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Un salón para nuestras canciones de concierto

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Miércoles 21 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos: Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1679: La canción de concierto española en la primera mitad del siglo XX: Inés López (mezzosoprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Albéniz, Granados, Falla, Obradors, Nin y Gerhard.

Buena entrada en el coliseo gijonés para otro concierto de la Sociedad Filarmónica con la joven mezzo asturiana  Inés López y el pianista vitoriano Aurelio Viribay, que nos ofrecieron un interesante programa de canción de concierto española con dos parres diferenciadas, una primera de los grandes «precursores» en llevar nuestra música a los salones (Albéniz, Granados, Falla) y la segunda «escuela» con sus dignos herederos (Obradors, Nin y Gerhard) que también inspirados en nuestro folklore consiguen marcar en letras mayúsculas el «lied español» donde la voz desgrana textos musicados y el piano es coprotagonista por la escritura más allá de un mero acompañamiento, categoría sin complejos por la exigencia interpretativa de unas páginas personales de cada uno de los compositores, sin ocultar la grandeza que esconde nuestro patrimonio oral elevado a las salas de concierto.

Las cuatro canciones de Albéniz de 1908 sobre textos en inglés (también en francés) del «mecenas» Francis Money-Coutts tienen el aire británico (como si inspirasen más tarde a Britten) y la madurez pianística del maestro de Campodrón que parece volcar su Iberia en una Britannia de altos vuelos. Inés López es una joven mezzo de color bello, voz corpórea, emisión suficiente y fraseo en la lengua de Shakespeare claro aunque aún pegada a lo escrito, algo rígida y con menos expresividad de la esperada, con el magisterio de Aurelio Viribay, auténtico recuperador de estos repertorios desde su cátedra en la Escuela Superior de Canto madrileña, conocedor de las peculiaridades para quienes elige las páginas que mejor van a cada voz.

Las tres tonadillas de La maja dolorosa de Granados encontraron en la vocalidad de la mezzo todo lo escrito por el segundo compositor catalán de la tarde: más expresivas en el canto con los «tres tipos de dolor» que el propio Granados definía a su editor norteamericano Schelling, como bien escribe Miriam Perandones  (especialista en la obra del ilerdense) en sus excelentes notas al programa: «La maja dolorosa representa tres tipos de dolor: el dolor inmediatamente después de la muerte del majo; el dolor de las lágrimas, y el dolor de tiempo después, el recuerdo doloroso», las melodías ceñidas a la escritura con unos graves poderosos, un registro medio rotundo y los agudos suficientes para dar tres visiones dolorosas y melancólicas siempre bien subrayadas por el piano maestro que complementa estos tres «grabados sonoros».

Y no podía faltar el gaditano Manuel de Falla con dos de las siete canciones españolas (Seguidilla murciana y Jota) precedidas por una «rareza» poco programada de la Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos, citando de nuevo a la profesora Perandones Lozano «la representación del sufrimiento por el inicio de la primera guerra mundial. Está escrita a finales del 1914 sobre texto de su íntima amiga María Lejárraga (aunque ella firmase con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra). El poema tiene dos partes: la primera es una plegaria en que una madre pide la intercesión del niño Jesús para que su hijo no vaya a la guerra, y la segunda evoca una visión de su agonía en la contienda», verdadera poesía en música con un lenguaje menos nacionalista y verdadera joya inspirada en un villancico que el exiliado madrileño Julián Bautista (1901-1961) también tomaría para su homónima como bien conoce el maestro Viribay. Encontrar la voz ideal para ello y sacar toda la poesía de la música que la engrandece fue labor compartida, mientras las dos canciones españolas fueron perfectas para el registro de la mezzo y el virtuosismo del pianista en estas páginas que exigen perfecta compenetración alcanzada por ambos intérpretes.

Los herederos, también con la sombra de los exilios tanto interiores como reales nos dejaron una segunda parte menos tensa para Inés López, quien pese a las dificultades de todas ellas pareció estar más cómoda  escénicamente, de nuevo con una dicción perfecta y unas melodías populares con el seguro de un piano protagonista en los compositores catalanes y el cubano. Las cuatro canciones de Obradors son micromundos para un piano exigente que dibuja mientras las melodías cantadas lo sobrevuelan, de nuevo con «homenajes» a los que he llamado pioneros de la canción española de concierto, en este caso dentro de los cuatro volúmenes que escribió sobre Canciones clásicas españolas (1921-1941): la primera inspirada en un villancico del XVI, probablemente de Juan Ponce (1470-1521), la segunda cual Granados de sus majas, la tercera al folklore cántabro, y la última del gran Manuel García (1775-1832) que incluso inspiró a Liszt y Obradors recrea tanto para una voz operística como para un piano exquisito, casi orquestal por momentos en la línea de todas sus canciones españolas (donde El Vito sonaría pero en la versión de Joaquín Nin).

Y el cubano-español Joaquín Nin también se acercó a nuestro folklore para elevarlo desde su dominio pianístico a las salas de concierto, imbricando la rítmica y melodismo propio con una escritura rica en armonías, eligiendo tres de sus Vingt chants populares espagnoles publicadas en Francia (1923): una sentida Granadina como el exquisito Paño murciano, que arrancó los aplausos del público, casi continuadora de Falla, para finalizar con El vito que si la mezzo asturiana volcó toda su expresividad vocal y gestual, el alavés nos dejaría un piano estratosférico y luminoso por lo exigente y el encaje perfecto de protagonismo con la cantante. Maravillosas páginas donde disfrutar nuestra música española convirtiendo el teatro gijonés en un salón de concierto con estos repertorios que son el pan nuestro de las sociedades filarmónicas que continúan dando a conocer nuestra mejor música de cámara.

Para cerrar ciclo nuestro catalán internacional Robert Gerhard, nacido en Valls, hijo de padre suizo y madre francesa, exiliado tras la Guerra Civil a la Inglaterra donde comenzaba el concierto, con su ciclo de Cante jondo (ca. 1943), continuación de sus Seis canciones catalanas de 1931, mantiene las melodías originales pero con un acompañamiento pianístico contemporáneo, rompedor si lo comparamos con los maestros de la primera parte. La necesidad de adaptarse a los tópicos que la sociedad inglesa exigía a nuestros exiliados y necesitando subsistir, Gerhard utiliza el llamado prototipo andalucista pero con un estilo propio que se refleja mejor en sus composiciones orquestales. Con todo, cuatro cantes andaluces bien escritos para la voz y el piano más «jondo» que las melodías, especialmente la Malagueña y el último Zapateado tan virtuosístico como el de Sarasate, con el tándem López-Viribay echando el resto tras este intenso recital.

Aún quedarían fuerzas para dos propinas de nuestro género por excelencia como es la zarzuela, donde el piano debe hacer de orquesta y la mezzo asturiana mostraría todo lo que le queda por delante en una carrera que está bien enfocada para una cuerda con mucho recorrido y contando con buenos maestros: la romanza perteneciente a «Los claveles» Qué te importa que no venga… de Serrano, y las conocidas Carceleras de «Las hijas del Zebedeo» de Chapí, agilidades precisas, gestualidad convincente y musicalidad a raudales para abrir boca a la inauguración de la XXI temporada ovetense este jueves.

PROGRAMA:

I

Isaac Albéniz (1860-1909): Four songs:

I. In sickness and health – II. Paradise regained – III. The retreat – IV. Amor, summa injuria

Enrique Granados (1867-1916): La maja dolorosa:

I. ¡Oh, muerte cruel! – II. ¡Ay, majo de mi vida! – III. De aquel majo amante

Manuel de Falla (1876-1946):

Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos

Seguidilla murciana

Jota

II

Fernando Obradors (1897-1945):

La mi sola Laureola

El majo celoso

El molondrón

Polo del contrabandista

Joaquín Nin Catellanos (1879-1949):

Granadina

Paño murciano

El vito

Roberto Gerhard (1896-1970): Cante jondo:

I. Rondeña – II. Boleras sevillanas – III. Malagueña – IV. Zapateado.

La magia de Wong

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Lunes 15 de enero de 2024, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: The Hallé Manchester Orchestra, Kahchun Wong (director). Obras de Falla, Stravinsky y Shostakovich.

