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La batuta amable

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Jueves 28 de mayo, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe, Oviedo: los Conciertos del Auditorio. Budapest Festival Orchestra, Ingela Brimberg (soprano), Hanno Müller-Brachmann (bajo-barítono), Iván Fischer (director). Obras de R. Schumann y R. Wagner. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una de las orquestas actuales que me impresionaron desde aquel concierto de hace nada menos que catorce años en este mismo ciclo, es la Budapest Festival Orchestra con su titular Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), su fundador en 1983 junto a Zoltán Kocsis. Y su directo en Granada de la pasada edición del Festival Internacional de Música corroboró las buenas impresiones que he ido comprobando en los conciertos que suelo disfrutar en el canal MezzoTV. Oviedo sigue estando en el mapa musical junto a las grandes capitales como Madrid, Barcelona y Valencia, esta vez con la tercera de Schumann (inspirada en el Rin, que desborda energía, lirismo y vitalidad) y la poderosa escena final de La Valquiria wagneriana, con la “Despedida de Wotan” y el “Fuego mágico”, un concierto no muy largo pero intenso emocionalmente.

Con una gran plantilla de cuerda desplegada por Fischer para la partitura del compositor de la ciudad sajona de Zwickau (14 primeros violines, 10 segundos, 10 violas, 8 violonchelos y 6 contrabajos, (situados, por cierto, arriba, en el centro, donde habitualmente se coloca la percusión y en la llamada colocación vienesa), fue pese a lo nutrida nada problemática porque el balance estuvo siempre en su punto y los planos de cada sección una delicia para el oido pudiendo equilibrar el “arsenal” de viento. Hay obras que la disposición de violines enfrentados, chelos frente al director, violas a la derecha con las arpas detrás, más el fondo con los contrabajos, parecen abrazar al público y permitir una escucha fiel, por lo que hay que aplaudir estas decisiones cuando son tan acertadas como la de los húngaros.

El maestro húngaro es contenido en los gestos, siempre amable, de batuta larga “como las de antes” (justo lo contrario al “mondadientes” de Gergiev) pero vibrante, por momentos recogida y nunca funcionando como estilete; mano izquierda en el amplio sentido de la palabra, invitando siempre a los fraseos, preocupado por los detalles y dinámicas sacando al primer plano lo que la partitura (que apenas mira salvo la primera página de cada movimiento) esconde, consiguiendo una sonoridad única de su orquesta, y que durante el 74º Festival de Granada confesaba que sin haberlo en su ciudad natal, para la formación siempre es un verdadero festival tocar: lo disfrutan y se nota en la actitud, la entrega, la complicidad, que si la unimos a unos programas que mantienen en sus largas giras (espero volver a escucharla el sábado 4 de julio en el Palacio de Carlos V), el dominio de cada obra es magnífico.

Del concierto celebrado el pasado lunes dentro de la Gira de Ibermúsica, aunque he leído distintas críticas, me quedo con la de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti para Scherzo, de la que iré tomando fragmentos que siempre son doctos y acertados, sabiendo que no se ofende por citarle, y que también hace lo mismo con nuestro común amigo Arturo Reverter, autor de las notas al programa madrileño:

«La sinfonía de Schumann despliega una música de jubilosa exaltación y luminosidad en los movimientos primero y último, un amable carácter en el scherzo que, en realidad, como comenta Arturo Reverter en sus notas, es un elegante y apacible ländler, y evidente solemnidad en los movimientos tercero y cuarto, la del primero de ellos muy lírica y de canto sereno; la segunda más próxima, como también apunta Reverter, al “esplendor de la expresión eclesiástica».

Si en mis palabras ya describo cómo nos hace vivir y sentir la batuta del húngaro, retomo al doctor Ortega: «Fischer es un maestro de contagiosa energía e intensidad, con un gesto muy efusivo, ayudado por una batuta de longitud considerable (“de las de antes”, podría decirse), generalmente claro, aunque ocasionalmente entra en cierta confusión por alguna tendencia al arrebato fogoso. Pero la intención musical, el concepto, es siempre tan interesante, que termina ganándonos por encima de pequeñas objeciones puntuales. Le ayudó mucho la calurosa entrega del concertino Daniel Bard».

