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Ímpetu juvenil en el octavo

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Abono 8 OSPA, Pasión y melancolía: Martín García (piano), Nil Venditti (directora). Obras de Gabriela Ortiz, Schumann y Chaikovski.

Una semana intensa en el auditorio ovetense y llegábamos a la mitad de los conciertos de abono de la OSPA con los ya habituales encuentros previos 45 minutos antes, moderados por Fernando Zorita en la Sala de conferencias nº 1 (del tercer piso), que paulatinamente van atrayendo -al igual que a los conciertos- más público del habitual, esperando se mantenga el incremento de aficionados. Personalmente no me los suelo perder porque son una forma de conocer de primera mano las obras que escucharemos a continuación con las aportaciones de los invitados, esta vez con la expresiva y mejor comunicadora directora ítalo-turca Nil Venditti (1994) invitada de nuevo por la orquesta asturiana, siendo su tercera visita a este mismo auditorio, a la que recordaremos precisamente por su ímpetu y forma de transmitir energía desde en un italiano comprensible siempre ayudado de las manos, y que volvería a lucir para todos los asistentes antes de dirigir cada una de las obras de la primera parte, más un dominio de cada obra que además contagia seguridad a una OSPA cada vez más madura, compacta, brillante por momentos, creciendo en cada abono en una temporada de asentamiento (a la espera de un concertino titular).

Comentaba el maestro Zorita lo habitual que es en la orquesta asturiana programar obras contemporáneas que no suelen repetirse pese a que muchas resultan verdaderos éxitos, y Venditti nos contó lo que la compositora Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 20 de diciembre de 1964) refleja en su obra, la conexión entre Clara y Robert Schuman, los momentos de esta relación y los papeles dados al oboe (Robert) y violín (Clara) más su forma de comunicarse precisamente con la música. También las notas al programa de mi admirado Ramón Sobrino nos prepararon para entender aún más esta obra compuesta en 2021 por encargo de la New York Philharmonic y estrenada el 10 de marzo de 2022 bajo la dirección de Gustavo Dudamel. Ubicar a continuación la «Sinfonietta» del alemán es rememorar al Schumann juvenil, despojado del tempo lento en esta «piccola sinfonia» por ser demasiado íntimo en un momento de euforia juvenil. Y por supuesto hablarnos del archiconocido concierto de piano de Tchaikovski donde aparecen motivos del folklore ruso con las características melodías también en los cellos y violas («no como Puccini que las escribe todas para los violines»), aunque retomaría para finalizar el encuentro desmenuzándonos la obra de la mexicana.

Aplaudir también el cambiar el habitual y decimonónico orden de los programas al colocar el concierto de piano en la segunda parte, algo que vengo reclamando hace tiempo evitando igualmente los trasiegos de un instrumento por el que ya pasan los años, especialmente en los agudos.

Muy interesante la obra de Gabriela Ortiz con una excelente e impresionante orquestación  que exige una buena cuerda (12-10-8- 6-5-5) hoy comandada por Jordi Rodríguez Cayuelas, para equilibrar a un viento poderoso, timbales más dos percusionistas desplegando un amplio arsenal de membranófonos e idiófonos que son parte imprescindible en toda la partitura, y especialmente en la «respuesta» que la mexicana plantea en la relación del matrimonio Schumann llena del trepidante ritmo de su tierra (güiro, temple blocks…) con la óptica femenina pero plenamente universal. El doctor Sobrino analiza la partitura al detalle en las notas al programa:

Clara consta de cinco secciones continuadas – 1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara –, que desarrollan dos elementos musicales: una breve secuencia rítmica como leitmotiv o idea fija, y un tema melódico en el oboe que representa el mundo privado de Clara. Salvo la número 3, todas las secciones son bocetos íntimos o esbozos de la relación entre Clara y Robert. Al final de la obra, el leitmotiv se percibe, en palabras de la autora, «como una respiración, dejando implícita la permanencia y el legado de ambas figuras».

Según Ortiz, «Clara parte de la idea de que la música nos permitirá acceder a una concepción no lineal del tiempo, más circular, donde el pasado (ellos) y el presente (yo) puedan encontrarse, conversar y conocerse». En «Mi respuesta», la compositora persigue acercar a Clara y Robert a su propio mundo, reivindicando a las mujeres que «desafiaron a la sociedad en la que crecieron al manifestar su obra artística». «Me gusta pensar que, a través de Clara, Clara Wieck Schumann está aquí, en esta sala de conciertos con nosotros».

Venditti conectó desde el primer compás con la esencia y sonoridad de la mexicana, sororidad musical impetuosa y delicada, defendiendo la partitura con seguridad, aplomo, gestualidad amplia donde su mano izquierda lo es en el amplio sentido de la palabra (en el encuentro comentaba ser menuda y mujer que no siempre ha tenido en las muchas orquestas la química esperada hasta que explica que lo importante es la obra), más una batuta flexible, precisa, pincel o tiralíneas pero nunca brochazos, lo que redundó en una OSPA entregada, con lucimiento de «los protagonistas», amplísimas dinámicas y dejándonos una interpretación de altura.

Con el espíritu de Schumann en el aire llegaría esa «sinfonía coja» si se me permite el calificativo (el compositor la llamó «Symphonette» o «Sinfonietta«) y juvenil, de nuevo impetuosa en sus tres movimientos (I. Obertura – II. Scherzo – III. Finale) de orquestación más liviana (vientos a dos salvo los tres trombones), obra más complicada que su aparentemente sencilla estructura, nuevo protagonismo del oboe de un Ferriol que este viernes «se ganó con creces una buena cena», una cuerda aterciopelada y siempre presente toda ella, manteniendo una sonoridad romántica plena de dinámicas siempre marcadas por ese vendaval que es Venditti. Obra compuesta durante tres semanas en 1841  con la «presencia alegre» de su amigo y admirador Mendelssohn (que dirigiría el estreno en Leipzig de su Sinfonía Primavera), que no encontró la respuesta editorial ni del público por lo que introdujo cambios en los dos primeros movimientos, estrenando esta nueva versión el 4 de diciembre de 1845, y publicada en 1846 por la editorial Friedrich Kistner. El Schumann sinfónico siempre para degustar que el tándem Venditti-OSPA nos brindaron para cerrar esta primera parte tras el impetuoso Finale.

Al pianista asturiano Martín García (Gijón, 1996) le sigo hace años recordando el doblete mozartiano y «Emperador» en un extraordinario de la OSPA en marzo de 2021, hasta el regreso a su Gijón natal dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Sociedad Filarmónica en enero de 2022, más su presentación en las jornadas de piano en noviembre de ese mismo año (El ciclón gijonés), titulando su concierto como «espectacular y potente», especialmente en Rachmaninov, la evolución está siendo increíble pero con mucho trabajo y esfuerzo que le ha dado ya el poso necesario, manteniendo un ímpetu ideal para obras como el «Primero de Chaikovski» habiendo ganado lirismo y profundización en su interpretación, con una amplísima gama de matices, poderosamente delicado (o delicadamente poderoso). Si ya entonces le describía como jovial en Mozart, explosivo en Liszt y especialmente «su» Chopin sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas -el primero lo mantiene, sumando alguno más como salir con un pañuelo para secarse el sudor de la cara o levantarse casi al momento de finalizar-, el Tchaikovsky de este abono octavo de la OSPA resultó profundo, valiente y musicalmente entregado.

Don Ramón Sobrino nos explica que «El Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky (1874, con revisiones en 1879 y 1888), rechazado inicialmente por Rubinstein, fue estrenado por Hans von Bülow en Boston en 1875. En tres movimientos, Allegro – que tras la conocida introducción emplea melodías de Ucrania, Francia y Rusia –; Andantino-Prestissimo-Tempo I; y Allegro con fuoco – con forma rondó –, es obra de referencia para los grandes pianistas, reconocida por público y crítica», así que contando con una orquesta en estado de gracia, una directora excelente concertante y un solista reconocido, el éxito estaba asegurado. Nunca hay dos interpretaciones iguales y he perdido la cuenta de las veces que lo he escuchado en directo, pero la de Martín García con Venditti y la OSPA no ha decepcionado. Siempre bien balanceado con la orquesta desde el potente inicio, sus solos fueron limpios, contrastando los súbitos que pasan del momento eufórico a la calma necesaria, sonoridades rotundas y cristalinas, encajes perfectos en los tempi que fueron valientes en los movimientos extremos, junto a la delicadeza «con poso» del andantino central que solo tiene de semplice el calificativo, porque más allá del virtuosismo necesario en los rápidos, el transmitir sentimientos siempre se hace con pocas notas pero bien tocadas. Y caer en la tentación del «primero» del ruso es fácil pero contener el exhibicionismo es una virtud. ¡Bravo Martín!.

