Inicio

Silencios sonOROs

2 comentarios

Domingo 15 febrero, 12:00 h. Cúpula del Centro Niemeyer. Coro EL LEÓN DE ORO, Marco Antonio García de Paz (director): Deafening Silence. Obras de Venturini, Donati, Pärt, Cage, Arnesen y Whitacre. Entrada: 12€ (+ 1€ de gestión). Fotos de Beatriz Montes y propias.

Silencio sonoro, silencio de oro, silencio respetuoso, silencio vergonzoso, silencio cómplice, silencio doloroso, silencio bochornoso, silencio majestuoso y musicalmente llenando vacíos como pausas en un camino de aires actuales, con un silencio imponente y trágico, impetuoso y nostálgico, el oximoron de «silencio  atronador» o «silencio ensordecedor» (Deafening Silence), porque lo vivido esta mañana dominical en la Cúpula del Niemeyer -con todo vendido muchos días antes– gracias al El León de Oro (LDO), más allá de mi reconocido calificativo de «leónigan», traspasa todo lo que pueda contar o intentar describir. Pensé incluso en poner solo la ficha técnica y dejar toda esta entrada en blanco cual silencio, pero hay experiencias que no podemos dejar pasar aunque a veces la prensa las omita o no les dé la importancia que tienen.

Barajé también disertar sobre la cantidad de música que se ha compuesto con el silencio como tema a lo largo del tiempo («The Sound of Silence» lo primero que me vino a la cabeza), más allá de que sea tan importante como el propio sonido desde aquella definición decimonónica que «la música es el arte de combinar sonidos y silencios».

No hace falta decir que LDO es sin duda uno de los coros más reconocidos del panorama coral internacional, más allá del español, y he vivido en primera persona su triunfo en el reciente Festival AtriumMusicae en Cáceres, donde ofreció dos conciertos que siempre son únicos bajo la dirección de Marco Antonio García de Paz, maravillando a un público llegado de los cuatro puntos cardinales.

El programa del Niemeyer se titulaba Deafening Silence (Silencio ensordecedor), una invitación al público a adentrarse en un viaje sonoro que interpelaba, conmovía y cuestionaba nuestro tiempo, como ya indicaba la web del ágora avilesina y el propio programa de mano:

«En una época en la que las ideologías se disuelven y las palabras pierden peso, el silencio –aparentemente pasivo– se vuelve protagonista. Pero no cualquier silencio: un silencio ensordecedor, que grita con fuerza todo aquello que ya no se dice, lo que se oculta, lo que no se quiere mirar».

Luces cuidadas, proyecciones con varios textos, cantados o evocados, imágenes en movimiento y un público en un respetuoso y por momentos inquietante silencio, donde se podía escuchar respirar con solo algún leve y breve comentario infantil que se apagaba rápidamente. Una selección de obras que solamente «los leones» puede interpretar porque se mueven -en todos los sentidos- cómodos tanto en las épocas históricas pero especialmente en el repertorio coral de nuestro tiempo que dominan como ningún otro en España. Sigo citando los propios textos que invitaban a leerse y pensarse antes, durante y/o después de una experiencia sonora más allá del silencio:

Este concierto nace de una necesidad urgente: la de reflexionar, desde el arte, sobre la indiferencia y la distancia creciente entre los avances tecnológicos y la dignidad humana. Mientras algunos alcanzan las estrellas, millones siguen luchando por derechos básicos. Las voces que aquí resuenan –poéticas, espirituales, fragmentarias– nos hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre.

Las obras de los seis compositores elegidos suman textos de autores que nos invitan a escuchar  esa música desde otro lugar, puede que el interior. Y el silencio se hizo con Venturini (Udine, 1959) y la obra que daba título al concierto. Aparición del coro bajo la cúpula susurrando, hablando, cantando recorriendo el espacio con el sonido, ubicándose en una tarima con un fondo que daría luz al tríptico y las letras de Donati (Arezzo, 1972), tinieblas de disonancias que suenan próximas, bellas y hasta luminosas. El lenguaje de Dante sublimado con la música del madrigalista contemporáneo en las voces impecables, afinadas, expresivas, celestiales asentadas desde el Averno del arquitecto brasileño.

Si hay un compositor que conmueve como pocos es el estonio Arvo Pärt más allá de su música sacra, y LDO sigue ejerciendo su apostolado. Las dificultades no existen, afinan, empastan, emocionan, juegan con el espacio, disfrutan con el sonido, la magnificencia de los fortissimi y los interiorizados pianissimi tan trabajados que se hace imposible consigan esa fusión vocal tan plena. Carne de gallina en el cántico bíblico de Simeón, Nunc dimittis, enlazado con The Deers Cry (2007), maravilloso diálogo de la voces masculinas y femeninas en un continuo “in crescendo” lleno de fuerza donde sentir esas maravillosas polifonías del final con todas las voces combinadas en un momento de gran inspiración y emoción con el grito del ciervo (impresionantemente proyectado), jugando con «Cristo» conmigo, delante, detrás, en mí…

Y llegó la «conocida» obra de John Cage, el único compositor no vivo del concierto, con 4’33’’ que no apareció como provocación (lo fue en su momento y hasta se vendía por 0,99€ en las plataformas), un reloj de arena proyectado ese tiempo de silencio absoluto mientras Marco  A. García de Paz dirigía al imaginario coro silencioso que formaba el público, marcando a tres o a cuatro, quién sabe si Victoria o  Rheinberger como en Cáceres, las pausas y «fraseos», que buscaban lo escrito previamente: «un punto de inflexión que nos invita a escuchar el espacio, el tiempo y la comunidad reunida. Especialmente en un lugar como la cúpula del Centro Niemeyer, el silencio se convierte en una experiencia compartida que da sentido a la música que la rodea».

Del compositor noruego Arnesen (Trondheim, 1980) que hoy en día está siendo referente coral a nivel mundial, LDO nos interpretarían un emocionante Even When He Is Silent (2011), una obra coral conmovedora e introspectiva cuya música está inspirada en un texto breve pero profundamente conmovedor, escrito por un judío que se escondió durante la Segunda Guerra Mundial y encontrado rayado en la pared de un sótano en Colonia, que estuvo proyectada mientras  la escuchábamos.

De nuevo el silencio como protagonista pues así comienza reflejando la profunda profundidad de las palabras usadas para ir gradualmente desarrollándose hasta un clímax dramático con la frase «Creo en el amor», que encarna las intensas y conflictivas emociones de aferrarse a él en tiempos difíciles. La pieza se desvanece luego en un final más contemplativo, que culmina en una serena aceptación de la fe en Dios, incluso en medio del silencio. Música conmovedora, de acordes exuberantes y desafiantes líneas vocales, todo un viaje emocional del texto interpretado con profundidad por LDO donde también está la esperanza en los momentos más oscuros, iluminados tenuemente como las luces sobre las partituras. Podrán quitarnos el sol o el amor pero la música nos recuerda que incluso en las circunstancias más sombrías, podemos aferrarnos a nuestra esperanza y fe.

Y para finalizar esta experiencia coral otro de los compositores «fetiche» de los asturianos, Eric Whitacre (1970) con las voces graves rodeándonos desde arriba, las blancas en la tarima y Marco manejando ese Water Night, luz y oro, noche con ojos de caballo y de agua, «Silencio y soledad» antes de un recitado preparando la última posición del coro, «voces que aquí resuenan, poéticas, espirituales, fragmentarias, hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre«, de guerras en Gaza y Ucrania pero también en África, Asia… When David heard, un tránsito musical a la muerte, al silencio y la oscuridad, emoción contenida, explosión coral de una página que LDO tienen en su genética y va pasando de generación en generación con la misma entrega de sus inicios. El proyecto es una realidad y mantiene la eterna búsqueda de la belleza vocal que prosigue con una versatilidad única, capaz de transitar entre estilos muy diversos manteniendo coherencia expresiva y claridad sonora, que incluso desde el silencio atronador.

Finalizo con las notas escritas por Marco A. García de Paz:

En su ensayo “El resto es silencio”, Aldous Huxley reflexiona sobre cómo el ser humano experimenta la belleza, el placer, el dolor, el éxtasis o la muerte sin necesidad de expresarlos con palabras. Cuando lo inexpresable exige manifestarse, decía, recurrimos a la música. Y cuando la música ya no basta, siempre queda el silencio.

Shakespeare coloca esas mismas palabras —The rest is silence— en boca de Hamlet en el instante final. Pero en su tragedia la muerte no es solo un desenlace: es un proceso. Un camino que va desde la oscuridad del duelo hasta un intento de reconciliación con lo inevitable. La vida, parece decirnos Shakespeare, no se pierde del todo mientras haya alguien que recuerde, alguien que cruce el umbral del tiempo para contar la historia. Mientras exista la memoria, el silencio no será vacío.

Deafening Silence propone precisamente eso: escuchar el silencio no como ausencia, sino como presencia cargada de significado. Como un espacio donde la música, al retirarse, nos obliga a mirar, y a mirarnos, con mayor profundidad.

PROGRAMA

Andrea Venturini (1959)

Deafening silence

Lorenzo Donati (1972)

– Davanti alle tenebre – Dentro alle tenebre – Oltre le tenebre

Arvo Pärt (1935)

Nunc dimittis

The Deers Cry

Jonn Cage (1912 – 1992)

4’33’

Kim André Arnesen (1980)

Even When He Is Silent

Eric Whitacre (1970)

Water Night

When David heard

Talento joven

Deja un comentario

Viernes 13 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Concierto nº 2101 del año 120 (nº 4 del año 2026) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Oviedo Filarmonía (OFil); alumnos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía: Moira Petra Cauzzo (violín) y Sanghyeok Park (cello); directores: Javier Huerta Gimeno, Simon Peter Schmied, Philipp Schneider Benjamin y Leonard Wacker, alumnos de la Cátedra de Dirección de Orquesta Zubin Mehta, y de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Obras de Bach, Schubert y Brahms.

Nuevo concierto de la centenaria Sociedad Filarmónica de Oviedo que traía a la orquesta Oviedo Filarmonía y jóvenes talentos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, quienes han estado ensayando dentro de sus prácticas desde el pasado día 8, una semana con tres sesiones que desembocaron en este concierto del viernes 13, y que forma parte de un convenio suscrito entre la citada Escuela y la OFIL en febrero del año pasado, orientado a reforzar la formación del alumnado de dirección de los maestros Nicolás Pasquet, titular de la Cátedra, y Jordi Francés (hoy presente en la sala).

Cuatro directores para tres obras, para las que se organizaron (pese a haberlas trabajado todos ellos) alternándose en el podio, con estilos diferentes y en parte rompiendo la unidad expositiva al ser aplaudidos al finalizar cada intervención y realizar los cambios. Con todo las partituras elegidas son cual «fondo de estudio» que no debe faltar ni a estas batutas ni tampoco a una OFIL siempre versátil que sabe seguir las indicaciones amoldándose siempre a cualquier repertorio. Y pese a una plantilla algo más reducida sobre todo en la cuerda (8-6-4-4-3) comandada por Marina Gurdzhiya, en un escenario que no da para más, volvieron a darnos una velada de calidad siendo la mejor herramienta para el aprendizaje (que no cesa) de estas promesas en el siempre difícil terreno de la dirección orquestal.

