Inicio

El fin del continuo

Deja un comentario

Domingo 26 de abril, 12:00 horas. Centro Niemeyer, Avilés. Música – Suena la cúpula: Concerto 1700 (Daniel Pinteño, violín – Ester Domingo, violonchelo): El fin del continuo. Obras de Barbella, Nardini, Supriani, Ledesma y Geminiani. Entrada: 12 € (+1€ gastos).

Concierto matutino en la Cúpula del Niemeyer avilesino a cargo de Concerto 1700 en formación de violín y cello con un programa titulado El fin del continuo, un viaje hacia atrás en el tiempo, que se presentaba así:

EL FIN DEL CONTINUO propone un viaje en el tiempo que captura el fascinante tránsito del barroco tardío hacia el clasicismo. A través de la evolución de la sonata y la transformación del bajo continuo, se muestra cómo la densidad ornamental cede paso a la claridad galante. Es una exploración de ese cambio de paradigma, donde la emoción y la estructura se entrelazan para reflejar una era de profundo cambio musical.

En cada visita musical al ágora del brasileño, compruebo cómo su cúpula posee una acústica difícil, mezclando eco y reverberación, lo que dependiendo del tipo de repertorio, agrupación o instrumentos, incluso de la ubicación como espectador, no siempre favorece una escucha clara ni por parte del público ni de los artistas. Sumemos que la afinación también se resiente por la humedad y temperatura en este lado de la Ría de Avilés, por lo que esta vez el resultado fue desigual.

Hecha esta aclaración, Daniel Pinteño con su violín de mediados del siglo XVIII más el violonchelo de Ester Domingo ofrecieron un recital interesante por el trabajo que siempre dedican a rescatar obras que duermen en archivos esperando «volver a la vida», y así fueron estos cinco compositores del clasicismo al barroco tardío con sonatas para dúo donde poder apreciar la «involución» estilística desde una interpretación que este dúo lleva al mínimo detalle con una técnica y sonido impecable, siempre ceñidos a lo que hoy se llama «interpretación históricamente informada«, sin el continuo de clave, guitarra o tiorba para comprobar que estas partituras tienen vida propia con este dúo.

Se abría el concierto con el napolitano Emanuelle Barbella (1718-1777), que compuso múltiples sonatas para mandolina, y en este caso para violín y cello escuchamos la Sonata VI, dedicada a Arch. Menzies compuesta hacia 1765, barroca cercana a lo clásico -o viceversa- por cronología, de escritura muy cuidada y ejecución con los problemas de escucha en los movimientos rápidos teniendo la sensación de un cuarteto ante la «amplificación» de este espacio semiesférico.

Del toscano Pietro Nardini (1722-1793), alumno de Tartini y amigo de Leopoldo Mozart, proseguirían Pinteño y Domingo con otra sonata a dúo, la escrita en la tonalidad de re mayor (opus 5, nº4) de 1769 en plena transición de épocas y estilos, con tres movimientos donde el Adagio inicial sería bello y muy bien llevado, aunque supongo que comprobando la sonoridad, en los dos siguientes evitaron «pisar el acelerador» pero sin evitar que la peculiar acústica ensuciase los ornamentos y notas rápidas por parte del violín mientras el cello daba unos graves rotundos.

Al menos sí pude disfrutar de dos toccattas de Francesco Supriani (Bari, 1678 – Nápoles, 1753), un músico desconocido que desde Nápoles se trasladó en 1708 a Barcelona, siendo nombrado primer violoncello de su Real Capilla, fundada poco antes por el violinista Giuseppe Porsile para el archiduque Carlos de Austria. La contratación de músicos italianos, además de responder al gusto del archiduque por la ópera italiana, fue una maniobra política para posicionarse en contra de los Borbones, aspirantes franceses al trono de España en la Guerra de Sucesión. Supriani  se convirtió en el primero en ser considerado como especialista de violonchelo en España (tal y como aparece en el documento de su contratación), y autor de Principii da imparare à suonare il Violoncello (“Principios para aprender a tocar el violonchelo”) que es el primer método de la historia específicamente para la enseñanza del violonchelo. Ester Domingo comenzó con la número V, tranquila y aplaudida antes de la ligera y virtuosa X. Una lección práctica de sonido portentoso, poderoso, digitación precisa, ornamentos claros, arcos amplios y musicalidad ideal para esta música a solo que coloca a Supriani en el lugar que se merece (por cierto «recuperado» por Guillermo Turina) y donde la acústica sí ayudó a una escucha perfecta.

Desandando el tiempo llegaría la Sonata en la mayor para violín y bajo del segoviano Juan de Ledesma (ca. 1713-1781), primer viola de la Real Capilla y violinista del Real Coliseo de Óperas del Buen Retiro. Obra compuesta en 1757 con tres movimientos (Andantino – Alegro – Minué) alejándose de los cuatro del modelo de Corelli. Cercana por su escritura al llamado «segundo estilo galante» según el recordado musicólogo canario Lothar Siemens, los armónicos del violín volaron por la cúpula mientras el cello daba el «sustento terrenal», y el Minué me recordó incluso el “Et exhultabit” del Magnificat de Bach, con Pinteño en la voz y Domingo al bajo para esta sonata española y universal de mediados del siglo XVIII.

