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Entre la zozobra y la esperanza

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Miércoles 4 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto inaugural del Ciclo “Conciertos del Auditorio”: Vox Luminis XL, Camerata Salzburg, Lionel Meunier (bajo y dirección musical y artística), Gregory Ahss (violín y dirección musical), Gwendoline Blondeel (soprano), Marie Henriette Reinhold (mezzo), Raffaele Giordani (tenor), Sebastian Myrus (bajo). Obras de F. J. Haydn y W.A. Mozart. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Noviembre marcaba el inicio de un ciclo plenamente consolidado en Oviedo, que sigue situando a la capital asturiana en el mapa de los grandes acontecimientos musicales con solistas y formaciones internacionales. Para inaugurar esta nueva temporada llegaban el conjunto vocal belga Vox Luminis y la veterana Camerata Salzburg (que cumple 75 años) reunidos por primera vez en un proyecto común bajo la coordinación de sus respectivos responsables, Lionel Meunier y Gregory Ahss. Una gira española de apenas tres citas, con paradas previas en el Auditorio Nacional de Madrid y el Teatro de la Maestranza de Sevilla, que recalaba finalmente en el Auditorio ovetense con dos monumentos de la música sacra del clasicismo: la Missa in angustiis, conocida también como Misa Nelson, de Haydn, y el Requiem en re menor de Mozart.

Una velada marcada desde su comienzo por el recuerdo a las víctimas del trágico accidente ferroviario de Urda (Toledo), a quienes se dedicó el Requiem mozartiano, y también a la compositora Marisa Manchado, tan vinculada a Oviedo por su ópera La Regenta, fallecida en el fatal accidente. La música adquiría así una dimensión que trascendía lo estrictamente artístico, devolviendo a estas páginas litúrgicas su sentido más profundo de recogimiento, duelo y esperanza.

A Vox Luminis, formación fundada en 2004 por el bajo francés Lionel Meunier, ya habíamos tenido ocasión de disfrutarla en Oviedo, tanto en este mismo ciclo con The Fairy Queen, en marzo de 2022, como en la clausura de la XII Primavera Barroca de 2025. Esta vez comparecía en formato ampliado, bajo la denominación XL, aunque finalmente fueron 29 voces más el propio Meunier las que ocuparon el escenario, lejos de las cuarenta que cabría esperar por su nombre (y talla M más que XL). Una dimensión coral, en cualquier caso, suficiente para afrontar estas dos grandes partituras junto a una Camerata Salzburg que mantiene intacta su personalidad y solvencia estilística.

La peculiaridad del proyecto estaba también en su dirección compartida, sin un maestro convencional en el podio: Meunier conducía desde la sección de bajos con gestos mínimos, mientras Gregory Ahss, desde el puesto de concertino, asumía buena parte de la responsabilidad musical, levantándose de su atril cuando era necesario para asegurar las entradas y la cohesión de los conjuntos. Un procedimiento que exige músicos de enorme oficio y capacidad de escucha, y que, pese a las dificultades que puede entrañar, funcionó con notable solvencia en Oviedo.

La primera parte estuvo dedicada a la Missa in angustiis (Hob. XXII:11), escrita por Franz Joseph Haydn en 1798, en unos momentos especialmente convulsos para el Imperio austríaco por las campañas napoleónicas. La denominación original, «Misa para tiempos de angustia», resulta suficientemente expresiva de aquel contexto, aunque la obra terminaría siendo conocida popularmente como Misa Nelson, sobrenombre asociado a la victoria del almirante británico sobre la flota francesa en la batalla del Nilo y a su posterior visita a la corte de los Esterházy.

La disposición de los músicos ya anunciaba una lectura de marcado carácter historicista. La Camerata Salzburg presentó los metales naturales (trompas y trompetas), con una colocación de inspiración vienesa, los violines enfrentados, los dos contrabajos flanqueando las secciones de viento (de pie) y a la derecha en el fondo los timbales. La cuerda, y las distintas familias instrumentales dibujaban un espacio sonoro muy cuidado. A ambos lados se distribuyó el coro, en dos grupos enfrentados de catorce y quince voces, mientras el cuarteto solista ocupaba el centro, entre la cuerda y los vientos, con algunos de sus integrantes (soprano y bajo) adelantándose sobre un pequeño podio en el lugar habitual de los directores.