La propina, con Venditti sentada en el suelo escuchando y la luz atenuada, nos demostró que Martín García García afronta la treintena con la serenidad y sonoridad de su Debussy (el Preludio nº 5, Bruyères, del segundo libro) rico, brillante, pedalizado con acierto, además contenido tras el ímpetu y pasión rusa.

PROGRAMA:

GABRIELA ORTIZ (1964):

Clara (1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara)

ROBERT SCHUMANN (1810 – 1856):

Obertura, Scherzo y Finale, op. 52

I. Obertura
II. Scherzo
III. Finale

PIOTR ILICH CHAIKOVSKI (1840 – 1893):

Concierto para piano nº1 ensi bemol menor, op. 23:

I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Reteniendo el tiempo

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Jueves 19 de febrero, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Ciclo “Conciertos del Auditorio”. Homenaje a Zubin Mehta. West-Eastern Divan Orchestra, Zubin Mehta (director). Obras de Wagner, Beethoven y Chaikovski. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Hay conciertos que se escuchan y conciertos que se viven. Y algunos —muy pocos— que obligan a detenerse, respirar hondo y tomar conciencia de que el tiempo existe.

Oviedo ocupa un lugar simbólico en la historia de la West-Eastern Divan Orchestra. En 2002 sus fundadores, Edward W. Said y Daniel Barenboim, recibían el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por un proyecto que nacía con una idea sencilla y a la vez utópica: convivir a través de la música. Veintisiete años después, aquella utopía sigue siendo necesaria, casi urgente, mientras el mundo insiste en demostrar lo contrario.

Pero esta noche tenía otro centro emocional: la figura de Zubin Mehta (Bombay, 29 de abril de 1936), a punto de cumplir noventa años. Una vida entera dedicada a la música. Vivir para la música. Quizá también vivir de ella, pero sobre todo para ella.

Quisiera pensar este concierto con tres verbos: vivir, convivir y revivir. Vivir es dedicar una existencia a un arte hasta confundirse con él. Convivir es compartirlo, hacerlo comunidad, convertirlo en lenguaje común más allá de fronteras. Revivir es recordar… y en el recuerdo, vivir dos veces.

Cada concierto es una resurrección. Resucita la partitura, resucita el compositor, resucitan nuestras propias memorias musicales. Tener a Mehta en Oviedo, parada obligada tras los dos dobletes de Barcelona y Madrid en esta gira a la que aún le queda Turín y Viena, fue también revivir muchas escuchas anteriores, muchos nombres, muchas épocas. Y quizá por eso la emoción estaba teñida de una melancolía inevitable: la conciencia de estar asistiendo al final de algo.

La aparición del maestro —en silla de ruedas, ayudado para acceder al podio— produjo un silencio distinto en la sala. No era el silencio previo a la música, sino el silencio del respeto. Del agradecimiento que se tornó en ovaciones de gratitud e incluso de afecto. El concertino Mohamed Hiber se convirtió en apoyo físico y musical constante, pero el centro seguía siendo Mehta. Con gestos mínimos, casi simbólicos, la autoridad permanecía intacta. La disposición de la orquesta «a la vienesa» con violines enfrentados, cellos en el centro con las violas (ahí estaba el armenio Tigran Danielyan de la OFil), y en el fondo izquierda los contrabajos que dan una plantilla de 16-14-12-10-8 para un numeroso y poderoso viento más la percusión, ayudó a un equilibrio que no siempre resultó bien balanceado, pero hoy no tocaba criticar…

La obertura de Rienzi de Richard Wagner dejó ya una sensación clara: los tempi parecían suspendidos, retenidos, como si el maestro quisiera detener el reloj. No había urgencia dramática, sino cautela; no había tensión heroica, sino una especie de contemplación. De ahí nace el título de estas líneas: Mehta parecía querer retener el tiempo, su tiempo.

En la Octava Sinfonía de Ludwig van Beethoven apareció mayor cohesión, incluso momentos de energía, pero el humor beethoveniano —esa sonrisa inteligente que atraviesa la obra— quedó más insinuado que plenamente vivido. Todo sonó cuidado, pulcro, noble… pero con una fatiga que parecía venir de otro lugar, no de la música sino del cuerpo.

La Cuarta Sinfonía de Piotr Ilich Chaikovski evidenció aún más las limitaciones del momento. Hubo desajustes, tensiones difíciles de controlar y un discurso irregular. Sin embargo, incluso ahí surgían destellos: un final que conseguía levantarse, una orquesta que respondía con entrega, un público dispuesto a sostener emocionalmente lo que musicalmente no siempre se alcanzaba.

Porque esta noche no trataba solo de perfección interpretativa. Trataba de historia.

Zubin Mehta pertenece a una generación de directores que no solo interpretaron música: construyeron una época. Su nombre está unido a instituciones (especialmente a Ibermúsica de Alfonso Aijón), a tradiciones sonoras, a una manera de entender el sonido orquestal amplio, generoso, respirado. Puente entre continentes, entre culturas, entre generaciones. Una batuta que marcó más de medio siglo.

Hay directores que marcan el compás. Otros marcan el tiempo. Y unos pocos marcan la memoria.

Escucharle este jueves, ya en Cuaresma, fue asistir a la continuidad de una tradición que sabemos cercana a su despedida. No es nostalgia: es conciencia histórica. La sensación de que un mundo —una forma de hacer música, de pensar la música— se está apagando lentamente ante nuestros ojos.

Y, sin embargo, la música sigue. Porque la música siempre sigue. Nos hace vivir. Nos hace convivir. Nos hace revivir.

Gracias, Maestro Mehta.

PROGRAMA:

I

Richard Wagner (1813-1883):

Obertura de «Rienzi», WWV 49

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

I. Allegro vivace e con brio

II. Allegretto scherzando

III. Tempo di menuetto

IV. Allegro vivace

II

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36:

I. Andante sostenuto – Moderato con anima

II. Andantino in modo di canzona

III. Scherzo. Pizzicato ostinato. Allegro

IV. Finale. Allegro con fuoco

Huracán Trpčeski

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Domingo 8 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Simon Trpčeski (piano). Obras de Beethoven, Grieg, Ravel y Tchaikovski.

Antepenúltimo concierto de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” con el pianista Simon Trpčeski (Skopie -Macedonia del Norte-, 1979), un auténtico huracán con un programa que parecía iba a ser «danzable» y resultó una curiosa selección de obras donde disfrutar no sólo de su impecable técnica (con un dominio de los pedales impresionante y una posición de manos tendente a trabajar las muñecas y el antebrazo) o su delicada expresión (los gestos fuera del teclado en los silencios forman parte de una búsqueda en cada sonido del matiz apropiado con una amplia gama dinámica, especialmente en los ppp), sino también por su cálida personalidad, cercanía y compromiso con el fortalecimiento de la imagen cultural de Macedonia de quien nos regalaría la última obra ya en la «tercera parte» de un intenso concierto.

No es habitual escuchar las 12 Variaciones sobre la danza rusa del ballet «Das Waldmädchen», en la mayor, WoO 71 (1797) de Beethoven, de las que José Luis García del Busto en las notas al programa comenta que las compone a partir de una danza rusa del ballet «La muchacha del bosque» original de Wranitzky, tema sencillísimo y de escaso vuelo, y que:

Las doce variaciones compuestas por Beethoven a partir de esta danza son igualmente de factura simple, se diría que convencional, si bien pasado el ecuador de la pieza la escritura se muestra un poco más elaborada y densa. El compositor no dio a la edición esta obra, que se editó tardíamente y se cataloga como la número 71 de las obras de Beethoven sin número de opus (WoO 71). Comparar esta obra menor con las Variaciones Diabelli op. 120 que el mismo compositor aportó en su madurez y que son una cima del género de la variación y una muestra de pianismo trascendente, habla con elocuencia de la profundidad de la evolución que experimentó el genio beethoveniano.