Para finalizar el más barroco» del programa por el papel que desempeñan los dos instrumentos, el violín protagonista y el cello de sustento, con algunos diálogos más una escritura muy de su época. La Sonata en la mayor para violín y bajo Op. 4. Nº 10 de Francesco Geminiani (Lucca, 1687 – Dublín, 1762), alumno de Alesandro Scarlatti y Arcangelo Corelli, nos hizo disfrutar de sus tres movimientos: el Allegro central fue aplaudido (Pinteño lo comentó con su gracejo malagueño), y el último Allegro al inicio sí sonó limpio pero nuevamente perderíamos claridad en las notas rápidas que rebotaban en la cúpula aunque no empañaron un excelente trabajo por parte del dúo.

La propina tras anunciar sus futuros proyectos y actuaciones de compañeros en este Niemeyer, sería la Sarabanda Amorosa del italiano Nicola Matteis (Nápoles, hacia 1650 – Londres, después de 1713) que cerró este viaje cronológico y estilístico dejándonos mejor «sabor de boca», antes de la posterior tertulia de ambos intérpretes con parte del público y donde poder adquirir algunas de sus grabaciones bajo su propio sello, de las que tengo muchas comentadas en este blog, esperando hacer lo mismo con su último trabajo dedicado a los seis Cuartetos de cuerda op. 22 de Boccherini.

PROGRAMA:

Emanuelle Barbella (1718-1777)
Sonata VI, dedicada a Arch. Menzies (ca. 1765):

1. Larghetto e con Gusto 2 . Allegretto 3. Allegretto Brillante. Ala Francese

Pietro Nardini (1722-1793)
Sonata en re mayor Op. 5. Nº 4 (1769):

1. Adagio 2. Alegro 3. Alegro Assai

Francesco Supriani (1678-1753)
Toccata V

Toccata X

Juan de Ledesma (ca. 1713-1781):
Sonata en la mayor para violín y bajo (1757):

1 Andantino 2. Alegro 3. Minué

Francesco Geminiani (1687-1762)
Sonata en la mayor para violín y bajo Op. 4. Nº 10 (1739):

1. Andante 2. Alegro 3. Allegro

Tesoros españoles de ultramar

Deja un comentario

Crítica para La Nueva España del sábado 24 de marzo, con links y fotos propias:

Jueves 22 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: V Primavera Barroca: Eugenia Boix (soprano), Guillermo Turina (violonchelo) , Tomoko Matsuoka (clave).

El violonchelista Guillermo Turina, apellido musical donde los haya (hijo de José Luis y nieto de Joaquín) combina su pasión investigadora con su carrera de intérprete, aunando en conciertos como este segundo de la primavera barroca ovetense ambas facetas, redescubriendo a tres violonchelistas italianos que pasaron por España como Antonio Caldara (1670-1736), Francesco Supriani (1678-1753) y Giacomo Facco (1676-1753), e interpretándolos en vivo además de haberlos grabado en el sello Cobra con sus compañeros en el escenario: la soprano aragonesa Eugenia Boix y la clavecinista japonesa Tomoko Matsuoka, el CD último “Master of Kings” que se agotó a la salida del concierto y firmaron amablemente los tres.

El imperio español donde no se ponía el sol, llevó nuestra música al nuevo mundo y muchos archivos catedralicios atesoran partituras por descubrir, patrimonio catedralicio conservado en Guatemala, Perú o México, virreinatos y no colonias que presumían de interpretar las mismas músicas que la corte madrileña. Así se van recuperando obras que al grabarse y todavía mejor tocarse en directo, son verdaderos estrenos de los llamados tiempos modernos. También nuestras bibliotecas y catedrales guardan aún obras que con mucho trabajo, tiempo y dinero podrían seguir ampliando y enriqueciendo nuestro patrimonio. En esta labor de recuperaciones el Centro Nacional de Difusión Musical tiene mucha “culpa”, siendo igualmente responsable de ciclos donde Oviedo continúa por quinto año barroco y primaveral.

El segundo de los conciertos titulado “Il martirio nella corte. Música sacra y profana para violonchelo, soprano y continuo en las cortes españolas de principios del s. XVIII” pasó revista a esos tres “Italianos por España” como escribía el sevillano Pablo J. Vayón en las notas al programa, una pequeña muestra tanto instrumental (sonatas) como vocal (cantatas) de barroco en estado puro, siempre con contrastes además de ornamentos, el cello sonando cual barítono con clave, contestando o complementando ambos a la soprano en recitativos y arias, alternando movimientos lentos y rápidos, sin palabras pero fraseando, cantando cual otro instrumento sumándose textos italianos y españoles.

