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El arte de escuchar

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Abono 14 «Sublime ambición», Cuarteto Quiroga y OSPA. Obras de Beethoven, Haydn y Mozart.

En la Festividad de Santa Rita, llamada abogada de los casos imposibles y patrona de las causas difíciles, el antepenúltimo abono de la OSPA (encomendándonos a ella para que la próxima temporada acuda más público), nos devolvía un concierto con «los clásicos» que no pueden faltar en cada curso, y sin director pero con el Cuarteto Quiroga, repetíendo la experiencia de hace un año con los mismos compositores y tres obras que la doctora Mª Encina Cortizo presenta en las notas al programa como «Sublime ambición».

Los encuentros previos a las 19:15 horas en la Sala de conferencias nº 1 sí está siendo un éxito porque la transmisión oral («el boca a boca») sí funciona y siempre aprendemos de las interioridades tanto de los invitados como de las obras que posteriormente escuchamos. Moderados por Fernando Zorita acudieron todos los componentes de «El Quiroga» (el asturiano Aitor Hevia, el gallego Cibrán Sierra, el valenciano Josep Puchades y la madrileña Helena Poggio) que no solo compartieron cómo coordinar sus carreras como solistas o profesores con el cuarteto, los nuevos proyectos, la toma de decisiones siempre democráticas (en las orquestas parece imposible porque quien manda es la batuta), con lo que tiene de enriquecimiento, o la simpática  comparación que Sierra hizo de qué es un cuarteto: el chelo es la botella, sin ella no hay nada; el primer violín es la etiqueta y el diseño, pero el auténtico vino son el segundo y la viola, con todo el humor y reflexión sobre los buenos compositores que se diferencian no por las melodías sino por su desarrollo, recordando la frase de Brahms «No es difícil componer, pero es maravillosamente difícil dejar que las notas superfluas caigan bajo la mesa. . . Hay tantas melodías volando que hay que tener cuidado de no pisarlas».

Sobre tener a la orquesta sin director es algo necesario, enriquecedor e incluso habitual cuando hay un solista que también «conduce» desde el piano o el violín. En estos casos siempre destaco la dificultad que ello conlleva y precisamente durante el encuentro previo al abono 12 de esta temporada, la violinista y directora Antje Weithaas nos comentaba, junto al gerente Oriol Roch, que «exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse», pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado. No es imposible cuando el Cuarteto Quiroga, con quien la OSPA lleva años de colaboración (especialmente con Aitor Hevia de concertino invitado), sabe «hacer equipo», compartir experiencias para hacer que una formación esta vez sin superar los 50 músicos (como era en los tiempos clásicos y muy alejadas de nuestras cercanas grabaciones de los Karajan o Kleiber, por citar dos referentes de mi juventud) suene camerística. Aprender a escucharse, mantener la atención a los detalles, incluso desde la «distancia» de los cuatro atriles que comandaron toda la cuerda, pero especialmente en este programa ¡valorar los silencios! que son tan importantes en los tres compositores: expresión y dramatización que obliga a mantener la pulsación interior en todos los miembros de la orquesta mientras el sonido aún está flotando en el aire antes de atacar el siguiente compás.

El arte del silencio realzando la expresividad aparece ya en Coriolano: obertura, op. 62 (1807) del genio de Bonn con una plantilla de 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (12-10-8-6-4).

Con Hevia marcando, fraseando y contagiando el tempo escrito por Beethoven como Allegro con brio, comunicando y ejerciendo el mando otorgado, parecía difícil encontrar los balances perfectos entre cuerda, viento y timbales -de cobre-, pero una vez que la sincronización en el latir musical se alcanzó (que costó algunos compases), esta página llena de tragedia de un Beethoven con 37 años ya romántico, sacó de la OSPA esa mezcla de aire heroico y lírico, con un empaste ideal desde la plantilla idónea donde el Cuarteto Quiroga ocupó los atriles principales de la cuerda, algunos coprincipales hoy principales -también varias «caras nuevas»- pero todos manteniendo calidad, profesionalidad en este compartir la escucha ¡y los silencios!.

