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Contraste de reinas

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Viernes 9 de octubre, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: 79ª Temporada de Ópera, Maria Stuarda, tragedia lírica en dos actos, música de Gaetano Donizetti (1797-1848) con libreto de  Giuseppe Bardari, basado en la traducción italiana de Andrea Maffei de Maria Stuart de Friedrich von Schiller. Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 30 de diciembre de 1835. Coproducción Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Ópera. Fotos de Fernando Rodríguez, RRSS y propias.

(Crítica para Ópera World del 12 de octubre, con tipografía y colores propios y el añadido de los siempre enriquecedores enlaces)

Oviedo, una de las ciudades finalistas para la Capitalidad Cultural Europea de 2031, volvió a demostrar la amplitud de su oferta musical en una jornada en la que coincidieron el segundo título de la temporada lírica del Campoamor y la inauguración del abono de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), última temporada de su titular, el portugués Nuno Coelho. Una de esas curiosas coincidencias propició también el regreso del austriaco Friedrich Haider al podio de «su» Oviedo Filarmonía (OFIL), orquesta a la que contribuyó decisivamente durante su titularidad entre 2004 y 2011, impulsando su crecimiento y el cambio de denominación de la antigua Orquesta Sinfónica Ciudad de Oviedo (OSCO).

Tras inaugurar la temporada del Campoamor con Sorrow, llegaba Maria Stuarda, título intermedio de la llamada “Trilogía Tudor” de Donizetti, junto a Anna Bolena y Roberto Devereux. Tres óperas que, con el amor, los celos, las intrigas palaciegas y la ambición desmedida, contienen todos los ingredientes de una gran serie histórica. La programación ovetense comenzó este recorrido hace dos años y lo culminará el próximo con el viaje musical y dramático al universo de los Tudor (1485-1603).

Estrenada en 1835, Maria Stuarda sitúa frente a frente a dos reinas, Elisabetta I de Inglaterra y Maria I de Escocia, con el conde de Leicester como vértice de un triángulo amoroso. La rivalidad política y religiosa se mezcla así con los celos y el deseo, hasta desembocar en la condena y ejecución de la soberana escocesa. El enfrentamiento entre ambas monarcas, con el célebre insulto «¡Vil bastarda!» como detonante dramático, convirtió la obra en un título especialmente incómodo para la censura. La ópera, inicialmente destinada a estrenarse en Nápoles, tuvo que afrontar cambios y adaptaciones que afectaron tanto al texto como a su recorrido escénico.

Donizetti encuentra en el drama de Schiller un terreno idóneo para desplegar los recursos del bel canto: la ornamentación, el virtuosismo vocal y, sobre todo, una capacidad extraordinaria para convertir el canto en expresión dramática. Bajo la aparente exhibición técnica laten personajes de carne y hueso, con contradicciones, debilidades y una dignidad que la música lleva hasta sus últimas consecuencias. De ahí que escenas como «Figlia impura di Bolena» trasciendan la dificultad vocal para convertirse en auténticos puntos de inflexión teatral. La partitura no se limita a dibujar dos figuras históricas: enfrenta dos maneras de ejercer el poder y dos personalidades condenadas a medirse hasta el final.

De Maria Stuarda existen grabaciones de referencia, entre las que destacan las protagonizadas por Montserrat Caballé y Joan Sutherland en los años setenta, así como la de finales de los noventa con una entonces impresionante Edita Gruberova. Su recuerdo se hizo especialmente presente al reencontrarnos con Haider, que nos había traído a la soprano eslovaca en recital al Auditorio de Oviedo hace 17 años (12 de octubre de 2009) precisamente junto a Oviedo Filarmonía. La memoria también forma parte de la escucha.

En el Campoamor, la ópera solo se había representado en la temporada 2002-2003, con Ángeles Blancas como Maria Stuarda y Joseph Calleja como Leicester entre las voces protagonistas. Aquella producción contó, además, con dos intérpretes asturianos: David Menéndez (Lord Guglielmo Cecil) y Yolanda Montoussé (Anna Kennedy). Veintitrés años después, el título regresaba en una coproducción con ABAO Bilbao Ópera, donde ya la disfrutaron el pasado febrero.

La propuesta escénica de Emilio López busca una lectura actual sin descontextualizar la obra de su periodo histórico. En el programa de mano, el director lo expresa con claridad: «No me interesa trasladar la acción a otra época, sino descubrir todo aquello que sigue siendo profundamente actual dentro del universo de Donizetti». Una declaración que encuentra su reflejo en un montaje de códigos visuales reconocibles, con ecos de Juego de Tronos, pero sin renunciar a la identidad histórica de la trama.

Hay elementos que remiten a la anterior Anna Bolena (de 2024) como la mesa con tablero de ajedrez que Maria arroja al suelo, el pavimento emdosacado y las grandes piezas de ajedrez que convierten a los personajes en figuras de una partida de poder. Entre ellas destaca una reina que terminará descabezada por Lord Cecil, imagen de un destino que parece decidido antes incluso de que las protagonistas puedan mover sus piezas.

El vestuario de Naiara Beistegui mantiene esa estética de serial histórico de cuidada factura, mientras la escenografía geométrica de la asturiana Carmen Castañón construye un espacio de sugerente atemporalidad. Esferas suspendidas, un gigantesco globo terráqueo rodante, un arco cuadrado y dos enormes prismas móviles conforman una arquitectura cambiante que Óscar Frosio transforma mediante una iluminación precisa, adaptando los volúmenes a los distintos ambientes dramáticos. Los vídeos proyectados en el sobretelón completan este universo visual, con resultados desiguales en su desarrollo, pero coherentes con la propuesta general.

Entre las imágenes de mayor impacto destaca el velo rojo proyectado sobre el coro durante la espera de la reina: una sangre simbólica que anticipa la violencia del desenlace y que, al prolongarse, termina por subrayar en exceso una imagen cuya fuerza ya había quedado establecida.

Dos reinas rivales, una católica y otra protestante; una prisionera por orden de la otra; un hombre dividido entre el amor y la lealtad. Y, por encima de todo, una palabra que desencadena la tragedia. Maria y Elisabetta no son aquí simplemente una heroína y una villana, sino dos mujeres atrapadas en las exigencias del poder, obligadas a tomar decisiones cuyas consecuencias acabarán devorándolas. Esa es la lectura que Emilio López coloca en el centro de su propuesta y que la música de Donizetti convierte en drama.

Siguiendo el orden de aparición de los personajes, el telón se abre a la galería palaciega de Westminster. Damas y caballeros regresan del torneo celebrado en honor del embajador francés y esperan la llegada de Elisabetta. El Coro Intermezzo, dirigido por Pablo Moras, permanece buena parte del tiempo en una disposición escénica estática, pero responde con solvencia vocal, afinación y volumen, creciendo en los concertantes hasta alcanzar un resultado especialmente brillante en el final.

La aparición de la mezzosoprano italiana Paola Gardina como Elisabetta ofrece una interpretación que va ganando consistencia a medida que avanza la función. Su instrumento presenta un color homogéneo, agudos poderosos y un registro medio bien proyectado. En la zona grave, sin embargo, pierde parte de la presencia esperable en un papel que tradicionalmente se ha confiado a sopranos, aunque su caracterización de la reina inglesa encuentra otros recursos expresivos con los que sostener la autoridad del personaje.

Buena parte del resultado depende también de una Oviedo Filarmonía que, bajo la batuta de Friedrich Haider, se mostró especialmente sinfónica. Las amplias dinámicas, los contrastes y el cuidado de los matices revelan una lectura musical de calidad, aunque no siempre suficientemente atenta al equilibrio con las voces. En algunos pasajes, la intensidad del foso exige demasiado a los cantantes y amenaza con cubrir la expresión dramática, algo que el bel canto necesita preservar incluso en sus momentos de mayor despliegue virtuoso. Con todo, la orquesta demuestra su solvencia tanto en el acompañamiento como en los pasajes de mayor vuelo instrumental, y el reencuentro con Haider deja un balance musical estimable.

El bajo-barítono David Lagares, como Talbot, vuelve a confirmar una evolución que seguimos apreciando temporada tras temporada en el escenario ovetense. Su instrumento, rotundo y melódico, aporta el necesario contrapeso sonoro a las voces femeninas, mientras su presencia escénica resulta convincente en un repertorio donde el fraseo y la nobleza expresiva son tan importantes como la contundencia. Un conde de Shrewsbury bien delineado y mejor cantado.

En una línea semejante, el barítono Carlos Daza defiende con fidelidad a Lord Guglielmo Cecil, personaje fundamental en la progresión dramática de la obra. Es una de esas figuras que suelen quedar asociadas a la maldad, aunque Donizetti les reserve también momentos de lucimiento vocal. Daza aprovecha esas oportunidades, especialmente en el segundo acto, y contribuye a mantener la tensión de una trama en la que la intriga política nunca deja de avanzar.

Cuando Elisabetta pregunta por Leicester, aparece el tenor coreano Jihoon Son. Afronta los agudos con valentía, aunque en ocasiones se percibe cierta tendencia a cerrarlos, un aspecto que resta algo de amplitud a su línea vocal. A cambio, ofrece una proyección excelente, entrega escénica y un color especialmente esmaltado en el registro medio. Su interpretación gana enteros en los conjuntos, donde encuentra el espacio necesario para integrarse en el tejido vocal sin renunciar a la personalidad del personaje.

El cambio de escenario nos conduce al parque de Fotheringay, donde aparece la reina de Escocia encarnada por la soprano canaria Yolanda Auyanet, también protagonista de la producción en Bilbao. La encontramos en un excelente momento vocal, con una técnica sólida, fraseo cuidado y un legato de auténtica escuela. En Donizetti, esas cualidades son oro puro: la capacidad de sostener la línea, dar sentido a cada frase y hacer que el virtuosismo nazca de la expresión convierte su Maria Stuarda en una creación de notable consistencia. Auyanet no necesita recurrir al exceso para transmitir el orgullo, la fragilidad o la determinación de la reina cautiva. Su instrumento conserva la belleza y la firmeza necesarias para afrontar las exigencias del papel, pero es en la construcción de las frases donde se percibe una experiencia que da profundidad al personaje. La suya es una Maria que vive el drama desde dentro y que, sin perder nunca la dignidad, avanza hacia un final en el que la música y la interpretación se funden con especial intensidad.

La soprano Irina Avramenko, que debutaba en la Temporada de Ópera de Oviedo como Anna Kennedy, dispone de intervenciones más breves, pero suficientes para dejar constancia de su musicalidad. Se integra con naturalidad en los dúos y concertantes, empastando con las voces protagonistas y aportando sensibilidad a la figura de la nodriza, cuyo vínculo con Maria introduce una dimensión más íntima en medio de la lucha política.

La acción crece conforme se suceden los personajes y Donizetti despliega su extraordinaria capacidad para definirlos musicalmente. Los cazadores fuera de escena, el encuentro entre Leicester y Maria, los sextetos y los grandes conjuntos, con o sin coro, revelan una escritura del de Bérgamo reconocible desde los primeros compases: cada voz tiene su espacio, cada intervención modifica el equilibrio dramático y cada concertante parece conducir inevitablemente al conflicto siguiente.

Con seis solistas de nivel homogéneo y una orquesta dispuesta a explorar la riqueza de la partitura, el primer acto dejó ganas de más. La música sostiene la tensión y evita que la sucesión de escenas se convierta en una mera exhibición de recursos vocales, algo esencial en una obra cuyo atractivo reside tanto en el virtuosismo como en la evolución psicológica de sus protagonistas.

Cecil, encarnado por Daza, y Elisabetta, por Gardina, firman el documento que condena a Maria. La sentencia, proyectada sobre los prismas oblicuos, convierte la geometría escénica en una suerte de tribunal visual. Leicester, en la voz de Son, intenta interceder, y el duelo entre los personajes se transforma en un juego de lealtades donde la música dice tanto como las palabras. Las voces se cruzan, se enfrentan y se sostienen mutuamente, mientras la maquinaria del poder sigue su curso.

La escena siguiente nos devuelve a la prisión de Maria. Frente a Cecil y al comprensivo Talbot, la reina escocesa mantiene su orgullo y su arrojo, consciente de que ya no hay negociación posible. La expresividad belcantista encuentra aquí uno de sus terrenos más fértiles: la escritura de Donizetti hace avanzar la acción sin renunciar a la expansión melódica, y cada frase parece acercar a la protagonista a la aceptación de su destino.

La última parte prepara la noche de la ejecución. El coro vuelve a mostrar su solidez, Avramenko se integra con sensibilidad y Auyanet afronta la despedida con gallardía. El primer cañonazo anuncia que la hora se aproxima; Cecil apremia, mientras Talbot y Leicester invocan al Dios vengador de la inocencia. La escena adquiere una dimensión casi ritual, con todos los personajes atrapados en un desenlace que ya nadie puede detener.

«Sangre inocente derramada para apagar la ira del cielo indignado, que no atraiga sobre la Inglaterra perjura el látigo de un Dios vengador». Las palabras, cargadas de presagio, encuentran en la música una expresión desgarradora. El rojo vuelve a ocupar el centro de la escena y la imagen final adquiere toda su fuerza trágica: la reina que ha perdido la corona conserva, sin embargo, la dignidad. El telón cae y el aplauso, contenido hasta ese instante, estalla como respuesta a una tragedia que no necesita subrayados para conmover.

Otro éxito para la Ópera de Oviedo, que mantiene el bel canto como una de las señas de identidad de su temporada. La producción ofrece un marco visual cuidado y una lectura escénica que busca la actualidad sin desfigurar el contexto histórico, mientras el conjunto vocal destaca por su homogeneidad y por la solidez de sus protagonistas, con una Yolanda Auyanet especialmente convincente en la construcción musical y dramática de Maria Stuarda.

La OFIL de Haider aporta calidad y riqueza sonora, aunque un mayor cuidado del equilibrio con las voces habría permitido disfrutar aún más de los matices de la partitura. Son detalles que no empañan el balance general de una función en la que Donizetti vuelve a demostrar que la belleza vocal alcanza su mayor sentido cuando se pone al servicio del drama.

