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Entre la zozobra y la esperanza

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Miércoles 4 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto inaugural del Ciclo “Conciertos del Auditorio”: Vox Luminis XL, Camerata Salzburg, Lionel Meunier (bajo y dirección musical y artística), Gregory Ahss (violín y dirección musical), Gwendoline Blondeel (soprano), Marie Henriette Reinhold (mezzo), Raffaele Giordani (tenor), Sebastian Myrus (bajo). Obras de F. J. Haydn y W.A. Mozart. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Noviembre marcaba el inicio de un ciclo plenamente consolidado en Oviedo, que sigue situando a la capital asturiana en el mapa de los grandes acontecimientos musicales con solistas y formaciones internacionales. Para inaugurar esta nueva temporada llegaban el conjunto vocal belga Vox Luminis y la veterana Camerata Salzburg (que cumple 75 años) reunidos por primera vez en un proyecto común bajo la coordinación de sus respectivos responsables, Lionel Meunier y Gregory Ahss. Una gira española de apenas tres citas, con paradas previas en el Auditorio Nacional de Madrid y el Teatro de la Maestranza de Sevilla, que recalaba finalmente en el Auditorio ovetense con dos monumentos de la música sacra del clasicismo: la Missa in angustiis, conocida también como Misa Nelson, de Haydn, y el Requiem en re menor de Mozart.

Una velada marcada desde su comienzo por el recuerdo a las víctimas del trágico accidente ferroviario de Urda (Toledo), a quienes se dedicó el Requiem mozartiano, y también a la compositora Marisa Manchado, tan vinculada a Oviedo por su ópera La Regenta, fallecida en el fatal accidente. La música adquiría así una dimensión que trascendía lo estrictamente artístico, devolviendo a estas páginas litúrgicas su sentido más profundo de recogimiento, duelo y esperanza.

A Vox Luminis, formación fundada en 2004 por el bajo francés Lionel Meunier, ya habíamos tenido ocasión de disfrutarla en Oviedo, tanto en este mismo ciclo con The Fairy Queen, en marzo de 2022, como en la clausura de la XII Primavera Barroca de 2025. Esta vez comparecía en formato ampliado, bajo la denominación XL, aunque finalmente fueron 29 voces más el propio Meunier las que ocuparon el escenario, lejos de las cuarenta que cabría esperar por su nombre (y talla M más que XL). Una dimensión coral, en cualquier caso, suficiente para afrontar estas dos grandes partituras junto a una Camerata Salzburg que mantiene intacta su personalidad y solvencia estilística.

La peculiaridad del proyecto estaba también en su dirección compartida, sin un maestro convencional en el podio: Meunier conducía desde la sección de bajos con gestos mínimos, mientras Gregory Ahss, desde el puesto de concertino, asumía buena parte de la responsabilidad musical, levantándose de su atril cuando era necesario para asegurar las entradas y la cohesión de los conjuntos. Un procedimiento que exige músicos de enorme oficio y capacidad de escucha, y que, pese a las dificultades que puede entrañar, funcionó con notable solvencia en Oviedo.

La primera parte estuvo dedicada a la Missa in angustiis (Hob. XXII:11), escrita por Franz Joseph Haydn en 1798, en unos momentos especialmente convulsos para el Imperio austríaco por las campañas napoleónicas. La denominación original, «Misa para tiempos de angustia», resulta suficientemente expresiva de aquel contexto, aunque la obra terminaría siendo conocida popularmente como Misa Nelson, sobrenombre asociado a la victoria del almirante británico sobre la flota francesa en la batalla del Nilo y a su posterior visita a la corte de los Esterházy.

La disposición de los músicos ya anunciaba una lectura de marcado carácter historicista. La Camerata Salzburg presentó los metales naturales (trompas y trompetas), con una colocación de inspiración vienesa, los violines enfrentados, los dos contrabajos flanqueando las secciones de viento (de pie) y a la derecha en el fondo los timbales. La cuerda, y las distintas familias instrumentales dibujaban un espacio sonoro muy cuidado. A ambos lados se distribuyó el coro, en dos grupos enfrentados de catorce y quince voces, mientras el cuarteto solista ocupaba el centro, entre la cuerda y los vientos, con algunos de sus integrantes (soprano y bajo) adelantándose sobre un pequeño podio en el lugar habitual de los directores.

Una distribución que, lejos de perjudicar el resultado en esta ocasión, permitió que las voces solistas y el conjunto coral fluyeran por encima de la orquesta sin quedar tapados en ningún momento. La cuerda de la Camerata sonó limpia, ágil y perfectamente empastada, con unas maderas excelentes, especialmente el oboe, y unos metales naturales de afinación y brillantez admirables. El equilibrio entre las secciones, unido a una rica gradación dinámica, permitió disfrutar de una lectura donde el dramatismo y la energía del posteriormente llamado Sturm und Drang se dieron la mano con los momentos de mayor intimidad.

En el apartado vocal destacó especialmente la soprano Gwendoline Blondeel, de poderío extraordinario, emisión segura, fraseo distinguido y una coloratura resuelta con agilidad, pero también con un color penetrante y muy bello que sobresalía siempre con naturalidad. Una voz de enorme personalidad, capaz de combinar brillantez y delicadeza. No le fue a la zaga el bajo Sebastian Myrus, de registro amplio, con graves claros y unos agudos de color baritonal muy interesantes.

También cumplieron con solvencia la mezzo Marie Henriette Reinhold (no hay apenas contraltos hoy en día) y el tenor Raffaele Giordani, todos ellos integrantes de Vox Luminis, lo que da buena medida del nivel individual de una formación coral donde sus componentes pueden asumir con garantías las exigencias del cuarteto solista.

La misa discurrió entre la solemnidad del Kyrie, el impulso marcial de los pasajes corales y la luminosidad característica del Haydn maduro. El Gloria, el Credo y el Sanctus encontraron una respuesta instrumental de gran calidad, con especial protagonismo de los metales y los timbales, mientras el Benedictus aportó algunos de los momentos más recogidos y expresivos, antes de desembocar en la intensidad del Hosanna. Una interpretación de gran cohesión, con voces matizadas y una orquesta especialista en este repertorio, que hizo justicia a una de las grandes creaciones sacras del compositor austríaco.

Tras la pausa se procedió a reorganizar el escenario y colocar el órgano positivo en el centro para afrontar el Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart, K. 626. Se mantuvieron las mismas voces, ya sentadas en sillas cuando no intervenían, y la Camerata incorporó ahora los corni di bassetto, fagotes, trombones y trompetas naturales, con los instrumentos de viento distribuidos al fondo. Una instrumentación que, por su disposición y sonoridad, parecía anticipar la que Haydn utilizaría siete años después en su Misa Nelson.

Como bien apunta Alfredo Aracil en las notas al programa, estábamos ante «Dos visiones paralelas del temor y la incertidumbre en tiempos críticos», una coincidencia que, a la vista de los acontecimientos recientes, adquiría una dolorosa actualidad. El Requiem mozartiano, además, conserva intacta su capacidad para conmover desde los primeros compases, con esa mezcla de dramatismo, humanidad y misterio que acompaña a una de las partituras más universales de la historia de la música.

La lectura de Vox Luminis y la Camerata Salzburg mantuvo la línea de calidad de la primera parte, con un conjunto especialmente cuidado en el empaste y la articulación. El Introitus abrió el camino hacia un Dies irae de gran intensidad, mientras el Tuba mirum permitió lucir la sección de metales y sus intervenciones solistas. Mención especial merece el Rex tremendae, magníficamente encajado con la cuerda y de imponente respuesta coral, uno de los momentos más conseguidos de la noche.

También resultó interesante la elección de un tempo más ligero para el Lacrimosa, alejándose de la solemnidad casi monumental con la que tradicionalmente suele abordarse este número. Una decisión que puede sorprender inicialmente, pero que aquí aportó una lectura menos plañidera y más esperanzadora, sin renunciar a la emoción que encierra la página. El discurso desembocaría en la Lux aeterna, con la que se cerraba una interpretación de notable nivel, sostenida por la calidad de todas las secciones y por la personalidad de los solistas.

Las dos obras dejaron patente la extraordinaria calidad de los músicos convocados, aunque personalmente encontré en Haydn una mayor redondez y equilibrio global. El planteamiento de dirección compartida, con Ahss llevando el peso desde el primer atril y Meunier realizando discretas indicaciones desde el coro, no impidió que en Oviedo (a diferencia de Sevilla o Madrid) se consiguiera una buena coordinación y un balance muy satisfactorio entre las voces y la orquesta, como si el «rodaje» previo hubiera mejorado la interpretación. Una fórmula poco habitual para semejante contingente de intérpretes, pero que en esta ocasión ofreció resultados convincentes.

El público, que llenaba el Auditorio, respondió con una prolongada ovación, y los conjuntos ofrecieron como propina el delicado Ave Verum Corpus de Mozart. Un final de recogimiento absoluto, de exquisita sencillez y devoción, donde la música pareció detener el tiempo y encontrar su verdadero sentido en la emoción compartida. Si durante toda la velada habían dominado la zozobra y el dolor, esta última página dejó abierta una puerta a la esperanza.

Una inauguración de altura para los «Conciertos del Auditorio», con dos formaciones internacionales de referencia y un programa que, más allá de su indiscutible valor musical, nos recordó que la gran música sacra sigue siendo capaz de acompañar el duelo, dar voz a la memoria y transformar el dolor en belleza.

PROGRAMA:

PARTE I
Franz Joseph Haydn (1732–1809): Misa en re menor, Hob. XXII:11, «Missa in Angustiis» («Misa Nelson»):

I. Kyrie
II. Gloria
III. Credo
IV. Sanctus V. Benedictus VI. Agnus Dei

PARTE II
Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791): Requiem en re menor, K. 626:

I. Introitus: Requiem aeternam

II. Kyrie

III. Sequentia

1. Dies irae
2. Tuba mirum
3. Rex tremendae
4. Recordare, pie Jesu

5. Confutatis maledictis

6. Lacrimosa

IV. Offertorium
1. Domine Jesu

2. Hostias

V. Sanctus

VI. Benedictus
VII. Agnus Dei
VIII. Communio: Lux aeterna

Un viaje musical de muchos quilates

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Jueves 15 de octubre, 19:30 h. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. V Ciclo Interdisciplinar de Música Ciudad de Oviedo (CIMCO), KAMBRASS: «Un nuevo comienzo». Música de Jan Bach, Granados, John Cage, Dowland y Bernstein. Pinturas de César Frey (El Último Crío). Fotos de Pablo Piquero y propias.