En la Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78 de «papá Haydn», que la doctora Cortizo cuenta «es una de las tres (76, 77 y 78) que Haydn escribe en 1782, todavía en Esterházy, con 50 años, para una visita a Londres que finalmente se retrasará una década. En una carta al editor francés Boyer, Haydn las define como «hermosas, magníficas y no muy largas […] muy fáciles y sin demasiado concertante». Mientras que las sinfonías 76 y 77 presentan un carácter galante, ésta explora la sensibilidad Sturm und Drang en los movimientos extremos», pasaría al concertino Sierra, y con una plantilla más reducida (flauta, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas y la cuerda), de nuevo la exigencia, la atención y el respeto a los silencios escritos en este romanticismo que ya es «la tormenta y el ímpetu» (traducción del  Sturm und Drang), dinámicas bien marcadas, los balances con la gestualidad habitual del violinista orensano, retorciéndose o levantándose de la silla y blandiendo el arco para subrayar o recordar las entradas del viento.

Todos latiendo con el mismo pulso, desde el Vivace inicial (contrastes ideales del oboe con el tutti) al bello Adagio siguiente, una esfuerzo equiparable al de los deportistas de élite por los cambios de ritmo que encajaron todos a la perfección. Y subiendo «revoluciones» el expresivo Menuetto: Allegretto perfectamente sincronizado en fraseos, intervenciones solistas, aires y planos sonoros antes del valiente Presto final, un rondó lleno de pasión e interpretación no ya académica sino la demostración de una OSPA convencida, madura, respetuosa con la partitura bien entendida por «El Quiroga» compartida con la formación asturiana.

Y volvía «al frente» Hevia para Mozart y la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543, nuevo reto conjunto en una obra de la llamada trilogía final escrita entre junio y agosto de 1788, con 32 años y con la controversia del motivo de la composición, aunque a diferencia de Haydn o Beethoven, la escritura fluye tan espontánea y natural como solo el prodigio de Salzburgo era capaz. Así la entendieron todos ellos con una plantilla conformada por flauta, 2 clarinetes, 2 fagots, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (destacando la tarima que refuerza los graves en los cuatro contrabajos). La sonoridad resultó perfecta, equilibrada en todas las secciones, aún más exigente que en Haydn, pues la engañosa facilidad mozartiana pide atención continua y el mínimo despiste, más aún sin director, puede dar lugar a entradas en falso. Pero los cuatro movimientos (I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro) fluyeron con la naturalidad de unos músicos que disfrutan con estos repertorios, la riqueza de nuestra orquesta que a lo largo de esta temporada, que va llegando a su fin, han transitado estilos, compositores, épocas y batutas muy distintas. Arranque con los timbales mandando a una cuerda aterciopelada e incisiva, flauta clara -como toda la madera-, metales empastados (dos trompas perfectas y abriendo sonido cuando debían) seguido por el Allegro luminoso, valiente y equilibrado; el Andante con moto sereno, aún más complicado hacer latir con menos pulsaciones pero logrado sin aparente esfuerzo colectivo, verdadero disfrute de la madera y sus diálogos en pasajes cual ópera sinfónica; «marcando el paso» el Menuetto, incisivo, contrastado, fraseos y acentos claros; y el Finale valiente de metrónomo, equilibrados los balances marcados desde el puesto de concertino pero plenamente asimilados, alegría contagiosa con el Cuarteto Quiroga contagiando su espíritu de unidad y calidad donde poder disfrutar de intervenciones plenas de gusto, personales pero compartidas.

PROGRAMA

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Coriolano: obertura, op. 62

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)
Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78:

I. Vivace / II. Adagio / III. Menuetto: Allegretto / IV. Presto

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)
Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543:

I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro

Arde París

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Martes 21 de mayo, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Emily D’Angelo (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Arriaga, Rossini y Falla. Fotos de Pablo Piquero y propias.