Leonard David Wacker (Jerusalén -Israel-, 1998) tomaba el mando del arreglo que Anton Webern realizó de la Fuga (2. Ricercata) a 6 voci, de «La ofrenda musical» bachiana, donde las voces juegan con la tímbrica orquestal que el maestro israelí fue marcando con ambas manos en un estilo diría que coral y muy atento a los fraseos y el balance global, recordándome a su compatriota Lahav Shani. Muy bien los primeros atriles de la OFil, desde el trombón inicial a una cuerda compacta y clara.

Javier Huerta Gimeno (Valencia, 1990) que hizo de presentador para comentarnos los distintos directores y cómo se organizaron, además de agradecer a la orquesta su excelente trabajo, comenzó con la «Inacabada» de Schubert y el primer movimiento, expresivo, marcando tanto el compás y las entradas con una batuta precisa, más los muchos matices que el Allegro moderato tiene bien señalados en esta octava sinfonía. Maderas impecables, metales orgánicos, cuerda aterciopelada y dinámicas bien marcadas, todo con el aire preciso El Andante con moto sería de nuevo para Wacker, atento a los fraseos dejando fluir este movimiento donde cada sección de la OFil se pudo volver a lucir.

Tras el descanso llegaría el Doble concierto en la menor, op. 102 de Brahms con dos instrumentistas impecables y bien compenetrados: dos jóvenes alumnos ya destacando en sus respectivos instrumentos: la violinista Moira Petra Cauzzo (Sorengo -Suiza-, 2003) y el cellista Sanghyeok Park (Gangneung -Corea-, 2004), de sonido compacto y ambos precisos tanto por separado como en los dúos.

El primer movimiento lo afrontaría Simon Peter Schmied (Berna -Suiza-, 1995), buen concertador, de gesto claro y batuta flexible, atento no solo a las inflexiones orquestales, también a dejar a los solistas marcar fraseos y tempi, perfectamente contestados por la orquesta que el suizo llevó preciso, siendo el que personalmente se mostró como más maduro.

Para los otros dos movimientos sería el espigado Philipp Schneider Benjamin (Landau in der Pfalz -Alemania-, 1997), empatando los «sin batuta» quien mantuvo el planteamiento de su predecesor en la tarima, de gesto amplio, impregnando este maravilloso doble concierto del hamburgués de una sonoridad compacta y respetuosa con los solistas, intenso en los tutti dejando brillar a los dos virtuosos para una interpretación más que correcta desde una dirección que ya tiene poso y recorrido.

Final con todos saludando, buscando en el patio de butacas a Jordi Francés que tomaría buena nota de esta intensa semana que finalizaba con este concierto al que acudió numeroso público más allá de los socios, y con ganas de música sinfónica en El Filarmónica carbayón en un día donde la lluvia no impidió el disfrute de estas músicas que animan a los aficionados.

PROGRAMA:

Primera parte

J. S. BACH (1685-1750):

Fuga (2. Ricercata) a 6 voci, de «La ofrenda musical«, BWV 1079/5 (transcripción de Anton Webern).

Director: Leonard Wacker.

F. SCHUBERT (1797-1828):

Sinfonía nº 8 en si menor (“Inacabada”):

I. Allegro moderato, en si menor

II. Andante con moto, en mi mayor

Directores:  Javier Huerta Gimeno (I) , Leonard Wacker (II).

III. Scherzo (inacabado)

Segunda parte

J. BRAHMS (1833-1897):

Doble concierto en la menor, op. 102:

I. Allegro.

II. Vivace.

III. Vivace non troppo

Directores: Simon Peter Schmied (I) y Philipp Schneider Benjamin (II y III).

Resistencia titánica

Deja un comentario

Miércoles 11 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1709 de la Sociedad Filarmónica de Gijón, Ciclo de Jóvenes Intérpretes «Fundación Alvargonzález»: Estefan Iatcekiw (piano). Obras de Beethoven, Chopin y Rachmaninov. Fotos propias.

Volvía el piano como protagonista y si el pasado domingo pasaba por Oviedo un «huracán», este miércoles pre-carnavalesco en Gijón, coincidiendo con la nueva Borrasca Nils en un día de los que en Asturias llamamos «aventau», llegaba el muy laureado pianista brasileño Estefan Iatcekiw (Curitiba, 2 de diciembre de 2003), joven y esforzado prodigio con un programa de tres sonatas a cual más exigentes y virtuosas, más unas variaciones bien engarzadas en el concierto, obras que está llevando por distintas sociedades filarmónicas españolas (tras ganar el pasado año el IX Concurso Internacional de Piano Ciudad de Vigo, el mejor premio hoy en día para los jóvenes intérpretes) pues este repertorio que necesita no solo un esfuerzo físico titánico sino también mental, evidentemente debe «amortizarse» ante las horas de estudio que conlleva.

Comenzaba el tour de force de más de dos horas ¡y con cuatro propinas! nada menos que con «El Genio de Bonn» y su Sonata «La tempestad» de la que el maestro Francisco J. Pantín en las notas al programa califica como la «más dramática de Beethoven tras la composición de la Patética. Plena de contrastes, de presagios y de explosiones temperamentales que transcurren entre lo depresivo y la desesperación, utiliza una retórica compleja (…)». El virtuoso brasileño afrontó sus tres movimientos desde el ímpetu juvenil lleno de la equilibrada mezcla de fuerza y delicadeza que supone llena de «trampas» y expresividad, con técnica más que suficiente aunque el empleo del pedal no fue siempre lo ajustado que podríamos esperar de un Beethoven que ya buscaba nuevas resonancias en el piano. Bien los contrastes dinámicos y el toque solemne del Adagio central y el Allegretto que no es ninguna bagatela para volver a citar a mi admirado Pantín: «un motu perpetuo en constante modulación que, partiendo de un motivo aparentemente banal- curiosamente relacionado con la bagatela Para Elisa que Beethoven compondría unos años más tarde- alcanza momentos de tensión extrema a partir de la aparición de un segundo tema que, en insistencia pertinaz a modo de lamento lacerante de dos notas articuladas entre sí, no abandona el sordo fragor de un movimiento incesante de semicorcheas que se acaba extinguiendo en las profundidades del teclado dejando una sensación de amargura profunda». Personalmente más que amargura Iatcekiw me transmitió su enorme trabajo previo pero sin el poso que esta sonata exige y solo con los años se alcanza.

Seguiría otro grande del piano como Chopin y su Sonata nº 3 en si menor, op. 58 en la búsqueda del puro romanticismo desde una forma clásica que el polaco evoluciona desde un dramatismo que parecía ser el nexo del programa. Aquí el brasileño volvió a un pedal que no siempre ayuda ante la exigencia de energía y algo mejor para los momentos lentos además de melódicos, casi «operísticos». Los contrapuntos quedaron algo borrosos y tanto en el Molto vivace del Scherzo  al que faltó ese aire de transparencia, como en el Presto non tanto final donde primó lo virtuoso con mucha fuerza pero poca claridad, aunque el final fuese apabullante para un público que incluso aplaudió el primer Allegro maestoso, impresionado por el despliegue técnico del brasileño.

Para la segunda parte un «monográfico» Rachmaninov del que Estefan Iatcekiw se está convirtiendo en verdadero «apóstol» tras leer en su curriculum que ha ganado el primer premio del IV International Rachmaninov Piano Competition for Young Pianists, realizado en Alemania, además del premio a la mejor interpretación de una obra de S. Rachmaninov. También fue laureado en el International S. Rachmaninov Competition, en Moscú (2022), cuyo jurado estuvo compuesto por figuras como Denis Matsuev, Boris Berezovsky y Vladimir Ovchinnikov. En 2025, Estefan fue galardonado con el Primer Premio en el Concurso Internacional RPM (Russian Piano Music), celebrado en Sanremo, Italia, donde también recibió el Premio Especial del Público, consolidando aún más su reconocimiento internacional. Y de su formación que comenzó con 5 años, se destaca que fue alumno del prestigioso Conservatorio Tchaikovsky de Moscú (donde ingresó a los 15 años) y actualmente cursa sus estudios en la reconocida Juilliard School de Nueva York, bajo la orientación del legendario pianista Sergei Babayan. De su ya larga trayectoria pese a sus 22 años recién cumplidos, en 2023, lanzó su primer álbum solista con las dos sonatas de Rachmaninov, seguido por el álbum Memories con los 24 Preludios del compositor ruso más otro titulado Dreams con obras de Chopin, Scriabin y nuevamente Rachmaninov. En una entrevista para el periódico La Nueva España comentaba  que «es para mí un compositor muy especial. Desde muy pequeño tengo la obra completa de este compositor en mi repertorio y, si pudiera dar un consejo al público, sería que se permitan sentir y dejar que la música los transporte a lugares mágicos. La música no debe ser simplemente escuchada, sino sentida con el corazón».

Parece claro que el camino iniciado está bien enfocado, y en esta segunda parte (más «la tercera» que ya parece habitual entre los virtuosos) mostró todo el enorme trabajo en sus dedos, el ímpetu juvenil y ese deseo de impactar al público cual jurado popular.

A partir del Preludio nº 20 en Do menor del compositor polaco, Rachmaninov escribe las 22 variaciones que un virtuoso como él va desarrollando en muy distintos estilos, y donde Estefan Iatcekiw fue creciendo en intensidad emocional, complejidad sonora y un amplio despliegue de tempi ceñidos a las indicaciones de la partitura. El estilo del compositor ruso es inconfundible y en esta obra de 1902 estrenada por él mismo en Moscú un año después, nos encontramos con sus señas de identidad: contrastes impresionantes, pasajes en octavas, cromatismos, silencios  estremecedores, melodías que nos hacen tomar aire y texturas casi sinfónicas donde intentamos imaginar un diálogo con la orquesta, y que Pantín define y describe: «En el largo camino recorrido asistimos a un gran despliegue de medios en una obra que aporta mucho más que brillantez y virtuosismo y que contiene momentos de belleza y creatividad indudables», reuniendo inspiraciones chopinianas, shumannianas, y evidentemente las propias del inconfundible Rachmaninov.

Y si la escucha parecía agotar la capacidad de asimilar tanta música, todavía quedaba la Sonata nº 1 en re menor de 1907, menos interpretada que la segunda y que en los concursos no suele faltar ante una escritura más allá de un virtuosismo al alcance de pocos. De nuevo las emociones del último romántico en un piano que es una montaña rusa y todo un caleidoscopio sonoro, con un Lento central donde Iatcekiw mostró su gran sensibilidad expresiva. Como una señal el Dies Irae que parece perseguirme hace unos días se volcó en el Allegro molto donde el titán brasileño  se dejó los dedos para imponer fuerza e ira humana, un mefistofélico y deslumbrante concierto de tres atormentados que expresaban en sus obras dolor pero también un lirismo esperanzador tan necesario.

Tras dos horas intensas llegaría la tercera parte que parecía impensable ante el despliegue previo. Y las propinas no fueron tampoco bagatelas, primero el virtuosístico Liszt y su Liebeslied, S. 566 (after Schumann’s Widmung, Op. 25 nº 1), el lied sin palabras igualmente engrandecido por otro compositor y pianista de manos inmensas (casi como las del brasileño que ha perdido kilos, supongo que tras tanto trabajo previo), emotivo y bien «cantado». Después vuelta a su Rachmaninov de referencia y el imponente Preludio op. 23 nº 5 en sol menor, poderoso en dinámicas aunque algo espeso en sonoridad (de nuevo por un pedal no siempre bien utilizado), manteniéndonos en esa tierra de pianistas con Scriabin y su Poème Op. 32 nº 1 en fa sostenido menor, herencia de sus años estudiando en la capital rusa, para dejarnos un imperdible Tico-Tico no fubá (Zequinha Abreu) de su Brasil natal en unas variaciones que redondearon un concierto virtuoso aunque le faltase ese punto de emoción más allá del éxito obtenido para un público asombrado con el prometedor Iatcekiw.