Interesante escuchar la progresión sonora y técnica del pianista macedonio en cada variación, casi un «precalentamiento» a lo que vendría después: la Suite Holberg, op. 40 de Grieg que son igualmente una sucesión de danzas de origen barroco, casi bachianas pero impregnadas de un romanticismo que Trpčeski llevó en cada una de ellas, melodías expresivas tanto en los movimientos rápidos como en los lentos que hicieron íntima esta «reducción» de la sinfónica plagada de color y delicadeza desde unos pianissimi increíbles.

La segunda parte mantenía el espíritu de la danza desde los Valses nobles de Ravel a la Suite «El cascanueces» (Tchaikovski) que Pletnev arregló para el piano, pero más que bailar, aunque Trpčeski moviese la cabeza y el cuerpo casi llevando el rubato a límites insospechados, el color pianístico resultó un caleidoscopio brillante y tenue, agitadamente tranquilo, un sinfonismo no reducido al piano sino otra gama donde seguir asombrándonos con un pianista que no deja indiferente.

Los ocho Valses nobles et sentimentales, M. 61 del vasco-francés son una de «sus obras más concisas y austeras, más intimistas y ausentes de concesiones» como escribe García del Busto, y un verdadero banco de pruebas para la posterior orquestación donde Ravel siempre ha sido único aunque autoconfesándose como un pésimo pianista. Pero Trpčeski supo sacar toda la paleta de colores, ácidos e irónicos pero también complacientes y nostálgicos como los califica el mencionado académico valenciano. Juego total con el rubato, matices frágiles casi imperceptibles enfrentados a pasajes poderosos, intimidad y exhuberancia para esta obra de la que Marguerite Long (gran intérprete y estudiosa de la obra pianística de Ravel) decía que «no se adapta a los grandes públicos ni a salas muy amplias» pero que en este segundo domingo de febrero acalló toses y rompió perjuicios ante un auditorio rendido al macedoni0.

Y si hay un ballet icónico de Tchaikosvky es «El cascanueces» que asociamos habitualmente a la Navidad. Vuelvo a dejar parte de las notas al programa:

Bien clara debía tener Chaikovski la idea de la validez de la música de este ballet para el concierto a juzgar por el hecho, ciertamente insólito, de que una Suite orquestal de Cascanueces se presentó antes de que la obra completa llegara al teatro: en efecto, el propio compositor dirigió su Suite de Cascanueces, op. 71a en San Petersburgo, el 7 de marzo de 1892. Los altos valores del original orquestal no se disfrutan, obviamente, en la reducción pianística de estos pasajes, pero la riqueza melódica, armónica y rítmica de esta música hacen de la versión para piano solo que vamos a escuchar una auténtica delicia. Entre otros movimientos encontramos la suma delicadeza de la Danza del hada de azúcar, el exotismo de las danzas rusa, árabe y china… y, cómo no, el rutilante Vals de las flores que cierra la suite.

Plenamente de acuerdo que no podemos disfrutar la orquestación del ruso en el piano, pero precisamente el virtuoso pianista Mikhail Pletnev realiza este arreglo que hace olvidarnos del original para enfrentarnos a una durísima prueba de virtuosismo al servicio de unas melodías que todos conocemos y recrearlas en el universo de las 88 teclas coloridas, jugosas en los tempi, los ataques precisos, imaginándonos el propio ballet calentando en una barra alrededor del piano, poder escuchar verdaderamente la celesta de una nada edulcorada «hada del azúcar», rememorar el flautín «chino» con unos trinos precisos en el agudo, o la trepidante «Trépak» que impactó de principio a fin. La gestualidad de Trpčeski nos llevó desde la impresionante obertura hasta el famoso Vals de las flores casi dirigiendo desde el piano a su orquesta multicolor pintada desde el blanco y negro.

Los grandes concertistas no escatiman esfuerzo ni agradecimiento y en el caso del macedonio hubo verdaderamente una tercera parte, comenzando con Villa Lobos y su “Valsa da Dor” (Vals del dolor) dedicado en perfecto español a las víctimas de las últimas y devastadoras borrascas con nombre propio.

Si el enorme despliegue hasta el momento era digno de admiración, aún quedaba mucho «huracán Trpčeski» con Prokofiev y el tercer movimiento (Precipitato) de la exigente Sonata para piano nº 7, opus 81 como muy bien me informaron los maestros Pantín y Pérez. Un derroche de técnica y música a raudales con un pianista que se le notó cómodo pese al esfuerzo, espontáneo, explosivo y espléndido en el amplio sentido de la palabra.

Y cuando se conjuga la técnica con la delicadeza expresiva nos llegó otra propina, el francés F. Poulenc y su Hommage à Edith Piaf, cercano, emocional, profundo y sentido de principio a fin.

Como seña de identidad que indiqué al inicio, Simon Trpčeski mantiene el compromiso en fortalecer la imagen cultural de su Macedonia natal, y nada mejor que una obra actual, creo que de su compatriota Zivojin Glisic que no suele faltar como regalo en los conciertos de este virtuoso que no tenía «fichado en vivo» pero al que habrá que seguir aunque sea en las redes sociales porque este concierto es para recordar en estas Jornadas de Piano que son referente hispano desde hace décadas.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

12 Variaciones sobre la danza rusa del ballet «Das Waldmädchen», en la mayor, WoO 71

Tema. Allegretto (la mayor)
Variación 1 (la mayor)
Variación 2 (la mayor)
Variación 3 (la menor)
Variación 4 (la mayor)
Variación 5 (la mayor)
Variación 6 (la mayor)
Variación7 (la menor)
Variación 8 (la mayor)
Variación 9 (la mayor)
Variación 10 (la mayor)
Variación 11 (la menor)
Variación 12. Allegro (la mayor)
Coda. [Allegro] – Tempo primo (la mayor)

Edvard Grieg (1843-1907):

Holberg Suite, op. 40

1. Praeludium. Allegro vivace

2. Sarabande. Andante espressivo

3. Gavotte. Allegretto

4. Air. Andante religioso

5. Rigaudon. Allegro con brio

SEGUNDA PARTE

Maurice Ravel (1875-1937):

Valses nobles et sentimentales, M. 61

1. Modéré, très franc

2. Assez lent, avec une expression intense

3. Modéré

4. Assez animé

5. Presque lent, dans un sentiment intime

6. Vif

7. Moins vif

8. Épilogue. Lent

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Suite de «El cascanueces», op.71a

1. Obertura miniatura

Allegro giusto

2. Danses caractéristiques:

a. Marcha. Tempo di marcia viva

b. Danza del Hada de azúcar. Andante non troppo

c. Danza rusa ‘Trépak’. Tempo di trépak, molto vivace

d. Danza árabe. Allegro

e. Danza china. Allegro moderato

f. Danza de los mirlitones. Allegro

3. Vals de las flores

Tempo di valse

Tributo al Maestro Dieter

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Domingo 9 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: «For Dieter: The Past and The Future». Benjamin Appl (barítono), James Baillieu (piano). Homenaje a Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012). Recital de lieder.

No se llamó Ben Appl porque su maestro, mentor y amigo fue Dietrich Fischer-Dieskau -como bien nos contaría el propio barítono germano-británico Benjamin Appl (Ratisbona, 1982)- hacéndole la broma quien tuvo un nombre tan largo como su carrera. Este recital fue una clase magistral de este alumno aventajado con junto al piano inconmensurable del sudafricano James Baillieu (1982), reconocimiento de las propias jornadas que se inauguraban este domingo otoñal, por ser tan necesario, o más, en el terreno del lied, donde el protagonismo va en paralelo, al igual que las horas de estudio, para alcanzar la confianza mutua, la complicidad para aunar sentimientos y emociones, más allá de unos textos cuya calidad siempre se eleva al ponerles estas músicas.