Este año arranca con un mes de lo más completo en la que sigo llamando «La Viena Española» (en algún momento escribí «La Viena del Norte» pero parecía exagerado colocar tan arriba a la capital asturiana), y la oferta es amplia, estando habitualmente en el mapa de las giras europeas, por lo que Oviedo volvía a ser parada obligada de la renombrada y centenaria orquesta The Hallé Manchester, fundada en 1858 por Sir Charles Hallé con un proyecto del que muchas formaciones deberían tomar nota. Tras la despedida esta temporada de su titular, desde casi un cuarto de siglo, Sir Mark Elder que pasará a ser «emérito», llegaba con Kahchun Wong (Singapur, 24 de junio de 1986) o Wong Kah Chun, el nuevo director principal y asesor artístico de la reputada formación inglesa a partir de la próxina temporada.

Si la orquesta de Manchester tiene todas las cualidades a las que los británicos nos tiene «bien acostumbrados», con colocación enfrentando violines y las trompetas delante de los trombones, siempre buscando la mejor sonoridad, ver al nuevo maestro singapureño dirigirla es toda una lección de buen hacer. Ha sido el primer asiático en ganar el prestigioso Concurso Mahler en 2016, sumándose a los premiados de fama mundial tras el paso por la Sinfónica de Bamberg, y las titularidades hasta el día de hoy así como las invitaciones, le están colocando entre los más disputados directores mundiales. De gestos precisos y concisos, con una mano izquierda que marca todo y una batuta que no solo marca el compás o el tempo, también ayuda en la expresión, convertida en varita mágica, pasando de estilete a daga, de florete a sable o de tiralíneas a pincel, pero nunca una brocha pese a que el programa tentaba a ella. Gestualidad clara y posición firme en el podio con apenas inflexiones para marcar las dinámicas más tenues junto a una vitalidad que transmite tanto a su excelente orquesta como al público a quien hechizó en todas las obras bien elegidas. Sobre él se ha escrito entre otras muchas cosas, su «electrizante presencia escénica y su cuidadosa exploración de los legados artísticos orientales y occidentales», y la «profundidad y sinceridad de su musicalidad”. Kahchun Wong comenzará su mandato a partir de esta temporada como director titular de la Orquesta Filarmónica de Japón aprovechando el profundo vínculo musical forjado con los intérpretes durante su etapa como principal director invitado, y también asumirá ese papel con la Filarmónica de Dresdner, comenzando con un concierto de Strauss, Elgar y una obra recién encargada a Narong Prangcharoen.

La primera parte en Oviedo resultó puro fuego de ballet al unir la «Danza ritual del fuego» de El amor brujo (Falla) con El pájaro de fuego (la «Suite de 1945) de Stravinsky, para lograr la fusión rusa con la parte segunda donde sonaría con toda la gran orquesta (calculen con seis contrabajos la cuerda con dos arpas y piano, maderas a dos y tres, cinco trompas, cuatro trompetas, cuatro trombones o cinco percusionistas) «La Quinta» de Shostakovich, reafirmándome en lo que escribo a menudo de «no hay quinta mala» y estas sinfonías son el mejor test orquestal para comprobar no ya la calidad de los músicos, sino también el magisterio en el podio, que Kahchun Wong demostró con un dominio total y de memoria en este «… asunto de supervivencia personal del que salir con la dignidad, y hasta el pellejo, a salvo» como escribe Luis Suñén en las notas al programa referidas a la sinfonía pero aplicables al singapurense y su orquesta tras lo vivido y escuchado este lunes de enero en un auditorio con buena entrada (y mejores precios que en el resto de España, demostrando con hechos la apuesta del consistorio ovetense por esta «capitalidad musical»).

El «fuego de Falla» con Wong y The Hallé resultó una delicadeza sonora con un tempo plenamente bailable, sin apurar, un deleite del oboe solista (Stéphane Rancourt) y unas dinámicas capaces de dar pábulo desde la leve llama hasta la combustión libre manteniendo el fuego latente hecho música por nuestro gaditano universal que nos cuenta la historia de la gitana Candelas atrayendo el fantasma de su celoso amante muerto.

Pese al triste coro de impertinentes toses y caramelos que no acaban de abrirse, siempre en los momentos más inoportunos, llegaría más magia con el cuento del maléfico Kaschei y el príncipe Iván convertido en ballet para Fokine en 1911 dentro de los tres encargos de Diaghilev a Stravinsky, en la elaboración de 1945 que el compositor llamó «Ballet Suite» con el mismo orgánico de 1919 y orquestación levemente revisada, para una orquesta potente y numerosa con la que Wong convirtió su batuta en «pluma mágica» para sacar los monstruos a danzar hasta la extenuación y con el certero sable destruir el huevo que guarda el alma del malo para rescatar a las cautivas y la zarina con la que Iván se casará con la solemnidad musical digna de una película (aún recuerdo «Fantasía 2000» de Walt Disney). El sonido británico resultó rico en tímbricas y calidades solistas (desde el concertino Roberto Ruisi hasta el clarinete de Sergio Castelló López), impresionantes los matices con unos pianissimi logrados no solo en divisi sino por toda la formación, con unos metales siempre presentes pero permitiendo escuchar al resto de la orquesta en unas dinámicas y balances envidiables, sin cargar las tintas y diseccionando los once números de esta suite que resultaron auténticos cuadros musicales más allá del «aire bailable» que, como con Falla, nos permitió disfrutar de todo lo escrito con una limpieza y entrega maravillosa por parte de estos músicos. Los tres números finales (aún con algún estertor que durante el COVID creíamos desaparecerían de los conciertos y óperas) demostraron toda la amplísima paleta dramática que The Hallé Orchestra atesora con un Wong atento a cada detalle.

La Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47 (1937) de Shostakóvich nunca canso de escucharlo y menos en vivo. Cada director la afronta dependiendo a menudo de la orquesta que tiene delante, otros imponiendo rigor y los menos entendiéndola como un compartir emociones. En el caso de Kahchun Wong y The Hallé estuvo claro el compartir desde el conocimiento profundo de la partitura. El Moderato ofreció la cuerda aterciopelada y tersa muy británica, disciplinada, con una madera que empasta a la perfección y unas trompas (especialmente Laurence Rogers) deliciosas, afinadas, rotundas pero también líricas, toda la gran orquesta escuchándose las distintas secciones con una claridad asombrosa. El director formado en Alemania dando todas las entradas, seguridad añadida a cada solista, fraseos claros con la izquierda, primer movimiento inquietante y desolador (impresionante el piano de Gemma Beeson), reflejo de los tiempos que le tocó vivir al compositor, el empuje vital que lleva a esa «escapada interior» pinchada con el estilete de Wong al ritmo casi marcial de una percusión que revuelve las tripas.

El Allegretto sonó con la ironía (un «scherzo» literalmente) tan típica de Shostakovich y del propio director incluso «blandiendo la batuta» cual puñal en el inicio de este segundo movimiento, después pincel con la mano izquierda difuminando colores sin perder la claridad global, contrabajos precisos y presentes (sin necesidad de tarima), madera ligera, trompas compactas, percusión clara y la tímbrica ajustada en este länder con aire de vals mahleriano. Impecable el concertino bien arropado por el resto con un Wong que transmite seguridad a todos en este segundo movimiento tan bohemio con los juegos de tempo y el lenguaje campechano de Dmitri.

El extraordinario Largo es de una tensión extraordinaria llevada solamente por una cuerda que de nuevo sería «british» por unidad de todo el bloque diferenciando cada una (dividida en ocho partes) con unos pizicatos siempre sonoros en todos los matices, la flauta evocadora, los clarinetes hispanos sonando a gloria, y sin metales, con la expresividad y tensión «in crescendo» para volver a la tranquilidad inicial, bien entendida de nuevo por un Kahchun que siempre encontró la respuesta justa.

El Allegro non troppo conclusivo con el redoble de timbales es una marcha orgullosa, que tras el desarrollo culmina llegando al clímax jugando con el timbre preciso de las láminas, antes del segundo tema lírico que nos recuerda al mejor Tchaikovsky incluso por la instrumentación, magia de la mejor Rusia sinfónica, caminando seguros hasta la sección final que empieza lentamente con el tema principal, elevándose triunfal hasta los poderosos acordes que inician la coda triunfal, con la orquesta de Manchester sacando músculo sin molestar, con el protagonismo necesario de unos metales verdaderamente bien fundidos y broncíneos gracias al pincel de Wong, y el recuerdo del imperio británico de sus mejores orquestas.

Una «sinfonía de autor» que diríamos hoy en día, «el epítome del creador que necesita ser libre en una sociedad que no lo era» como escribe mi admirado musicógrafo Suñén, «para sobreponerse a la circunstancia y, además, hacerse el optimista», y así entendida por The Hallé Orchestra y Kahchun Wong en perfecta conjunción para esta obra emocionante de verdad, tanto escrita como ejecutada, que sigue siendo una de las grandes quintas sinfónicas con una trágica historia detrás.

