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Un salón para nuestras canciones de concierto

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Miércoles 21 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos: Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1679: La canción de concierto española en la primera mitad del siglo XX: Inés López (mezzosoprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Albéniz, Granados, Falla, Obradors, Nin y Gerhard.

Buena entrada en el coliseo gijonés para otro concierto de la Sociedad Filarmónica con la joven mezzo asturiana  Inés López y el pianista vitoriano Aurelio Viribay, que nos ofrecieron un interesante programa de canción de concierto española con dos parres diferenciadas, una primera de los grandes «precursores» en llevar nuestra música a los salones (Albéniz, Granados, Falla) y la segunda «escuela» con sus dignos herederos (Obradors, Nin y Gerhard) que también inspirados en nuestro folklore consiguen marcar en letras mayúsculas el «lied español» donde la voz desgrana textos musicados y el piano es coprotagonista por la escritura más allá de un mero acompañamiento, categoría sin complejos por la exigencia interpretativa de unas páginas personales de cada uno de los compositores, sin ocultar la grandeza que esconde nuestro patrimonio oral elevado a las salas de concierto.

Las cuatro canciones de Albéniz de 1908 sobre textos en inglés (también en francés) del «mecenas» Francis Money-Coutts tienen el aire británico (como si inspirasen más tarde a Britten) y la madurez pianística del maestro de Campodrón que parece volcar su Iberia en una Britannia de altos vuelos. Inés López es una joven mezzo de color bello, voz corpórea, emisión suficiente y fraseo en la lengua de Shakespeare claro aunque aún pegada a lo escrito, algo rígida y con menos expresividad de la esperada, con el magisterio de Aurelio Viribay, auténtico recuperador de estos repertorios desde su cátedra en la Escuela Superior de Canto madrileña, conocedor de las peculiaridades para quienes elige las páginas que mejor van a cada voz.

Las tres tonadillas de La maja dolorosa de Granados encontraron en la vocalidad de la mezzo todo lo escrito por el segundo compositor catalán de la tarde: más expresivas en el canto con los «tres tipos de dolor» que el propio Granados definía a su editor norteamericano Schelling, como bien escribe Miriam Perandones  (especialista en la obra del ilerdense) en sus excelentes notas al programa: «La maja dolorosa representa tres tipos de dolor: el dolor inmediatamente después de la muerte del majo; el dolor de las lágrimas, y el dolor de tiempo después, el recuerdo doloroso», las melodías ceñidas a la escritura con unos graves poderosos, un registro medio rotundo y los agudos suficientes para dar tres visiones dolorosas y melancólicas siempre bien subrayadas por el piano maestro que complementa estos tres «grabados sonoros».

Y no podía faltar el gaditano Manuel de Falla con dos de las siete canciones españolas (Seguidilla murciana y Jota) precedidas por una «rareza» poco programada de la Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos, citando de nuevo a la profesora Perandones Lozano «la representación del sufrimiento por el inicio de la primera guerra mundial. Está escrita a finales del 1914 sobre texto de su íntima amiga María Lejárraga (aunque ella firmase con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra). El poema tiene dos partes: la primera es una plegaria en que una madre pide la intercesión del niño Jesús para que su hijo no vaya a la guerra, y la segunda evoca una visión de su agonía en la contienda», verdadera poesía en música con un lenguaje menos nacionalista y verdadera joya inspirada en un villancico que el exiliado madrileño Julián Bautista (1901-1961) también tomaría para su homónima como bien conoce el maestro Viribay. Encontrar la voz ideal para ello y sacar toda la poesía de la música que la engrandece fue labor compartida, mientras las dos canciones españolas fueron perfectas para el registro de la mezzo y el virtuosismo del pianista en estas páginas que exigen perfecta compenetración alcanzada por ambos intérpretes.

Los herederos, también con la sombra de los exilios tanto interiores como reales nos dejaron una segunda parte menos tensa para Inés López, quien pese a las dificultades de todas ellas pareció estar más cómoda  escénicamente, de nuevo con una dicción perfecta y unas melodías populares con el seguro de un piano protagonista en los compositores catalanes y el cubano. Las cuatro canciones de Obradors son micromundos para un piano exigente que dibuja mientras las melodías cantadas lo sobrevuelan, de nuevo con «homenajes» a los que he llamado pioneros de la canción española de concierto, en este caso dentro de los cuatro volúmenes que escribió sobre Canciones clásicas españolas (1921-1941): la primera inspirada en un villancico del XVI, probablemente de Juan Ponce (1470-1521), la segunda cual Granados de sus majas, la tercera al folklore cántabro, y la última del gran Manuel García (1775-1832) que incluso inspiró a Liszt y Obradors recrea tanto para una voz operística como para un piano exquisito, casi orquestal por momentos en la línea de todas sus canciones españolas (donde El Vito sonaría pero en la versión de Joaquín Nin).

Y el cubano-español Joaquín Nin también se acercó a nuestro folklore para elevarlo desde su dominio pianístico a las salas de concierto, imbricando la rítmica y melodismo propio con una escritura rica en armonías, eligiendo tres de sus Vingt chants populares espagnoles publicadas en Francia (1923): una sentida Granadina como el exquisito Paño murciano, que arrancó los aplausos del público, casi continuadora de Falla, para finalizar con El vito que si la mezzo asturiana volcó toda su expresividad vocal y gestual, el alavés nos dejaría un piano estratosférico y luminoso por lo exigente y el encaje perfecto de protagonismo con la cantante. Maravillosas páginas donde disfrutar nuestra música española convirtiendo el teatro gijonés en un salón de concierto con estos repertorios que son el pan nuestro de las sociedades filarmónicas que continúan dando a conocer nuestra mejor música de cámara.