Y queda también una reivindicación que no debería seguir aplazándose: el reconocimiento de nuestros cantantes. En un reparto donde las voces españolas sostienen con solvencia personajes de enorme exigencia, la calidad está demostrada y no necesita disculpas ni concesiones. Producciones como esta, compartidas entre Bilbao y Oviedo, mantienen viva la magia de la lírica y recuerdan que el bel canto no es solo una tradición que preservar, sino un arte capaz de seguir abriendo heridas, siglos después, con la misma belleza con la que las convierte en música.

FICHA:

Viernes 9 de octubre, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: 79ª Temporada de Ópera, Maria Stuarda, tragedia lírica en dos actos, música de Gaetano Donizetti (1797-1848) con libreto de  Giuseppe Bardari, basado en la traducción italiana de Andrea Maffei de “Maria Stuart” de Friedrich von Schiller. Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 30 de diciembre de 1835. Coproducción Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Ópera.

FICHA ARTÍSTICA:

Elisabetta, reina de Inglaterra: Paola Gardina (mezzosoprano) – Maria Stuarda, reina de Escocia: Yolanda Auyanet (soprano) – Roberto, conde de Leicester: Jihoon Son (tenor) – Giorgio Talbot: David Lagares (bajo-barítono) – Lord Guglielmo Cecil: Carlos Daza (barítono) – Anna Kennedy: Irina Avramenko * (soprano).

Dirección musical: Friedrich Haider – Dirección de escena: Emilio López – Diseño de escenografía: Carmen Castañón – Diseño de vestuario: Naiara Beistegui – Diseño de iluminación: Oscar Frosio -Dirección del coro: Pablo Moras

Orquesta Oviedo Filarmonía

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Música para un doloroso tránsito

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„Das Unglück geschah nur mir allein die Sonne, sie scheinet allgemein”

(La desgracia me ha ocurrido a mí mientras que el sol, brilla para todos)

Del viernes 11 de septiembre al sábado 19 de septiembre. Cuatro funciones de abono. Teatro Campoamor, Oviedo. Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera de Oviedo. Sorrow (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, de Gustav Mahler (1860-1911), sobre poemas de Friedrich Rückert / Suor Angelica, de Giacomo Puccini (1858-1924), con libreto de Giovacchino Forzano. Nueva producción de la Ópera de Oviedo (Estreno de Suor Angelica en la temporada ovetense). Fotos: Iván Martínez – Ópera Oviedo.

Hay ocasiones en las que la programación de una temporada de ópera deja de ser solamente una cuestión de títulos, fechas y repartos para convertirse en una declaración de intenciones. La inauguración de la septuagésimo novena Temporada de Ópera de Oviedo pertenece a ese reducido grupo. Unir a Gustav Mahler y Giacomo Puccini en un mismo espectáculo podía parecer, de entrada, una apuesta insólita, incluso arriesgada. Pero Sorrow, concebido por Joan Anton Rechi, demuestra que entre ambos compositores existe un territorio común: el del dolor, la pérdida, la culpa, la muerte y, sobre todo, la necesidad humana de encontrar algún tipo de consuelo cuando parece que ya no queda ninguno. Más allá de la crítica rápida, quería hacer otra entrada lenta, larga, más ilustrada, reposada, detallada y profunda tras asistir a dos de las cuatro funciones programadas, y aquí la dejo.

Dos obras que nunca fueron concebidas para compartir escenario terminan así formando un único recorrido emocional. Primero el duelo colectivo de Kindertotenlieder, las Canciones para los niños muertos de Mahler; después el dolor íntimo de una madre en Suor Angelica. Del funeral al claustro, de la comunidad a la soledad, de la muerte de los hijos a la pérdida de un hijo único, de la oscuridad a una pequeña luz final.

Una hora larga, sin pausa, para atravesar la tristeza. Una experiencia de esas que dejan un nudo en la garganta y obligan a permanecer en silencio unos segundos antes de que lleguen los aplausos. Y quizá esa sea la primera gran virtud de la propuesta: no permitir que el espectador separe Mahler de Puccini.

Mahler y Puccini, una alianza insólita

Mi admirado Arturo Reverter titulaba su artículo publicado en El Cultural del 4 de septiembre “Mahler y Puccini, inédita alianza en Oviedo”, y pocas veces un titular resume tan bien la esencia de una propuesta. El crítico gallego afincado en Madrid destacaba el carácter insólito y atractivo de un programa que conecta, bajo el epígrafe Tristeza (o Pena), dos obras fundamentales de la lírica y subrayaba la audacia del planteamiento de Rechi.

Pero hay además una circunstancia histórica que hace especialmente sugerente este encuentro. Mahler y Puccini fueron contemporáneos y se “encontraron” en Viena, donde el compositor bohemio, al frente de la Ópera de la Corte, dirigió varias obras del italiano. Dos personalidades muy distintas, dos lenguajes aparentemente alejados, dos maneras de entender el teatro musical y, sin embargo, dos compositores capaces de convertir el dolor humano en materia sonora de extraordinaria eficacia.

Mahler lo hace desde la palabra de Friedrich Rückert, desde una escritura orquestal de enorme refinamiento y desde una intimidad que parece hablar directamente al espectador. Puccini, desde el teatro, el melodrama, la voz humana y esa capacidad suya para hacer que una melodía aparentemente sencilla termine instalándose en la memoria. El resultado en Oviedo es un díptico en blanco y negro, minimalista en su apariencia, pero de enorme riqueza emocional. El dolor atraviesa la escena de principio a fin mientras la soledad y la comunidad se dan la mano.

Y detrás de todo está Rechi.

“Fue una intuición inmediata”, explica el director de escena. “Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional”. Ese viaje es precisamente el que propone Sorrow.

Una ceremonia para quienes ya no pueden hablar

Las Kindertotenlieder fueron compuestas entre 1901 y 1904 a partir de poemas de Rückert, escritos después de la muerte de dos de sus cinco hijos, fallecidos con apenas tres y cinco años y con solo unas semanas de diferencia. El poeta escribió 428 poemas intentando sobrevivir a aquella tragedia. Mahler conocía demasiado bien la muerte. De sus trece hermanos, solamente seis llegaron a la edad adulta. Sin embargo, resulta especialmente interesante recordar sus propias palabras a Guido Adler: “Me puse en la situación de alguien que había perdido a un hijo. Si en aquella época realmente hubiera perdido a mi hija, no habría sido capaz de escribir esas canciones”. La paradoja es conocida: Mahler escribió tres de las canciones cuando todavía estaba soltero, en 1901, y completó las restantes en 1904, ya casado con Alma y padre de dos hijas. La muerte de «Puzzi», su hija María Anna, llegaría en 1907, después de haber terminado el ciclo. Por eso resulta injusto escuchar estas canciones solamente como un presentimiento autobiográfico. Son algo mucho más universal. Mahler se coloca en el lugar de quien ha perdido un hijo y convierte ese dolor en una experiencia que cualquiera puede comprender, aunque nunca haya vivido semejante tragedia.

El propio compositor quiso además que las cinco canciones se escucharan como un todo indivisible, sin interrupciones ni aplausos entre ellas. La producción ovetense respeta esa continuidad y, más aún, la convierte en una continuidad escénica. Rechi lo explica con claridad: el sacerdote que interpreta el ciclo “presta su voz a todos aquellos que ya no son capaces de encontrar la suya”. Las canciones dejan de ser solamente un ciclo sinfónico para transformarse en una oración colectiva, un rito de despedida y consuelo. Y ahí aparece Jacques Imbrailo.

Jacques Imbrailo, la voz del padre

El barítono sudafricano afrontaba un cometido especialmente delicado. No se trataba solamente de cantar Mahler, sino de convertirse en el hilo conductor de una ceremonia fúnebre, en padre, sacerdote, doliente y portavoz de quienes ya no pueden hablar.

El primer lied, «Nun will die Sonn’ hell aufgeh’n» (Ahora quiere el sol alzarse brillante), sitúa desde el comienzo el conflicto entre la desgracia individual y la indiferencia de la naturaleza: la desgracia ha sucedido a uno mientras el sol continúa brillando para todos. La desesperación se construye mediante contrapuntos y cánones sombríos, imitaciones pesarosas de los instrumentos y ese ascenso cromático de la melodía que parece buscar una salida que nunca termina de llegar. La frase “Die Unglück geschah nur mir allein, die Sonne, sie scheinet allgemein” resume una de las grandes contradicciones del ciclo: el mundo continúa mientras para quien sufre todo parece haberse detenido.

Imbrailo cantó con una sobriedad muy adecuada a esta música. No necesitaba exagerar el gesto porque la propia escritura mahleriana ya contiene la tragedia. El barítono, de buena proyección y con capacidad para graduar la expresión, se convirtió en una voz de recogimiento más que de exhibición.

En «Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas), el padre se dirige directamente a sus hijos. La languidez insatisfecha baña toda la canción desde un clima inestable e interrogador, sostenido por la constante ambigüedad de los retardos y esas cadencias de dominante que parecen negarse a encontrar reposo.

Sin apenas pausa y respiración llega «Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), observando desde el rincón aquella alegría resplandeciente cuando el niño entraba junto a su madre, una imagen cotidiana convertida ahora en recuerdo. Y precisamente ahí reside parte de la crueldad de Rückert y Mahler: no hablan solamente de la muerte, sino de las pequeñas cosas que ya no podrán repetirse.

«Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), aporta una serenidad engañosa. Es la necesidad de imaginar que los niños simplemente se han ausentado, que regresarán, que todo puede volver a ser como antes.

Hasta llegar a «In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), donde la angustia adquiere una dimensión casi física. El remordimiento por haber enviado a los niños fuera mientras la tormenta se desata se convierte en una explosión de desesperación.

La OSPA, en una formación “camerística” para estas páginas y por el propio foso del coliseo ovetense, tuvo que decir tanto como el propio barítono. Las obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre, aumentando progresivamente su extravío hasta ese primer fortissimo vocal. Los trinos de los bajos recuerdan el tema de marcha tan asociado al universo mahleriano y a esa sensación de fatalidad y destino que atraviesa buena parte de su producción. Y entonces, casi como si después de la tormenta volviese a aparecer el sol, dos notas del glockenspiel interrumpen la progresión.

La última canción, «In diesem Wetter…», desemboca en la nana que cierra el ciclo, y Mahler permite que aparezca aquello que parecía imposible: la esperanza. El re mayor final no es una victoria, pero sí una promesa. Los niños descansan bajo la protección de Dios. La música no borra el dolor, simplemente encuentra una manera de convivir con él.

Una catedral sobre el agua

Visualmente, Rechi construye para Mahler un espacio grande, abierto, casi monumental. Una especie de catedral contemporánea, blanca, despojada, iluminada por frías luces leds, y asentada sobre un suelo de espejo que transmite una sensación líquida, como si los personajes caminaran sobre agua. Al fondo, el vídeo acentúa esa impresión.

Diez pequeños ataúdes blancos esperan en escena. Una ceremonia fúnebre los reúne. Los personajes vestidos de luto completan la acción y los ángeles de la muerte se mueven en una coreografía sencilla, sin necesidad de cargar las imágenes. Sobre cada uno de los ataúdes se va colocando una rosa roja.

El sacerdote recoge las flores antes de arrodillarse ante el último de ellos. La escena adquiere entonces una fuerza simbólica evidente: el ramo rojo, convertido en signo de perdón y pureza, anticipa la unión con la casa materna que después será el convento de Sor Angélica.

Los vínculos entre ambas obras comienzan a hacerse visibles antes incluso de que Puccini haya sonado. Y cuando la ceremonia termina, la catedral se cierra.

Del funeral al claustro

Sin pausa, ese gran espacio se transforma en otro mucho más reducido. La amplitud de Mahler deja paso a la claustrofobia de Suor Angelica. El blanco permanece, también la luz, pero ahora estamos dentro de un convento. Es una de las mejores ideas de la producción: no hacer un corte entre compositores sino transformar una realidad en otra ante los ojos del espectador.

Las monjas aparecen progresivamente. La vida cotidiana del convento trae pequeñas dosis de humor, conversaciones, reprimendas, oraciones, recuerdos y hasta cierta alegría en las hermanas mendicantes. La vida continúa también aquí, aunque sea detrás de unos muros. La “paz del claustro” tiene, sin embargo, mucho de falacia para Angélica.

Rechi utiliza las plantas medicinales como uno de los elementos que conectan las dos partes. Las hierbas que curan, el pharmakon que puede ser remedio y veneno, terminarán adquiriendo una dimensión trágica cuando la protagonista recurra a ellas para acabar con su vida. El jardín vertical, casi único elemento de color, se convierte así en espacio de vida y, finalmente, de muerte.

Beatriz Díaz, una Angélica “en casa”

Hablar de Beatriz Díaz como Sor Angélica en el Campoamor tiene además un componente especial. La soprano allerana completa su Tríptico pucciniano “en casa” después de haber cantado en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi. Su relación con Puccini viene de lejos: su Lauretta de Gianni Schicchi fue debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón de Buenos Aires y Suor Angelica ya la había interpretado en julio de 2018 en Barcia de Mera, entonces en la versión original para piano. Ahora, por fin, llegaba al Campoamor con orquesta y ese poso que dan los años.

Siempre he escrito que Puccini es una piedra angular para la voz y la personalidad artística de Beatriz Díaz. Este personaje parece escrito para ella. Y quizá por eso su Angélica tiene algo que va más allá de la solvencia vocal: hay memoria, experiencia y una identificación natural con la música. Desde la primera aparición se percibe la evolución de una mujer que lleva siete años encerrada por un pecado de juventud. La alegría de las demás contrasta con una tristeza interior que nunca desaparece. La noticia de la llegada de una berlina rompe la rutina. Es la tía Princesa.