Al menos la propina nos devolvería la paz interior del británico Elgar y su bellísimo Nimrod que con estos intérpretes pareció ser la destinataria de este «Enigma» con las mismas cualidades británicas demostradas en todo el concierto.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Manuel de Falla (1876-1946): «Danza ritual del fuego», de El amor brujo

Igor Stravinsky (1882-1971)
«Suite» (1945), de El pájaro de fuego:

I. Introducción – II. Preludio y danza del pájaro de fuego. Variaciones –  III. Pantomima I – IV. Pas de deux  – V. Pantomima II – VI. Scherzo. Danza de las princesas – VII. Pantomima III – VIII. Rondó – IX. Danza infernal – X. Canción de cuna – XI. Final.

SEGUNDA PARTE

Dmitri Shostakóvich (1906-1975): Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47:

I. Moderato – II. Allegretto – III. Largo – IV. Allegro non troppo.

Los ‘Orígenes’ de Lucía Veintimilla

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Martes 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1674 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Lucía Veintimilla (violín), José Navarro Silberstein (piano). Obras de Jorge Muñiz, Schubert, Brahms,  Ysaÿe, Granados y Falla.

Penúltima escapada a Gijón para escuchar a la violinista «asturiana» Lucía Veintimilla por quien corre sangre musical desde antes de nacer, quien hubo de cambiar el programa inicialmente previsto por problemas médicos con el pianista Sergey Bezrodny (al que deseamos una pronta recuperación) pero que desde Bruselas pasando por Londres se trajo al boliviano José Navarro Silberstein (La Paz, 1995) que respondió a la perfección junto a la solista y compartiendo protagonismo en las obras a dúo.

Probablemente la premura en armar un nuevo programa nos privó de disfrutar el esperado, aunque sí mantuvo Veintimilla dos obras a solo para abrir cada una de las partes del concierto e incluidas en su CD ‘Origins: works for solo violin‘ (del sello asturiano ARIA classics): Salve Regina (2022) del asturiano residente en EEUU Jorge Muñiz a ella dedicada, y la sonata póstuma del virtuoso Ysaÿe, donde demostró desde su técnica una musicalidad innata, con una interesante obra compuesta en pandemia (explicada en las notas al programa por el musicólogo y crítico Jonathan Mallada) inspirado en el Gregoriano pero lleno de efectos, sonoridades actuales y una transcendencia que intenta reflejar una esperanza tras el Annus horribilis del Covid que ha dejado una buena cantidad de obras nuevas. Del violinista y compositor belga su sonata póstuma en tres movimientos, recientemente descubierta y con el gallego Manuel Quiroga como destinatario de la misma, trajo algún quebradero a la violinista asturiana, pero le imprimió el carácter a cada uno, especialmente en la Canzona central bien «cantada» y el toque jocoso del último.

Con el piano afrontaría dos sonatas de referencia para los estudiantes y que llevadas al concierto suponen un protagonismo compartido con el piano. La de Schubert titulada «Gran Dúo» ya está intrínseco en el propio sobrenombre (aunque publicadas como todas tras su muerte), cuatro movimientos bien contrastados y obra de transición hacia el romanticismo que se refleja en el respeto al genio de Bonn pero con la búsqueda de su propio lenguaje, inspirado como en sus lieder y donde el violín es la voz cantante. De nuevo musicalidad desbordante en Ventimilla aunque con algún traspiés de afinación y algo corta en volumen, tal vez por un piano con la tapa acústica totalmente abierta, pues Navarro se mostró seguro y respetando todos los matices escritos, así como un buen entendimiento con el violín, especialmente en el exigente movimiento final donde encajar los rapidísimos pasajes entre ambos intérpretes.

La primera sonata de Brahms adoleció de los mismos problemas aunque la escritura del alemán permite mayores dinamismos y juegos de tempo, destacando nuevamente en el Adagio pues es en los movimientos lentos donde pudimos saborear de las interpretaciones de Lucía y el buen acompañamiento de José, más conociendo el trasfondo o historia de ese segundo movimiento, casi una marcha fúnebre para su ahijado Félix Schumann.

La segunda parte más centrada con dos de los nuestros: Granados y Falla. Del catalán su Sonata H. 127 y con dos movimientos extremos conservados (el tercero desaparecido y del cuarto sólo unos bosquejos) que sólo suele escucharse el primero aunque el Scherzo es bellísimo con sus arpegios, escalas y hasta toques medievales, enlazando el romanticismo de Brahms con el Fauré de inicios del XX, y más cercano al francés por geografía y buena técnica compositiva donde abundan ya las señas de identidad de Don Enrique con más peso del violín que el piano, algo que así entendieron los intérpretes.

Y de las famosas Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla para soprano y piano (la Sociedad Filarmónica de Gijón fue testigo de la gira de estreno de la obra, con el propio Falla al piano y la soprano Aga Lahowska en el concierto que ofrecieron en diciembre de 1917 en el antiguo Teatro Jovellanos), el propio compositor junto a Paul Kochanski prescindiría de la ‘Seguidilla murciana’ para «rehacer» esta Suite populaire espagnole, añadiendo más protagonismo aún al violín y con un piano más presente. Impecable el boliviano y cantando la asturiana de adopción con altibajos, siendo la Nana o la Asturiana donde poder apreciar su expresividad, faltando más encaje y presencia en el resto, aunque de nuevo reseñar la premura en este nuevo programa.

Dos regalos, desde «Liebesleid» de Fritz Kreisler que no podía faltar en estos conciertos de violín y piano, más la sorpresa de escuchar a cuatro manos a Fauré y su Berceuse, primera de la «Dolly Suite», el pequeño homenaje  al francés que no pudimos escuchar pero que siempre se agradece en cualquiera de sus obras camerísticas, y el recuerdo de la profesora de piano de Lucía (y de Jorge Muñiz entre muchos otros), Doña Purita de la Riva (Oviedo, 1933) que a su vez fue discípula del pianista de Sarasate y de Pau Casals, como también recuerda el profesor Mallada.

PROGRAMA

Jorge MUÑIZ (1974): Salve Regina para violín solo
(dedicada a Lucía Veintimilla).

Franz SCHUBERT (1797-1828): Sonata para violín y piano en la mayor «Gran Dúo», D. 574:

I. Allegro moderato – II. Scherzo. Presto – III. Andantino – IV. Allegro vivace.

Johannes BRAHMS (1833-1897)
Sonata para violín y piano en sol mayor nº 1, op.78:

I. Vivace, ma non troppo – II. Adagio – III. Allegro molto moderato.

Eugène YSAŸE (1858-1931): Sonata póstuma para violín solo, op. 27 bis:

I. Molto moderato ma con brio – II. Canzona – Lento e mesto – III. Finale Giocoso.

Enrique GRANADOS (1867-1916): Sonata para violín y piano, H. 127.

Manuel DE FALLA (1876-1946): Suite populaire espagnole
(arreglo para violín de P. Kochanski, de las Siete canciones populares españolas):

I. El paño moruno – II. Nana – III. Canción – IV. Polo – V. Asturiana – VI. Jota.

La viola romántica de Isabel Villanueva

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Miércoles 22 de noviembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo: Concierto 17 del año (2060 de la Sociedad). Isabel Villanueva (viola), Calio Alonso (piano). Obras de Schumann, Schubert, Wagner y Brahms.

Entre Madrid y Zürich camino de Alemania, nuestra violista más internacional, la navarra Isabel Villanueva (Pamplona, 1988) hacía parada en «La Viena Española» junto al pianista granadino Calio Alonso (Baza, 1985) para ofrecernos un programa germánico de puro romanticismo, donde el instrumento de Enrico Catenar (Turín, 1670) cantó lieder sin necesidad de palabras. Las reseñas que acumula la pamplonesa la definen como «artista que arriesga», «artista sensible que sabe sumergirse en lo más profundo de la música» y añadirle la pasión en cada obra que afronta, encabezando el movimiento «Viola Power», interpretando tanto compositores actuales como los llamados clásicos. Un miércoles para seguir llenando de calificativos una biografía que no para de crecer.

Villanueva nunca defrauda, sea camerística o sinfónica, y esta fría tarde del otoño asturiano en su nueva visita a la capital asturiana, debutando en la centenaria sociedad ovetense, nos traería un repertorio con cuatro «tops románticos» germánicos para disfrutar de su sonido hermoso, siempre a caballo entre el violín y el chelo pero con un timbre «más humano» por cercanía en el registro a la voz natural, que además habla en cada pentagrama, transmitiendo una sensación de calma interior, jugando con las tesituras de las obras elegidas.

