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El talento no naufraga

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Lunes 18 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, RIDEA: La Castalia, Concierto de Clausura del Curso de repertorio vocal. Canela García, Carla Romalde, Almudena Sanz (sopranos), Gabriel Ordás (violín), Jorge Diego Fernández Varela (viola y piano), Santiago Ruiz de la Peña (cello); Manuel Burgueras (piano); Begoña García-Tamargo, directora artística y profesora de canto.

Tarde lluviosa con música de fondo de los canalones sin parar en el patio del Palacio del Conde Toreno que no logró aguar un concierto con aires reivindicativos.

Tomó la palabra la directora de «La Castalia» para volver a insistir la ausencia de ayudas a esta asociación veterana que hoy en día no existiría sin el apoyo del RIDEA, denunciando no ya la política cultural, citando el artículo 44 de nuestra Constitución sino el aumento en el precio de los abonos para la temporada de zarzuela que comienza el próximo jueves, y la tardanza en sacarlas a la venta.

Por si el aguacero de incomprensiones fuese poco, Begoña cedió la palabra a Mateo Luces, profesor de violín del Conservatorio del Nalón y presidente del comité de empresa que tras años en el tajo junto a sus compañeros, la Mancomunidad amenaza con llevar a juicio al centro musical de la comarca langreana y pedir que se haga cargo el Principado de este conservatorio, peligrando los puestos de sus 23 profesores que opositaron a ello hace más de 20 años y podrían quedarse como interinos al no haber subrogaciones de contrato, todo por leyes que cada uno interpreta como les viene bien y que por resumir se queda en unos cien mil euros a pagar entre cinco ayuntamientos.

Seguimos recortando en cultura y más en la musical olvidando que Forma Antiqva o el Coro de Voces Blancas han salido de este conservatorio y llevan a mucha honra el nombre de Asturias con una calidad envidiable, teniendo que volver a reivindicar y defender lo que tanto tiempo y esfuerzo ha costado.

En la parte musical hubo bajas médicas de la mezzo María Heres o el tenor Adrián Begega, pero el talento es más fuerte que las inclemencias y un triunvirato de jóvenes compositores además de intérpretes, supieron adaptarse a las circunstancias y completar un concierto que no tuvo desperdicio.

Al cellista Santiago Ruiz de la Peña le tocó abrir velada tras la media hora de reivindicaciones con el mejor «manifiesto» para la música como es J. S. Bach de cuya Suite nº 3 en do mayor nos dejó el profundo y ligero Preludio, la Zarabanda muy sentida recordando las violas de gamba francesas, y la Giga con aires de gaita. Buena memoria, templando con seguridad, arco flexible y creando un sonido que el tiempo, pues el estudio no falta nunca, acabará tomando aún más cuerpo y sonoridad en un instrumento que ya domina.

En el caso de Jorge Diego Fdez. Varela (1996), compositor y músico gijonés nos dejó al piano sus Farolillos en el agua casi banda sonora de esta tarde con el reflejo de las farolas en la autopista «Y» que une la costa con la capital, sencillez y ternura, new age por cristalina y Debussy o Ravel por inspiración y temática.

La asociación cultural «La Castalia» tiene una querencia lógica por Gabriel Ordás (1999) que tomó el violín para reinterpretar la Nana felguerina con texto de Lorca, originalmente para soprano que hoy «cantó» el ovetense con el piano del compositor, Jorge Diego Varela, obra que obtuvo el primer premio en el II Concurso de Composición de la «Fundación Marino Gutiérrez Suárez«, adaptación lírica a más no poder. Y de nuevo el talento de estos dos jóvenes para adaptar de su ópera de cámara Doña Esquina estrenada por «La Castalia» el aria para tenor Y cómo que lo estoy, nuevo dúo violín-piano cantando desde el dominio del compositor esta música fresca y vibrante llena de poesía. Reflejar la premura con la que ambos compositores tuvieron que trabajar, al alcance solo del talento de ambos músicos, integrales en sus dos facetas.

Fueron ellos tres, al sumarse Santiago y cambiar Jorge piano por viola los encargados de clausurar este concierto nada menos que con el Trío de cuerda en si bemol mayor D 471 de F. Schubert, uno de los grandes liederistas que el triunvirato interpretó cual romanza sin palabras en perfecto entendimiento camerístico, cual veteranos músicos que saben cómo latir a una, la mejor defensa para hacer ver lo importante que es tenerlos de ejemplo y tarjeta de presentación a sus coetáneos, esperando los políticos alcancen a entender que es la mejor inversión futura y no un gasto.

De las tres sopranos, ya conocidas por el que suscribe de anteriores cursos, quiero destacar el enorme trabajo y la progresión en cada una de ellas, junto a una sabia elección de repertorio a cargo del maestro Manuel Burgueras que conoce como pocos la materia prima. Para Almudena Sanz de voz fresca y creciente musicalidad eligió a Haydn para comprobar la ganancia en proyección de su voz: Pensi a me si fido amante y Un tetto umil,  para finalizar con el aria Signor, voi sapete de «Il matrimonio per inganno«, microrrelato bien interpretado tras la bellísima Plaisir d’amour (J. P. Martini) que nos descubriese la irrepetible Victoria de los Ángeles.

De artista ya profesional hay que calificar a la ferrolana Carla Romalde, afianzada en color de timbre penetrante y un dominio tanto del euskera como del alemán, idiomas muy parejos con los que pudimos disfrutarla tanto en Sorozábal o Guridi (Romanza de Mirentxu) pero sobre todo con Richard Strauss donde el piano dialoga con ella, un Zueignung poderoso tras el Día de los Santos (Allerseelen), tablas y musicalidad para unos textos que personalmente iba leyendo en el teléfono, traducción incluida.

La mayor satisfacción me la daría Canela García por el enorme avance mostrado, afinación segura y un cuerpo vocal ganando en el registro grave y dramático, con temas en francés muy adecuados a un color que ya está asentado y homogéneo. Beau Soir (Debussy), L’enamourée (R. Hahn) y el aria de «Herodiade» Il est bon (Massenet) fueron páginas muy trabajadas para poder disfruta de una vocalidad que ha ganado en confianza y colorido. Remataría con Kurt Weill y Nanna’s Lied, el cabaret alemán con partes habladas llenas de desenfado que le vienen muy bien a la soprano madrileña cuya evolución a lo largo de los cursos es digna de mención, esperando el próximo.

Felicidades al profesorado que contagia su amor por la música a esta generación de jóvenes cantantes, y mi admiración por el trío instrumental de talento desbordante, cuyas carreras de compositores no han hecho más que empezar y ya sacan a flote lo mejor de ellos en un largo camino para el que deseo a todos ellos lo mejor. Lástima que la política se esté devaluando y llenando de mediocres porque con acercarse esta tarde lluviosa hasta el RIDEA hubieran comprobado «in situ» la buena inversión que esperemos no se lleven alemanes o ingleses, pues dejar escapar talento no tiene retorno y la historia es terca.

Con voz propia

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Sábado 9 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía, Julia Lezhneva (soprano), Mikhail Antonenko (director). Obras de Mozart, Haendel, Rameau, Vivaldi y Rossini.