El duelo entre Angélica y su tía

La escena entre Ana Ibarra y Beatriz Díaz es uno de los grandes momentos de la función. La mezzo valenciana afronta un papel escrito para contralto y, precisamente por ello, debe oscurecer mucho su timbre. Hay momentos en los que ese «oscurecimiento» resulta excesivo y el timbre no es homogéneo, aunque lo compensa con su notable presencia escénica y una autoridad dramática muy marcada. Frente a ella, la soprano asturiana domina la escena.

La rotunda Abadesa de María Heres ya había preparado el ambiente tras la campana del locutorio y el anuncio de la visita. Pero cuando aparece la Princesa todo cambia. «Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!» abre un verdadero duelo vocal y teatral. Angélica vuelve a ser niña ante su familia. Primero aparece la ilusión por la boda de su hermana menor, Anna Viola. Después, la noticia que lo destruye todo: su hijo ha muerto.

La tía le lanza la fotografía al suelo, el recuerdo de la madre, la herencia rechazada, la ofensa y la culpa se acumulan en pocos minutos. Puccini construye aquí un teatro de enorme eficacia. Y aunque Suor Angelica recibió críticas muy diversas desde su estreno, incluyendo acusaciones de estatismo, monotonía o excesiva dulcificación del drama, esta escena demuestra por qué también pudo ser considerada una de las páginas más conmovedoras de Puccini. Incluso el crítico James Huneker, en el estreno neoyorquino, llegó a mostrarse demoledor con la obra, aunque terminaría entusiasmándose con Gianni Schicchi. El destino de Suor Angelica dentro de Il trittico ha sido, de hecho, singular: es probablemente la menos representada de las tres y no es habitual escucharla fuera del contexto de la trilogía. Sin embargo, Puccini la consideraba su favorita. Y hay algo en la sinceridad del dolor de esta mujer que explica esa predilección.

“Senza mamma”

Tras la noticia llega «Mio figlio». Y después, «Senza mamma». Aquí Beatriz Díaz encuentra el punto exacto entre el canto y la palabra. No hay necesidad de sobreactuar un dolor que la música ya contiene. El sufrimiento está en cada frase, en cada respiración, en cada recuerdo.

“Sin madre” se transforma paradójicamente en una pregunta sobre el hijo: una madre que no pudo verlo crecer, que apenas pudo abrazarlo una vez, y que ahora comprende que jamás volverá.

Las monjas salen de escena y Sor Genoveva, cantada con solvencia por Montserrat Seró, encabeza el penitencial cortejo de hermanas con «Lodiamo la Vergine Santa». Hay una despedida agridulce. Entonces llega el último tránsito: Angélica se encuentra con su hijo. ¿Es real? ¿es un recuerdo? ¿es un deseo? Rechi no lo resuelve. Y hace bien, porque la ambigüedad permite que el espectador complete aquello que la escena no puede explicar.

El Puccini de la redención

Puccini llevó Suor Angelica incluso al terreno de su propia intimidad religiosa. La presentó en el monasterio de Vicoplago, dedicado a su hermana Iginia, religiosa profesa, y a las demás monjas de la orden. Allí, con el propio compositor al piano, explicó a aquellas mujeres el argumento de la joven aristócrata castigada por un pecado de amor y condenada al enclaustramiento. El final, con la invocación a la Virgen y la petición de perdón por el pecado cometido, debió conmover profundamente a aquellas religiosas. Y ahí está la clave de Suor Angelica: no estamos solamente ante una historia de suicidio, sino ante una historia de culpa, arrepentimiento y redención. La protagonista no puede cambiar el pasado. No puede recuperar a su hijo. No puede deshacer los siete años de clausura. Pero puede pedir perdón. Y Puccini convierte esa petición en música.

El aria final es una página magistral y Beatriz Díaz alcanzó ese La agudo en pianísimo que parece detener el tiempo. El Campoamor contuvo la respiración. Pocas veces una nota tan pequeña puede tener tanto peso.

La OSPA, entre Mahler y Puccini

En el foso el bilbaíno Diego Martín-Etxebarría regresaba al Campoamor después de haber dirigido allí La rosa del azafrán, en mayo de 2024, y Doña Francisquita, en febrero de 2025 con Oviedo Filarmonía. Esta vez el reto del maestro vasco era diferente y especialmente delicado: unir a dos grandes orquestadores sin que la orquesta se convierta nunca en protagonista por encima de las voces. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) respondió con solvencia en ambas páginas. Mahler exige transparencia, escucha interna, capacidad de respirar con la voz y un dominio absoluto de las dinámicas. Puccini necesita además esa mezcla de exuberancia y contención que permita que la emoción nunca se vuelva sentimentalismo barato. Martín-Etxebarría estuvo atento a las tablas, cuidando especialmente las voces, y obtuvo de la formación asturiana una riqueza tímbrica que no quedó encerrada en el foso. Los primeros atriles fueron fundamentales en Mahler, pero también lo fueron las intervenciones de los metales y las distintas familias en Puccini. La música parecía extenderse por todo el espacio.

Igualmente importante fue la aportación de las formaciones vocales. El Coro Intermezzo, titular de la Ópera de Oviedo, y el coro infantil de la Escuela de Música Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada, completaron una producción coralmente cuidada. La banda interna de la Banda de Música Ciudad de Oviedo aportó también su presencia en una propuesta que no deja ningún elemento al margen, al igual que el instrumental no visible.

Las mujeres del convento

Suor Angelica es además una ópera sin voces masculinas, algo que ya provocó comentarios en su momento. Aquí esa característica se convierte en parte esencial de la propuesta. Anna Tobella, como hermana celadora, estuvo impecable tanto vocal como actoralmente, especialmente en esos momentos iniciales en los que debe controlar a la comunidad; Marina Pardo, maestra de novicias; Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez y Vilma Ramírez, junto al resto de hermanas, construyeron ese pequeño universo femenino en el que transcurre la vida cotidiana del convento.

Las pequeñas alegrías de las hermanas mendicantes, las conversaciones, la enfermedad de Sor Clara, las plantas medicinales, la llegada de la berlina, el recuerdo de la hermana fallecida… todo contribuye a crear una comunidad que parece vivir ajena al drama de Angélica. Pero solo parece, porque todas son testigos de su sufrimiento.

Una producción “Made in Asturias”

Hay algo especialmente satisfactorio en que una propuesta tan original llegue al Campoamor como producción propia de la Ópera de Oviedo. Rechi ha contado con Sebastian Ellrich para la escenografía y el vídeo, Gabriela Salaverri para el vestuario, Alberto Rodríguez en la iluminación y Mar Gómez en la coreografía, con Pablo Moras al frente del Coro Intermezzo. La suma de todos estos elementos consigue que la producción no sea solamente una sucesión de imágenes bellas, sino una verdadera arquitectura dramática. El suelo líquido de Mahler se transforma en el claustro de Puccini. Los ataúdes blancos encuentran continuidad en las monjas. Las rosas rojas anticipan la sangre. El sacerdote de la primera parte reaparece como figura de enlace.

Y las plantas medicinales, el pharmakon, contienen desde el principio la posibilidad de la vida y de la muerte. Todo conduce al final.

El tránsito de un mismo recorrido

Cuando el espacio vuelve a abrirse después del suicidio de Angélica, comprendemos finalmente el sentido de Sorrow. No eran dos obras, era una sola. Primero el dolor de un padre y una comunidad ante la muerte de los niños, después, el dolor de una madre ante la muerte de su hijo. Primero el funeral, después el convento. Primero las flores sobre los ataúdes, después las hierbas que pueden curar o matar. Primero la mano de Dios que protege a los niños, después el perdón que Angélica necesita para encontrar a su hijo.

Y en medio de todo, una música capaz de decir aquello que las palabras no alcanzan. El final propuesto por Rechi no cierra completamente la historia. La aparición del hijo deja abierta la pregunta. ¿Es realmente él? ¿Es un recuerdo? ¿Es la imaginación de una mujer que acaba de morir? ¿Es la promesa de una redención? El padre y la madre en todos los sentidos del hijo muerto, la presencia de ambos en Mahler y Puccini, aunque no importa demasiado. Lo importante es que, después de tanta oscuridad, aparece finalmente un poco de luz. Era la intención declarada del director de escena andorrano y termina siendo también la sensación con la que el espectador abandona el Campoamor.

Cuando la tristeza también puede ser esperanza

La inauguración de esta 79ª Temporada de Ópera de Oviedo no busca agradar al público con una velada cómoda. Todo lo contrario, es una propuesta exigente, oscura, dolorosa y, precisamente por ello, necesaria. Mahler y Puccini hablan de la muerte desde lugares diferentes, pero terminan encontrándose en el mismo punto: la necesidad de seguir viviendo después de la pérdida.

Jacques Imbrailo pone voz al padre que intenta comprender una ausencia imposible. Beatriz Díaz encarna a una madre que no puede soportar la suya. Diego Martín-Etxebarría sostiene desde el foso la delicada arquitectura musical. La OSPA demuestra su solvencia. Los coros completan la ceremonia. Y Joan Anton Rechi consigue que dos obras que nunca nacieron para estar juntas terminen pareciendo destinadas a encontrarse. Quizá por eso, cuando las luces vuelven y el Campoamor rompe finalmente el silencio, uno entiende que Sorrow no habla solamente de tristeza. Habla de la memoria, del perdón, de la ausencia. Y quizá sea ahí, precisamente, donde Sorrow encuentre su verdadero sentido. Porque después de una hora larga de tristeza, de ataúdes blancos, rosas rojas, muros de clausura, una madre rota y un hijo perdido, lo que queda no es solamente el dolor. Queda la música, capaz de poner voz a aquello que nosotros no sabemos decir.

Mahler termina en re mayor, con la promesa de que los niños están protegidos por la mano de Dios. Puccini hace que Angélica encuentre finalmente a su hijo. Rechi deja abierta la puerta para que cada uno decida si ese encuentro sucede en la realidad, en el recuerdo o en el deseo. Quizá no importe: basta con que exista la posibilidad de volver a abrazar aquello que hemos perdido. Y mientras el Campoamor recuperaba poco a poco la luz, pensé en quienes no pudieron estar allí:

En Luis Antonio Suárez, al que esta producción está justamente dedicada, y aún más en mi querido y siempre añorado Misael Campo, que no llegó a disfrutarla. Dos nombres, dos ausencias, que también forman parte de esta noche. Porque quizá la tristeza sea, en el fondo, otra forma de amor: sólo nos duele lo que seguimos queriendo.

Así, entre Mahler y Puccini, entre la muerte y el perdón, entre una catedral que parece flotar sobre el agua y un claustro que termina abriéndose a la luz, el Campoamor inauguró su nueva temporada con algo más que un espectáculo lírico. Nos regaló una música para recordar, para conmovernos y, quizá, para salir del teatro llevando con nosotros algo que no estaba allí cuando entramos. Yo salí en silencio. Hay músicas que se aplauden, y hay músicas que, sencillamente, se quedan con uno.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella  (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo  (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Arriesgado tránsito

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Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905 / Suor Angelica, música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo. © Fotos de Iván Martínez – Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 14 de septiembre, con tipografía y colores propios y el añadido de los siempre enriquecedores enlaces)

Inauguración de la septuagésimo novena temporada de la ópera ovetense con producción propia y un estreno uniendo a Mahler con Puccini en un desgarrador e inédito díptico: Kindertotenlieder, de Mahler, un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética; por su parte, Suor Angelica, de Puccini, una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano. Dos dramas que hablan de la desgracia por la pérdida de la inocencia y la muerte de un niño, dos compositores coetáneos unidos, pues ya en Viena el bohemio dirigiría muchas obras del italiano. Dualidad minimalista en blanco y negro con el dolor atravesando la escena, la unión del dramatismo orquestal y vocal en un inédito y arriesgado espectáculo lírico, con el barítono Jacques Imbrailo y la soprano Beatriz Díaz transmitiendo el sufrimiento, soledad y comunidad dándose la mano. Una hora abundante y sin pausa para la angustia emocional que pone un nudo en la garganta a un público respetuoso, aguantando las lágrimas ante la enorme exigencia vocal de unos protagonistas que transmitieron de principio a fin ese dolor por la pérdida de un hijo.

Como cuenta el propio Joan Anton Rechi, director de escena de esta producción, “he querido trabajar ambas obras como un solo espectáculo, no como dos historias independientes. El título de las funciones, Sorrow, tristeza o pena, lo unifica todo. Lo cierto es que el personaje de Suor Angelica aparece en los Kindertotenlieder y el personaje del barítono que canta las piezas de Mahler es una especie de cura que aparece también en Suor Angelica. Hay varios elementos que conectan ambas obras en escena. Es indudablemente un espectáculo triste por la materia con la que trabajan ambos libretos, aunque he querido terminar la representación con un poco de luz, con un poco de esperanza”.

Esta producción, como se anunció por megafonía y figura en el excelente libro del primer título, está dedicada a la memoria de Luis Antonio Suárez, todo un referente de la cultura asturiana, historiador, diseñador, director artístico, empresario, actor amateur y colaborador de la Temporada de Ópera de Oviedo como escenógrafo además del creador de la exposición conmemorativa en la plaza de Trascorrales de los 75 años de la historia de esta temporada carbayona: “Su legado artístico y bonhomía nos acompañarán siempre. Descanse en paz”.

Las Canciones para los niños muertos, de Gustav Mahler, fueron compuestas entre 1901 y 1904. Los textos que acompañan a la música están basados en poemas de Friedrich Rückert. El poeta alemán escribió 428 poemas, en el intento de sobrevivir a la muerte de dos de sus cinco hijos, de 3 y 5 años, en el plazo de dos semanas. También el compositor austríaco sufrió en su infancia la pérdida de seres queridos: solo seis de sus trece hermanos llegaron a la edad adulta. Mahler con los Kindertotenlieder tejió un universo dramático en torno a la muerte de alcance universal. Para Theodor Adorno, las Canciones para los niños muertos “miran a los muertos como se mira a los niños. La música de Mahler lleva alimento a la boca aniquilada, vela el sueño de los que ya no volverán a despertar”. Las canciones fueron escritas en el idioma mahleriano posromántico, el ánimo y sentimiento que expresan se adecuan al título y al texto. La canción final termina en re mayor, con una promesa de redención trascendente, porque “la mano de Dios los protege”.