La selección del oratorio El martirio de Santa Catalina de Caldara fueron cuatro arias con sus recitativos previos, recuperado por Turina, demostrando cómo hacer mucho con poco cuando hay calidad y musicalidad a raudales: violonchelo, clave y voz, la de Eugenia Boix, conocida en Asturias donde cantó y grabó “Crudo Amor” con Carlos Mena y Forma Antiqva, una soprano a la que sigo desde sus inicios, que va ganando en corporeidad sin perder ese poderío de Monzón, con recitativos claros “bien dichos” y arropados por un dúo ideal, más las arias de afectos, agilidades virtuosas y poso dramático, “amorosa” o rápida, matizada y cómoda en estos repertorios, igual de contrapuestos que la sonata siguiente a dúo Turina-Matsuoka, elegantes y eficientes, redondez del chelo, cristal tallado del clave.

De Giacomo Facco (Venecia, 1676-Madrid, 1753) habría para una película. Violonchelista famoso, estando en el Virreinato de la Sicilia española se vino con Spínola a la corte de Felipe V, aunque su destino inicial era Lisboa, que ocuparía Scarlatti dejando la plaza de Madrid. Facco ejercería como profesor de los infantes y violinista, al sobrar cellistas en palacio, siendo hoy uno de los olvidados o desconocidos pese al reconocimiento en la Europa del momento.

En Oviedo pudimos escuchar al hispanoitaliano cerrando ambas partes, primero una Sonata de cuatro movimientos para disfrute de instrumental con el virtuosismo lógico de esa época dorada, especialmente en los movimientos pares rápidos (Allegro y Presto), más tres cantatas breves de lo más convencionales con su introducción instrumental y arias da capo: ¡Oh, que brillar de aurora tan luciente!, la única religiosa reducida a recitativo y aria con el dúo obligado, más las dos finales profanas y siempre con recitativo y aria en ambas por pares: Perché vedi ch’io t’amo italiana, Quando en el Oriente, española, bien vocalizadas por Boix con el ropaje a medida de Turina rematado por Matsuoka, optimización de recursos en tiempos de crisis.

La propina la última aria de Clori pur troppo bella, también de Facco, todas las cantatas que evolucionaron cual óperas en miniatura para dos voces: soprano y chelo perfectamente entendidas por el trío.

De Francesco Supriani, otro “descubrimiento” de Turina, escuchamos abriendo la segunda parte su cantata Chi m’invola da te, mio beltesoro de idéntica estructura a las de Facco, y una Sinfonía, sonata o “balleti” podría haber llamado esta forma que busca ese virtuosismo que el trío Turina-Boix-Matsuoka derrochó para un público nuevamente encantado que ocupó tres cuartas partes de la sala de cámara.

Poderoso “estreno” de tesoros musicales

Deja un comentario

Jueves 22 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: V Primavera Barroca: Eugenia Boix (soprano), Guillermo Turina (violonchelo) , Tomoko Matsuoka (clave). “Il martirio nella corte. Música sacra y profana para violonchelo, soprano y continuo en las cortes españolas de principios del s. XVIII», obras de Caldara, Supriani y Facco.

Reseña del concierto para La Nueva España del viernes 23 de marzo con links y foto propios:

Poderoso “estreno” de tesoros musicales

Boix, Turina y Matsuoka recuperan piezas de Supriani y Focco en un buen concierto

Oviedo, P. SIANA

Un concierto poderoso, con un trío engrasado y el aliciente de recuperar patrimonio musical. Así fue la actuación que protagonizaron ayer la soprano Eugenia Boix con el violonchelista Guillermo Turina y Tomoko Matsuoka al clave, que llegaban a la sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, con buena entrada, en el segundo concierto de la Primavera Barroca ovetense, en colaboración con el Centro Nacional de Difusión de la Música.

El trío traía un programa que alternaba música sacra y profana escrita por tres compositores y violonchelistas italianos que trabajaron en España: Supriani, Caldara y Facco, con piezas fundamentales del XVIII como cantatas y sonatas. Completaba la sesión una selección de arias como las del oratorio de Caldara “Il martirio de Santa Catalina”, alguna recuperación histórica que son estrenos en nuestro tiempo gracias al trabajo de investigadores como Turina.

Todo las obras seguían la tendencia de su época, ornamento y contraste, alternancia de tiempos rápidos y lentos, recitativos y arias para ofrecer la máxima expresión artística en la que texto –italiano pero también español– y música formaban una unidad perfecta sin las necesidades y exigencias de una producción operística.

Con el ropaje ideal y mínimo de chelo y clave, la soprano monzoniega –conocida en Asturias por haber grabado el CD “Crudo Amor” junto a Carlos Mena con “Forma Antiqva”– se mostró en todo su esplendor vocal, cómoda y disfrutando con unas páginas ideales para su color y musicalidad, de registros poderosos como buena aragonesa, plenos de matices en unas arias con recitativos previos de mayor o menor calidad artística pero interpretadas con mimo y valentía.

El dúo de cello y clave compartió protagonismo en las sonatas con la voz instrumental, casi baritonal, de Turina, tan cantable como la soprano, y el clave elegante de la japonesa Tomoko. El trío también funcionó a la perfección dejando unas cantatas reducidas a la mínima expresión por número pero máxima por interpretación, imposible dar más con menos rescatando a Supriani y especialmente al internacional Focco de archivos ultramarinos todavía por explorar y con tesoros escondidos como los del virreinato mexicano.