Segundo de los cuatro conciertos del ciclo CIMCO que dirige y presenta en cada sesión Cristina Gestido, este jueves con KamBrass, un quinteto de metales fundado en Barcelona en 2017, cuya curiosidad y pasión por la música de cámara son incentivos compartidos por los cinco músicos de este proyecto, con galardones, premios y reconocimientos tanto nacionales como internacionales.

«Un nuevo comienzo» es una conmemoración de la Independencia de los Estados Unidos (1776) entendida no solo como un acontecimiento político sino como ese nuevo comienzo: el inicio de un espacio cultural «abierto al intercambio de ideas y a la libertad creativa», con un programa que recorre desde las raíces centroeuropeas anglosajonas hasta la consolidación de la identidad musical propiamente estadounidense a través de un diálogo transatlántico entre Europa y América.

Y siendo CIMCO un ciclo interdisciplinar de música de cámara en la capital asturiana, a él se sumaba el artista César Frey, alter ego de «El Séptimo Crío» (firma creada en el año 2000), cuya obra “Hypnothic” presidía el lado izquierdo del escenario, combinando la fuerza sonora de los instrumentos de viento con la posterior creación visual en directo en la sala de cámara del auditorio ovetense.

Nacido en Bruselas de padres asturianos, a los 10 años se vino a Piedras Blancas para al año siguiente trasladarse definitivamente a Mieres (salvo su estancia de un año en Logroño), y donde le hemos seguido en su amplia producción en paredes, locales comerciales sin olvidarme de las charlas didácticas al alumnado de todo Asturias en torno al Hip-Hop y el grafifti. Su trabajo gráfico más cercano a gran escala lo tenemos  a pocos metros del propio auditorio (en el polideportivo del Instituto Alfonso II), y sobre las tablas iría dialogando a lo largo de la velada con el desarrollo melódico de KamBrass.

El quinteto barcelonés abría la sesión con una original visión de La Folía, las Foliations (mezclando Folia y “variations”) del estadounidense Jan Bach (1937-2000) es una “metamorfosis escénica de este ritmo, nacido en la península como una danza frenética en el Renacimiento que derivó en un refinado esquema de variaciones en el Barroco, y su resurrección en el siglo XX a través de nuevas voces en la creación contemporánea para quinteto de metales”. Se estructura en un conjunto de 20 variaciones basadas en el célebre tema renacentista. Los movimientos inicial y final (como el coral y la fuga) están fijos, pero el orden de las variaciones intermedias queda a libre elección de los intérpretes. En las variaciones hay estilos muy diversos como la variación «Austrian», «Bumptious», «Arpeggione», «Rococo» o «La Caccia». Un derroche en esta intensa composición donde apreciar la calidad tanto de la partitura como de la interpretación a cargo del quinteto catalán. Tras la exposición del tema, sería Joan Pàmies el primero de los cinco intérpretes en presentar todas las variaciones, prosiguiendo cada miembro en este turno de palabra tan didáctico y siempre de agradecer.

Visiones tímbricas bien ensambladas con unos metales ricos en matices y fraseos en esta página original para quinteto de metales donde se respira un lenguaje musical propio pero inspirado en la herencia peninsular que también “cruzó el charco” para enriquecer una cultura aún joven ante la tradición occidental heredada, a la que los EEUU tanto nos debe.

Sería Enrique Granados el compositor que estrenaría en Nueva York sus “Goyescas” en enero de 1916, como bien presentaría Oriol Reverter, sin poder disfrutar de su éxito en nuestro país. Tras ser invitado a la Casa Blanca el 7 de marzo, hubo de posponer su regreso tres días, partiendo el 11 de marzo hasta Falmouth. El 24 de marzo zarparía de Londres en el vapor Sussex con rumbo al puerto francés de Dieppe, pero sería detectado por un submarino alemán y torpedeado por la armada alemana (en plena Primera Guerra Mundial), falleciendo ahogado en el Canal de la Mancha junto a su esposa Amparo Gal Lloberas a la que intentó salvar. Añado otra anécdota: tanto su hijo como su nieto Enrique Granados Aumacellas (1934-2018) fueron grandes nadadores ante la catástrofe vivida por su familia, llegando incluso a ser olímpicos. Buena conexión a los dos lados del Atlántico donde no podía faltar este triunfo español en la Gran Manzana.

El KamBrass nos ofrecieron primeramente tres de los ocho Valses poéticos (1. Melodioso, 3. Tempo de Valse Lente y 4. Allegro umoristico) en un exquisito arreglo propio, con juegos tímbricos alternando las distintas trompetas y el bugle, flugel o fliscorno a partir de los originales para piano. Un redescubrimiento sonoro como el impresionante Intermezzo lleno de color, percusión justa desde las llaves de la trompeta de Ocón, el flugel de Joan, la trompa aterciopelada de María, el trombón por momentos camaleónico de Xavier, y el sustento en el grave de un Oriol impecable también en sus solos. Musicalidad y perfecto entendimiento en cada fraseo y planos sonoros del quinteto en un merecido homenaje al malogrado compositor ilerdense que triunfaría en New York con una ópera todavía no suficientemente reconocida en nuestra patria.

Probablemente el momento más esperado sería Five de John Cage, presentado y explicado por Xavier Gil, preguntándonos qué es el tiempo. Contestó por nosotros: lo que une sonido y silencio, además con el juego del número cinco, que César Frey iría plasmando con el quinteto moviéndose por la sala y envolviendo con esa sonoridad propia  de este «ensemble» durante los cinco minutos que veíamos correr en el reloj digital situado en el centro del escenario.

Cinco voces, cinco instrumentos, cinco colores, cinco líneas de un pentagrama y cinco sentidos, perfecta sincronización de música y pintura, herencia yanqui pero plenamente imbricada en nuestros tiempos, el llamado “arte urbano” hecho camerístico y donde prevalecería la vista (tres ojos) sobre el oído (la oreja) que se iría destapando, situado a la derecha para ensamblarse dos caballetes en una sola obra (titulada «Sentidos») mientras KamBrass los enlazaba con las “Lágrimas” Flow my tears del renacentista inglés John Dowland, porque también lo anglosajón tiene arraigo en la cultura estadounidense, con un arreglo de Timothy Jackson sonando tan actual como el espectáculo audiovisual y camerístico de estos seis artistas, cinco catalanes y un mierense de adopción en esta “performance” única e irrepetible (que intento ilustrar con las fotos).

Larga y merecida ovación tras la enorme emoción por haber asistido a este espectáculo, antes de que Íñigo Ocón nos presentase una de las últimas obras escritas por Leonard Bernstein, su Dance Suite (1989) pensada para esta formación de quinteto de metales tan habitual en los EEUU y los países germanos, que poco a poco va encontrando intérpretes en nuestra tierra, caso de este joven y laureado quinteto catalán.

Cinco amigos, como los destinatarios de esta página de Lenny, los bailarines y coreógrafos Antony Tudor, Agnes George de Mile, Mijail Baryshnikov (Misha”, George Balanchine y Jerome Robbins, que se “negaron” a escenificarlo por la brevedad y variedad de los distintos estilos. Nuevamente la magia numérica y la herencia occidental en la siempre reconocible música del irrepetible Bernstein, con sordinas, glissandos y todos los recurso sonoros de estos metales con «muchos quilates».

Cinco breves movimientos evocando ritmos populares que KamBrass Quintet nos regalaron con la calidad de cada solista, todos participando en partes virtuosas bien cantabiles, derrochando musicalidad y como se dice coloquialmente “buen rollo” entre ellos, como lo sería la partitura y amistades del mayor músico estadounidense del pasado siglo en todas sus facetas.

Faltaba por presentar María Servera Montserrat, que lo haría agradeciendo a César Frey su implicación en el Five, a Cristina Gestido por su enorme labor en este CIMCO, y también al público presente (en menor número que los anteriores ante la amplia oferta en la capital asturiana) sin el que la música no tendría sentido interpretarse.

El regalo fuera de programa sería de nuestro Manuel de Falla, aún de aniversario (#150Falla) con la “Nana” de sus Siete Canciones Españolas en otro excelente arreglo de los propios KamBrass, buenos conocedores del buen trabajo de tantos arreglistas para esta formación de quinteto, como podemos comprobar en su CD “Developments” que pusieron a la venta al finalizar el concierto.

KamBrass Quintet:

Íñigo Ocón Sagastume y Joan Pàmies Magrané (trompetas)

María Servera Montserrat (trompa)

Xavier Gil Batet (trombón)

Oriol Reverter Curto (tuba)

PROGRAMA:

Jan Bach (1937-2000):

Foliations: Tema y variaciones sobre La Folía

Enrique Granados (1867-1916) -arr. Quinteto Kambrass- :

Tres valses poéticos

Intermezzo, de “Goyescas”

John Cage (1912-1992):

Five

John Dowland (1563-1626) -arr. Timothy Jackson– (1958):

Flow my tears

Leonard Bernstein (1918-1990):

Dance Suite

Nuberu de Oro

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Viernes 25 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto 50 aniversario de NUBERU, OSPA, Rubén Díez (arreglos y dirección). Músicos invitados: Jacobo de Miguel (piano), Pedro Pangua (flauta y gaita). Entrada: 25 €.

Mi juventud cumple años con Nuberu, Chus Pedro y Manolo (para la familia Jesús Pedro Suárez Fernández y Manolo Blanco Peñayos),  voz y guitarra de este dúo que nació en mi primer año de universidad cuando las pegatinas de “Camaretá” estaban adheridas en nuestras carpetas junto a la de Conceyu Bable y bandera de Asturias (mientras otros pegaban la de España), y la transición clamaba por una llingua que aún sigue sin ser oficial. El primer disco sigue entre mis tesoros y el tiempo nos fue llevando casi de la mano y haciéndonos perder pelo.