Rendir tributo al gran Dieter supone todo un reto, más con el título de «El pasado y el futuro» porque el irrepetible barítono alemán podría haber dicho que «Nada que sea susceptible de ser cantado me es ajeno», aunque todos tengamos claro que en el terreno de la «canción de concierto» sigue siendo el mayor referente, no solo por sus escritos sino por las grabaciones que muchos atesoramos como joyas en nuestras discotecas.

Dos partes donde realizar una biografía humana unida a la musical que Appl nos contó (leída alguna en castellano y el resto en inglés, también su pianista), trufando cada etapa con una sabia elección del repertorio por parte de los dos intérpretes, y que el Maestro ha legado para la eternidad, desde el primer encuentro con el Schubert único, la infancia en Berlín donde poder escuchar obras de su padre Albert y su hermano Klaus (incluido el Nocturno al piano dedicado a su madre), con la poesía de Goethe, el idioma que brillaría a lo largo de esta «Dietertiada» (salvo en Britten). Seguiría el Brahms que primero cantó, alternando con la imprescindible «compañía» de Schubert antes de los tiempos de guerra, duros pero que en Italia le llevaron a cantar a otro de sus ídolos, Hugo Wolf, mientras cepillaba los caballos nerviosos, y a quien comenzó a estudiar en 1946 cuando era prisionero de guerra del ejército estadounidense en Livorno, al sur de Pisa. También el llanto (subrayado al piano) de Tenebrae compuesto por Aribert Reimann (1936-2024), vinculando la Pasión de Cristo y el sufrimiento judío en el Holocausto, que dice en el texto (recogido por José Manuel Viana en las notas): «Apretados, como si / el cuerpo de cada uno de nosotros fuera / tu cuerpo, Señor», tercero de los Fünf Gedichte von Paul Celan (1959-1960), un ciclo dedicado a Fischer-Dieskau por el propio compositor berlinés que bien podría seguir sonando cual oración o plegaria en estos años para Ucrania o Palestina, pues tal parece que no queramos borrar esas heridas que nunca cicatrizan.

No hubo aplausos pero sí entregas como capítulos donde la voz de Benjamin Appl subrayaba cada frase, cada palabra y cada sentimiento, medias voces, apenas un mínimo exceso que James Baillieu acunaba desde el piano, reflexionaba, completaba sin palabras en una sala donde el silencio transmitía ese dolor compartido. Tiempos como prisionero de guerra donde cantar era ahuyentar el mal como el refrán que ya citaba nuestro universal Cervantes («Quien canta su mal espanta»), incluso llevar la opereta «Der Vetter aus Dingsda» a escena: Ich bin nur ein armer Wandergesell (de Eduard Künneke, 1885-1953) antes del regreso a un Berlín devastado por la guerra con Brecht y su Die Heimkehr musicado por Hanns Eisler (1898-1962 ) que me transportaría a los años oscuros por la gravedad, en todas sus acepciones, de Appl, o «la muerte» inspiradora para el noruego Grieg.

Si la primera parte resultó mezcla de nostalgia, sufrimiento, dolor y esperanza, la segunda transitaría por el Brahms de los primeros pasos como cantante, ofrenda fúnebre a la recién fallecida Clara Schumann sobre textos bíblicos, canciones que el barítono alemán ya interpretaba en casa de adolescente y recuperó tras regresar de la cautividad, una inspiración que el hamburgués eleva a la categoría de «lucha por la vida», la misma de Dieter, su primer matrimonio con Irmel, o el feliz encuentro con Gerald Moore en 1952, su colaborador fiel tantos años.

En esta gira homenaje, el nuevo tándem para esta MasterClass fue Appl-Baillieu, el amor por el piano de Schubert (An mein klavier, D342) y el reflejo de más dolor tras perder a su esposa en el tercer parto (Britten profundo y Loewe más luminoso e íntimo) y después a su madre (Eisler), canciones situadas en otra etapa de Dieter donde la música sería terapia y confesión como así nos transmitieron sus «actuales herederos«.

Pero la vida continuó para el irrepetible Dieter y llegarían otras  esposas que también figuran en el programa de mano (las traducciones de los textos se proyectaron) siendo la soprano Julia Varady (1941) la última, a quien conoció en la Ópera de Munich en 1973 para casarse cuatro años más tarde y fiel compañera hasta el último día. Esa parte de la banda sonora la pondrían Weber con Meine Lieder, meine Sänger junto su «otro compañero» Schubert vital, precedidos de la Clara Schumann brillante, antes del Epílogo, recordando la retirada como cantante el último día de 1992, aunque seguiría escribiendo, dirigiendo, impartiendo clases y por supuesto la pintura que siempre practicó, como el autorretrato de 1985 que presidió la velada, propiedad como así nos contó Ben Appl, un guiño más dentro de esta biografía cantada por y para Fischer-Dieskau, brillante colofón con An die Musik.

Pero había que desatar ese nudo en el estómago tras tantas emociones transmitidas por ApplBaillieu, un canto que creció en la segunda parte con el piano siempre compartiendo protagonismo, y nada mejor que La trucha saltarina y dorada en el río, «recreación de los maestros«, o un brindis al maestro donde el canto «ebrio» de Schumann (de Dichterliebe, Op. 48, el nº 11 «Ein Jüngling liebt ein Mädchen») nos devolvió la alegría de saber que el Lied sigue vivo gracias a una pedagogía musical que caló en el alumno aventajado que se convertiría en amigo y terminó siendo mentor, encontrando otro caminante al piano con quien proseguir un viaje que no tiene más destino que hacernos disfrutar.

P.D.: No quiero olvidarme de las excelentes notas al programa de Juan Manuel Viana para guardar (dejo el enlace al mismo), que pese a comentar algunas obras que no se interpretaron en Oviedo, caso de Barber, Sinding o Grothe, completaron un recital magistral.

PROGRAMA:

Parte I
PRIMER ENCUENTRO
F. SCHUBERT: Liebesbotschaft, D957/1 – Am Bach im Frühling, D361 – Der Musensohn, D764

INFANCIA EN BERLIN
A. FISCHER-DIESKAU: “Heidenröslein”, del singspiel Sesenheim
K. FISCHER-DIESKAU: “Nocturne I”, de Der Mutter gewidmet op. 1/1; Wehmut, op. 3/2

JUVENTUD Y PRIMEROS PASOS COMO CANTANTE
J. BRAHMS: Wie bist du meine Königin, op. 32/9

F. SCHUBERT: Der Linderbaum, D911/5

SOLDADO EN TIEMPOS DE GUERRA 1944/45
H. WOLF: Andenken
A. REIMANN: Tenebrae

PRISIONERO DE GUERRA 1945-1947
P. I. CHAIKOVSKI: Nur wer die Sehnsucht kennt, op. 6/6
E. KÜNNEKE: Ich bin nur ein armer Wandergesell

REGRESO A BERLÍN 1947
H. EISLER: Die Heimkehr
E. GRIEG: Der Traum

Parte II
PRIMEROS PASOS DE UNA CARRERA MUNDIAL
J. BRAHMS: “Denn es gehet dem Menschen wie dem Vieh”, “Ich wandte mich, und sahe an”, “O Tod, wie bitter bist du” Y “Wenn ich mit Menschen”, de Vier ernste Gesänge op. 121

ACOMPAÑANTES Y AMIGOS
F. SCHUBERT: An mein Klavier, D342
B. BRITTEN: Proverb III, op. 74

NACIMIENTO DE SUS TRES HIJOS Y ÉRDIDA DE SU PRIMERA ESPOSA IRMEL 1963
C. LOEWE: Süßes Begräbnis, op. 62/4

MUERTE DE SU MADRE THEODORA 1966
H. EISLER: Mutterns Hände

VIDA CONYUGAL
F. SCHUBERT: Liebhaber in allen Gestalten, D558
C. SCHUMANN: Liebst du um Schönheit, op. 12/2

EPÍLOGO
C. M. VON WEBER: Meine Lieder, meine Sänger, op. 15/1
F. SCHUBERT: Litanei auf das Fest Allerseelen, D343 –  An die Musik, D547

Filarmónica de Gijón: tradición, talento y nuevas miradas

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En la Junta General Ordinaria de la Sociedad Filarmónica de Gijón celebrada este lunes 29 de septiembre a las 19:30 h. se presentó su 118ª Temporada, un curso que reúne grandes intérpretes internacionales, jóvenes promesas y, como siempre, el valioso talento de músicos asturianos.

