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Eterna juventud

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Miércoles 13 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mitsuko Uchida (piano y dirección), Mahler Chamber Orchestra. Obras de Mozart.

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Nada mejor para comenzar el año que Mozart, el joven eterno que nos transmite esa vitalidad indescriptible, y con una de las grandes del piano, Mitsuko Uchida, madurez juvenil que sigue siendo referente en la interpretación del genio de Salzburgo, en gira con la MCO plena de jóvenes músicos donde también había representación española (seguimos formando y exportando), calidad, cercanía, vitalidad, complicidad con la Maestra en un número ideal para los conciertos elegidos, y contagiosa alegría haciendo de Mozart una verdadera fiesta sobre el escenario de un auditorio que no se llenó como merecía este esperado concierto.

El concertino israelí Itamar Zorman lideró el Divertimento en Si bemol mayor «Sinfonía Salzburgo», K137 (K125b), que sirvió como tal entre los dos grandes conciertos solistas, al frente de la sección de cuerda que sonó realmente camerística como si del cuarteto original se tratase, empastada, de sonido brillante y claro en una obra del joven Mozart con tres movimientos ligeros y frescos, especialmente el conocido Allegro di molto central para disfrute interpretativo, compuesto aún en Salzburgo ya con ese sello personal para completar un programa donde piano y pianista fueron los verdaderos protagonistas.

Y es que Mitsuko Uchida mantiene un idilio permanente con Mozart del que parece absorber su energía juvenil más allá de su atuendo siempre etéreo cual ángel a punto de levantar el vuelo, controlando todo desde el piano con una química y entendimiento cercano además de cómplice con sus jóvenes acompañantes, lo que permite tener el control total en cualquiera de los conciertos que interprete, en esta gira dos de la época vienesa que analiza perfectamente Juan Manuel Viana en sus notas al programa.

El Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor, K453 tiene una orquestación donde el trío de madera (flauta, oboe y fagot) presenta momentos sublimes perfectamente ejecutados por unos intérpretes de primera, bien contestados por el dúo de trompas (a pesar de algún problema en los saltos de octava) y sobre todo por una cuerda que daba gusto escucharla, coprotagonista siempre con el piano de Mitsuko Uchida, tímbricas increíbles junto a dinámicas asombrosas por parte de todos, ejecutado con una limpieza cristalina para saborear cada movimiento y paladear las cadencias de la Maestra. Si personalmente disfruto con los movimientos lentos (y el Andante fue una lección de intimismo), los rápidos de la japonesa afincada en Viena representan otro mundo que cautiva por su empuje y energía sin perder nunca una sonoridad clara desde la precisión y dominio total de la obra. La transición del Allegretto al Presto en el tercer movimiento contagió su vigor a todos los presentes, obligando a la artista a salir al escenario casi sin esperarlo ataviada con un mantón para aliviar la diferencia de temperatura. Mientras sus jóvenes nos «divertían», ella se metió en la sala de cámara donde había otro piano para mantener sus dedos en estado óptimo para la segunda parte, lo que nos da una idea de cómo entienden y sienten la música estos genios.

El Concierto para piano y orquesta nº 25 en do mayor, K503 tiene de sobrenombre «Emperador», homónimo del beethoveniano en parte por la majestuosidad global, desde la elección de la tonalidad hasta la evolución de los tres movimientos que parecen estar presagiando ya el romanticismo, incluso con una rítmica digna de su continuador en Viena, sin olvidarnos del tema secundario que recuerda la famosa Marsellesa compuesta cinco meses después de la muerte de Mozart. Añadiendo timbales y trompetas (naturales) a la orquestación del 17, nuevamente Mitsuko Uchida dominó de principio a fin, con los tiempos exactos para escuchar todo lo que está escrito, asombrar con sus trinos, dejarnos unas cadencias que la orquesta contestaba con la misma intención y equilibrio de planos escuchados en el piano, respeto por la partitura que marca diferencias con otros intérpretes reconocidos, pero sobre todo la mencionada complicidad y control de cada momento, pisando a fondo y frenando afectos sin perder intensidad emocional.

Un placer escuchar este debut en las jornadas dedicadas al piano y además con Mozart que también fue regalo solitario en otra lección magistral: el Andante de la Sonata en Do K545 que iba devolviéndome juventud al escuchar y seguir mentalmente una partitura que estudié con verdadera fruición y me descubrió la dificultad de ejecutar el engañoso y aparentemente fácil Wolfgi, un genio que nos dejó pese a su juventud un catálogo sin par. Su música sigue contagiando vida y produce ese vampirismo casi adolescente tanto a sus intérpretes como al público.

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Cocinando El Brian de Goossens

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Viernes 18 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Fundación Princesa de Asturias: Concierto Extraordinario «Europa Canta a la Navidad». El Mesías (G. F. Haendel, versión para orquesta sinfónica de Sir Eugene Goossens, 1959). Eugenia Boix (soprano), Sarah Couden (contralto), Davide Giusti (tenor), Luis Ledesma (barítono), Coro de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada gratuita con invitación previa.

«La vida de Brian» es una simpática película de los Monthy Python trata la vida de un judío que nace el mismo día que Jesús y ya de adulto incluso es confundido con él, algo parecido a este Mesías de Goossens quien «en 1959 orquestó para su amigo y mentor Sir Thomas Beecham, uno de los directores británicos más influyentes de su época, este gran oratorio barroco. Los arreglos de Goossens fueron hechos pensando en una orquesta sinfónica», algo que se indica en el programa para no llamar a engaño, aunque a la vista del escenario y cualquiera que hubiese asistido a los muchos Mesías anteriores en la Catedral de Oviedo se daba cuenta que esta OSPA iba a sonar distinta, reforzada para la ocasión y en esta elección del Maestro Milanov que ya la dirigiese hace dos años en el Kennedy Center Concert Hall a la National Symphony Orchestra y Choral Arts Society of Washington, repitiendo el de hace hoy seis años, todo un espectáculo para los norteamericanos tan dados a estos fastos sinfónico-corales pero que en Europa nos rechinan aún más que a los ultracatólicos la película de Terry Jones.

Lo que voy a contar me traerá calificativos de retrógrado, purista y demás lindezas porque gran parte del público que llenó el Auditorio salió encantado, pero evidentemente quiero explicar mi personal punto de vista porque sobre gustos no hay nada escrito y todos son particulares.
Si a una fabada asturiana con todo su compango le añadimos patatas y berzas se convierte en otro plato que llamamos pote asturiano, aunque puede estar igual de rico, incluso más. Si el producto base es bueno, en este caso nuestras alubias que llamamos «fabes», podemos cocinar otros platos también exquisitos aunque diríamos que menos típicos pese a figurar en muchas cartas: fabes con almejes, con jabalí, con centollo, con angulas, con langostinos, y todo lo que queramos añadirle porque es una legumbre que se adapta a todo, aunque yo quiero quedarme con nuestra fabada asturiana. Habrá frijoles, judías y judiones, alubiones (de La Granja) y todo lo que se quiera, incluso podemos cambiar el compango tradicional de chorizo, tocino y morcilla por criollos, morcilla de Burgos o matachana de León, poner chistorra navarra y seguir cambiando ingredientes, todo muy rico pero ya no será una auténtica fabada asturiana. Cada uno que ponga el nombre al plato porque «¿a qué sabe la música?«…
El Mesías de Händel es como nuestra fabada, en principio un plato de ricos porque no todo el mundo tenía acceso a unos ingredientes caros aunque la sociedad ha ido mejorando y hoy podemos presumir de ser nuestro plato más universal que algunos quieren cambiar por el cachopo, muy popular aunque poco asturiano a pesar de chascarrillos y modas pasajeras. De cocina sabe más Milanov que un servidor, pero quiero pensar que tras la lucha por recuperar y reconocer el Barroco, una vez degustado en su punto ideal sería una pena pasarse de cocción con un plato que tanto tiempo llevó poner en su sitio. No soy muy aficionado a la cultura norteamericana que tanto daño está haciendo en nuestra juventud en una verdadera colonización donde los «burguers» son el emblema visible aunque no nos importe llamarlo comida basura.