PROGRAMA:

I

Ludwig van BEETHOVEN (1770–1827):

Sonata nº 17 en re menor, Op. 31 nº 2 («La tempestad»)

I. Largo – Allegro
II. Adagio
III. Allegretto

Frédéric CHOPIN (1810–1849):

Sonata nº 3 en si menor, Op. 58

I. Allegro maestoso
II. Scherzo. Molto vivace
III. Largo
IV. Finale. Presto non tanto

II

Sergei RACHMANINOV (1873–1943):

Variaciones sobre un tema de Chopin, Op. 22:

Tema. Largo
Variación I. Moderato
Var. II. Allegro
Var. III. (L’istesso tempo)
Var. IV. (L’istesso tempo)
Var. V. Meno mosso
Var. VI. Meno mosso
Var. VII. Allegro
Var. VIII. (L’istesso tempo)
Var. IX. (L’istesso tempo)
Var. X. Più vivo
Var. XI. Lento
Var. XII. Moderato
Var. XIII. Largo
Var. XIV. Moderato
Var. XV. Allegro scherzando
Var. XVI. Lento
Var. XVII. Grave
Var. XVIII. Più mosso
Var. XIX. Allegro vivace
Var. XX. Presto
Var. XXI. Andante
Var. XXII. Maestoso – Meno mosso – Presto

Sonata nº 1 en re menor, Op. 28:

I. Allegro moderato
II. Lento
III. Allegro molto

Colores sinfónicos

Deja un comentario

Viernes 6 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Pájaro de fuego», abono 7 OSPA, Javier Comesaña (violín), Otto Tausk (director). Obras de Shostakovich, Ravel y Stravinsky.

Séptimo abono de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias) que volvió a mostrar músculo y personalidad en un programa que, bajo la apariencia de eclecticismo, trazaba un arco coherente de colores, tensiones y arquitecturas sonoras del siglo XX. Desde la densidad emocional de Shostakovich (al que seguimos «conmemorando» esta temporada 2025-26) hasta el refinamiento francés de Ravel y el fuego controlado de Stravinsky, la velada tuvo algo de lección sinfónica bien entendida y con más público del habitual, que se va incorporando paulatinamente a medida que avanzan los conciertos de abono.

Como siempre hubo encuentro previo a las 19:15 horas con Otto Tausk (Utrecht, 1970), director invitado que nos hizo llegar su visión de este programa ruso con acento francés y mucho color sinfónico en tres obras de tres grandes sinfonistas que, a diferencia de otros compositores, plasman en la partitura todo lo que debe tocarse, que ya es mucho, y que como refería con humor el holandés, tiene «poco trabajo» con estas obras donde lo importante es dejar que la la música fluya, pero sin excesos.

Tausk, un director holandés con amplia trayectoria que como violinista tuvo de profesor en su Holanda al que fue discípulo de David Oistrakh (que estrenó precisamente el concierto de este primer viernes de febrero), es de gesto claro y economía expresiva, y supo dejar fluir la música sin forzarla, tal como nos previno, cuidando un equilibrio muy trabajado entre secciones. El resultado fue un sonido compacto, especialmente en una cuerda densa y bien empastada, liderada con autoridad por la concertino invitada Joanna Wronko, y unas maderas y metales integrados con naturalidad en el discurso junto a la percusión  y arpa más celesta (alternaría en Stravinski con el piano) perfectamente ensamblados .

El eje emocional del concierto fue, sin duda, el Concierto para violín nº 1 de Dmitri Shostakovich, obra escrita “escondida en un cajón” a la espera de tiempos menos oscuros tras la sombra de Stalin. Javier Comesaña afrontó el exigente papel solista con una mezcla de valentía, madurez y control técnico admirable. Desde el Nocturne, supo cantar con un sonido flexible y lleno de matices, desplegando una paleta cromática que recordaba a un Pollock sonoro: aparentemente libre, pero profundamente estructurado. El Scherzo y la Burlesca, con su ironía corrosiva y ese sarcasmo “tan Dmitri”, fueron una auténtica montaña rusa de sensaciones, mientras que la Passacaglia se erigió como un núcleo de gravedad trágica, sostenida con pulso firme y gran concentración expresiva con una cadenza de cortar la respiración.

Como propina, Comesaña ofreció el último movimiento (Les furies) de la Sonata nº 2 de Ysaÿe, un momento de introspección con ese «Dies Irae» que cerró su intervención con recogimiento y elegancia desde su violín parisino Claude Pierray (datado en 1720).

La segunda parte “hablaba francés”, aunque con acentos bien distintos. La Pavane pour une infante défunte de Ravel sonó perfectamente coloreada, arpa con trompa y flauta rivalizando en ejecución bien sentida, de refinado impresionismo y fraseo amplio, con un lirismo que, sin caer en la languidez, me evocó incluso ciertos aires cantábricos por su atmósfera húmeda y envolvente que amplía la paleta de la original de piano, en las manos de Tausk.

Ya con una plantilla completa y una cuerda que se puede calcular con los 6 contrabajos, que siempre son necesarios para un buen cimiento sinfónico, Stravinsky, por su parte, apareció en su versión más gala que rusa con la Suite de El pájaro de fuego (1945), ya desligada del ballet pero aún cargada de energía narrativa. Tausk recordó en el encuentro previo cómo, en esta música donde todo está escrito al milímetro, el reto consiste en comprobar que cada elemento esté exactamente en su sitio. Así ocurrió: danza infernal precisa, berceuse de pulso contenido y un final luminoso, construido con lógica interna y sin efectismos gratuitos, bien llevados por un director que contactó sin problemas con una OSPA cada vez más madura que siempre se ha movido bien en estos repertorios que también conviene “sacar del cajón”.

Un concierto que confirmó el buen momento de la orquesta y dejó claro que los colores sinfónicos, cuando se trabajan con rigor y sensibilidad, siguen diciendo mucho más de lo que parece.

La velada tuvo además un momento de emoción contenida con la despedida de Irina Bessedova, violín segundo, que se jubila tras 35 años en la OSPA. Un agradecimiento sincero y merecido a una trayectoria silenciosa pero esencial.

Gracias, Irina

PROGRAMA:

I

DMITRI SHOSTAKOVICH (1906 – 1975):

Concierto para violín n.º 1 en la menor, op. 77:

I. Nocturne

II. Scherzo

III. Passacaglia

IV. Burlesca

II

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

Pavane pour une infante difunte

IGOR STRAVINSKY (1882 – 1971):

El pájaro de fuego: Suite (rev. 1945):

I. Introduction and Dance of the Firebird

II. Dance of the Princesses

III. Infernal Dance of King Kastchei

IV. Berceuse

V. Finale

Carmen cita en Oviedo

Deja un comentario

Miércoles 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): «Carmen». Fotos de Iván Martínez.

(Crítica para Ópera World del jueves 5 de febrero, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínezmás alguna propia)

Último título de la LXXVIII Temporada de la eterna cigarrera sevillana, «Carmen» de Bizet (también la de Mérimée), cima de la ópera francesa y una de las mayores obras maestras del teatro cantado de todos los tiempos, que es un imprescindible para asegurar buena respuesta de público, también por poseer la mayor cantidad de melodías populares para todos, que regresaba al coliseo ovetense por decimocuarta vez desde1894 (recuerdo personalmente la de 1984 con Carreras y Obratzsova), representada ahora en versión de opéra-comique al recuperar los diálogos hablados del propio Bizet en el estreno parisino de 1875, y dentro de una producción del Auditorio de Alicante firmada por Emilio Sagi en un título que nunca es inocente ni sencillo.

El libreto de Halévy y Meilhac que se inspira en Merimée nos narra la historia de una mujer nómada y hedonista que por encima de todo ama su independencia y libertad (repetida a lo largo de la ópera), y que en nuestros días calificaríamos como “mujer empoderada”, y aunque todos sabemos que su historia de amor fatal termina en tragedia, en pleno siglo XXI seguimos despertándonos muy a menudo con estos crímenes que parece no hay forma de detener.

Fiel a sí misma, Carmen rechaza la esclavitud que José le propone desde esta partitura exquisita y llena de luz que como repite la protagonista, y cita Sagi en el libreto, «Ha nacido libre y libre morirá». Carmen es mito, espejo y herida abierta, y el ovetense lo sabe. En la prensa local, el hijo predilecto de la capital reflejaba haberla despojado del ornato para buscar lo esencial de una mujer que, insistía, «no es ninguna puta, es una mujer que quiere ser libre». Su propuesta, de escenografía sobria y eficaz diseñada por Daniel Bianco, se articula en torno a un espacio único —un coso simbólico de albero rojo— verdaderamente es granza, como una arena pero de goma que “no mete ruido ni suelta ácaros ni polvo, y es muy higiénico. Aquí hay tantas peleas que es estupendo para tirarse al suelo” como explicaba unos días antes el propio Emilio, y que funciona como metáfora de encierro, destino y violencia anunciada, un atrezzo limitado a sillas y mesas que son plaza, taberna, paraje montañoso o coso taurino, siempre con el rojo que lo invade todo: pasión, sangre, advertencia…

La iluminación de Eduardo Bravo, con las bombillas que suben y bajan, siempre muy cuidada, más las videoproyecciones de Pedro Chamizo (hermosa noche de luna llena), hoy imprescindibles y enriquecedoras para estas puestas de escena sencillas a la vez que eficaces, si se me permite el oxímoron son ‘la complejidad de lo sencillo’, completando un marco visual que, sin deslumbrar, acompañan con inteligencia el desarrollo dramático, destacando momentos de gran belleza como la taberna de Lillas Pastia o el clima ominoso del cuarto acto.

Sagi anticipa la tragedia y subraya, desde el segundo acto, la violencia latente de Don José hacia Carmen, sin renunciar al tono ligero y casi burlón que Bizet y sus libretistas reservaron para los personajes secundarios (como en la escena echando las cartas). Las coreografías de Nuria Castejón, siempre orgánicas y reconocibles, extensibles incluso a los cantantes, aportan ese andalucismo estilizado que evita el folclorismo fácil, con un entreacto danzado de notable fuerza simbólica y sin taconeo, bailan sobre las mesas y destacar tanto el cuerpo de baile como el bellísimo solo de Juan Pedro Delgado, un torero con capa de plasticidad y tronío.

En el plano vocal, la más aplaudida de la noche fue la mezzo brasileña Marcela Rahal, debutante en la Ópera de Oviedo, que construyó una Carmen de gran presencia escénica y caudal vocal generoso, aunque los fraseos los cortase más de la cuenta. En la  famosa habanera «L’amour est un oiseau rebelle» mostró alguna respiración excesiva, pero su progresión dramática fue innegable, del blanco al rojo, hasta culminar en un cuarto acto de intensidad y convicción.