🎻 Los cuartetos como eje central

El protagonismo recaerá en la música de cámara y, en particular, en los cuartetos de cuerda. Actuarán dos formaciones de referencia mundial, el Cuarteto Casals y el Cuarteto Quiroga, junto al joven Cuarteto Iberia, dentro del ciclo de “Jóvenes Intérpretes”. Sonarán varios de los últimos cuartetos de Beethoven y se rendirá homenaje a Shostakóvich en el 50º aniversario de su fallecimiento, con sus cuartetos nº 3 y nº 8.

🌟 Efemérides y estrenos

El 150º aniversario de Manuel de Falla estará presente en programas tan diversos como las Canciones populares con el regreso, esta vez juntas, de Nadège Rochat y Noelia Rodiles o el original FALLA imaginado del pianista Moisés P. Sánchez, que vuelve a Gijón para clausurar la temporada junto al violín de  Ana Mª Valderrama y el contrabajo de Pablo Martín Caminero. El Trío Preseli estrenará además una obra del compositor ovetense Gabriel Ordás, y regresará el Ensemble 4.70 con sextetos de Brahms y Chaikovski.

🎤 Lied, cine y colaboraciones

El tenor Luken Munguira y el pianista Aurelio Viribay ofrecerán La bella molinera de Schubert en colaboración con el festival de poesía POEX. La Filarmónica continuará tendiendo puentes con otras disciplinas: Kind of Beethoven en el Festival de Jazz de Gijón, con el trío de Xavi Torres, o el Trío Arbós poniendo la música en vivo de Stephen Prutsman (1960) para El maquinista de La General de Buster Keaton en el Festival Internacional de Cine (FICX). Todo ello bajo la etiqueta [+Filarmónica], que incluye también producciones para familias como el Gianni Schicchi de “La Federica. Compañía Musical 4.40”.

🎼 Conciertos especiales

No faltarán las citas tradicionales: el Concierto de Navidad a beneficio de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) en Gijón, con la Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo dirigida por Pedro Ordieres y heredera de la «disuelta» Orquesta Universitaria de Oviedo, que interpretarán la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák, y el Concierto de Semana Santa con el Stabat Mater de Pergolesi. que contará con las voces de Cristina van Roy (soprano) y Serena Pérez (mezzo) con la Camerata Barroca «L’Alcordanza» bajo la batuta de Rubén Díez.

👏 Jóvenes talentos

La temporada refuerza su apoyo a las nuevas generaciones con el Ciclo de Jóvenes Intérpretes Fundación Alvargonzález, que presentará al ya reconocido en Gijón Cuarteto Iberia, la pianista Miyu Shindo tras su paso por la «hermanada» sociedad homónima ovetense, y el dúo Juan Cossío (flauta) – Andrés Rubio (guitarra), que habrán pasado primero por el CIMCO de la capital asturiana. A ello se suma el concierto de ganadores del “Concurso de Jóvenes Intérpretes del Conservatorio de Gijón”.

ℹ️ Información práctica

  • El carné de socio sigue dando acceso también a los conciertos de las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Avilés.
  • Cuotas: general 180 €, jóvenes (15-30) 50 €, infantil (menores de 15) 20 €.
  • Localidades numeradas para fechas concretas en colaboración con “Divertia” se retirarán en la taquilla del Teatro Jovellanos.

Gracias a la fidelidad de sus más de 400 socios, la Sociedad Filarmónica de Gijón vuelve a ofrecer una temporada diversa y ambiciosa, plenamente integrada en la vida cultural de la ciudad y apostando por nuevas formas de “entender la música” donde no faltarán conferencias previas o encuentros con los músicos.

Un lago especial

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 16). Danza.

Viernes 4 de julio, 22:30 horas. Teatro del Generalife. Ballet Preljocaj, Angelin Preljocaj. El lago de los cisnes. Música de Tchaikovsky y adicional de 79D . Fotos propias.

Decimosexta noche de mi festival granadino y volvía al Generalife y su teatro para disfrutar nuevamente de un ballet actual y «rompedor», tras el de los italianos, y que la web presentaba así:

Cisnes en contemporáneos tutús
Fue considerado “enfant terrible” de la danza contemporánea de Francia en los años ochenta y ahora, cuando celebra el 40 aniversario con su compañía, continúa con nuevos retos escénicos. Angelin Preljocaj estrena en el Festival su original versión de El lago de los cisnes en la que ha reescrito el argumento y la coreografía de Marius Petipa. El creador reinterpreta el clásico desde su personalísimo movimiento y hace convivir a Chaikovski con el electro contemporáneo de 79D, arropándolo con detallada iluminación y una escenografía audiovisual. Por supuesto que mantiene los pilares del decimonónico ballet –y los tutús, si bien, contemporáneos–, en el que el príncipe Sigfrido se enamora de la princesa convertida en cisne blanco, Odette, y es engañado por la malvada de negro, Odile, mientras trata de liberarla de su encantamiento.

Ciertamente la danza es una de las siete artes, la del «movimiento corporal, expresado a través de secuencias rítmicas y coreografías», capaz de conmover ante la belleza de una historia que no por conocida sigue teniendo el lenguaje universal de la música bailada. La compañía  de Angelin Preljocaj no solo reescribe argumento y coreografías con la música siempre genial de Chaikovski, sino que coloca en distintos cuadros la electrónica elegante de 79D, que con el vídeo de Boris Labbé en la pantalla más un vestuario elegante de Igor Chapurin recrean un argumento visualmente bello. El numeroso cuerpo de baile mostró un trabajo impecable tanto los y las «solistas» protagonistas de la historia y primeras figuras, como los conjuntos. Por separado las mujeres perfectamente compenetradas, dejándonos escenas coloristas incluso en blanco y negro -con los mínimos brillos de unos tules ideales- así como los hombres, aprovechamiento del espacio escénico del Generalife donde hasta los silencios se coreografiaban para no dejar hueco a los aplausos ni detener la acción y la utilización puntual de las sillas crearon verdaderos cuadros escénicos.

La sinópsis del ballet actualizado en el argumento está en el programa de mano, y aquí la dejo:

El lago de los cisnes es un ballet en cuatro actos inspirado en un cuento alemán, con música de Piotr Ilich Chaikovski. Odette es una joven preocupada por los asuntos ambientales. Una noche, mientras pasea por la orilla del lago de los cisnes, se encuentra con Rothbart, un hombre de negocios corrupto y malvado. Rothbart está buscando formas de explotar un depósito de combustibles fósiles que acaba de descubrir cerca del lago. Temiendo que la joven pueda frustrar sus planes, usa sus poderes para convertirla en un cisne.

Mientras tanto, en la sede de una empresa de venta de plataformas de perforación, el director ejecutivo y su esposa están desvelando el modelo de una nueva planta. Durante la fiesta, Siegfried, el hijo del director general, se entera de que la nueva planta se construirá en la orilla del lago. Su amor por la naturaleza lo impulsa a vetar el proyecto y oponerse a su padre, a pesar de ser heredero de la presidencia de la empresa. Esa misma noche, va al lago a investigar. Allí, conoce a la extraña y fascinante doncella cisne y la sigue por la orilla. Pero pronto es detenido por Rothbart y sus hombres, quienes lo toman por un oponente y lo dejan inconsciente a la orilla del agua. Después, un ballet de cisnes se posa en el lago y uno de ellos se acerca a Siegfried. Cuando el joven recupera la conciencia, ve a la doncella cisne que conoció antes, Odette, parada frente a él y se enamora locamente de ella.