Soy nacido en 1959, el año de esta (per)versión de E. Goossens con esta maravilla de oratorio barroco para cuatro solistas, coro y orquesta. Aunque Bach vence a Händel quiero contar que tengo en disco tres Conciertos de Brandemburgo en interpretación de la Marlboro Festival Orchestra dirigida por Pau Casals donde Rudolf Serkin toca al piano el papel del clave, un instrumento casi desconocido (o difícil de encontrar) allá por 1964, también versiones grandiosas de la Pasión según San Mateo con plantillas hoy diríamos que algo exageradas, pero hubo estudiosos que nos abrieron los oídos y las mentes para cocinar de otra forma encontrando los ingredientes apropiados en la proporción idónea, y así aprendimos a degustar estos platos de siempre, sin necesidad de excesos ni sucedáneos. En Oviedo han pasado distintos directores al frente de la OSPA para este Mesías con el que damos el pistoletazo de salida a la Navidad, pero la apuesta del cocinero Milanov creo que no era apta para mi paladar maleducado. La grandilocuencia y el espectáculo están en la propia música de Händel por la que Goossens parece no mostrar mucho respeto disfrazado de visión renovada. No es «el Bach de Stokowski«, que Milanov y la OSPA interpretaron en Musika-Música, ni tan siquiera aumentar efectivos para el original. Ni me atrevería a llamarlo orquestación porque no consiste en añadir percusión (bombo, platillos, triángulo, caja) donde los timbales ya tienen su protagonismo, y parece olvidar a los solistas, ampliando plantilla para un acompañamiento a los recitativos totalmente ignominioso, con un cuarteto de trompas más un arpa, o doblando arias con un clarinete bajo o flautín cuando no taparlas a base de redoblar el bombo o escuchar unos platillos atemporales. Tendría para seguir sumando sinsentidos que desdibujan, por no decir perturban una joya de la música barroca haciendo cual personal deconstrucción de una fabada inigualable. El famoso «Aleluya» puede parecer más impactante en esta destrucción del director y compositor británico en su época, adaptada muy al gusto de los actuales yanquis, los mismos a los que en los programas de mano se les pide que no marquen con el pie el ritmo de la música, aunque sigan mascando chicle o comiendo palomitas… Este no es Mesías sino Brian de Goossens, nada que ver con otros Mesías populares donde el respeto a la partitura no impide aumentar el número de participantes.

Los cuatro solistas internacionales tuvieron que luchar con el cocinero búlgaro, ingredientes de primera algo quemados en la olla a presión de una orquesta sinfónica que tocó lo que tenían escrito. La aragonesa Eugenia Boix puso el sabor español puro, conocedora como nadie de este repertorio que cantó un «Rejoice» limpio y sentido y un «How beautiful» al pie de la letra, sin perder la compostura con el «acompañamiento goossensiano» manteniendo el espíritu barroco en su canto, y un perfecto «He shall feed» con la contralto americana Sarah Couden, una voz ideal para este oratorio tan difícil en su registro, una mezzo grave, bien su «But who may abide» o «He was despised» tras el recitativo del barítono, devolviendo ese color tan especial, igualmente pugnando con la densa escritura orquestal. El tenor italiano Davide Giusti casi como su apellido, arrancando en frío su recitativo sinónimo antes de la hermosa aria «Ev’ry valley» llevada algo lenta, y destemplado hasta el «Thou shalt break them with a tod of iron» de la seguna parte, agilidades endiabladas de por sí con timbre bonito pero complicado brillar con una masa orquestal detrás. El mexicano Luis Ledesma hubo de cantar no «a bombo y platillo» sino con ellos, barítono más que bajo en «The people that walked in darkness» que Sir Goossens pareció tomar al pie de la letra, o la esperada «The trumpet shall sound and the dead shall be rais’d» donde quien «murió» fue nuestro Maarten al quedar reducida su piccolo a un plano nunca imaginado por Händel. Una lástima porque de tener la orquestación original hubiésemos podido disfrutar de estas voces más que prometedores.

El Coro de la Fundación sabe lo que son repertorios sinfónico corales románticos, contemporáneos y por supuesto este «Mesías» que llevan cantando hace muchísimos años con distintos directores, amoldándose a sus exigencias con verdadera profesionalidad, y este Goossens ha sido el más exigente por lo que supuso de intentar borrar tantos años de experiencia a sus espaldas, referencias totalmente distintas que acaban dando inseguridad, unida a unos tempi no siempre apropiados pero que compensaron con el dominio a base de fuerza, contagiados por una voluptuosidad inapropiada en pos de un espectáculo más de cocido que de fabada asturiana con mala digestión. Salieron airosos a pesar del fuego que casi quema el plato, «And the glory of the Lord» y «For unto us a Child is born» presentes, lo que ya era un triunfo, algo desajustados y cortos entre las cuerdas para «And He shall purify«, destemplados en el inicio de la Parte II «Behold the Lamb of God» donde tuvieron mucho más trabajo antes de un «Hallelujah» contagiados y algo desbocados hasta el «Amen» donde parecieron alcanzar la paz, aunque hubiese de regalar el popular «Aleluya» al que Milanov intentó sumar al repestable dentro de este espectáculo para mí bochornoso aunque entendiendo este «Refreshed» made in USA, porque el british es otra cosa.

De la sufrida OSPA solo ponerme en su pellejo y respigarme, debiendo tocar lo que tienen en el atril siguiendo las indicaciones del maestro. Me imagino el asombro de Rafael en la caja redoblando con el coro en este debut mesiánico, el triángulo otro tanto, Paco Revert al bombo atormentando al barítono y Jeffery con trabajo extra en casi todos los números. Del metal nunca tanto que tocar para no aportar casi nada: un cuarteto de trompas que debía hacer diabluras, un dúo de trompetas en un plano secundario olvidando un protagonismo propio, el trío de trombones y tuba doblando coros… La madera reforzada con intervenciones impensables siempre bien ejecutadas pero duplicando melodías o «engordando» recitativos, como clarinete y clarinete bajo, dos oboes más corno ingles, dúo de fagotes más bajo, flautín más flauta… ¿Goossens enloqueció? Y la cuerda a partir de cinco o seis contrabajos calculen, además de la mencionada arpa cuyos armónicos y resonancia no casan muy bien con la voz, así que pueden ir calculando el derroche tímbrico a pesar de buscar dinámicas apropiadas para lo imposible. Las partes donde el Sir no añadió demasiado de su cosecha, casi como limitándose a transcribir el órgano del que prescinde incluso parecían originales aunque más llenas, pero del alemán nacionalizado inglés sólo la presencia melódica, unes fabes de primera perdidas en una olla gigantesca con fuego excesivo que acabó atormentándolas. El chef Mr. Milanov nos sirvió una hamburguesa con patatas fritas cuando esperábamos alta cocina, pero la carta avisaba antes de probar el plato servido por la Fundación.

Amores desgarrados

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. Donizetti – M. Salvi). Segunda función. Entrada última hora: 15 €. Fotos: ©Ópera de Oviedo salvo las indicadas como ©pablosiana.