En una semana de lo más musical, acabando mayo llegaba el antepenúltimo de los Conciertos del Auditorio «Con París como telón de fondo» como titula Pablo Meléndez-Haddad las notas al programa. Y Oviedo Filarmonía pasaba con la ductilidad a la que nos tiene acostumbrados del foso zarzuelístico al repertorio sinfónico, con un ajetreado final de temporada, que nuevamente con su titular Lucas Macías Navarro (quien además acaba de renovar hasta la temporada 2027-28 con la OCG y la nueva gerencia de Ana Mateo). Orquesta y maestro siguen creciendo y haciendo crecer cada actuación en estos años de estabilidad.

Volvía nuevamente a Oviedo la mezzo canadiense Emily D’Angelo (Toronto, 23 de septiembre de 1994) que tan grato recuerdo nos dejó hace cuatro años, encandilando al numeroso público del auditorio especialmente con Rossini, pero esto lo cuento más adelante.

Al malogrado compositor vizcaíno Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Baizola (Bilbao, 1806 – París, 1826) se le ha llamado «El Mozart español» por ser un niño prodigio pero de sorprendente «madurez melódica y expresiva» como nos cuenta mi tocayo periodista, historiador y crítico musical. No es habitual en lo conciertos pese a que su calidad es equiparable a los mejores clásicos, manteniendo un estilo propio. Retomo las notas de Meléndez-Haddad sobre el genio vasco (de quien conmemoramos su 200 aniversario), «formado como músico en París, con once años ya comenzaba a destacar por su calidad y obras como su  ópera Los esclavos felices (1820), escrita el año anterior a su traslado, con 15 años, a París, donde se inscribiría en la École Royale de Musique et Declamation, siendo discípulo de Cherubini, quien le nombró profesor ayudante, sus obras se mueven entre el Clasicismo vienés y el incipiente Romanticismo francés».

La Sinfonía en Re para orquesta sinfónica, es una partitura ideal para formaciones como Oviedo Filarmonía. La Orquesta del Conservatorio de París, que la estrenó, no llegaba a los 40 músicos, mientras en el auditorio estos eran toda la cuerda (capitaneada por Marina Gurdzhiya) más viento a dos -sin trombones ni tuba- y timbales. De las grabaciones existentes, tengo en CD las de López Cobos con la Orquesta de Cámara Inglesa, y la de Jordi Savall con su orquesta Le Concert des Nations, ambas dignas de reescuchar, y que en el directo de esta jueves con calor veraniego, sumó fuego a todo el programa.

De estructura clásica en cuatro movimientos (Adagio, Andante, Allegro-Minuetto y Allegro con moto), su orquestación permitió comprobar el excelente momento de esta orquesta ambiciosa y colorista como la propia partitura de Arriaga. Una madera empastada, cuarteto de metales a pares (trompetas y trompas) de sonido orgánico y una cuerda que da gusto escucharla con un sonido claro, aterciopelado y compacto, siempre bien llevada de la(s) mano(s) de Macías.

El cisne de Pésaro tiene un lenguaje propio e inimitable por su manejo melódico, las armonías y una instrumentación única, tanto en sus óperas como en los «pecados de vejez». Esta Giovanna d’Arco (1832), cantata para voz solista y piano, en el arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino (Palermo, 1947), Rossini la estrena primero en su casa parisina (1 de abril de 1859) con él al piano y la célebre Marietta Alboni, antes de abandonarse a los placeres culinarios. Hay una versión orquestal de 1842, aunque la de Sciarrino es un encargo del Festival Rossini (1989) estrenada por nuestra Teresa Berganza bajo la dirección de Alberto Zedda.

Como tantos otros, el italiano se rindió a la santa doncella quemada en la hoguera, con ese estilo romántico que no faltó en la interpretación de una Emily D’Angelo ideal por tesitura, color, proyección e incluso dramatismo. Página bien interiorizada por la mezzo canadiense a quien solo faltó el fuego alrededor, pero que puso toda la carne en el asador, bien cocinada por Macías y la OFIL que mantuvo bien planos y dinámicas, en parte por una mezzo de registro grave, cercano al original de contralto, aunque con unos agudos y agilidades casi «belcantistas» que le permitieron afrontar esta cantata operística por su escritura (donde no faltan los recitativos) con una orquesta que fue manteniendo vivo el fuego enriqueciendo el original con piano.