Después de firmar un acuerdo secreto con Rothbart para vender la planta y construirla cerca del lago, el padre de Siegfried organiza una fiesta e invita a Rothbart y a su hija, Odile. Ella es la gemela malvada de Odette y el padre de Siegfried quiere que ella seduzca a su hijo. Engañado por el parecido de Odile con Odette, Siegfried informa a los invitados que se va a casar con ella. Rothbart está de acuerdo, con la condición de que adquiera la planta. Cegado por el amor, Siegfried acepta la condición. Pero cuando aparece la verdadera Odette, comprende su error y se siente abrumado por un dolor insoportable. Acude a su madre para aliviar su sufrimiento, pero es en vano. Siegfried regresa al lago para volver a ver a Odette, pero el destino que se trajo sobre sí mismo ya está en movimiento.

Y las notas al programa las vuelve a firmar, como en los Ballets de Montecarlo y Atterbaletto la periodista (que es Máster en Artes Escénicas, investigadora en temas cinematográficos y especialista en comunicación de cine desde 1996) Cristina Marinero, que dejo íntegras:

El cisne blanco, en defensa de la naturaleza

Es Premio Nacional de Danza de Francia 1992 y miembro de su Academia de Bellas Artes desde 2019, entre una larga lista de galardones y nombramientos. El parisino de padres albaneses Angelin Preljocaj fue considerado enfant terrible de la danza contemporánea en los años ochenta y ahora, a sus sesenta y ocho años, es ya uno de sus clásicos.

Celebra en esta temporada el 40º aniversario de la fundación de su compañía, el Ballet Preljocaj, con la que impresionó desde sus primeras actuaciones por la sólida técnica neoclásica y moderna de sus coreografías, presentadas con su personal estilo contemporáneo.

A partir de finales de los años 80, actuó en los espacios de danza más prestigiosos y solicitados de Francia, como el Théâtre de la Ville de París o la Ópera de Lyon, donde creó su icónico Romeo y Julieta, en 1990. Sus producciones están en el repertorio de compañías de medio mundo, entre ellas, la de la Scala de Milán, el New York City Ballet y el Ballet de la Ópera de París. Angelin Preljocaj ha creado más de sesenta coreografías, de solos y dúos a piezas para grandes formaciones. Desde 2006, el Ballet tiene como sede Le Pavillion Noir, edificio creado específicamente para él en Aix-en-Provence, ciudad al norte de Marsella donde está instalado como Centro Coreográfico Nacional.

Realizada para veintiséis bailarines, el Ballet Preljocaj estrenó su versión de El lago de los cisnes en diciembre de 2020 y se presentó por primera vez en España en abril de 2021, en los Teatros del Canal, dentro del festival Madrid en Danza. El creador francés reinterpreta en danza contemporánea el eterno clásico de Marius Petipa con una nueva historia y hace convivir la magistral partitura de Chaikovski con el electro contemporáneo de 79D’s. Un noventa por ciento de la música utilizada es de la creada por el compositor ruso para el ballet estrenado en 1877, pero no toda, ya que ha incluido pasajes de otras de sus obras. Esta reconfiguración de la banda sonora le ayuda a Preljocaj a potenciar el nuevo guion de este gran título de la tradición para traerlo a nuestros días, con el tema central de la defensa de la naturaleza como protagonista. El también coreógrafo de títulos como Le Parc o Ghost piensa que la mejor manera de homenajear a Petipa es trasladarse imaginariamente a cómo fue su proceso creativo y reinventar ciertos elementos de su argumento, como ha hecho.

Odette es una joven preocupada por el medioambiente y una noche, paseando por la orilla del lago, se encuentra con el malvado Rothbart quien, para que no frustre sus planes, la convierte en cisne. En el ballet original éste es un brujo con aspecto de ave y aquí es un hombre de negocios corrupto que quiere explotar un depósito de combustibles fósiles descubierto cerca del lago. El príncipe Sigfrido es en esta versión el hijo del director general de la empresa y está dispuesto a boicotear la planta. Al acercarse al lago conoce a una doncella cisne y se unirán en su objetivo. No será fácil porque también aparece en escena la pérfida Odile, el cisne negro.

Además de la elegancia de los diseños de vestuario de Igor Chapurin, con tutús contemporáneos que destilan el perfume de los originales decimonónicos, toman especial protagonismo en este Lago la iluminación de Éric Soyer, diseñada para crear los espacios interiores y exteriores donde se desarrolla la historia, y la escenografía audiovisual de Boris Labbé, en muchos momentos deudora de la ciudad futurista del clásico del cine mudo, Metrópolis.

Casi dos horas de espectáculo total donde todo se trabajó cada detalle por una compañía de conjuntos espectaculares con la presencia de 16 bailarinas de plasticidad increíble que parten de la danza clásica como base para un exigente trabajo corporal pleno de gestualidades, más los bailarines que solos o sumándose, edificaron escenas corales magníficas, desde un baile discotequero «muy Studio 54» hasta cámaras lentas (slow motion) que visualmente parecían cuadros del irrepetible Lindsay Kemp, especialmente con los vestidos blanco impoluto y tutús modernos, vaporosos, que la ligera brisa granadina hacían aún más delicados, engrandecidos por una iluminación de Éric Soyer cálida y capaz de pasar de las ráfagas al cañón centrado hasta los fundidos en negro tan cinematográficos.

Un lago de los cisnes especial en la noche del Generalife que me está volviendo a conquistar con la danza como en mis años universitarios y desterrando la definición jocosa de La charca de los patos con la que bautizaba este ballet con la música de Chaikovski, y una verdadera lástima no tener fotos de Ferminius que ilustrarían mucho mejor esta reseña personal.

PROGRAMA:

Ballet Preljocaj

Coreografía: Angelin Preljocaj

Música: Piotr Ilich Chaikovski y música adicional de 79D

Vídeo: Boris Labbé

Diseño de vestuario: Igor Chapurin

Diseño de iluminación: Éric Soyer

Asistente a la dirección artística: Youri Aharon Van den Bosch

Asistente en ensayos: Paolo Franco

Coreóloga: Dany Lévêque

ELENCO:

Odette: Odile Mirea Delogu / Siegfried: Leonardo Cremaschi / Madre de Siegfried: Lucile Boulay / Padre de Siegfried: Erwan Jean-Pouvreau / Rothbart: Elliot Bussinet.

Teresa Abreu, Isabel García López, Celian Bruni, Araceli Caro Regalón, Alice Comelli, Lucia Deville, Antoine Dubois, Chloé Fagot, Afonso Gouveia, Eva Gregoire, Laurent Le Gall, Théa Martin, Zoë McNeil, Ygraine Miller-Zahnke, Agathe Peluso, Ayla Pidoux, Mireia Reyes Valenciano, Redi Shtylla, Owen Steutelings, Micol Taiana

Director técnico: Luc Corazza

Regidor general / sonido: Martin Lecarme

Regidor de luces: Jean-Bas Nehr

Regidor de video: Ambroise-Marc Poudevigne

Regidores de escena: Mario Domingos, Rémy Leblond

Vestuarista: Tania Heidelberger

Producción: Ballet Preljocaj

Coproducción: Chaillot – Théâtre national de la Danse, Biennale de la danse de Lyon 2021 / Maison de la Danse, La Comédie de Clermont-Ferrand, Festspielhaus St Pölten (Austria), Les Théâtres – Grand Théâtre de Provence, Théâtres de Compiègne.

El Ballet Preljocaj, Centro Coreográfico Nacional cuenta con la subvención del Ministerio de Cultura y Comunicación – DRAC PACA, Provence-AlpesCôte d’Azur Region, Bouches-du-Rhône Department, Aix-Marseille Provence Metropolis, Ciudad de Aix-en-Provence, y con el apoyo de Groupe Partouche – Pasino Grand Aix-en-Provence, y de personas y compañías patrocinador

Magisterio del piano

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Miércoles, 12 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Tchaikovski.

