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Encuentros nocturnos

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Jueves 9 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Jazz. Palacio de los Córdova: Leonor Watling & Leo Sidran, con The Groovy French Band. El arte de encontrarse. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

En mi juventud idolatraba a Michelle Pfeiffer como actriz y terminaría arrebatándome en “Los fabulosos Baker Boys” cantando tan maravillosamente como actuaba. Y en aquellas escapadas de fin de semana en tren hasta la capital, descubrí a Ben Sidran en el siempre añorado Café Central, haciéndome con muchos de sus discos, que no eran fáciles de encontrar. Más tarde con Jorge Drexler lo reencontré tocando el piano en el disco y DVD en vivo “eco2”, compartiendo con su hijo Leo el excelente plantel de músicos de los que siempre se ha rodeado el uruguayo.

Pasado el tiempo me sucedió algo parecido con Leonor Watling cuando fundó  su grupo Marlango, seducción y sofisticación en esta madrileña de inglés biingüe por parte de madre (de quien tomó su apellido artístico). En esta nueva noche granadina se alineaban los astros como reuniendo tantos buenos momentos con todas estas figuras, Leo & Leo en un espectáculo titulado El arte de la conversación como el primer tema de su disco homónimo (Leo & Leo, Bonsai Music, 2025), junto a Leo Sidran y su grupo The Groovy French Band, en un directo que da pureza a la grabación por destilar al cuarteto el sonido siempre irrepetible del estudio, disco recomendable para escuchar casi en bucle. Hasta las notas al programa (que dejo al final de esta entrada) volvían a recordarme mi trayecto vital de una juventud que pasa de la física a la mental.

La web presentaba esta velada como Encontrarse en torno al jazz:

Leonor Watling y Leo Sidran se encuentran en un proyecto compartido que celebra la afinidad artística, el diálogo entre lenguajes y el gusto por la canción bien construida. Watling, figura destacada del cine y el teatro español, ha desarrollado también una sólida trayectoria musical, especialmente al frente de Marlango, grupo con el que exploró durante años un pop elegante y cosmopolita. Leo Sidran, compositor, cantante y músico estadounidense criado en el entorno del jazz, mantiene desde joven una estrecha relación con España y con la lengua española, presente de forma natural en su obra. En 2025 ambos publicaron el disco Leo & Leo (Bonsai Music, 2025), punto de partida de El arte de encontrarse, un concierto que reúne canciones propias y miradas cruzadas, acompañados por The Groovy French Band, y que pone en primer plano la complicidad, la escucha y el placer de compartir escenario.

Repertorio cómplice entrelazando canciones propias y miradas cruzadas en las que la voz de Watling se funde con la instrumentación y el poso jazzístico de una banda de primer nivel, escucha mutua, elegancia y el placer de compartir la música en directo en un entorno patrimonial inigualable, como así leía en la prensa local.

Leo&Leo ya sonaba en el ambigú por su megafonía, y el buen ambiente se trasladaba poniéndose el sol al irrepetible directo con el trío de jazz por excelencia: Paul Sany al piano (que después también usaría un Nord©), Max Darmon al bajo eléctrico y Romain Bouiges en la batería, con una sonorización al fin impecable, equilibrada, sin molestar para incorporarse Leo Sidran con su guitarra y una voz peculiar cantando sus temas, evocación del mejor Lou Reed, que tras los dos temas haría la presentación de Leo, Watling cantando The Art of conversation, primeros diálogos entre este quinteto disfrutando ya de la noche incipiente. Enlazarían con otro de los temas de su disco (que se vendía a la entrada en formato CD y LP), Nobody Kisses Anymore, hablando de echar de menos los besos, con Sany dándole el toque eléctrico emulando los Hammond y volviendo para que los dos Leo nos cantaran su tema escrito a cuatro manos It`s never too late, charla cantada porque una es tarde contándonos sus edades, felices 50, y la anécdota de que Watling se sacaría el carnet de conducir un año antes, el ambiente desenfadado, la queja por la luz que impedía a Leonor leer o el ruido de fondo de una boda que también daría para algún chascarrillo.

Con el piano de Paul al que se sumaría el resto, un tema lento, relajación de “pequeños amigos”, el inglés compartido, So good fine.

Encuentros, diálogos y dejando irse a Leonor el cuarteto interpretaría el tema de Leo alternando el «espanglish» de Speak to me spanish, este artista criado en Wisconsin que se vino a España con 15 años, y por tanto hacía 30 en Sevilla, de donde rescató un tema juvenil con letra de un “guiri” que intentaba ligar cantando con su guitarra, “no nai no nai, guiris, tapas, chiquillos…”, cercano viaje de Chicago a Triana con el cuarteto siempre delicado, elegante, ordenado, y el piano impecable de un Sany rico en matices además de buen gusto y feeling.

Sidran se iría al piano para contarnos su visita a Granada en 1999 con su padre Ben a la Huerta de San Vicente en el centenario de Federico invitados por Laura García Lorca, presente entre el público y dedicándole Meaning in a the moment con el acompañamiento de las voces a capella, chasqueando con swing y Paul sumando su mano derecha para un solo coral, encontrándole literalmente «sentido» a un momento que dejó la huella perenne de Granada.

Volviendo a sus posiciones, con el Nord© de colchón, el bajo sustentando polifonías, la batería elegante y por supuesto la guitarra iniciando What’s Trending con Watling, versión de directo que sin los metales de estudio depuraba esta tendencia de amistad, de Leo y Leo, complicidad, mucha música de una pareja que el destino unió para crear un proyecto de largo recorrido.

Sidran presentaría a su banda francesa, contándonos y cantándonos la expresión en francés (Entre chien et loup), Leonor traduciendo al inglés (Between Dog and Wolf), metáfora entre perro y lobo para describir el paso del día a la noche, todos ya más lobos, incluso aullando para sumarse al jolgorio de la boda cercana, dúo humano que no canino, caminando a la sombra de la luna lorquiana (Walking on sunshine).

Leo Watling y su encuentro con Leo Sidran, sus versiones de Suzanne Vega o la de la recordada Lasha de Sela, una cantante única, medio canadiense, chilena, mexicana, criada no se sabe dónde, el recuerdo de Marlango dejando el inglés para cantar en español Con toda palabra, con toda sonrisa, con toda mirada, con toda caricia… con toda la delicadeza. Como alguna vez comentaron Leo&Leo se decidieron a disfrutar cada momento, y en esta noche granadina nos contagiaron este sentimiento con toda naturalidad.

Risas, diálogos y Wake UpSoSo, sin etiquetas, despertando “buen rollo” con el trío haciendo también voces, el sonido Hammond, punteo de guitarra y mucha marcha enfocando el fin de fiesta. Leonor Watling presentaría Light, una de sus canciones favoritas de Leo “aunque me gustan todas pues escribe muy bien”, con respuesta de Leo Sidran “cantas muy bien”. Luces que ya no molestaban ambientando un escenario que invitaba a escucharlos bebida en mano, ausente pese al patrocinio.

Dúo Leo&Leo con el ruido de fondo boda antes de despedirse todos, porque nunca es demasiado tarde, Tonight someone Is me, una noche con álguien que (no) soy yo, 90 minutos de club palaciego disfrutando de buena música, con unos músicos excelentes, sonido impecable y la seducción a dúo que sigue sonando mientras lo cuento.

Dejo las notas al programa El arte de la conversación:

La actriz y cantante Leonor Watling (Marlango) inicia una nueva aventura musical asociada al músico y compositor Leo Sidran. Leo&Leo es un enlace que se ha ido fraguando a fuego lento desde la admiración recíproca de ambos artistas. Watling descubrió a Leo como admiradora de su padre, el poeta y músico Ben Sidran, y Leo, que ya conocía a la actriz por sus trabajos en la gran pantalla, descubrió su faceta musical a través de Marlango y de la amistad que le une con su marido, el cantautor uruguayo Jorge Drexler. La brillante carrera cinematográfica de Watling a la orden de directores de prestigio internacional como Pedro Almodóvar, Isabel Coixet o Álex de la Iglesia, entre muchos otros, no ha sido obstáculo para que la actriz de rienda suelta a sus inquietudes musicales. Así queda demostrado con los siete discos que firma con el grupo Marlango en calidad de compositora y cantante, y en esta nueva aventura junto a uno de los músicos que más admira y respeta.

Leo Sidran, por su parte, es un músico experimentado que ha combinado sus facetas como baterista, guitarrista y cantante con las de compositor y letrista. Tanto su versatilidad como su dedicación lo han convertido en un artista prolífico que se ha prodigado al servicio de nombres consagrados como Ben Sidran y Steve Miller Band. En paralelo ha editado más de media docena trabajos a su nombre y fue partícipe en calidad de coproductor de la canción «Al Otro Lado del Río», incluida en la película Diarios de Motocicleta y ganadora del Óscar a mejor canción.

Juntos han establecido un binomio de complicidades y universos afines a través de las canciones de Leo interpretadas por Leonor y con el sustrato y sofisticación musical de The Groovy French Band. Una sesión donde está garantizada la elegancia y el buen gusto bajo un sonido de terciopelo. Una propuesta que ha tenido como fruto el disco de estudio Leo & Leo (Bonsai Music, 2025), donde el lema «El Arte de la Conversación» recoge el espíritu de este encuentro ya reflejado en el tema que compuso el propio Leo Sidran en 2021 con el título «The Art Of Conversation». La Academia de la Música ha galardonado recientemente este trabajo conjunto con el premio al mejor Álbum de jazz”.

LEO & LEO

Leonor Watling & Leo Sidran con The Groovy French Band

Leonor Watling, voz

Leo Sidran, guitarra

Max Darmon, bajo

Paul Sany, teclados

Romain Bouiges, batería

El embrujo de la luna

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Miércoles 8 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Flamenco. Palacio de los Córdova: Esperanza Garrido (cante),  Paco Jarana (guitarra flamenca), Óscar Lago (guitarra flamenca), Pablo Suárez (piano), Daniel Suárez (percusión), Manuel José Muñoz “el Pájaro” (percusión), Eva Yerbabuena (dirección artística). De luna a luna, obras de Simón Díaz, Pepe Marchena, Atahualpa Yupanki, Chico Walker y populares. Fotos © Festival de Granada – Lucía Rivas, y propias.

Hay pueblos donde sus vecinos salen músicos porque lo maman en sus calles. En el borde de La Vega granadina se encuentra Ogíjares, una población rondando los 14000 habitantes y “Villa de la Música” (desde 2008) debido a la larga tradición en el desarrollo de actividades musicales. Ahí nace en 2004 la cantaora Esperanza Garrido, con raíces sevillanas y flamenca de cuna, ganadora de “La Voz Kids” en 2017, consolidándose como figura tras alzarse con el prestigioso premio “La Saeta de Oro” el pasado año, explorando repertorios que rompan etiquetas. De voz melódica, lírica y bien timbrada, esta joven promesa del cante lleva en sus genes toda la morería de Graná, siendo sobrina de Eva la Yerbabuena, que la dirigía en este estreno de un festival con raíces flamencas desde el Concurso de Cante Jondo en 1922.

