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Música para un doloroso tránsito

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„Das Unglück geschah nur mir allein die Sonne, sie scheinet allgemein”

(La desgracia me ha ocurrido a mí mientras que el sol, brilla para todos)

Del viernes 11 de septiembre al sábado 19 de septiembre. Cuatro funciones de abono. Teatro Campoamor, Oviedo. Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera de Oviedo. Sorrow (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, de Gustav Mahler (1860-1911), sobre poemas de Friedrich Rückert / Suor Angelica, de Giacomo Puccini (1858-1924), con libreto de Giovacchino Forzano. Nueva producción de la Ópera de Oviedo (Estreno de Suor Angelica en la temporada ovetense). Fotos: Iván Martínez – Ópera Oviedo.

Hay ocasiones en las que la programación de una temporada de ópera deja de ser solamente una cuestión de títulos, fechas y repartos para convertirse en una declaración de intenciones. La inauguración de la septuagésimo novena Temporada de Ópera de Oviedo pertenece a ese reducido grupo. Unir a Gustav Mahler y Giacomo Puccini en un mismo espectáculo podía parecer, de entrada, una apuesta insólita, incluso arriesgada. Pero Sorrow, concebido por Joan Anton Rechi, demuestra que entre ambos compositores existe un territorio común: el del dolor, la pérdida, la culpa, la muerte y, sobre todo, la necesidad humana de encontrar algún tipo de consuelo cuando parece que ya no queda ninguno. Más allá de la crítica rápida, quería hacer otra entrada lenta, larga, más ilustrada, reposada, detallada y profunda tras asistir a dos de las cuatro funciones programadas, y aquí la dejo.

Dos obras que nunca fueron concebidas para compartir escenario terminan así formando un único recorrido emocional. Primero el duelo colectivo de Kindertotenlieder, las Canciones para los niños muertos de Mahler; después el dolor íntimo de una madre en Suor Angelica. Del funeral al claustro, de la comunidad a la soledad, de la muerte de los hijos a la pérdida de un hijo único, de la oscuridad a una pequeña luz final.

Una hora larga, sin pausa, para atravesar la tristeza. Una experiencia de esas que dejan un nudo en la garganta y obligan a permanecer en silencio unos segundos antes de que lleguen los aplausos. Y quizá esa sea la primera gran virtud de la propuesta: no permitir que el espectador separe Mahler de Puccini.

Mahler y Puccini, una alianza insólita

Mi admirado Arturo Reverter titulaba su artículo publicado en El Cultural del 4 de septiembre “Mahler y Puccini, inédita alianza en Oviedo”, y pocas veces un titular resume tan bien la esencia de una propuesta. El crítico gallego afincado en Madrid destacaba el carácter insólito y atractivo de un programa que conecta, bajo el epígrafe Tristeza (o Pena), dos obras fundamentales de la lírica y subrayaba la audacia del planteamiento de Rechi.

Pero hay además una circunstancia histórica que hace especialmente sugerente este encuentro. Mahler y Puccini fueron contemporáneos y se “encontraron” en Viena, donde el compositor bohemio, al frente de la Ópera de la Corte, dirigió varias obras del italiano. Dos personalidades muy distintas, dos lenguajes aparentemente alejados, dos maneras de entender el teatro musical y, sin embargo, dos compositores capaces de convertir el dolor humano en materia sonora de extraordinaria eficacia.

Mahler lo hace desde la palabra de Friedrich Rückert, desde una escritura orquestal de enorme refinamiento y desde una intimidad que parece hablar directamente al espectador. Puccini, desde el teatro, el melodrama, la voz humana y esa capacidad suya para hacer que una melodía aparentemente sencilla termine instalándose en la memoria. El resultado en Oviedo es un díptico en blanco y negro, minimalista en su apariencia, pero de enorme riqueza emocional. El dolor atraviesa la escena de principio a fin mientras la soledad y la comunidad se dan la mano.

Y detrás de todo está Rechi.

“Fue una intuición inmediata”, explica el director de escena. “Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional”. Ese viaje es precisamente el que propone Sorrow.

Una ceremonia para quienes ya no pueden hablar

Las Kindertotenlieder fueron compuestas entre 1901 y 1904 a partir de poemas de Rückert, escritos después de la muerte de dos de sus cinco hijos, fallecidos con apenas tres y cinco años y con solo unas semanas de diferencia. El poeta escribió 428 poemas intentando sobrevivir a aquella tragedia. Mahler conocía demasiado bien la muerte. De sus trece hermanos, solamente seis llegaron a la edad adulta. Sin embargo, resulta especialmente interesante recordar sus propias palabras a Guido Adler: “Me puse en la situación de alguien que había perdido a un hijo. Si en aquella época realmente hubiera perdido a mi hija, no habría sido capaz de escribir esas canciones”. La paradoja es conocida: Mahler escribió tres de las canciones cuando todavía estaba soltero, en 1901, y completó las restantes en 1904, ya casado con Alma y padre de dos hijas. La muerte de «Puzzi», su hija María Anna, llegaría en 1907, después de haber terminado el ciclo. Por eso resulta injusto escuchar estas canciones solamente como un presentimiento autobiográfico. Son algo mucho más universal. Mahler se coloca en el lugar de quien ha perdido un hijo y convierte ese dolor en una experiencia que cualquiera puede comprender, aunque nunca haya vivido semejante tragedia.

El propio compositor quiso además que las cinco canciones se escucharan como un todo indivisible, sin interrupciones ni aplausos entre ellas. La producción ovetense respeta esa continuidad y, más aún, la convierte en una continuidad escénica. Rechi lo explica con claridad: el sacerdote que interpreta el ciclo “presta su voz a todos aquellos que ya no son capaces de encontrar la suya”. Las canciones dejan de ser solamente un ciclo sinfónico para transformarse en una oración colectiva, un rito de despedida y consuelo. Y ahí aparece Jacques Imbrailo.

Jacques Imbrailo, la voz del padre

El barítono sudafricano afrontaba un cometido especialmente delicado. No se trataba solamente de cantar Mahler, sino de convertirse en el hilo conductor de una ceremonia fúnebre, en padre, sacerdote, doliente y portavoz de quienes ya no pueden hablar.

El primer lied, «Nun will die Sonn’ hell aufgeh’n» (Ahora quiere el sol alzarse brillante), sitúa desde el comienzo el conflicto entre la desgracia individual y la indiferencia de la naturaleza: la desgracia ha sucedido a uno mientras el sol continúa brillando para todos. La desesperación se construye mediante contrapuntos y cánones sombríos, imitaciones pesarosas de los instrumentos y ese ascenso cromático de la melodía que parece buscar una salida que nunca termina de llegar. La frase “Die Unglück geschah nur mir allein, die Sonne, sie scheinet allgemein” resume una de las grandes contradicciones del ciclo: el mundo continúa mientras para quien sufre todo parece haberse detenido.

Imbrailo cantó con una sobriedad muy adecuada a esta música. No necesitaba exagerar el gesto porque la propia escritura mahleriana ya contiene la tragedia. El barítono, de buena proyección y con capacidad para graduar la expresión, se convirtió en una voz de recogimiento más que de exhibición.

En «Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas), el padre se dirige directamente a sus hijos. La languidez insatisfecha baña toda la canción desde un clima inestable e interrogador, sostenido por la constante ambigüedad de los retardos y esas cadencias de dominante que parecen negarse a encontrar reposo.

Sin apenas pausa y respiración llega «Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), observando desde el rincón aquella alegría resplandeciente cuando el niño entraba junto a su madre, una imagen cotidiana convertida ahora en recuerdo. Y precisamente ahí reside parte de la crueldad de Rückert y Mahler: no hablan solamente de la muerte, sino de las pequeñas cosas que ya no podrán repetirse.

«Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), aporta una serenidad engañosa. Es la necesidad de imaginar que los niños simplemente se han ausentado, que regresarán, que todo puede volver a ser como antes.

Hasta llegar a «In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), donde la angustia adquiere una dimensión casi física. El remordimiento por haber enviado a los niños fuera mientras la tormenta se desata se convierte en una explosión de desesperación.

La OSPA, en una formación “camerística” para estas páginas y por el propio foso del coliseo ovetense, tuvo que decir tanto como el propio barítono. Las obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre, aumentando progresivamente su extravío hasta ese primer fortissimo vocal. Los trinos de los bajos recuerdan el tema de marcha tan asociado al universo mahleriano y a esa sensación de fatalidad y destino que atraviesa buena parte de su producción. Y entonces, casi como si después de la tormenta volviese a aparecer el sol, dos notas del glockenspiel interrumpen la progresión.

La última canción, «In diesem Wetter…», desemboca en la nana que cierra el ciclo, y Mahler permite que aparezca aquello que parecía imposible: la esperanza. El re mayor final no es una victoria, pero sí una promesa. Los niños descansan bajo la protección de Dios. La música no borra el dolor, simplemente encuentra una manera de convivir con él.

Una catedral sobre el agua

Visualmente, Rechi construye para Mahler un espacio grande, abierto, casi monumental. Una especie de catedral contemporánea, blanca, despojada, iluminada por frías luces leds, y asentada sobre un suelo de espejo que transmite una sensación líquida, como si los personajes caminaran sobre agua. Al fondo, el vídeo acentúa esa impresión.

Diez pequeños ataúdes blancos esperan en escena. Una ceremonia fúnebre los reúne. Los personajes vestidos de luto completan la acción y los ángeles de la muerte se mueven en una coreografía sencilla, sin necesidad de cargar las imágenes. Sobre cada uno de los ataúdes se va colocando una rosa roja.

El sacerdote recoge las flores antes de arrodillarse ante el último de ellos. La escena adquiere entonces una fuerza simbólica evidente: el ramo rojo, convertido en signo de perdón y pureza, anticipa la unión con la casa materna que después será el convento de Sor Angélica.

Los vínculos entre ambas obras comienzan a hacerse visibles antes incluso de que Puccini haya sonado. Y cuando la ceremonia termina, la catedral se cierra.

Del funeral al claustro

Sin pausa, ese gran espacio se transforma en otro mucho más reducido. La amplitud de Mahler deja paso a la claustrofobia de Suor Angelica. El blanco permanece, también la luz, pero ahora estamos dentro de un convento. Es una de las mejores ideas de la producción: no hacer un corte entre compositores sino transformar una realidad en otra ante los ojos del espectador.

Las monjas aparecen progresivamente. La vida cotidiana del convento trae pequeñas dosis de humor, conversaciones, reprimendas, oraciones, recuerdos y hasta cierta alegría en las hermanas mendicantes. La vida continúa también aquí, aunque sea detrás de unos muros. La “paz del claustro” tiene, sin embargo, mucho de falacia para Angélica.

Rechi utiliza las plantas medicinales como uno de los elementos que conectan las dos partes. Las hierbas que curan, el pharmakon que puede ser remedio y veneno, terminarán adquiriendo una dimensión trágica cuando la protagonista recurra a ellas para acabar con su vida. El jardín vertical, casi único elemento de color, se convierte así en espacio de vida y, finalmente, de muerte.

Beatriz Díaz, una Angélica “en casa”

Hablar de Beatriz Díaz como Sor Angélica en el Campoamor tiene además un componente especial. La soprano allerana completa su Tríptico pucciniano “en casa” después de haber cantado en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi. Su relación con Puccini viene de lejos: su Lauretta de Gianni Schicchi fue debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón de Buenos Aires y Suor Angelica ya la había interpretado en julio de 2018 en Barcia de Mera, entonces en la versión original para piano. Ahora, por fin, llegaba al Campoamor con orquesta y ese poso que dan los años.

Siempre he escrito que Puccini es una piedra angular para la voz y la personalidad artística de Beatriz Díaz. Este personaje parece escrito para ella. Y quizá por eso su Angélica tiene algo que va más allá de la solvencia vocal: hay memoria, experiencia y una identificación natural con la música. Desde la primera aparición se percibe la evolución de una mujer que lleva siete años encerrada por un pecado de juventud. La alegría de las demás contrasta con una tristeza interior que nunca desaparece. La noticia de la llegada de una berlina rompe la rutina. Es la tía Princesa.

El duelo entre Angélica y su tía

La escena entre Ana Ibarra y Beatriz Díaz es uno de los grandes momentos de la función. La mezzo valenciana afronta un papel escrito para contralto y, precisamente por ello, debe oscurecer mucho su timbre. Hay momentos en los que ese «oscurecimiento» resulta excesivo y el timbre no es homogéneo, aunque lo compensa con su notable presencia escénica y una autoridad dramática muy marcada. Frente a ella, la soprano asturiana domina la escena.