Para cerrar ciclo nuestro catalán internacional Robert Gerhard, nacido en Valls, hijo de padre suizo y madre francesa, exiliado tras la Guerra Civil a la Inglaterra donde comenzaba el concierto, con su ciclo de Cante jondo (ca. 1943), continuación de sus Seis canciones catalanas de 1931, mantiene las melodías originales pero con un acompañamiento pianístico contemporáneo, rompedor si lo comparamos con los maestros de la primera parte. La necesidad de adaptarse a los tópicos que la sociedad inglesa exigía a nuestros exiliados y necesitando subsistir, Gerhard utiliza el llamado prototipo andalucista pero con un estilo propio que se refleja mejor en sus composiciones orquestales. Con todo, cuatro cantes andaluces bien escritos para la voz y el piano más «jondo» que las melodías, especialmente la Malagueña y el último Zapateado tan virtuosístico como el de Sarasate, con el tándem López-Viribay echando el resto tras este intenso recital.

Aún quedarían fuerzas para dos propinas de nuestro género por excelencia como es la zarzuela, donde el piano debe hacer de orquesta y la mezzo asturiana mostraría todo lo que le queda por delante en una carrera que está bien enfocada para una cuerda con mucho recorrido y contando con buenos maestros: la romanza perteneciente a «Los claveles» Qué te importa que no venga… de Serrano, y las conocidas Carceleras de «Las hijas del Zebedeo» de Chapí, agilidades precisas, gestualidad convincente y musicalidad a raudales para abrir boca a la inauguración de la XXI temporada ovetense este jueves.

PROGRAMA:

I

Isaac Albéniz (1860-1909): Four songs:

I. In sickness and health – II. Paradise regained – III. The retreat – IV. Amor, summa injuria

Enrique Granados (1867-1916): La maja dolorosa:

I. ¡Oh, muerte cruel! – II. ¡Ay, majo de mi vida! – III. De aquel majo amante

Manuel de Falla (1876-1946):

Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos

Seguidilla murciana

Jota

II

Fernando Obradors (1897-1945):

La mi sola Laureola

El majo celoso

El molondrón

Polo del contrabandista

Joaquín Nin Catellanos (1879-1949):

Granadina

Paño murciano

El vito

Roberto Gerhard (1896-1970): Cante jondo:

I. Rondeña – II. Boleras sevillanas – III. Malagueña – IV. Zapateado.

Dobles parejas

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Domingo 18 de febrero, 12:30 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. Ciclo «Vermut de Cámara»: OctetoOspa. Obras de Mozart, Prokofiev y Gershwin. Entrada: 12 €.

Continúa este ciclo mensual, matutino y dominical de la OSPA dando protagonismo a sus solistas en distintas agrupaciones camerísticas y acercando obras propias o arreglos para estas formaciones que mantienen el buen estado de los primeros atriles, esta vez un octeto con las maderas (salvo las flautas) y trompas, dobles parejas de solistas que brindaron una excelente sesión de «vermut de cámara».

Tras la bienvenida de la gerente de la OSPA Ana Mateo, recordándonos los próximos compromisos solidarios y el quinto de abono con encuentro previo, así como este ciclo camerístico, sería Jose Luis Morató (Madrid, 1971) el encargado de presentar las dos primeras obras, empezando con la Serenata para vientos en do menor, K 388 (1782) del genio de Salzburgo, una «Nachtmusik» hoy matutina aunque las serenatas parecerían «poco serias» para apreciar el dominio que Mozart tenía para escribir páginas para los instrumentos de viento con su estilo inimitable, único (en 1787 lo transcribiría a su Quinteto de cuerda nº 2, KV 406/516b), en este octeto para la Harmonie (banda de viento del emperador), jugando con las dobles parejas en todas las combinaciones cual partida de poker o de mus, investigando la tímbrica propia y las asociaciones de los mismos tejiendo el lenguaje personal que transita toda su amplia producción. En los cuatro movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Minuetto in canone  – IV. Allegro), Mozart introduce detalles como la tonalidad menor en el primer movimiento y procedimientos más complejos como el contrapunto del tercer movimiento. Protagonismo inicial de los oboes presentando la melodía con respuesta de los fagotes -como buen conocedor de Handel y Bach que era el joven Wolfi– perfectamente compenetrados tras tantos años conviviendo en la orquesta y trabajando cada detalle: los clarinetes que siempre iluminan con sus melodías la escritura del genio y las trompas empastadas con buen equilibrio dentro del octeto. Curioso también los «rituales» personales de mantener húmedas las cañas o la limpieza del instrumento, y quién marca las entradas. Un trío canónico en la escritura, con la respuesta a la melodía tocada al revés llena de matices, fraseos y un balance perfecto en cuanto a dinámicas con los metales en el mismo plano de las maderas. El conjunto de variaciones final con un episodio central en mi bemol mayor y la coda que acaba en el do mayor final fueron un muestrario mozartiano para disfrutar esta obra original con los principales y co-principales de la OSPA, hoy sin categorías profesionales en igualdad de esfuerzo y calidad.

Y del original a los arreglos para el octeto comenzando con una selección de cinco números de la suite de Prokofiev para el ballet Romeo y Julieta, un arreglo del alemán Andreas N. Tarkmann (Hannover, 1956) muy agradecido para los intérpretes, con pasajes originales de los respectivos solos bien arropados por los otros siete, importante la labor del arreglista que debe conservar el esqueleto del original y dotarlo de nuevas tímbricas para el viento, en este caso cinco números donde brillaría el corno inglés en los dos primeros y el último con la famosa Danza de los caballeros. Si en Mozart la escritura original brilla por sí sola, está claro que la visión de Tarkmann es más libre pero dándoles protagonismo a los ocho componentes, de nuevo bien empastados, jugando con los solos y conjuntos en un juego amplio de dinámicas y fraseos bien entendidos.