Giras por Asturias, la común amistad con el siempre recordado Manolo Quirós, las pausas de un Nuberu que suelta agua cuando vienen las tormentas, Chus solo con los teclados de Gabino Antuña y las percusiones de Julio Sánchez, vuelta al grupo donde estaba al bajo mi querido Carlos Fueyo en una formación sólida que recorrió medio Asturias, incluso recuerdo una suplencia por mi parte en un pub de Noreña tras un leve accidente de Gabino (que es como el tercer Nuberu), y muchos conciertos como espectador o en la RTPA.

Echando la vista atrás y casi sin enterarnos resulta que Nuberu cumple sus Bodas de Oro, tal vez la despedida verdadera, que medio siglo es mucho… Una celebración por todo lo alto y como los grandes con un “Nuberu Sinfónicu”. Para la ocasión, y con el auditorio lleno de varias generaciones, con gente de “les Cuenques”, entregada de principio a fin, una OSPA imponente con Rubén Díez al mando y sus arreglos a la altura del evento.

Con un poco de retraso arrancaba la OSPA con una obertura a modo de suite donde todos reconoceríamos parte del repertorio de Nuberu, desde la Céltica hasta ese himno minero grandioso del “Santa Bárbara bendita” aplaudido antes de acabarlo, al salir (lógicamennte por la izquierda ¡del escenario! Chus Pedro y Manolo antes de entonar el primer tema.

El sinfónico So vaqueiru del álbum “Atiendi, Asturies” (Fonomusic, 1980) demostró que la emoción no iba a faltar, la voz quebrada, los nervios, las respiraciones entrecortadas  para dar paso a La mula torda del primer LP “Asturies, ayer y güei» (1978). Arreglos cercanos a los originales ya grabados pero con la magia de una OSPA comandada por Daniel Jaime como concertino, quien también tendría unos solos impecables.

Chus Pedro siempre habla y Manolo escucha, 50 años con aquellos inicios apostando por la utopía, en parte como seguimos haciendo los de mi generación.

El chamiceru, también del mítico primer LP en Movieplay (y producido por Víctor Manuel) con Pedro Pangua de flautista , que se retiraría a buscar la gaita mientras Chus Pedro se remontaba al año 1977 recordando la muerte de Juan Muñiz Zapico (La Frecha, Pola de Lena 1941 – Reguera, 1977), Juanín represaliado sindicalista de CCOO que trabajó en Mieres (Talleres de Aguínaco). Todos cantando  interiormente la melodía «Qué probe quedó el ríu Huerna» de Al home de la unidá Xuanín esta vez solo con el punteo a la guitarra de Manolo en un arreglo donde predominaba la cuerda (arpa incluida), y el piano magistral de Jacobo de Miguel. La sonorización ya estaba perfectamente ajustada y el concierto avanzaba en silencio, con el respeto y admiración por este Nuberu dorado por los años.

Y sin perder emociones ni nostalgias, Chus presentaría la universal Santa Bárbara bendita que ellos recrearon como En el pozu Maria Luisa (del álbum «Mineros«, 1987), la voz desgarrada y coreada en el estribillo por un público que conoce todo el repertorio del dúo.

Presentaría Chus a su madre Delina, la biológica y la otra, la Madre  Tierra, con Jacobo solo introduciendo delicadamente el canto del emocionado hijo, antes de que la OSPA, con la gaita de Pangua, fuera arropando y creciendo en todos los sentidos, antes del retorno al inicio, un final acompañado solo por el piano.

Chus Pedro se definió como la propia canción popular de El Veleta, como la anterior del disco “Agua de la Fuente clara” (producido por Gabino Antuña en 1993) y “amaestáu al asturianu” en otro bellísimo arreglo de Rubén Díez, a quien agradecería haberle conocido, un avilesino de amplia trayectoria musical al que lió para este homenaje de cumpleaños en torno a una buena mesa en Casa Lín, como no podía ser menos en La Villa del Adelantado.

Casi sin aliento y emocionado, presumiendo de su natal El Entrego y  su “resurrección” en el Hospital de Cabueñes (Gijón) tras un susto cardiovascular, aprovecharía para reivindicar, siempre necesario e intrínseco al cantante, la Sanidad Pública, con el público ovacionando, latiendo  y sintiendo con Chus Pedro ante todo un “himno” que en su voz, incluso como invitado, tiene la mejor grabación en “Tejedores de suaños” (con Tejedor), el Chalaneru, que como años atrás en mi Requejo, sería coreado no por el alumnado mierense en un frío y lluvioso día un 29 de mayo de 2013 (celebrando los 25 años del conservatorio local), sino por un auditorio tan entregado como el propio Nuberu sinfónico en este “veroño astur”.

Rubén Díez y la OSPA se tomarían un respiro mientras Chus charlaba con una señora de la primera fila por el lema de su camiseta “Que no nos falte tu voz”, un halago compartido. Templando y calmando nervios no faltó la chanza con su inseparable Manolo, que fue minero sólo dos años y después «cerró Hunosa, aunque ayudase a las prejubilaciones»… ideal para el siguiente tema, otro de los emblemáticos mineros, con letra de Manolo Asur, Dame tira,  el dúo cantando solo con el piano de Jacobo.

Proseguirían Manolo a la guitarra y Chus Pedro rememorando aquella juventud nuestra y otra utopía como la libertad sexual en la Playa de Torimbia sin necesidad de cruzar los Pirineos. Tampoco faltaron las gracias a toda la clase política que apoyó este proyecto (desde la Consejería de Cultura, Política Lingüística y Deporte, con Vanessa Gutiérrez o Antón García), al gerente de la OSPA Oriol Roch, y por supuesto a todos los trabajadores del auditorio a quienes el público ovacionaría.

Acompañado por la guitarra de Manolo, Chus “alcontró el amor” con la canción que grabasen para Los Conciertos de Radio 3 de RTVE en 2002, Liberar l’amor antes que Rubén Díez retornase al podio con la OSPA mientras la gaita de Pedro Pangua sonaba fuera del escenario, para entrar todos en el arreglo sinfónico exquisito de esa alborada tan nuestra que es Céltica (de “Atiendi Asturies”).

Respiro y otra anécdota de Chus Pedro, cuando en 1977  tras un concierto donde pisaría una boñiga fresca, se sentaron y allí conocieron a un mexicano que quedó en enviarles una foto. Era Paco Ignacio Taibo II y la «semeya» que todos conocemos (la dejo a continuación), antes de presentar y cantarnos Aida de la fuente, otra imprescindible de Nuberu donde esta vez sería Manolo quien cantase la voz primera en vez de la habitual segunda.

Asturies como tú yes, emocionante, con otro punteo de Manolo a la guitarra eléctrica y una OSPA pletórica, sección por sección, madura como Nuberu, plegada al director avilesino que hubo de lidiar mucho para que todo encajase y fluyese como debía en este memorable final.

Auditorio en pie, bravos, aplausos y pidiendo a coro “otres tres”, llegando como propina el Chalaneru emblemático con el gran coro del público, comentando que curiosamente Nuberu (y Chus) lleva 50 años cantando “en una llingua que no existe ni ye oficial”, tiempos revueltos como aquella Marcha Verde donde el color no era asturiano sino el del Sáhara desértico.

Nadie quería acabar esta fiesta sinfónica, Chus ya sin nervios, feliz, sin querer bajarse del escenario, con una voz renacida y sin más repertorio, así que bisaría El veleta popular, sentido como este sinfónico Nuberu inmortal para una despedida apoteósica y por todo lo alto.

La música que sigue haciendo ciudad

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Viernes 25 de septiembre, 11:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe. Presentación de la temporada 2026/2027 de los Conciertos del Auditorio y las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una flauta abriendo el acto con la Danse de la chèvre de Arthur Honegger, en interpretación de Alexandra Pichurina Esipovich, daba paso esta mañana a la presentación de una nueva temporada de dos ciclos que ya forman parte, por derecho propio, de la vida musical de Oviedo. Una temporada especialmente significativa porque llega cuando la ciudad afronta la recta final hacia la decisión sobre la Capitalidad Cultural Europea de 2031, pero también porque supone la despedida de David Álvarez al frente de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

Álvarez hizo balance de estos cuatro años recordando algunos de los grandes momentos vividos desde la Concejalía, entre ellos las visitas de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, con Klaus Mäkelä, y de la Filarmónica de Viena. Lo hacía además desde una doble condición que mantendrá cuando deje el cargo: la de responsable político de la cultura y la de melómano y abonado de estos ciclos. Presentando un vídeo y a cada uno de los intervinientes (Álvaro Faes, Pilar Rubiera y Cosme Marina), quiso destacar en sus distintas alocuciones la fidelidad de un público que sigue creciendo en número de abonados y la importancia de las formaciones asturianas, con Oviedo Filarmonía y El León de Oro a la cabeza, dentro de una política musical sostenida gracias a la colaboración entre la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, la propia Concejalía y los diferentes agentes culturales. Y tuvo palabras especialmente afectuosas para Cosme Marina, director artístico de la Fundación Musical, por su compromiso y lealtad durante estos años. Una idea quedó flotando durante la presentación y bien podría resumir el espíritu de estos ciclos: que la música nos siga uniendo y reuniendo.

Una historia que viene de lejos

Cosme Marina tomó después la palabra para recordar que una programación como esta no aparece de repente en un calendario. Detrás hay décadas de trabajo y una historia musical que comenzó a tomar forma en los años ochenta, con la remunicipalización del Teatro Campoamor, las reformas emprendidas durante la etapa de Antonio Masip como alcalde, y aquellos Conciertos del Campoamor vinculados a Luis Gracia Iberni. También recordó el precedente de los Festivales de la Universidad de Oviedo, aquellas primeras semanas musicales en las que tuvo un papel fundamental Emilio Casares, hasta llegar a febrero de 1992, cuando se celebraron las primeras Jornadas Internacionales de Piano, germen de las actuales Jornadas “Luis G. Iberni”. Nacían con vocación internacional, abiertas al público y con un carácter temático pionero en España, pero sin perder nunca la vinculación con el entorno. En 1999, la creación de Oviedo Filarmonía y la consolidación del Auditorio «Príncipe Felipe» terminarían de dibujar el modelo actual: grandes artistas y formaciones internacionales junto a la presencia de los músicos y proyectos nacidos en Asturias. Y esa combinación sigue siendo una de las señas de identidad de la programación.