La rotunda Abadesa de María Heres ya había preparado el ambiente tras la campana del locutorio y el anuncio de la visita. Pero cuando aparece la Princesa todo cambia. «Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!» abre un verdadero duelo vocal y teatral. Angélica vuelve a ser niña ante su familia. Primero aparece la ilusión por la boda de su hermana menor, Anna Viola. Después, la noticia que lo destruye todo: su hijo ha muerto.

La tía le lanza la fotografía al suelo, el recuerdo de la madre, la herencia rechazada, la ofensa y la culpa se acumulan en pocos minutos. Puccini construye aquí un teatro de enorme eficacia. Y aunque Suor Angelica recibió críticas muy diversas desde su estreno, incluyendo acusaciones de estatismo, monotonía o excesiva dulcificación del drama, esta escena demuestra por qué también pudo ser considerada una de las páginas más conmovedoras de Puccini. Incluso el crítico James Huneker, en el estreno neoyorquino, llegó a mostrarse demoledor con la obra, aunque terminaría entusiasmándose con Gianni Schicchi. El destino de Suor Angelica dentro de Il trittico ha sido, de hecho, singular: es probablemente la menos representada de las tres y no es habitual escucharla fuera del contexto de la trilogía. Sin embargo, Puccini la consideraba su favorita. Y hay algo en la sinceridad del dolor de esta mujer que explica esa predilección.

“Senza mamma”

Tras la noticia llega «Mio figlio». Y después, «Senza mamma». Aquí Beatriz Díaz encuentra el punto exacto entre el canto y la palabra. No hay necesidad de sobreactuar un dolor que la música ya contiene. El sufrimiento está en cada frase, en cada respiración, en cada recuerdo.

“Sin madre” se transforma paradójicamente en una pregunta sobre el hijo: una madre que no pudo verlo crecer, que apenas pudo abrazarlo una vez, y que ahora comprende que jamás volverá.

Las monjas salen de escena y Sor Genoveva, cantada con solvencia por Montserrat Seró, encabeza el penitencial cortejo de hermanas con «Lodiamo la Vergine Santa». Hay una despedida agridulce. Entonces llega el último tránsito: Angélica se encuentra con su hijo. ¿Es real? ¿es un recuerdo? ¿es un deseo? Rechi no lo resuelve. Y hace bien, porque la ambigüedad permite que el espectador complete aquello que la escena no puede explicar.

El Puccini de la redención

Puccini llevó Suor Angelica incluso al terreno de su propia intimidad religiosa. La presentó en el monasterio de Vicoplago, dedicado a su hermana Iginia, religiosa profesa, y a las demás monjas de la orden. Allí, con el propio compositor al piano, explicó a aquellas mujeres el argumento de la joven aristócrata castigada por un pecado de amor y condenada al enclaustramiento. El final, con la invocación a la Virgen y la petición de perdón por el pecado cometido, debió conmover profundamente a aquellas religiosas. Y ahí está la clave de Suor Angelica: no estamos solamente ante una historia de suicidio, sino ante una historia de culpa, arrepentimiento y redención. La protagonista no puede cambiar el pasado. No puede recuperar a su hijo. No puede deshacer los siete años de clausura. Pero puede pedir perdón. Y Puccini convierte esa petición en música.

El aria final es una página magistral y Beatriz Díaz alcanzó ese La agudo en pianísimo que parece detener el tiempo. El Campoamor contuvo la respiración. Pocas veces una nota tan pequeña puede tener tanto peso.

La OSPA, entre Mahler y Puccini

En el foso el bilbaíno Diego Martín-Etxebarría regresaba al Campoamor después de haber dirigido allí La rosa del azafrán, en mayo de 2024, y Doña Francisquita, en febrero de 2025 con Oviedo Filarmonía. Esta vez el reto del maestro vasco era diferente y especialmente delicado: unir a dos grandes orquestadores sin que la orquesta se convierta nunca en protagonista por encima de las voces. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) respondió con solvencia en ambas páginas. Mahler exige transparencia, escucha interna, capacidad de respirar con la voz y un dominio absoluto de las dinámicas. Puccini necesita además esa mezcla de exuberancia y contención que permita que la emoción nunca se vuelva sentimentalismo barato. Martín-Etxebarría estuvo atento a las tablas, cuidando especialmente las voces, y obtuvo de la formación asturiana una riqueza tímbrica que no quedó encerrada en el foso. Los primeros atriles fueron fundamentales en Mahler, pero también lo fueron las intervenciones de los metales y las distintas familias en Puccini. La música parecía extenderse por todo el espacio.

Igualmente importante fue la aportación de las formaciones vocales. El Coro Intermezzo, titular de la Ópera de Oviedo, y el coro infantil de la Escuela de Música Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada, completaron una producción coralmente cuidada. La banda interna de la Banda de Música Ciudad de Oviedo aportó también su presencia en una propuesta que no deja ningún elemento al margen, al igual que el instrumental no visible.

Las mujeres del convento

Suor Angelica es además una ópera sin voces masculinas, algo que ya provocó comentarios en su momento. Aquí esa característica se convierte en parte esencial de la propuesta. Anna Tobella, como hermana celadora, estuvo impecable tanto vocal como actoralmente, especialmente en esos momentos iniciales en los que debe controlar a la comunidad; Marina Pardo, maestra de novicias; Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez y Vilma Ramírez, junto al resto de hermanas, construyeron ese pequeño universo femenino en el que transcurre la vida cotidiana del convento.

Las pequeñas alegrías de las hermanas mendicantes, las conversaciones, la enfermedad de Sor Clara, las plantas medicinales, la llegada de la berlina, el recuerdo de la hermana fallecida… todo contribuye a crear una comunidad que parece vivir ajena al drama de Angélica. Pero solo parece, porque todas son testigos de su sufrimiento.

Una producción “Made in Asturias”

Hay algo especialmente satisfactorio en que una propuesta tan original llegue al Campoamor como producción propia de la Ópera de Oviedo. Rechi ha contado con Sebastian Ellrich para la escenografía y el vídeo, Gabriela Salaverri para el vestuario, Alberto Rodríguez en la iluminación y Mar Gómez en la coreografía, con Pablo Moras al frente del Coro Intermezzo. La suma de todos estos elementos consigue que la producción no sea solamente una sucesión de imágenes bellas, sino una verdadera arquitectura dramática. El suelo líquido de Mahler se transforma en el claustro de Puccini. Los ataúdes blancos encuentran continuidad en las monjas. Las rosas rojas anticipan la sangre. El sacerdote de la primera parte reaparece como figura de enlace.

Y las plantas medicinales, el pharmakon, contienen desde el principio la posibilidad de la vida y de la muerte. Todo conduce al final.

El tránsito de un mismo recorrido

Cuando el espacio vuelve a abrirse después del suicidio de Angélica, comprendemos finalmente el sentido de Sorrow. No eran dos obras, era una sola. Primero el dolor de un padre y una comunidad ante la muerte de los niños, después, el dolor de una madre ante la muerte de su hijo. Primero el funeral, después el convento. Primero las flores sobre los ataúdes, después las hierbas que pueden curar o matar. Primero la mano de Dios que protege a los niños, después el perdón que Angélica necesita para encontrar a su hijo.

Y en medio de todo, una música capaz de decir aquello que las palabras no alcanzan. El final propuesto por Rechi no cierra completamente la historia. La aparición del hijo deja abierta la pregunta. ¿Es realmente él? ¿Es un recuerdo? ¿Es la imaginación de una mujer que acaba de morir? ¿Es la promesa de una redención? El padre y la madre en todos los sentidos del hijo muerto, la presencia de ambos en Mahler y Puccini, aunque no importa demasiado. Lo importante es que, después de tanta oscuridad, aparece finalmente un poco de luz. Era la intención declarada del director de escena andorrano y termina siendo también la sensación con la que el espectador abandona el Campoamor.

Cuando la tristeza también puede ser esperanza

La inauguración de esta 79ª Temporada de Ópera de Oviedo no busca agradar al público con una velada cómoda. Todo lo contrario, es una propuesta exigente, oscura, dolorosa y, precisamente por ello, necesaria. Mahler y Puccini hablan de la muerte desde lugares diferentes, pero terminan encontrándose en el mismo punto: la necesidad de seguir viviendo después de la pérdida.

Jacques Imbrailo pone voz al padre que intenta comprender una ausencia imposible. Beatriz Díaz encarna a una madre que no puede soportar la suya. Diego Martín-Etxebarría sostiene desde el foso la delicada arquitectura musical. La OSPA demuestra su solvencia. Los coros completan la ceremonia. Y Joan Anton Rechi consigue que dos obras que nunca nacieron para estar juntas terminen pareciendo destinadas a encontrarse. Quizá por eso, cuando las luces vuelven y el Campoamor rompe finalmente el silencio, uno entiende que Sorrow no habla solamente de tristeza. Habla de la memoria, del perdón, de la ausencia. Y quizá sea ahí, precisamente, donde Sorrow encuentre su verdadero sentido. Porque después de una hora larga de tristeza, de ataúdes blancos, rosas rojas, muros de clausura, una madre rota y un hijo perdido, lo que queda no es solamente el dolor. Queda la música, capaz de poner voz a aquello que nosotros no sabemos decir.

Mahler termina en re mayor, con la promesa de que los niños están protegidos por la mano de Dios. Puccini hace que Angélica encuentre finalmente a su hijo. Rechi deja abierta la puerta para que cada uno decida si ese encuentro sucede en la realidad, en el recuerdo o en el deseo. Quizá no importe: basta con que exista la posibilidad de volver a abrazar aquello que hemos perdido. Y mientras el Campoamor recuperaba poco a poco la luz, pensé en quienes no pudieron estar allí:

En Luis Antonio Suárez, al que esta producción está justamente dedicada, y aún más en mi querido y siempre añorado Misael Campo, que no llegó a disfrutarla. Dos nombres, dos ausencias, que también forman parte de esta noche. Porque quizá la tristeza sea, en el fondo, otra forma de amor: sólo nos duele lo que seguimos queriendo.

Así, entre Mahler y Puccini, entre la muerte y el perdón, entre una catedral que parece flotar sobre el agua y un claustro que termina abriéndose a la luz, el Campoamor inauguró su nueva temporada con algo más que un espectáculo lírico. Nos regaló una música para recordar, para conmovernos y, quizá, para salir del teatro llevando con nosotros algo que no estaba allí cuando entramos. Yo salí en silencio. Hay músicas que se aplauden, y hay músicas que, sencillamente, se quedan con uno.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella  (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo  (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

Arriesgado tránsito

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Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905 / Suor Angelica, música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo. © Fotos de Iván Martínez – Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 14 de septiembre, con tipografía y colores propios y el añadido de los siempre enriquecedores enlaces)

Inauguración de la septuagésimo novena temporada de la ópera ovetense con producción propia y un estreno uniendo a Mahler con Puccini en un desgarrador e inédito díptico: Kindertotenlieder, de Mahler, un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética; por su parte, Suor Angelica, de Puccini, una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano. Dos dramas que hablan de la desgracia por la pérdida de la inocencia y la muerte de un niño, dos compositores coetáneos unidos, pues ya en Viena el bohemio dirigiría muchas obras del italiano. Dualidad minimalista en blanco y negro con el dolor atravesando la escena, la unión del dramatismo orquestal y vocal en un inédito y arriesgado espectáculo lírico, con el barítono Jacques Imbrailo y la soprano Beatriz Díaz transmitiendo el sufrimiento, soledad y comunidad dándose la mano. Una hora abundante y sin pausa para la angustia emocional que pone un nudo en la garganta a un público respetuoso, aguantando las lágrimas ante la enorme exigencia vocal de unos protagonistas que transmitieron de principio a fin ese dolor por la pérdida de un hijo.

Como cuenta el propio Joan Anton Rechi, director de escena de esta producción, “he querido trabajar ambas obras como un solo espectáculo, no como dos historias independientes. El título de las funciones, Sorrow, tristeza o pena, lo unifica todo. Lo cierto es que el personaje de Suor Angelica aparece en los Kindertotenlieder y el personaje del barítono que canta las piezas de Mahler es una especie de cura que aparece también en Suor Angelica. Hay varios elementos que conectan ambas obras en escena. Es indudablemente un espectáculo triste por la materia con la que trabajan ambos libretos, aunque he querido terminar la representación con un poco de luz, con un poco de esperanza”.

Esta producción, como se anunció por megafonía y figura en el excelente libro del primer título, está dedicada a la memoria de Luis Antonio Suárez, todo un referente de la cultura asturiana, historiador, diseñador, director artístico, empresario, actor amateur y colaborador de la Temporada de Ópera de Oviedo como escenógrafo además del creador de la exposición conmemorativa en la plaza de Trascorrales de los 75 años de la historia de esta temporada carbayona: “Su legado artístico y bonhomía nos acompañarán siempre. Descanse en paz”.