El tenor italoestadounidense Leonardo Capalbo, también debutante en Oviedo que sustituyó al inicialmente previsto Antonio Corianò, asumió el ingrato reto de Don José con entrega absoluta, dibujando un personaje extremo, obsesivo y sin redención. De instrumento potente y expresivo, aunque de fraseo precipitado y ciertos agudos forzados restaron matices a un rol que exige tanto lirismo como contención, histriónico por momentos con la violencia del papel reflejada en una voz que solo logró un pianissimi recurriendo a un falsete poco agraciado en la esperada «La fleur que tu m’avais jetée” poco sentida. La soprano italiana Francesca Sassu ofreció una Micaela correcta pero algo limitada en vuelo, proyección y color, con un vibrato que afea sus agudos, mientras que el barítono ubetense Damián del Castillo defendió con solvencia su debut como Escamillo, elegante pero sin buscar la rotundidad, de gran presencia escénica y buen empaste en el “duelo” con Don José, buena faena de aliño en una plaza que conoce bien.

Sólidos los papeles secundarios, con un Zúñiga especialmente acertado  del bajo tinerfeño Jeroboám Tejera tanto en lo vocal como en lo escénico, y una Mercedes eficaz, presente además de convincente de la mezzo barcelonesa Anna Gomà, mientras la Frasquita de la soprano madrileña Inés Ballesteros quedó siempre opacada en volumen e incluso en el inicial trío femenino del tercer acto no empastó todo lo deseado.

Mantuvieron la homogeneidad vocal y el abanico tímbrico los dos barítonos, Morales del mexicano Emmanuel Franco, y Le Dancaïre del cordobés Javier Povedano, más El Remendado del tenor catalán Josep Fadó, moviéndose todos muy bien en escena y logrando un conjunto bien empastado en el quinteto del segundo acto.

Destacar como ya es habitual el gran trabajo del Coro Intermezzo que dirige Pablo Moras, con algún desajuste con el foso, pero bien en conjunto, y especialmente las “cigarreras” además de bandoleras. De afinación intachable, proyección precisa y empaste global, sumaron una escena que con su movimiento ayudaron a que esta producción “minimalista” por sencilla la engrandecieran manteniendo una acción dramática que no decayó nunca.

Del Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento solo elogios porque no solo aportan frescura y cohesión a la propuesta, son verdaderos artistas en escena, desde su primera aparición en el cambio de guardia, unos profesionales desde el juego con las espadas de palo, hasta el desfile torero jugando entre “los mayores”, con un empaste y afinación que se alcanza con mucho trabajo previo bien llevado por Cristina Langa.

En el foso, el avilesino Rubén Díez condujo a la Oviedo Filarmonía con atención al equilibrio entre escena y orquesta, destacando los preludios, impecable el inicial y el del tercer acto de sonoridad presente llena de musicalidad con el arpa de Domené con la flauta de Mercedes Schmidt. Otro tanto en los pasajes orquestales, aunque con los ya indicados desajustes puntuales e  inevitables en una obra compleja de equilibrar, respetando el protagonismo y balance con las voces, con una lectura serena y bien coordinada con todas las secciones, para hacer que la función fluyese con solidez.

El público, casi completando el aforo para esta tercera función, respondió con entusiasmo creciente y ovaciones finales porque son títulos que atraen y el reparto, más o menos equilibrado sin grandes figuras, ayuda a los éxitos en taquilla.

©PabloSiana

Carmen cerraba la temporada ovetense (quedan aún la cuarta el próximo sábado, precedido del “viernes de ópera” con un sugerente segundo reparto) dejándome sensaciones encontradas, pero confirmando que esta obra, tantas veces representada, sigue interpelándonos con la misma crudeza: la libertad (que siempre tiene su precio), el deseo y la violencia, que siguen bailando peligrosamente juntos sobre la arena roja del escenario.

FICHA:

Miércoles 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): «Carmen», Opéra comique en cuatro actos, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en la obra homónima de Prosper Mérimée (1845, rev. 1846). Estrenada en la Opéra Comique de París, el 3 de marzo de 1875. Producción del Auditorio de Alicante.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Rubén Díez – Dirección de escena y diseño de vestuario: Emilio Sagi – Diseño de escenografía: Daniel Bianco – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo – Coreografía: Nuria Castejón – Diseño videoproyección: Pedro Chamizo – Dirección del coro: Pablo Moras – Dirección del coro infantil: Cristina Langa – Fotos: Iván Martínez.

REPARTO:

Zúñiga: Jeroboám Tejera (bajo) – Moralès: Emmanuel Franco (barítono) – Don José: Leonardo Capalbo (tenor)* – Escamillo: Damián del Castillo (barítono) – Le Dancaïre: Javier Povedano (barítono) – Le Remendado: Josep Fadó (tenor) –Frasquita: Inés Ballesteros (soprano) – Mercédès: Anna Gomà (mezzo) – Carmen: Marcela Rahal (mezzo)* – Micaëla: Francesca Sassu (soprano).

Orquesta Oviedo Filarmonía (Ofil)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento

* Debutante en la Ópera de Oviedo

Arranca Atrium Musicae 2026

2 comentarios

Miércoles, 28 de enero, 19 horas. 4ª edición Atrium musicae. Concierto inaugural: Coria, Catedral de Santa María de la Asunción: Benjamin Alard (órgano): Ostinato y Tenuto. Obras de Muffat, Froberger, Couperin, Pachelbel, Bach y Grigny.

Arranca la cuarta edición de Atrium Musicae de Cáceres del 28 de enero al 2 de febrero y llega por primera vez a Trujillo, Plasencia, Garrovillas de Alconétar, y la Catedral de Coria donde se inauguraba este festival extremeño en un espacio de singular valor patrimonial que conserva en el lado del Evangelio un imponente órgano (el de la Epístola aún espera «resucitar») construido por José Verdalonga en 1806. En él daba el pistoletazo de salida a los 16 conciertos programados para este 2026, Benjamin Alard, que en la anterior edición visitó los distintos órganos de la provincia extremeña quedando prendado de éste, como bien nos contó en la presentación Antonio Moral, director artístico de este festival, presentando al teclista francés a quien descubría en Granada en 2o23 y 2024 (recordando en este festival cacereño dará un segundo concierto el próximo sábado 31 en esa joya de órgano del siglo XVI en Santa María Garrovillas de Alconétar, aunque a este no podré escaparme).

Benjamin Alard es una de las grandes figuras actuales de los teclados antiguos, reconocido por sus grabaciones de Bach y por una trayectoria marcada por la investigación histórica y la excelencia interpretativa que a Coria nos trajo un excelente y escogido programa, que detallo al final de esta entrada, donde recorrer distintas tradiciones europeas del siglo XVII y comienzos del XVIII, «desde la retórica austroalemana de Muffat o Pachelbel hasta la elegancia francesa de Couperin y De Grigny, con Froberger como nexo y Bach como horizonte. Un viaje por estilos y formas que muestra la riqueza del repertorio organístico en diálogo con un instrumento histórico extremeño» como rezaba el programa de mano y donde indico el orden de las obras. Mi primer día de festival me acercó a una de mis pasiones de melómano, el mundo del llamado «rey de los instrumentos» por su grandiosidad, donde si cada uno es un mundo, cada órgano en sí es una galaxia, pues cada intérprete debe surcarla, conocerla, reconocerla, investigar los registros, combinaciones, acústica y estilo a ser posible lo más apropiado o cercano a cada obra elegida para el concierto. Y el bien conservado órgano del Evangelio construido por José Verdalonga se plegó a las exigencias del maestro Alard, con unas sabias elecciones de toda la tuberías -y pedalero- que aguantaron, salvo algún «gemido» inicial, a la gran riqueza demostrada por el maestro francés, todo un prodigio de la ornamentación barroca con una amplísima gama de registros de trompetería, flautados y lengüetas.

Sin analizar cada obra, o grupo de ellas, abundaron las «chaconas» variadas en tímbricas y aires, prologadas por las virtuosas tocatas, como la inicial de Muffat (de agudos prístinos), preludios o las «fantasías», que lo fueron literalmente, como la maravillosa de Froberger sobre las notas que fueron sonando para mostrando la riqueza de registros de esta joya organística del barroco extremeño explorando registros de 2″ y 4″ verdaderamente celestiales.

Punto y aparte para «mein Gott» y su Fantasia en sol mayor BWV 572 (c. 1712) en tres secciones que comienzan en el vigoroso Allegro (Trés vitement), virtuoso pero siempre claro y preciso en las manos y pies de Alard, enlazando con los Gravement y Lentement donde los registros «escondidos» brillaron con luz propia desde una sabia elección de los mismos, así como la escrupulosa lectura de cada nota que Bach refleja en esta obra de su época en Weimar, con la cercana influencia del entonces «todopoderoso» Buxtehude, con una perfecta escucha de todas y cada una de las voces (de 2 a 5) y cómo va ganando protagonismo el pedal.

Está claro el dominio de «dios Bach» a cargo de su actual apóstol francés, que además nos regaló una «Chacona» que descubrió el pasado mes de diciembre y que supuso la alegría de este estreno del que podremos presumir haberlo disfrutado en primera persona.

Para finalizar la hora de concierto en la catedral con una entrada casi al completo, nadie mejor que el francés Nicolas de Grigny para sacar del órgano de Coria «los grandes registros» como así dejó reflejado el su «Libro de Órgano» de 1699, que su compatriota exprimió para sorpresa auditiva y verdadera «prueba de fuego» del Verdalonga que cumple 220 años pero sigue en plena forma.

El jueves estaremos en Cáceres para seguir contando este Atrium Musicae en mi día 2.

PROGRAMA:

Georg Muffat (1653 –1704)
1. Toccata tertia
2. Ciaccona en sol mayor (Apparatus musico-organisticus, 1690)

Johann Jakob Froberger (1616 – 1667)3.
3. Fantasia sopra ut, re, mi, fa, sol, la… en do mayor, FbWV 201

Louis Couperin (1626 – 1661)
4. Prélude

5. Chaconne

8. Carillon (compuesto para ser interpretado en el órgano de Saint-Gervais entre las vísperas de Todos los Santos y la Festividad de los Difuntos)

Johann Pachelbel (1653 –1706)
6. Fantasia en sol menor P. 255
7. Toccata en do mayor P. 454
9. Ciaccona en re menor P. 41

Johann Sebastian Bach (1685-1750)
10. Fantasia en sol mayor BWV 572 (c. 1712)

Nicolas de Grigny (1672-1703)
11. Punto de órgano en los grandes registros (Libro de Órgano, 1699)

 

P. D.: añado tres excelentes fotos en HD de Sandra Polo, las oficiales para la Fundación Atrio.

Regalos para guardar

2 comentarios

Viernes 23 de enero, 20:00 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Abono 6, EL RESPLANDOR DE DVORAK: OSPA, David Moen (tuba), Ramón Tebar (director). Obras de Brahms, Birtwistle y Dvořák.

Agradecido de poder celebrar mis 67 inviernos con el sexto de abono de una OSPA que va sumando público, sigue ganando en calidad y volviendo a traer a directores con los que se nota desde el principio no ya la química o el entendimiento necesario, también el trabajo previo que nunca se ve, con poco tiempo de ensayo (desde el lunes antes del concierto) para poder comunicar todo lo que se busca en cada programa, sumándole los encuentros previos donde siempre aprendo, además de ayudarnos a comprender, escrutar y atender detalles que no por escuchados otras veces, nos pasan desapercibidos incluso a los melómanos irredentos.