Crítica para La Nueva España del lunes 11, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

La Oviedo Filarmonía (OFil) cumple veinte años felices con voz sinfónica propia en esta “Viena del norte” más allá del foso del Campoamor, conciertos del Auditorio junto a las Jornadas de Piano. El tiempo transcurrido entre tantas óperas y zarzuelas sin perder nunca de vista galas líricas como aquella con el recordado Haider y La Gruberova, ha conseguido que la formación ovetense se haya ganado a pulso desde el duro y continuado trabajo la fama de orquesta ideal para el canto.
En esta línea discurrió el concierto de La Lezhenva el sábado, corroborando la afición por la música vocal en nuestra tierra con un público entregado a obras cercanas y conocidas desde la “Primavera Barroca” que año tras año también llena la sala de cámara.

El joven director ruso Mikhail Antonenko (1989) junto a su compatriota coetánea (y esposa) la soprano Julia Lezhneva armaron una velada con el inigualable Mozart en calidad interpretativa global, el barroco como virtuosismo siempre admirable, y el Rossini casi obligado en la capital asturiana, para una OFil con la versatilidad estilística intrínseca desde su nacimiento, que por momentos resultó excesiva en dinámicas pero no en empaste tímbrico aunque faltase un clave que redondease el buen sabor de boca.

Fígaro el operístico se casaría al principio y volvería al tajo casi al final (más calmado que el parisino del último de enero) para jugar con un mismo personaje desde dos lenguajes, clásico mozartiano y belcantista romántico que no se diferenciaron mucho con Antonenko al frente, elegante y claro aunque algo aséptico. Me resultó chocante que la mejor visión orquestal fuese Rameau y el ballet bufón Platée, más cercano a Mozart que a sus compañeros barrocos de travesía, auténticamente “salvaje” en aire y virtuosismo orquestal (con Marina Gurdzhiya de concertino), como pivotando entre dos mundos para saborear la calidad de OFil.
Bien seleccionadas las partes vocales de Lezhneva, incluso las cuatro propinas que indirectamente alargaron a la duración habitual de un concierto de estas características con un esfuerzo físico plausible manteniendo la unidad.
La voz de la joven rusa es carnosa, nunca hiriente, poderosa de emisión y color muy homogéneo para unos graves bien trabajados siempre audibles merced a una emisión nítida, de agilidades asombrosas que hacían preguntarse cuándo respiraba, y un repertorio que domina sin problemas con Antonenko buen concertador y la orquesta perfecta para estas partituras. Personalmente me quedo con la visión global de Mozart que vocalmente tuvieron más enjundia y musicalidad como el aria Voi avete un cor fedele o el empaquetado triple formado por la obertura de «Don Giovanni» bien leída en intensidades por los instrumentistas, junto a sendas arias de Bodas más Cossì: íntima y sentida L’ho perduta y completa Temerari… Come scoglio recitativo incluido, equilibrado, maleabilidad vocal e instrumental para el genio de Salzburgo en una voz portentosa que seguirá brillando en los próximo años, completado con Voi che sapete de la tercera propina.

Para el barroco siempre agradecido y comercial la orquesta sonó algo excesiva no ya por número sino porque Antonenko debería haber mimado más las dinámicas e incluso exigir un continuo con clave (cello de Ureña y contrabajo de Baruffaldi uniendo fuerzas para rellenar el colorido deseado) en una formación filarmónica que sin necesitar historicismos sonó muy bien en todas sus secciones.
Destacar por bien cantados el superventas Lascia de Haendel, esta vez Spina no Pianga, un aclamado Vivaldi Agitata da due venti de «La Griselda«, instrumentalización total sin falta de etiquetar a Lezhneva, de voz vistosa además de virtuosa, primando colorido sobre sentimiento capaz de llegar a todos los registros, pulcritud técnica manteniendo color vocal, para recuperar emociones con Rossini Tanti affetti de «La Donna del Lago«, afectos que cerraron con belcanto el tortuoso camino barroco tras el obligado peaje mozartiano de este esperado concierto sabatino.

Primacía barroca en los regalos: Haendel con «Alessandro», Mozart, R. Broschi y «Artaserse», o Aleluya de Porpora; las velas de cumpleaños entregadas a todos los asistentes sin necesitar encenderse fueron ideales para un concierto que supo dulce, ligero, optimista y cercano como toda fiesta donde la ópera suena celestial, más para melómanos llambiones, carbayones aparte.

Molinera cantábrica

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Lunes 21 de enero, 20:00 horas. Santander, Centro Botín (auditorio), «Música Clásica«: Pablo García López (tenor), Simon Lepper (piano). F. Schubert (1797-1828), poemas de W. Müller (1794-1827): Die schöne Müllerin (La bella molinera), D. 795. Entrada: 10 €.

Algunos museos cierran los lunes pero cuando se amplía la oferta como es el caso del Centro Botín en un terreno ganado para la ciudad, su auditorio abre al público con distintos conciertos de música clásica, siendo mi querido tenor cordobés Pablo García López quien ha tenido el honor de inaugurar este 2019 nada menos que con una sesión familiar la mañana del domingo y este lunes los veinte poemas de Müller que Schubert convierte en veinte «lieder» para compartir el protagonismo con el pianista inglés Simon Lepper en una impresionante velada con un público muy educado que por la poca luz apenas pudo ir leyendo los textos y su traducción al español a medida que la música fluía con el Cantábrico de natural telón de fondo, auditorio de acústica perfecta pese a la cristalera equilibrada con madera (el concierto se grabó para Radio Clásica) y un Steinway algo «duro» en la pulsación, supongo que por estar todavía «rodándose».

La mejor prueba de fuego para un cantante lírico son las canciones (todas: francesas, inglesas y españolas que aún no alcanzan el reconocimiento internacional), en especial las románticas y particularmente el mundo del lied alemán (Beeethoven, Schubert, Schumann, Wolf…) por su dificultad en el idioma unido a unas exigencias igualmente altísimas en el piano, nunca acompañante sino coprotagonista con la voz, indivisibles artísticamente. Microrrelatos que piden una implicación total sin descanso en los intérpretes, una prueba de fondo de una hora larga llena de intensidad dramática que marca el grado de preparación del dúo, en este caso tenor y piano.

El ciclo de La bella molinera (1823) resulta ideal para una voz joven que va ganando en los graves y con el desparpajo que dan los años, textos que el piano completa creando el ambiente, la tensión o el embeleso. Pablo García López cual «Der Wanderer» (caminante) arranca su Das Wandern (camino) al paso, sin prisas, hacia la molinera en un alemán perfecto, ademán cuidadamente descuidado, timbre adecuado y dominador de la escena contagiando al público este inicio de viaje casi susurrado, acunado por Simon Lepper. Los barcos surcando la bahía ponían el decorado natural como la voz del tenor que supo siembre Wohin? (a dónde) le iba a llevar este crucero vital, aligerando el paso pero con la mano izquierda en el bolso, bien asentado, proyectando y  jugando con el piano en las dinámicas. Un alto (Halt) solo literario porque la pausa no existe, oye el molino y el arroyo, escuchamos el piano pintando ese paisaje que se canta, mojado como el mar del fondo al que le damos las gracias (Danksagung an den Bach), doble intención de intérpretes y público aunque única dirección de lirismo. Caminos tortuosos de cuestas empinadas con el único bastón del piano, poderoso siempre abierto, bordeando con un fluir limpio ese río de la vida, otra etapa que habla de cesar el trabajo (Am Feierabend) aunque aumenta en los dos intérpretes, intercambio de esfuerzos, contrastes dinámicos del susurro a la fuerza pese a cantar unos «brazos débiles», para hacernos cómplices de una curiosidad (Der Neugierige) ingenua, cantada desde el amor a Mozart y a Schubert, el terreno natural donde caminar nuestro cordobés de la mano del excelente pianista inglés.