Una distribución que, lejos de perjudicar el resultado en esta ocasión, permitió que las voces solistas y el conjunto coral fluyeran por encima de la orquesta sin quedar tapados en ningún momento. La cuerda de la Camerata sonó limpia, ágil y perfectamente empastada, con unas maderas excelentes, especialmente el oboe, y unos metales naturales de afinación y brillantez admirables. El equilibrio entre las secciones, unido a una rica gradación dinámica, permitió disfrutar de una lectura donde el dramatismo y la energía del posteriormente llamado Sturm und Drang se dieron la mano con los momentos de mayor intimidad.

En el apartado vocal destacó especialmente la soprano Gwendoline Blondeel, de poderío extraordinario, emisión segura, fraseo distinguido y una coloratura resuelta con agilidad, pero también con un color penetrante y muy bello que sobresalía siempre con naturalidad. Una voz de enorme personalidad, capaz de combinar brillantez y delicadeza. No le fue a la zaga el bajo Sebastian Myrus, de registro amplio, con graves claros y unos agudos de color baritonal muy interesantes.

También cumplieron con solvencia la mezzo Marie Henriette Reinhold (no hay apenas contraltos hoy en día) y el tenor Raffaele Giordani, todos ellos integrantes de Vox Luminis, lo que da buena medida del nivel individual de una formación coral donde sus componentes pueden asumir con garantías las exigencias del cuarteto solista.

La misa discurrió entre la solemnidad del Kyrie, el impulso marcial de los pasajes corales y la luminosidad característica del Haydn maduro. El Gloria, el Credo y el Sanctus encontraron una respuesta instrumental de gran calidad, con especial protagonismo de los metales y los timbales, mientras el Benedictus aportó algunos de los momentos más recogidos y expresivos, antes de desembocar en la intensidad del Hosanna. Una interpretación de gran cohesión, con voces matizadas y una orquesta especialista en este repertorio, que hizo justicia a una de las grandes creaciones sacras del compositor austríaco.

Tras la pausa se procedió a reorganizar el escenario y colocar el órgano positivo en el centro para afrontar el Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart, K. 626. Se mantuvieron las mismas voces, ya sentadas en sillas cuando no intervenían, y la Camerata incorporó ahora los corni di bassetto, fagotes, trombones y trompetas naturales, con los instrumentos de viento distribuidos al fondo. Una instrumentación que, por su disposición y sonoridad, parecía anticipar la que Haydn utilizaría siete años después en su Misa Nelson.

Como bien apunta Alfredo Aracil en las notas al programa, estábamos ante «Dos visiones paralelas del temor y la incertidumbre en tiempos críticos», una coincidencia que, a la vista de los acontecimientos recientes, adquiría una dolorosa actualidad. El Requiem mozartiano, además, conserva intacta su capacidad para conmover desde los primeros compases, con esa mezcla de dramatismo, humanidad y misterio que acompaña a una de las partituras más universales de la historia de la música.

La lectura de Vox Luminis y la Camerata Salzburg mantuvo la línea de calidad de la primera parte, con un conjunto especialmente cuidado en el empaste y la articulación. El Introitus abrió el camino hacia un Dies irae de gran intensidad, mientras el Tuba mirum permitió lucir la sección de metales y sus intervenciones solistas. Mención especial merece el Rex tremendae, magníficamente encajado con la cuerda y de imponente respuesta coral, uno de los momentos más conseguidos de la noche.

También resultó interesante la elección de un tempo más ligero para el Lacrimosa, alejándose de la solemnidad casi monumental con la que tradicionalmente suele abordarse este número. Una decisión que puede sorprender inicialmente, pero que aquí aportó una lectura menos plañidera y más esperanzadora, sin renunciar a la emoción que encierra la página. El discurso desembocaría en la Lux aeterna, con la que se cerraba una interpretación de notable nivel, sostenida por la calidad de todas las secciones y por la personalidad de los solistas.