Las Canciones para los niños muertos, de Gustav Mahler, fueron compuestas entre 1901 y 1904. Los textos que acompañan a la música están basados en poemas de Friedrich Rückert. El poeta alemán escribió 428 poemas, en el intento de sobrevivir a la muerte de dos de sus cinco hijos, de 3 y 5 años, en el plazo de dos semanas. También el compositor austríaco sufrió en su infancia la pérdida de seres queridos: solo seis de sus trece hermanos llegaron a la edad adulta. Mahler con los Kindertotenlieder tejió un universo dramático en torno a la muerte de alcance universal. Para Theodor Adorno, las Canciones para los niños muertos “miran a los muertos como se mira a los niños. La música de Mahler lleva alimento a la boca aniquilada, vela el sueño de los que ya no volverán a despertar”. Las canciones fueron escritas en el idioma mahleriano posromántico, el ánimo y sentimiento que expresan se adecuan al título y al texto. La canción final termina en re mayor, con una promesa de redención trascendente, porque “la mano de Dios los protege”.

Una apuesta arriesgada escenificar esos Kindertotenlieder pero que en el contexto de tanta pena y tristeza enlazaría a la perfección con Suor Angelica en su convento. La obra de Mahler tiene una entidad que facilita mucho las cosas, en plantilla orquestal y en este caso, a nivel escénico, pues el andorrano ha planteado un espacio escénico grande y amplio para los lieder, tal vez una catedral moderna, blanca con iluminación de fluorescentes, suelo de espejo y una sensación de liquidez, como si fuera un suelo de agua (proyectado al fondo), donde tiene lugar la ceremonia fúnebre por los niños, diez pequeños ataúdes blancos y el “Padre Imbrallo” ejerciendo como tal. Pero hay personajes de luto completando los cinco lieder: padre, madre, ángeles de la muerte que interactúan en sencilla y sentida coreografía (de Mar Gómez). El barítono (podría haber sido una mezzo, pero hubiera roto el contraste desde la buscada unidad) presenta cada canción dándole a los textos toda la dramatización, realzada con una orquesta subrayando las palabras:

«Nun seh’ich wohl warum so dunkle Flammen» (Ahora comprendo la razón de las oscuras llamas) donde Imbrallo se dirige a “sus hijos”, languidez insatisfecha que baña toda la canción desde un clima inestable, interrogador, mantenido por la constante ambigüedad de los retardos y cadencias de dominante rotas.

«Wenn dein Mütterlein» (Cuando tu madrecita), desde el rincón observando la alegría resplandeciente cuando entraba al lado de su madre tan pronto extinguida, para proseguir con «Ofi denk’ich, sin Sind sur ausgegangen» (A menudo pienso que sólo han ido a dar un paseo), serena conclusión antes de la última canción anunciando que encontrará a sus niños en el paraíso, cual radiante colina.

«In diesem Wetter, in diesem Braus» (Con este tiempo, con esta tormenta), el remordimiento de mandar fuera a los niños que finamente descansan como si estuvieran en casa de su madre (Sor Angélica presente) protegidos por la mano de Dios. Si sobre cada uno de los cinco ataúdes se depositaba una rosa roja, el sacerdote las recogía antes de abrir arrodillado el último, un baño de perdón y pureza para depositar como su hijo el ramo rojo, reposando en la casa materna que será el convento.

Un inicio sin resignación y con dolor contenido, explosión de la violenta desesperación, la angustia incontrolable como la propia naturaleza, aunque siempre manteniendo el piano y donde los forte van seguidos por diminuendos. Trinos en los bajos con el tema de marcha evocando otras sinfonías con esa cadencia mahleriana siempre vinculada a la fatalidad y el destino, primeros atriles de la OSPA completando con la música lo que a menudo las palabras no consiguen, obstinadas corcheas repetidas de la primera frase evocan la inquietud del padre que aumenta su extravío hasta el primer fortissimo vocal, con dos notas del glockenspiel interrumpiendo la progresión como si el sol volviese tras la tormenta, transición hacia la nana que sirve de Finale al ciclo, esperanza y paz, porque sólo unas campanas enlazan la acción y la emoción.

Así, esa catedral mahleriana se cierra y genera un espacio muy cerrado, casi claustrofóbico para Puccini, aunque el blanco y la luz se apoderan en el inicio conventual con las diez hermanas (el coro interno) y el resto de la comunidad que irá ocupando la escena tras el rezo inicial de “la Hermana Díaz” y la celadora Anna Tobella (impecable vocal y actoralmente) regañando al resto de monjas. La propuesta teatral parte de la voluntad de eliminar las fronteras entre ambas obras, construyendo así un único relato emocional que encuentra sorprendentes vínculos: “Fue una intuición inmediata. Cuanto más profundizaba en ellas, más convencido estaba de que dialogaban de una forma natural. No como dos títulos independientes, sino como las dos partes de un mismo viaje emocional” nos explicaba el propio Rechi. Evolución de Suor Angelica en un periodo que resume sus siete años de clausura. La protagonista es otra heroína trágica del universo pucciniano, perteneciente a una familia de la alta aristocracia recluida por tener un hijo natural y obligada a permanecer en el convento. Diálogos de monjas desde esa falacia llamada “la paz del claustro”, con las hierbas medicinales (Pharmakon como las denomina en el excelente libreto para esta función, la doctora María Sanhuesa Fonseca, “vida y suerte en sus manos”), desde el remedio solicitado por la hermana enfermera para Sor Clara picada por una avispa en el huerto, la única nota de color en el jardín vertical del que Sor Angélica toma las hierbas, hasta el veneno final brindado por los mismos padres mahlerianos de “la primera parte”.

Momentos emocionantes como el recuerdo a la hermana ausente y fallecida, donde Sor Angélica canta “Los deseos son las flores de los vivos, no florecen en el reino de los muertos” (I desideri sino i fiori…), pequeñas alegrías monacales a cargo de las golosas hermanas mendicantes, aunque el sufrimiento tras siete años de encierro de la “poveretta” protagonista no faltan, cantados y engrandecidos desde el foso, siempre con el maestro Martín-Etxebarría muy atento a las dinámicas sobre las tablas, exhuberancia contenida y tímbricas incluso fuera de escena, al igual que las formaciones vocales del coro titular y el de los niños de Divertimento, ya convertidos en imprescindibles de la temporada ovetense.

El aviso de la llegada de una berlina aumentará la curiosidad tras los muros, la tensión y los miedos de la noble castigada y penitente que se pone blanca y después roja. Una impresionante abadesa María Heres cantando, tras escucharse la campana del locutorio, Offritele anche l’ansia che adesso vi scompone!, el anuncio de la tía Princesa (Ana Ibarra), comienzo de un duelo vocal y escénico de la mezzo valenciana, en un registro de contralto que la obligó a oscurecer en demasía su timbre aunque lo compensa su presencia, y la soprano asturiana Beatriz Díaz, dominadora de este personaje que parece escrito para ella y firmado, como la renuncia a su herencia tras la fatal noticia, y que además completa su Tríptico pucciniano “en casa” tras cantar en octubre de 2023 Il Tabarro y Gianni Schicchi (con su Lauretta debutada en junio de 2011 en el Teatro Colón bonaerense y Suor Angelica en julio de 2018 en la versión original para piano representada en Barcia de Mera), al fin con orquesta y con el poso que dan los años, a un compositor del que siempre he escrito es piedra angular para su voz y personalidad.

Dolor, tragedia, breve alegría por la boda de su rubia hermana pequeña Anna Viola, truncada tras el frío y sobrecogedor anuncio de la muerte de su hijo, ante la foto lanzada al suelo por una tía inexorable ofendida por su sobrina al recordar a su madre en su contra. Puro dolor expresado en “Mio figlio” al que solo pudo ver y besar una vez, la sobrecogedora aria “Senza mamma”, la salida de las monjas acogiendo a Sor Angélica con Sor Genoveva (siempre bien la soprano Montserrat Seró) encabezando ese penitencial cortejo de hermanas cantando “Lodiamo la Vergine Santa”, una despedida agridulce, el encuentro con su hijo y el pecado del suicidio para después invocar el perdón. El aria final es una página magistral, cerrada con un La agudo en pianísimo que cortó la respiración del Campoamor. Para Puccini, Suor Angelica era la mejor ópera de la trilogía y musicalmente en esta obra el lirismo es permanente y la escritura tanto orquestal como coral depurada.

Un tránsito de un mismo recorrido: del duelo colectivo al dolor íntimo de una madre, el espacio final que vuelve a abrirse con el encuentro (real, mero recuerdo o deseo) entre Angélica y su hijo con la aparición del sacerdote que responde al interrogante: ¡el muerto es su hijo y con el perdón de la madre, Sor Angélica!. Genial y original cierre explicando esta Sorrow de Rechi en una producción sobresaliente “Made in Asturias”.

FICHA:

Domingo 13 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Inauguración de la 79ª Temporada de Ópera, “Sorrow” (Tristeza), díptico lírico: Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860-1911) sobre poemas de Friedrich Rückert, Canciones para los niños muertos, estrenadas en el Musikverein de Viena el 29 de enero de 1905/ Suor Angelica. Música de Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Giovacchino Forzano. Ópera en un acto. Estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1918. Estreno en la Ópera de Oviedo. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA ARTÍSTICA:

Jacques Imbrailo (barítono)

Sor Angélica: Beatriz Díaz (soprano) – La tía princesa: Ana Ibarra (mezzo) – La abadesa: María Heres (mezzo) – La hermana celadora: Anna Tobella (mezzo) – La maestra de las novicias: Marina Pardo (mezzo) – Sor Genoveva: Montserrat Seró * (soprano) – Sor Osmina, segunda hermana mendicante, segunda hermana conversa: Ángeles Rojas * (soprano) – Sor Dolcina: Anna Cabrera * (soprano) – La hermana enfermera: Andrea Jiménez (soprano) – Primera hermana mendicante, primera hermana conversa, la novicia: Vilma Ramírez * (soprano).

Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria * – Dirección de escena: Joan Anton Rechi – Diseño de escenografía y video: Sebastian Ellrich * – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Alberto Rodríguez – Coreografía: Mar Gómez * – Dirección del coro: Pablo Moras.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro interno: Coro infantil “Escuela de Música Divertimento”

Banda interna: Banda de Musica Ciudad de Oviedo

*Debuta en la Temporada de Ópera de Oviedo

La Ópera de Oviedo presenta su nueva temporada

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La programación de la septuagésimo novena temporada reúne obras de Mahler, Puccini, Donizetti, Verdi y Mozart, con destacados repartos de los circuitos nacional, internacional y talento local, nuevas producciones y coproducciones y la apuesta por el talento joven a través de las funciones Viernes de Ópera

Según la nota de prensa, el pasado miércoles 22 de abril el director general y artístico de la Ópera de Oviedo, Celestino Varela, fue el encargado de presentar a los socios los detalles de los cinco títulos, ya conocidos, que conforman la 79ª temporada operística en el Teatro Campoamor de la capital asturiana.

La Ópera de Oviedo alzará el telón en septiembre con un programa doble englobado bajo el título “Sorrow”, que incluye Kindertotenlieder y Suor Angelica, un díptico lírico que se verá por primera vez en el ciclo, que reúne las visiones musicales de Gustav Mahler y Giacomo Puccini.

La velada contará con el barítono Jacques Imbrailo en Kindertotenlieder, mientras que Suor Angelica estará encabezada por la soprano asturiana Beatriz Díaz en el papel titular (que debutó hace casi ocho años en tierras gallegas en la versión original con piano) volviendo a las tablas del coliseo ovetense, acompañada por Ana Ibarra (Princesa), Anna Tobella (Hermana Celadora), la mezzo pixueta María Heres (Madre Abadesa), la cántabra Marina Pardo (Maestra de Novicias) junto a las sopranos leridana Montserrat Serós (Sor Genoveva), ruso-cubana Anna Cabrera (Sor Dolcina) y navarra Andrea Jiménez (Hermana Enfermera).

La dirección musical correrá a cargo de Diego Martin-Etxebarria al frente de la OSPA, con dirección escénica de Joan Anton Rechi en una nueva producción de la Ópera de Oviedo, en la que participarán el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo, y el Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento.

Kindertotenlieder, de Mahler, es un conmovedor ciclo de canciones que aborda el dolor y la pérdida desde una perspectiva profundamente íntima y poética. Por su parte, Suor Angelica, de Puccini, es una ópera que ofrece un intenso drama lírico centrado en la redención y el sacrificio, con una de las partituras más emotivas del compositor italiano.

Fechas: 11, 13, 16 y 19 de septiembre.