La noche flamenca en el Palacio de los Córdova se presentaba como Lunas de Granada:

De luna a luna es un espectáculo de cante flamenco y música que se despliega como un viaje nocturno a través del tiempo sentido, no medido. Bajo la luz cambiante de la Luna en sus distintas fases, el cante se convierte en reflejo de los estados del alma: la espera, la herida, el recogimiento, el impulso vital y la celebración. El flamenco aparece como rito ancestral y como pulso vivo. Se quiebra y se recompone, se recoge en el silencio y estalla cuando la emoción exige. Cada nota nace de una necesidad interior, y se ofrece al público como un acto de entrega, verdad y gratitud. 
La voz camina sin imponerse, libre pero guiada por la escucha y el tiempo. Hay sombra y hay claridad, intimidad y fiesta, porque el flamenco en todas sus músicas, como la vida misma no pertenece a un solo estado. De luna a luna busca sensaciones desde un lugar honesto y profundo. Compartir con el público una experiencia emocional y poética donde cada nota deje huella y cada cierre abra un nuevo comienzo.  Este espectáculo nace de una necesidad personal y artística: no surge como una sucesión de estilos, sino como un viaje sonoro y emocional en el que conviven el flamenco y otras músicas que dialogan desde la raíz y la experiencia. 

De negro y “a puerta gayola” comenzaba Esperanza Garrido con un homenaje a la Venezuela de Simón Díaz y su Toná de la luna llena, una luna nueva con la letra “Yo vi de una garza mora / Dándole combate a un río / Así es cómo se enamora / Tu corazón con el mío”, cual nerviosa enamorada, tímida, la voz quebrada de emoción y responsabilidad por este debut en su tierra y en un festival internacional, con una versión propia sin aderezos pero con el quejío flamenco, para virar a la milonga de Pepe Marchena Calló una perla en un lirio, acompañada al piano por Pablo Suárez. Intimismo, cercanía, con la reverberación que no faltó a lo largo de la noche, puede que algo excesiva aunque ayudase a redondear un poderío vocal de menos a más.

Y un momento de Luna tucumana, el romance de Atahualpa Yupanki (yo sigo escribiendo Yupanqui), «Yo no le canto a la luna / porque alumbra y nada mas /le canto porque ella sabe /de mi largo caminar» para disfrutar de las guitarras de Paco Jarana y Óscar Lago y la percusión de Daniel Suárez y Manuel José Muñoz “el Pájaro” , la Argentina emigrante con la música de ida y vuelta, los gauchos flamencos traídos hasta Granada. Amplificación algo excesiva (que posteriormente casi taparía a la voz) y donde Jarana llevaría el peso, para volver a escuchar la Vidalita de “Garrido por Marchena” y retornar a Yupanqui donde no nos “contó una milonga” sino que la cantó y sintió, templando nervios, arropada por unos músicos de largo recorrido, llevándola por este viaje atlántico que solo la música puede transitar sin mareos, reposada, sentida, dándole el pellizco que iba entonando el paso de la luna nueva a la llena.

Blanco tímido para el Brasil “construido” con esdrújulas por Chico Buarque donde la bossa nova sonó granadina, poderosa en la instrumentación, la percusión propia y la voz única, tímida, mágica, pródiga, sólida, máxima, la máquina principesca para la Esperanza heredera al. trono flamenco.

Luces mínimas pero suficientes y la sonorización siempre mejorable aunque con el poderío que iba asentándose para los palos flamencos. Paco Jarana maestro para ir desgranando unas seguiriyas, una bulería por soleá, casi saeta, los tientos tangos creciendo y Espeeranza empujada por un toque perfecto para su cante. Una granaína que no podía faltar, el maestro Morente también en el sentimiento antes de “salir por peteneras” con el descaro juvenil de una aguerrida Garrido para acabar en lo alto, presentando a los músicos, llanto de emoción por una oportunidad única, gratitud sincera, el cariño de una familia arropándola en todo momento y ganándose el respeto de un público desde el primer quejío hasta ese fin de fiesta con el que Esperanza Garrido nos deleitó e iluminó con luz de luna en el Palacio de los Córdova.

ARTISTAS:

Esperanza Garrido, cante

Paco Jarana y Óscar Lago, guitarras

Pablo Suárez, piano

Daniel Suárez y Manuel Muñoz “el Pájaro”, percusión

Dirección escénica: Eva Yerbabuena

Dirección musical: Paco Jarana, Daniel Suárez, Óscar Lago, Pablo Suárez, Manuel “el Pájaro”, Eva Yerbabuena

Dirección técnica: Valentín Donaire, Félix Vázquez

Sonido: Félix Vázquez

Diseño de iluminación: Valentín Donaire

Diseño y creación de vestuario: Alejandro Postigo

Fotografía: Dario Aranyo

Distribución y producción: Manuela Franco

PROGRAMA:

De luna a luna

Toná de la luna llena (Simón Díaz)

Milonga – Calló una perla en un lirio (Pepe Marchena)

Romance de la luna tucumana (Atahualpa Yupanqui)

Vidalita (Pepe Marchena)

Milonga del solitario (Atahualpa Yupanqui)

La construcción (Chico Buarque)

Seguiriya de Isidro Muñoz

Joaquin de la Fina (bulería por soleá)

Lumbre (tientos tangos)

Luz Nazarí (granaína)

Santa Muerte (petenera)

Reflexiones corales

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Martes 7 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Música de cámara. Patio Elíptico, Centro Cultural CajaGranada: Numen Ensemble, Johan Rondón (viola), Myriam Sotelo (celesta), Néstor Pamblanco (percusión), Héctor Eliel Márquez ( director). Música y espacio, obras de Pärt, Kurtág, Feldman, Ligeti, Taverner y Tallis. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

Mi relación con el mundo coral viene desde mi adolescencia, y a lo largo de los años el repertorio ha ido ampliándose con compositores de nuestro tiempo, pero también en la forma de entender la polifonía. Cabe reseñar igualmente cómo los coros saben no solo adaptarse a los espacios donde actúan sino pensar conciertos para utilizar la acústica y el entorno ofreciéndonos noches como esta de San Fermín en el Patio Elíptico del Centro Cultural CajaGranada, diseñado por el vallisoletano «que vio la luz en Cádiz» Alberto Campo Baeza (1946), vanguardista «palacio imperial» de nuestro tiempo por el que se entrelazan dos pasarelas, con un diámetro de 30 metros, las mismas medidas del patio del Palacio de Carlos V al que rinde homenaje estético, recordándome el Guggenheim neoyorkino.

En la web del festival se presentaba este espectáculo coral titulándolo Dos compositores centenarios:

Con motivo del centenario del nacimiento de György Kurtág y Morton Feldman –el primero de ellos, aún activo– Numen Ensemble propone un programa que reflexiona sobre la relación entre música y espacio a través de cinco siglos de creación vocal. Las obras de Kurtág y Feldman, marcadas por la concentración del gesto, la escucha extrema y una concepción casi arquitectónica del sonido, dialogan con partituras corales históricas de Pärt, Ligeti, Taverner y Tallis, en las que el espacio de este Patio Elíptico es también un elemento estructural y expresivo. Desde la intimidad de Omaggio a Luigi Nono y la atmósfera suspendida de Rothko Chapel, creada para un templo aconfesional de Houston, hasta la monumentalidad policoral de Spem in alium, el programa traza una línea de continuidad entre tradición y contemporaneidad, situando la experiencia sonora y la percepción del oyente en el centro del discurso musical.

Si algo hay que destacar es la dificultad de las obras elegidas que requieren muchas horas de trabajo, pues la atonalidad exige una afinación muy cuidada que parte de los coralistas aseguraban “armados” del correspondiente diapasón pegado a la oreja, pues apenas hay referencias para poder entonar las notas correspondientes que si no son las correctas desvirtúan la propia partitura. Mi mayor reconocimiento a Héctor Eliel Márquez abanderando y entendiendo estas composiciones con el magisterio de una generación de directores que arriesgan y logran de su coro, en este caso el Numen Ensemble, interpretaciones que trascienden lo musical. Desde el propio recinto, la elección del vestuario en blancos y negros, el propio director combinando ambos, las luces, las distintas ubicaciones y las distintas combinaciones vocales fueron un verdadero espectáculo vocal, apoyado en el venezolano Johan Gregory Rondón Castillo, viola solista de la OCG, de impecable sonido en un instrumento ideal por su tesitura, y Myriam Sotelo  en la celesta, sacándole la tímbrica y matices de este idiófono, que abrían ambos concierto con el Spiegel im Spiegel del estonio Arvo Pärt, perfecta obertura sonora de las reflexiones corales posteriores, y después el inmenso trabajo del catedrático de Níjar Néstor Pamblanco en un gran set de percusión, con timbales, bombo, temple-blocks, vibráfono y hasta campanólogo en The ⁠Rothko Chapel de Morton Feldman, auténtico homenaje por la interpretación de todo el ensemble.

De este joven y ya veterano coro granadino formado por 54 voces (14-14-11-15), que dejo su plantilla por cuerdas, con nombres y apellidos, irían ampliándose desde las 25 iniciales, con las graves en la tarima y las blancas sobre ellas en una “escalera al cielo” iluminada por distintos colores que ambientaban a Kurtág y su Omaggio a Luigi Nono, op 16. Una lástima que los textos solo estuviesen en formato digital y no era cuestión estar siguiéndolos desde los dispositivos móviles, pero la sonoridad camerística tan llena de onomatopeyas era más que suficiente, con una acústica impensable en este espacio sin cubrir, y un ejercicio de orfebrería en la dirección.

Más movimientos del coro para Ligeti y su impactante Lux Aeterna (1966) «a capella», perfectamente llevada por Héctor Eliel Márquez, marcando desde el centro cada inflexión, cada fraseo (Que la luz eterna brille para ellos, Señor, junto a tus santos por toda la eternidad, porque eres misericordioso. Concédeles, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua brille para ellos) con unas sopranos en unos agudos pianissimi que con esfuerzo lograron iluminar esta otra joya de la polifonía de nuestro tiempo.

Y llegaría otro de los magos corales, John Taverner (1944-2013) y su A Hymn to the Mother of God para doble coro, todas las voces al completo, ubicadas en blancos y negros, los dos pisos con Márquez desde abajo en otro esfuerzo tanto de dirección como de canto, marcando los compases en silencio para dejar flotando el último verso “En ti, oh Mujer llena de gracia, toda la creación se regocija”, emoción y reflexión en un enorme trabajo de taracea coral.

Concluía el concierto con el más «vanguardista» de todo el programa, Thomas Tallis (1505-1585) y su Spem in alium donde el coro se situaría detrás rodeando al público y Márquez haciéndonos partícipe de su dirección mientras a nuestras espaldas podíamos percibir respiraciones, fraseos, colores vocales en el monumento polifónico que planteado en este recinto, sin ser catedralicio, nos abrazó con todas las voces del Numen Ensemble. Polifonía a 40 partes donde ir ubicándonos auditivamente con el contrapunto que se iba desplazando de izquierda a derecha en una ola sonora con ocho “coros” a cinco voces de este monumento coral.