Contemplábamos felices este espectáculo poético-musical creciendo en emoción e intensidades, riqueza de matices y gusto, dramatización lógica para quien lleva mucha ópera en su todavía joven pero madura trayectoria de repertorio bien elegido con estos «premios» que nos regala. No hay impaciencia (Ungeduld) sino brisa fresca en piano y voz, primera cima de este viaje, musicalidad del alemán perfectamente encajado con el percutir rápido del piano, disfrutando una interpretación de calidad, entrega sin reparos, el rubor en las mejillas del enamorado confeso, y el relajado saludo matutino (Morgengruß) tras las emociones anteriores. Los pianissimi del tenor cordobés son únicos, reconocibles, mimados desde el piano inglés siempre sabio, dando el paso adelante en la escritura precisa de Schubert siguiendo el discurso romántico de tensión y calma necesaria dentro de la unidad global bien planteada para dosificar fuerzas sin perdernos nada por el camino.
Río para dar vida a las flores del molinero (Des Müllers Blumen), ternario cual vals vienés por «rubato» en su interpretación, piano sin palabras que pone Müller para cantarse antes de la emocional lluvia de lágrimas (Tränenregen) literal por el goteo de tiempo medio sin disgustos, melodía doblada en voz y mano derecha, con la izquierda vistiendo la declaración y tristeza de perder el reflejo de la amada ante la amenazante tormenta para cantar creyéndose suya a la molinera, Mein, convencimiento del caminante, tenor convincente volcado en una interpretación que seguiría «in crescendo».

Pause para recordar el laúd colgado por la tristeza y la cinta verde que le adornaba (Mit dem grünen Lautenbande), color esperanza donde la juventud se levanta rauda del tropiezo amoroso y el piano se convierte en cordófono trovadoresco para la musicalidad del alemán cantado, soltando lastre sin perder compostura. Nuevas cotas del camino emocional, desánimo sin desfallecimiento antes del desencuentro con el cazador (Der Jäger), el rival y ladrón de amor platónico, fluir de emociones evocando siempre al río amigo, musicalidad innata en los dos intérpretes, romanticismo cercano a Mendelssohn, las veladas en los salones vieneses de poesía y música con el propio Franz, Schubertiadas evocadas en el decimocuarto número nuevamente dramatizado en un constante crecimiento a lo largo de la velada por el tenor y el painista, cordobés e inglés, con celos y orgullo (Eifersucht und Stolz), el arroyo leal, veloz y furioso, agitado, que en un triste meandro cantará los colores favorito (Die liebe Farbe) y odiado (Die böse Farbe), ecos fúnebres del admirado Beethoven, paleta cromática emocional de timbre uniforme en todos los registros, tanto vocal como pianístico (el «ostinato» reposado que mantiene el pulso), lentamente delicado el favorito, pasionalmente expresado el odiado, trompas del muchacho mülleriano en el piano, elevando la voz y preparando los tres poemas finales.

«Flores secas» (Trockne Blumen), pictóricamente plenas de claroscuros, notas largas del piano para la melodía casi agónica, «El molinero y el arroyo» (Der Müller und der Bach) como dos mundos en uno, contraposición terrenal y espiritual con la realidad mandando, música pura donde la palabra embellece, cambios de paso en el caminante, dudas existenciales cantando siempre el regato amigo hasta abocarse a lo terrible convencido, descanso feliz y reposo tranquilo, «Canción de cuna del arroyo» (Des Baches Wiegenlied) cual imagen de la Ofelia prerrafaelita de John Everett Millais por un ahogamiento luminoso y orlado floral, despedida de un peregrinaje intenso compartido entre tenor y pianista largamente ovacionados por un público entregado.
Feliz de poder comprobar el crecimiento personal y artístico de mi «ahijado cordobés» al que los lieder y canciones le abrirán aún más puertas.

Viva Puccini con Beatriz Díaz

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Miércoles 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Gala Lírica Asturiana, Sociedad Filarmónica de Gijón. Beatriz Díaz (soprano), Alejandro Roy (tenor), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de Verdi, Cilea, Ponchielli, Catalani y Puccini. Entrada 26 €.

Llevo años diciendo y escribiendo que la soprano para la que Puccini escribió es la asturiana Beatriz Díaz, y este miércoles junto al tenor Alejandro Roy quedó más que corroborado, ampliando además roles que los años colocan en su sitio exacto, sabia elección de repertorio que nos dará muchas alegrías.

No hubo lleno en el Jovellanos gijonés aunque la gala operística se lo merecía, con un Juan Antonio Álvarez Parejo en el siempre difícil papel de «pianista-orquesta», partituras imposibles de tocar por sus reducciones complejas que solo los años de experiencia logran hacer creíbles desde su magisterio repertorista, como ya demostrase en la última Suor Angelica gallega, una segunda juventud desde la madurez.

Y aunque Puccini sigue siendo tan protagonista como nuestra pareja lírica asturiana, eligieron Verdi y su Otello para abrir boca, exigente, de claroscuros instrumentales para ir descubriendo una Desdémona allerana inédita que empastó a la perfección con «el moro de Gijón» en Già nella notte. Continuarían cada uno con arias habituales de sus repertorio, Io son l’umile ancella (Cilea, Adriana Lecouvreur) para disfrutar de «La Díaz» en estado puro, y Cielo e mar (Ponchielli, La Gioconda) con un Roy en su línea habitual de tenor «dramático» por fuerza en la emisión y color vocal, cariñosamente un «auténtico animal».

El maestro Parejo tuvo su protagonismo con un arreglo de John Gribben del famoso «Intermezzo» de Manon Lescaut (Puccini), la belleza de una partitura orquestal igualmente válida al piano cuando se logra el color preciso y bebiendo en las fuentes originales del italiano.

Hasta el merecido descanso el Jovellanos de Gijón sería la Nagasaki de Madama Butterfly (Puccini) con la bomba de Boo y el Pinkerton embaucador, Un bel di vedremo que nos pondría la piel de gallina con Butterfly Díaz de salón, por cercanía capaz de susurrarnos y explotar emociones desde una voz única con la orquesta en blanco y negro del piano, contestado con Addio fiorito occhi de Pinkerton Roy, muy sentido y condensando la fuerza del personaje en este aria de apenas minuto y medio antes del amoroso dúo Bimba dagli occhi que realmente enamoró al respetable, caracteres vocales bien definidos, la inocente Cio-Cio San y el marino conquistador con amores en cada puerto, en un momento irrepetible de estos asturianos universales.

Si la primera parte rebosó emoción por Puccini, la segunda rompería moldes con pinceladas increíbles en sedas líricas como Ebben, ne andrò lontana (Catalani, La Wally) a cargo de «la sopranísima» que emociona de principio a fin en este aria de aire «pucciniano», o el Vesti la giubba (Leoncavallo, Pagliacci) de Canio Roy cual anillo al dedo de nuestro tenor que está igualmente en un momento perfecto para el verismo desde su Curro Vargas que sólo él puede cantar en estos momentos.

Puccini nos devolvió al paraíso melódico que sólo el de Lucca entendió como nadie, primero la «debutante» Tosca nos cantó a dúo con Mario (quien regaló fuera de programa el «Adiós a la vida«) actuando en igualdad de condiciones escénicas y vocales, muchas ganas de poder recrearlo encima de las tablas con orquesta, transformando después a Cavaradossi en el Dick Johnson de La fanciulla del West que la «orquesta Parejo» vistió realmente de vaqueros el aria Ch’ella mi creda. Su intermedio de esta segunda sería la Fantasía brillante sobre Carmen en arreglo de Wilhelm Kuhe, ópera que los dos asturianos tienen en repertorio pero donde Bizet permitió que Puccini le eclipsase por tierra, mar y aire.