Con el piano del baezano la primera parte comenzó con Schumann y una de las tres romanzas (para oboe aunque hay versiones para violín, clarinete o esta tarde viola con piano), que se indica como «Nada rápida», abriendo los oídos del Filarmónica en un canto pausado, respirando con largos trazos dialogados junto al piano siempre compañero más que acompañante, para pasar sin pausa a Schubert y su conocida Sonata «‘Arpeggione’, D 821, instrumento «transmutado» a la viola, la calidez del registro propio bien entendida con el piano del bastetano. Tres movimientos para comprobar que la música bien escrita admite versiones, y Villanueva las trata con el respeto al original pero desde la sonoridad ideal de una viola capaz de sonar aterciopelada (impecable el Adagio central) e incisiva, interiorizada y cantarina. Tan solo en los pizzicatti perdió algo de volumen pese al mimo del piano, aunque la tímbrica funcionó y el aliento romántico se mantuvo en los cuatro movimientos si sumamos como primero la romanza, matices amplios en el dúo y aires germanos de salón hoy convertido en teatro.

Y dos «pesos pesados» para a segunda parte, un programa que sonará pronto en Suiza, lieder que  canta la viola de Villanueva compartiendo musicalidad con el piano de Alonso. Primero los Wesendonck Lieder de Wagner, arreglados por la propia Isabel en una tarea donde comunicar esas páginas originales  para voz femenina en una visión diría que didáctica, pues lo camerístico y vocal es fuente básica en la escucha y por supuesto en la interpretación, obligando a «cantar interiormente» los poemas de Mathilde Wesendonck, el único (?) amor platónico del alemán. Mientras Wagner trabajaba en el primer acto de Tristán e Isolda escribe este ciclo de cinco canciones de lo más inspiradas, una música de «transfiguración y consagración supremas» que la viola de Isabel Villanueva y el piano de Calio Alonso entendieron como tal. Arranque dubitativo pero expresivo, planos sonoros amplios ricos, cantos de emociones elevando estas páginas vocales al color y calor instrumental, que en cierto modo recrearán pronto en el Zurich wagneriano el episodio de su «envío a Venecia» por parte de Minna Planner. Melodía pura en Der Engel con un piano matizado; súplica estática en Stehe still!, el inspirador preludio «isoldiano» mejor desnudo de palabras pero vestido con el color de la viola y una orquesta de 88 teclas pidiendo se detenga el tiempo; penas o tormentos del Schmerzen que cantó en todo el registro vocal la viola de Villanueva bien asentada en Alonso; y final del estudio para Tristán, «el olvido de todo, el único recuerdo» que devolvía y compartía protagonismo en este dúo antes de afrontar el final del concierto.

Y para amor platónico el de Brahms hacia Clara Schumann, cerrando el círculo del programa. Otros cinco «lieder» sin necesitar palabras, bellísima la elección e interpretación de todos y cada uno de ellos, el último romántico y gran melodista que se adapta como un guante a esta reinterpretación con la viola y el siempre exigente piano. Comenzaría el dúo con las dos primeras del op. 105, la melodía que atrapa (Wie Melodien zieht es mir) y el sueño tranquilo (Immer leiser wird mein Schlummer), que bisarían al final, canto de tenor más que viola, articulando cada frase en diálogo perfecto con un piano profundo. El alegre y breve «Domingo» (Sonntag), tercero de los cinco op. 47 que la viola sonó aquí a mezzo corpórea con un piano cristalino. Finalizarían con dos de las cuatro op. 43: segunda «La noche de mayo» (Die Mainacht), piano tranquilo sobre el que se dibuja una de las más bellas melodías del «eterno enamorado» en la viola reposada y profunda con agudos contenidos cual voz femenina de soprano, para finalizar con la primera «Del amor eterno» (Von ewiger Liebe), como un cambio de registro de la viola al mejor barítono de lied con piano alemán, un tándem de intensidades y complicidad para una pasión compartida.

Un programa de canciones sin palabras donde se sumaría nuestro Falla con el último Polo de las «Siete Canciones Populares Españolas«, cantando con la viola como «la Berganza» y el piano de Lavilla, otro tándem ideal para cerrar concierto, aunque ante el éxito bisaron el Immer leiser wird mein Schlummer de Brahms.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

R. Schumann (1810-1856): Drei Romanzen, op. 94: «Nicht schnell»

F. Schubert (1797-1828): Sonata «‘Arpeggione’, D 821: I. Allegro moderato; II. Adagio; III, Allegretto

SEGUNDA PARTE

R. Wagner (1813-1883): Wesendonck Lieder *: «Der Engel»; «Stehe still!»; «Im Treibhus» **; «Schmerzen»; «Tráume» **

* Arreglo de Isabel Villanueva – **  – Stude zu Tristan und Isolde

J. Brahms (1833-1897) Fünf Lieder, op. 105: 1. «Wie Melodien zieht es mir»; 2. «Immer leiser wird mein Schlummer»

Fünf Lieder, op. 47: «Sonntag»

Vier Gesánge, op. 43: «Die Mainacht»; «Von ewiger Liebe»

La Edad de Plata sin brillo

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Domingo 12 de noviembre, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor: «Goyescas» (Enrique Granados). «El retablo de maese Pedro» (Manuel de Falla).

Crítica para ÓperaWorld del lunes 13 con los añadidos de fotos de Iván Martínez y propias finalizada la función, links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Tercer título de esta temporada ovetense con otro programa doble y español titulado “La Edad de Plata” uniendo en dos cuadros teatrales a Granados y Falla desde la dirección de escena de Paco López, un homenaje a algunos de los artistas, intelectuales y literatos del primer tercio del siglo XX que protagonizaron uno de los momentos estelares de la cultura española y que tienen en la ciudad de París su refugio creativo, trayendo a la capital asturiana esta arriesgada producción.
Y cuando califico de arriesgada quiero referirme a dos páginas que se hicieron algo pesantes, porque la ópera de Granados no soporta bien la escena pese a contar con un cuarteto vocal de altura, mientras que cambiar los títeres por cine mudo aunque admisible, sigo sin encontrarle un nexo si bien “El pelele” de Goya sirve de inspiración e incluso sumar a Zuloaga con un “NoDo” de 1939, año en el que Falla se autoexilia a Argentina y el pintor deja Paris por la llegada de los nazis, para hacer un “flasback” a los felices 20 donde juntar a los artistas españoles en la casa parisina del vasco, escenario donde se representa este díptico, cerrando así un hilo argumental que sólo pictóricamente puedo entender como argamasa de dos obras tan distintas.
Al menos las notas del propio Paco López sobre su dramaturgia pueden arrojarme algo de luz a este domingo lúgubre, más allá del ambiente que estamos viviendo estos días: «(…) la plasmación de un ideal (una patria no nacional, un difuso país imaginado) y la constatación de que su búsqueda sólo tiene sentido para quienes viven fuera de la realidad en la insania de su propia ‘realidad’». Personalmente me quedo con la definición para este díptico: “recreación ucrónica”, pues Wikipedia lo describe mejor que yo: “historia alternativa que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento histórico sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad”.
Los majos enamorados (o “Goyescas”) trajeron un cuidado y elegante vestuario de época junto a un excelente ballet de cuatro parejas coreografiadas por Olga Pericet y nuevamente el coro poderoso, afinado y entregado que dirige mi tocayo Moras, a un nivel de altura en cada representación.
También rotundos vocalmente Rosario (Carmen Solís) y Fernando (Alejandro Roy), la soprano extremeña y el tenor asturiano ambos dominando la escena y empastando sus voces para sacar adelante un argumento que hace más de cien años no gustó y a mi edad tampoco aunque pienso que Granados no logró escenificar unas páginas que funcionan solas musicalmente (piano, tonadillas y hasta orquestales) pero no unidas sobre un escenario.
Buena réplica la otra pareja de Pepa (Cristina Faus) y Paquiro (Damián del Castillo), la mezzo valenciana y el barítono jienense completando este elenco vocal de altura que siempre ha lucido en otras óperas representadas en Oviedo, pero que esta vez no pudieron levantar bravos.
No quiero olvidarme de los números con un piano de época sobre las tablas, con el que Borja Mariño hubo de lidiar más que el torero, y que fueron el mejor Granados de esta parte, junto a los “personajes de fábula”.
Del centenario retablo de Falla sigo prefiriendo la versión original con títeres (en Granada este verano por dos veces) pero reconozco el acierto del cambio al “cine mudo” con sus letreros correspondientes y unos actores excelentes en esta película “ad hoc”, donde se incluye no solo el primer movimiento del Concierto para clave del gaditano sino también Psyché y el Polo Ay!, sirviendo para “rellenar” a modo de interludio este teatrillo y proyección en el salón parisino del pintor de Éibar, antes del retablo musical. Trujamán (Lidia Vinyes-Curtis) convincente el de la mezzo barcelonesa sin cambios vocales de registro y con proyección suficiente, moviéndose por la casa de Zuloaga como si fuese suya, en donde estaban invitados los “goyescos” de la primera parte. Rotundo como es habitual el barítono coruñés Javier Franco en el papel de Don Quijote, para cerrar el trío protagonista con el solvente Maese Pedro del tenor navarro José Luis Sola, tres voces de calidad aunque de nuevo incapaces de darme luz ni convencimiento sobre las tablas.
Oviedo Filarmonía con el maestro valenciano Álvaro Albiach al frente sonó en los dos títulos segura, ajustada en las dinámicas aunque el clave de Falla no tuviese el protagonismo que el gaditano pensó para el salón de la millonaria heredera Singer.
Valiente y arriesgada apuesta por este díptico español con un elenco de altura pero sin las emociones a que estamos acostumbrados en “la Viena española” esperando ya por Verdi (La traviata) y Wagner (Lohengrin) como agua de mayo para cerrar otoño y abrir invierno.
FICHA:
Domingo 12 de noviembre de 2023, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor.
«Goyescas» (1912), música de Enrique Granados (1867-1916); libreto de Fernando Periquet, inspirado en obras del pintor Francisco de Goya. Ópera en tres cuadros, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 28 de enero de 1916. Producción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga.
«El retablo de maese Pedro» (1923), música y libreto de Manuel de Falla (1876-1946), adaptación musical y escénica basada en el capítulo XXVI de la segunda parte de “El Quijote” de Miguel de Cervantes. Obra musical para marionetas, estrenada en el Palacio de Polignac (París), el 25 de junio de 1923. Producción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga.
FICHA ARTÍSTICA:
”Goyescas”
Rosario: Carmen Solís – Pepa: Cristina Faus – Fernando: Alejandro Roy – Paquiro: Damián del Castillo.
”El retablo de maese Pedro”
Don Quijote: Javier Franco – Maese Pedro: José Luis Sola – Trujamán: Lidia Vinyes-Curtis.
Dirección musical: Álvaro Albiach – Espacio escénico-audiovisual, iluminación, dramaturgia y dirección de escena: Francisco López – Diseño de vestuario: Jesús Ruiz – Coreografía: Olga Pericet – Realización de audiovisuales: José Carlos Nievas.