El bel canto de Donizetti regresa en octubre

La temporada continuará en octubre con cuatro funciones de Maria Stuarda, de Gaetano Donizetti, una de las grandes tragedias del bel canto. La soprano Yolanda Auyanet asumirá el papel protagonista junto a Paola Gardina como Elisabetta, Jihoon Son como Leicester, David Lagares como Talbot, Carlos Daza como Lord Cecil e Irina Avramenko como Anna.

La dirección musical estará a cargo de Friedrich Haider en su retorno al frente de la OFIL que él relanzase, con la participación del Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La puesta en escena correrá a cargo de Emilio López, tras su propuesta en el Campoamor de Anna Bolena, en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera.

Fechas: 9, 11, 14 y 17 de octubre.

La tragedia shakespeariana de Verdi llega en noviembre

Noviembre sube a escena Macbeth, de Giuseppe Verdi, una de las grandes tragedias operísticas inspiradas en Shakespeare. Los papeles principales estarán encabezados por el mejor barítono verdiano actual, el onubense Juan Jesús Rodríguez como Macbeth, el esperado regreso de Marigona Qerkezi como Lady Macbeth, completando el reparto Gianfranco Montresor (Banco), los tenores cántabro Alejandro del Cerro (Macduff) y asturiano Jorge Rodríguez-Norton (Malcolm), más Julia Merino (Dama), Mikel Zabala (Doctor) y Ángel Simón (Criado, Sicario y Heraldo).

La directora musical estará a cargo de será Clelia Cafiero, con la OFIL en el foso, con puesta en escena de Paco López en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga. Participa el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

En el marco de esta producción se inauguran las funciones de los Viernes de Ópera del ciclo 2026/2027, con Jorge Nelson Martínez en el papel de Macbeth, Paulina Bielarczyk como Lady Macbeth, el bajo gallego Alejandro Baliñas en el rol de Banco y el tenor murciano Francisco Cruz como Macduff.

Fechas: 13, 15, 18, Viernes Ópera: 20, y 21 de noviembre.

El Puccini más apasionado en diciembre

El ciclo continuará en diciembre con Manon Lescaut, de Giacomo Puccini, una de las óperas más intensas y líricas del compositor italiano. El papel de Manon Lescaut será interpretado por Vanessa Goikoetxea, otro regreso esperado, junto al mexicano Arturo Chacón-Cruz como Des Grieux, Manel Esteve como Lescaut, el barítono mierense Abraham García como Geronte di Ravoir y El Comandante, el tenor catalán Josep Fadó como Edmondo, la mezzo donostiarra Marifé Nogales como el Músico y también como El Peluquero, el mallorquín Pablo López como El Posadero y El Sargento, y el canario Gabriel Álvarez como Maestro de danza y Farolero.

La dirección musical estará a cargo de Nuno Coelho al frente de la OSPA, de la que es director titular, con dirección de escena de Emiliano Suárez en una nueva coproducción de la Ópera de Oviedo y ABAO Bilbao Opera. En escena también el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo.

De nuevo función de Viernes de Ópera con Rebecca Gulinello en el papel de Manon Lescaut, Joan Laínez como Des Grieux y Guillem Batllori como Lescaut.

Fechas: 11, 13, 16, Viernes Ópera: 18, y 19 de diciembre.

Mozart cierra la temporada con su gran comedia de enredo

La temporada cerrará en enero y febrero con Così fan tutte, de Wolfgang Amadeus Mozart, una de las grandes óperas bufas del repertorio clásico. Fiordiligi será interpretada por la soprano malagueña Berna Perles, junto a  la mezzo bogotana Andrea Niño como Dorabella, la soprano madrileña Natalia Labourdette como Despina, el barítono californiano Christian Pursell como Guglielmo, el tenor croata Filip Filipović como Ferrando y otro «regreso a casa» del barítono castrillonense David Menéndez como Don Alfonso.

La dirección musical estará a cargo de Lucas Macías al frente de la OFIL, de la que es titular, con el Coro Titular de la Ópera de Oviedo – Coro Intermezzo. La dirección escénica es de Marta Eguilior en una producción de la ABAO Opera Bilbao.

Tercer título con función a precio asequible de Viernes de Ópera con la soprano checa Lada Bočková como Fiordiligi, la mezzo colombiana Paola Leguizamón como Dorabella, la soprano franco-española Eleonora Deveze como Despina, el barítono chipriota Yiorgo Ioannou como Guglielmo, el tenor chino Anle Gou como Ferrando y el bajo-barítono leonés Javier Blanco como Don Alfonso.

Fechas: 29 y 31 de enero, más 3, Viernes Ópera: 05, y 6 de febrero.

La LXXIX temporada mantiene los cinco títulos combinando repertorio muy conocido, nuevas producciones, también propias, y dos títulos especialmente llamativos: Macbeth y Maria Stuarda, con muchas voces conocidas en el Campoamor, el regreso de varias asturianas, los Viernes de Ópera orientados a impulsar el talento joven en el segundo reparto (en Macbeth, Manon Lescaut y Così fan tutte) más el reparto en el foso de las dos orquestas habituales: la OSPA (que se encargará del programa doble que abre la temporada y de Manon Lescaut), mientras que Oviedo Filarmonía acompañará los tres títulos restantes.

Carmen cita en Oviedo

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Miércoles 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): «Carmen». Fotos de Iván Martínez.

(Crítica para Ópera World del jueves 5 de febrero, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínezmás alguna propia)

Último título de la LXXVIII Temporada de la eterna cigarrera sevillana, «Carmen» de Bizet (también la de Mérimée), cima de la ópera francesa y una de las mayores obras maestras del teatro cantado de todos los tiempos, que es un imprescindible para asegurar buena respuesta de público, también por poseer la mayor cantidad de melodías populares para todos, que regresaba al coliseo ovetense por decimocuarta vez desde1894 (recuerdo personalmente la de 1984 con Carreras y Obratzsova), representada ahora en versión de opéra-comique al recuperar los diálogos hablados del propio Bizet en el estreno parisino de 1875, y dentro de una producción del Auditorio de Alicante firmada por Emilio Sagi en un título que nunca es inocente ni sencillo.

El libreto de Halévy y Meilhac que se inspira en Merimée nos narra la historia de una mujer nómada y hedonista que por encima de todo ama su independencia y libertad (repetida a lo largo de la ópera), y que en nuestros días calificaríamos como “mujer empoderada”, y aunque todos sabemos que su historia de amor fatal termina en tragedia, en pleno siglo XXI seguimos despertándonos muy a menudo con estos crímenes que parece no hay forma de detener.

Fiel a sí misma, Carmen rechaza la esclavitud que José le propone desde esta partitura exquisita y llena de luz que como repite la protagonista, y cita Sagi en el libreto, «Ha nacido libre y libre morirá». Carmen es mito, espejo y herida abierta, y el ovetense lo sabe. En la prensa local, el hijo predilecto de la capital reflejaba haberla despojado del ornato para buscar lo esencial de una mujer que, insistía, «no es ninguna puta, es una mujer que quiere ser libre». Su propuesta, de escenografía sobria y eficaz diseñada por Daniel Bianco, se articula en torno a un espacio único —un coso simbólico de albero rojo— verdaderamente es granza, como una arena pero de goma que “no mete ruido ni suelta ácaros ni polvo, y es muy higiénico. Aquí hay tantas peleas que es estupendo para tirarse al suelo” como explicaba unos días antes el propio Emilio, y que funciona como metáfora de encierro, destino y violencia anunciada, un atrezzo limitado a sillas y mesas que son plaza, taberna, paraje montañoso o coso taurino, siempre con el rojo que lo invade todo: pasión, sangre, advertencia…

La iluminación de Eduardo Bravo, con las bombillas que suben y bajan, siempre muy cuidada, más las videoproyecciones de Pedro Chamizo (hermosa noche de luna llena), hoy imprescindibles y enriquecedoras para estas puestas de escena sencillas a la vez que eficaces, si se me permite el oxímoron son ‘la complejidad de lo sencillo’, completando un marco visual que, sin deslumbrar, acompañan con inteligencia el desarrollo dramático, destacando momentos de gran belleza como la taberna de Lillas Pastia o el clima ominoso del cuarto acto.

Sagi anticipa la tragedia y subraya, desde el segundo acto, la violencia latente de Don José hacia Carmen, sin renunciar al tono ligero y casi burlón que Bizet y sus libretistas reservaron para los personajes secundarios (como en la escena echando las cartas). Las coreografías de Nuria Castejón, siempre orgánicas y reconocibles, extensibles incluso a los cantantes, aportan ese andalucismo estilizado que evita el folclorismo fácil, con un entreacto danzado de notable fuerza simbólica y sin taconeo, bailan sobre las mesas y destacar tanto el cuerpo de baile como el bellísimo solo de Juan Pedro Delgado, un torero con capa de plasticidad y tronío.

En el plano vocal, la más aplaudida de la noche fue la mezzo brasileña Marcela Rahal, debutante en la Ópera de Oviedo, que construyó una Carmen de gran presencia escénica y caudal vocal generoso, aunque los fraseos los cortase más de la cuenta. En la  famosa habanera «L’amour est un oiseau rebelle» mostró alguna respiración excesiva, pero su progresión dramática fue innegable, del blanco al rojo, hasta culminar en un cuarto acto de intensidad y convicción.

El tenor italoestadounidense Leonardo Capalbo, también debutante en Oviedo que sustituyó al inicialmente previsto Antonio Corianò, asumió el ingrato reto de Don José con entrega absoluta, dibujando un personaje extremo, obsesivo y sin redención. De instrumento potente y expresivo, aunque de fraseo precipitado y ciertos agudos forzados restaron matices a un rol que exige tanto lirismo como contención, histriónico por momentos con la violencia del papel reflejada en una voz que solo logró un pianissimi recurriendo a un falsete poco agraciado en la esperada «La fleur que tu m’avais jetée” poco sentida. La soprano italiana Francesca Sassu ofreció una Micaela correcta pero algo limitada en vuelo, proyección y color, con un vibrato que afea sus agudos, mientras que el barítono ubetense Damián del Castillo defendió con solvencia su debut como Escamillo, elegante pero sin buscar la rotundidad, de gran presencia escénica y buen empaste en el “duelo” con Don José, buena faena de aliño en una plaza que conoce bien.

Sólidos los papeles secundarios, con un Zúñiga especialmente acertado  del bajo tinerfeño Jeroboám Tejera tanto en lo vocal como en lo escénico, y una Mercedes eficaz, presente además de convincente de la mezzo barcelonesa Anna Gomà, mientras la Frasquita de la soprano madrileña Inés Ballesteros quedó siempre opacada en volumen e incluso en el inicial trío femenino del tercer acto no empastó todo lo deseado.

Mantuvieron la homogeneidad vocal y el abanico tímbrico los dos barítonos, Morales del mexicano Emmanuel Franco, y Le Dancaïre del cordobés Javier Povedano, más El Remendado del tenor catalán Josep Fadó, moviéndose todos muy bien en escena y logrando un conjunto bien empastado en el quinteto del segundo acto.

Destacar como ya es habitual el gran trabajo del Coro Intermezzo que dirige Pablo Moras, con algún desajuste con el foso, pero bien en conjunto, y especialmente las “cigarreras” además de bandoleras. De afinación intachable, proyección precisa y empaste global, sumaron una escena que con su movimiento ayudaron a que esta producción “minimalista” por sencilla la engrandecieran manteniendo una acción dramática que no decayó nunca.

Del Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento solo elogios porque no solo aportan frescura y cohesión a la propuesta, son verdaderos artistas en escena, desde su primera aparición en el cambio de guardia, unos profesionales desde el juego con las espadas de palo, hasta el desfile torero jugando entre “los mayores”, con un empaste y afinación que se alcanza con mucho trabajo previo bien llevado por Cristina Langa.

En el foso, el avilesino Rubén Díez condujo a la Oviedo Filarmonía con atención al equilibrio entre escena y orquesta, destacando los preludios, impecable el inicial y el del tercer acto de sonoridad presente llena de musicalidad con el arpa de Domené con la flauta de Mercedes Schmidt. Otro tanto en los pasajes orquestales, aunque con los ya indicados desajustes puntuales e  inevitables en una obra compleja de equilibrar, respetando el protagonismo y balance con las voces, con una lectura serena y bien coordinada con todas las secciones, para hacer que la función fluyese con solidez.

El público, casi completando el aforo para esta tercera función, respondió con entusiasmo creciente y ovaciones finales porque son títulos que atraen y el reparto, más o menos equilibrado sin grandes figuras, ayuda a los éxitos en taquilla.

©PabloSiana

Carmen cerraba la temporada ovetense (quedan aún la cuarta el próximo sábado, precedido del “viernes de ópera” con un sugerente segundo reparto) dejándome sensaciones encontradas, pero confirmando que esta obra, tantas veces representada, sigue interpelándonos con la misma crudeza: la libertad (que siempre tiene su precio), el deseo y la violencia, que siguen bailando peligrosamente juntos sobre la arena roja del escenario.