Un Auditorio de grandes nombres

La temporada comenzará el 4 de noviembre y se prolongará hasta el 23 de mayo, con un repertorio amplio y una sucesión de nombres que explican por sí solos la dimensión de estos ciclos.

Las Jornadas de Piano tendrán uno de sus momentos destacados el 19 de noviembre, con el encuentro de Jean-Guihen Queyras y Alexandre Tharaud, que celebran treinta años de trayectoria conjunta. Ambos han pasado ya por Oviedo por separado y ahora, por fin, podrán escucharse juntos en una colaboración que han mantenido durante tres décadas. Habrá además dos debuts pianísticos: Olga Scheps, el 9 de diciembre, y Misha Dacić, el 17 de diciembre. Y volverá Grigory Sokolov, el 23 de febrero. Poco más hace falta añadir. Don Gregorio Sokolov es ya parte de la historia de estas Jornadas, una de esas figuras que han convertido Oviedo en una de sus ciudades habituales de gira. Como viene siendo tradición, habrá que esperar unos días antes del concierto para conocer el programa. El ciclo recuperará también a Hélène Grimaud, que regresará a Oviedo el 23 de mayo después de muchos años de ausencia.

En los Conciertos del Auditorio, la apertura correrá a cargo de Vox Luminis y la Camerata Salzburg, con el Réquiem de Mozart, el 4 de noviembre. Una elección que mantiene esa vocación europea que siempre ha caracterizado al ciclo y que adquiere un significado especial en una ciudad que aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura.

Las grandes voces tendrán asimismo un protagonismo destacado. Véronique Gens llegará el 27 de noviembre con Reines, espectáculo que, dentro de España, podrá disfrutarse únicamente en Madrid y Oviedo. El 9 de enero regresará la Orquesta y Coro Nacionales de España, después de décadas de ausencia, con Josep Pons al frente de Un Réquiem alemán de Brahms.

El 12 de enero será el turno de Esa-Pekka Salonen, que dirigirá a la Philharmonia Orchestra y presentará en Oviedo su concierto para violín, con Leila Josefowicz como solista, sumándose al también finlandés Jukka-Pekka Saraste que el 11 de febrero actuará on la Orquesta Filarmónica de Helsinki junto a la violonista MINAMI (Minami Yoshida).

La música histórica tendrá su espacio con los asturianos Forma Antiqva, que el 21 de enero recuperarán para estrenar en Oviedo La Corte in Gioco. Y volverán a escucharse algunas de las grandes voces del panorama lírico: Nadine Sierra, el 26 de enero; Sondra Radvanovsky, en recital junto al pianista Anthony Manoli el 30 de marzo, y Marina Rebeka, que debutará en Oviedo el 6 de mayo junto a Oviedo Filarmonía.

Bach tendrá también su espacio con la celebración de los 300 años de la Pasión según San Juan, en una propuesta que contará con el director argentino Leonardo García-Alarcón, de raíces familiares asturianas. Y habrá un homenaje a Tomás Marco (Madrid 1942), con el estreno de Atalaya sobre Vetusta, encargo del ciclo en torno a Clarín y «La Regenta» («Mapa sonoro de Vetusta»), además de la presencia de Viotti y Capuçon junto a otras propuestas que completarán la programación.

Fuera de abono, los Niños Cantores de Viena el 4 de marzo ampliarán una temporada que vuelve a mirar hacia Europa sin olvidarse de casa.

El público como parte de la historia

Durante la presentación, Pilar Rubiera, presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, insistió en la posición que ocupa la ciudad dentro del panorama musical español y en el esfuerzo por mantener unos precios accesibles. Pero quizá una de las ideas más interesantes de la mañana fue la reivindicación de la propia Oviedo Filarmonía, una orquesta versátil que encuentra en estos conciertos un terreno especialmente adecuado para demostrar su capacidad y que, al mismo tiempo, continúa siendo uno de los pilares de la actividad musical de la ciudad.

También Álvaro Faes, como Jefe de la sección de Oviedo del periódico La Nueva España (en el que escribo puntualmente), puso el foco en algo que a veces queda oculto detrás de los grandes nombres: el público, ese espectador que reserva una fecha, que vuelve cada temporada y que ha construido durante años una relación de fidelidad con estos ciclos. Porque la música de una ciudad no se mide solamente por las orquestas que la visitan, los grandes solistas o los directores internacionales. Se mide también por la capacidad de conseguir que una sala se llene una y otra vez, que un público reconozca los nombres, espere los programas y haga de cada temporada una prolongación de la anterior. Y en Oviedo esa historia viene de lejos.

David Álvarez se despedía hoy de la presentación de un ciclo que comenzó a defender desde su concejalía en 2023. Lo hacía agradeciendo a quienes lo han acompañado durante estos años y anunciando, en cierto modo, que la despedida institucional no será una despedida musical: seguirá siendo abonado. Quizá no haya mejor manera de cerrar una etapa. Porque cambian los concejales, cambian los programas y cambian los nombres sobre el escenario. Pero permanece algo mucho más difícil de construir: una ciudad que espera a la música, un público que responde y un Auditorio que sigue siendo lugar de encuentro.

Y nada mejor para finalizar que volver a escuchar a la joven flautista Alexandra Pichurina y Minera (de “Cantes de Levante» del compositor Oscar de Manuel).

El próximo y primer encuentro del ciclo ya tiene fecha: 4 de noviembre. Mozart, Vox Luminis y la Camerata Salzburg. Que empiece la música.

Información sobre conciertos, abonos, entradas y precios en https://www.oviedo.es/de/ccjp

CIMCO estrena “Origen”

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Jueves 24 de septiembre, 19:30 h. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. V Ciclo Interdisciplinar de Música Ciudad de Oviedo (CIMCO): Colectivo Lamiel & Carlos Galán: «Origen». Música de Jesús Á. Arévalo.

(Mi reseña original para LNE del viernes 25, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no puede ni suele incluir)

La nueva edición del CIMCO, dirigido por Cristina Gestido que abriría el ciclo, contará con cuatro conciertos de aquí a diciembre, y se inauguraba este jueves 24 con el estreno de «Origen», a cargo del Colectivo Lamiel formado por Tono Ferriol y Sara Suárez junto al pianista Carlos Galán con “Danzas asturianas” a partir de los “Siete preludios asturianos” (2025) del ovetense Jesús A. Arévalo (26 de agosto, 1964), presente entre el público que llenó la sala. Desde el piano de Galán se aunaron y dialogaron con la bellísima coreografía de Lamiel y la moda de “Made by kös”, en la acertada apuesta por unir música de cámara con otras disciplinas que ya se ha consolidado en el otoño de “La Viena española”.

Presentado por la musicóloga Susana Asensio Llamas, editora de la partitura del compositor y polifacético Arévalo, que los describe como “una rareza en el panorama de la eiségesis musical de la tradición astur” pudimos vivir lo popular y lo personal, espacios y lugares sonoros además de visuales, una visión actual desde el piano con ritmos híbridos, modulaciones sorprendentes y una escritura de nuestro tiempo que «Origen» desarrolla con el piano y la coreografía clásica,

pero partiendo del folklore con bailes autóctonos y el vestuario transgresor de una inmensa falda que aparece en el segundo preludio, cubriendo y jugando con los bailarines evocando las olas de nuestro Cantábrico, también en el vídeo en blanco y negro, «A la mar fui por naranjas» Cosa que la mar nun tien.

Plasticidad individual y a dúo con el piano o incluso los grabados cantos de pájaros al amanecer. Multitud de detalles que actualizan esta apuesta interdisciplinar con la dualidad Tradición-Modernidad haciéndonos imaginar nuestros paisajes desde el irrepetible directo donde cada preludio tiene título propio para esta “reunión de disciplinas” de coreografía, desde la Alborada y floreu, una original Chalana con el mantón, En Oviedo no me caso, un soliloquio de Ferriol y «yendo por agua», de río y playa en espejo y en Blancu y negru, cristalinos para un final guiados por Una estrella que brilló y triunfó.

PROGRAMA:

Jesús Ángel Arévalo: Siete Preludios Asturianos

I. Alborada y floreu – II. Chalana – III. Cosa que la mar nun tien – IV. En Oviedo no me caso –  V. Quintana – VI. Una estrella nos guía – VII. Blancu y negru

P.D.: Entrevista en LNE del miércoles 23 a Tono Ferriol:

 

Estío sinfónico

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Miércoles 26 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, “OFIL CONTIGO… EN VERANO”, organizado dentro de la programación estival de la Fundación Municipal de Cultura (FMC): José Andrés Mir (trombón), Oviedo Filarmonía (OFil), Lucas Macías Navarro (director). Obras de F. David y W. A. Mozart. Entrada libre. Fotos de la orquesta y propias.

La vida musical no entiende de vacaciones, aunque siempre hay momentos para el asueto. Y este último miércoles de un agosto que en Oviedo siempre es más llevadero en cuanto a temperatura, volvía la Oviedo Filarmonía con los conciertos de verano que, ante la amenaza de lluvia, se trasladó del Claustro del Edificio Histórico de la Universidad al Auditorio «Príncipe Felipe», lo que supuso mayor asistencia y comodidad para un público heterogéneo haciendo cola una hora antes y  llenó el patio de butacas más parte del anfiteatro, gracias a un programa ideal para aficionados de todas las edades y gustos, pues la orquesta de la capital tiene «tirón» en Vetusta, pero también supone seguir siendo «La Viena Española» durante el estío asturiano que atrae visitantes de toda la geografía.