Tras esperar 128 años este martes tocaba volver a la segunda representación de esta ópera de Donizetti que mantiene mi opinión del «reestreno» con las matizaciones y el tiempo de poder reposar todo lo escuchado, con la magia de un espectáculo irrepetible siempre, exigente cada día, redescubriendo detalles como toda segunda lectura, esta vez desde principal, cortada la visión superior del escenario pero con monitores por si se querían seguir igualmente los sobretítulos, aunque la dicción en italiano por parte del reparto hacía fácil seguirla.

Esta vez pude paladear más a Donizetti que a su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro aunque se aprecian los «añadidos», especialmente en la línea de canto y en la orquestación, algo más «académica» y menos rica que la autógrafa, pero volvió a sonar belcanto con un reparto ya rodado tras la función del domingo.
La obra tiene momentos hermosos con otros donde decae un poco, sobre todo los recitativos antes de las arias escritas para todos y cada uno aunque ninguna «especial» para la soprano en el sentido donizzetiano, por otra parte con un protagonismo exigente y duro, más dúos o tríos combinando las voces del «quinteto» con Daniele el maestro cervecero, sumando unos concertantes donde los cantantes solistas mantuvieron casi todos la presencia dentro de la sonoridad por momentos majestuosa.

El Coro de la Ópera estuvo algo retrasado por momentos y puede que mermado en efectivos, especialmente masculinos, para una obra donde su coprotagonismo es claro. En el primer acto puede que la colocación no favoreciese un mayor volumen, al igual que en la salida desde atrás en «pianísimo» no necesario porque al acercarse ya se produce el efecto deseado de «crescendo». Hay mucho que cantar pero volvió a mantener el tipo, especialmente los cantos fuera de escena e incluso las intervervenciones  «a capella» que con algún despiste puntual de afinación, también arroparon a los solistas, completando una segunda función más que digna pese al poco tiempo con el que Enrique Rueda ha estado trabajando. Supongo que la inestabilidad e incertidumbre no es compatible con la confianza al cantar.
La OFil volvió a sonar bien en el foso, normalmente contenida en volúmenes desde la dirección de Roberto Tolomelli, siempre pendiente del escenario, con mínimos «desajustes» en el cuarteto de trompas tan característico de Donizetti o el dúo de viola «destemplada» con Amelia d’Egmont, puntuales desvíos para un trazo de línea fina, cuidando tiempos aunque los acelerando arrastrasen por momentos al coro o al propio Duque en su solo del tercer acto.

De todo el elenco prima el trío protagonista formado por Amelia, Marcel y el Duque de Alba, sin olvidar al citado Daniele, y con menos intervenciones pero exigentes como al resto, Sandoval y Carlo, incluso el tabernero de Ricardo Domínguez, uno de componentes del coro, en una trama donde podemos comprender la evolución de los personajes, siempre con el amor en sus multiples variantes y enfoques, con los malos no del todo y los buenos tampoco… La música empuja el destino de cada uno de ellos y el de Bérgamo supo escribir para las voces como pocos, de ahí la vigencia de esta obra aparcada tanto tiempo puede que sumando complejidades para cantantes y desigual escritura no solo del alumno.

José Bros volvió a triunfar con este Marcel de Brujas, pletórico, entregado, cantando como en él es habitual a pesar de ciertos «tics nasalizantes» que acaban siendo seña de identidad, de nuevo con un papel muy adecuado a su voz, gustándome mucho el dúo del segundo acto con Amelia añadiendo la dificultad de cantarlo tumbados y revolcándose como dos enamorados, más incluso que en la conocida aria Angelo casto e bel del último acto, aplaudida igual que el domingo aunque personalmente me gustase más el primer día. Igualmente acertado el dúo con El Duque del primer acto, jugando ambos con los dos planos en escena, y nuevo triunfo del tenor catalán, muy querido en Oviedo desde hace muchos años por su entrega total, arriesgando también con papeles como este nuevo donizzetiano.

La jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984) demostró de nuevo la proyección que le espera aunque me encandiló un poco menos que el domingo. Amelia d’Egmont tiene muchas dificultades no ya por su evolución de enamorada a desengañada, que no logró del todo en cuanto a color, sino por unos graves que requieren volumen y uniformidad tímbrica, algo que una soprano lírica no alcanza en sus inicios como los de esta debutante soprano, papel exigente en los concertantes donde sí brilló por encima de sus compañeros, pese a un ligerísimo «calado» en el potente final, empastes difíciles como el dúo con Danielle del segundo acto y el comentado dúo de amor con Marcel, lo mejor de esta segunda función. El aria del tercer acto no tiene el poderío hipnótico de otras heroínas del propio Donizetti, puede que temiendo un «belcanto» demasiado preciosista, pero «la Katzarava» lo defendió con seguridad, arrancando el merecido aplauso tras finalizarla. Tomemos nota por lo apuntado de la primera, color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo excelente presencia escénica.

El Duque de Alba del barítono Ángel Ódena sigue sin convencerme, pletórico de potencia y mejorando en cada acto abusa de un vibrato que afea la emisión, sigue siendo expresivo pero incluso en los momentos más «íntimos» como el dúo con Marcel mantiene este recurso, por otra parte personal, volviendo a reconocerle un papel grande en escena y defendido con profesionalidad en cada aparición, especialmente en el tercer acto y el desenlace del cuarto, despidiéndose de los belgas casi a grito pelado más allá del desgarro.

Mejor el bajo asturiano Miguel Ángel Zapater que dibuja un Daniele templado, capaz de transmitir heroicidad en su primera aparición del acto inicial, complicidad con Amelia en el segundo y decisión en el conjunto final donde su color brilló en el agudo, más cercano a un barítono, sin desmerecer unos graves que Donizetti no exagera nunca.

El Sandoval del barítono Felipe Bou mantuvo el nivel global aunque en el trío con Marcel y el Duque perdiésemos su presencia, solo recuperada en el silencio orquestal. Bien el Carlo del tenor Josep Fadó, breves intervenciones pero seguras en un «secundario» que no puede perder el equilibrio necesario dentro de un reparto de calidad diríamos que completamente hispano.

Dejo para el final la producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una dirección de escena muy lograda de Carlos Wagner, la escenografía de Alfons Flores, el vestuario de A. F. Vandevorst o la iluminación, tétrica por argumento pero con los toques apropiados para realzar de Fabrice Kebour, todo con lo que en esta segunda función pude recrearme.
Desde la obertura con telón bajado y vídeo premonitorio de una Virgen que se hará pedazos, la misma sobre la que se postrará el Duque en el tercer acto, al lado de una mesa de billar, los soldados gigantes que se irán cambiando de posición en el resto (solo «ausentes» en el segundo acto de la cervecería) para con las luces adquirir transparencia o poderío, opresión frente a revolución, sombra omnipresente y especialmente los dos planos en escena que sirven para diferenciar vencedores y vencidos, también calle sobre el sótano de la fábrica donde se ocultan los insurgentes, y hasta pasarela al barco que llevará al Duque a Portugal.

Detalles como los cadáveres que llenan la primera escena, cubriéndolos con sábanas blancas, entre ellos Egmont, sábanas que en el tercer acto se vuelven vendas, las sombras con los ahorcados en la plaza de Bruselas proyectadas sobre el trío gigantesco dando sombra al trío masculino, los aviones sobrevolando, las cruces del último acto con las velas bien ubicadas, la aparición cual trono de semana santa del Duque antes de dar el relevo de mando generacional, y ese final de belgas decapitados puede que por Magritte antes de la oscuridad total, todo para una ambientación fuera de época que no molesta en ninguno de los cuatro actos, sumando un vestuario que me gustó por ese aire de «novecento» para el pueblo, los soldados algo más peliculeros, aunque sin entender el luto blanco de la heroína, con pantalón y calzas del siglo de oro, descalza con vestido túnica para el dúo amoroso. Me encantó el segundo acto por el juego que da la cebada, malta o lúpulo de la cervecería, brindis de ambrosía belga donde los españoles beben sin pagar, casi playa donde el castillo de arena es tumba y posterior cama de regocijo, y montaña para esconder unas armas que son necesarias para toda invasión.