Una de las grandes noches granadinas con la música a capella de un coro y ensamble donde el concierto sería el examen final de un master con muchas horas de estudio para regalarnos su “cum laude” polifónico desde un programa de doctorado coral.

Dejo a continuación íntegras las notas al programa de Stefano Russomanno por el análisis detallado de este concierto, que titula De lo amplio a lo concentrado

Los azares de las efemérides congregan en un mismo programa a Morton Feldman y György Kurtág. Ambos nacieron hace cien años, en 1926, pero contemplan la música desde ángulos opuestos: Feldman trabaja desde la extensión y desde la evaporación temporal de los materiales sonoros; Kurtág lo hace en cambio desde la concentración y el atomismo del gesto.

«Necesito ocho o diez minutos de la misma manera que un pintor necesita una tela de cinco metros», comentaba Feldman, y esta afirmación cobra pleno sentido en la pausada liturgia de Rothko Chapel (1971), concebida para la homónima capilla octogonal construida en Houston, cuyo interior acoge catorce cuadros de Mark Rothko. Las lentas transformaciones del material sonoro –declinado a través de dinámicas suaves e intercalado por silencios– se sitúan en un lugar intermedio entre pintura y espacio, impregnando con su presencia la sala y envolviendo al oyente de manera similar a lo que hacen las telas de Rothko con el espectador.

Las sonoridades suspendidas con las que arranca el Omaggio a Luigi Nono (1979) de Kurtág bien podrían entenderse como un guiño al lirismo transfigurado –el canto sospeso– del colega italiano. Las seis piezas que conforman la obra, por un total de nueve minutos, son otros tantos epigramas caracterizados cada uno como un universo propio. La segunda pieza remite a un inasible ritmo de vals, la tercera juguetea con el comienzo del Tristán wagneriano; la cuarta se reduce a una brevísima sucesión de enérgicas escalas descendentes; la quinta arranca con un fluida polifonía para extinguirse gradualmente sobre superposiciones polirrítmicas; la sexta evoca, en la contraposición entre soli y tutti, la escritura policoral veneciana, tan querida por Nono.

Lux Aeterna (1966) es una de las muestras más significativa de la «micropolifonía» de György Ligeti. Escrita para coro a 16 voces, esta página apela a una polifonía de elementos pequeños tan densa y enrevesada que el oyente la percibe como una mancha tímbrica ligeramente temblorosa. La férrea lógica del contrapunto termina por generar, paradójicamente, una impresión sonora de inmovilidad, modulada por medio de variaciones de textura y color. El motete Spem in alium (c. 1570) puede verse como el reverso luminoso de Lux aeterna: en esta pieza renacentista, el compositor inglés Thomas Tallis despliega una polifonía a 40 partes, en la que el contrapunto se desplaza como una majestuosa ola a través de los ocho coros a cinco voces que integran la plantilla.

En los años setenta del siglo XX, Arvo Pärt pasó por una profunda crisis personal que le llevó a simplificar radicalmente su lenguaje musical: melodías sencillas, moldeadas sobre el modalismo del canto ortodoxo, tempi lentos, repeticiones hipnóticas y un material armónico tan austero que a veces gravita alrededor de un único acorde perfecto. Uno de los primeros frutos de esta nueva conducta es Spiegel im Spiegel (1978), emblema de un universo sonoro emparentado con la hipnótica fascinación por el tintinear de la campana. La crítica habló de «minimalismo sacro» a propósito de una propuesta que manifestaba una doble implicación estética y moral. Algo parecido ocurre con el compositor británico John Tavener: su conversión a la religión ortodoxa marcó un antes y un después en su producción musical, que desde ese momento se orientaría hacia los temas sacros, la sencillez diatónica y el talante místico, como emerge en la pieza para doble coro A Hymn to the Mother of God (1985).

PROGRAMA:

Música y espacio

Arvo Pärt (1935)

Spiegel im Spiegel (celesta y viola, 1978)

György Kurtág (1926)

Omaggio a Luigi Nono, op 16 (coro mixto a capella, 1979)

I. Sclonienie mestaimienia «Cei» (Declinación del pronombre «quien»)

II. Rasrïf (La ruptura. Fragmento de un poema de Anna Ajmátova)

III. Liubof na miesits (Amor por meses. Poema de Rimma Daloš)

IV. No Kcac usnat (Mas, ¿cómo saber…? Poema de R. Daloš)

V. O, nasidanie – liubof (Oh, amor, una lección. Poema de R. Daloš)

VI. I atviersta dlia minia (Y la Puerta está abierta para mí. Poema de R. Daloš)

Morton Feldman (1926-1987)

The ⁠Rothko Chapel (coro, soprano, alto, percusión, viola y celesta, 1971)

György Ligeti (1923-2006)

Lux Aeterna (coro a capella, 1966)

John Taverner (1944-2013)

A Hymn to the Mother of God (doble coro a capella, 1985)

Thomas Tallis (1505-1585)

Spem in alium (coro a capella, c. 1570)

Perianes no falla

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Lunes 6 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Recital. Patio de los Arrayanes: Javier Perianes (piano). Obras de Falla, Chopin y Albéniz. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Hay lugares donde el piano parece encontrar su espacio natural. El Patio de los Arrayanes es uno de ellos. El rumor constante del agua, la geometría serena de la Alhambra y el silencio expectante del público componían el mejor marco posible para el regreso de Javier Perianes (Nerva, 1978), uno de esos músicos que no necesitan demostrar nada porque llevan años confirmándolo todo. Lo llamé hace años «el Sorolla del piano» con su aquiescencia, porque, como el pintor valenciano, trabaja la luz más que el color. Sus interpretaciones nunca buscan el efecto inmediato, sino esa claridad que parece surgir desde dentro de la propia música. Cada obra termina iluminada de una manera distinta.

La web del festival titulaba Falla y su profeta con las siguientes palabras:

En el año dedicado a Manuel de Falla, la presencia de Javier Perianes, uno de sus intérpretes de referencia, adquiere un valor especialmente significativo. El pianista regresa a los Arrayanes con un programa que sitúa a Falla en diálogo con dos figuras decisivas de su universo estético. La primera parte explora la afinidad entre el joven Falla y Chopin, visible en nocturnos, mazurcas y piezas de aliento lírico en las que se reconocen la herencia romántica, el refinamiento armónico y la atención al canto interior. En la segunda, las Cuatro piezas españolas de Falla se insertan en el marco más amplio del nacionalismo pianístico, junto a una selección de Iberia de Albéniz, auténtica cima del piano del siglo XX. El considerando traza así un recorrido coherente entre influencia, identidad y madurez creadora.

El programa nunca fue un enfrentamiento, fue una genealogía, una conversación transversal entre estéticas, lenguajes y raíces, leída desde el piano con inteligencia y una extraordinaria capacidad narrativa que Perianes sigue llevando por distintos escenarios.

La velada se abrió con el Nocturno (1896) de un joven Manuel de Falla, todavía impregnado del romanticismo tardío y de la herencia chopiniana, casi entendiendo esta primera parte como “afinidades inesperadas”. Perianes abordó este nocturno con un fraseo flexible y una sonoridad contenida, subrayando su carácter introspectivo sin exagerar la nostalgia para a continuación, el Nocturno en do sostenido menor, op. 27 nº 1 de Chopin que apareció como una prolongación natural del discurso: atmósferas densas, tensiones armónicas sutiles y un uso del rubato tan elegante como controlado.

Las mazurcas reforzaron ese diálogo implícito: la Mazurca en do menor de Falla, seguida de las mazurkas chopinianas (op. 7 nº 2 y op. póst. 67 nº 1), evidenció cómo ambos compositores, desde contextos culturales distintos, supieron transformar la danza popular en materia poética. Perianes evitó cualquier acento “folklorizante” superficial, apostando por una lectura depurada, de ritmos insinuados y clara articulación, pues en estos momentos el mejor Falla sigue sonando en las manos del onubense.

En la Serenata andaluza y la Canción de Falla, sacó a relucir una paleta tímbrica luminosa, casi guitarrística, mientras que obras como el Vals en la menor, op. 34 nº 2 y la Berceuse, op. 57 de Chopin se desplegaron con una ‘cantabilidad’ (si se me permite el palabro) exquisita, de líneas largas y respiración natural, sin perder nunca la tensión interna, Perianes volvió a demostrar que el silencio también forma parte de la interpretación. No deja morir una nota: la escucha extinguirse.

Falla y Albéniz, España como idea sonora que ahondó en nuestra identidad musical desde dos perspectivas complementarias además de enriquecedoras. Las Cuatro Piezas Españolas de Falla (Aragonesa, Cubana, Montañesa y Andaluza) fueron interpretadas con una claridad estructural admirable, resaltando su modernidad armónica y su refinamiento rítmico, lejos de cualquier pintoresquismo pero de trazo ágil, luminoso y con la luz del mago evocando paisajes nuestros.

Escuchar “Iberia” en la Alhambra tiene inevitablemente algo de regreso al origen. No porque Albéniz escribiera pensando en Granada, sino porque pocas arquitecturas dialogan tan bien con ese mundo sonoro hecho de luz, distancia y memoria. La selección de Evocación, El Puerto, Almería y Triana permitió a Perianes desplegar aún más toda su autoridad en este repertorio del que no solo es embajador sino todo un referente. Mientras escuchaba desde mi incómoda silla Evocación no pude evitar acordarme de Esteban Sánchez, cuya lectura de “Iberia” sigue ocupando un lugar privilegiado en mi discoteca. Las comparaciones son inevitables, aunque también injustas. Perianes no pretende parecerse a nadie. Esta selección posee una claridad de texturas y una naturalidad en el discurso que la hacen profundamente personal.

Primera parte nostálgica, con nocturnidad sin alevosía, honda, sentida, con el poso onubense, y la segunda tan festiva como la victoria de España ante Portugal rozando una prórroga que no llegó a dejarnos in albis.

Y como si me hubiese leído el pensamiento, la propina fue casi una parte extra y con memoria: el propio homenaje a Falla con su Fantasía Bética (1919) que en Cáceres dedicó al ilustre pianista pacense Esteban Sánchez (Orellana la Vieja, Badajoz: 1934 -1997), pues no hubo mejor intérprete para esta impresionante fantasía, cerrando este recital granadino con una fuerza simbólica y musical incontestable. El de Nerva mostró y demostró su vertiente más poderosa y rítmica, sin perder nunca el control ni la claridad, en una obra exigente que resume como pocas el espíritu moderno y telúrico del compositor gaditano. Aún llegarían dos más: Sevilla (Albéniz) rindiendo el tributo al de Campodrón tras la Bëtica que «no falla», puro arte de esta tierra andaluza, y la Danza ritual del fuego (Falla) ardiendo con llamas a punto de quemarnos para concluir el inicio de la última semana de festival.