Vida, agua, poesía y música…

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Domingo 12 de noviembre, 12:00 h. Avilés, Centro Niemeyer: Suena la cúpula. Recital “Las seis doncellas”: Sílvia Nogales Barrios (guitarra), Esther Acevedo (actriz y coreografía). Obras de: Gilardino, Falla, Despeyroux, Brower, E. Sáinz de la Maza y Castelnuovo-Tedesco. Poesía de Juan Ramón Jiménez. Entrada: 6€ + 1€ (gestión).

Una escapada matutina a «La Villa del Adelantado» y al ágora cultural del arquitecto brasileño para disfrutar con la poesía del Nobel onubense (re)vestida por la guitarra limpia y sentida de la manchega junto al verbo impoluto de la actriz granadina universalizando este proyecto original y creativo en otra bella propuesta de Silvia Nogales, con la calidad habitual de sus interpretaciones, como este domingo resonando en la cúpula de Niemeyer.

Lástima que la acústica ideal para la guitarra no ayudase a entender siempre la poesía de Juan Ramón, aunque el esfuerzo de Esther por moverse para favorecer la inteligibilidad fue encomiable y mejor aún su dramatización y escena con una vocalización de dicción perfecta y un atrezzo sencillo además de efectivo y creativo.

La guitarra sonó tan cristalina como el agua que fluyó, dulce y salada, vida en cada poema del Moguer postcolombino con música por él inspirada.

Los adjetivos para Platero resonaron vívidos en las “seis doncellas” lorquianas, olor a mandarinas, sonidos de pozo, caldero y barreño, la ría avilesina desembocando en el Cantábrico surcándola a dúo lírico hasta el inmenso océano, el flujo dramatizado fundiendo dulce y salado como música y poesía, pues somos agua y así suena la vida.

Un espectáculo para ofrecer en cualquier recinto sin encasillarlo, necesitando buscar nuevos enfoques musicales que encajan allá donde los lleven si los gestores son «omnívoros» y sin complejos: en un teatro, un centro cultural y hasta un auditorio con la amplificación necesaria, pues música y poesía con Nogales y Acevedo es éxito seguro, amplía públicos, tiene calidad musical y literaria, con una perfecta elección de repertorio bien hilvanado, donde solo la guitarra de Silvia Nogales Barrios ya llenaría ella una hora, y si  le añadimos el extra de Esther Acevedo todo tiene más sentido para este recital que lleva 10 años de viaje y sigue tan vigente como entonces.

Una alegría volver a disfrutar en mi tierra de Silvia Nogales junto a Esther Acevedo, esperando continúen ofreciendo estos recitales distintos, cercanos, didácticos y siempre llenos de poesía incluso en las páginas instrumentales donde la guitarra habla sin palabras…

PROGRAMA:

Angelo Gilardino (1941): Elegía di marzo (Omaggio a Juan Ramón Jiménez), de «Studi di virtuosità e di trascendenza».

Manuel de Falla (1876-1946): El amor brujo (selección). Arreglo para guitarra de Miguel Llobet. Romance del pescador; Canción del fuego fatuo.

Pablo Despeyroux: Agua.

Leo Brouwer (1939): Preludios epigramáticos (selección): «Desde que el alba quiso ser alba, todo eres  madre…»; «Tristes hombres si no mueren de amores…»; «Alrededor de tu piel, ato y desato la mía…».

Eduardo Sáinz de la Maza (1903-1982): Platero y yo (1972): V. Paseo.

Mario Castelnuovo-Tedesco (1895-1968): Platero y yo op. 190 (selección): Platero; Amistad; Ángelus; La luna; El pozo; El loco; A Platero en el cielo de Moguer.

Una emotiva «saxperience» en Mieres

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Sábado 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres: Dúo Saxperience, Los sonidos de Sorolla. Obras de Albéniz, Debussy, Ravel, Falla y Guinovart.