Las críticas de la primera función las dejo al final, dando la razón a Aurelio M. Seco (en su Web) en cuanto a estrenar obras de autores españoles en vez de recuperar este Donizetti inacabado que dormía en el limbo de los justos de nuestra historia lírica, pero reconozcamos que poder disfrutarla en vivo precisamente en Oviedo, con ser una apuesta arriesgada, nos permitirá poder contar la experiencia. Cinco títulos para todos los gustos es como elegir el once ideal de la selección porque todos llevamos un entrenador dentro, pero al final lo que queremos es ver ganar y sobre todo que den buen espectáculo, y hasta ahora estamos en los puestos punteros, a pesar de todo lo que llevamos pasado. El futuro está por escribirse…

Un buen Duque de Alba

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Domingo 13 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. Donizetti – M. Salvi). 19:00 horas. Primera función. Entrada: 15 €.

Tras 128 años volvía esta ópera de Donizetti con todo el esplendor de su lenguaje bien entendido por su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro para seguir sonando a puro belcanto con un reparto más que digno donde brilló la jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984), el Coro de la Ópera manteniendo su excelente nivel con Enrique Rueda sustituyendo de manera provisional al defenestrado Patxi Aizpiri, y una producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una puesta en escena de Carlos Wagner que no molesta nunca en los cuatro actos, con momentos logrados, un vestuario excelente aunque sin aportar más que un intento de actualizar algo que es historia de España, y una buena dirección de Roberto Tolomelli al frente de una OFil siempre competente en el foso.

De la obra comentar que es Donizetti en estado puro con todo el drama hecho música lleno de arias hermosas para el trío protagonista, dúos, concertantes y un peso del coro tanto en escena como fuera de ella que en algún momento quedó corto exigiéndoles más volumen del necesario para compensar, pero siempre con acierto. Instrumentaciones que recuerdan su Lucía -hoy su onomástica- o Roberto, y un cuidado en la escritura vocal donde cada papel tiene su protagonismo escénico, por algo se le considera al de Bérgamo como el padre de la ópera romántica.
Amelia d’Egmont es una típica heroína operística con muchas dificultades para una soprano lírica porque requiere un buen registro grave además de todo el agudo belcantístico, y la debutante soprano mejicana Katzarava resultó perfecta para el rol, de color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo un presencia escénica que eclipsó al resto del reparto. Habrá que seguir a «la Katzarava» desde ahora porque tiene mucha carrera por delante.

De sus compañeros, José Bros nos dejó un buen Marcel de Brujas, papel muy válido para su voz, más allá de la conocida aria Angelo casto e bel, aunque el color tienda a nasalizar por momentos para mejorar la emisión, lo que no quita un resultado global más que aceptable, bien en los dúos y concertantes, entregado al personaje con todo el dramatismo que tan bien sabe transmitir el tenor catalán, muy querido en Oviedo. El barítono Ángel Ódena está en un momento pletórico y mejorando con el tiempo aunque no me gusta su vibrato más allá de lo expresivo, pero reconozco que El duque de Alba es un papel grande en escena y lo defendió con solvencia, caracterizado para la ocasión como un actor de película.
Cumplieron mejor que en anteriores títulos el barítono Felipe Bou como Sandoval y el bajo Miguel Ángel Zapater como Daniele, aunque siga echando en falta la redondez de antaño. Bien las breves intervenciones del Carlo de Josep Fadó y el tabernero de Ricardo Domínguez.
La OFil sonó bien desde la obertura, bien controlada por un Tolomelli con quien los cantantes no tuvieron problemas ni por velocidad ni por dinámica.

Intentaré repetir el martes este cuarto título de la temporada, porque la obra bien lo merece y la música siempre triunfa, más con un reparto equilibrado para lo exigente de este Duque de Alba, independientemente de las licencias del argumento, a los españoles nunca nos dio miedo…

Los Globetrotters del canto

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Miércoles 9 de diciembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: The King’s Singers. Obras de: Lasso, John Bennet, William Byrd, Thomas Morley, Saint-Saëns, Francisco Guerrero, Mateo Flecha «El viejo», Paul Drayton, Franz Gruber, J. L. Pierpoint…

Los famosos Harlem Globetrotters me hicieron enamorarme del baloncesto como espectáculo desde el deporte de la canasta con licencias y concesiones siempre enfrentándose a unos equipos universitarios que entonces quisiéramos en España.

Los tiempos cambian para mejor y The King’s Singers son como los artistas de la canasta, toda una marca, no importa que cambien los jugadores porque el espectáculo está garantizado como en sus anteriores visitas hace ya muchos años. El sexteto que llegó a Oviedo en esta gira europea y navideña se presentaba con la siguiente «alineación: David Hurley, Tymothy Wayne-Wright, contratenores – Julian Gregory, tenor – Christopher Bruerton, Christopher Gabbitas, barítonos – Jonathan Howard, bajo, ninguno de los que figuran en mi lista de éxitos cantando a Johann Strauss II, los madrigales y toda la música sacra de Lassus, sus versiones de The Beatles o el conocidísimo álbum «América«, incluso el tributo a «The Comedian Harmonists«, pero como los Globetrotters, siempre únicos, inimitables y manteniendo el sello inconfundible de calidad británica, voces especiales, con dos contratenores, especialmente el «veterano» Hurley, de timbre bello, o un bajo que rellena el amplio abanico de registros sin perder nunca un empaste galáctico, emisión envidiable, afinación perfecta, interpretaciones irrepetibles y las armonizaciones de temas conocidos que los hacen maravillar siempre, aún más en directo.

Acortar la caja escénica sirvió para disfrutar aún más de toda la calidad esperada, apreciar la exquisitez de sus matices, la vocalización perfecta en todos los idiomas y hasta sus explicaciones en un castellano mejor que nuestro inglés con una emisión hablada tan mágica como la cantada, organizando un programa en la línea esperada de su repertorio de siempre: primera parte de polifonía renacentista donde no faltaron sus impecables versiones de Orlando di Lasso (Resonet in laudibus, op. 26), W. Byrd (Though Amaryllis dance in Green) o el estratosférico Thomas Morley (Now is the Month of Maying), con dos guiños hispanos dignos de estos ingleses que los entienden a la perfección: Francisco Guerrero con Oyd, oyd, una cosa, Virgen Sancta y Mateo Flecha con La bomba, una ensalada teatralizada donde la guitarra hecha voz dejó toda una lección canora, con el intermedio y cercano Saint-Saëns del que la selección de tres obras vocales nos permitió comprobar que pueden «jugar en inferioridad» y seguir ganando el partido en cuarteto o quinteto porque la calidad y el espectáculo siempre están asegurados.