No todos los grandes pianistas consiguen que el público salga hablando del programa antes que de la dificultad técnica. Javier Perianes sí, porque su virtuosismo nunca reclama protagonismo: está al servicio de la música. Lo verdaderamente memorable de esta noche no fueron los pasajes imposibles de Iberia, ni la arquitectura perfecta de Chopin, sino la sensación de haber asistido a una conversación íntima entre tres compositores separados por el tiempo y unidos por una misma idea de belleza. Cuando terminó el recital, el rumor del agua volvió a quedarse solo en el Patio de los Arrayanes. Quizá era la mejor manera de entender lo que acabábamos de escuchar: un piano que nunca necesita levantar la voz para decirlo todo. Perianes, una vez más, no falló.

PROGRAMA:

I

Manuel de Falla (1876-1946)

Nocturno (1896)

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturno en re bemol mayor, op. 27 nº 2 (1835)

Manuel de Falla

Mazurca en do menor (1899)

Fryderyk Chopin

Mazurca en la menor, op. 7 nº 2 (1830- 31)

Mazurca en sol mayor, op. 67 nº 1 (1835)

Manuel de Falla

Serenata Andaluza (1900)

Fryderyk Chopin

Vals en la menor, op. 34 nº 2 (1831)

Manuel de Falla

Canción (1900)

Fryderyk Chopin

Berceuse en re bemol mayor, op 57 (1843, rev. 1844)

II

Manuel de Falla

Cuatro piezas españolas (1906-1909)

Aragonesa

Cubana

Montañesa

Andaluza

Isaac Albéniz (1860-1909)

Iberia (Selección. 1905-08)

Evocación

El Polo

Almería

Triana

Despedida mahleriana

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Jueves 2 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Nacional de España (ONE),  David Afkham (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 9. Fotos ©Festival de Granada – J. M. Grimaldi, y propias.

Hay conciertos que terminan cuando llega el aplauso. Otros, muy pocos, continúan mucho tiempo después, cuando el silencio sigue resonando dentro de uno. Así fue esta Novena de Mahler en el Palacio de Carlos V, una de esas noches en las que la música parece detener el tiempo para obligarnos a escuchar algo más profundo que los sonidos.

La Novena es una despedida, aunque quizá no de la muerte, como tantas veces se ha repetido, sino de una manera de entender la vida. Mahler la escribió entre 1909 y 1910, después de haber conocido el dolor más absoluto con la pérdida de su hija Maria Anna y la enfermedad que acabaría llevándoselo apenas dos años después. Sin embargo, reducir esta partitura a un testamento sería injusto. Como él mismo confesaba a Bruno Walter, nunca había sentido con tanta intensidad el deseo de vivir. Y precisamente ahí reside su grandeza: la Novena no enfrenta vida y muerte como enemigos, sino como dos realidades inseparables.

También para David Afkham la obra tenía un significado especial. Era su despedida de la Orquesta Nacional de España tras doce años como director titular, una etapa que ha consolidado definitivamente el sonido de la formación y en la que Mahler ha ocupado un lugar central. Granada acogía el último concierto español antes de viajar a los Proms londinenses, y el simbolismo del programa no podía resultar más elocuente.

Desde los primeros compases quedó claro que Afkham no buscaba una lectura efectista. El célebre comienzo, con ese pulso irregular sobre el que Leonard Bernstein quiso ver el corazón enfermo de Mahler, apareció contenido, respirado, casi suspendido. Más que anunciar la tragedia, parecía preguntarse por ella. La cuerda encontró enseguida ese color cálido y transparente que ha caracterizado tantas veces a la ONE bajo su dirección, dejando respirar una arquitectura inmensa donde cada transición parecía inevitable. La acústica del Palacio no es la de un auditorio, pero las voces intermedias (violas y segundos violines) brillaron y los metales conservaron la claridad en todas sus intervenciones sin imponerse. Resultó admirable comprobar cómo una obra de semejante complejidad, y de aquí las pocas veces que se programa, nunca perdió el sentido del discurso. La Novena exige al director construir un edificio gigantesco sin que el oyente perciba el esfuerzo de los andamios. Afkham volvió a demostrar esa rara capacidad para manejar los grandes arcos sin perder el detalle, haciendo que los múltiples planos sonoros convivieran con absoluta naturalidad.

La ONE respondió con un nivel extraordinario. Da gusto comprobar cómo ha madurado durante estos años, y mis recuerdos se remontan a 1977 en Gijón y su I Festival de Otoño con Frübeck de Burgos. La cuerda volvió a ser el gran pilar de la interpretación, especialmente unos magníficos segundos violines y unas violas fundamentales en una partitura donde Mahler les confía buena parte del peso expresivo. El concertino Miguel Colom volvió a ejercer ese liderazgo discreto que tanto beneficia al conjunto, mientras las maderas dibujaban con exquisita delicadeza cada uno de sus innumerables solos. Los metales, tan comprometidos en esta sinfonía, brillaron con autoridad sin perder nunca el equilibrio con el resto de la orquesta.

El segundo movimiento, ese ländler deformado donde Mahler parece despedirse con ironía del mundo campesino de su infancia, evitó cualquier caricatura. Afkham encontró el difícil equilibrio entre rusticidad y elegancia, permitiendo que la danza sonara al mismo tiempo entrañable y perturbadora. La sonrisa nunca termina de ser completamente feliz en Mahler.

Más incisivo apareció el Rondo-Burleske, verdadero laboratorio contrapuntístico donde el sarcasmo alcanza una violencia casi expresionista. La precisión de la ONE permitió que toda esa escritura endiablada sonara con una claridad admirable. Bajo la aparente agresividad seguía latiendo ese trasfondo de melancolía que anticipa ya el adiós definitivo. Pero todo conduce inevitablemente al último movimiento.

Pocas páginas existen en la historia de la música capaces de detener el tiempo como este Adagio final. No es una conclusión, es una desaparición progresiva. Mahler no termina la obra, la deja extinguirse lentamente, como una respiración que se va apagando hasta confundirse con el silencio. Afkham supo dosificar admirablemente esa larguísima despedida, manteniendo la tensión incluso cuando la dinámica descendía hasta un pianísimo casi irreal. La cuerda respondió con una concentración sobrecogedora, sosteniendo el sonido en ese delicadísimo límite donde todo parece a punto de quebrarse y, precisamente por eso, adquiere una intensidad emocional casi insoportable. Tras doce años con su titular, casi puedo decir que se ha conseguido un «sonido Afkham”, con una cuerda muy trabajada, arpas presentes, maderas de enorme personalidad, metales «broncíneos», percusión precisa y un equilibrio muy natural entre los planos.

Entonces llegó el verdadero final. No fueron las últimas notas. Fue el silencio. Ese silencio que Mahler escribe sin escribirlo, ese instante en que nadie debería sentirse con derecho a romper lo que la música acaba de dejar suspendido en el aire. Durante veinte segundos, el Palacio de Carlos V permaneció inmóvil, como si cientos de personas respirásemos al mismo ritmo, porque en Mahler ese silencio forma parte de la obra.

Después llegaron las ovaciones, largas, emocionadas, inevitables. Emoción de una despedida donde hubo complicidad entre director y orquesta (miradas, sonrisas, abrazos finales…), y que el público que agotó las entradas en esta noche palaciega, también percibió.

El partido del mundial de fútbol donde España vencía 3-0 a Austria en Los Ángeles, era un resultado casi metafórico, porque Mahler sucumbía ante una ONE comandada por Afkham.

Uno abandona el concierto con la sensación de haber asistido no solo a una extraordinaria interpretación de la Novena sino también a la despedida de un ciclo. Afkham deja una orquesta en un momento de evidente madurez artística y con una identidad sonora reconocible. No es poco legado.

Mi querido Arturo Reverter recordaba en las notas al programa una hermosa frase de Carlo Maria Giulini: «La Novena supone el triunfo del espíritu del hombre». Quizá esa sea la mejor definición posible. Mahler no vence a la muerte, vence al miedo de mirarla de frente. Y convierte ese último suspiro en una de las páginas más hermosas jamás escritas. En una noche granadina de verano, bajo las piedras renacentistas del Palacio de Carlos V, volvió a demostrarse que la gran música posee una extraña capacidad: recordarnos que toda despedida, mientras alguien siga escuchándola, nunca llega a ser del todo definitiva.

PROGRAMA:

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 9 en re mayor (1909-10):

I. Andante comodo

II. Im Tempo eines gemächlichen Ländlers.

Etwas täppisch und sehr derb

(En el tempo de un Ländler tranquilo. Algo torpe y muy tosco)

III. Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig (Muy desafiante)

IV. Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend (Muy lento y contenido)

Diplomacia musical

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Sábado 27 junio, 12:30 h. 75 Festival de Granada, Conciertos matinales. Crucero del Hospital Real: El canto en su espejo. Capilla Santa Maria, Lucía Martín Cartón (soprano), Daniel Zapico (tiorba), Daniel Oyarzábal (clavicémbalo), Carlos Mena (contratenor y dirección). Obras de Agostino Steffani. Fotos © Álex Cámara – Festival de Granada, y propias.

Segundo concierto matinal con el regreso del la Capilla de Santa Maria del vitoriano Carlos Mena, un «habitual del Festival», que además presentaría el programa entre los distintos bloques, y con el cambio de la soprano Jone Martínez por la vallisoletana Lucía Martín Cartón (otra voz de “su cantera”), junto a los dos Danieles (el también vitoriano Oyarzábal y el langreano Zapico), en un programa dedicado al Cura, compositor y espía (como titula la web) Agostino Steffani, que desarrolló casi toda su carrera en Alemania, entre Múnich, Hannover y Düsseldorf, donde compaginó la actividad musical con el sacerdocio y delicadas misiones diplomáticas. “Su vida estuvo atravesada por intrigas políticas y de espionaje, relaciones clandestinas y episodios criminales que hoy parecen propios de un thriller contemporáneo. Su prestigio artístico se apoya sobre todo en sus dúos de cámara, auténticos laboratorios expresivos, pero últimamente también se están explorando sus óperas, una veintena. Su lenguaje vocal enlaza el belcantismo heredado de Cavalli con la generación de Handel, incorporando además recursos del estilo francés. Carlos Mena, fundador y director de la Capilla Santa Maria, proponía en esta matinal sabatina un paseo por su música, encadenando números que revelan la precisión retórica, la elegancia melódica y la densidad dramática de un lenguaje plenamente teatral”, números que organizó en arias y dúos. Precisamente de este género del dúo de cámara escribe en las notas al programa Pablo J. Vayón tituladas Agostino Steffani, de la cámara al teatro, que también nos deja una semblanza biográfica del polifacético compositor, que iré intercalando en mis comentarios de sobremesa.

La de Agostina Steffani (1654-1728) fue una figura cosmopolita, cuya trayectoria se desarrolló entre Italia y diversas cortes germánicas. Nacido y formado inicialmente en el ámbito veneciano, muy pronto se trasladó a Múnich, donde completó su educación musical bajo la protección del elector de Baviera y en contacto con músicos como Johann Caspar Kerll y, más tarde, en Roma, con Ercole Bernabei. Este itinerario explica la síntesis estilística que caracteriza su obra: una base italiana proyectada en contextos políticos y culturales del norte de Europa, donde a menudo se privilegiaba el estilo francés.