Para el final la Liù allerana con Tu che di gel del Turandot, lágrimas musicales que espesan con los años pero vuelan igual de alto en esta cantante que adora a Giacomo, antes de La Bohème y el famoso dúo de Mimì y Rodolfo, O soave fanciulla, el papel que espero ver en vida completo de esta «Musseta con alma de Mimì» que Beatriz Díaz bordó con Alejandro Roy, dos voces asturianas por el mundo y que la «sopranísima» personifica como nadie.

Puccini también regalo de lujo como no podía ser menos, el citado E lucevan le stelle (Mario Cavaradossi de Tosca), y O mio babbino caro (Lauretta de Gianni Schichi) que pusiese el Colón bonaerense a los pies de esta grande y el Jovellanos nos la trajo de vuelta a casa junto al tenor gijonés, dúo de artistas astures profetas también en su tierra.

Crecer y seguir apoyando

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Domingo 9 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: La Castalia, Concierto de Clausura XVII curso «La voz en la música de cámara», homenaje al RIDEA. Entrada libre.

Ya van diecisiete cursos organizados por «La Castalia» centrados en la voz y la música de cámara con un profesorado de reconocido prestigio y un alumnado conocido que además de seguir formándose protagonizaron todos un estreno absoluto que llenó el Teatro Filarmónica porque el RIDEA no hubiera sido suficiente y además el merecido homenaje de «La Castalia» por el apoyo incondicional en tiempos de crisis varias merecía el mejor de los marcos posibles y el de la vecina calle Mendizábal reunía todas las condiciones.

Begoña García-Tamargo abrió el acto con la gratitud a los colaboradores y una excelente y amplia semblanza de la institución homenajeada, así como la entrega a Ramón Rodríguez Álvarez, actual presidente del RIDEA, de una placa conmemorativa y unas breves palabras de agradecimiento.

Dejo imágenes del programa y cartel de la ópera de cámara así como alguna fotografía mía sin entrar muy a fondo en detalles. Cierto que los dúos elegidos de Haydn, Schumann, Mendelssohn o el hermosisimo La Nuit de E. Chausson buscaron el empaste y continuar trabajando repertorios e idiomas donde estas voces se van encontrando más cómodas, todas ellas conocidas por el que suscribe y contemplando una evolución no siempre igual, alguna diría incluso que en retroceso, puede que por nerviosismo ante el imponente aspecto teatral (es preocupante la desafinación total sin escuchar el piano de referencia), incluso con distintos pianistas que aportan nuevos enfoques al trabajo como Ignacio Fernández o Juan Urdániz además de los profesores de estos cursos Sergey Bezrodny o Manuel Burgueras, con incorporaciones de nuevo repertorio español actual comenzando con el turolense Antón García Abril (1933) y sus Canciones asturianas, con Urdániz al piano acompañando las tres elegidas, Tengo de subir al puertu y la añada Dúermete neñu de la mezzo María Heres realmente cómoda en ellas, y Hasta los naranjales han florecido de la soprano Canela García.

El asturiano Jorge Muñiz (1974) y su ópera Fuenteovejuna fue la que abrió la temporada de ópera ovetense y de él pudimos escuchar en este concierto el estreno en España de su Oda a Covadonga (2005) con texto de Claudio Sánchez Albornoz en la voz del tenor Adrián Begega y el piano del maestro Burgueras, un homenaje a los tres centenarios de Covadonga.

El gallego Juan Durán (1960) no solo arregló Lela de su paisano Rosendo Mato Hermida (1914-1994) y letra de Castelao cantado por el tenor Vladimir López y Urdániz al piano sino el compositor de Tríptico de Amor y Ausencia con texto de Gabriela Mistral, cuya Ausencia estrenaban en Asturias la mezzo María Heres y el pianista Manuel Burgueras deleitando a un público entregado con esta belleza de música cercana geográfica y anímicamente.

Siempre se ha dicho que el violonchelo es lo más parecido a a voz humana, y antes de sumarse al trío instrumental para Doña Esquina, Santiago Ruiz de la Peña nos dejó la difícil Polonesa Concertante (David Popper, 1843-1913) de armónicos casi imposibles, con el virtuoso Bezrodny al piano, poniendo el punto y seguido antes del esperado estreno absoluto del ovetense Gabriel Ordás (1999), quien tomaría el violín y la dirección de una ópera de cámara sobre el entremés homónimo de Agustín Moreto y Cavana que disfrutamos en versión concierto y a no más tardar estoy convencido tendrá su puesta de largo porque resulta actual, moderna y accesible, en la línea de este músico integral con el que «La Castalia» encontró un filón al ser destinataria de algunas composiciones de un talento que sigue sorprendiendo con cada obra.

Cinco personajes para las voces que fueron «calentando» con Urdániz al piano, Ruiz de la Peña al cello y el propio Ordás tocando el violín y dirigiendo, corroborando lo escuchado previamente en calidades y registros para un elenco vocal donde nuestra mezzo Doña Esquina fue la protagonista total e incontestable de una partitura fresca, que respeta las voces, con ritmo, salero, aires del mejor musical de Broadway (a fin de cuentas también ópera de nuestro tiempo) recordando al genio Bernstein, y un argumento dieciochesco que parece tan actual como la música del propio Gabriel.

Mi más sincera enhorabuena a «La Castalia» por seguir creciendo, apoyando lo nuestro y formando contra viento y marea a una generación que no lo tiene fácil en estos tiempos.

Recortes de la prensa asturiana del lunes 10 en El Comercio y La Nueva España:

Mayúsculas íntimas

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Miércoles 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni: Piotr Anderszewski (piano). Obras de J. S. Bach y Beethoven.

En música las tres B mayúsculas las asociamos con Bach, Beethoven, Brahms, y los dos primeros serían los protagonistas del concierto que el pianista polaco-húngaro presentó en Oviedo, ampliando una primera parte que en principio se quedaba «corta» al ofertar tres -después serían seis- preludios y fugas del segundo libro de El clave bien temperado. Las notas a programa de Luis Gago se titulaban «Non Plus Ultra» aunque el recital lo dejaré en personal, pues así entendí la visión de un intérprete que tiene querencia por algunas obras y que afronta esa biblia del músico que es Bach con limpieza exquisita pero algo enfocada por un pedal «sui generis» en un concepto global muy romántico, como si la primera parte fuese preludio de «las Diabelli» sin entender tampoco el criterio en la elección de unas obras concretas así como su orden en el discurso musical, amén de los errores en los números de catálogo o tonalidades dentro del programa inicial y de la hoja añadida que descubrí al finalizar el concierto.