(Crítica para LNE del viernes 14, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Llegaba en gira, y de nuevo con Oviedo en el mapa musical, el pianista uzbeko Yefim Bronfman (Taskent, 1958), una de las leyendas vivas junto a un Sokolov que lo hará el próximo domingo. Aunque afincado en Nueva York tras ser recriado en Israel, está claro que aún seguiremos hablando de la «Escuela rusa» porque ambos pertenecen a ella en estos tiempos de globalización también en el piano, pero lo que se recibe en la infancia parece permanecer en estos grandes.

El programa que traía Bronfman a la capital asturiana, a quien también podemos nominar para capitalidad del piano al haber pasado por ella toda la élite nacional e internacional, se convertiría en una clase magistral de repertorio e interpretación con un músico por el que no pasan ni pesan los años, poso en cada página sumado al virtuosismo atesorado cada día, dándole una fama bien merecida, con titulares como «técnica imponente, su potencia y sus excepcionales dotes líricas son reconocidos constantemente por la prensa y el público», y así lo corroboramos en un auditorio con buena entrada.

Abrir con Mozart y su Sonata nº 12 en fa mayor, K. 332 (1783) fue la primera lección por una ejecución más allá de lo académico: Allegro brillante,  Adagio lírico y quasi operístico, más el Allegro assai vertiginoso, con ímpetu juvenil, amplio de matices y de sonido prístino.

Siguiente capítulo de magisterio con Schumann y la Arabeske, op. 18 (1839), no solo un ornamento o estilo de contornos figurados, florales o animales utilizados para crear intrincados patrones inspirados en la arquitectura árabe, también un término de danza, una posición de ballet, donde una simple melodía aparece tres veces, interrumpidas por dos pasajes en modo menor donde la melodía no cambia en cada aparición, pero sí nos obliga a reevaluar la figura, como si nuestra visión cambiara cuando se ve a través de las diferentes sombras que proyectan los pasajes intermedios. Un paréntesis emocional entre los problemas del alemán con su amada Clara, verdadero quejido de un artista obligado a trabajar para comer, sin espacio para la imaginación, pero con mucha magia en este corto trabajo de subsistencia que Bronfman interpretó desde una pasional intimad, subyugante en dinámicas.

Tercera etapa en este viaje cronológico, Debussy y tres Images del segundo libro (1911), que puedo calificar de caleidoscopio sonoro pues al francés no le gustaba le asociasen con impresionistas ni simbolistas, aunque su música busque pintar con el sonido, algo que también Schumann reflejó con la frase «El pintor puede aprender de una sinfonía de Beethoven, así como el músico puede aprender de una obra de Goethe». Desde un piano distinto en sonidos hasta entonces lejanos (la inspiración en el gamelán de Java es destacable), Bronfman dibujó óleos, acuarelas y hasta plumillas coloreadas con las Campanas a través de las hojas, la flotante luna luminosa sobre un templo oriental, o Peces dorados, reflexiones acuáticas brillantes y evocadoras, tres cuadros sonoros de pinceladas variadas con un pedal siempre en su sitio, arpegios perlados y la música pintada con el Steinway© ovetense en las manos (y pies) del uzbeko.

Descanso necesario para retornar a la madre patria donde no podía faltar Tchaikovski, al que parecen llevar en los genes tantos pianistas de su generación (Sviatoslav Richter, Shura Cherkassky, Mikhail Pletnev o Sokolov), todos compatriotas y exiliados de la extinta Unión Soviética. El compositor definió su Gran Sonata en sol mayor, op. 37 (1878) como «de perfección inalcanzable», poco frecuentada por los pianistas por «incómoda»  al estar escrita con una reconocible concepción orquestal contenida en el instrumento solista, algo que escuchamos continuamente, y achacándole la falta de familiaridad con la técnica virtuosa del piano, olvidando que también fue un pianista talentoso. Bronfman es todo, virtuoso y talentoso, capaz de afrontar las colosales dificultades que plantean los cuatro movimientos, inaccesible para la mayoría de jóvenes intérpretes. Sonata que requiere además de toda la técnica al servicio de la partitura, una inteligencia musical que el uzbeko demostró sobradamente. Inmenso su esfuerzo, visión llena de pasión, fuerza, melodismo sinfónico por sus amplísimas dinámicas y reminiscencias de todo lo antes escuchado, claridad y equilibrio, cercanía sin gestos para la galería, concentración y toda la energía en una interpretación de máxima entrega.

Aún quedaban fuerzas y ganas para no una sino tres propinas (Sokolov puede llegar a seis) donde seguir demostrándonos su magisterio. De nuevo Tchaikovski y de «Las Estaciones» elegir la Canción de otoño (Octubre), un aire más fresco tras la grandiosa sonata. Con ímpetu juvenil su estudio Revolucionario de Chopin fue de una vertiginosa ejecución en la mano izquierda sin perder nunca el primer plano de la derecha. Y qué mejor que terminar con otro ruso emigrado a los EEUU como Rachmaninov y del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 la majestuosa y rotunda alla marcia para seguir sentando cátedra desde el piano y reivindicar la capitalidad de Oviedo en el universo musical donde no faltan leyendas como Yefim Bronfman.

PROGRAMA:

-I-

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sonata n.° 12 en fa mayor, K. 332

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro assai

Robert Schumann (1810-1856):

Arabeske, op 18

Claude Debussy (1862-1918):

Images (Imágenes), 2e série:

1. «Cloches à travers les feuilles» (Campanas a través de las hojas)

2. «Et la lune descendre sur le temple qui fut» (Y la luna se pone sobre el templo que fue)

3. «Poissons d’or» (Peces dorados)

-II-

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Gran sonata en sol mayor, op. 37

I. Moderato e risoluto – II. Andante non troppo quasi moderato – III. Scherzo: Allegro giocoso – IV. Finale: Allegro vivace

El piano universal

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Miércoles, 12 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Tchaikovski.

(Reseña desde el teléfono para LNE del jueves 13, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Comienza una semana muy musical donde disfrutar con dos pianistas que son leyendas vivas: el próximo domingo a las 7 de la tarde Don Gregorio Sokolov, y este miércoles el uzbeko Yefim Bronfman (Taskent, 1958), recriado en Israel y afincado en Nueva York, que resume un pianismo absoluto que destila y aúna lo mejor de la escuela soviética, centroeuropea y estadounidense en un recital cual compendio de universalidad y máxima excelencia.

En esta cita ovetense venía desde Alicante trayéndonos un programa variado y cargado de calidad con músicas de Mozart, Schumann y Debussy, para concluir con el poco programado monumento pianístico que es la Gran Sonata en sol mayor de Tchaikovski. Un recital para seguir sumándolo a la historia ovetense del piano que quedará en nuestra memoria de melómanos.

Primero el inicio para saborear buena parte de la historia del piano: la Sonata 12 en fa mayor de Mozart, brillante y juvenil, la Arabeske de Schumann, intima y pasional, más la segunda serie de las Imágenes de Debussy, caleidoscopio sonoro de campanas, luna luminosa o dorados peces. Una completa lección magistral de tres épocas (clasicismo, romanticismo e impresionismo) desde el universo multicolor de las 88 teclas, que Bronfman fue desgranando con una perfección estilística llena de timbres cincelados en cada nota o frase, potencia escalada de amplios matices, colores, y sobre todo el magisterio y poso que dan los muchos años de minucioso trabajo.

Segunda parte con la rocosa sonata de Tchaikovski, plagada de colosales dificultades en sus cuatro movimientos que la hacen casi inaccesible a la mayoría de intérpretes. El compositor la definió como «de perfección inalcanzable», máximo virtuosismo que requiere de una inteligencia musical que solo se alcanza con el tiempo para poder recrear toda la expresión  y sabiduría, además de mucha sensibilidad para esta apasionada obra con aromas del anterior Schumann o de Beethoven. Bronfman nos dejó una ejecución clara, equilibrada, perfecta desde la cercanía, sin excesos gestuales pero volcado y virtuoso, con toda la expresión del compositor ruso y la entregada interpretación del uzbeko, que pone la técnica siempre al servicio de la Música con mayúsculas.

Espléndidas y espléndido Bronfman aún con fuerza para las tres propinas: más Tchaikovski en Octubre («Canción de otoño» de Las Estaciones), el implacable e impecable Revolucionario de Chopin y para terminar con «alla marcia» del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 de Rachmaninov. Oviedo también capital del piano.