Si las notas del sevillano nos ponían en contexto, Carlos Mena ampliaría las explicaciones diferenciando los duetti (a los que en sus. tiempos de estudiante a principios de los 90 le dedicaban todo un semestre) de las arias operísticas, cuando comenzaban los conciertos de pago sin mecenazgo, donde Steffani debía amoldarse a los gustos del público, siendo su música todavía poco divulgada, y que el contratenor ya apalabró (como así nos contó) el pasado festival con su director Paolo Pinamonti para seguir esta tarea divulgativa así como didáctica de un compositor polifacético y cosmopolita.

El segundo concierto matinal de esta septuagésimoquinta edición del festival granadino, giraba en torno a los duetos, que como escribe mi tocayo sevillano de Steffani «(…) cultivó también el dúo de cámara, género destinado a la práctica privada en círculos aristocráticos. Su desarrollo a lo largo del siglo XVII fue inseparable de la introducción del bajo continuo, que permitió reducir la textura a una o dos voces y favoreció formas de escritura más flexibles. A partir del madrigal y de la cantata, el dúo evolucionó hacia estructuras compuestas por secciones contrastantes, determinadas por la organización métrica y retórica del texto. Difundidos ampliamente en manuscritos, los dúos de Steffani fueron considerados modélicos por teóricos y músicos de generaciones inmediatamente posteriores», y abría el tándem Mena y Martín-Cartón con «M’hai da piangere», cuarteto donde la cuerda pinzada del clave y la pulsada de la tiorba, también “cantaban” unos textos que la música impregnaba de expresividad, y el dúo vocal, bien empastado, haría una primera recreación de estas maravillas del «diplomático”.

Tras las primeras explicaciones de Carlos Mena llegaría un bloque con arias de distintas óperas del compositor y polifacético italiano, comenzando por una transcripción de Daniel Zapico (manteniendo una práctica habitual para difundir en cámara la escena) del aria de Niobe (estrenada en Múnich en 1688) «Dal mio peto o piante uscite», preparando a Martín-Cartón en el aria «Funeste imagini», y después a Mena con «Chi provó gl’Astri severi» (de Orlando generoso). Si ambas voces en los duetos empastaron y dialogaron, en las arias operísticas la vallisoletana mostró una proyección perfecta y un color de voz idóneo para este barroco tan exigente. Por su parte el vitoriano sigue manteniendo su timbre homogéneo en toda su amplia tesitura, donde en el grave mantiene el color y la agilidades “naturales” en el cambio de registro.

La producción operística de Steffani «se vincula estrechamente a esos entornos cortesanos. En Múnich compuso, entre otras obras, Niobe, regina di Tebe (1688), que se sitúa en la última fase de su servicio bávaro y refleja la consolidación del modelo veneciano fuera de Italia: arias breves, cada vez más cercanas al predominio melódico del belcantismo. Poco después, su nombramiento como maestro de capilla en Hannover respondió a un programa político explícito: dotar a la corte de un teatro de ópera italiana capaz de competir con otros centros europeos. En este contexto surgen Henrico Leone (1689) y Orlando generoso (1691), ambas con libretos de Ortensio Mauro, integradas en una actividad escénica regular que funcionaba como instrumento de prestigio dinástico. A mediados de la década, Le glorie di Enea (1695) prolonga esta línea, recurriendo a la materia clásica como vehículo de representación simbólica del poder, en sintonía con las prácticas habituales de las cortes europeas. Briseide (1696), ya en un momento de transición en la carrera de Steffani –cada vez más implicado en misiones diplomáticas–, se inscribe igualmente en ese marco, en el que la ópera, alejada de la función pública del núcleo veneciano, actúa como expresión de identidad política y cultural».

Nuevo relato del profesor Mena para explicarnos tanto la práctica de las transcripciones, recordando que Daniel Zapico lleva muchas incluso de los franceses (su disco Au Monde es un ejemplo) como para el siguiente duetto «Occhi perché piangete» incidiendo en las «estructuras compuestas por secciones contrastantes, determinadas por la organización métrica y retórica del texto» (también reflejado por Vayón en sus notas), y Oyarzábal con la transcripción para clave de de la Obertura de Briseide, rivalizando en misicalidad en. este solo orquestal para sacar la mejor sonoridad del instrumento fabricado en 1982 por Willard Martin en Bethlehem (Pennsylvania), según un original de Nicolas Blanchet, que fue donado por Rafael Puyana al Archivo Manuel de Falla, verdadero patrimonio organológico.

El tercer dueto, «Lungi dall’Idol mio», mantuvo lo característico que destaca Pablo J. Vayón en sus notas: « (…) Uno de sus rasgos más destacados es el uso sistemático del contrapunto: las voces se relacionan mediante imitación, inversión y estrechamientos, generando un tejido en el que las líneas mantienen su independencia. Esta escritura, relativamente excepcional en el repertorio del dúo italiano, fue percibida ya en su época como el grado más alto de elaboración del género. Los textos, predominantemente amorosos, adoptan a veces forma de diálogo, configurando pequeñas escenas dramáticas, y otras veces funcionan como monólogos líricos distribuidos entre dos voces. Desde el punto de vista formal, presentan una notable variedad, con alternancia de estilos y cambios de metro que responden directamente a la estructura poética. Su proximidad a la sonata en trío, especialmente en el tratamiento equilibrado de las voces superiores, ha sido señalada con frecuencia: en este sentido, si la sonata instrumental alcanza su formulación clásica con Corelli, el duo vocal encuentra en Steffani uno de sus momentos culminantes». Maravillosos contrastes de aire, tempi, expresión, alternando los acompañamientos entre clave y tiorba, o uniéndolos en una sonoridad y dramatización que otorgan a los dúos de Steffani este más que merecido reconocimiento.

Seguirían las dos arias últimas, primero el contratenor con «Potea peggio trattarti?» (de Le glorie di Enea), una impresionante lección vocal del vitoriano por su virtuosismo en las agilidades de ornamentos precisos y saltos melódicos sin perder nunca esa homogeneidad de color, y otro tanto con la soprano en el aria «Pende il cor tra’l No e’l Si» (de Henrico Leone).

Casi despedida del “alma mater” de esta Capilla Santa Maria antes de presentar el último dueto, «Placidissime catene», con una cita a Sócrates sobre cómo romper la cadena del desamor y que prestásemos atención al tratamiento que Steffani da a la palabra “Libertad”. Emocionante cierre del dúo vocal y el instrumental, música sin etiquetas donde disfrutar unos relatos que casi nos hicieron “llorar” incluso en el bis tras casi dos horas de disfrute en el Hospital Real, con una acústica perfecta en una mañana que pese al sueño acumulado no podía perderme.

Como en mis años juveniles sábado de sesión doble y a la noche subiré al Generalife para seguir sumando “NumEros”, que contaré de madrugada, si nada ni nadie lo impide, aunque las tertulias nocturnas posteriores sean parte de mis personales Festivales de Granada.

PROGRAMA:

El canto en su espejo

Agostino Steffani (1654-1728)

Duetto «M’hai da piangere» (1688)

Aria «Dal mio petto o pianti uscite» (de Niobe. Múnich, 1688

(Transcripción instrumental Daniel Zapico)

Aria «Funeste imagini» (de Niobe)

Aria «Chi provó gl’Astri severi» (de Orlando generoso. Hannover, 1691)

Duetto «Occhi perché piangete» (c. 1702)

Overture (de Briseide. Hannover, 1669)

Duetto «Lungi dall’Idol mio»

Aria «L’ingrata si rende» (de Henrico Leone. Hannover, 1689.

(Transcripción instrumental Daniel Zapico)

Aria «Potea peggio trattarti?» (de Le glorie di Enea, Hannover, 1695)

Aria «Pende il cor tra’l No e’l Si» (de Henrico Leone)

Duetto «Placidissime catene» (1699)

La India llega a Granada

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Viernes 26 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Danza, en el marco el Año Dual España-India. Palacio de Carlos V:  El sueño del sitar, Un homenaje a Ravi Shankar. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Mónica de la Fuente (dramaturgia, coreógrafa y bailarina de danza contemporánea de la India), Ignacio García (dramaturgia, dirección de escena), David Murphy (dirección musical), Sukanya Shankar (asesora musical), Ensamble de músicos de la India, Elenco de danza Bharatanatyam, Bailarines de España (Lucía Campillo, coreógrafa y bailarina de danza española, José Manuel Benítez -cedido por el Ballet Nacional de España- bailarín de danza española). Fotos © Festival de Granada | Fermín Rodríguez, y propias.

Si la noche anterior hicimos un viaje en el tiempo hasta las Zambras Moriscas, en este viernes con partido Uruguay-España (ganamos 1-0 y clasificados primeros de grupo para la siguiente fase) había otro viaje hasta la India en un homenaje a Ravi Shankar donde se unían músicas donde las improvisaciones alargaron el evento hasta la medianoche.

La narración que intentaba hacer un relato casi didáctico, con unos textos muy “filosóficos” sobre el Cosmos y el propio hinduismo, no se escuchaba todo lo clara que hubiésemos deseado, y el Ensamble de músicos de la India estuvo amplificado, siendo quienes abrirían la velada, más un bailarín del elenco de danza Bharatanatyam en la galería del primer piso.

En el 150 aniversario de Falla arrancaron con una visión “original” por la instrumentación antes de que la OCG con la dirección de David Murphy prosiguieran El círculo mágico y la Danza ritual del fuego, (de “El amor brujo”) contrapuesta a la hindú.

La orquesta granadina fue combinando y alternando con los músicos de la India la suite titulada “El sueño del sitar. Un homenaje a Ravi Shankar”, con el estreno mundial de la Dance Suite de la ópera Sukanya del homenajeado, intercalada con otras músicas de Ravi Shankar donde los músicos hindúes fueron los protagonistas.

Las coreografías también alternaron las flamencas con las bailarinas de Bharatanatyam, coloristas, tradicionales, y que las fotografías de Ferminius reflejan mejor que mis palabras, circulando tanto delante del escenario como en el primer piso, momentos de plasticidad y musicalidad tanto en nuestras castañuelas como en los cascabeles de los tobillos orientales (como en las primeras zambras moriscas de la noche anterior).

Las notas al programa de Enrique Cámara de Landa además de comentar parte de la biografía de Ravi Shankar y David Murphy, analiza las obras que escuchamos, nos explica los instrumentos utilizados, y presenta conceptos tanto musicales como de la tradición religiosa hindú, muy interesante para la mejor comprensión de un concierto que nos traía “diálogos y convergencias” desde la India hasta el Palacio de Carlos V.