El norteamericano Gershwin sigue siempre acercándonos la mezcla del jazz a la llamada música académica. Su ópera Porgy & Bess tuve la suerte de escucharla allá por 1982 en el Teatro Campoamor aprovechando un mundial de fútbol que también atrajo cultura y esa ocasión única. Muchos de sus números se han hecho famosos en todo tipo de versiones, y esta vez John Falcone (New York, 1962) nos presentaría estas Scenes from ‘Porgy & Bess’ en arreglo del trompista Andrew Skirrow cargadas tanto del humor del astur-neoyorquino en su pronunciación y traducción como de los números elegidos para esta «adaptación» con nueva aparición del corno inglés pero también del clarinete bajo, tímbricas propias de Gershwin bien entendidas por el  arreglista británico, dándole el papel de «contrabajo» al fagot de su paisano en el registro grave, «cantar» el conocido Summertime entre oboe y trompa, cambiar la tímbrica de las trompas y moviendo al octeto con el swing necesario de esta joya del siglo pasado que sigue sonando actual en el nuestro. Excelente interpretación delo OctetOSPA.

No se hicieron de rogar para mantener el aire de «los felices 20» con el ragtime Easy Winners de Scott Joplin en arreglo de lo más cinematográfico y sonoro sin necesidad de percusión, piano o flautas, sin prisas pero con el mismo clima de big-band que ya quisiera Woody Allen en su formación New Orleans. Una hora de buena música con los primeros atriles de la OSPA tras el disfrute de «Los Pearse» en el último concierto de la OSPA que vuelve la próxima semana con un programa ruso y su titular portugués donde el octeto dominical en dobles parejas se sumará al resto para comentarlo desde esta página si nada lo impide.

OctetoOSPA:

Juan Ferriol (oboe) – Juan Pedro Romero (oboe / corno inglés) – Andreas Weisgerber (clarinete) – Daniel Sánchez
(clarinete / clarinete bajo) – Jose Luis Morató (trompa) – David Rosado (trompa) – Vicente Mascarell (fagot ) – John Falcone (fagot).

PROGRAMA

W. A. Mozart (1756-1791): Serenata para vientos en do menor, K 388.

S. Prokofiev (1891-1953): Romeo y Julieta -selección de la suite-. (Arr. Andreas N. Tarkmann).

G. Gershwin (1898-1937): Scenes from ‘Porgy & Bess’ (Arr. A. Skirrow).

Telepatía, empatía y simpatía

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Viernes 9 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Con-cierto Velázquez» OSPA: Myra Sinclair y Peter Pearse (flautas), Giancarlo Guerrero. Obras de J. A. Perry, F. Velázquez y Tchaikovsky.

Tras la temporada operística, volvía la OSPA a sus conciertos de abono y retomando los encuentros previos a las 19:15 en la Sala de cámara del auditorio, este viernes con el carismático director nicaragüense Giancarlo Guerrero (Managua, 1969) nacionalizado costarricense, que nos dejó con ganas de escucharle más tiempo, contagiándonos la pasión por su profesión y muchas frases que ayudaron a comprender mejor el interesante programa del cuarto abono.

De las muchas pinceladas previas, el maestro Guerrero describió a una orquesta como «un dragón de 100 cabezas», y más que luchar para dominarlo lo cabalgó cual Atreyu a Fújur en la maravillosa obra de Michael Ende, verdadera lección de entusiasmo contagiado a todos que dejará un excelente recuerdo en la capital asturiana.

Manteniendo la estructura habitual de los conciertos, las dos obras iniciales eran nuevas para la OSPA que Guerrero como invitado no fue un «matrimonio de conveniencia» sino un auténtico flechazo, abriendo con Short Piece for Orchestra (1952) de la compositora y directora americana Julia Amanda Perry (1924-1979), alumna con honores de la neoyorkina Juilliard School y en Francia de Dallapiccola y Nadia Boulanger, sin batuta porque «quebré muchas» y con los años sus diez dedos dan mucho más juego, además de un lenguaje corporal donde hay mucho de «telepatía» para hacerse entender: «una buena orquesta limpia la gestualidad» y está claro que la veteranía le ha dado la razón porque esta obra es frenética y salvaje con una cuerda consistente, unos vientos cuya «discusión» fue más bien interesante debate, más una percusión atenta siempre para mediar en esta página llena de efectos que Guerrero fue desgranando y la OSPA respondiendo a cada detalle a lo largo de las cinco partes contrastantes con un material inicial atronador que iría moldeándose desde una sonoridad verdaderamente compacta para una gran plantilla en cada sección, donde vuelvo a recomendar tarima para los contrabajos, pues la espera por un concertino titular (volvía Benjamin Ziervogel con Ariadna Ferrer de ayudante) parece «Lo imposible» sin banda sonora.