Para conmemorar el centenario del llamado pintor de la luz Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 – Madrid, 1923) llegaba a Mieres, tras actuar el día anterior en Llanes, el Dúo Saxperience formado por el maestro Antonio Cánovas al saxo alto y soprano junto a la pianista Elena Miguélez, vinculados a nuestra Villa por haber dirigido las bandas musicales de Mieres (AMAM y Banda Sinfónica del Ateneo Musical) el murciano y la Coral «Cantares» la leonesa, pareja muy querida que congregó una buena entrada en el auditorio local.
Las obras elegidas tienen todas relación con el Mediterráneo y esa luz que emana como fuente inspiradora tanto para los músicos elegidos como para Sorolla al proyectar durante el concierto cual banda sonora distintos cuadros bien seleccionados y comentando cada página el propio maestro Cánovas, labor pedagógica siempre de agradecer, más ante la falta de programas de mano.
Comenzaba el concierto con el conocido Tango, op. 165 (1890) perteneciente a «España, seis hojas de álbum» op. 165 del gerundense Isaac Albéniz (Campodrón, 1860 – Cambo-Les-Bains, 1909) en una  de las muchas transcripciones entre las que la guitarra tiene varias muy interesantes, en este caso para el dúo  Saxperience donde el saxo alto canta y el piano arropa esta música de habanera tan nuestra, ambientación sonora y pictórica muy bien elegida, aunando el carácter viajero de los dos artistas.
Proseguirían con la Rapsodia (1903) de Claude Debussy (1862-1918), original para saxo y orquesta, donde el impresionismo tanto pictórico de Sorolla como el musical del francés se aunaron en una de las para mí mejores interpretaciones sabatinas, destacando el virtuosismo y dominio del saxofonista murciano y asturiano de adopción. Bien ambos intérpretes en esta reducción orquestal para el piano creando una atmósfera ideal y artística, imagen y sonido aunados para disfrutar del magisterio de esta pareja que se compenetra a la perfección dentro y fuera del escenario.
Sin perder estos aires marineros que tantas obras ha inspirado, el vasco español Maurice Ravel (Ciboure, 1875 – París, 1937) compuso su Pieza en forma de habanera (1907), transcripción de la original para voz grave y piano, el saxo alto fraseando sin palabras y el acompañamiento pianístico original bien entendido por el dúo que nos interpretó e ilustró al Sorolla de niños, playas y barcas.
Tras una breve pausa para cambiar el alto por el soprano, las Siete canciones populares españolas (1914) de Manuel de Falla (Cádiz, 1876 – Alta Gracia, 1946), originales para voz y piano con versiones para voz aguda o grave -y en adaptaciones para casi todos los instrumentos solistas- encontrarían en el saxo soprano tan rico tímbricamente una visión expresiva, fiel a los fraseos originales, muy matizadas y con el exigente acompañamiento de piano que suele dar preocupaciones en las interpretaciones de estas joyas del compositor gaditano.
Algún problema en el inicio de «El paño moruno» bien cantado al soprano, regular pese a la «proximidad geográfica» la «Seguidilla murciana», «Asturiana» con algunas notas de regalo pero carácter y expresividad escrupulosa en ambod, mejor encajada la «Jota», intimista la «Nana» con unos pianissimi y fraseos que verdaderamente nos acunaron, dubitativo inicio de la «Canción» que por el respeto al original tuvo problemas sobrellevados con la profesionalidad, complicidad y experiencia del dúo, y el «Polo» de complicado inicio en el piano con un excelente fraseo en el soprano y buen encaje finalizando este ciclo que melódicamente siempre es un placer, aunque se pierdan las letras que iría cantando interiormente. Muy adecuados los cuadros elegidos donde no faltó nuestra tierra asturiana que tan bien pintaría el valenciano y del que el Museo de BBAA ovetense también atesora algunas obras del «pintor de la luz» como bien recordó Don Antonio antes de la interpretación, siendo bisada la Asturiana de regalo mucho más interiorizada y con la emotividad de sentir nuestro Principado desde su nuevo destino en Murcia.
Nueva transcripción de Mallorca, op. 202 (1890-91),a original para piano compuesta por Albéniz que al igual que las de Falla ha tenido numerosas versiones para distintos instrumentos solistas, especialmente para arpa o guitarra incluso a dúo.y hasta orquestales. En esta «barcarola» para saxo alto y piano se gana en su sonoridad al llevar todo el peso melódico de la mano derecha el viento, dotándola de texturas etéreas bien redondeadas por el piano, «liberado» de toda la carga de la partitura y permitiendo más detallismo. De nuevo interesante la selección de los cuadros de Sorolla para esta música tan mediterránea como las góndolas venecianas o las barcas de pescadores de la Albufera.
Para finalizar el concierto nos interpretarían la Fantasía sobre «Goyescas» de Granados (1993) de Albert Guinovart (Barcelona, 1962), nuevamente el maestro Cánovas al soprano para la original con clarinete, pero que el saxo mejora notablemente la tímbrica propia de esta interesantísima obra del compositor catalán. Importante la presentación previa con referencias al año 1917, el encargo a Sorolla por parte de la Hispanic Society of America de Nueva York, la inspiración en Goya del propio Granados y su ópera homónima que podremos disfrutar en Oviedo en brevr. Obra muy interesante donde los registros y color del saxo soprano tan rico, con las referencias directas al ilerdense, disfrutamos cómo van «fantaseando» en el dúo. Personalmente lo que más me gustó del concierto pues Guinovart sigue el modelo de las fantasías virtuosas del siglo XIX con acompañamiento de piano, género típicamente decimonónico y hoy olvidado, relegado a programas de exámenes o premios pero que entonces eran habituales en las salas de concierto y Saxperience ha recuperado para este centenario. Sin dejar de ser fiel al lenguaje pianístico de Granados que el compositor barcelonés conoce muy bien por haber interpretado y grabado sus Goyescas, la parte del solista está escrita con rigor  asesorado por el clarinetista Joan Enric Lluna y con una cadenza optativa para su instrumento solo.
Una buena tarde de sábado donde volver a disfrutar de este dúo de amigos en esta escapada musical que finalizaría alrededor de una mesa entre tantas amistades en la «Hermosa Villa de Mieres» que acabaría con algo más que orbayu.

¿Lírica flamenca o Flamenco lírico?

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Martes 18 de julio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de los Córdova, “Universo vocal”, Recital lírico II: Mariola Cantarero (soprano), José Quevedo ‘Bolita’ (guitarra flamenca), Paquito González (percusión). Libre, Canción española para soprano, guitarra flamenca y percusión. Obras de Ángel Barrios, Turina, Falla y José Quevedo. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Quienes me conocen me han bautizado como “omnívoro musical” y siempre abierto de miras y oído a todo intento de innovar repertorios y ganar públicos. Se habla de fusión, mestizaje, hibridaciones, inspiraciones o versiones, pues romper clichés y tomar ingredientes de siempre combinándolos de otra forma es igual de respetable. En mis años de docente explicaba al alumnado que la melodía era un cuerpo femenino al que se le vestía de diferentes formas (con armonías, ritmos, instrumentaciones y toda las técnicas ancestrales actualizadas); si el cuerpo es proporcionado y bello, cualquier ropaje o vestimenta le queda bien. Caso contrario será un arte conseguir que el ropaje disimule e incluso favorezca ese cuerpo.

Tomar obras “clásicas” de por sí bellas y (re)vestirlas para que sigan luciendo y no afeando, también es un arte. El mundo de la moda diferencia entre la “Alta costura” con modelos exclusivos y a medida de trajes únicos, frente al “prêt-à-porter”, confeccionado en serie según unas medidas o tallas predeterminadas que se acomodan a un gran número de personas, y que alcanza modelos de calidad aunque dependiendo quién los lleve parezcan exclusivos. Sobre esto desconozco la respuesta sobre si es clase, percha o vaya usted a saber pero salta a la vista (y al oído).

Toda esta introducción viene a colación porque el mundo de la música está lleno de modas, trajes a medida y comerciales partiendo de cuerpos desde todos los criterios estéticos que queramos. El flamenco, como el jazz, son músicas con alta carga de improvisación y poca escritura (aunque la preparación de las generaciones jóvenes en el primer caso, ha llevado al papel sus arreglos, creaciones o anotaciones como ya hiciesen los segundos). Se puede fusionar toda la música sin más etiquetas, y el proyecto que presentaba en su tierra la soprano Mariola Cantarero (Granada, 1978) resulta interesante porque cambia el punto de vista y la óptica: acercar la lírica y el belcanto al mundo natural de esta tierra, un patrimonio universal del que además nuestros Falla o Turina bebieron, y parecía necesario devolver lo “prestado” pues de bien nacidos es ser agradecidos, más en esta tierra y en esta noche con dos flamencos gaditanos: el guitarrista José Quevedo ‘Bolita’ (Jerez de la Frontera, 1974), para mi la auténtica “estrella” en el penúltimo firmamento granadino, y el toque de Paquito González (Sanlúcar de Barrameda, 1981), discreto pero con las pinceladas necesarias de una percusión que realza ese pellizco intrínseco a lo jondo.

El Palacio de Los Córdova registró una buena entrada y un público algo “apagado” para un proyecto interesante y bien amplificado con lo que supone de captar todo (respiraciones, desafines, excesos y dudas), percibiéndose inseguridades por parte de todos. Un espectáculo de flamenco lírico más que de lírica flamenca en la voz de “La Cantarero” intentando empaparse de tanguillos, tarantos, alegrías, seguiriyas, fandangos del Albaicín, guajiras y boleros en este marco idóneo por la propia geografía interior y exterior.

Abriría la soprano granadina con tres cantes de Ángel Barrios (1882-1964), La novia del aire (bolero andaluz), Hechizo y nostalgia, más Con puñales de cariño, impecable el toque de ‘Bolita’ llenándolo todo con esa guitarra forjada al lado de los grandes.

Importante el acercamiento del jerezano al músico sevillano Joaquín Turina (1882-1949) con tres revisiones de Poema en forma de canciones, op. 19 (1917) sobre textos del asturiano Ramón de Campoamor (1817-1901) que conocemos en su versión con piano y que desde el aire flamenco suenan nuevos, distintos, vestidos de granadina los Cantares, Los dos miedos y Las locas por amor. No es un arreglo del piano a la guitarra ni se cantan igual, mejor hablar de distintos vestidos, en este caso a medida del “modisto Bolita” aunque no encontró la talla correcta para Mariola Cantarero, que por otra parte y literalmente eligió un vestuario interesante de moda granadina como pude leer en la prensa: “en la primera parte un diseño exclusivo de Monae y joyas de San Eloy, la mítica joyería que hay en la Plaza del Carmen”. El sabor local quedó en la escena y cantar sentada como los flamencos no sumó “pellizco” aunque sea de valorar el intento del sabor granadino y andaluz. Creo que su color y timbre vocal no son adecuados para ella, pero había que probar este vestuario y comprobar la respuesta de una clientela que como quien suscribe, no pareció muy conforme.