Personalmente la “Sinfonía Renana” (segunda de las cuatro que compuso Schumann aunque figura siempre como tercera) con semejante despliegue orquestal sonó grande en las dinámicas, pues la cuerda es capaz de compensar el viento y el balance siempre resulta ganador, alcanzando matices extremos sin perder presencia. En esto coincido con Don Rafael:

«Consiguió Fischer el carácter apropiado a la exultante música de Schumann. Apasionado, efusivo, el primer movimiento, con una respuesta orquestal brillante, empastada y de espléndida sonoridad. Algún matiz piano pudo haber quedado más adelgazado y certero, pero la música llegaba con claridad de planos y envidiable calor expresivo. Se tradujo con afable, tranquilo canto y excelentes inflexiones el ländler, muy lírico, que se dibuja en el atípico scherzo. La orquesta seguía siendo un lujo, con una cuerda homogénea y muy bien empastada, una madera de estupenda sonoridad y unos metales de envidiable redondez. El soberbio final de las trompas en este movimiento fue todo un ejemplo de ello. Estupendo el canto también de clarinetes y fagots en el inicio del Nicht schnell, trazado con estupenda sensibilidad y delicados matices. La atmósfera de solemnidad casi religiosa llegó sin decaer, con fantásticos trombones, a los que luego se sumaron trompetas y trompas para una fanfarria en el tramo final del movimiento de formidable impacto, aunque la nutrida cuerda pudo haber puesto algunas gotas más de misterio en la conclusión».

Y parafraseando un anuncio de mis años jóvenes, “un poco de Wagner es mucho”. Oviedo tiene centenaria tradición lírica, y se notó por la presencia de más aficionados que los habituales sinfónicos. Madrid y Oviedo han sido verdianos mientras Barcelona y Gijón wagnerianos. Los omnívoros, como quien suscribe, disfrutamos con ambos aunque la lengua italiana la sintamos más cercana que el duro idioma de Goethe. Pero si nos proyectan sobretítulos con la traducción, aunque parezcamos tontos mirando todos para arriba, cuando no hay escena el ridículo es menor (recordando un comentario que hizo a propósito de esta instalada costumbre Muti en un encuentro con motivo de un “Falstaff” para recordar en agosto de 2015).

Para las notas al programa ovetense nadie mejor que el compositor y profesor calasparreño Pedro Gómez, pues tiene un programa en Radio Clásica titulado precisamente “Desmontando a Wagner”. La lectura la dejo pinchando en el enlace o hipervínculo (los modernos siguen utilizando el anglicismo “link”). Y del tándem Ortega-Reverter vuelvo a desgranar lo ya apuntado del lunes 25 en Madrid:

«La Valquiria es, de las cuatro óperas del Anillo wagneriano, la que probablemente presenta una más continuada intensidad dramática, una vibración que no concede respiro alguno ni a intérpretes ni a oyentes (… ) la escena final del acto III con Wotan y Brunhilde es uno de los momentos más hermosos de la historia de la ópera. Y fue precisamente esa escena final (la tercera) del acto III la que Fischer y la orquesta húngara brindaron (…)  con Ingela Brimberg como Brunhilde y Hanno Müller-Brachmann como Wotan. Procede suscribir completamente lo anotado por Arturo Reverter respecto a este final: tras “un larguísimo dúo entre Wotan y Brünnhilde, en el que se hace memoria de todo —como en la entera Tetralogía—, el dios ha de castigar a su hija predilecta por haberlo desobedecido. Invoca a Loge para que rodee de fuego la roca donde va a depositar a la joven ya dormida y se despide amargamente de ella en uno de los monólogos más extraordinarios de la historia de la ópera”. En efecto, si la escena entera es de una intensidad ante las que no cabe ni el parpadeo, los quince minutos finales son de un nivel de emoción difícil de resistir. Por encima del manejo magistral y recurrente de los leitmotivs está el desfile de sentimientos. El tenso diálogo entre padre e hija que se inicia en la escena, con Brunhilde enfrentando a su padre a sus propias contradicciones, éste dedicándole palabras crueles (“El dios nunca más debe verte”), ella suplicándole que quien la tome sea digno (“aquél que me consiga debe merecerlo”) y finalmente rogando al menos que ponga algún obstáculo, que resulta ser el fuego de Loge alrededor de la roca en que ella dormirá el sueño decretado por su padre. Hay de todo en estos minutos: amor, rigor, explicación, súplica, una disciplina inclemente que obedece a un destino que se supone inmutable. Wotan está, cómo no, atormentado, pero no puede eludir el amor y la ternura por su hija. Todo ello asoma finalmente en su largo monólogo, con Brunhilda ya sumida en el sueño, en el que todo el amor callado sale a relucir desde las primeras palabras (¡Adiós, valiente y maravillosa hija!) hasta el desgarro que encierran las del tramo final (¡Así se aparta de ti el dios, con un beso a tu divinidad!) para culminar con la amenaza a pusilánimes y cobardes (¡Aquel al que la punta de mi lanza aterrorice nunca logrará atravesar el fuego!), emitida, como señala Reverter, a plena voz. La supeposición del motivo del fuego mágico, con el de Loge y el de Siegfried consigue en este tramo final una intensidad emotiva difícil de describir… y de igualar. Unos momentos inolvidables».

Si en la Rheinische el ejército sinfónico era digno del Imperio Austrohúngaro, este final de Die Walküre resultaba lo más adecuado “para invadir Polonia” con permiso del genial Woody Allen (con estatua a tamaño real en la capital asturiana). A partir de ¡8 contrabajos! se puede  calcular el resto de la cuerda, y del viento ya se sabe cómo se las gastaba Don Ricardo. Incluso la percusión, además de unos timbales siempre ajustados, también se trajo triángulo, platillos y yunque, aunque sólo fuese para un par de compases, pero así está escrito. Los metales son pura artillería pero aterciopelada (¡qué placer escuchar las trompas perfectas! que Max Valdés llamaba los bronces), sus juegos tímbricos con trompetas, trombones y tubas, pues la orquestación wagneriana es un tanque que pasa a camuflarse por la inmensidad de los contrastes dinámicos. Y en el final de “La Valquiria” no están en Bayreuth sino apuntando a las espaldas del dúo para esta gira, solvente y con un Fischer igual de amable sin renunciar al generalato de este batallón sinfónico. De acuerdo con lo escuchado por el doctor en Madrid y las referencias a Don Arturo:

«La interpretación (…) fue gobernada con gran instinto dramático por Iván Fischer, que construyó con fluidez un discurso intenso, contrastado y fluido, con un clímax de gran carga dramática y un tramo final realmente emocionante. Tuvo a su disposición el lujo de la orquesta húngara, que lució con esplendor sus muchas virtudes. Estupenda y bien ajustada cuerda, preciosa sonoridad de la madera (maravilloso el clarinete bajo en el tramo inicial) y unos metales de una seguridad, redondez y poderío extraordinarios. Y, como es característico en él, sacó el mejor partido de tan distinguidos mimbres. Extraordinario. Hay que coincidir nuevamente con Reverter cuando señala, con su experto conocimiento de la cosa vocal, las exigentes características que han de poseer los cantantes encargados de los dos papeles para conseguir una interpretación de garantías. Para Brunhilde, en efecto, se reclama “una soprano dramática auténtica; puede que una de las más amplias de la literatura junto a la posterior Elektra de Strauss” (…) La veterana sueca Ingela Brimberg (Estocolmo, 1964) tiene la tesitura (más que muy exigente, como destaca Reverter). La voz tiene buena presencia, y aunque el vibrato empieza a rozar cierto exceso de amplitud, conoce al dedillo el papel (…) cantó de memoria su parte, al contrario que Müller-Brachmann) y lo tiene bien dominado en lo dramático. No fue la suya una Brunhilda inolvidable, pero sí muy notable en el carácter y la intención dramática. Nuevamente hay que hacerse eco de la atinada afirmación de Reverter en el caso del dios. Wotan es un “reto auténtico para un cantante poderoso, un bajo-barítono o barítono heroico, un Heldenbariton, capaz de tronar y de plegarse al lirismo más absoluto en este incomparable cierre”  (…) Müller-Brachmann tiene una voz noble, que se mueve con más soltura en centro y grave que en el agudo, donde evidenció alguna tirantez (…) y eso, en momentos como esa amenaza final a plena voz (frente a toda la potente orquesta wagneriana, cierto es), se nota. Más entonado en los momentos de más fina expresión que en aquellos donde se pide una imponente presencia que no alcanza. Cumplidor, sin duda, aunque tampoco un Wotan que deja huella. Con todo, la música es tan sobrecogedora y emocionante que, cuando se sirve con un plausible nivel de prestación vocal (como así fue) y con excelencia orquestal (como también ocurrió), el éxito está asegurado».