Con su titular al frente, que tampoco disfruta de vacaciones, la OFil da la oportunidad a sus primeros atriles de actuar como solistas, en este caso al trombón principal José Andrés Mir (Liria, 1984), que lleva en la formación ovetense desde 2006, y ya tuvo la oportunidad de actuar junto a sus compañeros en 2014 con el concierto de Nino Rota. En esta ocasión, y con la madurez de los años, el apoyo incondicional de sus compañeros y la confianza del maestro Macías Navarro, lo haría con el maravilloso «Concertino» de Ferdinand David al que el compositor alemán titula humildemente como «concertino», tal vez por su duración que apenas sobrepasa el cuarto de hora, aunque mantiene la estructura clásica en tres movimientos (Allegro maestoso- Andante, marcia funèbre-Allegro) que se interpretan sin pausa entre ellos.

Obra escrita en 1837, es una de las obras fundamentales del repertorio romántico para trombón, y se le considera uno de los primeros grandes conciertos para este instrumento, que fue dedicado por David al virtuoso Karl Traugott Queisser, quien lo estrenaría en la Gewandhaus de Leipzig con su paisano Felix Mendelssohn a la batuta. En sus movimientos combina elegancia melódica y lirismo,  propios del lenguaje del hamburgués con una escritura solista que exige gran dominio técnico, flexibilidad y expresividad, con un estilo muy próximo al de Mendelssohn, con un equilibrio entre virtuosismo y musicalidad que han convertido este «Concertino de David» en una pieza de referencia dentro de la literatura para trombón solista.

José Andrés Mir nos dejó una interpretación completa, dominador de principio a fin de una partitura exigente no ya por la técnica (asombrosos los trinos) sino por la amplísima gama de dinámicas en unos fraseos de este instrumento poderoso pero siempre matizado. Precisamente por el abanico de volúmenes, la OFil siempre perfectamente concertada por el director andaluz, pudo desplegar todo lo escrito sobre el papel, sabedora que tanto el timbre como las dinámicas del trombón nunca quedarían opacas. Al contrario, brillaron todas las secciones: la cuerda comandada por Marina Gurdzhiya con cellos y violas «permutadas» más los contrabajos sobre una tarima que les otorga la contundencia en el grave tan necesaria; madera muy empastada con sus momentos melódicos que siempre defienden sus primeros atriles; metales completando un viento que no puede faltar en estas páginas románticas bien ensamblado; y unos timbales seguros, redondeando una muy conjuntada orquesta que sigue sonando segura en todos los repertorios y mantiene esa versatilidad digna de encomio. Un «concertino» que supo a poco por la calidad de todos los intérpretes, en especial un Mir al que sus compañeros y el público premiaron con largas ovaciones.

El regalo tras las palabras de agradecimiento del solista valenciano, sería la muy versioneada Oblivion de Astor Piazzolla en un arreglo de José Vicente Faubel (1990), otro músico de Liria (¡sigue la inmensa cantera de su centenaria Sociedad «La Primitiva»!) para cuarteto de cuerda a cargo de los primeros atriles esta tarde (Marina Gurdzhiyya, Luisa Lavín, Rubén Menéndez y Guillermo L. Cañal) en una interpretación donde el trombonista nos deleitó con un sonido aterciopelado, una repetición del tema llena de buen gusto y un feliz entendimiento y complicidad de estos cinco solistas de la OFil que volvieron a poner al público a sus pies.

Y recomponiendo la plantilla llegaría «La cuarenta de Mozart», penúltima sinfonía del genio de Salzburgo que nunca defrauda, conocida por todos los públicos (el de Oviedo aplaudió el final del primer movimiento) y forma parte de lo que llamo «repertorio sinfónico básico» porque la trilogía final es piedra angular para toda orquesta y un reto para las batutas a lo largo de toda la vida. He perdido la cuenta de las versiones que guardo en mi discoteca y las que he podido disfrutar en vivo, siempre único e irrepetible. Hay incluso estudios sobre la evolución en el tiempo de esta sinfonía con orquestas y directores que nunca son ni suenan iguales, siendo objeto de debate para muchos melómanos. Por lo cercano y reciente, tengo que recordar a Zubin Mehta este verano en Granada, que afrontaría esta trilogía sinfónica desde su propia biografía totalmente distinta a la visión-versión que nos dejó Lucas Macías. Si el nonagenario afrontó la Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 con unos tempi casi para deleitarse, «olvidando» las indicaciones en cada uno de los cuatro movimientos, el onubense optó por el reto de las indicaciones de Mozart en esta su penúltima maravilla sinfónica, sabedor además que «su» OFil responde y le sigue sin titubeos.

Y de Macías este miércoles resaltar su espontaneidad y apuesta por la viveza en el Molto allegro desde la colocación elegida antes citada, cuerda clara y precisa, maderas sin clarinetes «cantando» con una expresividad ya propia, dúo de trompas empastadas; el Andante sacando al primer plano cada sección sin renunciar a la agilidad ni claridad expositiva; un Menuetto más tranquilo donde degustar la sonoridad redonda de esta OFil, y el Allegro assai con el ímpetu necesario manteniendo los detalles que se escucharon nítidos desde el dominio de esta sinfonía que el maestro llevó de memoria y sin batuta, expresividad en ambas manos sin excesos gestuales, sabedor que «su orquesta» responde tras este tiempo como titular, donde sigue creciendo desde el podio y haciendo crecer a esta formación que no deja de sorprendernos desde sus inicios allá por 1999 como OSCO y que el maestro Haider logró levantar el vuelo, con algunos altibajos posteriores que el onubense ha remontado y aún desconozco dónde llegará de altura viendo la evolución hasta este 2026.

Mozart es muy exigente, traicionero por la engañosa sencillez, al menos para el oyente, y todo un reto que se debe afrontar desde el trabajo continuado. Esta «Cuarenta» ha sido otra prueba para comprobar cómo mantener un repertorio que no puede faltar, desde la tradición a la actualidad, con lecturas de nuestro tiempo sin más afán que disfrutar con calidad de «tanta buena música».

El próximo viernes habrá otra oportunidad para seguir disfrutando con la OFil, Andrey Baranov, Gabriel Ureña y Lucas Macías al frente, que espero contar desde aquí.

 

PROGRAMA:

Ferdinand David (Hamburgo, 1810 – Klosters-Serneus, Suiza, 1873):

Concertino op. 4 para trombón y orquesta:

I. Allegro maestoso – II. Andante, marcia funèbre – III. Allegro

W. A. Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto – Trio

IV. Allegro assai

Músicas para el universo

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Viernes 7 de agosto, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto «Armonía Eclíptica” , en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Oviedo Filarmonía (OFil), Anthony Gabriele (director). Obras de R. Strauss, John Estacio, Debussy, Holst, Rodrigo y Mussorgsky. Entrada butaca: 20€. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Gracias a un trío de eclipses que serán históricos (dos totales este año y el próximo 2027, más otro anular en 2028) el CSIC ha organizado estos conciertos multimedia dentro de un ciclo don distintas formaciones orquestales para acompañar esta tríada de eclipses. Tras un vídeo del propio CSIC, la mayor institución pública de investigación de España y una de las más importantes a nivel mundial, también en el campo de la astronomía y la astrofísica, con más de 14000 proyectos, defendiendo todas las ciencias y sus avances, con presencia en distintos lugares de la geografía, llegaría una variada banda sonora elegida para la ocasión, que encontró unas imágenes espectaculares gracias al excelente trabajo audiovisual de José Francisco Salgado Alicea (físico portorriqueño y doctor en Astronomía por la Universidad de Michigan, además de fotógrafo experimental y artista visual), y su Proyecto KV 265 (Science trough Art) del que Salgado es cofundador y director ejecutivo: calidad y belleza por momentos pictórica, perfectamente encajadas y sincronizadas con las partituras gracias a la siempre versátil OFil en este primer viernes de agosto bajo la dirección del maestro Anthony Gabriele, especialista en dirigir músicas de película, quien sacaría de la formación ovetense buenas notas, con parte de su plantilla ausente (supongo que por permisos vacacionales) aunque sin perder las cualidades que va atesorando con el tiempo y donde la mencionada versatilidad a lo largo de sus 27 años viene de los muchos directores y repertorios que van modelando un sonido propio.

La propuesta combinaba la música en directo con las proyecciones de imágenes científicas, comenzando con el Richard Strauss cinematográfico de Así habló Zaratustra cuya introducción seguimos asociando con Kubrick, un melómano que ha sabido siempre buscar las mejores músicas para su amplia cinematografía.

El Sol, la Tierra, la Luna y un infinito elenco de galaxias, universos, auroras boreales, el fotón en el centro del astro rey, recreaciones de impactos de meteoritos, sondas espaciales o planetas que irían proyectándose en la pantalla gigante.

Momentos casi épicos como en Solaris de John Estacio (1967), un viaje dede el sol donde la luz alcanza la Tierra en ocho minutos y veinte segundos, la misma duración de esta obra con la gama cromática de la agitada además de violenta física solar, con la OFil sacando todo el potencial de una amplia plantilla para la ocasión, casi preludio al Claro de Luna de Debussy, en orquestación a partir del pianístico perteneciente a la «Suite Bergamasque», con imágenes hispanas de atardeceres en Burgos, Segovia, León, Astorga o La Coruña con la Torre de Hércules. Música impresionista ideal para una buena publicidad de los distintos monumentos por todos conocidos, con la luna que hechiza e ilumina, que las notas al programa de Juan Ramón Pardo Carrión (del Instituto de Física Fundamental IIFF-CSIC), describe como «un remanso selenita de evocadora calma, pausada y poética en lo musical y lo visual».

En un concierto con la ciencia y el firmamento, como eje temático, no podían faltar dos de “Los planetas” de Holst, una música siempre asociada con el espacio junto a las imágenes espectaculares, primero Júpiter, el portador de la alegría, hermano mayor de nuestro sistema, y después Mercurio, el mensajero alado en arreglos de Cliff Colnot (Youngstown, Ohio, 1947 – Chicago, 2024), tras el “preludio” del propio Estacio y la luna de Debussy.

El poco escuchado poema sinfónico A la busca del más allá (1976) de Joaquín Rodrigo, resultó una de las obras más logradas en ejecución y sincronismo por parte de todos, obra que no llega al cuarto de hora, encargada por la Orquesta Sinfónica de Houston para conmemorar el Bicentenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y dedicada a los astronautas de la NASA, en especial a Walt Cunningham que también era guitarrista y admirador del compositor español (obra estrenada bajo la dirección de Antoni Ros Marbá el 27 de marzo de 1978). Aquí la propia música del valenciano ya invita a viajar por un cosmos pletórico, luminoso, insondable e infinito, sumándose unas imágenes a cual más impactantes.