La orquestación de Salvatore Sciarrino es totalmente respetuosa con el estilo del gourmet, y nos permitió disfrutar de una OFIL magnífica en todas las secciones, arropando a esta Juana de Arco convincente, pletórica y con una dramatización digna de las grandes figuras de la lírica (como demostrase en su recital junto a la soprano ucraniana Olga Kulchynska) incluso por el vestuario y corte de pelo habituales.

Sobre esta cantata, Meléndez-Haddad escribe: «Sigue siendo un misterio la autoría del libreto utilizado por Rossini en su Grande scena Giovanna D’Arco. Cantata a voce sola con accompagnamento di piano, espressamente composta per Madamigella Olimpia Pélissier da Rossini, aunque algunas fuentes apuntan al libretista Gaetano Rossi (1774-1855), quien colaboró con Vaccai en una ópera basada en la vida de la santa. Lejos de pretender brindar dimensión operística a esta pieza, una de las últimas de Rossini antes de su abrupta retirada, el compositor opta por un monólogo para voz de contralto con la típica estructura de cantata italiana con raíces en el Barroco dividida en recitativo / aria / recitativo / cabaletta brillante, secciones que permiten detallar la lucha interior de la heroína. El arco dramático camina desde un comienzo íntimo, melancólico, para posteriormente evocar a su madre y a su familia (“O mia madre, se frattanto”), para decantar en una emoción tan contenida como profunda antes del apasionado final (“Corre la gioia di core in core”), en el que la doncella, plena de energía y determinación, acaba celebrando su infausto destino». Así la afrontaron D’Angelo y OFIL con su titular Macías Navarro, una página poco habitual en los conciertos y que el público asturiano tan lírico siempre agradece acudiendo puntualmente a estos conciertos.

Este año se conmemoran los 150 años del nacimiento y 80 de la muerte del gaditano Manuel de Falla (1876-1946) cuya música eleva el nacionalismo español hasta el universo mundial, con obras sinfónicas que son habituales en los conciertos, más aún en este 2026. Para la ocasión y aprovechando la presencia de la mezzo canadiense, la segunda parte la ocuparía El amor brujo (versión de 1925). El maestro Macías repetirá con Falla en el 75 Festival Internacional de Granada al frente de la OCG en la primera versión inédita de 1905 de su ópera La vida breve el próximo 10 de julio en el Palacio de Carlos V en este #Falla150, donde en el amplio elenco estará el tenor asturiano Alejandro Roy (dejo sobre estas líneas el avance en el programa). 

El amor brujo es un ballet-pantomima escrito para orquesta de cámara entre 1914 y 1915, recién acabado de llegar de París, donde residía, huyendo de la guerra. «Sobre un libreto de María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra lo presentará en 1915 en el Teatro Lara de Madrid como gitanería, incluyendo danzas, canciones y texto según lo solicitado por la mítica Pastora Imperio. Al año siguiente Falla replantea la obra y propone una orquestación para conjunto sinfónico antes de una tercera revisión que se daría a conocer en París en 1923, la misma que, dos años después, estrena como ballet». Si de Arriaga refería mis grabaciones, de este «Falla brujo» casi puedo decir que colecciono versiones de todo tipo, donde no faltan las cantaoras pues en El amor brujo late el profundo conocimiento que Falla tenía del cante jondo (recordando que en 1922 junto a Lorca organizó en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra granadina el primer concurso, germen del actual festival internacional de música y danza de la capital nazarí). Pero si me piden una, aunque todos sepamos lo que supone grabar en estudio y nada que ver con el siempre irrepetible directo, me quedo con Rocío Jurado y la ONE dirigida por Jesús López Cobos, banda sonora de la película de Carlos Saura, pues nadie como la chipionera para poner fuego, pasión, celos y fantasmas, el retrato de Candela y Carmelo, la pareja de enamorados que lucha contra todo, un canto al amor teñido de genuino duende y quejío. Claro que de las líricas evidentemente elijo a la siempre recordada madrileña Teresa Berganza, porque sigue siendo mi referente entre «las grandes de la escena».