Buen momento sinfónico

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Crítica para LNE del lunes 10, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Primer viernes de febrero con una oferta por triplicado en «La Viena española» que no quiero pensar se haga como contraprogramación, dada la meticulosa planificación de la OSPA, en este cuarto de abono.

Volvía como director invitado el santanderino Jaime Martín (1965) quien se encontraba con los aficionados antes del concierto recordando su visita hace ahora 13 años como flauta de la LSO que además interpretarían la «Manfred», aunque esta vez desde el podio y junto a la violista madrileña Sara Ferrández (1995), que mantiene la colaboración artística con la orquesta asturiana.

El programa elegido por el director cántabro, consciente que las grandes obras son para los titulares, supo combinar ese aura literaria que daba título al concierto, Manfred, música y literatura con el conocimiento de la OSPA con la que ha podido trabajar muy a gusto en esta ciudad que le encanta desde su primera visita en aquella caravana londinense (comentando cómo aplaudían ante el paisaje).

Interesante elegir a Stravinsky y su Sinfonías para instrumentos de viento, así llamada por la necesidad de una estructura próxima al griego symphönía (συμφωνία) en cuanto a sonido acorde, pero de un solo movimiento -a partir de dos danzas populares- homenaje a Debussy muerto dos años antes, y cuando el compositor ruso estaba en París. Esta obra revisada en 1947, de apenas 10 minutos, nos permitió disfrutar de los vientos asturianos en solitario para comprobar el excelente momento tanto de las maderas como de los metales, sonoridades compactas y la rítmica tan cercana a la Consagración, con matices y texturas que se agradecen tanto por los propios músicos como para un público ya acostumbrado al sonido de las bandas de música que los sinfónicos engrandecieron.

Sara Ferrández es hermana del chelista Pablo y parece que la música es genética, tocando ya desde los 3 años, así que elegir el «Concierto para violonchelo en la menor», op. 129 de R. Schumann (otro enamorado del Manfred byroniano) parecía lógico llevarlo a su viola en una adaptación que mantiene toda la carga instrumental pero de sonido menos grave aunque más matizado, especialmente en los agudos. Los tres movimientos sin pausa fueron una muestra de buen hacer por parte de todos: una concertación desde el podio con el balance idóneo para mantener la viola siempre en primer plano, dinámicas acertadas, ropaje orquestal a medida de la solista y complicidad en las respuestas instrumentales entre tutti y viola desde la escucha e interiorización de cada sección. La cadencia final fue un prodigio de fraseo y sonido por parte de Ferrández que volvió a emocionar al auditorio.

De regalo otra demostración de que la música corre por sus venas: nada menos que la «Courante» de la Suite nº1 de Bach que la madrileña ha llevado al disco.

Tchaikovsky siempre es tentador y exigente para toda orquesta, por lo que no suele faltar cada temporada aunque se tienda a las últimas, así que optar por esta cuarta y media que es la «Sinfonía Manfred» en si menor (1885), sin numeración, resultó la mejor opción para un Jaime Martín que la conoce desde los dos lados del atril, y la OSPA ya interpretase alguna vez en sus 33 años de historia. Con una plantilla ideal para la ocasión y tras un excelente rodaje en la primera parte, el momento por el que pasa la sinfónica asturiana es álgido pese a todos los contratiempos, pudiendo aplicar el dicho de «a mal tiempo, buena música». Cuatro movimientos para demostrar un sonido compacto, rotundo y sutil, todas las secciones rindiendo al mejor nivel y la(s) buena(s) mano(s) de un director que sabe dónde exigir porque la respuesta es inmediata. El Lento lúgubre fue narrando las torturas del personaje de Lord Byron que Berlioz no se atrevió a asumir pero sí el ruso, otro enorme orquestador y en plenitud creativa donde su propia vida parece el espejo del personaje romántico, llegando a considerar esta sinfonía la mejor de las escritas para finalmente abominar de ella y optar solamente por este primer movimiento. Trompas empastadas, fraseos claros de una cuerda aterciopelada comandada de nuevo por Aitor Hevia, bien equilibrada en los bajos, la madera con un clarinete bajo enorme y arrancando espontáneos aplausos tras su final apoteósico. El Vivace con spirito resultó vertiginosamente claro pese al virtuosismo exigido, escuchándose todo a la perfección y bien balanceado desde el podio, rico en matices y valiente en el tempo. Felicidad poder escuchar el protagonismo del Andante con moto tanto en un oboe celestial como la trompa lejana, todos arropados por una orquesta sutilmente poderosa en todas las secciones y solistas jugando con una mezcla de enigmática alegría. Y el Allegro con foco realmente grandioso, una percusión enorme y precisa, cuerda incisiva, metales potentes bien ensamblados, con un juego de claroscuros tímbricos junto a la madera más la orquestación «puro Tchaikovsky» con un Martín valiente en el aire y marcando las tensiones siempre fieles a la partitura. Momentos de optimismo y belleza (bravo las dos arpas que no figuraban en el programa), y evitando el final original al carecer de órgano (no es buena la opción de los eléctricos) y la grandiosidad que supone, pudiendo dejarnos distantes por lo escrito tras todas las emociones anteriores, el maestro cántabro optó, como muchos otros, por la adaptación del maestro ruso Yevgueni Svetlánov (autor de una «Antología de la música rusa» a lo largo de más de 30 años) que desemboca retomando material del inicio en una vorágine sonora muy aplaudida por el público.

Buen momento sinfónico el vivido este viernes que esperamos se mantenga a lo largo de los próximos programas, sin olvidarnos de las dominicales matutinas y camerísticas cada mes, otro momento para comprobar el excelente estado de los músicos de la OSPA.

Entrega sinfónica

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Reseña escrita desde el teléfono para LNE del sábado 8, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Con el título «Manfred, música y literatura» llegó ayer el cuarto de abono de la OSPA en un viernes con triple oferta (en Campoamor y Filarmónica que merma la de por sí baja afluencia a la orquesta del Principado), y el regreso al podio del nuevamente director invitado, el cántabro Jaime Martín, junto a la violista madrileña Sara Ferrández, que interpretaría una adaptación del Concierto para violonchelo de Schumann. Interesante opción donde la viola aporta esa sonoridad a caballo entre violín y chelo más «vocal» y cercana en la intensa interpretación de Ferrández (hermana de Pablo el chelista) con una cadencia final perfectamente arropada por la OSPA en excelente concertación del maestro Martín.

Propina bachiana con la «Courante» de la primera suite para redondear, en el amplio sentido de la palabra, una interpretación llena de musicalidad con la violista más internacional.

La velada se abría con Stravinsky y las «Sinfonías para instrumentos de viento» de título equívoco, al no serlo formalmente sino como la entendían los griegos («sonido acorde»), revisada en 1947. Un solo movimiento donde poder disfrutar de los vientos sinfónicos en solitario para este tributo a Debussy con la rítmica siempre fogosa del ruso, entonces por París. Buena interpretación y empaste ideal con la química de Martín en el podio, tal vez rememorando sus años de flautista alcanzando esa sonoridad tan bandística y rotunda muy matizada.

Tchaikovsky es el gran sinfonista de la historia y su «Manfred» (compuesta entre la 4ª y la 5ª) es cual poema que relata al torturado personaje de Lord Byron, siendo poco habitual escucharla, por lo que se agradece la elección de Jaime Martín. Plantilla ideal, compacta, solistas perfectos, pasajes delineados donde poder escucharse todo lo escrito por el ruso sin tacha para ninguna sección. Impactante el primer movimiento con los metales brillantes, vertiginoso segundo de maderas virtuosas, enigmático y luminoso el tercero con la cuerda comandada por Aitor Hevia más clara que nunca, y ese grandioso «allegro» con fuego lleno de luces y sombras con las tímbricas limpias (bravo las dos arpas) y variadas, expresando todas las emociones tan características e identificables del genio ruso, cerrando un concierto pleno de entrega por parte de todos gracias a un Jaime Martín siempre convincente y convenciendo a «tutti».

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