Ingela Brimberg fue una verdadera Valquiria, poderosa, dominadora del rol de Brünnhilda que lleva años cantándolo y la expresión de lo que se espera de una soprano wagneriana que los años no han hecho perder su volumen ni dramatismo. Y del bajo-barítono Müller-Brachmann, más segundo que primero, me quedo con su color, redondo, de buena proyección, deleitándonos en las pocas intervenciones “a capella” o con el “tanque” apuntando a la retaguardia antes de volver a cargar la munición en un Wotan más humano que dios, más preocupado de la partitura que de avivar el fuego.

Un éxito con el público en pie lanzando bravos al dúo y sobre todo a este «Festival Fischer» de quien hubiésemos deseado una cabalgata de propina, pero tras la dura batalla desde el Rhin hasta el castillo del Walhalla estas huestes germano-magiares bien se merecían “el descanso del guerrero”.

En Granada también lo contaremos, si nada lo impide…

PROGRAMA

Robert Schumann (1810-1856)

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 («Renana»):

I. Lebhaft

II. Scherzo: Sehr mäßig

III. Nicht schnell
IV. Feierlich

V. Lebhaft

Richard Wagner (1813-1883)

Escena final de Die Walküre (La Valquiria), www 86b (Acto III, escena 3- «Despedida de Wotan»

y «Fuego mágico»).

Un Mahler increíble

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 9). Conciertos sinfónicos.

Viernes 27 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Budapest Festival Orchestra, Gerhild Romberger (mezzo), Iván Fischer (director). Música de Mahler. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Esta novena noche de mi festival ya aventuraba un concierto en palacio para recordar, tanto por el debut en Granada de la Orquesta del Festival de Budapest con su fundador en 1983 Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), recordándola hace ya 13 años en su paso por Oviedo, esta vez con un monográfico de Mahler, y viniendo a mi memoria una vez más a «El Pérez» (a quien conocí precisamente aquí hace 14 años en mi primera escapada). José Luis Pérez de Arteaga (Madrid, 1950-2017) siempre estará asociado a la figura de Gustav Mahler por su enorme legado, pasión y trabajo sobre el maestro bohemio, que de seguir vivo desconozco cuántas reediciones más llevaría porque sigue siendo el compositor más programado en un tiempo que tardó en llegar pero ya se ha quedado para siempre.

La web del festival presentaba así este concierto:

Muerte, destino y redención
Importante debut en Granada de una de las orquestas asociadas a un director más relevantes de las últimas décadas en toda Europa: la Orquesta del Festival de Budapest e Iván Fischer. Con el concurso de la mezzo alemana Gerhild Romberger se sumergen en hondas aguas mahlerianas. Los Kindertotenlieder y la 5ª Sinfonía reflejan la dualidad vida-muerte. En los lieder, Mahler musicaliza la pérdida infantil (que sintió realmente Friedrich Rückert, el autor de los inquietantes poemas) con una orquestación íntima y conmovedora, mezcla expresiva de dolor y resignación. La Quinta, en cambio, es un viaje épico desde la tragedia hasta la redención. Su célebre Adagietto, expresión pura de amor, contrasta con la potencia y el dramatismo de los movimientos extremos. Ambos son testimonios profundos del alma humana y su lucha ante el destino.