El encuentro previo de las 19:15 en la Sala de conferencias nº 1 (de la 3ª planta) está igualmente atrayendo a más público y con Fernando Zorita (que tiene muchas horas de rodaje desde aquella extinta OSPATV que permanece aún en  los «históricos» de YouTube©) estuvo el director valenciano Ramón Tebar (1978) para compartir y descubrirnos (en este día nunca mejor los dichos de «muriendo y aprendiendo», «no te acostarás sin saber una cosa más» e incluso «nunca es tarde para aprender»). Le recordaba en sus anteriores visitas a Oviedo en el undécimo abono de 24 abril de 2015 y un Trovatore el 13 de octubre de 2017, alternando repertorio sinfónico y foso, por lo que me gusta releer mis reseñas de entonces (incluso en el ya abandonado Blogger) y comprobar el crecimiento artístico del maestro Tebar. Su acercamiento a las tres obras de este sexto de abono en esta temporada de la OSPA, que contó nuevamente con Aitor Hevia como concertino invitado, las aprovecharé para irlas incluyendo en mis propios comentarios pues no tienen desperdicio.

La imagen que todos tenemos de Brahms no siempre corresponde, como suele suceder, con la habitual que nos ha transmitido la historia, y nos lo pudimos imaginar cuando «En 1879 la Universidad de Breslau nombró a Brahms Doctor Honoris Causa. Como agradecimiento, el compositor escribió La Obertura para un festival académico, en la que se recoge la alegre tradición estudiantil» que refleja Ramón Avello en las notas al programa. Parece que al hamburgués no le gustaba viajar en barco y rechazó otro nombramiento similar en las Universidades de Oxford y Cambridge, quedando en Honorario precisamente por su miedo a cruzar el Canal de la Mancha, aunque su tocayo valenciano nos aclaró que la Obertura para un Festival Académico, op. 80 sí fue aceptada por la paralela oferta de unas buenas salchichas y mejor cerveza en tierra polaca, aunque en vez de «regalarles» una página sinfónica, coral o más solemne, optó por recoger los cantos estudiantiles, casi como los de nuestras tunas universitarias, revestirlos con su excepcional sinfonismo (me sigue impactando el final donde escuchamos el Gaudeamus Igitur) en esta su primera obertura, comentando «el Ramón director» que casi con remordimiento por el carácter bromista y juvenil que impregnaba esta obra, escribiría a continuación una segunda Obertura trágica, op. 81, que no sabemos si por programación o casualidades del destino, también interpretará esta temporada la OSPA en el 10º de abono con su titular Nuno Coelho los días 5 en Gijón y 6 de marzo en Oviedo antes de viajar a Bilbao el día siguiente, que nos recordó Zorita. Interesante comprobar cómo Tebar transmitió este sentimiento alegre, festivo y hasta humorístico a una OSPA con «músculo», nuevamente bien empastada en todas las secciones, destacando, de los cuatro números enlazados, las trompas, maderas y timbales en la entonces popular canción estudiantil “Wir hatten eb gebaut” (Construimos una gran casa), y apuntando el excelente trabajo de agógicas jugando con los tempi y los matices desde un balance marcado con la claridad y expresividad del director valenciano.

Citando de nuevo a mi admirado colega Ramón Avello, de la siguiente obra que además de ser estreno por la OSPA y también para Tebar, que mostraría su minucioso estudio previo aunque esta vez sin batuta y casi «operístico» por lo que represente «El grito de Anubis», nos cuenta:

«Harrison Birtwistle (1934-2022) fue un renombrado compositor inglés. Trabajó como director musical del Teatro Nacional de Londres y fue profesor de composición en el Henry Purcell King’s College. Es autor de un amplio catálogo en el que destaca la ópera Minotauro, estrenada en la Royal Opera House en 2008.

The cry of Anubis, El grito de Anubis, (1995), está a caballo entre el concierto para tuba y orquesta y el poema sinfónico. La tuba personifica a Anubis, el dios egipcio de la muerte y la vida después de la muerte, representado con cuerpo de hombre y cabeza de chacal. La obra, de marcado carácter ritual, simboliza un cortejo fúnebre, en el que se contraponen la tuba frente a una sonoridad muy individualizada de los instrumentos de la orquesta. La yuxtaposición de bloques sonoros, el uso de recurrentes obstinados melódicos y rítmicos y un sentimiento ritual, son cualidades de una obra evocativa del mundo de las sombras y la muerte».

Aunque Sir Harrison Birtwistle esté muy consolidado en su país, fue relativamente desconocido para el público general hasta mediados de la década de 1990, cuando algunos acontecimientos ampliaron su perfil ante el público general, especialmente en la última noche de los PROMS de 1995 donde su obra concertante para saxofón (Panic ) generó la incomprensión entre muchos espectadores pero mucha publicidad y el reconocimiento mundial de este «enfant trerrible». El maestro Tebar nos comentó que el estilo del británico está cercano al expresionismo operístico de Berg o Schonberg con una producción teatral que busca libretos ambientados en las mitologías antiguas y modernas, y que The cry of Anubis es casi como una suite donde elige distintos números de su ópera La segunda señora Kong (1994) enlazados donde el personaje del dios egipcio lo canta un bajo-barítono tan cercano en tesitura a la tuba: exigente, difícil, lleno de efectos más allá de melodías reconocibles pero que David Moen, principal de la OSPA casi desde sus inicios, hizo cantar enriqueciendo con la tímbrica tan especial del instrumento al personaje, vistiéndolo de rituales instrumentales paralelos a los del libreto, gritos, quejidos, llantos, siempre muy mimado por una orquesta que las manos del valenciano fueron llevando por los distintos giros estilísticos del compositor británico. Se agradece dar a los primeros atriles conciertos de solista donde dejar constancia de la calidad, virtuosismo y buen hacer de estos músicos no siempre apreciados por el gran público.

Comentar que el tubista estadounidense, pero plenamente asturiano, interpretó las tres obras del programa aunque para «su grito» le ubicaron en una plataforma cercana a su posición orquestal, siendo enormemente aplaudido tanto por sus compañeros como por un público que parece ir acercándose a repertorios de nuestro tiempo sin toser.

De la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» me ha tocado incluso redactar unas notas al programa para la Filarmónica de Gijón y es probablemente una de las obras orquestales más populares e interpretadas. Ramón Tébar la habrá dirigido en incontables ocasiones pero nos abrió la mente para comentar que probablemente se la haya «europeizado» cuando Dvořák lo que buscó fue inspiración en las músicas que escuchó en la entonces «tierra de las oportunidades», cantos de los indígenas, de los esclavos  afrocubanos y tanta inspiración para una música europea llevada al Nuevo Mundo, por lo que su visión de esta enormidad sinfónica apostaba, pese a cierta incredulidad, por fraseos más cercanos a lo que el bohemio escuchó durante su estancia en los EEUU, y que con los años, el trabajo, las lecturas y la experiencia, siempre se encuentran elementos que poder seguir descubriendo. Zorita aún conserva las grabaciones en DECCA con Antal Dorati como una de las que le marcaron, mientras personalmente lo fue Karajan y «Los Berliner», pero Tebar y la OSPA han hecho su versión.

La interpretación fue luminosa, jugando con los acentos, los fraseos, trabajando muchísimo cada matiz, un viaje casi en coche descapotable donde pisar el acelerador o reducir, cambiar de marcha para recrearse en el paisaje que Dvořák contempló. Interesante ir escuchando los distintos y recurrentes temas que el checo va colocando en los distintos movimientos con instrumentaciones variadas, contestaciones precisas dentro de la globalidad para mantener una sonoridad compacta, disfrutando de los primeros atriles, con un cuarteto de cuerda camerístico, una madera inspirada, unos metales broncíneos, más los timbales con la percusión coloreando cada intervención en cuatro movimientos donde el final del primero levantó aplausos extemporáneos aunque expontáneos, el Largo fue sublime y cantado cual «espiritual» más ese fogoso final que me sigue emocionando más allá del regalo de cumpleaños.

Aplaudir cada nueva escucha y apostar por estos acercamientos ricos, siempre distintos sin perdernos nada de lo escrito pero haciendo florecer colores no siempre apreciables que el director saca a la luz.

PROGRAMA

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura para un Festival Académico, op. 80

HARRISON BIRTWISTLE (1934 – 2022 ):

The cry of Anubis *

ANTONIN DVORAK (1841-1904):

Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo»:

I. Adagio – Allegro molto / II. Largo / III. Molto vivace / IV. Allegro con fuoco

* Estreno OSPA

DD traen BB

Deja un comentario

Miércoles 21 de enero, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Daniel Lozakovich (violín), David Fray (piano). Obras de Bach y Beethoven. “A la memoria de las víctimas y familiares de la tragedia ferroviaria de Adamuz”.

Hace tiempo que llamo a Bach «Mein Gott» y padre de todas las músicas, y por ser quien es suelo aplaudir cualquier versión, arreglo, instrumentación e incluso interpretación, por poco que me guste. Con los ingredientes de dios Bach es difícil preparar mal un plato, pero cocinarlo requiere mimo y tacto, especialmente con la sal que debe ir en su punto, dado que la parquedad puede solventarse con alguna pizca más, pero el exceso no tiene arreglo. Programar dos de las «Seis sonatas para violín y cémbalo obligado» esta vez «con teclado» aunque se enmarcase en unas jornadas «ad hoc», ya apuntaba a una receta difícil, pues el piano, como la sal, debe administrarse sin ocultar los sabores.

Comienzo así mi primera impresión del dúo «con dos D»: el sueco Daniel Lozakovich (Estocolmo, 2001) al violín y el francés David Fray (Tarbes, 1991)) al piano (que volvía al auditorio tres años después) que eligieron para la primera parte las sonatas en si menor, BWV 1014 y en mi mayor, BWV 1016 que «El kantor de Leipzig» compuso durante su estancia en Köthen, puede que el periodo más feliz de Bach alejado de las obligaciones religiosas. Las notas al programa de mi admirado Francisco Jaime Pantín, tituladas Evolución ante revolución, ya nos cuentan de ellas lo siguiente:

«Las Seis Sonatas para violín y cémbalo obligado de J. S. Bach fueron compuestas en el último período de su estancia en la Corte de Köthen, donde ocupó el cargo de maestro de capilla entre 1717 y 1723. Dicha corte estaba afectada por la reforma calvinista que prohibía la interpretación musical en los actos litúrgicos, lo que abrió a Bach la posibilidad de desarrollar su labor creativa al margen de la música sacra. Es en este período cuando ven la luz muchas de sus aportaciones a la música instrumental como los 6 Conciertos de Brandeburgo, las Sonatas y Partitas para violín, Las 6 Suites para violonchelo, el primer volumen de El Clave Bien Temperado o las Suites Francesas, entre otras.

El propio hijo de Bach, Carl Philippe, considera estas sonatas como una de las mejores obras de su padre, una muestra de fantasía y maestría compositiva en las que Bach trasciende de las convenciones de la sonata-trío contemporánea para explorar un nuevo modelo de diálogo instrumental, superando los límites del clave como instrumento desarrollador del bajo cifrado y logrando sintetizar el rigor contrapuntístico con la fluidez melódica a partir de un modelo basado en la sonata da Chiesa, que establece una sucesión de cuatro movimientos con alternancia de aires lentos y rápidos: un primer movimiento a modo de preludio expresivo al que sigue un segundo fuertemente contrastante, veloz y en estilo fugado, un tercero de expresión concentrada y un movimiento final de marcado virtuosismo instrumental que acusa la influencia de los conciertos italianos».