El descanso sirvió para separar estilos pero seguir encestando triples y acertando dobles, la Masterpiece (2005) de Paul Drayton (1944) o cómo explicar cantando en nueve minutos la historia de la música en un derroche armónico capaz de provocar sonrisas, más los villancicos que nos recuerdan la cercanía de la Navidad siempre con unos arreglos hermosos que son santo y seña de la «Marca King’s Singers»: La peregrinación (A la huella la huella) de la «Misa Criolla» (Ariel Ramírez) en arreglo de Peter Knight, El niño querido (arreglo de Richards) y God Rest you Merry Gentlemen con una armonización de Geoffrey Keating que sólo ellos pueden cantar, con ese ritmo en 5/4 muy «Take Five» de D. Brubeck. No digamos los arreglos de Rutter del «hit navideño» Stille Nacht (F. Gruber) o el increíble de Gordon Langford de un tema que sin serlo es el más popular de estas fiestas, Jingle Bells de J. L. Pierpoint, acallando un auditorio que se rindió como siempre a «estos reyes cantantes», quienes todavía nos regalaron otro «carol» y el medieval «Gaudete» tan británicos como su monarquía, la ginebra o el «Big Ben».

Porque The King’s Singers son como «los globetrotters del canto», siempre espectáculo, buen humor y calidad impactante independientemente de los años que no pasan por ellos, porque su forma de entender la música y la vocal más en concreto, son ya historia viva. En casa estoy disfrutando de su CD «Postcards«, otra joya para la colección…

Vidas musicales

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Martes 8 de diciembre, 19:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XIV Curso «La voz en la música de cámara», homenaje a Manuel Burgueras. Directora artística: Begoña García-Tamargo. Organiza Asociación Cultural «La Castalia». Entrada libre.

Nueva edición de un curso de esta asociación presidida por Santiago Ruiz de la Peña, con profesorado conocido y reconocido para alumnado de distintas procedencias, finalizando con el «necesario» concierto para compartir las enseñanzas adquiridas en un «puente» que para los músicos nunca es festivo, vidas musicales longevas en experiencia e ilusiones, carreras ya avanzadas junto a otras comenzando, muchas en desarrollo y sobre todo mucho amor por la música, comenzando por un merecido homenaje al pianista Manuel Burgueras que sigue al pie del cañón aprendiendo de todo y todos, en activo además de compartir escenario con alumnos y colegas de profesión.

Imposible condensar la amplia biografía del pianista porteño afincado en España en los diez minutos de lectura de la directora del curso, que como bien contestó el homenajeado, es simplemente una trayectoria que comenzó de niño escuchando a Jessye Norman, para enamorarse de este mundo vocal en el que lleva toda una vida donde sigue aprendiendo de todos los que ha tenido al lado, y disfrutando cada vez que se sube a un escenario, algo que se le nota.

Dejo el programa con el orden final del concierto, alumnado y acompañantes, destacando sobre todo el estreno de dos obras, como ya viene siendo habitual en estos cursos:

None of Us (2013) de la compositora madrileña Mercedes Zavala (1963), dedicada a Malcolm Singer en su 60 aniversario y estrenada en Inglaterra, para barítono, clarinete en si bemol y piano, primera vez que se escuchaba en España, contemporánea de escritura con todas las dificultades para los intérpretes, Oscar Castillo, Rosa Fernández y Lelyzaveta Tomchuk, en una clara apuesta por obras de nuestro tiempo que no solo hay la obligación de estudiarlas sino de darlas a conocer al público, pues la parte educativa es para todos, difícil de escuchar sin un recorrido previo al tratarse de una obra llena de registros extremos, disonancias, juegos vocales y un obligado trabajo de cámara por parte del trío.
Mención especial el estreno en Asturias de La leyenda del tiempo (Madrid, 28 de enero de 2012) de mi admirado Guillermo Martínez Vega (1983) sobre textos de Federico García Lorca para cuarteto vocal y piano, encargo del «Cuarteto Vocal Español» formado por miembros del Coro de RTVE, la obra de un compositor que siempre asombra y agrada en toda su amplia producción, culto a la melodía, conocedor de sus recursos esta vez al servicio del cuarteto vocal formado por Ayelén Mose (soprano), Lola Fernández (mezzo), Adrián Begega (tenor), Pedro La Villa (bajo) y el piano de Manuel Burgueras (que también lo estrenó en el Monumental de Madrid), una belleza capaz de brillar para coro pero igualmente impresionante en cámara por su calidad, cercanía, armonías vocales, escritura pianística propia y propicia más allá del acompañamiento, combinando y jugando con voces, timbres y un mimo como sólo Guillermo sabe tratar cada intérprete en sus obras, que siguen aumentando en cantidad y calidad. De nuevo felicitar a la Asociación «La Castalia» por la apuesta de divulgar música actual, y sobre todo a este cuarteto vocal con el maestro Burgueras que la hicieron suya y compartieron con un público entregado a ella, buen termómetro de calidez y cercanía amén de la calidad subrayada.

No quiero dejar de citar otras obras como las Cuatro canciones sefardíes (1965) de Joaquín Rodrigo por Lola Fernández y Manuel Burgueras, una mezzo a la que que hacía años no escuchaba pero que sigue teniendo un registro amplio y potente con una musicalidad que nunca se pierde, la Chanson du printemps, opus 28 (Andreas Johann Lorenz Oechsner) para soprano, violín y piano, María Heres de timbre agradable, potencia y gusto, María Mirto Smith Ayuso perfecto sonido y coprotagonismo más un Alfonso Peñarroya al que seguiremos de cerca como pianista repertorista más que acompañante. También original propuesta la que iniciaba el concierto Tutto che il mondo serra (Bottesini) para soprano, contrabajo y piano con Ana Peinado, Roberto Norniella que luchó por afinar el instrumento virtuoso del compositor y el magisterio de Burgueras con estos alumnos.
Las siempre bellas melodías de Tosti Ideale y L’alba separa dalla luce estuvieron interpretadas por el tenor Gaspar Braña y la pianista Irina Palazhchenko, que no le ayudó mucho, o la hermosísima Élégie, opus 24 de Fauré con el chelo joven de Santiago Ruiz de la Peña Jr. aún inseguro, y el siempre solvente virtuoso del piano Sergey Bezrodny.

El punto final estuvo a cargo de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» dirigida por Pablo Moras, que con el piano del langreano Marcos Suárez cantaron dos números de zarzuela, género en el que participan hace años en el Festival del Campoamor, la «Barcarola» de Los sobrinos del capitán Grant (M. Fernández Caballero) y las «seguidillas» de La verbena de la Paloma (Bretón) dejando en el medio  el villancico Esta noche, caballeros de Benito Lauret, quien potenciara esta agrupación en los años 70, y en cierto modo homenaje siempre merecido por la labor que el cartagenero realizó en nuestra tierra.

Pese a la coincidencia de eventos en el Auditorio, una buena entrada en la sala de cámara sumándose al respaldo de instituciones y empresas para que «La Castalia» siga su labor docente y divulgadora.

Magníficos inconfundibles

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Viernes 4 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Los designios del destino», Abono 3 OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Ari Rasilainen (director). Obras de García Abril, Mozart y Tchaikovsky.
Festividad de Santa Bárbara, patrona de mineros y artilleros en cierto modo conmemorada con este concierto que aunaba obras con sello propio donde no faltó pirotecnia variada y devolvía al podio asturiano al finlandés Ari Rasilainen, con quien la OSPA se nota volcada, gran concertador y esta vez con una segunda parte magnífica.