De los seis preludios y fugas no hubo un orden armónico, cronológico ni temático como tampoco en los iniciales tres, y de ellos me quedo con su interpretación contrastada sobre todo en las dinámicas casi extremas donde el éxito se alcanzó con los pianissimi íntimos capaces de acallar toses y respirar con Anderszweski. Personalmente tuvimos hace casi cuatro años nuestro doctorado de melómanos y seguidores de Bach con Pierre-Laurent Aimard que nos dejó casi tan exhaustos com él mismo, un monumento sonoro e interpretativo de que adoleció el polaco. Aportar algo personal a Bach no está al alcance de todos aunque se tenga la técnica necesaria para afrontarlo y creo que es la razón por la que no se escucha habitualmente en concierto. Los preludios resultaron algo desconectados de sus respectivas fugas en cuanto a intención aunque las segundas siempre sonaron limpias y haciéndonos cómplices de su discurso, pero por momentos parecían sonar lejanos, de otros tiempos remotos, por lo que me limité a degustarlos sin más emoción que la ir sorprendiéndome según aparecían. La crítica destaca del pianista polaco la «intensidad y originalidad de sus interpretaciones», y «su
fuerte personalidad artística», así que no estaba muy descarriado.

Pequeña conversación al descanso sobre filosofía y música desde mi silla de ruedas, que voy aparcando poco a poco desde este último miércoles de noviembre, me hicieron pensar sobre introversión bachiana y extroversión beethoveniana, implosión y explosión, decantándose siempre por lo segundo según iba escuchando esas 33 variaciones sobre un vals de Anton Diabelli, op. 120. Desde mis tiempos de estudiante reconozco que buscamos obras que nos gustan y luego no podemos, encontramos otras que terminan cautivando y una extraña sensación, mayor como público, de obras que se cruzan en tu vida. Supongo que esta opción debió ser la de Anderszweski pues las ha grabado en audio, documental y es obra habitual en sus recitales, densa pero asumida como propia de nuevo por su forma de afrontarlas sin esconder nada intrínseco al Beethoven del piano. Nadie mejor que el propio Gago para explicar estas «Variaciones Diabelli» de las que escribe: «una gigantesca metamorfosis, una transformación de proporciones colosales (…) unas variaciones que remiten al inicio de otras variaciones, como si Beethoven quisiera entrelazarlas simbólicamente, con ambas remitiéndose una a otra en una suerte de eterno retorno». Puede que esa media docena de preludios con su fuga correspondiente fuesen como variaciones que nos llevasen a las otras con la visión del genio de Bonn sobre el Kantor de Leipzig y leídas por un intérprete de origen húngaro igualmente universal como ellos, intentando beber como casi todos los polacos de la fuente más cercana en busca de la verdad que en música nunca es total pero siempre será personal y entregada como en el caso de Piotr Anderszweski.

De regalo más Beethoven, la primera de las seis Bagatelas op. 126, misma sonoridad y sentimiento, casi intimidad en toda la velada, personal y solo apto para paladares delicados en un auditorio con excelente entrada para un piano solo, donde la palabra «bagatela» no refleja esta pequeña joya del irrepetible sordo enterrado en Viena.

Este primer sábado de diciembre tendremos más Beethoven en el Auditorio, el Emperador con Kun-Woo Paik de solista Oviedo Filarmonía celebrando 20 años y Carlos Domínguez-Nieto a la batuta, que espero contar desde aquí.

Buenos estudiantes en verano

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Lunes 30 de julio, 20:00 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), La Castalia: Concierto de clausura del IV Curso de Canto y Repertorio Vocal. Entrada libre y aforo completo.

Parece que estudiar en verano seguimos asociándolo a los malos resultados pero muchos son los que aprovechan el periodo estival para seguir haciendo cursos de perfeccionamiento, acudir a talleres y seguir creciendo porque así es la vida, muriendo y aprendiendo. En el campo musical nunca se deja de estudiar ni siquiera siendo profesional, incluso más aún para mantenerse siempre en forma, así que vacaciones como muchos las entendemos no existen.
En mi caso verano es sinónimo de desconexión laboral pero nunca de mis aficiones, entre las que nunca faltan lecturas y conciertos de todo tipo como se puede comprobar en el blog. Poder comprobar la evolución del alumnado es probablemente una de las satisfacciones mayores que se tienen tanto en la docencia como en mi melomanía, a menudo unidas ambas tras mis años de pianista repertorista, por lo que siempre que tengo a mano la posibilidad de escaparme a conciertos de clausura ahí estoy, y de nuevo Oviedo con «La Castalia» me ha dado la oportunidad de comprobar el buen estado vocal de nuestros jóvenes que ocupan el mes julio formándose con los mejores profesionales, todos luchando contra indolentes políticos, sin subvenciones, con zancadillas y rivalidades mal entendidas, poniendo dinero propio y apostando por un futuro más cercano de lo que se piensan los dirigentes, porque el tiempo vuela y no se puede dejar escapar el talento.

En nombre de esta incombustible Castalia del siglo XXI, su directora artística y profesora de canto Begoña García-Tamargo presentó este colofón de curso tras diez días duros de esfuerzo ímprobo para 14 alumnos, 100 horas de trabajo con profesorado de fonética (Ana Cristina Tolívar), análisis (Mª José Collazos) o repertorio vocal (Manuel Burgueras) para «desmenuzar» 76 obras y seleccionar las que finalmente pudimos disfrutar en el patio del RIDEA con un lleno impensable en un lunes al fin veraniego, con largas colas y una afición única en La Viena del Norte como llamo a este Oviedo musical, dejando aquí el programa. Además de recordar los sinsabores también repasó los conciertos en el Arqueológico, la centenaria Sociedad Filarmónica Ovetense, las distintas temporadas operísticas y sinfónicas con dos orquestas en la capital, junto a las Jornadas de Piano y Conciertos del Auditorio con su presupuesto pendiente de aprobar a estas alturas del año, aunque sabemos cómo funcionan nuestros dirigentes.

El maestro Manuel Burgueras al piano, del que dejo arriba la entrevista en La Nueva España, no solo ayudó durante todo el recital (al estar indispuesto Ángel Álvarez que también tenía sus obras) sino que continúa buscando lo mejor para cada voz, esta vez con mayoría de sopranos y distintos niveles pero todas ellas superando la dura prueba con público. Repertorio variado con canción de concierto para mayor disfrute pianístico y pureza total, arias de ópera, oratorio y también zarzuela para terminar. Acompaño fotos y obras junto a breves comentarios de todos los participantes.

Abría fuego el barítono coruñés David González Piñeiro con dos de las cinco canciones de «Let us garlands bring» opus 18 (G. Finzi) con textos de Shakespeare, Come away, come away death y Fear more the heat o’ the sun bien pronunciadas y sentidas para un timbre hermoso y delicado al que no debemos perderle la pista.

La jovencísima soprano Paula Montejo interpretó Amor, ch’atendi (G. Caccini) de voz natural a la que auguro largo recorrido, sin complejos y color prometedor totalmente adecuado a esta bellísima página, segura con el apoyo del maestro Burgueras.

El siempre difícil «Giulio Cesare» (Händel) del aria Si, spietata, il tuo rigore lo interpretó el bajo Román García, también joven pero que apunta maneras en su registro, agilidades bien resueltas con el aire adecuado para una voz que crecerá mucho con los sabios consejos de sus maestros.

Almudena Sanz es otra soprano que nos dejó muestras de dos estilos diferentes pero bien hilvanados y elegidos para su color, el complicado barroco de «Juditha Triumphans» (Vivaldi) con O servi volate más el clasicismo de Haydn y Quando la rosa non ha più spine (aria de Susana) de «La Metilde ritrovata» aún mejor.

Ya conocía al tenor Adrián Begega quien nos dejó el aria Sol può dir come si trova de «Il Re Pastore» (Mozart) que le va muy bien por tesitura y estilo, mejorando poco a poco su escena aunque el genio de Salzburgo siempre esconda dificultades en cada partitura.