Y todo resultó como podíamos esperar con un Palacio completo, caras conocidas, famosos de todo tipo pero sobre todo un Mahler increíble. Iván Fischer es uno de los grandes directores y con su orquesta lo demostró. Los húngaros tienen un sonido único con la disposición «vienesa» que al colocar los violines enfrentados y los contrabajos atrás en el centro logran abrazar a toda la orquesta. La formación al completo suena compacta, sedosa, matizada, donde poder escuchar todo lo escrito con nitidez y cada sección está completa con unos solistas de calidad suprema.

Comenzar con los Kindertotenlieder ya supuso la prueba de fuego porque estos lieder orquestales requieren sutileza, realzar todo el dramatismo que la mezzo alemana Gerhild Romberger puso en cada uno de los cinco poemas de Rückert en su lengua vernácula, y un Fischer no solo concertando sino mimando y completando este Mahler doliente. Aunque el registro grave de la alemana pasase por problemas de volumen, el maestro húngaro pulió hasta el más mínimo detalle los matices para ir creciendo en intensidad emocional para una excelente interpretación de una primera parte grande que prepararía la inmensidad de la segunda.

Engañosa aceptación

He aquí un programa en el que se establecen las principales coordenadas del arte mahleriano, tantas veces sumido en la emoción de los sentimientos más hondos expresados en sones de una honda repercusión humana. Fue Federico Sopeña, siempre fervoroso mahleriano, quien dijo, muy literariamente, aquello de que el músico bohemio había metido sus manos en la fuente de las aguas cristalinas del lied schubertiano o schumaniano, o incluso brahmsiano, y las había traído manchadas de sangre. Hay, es cierto, en estas canciones un mundo de sufrimientos, de crueles ironías, de tragedia; pese a que ésta venga traspasada por un sentimiento de pretendida serenidad, de aceptación incluso.

El ciclo Kindertotenlieder se estrenó en Viena el 29 de enero de 1905 por el barítono Friedrich Weidermann y miembros de la Filarmónica en el curso de un concierto organizado por Schoenberg y Zemlinsky. La primera canción, Nun will die Sonn’ so hell aufgehn, emplea un tema ondulante y largo, contrastado en el sexto verso por una dramática derivación. El glockenspiel emerge en la última estrofa con el contrapunto de fagot y corno inglés, resaltando, en palabras de La Grange, «el tono de dolor lancinante pero contenido». El mismo curso de lentitud dolorosa sigue Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen, que trabaja sobre un motivo de cinco notas enunciado por los violonchelos, que Goldet conecta con el de la mirada de Tristán y que es desarrollado por la voz pronto, en la palabra schicke (segunda estrofa), encaramada a un luminoso fa agudo.

Un austero contrapunto a dos voces del corno inglés y el fagot, con pizzicati de los chelos, se instala al comienzo de esa especie de plegaria que es Wenn dein Mütterlein. En realidad, si bien se mira, excepto el último, estos lieder funcionan como singulares y poéticas marchas fúnebres. Goldet alaba la magnífica técnica de fusión tímbrica puesta en práctica por Mahler en el siguiente lied, Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen, en el que prevalece un intervalo de sexta. La tónica, sin embargo, la establece el maravilloso y cantabile motivo inicial expuesto cálidamente por la cuerda. En contraposición, el último lied, In diesem Wetter, posee una movilidad muy acusada. Se abre con un Allegro nervioso envuelto en una furiosa orquestación en la que todo rechina. Se levantan auténticas chispas en este retrato de una tempestad desaforada.