Una apuesta arriesgada escenificar esos Kindertotenlieder pero que en el contexto de tanta pena y tristeza enlazaría a la perfección con Suor Angelica en su convento. La obra de Mahler tiene una entidad que facilita mucho las cosas, en plantilla orquestal y en este caso, a nivel escénico, pues el andorrano ha planteado un espacio escénico grande y amplio para los lieder, tal vez una catedral moderna, blanca con iluminación de fluorescentes, suelo de espejo y una sensación de liquidez, como si fuera un suelo de agua (proyectado al fondo), donde tiene lugar la ceremonia fúnebre por los niños, diez pequeños ataúdes blancos y el “Padre Imbrallo” ejerciendo como tal. Pero hay personajes de luto completando los cinco lieder: padre, madre, ángeles de la muerte que interactúan en sencilla y sentida coreografía (de Mar Gómez). El barítono (podría haber sido una mezzo, pero hubiera roto el contraste desde la buscada unidad) presenta cada canción dándole a los textos toda la dramatización, realzada con una orquesta subrayando las palabras:

«Nun seh’ich wohl warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas) donde Imbrallo se dirige a “sus hijos”, languidez insatisfecha que baña toda la canción desde un clima inestable, interrogador, mantenido por la constante ambigüedad de los retardos y cadencias de dominante rotas.

«Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), desde el rincón observando la alegría resplandeciente cuando entraba al lado de su madre tan pronto extinguida, para proseguir con «Ofi denk’ich, sin Sind sur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), serena conclusión antes de la última canción anunciando que encontrará a sus niños en el paraíso, cual radiante colina.

«In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), el remordimiento de mandar fuera a los niños que finamente descansan como si estuvieran en casa de su madre (Sor Angélica presente) protegidos por la mano de Dios. Si sobre cada uno de los cinco ataúdes se depositaba una rosa roja, el sacerdote las recogía antes de abrir arrodillado el último, un baño de perdón y pureza para depositar como su hijo el ramo rojo, reposando en la casa materna que será el convento.

Un inicio sin resignación y con dolor contenido, explosión de la violenta desesperación, la angustia incontrolable como la propia naturaleza, aunque siempre manteniendo el piano y donde los forte van seguidos por diminuendos. Trinos en los bajos con el tema de marcha evocando otras sinfonías con esa cadencia mahleriana siempre vinculada a la fatalidad y el destino, primeros atriles de la OSPA completando con la música lo que a menudo las palabras no consiguen, obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre que aumenta su extravío hasta el primer fortissimo vocal, con dos notas del glockenspiel interrumpiendo la progresión como si el sol volviese tras la tormenta, transición hacia la nana que sirve de Finale al ciclo, esperanza y paz, porque sólo unas campanas enlazan la acción y la emoción.

Así, esa catedral mahleriana se cierra y genera un espacio muy cerrado, casi claustrofóbico para Puccini, aunque el blanco y la luz se apoderan en el inicio conventual con las diez hermanas (el coro interno) y el resto de la comunidad que irá ocupando la escena tras el rezo inicial de “la Hermana Díaz” y la celadora Anna Tobella (impecable vocal y actoralmente) regañando al resto de monjas. La propuesta teatral parte de la voluntad de eliminar las fronteras entre ambas obras, construyendo así un único relato emocional que encuentra sorprendentes vínculos: “Fue una intuición inmediata. Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional” nos explicaba el propio Rechi. Evolución de Suor Angelica en un periodo que resume sus siete años de clausura. La protagonista es otra heroína trágica del universo pucciniano, perteneciente a una familia de la alta aristocracia recluida por tener un hijo natural y obligada a permanecer en el convento. Diálogos de monjas desde esa falacia llamada “la paz del claustro”, con las hierbas medicinales (Pharmakon como las denomina en el excelente libreto para esta función, la doctora María Sanhuesa Fonseca, “vida y suerte en sus manos”), desde el remedio solicitado por la hermana enfermera para Sor Clara picada por una avispa en el huerto, la única nota de color en el jardín vertical del que Sor Angélica toma las hierbas, hasta el veneno final brindado por los mismos padres mahlerianos de “la primera parte”.

Momentos emocionantes como el recuerdo a la hermana ausente y fallecida, donde Sor Angélica canta “Los deseos son las flores de los vivos, no florecen en el reino de los muertos” (I desideri sino i fiori…), pequeñas alegrías monacales a cargo de las golosas hermanas mendicantes, aunque el sufrimiento tras siete años de encierro de la “poveretta” protagonista no faltan, cantados y engrandecidos desde el foso, siempre con el maestro Martín-Etxebarría muy atento a las dinámicas sobre las tablas, exhuberancia contenida y tímbricas incluso fuera de escena, al igual que las formaciones vocales del coro titular y el de los niños de Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada ovetense.

El aviso de la llegada de una berlina aumentará la curiosidad tras los muros, la tensión y los miedos de la noble castigada y penitente que se pone blanca y después roja. Una impresionante abadesa María Heres cantando, tras escucharse la campana del locutorio, Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!, el anuncio de la tía Princesa (Ana Ibarra), comienzo de un duelo vocal y escénico de la mezzo valenciana, en un registro de contralto que la obligó a oscurecer en demasía su timbre aunque lo compensa su presencia, y la soprano asturiana Beatriz Díaz, dominadora de este personaje que parece escrito para ella y firmado, como la renuncia a su herencia tras la fatal noticia, y que además completa su Tríptico pucciniano “en casa” tras cantar en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi (con su Lauretta debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón bonaerense y Suor Angelica en julio de 2018 en la versión original para piano representada en Barcia de Mera), al fin con orquesta y con el poso que dan los años, a un compositor del que siempre he escrito es piedra angular para su voz y personalidad.

Dolor, tragedia, breve alegría por la boda de su rubia hermana pequeña Anna Viola, truncada tras el frío y sobrecogedor anuncio de la muerte de su hijo, ante la foto lanzada al suelo por una tía inexorable ofendida por su sobrina al recordar a su madre en su contra. Puro dolor expresado en “Mio figlio” al que solo pudo ver y besar una vez, la sobrecogedora aria “Senza mamma”, la salida de las monjas acogiendo a Sor Angélica con Sor Genoveva (siempre bien la soprano Montserrat Seró) encabezando ese penitencial cortejo de hermanas cantando “Lodiamo la Vergine Santa”, una despedida agridulce, el encuentro con su hijo y el pecado del suicidio para después invocar el perdón. El aria final es una página magistral, cerrada con un La agudo en pianísimo que cortó la respiración del Campoamor. Para Puccini, Suor Angelica era la mejor ópera de la trilogía y musicalmente en esta obra el lirismo es permanente y la escritura tanto orquestal como coral depurada.

Un tránsito de un mismo recorrido: del duelo colectivo al dolor íntimo de una madre, el espacio final que vuelve a abrirse con el encuentro (real, mero recuerdo o deseo) entre Angélica y su hijo con la aparición del sacerdote que responde al interrogante: ¡el muerto es su hijo y con el perdón de la madre, Sor Angélica!. Genial y original cierre explicando esta Sorrow de Rechi en una producción sobresaliente “Made in Asturias”.

FICHA:

Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905/ Suor Angelica. Música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró * (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas * (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich * – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez * – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

La Ópera de Oviedo presenta su nueva temporada

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La programación de la septuagésimo novena temporada reúne obras de Mahler, Puccini, Donizetti, Verdi y Mozart, con destacados repartos de los circuitos nacional, internacional y talento local, nuevas producciones y coproducciones y la apuesta por el talento joven a través de las funciones Viernes de Ópera

Según la nota de prensa, el pasado miércoles 22 de abril el director general y artístico de la Ópera de Oviedo, Celestino Varela, fue el encargado de presentar a los socios los detalles de los cinco títulos, ya conocidos, que conforman la 79ª temporada operística en el Teatro Campoamor de la capital asturiana.

La Ópera de Oviedo alzará el telón en septiembre con un programa doble englobado bajo el título “Sorrow”, que incluye Kindertotenlieder y Suor Angelica, un díptico lírico que se verá por primera vez en el ciclo, que reúne las visiones musicales de Gustav Mahler y Giacomo Puccini.

La velada contará con el barítono Jacques Imbrailo en Kindertotenlieder, mientras que Suor Angelica estará encabezada por la soprano asturiana Beatriz Díaz en el papel titular (que debutó hace casi ocho años en tierras gallegas en la versión original con piano) volviendo a las tablas del coliseo ovetense, acompañada por Ana Ibarra (Princesa), Anna Tobella (Hermana Celadora), la mezzo pixueta María Heres (Madre Abadesa), la cántabra Marina Pardo (Maestra de Novicias) junto a las sopranos leridana Montserrat Serós (Sor Genoveva), ruso-cubana Anna Cabrera (Sor Dolcina) y navarra Andrea Jiménez (Hermana Enfermera).

La dirección musical correrá a cargo de Diego Martin-Etxebarria al frente de la OSPA, con dirección escénica de Joan Anton Rechi en una nueva producción de la Ópera de Oviedo, en la que participarán el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo, y el Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento.

Kindertotenlieder, de Mahler, es un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética. Por su parte, Suor Angelica, de Puccini, es una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano.

Fechas: 11, 13, 16 y 19 de septiembre.

El bel canto de Donizetti regresa en octubre

La temporada continuará en octubre con cuatro funciones de Maria Stuarda, de Gaetano Donizetti, una de las grandes tragedias del bel canto. La soprano Yolanda Auyanet asumirá el papel protagonista junto a Paola Gardina como Elisabetta, Jihoon Son como Leicester, David Lagares como Talbot, Carlos Daza como Lord Cecil e Irina Avramenko como Anna.

La dirección musical estará a cargo de Friedrich Haider en su retorno al frente de la OFIL que él relanzase, con la participación del Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La puesta en escena correrá a cargo de Emilio López, tras su propuesta en el Campoamor de Anna Bolena, en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera.

Fechas: 9, 11, 14 y 17 de octubre.

La tragedia shakespeariana de Verdi llega en noviembre

Noviembre sube a escena Macbeth, de Giuseppe Verdi, una de las grandes tragedias operísticas inspiradas en Shakespeare. Los papeles principales estarán encabezados por el mejor barítono verdiano actual, el onubense Juan Jesús Rodríguez como Macbeth, el esperado regreso de Marigona Qerkezi como Lady Macbeth, completando el reparto Gianfranco Montresor (Banco), los tenores cántabro Alejandro del Cerro (Macduff) y asturiano Jorge Rodríguez-Norton (Malcolm), más Julia Merino (Dama), Mikel Zabala (Doctor) y Ángel Simón (Criado, Sicario y Heraldo).

La directora musical estará a cargo de será Clelia Cafiero, con la OFIL en el foso, con puesta en escena de Paco López en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga. Participa el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

En el marco de esta producción se inauguran las funciones de los Viernes de Ópera del ciclo 2026/2027, con Jorge Nelson Martínez en el papel de Macbeth, Paulina Bielarczyk como Lady Macbeth, el bajo gallego Alejandro Baliñas en el rol de Banco y el tenor murciano Francisco Cruz como Macduff.

Fechas: 13, 15, 18, Viernes Ópera: 20, y 21 de noviembre.

El Puccini más apasionado en diciembre

El ciclo continuará en diciembre con Manon Lescaut, de Giacomo Puccini, una de las óperas más intensas y líricas del compositor italiano. El papel de Manon Lescaut será interpretado por Vanessa Goikoetxea, otro regreso esperado, junto al mexicano Arturo Chacón-Cruz como Des Grieux, Manel Esteve como Lescaut, el barítono mierense Abraham García como Geronte di Ravoir y El Comandante, el tenor catalán Josep Fadó como Edmondo, la mezzo donostiarra Marifé Nogales como el Músico y también como El Peluquero, el mallorquín Pablo López como El Posadero y El Sargento, y el canario Gabriel Álvarez como Maestro de danza y Farolero.

La dirección musical estará a cargo de Nuno Coelho al frente de la OSPA, de la que es director titular, con dirección de escena de Emiliano Suárez en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera. En escena también el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

De nuevo función de Viernes de Ópera con Rebecca Gulinello en el papel de Manon Lescaut, Joan Laínez como Des Grieux y Guillem Batllori como Lescaut.

Fechas: 11, 13, 16, Viernes Ópera: 18, y 19 de diciembre.

Mozart cierra la temporada con su gran comedia de enredo

La temporada cerrará en enero y febrero con Così fan tutte, de Wolfgang Amadeus Mozart, una de las grandes óperas bufas del repertorio clásico. Fiordiligi será interpretada por la soprano malagueña Berna Perles, junto a  la mezzo bogotana Andrea Niño como Dorabella, la soprano madrileña Natalia Labourdette como Despina, el barítono californiano Christian Pursell como Guglielmo, el tenor croata Filip Filipović como Ferrando y otro «regreso a casa» del barítono castrillonense David Menéndez como Don Alfonso.

La dirección musical estará a cargo de Lucas Macías al frente de la OFIL, de la que es titular, con el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La dirección escénica es de Marta Eguilior en una producción de la ABAO Opera Bilbao.

Tercer título con función a precio asequible de Viernes de Ópera con la soprano checa Lada Bočková como Fiordiligi, la mezzo colombiana Paola Leguizamón como Dorabella, la soprano franco-española Eleonora Deveze como Despina, el barítono chipriota Yiorgo Ioannou como Guglielmo, el tenor chino Anle Gou como Ferrando y el bajo-barítono leonés Javier Blanco como Don Alfonso.

Fechas: 29 y 31 de enero, más 3, Viernes Ópera: 05, y 6 de febrero.

La LXXIX temporada mantiene los cinco títulos combinando repertorio muy conocido, nuevas producciones, también propias, y dos títulos especialmente llamativos: Macbeth y Maria Stuarda, con muchas voces conocidas en el Campoamor, el regreso de varias asturianas, los Viernes de Ópera orientados a impulsar el talento joven en el segundo reparto (en Macbeth, Manon Lescaut y Così fan tutte) más el reparto en el foso de las dos orquestas habituales: la OSPA (que se encargará del programa doble que abre la temporada y de Manon Lescaut), mientras que Oviedo Filarmonía acompañará los tres títulos restantes.