Mientras la soprano se preparaba para la segunda parte con un vestido verde muy ampuloso de una diseñadora sevillana, José Quevedo ‘Bolita’ y el toque mínimo de Paquito González nos dejaría el Falla que Paco de Lucía llevaría a su terreno tras tiempo de estudio de las partituras, escuela con alumnos aventajados como el jerezano que nos dejó su versión y visión de la Danza del fuego fatuo y la Danza del molinero, el ropaje acorde con el resto del espectáculo y la Granada nocturna con el Albaicín y la Alhambra escuchando. Sonido bien amplificado y virtuosismo propio donde el duende también tuvo algo swing. El genio de Algeciras tuvo mucho que ver, transmitir y legar para todas las generaciones posteriores.

Y en la segunda parte las Siete canciones populares españolas (1914) de Manuel de Falla (1876-1946), un gaditano enamorado de Granada moldeando cuerpos perfectos que ‘Bolita’ intentó diseñar para la soprano con desiguales resultados, tanto por las armonías (las costuras no parecieron bien cosidas en alguna) como por la “caída” de los siete ropajes. Mi Asturiana no tuvo la claridad textual ni canora de un cuerpo musical tan hermoso aunque la Nana al menos intentó acunarnos en esta noche de calor más atmosférico que humano, y lo más “flamenco” resultó un Polo que bisarían como tercera propina tras una Granaína (dedicada a Marina Heredia, presente y “catedrática” en el buen cantar), y el famoso Adiós Granada con los mismos diseños.
Insistir en el enorme trabajo de José Quevedo ‘Bolita’ por confeccionar siete vestidos de pasarela andaluza inspirados en Don Manuel, pero la voz lírica tampoco hubiera “desfilado” vestida con los originales, como si en esta pasarela los tacones no asentasen o faltase el ritmo natural que se suplió con los buenos deseos de una mixtura sin botones ni cremalleras.

Lo más interesante fueron las dos composiciones de José Quevedo para Mariola Cantarero, diseños propios como los patrones, no visiones ni búsquedas estilísticas, verdadera creación de una guajira verdaderamente bella y en el mejor sitio para escucharla como Blanca flor de La Alhambra con una voz jugando menos en el registro agudo y acertando con la ambientación, o Si no es mi pena (Fantasía y bolero), un soneto de Francisco de Quevedo que no creo fuese sangre del guitarrista aunque encontrar los textos que musicar son otro arte.

PROGRAMA

Libre. Canción española para soprano, guitarra flamenca y percusión

Ángel Barrios (1882-1964)

La novia del aire (bolero andaluz)

Hechizo y nostalgia

Con puñales de cariño

Joaquín Turina (1882-1949)

De Poema en forma de canciones, op. 19 (1917):

Cantares

Los dos miedos

Las locas por amor

Manuel de Falla (1876-1946)

Siete canciones populares españolas (1914):

El paño moruno

Seguidilla murciana

Asturiana

Jota

Nana

Canción

Polo

José Quevedo (1974)

Blanca flor de La Alhambra (Guajira)

Si no es mi pena (Fantasía y bolero, soneto de Francisco de Quevedo)

Perianes de Califa a Emperador

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Lunes 3 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio Carlos V, “Grandes intérpretes”: Javier Perianes (piano). Concierto homenaje a Alicia de Larrocha en el centenario de su nacimiento. Obras de Falla, Debussy, Albéniz y Granados. Fotos de Fermín Rodríguez.

Granada sigue siendo mágica y la mejor disculpa para que el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) armase un programa con la capital nazarí como nexo de unión, aunque también serviría la inspiración propia de cuatro compositores que sin ser naturales de esta tierra, e incluso sin conocerla, en los feliz inicios del pasado siglo lo exótico era La Alhambra y sus leyendas, la historia que para los europeos debía de resultar cual un parque temático del momento sin pisar otro continente.

Y esta inspiración la tuvieron los cuatro compositores elegidos: el gaditano Manuel de Falla (1876-1946) que acabaría enamorado de Granada y viviendo en el Carmen de los Mártires y en el de la Antequeruela; visiones en el París capital cultural del momento que las transmitiría al francés Claude Debussy (1862-1918) bebiendo la misma fuente del idioma musical con la añoranza que da la distancia; el gerundés Isaac Albéniz (1860-1909) en ese mismo “exilio” pergeñará la biblia del piano actual que es su suite Iberia donde no falta esa página tan granadina como es “El Albaicín”. Y otro catalán como el ilerdense Enrique Granados (1867-1916) probablemente impregnado de la misma magia que todos los anteriores buscando trasladar al piano esa inspiración española que nuestros intérpretes más señeros llevaron por todas las salas de concierto y continúan haciéndolo.

En este año del centenario de la gran Alicia de Larrocha, quien sería nuestra mejor embajadora de todos ellos, varios intérpretes de ahora están homenajeando a la catalana, y no podía faltar nuestro Javier Perianes con un programa tan mágico como La Alhambra donde está como en casa, del Patio de los Arrayanes en ediciones anteriores a este Palacio de Carlos V donde el andaluz moró durante dos horas para convertirse en el emperador de la noche.

Hace tiempo que he calificado a Perianes como “El Sorolla del piano” porque mima el sonido de cada nota, en cada mano, con un manejo del pedal capaz de crear unas atmósferas cual veladuras, un limpieza y frescura en el trazo que asemeja la acuarela donde no hay posibilidad de error, gamas de matices tan extensas que pasan de acariciar las teclas a volcar toda la energía que exija el pasaje, claridad en lo melódico casi de tinta china sobre el papel y perfilar la esencia. Por finalizar con tantos paralelismos, el manejo de los tempi o del rubato que los años han madurado desde una musicalidad de siempre pero con la hondura emocional que solo los grandes intérpretes alcanzan, por lo que el mejor homenaje a Doña Alicia ha sido este programa que el onubense interpretó dos días antes en Campo de Criptana, aunque nunca hay dos conciertos iguales.

Sin pausas afrontó la primera parte, “de un tirón” y como dicen por aquí “estuvo sembrao”, primero Falla y su Homenaje «Le tombeau de Claude Debussy» (1920) donde el dibujo musical del francés que nunca quiso ser llamado “impresionista” pintó una habanera no sé si del Cádiz de Don Manuel o de la Huelva de Don Javier. Está claro que en la interpretación encontró todos los colores de los dos compositores, tal vez por lo que Ana García Urcola llama “españolidad francesa” del onubense y “penetra plenamente en ese sabor amargo, apasionado y seductor”.

Dándole la vuelta al epíteto de la profesora donostiarra, Perianes nos dejaría las tres páginas del Debussy imbuido por Falla desde la “francesa españolidad”, imágenes que se funden el oido como los colores en la retina pero siempre con la luminosidad mediterránea o atlántica pues el mar consigue reflejos que el compositor francés entendió y llevó al piano. Estampas como la tarde en Granada para enmarcar en nuestra memoria melómana, el paseo pasando por La Puerta del Vino o la interrupción de una serenata nocturna, en este caso por el vuelo de avión que intentó confundir la única estrella que brillaba en el firmamento (quiero pensar que Alicia de Larrocha estaba disfrutando de este digno heredero), tres láminas distintas con la misma temática pero sentidas e interpretadas con unidad estilística y toda la gama de recursos que Perianes domina, asombrando con unos pianísimos imperceptibles que cortaban la respiración en esas caricias, pero la energía de una mano izquierda prodigiosa capaz de pasar del canto al ropaje desde una rítmica personal que maravilla, la habanera gaditana y onubense como hilo conductor jugando con el grosor de los trazos.

Y uniendo este paisaje sonoro contemplar el de El Albaicín que tan bien musicó Albéniz, evocación de guitarra en la tierra que mejor las construye y en los dedos de un onubense que entiende estos ritmos desde el “pellizco” clásico manteniendo la esencia popular, no quedó atrás la vuelta a Falla y una Fantasía bætica (1919) para recordar por la fuerza, entrega, pasión y musicalidad capaz de recrear nuestra música andaluza por momentos chopiniana, zapateado cual polonesa y el sonido elegante además de muy trabajado del onubense, romanticismo en estado puro y virtuosismo necesario para trasmitir todo “lo jondo” que esconde la partitura de nuestro gaditano universal, lo que cautivó al público que le jaleó al finalizar esta primera parte.