FICHA:

Miércoles 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): «Carmen», Opéra comique en cuatro actos, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en la obra homónima de Prosper Mérimée (1845, rev. 1846). Estrenada en la Opéra Comique de París, el 3 de marzo de 1875. Producción del Auditorio de Alicante.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Rubén Díez – Dirección de escena y diseño de vestuario: Emilio Sagi – Diseño de escenografía: Daniel Bianco – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo – Coreografía: Nuria Castejón – Diseño videoproyección: Pedro Chamizo – Dirección del coro: Pablo Moras – Dirección del coro infantil: Cristina Langa – Fotos: Iván Martínez.

REPARTO:

Zúñiga: Jeroboám Tejera (bajo) – Moralès: Emmanuel Franco (barítono) – Don José: Leonardo Capalbo (tenor)* – Escamillo: Damián del Castillo (barítono) – Le Dancaïre: Javier Povedano (barítono) – Le Remendado: Josep Fadó (tenor) –Frasquita: Inés Ballesteros (soprano) – Mercédès: Anna Gomà (mezzo) – Carmen: Marcela Rahal (mezzo)* – Micaëla: Francesca Sassu (soprano).

Orquesta Oviedo Filarmonía (Ofil)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento

* Debutante en la Ópera de Oviedo

Fantasía e imaginación del Hansel y Gretel

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Viernes 12 de septiembre de 2025, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. Engelbert Humperdinck (1854-1921): «Hänsel und Gretel», Märchenspiel en tres actos, con libreto de de Adelheid Wette, basado en un cuento de “Kinder und Hausmärchen” (1812) de Jacob y Wilhelm Grimm. Estrenada en el el Teatro de la Corte de Weimar, el 23 de diciembre de 1893. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

(Crítica para OperaWorld del sábado 13, con fotos propias, de las RRSS, más el añadido de los siempre enriquecedores links, con la tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar)

Primer título de la septuagésimo octava temporada ovetense con una apuesta poco habitual en su programación, siendo la primera vez que se subía a las tablas del coliseo carbayón «Hänsel und Gretel» (1893) de Engelbert Humperdinck (1854-1921). La obra, a menudo catalogada como “Märchenspiel”, ópera de cuento de hadas -mejor que infantil- demostró en esta producción propia que su encanto trasciende edades, combinando lirismo wagneriano y frescura popular en una propuesta escénica de calidad de un conocedor como pocos del teatro ovetense. Esta ópera se estrenaría en el Teatro de la Corte de Weimar bajo la dirección de un Richard Strauss con 26 años, quien la calificó como “una obra maestra de eximia calidad, original en todo, nueva y auténticamente alemana”. El libreto de Adelheid Wette, la hermana pequeña del compositor, está basado en el relato infantil «Hänsel und Gretel» que forma parte de la serie “Cuentos para la infancia” de Jacob y Wilhelm Grimm. La obra de los hermanos Grimm en la que está basado el libreto de la ópera tiene unas segundas lecturas muy inquietantes y siniestras, con una nueva perspectiva al argumento tradicional del cuento familiar al suprimir algunas ideas y añadir otras: no caracteriza a una madrastra en sentido estricto sino al ama de casa que se enfada por el cansancio y desesperación, o al padre que tampoco es un leñador sino un escobero, lo que permite un juego ambiguo con las escobas bien llevadas dentro del propio argumento que dan mucho juego. Musicalmente puede observarse una rica orquestación y sutil armonía de un Humperdinck consistente y de fuerte invención melódica nacida de la complejidad wagneriana vecina de la exuberancia, y la liviandad de Johann Strauss, especialmente en ese vals de los hermanos con un lenguaje personal inspirado en el folclore alemán que nos suena cercano a todo melómano. Como curiosidad reflejar que fue la primera ópera en ser retransmitida por radio desde el Covent Garden y la primera en ser radiada en directo desde el Metropolitan, así que era hora de escucharla en Oviedo.

La dirección escénica de Raúl Vázquez trasladó este cuento a un universo a medio camino entre lo fantástico y lo tristemente cotidiano, desde la crudeza y espontaneidad, la pobreza y el maltrato infantil «casi sin dejar espacio a las emociones que despiertan en nosotros estas atrocidades» según palabras del propio regista. Contraste entre dos partes: actos primero y segundo unidos, más el tercero, lúgubre y luminosa (muy de la “Escuela Sagi”) que reflejan a la perfección su premisa de reflejar el sufrimiento infantil por la depresión socioeconómica inspirada en los años 50 de los EEUU, con ese cartel de carretera que reza Nothing like our happy way of life (Nada como nuestro feliz modo de vida) casi omnipresente, y del que saldrá la casa de los dulces, reflejo de las clases desfavorecidas donde fantasía e imaginación nos ayudan a esa redención de la infancia que sigue necesitándola en pleno siglo XXI. Un aplauso para este debut operísticoque sigue apostando por la “escuela asturiana”. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda evita el realismo ingenuo del bosque, mostrado casi un basurero frente a la parte “dulce” que juega con el rosa fresa, las tartas y golosinas que nunca empalagan, sumando no solo símbolos visuales sino con el refuerzo de unos juegos de luces (Eduardo Bravo) que potenciaron los dos ambientes organizados en esas dos partes: primera lúgubre contrapuesta a la esplendorosa segunda e inquietante que no rompe nunca la propia trama. Muy logrado el “sueño” de los hermanos que nos hace transitar ambas partes hacia la simpática casita de jengibre que emerge desde uno de los dos huecos en el suelo (el otro será el horno humeante), un recurso visual y escénico recordándonos que detrás de la dulzura late la amenaza del hambre y la bruja.

El vestuario de Ilaria Ariemme combinó elementos tradicionales muy dickensianos o “miserables” con ese guiño cinematográfico tan cincuentero como el citado cartel de autopista, logrando cierta idea de atemporalidad en una mezcla que nos permitió identificarnos con los protagonistas que al mismo tiempo nos acercan la distancia del mundo de unos cuentos vigentes desde nuestra óptica casi senil.

Del reparto vocal destacaron por su frescura y energía las dos debutantes en la temporada ovetense en los papeles protagonistas: el Hänsel de la mezzosoprano británicoalemana Anna Harvey, de timbre cálido, flexible, solvente en las frases juguetonas y tierna en la oración de la noche (Abendsegen), escénicamente creíble y bien empastada con la Gretel de la soprano rusoestadounidense Erika Baikoff, de voz clara, ágil, excelente proyección y volumen suficiente, transmitiendo la inocencia sin caer en lo infantilizado desde un fraseo siempre elegante dominadora de la escena de principio a fin, con un vals conjunto pletórico por parte de ambas.

La Bruja, papel que exige tanto comicidad como oscuridad, fue resuelta con cierto histrionismo y una voz que se mantuvo lejana en todos los sentidos a cargo de la suiza Stéphanie Müther, una soprano dramática en un papel que debe conjugar el engaño y la maldad, pasando de la Señora Doubfire a la embrujada vencida y bien horneada.

Muy bien los padres (Peter y Gertrud) a pesar de sus breves apariciones, ofreciéndonos momentos de gran intensidad dramática, especialmente en el contraste entre la desesperación del primer acto, y la alegría del final, igualmente reflejados en el vestuario, destacando sobre todo el barítono catalán Carles Pachon que brillaría con luz propia, poderoso vocalmente, excelente actor, rico en color, y la mezzo mexicana Teresa Fuentes, debutante en los escenarios europeos -que en sus inicios tuvo roles de soprano lírica-  y una buena elección para diferenciar tanta gama dentro de la misma tesitura.

Destacar pese a la brevedad de sus intervenciones El arenero de la soprano cubana Vilma Ramírez (que sustituiría a última hora a la asturiana Ana Nebot por enfermedad), una voz veterana sobre estas tablas al pertenecer al coro de la ópera ovetense, y la cántabra Sofía Gutiérrez-Tobar (Hada del rocío), otra de las debutantes en Oviedo, para redondear un elenco vocal que mantuvo la calidad de un reparto muy homogéneo y bien elegido.

La batuta del asturiano Pablo González, al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), volvió a demostrar su dominio en el trabajo de cada partitura que afronta y la química con una orquesta que conoce y le conoce. Equilibrando la densidad wagneriana de la orquestación con la transparencia melódica que exige la obra, mimando siempre las voces, manteniendo las dinámicas para hacerlas lucir, controlando los balances entre foso y escena para lograr desde la primera obertura la tímbrica perfecta para esta maravillosa partitura que nos enamoró. Si los metales y maderas colorearon el bosque de misterio, la percusión pondría el color, y las cuerdas arroparían con lirismo los dúos de los niños, manteniendo el volumen con el que disfrutar del Coro Infantil de la “Escuela de Música Divertimento” que dirige Cristina Langa. El trabajo no solo vocal sino escénico con ellos es digno de admiración, pues incluirles en la primera obertura -la única aplaudida a lo largo de la representación. ya nos adentraron en el ambiente del cuento. Su afinación es profesional a más no poder y el final, animándose con el baile, contagiaron no ya la ilusión sino la esperanza tanto del propio cuento como del futuro canoro, donde con un alemán de academia entonarían “¡Podemos cantar y saltar podemos bailar y cantar!… ¡Nuestra gratitud y nuestra alabanzas para vosotros, por este momento dichoso!» que resultó recíproco.

Uno de los momentos más emocionantes fue el célebre Abendsegen (“Oración de la noche”), interpretado con un recogimiento que conmovió al público, incluso me consta alguna lágrima, realzado por la delicadeza de nuestra orquesta en un estreno que ya es historia de la longeva ópera asturiana.

El Campoamor respondió con entusiasmo esta nueva apuesta de la temporada ovetense, con prolongados aplausos al final y bravos dedicados especialmente al dúo protagonista y sobre todo a los niños. No hubo público infantil pero todos nos sentimos así  este primer viernes en plenas fiestas mateínas, donde los abucheos a la locución en asturiano ya forman parte argumental de la primera función aunque van “decrescendo”. En definitiva, este Hänsel und Gretel que abría temporada fue una rara avis dentro de una programación que sigue alternando títulos “de siempre” con alguno barroco (esperando con ganas el vivaldiano “Orlando Furioso” dentro de dos meses), y este estreno resultó otra apuesta ganadora para una ópera que, lejos de ser un entretenimiento navideño para niños, se reveló como un canto universal a la esperanza, la astucia y la supervivencia frente a la adversidad.

FICHA:

Viernes 12 de septiembre de 2025, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. Engelbert Humperdinck (1854-1921): «Hänsel und Gretel», Märchenspiel en tres actos, con libreto de de Adelheid Wette, basado en un cuento de “Kinder und Hausmärchen” (1812) de Jacob y Wilhelm Grimm. Estrenada en el el Teatro de la Corte de Weimar, el 23 de diciembre de 1893. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Pablo González – Dirección de escena: Raúl Vázquez – Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda – Diseño de vestuario: Ilaria Ariemme – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo –  Dirección del coro: Cristina Langa.

REPARTO:

Peter: Carles Pachon (barítono) – Gertrud: Teresa Fuentes (mezzosoprano) – Hänsel: Anna Harvey (mezzosoprano) – Gretel: Erika Baikoff (soprano) – La bruja: Stéphanie Müther (soprano) – El arenero: Vilma Ramírez (soprano) – Hada del rocío: Sofía Gutiérrez-Tobar (soprano).

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

Coro Infantil Escuela de Música Divertimento

Que no nos falte Puccini

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Martes 10 de octubre de 2023, 19:30 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor: segunda función de «Il tabarro» (1910) / «Gianni Schicchi» (1910), música de Giacomo Puccini. Entrada butaca: 139€. Fotos Miki López / Iván Martínez para Ópera de Oviedo, y propias.