El prolífico Fernando Velázquez (Getxo, 1976) que mantiene un buen entendimiento con nuestra OSPA en distintas colaboraciones para el cine o la mal llamada música ligera, es igualmente autor de más de 250 composiciones sinfónicas, y el «pintor de las bandas sonoras» se convirtió en protagonista de este abono «Con-Cierto Velázquez» al escribir una obra pensada por y para nuestra orquesta, también para el público pero especialmente para dos de los solistas más queridos de la OSPA como son «Los Pearse». El concierto para dos flautas se estrenaba el día antes en Gijón y en Oviedo ya totalmente rodado nos llenaría de imágenes que como apuntan las breves notas al programa de la profesora Andrea García Alcantarilla «podría llevar el subtítulo de Atlántico, en el que el buen hacer sinfónico se une a melodías, ritmos y maneras del folclore para conectar el Cantábrico con las Shetland y hacer que todos nos sintamos en casa». Los que llevamos casi tanto tiempo casados con la OSPA como Myra Sinclair (1967) y Peter Pearse (1968) desde 1993 juntos, conocemos sus biografías y la llegada a nuestra tierra, la californiana de sangre escocesa (Molly en «El secreto de Marrowbone») escapada estudiantil a Londres para conocer al británico, para ambos sentir su Shefield con las flautas de esta unión atlántica, podríamos decir que celta por la cercanía de las melodías en que el compositor vasco se inspira para este concierto de flautas tan folklórico y tan sinfónico (con recuerdos de Copland o Williams), donde la película la ponemos nosotros con una música que une melodías y ritmos atemporales desde una escritura «clásica» por los tres movimientos donde no faltaron las «cadenzas» de ambos solistas, cómplices en el fraseo, las respiraciones y la intencionalidad de una escritura amena que sus compañeros arroparon y Guerrero dejó disfrutar a todos. Aires cantábricos, atlánticos más allá del Cabo Peñas en otra muestra de que las nuevas obras deben programarse como lo han sido las que hoy conocemos, con la ventaja de que la novedad y el directo siempre son irrepetibles, como bien recordaba el director en el encuentro previo. Si en Perry hubo telepatía, está claro que en el Velázquez compositor la empatía fue total, y ante el éxito «Los Pearse» bisarían el movimiento intermedio desde su cadenza al final con ambos en solitario, dedicado a sus hijos y disculpando la presencia del vasco por estar en otro estreno.

Las obras «nuevas» suponen disfrutar por partir de cero, pero con las «conocidas» la labor del director se hace más complicada, ya que todos las llevamos en los genes (a diferencia de las orquestas americanas, más herederas por transmisión generacional desde la Vieja Europa) y hay que evitar «meter pimienta en la sopa» para cocinar un plato de ingredientes habituales para servirlos de otra forma. Transmitir pasión, incluso aunque se aplauda entre movimientos («no estar atado al asiento del avión» o «estar callado tras un gol»), era el reto del «dragón ruso» que Guerrero cabalgó y dominó desde la simpatía, aportando detalles propios que hicieron saborear esta gran sinfonía, casi un poema sinfónico como es la «Cuarta» de Chaikovski.

El extenso primer movimiento (I. Andante sostenuto) comenzó grandioso en los metales pero calmado para ir disfrutando desde la fanfarria inicial hasta la llegada de una cuerda tersa, siempre presente y aunada, concisa y aterciopelada ya en el primer motivo. Dinámicas muy trabajadas y marcadas con la filosofía de «el más es menos» pues el maestro nicaragüense sabía dónde indicar el dramatismo con un movimiento de cejas, de hombro o de sus diez dedos y la inspiración en el Beethoven que tanto conoce en su larga trayectoria en orquestas de medio mundo. Intervenciones de los primeros atriles dándoles libertad expresiva pero marcando fluido (una madera hoy inspirada en cada solista), balances perfectos y matices donde se escuchaba todo al detalle. El II. Andantino in modo di canzona mantendría los detalles personales, la calma y la calidad bien «cantada» por Juan Ferriol o Daniel Sánchez Velasco con una cuerda sólida, escucha total con el maestro «llevando de las manos» a una orquesta disciplinada, donde también brillaron Mascarell o las flautistas de este viernes Blanca Ruiz, Carmen Arrufat y Ana Modéjar que cumplieron con sobresaliente. Impactante el III. Scherzo: Pizzicato ostinato por la libertad con la que Guerrero dejó sonar la cuerda llena de volumen, ímpetu, precisión y entrega, apenas sin gestos, leves miradas incluso al público (me recordó al gran Temirkanov) para poder apreciar la calidad de esta orquesta con tantos quilates, redondeando nuevamente la madera esta «broma» vital del ruso o manteniendo el balance ideal con los metales,  antes de «echar el resto» en el IV. Finale: Allegro con fuoco, el culmen de esta cuarta para degustar las cualidades conocidas y mostradas a lo largo del concierto, telepatía corporal entre Guerrero y la OSPA, empatía de todos en las tres obras elegidas y simpatía necesaria para el trabajo previo que en el irrepetible directo es in plus. Tiempo ágil, rápido y exigente sin perderse ni una nota de esta magna obra sinfónica: equilibrios dinámicos muy logrados, la tensión necesaria en cada sección y el ímpetu desde el podio de un Giancarlo que exprimió hasta la última gota a la formación asturiana disfrutando y contagiando la pasión sinfónica a un público que no acude como se merece la orquesta de todos.

PROGRAMA

Julia Amanda Perry (1924-1979): Short Piece for Orchestra.

Fernando Velázquez (1976): Concierto para dos flautas.

P. I. Chaikovski (1840-1893): Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 (I. Andante sostenuto – II. Andantino in modo di canzona – III. Scherzo: Pizzicato ostinato – IV. Finale: Allegro con fuoco).

Música para la paz

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Lunes 18 de diciembre, 20:00 horas. S.I.B. Catedral de Oviedo: Universidad de Oviedo, «Concierto de Navidad». Orquesta y Coro de la Universidad de Oviedo. Directores: Pedro Ordieres y Joaquín Valdeón. Obras de Beethoven y Karl Jenkins.

En «La Viena Española» por Navidad no solo se escucha ‘El Mesías’, y la Universidad de Oviedo, con larga trayectoria musical a lo largo de su historia, traía de nuevo a la Sancta Ovetensis su orquesta bajo la dirección de Pedro Ordieres (1979), hijo del siempre recordado Don Alfonso que la fundase y dirigiese desde 1979, más el casi centenario coro con Joaquín Valdeón, también alumno del maestro Alfonso Ordieres, para uno más de los llamados «Concierto de Navidad», volviendo a llenar El Salvador hasta los pasillos y con presencia de familiares, melómanos venidos de distintas partes de Asturias, además de autoridades eclesiásticas, militares, civiles y universitarias con su rector a la cabeza.