Misma tesitura para otro tenor muy distinto, Vladimir López, voz con cuerpo en toda el registro y gusto en su línea de canto que optó por la conocida Parlami d’amore, Mariù (C. A. Bixio), disfrutando del piano y la melodía bien sentida, quedándome con ganas de escucharle algo más porque gustó en esta intervención.

También repetía la soprano Canela García que avanza en cada curso, cantando en su primera intervención la bellísima Nuit d’étoiles (Debussy), bien musicalmente y que deberá «romper» poco a poco en escena porque cualidades vocales las tiene.

Siguiendo en la misma tesitura de sopranos conocidas en estos cursos Cristina Suárez interpretó Ruhe meine Seele (R. Strauss) en perfecto alemán y protagonismo compartido con Manuel Burgueras, el siempre agradecido lied para ambos con un registro grave amplio e ideal en este repertorio al alcance de pocas voces jóvenes que la soprano gallega resolvió con solvencia.

Un placer escuchar a la mezzo asturiana María Heres en cada curso, siempre cómoda y segura en el repertorio barroco que adora, y más con el Messiah (Händel) con el que comenzó su primera intervención en la reposada aria He was despised and rejected of men con un piano mimando cada pasaje haciendo olvidar la orquesta original,

para continuar con el dúo O death, where is thy sting bien empastado con Adrián Begega en color e intención.

Las voces gallegas son habituales de «La Castalia» por cercanía y confianza en estos maestros, y una de ellas es la soprano ferrolana Carla Romalde, una veterana pese a su juventud, siempre con soltura en las obras trabajadas, dejándonos en primer lugar la complicada aria Ah, non credea mirarti de «La Sonnambula» (Bellini), belcantismo puro para una voz que se maneja bien con las agilidades.

Volvía el bajo Román García que se atrevió y cumplió con el aria Vieni, o levita de «Nabucco» (Verdi) asombrando de nuevo por un registro que el tiempo engordará para una cuerda en la que escasean estas voces.

Bellini volvería a sonar con Canela García quien interpretó Dopo l’oscuro nembo de «Adelson e Salvini» aprovechando esa voz con cuerpo y música de reminiscencias hermanas del Oh! quante volte («I Capuleti e i Montecchi») de mayor dramatismo vocal que corporal y el piano orquestal.

Más clasicismo de Haydn, la «canzonetta» con texto de Shakespeare She never told her love para la mezzo María Heres en su última intervención, inglés perfecto de dicción y confianza en un repertorio que avanza para su registro poderoso siempre cantando con emoción y buen gusto.

Del hermoso oratorio «Elías» (Mendelssohn), el tenor Adrián Begega eligió Zerreiset eure Herzen… So ihr mich resuelto con seguridad y matices algo exagerados pero solvente de principio a fin.

En la recta final y con segundas intervenciones llegaría la conocida aria Oh, ma lyre immortelle de la poco escuchada «Sapho» (Gounod) a cargo de Cristina Suárez, una joya que las grandes sopranos guardan para sus recitales y de agradecer poder escucharla en este concierto, bien trabajada por la cantante gallega que redondeó una buena intervención con la excelencia pianística del maestro Burgueras.

El apasionante mundo del lied volvía al recital con David González y Verborgenheit (H. Wolf) que requiere dicción y emoción, microrrelatos dialogados con el piano, perfectamente ensamblados ambos para este «descubrimiento mío» en el cuarto curso de «La Castalia», barítono al que espero poder seguir su trayectoria.

Oviedo ama la zarzuela, nuestro género por excelencia que tiene tanta tradición como la ópera en la capital asturiana (la segunda temporada tras Madrid) por lo que el cierre no podía ser otro, la romanza En un país de fábula de «La Tabernera del Puerto» (Sorozábal) que escuchamos hace poco en el Campoamor, aquí por la soprano Carla Romalde de timbre algo metálico pero seguro y suficiente con los ornamentos en su sitio  pausados junto a la «orquesta» de Burgueras, el acompañamiento ideal en esta clausura de curso y concierto que hizo las delicias de todos los presentes. Nombres de voces que cuando triunfen diremos «los escuché en Oviedo, La Viena del Norte gracias a La Castalia«.

Poesía es música

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Sábado 28 de julio, 20:00 h. Salón de actos del Monasterio de Santa María de Valdediós: «Atardeceres Musicales 2018«, Ciclo La voz y la palabra, organiza Círculo Cultural de Valdediós. El canto de la dulce Filomena: Lola Casariego (soprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Debussy, Fauré, Hahn, Massenet, Granados, García Abril y Bautista Cachaza. Entrada libre hasta completar aforo.

El ciclo titulado «La voz y la palabra» une los dos pilares del Círculo Cultural de Valdediós, poesía y música presentando este segundo concierto donde los textos son aún más protagonistas con la música, Francia y España, poemas ofrecidos con letra original y su traducción en unos programas de mano con papel excelente, obras de compositores del pasado siglo tanto del país vecino ocupando la primera parte como nuestros españoles internacionales en la segunda, si se quiere de mayor calidad todavía con un Federico García Lorca más vivo que nunca en los lenguajes de tres músicos dispares que engrandecen con la voz y el piano la eterna lírica. Contar con la ovetense Lola Casariego en este concierto suponía garantía de calidad, y sumándole el magisterio al piano del vitoriano Aurelio Viribay el resultado final fue poéticamente musical o musicalmente poético, buen decir en francés o castellano, mejor fraseo instrumental sin palabras y protagonismo compartido de un género que seguimos vendiendo mal precisamente por ser nuestro: la canción española de concierto que el Maestro Viribay conoce como pocos, equiparable a las Chanson vecina, Songs inglesas o Lieder alemanes, porque las hermosas melodías alcanzan altos vuelos ante el pianismo de unos compositores que conocen los estilos vecinos, contemporáneos e incluso avanzados a su tiempo como comentaré más adelante.

Por desgranar la primera parte en perfecto orden cronológico y estilístico, cuatro músicos que mueren en la capital francesa. Claude Debussy (Saint-Germain-en-Laye, 1862 – París, 1918) y tres poesías musicalizadas de auténtica soirée maliayesa en este entorno monacal: Beau Soir (Bourget), Nuit d’Etoiles (Banville) y Mandoline (Verlaine), la voz carnosa de la soprano carbayona con el impresionismo puro del pianista alavés, textos realzados en pentagramas rompedores en su momento, perfecto maridaje del cambio de siglo para continuar con el gran melodista vecino, Gabriel Fauré (Pamiers, 1845 – París, 1924) al que Elly Ameling y Dalton Baldwin me engancharon hace muchos años para reactivarse este sábado de voz y palabra tomando del ciclo La Bonne Chanson op. 61 sobre textos de Verlaine dos de las nueve canciones, tercera y segunda respectivamente: La lune blanche luit dans les bois, hermosa en cualquier registro vocal pero que con Casariego alcanza color propio sin perder el sabor de mezzo, y Puisque l’aube est grandit, la propia poesía describiendo el piano que «crece como el alba» en manos de Viribay guiando la voz «por senderos de espuma apartando guijarros y peñas, arrullando las lentitudes cantando aires ingenuos» pero maduros en la voz de Lola, sin nasalizar en absoluto dominando textos y argumentos, dramatización compartida en la escena.
Evolucionando en lenguaje tanto vocal como instrumental pero siempre al servicio del texto vendría otro melodista caribeño de nacimiento pero plenamente integrado en el ambiente de «La Belle Époque», el venezolano Reynaldo Hahn (Caracas, 1874 -París, 1947) con dos páginas a cual más bellas: Si mes vers avaient des ailes (V. Hugo) y A Chloris (Théophile de Viau), verdadera recreación que este tándem Casariego-Viribay suelen ofrecer en pugna de emociones antes de concluir con el operístico Jules Massenet (Montaud, 1842 – París, 1912) que como tal, no podía olvidar estas miniaturas teatralizadas con textos de Louis Gallet como la Elégie para disfrutar por partida doble, voz dramáticamente emocional y piano conteniendo desde el equilibrio ideal sin cello, antes de Nuit d´Espagne, excelente visión musical francesa de nuestra geografía literaria con cierta reminiscencia bizetiana más que raveliana aunque la inspiración española no tiene fin.