Segunda función de la septuagésimo sexta temporada ovetense con el programa doble perteneciente a “Il trittico” de Giacomo Puccini (1858-1924), y esperando mejoría respecto a la «premiere» del pasado sábado (de la que escribí para ÓperaWorld©), volvía al Teatro Campoamor para seguir disfrutando del genio del compositor de Lucca, aunque siga echando de menos tener a “Suor Angelica” para redondear verdaderamente esta trilogía, y como siempre comprobando que el directo es irrepetible, único, con la esperanza de comprobar si había mejoría tras mis desiguales impresiones.
Evidentemente con el montaje ya rodado y supongo que por la confianza que se va ganando con las representaciones, este martes con menor temperatura exterior, un público que ni patea ni aplaude la alocución en asturiano antes del comienzo, bastante gente joven que seguramente no ha escuchado ninguna de las dos obras, todo fue a más respecto al sábado aunque siga habiendo carencias que espero puedan superarse, pero la impresión que diría en mis tiempos docentes es la de «mejora adecuadamente».
En esta segunda pude contemplar detalles que se me escaparon, y así el infierno del Sena parisino no solo me convenció con el agua delante y un juego de luces que tiene su importancia en la dramaturgia, también corroboró al excelente Michele del barítono José Antonio López que no solo mantuvo su excelente nivel del sábado sino que incluso escénicamente juega con ese papel de marido engañado, celoso y desconfiado. Voz poderosa e igual de claro con una orquesta algo más contenida que en la primera función, volviendo a bordar su atormentado personaje.
La Giorgetta de Beatriz Díaz sigue siendo un seguro de calidad y entrega, pues siempre digo que tiene la voz ideal para Puccini, y con este rol que completa un año con el genio de de Lucca, pienso que sigue siendo la única en poder cantar hoy en día la “trilogía pucciniana”. Su registro grave ha ganado volumen, y sus agudos llenos de tantos matices son más que suficientes, por lo que defendió su papel con solvencia y entrega, sin olvidarme del empaste ideal con el resto de voces, sobre todo con el Michele del barítono murciano.
Ana Ibarra como La Frugola volvió a convencer con una línea de canto sin aristas, una emisión clara y el volumen perfecto tanto en solitario como en los dúos y concertantes, con la pareja ideal del asturiano Miguel Ángel Zapater como Talpa, buena réplica a la pareja anterior.
A diferencia del sábado, el tenor de Bakú, Azer Zada al menos ganó algo en volumen y se mostró un poco más seguro, aunque sus agudos siguen siendo cortos y poco precisos, con la sensación calante más un color que no resulta bien para un de Luigi cercano al verismo. Escénicamente sigue siendo tosco pero supongo que bien orientado en la elección de roles y puliendo técnicamente sus carencias, al menos saldrá indemne de las críticas que en Oviedo no han sido lo que se dice buenas. Qué diferencia con Josep Fadó en el papel del borracho Tinca, volumen suficiente, emisión clara y entrega plena a un personaje que redondea los roles principales.
De nuevo cumplieron en este infierno el vendedor de canciones y enamorado (Facundo Muñoz) al que esta vez se le escuchó claro y preciso fuera de escena, así como la Enamorada Laura Brasó.
El Coro “Intermezzo” igualmente fuera, sonó suficiente, afinado y empastado, extrañándome no saludasen al final.
La homogeneidad de todo el reparto vocal, hecha la salvedad del azerbaiyano, ganó en esta segunda función, también con la ayuda de un foso más contenido en dinámicas por el maestro José Miguel Pérez-Sierra que sacó lo mejor de la Orquesta Oviedo Filarmonía, con buenas intervenciones de los primeros atriles para volver a disfrutar de la bellísima orquestación de Puccini corrigiendo los excesos sonoros en este tabardo de la primera parte.
Gianni Schicchi es el contraste necesario, paraíso y comedia tras el drama inicial y con la ambientación en las cloacas florentinas, de nuevo con el agua al frente, de ahí los personajes de Schicchi, Giorgetta, el doctor Spinelloccio, el notario Amantio di Nicolao y hasta los testigos con botas de agua que gracias a mi tocayo vasco se llaman katiuskas. Un retablo de las debilidades humanas personificando las ansías de poder y la hipocresía, con un movimiento sobre las tablas por momentos excesivo pero que causó más que sonrisas entre el público. Escenas por momentos histriónicas como el juego de Schicchi moviendo al difunto, la orquesta de jazz más un trío femenino cual «hermanas Fleta» usando un micrófono radiofónico de los años 40, en esta ópera muy coral del Puccini que compone estos retratos adorables de todos sus personajes.
Gianni Schicchi sacó a relucir la faceta cómica del protagonista, José Antonio López con peluquín y bigote postizos, sin aumento de nariz, dominando toda la escena desde su primera aparición con su hija, riqueza vocal incluso en los «falsetes» imitando al difunto Donati, siendo nuevamente el triunfador de esta dupla pucciniana.
Beatriz Díaz como la Lauretta enamorada de Rinuccio, pese al menor protagonismo, la conocida aria O mio babbino caro volvió a ser la única aplaudida en los dos títulos. Impresionante su gama dinámica, de proyección impecable y plenamente pucciniana además de una inconmensurable actriz (no me gusta el abuso del adjetivo «pizpireta» con el que se la suele describir, aunque ciertamente su papel en este Puccini sea «alegre, vivaz y algo coqueto»). Sus agudos sonaron no solo claros ante el inmenso sinfonismo del foso sino también «solidarios» con sus compañeros desde una emisión cristalina y poderosa que gana enteros en cada función.
De los cantantes que repetían los dos títulos, Ana Ibarra en un momento vocal perfecto como Zita, con un color que luce dentro de este «coral florentino», y otro tanto el Simone de Miguel Ángel Zapater pasando del rol oscuro inicial al «gioccoso» del paraíso final, redondo vocal y escénicamente, escanciando un culete en escena (un guiño de Paul-Émile Fourny a nuestra tierra). Y muy bien Josep Fadó junto a Laura Brasó en los roles de Gherardo y Nella respectivamente, que completaron un reparto muy homogéneo y compacto, donde de nuevo Azer Zada como Rinuccio bajó un poco el listón aunque vocalmente intentó desde sus escasos recursos brillar un poco más, pese a un color opaco y de agudos forzados y cortos.
El resto del elenco estuvo simpático, equilibrado, acertado en los conjuntos con otro valor de la cantera infantil de “Divertimento” el Gherardino hoy interpretado por Rodrigo Méndez junto a los siempre convincentes y muy queridos en el Campoamor Marina Pardo en el papel de La Ciesca, Carlos Daza, como Marco o Vicente Esteve Corbacho en su corto papel de doctor Spinelloccio.
No quiero dejarme tampoco las intervenciones breves de Mikel Zabala el notario Amantio di Nicolao con un latín bien cantado o los testigos Pinellino (José Manuel Álvarez) y Guccio (Pablo Joel de Bruine).
Musicalmente este martes el maestro José Miguel Pérez-Sierra sacó más detalles a  este Puccini  colorista, casi precursor de las bandas sonoras, con la Oviedo Filarmonía que sonando más precisa, compacta y entregada.
La segunda función sirvió para quitarme el mal sabor de boca sabatino y poder reflejar mis sensaciones algo más positivas y más fáciles de describir. Final feliz donde triunfó de nuevo la picaresca porque no nos puede faltar el humor… ni la música de Puccini.
FICHA:
Martes 10 de octubre de 2023, 19:30 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor:
«Il tabarro» (1910), música de Giacomo Puccini; libreto de Giuseppe Adami, basado en la obra “La houppelande” (1910) de Didier Gold. Ópera en un acto, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 14 de diciembre de 1918. Producción de la Opéra-Théâtre Eurométropole de Metz.
«Gianni Schicchi» (1910), música de Giacomo Puccini; libreto de Giovacchino Forzano, basado en el Canto XXX, 1.32 del “Inferno” de Dante (c. 1307-21). Ópera en un acto, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 14 de diciembre de 1918. Producción de la Opéra-Théâtre Eurométropole de Metz.
FICHA ARTÍSTICA:
”Il tabarro”
Michele: José Antonio López – Luigi: Azer Zada – Tinca: Josep Fadó -Talpa: Miguel Ángel Zapater – Giorgetta: Beatriz Díaz – La Frugola: Ana Ibarra – Vendedor de canciones, enamorado: Facundo Muñoz– Enamorada: Laura Brasó.
”Gianni Schicchi”
Gianni Schicchi: José Antonio López – Lauretta: Beatriz Díaz – Zita: Ana Ibarra – Rinuccio: Azer Zada – Gherardo: Josep Fadó – Nella: Laura Brasó – Gherardino: Rodrigo Méndez – Betto: Javier Povedano – Simone: Miguel Ángel Zapater – Marco: Carlos Daza – La Ciesca: Marina Pardo – Spinelloccio: Vicente Esteve Corbacho – Amantio di Nicolao: Mikel Zabala – Pinellino: José Manuel Álvarez – Guccio: Pablo Joel de Bruine.
Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra – Dirección de escena: Paul-Émile Fourny – Diseño de escenografía e iluminación: Patrick Méëus – Diseño de vestuario: Giovanna Fiorentini.
Orquesta Oviedo Filarmonía – Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo), dirección del coro: Pablo Moras.

Del infierno al paraíso

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Sábado 7 de octubre de 2023, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor: «Il tabarro» (1910) / «Gianni Schicchi» (1910), música de Giacomo Puccini.

Crítica para ÓperaWorld del domingo 8 con los añadidos de fotos (propias , de Iván Martínez para Ópera de Oviedo, y de las RRSS), links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Segundo título de la septuagésimo sexta temporada ovetense con un programa doble perteneciente a “Il trittico” de Giacomo Puccini (1858-1924), y que solamente se han representado una ocasión en el Teatro Campoamor: “Gianni Schicchi” en 1966 e “Il tabarro” en 1980, quedándonos pendiente recuperar “Suor Angelica” para poder revivir el estreno neoyorquino al que Puccini no pudo asistir por la primera guerra mundial. Escucharlas juntas era una ocasión única de disfrutar nuevamente con el genio del compositor de Lucca en un año que nos parece preparar el próximo centenario de la muerte del último operista del pasado siglo, aunque sigue siendo de los compositores más programados en los coliseos de todo el mundo.
Hacia 1910, Puccini tuvo la idea de componer una trilogía siguiendo el “Infierno”, “Purgatorio” y “Paraíso” de la «Divina Comedia» de Dante. Prescindiendo del “abolido” purgatorio nos quedan por un lado Il tabarro tenebroso y naturalista reflejando las terribles condiciones de vida de las clases bajas en París, la gran ciudad moderna, con la música de Puccini influida por el impresionismo francés, reflejando esa oscuridad y sordidez del libreto que finaliza con el horrible crimen consecuencia de la traición y el adulterio en un infierno también musical.
Y la segunda obra de este díptico asturiano, Gianni Schicchi inspirada en la “Commedia dell’arte”, comedia que ha pasado a formar parte de esta larga tradición de la literatura universal, con la familia del adinerado Buoso Donati, uno de los cinco ladrones florentinos que cita Dante, configurando un retablo de las debilidades humanas personificando las ansías de poder y la hipocresía, por las que no pasa el tiempo y donde Puccini consigue unos retratos adorables de sus personajes.
El infierno bien ambientado nos trajo un enorme Michele en la voz del barítono José Antonio López que mantuvo su excelente nivel, poderoso, convincente, de amplios matices y siempre claro incluso con la orquesta en “fortisimi”, bordando ese personaje atormentado en todas sus intervenciones; la Giorgetta de Beatriz Díaz en un rol que completa su propia “trilogía pucciniana” tuvo altibajos, registros graves donde perdió volumen pero que compensó con una proyección exquisita y el empaste ideal con el resto de voces, sobre todo con Michele, siendo una lástima no lograr la necesaria “réplica” de Luigi con un Azer Zada de escasa escena, agudos cortos que apenas llegaban a medio patio de butacas y poca matización. Convincente y cómoda La Frugola de Ana Ibarra, equilibrada y bien “contestada” escénicamente por el Talpa de Miguel Ángel Zapater que tampoco tuvo problemas con el Tinca de Josep Fadó. Cumplieron en este infierno tanto el vendedor de canciones y enamorado (Facundo Muñoz) como la breve Enamorada Laura Brasó. El Coro “Intermezzo” fuera de escena sonó preciso y suficiente, pero en general faltó homogeneidad en el reparto vocal con un foso de calidad al mando del maestro José Miguel Pérez-Sierra que cayó en la tentación de la grandiosidad orquestal de Puccini pecando precisamente en el exceso dinámico.
El paraíso llegó con el esperado Gianni Schicchi que de nuevo encumbró a José Antonio López mostrando escena, musicalidad, gracia, recursos, llevándole a ser el gran triunfador de esta dupla pucciniana. Mejor Beatriz Díaz como Lauretta, la única aplaudida tras su conocida aria “a papito”, actriz inconmensurable y siendo probablemente la única soprano capaz en estos momentos de interpretar “Il trittico” completo. También repitieron Ana Ibarra como Zita, igual o mejor que en el infierno, Simone de Miguel Ángel Zapater más redondo vocal y escénicamente o Josep Fadó con Laura Brasó en los roles de Gherardo y Nella respectivamente. Decepcionó de nuevo Azer Zada como Rinuccio, con las mismas carencias que su Luigi, quedándome con las ganas de poder disfrutar de un tenor más pucciniano. El resto del amplio y coral elenco estuvo no solo simpático sino bien equilibrado en los conjuntos. Destacar de la cantera infantil de “Divertimento” el Gherardino de Julián Avedillo y los siempre seguros en el Campoamor Carlos Daza, Marina Pardo o Vicente Esteve Corbacho.
Las dos producciones procedente de la Ópera de Metz resultaron adecuadas, incluso ayudaron al paraíso con una escena loca más cercana en el tiempo que en la Florencia dantesca porque los testamentos y sus disputas siguen siendo motivos de conflictos. Lograda la dirección de escena a cargo de Paul-Émile Fourny así como la escenografía e iluminación de Patrick Méëus. El vestuario diseñado por Giovanna Fiorentini sobrio en el infierno y más colorido para el paraíso dantesco. Musicalmente el maestro José Miguel Pérez-Sierra pudo sacar más partido a la Oviedo Filarmonía que no estuvo cómoda aunque sonase compacta.
Sin purgatorio y con final feliz donde la picaresca también triunfa, resultó un domingo pucciniano con dos horas pasando del infierno, incluso térmico, al paraíso que pecó desigual aunque sin penitencia porque la benevolencia también estuvo en Puccini.
FICHA:
Sábado 7 de octubre de 2023, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor:
«Il tabarro» (1910), música de Giacomo Puccini; libreto de Giuseppe Adami, basado en la obra “La houppelande” (1910) de Didier Gold. Ópera en un acto, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 14 de diciembre de 1918. Producción de la Opéra-Théâtre Eurométropole de Metz.
«Gianni Schicchi» (1910), música de Giacomo Puccini; libreto de Giovacchino Forzano, basado en el Canto XXX, 1.32 del “Inferno” de Dante (c. 1307-21). Ópera en un acto, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 14 de diciembre de 1918. Producción de la Opéra-Théâtre Eurométropole de Metz.
FICHA ARTÍSTICA:
”Il tabarro”
Michele: José Antonio López – Luigi: Azer Zada – Tinca: Josep Fadó -Talpa: Miguel Ángel Zapater – Giorgetta: Beatriz Díaz – La Frugola: Ana Ibarra – Vendedor de canciones, enamorado: Facundo Muñoz– Enamorada: Laura Brasó.
”Gianni Schicchi”
Gianni Schicchi: José Antonio López – Lauretta: Beatriz Díaz – Zita: Ana Ibarra – Rinuccio: Azer Zada – Gherardo: Josep Fadó – Nella: Laura Brasó – Gherardino: Julián Avedillo – Betto: Javier Povedano – Simone: Miguel Ángel Zapater – Marco: Carlos Daza – La Ciesca: Marina Pardo – Spinelloccio: Vicente Esteve Corbacho – Amantio di Nicolao: Mikel Zabala – Pinellino: José Manuel Álvarez – Guccio: Pablo Joel de Bruine.
Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra – Dirección de escena: Paul-Émile Fourny – Diseño de escenografía e iluminación: Patrick Méëus – Diseño de vestuario: Giovanna Fiorentini.
Orquesta Oviedo Filarmonía – Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo), dirección del coro: Pablo Moras.