El turolense Antón García Abril (1933) escribió los Cantos de pleamar (1993) por encargo del CNDM para el IX Festival de Música Contemporánea de Alicante extinto con los tijeretazos, estrenada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y dirección de Maximino Zumalave. Hoy nuestra OSPA creo que dejó muy satisfecho al compositor, presente en la sala, atravesando un momento de excelencia en todas sus secciones, esta vez sólo para la cuerda que sigue sonando única, interpretando esta partitura de caracter atonal pero con giros clásicos y acordes reconocibles, de escritura clara explotando el color sin necesidad de buscar técnicas «innecesarias» para expresarse desde el sello inconfundible de un autor que podemos considerar verdadero melodista.
La inspiración marina nos toca de cerca tanto a los asturianos como al director finlandés que llevó la orquestación con verdadero mimo en tímbricas y dinámicas, con ritmos claros y precisos buscando la grandiosidad del cosmos con el mar como reflejo, cuadros de olas otoñales y calma chicha, espuma chispeante como estrellas acuáticas desde la contemplación casi mística que el propio compositor escribe o describe y las notas al programa (enlazadas en los autores al principio) del doctor Alejandro G. Villalibre recogen. Realmente la orquesta tradujo a música las palabras del maestro García Abril: «La plemar poética, colmada de impulsos de plenitud, la pleamar inspirada y litúrgica». Un placer seguir escuchando la música de uno de nuestros compositores vivos abriendo velada, al que Asturias y la OSPA siempre tendrán en su historia musical.

En el Concierto para piano nº 17 en sol mayor, K. 453 (1784) de Mozart pudimos escuchar al francés Jean-Efflam Bavouzet que nos dejó una versión clara, limpia, sin excesos dinámicos, bien concertada por el director finlandés con una formación equilibrada y perfecta para un clasicismo que el solista pareció olvidar en sus cadencias, sorprendentes por darles unas armonías y lenguaje impresionista tal vez buscando actualizar a un Mozart que no lo necesita. Puedo entender que a partir de él los compositores decidiesen escribirlas porque la libertad también debemos respetarla. De las muchas cadencias realizadas por los propios pianistas me quedo con la de Andreas Staier por el escrupuloso estilo en este mismo concierto, o la de Gulda, capaz de aparcar su estilo de jazz y respetar el inconfundible sello mozartiano recreando desde la técnica pero sin perder identidad. Bavouzet apostó por lo difícil, pues tras un Allegro bien llevado en líneas generales, su «fermata» me dejó descolocado, no ya por las modulaciones en las que se adentró sino por la rítmica y armonía totalmente ajenas, impactando técnicamente pero cambiando totalmente el color de un concierto brillante. El Andante discurrió en la misma línea, con una orquesta adecuada, maravillosa madera y una dirección en busca de la mejor concertación, no siempre fácil por el discurso francés, alcanzando otra cadencia algo más «contenida» pero nuevamente sorprendente por desarrollo. Es cuestión de gustos, pero coloquialmente no pegaba ni con cola, tal vez una boutade de inspiración impresionista por los acordes y trinos antes de finalizar el movimiento central mozartiano. El Allegretto fue volver a la raíz, recuerdos operísticos con la sencillez melódica en todas las intervenciones, sonidos cristalinos pulsación diáfana en el piano del francés para un discurrir luminoso, trinos, tiempo ajustado y equilibrio con una orquesta asturiana en estado de gracia dirigida por un finlandés.

Al menos la propina de Reflets dans l’eau (Debussy) mantuvo ese algo que las hace inconfundibles, la plasticidad y armonías tan francesas que esta vez sí mantuvieron identidad acorde con la época y estilo, dejándonos el Bazouvet habitual y esperado, pianista de técnica impresionante con sonoridades casi de la pleamar inicial.

En broma siempre digo que «no hay quinta mala» y es que la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (1888) de Chaikovski es una de las más grandes obras orquestales, con una plantilla reforzada en el número exacto para alcanzar toda la inmensidad de una partitura que conmueve en sus cuatro movimientos, «destino» amargo que finalmente alcanza la luz, llevada de memoria por un Rasilainen que la entendió diáfana sacando de todas las secciones y solistas de la OSPA lo mejor.
Hago referencia al refuerzo necesario porque el poderío de los metales con cinco trompas, dos trompetas, tres trombones y tuba más las tres flautas con el  resto de madera a dos exige una cuerda más numerosa, lo que brindó un balance dinámico realmente perfecto para las exigencias de la quinta del ruso. El maestro finlandés arrancó el Andante-Allegro con anima dejando fluir el clarinete aterciopelado de Andreas Weisgerber sin decaer la pulsación antes del fogoso desarrollo siguiente sin excesos para paladear maderas inspiradas y la cuerda asturiana como nunca, buenos balances con los metales poderosos sin tapar protagonismos, incluso los timbales presentes ayudando a la sensación de seguridad global. Difícil encontrar calificativos pero la sensación de sonido compacto y poderoso marcó este primer movimiento lleno de contrastes bien definidos, pizzicati claros, melodías llevadas con decisión sin amaneramientos. El Andante cantabile con alcuna licenza subió el lirismo y buen gusto interpretativo, contrabajos envolviendo una cuerda sedosa ideal para acompañar con esmero el conocido y bellísimo solo de trompa con el alicantino Miguel Ángel Martínez Antolinos pleno de musicalidad y acertado, bien contestado por las demás intervenciones al mismo nivel del solista, verdaderamente «cantable» por un tiempo sereno que permitió emocionarse con este movimiento único donde la melodía triunfa en cada intervención instrumental, todas de altura, calidad y gusto interpretativo. El Vals: Allegro moderato sonó realmente de ballet, acentuaciones adecuadas, tensión en el momento justo, dirección jugosa dejando disfrutar a todas las secciones, recreándose en la cuerda con las pinceladas de madera, equilibrios de secciones para relucir las intervenciones de fagot o flautas, cambios de tempo donde las notas se percibieron limpias en todos los instrumentos. Y qué decir del Finale: Andante maestoso-Allegro vivace, el camino sinuoso de la amargura inicial que alcanza una felicidad impensable en un desarrollo exigente en todos los terrenos musicales con el sello inconfundible del ruso: los cambios de tiempo, la riquísima paleta instrumental, el equilibrio entre las secciones, el ritmo cual motor de alto caballaje, las dinámicas extremas… otra prueba de fuego superada con sobresaliente, las recapitulaciones temáticas en recovecos de riqueza tímbrica y el empuje en ese vertiginoso final, energía pura sin desbocarse, bien encauzada desde una batuta que volvió a triunfar con la OSPA, algo que todos los presentes entendieron aplaudiendo larga y merecidamente, obligando al maestro escandinavo a salir tres veces pese a la duración del concierto. La «temporada plateada» avanza desde lo alto en este inicio de diciembre.

Climatologías musicales

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Viernes 27 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2 OSPA, Ludmil Angelov (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Saariaho, Chopin y Sibelius.

Volvía la OSPA a los conciertos de abono tras el paréntesis operístico mozartiano que le ha venido realmente bien, con si titular al frente en un programa de los que le gustan y domina, algo que se percibe en muchos detalles. La estructura del concierto la ya centenaria de colocar en el centro un concierto solista y finalizar con obra sinfónica, en este caso continuación casi del día anterior en el mismo auditorio aunque con otra formación con una obra breve, a veces de estreno, para abrir velada.

También volvían las conferencias previas una hora antes, esta vez con Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa (que dejo enlazadas arriba en los autores), centrando perfectamente, aunque con tecnicismos que no todos los presentes entendieron, las obras a escuchar con el título París-Helsinki: Centro y periferia europea del siglo XIX para un concierto bautizado como «Auroras Boreales I» al enmarcar a Chopin entre dos finlandeses.