Y no siempre que un gran violinista, como D1 (Lozakovich), se une a otro grande al piano como D2 (Fray), resulta verdaderamente un dúo, pese a tener ya una trayectoria juntos. Tanto la tímbrica como el volumen del piano, a tapa abierta, sumándole una pedalización no siempre «bien aplicada» cuando se ejecuta a Bach, ocultaron el sonido delicado del Stradivarius «ex-Sancy» (1713) de Daniel Lozakovich. Está claro que no se buscan interpretaciones hoy llamadas «históricamente informadas» y el acercamiento a ambas sonatas tuvo más de románticas que de barrocas por matices, dinámicas y hasta los tempi que resultaron más audibles (y sentidos) en los lentos que en los rápidos. Las dos sonatas de «los dos D» no me convencieron y hasta bromeé con mandarlos al purgatorio musical, pues tampoco se notó unidad expresiva ni buena química, como si el exceso de sal estropease los ingredientes para esta primera parte. Y es que volviendo al análisis que mi querido Paco Pantín escuchándolas parecieron muy alejadas del espíritu bachiano, aunque siempre sobrevuele:

«La Sonata en Si menor BWV 1014, se inicia con un Adagio en el que el clave presenta sucesiones de terceras y sextas que responden a propuestas del bajo en arpegios- en una retórica de lamento tan afín a los adagios barrocos- que serán repetidas por el violín, estableciendo un diálogo de densa complejidad polifónica y gran intensidad expresiva. El Allegro que le sigue consiste en un largo fugato de marcada energía y fuerza dramática, cambiando la tonalidad a Re mayor en un Andante a modo de aria, con sucesión constante de semicorcheas articuladas a partir de la que ambos instrumentos establecen un diálogo simultáneo en terceras paralelas, culminando la sonata con un Allegro que adopta la forma binaria de una corrente italiana con contrapunto a tres voces y abundante ornamentación.

La Sonata en Mi mayor BWV 1016 se abre con un Adagio, intensa obertura en la que el violín asume el protagonismo melódico a partir de un recitativo prolongado de estilo italianizante y profusamente ornamentado, sobre el acompañamiento a cuatro voces de un teclado que parece imitar la densidad de una orquesta de cuerdas. El Allegro que sigue expone un motivo de gran frescura que es tratado en un contrapunto constante, añadiendo progresiva tensión a un conjunto siempre transparente. El teclado introduce la tonalidad de Do sostenido menor en un Adagio en el que el violín expone una bellísima melodía después encomendada al clave, asumiendo el violín la función de sostén armónico para iniciar ambos instrumentos un diálogo de alta intensidad expresiva, culminando la sonata con un Allegro a tres voces de gran brillantez y fuerza rítmica».

La primera en si menor, lejana al diálogo y con una expresividad entendida desde unas dinámicas confusas, algo mejor el «aria» y oscuro contrapunto que no pareció inspirarse en la sonoridad organística que tanto gustaba a Bach. De la segunda en mi mayor, como si hubiesen leído mis pensamientos, al menos bajó la presencia del piano para disfrutar de un violín siempre cantabile mientras el teclado intentaba contestar con la misma expresión, pero no hubo la culminación brillante aunque sí rítmica pero desequilibrada entre ambos intérpretes.

En un concierto donde «dos D» interpretaban «dos B», al menos con Beethoven hubo penitencia para sacarlos del purgatorio. La Sonata «Kreutzer» sí encontró entendimiento, intensidad, expresión, diálogos, incluso lo que Pantín disecciona de ella y dejo literalmente a continuación:

«Escrita entre 1802-1803, supone un avance definitivo con respecto a las anteriores, como se desprende del título “Sonata para piano y violín obligado, escrita en un estilo muy concertante, casi como un concierto” lo que puede dar una idea del fuerte componente virtuosístico que ilumina la concepción de esta importante obra, seguramente la que más ha trascendido a través de la historia y la única de las 10 sonatas dedicadas por Beethoven a un violinista de fama internacional como Rodolphe Kreutzer, que sin embargo nunca interpretó la pieza, rechazándola por su complejidad excesiva. Fue de hecho el violinista inglés George Bridgetower el encargado de su estreno y él hubiera sido el destinatario de la dedicatoria de no haberse producido un desencuentro posterior con Beethoven.

A pesar de su extensión considerable, la sonata consta tan solo de 3 partes, con un primer movimiento de imponente concepción sinfónica que se abre con cuatro compases a solo del violín a los que el piano responde, iniciando un diálogo que generará una larga introducción, comenzando la sonata propiamente dicha con un presto en el que desde el primer momento se impondrá la tonalidad menor en la que se desenvolverá el movimiento en medio de un intenso fragor emocional e inusitado despliegue virtuosístico cuyo protagonismo ambos instrumentos parecen disputarse.

El segundo movimiento es un Andante con 4 variaciones y una coda. Las dos primeras variaciones inciden sobre el desarrollo ornamental, con protagonismo alternativo en el lucimiento técnico de los respectivos instrumentos, derivando a un clima más sombrío en la tercera variación, en modo menor y que se aleja significativamente del espíritu de un tema que retorna en una cuarta variación en la que la escritura ornamental vuelve a ser protagonista, esta vez con virtuosismo compartido, desembocando en una coda final de mayor recogimiento e intimismo.

Culmina la obra con un presto a modo de tarantela obsesiva que arranca tras un largo acorde que parece volver a anunciar el clima de la introducción para inmediatamente iniciar un contrapunto apretado entre los dos protagonistas, en una cabalgada obsesiva de fuerza delirante y ritmo vertiginoso inagotable tan solo interrumpida por un episodio en adagio que aparece por dos veces antes de la coda que cierra la sonata».

Protagonismo bien compartido, verdadero «concierto» para dos con un arranque de Lozakovich poderoso y esta vez «bachiano» (hubiese sido ideal un recital con un pianoforte para este «BB de DD») bien contestado por Fray antes de un Adagio sostenuto intenso, virtuoso por parte de ambos, bien balanceado y matices presentes además de ricos por los contrastes. El Andante con variazioni trajo el auténtico lucimiento de estos dos virtuosos, desde una expresividad bien entendida por estilo y entrega, amplia en sonoridades y dinámicas que desembocaron en el necesario «recogimiento e intimismo» que cita Paco J. Pantín. Y el último movimiento Finale Presto bien dialogado, de ciertas reminiscencias schubertianas (en 1803), y entendido por las «dos D» con el engañoso y original adagio que Beethoven coloca casi para tomar aire antes del cierre: pasajes veloces bien encajados, unidad expresiva, el violín siempre presente capaz de equipararse al piano por momentos «delirante» en ese vértigo que arrancó grandes ovaciones de un público que sin llenar el auditorio, al menos sigue fiel a estas jornadas más allá de la mayor o menor «fama mediática» de los intérpretes.

Dos propinas que no conocía (ni pude escuchar su presentación) pero que bien hubieran ocupado una primera parte (corta aunque llegasen a los doce minutos) más cercanas al estilo de Daniel y David, la primera unas variaciones bien entendidas por ambos, y la segunda más actual demostrando que hay «alta cocina» incluso con ingredientes distintos que no necesitan muchos condimentos si se sirven bien.

P. D.: las propinas fueron el «Andante con variaciones» de la sonata para violín nº 25 de Mozart y el «Preludio y allegro» de Kreisler.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Sonata en si menor, BWV 1014:

Adagio – Allegro – Andante – Allegro

Sonata en mi mayor, BWV 1016:

Adagio – Allegro – Adagio ma non tanto – Allegro

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sonata para violín y piano nº 9 en la mayor, op. 47, «Kreutzer»:

Adagio sostenuto – Andante con variazioni – Finale. Presto

NOTAS AL PROGRAMA de Francisco J.Pantín:

Evolución ante revolución

La Sonata en Si menor BWV 1014, se inicia con un Adagio en el que el clave presenta sucesiones de terceras y sextas que responden a propuestas del bajo en arpegios- en una retórica de lamento tan afín a los adagios barrocos- que serán repetidas por el violín, estableciendo un diálogo de densa complejidad polifónica y gran intensidad expresiva. El Allegro que le sigue consiste en un largo fugato de marcada energía y fuerza dramática, cambiando la tonalidad a Re mayor en un Andante a modo de aria, con sucesión constante de semicorcheas articuladas a partir de la que ambos instrumentos establecen un diálogo simultáneo en terceras paralelas, culminando la sonata con un Allegro que adopta la forma binaria de una corrente italiana con contrapunto a tres voces y abundante ornamentación.

La Sonata en Mi mayor BWV 1016 se abre con un Adagio, intensa obertura en la que el violín asume el protagonismo melódico a partir de un recitativo prolongado de estilo italianizante y profusamente ornamentado, sobre el acompañamiento a cuatro voces de un teclado que parece imitar la densidad de una orquesta de cuerdas. El Allegro que sigue expone un motivo de gran frescura que es tratado en un contrapunto constante, añadiendo progresiva tensión a un conjunto siempre transparente. El teclado introduce la tonalidad de Do sostenido menor en un Adagio en el que el violín expone una bellísima melodía después encomendada al clave, asumiendo el violín la función de sostén armónico para iniciar ambos instrumentos un diálogo de alta intensidad expresiva, culminando la sonata con un Allegro a tres voces de gran brillantez y fuerza rítmica.

L. van Beethoven. Sonata para violín y piano n.o 9 en la mayor, op. 47, «Kreutzer»
Escrita entre 1802-1803, supone un avance definitivo con respecto a las anteriores, como se desprende del título “Sonata para piano y violín obligado, escrita en un estilo muy concertante, casi como un concierto” lo que puede dar una idea del fuerte componente virtuosístico que ilumina la concepción de esta importante obra, seguramente la que más ha trascendido a través de la historia y la única de las 10 sonatas dedicadas por Beethoven a un violinista de fama internacional como Rodolphe Kreutzer, que sin embargo nunca interpretó la pieza, rechazándola por su complejidad excesiva. Fue de hecho el violinista inglés George Bridgetower el encargado de su estreno y él hubiera sido el destinatario de la dedicatoria de no haberse producido un desencuentro posterior con Beethoven.

A pesar de su extensión considerable, la sonata consta tan solo de 3 partes, con un primer movimiento de imponente concepción sinfónica que se abre con cuatro compases a solo del violín a los que el piano responde, iniciando un diálogo que generará una larga introducción, comenzando la sonata propiamente dicha con un presto en el que desde el primer momento se impondrá la tonalidad menor en la que se desenvolverá el movimiento en medio de un intenso fragor emocional e inusitado despliegue virtuosístico cuyo protagonismo ambos instrumentos parecen disputarse.

El segundo movimiento es un Andante con 4 variaciones y una coda. Las dos primeras variaciones inciden sobre el desarrollo ornamental, con protagonismo alternativo en el lucimiento técnico de los respectivos instrumentos, derivando a un clima más sombrío en la tercera variación, en modo menor y que se aleja significativamente del espíritu de un tema que retorna en una cuarta variación en la que la escritura ornamental vuelve a ser protagonista, esta vez con virtuosismo compartido, desembocando en una coda final de mayor recogimiento e intimismo.