Más allá de las sensaciones que pueden llegarnos escuchando las músicas de la India, la parte sinfónica podríamos considerarla más banda sonora que sinfónica, y lo original es precisamente la combinación tímbrica entre los instrumentos occidentales con los orientales. El virtuosismo de Shubhendra Rao en el sitar quedó más que plasmado, junto a Saskia Rao-de Haas en el violonchelo indio que hizo por momentos de nota pedal, en una “tándem” con buen entendimiento. Y la parte del viento con Hrishikesh Mazumdar en la flauta bansuri, de tímbrica por momentos electrónica por su sonoridad y amplificación junto al shehnai (un aerófono de doble lengüeta) de Ashwini Shankar, que también se ubicaría al inicio en la galería del primer piso. Todos ellos lograron esa sonoridad que asociamos a la India, amén de una percusión que trasciende lo musical para contagiar vitalidad tras los momentos trascendentes.

Los bailes ayudaron a llevar mejor la noche palaciega, especialmente las bailarinas, y las flamencas, que compartían coreografías y contrastes en blanco y negro (hubo un cambio al rojo), también con descripciones gestuales a la narración, más el contraste masculino de dos formas de entender la danza.

El público disfrutó sobre todo de los momentos “Bollywood”, mientras las bailarinas esparcían pétalos y el ensamble parecía entrar en calor con unas improvisaciones que no sabíamos cuánto durarían en Prabhuji – canticos de la India y el Finale – Danza Suite. De la OCG el maestro Murphy, sentado en la tarima cuando sonaban las distintas ragas, marcó claramente los muchos cambios rítmicos y planos con desigual respuesta en algunas secciones desbalanceadas. Me quedo con una de las partes líricas con un piano excelente arropado por la cuerda.

Impresiones a vuela pluma de un homenaje donde el sitar fue protagonista, usado en la coreografía, personificado en la narración y un placer escucharlo en manos de Shubhendra Rao, heredero de Ravi Shankar que tanto ha influido en la música occidental desde la globalización que la música ha ejercido desde sus inicios. Una noche colorida incluso por parte del público en el Año Dual España-India.

INTÉRPRETES:

Orquesta Ciudad de Granada

Ignacio García y Mónica de la Fuente, dramaturgia

Ignacio García, dirección de escena

David Murphy, dirección musical

Sukanya Shankar, asesora musical

Ensamble de músicos de la India

Shubhendra Rao, solista de sitar y líder del ensamble

Saskia Rao-de Haas, violonchelo indio

Ashwini Shankar, shehnai

Hrishikesh Mazumdar, flauta bansuri

Vishwesh Swaminadhan, canto

Madan Mohan, violín

Jayachandra Rao, mridangam

Giridhar Udupa, ghatam

Debjit Patitundi, tabla

Sannidhi Vaidyanathan, mridangam

Elenco de danza Bharatanatyam

Coreografía: Rama Vaidyanathan

Cuerpo de baile: Rama Vaidyanathan, Shubhamani Chandrashekar, Reshika Sivakumar, Vaishnavi Dhore, Nilava Sen

Bailarines de España

Lucía Campillo, coreógrafa y bailarina de danza española

José Manuel Benítez (cedido por el Ballet Nacional de España), bailarín de danza española

Mónica de la Fuente, coreógrafa y bailarina de danza contemporánea de la India

Narración escénica

Lucía Campillo

Mónica de la Fuente

PROGRAMA:

Prólogo

Manuel de Falla (1876-1946):

Introducción, El círculo mágico y Danza ritual del fuego, de El amor brujo (1915)

El sueño del sitar*. Un homenaje a Ravi Shankar:

Ravi Shankar (1920-2012):

Swagatam

Sapney Mein – Raga Yaman Manj

Overture – Dance Suite

Tarana – Dance Suite

Holi – Ghanashyam

Raga Yaman Kalyan (extracto), del Concierto para sitar nº 2

Tilak Kamod – Dance Suite

Raga Mishra Pilu

Raga Adana, del Concierto para sitar nº 1

Raga Tilak Shyam

Prabhuji – canticos de la India

Finale – Danza Suite

* Estreno mundial de la Dance Suite de la ópera Sukanya de Ravi Shankar, intercalada con otras músicas de Ravi Shankar

Viajando en el tiempo

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Jueves 25 de junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, V Centenario de la visita de Carlos V a Granada. Patio de los Arrayanes: Zambra morisca. Músicas de tradición oral. Grupo Confluencias – Trío de pulso y púa Alonso – Abir El Abed (cantante solista) –  Sara Calero (danza, colaboración especial) – Coco Reyes (narradora) – Omar Metioui (director artístico y ‘ud ramal) –  Reynaldo Fernández Manzano (dirección científica, guion y textos). Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

La web del Festival presentaba este concierto con el título Con zambras al emperador:

«Este tercer concierto del ciclo vinculado a la visita de Carlos V a Granada presenta Zambra morisca, un proyecto del grupo Confluencias que evoca las músicas, danzas y prácticas festivas documentadas en la Granada del siglo XVI, en particular las zambras ofrecidas a la corte imperial durante su estancia en la Alhambra en 1526. Con dirección científica, guion y textos de Reynaldo Fernández Manzano y dirección artística de Omar Metioui, el programa se enfoca en torno a la pervivencia de la tradición andalusí, integrando canto, narración, danza e instrumentos históricos de diversa procedencia. Todo ello en un recorrido que enlaza la poesía medieval con los testimonios históricos para profundizar en los procesos de transmisión cultural que, tras la prohibición y desaparición de las zambras moriscas, hicieron que sus ecos alimentaran durante siglos diversas formas musicales del sur peninsular».

Las excelentes notas al programa del propio Reynaldo Fernández Manzano, licenciado en Historia Medieval y musicólogo, además de experto en el legado árabe y andalusí, y ex director del patronato de la Alhambra y el Generalife, son para guardar y. las dejo enlazadas pues no es presentar las obras sino ponerlas en su contexto histórico y así poder entender mejor este espectáculo de zambras moriscas.

Desde mi Asturias natal conocemos la tonada que está emparentada con el cante jondo y el norte de África, pues la convivencia de tantos siglos ha dejado plantada muchas semillas que con distinta raíz han dado un folklore reconocible. Así sentí esta Zambra morisca donde tras leer a Reynaldo más la narración puntual de la granadina Coco Reyes reconocí mucho de esta herencia secular que ni siquiera la Pragmática de 1568 prohibiendo las músicas de los moriscos ni su expulsión en 1609-1614 las pudieron erradicar. Está muy estudiado el llamado repertorio andalusí que además ha encontrado en la llamada fusión, desde mis años jóvenes, un nuevo impulso, pues el flamenco bebe de la misma fuente, más si se acompaña con la danza, que en los Arrayanes corrió a cargo de la madrileña Sara Calero, con tres momentos bien diferenciados en vestuario y baile, punto de encuentro del Sur, con mayúsculas, que fue lo que nos ha faltado en el Norte.

El Grupo Confluencias Musicales mantiene la pureza de su música, siete músicos con los instrumentos que se pueden ver en la exposición recién inaugurada en el Corral del Carbón: el ‘ud (laúd) de Omar Metioui al frente de esta “orquesta” vestidos con fez rojo y con blanca e impecable chilaba (jellaba) más un quinteto con la flauta marroquí (conocida como nāy) que como la gaita asturiana es protagonista o dobla la voz solista, a cargo de Noureddin Acha; el violín tocado como en los pueblos sobre la rodilla y en vertical por Anass Belhachemi, al más puro “estilo marroquí”, que alternaría con el rabel (en Asturias así le llamamos), que también cantaría con un registro agudo; doble percusión a cargo de Said Ben Guerch y Mohssine Bakkali, panderos, panderetas, sonajeros, darbuka, djembé.. más el qānūn (o cítara de mesa) de Youssef Mezgueldi, que abrirían este viaje musical árabe por la historia en un marco ideal. No puedo dejar de citar y reproducir la descripción que Johannes Lange hace de la fiesta en honor a Federico II del Palatinado en los Jardines de la Alhambra el 6 de julio de 1526: «En el último día de su residencia en Granada, el emperador llevó a mi noble señor a los jardines de la Alhambra para que viera la danza hecha por las moriscas, todas alhajadas con excelentes perlas y otras piedras preciosas en orejas, frente y brazos, vestidas de manera parecida a los diáconos en la celebración de la misa».

Con esta imagen se sumaría la elegante cantante Abir El Abed, de voz natural y amplio registro con los giros que me recuerdan al flamenco y la tonada, mientras el nāy doblaba u ornamentaba entre las estrofas, apareciendo la primera danza de Sara Calero con sistras (madre o abuela de los pitos o castañuelas) desde la entrada, bailando por el lado izquierdo de unos arrayanes rectilíneamente podados hasta el escenario mientras escuchábamos “Tu hermosura se hizo famosa en Granada”.

Aumentaría la orquesta con Francisco Luengo en los arcos graves (cual violonchelo), quien casi al final nos dejaría una versión libre de nuestras Tres morillas m’enamoran pero no en Jaén sino en la capital nazarí. Improvisaciones naturales sobre las zambras moriscas que Isabel de Portugal escucharía entrando por la Puerta Elvira la tarde del 4 de junio de 1526, y donde colgados de los árboles los moriscos habían suspendido con cuerdas pequeñas barcas que albergaban a tañedores de instrumentos, mientras en el suelo hacían danzas y acrobacias, como nos narraba la granadina Reyes y reflejan las citadas notas al programa del “ideólogo” de este viaje en el tiempo.

De nuevo un baile de Calero con gestualidad oriental, casi India porque los gitanos (también herederos de las zambras), provenían de ese Lejano Oriente, con la percusión de pies y cascabeles en los tobillos de una plasticidad que en el número final retomó para un flamenco de zapateado y castañuelas al sumarse el Trío de pulso y púa Alonso, el camino de vuelta o la misma planta que creció años más tarde flamenca y bien regada.

Granada de poetas y músicos donde no faltó la cita en la narración a Lorca, Falla o Sánchez Verdú, pues Reynaldo Fernández Manzano “está en todo”, más la fusión actual, la tarara marroquí y nazarí con todos los artistas cerrando algo que Jesús Trujillo bien podría emitir en “La máquina del tiempo”, porque nada como la música para viajar quinientos años en noventa minutos.

INTÉRPRETES

Grupo Confluencias Musicales

Omar Metioui, director artístico y ‘ud ramal

Abir El Abed, cantante solista

Noureddin Acha, nāy

Anass Belhachemi, violín y canto solista

Youssef Mezgueldi, qānūn

Francisco Luengo, instrumentos medievales de arco

Said Ben Guerch, percusión

Mohssine Bakkali, percusión

Trío de pulso y púa Alonso

Pilar Alonso Gallardo, guitarra y dirección

Diego Alonso Gallardo, bandurria

Mario Alonso Herrera, laúd

Sara Calero, danza

Coco Reyes, narradora

Reynaldo Fernández Manzano, dirección científica, guión y textos

Dolor por amor

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Miércoles 24 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, V Centenario de la visita de Carlos V a Granada. Colegio Mayor Santa Cruz la Real: Ensemble InAlto – Lambert Colson (corneto y dirección. Obras de Desprez, Gombert, Payen, Crécquillon, Fernández Palero, Juan del Encina, Rore, Monteverdi, Guami, Antegnati, Festa, da Gagliano y Emilio de’ Cavalieri. Fotos Álex Cámara y propias.