Comenzábamos con el estreno en España de Cielo de Invierno (2013) de la compositora Kaija Saariaho (1952), en la línea de otras contemporáneas basada en «texturas espaciadas que evolucionan lentamente desde el sonido individual a la totalidad del espectro armónico» que escribe el conferenciante, o si se quiere, el trabajo del timbre instrumental para crear ambientes o imágenes sonoras que sabiendo corresponde a la segunda parte de una trilogía titulada Orion (2002) y abandona su habitual estilo electrónico para reencontrarse con la orquesta, nos da una idea de música cósmica. Con amplia plantilla donde no faltaba la percusión más piano y celesta (hoy tocados por dos compositores como Omar Majbour Navarro y Guillermo Martínez, puede que por entender mejor la mecánica de estas obras cercanas a su generación), saca sonidos que evocan constelaciones, estrellas, frialdad cósmica vista y sentida desde su país natal, tiempos lentos casi flotantes con los instrumentos utilizando sordinas, registros no habituales y una serie de capas superpuestas que el director búlgaro iba balanceando para pasar de unos planos a otros, sin olvidarse de unas dinámicas extremas (impresionante el pianísimo final) que completan un lenguaje poco personal y más argumental por no llamarlo descriptivo, incluso sin saber nada de la obra. Bien todas las secciones y los refuerzos para seguir apostando por la escucha de obras actuales, puesto que debemos educar el oído como el resto de los sentidos.

La parte central nada menos que el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin a cargo de Ludmil Angelov, compatriota de Milanov por lo que podríamos decir que hablaron el mismo idioma para una escritura donde el protagonista es el solista y la orquesta acompaña con la dificultad del siempre necesario rubato romántico un poco en la línea del canto como también nos contó el doctor Moro en la conferencia. Sonido limpio y cristalino el de Angelov, con la técnica apropiada para Chopin, sin gran sonoridad y bien concertado por Rossen, disfrutando de este concierto que los pianistas de mi generación asociamos al último año de la entonces llamada carrera profesional. Salvo ligeros retrasos de la orquesta en algún final de frase, destacar la «colocación vienesa» que ayudó a ganar en color el papel orquestal de arropar al solista redescubriendo contestaciones del fagot o unas trompas contenidas y bien ensambladas, aunque siempre triunfando el piano en un clima de temperatura otoñal, con un buen comunicador el pianista búlgaro.
Y no podía haber otras propinas que Chopin, en solitario y con la misma limpieza y ligereza del número 1, el Nocturno en do sostenido menor profundo en lectura, más un personal Vals op. 64 nº 2 en la misma tonalidad, donde los juegos de tiempo fueron algo excesivos pero lógicamente buscando aportar algo nuevo para un repertorio que todo melómano conoce de memoria. Un excelente solista Ludmil Angelov en unas obras donde está reconocido como intérprete de referencia, aunque los grandes sigan en activo pese a los años que aún tiene por delante el búlgaro, verano de la Europa central en plena primavera vital.

Los fríos finlandeses los degustamos el jueves como preparándonos para estos climas nórdicos donde la música de Sibelius y otros vecinos parecen dibujar paisajes blancos de nieve, cielos azules intensos con auroras boreales, pero también bosques de apariencia devastadora con un encanto que a los asturianos nos toca de cerca, aunque sea un invierno con mejor temperatura. Finlandia y la segunda sinfonía nos hicieron descubrir una orquesta distinta de la habitual pero «Leyendas» la Suite Lemminkäinen, opus 22 sacó de la OSPA sus mejores cualidades, con Milanov sabedor de todos los recursos y calidades. Cuatro poemas sinfónicos o cuentos, historias de la mitología del frío con aires rusos cercanos y una escritura orquestal bellísima, llena de contrastes entre secciones, con intervenciones solistas que reafirman la calidad de cada atril, cuatro obras con personalidad propia conectadas por la unidad interpretativa desde un clima nunca gélido pero sí tenebroso, muy Mordor astur por emplear una imagen muy nuestra.
Lemminkäinen y las doncellas de la isla, arrancando con las trompas seguras, la madera nostálgica y alegre pero sobre todo la cuerda que nos cautiva, compacta, propia, presente, incisiva y aterciopelada, dinámicas muy trabajadas y manteniendo la pulsión del personaje con todas sus aventuras, melodías con el sello finlandés indescriptible con palabras e inconfundibles al oído, energía y vitalidad.
El cisne de Tuonela, probablemente lo más conocido de esta suite, nos dejó dos solos de corno inglés y cello dignos de unos intérpretes de primera que sintieron e hicieron sentir el ambiente nórdico desde nuestro paisaje y lenguaje asturiano, bien arropados por sus compañeros con un Milanov dejando fluir las melodías.
Lemminkäinen en Tuonela volvió a dejarnos una cuerda increíble, misteriosamente clara, trémolos presentes jugando con intensidades y ataques, la percusión, especialmente el bombo, más todo el viento derrochando protagonismos compartidos que el director búlgaro impulsó con autoridad en busca de la temperatura adecuada, balances dinámicos acertados y tensión mantenida con ritmos cambiantes y tímbricas increíbles.
El regreso de Lemminkäinen es como la reafirmación del paisaje plateado, los veinticinco años de esta OSPA continuadora de una larga tradición sinfónica asturiana que alcanza ahora un momento ideal para afrontar cualquier repertorio aunque Sibelius suene siempre especial en ella, y este regreso del protagonista nos permitió disfrutar de nuevo con todas y cada una de las secciones con un Milanov inspirado, brillo de metales, «pizzicattos» de cuerda punzantes, ritmo vigoroso y alegre reforzado por toda la percusión, píccolos volando a dúo, clarinetes chispeantes, tuba poderosa, trompas empastadas como nunca, la formación al completo y una sensación de trabajo bien hecho que como público agradecemos siempre, con ese final apoteósico que nos levantó el ánimo ¡y las posaderas!. Los siguientes directores invitados tienen ahora la responsabilidad de mantener e incluso superar el nivel actual.

L.A. Finlandia mediterránea

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Jueves 26 de noviembre, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Francesca Dego (violín), Oviedo Filarmonía, Pedro Halfter Caro (director). Obras de Corigliano y Sibelius.

El cambio de última hora de director tras la «indisposición» del venezolano Matheuz no supuso contratiempos pese a la dificultad del programa sino que todo pareció como reforzado con la llegada del madrileño Pedro Halfter que transmitió seguridad, decisión e ímpetu a los músicos, siempre desde el dominio de las obras (enhorabuena a quien realizase la rápida gestión de encontrar esta perla española para un programa ya decidido), la excelente concertación con la solista y sobre todo con la visión mediterránea de dos estilos tan dispares como el del finlandés Jean Sibelius y el cinematográfico «made in Hollywood» de L. A. (como llaman los americanos a Los Ángeles de un John Corigliano que no desentonó con el nórdico.

La violinista italiana Francesca Dego impactó y convenció desde la afinación previa con un sonido potente, de armónicos capaces de sobreponerse a una masa orquestal poderosa, con una técnica sobresaliente no ya en la mano izquierda sino con un dominio del arco que sacó del violín el verdadero espíritu del título de este concierto para violín y orquesta más su película correspondiente, «El violín rojo» con cuatro movimientos que nos llevan a distintos ambientes en la historia de un instrumento cargado de dramatismo con una escritura actual que no pierde referentes históricos y bien comentado en las notas al programa de Luis Suñén. Todas las secciones de la OFil sonaron convincentes, cómodas, con tensión y relajación en el momento justo, por fin una cuerda homogénea con pegada en el grave, carnosa, realmente jugosa en una partitura complicada de ejecutar por todos que el maestro Halfter llevó realmente bien. Impresionante la Chaconne primigenia y fílmica así como su crecimiento tímbrico, dinámico y rítmico desde un violín subyugante que irá «enrojeciendo» en carácter contagiado a toda la orquesta: percusión ajustada, metales seguros con unas trompas aterciopeladas y una cuerda redonda, más unos solos llenos de pasión y energía compartida. El Pianissimo Scherzo delicado y presente en todas las secciones mostró la calidad de una orquesta necesariamente más contenida alcanzando unas tímbricas etéreas realmente muy logradas, al igual que el violín de la italiana, armónicos claros bien arropados por una cuerda percusiva con los arcos ayudando a crear ese ambiente. El Andante flautando incidiendo en la misma onda positiva, luchando con los paraguas desmayándose con una cuerda este jueves convincente, con garra y rubricando las intervenciones solistas con unos graves que hacían vibrabar las entrañas desde un lirismo cálido pero aguerrido en una montaña rusa de emociones escritas con dinámicas vertiginosas plagadas de «sustos y remansos». Pero sobre todo el epatante Acelerando finale que sacó lo mejor de todos, director, orquesta (sobresaliente para la percusión) y solista, casi una danza macabra explosiva redondeando un concierto de nuestro tiempo estrenado por Joshua Bell en noviembre de 1997 que «la Dego» está haciendo suyo en este su tiempo.