Como siempre sucede en la catedral ovetense, su acústica no favorece mucho la música instrumental aunque la vocal haga tener la sensación de escuchar coros inmensos. Pero los dos maestros conocen bien el funcionamiento de sus respectivas formaciones con esta reverberación, así que del recientemente festejado Ludwig van Beethoven (Bonn, 16 de diciembre de 1770 – Viena, 26 de marzo de 1827) la Orquesta Universitaria nos ofrecería «media séptima«, para mi la preferida de las sinfonías del sordo genial. La Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 es siempre un primor escucharla y para los jóvenes estudiantes (comandados por el geólogo Fernando Zorita de concertino) supongo que más aunque sólo pudiésemos disfrutar los primeros movimientos. Del I. Poco sostenuto – Vivace, bien contrastado con problemas en los metales incluidas las trompas (que los profesionales también tienen), excelentemente matizado y con los timbales mandando -que como suele pasar en estos conciertos se aplaudiría- antes del II. Allegretto que tiene mucho de marcha (y fúnebre algo, aunque esperanzadora), cuerda bien delineada (lástima un solo contrabajo), madera empastada (muy bien el oboe), dinámicas muy trabajadas, balances adecuados a la sonoridad, siempre aguantando los silencios para no mezclar sonidos orquestales, y quedándome con la gana de los otros dos, sobre todo el IV. Allegro con brio que hubiera sido ideal para la formación.

Ya sumándose el Coro Universitario, Joaquín Valdeón volvía a dirigir (como en 2014 y 2015) una selección de la conocida The armed man: a mass for peace de Karl Jenkins (Penclaudd, 17 de febrero de 1944) centrándose en el ordinario -sin Gloria ni Credo que el compositor británico omitió- de los 14 números de que consta, y con una nutrida plantilla vocal, mezcla de veteranía y juventud, junto a una orquesta más robusta donde se agradeció la tuba y el bombo juntos en un lateral, así como la dirección siempre precisa de Joaquín.

Esta vez la acústica ayudó a poder saborear los cuatro números elegidos, y con una orquesta dócil plegada a la dirección clara de Valdeón, que evidentemente domina la obra y estos repertorios contemporáneos. Un Kyrie sentido con la soprano Ana Peinado de solista, un Sanctus poderoso, empastado y con momentos brillantes, el bellísimo Benedictus donde el cello solista de Nina Rivas cantó y emocionó con esa melodía intimista que responde el coro, y el Agnus Dei final en la línea litúrgica católica, con la feliz comunión vocal e instrumental que además de música para la paz también une el deseo de unos tiempos optimistas desde el espíritu joven que estos intérpretes universitarios siempre transmiten. Apenas una hora pero saliendo de El Salvador con la esperanza de un 2024 mejor que el año que ya estamos finalizando.

P. D.: Las historias de estas obras, autores, intérpretes… así como algunas anécdotas y noticas relacionadas con esta entrada, las dejo en distintos links que los lectores habituales ya conocen cómo y dónde acceder, aunque siempre intento escribir para poder leerse todo sin necesidad de «pinchar» o abrir otra «ventana» (además este lunes ha sido gélido). Gracias por llegar hasta aquí, como ponía al final en algunos de mis exámenes universitarios.

 

Guillermo Martínez y La Castalia

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Domingo 17 de diciembre, 20:45 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XXI Curso «La voz en la música de cámara» (Homenaje a Jeaninne Bouché). Obras de: Guillermo Martínez, Debussy, Berlioz, Ylioppilaskunnan, Whitacre y Ariel Ramírez.

Lástima que muchos homenajes se celebren tras morir, pero Jeaninne Bouché (1930-2023) lo tenía pendiente en Asturias y La Castalia pudo al fin entregar, aunque hubo de ser Luis Español, su hijo presente en la sala, el merecido reconocimiento que esta pianista de carrera truncada en 1953 por una patología de columna, siguió volcada en la música hasta sus últimos días, primero desde su magisterio en la Escuela Superior de Canto como catedrática, y posteriormente en la ‘Cátedra Alfredo Kraus’ de la prestigiosa Escuela Superior de Música Reina Sofía (tras «ficharla» Paloma O’Shea desde el primer curso allá por 1995), eminente profesora de «Fonética francesa aplicada al canto» que seguirá siendo un referente para tantas promociones de cantantes desde nuestro país.

Begoña García-Tamargo fue la encargada de abrir este concierto del vigésimoprimer curso ««La voz en la música de cámara con una semblanza de su amiga y compañera en las labores docentes (aún se recuerda la presencia en Oviedo de la maestra Bouché en el «I Congreso de pedagogía e investigación performativa y creatividad musical» dentro del Centenario Debussy), imposible plasmar aquí su enorme y dilatada carrera y en cierto modo manteniendo la humildad del segundo plano que la madrileña de padres franceses siempre tuvo a bien.

También lo reconoció su hijo Luis, emocionado y agradecido por este homenaje de la asociación ovetense, que reflejaría los vínculos que la música consigue y más desde la docencia, verdadera familia así entendida por tantos que nos dedicamos de una u otra forma a ella.

El concierto comenzaría con unas palabras de Guillermo Martínez (1983), explicando la génesis de las obras a estrenar esta fría noche de diciembre. Importante reseñar cómo al compositor asturiano siempre se le ha apoyado desde La Castalia, como a tantos jóvenes, siendo un ejemplo precisamente los intérpretes de esta velada.

Es un auténtico lujo poder asistir al estreno de obras actuales y además conocer de primera mano estas aportaciones a nuestro patrimonio musical que todos debemos defender, y ya se encargó la directora de La Castalia en recordar los de estos cursos únicos en España y de dilata trayectoria, un alumnado eterno de profesionales que siguen formándose toda su vida, al que reconocerle el esfuerzo de dedicar todo su tiempo a una profesión donde la gratitud es poder demostrar su valía además del aplauso del público, que hoy desafió la climatología acudiendo a esta clausura.