Culmina la obra con un presto a modo de tarantela obsesiva que arranca tras un largo acorde que parece volver a anunciar el clima de la introducción para inmediatamente iniciar un contrapunto apretado entre los dos protagonistas, en una cabalgada obsesiva de fuerza delirante y ritmo vertiginoso inagotable tan solo interrumpida por un episodio en adagio que aparece por dos veces antes de la coda que cierra la sonata.

Impacto ruso

Deja un comentario

Viernes 16 de enero, 20:00 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Abono 5, LA ORILLA RUSA: OSPA, Federico Colli (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Rachmaninov y Shostakóvich.

El solista previsto inicialmente, Behzod Abduraimov, no pudo participar en este concierto por motivos médicos, siendo sustituido por el italiano Federico Colli en el siempre complicado y exigente “tercero” de Rachmaninov, y agradeciendo su disponibilidad para incorporarse a este quinto de abono con dos miradas muy distintas del universo musical ruso. Un concierto para disfrutar de la música del siglo XX con dos compositores que sufrieron en carne propia los avatares de una Unión Soviética que sigue siendo patria de grandes músicos, bien «presentados» por el maestro Coelho en el encuentro previo en compañía de Fernando Zorita, y que nos hablaría igualmente del segundo al inicio de la segunda parte.

Con una entrada mejor que en los últimos abonos, este primero del año volvió a confirmar el dicho de que «no hay quinto malo» y no en el sentido taurino sino por la solvencia, magnitud e impacto tanto musical como emocional con dos rusos cercanos en el tiempo pero tan distintos, que el titular portugués al frente de una OSPA verdaderamente entregada y cómoda pese a la complejidad, mostraron lo mejor de la orquesta asturiana que va siendo hora de exportar su calidad y hacerlo saber a los cuatro vientos, pues si el día anterior hubo una entrada a rebosar con una solista de fama mundial y una formación con historia, esta vuelta vacacional nos ha traído a la orquesta reforzada y vitalista, con un pianista impresionante como el italiano Federico Colli que sacó del Steinway© del auditorio más riqueza que la china, sumándole una sinfónica poderosa, sutil, segura, con primeros atriles magníficos, todas las secciones impecables y un concertino invitado como Pablo Suárez Calero al que tendríamos que fichar urgentemente porque necesitamos un «segundo de a bordo» como agua de mayo.

La vida de Rachaminov es para conocerla a fondo, incluso leí alguna vez que le apodaron como «el Chopin de Broadway» durante su estancia en Nueva York, al ser el último romántico tanto por sus composiciones, como virtuoso del piano, lleno de altibajos emocionales de los que siempre le costaba salir, y tras el éxito de su segundo concierto para piano (archiconocido y utilizado en muchas películas), el tercero de proporciones mucho mayores así como una factura pianística especialmente cargada, le hace uno de los «más peligrosos» del repertorio y un verdadero «concierto para elefantes» (el propio compositor utilizó esta expresión tras escuchar al pianista Vladimir Horowitz interpretar la obra de manera magistral, y según Horowitz, el compositor dijo: «¡Yo la escribí para elefantes!» (en ruso, refiriéndose a que es una obra para «pesos pesados» o grandes virtuosos, no necesariamente por torpeza, sino por la gran fuerza y magnitud que requiere). Escrito en el verano de 1909 en su primera gira por los EEUU, y contemporáneo de La Isla de los Muertos, se estrenó con el propio compositor al piano el 28 de noviembre de 1909 bajo la dirección de Walter Dammrosch, pero no alcanzó tanta fama (Mahler por su parte sí comprendió la magnitud de este tercero que dirigió en la premiere con la Filarmónica de Nueva York tal día como hoy hace 116 años) también con el compositor de solista). Personalmente me gusta más que el segundo y este tercero también tiene en la película «Shine» (1996) su propia intrahistoria basada en la vida del australiano David Helfgott (19 de mayo de 1947), un niño prodigio redescubierto muchos años después.

Alberto Martín Entrialgo en las notas al programa escribe: «Según cuenta el New York Herald, aunque el público pretendía que Rachmaninov ofreciera algunos bises, éste se negó haciendo gestos con las manos sugiriendo que, debido a la dificultad del concierto, sus dedos no se lo permitirían. El periódico The Sun, sin embargo, criticó la larga duración del concierto y la falta de contraste armónico y rítmico. La obra sigue el esquema tradicional del concierto en tres movimientos: rápido-lento-rápido». Nuno Coelho ya nos avanzó cómo debía subrayar y «sacar a flote» lo importante dentro de la masa orquestal, además de la necesaria concertación con el solista, y doy fe que la interpretación resultó impactante.

En el Allegro ma non tanto el primer tema, de engañosa sencillez, fue jugando entre la brillante ornamentación mientras el segundo con la orquesta fue de un lirismo que intensificó el pianista italiano, de dedos prodigiosos, sonido limpio y musicalidad a raudales. Los amplios reguladores entre orquesta y solista, perfectamente marcados desde el podio, fueron ejecutados con delicada grandeza, con una primera cadenza para saborear melódica y rítmicamente bien contestada tras la posterior entrada orquestal y una coda casi vaporosa. El  Intermezzo tiene la magia y la firma inconfundible del ruso, juego de texturas orquestales bien «sacadas a la luz» por el director portuense y delicadas por el italiano en el piano antes del «tumulto» que se encadena con el Finale poderoso y rítmico, unos agudos del piano cristalinos, el regreso de los dos temas del Allegro inicial, vitales y virtuosos por parte de Colli con una concertación siempre respetuosa con él en la batuta y el balance perfecto de una OSPA sin tacha, con algunos «cambios» en los principales de plantilla perfectamente asumidos por los coprincipales.

La emoción tras el «tercero» de lágrimas contenidas, nos dejó la propina con el permiso para derramarlas en la versión del propio Federico Colli del «Lascia ch’io pianga» (Händel): íntima, interiorizada y logrando un sepulcral silencio de nuevo con una sonoridad única en el Steinway© ovetense que pareció otro.

Hace tiempo que comento lo bien que le sientan a nuestra OSPA los rusos, y si la primera parte lo confirmó, Shostakovich es otro reto para toda sinfónica, y es que el enorme trabajo del titular portugués saca de «su orquesta» lo mejor de ella, pues se nota que hay mucho estudio en cada partitura que coloca en el atril, y la última sinfonía del ruso demostró el excelente estado de salud de una orquesta que brilló de principio a fin, compacta, matizada, brillante, segura, disfrutando y contagiando tanto talento sobre el papel que toma forma en el irrepetible directo. De mi particular discografía no quiero dejar de reflejar la integral de Haintink con la LPO (más otra con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en una de las colecciones editadas hace años por Salvat).

La Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 (1971) es un verdadero testamento del ruso en su larga enfermedad de sus últimos años. Estrenada el 8 de enero de 1972 en la Gran Sala de la Universidad de Moscú, interpretada por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por su hijo Maxim Shostakovich, es una obra que nunca se desentraña pese al estudio riguroso y la abundante literatura especializada sobre ella, y así nos lo contó primero, y la hizo sonar después, Nuno Coelho: dudas y preguntas sin respuesta porque cada uno de los cuatro movimientos esconde muchos enigmas, no siempre reconocibles por mucho que se investigue. Parece que en conjunto la idea del «camarada Dmitri» es una evocación de la propia vida donde no faltan pasajes meditativos y guiños al pasado, citas al Guillermo Tell rossinano o la maldición del Tristán wagneriano, también autocitas (Sinfonía Leningrado) y hasta el «prohibido» dodecafonismo del régimen perfectamente «escondido» en distintos momentos. En la web de la Filarmónica de Los Ángeles siempre encuentro referencias interesantes, y de esta despedida sinfónica de Shostakovich apunta en la misma dirección que nuestro maestro portugués:

«De todos los compositores del siglo XX, de ninguno es más cierto decir que cuanto más sabemos, menos conocemos. Hemos aprendido mucho sobre Shostakovich desde su muerte en 1975, gracias a los recuerdos de sus amigos, a las cartas y documentos, a su ahora desacreditada autobiografía Testimonio, y a nuestro conocimiento más profundo de la vida en la Unión Soviética. Lo que queda claro es que para cualquier artista bajo el régimen de Stalin la habilidad más preciada era la de disimular. Para Shostakovich, que era extraordinariamente tímido y odiaba aparecer en público, se convirtió en una segunda naturaleza guardar sus pensamientos para sí mismo, jugar sus cartas con la mayor circunspección, mentir cuando era necesario y elegir sus amigos con cuidado. Un compositor en tales circunstancias tiene la bendición de su propia música, que puede expresar exactamente lo que quiere sin tener que explicar su significado a nadie. ¿Quién puede decir de qué trata su música? ¿Cómo podemos saber que las pistas y explicaciones que el compositor dio son la verdad? Al igual que Beethoven, Shostakovich tenía un dominio tan supremo de su oficio que podía hacer creer a su público un mensaje y luego (quizás) entregar otro diferente. ¿O tal vez el mismo?»

La orquestación de esta última sinfonía es inmensa, con una cuerda abundante (14-12-10-9-6) para la ocasión, maderas a dos (con piccolo, flautas, oboes, clarinetes, fagotes), metales (4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones y tuba), timbales junto a una amplísima percusión (bombo, platillos, glockenspiel, caja, redoblante, tam-tam, triángulo, vibráfono, látigo, temple block, xilófono…), más celesta, un verdadero trabajo impagable de toda la sección (me encantó ver a Miguel Pérez Rivero que forma parte del Ateneo Musical de Mieres), pero con pocos momentos de tutti, donde destaca el tratamiento casi camerístico de las distintas secciones para poder degustar la calidad de todos los primeros atriles y el control dinámico ejercido por un Coelho que supo dónde «apretar», esperando lo tengamos más allá de 2027.

La decimoquinta sinfonía arranca con un Allegretto de reminiscencias de infancia y juguetes con un flautín penetrante y unas trompetas marciales con la melodía de Rossini más el primer protagonismo del concertino invitado, mezcla de optimismo y frescura que adornaría este primer movimiento con unas maderas perfectas. El Adagio resultó coral por unos metales que yo suelo calificar de «orgánicos» ante la sonoridad compacta cercana al órgano romántico, y sombrío por el guiño wagneriano, pero destacando el solo de violonchelo impactante por su hondura y sonoridad desde la escritura dodecafónica más la respuesta del trombón sedoso con el acompañamiento de una tuba alcanzando un empaste ideal. Igual de impecable la participación de la celesta búlgara, el contrabajo y el vibráfono demostrando la calidad de nuestros solistas (tanto de plantilla como los refuerzos), antes del choque de acordes de metales y timbales junto a unos fagotes que enlazaron con el  Allegretto. Apareció el toque irónico de Dmitri con una intervención emotiva del clarinete y unos staccati que Coelho remarcó para sacar a la luz la economía casi camerística de este testamento sinfónico y vital de Shostakovich.