Y dos propinas generosas para acabar de convencer de su dominio técnico al servicio de una musicalidad cálida, mediterránea, la Sonata nº 3 «Balada» de Ysaÿe y el Capricho nº 16 en sol menor, Presto de Paganini con exhibición cargada de sentimiento que me llevé a casa grabado con los otros veintitrés en el CD firmado por la elegante y guapa Francesca Dego, amable con todos los que se acercaron a charlar con ella.

El gran Sibelius (del que mi admirado David Revilla tiene el mejor blog en castellano) enmarcó al norteamericano, abriendo con Finlandia, op. 26 y cerrando con la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43, con una Oviedo Filarmonía distinta a los últimos conciertos, pletórica en todas las secciones y entregada al magisterio de Pedro Halfter. El arranque del poema sinfónico (sin los coros, lógicamente) ya presentó un sonido compacto, tenso en todas las secciones, que el director y compositor madrileño se encargó de cuidar al detalle, metales sedosos a la vez que presentes jugando con trompas y trompetas más trombones con tuba, timbales protagonistas asegurando la pulsión, cuerda enérgica y limpia desde los contrabajos a los violines, solo algo «escasas» en número las violas pero sin merma de la sonoridad global. Sorpresa positiva escuchar esta obra «puro Sibelius», a la vez cálida como en un deshielo primaveral, ruptura del hielo que aún respira aire ruso pero con anticiclón mediterráneo, latino si se quiere aunque germano por una dirección clara y precisa, pletórica como nunca.

Y la segunda sinfonía que hemos escuchado varias veces en este mismo auditorio (recordando muy bien la que dirigiese a la OSPA mi querido Ari Rasilainen) sonó fresca y homogénea, esperable tras la primera parte, cuatro movimientos con el sello inconfundible y el carisma de un sinfonista como el finlandés, energía y claridad en toda la gama dinámica, Halfter transmitiendo conocimiento con cada gesto en una partitura exigente para todas las secciones de la orquesta hoy reluciente, entregada, convincente de principio a fin. No huyó el maestro de tiempos más serenos, sin renunciar a unos «rubati» bien entendidos como en el segundo movimiento -dejando disfrutar de los solistas-, el Vivacissimo-Lento e suave-attaca demostró que la formación capitalina rinde cuando se la dirige con las ideas claras a pesar del poco tiempo con que el madrileño ha contado, apostando por un final verdaderamente poderoso al servicio de ese Allegro moderato emocionante, música en estado puro. De no saber la trastienda de este concierto hubiésemos pensado que es su titular (creo que no importaría a nadie que lo fuese) por cómo llevó tanto la sinfonía como el resto del concierto. Una alegría tener un español entre las batutas de referencia mundial capaz de desenvolverse tanto en el foso como sobre el escenario, y este jueves volvió a demostrarlo con la OFil. ¡Bravo Maestro!

Despojando los textos

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Viernes 20 de noviembre, 20:30 horas. Iglesia de San Isidoro el Real de Oviedo, XI Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza». Oniria Sacabuches: «La música estremada» (Música y mística en el Siglo de Oro español). Obras de Vivanco, Pisador, Juan Vásquez, Victoria, Morales, Guerrero, Cabezón y Salinas.

Nuevo lleno en San Isidoro pese a la variada oferta musical ovetense para este viernes de noviembre con una original propuesta de este grupo andaluz formado por tres trombones antiguos o sacabuches, Manuel Quesada y Carmelo Sosa (sacabuches alto y tenor) más Daniel Anarte (sacabuche bajo, tenor y dirección), con el percusionista Eugenio García Navarro y la recitadora Caroline Astwood, tomando como punto de partida la polifonía renacentista a la que despojan de los textos, que se proyectan en español, pudiendo seguir la poesía de Juan Boscán, lecturas de Jeremías o el «Cantar de los Cantares» e incluso el «Romance del Conde Claros de Montalván» musicado por Francisco Salinas, que cerraría el concierto, siempre presentadas con poemas bien sentidos que pareciesen recopilación de las anteriores temporadas de este ciclo ovetense, escuchando a Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús cuyo éxtasis de Bernini también ilustraba el programa.

Cuatro bloques con entidad propia capaces de «cantarse sin letra«, desde Si la noche haze oscura del Cancionero de Upsala o el del salmantino Diego Pisador (1510-1557) que abrían y cerraban «La noche oscura», con dos motetes del abulense Sebastián de Vivanco (1551-1622), polifonía olvidada y recuperada con metales y leve toque de percusión remontándonos a los Ministriles catedralicios que tantas veces doblaban a las voces e incluso, como esta vez, las sustituían directamente, respirando cual canto y fraseando mentalmente los textos latinos o en castellano antiguo.

«Una mirada contemplativa» nos traería a otro gran abulense como Tomás Luis de Victoria (1548-1611), dos «Benedictus» victorianos de verdadero rezo sin palabras, pertenecientes a las misas O magnum mysterium y O quam gloriosum, escoltado por Si no os hubiera mirado Juan Vásquez (1500-1560) y Cristóbal de Morales (1500-1553) con dos visiones del mismo texto armonizadas por un vihuelista o un polifonista esta vez con este trío de trombones.

«Canciones o cánticos espirituales» trajeron la alegría de Francisco Guerrero (1528-1599), villanescas cual cantos caballerescos donde la Dama es amada y loada, Pastor, quien madre Virgen, limpieza de líneas vocales desde un trío de sacabuches plenamente compenetrado, Tan largo ha sido, escuchando al tenor bien acompañado por las otras dos voces, ¡Oh, venturoso día! para seguir paladeando la polifonía vocal desde unos metales sedosos y terminar con ¿Qué se puede desear?, arduo trabajo el de estas transcripciones capaces de hacernos «olvidar» unos textos y desnudar la música pura.

El último bloque «Divina Armonía», comenzaba con el Tiento primero de Antonio de Cabezón (1510-1566), órgano a tres sacabuches que debieron ornamentar cual teclista con toda la dificultad técnica del trombón de varas, para engrandecer con sus «crescendos» lo que la mecánica no puede y el soplo humano convierte en imposible, dos nuevos «Benedictus» del Maestro Victoria Trahe Me Post Te y Quam pulchri sunt dibujadas las voces desnudas en una tímbrica sorprendente, antes del ya citado romance Media noche era por filo del genial ciego Salinas, perfecto broche de un concierto donde la palabra la pusimos todos y la música una agrupación original en formato con repertorio verdaderamente de oro, como nuestro mejor siglo cultural. La propina despliegue de folía del cuarteto con su mejor percusión y la alegría del Adviento con una música que siempre resulta «divina armonía».

 

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