Las dos obras dejaron patente la extraordinaria calidad de los músicos convocados, aunque personalmente encontré en Haydn una mayor redondez y equilibrio global. El planteamiento de dirección compartida, con Ahss llevando el peso desde el primer atril y Meunier realizando discretas indicaciones desde el coro, no impidió que en Oviedo (a diferencia de Sevilla o Madrid) se consiguiera una buena coordinación y un balance muy satisfactorio entre las voces y la orquesta, como si el «rodaje» previo hubiera mejorado la interpretación. Una fórmula poco habitual para semejante contingente de intérpretes, pero que en esta ocasión ofreció resultados convincentes.

El público, que llenaba el Auditorio, respondió con una prolongada ovación, y los conjuntos ofrecieron como propina el delicado Ave Verum Corpus de Mozart. Un final de recogimiento absoluto, de exquisita sencillez y devoción, donde la música pareció detener el tiempo y encontrar su verdadero sentido en la emoción compartida. Si durante toda la velada habían dominado la zozobra y el dolor, esta última página dejó abierta una puerta a la esperanza.

Una inauguración de altura para los «Conciertos del Auditorio», con dos formaciones internacionales de referencia y un programa que, más allá de su indiscutible valor musical, nos recordó que la gran música sacra sigue siendo capaz de acompañar el duelo, dar voz a la memoria y transformar el dolor en belleza.

PROGRAMA:

PARTE I
Franz Joseph Haydn (1732–1809): Misa en re menor, Hob. XXII:11, «Missa in Angustiis» («Misa Nelson»):

I. Kyrie
II. Gloria
III. Credo
IV. Sanctus V. Benedictus VI. Agnus Dei

PARTE II
Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791): Requiem en re menor, K. 626:

I. Introitus: Requiem aeternam

II. Kyrie

III. Sequentia

1. Dies irae
2. Tuba mirum
3. Rex tremendae
4. Recordare, pie Jesu

5. Confutatis maledictis

6. Lacrimosa

IV. Offertorium
1. Domine Jesu

2. Hostias

V. Sanctus

VI. Benedictus
VII. Agnus Dei
VIII. Communio: Lux aeterna

La música que sigue haciendo ciudad

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Viernes 25 de septiembre, 11:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe. Presentación de la temporada 2026/2027 de los Conciertos del Auditorio y las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una flauta abriendo el acto con la Danse de la chèvre de Arthur Honegger, en interpretación de Alexandra Pichurina Esipovich, daba paso esta mañana a la presentación de una nueva temporada de dos ciclos que ya forman parte, por derecho propio, de la vida musical de Oviedo. Una temporada especialmente significativa porque llega cuando la ciudad afronta la recta final hacia la decisión sobre la Capitalidad Cultural Europea de 2031, pero también porque supone la despedida de David Álvarez al frente de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

Álvarez hizo balance de estos cuatro años recordando algunos de los grandes momentos vividos desde la Concejalía, entre ellos las visitas de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, con Klaus Mäkelä, y de la Filarmónica de Viena. Lo hacía además desde una doble condición que mantendrá cuando deje el cargo: la de responsable político de la cultura y la de melómano y abonado de estos ciclos. Presentando un vídeo y a cada uno de los intervinientes (Álvaro Faes, Pilar Rubiera y Cosme Marina), quiso destacar en sus distintas alocuciones la fidelidad de un público que sigue creciendo en número de abonados y la importancia de las formaciones asturianas, con Oviedo Filarmonía y El León de Oro a la cabeza, dentro de una política musical sostenida gracias a la colaboración entre la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, la propia Concejalía y los diferentes agentes culturales. Y tuvo palabras especialmente afectuosas para Cosme Marina, director artístico de la Fundación Musical, por su compromiso y lealtad durante estos años. Una idea quedó flotando durante la presentación y bien podría resumir el espíritu de estos ciclos: que la música nos siga uniendo y reuniendo.