Carmen cita en Oviedo

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Miércoles 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): «Carmen». Fotos de Iván Martínez.

(Crítica para Ópera World del jueves 5 de febrero, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínezmás alguna propia)

Último título de la LXXVIII Temporada de la eterna cigarrera sevillana, «Carmen» de Bizet (también la de Mérimée), cima de la ópera francesa y una de las mayores obras maestras del teatro cantado de todos los tiempos, que es un imprescindible para asegurar buena respuesta de público, también por poseer la mayor cantidad de melodías populares para todos, que regresaba al coliseo ovetense por decimocuarta vez desde1894 (recuerdo personalmente la de 1984 con Carreras y Obratzsova), representada ahora en versión de opéra-comique al recuperar los diálogos hablados del propio Bizet en el estreno parisino de 1875, y dentro de una producción del Auditorio de Alicante firmada por Emilio Sagi en un título que nunca es inocente ni sencillo.

El libreto de Halévy y Meilhac que se inspira en Merimée nos narra la historia de una mujer nómada y hedonista que por encima de todo ama su independencia y libertad (repetida a lo largo de la ópera), y que en nuestros días calificaríamos como “mujer empoderada”, y aunque todos sabemos que su historia de amor fatal termina en tragedia, en pleno siglo XXI seguimos despertándonos muy a menudo con estos crímenes que parece no hay forma de detener.

Fiel a sí misma, Carmen rechaza la esclavitud que José le propone desde esta partitura exquisita y llena de luz que como repite la protagonista, y cita Sagi en el libreto, «Ha nacido libre y libre morirá». Carmen es mito, espejo y herida abierta, y el ovetense lo sabe. En la prensa local, el hijo predilecto de la capital reflejaba haberla despojado del ornato para buscar lo esencial de una mujer que, insistía, «no es ninguna puta, es una mujer que quiere ser libre». Su propuesta, de escenografía sobria y eficaz diseñada por Daniel Bianco, se articula en torno a un espacio único —un coso simbólico de albero rojo— verdaderamente es granza, como una arena pero de goma que “no mete ruido ni suelta ácaros ni polvo, y es muy higiénico. Aquí hay tantas peleas que es estupendo para tirarse al suelo” como explicaba unos días antes el propio Emilio, y que funciona como metáfora de encierro, destino y violencia anunciada, un atrezzo limitado a sillas y mesas que son plaza, taberna, paraje montañoso o coso taurino, siempre con el rojo que lo invade todo: pasión, sangre, advertencia…

La iluminación de Eduardo Bravo, con las bombillas que suben y bajan, siempre muy cuidada, más las videoproyecciones de Pedro Chamizo (hermosa noche de luna llena), hoy imprescindibles y enriquecedoras para estas puestas de escena sencillas a la vez que eficaces, si se me permite el oxímoron son ‘la complejidad de lo sencillo’, completando un marco visual que, sin deslumbrar, acompañan con inteligencia el desarrollo dramático, destacando momentos de gran belleza como la taberna de Lillas Pastia o el clima ominoso del cuarto acto.

Sagi anticipa la tragedia y subraya, desde el segundo acto, la violencia latente de Don José hacia Carmen, sin renunciar al tono ligero y casi burlón que Bizet y sus libretistas reservaron para los personajes secundarios (como en la escena echando las cartas). Las coreografías de Nuria Castejón, siempre orgánicas y reconocibles, extensibles incluso a los cantantes, aportan ese andalucismo estilizado que evita el folclorismo fácil, con un entreacto danzado de notable fuerza simbólica y sin taconeo, bailan sobre las mesas y destacar tanto el cuerpo de baile como el bellísimo solo de Juan Pedro Delgado, un torero con capa de plasticidad y tronío.

En el plano vocal, la más aplaudida de la noche fue la mezzo brasileña Marcela Rahal, debutante en la Ópera de Oviedo, que construyó una Carmen de gran presencia escénica y caudal vocal generoso, aunque los fraseos los cortase más de la cuenta. En la  famosa habanera «L’amour est un oiseau rebelle» mostró alguna respiración excesiva, pero su progresión dramática fue innegable, del blanco al rojo, hasta culminar en un cuarto acto de intensidad y convicción.

El tenor italoestadounidense Leonardo Capalbo, también debutante en Oviedo que sustituyó al inicialmente previsto Antonio Corianò, asumió el ingrato reto de Don José con entrega absoluta, dibujando un personaje extremo, obsesivo y sin redención. De instrumento potente y expresivo, aunque de fraseo precipitado y ciertos agudos forzados restaron matices a un rol que exige tanto lirismo como contención, histriónico por momentos con la violencia del papel reflejada en una voz que solo logró un pianissimi recurriendo a un falsete poco agraciado en la esperada «La fleur que tu m’avais jetée” poco sentida. La soprano italiana Francesca Sassu ofreció una Micaela correcta pero algo limitada en vuelo, proyección y color, con un vibrato que afea sus agudos, mientras que el barítono ubetense Damián del Castillo defendió con solvencia su debut como Escamillo, elegante pero sin buscar la rotundidad, de gran presencia escénica y buen empaste en el “duelo” con Don José, buena faena de aliño en una plaza que conoce bien.

Sólidos los papeles secundarios, con un Zúñiga especialmente acertado  del bajo tinerfeño Jeroboám Tejera tanto en lo vocal como en lo escénico, y una Mercedes eficaz, presente además de convincente de la mezzo barcelonesa Anna Gomà, mientras la Frasquita de la soprano madrileña Inés Ballesteros quedó siempre opacada en volumen e incluso en el inicial trío femenino del tercer acto no empastó todo lo deseado.

Mantuvieron la homogeneidad vocal y el abanico tímbrico los dos barítonos, Morales del mexicano Emmanuel Franco, y Le Dancaïre del cordobés Javier Povedano, más El Remendado del tenor catalán Josep Fadó, moviéndose todos muy bien en escena y logrando un conjunto bien empastado en el quinteto del segundo acto.

Destacar como ya es habitual el gran trabajo del Coro Intermezzo que dirige Pablo Moras, con algún desajuste con el foso, pero bien en conjunto, y especialmente las “cigarreras” además de bandoleras. De afinación intachable, proyección precisa y empaste global, sumaron una escena que con su movimiento ayudaron a que esta producción “minimalista” por sencilla la engrandecieran manteniendo una acción dramática que no decayó nunca.

Del Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento solo elogios porque no solo aportan frescura y cohesión a la propuesta, son verdaderos artistas en escena, desde su primera aparición en el cambio de guardia, unos profesionales desde el juego con las espadas de palo, hasta el desfile torero jugando entre “los mayores”, con un empaste y afinación que se alcanza con mucho trabajo previo bien llevado por Cristina Langa.

En el foso, el avilesino Rubén Díez condujo a la Oviedo Filarmonía con atención al equilibrio entre escena y orquesta, destacando los preludios, impecable el inicial y el del tercer acto de sonoridad presente llena de musicalidad con el arpa de Domené con la flauta de Mercedes Schmidt. Otro tanto en los pasajes orquestales, aunque con los ya indicados desajustes puntuales e  inevitables en una obra compleja de equilibrar, respetando el protagonismo y balance con las voces, con una lectura serena y bien coordinada con todas las secciones, para hacer que la función fluyese con solidez.

El público, casi completando el aforo para esta tercera función, respondió con entusiasmo creciente y ovaciones finales porque son títulos que atraen y el reparto, más o menos equilibrado sin grandes figuras, ayuda a los éxitos en taquilla.

©PabloSiana

Carmen cerraba la temporada ovetense (quedan aún la cuarta el próximo sábado, precedido del “viernes de ópera” con un sugerente segundo reparto) dejándome sensaciones encontradas, pero confirmando que esta obra, tantas veces representada, sigue interpelándonos con la misma crudeza: la libertad (que siempre tiene su precio), el deseo y la violencia, que siguen bailando peligrosamente juntos sobre la arena roja del escenario.

FICHA:

Miércoles 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): «Carmen», Opéra comique en cuatro actos, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en la obra homónima de Prosper Mérimée (1845, rev. 1846). Estrenada en la Opéra Comique de París, el 3 de marzo de 1875. Producción del Auditorio de Alicante.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Rubén Díez – Dirección de escena y diseño de vestuario: Emilio Sagi – Diseño de escenografía: Daniel Bianco – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo – Coreografía: Nuria Castejón – Diseño videoproyección: Pedro Chamizo – Dirección del coro: Pablo Moras – Dirección del coro infantil: Cristina Langa – Fotos: Iván Martínez.

REPARTO:

Zúñiga: Jeroboám Tejera (bajo) – Moralès: Emmanuel Franco (barítono) – Don José: Leonardo Capalbo (tenor)* – Escamillo: Damián del Castillo (barítono) – Le Dancaïre: Javier Povedano (barítono) – Le Remendado: Josep Fadó (tenor) –Frasquita: Inés Ballesteros (soprano) – Mercédès: Anna Gomà (mezzo) – Carmen: Marcela Rahal (mezzo)* – Micaëla: Francesca Sassu (soprano).

Orquesta Oviedo Filarmonía (Ofil)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento

* Debutante en la Ópera de Oviedo

Un Rigoletto pasado por agua

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Domingo 14 de diciembre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Rigoletto». Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 15 de diciembre, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínez más alguna propia)

Cuarto título de la LXXVIII Temporada (para cerrar 2025 antes de la «Carmen» que la clausurará ya en 2026) de este clásico como es el «Rigoletto» considerado popular dentro de la “trilogía verdiana” que regresaba al Teatro Campoamor tras el de 2016-2017, con lluviosos aires asturianos y un trío protagonista que cojeó por donde menos esperábamos, aunque los aficionados de esta segunda función aplaudieron la trigésimo segunda vez que se escuchaba esta ópera, contando además con el mismo Duque de la última.

Si en la primera función del pasado viernes hubo tormenta y pateos, al menos este segunda de domingo quedó en un chaparrón sin escándalos, y con padre e hija (Petti y Nowakowski) triunfando sobre Il Duca Albelo que no lució como hubiéramos deseado tras las más de 250 representaciones sumadas con este personaje que, para quienes ya peinamos canas, seguiremos asociándolo a Don Alfredo Kraus desde aquel septiembre de 1981 que perdurará para siempre en nuestra memoria.

El diseño de Ricardo Sánchez Cuerda con la escena de la ovetense Susana Gómez son un reciclaje, pues no están los presupuestos para dilapidarlos, aunque si se prefiere es un ‘regreso al proyecto iniciado con el «Hamlet» de 2022’, como así lo presenta la asturiana en el libreto de este título, que además titula “Sigue la tormenta” para disipar cualquier duda. Dos facetas (El Duque de Mantua actual y el Príncipe danés de entonces) con “un proyecto conceptual único en el que se muestra la realidad de un hombre que, al querer tomar la justicia por su mano, termina devorado por la máscara que construye para restituir el orden justo”, máscara de la deformidad de la que el protagonista se despoja varias veces sin apenas cojear, y donde el inocente acaba siendo víctima de sus intentos de reparación de los desajustes sociales, por otra parte muy actual siglo y medio después del estreno en La Fenice veneciana.

Reconozco que el tratamiento escenográfico sigue resultando eficaz aunque algo incorrecto, con mínimos cambios, caso del vídeo de Rubén Ráyen como teatro de sombras inicial junto a las nebulosas tras el telón, o la figura inquietante que se repetiría como evocación de la amenaza del Conde de Monterone, principio y fin del drama. Pero el efecto de la lluvia (supongo nada cómoda para Rigoletto y Gilda) al rebotar en el plástico produce un ruido que según comentó  el público de la primera función, fue aún mayor por la sonora tromba de agua -casi tanto como los abucheos- que este domingo “cerraron el grifo” antes para evitar males mayores, o al menos no calarse hasta los tuétanos. Y tampoco se utilizó el efecto de recoger en la trampilla del suelo las telas finales que conforman la casa de Los Monterone, sí usada para el rapto de la protagonista con su padre engañado.

Sobre el resto de la escena, los cuadros de los tres actos resultaron más abstractos y con espacios sin perfilar (mejor imaginárselos conociendo el original de Victor Hugo), salvo la casa transparente de Rigoletto, utilizando los planos inclinados que siempre suponen tensión tanto para la acción como para el canto, destacando las luces de Félix Garma, relámpagos incluidos, o los truenos fuera de escena (como la banda interna).

No me gustó nada el vestuario de Gabriela Salaverri que pese a los distintos colores, muy terrosos, mezcla pelucas dieciochescas con trajes de diseño (?), o una orgía sin mujeres, claro que escribe Susana que no hay lugar para ellas, pues “están escondidas (…) en un mundo de hombres y en el que solo los hombres tienen un lugar. Las mujeres habitan en los márgenes (…)”, travistiendo cual Drag-Queens al personal masculino (el Coro Intermezzo siempre seguro y matizado además de coreografiado por Olimpia Oyonarte) en un entorno de brillos muy sesenteros con redondos sillones amarillos para la fiesta en el salón de baile inicial donde tampoco faltarían los abanicos.

Y si la escena no gusta, siempre nos queda la opción de cerrar los ojos y escuchar la música de Verdi que llena y realza todo argumento. El maestro carbayón Oliver Díaz es ya un consumado director que conoce muy bien el foso para ayudar siempre a los cantantes, y esta vez volvió a demostrarlo al frente de la OSPA que volvió a dejarnos una sonoridad compacta, de altura y calidad ya desde la obertura, con primeros atriles que sonaron como alter ego de los protagonistas, desde el oboe al chelo en los momentos más destacables de esta ópera.