Que me busquen en Triana

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Jueves 25 de mayo de 2023, 20:00 horas. Teatro Campoamor (Oviedo), XXX Festival de Teatro Lírico Español: «Entre Sevilla y Triana», sainete lírico en dos actos. Música de Pablo Sorozábal y libreto de Luis Fernández de Sevilla y Luis Tejedor Pérez. Estrenado en el Teatro Circo Price de Madrid el 8 de abril de 1950. Producción del Teatro Campoamor, Teatro Arriaga, Teatro de la Maestranza y Teatros del Canal (2012). SGAE Editorial / ICCMU, 2012, Edición de Pablo Sorozábal Gómez.

Crítica para Ópera World del viernes 26, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y de Alfonso Suárez, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
Tercer título de los cuatro programados en “La Viena Española” dentro de la trigésima edición del Festival de Teatro Lírico Español, que ya pide más de dos funciones ante el éxito de público, y auténtica Ruta de la Plata entre “Andalucía y Asturias”, casi como escribirían mi paisano Teodoro Cuesta junto a Diego Terrero hace más de un siglo.
Y es que el sainete «Entre Sevilla y Triana» de Pablo Sorozábal Mariezcurrena (San Sebastián, 1897 – Madrid 1988) une norte y sur en feliz compañía, esta vez por los muchos asturianos tan sevillanos como los que más sobre la escena, cercanos para un público que llenó y disfrutó de nuevo con esta producción de 2012 que volvía al Campoamor nueve años después antes de su paso por Madrid en enero del pasado año, regresando “a casa” este frío jueves de mayo.
Esta página del compositor donostiarra tiene mucha historia, como bien refleja el libro que Mario Lerena dedica a su teatro musical (Ed. arte textos, vol. 4, editado por la Universidad del País Vasco) con el subtítulo «Música, contexto y significado». De ella destaca un “acentuado andalucismo bastante tópico” recurriendo a las citas folklóricas con un libreto de Luis Fernández de Sevilla y Luis Tejedor Pérez que explota lo costumbrista y melodramático de un argumento de lo más atrevido para entonces, como es el de una madre soltera. La partitura de Sorozábal recrea esa temática sevillana buscando lo comercial del momento en aquella España franquista que tanto hizo sufrir y condicionó al músico vasco, compitiendo con «La maravilla errante» (de Quintero, León y Quiroga) con Lola Flores y Manolo Caracol de figuras. Como dato histórico reflejar que «Entre Sevilla y Triana» fue su único trabajo premiado por instituciones públicas (obtuvo el Premio Nacional de Teatro “Ruperto Chapí” a la mejor obra lírica de la temporada 1949-50) aunque su compañía no lograse acceder nunca a subvenciones ni premios oficiales. Está claro que el éxito se mantiene 73 años después, y hasta la crítica del propio Sorozábal en la prensa madrileña de 1984 parece de ayer: «La música cuando mejor ha estado es cuando los Gobiernos no se han ocupado de ella…». Música con momentos brillantes musical y escénicamente, un espectáculo total de rica instrumentación que pudimos comprobar a una excelente Oviedo Filarmonía (OFil) dirigida por Jaume Santonja mimando en todo momento a las voces y subrayando los pasajes propios.
Hoy en día es difícil encontrar tan buenos actores y actrices que canten bien, tan buenas voces que mantengan una acción que respira la camaradería y ambiente de barrio que respiró el coliseo carbayón hoy sevillano hasta la médula. La pacense Carmen Solís volvía a ser la “Reyes” que ha hecho suya esta producción, natural en su línea de canto, vocalidad limpia y dramaturgia para esta “madre valiente” que desde la primera escena cautiva, la romanza final del primer acto llena de buen gusto y hasta el dúo con Fernando del segundo acto donde enamoró hasta la última fila por su color y entrega al papel, rematado por el final “El barco de mis quereres” sólo con la interrogante argumental y la seguridad de otra actuación de “La Reyes Solís”.
Si Reyes canta y actúa, la “Señá Patro” de Charo Reina fue la segunda corona de la función, sevillana por los cuatro costados derrochando no sólo el gracejo natural en ella sino una proyección vocal única más un cante que es genético a la vera del Guadalquivir, réplica cantada y hablada del más alto nivel.
La pareja de Micaela (Mayca Teba) y Angelillo (Ángel Ruiz) transmitió toda la gracia y química entre ambos, diálogos, dúos y hasta baile, completos en sus roles y siempre polifacéticos, hoy diríamos “animales escénicos”, ganándose al público por el buen hacer total.
Al tenor asturiano Juan Noval-Moro le tocó hacer de sevillano como José María, el antipático pretendiente de Reyes, que vocalmente resultó muy cercano y convincente para triunfar en lo alto del puente de Triana con su conocida romanza “Tu que sabes del cariño…?” bien arropado desde el foso en un cuadro “aislado” antes de la última escena, que si bien paró un poco la acción, fue plástica y musicalmente la mejor recompensa a un personaje no siempre agradecido en este sainete.
Llegó a buen puerto pero no recaló el Fernando del mexicano Germán Olvera al que no se le notó cómodo ya desde el inicio. Color vocal desigual en los diálogos pese a su potencia canora y presencia, tuvo momentos de afinación imprecisa como en la hermosa “¡Dios te salve, Sevilla…!” aunque mejor su romanza “Nadie sabe cómo empiezan estas cosas” del cuadro cuarto.
Destacables los actores y actrices asturianos, citando por lo menos al popular y televisivo Carlos Mesa como Señor Mariano, cantando y siendo tan trianero como el de la última cita, Sandro Cordero como Glosopeda o el simpático Mister Olden de Roca Suárez que “no se hizo el sueco” pero el acento no le delató; otra sevillana de casa Begoña Álvarez como Esperanza Morena, cupletista para el momento o Inma Rodríguez como Doña Benita, las tablas y la necesidad camaleónica de ser sevillanas en Asturias junto al resto de figurantes incluyendo a los niños de “Divertimento”, que dejo todos reflejados en el reparto.
Punto y aparte el cante y el toque, José Montoya Carpio, jerezano “jondo” hasta en su apodo, José “El Berenjeno” con Manuel Heredia a la guitarra pusieron la pureza y el “pellizco” en sus intervenciones, puente tras la habanera del cuadro segundo y auténtico cuadro flamenco con los “Tangos de Triana” que convirtió el Campoamor en un tablao, cante sentía y profundo con la guitarra más flamenca a este lado del Pajares, sobre todo con la “soleá”.
Hablaba antes de la Habanera y ahí estuvieron los marineros de la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” que sonaron con el volumen y buen gusto cantábrico mecidos por una OFil con el capitán Santonja al timón, sumándose al pasodoble torero y náutico del cuarto cuadro “¡Me caso en la mar salada.!…” con Angelillo y Micaela redondeando una soberbia actuación.
Espectacular el cuadro de baile, dos bailarines de escuela en el cuadro (Luis Ortega y Christian Sandoval) y hermosísima estampa en espejo con Cristina Guadaño y Vianney Gómez de Ávila, arte gitano lleno de plasticidad gracias a la excelente coreografía de Antonio Perea, que hizo bailar a todos sobre el Tablao del Campoamor.
Y el espectáculo total lo fue gracias al genio de la escena, un Curro Carreres que siente esta producción suya de principio a fin, y así la hizo llegar a todos, con un vestuario de Jesús Ruiz (la modernidad de las “gitanas”) de la época donde transcurre la acción. Sigue vigente ese barco llegando a puerto, la Macarena en Triana y los pasajes del barrio más sevillano. Todo un detalle hacer salir para los aplausos finales a todo el equipo de técnicos, parte indispensable del engranaje que convirtió Oviedo en Sevilla.
Dejo para el final el texto (y la foto) de un azulejo que está en el Bar “Las Golondrinas” de Triana, con texto de Antonio Domínguez Fombella, un gijonés afincado en Sevilla y funcionario de la Junta, ahí colocado tras unir las aguas del Sella y del Guadalquivir en 1998:
Si me perdiese algún día
que me busquen en Triana,
no vayáis hacia mi Asturias,
tal vez allí, oigáis mi gaita,
suspirar tiernos recuerdos
en mágica resonancia.
Buscadme en los aledaños
de una taberna en Triana,
donde nuestro amigo Paco
tiene aroma de albahaca,
me da de beber buen vino
de humildad y templanza;
si me perdiese algún día,
allí encontraréis mi alma.
Ficha:
Teatro Campoamor (Oviedo), jueves 25 de mayo de 2023, 20:00 horas. XXX Festival de Teatro Lírico Español: «Entre Sevilla y Triana», sainete lírico en dos actos. Música de Pablo Sorozábal y libreto de Luis Fernández de Sevilla y Luis Tejedor Pérez. Estrenado en el Teatro Circo Price de Madrid el 8 de abril de 1950. Producción del Teatro Campoamor, Teatro Arriaga, Teatro de la Maestranza y Teatros del Canal (2012). SGAE Editorial / ICCMU, 2012, Edición de Pablo Sorozábal Gómez.
Reparto:
FERNANDO: Germán Olvera – REYES: Carmen Solís – JOSÉ MARÍA: Juan Noval-Moro – ANGELILLO: Ángel Ruiz – MICAELA: Mayca Teba – CANTAOR: José “El Berenjena” – GUITARRISTA: Manuel Heredia – SEÑÁ PATRO: Charo Reina – GLOSOPEDA: Sandro Cordero – SEÑOR MARIANO: Carlos Mesa – ISIDORA: Carmen Gloria García– ESPERANZA MORENO: Begoña Álvarez – MISTER ÓLDEN: Roca Suárez – DOÑA BENITA: Inma Rodríguez – FLORISTA: María Fernández – ANTICUARIO: José Lauro Ranilla – LIMPIABOTAS: Lorenzo Roal – ALFARERO / VECINO: Cristhian Sandoval – VECINAS: Xana del Mar Tamara Norniella Aida Valladares Ana de Vega – BAILARINES FIGURANTES: Vianney Gómez de Ávila, Cristina Guadaño, Luis Ortega, Cristhian Sandoval – NIÑOS: Alumnado de la Escuela de Música Divertimento: Julián Avedilla, Sara Fernández, Guillermo Fernández, Dominique Marqués, Rodrigo Méndez.
DIRECCIÓN MUSICAL: Jaume Santonja – DIRECCIÓN DE ESCENA: Curro Carreres (AAPEE) – ESCENOGRAFÍA: Ricardo Sánchez Cuerda (AAPEE) – VESTUARIO: Jesús Ruiz – ILUMINACIÓN: Eduardo Bravo (AAI) – REPOSICIÓN DE ILUMINACIÓN: Sergio Torres (AAI) – COREOGRAFÍA: Antonio Perea – AYUDANTE DIRECCIÓN ESCENA: Rebeca Medina.
Orquesta Oviedo Filarmonía (OFIL), Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”, coro residente del Festival de Teatro Lírico Español (dirección del coro: José Manuel San Emeterio Álvarez).