Apenas diez minutos de descanso y totalmente española la segunda parte, colocadas obras y autores ahora jugando con los estilos y dándole protagonismo a García Lorca tras abrir boca con un Enrique Granados (Lérida, 1867 – Canal de La Mancha, 1916) siempre actual. De «La maja dolorosa», tres tonadillas dieciochescas, inspiradas en la moda goyesca e inspiradoras por calado, ¡Oh muerte cruel!, ¡Ay majo de mi vida! y De aquél majo amante. El gusto de Lola Casariego se recrea con esta maja bien entendida desde un registro grave poderoso y una tesitura cómoda de dicción perfecta que siempre ayuda a la emisión clara, mientras el piano de Aurelio Viribay no solo sustenta esos tres textos pictóricos sino que vuela en el lenguaje pianístico hispano iluminado en París y malogrado por una tragedia que truncaría una proyección inimaginable del catalán.

Suelo comentar con muchos melómanos que uno de los compositores que mejor han entendido el folklore español ha sido el maño Antón García Abril (Teruel, 1933), digno representante y continuador de esta tradición de canción que conoce y se inspira en los orígenes populares para elevar los textos de nuestros poetas. Así toma a Lorca para sus «Tres canciones españolas» que sin perder el trasfondo regionalista mantienen el lenguaje típico del turolense, «tierno y brillante» en palabras de la propia Lola, compartiendo empuje voz y piano, el ritmo del Zorongo de regusto decimonónico, la Nana, niño, nana, sentimiento fallesco de armonías en plena transición o la Baladilla de los tres ríos de tradición melódica cercana a Rodrigo, de final poderoso que han sido llevadas al disco por ambos intérpretes (Canciones) junto a otras más que conforman este «corpus de canción hispana» donde no falta lo asturiano, aunque el directo único de Valdediós lo hizo irrepetible.

Y el aún por descubrir Julián Bautista Cachaza (Madrid, 1901 – Buenos Aires, 1961), estilísticamente el más actual y adelantado a su época por aunar el sabor clásico andaluz con toques de jazz flamenco, o viceversa, a partir de los textos lorquianos en Tres ciudades, el compositor «hondo y racial» que arranca con una Malagueña de piano guitarrístico además de «jondo» y voz con «pellizco y quejío», Barrio de Córdoba sentido, florido como los patios, balada llorada desde la lejanía antes del Baile de final apoteósico con aires de Albéniz y Turina para recrear la Carmen sevillana e internacional que hacen del exiliado Bautista un compositor español cercano y universal  como también lo fue su amigo Salvador Bacarisse, ambos en el llamado «Grupo de los Ocho» madrileño, otro compositor que entendería a la perfección que la poesía es música. Muchas gracias a Aurelio Viribay por su incansable trabajo en mantener encendida la llama de estos excelentes músicos a quienes todavía no se les ha reconocido en su justa medida y también acreedores de la memoria histórica pues la dictadura les privó de triunfar en su patria.
De propina sin necesidad de presentaciones aunque «fuera de contexto» por reducción orquestal al piano tras un equilibrado y bien elegido programa, una de las más bellas arias de ópera escritas por Puccini, «O mio babbino caro» de Gianni Schicci, preferida de muchos aficionados que llenaron el salón monacal a los que nuestra Lola agradeció cantando a papis, güelitos y tíos con sobrinas.

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Viernes 20 de julio, 20:00 horas. Patio del Centro de Cultura Antiguo Instituto (CCAI): Concierto homenaje a René de Coupaud. Isaac Turienzo (piano), Xel Pereda Quinteto, Andreas Prittwitz Lookingback Trío. Aforo completo.

Entrar en el Antiguo Instituto es recordar siempre a mi querido René, el omnipresente que diría Andreas, su hogar tras cambiar Vetusta por Gijón donde siempre tuvo su casa, pues allí nació y fundó el primer estudio de grabación asturiano en el recinto ferial, los legendarios Estudios Norte y después EOLO donde le conocí con Pipo Prendes, por donde pasarían tantos artistas y grupos de todos los estilos a dejar escrita un poco de la historia musical asturiana, con el tándem Coupaud-Bastarrica, el mismo de La Orquestina Son Les Poles con un toque personal y avanzado para entonces que continuarían en menor medida Cuélebre. En Asturias todos sabíamos que hablar de René de Coupaud era hacerlo de música, de trabajo, de ilusión y hasta de innovación.
Surgió entonces la chispa y mi admiración por una leyenda cuyo nombre iba unido al de figuras de mi adolescencia (Camilo Sesto, Ángela Carrasco, Alcatraz…), tenerlo cercano fue un aprendizaje vital y de respeto hacia el maestro, cariño hacia su familia en Fray Ceferino con Javi y Pablo, también grandes músicos como no podía ser menos, chapoteando en la piscina mientras Loli preparaba la merienda.
El cambio de destino no solo supuso hacer menos kilómetros diarios sino mejorar la calidad de vida y dejar atrás San Juan el Real, pasar otra hoja a su libro musical además de continuar haciendo escuela desde el Taller de Músicos de la Fundación Municipal de Cultura y Universidad Popular, primero en los bajos de El Molinón y después en este CCAI desde donde seguir dinamizando todo lo que sonase, impulsor entre otros del Festival de Música Antigua de Gijón.
René siempre apostando por innovar, imposible resumir sus 25 años al frente de esta iniciativa que sirvió de modelo para muchas más, rompedor siempre en su momento y todo un clásico ya. Sembró mucho, discreto y tenaz, trabajador infatigable, y en el mejor momento de su vida, recién jubilado disfrutando de Quintes, su corazón volvió a fallar dejándonos un vacío indescriptible. Un febrero gris de invierno que no terminaremos de digerir ni siquiera cinco meses después, repitiendo climatología en pleno verano después porque sigo buscándole cada vez que vengo al Centro.

Recordarle era lo menos que le debíamos, y no podía ser más que con música, en su casa y como decía la concejal de educación y cultura Ana Montserrat López Moro al inicio, con «cariño, respeto y admiración». Sería imposible reunir sobre el escenario a todos por los que René apostó, asesorándoles, grabando o apoyando infatigable, pero hubo una buena representación este sábado con el respaldo de su Gijón del alma, de tantos amigos que dejaron pequeño el patio: el jazz, el folk o la fusión, avanzados en su momento y plenamente actuales.