Si Gilda es el eslabón más frágil de una cadena perversa donde se suceden traiciones, engaños y fechorías, Alexandra Nowakowski, soprano estadounidense de origen polaco, supuso el mejor nexo y engarce para los otros dos (el tinerfeño Celso Albelo y el salernitano Ernesto Petti), brillando desde su primera aparición. Su textura de lírico-ligera con un color vocal sugerente, cálida pero también carnosa, siempre bien afinada y de fiato impresionante con matices extremos, con una afinación impoluta junto a una proyección que llenaba todo el teatro, así como un excelente empaste en los dúos sin olvidarme del cuarteto “Bella figlia della’amore” junto a Rigoletto ubicados en el lado opuesto y “ganando” en presencia vocal a Il Duca y Maddalena, resultó la auténtica triunfadora de la tarde-noche. Cada intervención iría aumentando su entrega, desde el dúo “Tutte le feste al tempio” hasta la esperada y famosa aria  “Caro nome” sensible, tan arrebatadora como los aplausos del público, virtuosismo vocal donde mostrar el dominio de todos los recursos técnicos que lo fueron hasta su agonía final en brazos de su padre con una dramaturgia que creció como su personaje, un verdadero disfrute escénico vocal y actoral.

No se quedó atrás Ernesto Petti en un Rigoletto a tener en cuenta. De amplio registro y enorme expresividad, despojándose de su joroba en los momentos donde reflejar su verdadera personalidad encerrada en el bufón, pero sin la cojera que pareció evitar para lograr el mayor equilibrio, en el amplio sentido de la expresión. Si se me permite el juego de palabras, cargó sobre sus espaldas toda la dramaturgia de la obra, desde las escenas de potencia y volumen hasta los más delicados y expresivos. Sus arias de barítono dramático “Cortigiani, vil raza dannata” maldiciendo a quienes deshonran a su hija, “Piangi, piangi, fanciulla” y el desesperado “Si, vendetta, tremenda vendetta” junto a Gilda (donde juran venganza contra el Duque) estuvieron llenas de intensidad y patetismo, siendo de lo más aplaudido y dejándonos un gran sabor de boca.

Celso Albelo debutó su Duca precisamente en Oviedo, y no ha parado de llevarlo por medio mundo, pero este frío domingo no se le notó cómodo pese al dominio del personaje que ya ha interiorizado. Tampoco brilló su timbre que parecía “tomado” ya desde su primer aria “Questa o quella” donde me pareció cansado vocalmente, cortando las frases, respirando donde no suele, con unos piani nunca bien delineados y forzando unos agudos, que sí dio pero al límite de volumen. Por momentos me sonó incluso “calante” como en “La donna è mobile” evidenciando la cojera del trío protagonista, aunque el público asturiano le quiere y perdona estos detalles, pero personalmente me llevé una decepción con el tenor tinerfeño.

Queda comentar al resto del elenco con algunas voces debutantes que indico en la ficha técnica. El bajo trevisano Roberto Scandiuzzi encarnó un Sparafucile consistente por la profundidad y rotundidad de su voz, aportando el carácter que corresponde a su personaje. La mezzo crevillentina Sandra Ferrández mantiene un timbre central redondo y sigue demostrando sus cualidades de actriz, donde los “hermanos” conformaron un excelente dúo junto al buen empaste y química mostrada por Maddalena con El Duque.

De los barítonos, breve y no muy afortunado estuvo el veronés Gianfranco Montresor como El conde de Monterone, algo tapado por la orquesta y forzando los agudos; el venezolano Ángel Simón como Conde de Ceprano y ujier sigue creciendo escénicamente gracias a un buen nivel vocal; mientras el Marullo del ferrolano Gabriel Alonso no lució como de él esperaba, mostrando un color poco adecuado y unos agudos “apretados”.

Para finalizar me queda citar al tenor murciano Francisco Cruz que mostró sus facultades vocales en un Matteo Borsa presente y suficiente, a la soprano berciana Nerea González dotada de una voz interesante con buenos agudos y defendiendo sus breves papeles de La condesa de Ceprano y Giovanna. Por último me encanta comprobar cómo hay cantera lírica en Asturias, y así la joven soprano gijonesa Teresa de Albéniz debutaba con el partiquino del paje, tras su rodaje en la compañía musical infantil, y residente en la ópera ovetense “La Federica”. Segura sobre las tablas, con maestras de quienes seguir creciendo y donde mirarse, el próximo mes de enero interpretará la adaptación de «Carmen» paralela a la que cierra temporada.

Como dice el refranero “Después de la tormenta viene la calma”, tras un período difícil o de adversidad, siempre llega un momento de paz y tranquilidad, ofreciendo esperanza y optimismo para superar los problemas, un mensaje de resiliencia que sugiere cómo las dificultades son temporales y la calma es inevitable, a menudo fortaleciéndonos en el proceso. En tiempos convulsos la música es la mejor terapia y aprovecho para desear todo lo mejor en el año venidero.

FICHA:

Domingo 14 de diciembre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Rigoletto», melodrama en tres actos, con libreto Francesco Maria Piave, basado en la obra de teatro “Le Roi s’amuse”  (1832) de Victor Hugo. Estrenado en el  Teatro de La Fenice de Venecia, el 11 de marzo de 1851. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Óliver Díaz – Dirección de escena: Susana Gómez – Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Félix Garma – Vídeo: Rubén Ráyen – Dirección del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El Duque de Mantua: Celso Albelo (tenor) – Rigoletto: Ernesto Petti (barítono) – Gilda: Alexandra Nowakowski (soprano) – Sparafucile: Roberto Scandiuzzi (bajo) – Maddalena: Sandra Ferrández (mezzosoprano) – El Conde de Monterone: Gianfranco Montresor (barítono) – Marullo: Gabriel Alonso (barítono)* – Matteo Borsa: Francisco Cruz (tenor)* – El conde de Ceprano / Ujier: Ángel Simón (barítono) – La condesa de Ceprano / Giovanna: Nerea González (soprano)* – Paje: Teresa Rodríguez García de Albéniz (soprano)*.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Banda interna (Banda de Música Ciudad de Oviedo)

* Debutante en la Ópera de Oviedo

Orlando curioso

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Miércoles 19 de noviembre de 2025, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. A. Vivaldi (1678-1741): «Orlando Furioso» RV 728.

(Crítica para Ópera World del viernes 21 de noviembre, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínez más alguna propia)

La Ópera de Oviedo volvió a demostrar en esta LXXVIII Temporada que su política de programación no teme los riesgos. Si el curso pasado recuperaba «Arabella», ahora traía al Campoamor, por primera vez en su historia, uno de los títulos más celebrados —y durante siglos más olvidados— de Antonio Vivaldi: «Orlando furioso», ópera estrenada en 1727 y hoy todavía infrecuente en los grandes teatros. La apuesta, valiente y culturalmente necesaria, certifica la voluntad de la institución ovetense de abrir su temporada a repertorios menos transitados, ampliando horizontes para su público, aunque el carbayón no estuvo lo que se dice entusiasmado pese a la buena entrada en esta tercera representación, pues al descanso se vaciaron butacas y al final del segundo acto, pese a la advertencia de ser una pausa técnica rogando no abandonar los asientos, se obvió por otra parte del respetable, puede ser también por el horario que nos llevaría hasta casi las once de la noche y seguro había de administrarse algún medicamento.

Como nos recordaba el musicólogo Ramón Sobrino Cortizo en la conferencia previa del pasado día 11, Vivaldi abre una puerta a la magia y la locura de Orlando, y ”la partitura es un auténtico festín para los cantantes, que pueden mostrar su virtuosismo”, recordándonos que Il prete rosso compuso más de 800 obras, de las cuales 51 son óperas siendo Orlando una de las más brillantes, por su fuerza musical, su rigor dramático y su riqueza emocional. A partir de la obra de Ludovico Ariosto (1532) Vivaldi compone una joya donde los celos, la magia y la locura se entrelazan en una trama ambientada en la isla encantada de Alpina, con los amores cruzados de Orlando, Angélica, Medoro, Ruggiero y Bradamante enfrentándose a los hechizos y trampas de la maga. «El héroe Orlando es una figura que atraviesa la historia literaria europea, desde la ‘Chanson de Roland’ medieval hasta la ‘Divina Comedia’ de Dante», señaló Sobrino Cortizo.

Vivaldi compone aquí un continuo de recitativos y arias da capo que exige a los intérpretes virtuosismo, variedad expresiva y un control absoluto del estilo, un esfuerzo físico que ahuyenta a grandes voces de este periodo de la historia lírica. El entramado vocal que subió al escenario del Campoamor —con predominio de voces femeninas y un único timbre viril real, el Astolfo de San Martín— lo confirma: todas las tesituras avanzaron por una partitura ardua, plena de agilidades, cambios de afecto y amplios saltos interválicos. A este mapa vocal se sumó la acústica propia del teatro, que permitió comprobar cómo ciertas voces se proyectaban mejor cuando la escena las situaba en posiciones delanteras, y especialmente al lado derecho del escenario (que la gran Montserrat Caballé siempre elegía en tiempos de menor importancia en la escena), un fenómeno que no siempre coincidió con las necesidades dramáticas.

Aarón Zapico, profundo conocedor del repertorio barroco, planteó una lectura contrastada y teatral desde la Sinfonía u obertura inicial, con tempi vivos y mucha atención al color. En las funciones anteriores hubo comentarios y críticas sobre el desequilibrio recurrente entre el foso y las voces, si bien en esta tercera fue menor, al menos desde mi fila 12. En los tutti, especialmente en el primer acto, el empuje de la Oviedo Filarmonía, solvente y poco habituada a este repertorio, demostró su ductilidad en todos los estilos, esta vez con un continuo que brilló siempre (David Palanca al clave, Guillermo L. Cañal al chelo y Pablo Zapico a la tiorba) desde un trabajo ejemplar que aportó armazón expresiva y claridad retórica, junto a la cuerda guiada por Jorge Jiménez, otro referente en este estilo, que nos dejaron momentos de sonoridad luminosa para una plantilla personalmente algo numerosa por las dinámicas empleadas.

El elenco reunió mayoritariamente debutantes en la temporada ovetense, lo que añadió un punto extra de riesgo aunque al ser la tercera de las cuatro funciones se avanzó en seguridad. El contratenor Arnaud Gluck (Ruggiero) fue, para buena parte del público y crítica, el triunfador vocal de este miércoles, muy aplaudido en sus intervenciones solistas, y a quien recordamos en el espíritu del «Dido y Eneas» de hace un año dentro de los Conciertos del Auditorio. De voz delicada y lírica, encontró en la instrumentación más liviana de sus arias el espacio ideal para ornamentaciones elegantes y un fraseo de enorme sensibilidad, especialmente en las dos arias lentas a las que aportó esa languidez de su rol: Sol da te, mio dolce amor del acto primero (escena duodécima) con la flauta magistral de Mercedes Schmidt, y Pianger, sin che l’onda del pianto del segundo acto con el chelo del continuo.

La soprano vizcaína Jone Martínez (Angélica) se impuso como la voz de mejor proyección y timbre bello. Técnica segura, coloraturas impecables y un trabajo actoral que reforzó la dimensión afectiva del personaje. En muchos pasajes, su Angélica eclipsó al propio Orlando.La mezzo chilena Evelyn Ramírez (Orlando) firmó un personaje complejo con un timbre oscuro y homogéneo, algo corto en volumen en la zona grave, yendo de menos a más, que en su tercer acto mostró mayor resolución y autoridad dramática con unas coloraturas ya nítidas. No es una “contralto con calzones” pero sí tiene gran capacidad expresiva para su color de voz, además de una innegable preparación física para poder cantar encaramándose a la cueva, aunque se perdiese algo de proyección por esa ubicación.

Segunda mezzo, Shakèd Bar (Alcina) aportando solidez, volumen y un punto de crueldad escénica bien administrado, resolviendo con credibilidad las exigencias del rol pleno de ornamentos virtuosísticos, con otro color para poder diferenciarse dentro del póquer en esta cuerda donde las contraltos escasean.

La tercera sería Serena Pérez (Medoro). La asturiana ofreció una línea elegante y un fraseo refinado en una tesitura incómoda, aunque la orquesta la cubrió en algún momento pero siempre de voz redonda y madurando poco a poco con un trabajo en evolución constante.

Finalmente la griega Maria Zoi (Bradamante) con el barítono madrileño César San Martín (Astolfo) enfrentaron sus respectivas dificultades con desigual resultado. Ella, superada por volumen y algún recitativo desafinado; él, más cómodo a medida que avanzaba la función, con un tercer acto mejor resuelto, aportando la única voz grave del elenco.

El Coro Intermezzo que prepara Pablo Moras, volvió a mostrar su solidez habitual, preciso y empastado en sus breves intervenciones desde el foso, con volumen y buen gusto.

Volver a destacar en esta función el papel de los seis bailarines que acompañan la escena y dejaron cuadros de bella factura y plasticidad, así como los figurantes.

De la puesta en escena, estética, simbólica y estática por momentos. La propuesta de Fabio Ceresa, con escenografía de Massimo Checchetto, opta por elementos mínimos pero de fuerte impacto visual donde pasamos del cielo a los abismos: un puente articulado que une cielo y mar, donde pescar y lanzar la red que captura peces o estrellas; dos escalinatas y una gran luna central que mira desde arriba, giratoria que también hace las veces de trono de Alcina al volverse casi venera de la Primavera boticelliana, con colores sólidos excepto en el último acto.

No faltaron filtros de amor ni cueva. La disposición, simétrica y de gran plasticidad, compone cuadros vistosos aunque resta espacio de movimiento, generando cierto estatismo en algunos pasajes, si bien el inmenso hipogrifo (magistralmente manejado) se convirtió en un protagonista más. El vestuario de Giuseppe Palella y Elisa Cobello —rico, fantasioso, lleno de pedrería y de códigos cromáticos que distinguen mundos y hechizos— resultó uno de los mayores aciertos de la producción, sumándose la iluminación de Fabio Barettin para modular atmósferas y afectos mediante colores cálidos y fríos, completando un universo visual coherente y atractivo, tanto en los fondos como en la paleta utilizada en la concha, pues la fantasmagoría es fundamental para el juego de colores del propio texto de Ariosto, y como dice Ceresa en el libreto de este título, “todo está permitido en Orlando Furioso porque (…) es un mundo hecho de metáforas”.