Una historia que viene de lejos

Cosme Marina tomó después la palabra para recordar que una programación como esta no aparece de repente en un calendario. Detrás hay décadas de trabajo y una historia musical que comenzó a tomar forma en los años ochenta, con la remunicipalización del Teatro Campoamor, las reformas emprendidas durante la etapa de Antonio Masip como alcalde, y aquellos Conciertos del Campoamor vinculados a Luis Gracia Iberni. También recordó el precedente de los Festivales de la Universidad de Oviedo, aquellas primeras semanas musicales en las que tuvo un papel fundamental Emilio Casares, hasta llegar a febrero de 1992, cuando se celebraron las primeras Jornadas Internacionales de Piano, germen de las actuales Jornadas “Luis G. Iberni”. Nacían con vocación internacional, abiertas al público y con un carácter temático pionero en España, pero sin perder nunca la vinculación con el entorno. En 1999, la creación de Oviedo Filarmonía y la consolidación del Auditorio «Príncipe Felipe» terminarían de dibujar el modelo actual: grandes artistas y formaciones internacionales junto a la presencia de los músicos y proyectos nacidos en Asturias. Y esa combinación sigue siendo una de las señas de identidad de la programación.

Un Auditorio de grandes nombres

La temporada comenzará el 4 de noviembre y se prolongará hasta el 23 de mayo, con un repertorio amplio y una sucesión de nombres que explican por sí solos la dimensión de estos ciclos.

Las Jornadas de Piano tendrán uno de sus momentos destacados el 19 de noviembre, con el encuentro de Jean-Guihen Queyras y Alexandre Tharaud, que celebran treinta años de trayectoria conjunta. Ambos han pasado ya por Oviedo por separado y ahora, por fin, podrán escucharse juntos en una colaboración que han mantenido durante tres décadas. Habrá además dos debuts pianísticos: Olga Scheps, el 9 de diciembre, y Misha Dacić, el 17 de diciembre. Y volverá Grigory Sokolov, el 23 de febrero. Poco más hace falta añadir. Don Gregorio Sokolov es ya parte de la historia de estas Jornadas, una de esas figuras que han convertido Oviedo en una de sus ciudades habituales de gira. Como viene siendo tradición, habrá que esperar unos días antes del concierto para conocer el programa. El ciclo recuperará también a Hélène Grimaud, que regresará a Oviedo el 23 de mayo después de muchos años de ausencia.

En los Conciertos del Auditorio, la apertura correrá a cargo de Vox Luminis y la Camerata Salzburg, con el Réquiem de Mozart, el 4 de noviembre. Una elección que mantiene esa vocación europea que siempre ha caracterizado al ciclo y que adquiere un significado especial en una ciudad que aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura.

Las grandes voces tendrán asimismo un protagonismo destacado. Véronique Gens llegará el 27 de noviembre con Reines, espectáculo que, dentro de España, podrá disfrutarse únicamente en Madrid y Oviedo. El 9 de enero regresará la Orquesta y Coro Nacionales de España, después de décadas de ausencia, con Josep Pons al frente de Un Réquiem alemán de Brahms.

El 12 de enero será el turno de Esa-Pekka Salonen, que dirigirá a la Philharmonia Orchestra y presentará en Oviedo su concierto para violín, con Leila Josefowicz como solista, sumándose al también finlandés Jukka-Pekka Saraste que el 11 de febrero actuará on la Orquesta Filarmónica de Helsinki junto a la violonista MINAMI (Minami Yoshida).

La música histórica tendrá su espacio con los asturianos Forma Antiqva, que el 21 de enero recuperarán para estrenar en Oviedo La Corte in Gioco. Y volverán a escucharse algunas de las grandes voces del panorama lírico: Nadine Sierra, el 26 de enero; Sondra Radvanovsky, en recital junto al pianista Anthony Manoli el 30 de marzo, y Marina Rebeka, que debutará en Oviedo el 6 de mayo junto a Oviedo Filarmonía.

Bach tendrá también su espacio con la celebración de los 300 años de la Pasión según San Juan, en una propuesta que contará con el director argentino Leonardo García-Alarcón, de raíces familiares asturianas. Y habrá un homenaje a Tomás Marco (Madrid 1942), con el estreno de Atalaya sobre Vetusta, encargo del ciclo en torno a Clarín y «La Regenta» («Mapa sonoro de Vetusta»), además de la presencia de Viotti y Capuçon junto a otras propuestas que completarán la programación.

Fuera de abono, los Niños Cantores de Viena el 4 de marzo ampliarán una temporada que vuelve a mirar hacia Europa sin olvidarse de casa.

