ser estrictamente narrativa ni programática, en tres capítulos consecutivos sin apenas separación y el maestro portuense fue indicando cada parte con precisión en una obra exigente precisamente por los muchos contrastes, rubati y hasta cadenzas reflejando «la figura que muta en el tiempo y cómo la materia se extiende, desdobla y disipa», tormentas marinas, profundidades oceánicas y toda una mitología sinfónica en esta interesante composición llena de tensión y fuerza para una interpretación detallista como en Coelho es habitual.

Antes de Mahler, el maestro presentó la obra y nos hizo saber la jubilación tras 30 años en la OSPA de Joshua Kuhl, coprincipal de contrabajos, al que hizo entrega de un ramo de flores y que deja un vacío que espero se llene con su otra pasión jazzística (sobre vacíos volver a comentar que seguimos con concertinos invitados, esta vez Łucja Madziar y ayudante Daniel Jaime).

Das Lied von der Erde es una sinfonía para tenor, contralto (o barítono) y orquesta, contando para esta ocasión con el tenor hamburgués Benjamin Bruns (sustituyendo al inicialmente previsto el escocés Nicky Spence) en los lieder impares y la mezzo británica Fleur Barron en los pares. El primero verdaderamente «mahleriano» por potencia, color, registro, cantando las partes alegres y jocosas en esta mitología dionisíaca o báquica, expresivo y suficiente este alemán capaz de sobreponerse a una orquesta que podría haberle tragado o convertirlo en el kraken inicial.

Por su parte la cantante nacida en Irlanda del Norte pero de nombre francés (porque su madre es una enamorada del país galo y en su Singapur natal anglófono la matriculó en el Colegio Francés), tiene un color ideal, en cierto modo oscuro pero con graves de contralto (una cuerda hoy casi en peligro de extinción), unido a una musicalidad innata que le permite afrontar, como comenté más arriba, repertorios muy variados. Para este Mahler terrenal, su voz resultó perfecta, expresiva y dulce para el otoño solitario, mas bella, lírica y conmovedora en esa larga despedida «para siempre» que te pone un nudo en la garganta.

Coelho que ya ha moldeado un «sonido OSPA», nos demostró no solo lo buen concertador que es, también el dominio total de una formación hoy casi gigantesca, con muchos refuerzos por la plantilla exigida pero que se integran sin problemas en cada sección con sonoridades camerísticas como exige esta partitura. De nuevo la madera estuvo inspiradísima, con un dúo de flauta y voz casi operístico, las intervenciones solistas de oboe, corno, clarinete o fagot capaces de pasar de la exaltación al dolor, unos metales broncíneos tan necesarios para este Mahler, la percusión sin crecerse en las dinámicas que controla con mano firme el maestro portugués, y nuevamente la cuerda que ha recuperado la unidad sonora desde unos matices extremos que no pierden presencia en ningún momento. Esta «otra sinfonía» compuesta en los peores momentos anímicos de Mahler nos hizo pasar de nadar en el fondo marino a pisar la tierra con la misma esperanza del compositor bohemio, «De la brevedad de la vida» de nuestro Séneca reflexionando sobre lo efímero de la belleza, vida y muerte, transcendencia llena de contrastes hechos música, de primavera y otoño simbólicos que nos llevan a esa larga despedida (ewig, para siempre) cantada, susurrada por momentos por una Barron sentida y dilatando hasta el último hálito con Coelho aguantando los brazos y el público respetando un silencio solo roto por una merecida y larga ovación. Esperemos que cada concierto siga siendo una fiesta de calidad y apuestas por repertorios tan poco habituales.

PROGRAMA

Du Yun (1977)

Kraken (2012)

Gustav Mahler (1860-1911):

«Das Lied von der Erde» (1908):

I. Allegro Pesante. Ganze Takte nicht Schnell. «Das Trinklied vom Jammer der Erde» (Canto báquico de la aflicción de la tierra).

II. Etwas Schleichend. Ermudet. «Der Einsame im Herbst» (El solitario en otoño).

III. Behaglich heiter. «Von der Jugend» (De la juventud).

IV. Comodo. Dolcissimo. «Von der Schönheit» (De la belleza).

V. Allegro. Keck, aber nicht zu Schnell. «Der Trunkene im Frühling» (El borracho en primavera).

VI. Schwer. «Der Abschied» (La despedida).

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