Aún quedaba el larguísimo  Adagio final donde resuena «la maldición» wagneriana en unos metales con sordina nuevamente bien empastados y tímbrica perfecta. Los violines atacaron el Allegretto cantarines, incluso populares aunque no sepamos desentrañar el hermetismo, pero los matices, llevados a los extremos sin buscar el efectismo, demostraron la sintonía entre orquesta y podio respondiendo a cada gesto, a una batuta siempre precisa y la mano izquierda mandando. La «firma» de Shostakovich son esos ascensos vertiginosos a las tres «f» y un rápido decrescendo que nos hace sentir cual montaña rusa sinfónica. Los arabescos de la celesta o la maravillosa flauta con una cuerda tenida haciendo de colchón sonoro, nos llevaron a esa ‘última duda’ con las notas LA y MI etéreas sin concretar hasta que aparece el DO sostenido en la percusión que resuelve la tonalidad de la sinfonía con esa serenidad casi infantil del inicio, y un Coelho manteniendo los brazos en alto junto a los músicos «congelados» desde la magia del largo silencio final, antes de la merecida y calurosa ovación de un público tan emocionado como los propios intérpretes en otra noche para el recuerdo.

PROGRAMA:

SERGUÉI RACHMANINOV (1873 – 1943);

Concierto para piano nº 3 en re menor, op. 30 (1909):

I. Allegro ma non tanto – II. Intermezzo – III. Finale

DMITRI SHOSTAKÓVICH (1906 – 1975):

Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 ( 1971):

I. Allegretto
II. Adagio
III. Allegretto
IV. Adagio – Allegretto

PD: a la memoria de V. Atapin

La madurez de Yuja Wang

1 comentario

Jueves 17 de enero, 19:30 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Yuja Wang (piano), Mahler Chamber Orchestra, Matthew Truscott (concertino), Fabien Gabel (director). Obras de Stravinsky, György Ligeti, Mozart y Chopin. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Cada visita a Oviedo de la pianista china, afincada en Nueva York, Yuja Wang (Pekín, 1987) es un espectáculo desde su primer concierto en solitario allá por diciembre de 2009 (con algún comentario «fuera de lugar») y su vuelta en febrero de 2015. Aún he tenido la suerte de volver a escucharla en el Festival de Granada de 2023 con la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo dirigida por Gustavo Gimeno, así que puedo presumir de comprobar su progreso acercándose a unos 39 años ya maduros en el universo de las 88 teclas en el que lleva desde su infancia.

Más allá de una imagen y un protagonismo en las redes sociales (RRSS) que vende y mucho, con un lleno de los históricos en un auditorio caldeado en todos los sentidos, la aportación de la china Wang al mundo del piano sigue siendo interesante y alejada de otros compatriotas donde solo parece importar el virtuosismo, que es necesario pero nunca suficiente. Y las obras elegidas para este regreso a “La Viena española” con la Mahler Chamber Orchestra (MCO) ha vuelto a demostrarnos que la artista afincada en NY nunca apuesta sobre lo seguro al dejarnos el famoso primero de Chopin junto al nada programado de Ligeti, que supone seguir ampliando su vasto repertorio.

En esta gira española de Wang y la MCO que arrancaba el día antes en el Palau de la Música Catalana, Oviedo sigue estando en el mapa, parada antes de Donosti y el salto a las Islas Canarias dentro de su Festival, con un programa lo suficientemente ensayado, por lo que hay que calificar de éxito rotundo tanto por las obras como por la respuesta de un público rendido a Wang, que desde Barcelona comentaban en las RRSS: «Puro virtuoso, elegancia y magnetismo. Ayer (…) la gran Yuja Wang y la Mahler Chamber Orchestra realizaron el desafiante ‘Concierto para piano’ de Ligeti, una obra de extrema complejidad, llena de ritmos irregulares y fascinantes texturas. Completaron la velada con el refinamiento neoclásico de la ‘Pulcinella Suite’ de Stravinsky, una selección del ‘Idomeneo’ de Mozart y el puro lirismo del ‘Concierto para piano nº 1’ de Chopin bajo la dirección de Fabien Gabel. ¡Otra noche de contrastes para recordar con entradas agotadas!». Se podría suscribir literalmente para este tercer jueves de enero en Oviedo.

La MSO también regresaba a Oviedo ocho años después tras un recordado Mozart con Mitsuko Uchida, y el genio de Salzburgo no faltaría esta vez, abriendo la segunda parte con dos números (I. Chaconne y II. Pas seul) del ballet de «Idomeneo», K. 367, mostrando sus mejores cualidades con una plantilla ideal, equilibrada, muy bien empastada en todas las secciones, con unas trompas aterciopeladas y siempre seguras, comandada la cuerda por el concertino Matthew Truscott y con Fabien Gabel (París, 1975) de estilo elegante, gesto claro y preciso, en un «clásico» donde esta orquesta con sede en Berlín y fundada por Abbado en 1997, es verdaderamente un «colectivo global» al que denominaba como «The Sound of Listening» (El sonido de la escucha).

Muy distinto el Stravinsky que abría la velada con la suite de Pulcinella (1922), K034 desigual, pese a una sección de vientos ejemplar, orgánica pero a la que le faltó «pegada» así como más impulso rítmico por parte de la batuta del parisino.

Gabel no encontró el balance ni equilibrio necesario en esta obra plena de «modernidad» que el ruso escribe en un neoclasicismo único. De cualquier forma estuvo bien ubicarla como preparación al «concierto con piano» de Ligeti donde una formación camerística jugaría con el piano de Yuja Wang (que también tiene en su repertorio los estudios del húngaro), a menudo opacado por unas dinámicas exageradas que también taparon las intervenciones de un concertino que no brilló como hubiésemos deseado.

El Concierto para piano y orquesta, escrito entre 1985 y 1988, supone en palabras del propio Ligeti «un cambio estilístico radical en mi escritura» como bien recoge en las notas al programa mi admirado musicógrafo Luis Suñén, donde el ritmo y las texturas son verdaderos protagonistas, citando de nuevo a mi amigo madrileño, afincado en tierras gallegas: «tomando el concepto de la fotografía, «el grano», según sea el deseo de mayor o menor veladura o densidad de su aspecto, evocando la relación entre píxeles e imágenes en una pantalla de televisión: la ilusión de movimiento es creada por elementos inmóviles». No quiero dejar de reflejar el impecable trabajo de los dos percusionistas que llevan el verdadero peso de este concierto tan sacrificado para ellos (pocas veces lo tocan), aunando color con un piano no siempre protagonista, al que Wang (en su estreno con esta obra) le intentó dotar de mayor presencia pero el director francés Fabien Gabel no «enfocó», más preocupado en no perder la pulsación ni el empuje rítmico que eché de menos en Stravinsky.

Cinco movimientos bien diseccionados por Suñén que explican esta obra tan poco habitual, difícil de escuchar, y provocando las mismas toses que el ruso siempre concita ¡en pleno siglo XXI!, sumándose un teléfono que parecía querer sumarse al «catálogo tímbrico» del húngaro:

«El primer movimiento emerge como una Toccata en la que el ostinato tiene un papel fundamental en su desarrollo. En el segundo, piano y orquesta llegan a una suerte de pacto que en el tercero adoptará la forma de un perfecto equilibrio entre la exactitud del discurso y la expresividad de sus líneas maestras. El cuarto ha sido definido por Pierre-Laurent Aimard como «un ejemplo de la articulación musical del idioma húngaro integrada como parte, a veces aparentemente excéntrica, de un único y sorprendente conjunto». En el polirrítmico quinto, Ligeti somete a piano y orquesta a una suerte de breve y concentrada aventura colectiva en la que sólo se puede llegar al final a través del riesgo: todo pareciera conducir al delirio pero desemboca en la lucidez».

Riesgo interpretativo por parte de todos y esa lucidez final en un muy trabajado además de nada agradecido «concierto con piano» desde la espléndida madurez de la artista china tras un paréntesis con el que afrontar esta nueva etapa donde seguir sumando nuevas obras sin dejar atrás las trabajadas hace años.

La segunda parte tras el aperitivo mozartiano ya comentado, donde Gabel y la MSO nos devolvieron a la escucha activa de todas las secciones, tras la nueva «mudanza» para reubicar el piano nos devolvería a Yuja Wang como solista y directora del Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin.

Cada vez que escucho «el primero de Chopin» (que es el segundo) me viene a la memoria el octavo curso del llamado Grado Profesional de Piano de mi adolescencia donde era obra obligada para los estudiantes, un «tormento» técnico que solo las muchas horas de trabajo alcanzaban a «tocarlo» (interpretarlo sólo con los años y cualidades innatas se logra). Atesoro en mi fonoteca múltiples interpretaciones de todas las épocas, intérpretes o «escuelas pianísticas», y no es habitual que el solista también dirija, aunque es una práctica que comienza a ser más «normal» entendiéndolo como «búsqueda del control total» y la verdadera colaboración de todos los músicos en otro ejercicio de «escucha colectiva» que con formaciones como la MSO se alcanza y es difícil no aceptarlo hoy en día.

Con cambio de vestuario tras el de la primera parte, un vestido que la pianista china pisaba al caminar, la entrada en pie entre la banqueta y el piano solo sirvió para marcar  el «tempo» del Allegro maestoso, bien delineado por la solista y mejor contestado por la orquesta, con una amplia gama de matices donde los pianissimi casi cortaban el aire y los forte esta vez estuvieron perfectamente balanceados (la complicidad con el concertino sí funcionó). Sonido limpio, control total del pedal con los ya conocidos stilettos «Louboutin» de Wang que tiene cogido el «punto exacto», más una visión con pocos rubati que favorecieron el encaje sonoro sin perder nunca el romanticismo del polaco.

Más profundo resultó el Romanze: Larghetto, sin prisas, paladeando piano y orquesta, diálogos bien medidos con un fagot impecable, sonido cristalino del piano y una orquesta «ideal» para este Chopin atemporal. Y de nuevo marcando el aire preciso para el Rondo: Vivace final, el torbellino chino ahora jugando con el tempo, los rubatos siempre intrínsecos al polaco, las agilidades y fraseos de todos, la intención interpretativa bien entendida demostrando cuánta música atesora la pianista china de un virtuosismo plegado a la expresión pura.

Aplausos y vítores que tras dos conciertos tan distintos y exigentes, nos dejó de regalo el Vals en do sostenido menor, op. 64 nº 2 del Chopin bien entendido e interiorizado, lección de buen gusto, matices, rubato, madurez con emociones que transmitieron otra noche para el recuerdo de estas Jornadas de Piano que llevan el nombre de «Luis G. Iberni» que seguro hubiese disfrutado como todos, y siguen trayendo a Oviedo lo mejor del panorama actual, donde Yuja Wang está en él por méritos propios.

PROGRAMA

I

Igor Stravinsky (1882-1971):

Pulcinella (suite), K034:

I. Sinfonía / II. Serenata / III. Scherzino – Allegretto – Andantino / IV. Tarantella / V. Toccata / VI. Gavotta (con dos variaciones) / VII. Vivo / VIII. Minuetto – Finale.

György Ligeti (1923-2006):

Concierto para piano y orquesta:

I. Vivace molto ritmico e preciso / II. Lento e deserto / III. Vivace cantabile / IV. Allegro risoluto / V. Presto luminoso, fluido, constante, sempre molto ritmico.

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Música de ballet de «Idomeneo», K. 367 (selección)

I. Chaconne / II. Pas seul

Frédéric Chopin (1810-1849):

Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11:

I. Allegro maestoso / II. Romanze: Larghetto / III. Rondo: Vivace

Older Entries Newer Entries