Puedo concluir que este Orlando era un riesgo necesario y una apuesta valiente. Escuchar Vivaldi escenificado sigue siendo un acontecimiento y Oviedo apostó con audacia aunque el resultado no alcanzó la categoría de gran éxito, pero al menos marcó un paso adelante en la normalización del repertorio barroco dentro de la programación española. La función dejó contradicciones —estilísticas, acústicas y de equilibrio—, pero también momentos de bellísima musicalidad, voces emergentes de gran interés y una puesta en escena que supo iluminar el imaginario fantástico del libreto de Braccioli. Una noche irregular pero estimulante, que confirma que la ópera crece cuando se atreve.

FICHA:

Miércoles 19 de noviembre de 2025, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. A. Vivaldi (1678-1741): «Orlando Furioso» RV 728, “Drama per musica” en tres actos, con libreto de Grazio Braccioli, basado en el poema épico “Orlando furioso” (1516) de Ludovico Ariosto. Estrenado en el Teatro Sant’Angelo de Venecia, el 10 de noviembre de 1727. Coproducción de la Fondazione Teatro La Fenice y el Festival della Valle d’Itria di Martina Franca. Edición musical: Lina Manrique.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Aarón Zapico – Dirección de escena: Fabio Ceresa – Diseño de escenografía: Massimo Checchetto – Diseño de vestuario: Giuseppe Palella – Diseño de iluminación: Fabio Baréin – Dirección del coro: Pablo Moras – Maestra repetidora: Anna Crexells.

REPARTO:

Orlando: Evelyn Ramírez (mezzosoprano)* – Angelica: Jone Martínez (soprano)* – Alcina: Shakèd Bar (mezzosoprano)* – Bradamante: Maria Zoi (mezzosoprano)* – Medoro: Serena Pérez (mezzosoprano) – Ruggiero: Arnaud Gluck (contratenor)* – Astolfo: César San Martín (barítono).

Orquesta Oviedo Filarmonía

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

* Debutante en la Ópera de Oviedo

Amor a la primera nota

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Domingo 12 de octubre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. Charles Gounod (1818-1893): «Roméo et Juliette». Coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO. Fotos de Iván Martínez y propias.

(Crítica para Ópera World del lunes 13, con el añadido de los siempre enriquecedores links, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar ni quedan igual, más el añadido de mis fotos)

Segunda función y segundo título de la septuagésimo octava temporada ovetense con «Roméo et Juliétte» de Charles Gounod, heredera de la grand opéra a la manera de Meyerbeer y de un bel canto francés donde la emoción se derrama con elegancia. Un argumento anterior a Shakespeare, pero inmortalizado por él, ese “amor sin desarrollo, pero eterno de dos jóvenes que mueren muy jóvenes”, como recordaba la doctora María Sanhuesa en la conferencia previa del pasado 8 de octubre, como también en el libreto donde recoge sus lúcidas observaciones: “Son un mero proyecto. No llegan a vivir, pero en su truncamiento encuentran su eternidad”.

Y con ese destino tan bellamente fatal, Gounod compuso una partitura llena de melancolía y dulzura, donde cada dúo amoroso es un eco de lo que pudo haber sido. La doctora Sanhuesa habló del “hechizo de Italia”, de su influjo irresistible, ese país y sus pasiones desbordadas, sus balcones y su catolicismo trágico que empapan la ópera. “No hay neutralidad ante Verona y sus amantes -afirmó-, porque todos reconocemos en ellos el anhelo de un amor sin concesiones, aunque sea breve como una vida interrumpida”.

Oviedo echaba de menos este título, ausente desde las funciones de 1983 y 2002 -con Ainhoa Arteta y un joven Rolando Villazón–, de las que queda una grabación en vivo del sello RTVE tan rara como fallida.

La directora de escena italiana Giorgia Guerra escribe que su propuesta busca “maximizar las atmósferas emocionales” de todos los protagonistas. Lo logra con el apoyo de las videoproyecciones narrativas de Davide Giannoni y Francesca Pasquinucci -bellas las animaciones sincronizadas en la ruptura de las arcadas góticas del baile-, un vestuario de época (de Lorena Marin) que distingue a las familias por color, y un espacio escénico único: un cubo atemporal con un monolito central que se transforma simbólicamente en cada acto (balcón, iglesia, habitación, cripta). Minimalismo eficaz, siempre al servicio de las voces.

Y desde el primer acorde de la obertura se sintió el flechazo: ‘amor a la primera nota’. La Oviedo Filarmonía, poderosa y empastada, brilló bajo la dirección de la francesa Audrey Saint-Gil, que repetía en el foso tras su memorable «Hamlet» de hace tres años. Su lectura fue clara, lírica, de pulso firme, apoyando sin invadir y cuidando los clímax orquestales que Gounod reserva con mimo para su partitura.

Con la buena escena y la dirección musical aseguradas, el reparto redondeó el éxito ante un Teatro Campoamor casi lleno en la tarde de “El Pilar”, con un público entregado que premió las arias más célebres y, sobre todo, al Coro Intermezzo, dirigido por Pablo Moras, que fue coprotagonista tanto en la acción dramática como en los pasajes corales: afinado, rotundo incluso fuera de escena, con un sonido amplio y redondo, especialmente en las voces graves.

El dúo protagonista fue puro magnetismo: debutante en Oviedo la soprano mexicana Génesis Moreno (formada en Venezuela) y el tenor jerezano Ismael Jordi. Ella, luminosa desde el primer acto, ofreció una Julieta fresca, segura y de voz radiante, dueña de un “Je veux vivre” que enamoró a todas las butacas, y de un estremecedor “Dieu! quel frisson” antes de la boda frustrada con Pâris (Sebastià Peris). El andaluz de canto elegante y sincero, fue creciendo hasta firmar un inspirado “Lève-toi, soleil”, recibido con una gran ovación. Los dúos sonaron empastados, medidos y sentidos, especialmente el delicioso “Nuit d’Hyménée!” con el monolito o cubo elevándose del suelo, auténtica química entre la pareja protagonista.

Entre los secundarios, todos encontraron su momento sin excepción. La mezzo ucraniana Olga Syniakova (Stéphano) volvió a conquistar Oviedo con su gracia y seguridad; Sandra Pastrana (Gertrude) ofreció buen fraseo, aunque algo eclipsada por la intensidad de su Julieta. Entre los barítonos, el bilbaíno José Manuel Díaz (Grégorio) demostró solvencia, calidad y calidez; el francés Régis Mengus firmó un espléndido Mercutio que no merecía morir; y el catalán Enric Martínez-Castignani, como Capulet, equilibró voz y presencia escénica con gran naturalidad en el rol de padre de Julieta. El Hermano Laurent del bajo-barítono onubense  David Lagares fue rotundo, cada vez más sólido sobre las tablas carbayonas que lleva pisando desde sus inicios.

Completaron el reparto Carlos Cosías (Tybalt), Emmanuel Faraldo (Benvolio) y Juan Laborería (Duque de Verona), todos en un nivel homogéneo que sumó al conjunto.

Una ópera de final conocido y siempre trágico, cerrada con un guiño escénico: los amantes sepultados bajo el túmulo, bañados por una luz cenital, despidiéndose entre veneno y acero. Una imagen perfecta para esta música maravillosa de Gounod, interpretada con las cuatro patas sobre las que toda ópera debe sostenerse: escena, orquesta, voces y dirección musical.

FICHA:

Domingo 12 de octubre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. Charles Gounod (1818-1893): «Roméo et Juliétte», ópera en un prólogo y cinco actos, con libreto de Jules Barbier y Michel Carré, basado en la tragedia “Romeo and Juliet” (1596) de William Shakespeare. Estrenada en el Théâtre-Lyrique de París, el 27 de abril de 1867. Coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Audrey Saint-Gil – Dirección de escena: Giorgia Guerra – Diseño de escenografía: Federica Parolini – Diseño de vestuario: Lorena Marin – Diseño de iluminación: Fiammetta Baldiserri – Videoproyecciones: Imaginarium Studio (Davide Giannoni y Francesca Pasquinucci) – Figurinista repositora: Anna Penazzo – Iluminadora repositora: Giulia Bandera – Dirección del coro: Pablo Moras – Maestros repetidores: Edward Liddall, Mario Álvarez.

REPARTO:

Juliette: Génesis Moreno (soprano) – Stéphano: Olga Syniakova (mezzo) – Gertrude: Sandra Pastrana (mezzo) – Roméo: Ismael Jordi (tenor) – Tybalt: Carlos Cosías (tenor) – Benvolio: Emmanuel Faraldo (tenor) – Mercutio: Régis Mengus (barítono) – Pâris: Sebastià Peris (barítono) – Grégorio: José Manuel Díaz (barítono) – Capulet: Enric Martínez-Castignani (barítono) – Hermano Laurent: David Lagares (bajo-barítono) – El duque de Verona: Juan Laborería (barítono).

Orquesta Oviedo Filarmonía

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Unas bodas elegantes

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Sábado 25 de enero de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. W. A. Mozart (1756-1791): «Le nozze di Figaro», KV 492, ópera bufa en cuatro actos con libreto de Lorenzo Da Ponte (1749-1838).

(Crítica para OperaWorld del domingo 26, con fotos de la Ópera de Oviedo y propias, más el añadido de los siempre enriquecedores links y la tipografía que no siempre se puede utilizar)

La septuagésimo séptima temporada de ópera ovetense baja el telón con «Le nozze di Figaro», uno de los grandes monumentos del arte occidental como se ha calificado esta ópera de Mozart con libreto de Lorenzo Da Ponte, el mejor maridaje de texto y música para la escena y con la que hemos podido cerrar en la misma temporada la llamada “Trilogía de Beaumarchais”, tras “El barbero” rossiniano de octubre y «La mère coupable» de Milhaud en una adaptación para jóvenes coproducida por la Fundación Ópera de Oviedo y el Festival de Santander esta misma semana.

Cerrar ciclo con estas bodas tan queridas en la capital asturiana (se ha representado en siete ocasiones desde 1966) y con un cartel que podemos calificar “de casa”, siempre llama al aficionado que llenó el teatro, contando con nuestro internacional Emilio Sagi, sinónimo de calidad en la fiel escena sevillana, sumándole el elegante vestuario de Gabriela Salaverri, el foso con Oviedo Filarmonía y su titular Lucas Macías, el Coro Intermezzo, y finalmente un doble reparto vocal, casi todo él bien conocido en Oviedo, demostrando que hay materia prima para una representación equilibrada que apuesta sobre seguro con esta producción belga encajada muy bien en las tablas de un Campoamor siempre complicado por sus dimensiones pero resistiendo incluso montajes como el que pudimos disfrutar en «Aída», también comentado aquí, aunque siga reclamando maquinaria de nuestro tiempo. Estamos por tanto ante «La ópera perfecta” que respeta la época pero sigue siendo tan actual por su planteamiento y crítica social desde la sátira, deleitándonos con el equilibrio formal de un Mozart en plena madurez que conjuga el tempo dramático (cuatro actos para una folle journée) con el musical desde su inigualable genio compositivo.

En esta ópera de enredos, infidelidades, líos, amores y desamores, no falta el elemento lúdico que nos hizo disfrutar cada número de los 28 donde Mozart escribe para todos los personajes y para una orquesta que brilló en el foso comandada por Lucas Macías que arriesgaría en los tiempos: los rápidos para “tirar de las voces” (obligándolas a respiraciones muy ágiles) y los lentos para disfrutarlas (más matizadas también), con dinámicas exigentes que desnudan el volumen individual para poder proyectarse a todo el teatro, así como unos recitativos sin apurarse, con el clave de Borja Mariño siempre en su sitio. Hasta la propia Sevilla la entiende Sagi como un personaje más, y la figuración, a cargo del propio Coro Intermezzo, igual de apremiado en los tempi pero bien afinado y empastado, habla con las manos como si Asturias fuese prolongación natural de Triana, con intervenciones siempre presentes (“Giovani liete, fiori spargete” del acto primero más el tercero con las chicas en “Ricevete, o padroncina”). Incluso el fandango del tercer acto, con Nuria Castejón al frente de un excelente cuerpo de baile de cuatro parejas, mantuvo con las castañuelas bien tocadas, una escena que puedo calificar de elegante por todo, hasta por la cuidada iluminación de Eduardo Bravo capaz de transmitir visualmente la mañana, el mediodía con los soleados ventanales laterales, la boda en el interior del Castillo de Almaviva, y la medianoche con luna llena en un jardín donde escuchamos hasta los grillos.

Once voces con distinto peso argumental y vocal, números individuales (diez arias, dos cavatinas y una arieta) y de conjunto (cinco duettinos, un dúo, dos tríos, un sexteto, tres coros y tres conjuntos finales), todos con sus momentos de gloria, pues la música de Mozart no tiene nada secundario y cada página es maravillosa y por todos conocidas, haciendo difícil quedarse con una sola. Hasta la “dosificación” de los personajes está cuidada buscando una trama ligera que fluye toda ella desde la impresionante y famosa obertura para asentar la orquesta que nos lleva al primer dúo con los futuros contrayentes midiendo la habitación prestada por el Conde antes de alzar el sobretelón.

El Fígaro del onubense Pablo Ruiz fue creciendo a lo largo de la obra, aún centrándose en el primer acto hasta el convincente “Tutto è disposto – Aprite un po’ quegl’occhi» del cuarto, bien de volumen, timbre atractivo y encajando poco a poco el aire con la orquesta, además de mostrar buen empaste tanto con Susanna como en los conjuntos, y escénicamente siempre desenvuelto. La argentina Mercedes Gancedo fue la pareja ideal, una Susanna de presencia continua, plenamente asentada sobre las tablas desde sus dos duetos iniciales junto a Fígaro o el inicio del acto tercero con el Conde (“Crudel! perché finora”), y más dúos con las voces blancas de Marcellina, Cherubino o la Condesa (en la “Canzonetta sull’aria” de color vocal no siempre diferenciado, pero cantado por ambas con mucho gusto), bien solventadas las parejas sin olvidarme de la simpatía mostrada en su aria “Venite inginocchiatevi” del segundo acto.