Retomando las notas de Pardo Carrión, quien cita las palabras de Cecilia, la hija del saguntino «Es como si mi padre, que no veía, hubiera escrito la música para acompañar sus vistas del espacio». De rica orquestación y con intervenciones exquisitas tanto del corno inglés (igual que en el famoso Concierto de Aranjuez) como de la celesta que le da ese aire etéreo, la unión de imagen y sonido fue todo un acierto.

Y tras una mínima pausa, llegaría un “Universo en exposición” utilizando al Mussorgsky donde las pinturas de Hartmann fueron imágenes coloreadas por Ravel para un museo que resultó ser el propio universo con fotos cuales cuadros, sin percusión en otro arreglo de Cliff Colnot que parece prefirió prescindir de los títulos y grandiosidad originales, aún mayores en la orquestación del vasco-francés, para dejar que fuese el firmamento quien tuviese todo el protagonismo. Castillos o Tullerías luminosos, un mercado de estrellas, unas catacumbas de agujeros negros, patas no de gallinas sino esferas luminosas, unos muertos que siguen resplandecientes en el espacio, o la puerta mayor de Orión que fueron los cuadros estelares con una orquesta “descafeinada” al servicio del relator Salgado con una elección de imágenes, vídeos y música para disfrutar este espectáculo multimedia preparando el trío de eclipses que arranca el próximo miércoles 12 con Asturias entre los mejores palcos.

Vientos del Este

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. “Mudanza”, abono 16 OSPA, Vadym Kholodenko (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Enescu, Liszt y Bartók.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa que el titular Nuno Coelho nos comentó en el encuentro previo, cada vez con mayor asistencia, y destacando la conexión con la Europa del Este. Junto a Fernando Zorita desgranaron las tres composiciones, haciéndonos partícipes de cómo los momentos más amargos de la vida puede crear obras de arte bellísimas, tanto en literatura como en la música que nos ocupa. Si este primer viernes de junio pocos noticiarios televisivos se hacían eco de una frase «escupida» (y estúpida) por algún político madrileño que «el calor inspira» (por las condiciones asfixiantes de alumnos y docentes en un cambio climático aún negado por tantos), queda mejor decir que «el dolor inspira».

Músicas de Rumanía y Hungría en épocas convulsas que van más allá del folklore y donde cada compositor vuelca una escritura sinfónica exigente para poner el broche de oro final a esta temporada de abono (en breve se presentará la próxima como así nos hicieron saber incluso el gerente Oriol Roch antes de comenzar el concierto con algún «chivatazo» que me callo). Los 35 años de OSPA se notan al alcanzar un momento dulce de feliz conjunción entre veteranía y juventud (ha comenzado poco a poco la renovación en parte de la plantilla, pues a todos llega la esperada jubilación) esperando se cubra la plaza de concertino (esta vez volvía Aitor Hevia de invitado), con un Nuno Coelho afianzando una formación que ya tiene identidad y sonoridad propia, trabajando amplios repertorios de todas las épocas que van enriqueciendo también a los abonados, esperando se sumen más, pues van menguando y es una lástima lo que están perdiéndose tantos aficionados asturianos de la que es «nuestra orquesta».

Tristemente el rumano-francés Enescu (o castellanizado Enesco) pasará a la historia por sus dos Rapsodias Rumanas op. 11, compuestas en París entre 1901 y 1902, siendo la más popular la primera en la mayor, elegida para abrir este último de abono que mantiene el «orden decimonónico» y que es virtuosa para toda orquesta. Pero calentar motores con ella ya deja a los músicos listos para «lo que les echen», enlazando con las húngaras de Liszt, deudoras incluso por la denominación «rapsodia» en el contexto de composición musical que probablemente se origina con el endemoniado y arrepentido abate que descansa en Bayreuth. Desde cierto aires folklóricos las rapsodias prometen una música que suena salvaje e improvisada, y la Rapsodia nº 1 de Enescu seguramente cumple esta promesa, proporcionando electrizantes melodías sucesivas con un aire de espontaneidad y un final frenético. Desde el inicio del clarinete solo, contestado por la flauta y oboe que marcan un paso de baile muy zíngaro, la alegría se hace contagiosa. Si la madera al completo es un seguro de calidad, la cuerda asturiana (incluso la pareja de arpas) sigue siendo un lujo de empaste, sonoridad amplia y limpia, con fraseos bien encajados y tímbricas variadas (excelente la viola en su intervención). Los metales cada vez más seguros, afinados, homogéneos, ricos además de matizados. Y la percusión la reafirmación de una OSPA recia, robusta, precisa y haciendo excelente música siempre bien llevada por la mano maestra de un Coelho que no solo la mantiene sino que la ha hecho mejorar como los buenos vinos de su tierra, exigiendo y «apretando» en unos tempi donde si no se arriesga falta bouqué, pero lo logró tras un final de curso en plena forma.

Si Enescu fue un virtuoso del violín, Liszt lo sería del piano, y sus dos conciertos una prueba de fuego para todo intérprete. El pianista ucraniano Vadym Kholodenko (Kiev, 1986) afrontó el menos interpretado segundo -en la mayor S. 125-, escrito desde 1839 pasando de Roma a Weimar (donde lo estrenaría en 1857 para volver a revisarlo sobre todo en la orquestación, y publicarse finalmente en 1863), como bien recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa. Si la interpretación parece fácil a la vista del oyente es muestra de un virtuosismo bien entendido, sin excesos cara a la galería, pero con una exigencia casi atlética ante los pasajes en fff más la delicadeza de otros que parecen beber del Chopin en el París, entonces capital musical. Obra escrita como un único y largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas y con una orquestación para gran plantilla (tres flautas -una doblando a piccolo-, oboes, clarinetes y fagotes a pares como las trompas y trompetas, más tres trombones, tuba y percusión con gong y timbales amén de la cuerda), el piano tiene momentos donde se suma a la sonoridad global en una transformación temática típica del compositor húngaro, junto a otros donde mostrar la escritura del Liszt virtuoso que hacía desmayarse a sus oyentes femeninas. No está al alcance de todo intérprete lograr y reflejar este catálogo emocional, pero el ucraniano, bien concertado por el portugués, nos brindó una interpretación precisa, rica en dinámicas, limpia de ejecución y ese dúo con el chelo de von Pfeil camerístico de perfecta simbiosis entre ambos (siendo muy aplaudidos) con una orquesta bien balanceada en las partes «dialogadas», conjunción ideal para escuchar todo lo escrito.

La propina de Kholodenko sería Prokofiev y el Preludio, nº 7 de las «10 piezas para piano» opus 12), vivo y delicado como se indica en la partitura, técnicamente impecable, delicado y contenido, de sonoridad deliciosa  y ejecución con mucho fondo.

Y tras una primera parte donde la OSPA ya mostró «músculo», el mejor cierre sinfónico vendría con el Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 del Bartók entonces emigrado a los EEUU y famélico, con este encargo casi  como una ayuda económica para poder subsistir. Obra cumbre del repertorio orquestal del siglo XX, Gallego de Torres escribe:

«Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción de lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”. Las palabras de Bartók sobre su Concierto para orquesta compuesto en el exilio en Nueva York al final de su vida (fue estrenado en Boston en 1944, falleciendo el fascinante compositor y etnomusicólogo en 1945) nos sitúan en la estructura de este concierto simétrico en cinco movimientos. El tercero, gozne entre los primeros y los últimos, es una abierta y lancinante manifestación elegíaca, que no nos deja sentirnos indiferentes y que nos sirve de mudanza del “mundo de ayer” (Zweig) a la modernidad».

Dolor y esperanza que la OSPA desplegó en esta maravillosa página donde dejar constancia de todas las virtudes que atesora, con Coelho dejando fluir la música, brillando los primeros atriles, cada sección rivalizando en mostrar su calidad, plantilla equilibrada y el entendimiento que sólo con los años se consigue. La orquestación es grandiosa: 3 flautas (una doblando al flautín), 3 oboes (tercero doblando al corno inglés), 3 clarinetes (tercero doblando al clarinete bajo), 3 fagotes (tercero doblando al contrafagot), 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, amplia percusión (con timbales, bombo, caja, platillos, triángulo y gong) más la cuerda con 2 arpas.

La Introduzione desplegó presión en una cuerda tersa con metales poderosos y tras la extenuación las maderas relajando con unos solos equilibrando sensaciones sonoras. Arranque marcial de la caja y una madera camerística en el Giuoco delle coppie, arrullada por los violines y empujada por unos graves siempre presentes, donde en la Elegía devolverían dolor, maderas cual brisa que va ganando fuerza bien marcada desde la batuta hasta un clímax del tutti conmovedor, impactante, sonoridad asturiana capaz de sutiles pasajes y desgarradores momentos. Al menos el popular (y conocido por ser sintonía radiofónica) Intermezzo interrotto nos devolvió luz, ritmo, rubati bien llevados por las manos del maestro portuense con la respuesta precisa de «su» orquesta, tras esa melodía inicial del oboe y la flauta, la cuerda sedosa fraseando co un empaste global, y el saltarín juego del clarinete, las varas, la contestación frotada, explosiones vitales que alternan melancolía y optimismo. El Finale Presto nos llevaría a ese éxtasis sonoro, virtuoso, sin complejos, reguladores increíbles para la conclusión esperada y esperanzadora de otra temporada madura donde «el dolor inspira» conciertos tan ideales como este final de curso. El próximo ¡más y mejor! con sorpresas que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA:

GEORGE ENESCU (1881-1955)

Rapsodia rumana nº 1 en la mayor, op. 11 (1901-02)

FRANZ LISZT (1811-1886)

Concierto para piano nº 2 en la mayor, S. 125 (1861-63):

Adagio sostenuto assai – Allegro agitato assai – Allegro moderato – Allegro deciso – Marziale un poco meno allegro – Allegro animato – Stretto: Molto accelerando

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 (1943):

I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace

II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando

III. Elegia: Andante non troppo

IV. Intermezzo interrotto: Allegretto

V. Finale: Pesante – Presto

Paseando por Vetusta

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Jueves 4 de junio, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio: Steven Isserlis, (violonchelo), Oviedo Filarmonía (OFIL), Pietari Inkinen (director). Obras de Parera Fons, W. Walton y Sibelius.