Con la angustia y dolor mahleriano, llegaría una segunda parte soberbia por todos y cada uno de los cinco movimientos. Hace años que repito «no hay quinta mala», y con una orquesta como la del Festival de Budapest y el maestro Fischer, lo escuchado esta novena noche de festival se quedará en mi memoria, y son muchas las veces que he podido disfrutar en vivo «La Quinta de Mahler», creo que la más programada, pero con la intensidad, claridad, entrega y sonido no tengo otra. Vuelvo a dejar las notas de Don Arturo sobre esta inmensa quinta húngara en Granada:

Pocas obras tan adecuadas para culminar este concierto mahleriano como la Quinta sinfonía en la que el compositor, subrayaba Pérez de Arteaga, se sintió más heredero de Beethoven que nunca. El do sostenido menor del inicio va variando y viajando a otras tonalidades a medida que la obra avanza. El primer movimiento tiene una relativa forma de sonata. El segundo contrasta dos secciones contrapuestas, una tempestuosa y otra serena. En el Scherzo se abre un tempo de vals con la trompa como instrumento obligado. Sopeña hablaba de «melodía abrazadera» al referirse al célebre Adagietto. «Uno de los más conspicuos cantos de amor ideados por el músico». Y eso que puede rozar, dependiendo de la interpretación, lo cursi. El Finale se ha definido en ocasiones como «singular diablura contrapuntística». Silbermann resumía así, muy brevemente, la obra: «De la tristeza que acompaña a la desesperanza de un cortejo fúnebre (primer movimiento) somos llevados con la mayor vehemencia (segundo) a una lucha exigente y (tercero) a una energía dominante. Un instante de tranquila meditación interrumpe (cuarto) las impetuosas

No solo suscribo todo lo anterior que Reverter nos dejó por escrito, es que la cuerda húngara sonó precisa, aterciopelada y enérgica, siempre presente con unos pizzicatti rotundos, los balances logradísimos no solo por la colocación ya citada sino por asimilar cada cuerda lo que Fischer iba indicando con una verdadera definición de «tener mano izquierda». La acústica palaciega que con otras orquestas no parece ayudar, con los de Budapest no hubo problema porque se pudieron apreciar unas dinámicas extremas y la pulcritud de todos y cada uno de los músicos, gracias a un Maestro con mayúsculas, siempre contenido en el gesto, de batuta más florete que sable pero exigiendo para obtener la respuesta exacta. El famoso Adagietto sería uno de los momentos mágicos que cortaron la respiración, detuvieron toses, abanicos y comentarios, una sensación de respeto y silencio sepulcral por saber que estábamos viviendo algo único.

Pero si todas las maderas lucieron, especialmente clarinetes y oboes cincelando cada pasaje del color reflejado en la partitura por Mahler, los metales fueron perfectos de principio a fin, desde una tuba virtuosa y presente, los trombones broncíneos junto a las trompetas (con y sin sordina) espectaculares por empaste y tímbrica, para redondear las trompas que son la envidia de toda orquesta pues no hubo ni una nota «pinchada» o descolocada. Y colocar la solista al lado del director en el Scherzo nos permitió paladear toda la gama expresiva de un instrumento que no permite errar, con una gama dinámica total y colorida de matrícula de honor en un vals muy bien navegado por el Danubio que une Budapest y Viena con personalidad propia.

Podría estar toda la madrugada exponiendo emociones y sensaciones de esta Quinta a cargo de los húngaros, que sin mucha publicidad pero con el magisterio de su fundador han logrado armar una orquesta no solo perfecta sino convincente, con un Finale esperanzador tras tanto dolor hecho música.

PROGRAMA

Gustav Mahler (1860-1911)

I

Kindertotenlieder (Canciones sobre la muerte de los niños, para mezzo y orquesta. 1901-04). Textos: Friedrich Rückert (*):

Nun will die Sonn’ so hell aufgehn (1901)

Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen (1904)

Wenn dein Mütterlein tritt zur Tür herein (1901)

Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen! (1901)

In diesem Wetter, in diesem Braus (1904)

II

Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-02, rev. 1904-11):

I. Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt

II. Stürmisch bewegt, mit größter Vehemenz

III. Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell

IV. Adagietto. Sehr langsam

V. Rondo – Finale. Allegro – Allegro giocoso. Frisch

* Traducción de los poemas proyectada en los sobretítulos: Luis Gago.