El público como parte de la historia

Durante la presentación, Pilar Rubiera, presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, insistió en la posición que ocupa la ciudad dentro del panorama musical español y en el esfuerzo por mantener unos precios accesibles. Pero quizá una de las ideas más interesantes de la mañana fue la reivindicación de la propia Oviedo Filarmonía, una orquesta versátil que encuentra en estos conciertos un terreno especialmente adecuado para demostrar su capacidad y que, al mismo tiempo, continúa siendo uno de los pilares de la actividad musical de la ciudad.

También Álvaro Faes, como Jefe de la sección de Oviedo del periódico La Nueva España (en el que escribo puntualmente), puso el foco en algo que a veces queda oculto detrás de los grandes nombres: el público, ese espectador que reserva una fecha, que vuelve cada temporada y que ha construido durante años una relación de fidelidad con estos ciclos. Porque la música de una ciudad no se mide solamente por las orquestas que la visitan, los grandes solistas o los directores internacionales. Se mide también por la capacidad de conseguir que una sala se llene una y otra vez, que un público reconozca los nombres, espere los programas y haga de cada temporada una prolongación de la anterior. Y en Oviedo esa historia viene de lejos.

David Álvarez se despedía hoy de la presentación de un ciclo que comenzó a defender desde su concejalía en 2023. Lo hacía agradeciendo a quienes lo han acompañado durante estos años y anunciando, en cierto modo, que la despedida institucional no será una despedida musical: seguirá siendo abonado. Quizá no haya mejor manera de cerrar una etapa. Porque cambian los concejales, cambian los programas y cambian los nombres sobre el escenario. Pero permanece algo mucho más difícil de construir: una ciudad que espera a la música, un público que responde y un Auditorio que sigue siendo lugar de encuentro.

Y nada mejor para finalizar que volver a escuchar a la joven flautista Alexandra Pichurina y Minera (de “Cantes de Levante» del compositor Oscar de Manuel).

El próximo y primer encuentro del ciclo ya tiene fecha: 4 de noviembre. Mozart, Vox Luminis y la Camerata Salzburg. Que empiece la música.

Información sobre conciertos, abonos, entradas y precios en https://www.oviedo.es/de/ccjp

Mozart y Say

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Lunes 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Fazil Say (piano y dirección), Camerata Salzburg, Gregory Ahss (concertino). Obras de F. Say (1970) y W. A. Mozart (1756-1791).

Muchos huecos entre los abonados para un concierto en lunes de carnaval (en Valencia lo disfrutarán el martes) que supuso una apuesta sobre seguro al programar de nuevo a la Camerata de Salzburg seis años después con un pianista y compositor que no deja indiferente a nadie como es el turco Fazil Say (Ankara, 14 de enero de 1970) que debutaba en Oviedo. De gestualidad exagerada y tics habituales en muchos intérpretes, pero además en su faceta de creador abriendo y cerrando el programa que compartía con el genio de Salzburgo como solista de su poco escuchado Concierto nº 12 más la conocida Sinfonía 29 con una formación de cámara que impacta por calidad y musicalidad. Podemos decir que más que dirigirla, Say dejó que los austriacos escuchasen su interpretación para que la música les guiase, por otra parte muy académica, con cuerda, dos trompas y dos oboes (un percusionista para la última obra) bien comandada por un concertino de primera fila como es Ahss.

De Mozart solo excelencias, una Sinfonía nº 29 en la mayor K 201 (1774) abriendo la segunda parte para disfrutar cada uno de los cuatro movimientos por sonoridades increíbles en todos (momentos donde las violas sonaron a flauta), por una energía nunca desbocada desde una gama dinámica portentosa, incluyendo el viento, una limpieza de ejecución más que digna para los de Salzburgo, y unos tiempos ajustados con un sentido musical puramente clásico. Si un par de días antes me quejaba de la ausencia de un sonido propio ante la primacía de la cantidad, hoy la calidad permitió degustar el «sonido Mozart de Salzburgo» que refleja la biografía incluida en el programa, con unas excelentes notas de Alberto González Lapuente. Impecable la sucesión de temas y movimientos de esta sinfonía tan emocional y galante de un genio con 18 años que don Leopoldo prefería no dar a conocer por no estar a la altura de su hijo, con ese final verdaderamente «spiritoso», escuchando todas las notas en una cuerda con impronta. Un soplo de aire fresco en aquellos años de suplicios con Colloredo que la Camerata de esa ciudad sintió como propia.