Es difícil para las mezzos y aún mejor contraltos rodadas en la lírica, captar la esencia flamenca que exige otra técnica y estilo, más tras el Rossini anterior donde el fuego alcanzó altas temperaturas para arrancar este Amor brujo ovetense. Para la Candela canadiense con perfecta dicción española no es el mejor papel al que enfrentarse. Sobreponiendo a su vestuario una gasa negra con grandes lunares -un toque actual flamenco-, sus intervenciones (Canción del amor dolido, Canción del fuego fatuo, Danza del juego del amor y Las campanas del amanecer) fueron de menos a más, pues la orquesta arrancó poderosa en la Introducción y escena sin bajar decibelios para el primer número. Para la mezzo en el registro grave pierde volumen aunque mantiene el color y cuerpo que mostró en la primera parte; mejor el fuego fatuo que intentó quemarla como a Juana de Arco, pero solventó con un estilo propio, elegante y bien fraseado, aunque no tenga el quejío flamenco; algo más templada la orquesta en el tercer número pudo lucir presencia y personalidad junto a violín y oboe; mas las campanas finales avivaron las llamas  y en el agudo no pudo brillar porque su color tiende a lo oscuro, aunque por otra parte la orquesta no bajaría el calor a lo largo de los doce números de este ballet en concierto sinfónico-vocal.

Y si Emily D’Angelo exprimió todo su potencial vocal buscando la cercanía a lo nuestro, sería Oviedo Filarmonía quien bordó cada intervención desde todos los principales. Si la trompeta del valenciano Juan Antonio Soriano lució en cada aparición, brillo y color con sordina, de fraseos empastados, el oboe del navarro Jorge Bronte no se quedó a la zaga, incluso en sus diálogos -a lo largo de todo su registro- con trompeta y flauta, más aún «jugando con el amor» de la mezzo. Importante e imponente la trompa del de Liria, Víctor Talayero, en la primera parte, más Daniel Ayala en Falla que no falla: de afinación exquisita y empastes con los metales muy destacados. La flauta de la cartagenera Mercedes Schmidt brilló a lo largo de todo el concierto (verdadero pájaro cantor); el clarinete de la madrileña Inés Allué mantuvo el altísimo nivel interpretativo. Contar con el piano del virtuoso ruso Sergey Bezrodny sigue siendo un lujo para toda orquesta, más el violín de la moscovita Gurdzhiya «cantando» con D’Angelo el juego del amor resultó uno de los momentos más líricos junto a su solo en la Pantomima, y otro tanto el chelo siempre solvente del avilesino Gabriel Ureña en el mismo número. El cuarteto de contrabajos sobre la tarima logró la sonoridad rotunda y necesaria en los graves más el empuje rítmico junto a los timbales siempre acertados del ilerdense Daniel Ishanda. Toda la cuerda sonó rica de color, presente, bien balanceada, y el maestro onubense Macías dejándoles interpretar gustándose (tanto en la Escena como la Pantomima resultaron otros momentos orquestales de altura para cada sección y principales brillando todos a gran nivel). La conocida Danza ritual del fuego bien avivado por el tempo elegido, sirvió para deleitarnos con esas maravillosas dinámicas sinfónicas y los balances precisos de los principales junto al tutti poderoso con un final que dejó esta evocación de un París en llamas para este jueves caluroso pero sin quemarnos.

PROGRAMA

PARTE I

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Sinfonía en re

Adagio / Andante / Allegro-Minuetto / Allegro con moto

Gioachino Rossini (1792-1868)

Giovanna d’Arco, cantata para voz solista y orquesta (arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino)

PARTE II

Manuel de Falla (1876-1946)

El amor brujo (versión de 1925)

Introducción y escena

Canción del amor dolido
El aparecido (El espectro)
Danza del terror
El círculo mágico. Romance del pescador A media noche. Los sortilegios
Danza ritual del fuego
Escena
Canción del fuego fatuo
Pantomima
Danza del juego del amor
Final. Las campanas del amanecer