El estreno de dos «Cantos de Minnesinger» pertenecientes al ‘Ciclo de Fantasías para mezzo y piano’ abría el concierto, magníficas obras de nuestro juglar asturiano inspirado en los alemanes (allí los grabará con orquesta) y manteniendo un puro estilo de lied donde voz y piano son uno para realzar la poesía medieval alemana, inspiración pastoral y amatoria como en el siglo XII pero actual en nuestros días. María Heres fue la voz ideal de estas melodías llenas de agilidades y gran tesitura, ricos matices y cambios de tempo, con un exigente registro grave que bien posee la mezzo asturiana más un complicado pero bellísimo ropaje de piano con María Cueva, para poder disfrutar del magisterio compositivo de Guillermo Martínez que se mueve cómodo en todos los estilos.

Un acierto este «aperitivo» de fantasías vocales que seguirán creciendo y encontrando un lugar en el nuevo repertorio del lied más allá de la tierra originaria de los minnesinger, actualizando el lenguaje camerístico de la hoy llamada «Canción de concierto», bien expuesta por el dúo de estas dos Marías artistas, Heres–Cueva.

Y segundo estreno de la Rapsodia «Reflejos del Sur» para el piano de Henar F. Clavel, aires sevillanos del barrio de Triana con un virtuosismo nada superfluo donde verter esa inspiración universal al lado del Guadalquivir, como Turina pero también Albéniz y ahora Guillermo Martínez. Escritura pianística de alto voltaje para volver a reivindicar la magia de la intérprete avilesina y el talento del antiguo escolano de Covadonga, agradecidos de poder disfrutar su música desde La Castalia y augurándole una larga carrera de «opus» que siempre  seguirán sorprendiéndonos por su belleza y riqueza de estilos sin perder nunca el amor por la música que en esta velada mostraron todos y cada uno de los intérpretes.

Si la maestra Bouché sentó cátedra desde la «Fonética francesa aplicada al canto», no podía faltar música en la lengua de Moliere en la que los compositores franceses siguen siendo únicos, pues no se canta igual que se habla.

Primero Debussy y sus «Tres melodías de Verlaine» L. 81, en la voz del barítono venezolano Ángel Simón con el piano de Mario Álvarez Blanco (otro de los pilares de La Castalia del siglo XXI), timbre cálido y preciosista expresando todo el poderío poético del francés, expresión compartida con un piano cristalino y merecedoras de tener los textos originales y traducidos para disfrutar aún más de estas tres bellezas líricas.

Después Mario Álvarez continuaría desde el piano con Berlioz y las «Noches de verano» sobre poesías de Théophile Gautier junto a la soprano venezolana Ángeles Rojas (componente del Coro de la Ópera de Oviedo y alumna de la Cátedra de Canto Alfredo Kraus), cuatro de las seis escritas por el gran sinfonista y que son nuevamente un ejemplo de la música que encierran los versos, lírica en el amplio sentido de la palabra a las que la soprano de Barquisimeto puso su buen hacer vocal aunque la grandeza de la orquesta sea casi imposible reducirla al piano pese a los esfuerzos del asturiano. Voz poderosa en todo el registro y con musicalidad innata, más segura en la ópera que en las canciones de concierto, hay que felicitarla por el esfuerzo que suponen estas «noches de Berlioz».

Y hablando de ópera y coros, el mejor broche final lo pondría el Coro Arsis de la Escuela de Música Divertimento, verdadera cantera musical en la capital del Principado y dirigido por Cristina Langa junto al joven pianista y director de orquesta Luis María López Aragón. Cuatro temas bien enlazados para evitar pausas desde las modulaciones al piano que fueron desde Finlandia hasta la República Dominicana pasando por los EEUU  y Argentina.

Maravillosas estas laureadas voces juveniles con mayoría de chicas (habrá que pensar cómo sumar chicos a los coros) bien empastadas, con movimiento escénico y coreografías, bien llevados por otra promesa de la dirección como la Maestra Langa, bien memorizado todo, afinadas, empastadas, de dicción perfecta en finés, inglés y castellano, transmitiendo emociones y alegría, especialmente con el último villancico dominicano, y felicitar la elección de estas cuatro páginas corales donde personalmente me sigue emocionando Alfonsina y el mar del gran Ariel Ramírez en un arreglo hermosísimo del porteño Vivian Tabbush (1936-1917) con el piano original del argentino muy sentido por López Aragón.

En estas fechas no podía faltar Noche de Paz que pondría el primer regalo navideño, musical como debe ser, con Arsis y el piano antes de la salida de todos los participantes en este homenaje y clausura de otro curso de perfeccionamiento que nunca tiene vacaciones.

PROGRAMA

Guillermo Martinez (1983):

CANTOS DE MINNESINGER. Ciclo de fantasías para mezzo-soprano y piano
(estreno absoluto):

1. «Slâfest du friedel ziere?»
(poesía de Dietmar von Aist, ca. 1115- ca.1171).

2. «Kuster mich?»
(fragmento del poema «Under der Linden»)», de Walther von der Vogelweide, ca. 1170- ca.1228).

María Heres (mezzosoprano) – María Cueva (piano).

RAPSODIA «REFLEJOS DEL SUR»
(estreno absoluto).

Henar F. Clavel (piano).

C. Debussy (1862-1918): TROIS MELODIES DE VERLAINE:

1. «La mer est plus belle – 2. «Le son du cor s’afflige ver le bois» – 3. «L’échelonnement des haies»

Angel Simón (barítono) – Mario Alvarez (piano).