La web del Festival presentaba este concierto con el título Duelo por una emperatriz:

Continuando la conmemoración del 500 aniversario de la visita de Carlos V a Granada, coincidente con su matrimonio en Sevilla con Isabel de Portugal, el Ensemble InAlto presenta MemoriAmor, un programa centrado en la conmemoración, el duelo y el recuerdo en la música del Renacimiento y del primer Barroco. Bajo la dirección de Lambert Colson, el eje del concierto es la Missa Mort m’a privé de Thomas Crécquillon, vinculada a la muerte de la emperatriz Isabel en 1539 y a la práctica conmemorativa promovida por el propio emperador. Junto a ella se escuchan obras de Desprez, Monteverdi y Da Gagliano, entre otros, que permiten trazar un recorrido por distintas formas de expresión del lamento y la memoria en la Europa de los siglos XVI y comienzos del XVII.

El Ensemble InAlto hace referencia a la expresión italiana válida para el mar y la montaña, la lejanía física y los riesgos que conlleva explorarlos, y musicalmente busca explorar tanto el aspecto vocal como el instrumental en un diálogo entre ellas, con compositores que también asumieron riesgos en su tiempo, los mismos que supone ofrecer programas como este del entonces convento dominico fundado en el siglo XVI por los Reyes Católicos tras conquistar Granada, hoy Colegio Mayor desde inicios de los años 60.

¿Cómo conmemorar un amor perdido y mantenerlo vivo a través del tiempo? La respuesta es el programa que explora dos historias singulares y conmovedoras de amor, pérdida y recuerdo de la época del Renacimiento. El 1 de mayo de 1539, la emperatriz Isabel de Portugal, amada esposa de Carlos V, falleció durante el parto y el profundo dolor de Carlos, aún resuena hoy en día a través de las numerosas obras de arte que encargó en su memoria, siendo el  compositor de la corte, Thomas Crécquillon, quien recibió entonces el encargo de crear un legado musical apropiado, «Mort m’aprivée» («La muerte me ha arrebatado») sobre un texto inusualmente personal, posiblemente escrito por el propio emperador, que recibió dos composiciones musicales: una dedicada a Carlos y otra a Isabel. Crécquillon compuso una misa de réquiem basada en estas dos canciones, entrelazándolas con la sublime perfección musical que el emperador tanto anhelaba.

Y otro homenaje musical al amor perdido es el de Monteverdi y su famosa Sestina, o «Lágrimas de un amante en la tumba de su amada» tras la muerte en 1608 de su alumna de la cantante Caterina Martinelli, también conocida como la Romanina. Cuando Monteverdi publicó su Sexto libro de madrigales, unos años más tarde, incluyó tanto la Sestina como el doloroso clímax de su ópera Arianna , el famoso Lamento, cual homenaje a la voz perdida y querida de Caterina.

InAlto bajo la dirección de su fundador Lambert Colson (París, 1985) desarrollaron un programa con una breve  pausa donde el director dio unas pinceladas sobre el programa. Su corneto (sin duda uno de los instrumentos musicales más importantes de los siglos XVI y XVII, fabricado en madera y recubierto de cuero o pergamino, que se consideraba el instrumento más capaz de imitar la voz humana) daría el color especial tanto al cuarteto de trombones como al sexteto vocal en unas músicas para las pérdidas (y felizmente no perdidas).

Las notas al programa de Ascensión Mazuela analizan en profundidad las páginas elegidas por InAlto, donde personalmente Monteverdi sigue siendo “El Divino” en este emparejamiento de dolor por amor con Crécquillon.

MemoriAmor

“El encargo de piezas musicales en recuerdo de una persona fallecida es una práctica que transita la historia de la música occidental. Este programa se centra en dos manifestaciones de duelo a través del mecenazgo musical, relacionadas, respectivamente, con la muerte de Isabel de Portugal en 1539 y con la de la cantante Caterina Martinelli, la Romanina, en 1608.

La emperatriz falleció a los 35 años tras complicaciones derivadas de su séptimo embarazo y fue sepultada en la Capilla Real de Granada. Carlos V, devastado, se retiró al monasterio jerónimo de Santa María de la Sisla y no volvería a casarse. Thomas Crécquillon, maestro de la capilla real, compuso tres chansons que expresan la aflicción del emperador: Oeil esgaré y dos versiones musicales del texto Mort m’a privé, que podría haber sido escrito por el propio emperador. Las tres piezas se citan en la Missa «Mort m’a privé» de Crécquillon, que se cantaría anualmente en el aniversario de la muerte de la emperatriz y está repleta de simbolismos y de correspondencias con La Gloria de Tiziano, pintura encargada por Carlos V.

Otro miembro de la capilla flamenca, Nicolás Payen, creó el motete Carole cur defles, un epitafio musical de la emperatriz que se considera ejemplo de su preocupación por expresar a través de la música el contenido del texto, en línea con el todavía enigmático concepto de musica reservata.

La primera parte del programa, que se inicia con una versión a 5 voces atribuida a Josquin de la baja danza La Spagna, presenta estos homenajes musicales a la reina y se complementa con una glosa de Mort m’a privé realizada por Francisco Fernández Palero, organista de la Capilla Real de Granada, un villancico de Nicolas Gombert sobre la lealtad de la dama ausente hacia el caballero, y una canción de Juan del Encina acerca de la futilidad de la vida.

Si Crécquillon y Payen crearon recuerdos musicales de Isabel de Portugal, Claudio Monteverdi homenajearía a Caterina Martinelli. Miembro del ensemble vocal de mujeres al servicio de Vincenzo Gonzaga en Mantua, Martinelli interpretó el papel de Venus en la exitosa ópera Dafne de Marco da Gagliano en febrero de 1608. Pocas semanas después falleció de viruela a los 18 años, cuando estaba a punto de protagonizar L’Arianna de Monteverdi. Gonzaga ordenó que se le construyera una tumba en la iglesia de los carmelitas de Mantua y que cada año se le cantara una misa, y encargó a Monteverdi que compusiera en su honor el ciclo de seis madrigales Lagrime d’amante al sepolcro dell’amata. Como tributo a la cantante, este ciclo sería publicado por Monteverdi en su sexto libro de madrigales, junto a Il Lamento d’Arianna, el único extracto de la ópera que se conserva.

La segunda parte del concierto presenta ejemplos de estas obras y se complementa con tres piezas instrumentales (la Sinfonia à 5 de Monteverdi, una canzon del organista bresciano Costanzo Antegnati y uno de los contraponti del músico de la Capilla Sixtina Costanzo Festa), un madrigal de Cipriano de Rore sobre un poema de Petrarca que muestra la intensidad expresiva del compositor, un motete de Gioseffo Guami destacado por sus experimentos cromáticos, y un recitativo coral de Rappresentatione di Anima et di Corpo de Emilio De’ Cavalieri.

Así, el repertorio compuesto en memoria de Isabel de Portugal y Caterina Martinelli muestra que la música no solo ha servido para expresar duelo, sino como una ofrenda que plasma el estatus sociocultural de estas dos mujeres”.

En las veintidós páginas se fueron alternando voces e instrumentos, a menudo doblándolas, y paso a especificar cada una de ellas con breves comentarios, aunque el programa detallado queda al final de esta entrada.

Casi por sorpresa comenzó a sonar La Spagna de Josquin Desprez desde la entrada con la “fanfarria” del corneto de Lambert Colson con su cuarteto de sacabuches (mejor que los posteriores trombones): Guy Hanssen, Charlotte Van Passen, Susanna Defendi, Bart Bromen, auténticas cuatro voces polifónicas que se colocarían después tras el sexteto vocal que permanecería repartido a ambos lados del escenario para incorporarse en las obras que les correspondían, dando no solo solemnidad sino rotundidad al tejido polifónico.

La primera obra vocal sería Dezilde al cavallero de Nicolas Gombert a cargo de la soprano Alice Foccroulle, de técnica perfecta, con buena emisión y dicción, acompañada por el laúd de Jonas Nordberg. Para Nicolas Payen y Carole cur defles se sumarían a la soprano belga el “quinteto de viento” antes de lo que sería el ensamble de viento con Thomas Crécquillon y Mort m’a privé, a 5 voces (prescindiendo del tenor Andrés Montilla) más el laúd y el órgano de Joseph Rassam (que alternaría con el clave). Empaste, afinación y colorido vocal increíble por parte de todos, pues no había dirección al frente pero las voces entraban y finalizaban con solo mirarse unas a otras.

Seguiría la instrumental Oeil esgaré, viento con laúd y clave, antes de comenzar la Misa «Mort m’a privé» (el Kyrie, Gloria, Credo, y Sanctus) de Crécquillon. Combinando cada parte del ordinario, en el Kyrie el viento al completo con órgano, y laúd, que en la repetición quedaron las voces femeninas (Alice Foccroulle y la mezzo Maria Dalia Albertini) de color uniforme en ese registro intermedio, en el Gloria con el mismo orgánico, el Credo comenzaría nuevamente con ellas más el laúd, para ir incorporando en el Sanctus las voces graves (masculinas) con el órgano y sumarse el viento y todo el sexteto vocal.

En este V Centenario de la visita de Carlos V a Granada no podía faltar la música de Francisco Fernández Palero (Tendilla c. 1533 – Granada 1597), compositor, organista y capellán de la Capilla Real de Granada durante 40 años. Su Mor me a privé, fue una “delicadeza” a cargo del clave y el laúd con ese parecido tímbrico de registro, que pese a ser cuerda pinzada y punteada, lograron una “unidad sonora”.

Continuaría ía Missa de Crécquillon con el Benedictus y el Agnus Dei, seis voces que arrancaron con órgano y laúd junto a las voces  del tenor Riccardo Pisani y el bajo Jimmy Holliday, para ir agrandando con el mismo orgánico y el viento doblando todas las voces de estos dos números finales de la misa.

De Juan de Fermoselle, más conocido como Juan del Encina, escuchamos del Cancionero de Palacio su villancico (entendido como canto de los villanos, que habitaban las villas) Todos los bienes del mundo, con las seis voces “a capella” para después ser dobladas por el ensemble, sin percusión aunque bien podría tenerla pues el Renacimiento otorga licencias de una música no tan detallada en su escritura.

Al finalizar llegaría la primera ovación de la noche que aprovechó Colson para dirigirnos unas palabras sobre el programa, mientras cambiaban el laúd por la tiorba.

Y así arrancaba el segundo bloque de una noche calurosa con Vergine bella (Cipriano de Rore), otra delicadeza instrumental con el corneto melódico, casi virtuoso, de Lambert Colson y el órgano sustento armónico con Joseph Rassam en feliz conjunción tímbrica. A continuación los madrigales de Claudio Monteverdi: Incenerite spoglie donde se sumarían cinco voces, permutando los tenores para el Darà la notte il sol.

Es habitual alternar partes vocales e instrumentales en programas como el de este miércoles colegial, y todo el ensemble interpretaria In die tribulationis de Gioseffo Guami, música de un siglo XVI rico en todas las artes. Volvía “El Divino”  y para La Sestina su madrigal Dunque, amate reliqui* antes de otra instrumental de Costanzo Antegnati, La Moranda, haciéndome meditar cuántas vidas necesitaríamos para escuchar tantas músicas más allá del dolor y la belleza que de él surge.