Finaliza la temporada de los Conciertos del Auditorio con la OFIL que es la residente de este ciclo, esta vez dirigido por el violinista y director finlandés Pietari Inkinen (Kouvola, 29 de abril de 1980), y el chelista británico Steven Isserlis (Londres, 19 de diciembre de 1958) que volvía a Oviedo después de cinco años, con el concierto de Walton, del que el londinense es uno de sus mayores difusores.

De esa inmensa cantera de directores que es Finlandia, con una lista que sigue creciendo y están ocupando podios en medio mundo, habría para hacer una tesis doctoral y una reflexión por la juventud de la última “hornada” (mujeres incluidas), dado que a diferencia de otros países, en la Academia Sibelius de Helsinki se estudia dirección en paralelo a otros instrumentos (en España los Conservatorios llevan retraso secular hasta en su nomenclatura), por lo que no es extraño encontrarnos veinteañeros como Peltokoski, mi “último descubrimiento”. Más maduro, en todos los sentidos, Pietari Inkinen viene a sumarse a la “cantera finlandesa” poniéndose al frente de nuestra OFIL para una clausura por todo lo alto, sin que nos faltase un estreno, el de Antoni Parera Fons (Manacor, 1943) y su Vetusta promenade, encargo de la propia orquesta ovetense, aunque sería Sibelius el fuerte de la velada, siempre aplicando mi dicho de “no hay quinta mala”.

De Vetusta promenade las notas al programa del cellista, profesor y doctor en Musicología Santiago Ruiz de la Peña Fernández, nos cuenta y describe la partitura del compositor mallorquín:

«Vetusta promenade, de Antoni Parera, obra compuesta en 2025 por encargo de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, propone un paseo sonoro por la Vetusta clariniana. Concebida por el autor como una mirada a una sociedad de claroscuros, de pasiones ocultas y lamentos silenciados, la partitura despliega un crescendo emocional que avanza de principio a fin. Junto al empleo de un lenguaje modal, que dota a la obra de una ambigüedad armónica generadora de una sensación siempre latente de inestabilidad emocional, el discurso compositivo se construye a partir de una notable austeridad de material. Dos temas, sometidos a continuas reelaboraciones a lo largo de la obra, conforman una sólida unidad motívica, lo que revela una escritura minuciosa, laboriosa y profundamente reflexiva. Mientras que los motivos melódicos recaen preferentemente en las maderas, la cuerda protagoniza los pasajes de mayor sosiego. Los metales refuerzan los momentos de máxima intensidad expresiva, con un papel destacado de las trompas como nexo entre las secciones orquestales, al tiempo que la paleta orquestal se amplía gracias al aporte tímbrico del arpa, la celesta y el piano.

Escrita a modo de obertura, la introducción se articula a partir de un motivo ondulante en maderas, cuerdas graves y celesta, acompañado por arpegios de piano y arpa y trémolos de violines con sordina. Un toque de campana, respondido por una llamada de trompetas y ecos en las maderas, da entrada al primer tema a cargo del clarinete bajo. Se trata de una melodía breve, ondulante, mágica y misteriosa, de trasfondo oscuro, contrastante con el segundo tema, más luminoso y festivo, presentado por el oboe. El desarrollo, construido mediante sucesivas transformaciones de los dos temas y del material introductorio, que se entrelazan superpuestos y confrontados, desemboca en un gran crescendo de toda la orquesta sobre la nota do, centro tonal de la composición».

Paseo clariniano el del manacorí con ecos parisinos de Debussy o Falla con una plantilla poderosa que curiosamente era muy similar al Walton posterior (desconozco si sabía que irían juntas y de ahí esa coincidencia casi total). Interesante instrumentación donde la percusión no puede faltar para crear ese ambiente de neblina carbayona y campanas emulando La Wamba, con toques de celesta, piano y arpa, aunque toda la orquesta se mostró compacta, afinada, con solos bellísimos del oboe y el corno inglés, toda la madera impecable, unos metales empastados y afinados, más una cuerda sutil y muy matizada. El estudio de la partitura por parte de Inkinen se notó en esta primera obra, de gesto no muy grande pero siempre claro, preciso, marcando todo, dando seguridad y empaque a un estreno que enlazó perfectamente con el concierto posterior a cargo de Isserlis.

Prescindiendo del piano y añadiendo dos tubas a una OFIL que nuevamente contaría con el refuerzo de alumnado del CONSMUPA, sobre el concierto de Walton , el profesor Santiago Ruiz de la Peña (con su hijo en la misma cuerda de chelos) escribe:

«El Concierto para violonchelo de William Walton, compuesto por encargo de Gregor Piatigorsky, fue escrito entre febrero y octubre de 1956, periodo durante el cual el compositor y el violonchelista mantuvieron una correspondencia regular sobre diversos asuntos técnicos de la obra. Tras su estreno en 1957, parte de la crítica la percibió como decadente y anclada en la tradición romántica, pues, «aunque bien construido, la disonancia que presenta no alarmaría ni a una anciana». La obra, con una exigente parte orquestal, produce una impresión inicial más cercana a la de un poema sinfónico con violonchelo obligado que a la de un concierto tradicional, y presenta una estructura poco convencional al invertir el patrón habitual de tres movimientos de los conciertos clásicos adoptando un esquema lento-rápido-lento.

El primer tiempo es evocador y nostálgico. Sobre una figura de tic-tac hipnótica y rítmica de las cuerdas en pizzicato y los instrumentos de viento, la suave voz del violonchelo desarrolla lentamente una hermosa y oscura melodía. Tras la serenidad del primer movimiento, arranca un arrebatador y virtuoso Allegro appassionato, donde solista y orquesta se persiguen a toda velocidad en un constante movimiento perpetuo. Melodías elevadas, con armónicos aflautados, escalas vertiginosas y dobles cuerdas, crean un discurso de gran tensión, detenido ocasionalmente por momentos de un lirismo conmovedor a cargo del violonchelo. El último movimiento, Tema ed improvvisazioni, con la segunda y la cuarta variación asignadas al solista sin acompañamiento y concebidas como auténticas cadencias, concluye con un último suspiro del violonchelo desvaneciéndose sobre su nota más grave, un cierre de obra melancólico y nostálgico que Walton revisó en varias ocasiones, pues Piatigorsky deseaba un final más dramático e impactante».

Si Antoni Parera evocaba la capital asturiana, Sir William Walton aún más su Gran Bretaña, con una escritura que pasa por continuos “sobresaltos anímicos” que el Stradivarius “Marquis de Corberon” (1726) en las manos del solista británico siempre estuvo presente, perfectamente concertado por la batuta finlandesa, tiempos para disfrutar de todas las secciones de la OFIL y el virtuosismo de un Isserlis que en sus intervenciones solistas volvió a mostrar una sonoridad amplísima donde la técnica está siempre al servicio de la música escrita por su compatriota.

La propina desprovisto de arco y toda en pizzicato sería «Chonguri» del giorgiano Sulkhan Tsintsadzesonó (1925-1991), si se me permite el calificativo de sonido “british”, muy rítmico y en la línea de Clancy Newman o Jerry Liu e incluso los “juguetes” de Yo-Yo-Ma, donde la sonoridad del chelo solo es plenamente moderna tras el esfuerzo con Walton.

Y en la segunda parte la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor de Sibelius. Hace años que el compositor finlandés me ganó en el terreno orquestal, en parte por el excelente blog a él dedicado del vallisoletano David Revilla. Puedo presumir de compartir con él programas y hasta atesoro muchos vinilos y algunas integrales en CD, incluso compartí mi escapada al barrio de Töölö en Helsinki, donde hice mi personal peregrinaje al Monumento “Passio Musicae”  (obra de la escultora Eila Hiltunen inaugurado en 1967) que tiene en el parque con su nombre. Rodeado de “hordas salvajes” que hacían el tour turístico sin saber siquiera quién fue Sibelius o lo que representaban las dos obras enfrentadas. Hombre orgulloso y tímido, reservado y sensible, con una vida marcada por las contradicciones, como apuntan muchas de sus biografías, aunque otras lo describen como de «vida tranquila, sin turbulencias ni pasiones, no exentas de conflictos pero siempre sin estrépito». Su música parece reflejar esa personalidad que nos transmiten sus fotografías, esa mezcla de serenidad a veces sombría pero sin excesos ni desmesura, un verdadero mago de la orquesta que supo cantar como nadie a su pueblo y los paisajes nórdicos que tanto amaba.

De esta Quinta hay muchísima literatura, casi tanta como el tiempo que le llevó su composición. En el blog “Sibelius en castellano” del pucelano, ya escribe sobre esta sinfonía:

« (…) su creación fue gestada por el músico en un periodo prolongado, durante el cual redactó hasta tres versiones del trabajo, estrenadas respectivamente en 1915, 1916 y 1919, resultado del deseo de que la sinfonía, a pesar del reconocimiento que tuviera en su primer estreno, alcanzara la perfección con respecto a la idea que tenía en su mente de ella. Este largo proceso creativo, y la implicación emocional, su conexión biográfica, y los debates estéticos que suscitaba en la imaginación de Sibelius los cambios y la ascensión hacia la forma que considerará final de sus notas, resultan auténticamente reveladora para quienes nos hemos dedicado, de una manera u otra, a observar y estudiar la música del genio finlandés».

Sinfonía plenamente interiorizada por Pietari Inkinen sin las ataduras del atril, supuso una dirección precisa, acertada, dejando fluir una música rica con una respuesta perfecta de una OFIL versátil, aplicada, que navega por mares muy distintos (y que la próxima semana vuelve al foso del Campoamor para cerrar el XXXIII Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo con “Maharajá”). Una temporada de conciertos que deja un sobresaliente a la  ya veterana orquesta ovetense, siempre enriqueciéndose con directores como el finlandés que jugó con los tempi, los balances y la expresividad de esta sinfonía de su tierra no tan distinta a la nuestra, que hizo disfrutar a músicos y aficionados en buena respuesta.