H. Berlioz (1803-1869): LES NUITS D’ÉTÉ
(Poesías de Théophile Gautier):

1. «Villanelle» – 2. «Le spectre de la rose» – 4 «Ас оле*

Ángeles Rojas (soprano) – Mario Álvarez (piano)

CORO ARSIS de la Escuela de Música Divertimento:

Ylioppilaskunnan: «On suuri sun rantas».

Eric Whitacre: «Sing Gently».

Ariel Ramirez: «Alfonsina y el mar» (Arr. Vivian Tabbush).

Tradicional República Dominicana: «Cantemos a María».

Directora de coro: Cristina Langa – Pianista: Luis María López Aragón.

Next Gen: Los jóvenes buscan su sitio

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Viernes 15 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Next Gen «Ven a tocar con la OSPA». Sara Ferrández (viola), Nuno Coelho (director). Obras de Wagner, Martinu, Telemann y Ravel. Entrada butaca: 5 €.

Nada mejor para acabar este año que ver a nuestra OSPA con alumnado de los conservatorios asturianos (dejo al final de esta entrada la lista con todos) y el titular portugués al frente dando paso a la «Next Gen», la siguiente generación de músicos que pronto estarán en muchas orquestas profesionales, incluso exportando talento que en mi época era impensable.

Me tocó recordar los 40 años de la JONDE e incluso nuestra JOSPA que no estaría mal recuperarla, pues la experiencia que supone compartir atriles con los maestros de la OSPA no sólo es indispensable para su formación, también por insuflar aire joven a la plantilla que escucha cómo los jóvenes vienen pidiendo paso. Muchos continuarán su formación fuera de Asturias, algunos se incorporarán a esa JONDE, pocos a la Joven Orquesta Europea o la Mahler, e incluso encontrarán trabajo por Europa, pues la semilla que se sembró ya hace años al fin germinó, creció y estamos recogiendo muchas cosechas de excelentes músicos de orquesta. Y este viernes con la violista  madrileña Sara Ferrández (1995), un joven talento ya desde los 3 años que ya ha encontrado su sitio internacional pero no olvida sus orígenes, aportando su saber a esta generación que en mi juventud se llamaban por un anuncio de coche JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados) y esta temporada es colaboradora artística de la OSPA.

Para abrir boca y con plantilla «gigante» nada menos que la obertura de Los maestros cantores de Nüremberg (R. Wagner, 1813-1883), un orquestón comandado por Aitor Hevia de concertino invitado -un habitual de casa que siempre ayuda a cohesionar la orquesta asturiana- esta vez con Fernando Zorita a su izquierda, y Nuno Coelho llevando todo con mano firme, contagiado del impulso que emana esta inmensa página orquestal. Había que controlar las dinámicas y contener el ímpetu juvenil, la cuerda equilibrando el poderío de unos metales germánicos a más no poder, así que una inyección sonora en este inicio de concierto.

Ya con menos plantilla llegaría Sara Ferrández para ofrecernos la Rapsodia concierto para viola, H. 337 del checo Bohuslav Martinu (Polička, Bohemia, 1890 – Suiza, 1959), con dos movimientos (I. Moderato – II. Molto adagio) aplaudidos ambos por un público «familiar» que dejó una buena entrada y saborearía esta página de lucimiento de la violista y buen hacer de la OSPA con un Coelho buen concertador. Solista de sonido redondo, presente, limpio, con ese timbre tan humano y unos fraseos interiorizados e intencionados, jugando con los cambios de tempi internos manteniendo una homogeneidad tímbrica digna de mencionar. Temas populares como es habitual en las rapsodias, pero con un tratamiento solista muy cuidado por un compositor y violinista que también se enamoraría de la viola precisamente por ese timbre a caballo entre su instrumento y los chelos.

Para la segunda parte volvería Sara Ferrández con una orquesta camerística de cuerda y todo el alumnado asturiano de esta disciplina (CONSMUPA más los Conservatorios Profesionales de Oviedo, Gijón, Avilés y Mancomunidad Valle del Nalón), «solos ante el peligro» para el Concierto en sol mayor para viola y orquesta (G. Ph. Telemann, 1681-1767), todo un examen para el alumnado con el maestro Coelho llevándolos «de la mano». Magisterio de la violista con sonido cálido y expresividad en el registro grave de su David Tecchler (1730), dialogando con la joven orquesta  (donde eché de menos un clave, pero en Asturias faltan estudiantes si no hay profesorado o no se le permite compaginar docencia e interpretación) con algún problema de afinación que el tiempo corregirá, pero con la alegría de poder formar parte de una interpretación más allá de historicismos, haciendo grupo, escuchándose (bien los chelos) y compartiendo estos cuatro movimientos (I. Largo – II. Allegro – III. Andante – IV. Presto) bien marcados por el director portugués, uno de los artífices de este proyecto al que deben darle continuidad a largo plazo.

Para rematar este «Ven a tocar con la OSPA», dos maravillas de uno de los mejores orquestadores como el vascofrancés Maurice Ravel (Ciboure, 1875 – París, 1937), primero la Alborada del gracioso, después una joya como La Valse (¡al fin con dos arpas!). En ambas páginas faltó «pegada» (punch en otro argot) y probablemente más ensayos, difícil encajar tanto escrito para poder interpretarlo sacando tantas sonoridades que no todas las grandes orquestas y directores llegan a alcanzar, pero queda la buena intención y momentos puntuales para corregir.

La «Alborada» tardó en encontrar su pulsación tras el pizzicatti inicial, con la madera marcando diferencias de calidad (bravo Mascarell al fagot), metales algo contenidos y una percusión que podía haber tenido mayor presencia, aunque Coelho intentó unificar sonoridades matizando al detalle .