Iba acercándose la medianoche y escucharíamos de Marco da Gagliano el aria Chi da lacci d’amore (de su ópera  La Dafne), bellísima, sentida por Alice Foccroulle acompañada por el clave y la tiorba, ornamentos limpios y un color ideal para este repertorio, seguido por el Contrapunto 108 de Costanzo Festa a cargo del ensamble antes de retomar cinco voces con tiorba y clave para una polifonía exquisita de Monteverdi, el conocido madrigal Lasciatemi morire, después permutando tenores O Teseo, Teseo mio en contraste de colores en el dúo entre Pisani y Holiday, la parte instrumental  de la Sinfonia à 5, para ir finalizando con el dúo entre Benedícte Hymas y Pisani en Vita nostra al fin polvere et ombra de Marco da Gagliano, otra partitura para seguir escuchándola más veces, y final «In Alto» con Emilio De’ Cavalieri y Questa vita mortale. Música imperial de tantas escuelas cortesanas europeas que al menos no entendían de fronteras, y un placer escucharla en este Colegio cuyas paredes están empapadas de mucha historia y música para ella.

INTÉRPRETES

InAlto

Guy Hanssen, Charlotte Van Passen, Susanna Defendi, Bart Bromen (trombones)

Jonas Nordberg (laúd y tiorba)

Joseph Rassam (órgano y clavecín)

Alice Foccroulle (soprano) –   Maria Dalia Albertini (mezzosoprano) – Andrés Montilla (alto) – Benedict Hymas, Riccardo Pisani (tenores) – Jimmy Holliday (bajo)

Lambert Colson (corneta renacentista y dirección)

PROGRAMA:

MemoriAmor

Josquin Desprez (ca.1450-1521):

La Spagna

Nicolas Gombert (1495-1560):

Dezilde al cavallero

Nicolas Payen (1512-1559):

Carole cur defles

Thomas Crécquillon (1505-1557):

Mort m’a privé, a 5 voces

Oeil esgaré

Missa «Mort m’a privé» (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus)

Francisco Fernández Palero (c. 1550):

Mor me a privé

Thomas Crécquillon:

Missa Mort m’a privé (Benedictus, Agnus Dei)

Juan del Encina (1468-1529):

Todos los bienes del mundo

Cipriano de Rore (1516-1565):

Vergine bella

Claudio Monteverdi (1567-1643):

Incenerite spoglie*

Darà la notte il sol*

Gioseffo Guami (1542-1611):

In die tribulationis

Claudio Monteverdi:

Dunque, amate reliqui*

Costanzo Antegnati (1549-1624):

La Moranda

Marco da Gagliano (1582-1643):

Chi da lacci d’amore (de La Dafne, 1608)

Costanzo Festa (1485-1545):

Contrapunto 108

Claudio Monteverdi:

Lasciatemi morire**

O Teseo, Teseo mio**

Sinfonia à 5

Marco da Gagliano:

Vita nostra al fin polvere et ombra

Emilio De’ Cavalieri (1550-1602):

Questa vita mortale

* Extractos de La Sestina. Lagrime d’amante al sepolcro dell’amata, SV 111 (Madrigales, Libro VI. 1614)

** Extractos de Lamento d’Arianna, SV 107 (Madrigales, Libro VI. 1614)

En conmemoración del V centenario de la visita de Carlos V a Granada.

Concierto grabado para su emisión en diferido por RNE-Radio Clásica y

la UER (Unión Europea de Radiodifusión)

Cuartetos para centenarios

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Lunes 22 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Música de cámara. Patio de los Arrayanes: Cuarteto Quiroga. Obras de Arriaga y Kurtág. En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

El Cuarteto Quiroga proponía un diálogo entre dos figuras separadas por dos siglos, pero unidas por la radicalidad de su escritura y la intensidad. El bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga, fallecido con diecinueve años, y a quien se la apodado “el Mozart español”, dejó pese a su breve trayectoria una obra madura, en la que sus tres cuartetos de cuerda ocupan un lugar central por su equilibrio formal, claridad expresiva y dominio del lenguaje clásico (y el Quiroga los ha grabado en septiembre de 2005 en la neerlandesa iglesia WedtVest90 de Schiedam, que están presentando este año del bicentenario). Por otro el compositor húngaro, nacido en Rumanía, György Kurtág, que ha cumplido cien años este pasado febrero, representa una de las figuras más singulares del último siglo con exploraciones más concentradas y de carácter aforístico, junto a una expresividad diría que especial. Como dice la web del Festival “El programa subraya así una curiosa relación entre juventud truncada y longevidad creadora, con el cuarteto de cuerda como vehículo privilegiado para la introspección y la experimentación”.

Alternar las miniaturas de Kurtág con los tres cuartetos de Arriaga no pareció encajar mucho, y el público estuvo algo «perdido» con el húngaro, pero estaba claro que el punto fuerte era el bilbaíno.

Las notas al programa de Luis Gago las titula Los dos extremos:

«(…) Escuchar la música de ambos en el concierto de esta noche tiene, por tanto, el atractivo del contraste entre dos maneras casi antagónicas de abordar la creación musical: la eclosión de talento casi incomprensible en un adolescente Arriaga versus la larga lucha por encontrar una voz propia de Kurtág, que publicó su op. 1, precisamente un cuarteto de cuerda, a los treinta y tres años. La conjunción de un genio precoz y una muerte temprana suelen ser los mejores aliados de la leyenda (…). El editor y musicólogo Alfred Schlee es homenajeado en su nonagésimo cumpleaños y recordado tras su muerte en Aus der Ferne III y V, esta última «música angustiada con grandes dosis de sul ponticello. Y luego, muy suavemente, algo se eleva», nos dice su autor. Conmueve observar las tres páginas y media en las que, con una escritura temblorosa, Kurtág entonó un planto fúnebre por László Dobszay, una persona cercanísima al compositor durante décadas, fechadas en Saint-André-de-Cubzac el 26 de agosto de 2011 (…) . En palabras de Cibrán Sierra, «un epitafio turbador que nos enfrenta al sobrecogedor abismo de la nada, donde el átomo se funde con la materia oscura y el sonido parece desintegrarse en el fatal agujero negro del silencio». Calando e perdendosi, escribe Kurtág casi al final de esta música rica en armónicos, en acordes de séptima y novena, tocada con sordinas de metal, con los sonidos reducidos a ascuas: «serán ceniza, mas tendrá sentido».

Sin entrar a fondo en la biografía de Arriaga citar la curiosidad de su fecha de nacimiento: un 27 de enero de 1806 (exactamente el día en que Mozart habría celebrado su quincuagésimo cumpleaños). De las únicas obras que se publicaron en vida del compositor vasco están los tres cuartetos de cuerda, que vieron la luz en París en 1824. De ellos, Cibrán Sierra escribe en el libreto del CD: «El dramatismo oscuro del inicio del primer cuarteto, en la sombría tierra sonora de re menor, convive con la deliciosa naïvité de las variaciones del segundo cuarteto, o con la increíble imaginación sonora del Andante del tercer cuarteto, que preludia usos instrumentales inauditos en la época». Del Quiroga podría repetir sus cualidades que reflejo en cada concierto al que he asistido, y son muchos, pero los tres cuartetos de Arriaga son también un referente en vivo, con la peculiar acústica del Patio de los Arrayanes. Ahondando en la descripción, “el Primer Cuarteto, en re menor, transmite la cara más sombría, dramática y retóricamente intensa de Arriaga, con una seriedad expresiva verdaderamente sorprendente en un compositor tan joven. El Segundo, en la mayor, tiene una luminosidad más extrovertida y una brillantez casi concertante, con momentos de un encanto y una elegancia irresistibles. Y el Tercero, en mi bemol mayor, es el más libre y audaz en términos de invención, color y juego formal: su Andante se convierte en pura imaginación sonora, y su final, una explosión de inteligencia y energía”.

La composición de un cuarteto de cuerda supone todo un complejo proceso que en Haydn, Beethoven o Schubert llevó años, mientras que en Arriaga asombra por su precocidad, celeridad y calidad, tres páginas amables del más puro clasicismo pero con sello propio. Retomando el libreto de la grabación del Cuarteto Quiroga, quiero destacar el análisis:

«Resulta admirable cómo se divierte con frases irregulares, cómo roza el cubismo en sus Scherzi, jugando al trilero con el oyente, en un ejercicio de ingenio parangonable a algunos de los más arriesgados experimentos haydnianos de Eszterháza. Es fascinante el arrojo instrumental, como ese brillante y operístico comienzo del segundo cuarteto, o el audaz tejido contrapuntístico con el que va urdiendo, de manera nada ostentosa, pero llena de pícara creatividad, los desarrollos del Finale del cuarteto en mi bemol. Sorprende ver a un joven firmar páginas donde los silencios ocupan espacios retóricos de tanta profundidad expresiva, un adolescente que no se esconde ante la oscuridad y que maneja con sobriedad las texturas más dramáticas; da gusto observar cómo es capaz de desarrollar el trabajo temático, explotar la diversidad de las cadencias, con sus múltiples encrucijadas narrativas, y cómo, a pesar de todo, nunca suena pretencioso, como les pasa a tantos, y no cae en el habitual pecado de la pedantería o la hipertrofia petulante. En sus cuartetos, Arriaga suena atrevido, con agallas y descaro; fresco y joven, pero inteligente, refinado y elegante».

Si Kurtág es lo actual, con sus aristas y particular entendimiento de estos “regalos cuartetísticos”, exigentes para poder extraer tanta profundidad en tan cortas duraciones, y el Cuarteto Quiroga los interpretó de forma magistral, desde matices íntimos, casi imperceptibles, a la fuerza arrolladora, Arriaga es frescura, con una escritura madura que saca de cada instrumento su protagonismo: diálogos deliciosos de los violines, el chelo sustentando la arquitectura sin perder los pasajes melódicos y un tratamiento de la viola que le da el color y el brillo que el Quiroga demostró con una interpretación perfecta a la que ni el calor, ni las toses, ni los cuchicheos a mi alrededor, lograron opacar.

Como decía George Steiner, un clásico lo es porque nos lee a nosotros tanto como nosotros a él, y así entendió el Cuarteto Quiroga al genio bilbaíno, al que llevan interpretando desde sus inicios, esta vez emparejado con el húngaro simplemente por efemérides.

PROGRAMA

I

György Kurtág (1926)

Aus der Ferne III (1991).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Cuarteto de cuerda nº 1 en re menor (1823).

György Kurtág

Aus der Ferne V (1999).

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 2 en la mayor (1823).

György Kurtág

Secreta: funeral music.
in memoriam László Dobszay (2011).

II

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 3 en mi bemol mayor (1823).

En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

@Lucía Rivera – Festival de Granada

P. D. Las fotos fueron compartidas el martes 23 a las 11:39 horas, utilizo esta última, ya subida la entrada de madrugada y actualizada a mediodía.

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