Una dama asturiana y universal

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Martes 13 de septiembre, 19:30 horas. LXXV Temporada de la ópera de Oviedo: Teatro Campoamor. Segunda función: La Dama del Alba (Luis Vázquez del Fresno).

Reseña para Ópera World del miércoles 14 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

El pasado domingo, tal y como contamos desde aquí, tuvo lugar el estreno absoluto de la ópera del gijonés Luis Vázquez del Fresno (1948) «La dama del alba» basada en el “retablo” homónimo de Alejandro Casona (Besullo, 1903 – Madrid, 1965) y volvíamos al Teatro Campoamor para escuchar el resto del “doble reparto” igualmente muy trabajado, con algunos de ellos repitiendo este martes 13 en plenas Fiestas de San Mateo de la capital asturiana.

La ópera contemporánea ya suma otro título y, como en toda obra, siempre resulta bueno escucharla de nuevo, pues cada interpretación es única, irrepetible y personal pero también la recepción del público, que acudió igualmente ilusionado ante este acontecimiento histórico. Como canta Martín en el primer acto Vale más sembrar una cosecha nueva que llorar por la que se perdió, y esta segunda función personalmente me llenó incluso más que el estreno. Los motivos sobre los que trabaja el compositor se tararean al salir y partir de las notas de nuestro “se oye sonar una gaita” (también “sal a bailar buena moza”) crea melodías que pasan de unos personajes a otros, a la orquesta, trabajándose desde todos los lenguajes que Vázquez del Fresno vuelva en este “retablo musical”.

La escenografía comandada por el asturiano universal Emilio Sagi volvió a convencer y enamorar con su estilo inimitable (sobretelón, espejos…), buenos movimientos organizados por Bianco y la impresionante iluminación de Faura, sin olvidarme esta vez del vestuario de otra carbayona, Susana de Dios, engrandeciendo todo ello la magna partitura del compositor gijonés junto a una OSPA de gran plantilla (con piano, arpa, amplia percusión y hasta saxo) en las manos del avilesino Rubén Díez, verdadero conocedor y concertador de esta ópera, haciendo música en mayúscula tanto instrumentalmente en solitario, caso del inicio, como en el interludio del segundo acto tras el descanso (que marca el paso estacional del invierno al verano en la siempre mágica noche de San Juan), con sonoridades plenas y matizadas, como acompañando las voces, mimándolas ante las dificultades técnicas que supone cada intervención del elenco, coro y solistas, todos con registros extremos donde los graves resultan a veces imperceptibles ante una masa sinfónica siempre controlada desde el foso.

Del estreno dominical repetían en roles breves, pero intensos, la excelente y natural Dorina de la soprano tinerfeña Ruth González que mantiene ese color ideal para encabezar el trío infantil con los cantores de la ovetense Escuela de Música “Divertimento”, en esta función Rita García como Andrés y Carla Gutiérrez en el papel de Falín, pequeñas grandes profesionales; también el siempre seguro tenor sierense Juan Noval-Moro como Quico, nuevamente sobrado en volumen y gusto, más dos de los “pesos pesados” de esta ópera que merecen un aparte.

La Peregrina del contratenor donostiarra Mikel Uskola, algo más potente este martes y buenos cambios de registro aunque adoleciendo de mayor volumen para su protagonismo casi total (nos quedamos con las ganas de haberlo escuchado interpretado por el inicialmente “pensado” Carlos Mena), pero dejándonos dos dúos con el abuelo y Angélica de mucho calado emocional; el tenor uruguayo Santiago Vidal como el “viudo” y enamorado Martín, de nuevo entregado, con un timbre de color agradable y buenos agudos, destacando en el dúo de amor que tiene junto a Adela.

Los debutantes en esta segunda función, con más peso escénico y vocal, fueron el bajo malagueño Luis López Navarro (abuelo), rotundo y potente; la mezzo cántabro-asturiana Marina Pardo (Telva) convincente en toda la tesitura de graves poderosos, muy integrada con su personaje tan cercano a nuestra tierra; la soprano valenciana Maite Alberola (madre) que personalmente fue lo mejor de la velada por su gusto en el canto, variedad expresiva para un rol que la necesita, proyección clara, volumen suficiente en toda la gama de matices, siendo un acierto su elección para contrastar colores; la también soprano y malagueña Berna Perles (Adela), salvada de las aguas, que elevó la calidad del elenco para esta partitura, con un registro de voz corpórea en toda la extensión de su tesitura, brindándonos un emocionante dúo con Martín.

Destacable la breve pero intensa aparición de Angélica que cantó otra asturiana, la soprano María Zapata, con el dramatismo expresado desde el desgarro lógico del personaje, seguridad sobre la escena y dominio vocal para redondear el poderío femenino de esta ópera tan universal como asturiana.

Buena elección de las paletas vocales para cada personaje, defendidos todos y cada uno con entrega, solvencia y seguridad desde unos registros al límite, junto a una “cantilena” donde las “pocas notas” se van modulando sin apenas referencias desde el foso, lo que exige un lirismo común a todas ellas.
Volver a aplaudir el importantísimo papel del Coro Titular de la Ópera de Oviedo “CORO INTERMEZZO” dirigido por el ovetense Pablo Moras, hoy más presente fuera de la escena, con los ecos claros, intensidades bien equilibradas y, por supuesto una escena con la danza de San Juan que junto al final coral de apoteosis con todas las voces, resultó un final digno de esta obra de perfumes asturianos y universales.

Encontrar el equilibrio y la homogeneidad global de todos los que han estrenado con tanta calidad esta ópera de Vázquez del Fresno es un verdadero triunfo, aunque todavía haya público que se pierda lo mejor marchándose al descanso. Los aficionados disfrutaron y aplaudieron merecidamente esta segunda función, de nuevo con buena entrada, volviendo a citar lo escrito por Casona en la voz de Martín: “Vale más sembrar una cosecha nueva que llorar por la que se perdió”. Porque nada es igual, cada representación es única, así que volver a disfrutar «La dama del alba» un martes y trece no fue sino una verdadera suerte.

Ficha:

Teatro Campoamor, Oviedo, martes 13 de septiembre de 2022, 19:30 horas. 75 Temporada de Ópera Oviedo: segunda función “La Dama del Alba” (música de Luis Vázquez del Fresno y libreto inspirado en la obra de teatro homónima escrita por Alejandro Casona). Ópera en tres actos. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

Reparto:

PEREGRINA: Mikel Uskola; ABUELO: Luis López Navarro; TELVA: Marina Pardo; MADRE: Maite Alberola; ADELA: Berna Perles; MARTÍN: Santiago Vidal; ANGÉLICA: María Zapata; QUICO: Juan Noval-Moro; DORINA: Ruth González; ANDRÉS: Rita García*; FALÍN: Carla Gutiérrez*.
COMPOSITOR: Luis Vázquez del Fresno; DIRECCIÓN MUSICAL: Rubén Díez; DIRECCIÓN DE ESCENA: Emilio Sagi; DISEÑO DE ESCENOGRAFÍA: Daniel Bianco; DISEÑO DE VESTUARIO: Susana de Dios; DISEÑO DE ILUMINACIÓN: Albert Faura.
Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Coro Titular de la Ópera de Oviedo “CORO INTERMEZZO” (dirección del coro: Pablo Moras); * Escuela de Música “Divertimento”.

Por la puerta grande

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Jueves 24 de junio, 20 horas. Teatro Campoamor, XXVIII Festival Lírico, Oviedo: El Gato Montés. Ópera popular española en tres actos y cinco cuadros, música y libreto Manuel Penella (Estrenada en el Teatro Principal de Valencia, el 22 de febrero de 1917). Entrada butaca: 46 €.

Concluyendo curso escolar y temporada lírica carbayona, este jueves festividad de San Juan en Mieres, salía por la puerta grande esta ópera nuestra, un «gato» verdaderamente atigrado donde los registros graves triunfaron en esta representación llena de amor, pasión, violencia y muerte, con una dirección de escena a cargo de Raúl Vázquez verdaderamente bella, sin tópicos, conocedor de todos los recursos en sus muchos años de oficio, bien rodeado por una «cuadrilla» de altura, desde la escenografía (Carlos Santos) a la iluminación (Eduardo Bravo) pasando por el vestuario (Massimo Carlotto) y la coreografía (Alberto Ferrero), un círculo perfecto con todos los simbolismos, casi como darle la vuelta de género al bolero de «querer a dos hombres a la vez y no estar loca».

El maestro de espadas Lucas Macías presidió un espectáculo donde con la Oviedo Filarmonía dejó el festejo en lo más alto, la música del maestro Penella engrandecida por la adaptación orquestal del  «apoderado» Israel López Estelche, jugando con una tímbrica ideal para este verismo atemporal capaz de convertir el arpa en guitarra española y los metales en banda sinfónica para ese pasodoble universal con el título de la propia ópera, el peso de los registros graves con unos violonchelos o unas trompas dignos de dar la vuelta al ruedo.

Los miembros de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo que dirige Pablo Moras no fueron meros subalternos sino coprotagonistas de esta velada, dentro y fuera de la arena, figurantes cantantes junto al cuerpo de baile, y donde pudimos disfrutar de la Loliya de María Heres que ya pide paso en estos papeles o Víctor Urdialez entre los peones, una cantera vocal ovetense que de nuevo trajo al ruedo al Coro infantil de la Escuela de Música Divertimento (Rosa Argüello Iglesias, Nerea Fernández Amor, Guillermo Fernández Rubio, Rodrigo Méndez de la Fuente y Carlota de Miguel Busta), unos gitanillos que ya han tomado la alternativa escénica y coral en esta Fiesta tan nuestra.

Y todo un cartel de primeros espadas con Juanillo, el Gato Montés de Àngel Òdena verdadero triunfador de la tarde por poderío vocal y escénico, dominio total y barítono ideal convertido en bandolero héroe más que villano, vencedor en mano a mano con el torero Rafael Ruiz, el Macareno encarnado por un Gillen Munguía (de faena aseada y de aliño) «por el amor de una mujer», Soleá Nicola Beller Carbone convincente, creciendo en cada «tercio», entregada y querida como otra hija de esa inmensa madre, la Frasquita de Marina Pardo siempre atinada, con el destino bien leído y cantado de la Gitana Sandra Ferrández, embrujándonos para redondear ese círculo mágico de mezzos donde no quiero olvidarme de la «cuadrilla» perfectamente asentada y al quite desde «los medios» como el Hormigón de Fernando Campero y con todas las bendiciones del Padre Antón, Francisco Crespo, ensamblados para afrontar cada «mihura» de este Penella inspirado.

Por finalizar estas rápidas líneas o crónica de última hora, pues este viernes es aún lectivo, con el coso del Campoamor aplaudiendo la fiesta, pidiendo la vuelta al ruedo para todos y salida por la puerta grande (escalonada y con distancia de seguridad), ya con ganas de la próxima «feria lírica asturiana» que es este festival ovetense plenamente consolidado y cercano a los treinta años, creciendo como su orquesta y titular desde un foso  con mucha historia musical.

El propio Raúl Vázquez en el programa «digital» nos orientaba sobre su visión de esta partitura auténticamente verista y española, inspiraciones pictóricas y literarias para algo tan nuestro como la historia musicada de Penella totalmente exportable en la producción de un festival lírico que apuesta por renovar nuestro patrimonio y manteniendo en estos tiempos difíciles la actividad en un teatro que ha sabido aguantar como pocos la Pandemia, salvando puestos de trabajo, afición y demostrando, por si aún quedaban dudas, que la cultura es segura… y necesaria.

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