El noble matrimonio protagonista fueron los Condes de Almaviva encarnados por José Antonio López y María José Moreno. El barítono valenciano de presencia tanto física como vocal impecable nos dejaría el recitativo y aria “Hai già vinta la causa – Vedrò mentr’io sospiro” del tercer acto bien matizada, siempre melódico de fraseo contundente y sin problemas de volumen con el foso. Mientras tanto la soprano granadina interpretó las distintas emociones que atraviesa su personaje: pícara y enamorada en sus arias -las más serias y exquisitas de la ópera- luciéndose en su aparición del segundo acto con la siempre agradecida y bellísima  “Porgi amor” y el “Dove sono” del tercero, amén de los finales concertantes donde su voz estuvo siempre presente.

Una de las alegrías de estas bodas ovetenses fue el Cherubino de la mezzo italiana Anna Pennisi, delicada y muy expresiva, cuyas inseguridades amorosas de su papel no lo fueron al cantar sus dos arias (Non so più cosa son del primer acto y la famosa Voi che sapete del tercero). Simpatía escénica, de bello color que siempre ayuda, como en el dúo con Susanna (“Aprite presto aprite”) o el conjunto final.

También triunfó el Doctor Bartolo del bajo colombiano Valeriano Lanchas por su presencia vocal (muy aplaudida “La vendetta”) y actoral. La Marcellina de la mezzo neoyorquina -de origen cubano- Alexandra Urquiola (debutante en Oviedo) aportó tanto color en el dúo con Susanna como en los siempre “complicados conjuntos” finales del segundo y cuarto acto, con mucha musicalidad en su aria final “Il capro e la capretta ” delante del sobretelón, tras el aria de quien nunca falla por pequeño que sea su personaje: la soprano tinerfeña Ruth González y una Barbarina que no dejó indiferente en su cavatina “L’ho perduta”.

El tenor cordobés Pablo García-López como Don Basilio volvió a demostrar lo bien que le van estos personajes cómicos y el color tan mozartiano a forjado a lo largo de años. Resuelto escénicamente y de suficiente presencia vocal tanto en su aria “In quegl’anni in cui val poco” del cuarto acto como en el trío con Susanna y el Conde (“Cosa sento! tosto andate”), aunque algo mermada en el sexteto del tercero o el exigente número final.

Credibilidad por simpatía, talento y volumen el del bajo malagueño Luis López Navarro con un Antonio jardinero que aporta a los conjuntos esos graves para equilibrar siempre la escena. El tartamudo Don Curzio del tenor tinerfeño David Barrera cerró el elenco donde todos tienen su protagonismo y calidades, mayores o menores pero buscando siempre lo mejor desde un arduo trabajo que nunca finaliza con cada función(aún quedan tres más y el segundo reparto de los llamados “Viernes de ópera”).

Estas bodas tan “de casa” han sido, además de elegantes, muy equilibradas, pues si algo marca las diferencias son sus grandes finales: el del Acto II a partir del “Esci ormai” que va sumando voces desde dos a siete (una de las grandezas de Mozart) sin decaer ninguna, más el gran final “Pian, pianin le andrò”, agitado, vivo, con el foso empujando y los personajes que se van tendiendo trampas unos a otros hasta ese esperado y deseado final donde no hace falta comer perdices para ser felices cayendo el telón de mi temporada operística.

FICHA:

Sábado 25 de enero de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. W. A. Mozart (1756-1791): «Le nozze di Figaro», KV 492, ópera bufa en cuatro actos con libreto de Lorenzo Da Ponte (1749-1838) basado en la comedia “La folle journée, ou Le Mariage de Figaro” (1778) de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais. Estrenada en el Hofburgtheater de Viena el 1 de mayo de 1786. Producción de la Opéra Royal de Wallonie. Alkor Edition Kassel GmbH.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Lucas Macías Navarro – Dirección de escena: Emilio Sagi – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de escenografía: Daniel Bianco – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo – Coreografía: Nuria Castejón –  Director del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El conde de Almaviva: José Antonio López – La condesa de Almaviva: María José Moreno – Susanna: Mercedes Gancedo – Figaro: Pablo Ruiz – Cherubino: Anna Pennisi – Marcellina: Alexandra Urquiola – Doctor Bartolo: Valeriano Lanchas – Don Basilio: Pablo García-López – Don Curzio: David Barrera – Barbarina: Ruth González – Antonio: Luis López Navarro.

Oviedo Filarmonía

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo).

Gloria a Amneris

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Viernes 13 de diciembre de 2024, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera: «Aida» de Verdi.

(Crítica para OperaWorld del sábado 14, con las fotos de Iván Martínez, y propias al finalizar la función, más el añadido de los siempre enriquecedores links y la tipografía que no siempre se puede utilizar)

«Aida» marcaría un hito en la historia musical italiana siendo la culminación de la llamada “grand- opéra”, pues Verdi compuso una obra ambientada en el Egipto faraónico llena de teatralidad, más allá de un libreto plagado de sucesos inverosímiles y anacronismos pero también de intimismo dramático. Los amores desgraciados entre la princesa etíope y el capitán de la guardia egipcia cautivaron al público desde su primera representación y en Oviedo ya había ganas de volver a disfrutarla, pues desde 2005 no se subía a las tablas del Campoamor este penúltimo título de la actual temporada asturiana, nada menos que con el montaje de la llamada “piccolina Aida” por el propio Franco Zeffirelli quien la diseñase para el coqueto Teatro Verdi de Busetto en el festival de 2001 que lució y mucho en el centenario coliseo carbayón.

Esta gran ópera que es «Aida» tiene todos los ingredientes “faraónicos” por su grandiosidad coral, exotismo, monumentalidad, colorido orquestal junto a la necesidad de unas voces poderosas que deben conjugarse con el dramatismo y la fuerza lírica más allá del propio triángulo protagonista. Con más concertantes -sobre todo dúos- que romanzas, como llama Verdi a las arias, encontrar el elenco ideal que logre el equilibrio de todos para transmitir la psicología de las voces no es nunca tarea fácil. Si la monumentalidad es uno de los adjetivos para «Aida» está claro que esta función asturiana lo merece dentro del diseño “cinematográfico” fiel al compositor, bien iluminado y que tan bien encaja en el Campoamor por el número de voces, figurantes y bailarines, añadiendo un foso (más la banda interna) colosal, sumándole el colorido y acertado vestuario más un reparto homogéneo que lo dio todo sobre la escena.

El respeto tanto de Verdi como de Zeffirelli por la eficacia dramática del texto en ningún momento hizo pesar la escena ni los despliegues en ella sobre los protagonistas, todos perfectamente organizados por Vivien Hewitt con cantantes físicamente verosímiles en sus papeles para conjugar dramatismo e intimismo, con gran expresividad por parte de todos y cada uno, superponiéndose individualidad y colectividad. Lo visto y escuchado este frío viernes de Santa Lucía fue buen ejemplo de lo que buscaba el genio de Busseto: dotar a las voces de mayor expresividad huyendo de malabares ornamentaciones, con una partitura muy “cantabile” donde impera la melodía, siempre con buen balance entre foso y escena, todo en su sitio al contar con un reparto eficaz en cuanto a los volúmenes requeridos, aunque parece que el problema indicado por Verdi en los matices (ppp, dolce o morendo) perdure en el tiempo, y es que «Aida» sin permitir lucimientos técnicos, sí es exigente en los fraseos, pero sobre todo en la intensidad de emisión a lo largo de toda la tesitura, esenciales para el dramatismo del propio libreto tan bien reflejado sobre la partitura.

Del trío protagonista quien más problemas tuvo con las dinámicas fue el potente Radamés de Jorge de León, tenor de color ideal para el personaje y con volumen suficiente en todo el registro del que esperaba mayor contención para los momentos íntimos, careciendo de la expresividad para resaltar la melancolía o la ternura. Comenzar con la conocida aria Celeste Aida es un reto para todo tenor y el canario lo solventó con más potencia de la requerida para la escena, al igual que los dúos, tríos y concertantes donde pudo más la fuerza, necesaria,  que la ternura. Mejor junto al Nilo con su amada, siendo destacable el final O terra addio con Aida más melancólico y sentido.

La esclava etíope encontró en la italiana Carmen Giannattasio todos los atributos verdianos con su timbre de voz cálido y suave que encajó a la perfección con su rol desde una buena línea de canto de máxima expresividad y buen empaste con todos, destacando su enérgica línea de canto en las multitudinarias escenas corales, manteniendo el registro agudo y con soltura en el paso al grave, sumándole unos buenos “fiatos” en los solos (el Gloria ai Numi o el Trionfo de los actos primero y tercero respectivamente) e impecable el entendimiento con Radamés, sin dejarme el nostálgico O patria mía del tercer acto o la emocionante escena con la romanza Retorna vincitor así como el sentido dúo con la mezzo Amore, amore.

Quien se coronó como reina en Oviedo fue Ketevan Kemoklidze, una Amneris solvente vocal y escénicamente, uno de los grandes roles de Verdi para mezzo que algunos han llamado “la Éboli faraónica”. Desde una tesitura que se mueve abundantemente en los registros medio y grave, pese al color tan diferente en ambos, la georgiana logró máxima expresividad en ambos al igual que con unos agudos más que suficientes, de timbre bien diferenciado y más oscuro en los agudos al unísono con Aida, volcándose en la dualidad pasión-violencia de su personaje desde unos celos a los que Verdi pedía tener “chispa diabólica”, y Kemoklidze la tuvo hasta el final sobre la losa que cierra la cripta implorando la paz.

Los barítonos verdianos son casi una categoría en sí, por una tesitura alta y un color especial. El Ma tu re suplicante del segundo acto fue la carta de presentación de Àngel Òdena, un Amonasro impresionante en todo: heroico, poderoso en timbre, entendiendo e interpretando el dolor y el patetismo pero también el consuelo en el dúo con Aida, personalmente un tarraconense rey ovetense muy aplaudido.

También estaría tocado con corona regia dese su primera aparición (consultando a Isis quién será el general de los ejércitos) el malagueño Luis López Navarro, “bajo cantabile” de proyección suficiente en los grandes concertantes y con carácter, al igual que el alicantino Manuel Fuentes, un bajo joven pero ya profundo que aún irá ganando volumen con el tiempo. Su Ramfis de timbre redondo en toda su extensión resultó igual de solvente escénicamente y majestuoso su Gloria ai Nuri!.

Por cerrar el elenco vocal y pese a la brevedad de sus apariciones, muy segura desde el fondo del escenario la debutante mezzo asturiana Carla Sampedro como sacerdotisa, y Josep Fadó, el siempre seguro tenor de Mataró como mensajero, llamado a tener más papeles protagonistas siendo un lujo tenerlo dentro del elenco de esta producción, ayudando a mantener ese equilibrio vocal sobre las tablas.

Punto y aparte merece el Coro “Intermezzo” titular de la Ópera de Oviedo, porque «Aida» les exige de principio a fin: sacerdotisas y esclavos, pueblo y prisioneras, hombres y mujeres dentro o fuera de escena, juntos y separados con momentos “a capella” impecables, afinados, empastados, seguros en las entradas, amplitud de matices desde unos poderosos fortissimi a los delicados pianissimi, constituyendo el verdadero apoyo de cada escena tanto cantada como actoral (bravo por las esclavas “arpistas”), excelentemente preparados por Pablo Moras, siendo un pilar imprescindible en cada temporada, madurando en cada título que con este Verdi han podido dar la talla como así se les reconoció al final de la función.

De la OSPA que volvió al foso tras la anterior «Arabella», pese a la inestabilidad emocional que supongo tendrán por distintos problemas que han saltado a toda la prensa nacional, la orquesta asturiana siempre funciona, hoy de plantilla ampliada y contando con la Banda de Música “Ciudad de Oviedo” como banda interna, así como el cuarteto de trompetas en escena redondeando esta monumental «Aida» llevada con mano de hierro por Gianluca Marcianò, siguiendo todas las indicaciones del director italiano, incluso las siempre difíciles fuera de escena, por momentos excesivo en las dinámicas (puño en alto) aunque sobre el escenario sabía que responderían, exprimiendo cada pentagrama con la música de Verdi y realzando la acción dramática con soltura y seguridad. Pese a algún problema de afinación en la cuerda (el frío siempre influye) el resultado global fue notable, con unos solistas de calidad más que demostrada, desde el oboe hasta el arpa pasando por la flauta o una percusión siempre en el plano correcto.

Redondeando la grandiosidad egipcia, además de la cantidad de figurantes, merecen mención especial las cinco bailarinas con Olimpia Oyonarte que también se encargó de la coreografía, parte importante de esta “gran ópera italiana” que trajo Egipto a Oviedo con la mejor escena y vestuario posibles. Larga vida a Verdi.

FICHA:

Viernes 13 de diciembre de 2024, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Aida», ópera en cuatro actos, con libreto de Antonio Ghislanzoni basado en la versión francesa de Camille du Locle de la historia propuesta por el egiptólogo francés Auguste Mariette. Estrenada en el Teatro Vice-Real de la Ópera de El Cairo el 24 de diciembre de 1871. Producción SUONI, edizione Busseto.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Gianluca Marcianò – Directora de escena: Vivien Hewitt – Escenógrafo: Franco Zeffirelli – Diseñadora de vestuario: Anna Anni – Iluminador: Gianni Mirenda – Coreógrafa: Olimpia Oyonarte –  Director del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El rey: Luis López Navarro (bajo) – Amneris: Ketevan Kemoklidze (mezzosoprano) – Aida: Carmen Giannattasio (soprano) – Radamés: Jorge de León (tenor) – Ramfis: Manuel Fuentes (bajo) – Amonastro: Àngel Òdena (barítono) – Un mensajero: Josep Fadó (tenor) – Una sacerdotisa: Carla Sampedro (mezzosoprano).

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

Banda de Música “Ciudad de Oviedo”

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

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