Si Granada es la inspiración que París materializaba, nuevamente “la pintura musical” sigue siendo el hilo conductor de este “Sorolla del piano” que ha encontrado en las Goyescas (1911) de Granados otra galería sonora donde los dedos son pinceles que recrean al primer impresionista que fue Goya antes de acuñarse el término. Escuchar los dos libros seguidos, al igual que en Oviedo el pasado mes de abril dentro de las Jornadas de Piano, redondean la elegancia de la escuela parisina que Perianes transmite, despliegue de contrastes y dinámicas, de ritmos y fraseos, de pulir las melodías con una sonoridad tan trabajada que hasta parecía estar escuchando a la gran Teresa Berganza cantarlas en el universo del piano que de blanco y negro solo las teclas más el mueble. No quiero olvidarme del excelente sonido que devolvió el Steinway en el palacio imperial, y reajustado al descanso tras el “tute” de la primera parte.

«Las Goyescas es una obra de todo tiempo» decía el propio Granados, la escritura pianística es un compendio de técnica, claroscuros, pasiones y herencias románticas con la genialidad e inspiración española, y Perianes las ha hecho suyas de principio a final. Los dos cuadernos como toda una galería del Prado en este Palacio de Carlos V, cartones que son cuadros y páginas monumentales para seguir contemplándolas a toda hora, aunque la noche granadina redondeó la magia.
Otro triunfo del andaluz y más Falla que no falla en dos propinas manteniendo todo lo bueno, incluso el respeto de un público entregado (hasta un ramo de flores), la Serenata Andaluza más flamenca y guitarrística llevada al concierto, más la Danza ritual del fuego de “El Amor Brujo”en otro homenaje al Festival que también lo es de danza, personal interpretación y final en la medianoche para que el hechizo no se rompiese en este decimotercer día.

PROGRAMA

I

Manuel de Falla (1876-1946): Homenaje «Le tombeau de Claude Debussy» (1920)

 Claude Debussy (1862-1918): La soirée dans Grenade, de Estampes, L. 100/2 (1903) / La Puerta del Vino, de Préludes – Libro II, L. 123/3 (1911/1913) / La sérénade interrompue, de Préludes – Libro I, L. 117/9 (1909)

Isaac Albéniz (1860-1909): El Albaicín, de la suite Iberia (1905-1909)

Manuel de Falla: Fantasía bætica (1919)

II

Enrique Granados (1867-1916): Goyescas (1911)

 Los requiebros / Coloquio en la reja / El Fandango del candil / Quejas o La maja y el ruiseñor / El amor y la muerte (Balada) /  Epílogo: Serenata del espectro

Títeres atemporales

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Miércoles 21 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada. Palacio de Carlos V, Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Alicia Amo (soprano), David Alegret (tenor), José Antonio López (barítono), Juan Carlos Garvayo (clave), Aarón Zapico (dirección musical); Compañía Etcétera, Enrique Lanz (dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones). Obras de Telemann, Boismortier y Falla.

Segunda oportunidad para disfrutar de un espectáculo que hace años Antonio Muñoz Molina llamaba “El teatrillo de mundo”, los títeres de cachiporra que en Granada llaman “cristobicas” o en Jaén (como en Asturias) chacolines, una fiesta para niños y mayores que nunca pasará de moda cuando las historias son pura literatura. El texto de “El retablo de maese Pedro” se basa en el capítulo XXVI de la segunda parte de “El Quijote” cervantino, con unas líneas de otras partes de la obra. En este capítulo, el titiritero Maese Pedro llega por casualidad a la misma venta en La Mancha de Aragón donde se encuentran Don Quijote y Sancho. Es la obra que representa Maese Pedro con sus títeres, la historia de la francesa Melisendra, esposa de don Gayferos, a quien tenía cautiva el rey Moro Marsilio, más la liberación por parte del enamorado de esta dama con el final de la persecución por parte de los moros. Llegado este lance, don Quijote en su locura no se da cuenta de que son títeres, destruyendo teatro y muñecos con el fin, según él, de salvar a los fugitivos.
El 25 de junio de 1923 se estrenó en el palacio de la princesa de Polignac en París El retablo de maese Pedro de Manuel de Falla, una de las obras escénicas más singulares e importantes de la historia de la música española. Concebida como una breve ópera de cámara para títeres, la obra se había escuchado ya en marzo de aquel mismo año en el teatro San Fernando de Sevilla, pero en versión de concierto. Para el estreno parisino Falla contó con la colaboración del profesor, grabador y escenógrafo Hermenegildo Lanz (Sevilla 1893 – Granada 1949). En 2009, su nieto Enrique Lanz, líder de la prestigiosa Compañía Etcétera, creó unas marionetas gigantes para presentar la obra en el Teatro Real que también se llevó al Auditorio de la capital asturiana gracias a la Fundación Ópera de Oviedo, y son esas marionetas las que llegaron al escenario de la Alhambra en dos funciones para celebrar su centenario.
Este jueves ya rodada la primera representación, todo encajó a la perfección: una OCG bien balanceada pese a su disposición, con una cuerda delicada (bravo el concertino), precisa y bien contrastada, las lengüetas encajando, los metales en su justa presencia, el clave “histórico” escuchándose más presente y límpido (con un Garvayo que no falla) y la percusión de Noelia Arco encajada en membranas, pandereta y castañuelas… hasta el eolífono o máquina de viento (que algún periodista en el estreno confundió con corrientes que se colaron en el palacio renacentista de Machuca) sopló más precisa “enlazando aires”. Aarón Zapico mantuvo la tensión necesaria para no dejar nada fuera de control, dominio absoluto tanto de la música como de la escena, mimando al trío vocal que este jueves la amplificación “trató mejor”, y en general un excelente “tríptico quijotesco” capaz de aglutinar y organizar una acción donde las épocas barroca y rococó junto al neoclásico de Falla, todas sin pausas, se organizaron para que el número final tuviese la preparación ideal que ayudase a entender toda esta ópera imperial más que camerística, espectáculo total completando un programa donde la magia volvió a surgir y creer que los títeres tienen vida propia y cantan.
Si el día del estreno la tarde mojó los títeres haciéndolos aún más pesados, la segunda fue perfecta y la compañía de Enrique Lanz volvió a triunfar (pese a algún espectador con los pulgares abajo desconociendo su rechazo). La música unió una acción en siete cuadros donde los títeres grandes cantan y presentan el “teatrillo” ya mágico manteniendo la esencia de hace 100 años. Arrancando alguna que otra risa, Melisendra encantadora con el concertino poniéndole el sentimiento, rescatada a caballo por Don Gayferos, los clarines, los “chacolíes” azotando y la música reforzando, títeres que contemplan los grandes, los cervantinos que cantan y actúan, el esforzado Trujamán de Alicia Amo, el niño de “doble voz”, el Maese Pedro de David Alegret que da con la campana el arranque de la acción, y el potente Don Quijote de José Antonio López todavía más corpóreo que su réplica gigantesca blandiendo la espada con la que desbarata el “tinglado”.
Pero la música de Telemann y Boismortier alternándose como si fuese única ex profeso para el espectáculo redondeó el éxito. Sabia organización del director langreano, un Aarón Zapico con tablas y conocimiento de este repertorio barroco diseñado desde la óptica escénica que encajaría perfectamente con Falla, el pregón musical y después de Maese Alegret invitándonos al palacio cual venta desde la Sinfonía que abriría el telón para que Alicia Trujamán fuese narrándonos la acción de “los Etcétera”.
Final de “Estocadas reveses y mandobles” que no destrozan sino que resucitan este retablo centenario donde Melisendra será Dulcinea y el tríptico sobre Don Quijote una ópera imperial que nos haría despertar después de 100 años con “otro sueño de una noche de verano granadino”.
P. D.: Muy recomendable la exposición en el Centro Federico García Lorca hasta octubre de este año comisariada por Andrew A. Anderson.
Ficha:
Palacio de Carlos V, jueves 22 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada. Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Obras de Telemann, Boismortier y Falla.
Reparto:
Orquesta Ciudad de Granada (OCG) – Alicia Amo, soprano (Trujamán) – David Alegret, tenor (Maese Pedro) – José Antonio López, barítono (Don Quijote) – Juan Carlos Garvayo, clave – Aarón Zapico dirección musical. Compañía Etcétera. Enrique Lanz dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones.

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