Cerrando la primera parte escuchamos el Concierto para piano nº 12 en la mayor, K 414 (1782) con un Fazil Say que pareció descolocar al público ante sus poses, primero de espaldas, como ajeno a la orquesta hasta que comenzó su intervención, limpieza en cada nota, presencia sin excesos y sobre todo un fluir que contagiaba a sus acompañantes, más protagonistas si cabe con esta obra de la que se el propio Mozart deja escrito que es «la exacta vía intermedia entre lo demasiado difícil y lo demasiado fácil» (carta a su padre del 28 de diciembre de 1782), pero que el turco Say aparentó lo segundo desde lo primero. Impresionante verle levitar por momentos sobre los pedales, manejo siempre al servicio del sonido, claro, ausente donde la pulsación da la duración exacta, con una primera cadencia en el Allegro que por personal no dejó de mantener el espíritu mozartiano en ningún momento y arropado por terciopelo con filigranas doradas. Del Andante como si quisiese dirigirse a si mismo, manos que cantan sin tocar, musicalidad hasta en los silencios, sentado en posiciones por momentos incómodas a la vista, la suya perdida en el infinito pero encontrada en unos trinos terrenales, asentados, y unos fraseos entendidos por la camerata fusionada con el solista. Y el Rondeau: Allegretto verdadera explosión contenida, incluso optando por cadencias nada largas para no perder la esencia del genio, ya vienés universal, a medio camino entre «la música de cámara sin interiorización y la música orquestal sin amplitud» que escribe González Lapuente.

Del Say compositor dos muestras del dominio tímbrico, rítmico y narrativo. Abría concierto su Chamber Symphony, op. 62 (2015) para orquesta de cuerda de la que Camerata Salzburg exprimió todo lo reflejado en la partitura, encargo a su vez de la Orpheus Chamber Orchestra y de la que el compositor reconoce su inspiración en la música de su país, «penetrar en las complejidades de la actual Turquía, y en una cierta introspección transmitida mediante el ritmo y la tonlaidad». País en la encrucijada Oriente – Occidente que la música de su compositor parece transmitir desde los compases y contrastes de tiempo hasta la nostalgia de una Constantinopla tan brillante y oscurecida en la historia, hasta llegar al Estambul de hoy, gitano, enérgico y turco desde nuestra «óptica auditiva europea», tristemente cerrada a unas culturas que también musicalmente siguen aportando mucho (mi recuerdo para la obra del franco-libanés Bechara El-Khoury). Una obra impactante, con toques minimalistas y sonoridades muy de nuestro tiempo.

Punto y aparte merece Silk Road (Concierto para piano nº 2), op. 4 para piano y orquesta de cuerdas más gong, la Ruta de la Seda que tanto ha inspirado a los artistas a lo largo del tiempo, un viaje de China a Europa y África aquí reflejado en cuatro espacios o movimientos: Tibet, India, Mesopotamia y Anatolia con un tratamiento abstracto a partir del conocimiento del folklore que el propio Fazil Say realizó en Berlín, cuatro movimientos con una nota pedal constante ejecutada por la contrabajista a la derecha del escenario y el gong separando cada etapa, más un piano lleno de exotismos buscados en la manipulación de las cuerdas, los apagadores, incluso tocando directamente sobre ellas evocando cordófonos asiáticos, toda una apuesta sonora donde el intérprete se vistió para ella y ejerció de mago más que director para ir dirigiendo este viaje a la misma cuerda capaz de sorprender con Mozart o Say. Imposible expresar las sensaciones en casi veinte minutos de obra y mejor (d)escritas en las ya referidas notas al programa de González Lapuente, dejando al final el vídeo con la Academy of St. Martin in the Fields en Kiel del año 2011.

La propina del propio Fazil Say solo con el piano dejó aromas de Mompou o Esplá, el mismo Mediterráneo hecho música, en la línea de su capacidad improvisatoria y podemos disfrutar mucho más en su web oficial así como en el canal de YouTube, la mejor plataforma para dar a conocer una música que no deja indiferente y menos cuando los intérpretes tienen la calidad de una camerata con el propio compositor al frente, al que me encantaría escuchar con Patricia Kopatchinskaja porque sus dúos son para no olvidar.