Imperial romanticismo

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Domingo 13 de mayo, 20:00 horas. Ciclo Conciertos del Auditorio, Pinchas Zukerman (violín), Orquesta del Festival de Budapest, Iván Fischer (director). Obras de Beethoven y Brahms.

Programa de los que gustan siempre, orquesta de calidad asegurada, dirección impecable y solista de lujo dan por resultado el éxito. Viena volvía a reunir obras y autores germanos que en ella alcanzaron su explendor y conviertieron de nuevo a Oviedo en capital de una Austria trastocada en Asturia, al menos en lo musical.

Beethoven siempre emociona, y la Obertura «Coriolano» en Do m., Op. 62 resultó la perfecta presentación. Con una orquesta perfecta de sonoridades, colocación original variando la llamada vienesa pero permutando parte de los cellos por los fagotes (después también clarinetes) y conseguir un empaste único, potentes graves al fondo, violines flanqueando escenario y una dirección que hace con «su» orquesta lo que quiere. Las dinámicas resultaron increíbles, claridades expositivas con esos silencios tan expresivos, claroscuros subrayados por unos vientos afinados al detalle y la limpieza de fraseo en todos ellos.

Pinchas Zukerman nos regaló el Concierto para violín y orquesta en RE M., Op. 61 de los históricos. No voy a descubrir a este genio que jugó con la plenitud de esta obra culmen del repertorio. Se le pueden perdonar todos los tics porque la música fluye en cada nota, en cada arco, en cada cadenza irrepetible, en cada pasaje virtuosístico donde percibimos todos y cada uno de sus sonidos de terciopelo ¡hasta en los glissandos!, unas dobles cuerdas que parecían multiplicarse. La complicidad con los músicos participando en sus silencios para mantener su instrumento perfectamente templado, guiños con la batuta que le entendió todas sus múltiples aportaciones. Una lección de Zukerman perfectamente acompañada por una orquesta colocada y adaptada a la dirección de Fischer. Imposible destacar algo dentro del conjunto, el Allegro ma non troppo realmente deslumbrante en su totalidad con una cadencia increíble, un Larghetto donde cada variación y modulaciones brillaban a cada cual más, y la transición al Rondo: Allegro plenamente romántica y bella en cada paso, vertiginoso musicalmente con virtuosismo al servicio de la obra, «perpetuo baile goethiano» que escribe Begoña Velasco Arnaldo en las notas al programa. No podía darse más a pesar de la insistencia del público, tan sólo en una esquina nos pidió cantar con él mientras tocaba el Wiegenlied Op. 49 nº 4 (la canción de cuna) de Brahms con la que hizo mutis por el foro… abierto para la segunda parte. Humor y genialidad.

Recolocada la orquesta plenamente a la vienesa y con todos sus efectivos (pueden calcular con 8 contrabajos) la Sinfonía nº 2 en RE M., Op. 73 de Brahms devolvió ese imperio austrohúngaro donde los alemanes triunfaban con su música, obra alpina en su composición y romántica en toda su extensión de luces y sombras a lo largo de los cuatro movimientos que solistas y orquesta en pleno fueron plasmando en un lienzo sonoro perfectamente dibujado por Fischer de memoria, elegancia en el gesto y efectividad total. Majestuosidad imperial cercana a «mi segunda brahmsiana de Salzburgo» cuyo final del Allegro con spirito me emocionó entonces como nunca, aunque esta vez estuvo muy cerca.

Y a pesar de las dos horas de música, aún hubo tiempo para un regalo también puramente vienés, la Trisch Trasch Polka, Op. 214 de Johann Strauss II sin niños cantores ni triángulo pero con una maquinaria orquestal que volvió a impresionar y la dirección genuina del maestro Fischer. Acabo citando de nuevo a la profesora Velasco porque me viene como anillo (tecla) al dedo: «un cierre resplandeciente y sublime».

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