Ya nos han hecho llegar en los programas de mano un avance de la próxima temporada, pero esperaremos a concretar las fechas, aunque los nombres ya auguran otro curso exitoso para “pasear por Vetusta” y seguir llamándola “La Viena Española”, que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA

PARTE I

Antoni Parera Fons (Manacor, 1943)

Vetusta promenade (2025)

(Obra de encargo por Oviedo Filarmonía)

William Walton (1902-1983)

Concierto para violonchelo y orquesta (1957):

Moderato

Allegro appassionato

Tema ed improvvisazioni

PARTE II

Jean Sibelius (Hämeenlina, 8 de diciembre de 1865 – Järvenpäá, 20 de septiembre de 1957)

Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 (1915, rev. 1916 -desaparecida-, rev. 1917/1919):

Tempo molto moderato
Andante mosso, quasi allegretto
Allegro molto

El Barroco triunfa en Oviedo

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Domingo 31 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Georg Friedrich Händel (1685-1759): Ariodante, HWV 33 (ópera en versión de concierto). Libreto anónimo adaptado del libreto Ginevra, Principessa di Scozia (1708) de Antonio Salvi, basado en el poema Orlando furioso de Ludovico Ariosto (1532). Estrenada en Londres el 8 de enero de 1735. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una semana intensa con mucha y buena música para finalizar mayo con esta joya del barroco (llega el martes al Teatro Real) que volvió a llenar el auditorio ovetense porque se unen la pasión por la lírica y el «tirón» que tiene hace años una primavera barroca, hoy penúltimo del ciclo «Los Conciertos del Auditorio». Cuando además hay calidad, siguen funcionando las óperas en concierto, incluso con duraciones superiores a las tres horas sin que nadie marchase al descanso.

Los conciertos de la formación fundada en 1999, casi habitual en Oviedo, y con Andrea Marcon como director artístico desde 2009, son siempre una apuesta segura en cualquier repertorio en el que son verdaderos especialistas, y en esta Ariodante volvieron a demostrarlo. Con una plantilla, que dejo al final de esta entrada, con ocho violines (4+4), violas y cellos a pares, un contrabajo, más dos oboes, añadiendo el fagot impecable en el bajo continuo junto al clave y la tiorba, sumando dos trompas impecables en sus intervenciones, más la puntual pareja de trompetas en igual nivel, La Cetra arropó al sexteto de solistas con seda y terciopelo, más raso y satén, distintas texturas, colores, consistencia, densidad y peso siempre a medida de cada voz bien elegidas por el maestro Marcon. Resulta difícil en concierto dar vitalidad a una ópera como esta de Händel, y las seis voces elegidas resultaron homogéneas, entregadas, algunas demasiado pegadas a la partitura que impide por momentos mayor gestualidad, incluso estar dirigiéndose a un personaje que no estaba en el escenario, pero cada rol se defendió con estilo, proyección, musicalidad, compenetración, empaste, afinación y una orquesta que siempre mimó las voces.

El barroco vocal es exigente especialmente porque cada cantante es como un atleta sometido a un esfuerzo físico y donde los años pueden pesar. La llamada «instrumentalización de la voz» requiere unas agilidades y ornamentos con un fiato que puede llegar a extenuar en las intervenciones rápidas, pero el anglo-alemán dejaba para las arias lentas toda la carga emocional y expresiva como así lo demostró todo el elenco, independientemente de la mayor o menor presencia en un libreto donde la proyección de los subtítulos en castellano tuvo incluso su propio argumento, «muriendo» con Ariodante y «resucitando» tras la falsa noticia.

Del análisis de Ariodante y «Händel en su laberinto» remito a las notas al programa del sevillano Pablo J. Vayón, siempre enriqueciendo la escucha posterior, y que dejo enlazadas.

Si de La Cetra Barockorchester Basel y su «alma mater» Andrea Marcon ya comentaba la perfección y los trajes a medida a lo largo de los tres actos (con pausa en el número 44 del segundo acto), del reparto vocal sólo con decir que la checa Magdalena Kožená no estuvo al nivel del resto ni resultó como en ella era de esperar (y fue ganando a lo largo de la ópera), sus compañeros lograron el equilibrio necesario para una ópera que brilló en todo.

Por sensaciones siempre personales, me gustó la Ginevra de la soprano rusoestadounidense Erika Baikoff que volvía a Oviedo tras su Hansel y Gretel en la temporada de ópera, y el décimo de abono de la OSPA hace poco. Si entonces destacaba «su voz clara, ágil, de excelente proyección y volumen suficiente», sigue siendo cautivadora, luminosa, brillante, «verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices (…) de enorme expresividad» que interpretó el papel de princesa impregnado de la evolución dramática desde el enamoramiento (Volate amori) al sufrimiento (Mi palpita il core), con recitativos y arias impecables (Si, morró), dúos bien empastados y encajados con Dalinda -con el «equívoco tímbrico» y argumental por el parecido de color vocal- y con Ariodante. Cada aria arrancó los aplausos de un público rendido a la Ginevra.

La soprano israelí Shira Patchornik fue todo un descubrimiento como Dalinda. Resultó la más desenvuelta en escena sin el peso del papel (apenas dos escenas con tableta), bien memorizado y expresivo, ideal desde su primera intervención y el aria Apri le luci para ir ganando en Il primo ardor emocionante, aún mejor en el acto segundo (muy sentida en Se tanto piace al cor), muy grande en el tercero (agilidades perfectas de Neghittosi or voi che fate), dúos perfectos (el Dite spera con Lurcanio) y una técnica primorosa para las «envenenadas» agilidades siempre cantadas con limpieza y proyección sin perder un color brillante en toda su amplia tesitura.

Cual Giovanni Carestini, el famoso castrato para el que Händel escribió muchos papeles (incluyendo el estreno de Ariodante), un más que agradable descubrimiento me resultó el contratenor francés Christophe Dumaux, otro de los más aplaudidos (y coincidiendo con la salida a escena de Ariodante), como Polinesso, y no lo escribo por esa rara afinidad mía con «los malos de las óperas», sino por todas las cualidades vocales exhibidas de principio a fin, impresionantes sus agilidades y expresividad. Dotado de una técnica asombrosa siempre al servicio de la partitura, con plena convicción interpretativa y escénica, desde un color que no perdió ni en el cambio al grave natural con ese registro y rolque pide ser incisivo y oscuro.

Ya he perdido la cuenta de las veces que he disfrutado de Magdalena Kožená. Mi primera entrada en el blog fue precisamente con La Cetra diez años atrás, y más recientemente en Granada en 2023 y 2025. La mezzo checa sigue manteniendo el carisma que la acerca a públicos heterogéneos. Mantiene su técnica impecable, unos agudos y medios todavía rotundos más curiosamente con los años ha perdido el color y volumen del grave. Supongo que Marcon la conoce como pocos directores, y apuró las dinámicas en esos pasajes para permitirnos seguir disfrutando de unas agilidades algo apuradas en las arias rápidas (Con l’ali di costanza y Tu, preparati a morire) o para encajarlas con el ensemble, reposando en los cambios de aire antes del «da capo», pero sobre todo en las más profundas y expresivas. Kožená volvió a ponernos la carne de gallina en el aria  Scherza infida, tiorba perlada y fagot meciendo el continuo, elegancia y empaste en los dúos con Ginevra o el monumental arranque del acto tercero con las arias Numi! Lasciarmi vivere, expresividad y emociones compartidas, recuperando sensaciones en Cieca notte, en unos graves muy mimados tras de sí, y sobre todo en la rápida Dopo notte, como si avanzando la representación la checa fuese encontrándose más cómoda en unas agilidades siempre endemoniadas, aunque con Marcon y La Cetra no lo parezcan.

El tenor chileno nacido en Suiza Emiliano González Toro mantuvo el nivel de calidad en su doble papel de Lurcanio, hermano de Ariodante (muy bien en las arias lenta Del mio sol vezzoi rai y rápida Tu vivi) y como Odoardo, un cortesano, de timbre ideal para este repertorio, bien empastado en los recitativos.

Y otro tanto con el barítono español José Antonio López, otro de mis conocidos en Oviedo y Granada, que fue de menos a más como Rey de Escocia, seguro en cualquier repertorio y que se lució en sus arias Voli colla sua tromba junto al impecable dúo de trompas, el aria Piú contento e piú felice, agilidades claras y el carnoso registro medio y agudo, sin perder mucho volumen en el grave. Mejor aún por lo emotivo y el fraseo ideal en la recogida Al sen ti stringo siempre «mimado» por Marcon y La Cetra.

Buena despedida lírica de esta temporada en Oviedo, donde remarcar que sin necesidad de figuras de renombre mundial, que también llenan, agradezco primen los repartos homogéneos y seguir disfrutando de títulos como los barrocos que mantienen la afición.

REPARTO

Magdalena Kožená (mezzosoprano): Ariodante, enamorado de Ginevra.

Erika Baikoff (soprano): Ginevra, hija del rey.

Christophe Dumaux (contratenor): Polinesso, duque de Albany

Shira Patchornik (soprano): Dalinda, amiga de Ginevra.

Emiliano González Toro (tenor): Lurcanio, hermano de Ariodante / Odoardo, un cortesano

José Antonio López (barítono): Rey de Escocia.

La Cetra Barockorchester Basel

MÚSICOS:

Violines primeros:

Katharina Heutjer, concertino – Johannes Frisch – Christoph Rudolf – Sue-Ying Koang

Violines segundos:

Germán Echeverri Chamorro, principal – Ildikó Sajgó – Cecilie Valter – Petra Melicharek

Violas:

Sara Gómez, principal – Lorenzo Rosato

Violonchelos: Jonathan Pešek, principal – Amélie Chemin

Contrabajo:

Fred Uhlig, principal

Oboes:

Georg Fritz – Priska Comploi

Fagot:

Carles Cristobal

Trompas:

Alessandro Denabian – Dimer Maccaferri

Trompetas:

Andreas Lackner – Thomas Steinbrucker

Clave:

Andrea Buccarella

Tiorba:

Lorenzo Abate

Andrea Marcon (director)

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