Isaac Turienzo ha sido Premio AMAS de Honor como René en 2014, ambos enamorados del jazz y que abrió homenaje casi intimista con Thelonius Monk, un Monk’s Mood contrapuestos y unidos por el equilibrio, desde la locura uno y de la reflexión otro como el propio Isaac comentó. Otros dos temas, primero un bolero de aire casi Corea o incluo Camilo pero Michel, con la canción de amor España, siguiendo con otro «standard» recordando 1992 del ciclo «Jazz en el centro» el mismo año que grabase en Mieres «Made in Asturias«, con dos referentes de Isaac, Tete y René cual tamiz de ambos, la (re)visión popular de Santa Bárbara bendita.

Eduardo García Salueña, digno heredero de René, hizo de maestro de ceremonias y también dejó pinceladas antes de dar paso a Xel Pereda con un cuarteto donde estuvieron con
Ángel Ruiz en la pedal steel guitar un trío de cuerda (violín, viola y cello). Desde Llan de Cubel, grupo de folk que también pasase por las manos de René, Xel cantando con su guitarra fue llenando de asturianía contemporánea el patio gijonés con la añada Agora non en versiones atemporales, siguiendo con el tema de Igor Medio (Felpeyu) Los fayeos de mayo
y con el quinteto Onde vas por agua
para finalizar desde la fórmula del popurrí comenzando con una introducción instrumental de steel y guitarra del conocido En el campo nacen flores donde van cantándose arreglados de aire «country» el Xilguerín parleru con Si la nieve resbala, buena fórmula para revitalizar la llamada música de raíz que sigue funcionando.

En este homenaje a René había que recordar los talleres de improvisación que arrancaron allá por 1996 y todavía funcionando, y Eduardo aprovechó para dar paso a la última actuación de un asturiano de adopción que ha venido tantas veces a nuestra tierra en parte «por culpa de René» con distintos grupos, a charlas y conferencias, a festivales y conciertos, seminarios o grabaciones con el omnipresente amigo: Andreas Prittwitz en trío de Looking Back con Ramiro Morales en la tiorba (guitarra barroca para el último tema) y Antonio Toledo a la guitarra española mientras Andreas saltaba del clarinete a la flauta o el saxo, la fórmula que mezcla jazz y clásico a lo largo de la historia de la música, otra de las apuestas que el Taller de Músicos trajo a Gijón y ahora se ha normalizado. Tres grandes músicos capaces de improvisar con la naturalidad que da el tiempo y el dominio de estos repertorios, recreando a Bach y una de las suite de cello en formato de blues a la tiorba de Ramiro realmente curiosa que arrancó aplausos espontáneos, o una joya atemporal como las Tres morillas en una introducción de Toledo a la guitarra de quitar e hipo que tuvo además una sonorización global a la altura del maestro homenajeado. Las Jácaras de Gaspar Sanz serían otro tesoro con el virtuosismo habitual de Andreas a la flauta que le trajo a España aunque domine igualmente clarinete y no digamos el saxo, acompañado de tiorba y guitarra. Finalmente y dedicada a la familia de René que también lo es suya por el roce y cariño de tantos años, su adorada Chacona de Francesco Corbetta con la guitarra barroca sola antes de ir floreciendo con el clarinete, después el saxo y la guitarra española de sabor universal.
Tarde de vivencias con la música que mantiene vivos los recuerdos y nada mejor que entre amigos, porque como el propio René decía

«Compartir es vivir«

Magia al piano

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Jueves 19 de julio, 20:00 horas. Verano en Oviedo 2018, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Laura Mota Pello, piano. Obras de Mozart, Schubert y Chopin.

Crítica para La Nueva España del sábado 21, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

Unos pocos elegidos poseen el don de transformar en mágico lo cotidiano porque el arte tiene ese poder y la música aún más, ilusión sin trampa ni cartón, momentos irrepetibles y difíciles de narrar. Quienes seguimos desde sus inicios a Laura Mota Pello (Oviedo, 2003) podemos constatar un crecimiento vital y artístico que convierte en magia cada concierto suyo. No importa el entorno ni el público, las obras suenan siempre nuevas y frescas, el directo es siempre único y hasta la estación del año parece ser de eterna primavera ante la madurez de esta pianista que supera cualquier comparación porque el camino recorrido con ser ya largo pese a sus pocos años, no es nada comparado con lo que queda por llegar.

Segundo concierto de verano en otra tarde casi invernal de diluvio inicial para recordar climatológicamente el adiós de Mozart aunque su Sonata en fa mayor, nº 12, K 332 estuviese llena de luz y juventud pugnando con el cielo. La magia de Laura arrancó con la frescura del Allegro, pasó con enorme y profundo sentimiento al Adagio y voló libre con el Allegro assai en busca de los borbotones de agua con esa convicción adulta de sonidos cristalinos, la engañosa facilidad aparente del genio de Salzburgo en los dedos hechizados de la ovetense que transforman lo infernal en paradisíaco.

Domando el cielo aparecería Schubert, otro joven precoz y romántico lleno de brebajes entre la tormenta y la calma, apaciguando ánimos y amansando fieras emocionales para luchar contra la lluvia desde sus enormes Drei Klavierstücke, D 946 cual pócimas frente a cargados cirros y cúmulos varios al alcance de pocos brujos, necesitando no ya el dominio de la fórmula magistral sino de auténtica solidez además del largo y necesario recorrido vital. Laura Mota repitió magia al piano con estas tres piezas maestras dando luz a los grises nubarrones. El Allegro assai cual varita de truculenta fragilidad tocaba dinámicas extremas con ímpetus contenidos para no romper los hechizos en el Andante de perlas musicales como gotas de agua antes de retomar el primer Tempo, siempre con seis bemoles; el Allegretto con posos medios del admirado Beethoven patético fue amainando la tormenta tonal en la transición de mi bemol menor a mayor sin perder un ápice de intensidades antes del arrebato vencedor con la última dosis del Allegro en do mayor, sin alterar salido del crisol de Laura la hechicera manejando con total naturalidad esta magia prodigiosa que funcionó, dejando a la aprendiz del Mago Pantín en un estrato de madurez envidiable ante semejante derroche, con rapidez de vértigo además de pulsión clara y poderosa.

El volumen de agua caída iría decayendo inversamente proporcional al derroche pianístico de una brujería desde el piano, pues vista y oído nunca coinciden: quince años interpretando con plenitud vital y madura, Chopin al alcance de pocos, capaz de domar el cielo y sumar como acompañamiento del Scherzo nº 3 en do sostenido menor, op. 39 el rebosar de los desagües tras la tormenta en el claustro de San Vicente. Ni una tos, ni un paraguas caído, el silencio del asombro y la admiración, la lucha contra los elementos, el invierno de Mallorca traído al verano de Vetusta, las perlas desde el piano emulando la lluvia en declive, magia en blanco y negro dotada de color especial con un impactante final cargado de la fuerza tomada como del cielo inspirador.

Y para alcanzar la calma total tras la tormenta, el último embrujo de la Balada nº 4 en fa menor, op. 52, casi transcripción metereológica de la tarde al pianismo chopiniano en las manos de Laura Mota, dedos infinitos con ecos de valses y nocturnos por esta domadora de chaparrones, vigorosamente sensible con el ímpetu juvenil sumado al magisterio mágico de una artista irrepetible y arrolladora que se transforma delante de las teclas.

Si la hora larga de magia sin trucos nos voló acallando diluvios, la lluvia cesó para que los pájaros volviesen a cantar en el piano. La quintaesencia de Granados recordando al hada Larrocha, La maja y el ruiseñor naturalista requiebro español y universal tras los europeos que Laura Mota desgranó con la naturalidad de los elegidos para transformar lo cotidiano en magia desde el piano, verdadero regalo estival.

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