Y la inmensa «Valse» arrancó tímida, rubatos de difícil encaje pero bien intencionados, todas las secciones  buscando la complicidad con el podio pero como «islas» salvo nuevamente la excelente madera (bravo las flautas) y por fin toda la percusión dominadora. Una interpretación que seguramente con más tiempo hubiese resultado magnífica al contar con tan buenos mimbres, quedando en «aseada» que diría el recordado Juan Estrada  Rodríguez ‘Florestán’, pero con la ilusión de ver el escenario con una orquesta grande (ojalá sea pronto gran orquesta).

Faltaba reunir a todos los músicos en un homenaje y regalo para todos: nada menos que la Orgía de Joaquín Turina (Sevilla, 1882 – Madrid, 1949), aires sevillanos y un cante jondo de Max von Pfeil junto al oboe de Ferriol, lo mejor de esta página luminosa y fresca como la del alumnado que podrá enseñar las fotos con los maestros de la OSPA, ponerlo en su CV cara al futuro, y con un Nuno Coelho contagiando a todos la ilusión por seguir haciendo música orquestal.

Les deseo a todos unas felices y merecidas vacaciones navideñas (aunque los músicos nunca las tienen).

Gracias Don Joaquín Achúcarro

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Miércoles 13 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Joaquín Achúcarro (piano). Obras de Brahms, Liszt, Ravel, Debussy, Rajmáninov y Scriabin.

Decir Achúcarro (1 de noviembre de 1932) es decir piano, toda una vida dedicada a las 88 teclas, y en mi recuerdo aún perdura la primera vez (después vendrían muchas más) allá por 1972, ¡51 años y parece que fue ayer! cuando le escuché en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, la ciudad donde más ha tocado después de su Bilbao natal, como bien recuerda Ramón Avello en las notas al programa.

Y Don Joaquín Achúcarro Arisqueta sigue ejerciendo magisterio, afrontando un programa de altura al alcance sólo de jóvenes maduros como es el bilbaíno, pues antes de arrancar con las Variaciones sobre un tema de Schumann nos contó micrófono en mano del Brahms con 19 años enamorado de Clara Schumann de quien incluye en la variación décima una melodía suya, grandeza musical de juventud, amor casi adolescente del alemán y pasión madura del vasco enamorado del piano, sonoridad impecable, moldeando el sonido como sólo los grandes saben, resaltando lo importante aunque  no haya nada superfluo en la música del hamburgués.

Limpieza en la ejecución, sabiduría en los pedales, exposición clara del tema principal siempre reconocible en cada variación. Y no digamos los dos Intermezzi siguientes, el primero grandioso, cristalino, romántico en estado puro, paladeando cada nota sin apuros, deleitándonos con su interpretación con tanto poso a lo largo de más de 75 años de carrera, la que comenzaba en Oviedo donde Ángel Muñiz Toca intuyó y creyó en él para dar un concierto de Mozart con la Orquesta Clásica de Asturias, que recordaría al final del concierto; y el segundo pura reflexión, silencios que «duelen», los claroscuros de estas «miniaturas» sólo en extensión, Klavierstücke de madurez cual verdadero regalo contraponiendo las dos etapas del sempiterno enamorado, el joven y el maduro con la visión paralela del maestro Achúcarro en una sentida interpretación con tanto poso de amor.

No bajaría el listón de exigencia ni de entrega con Liszt y su Valse oubliée nº 1, nada olvidado y recuperados en un collar de perlas sonoras, jugando con el tempo como los grandes que son leyendas en vida, seguido del famoso «Sueño de amor», dos páginas para afrontarlas nuevamente desde la visión que da la experiencia y los años, obras cinceladas día a día con el trabajo que nunca falta en los pianistas, pues además del talento innato que Don Joaquín tiene, hay que sumar su infatigable día a día donde confiesa que sigue aprendiendo.

La segunda parte de nuevo con compositores que Achúcarro ha interiorizado, los franceses cercanos y unidos por nuestro Mar Cantábrico, primero el vascofrancés Ravel y sus Valses nobles que no dudó en contarnos antes de comenzarlos la anécdota de Rubinstein en España, «aislado» en plena Primera Guerra Mundial con lo que donde había un piano ahí estaba Don Arturo, aprendiendo a hablar un español correctísimo y además estrenar estos valses en Madrid con un abucheo del respetable aunque el resto del concierto fuese un éxito «obligándole a regalar de propina» nuevamente los valses pues parecía que el público debía entenderlos. Genio y figura a quien también disfruté en Oviedo en 1975 ¡con 88 años! y que tantos paralelismos al piano tiene con nuestro Joaquín Achúcarro. El sonido preciosista en cada uno de los ocho valses, la genialidad sorprendente aún hoy del compositor, las armonías que son una «Valse» en miniatura, los tempi escritos e interpretados fielmente con delicadeza o rotundidad y siempre el ímpetu de este joven de 91 años. Y después Debussy del que El Maestro también aclaró micrófono en mano que más allá de nubes, aguas y atmósferas etéreas junto a otros calificativos del músico que no quería le llamaran impresionista, lanzaba también cañonazos, como así nos demostró primero con ese Claro de luna dibujado con mano firme y limpieza de trazo musical, después unos Fuegos artificiales verdaderamente luminosos, descriptivos como pocos incluso con la «datación musical» de París un 14 de julio con el eco de una Marsellesa que sigue siendo el mejor himno mundial, libertad, igualdad y fraternidad pianística de un Achúcarro que parece haber detenido el tiempo transmitiendo un pianismo del que apenas quedan representantes en activo y con su siempre sentido recuerdo a la Francia de su biografía.

Aún quedaban dos rusos, verdaderos pesos pesados que el bilbaíno afrontó con valentía, seguridad, aplomo y el mismo nivel de autoexigencia que en el resto del concierto. Los tres preludios de Rajmáninov (de los 24 que escribió) dignos ejemplos para afrontarlos y organizarlos, dos épocas de su vida, evolución de escritura pero unidad estilística: el bello nº 1 op. 23, la potente mano izquierda y trinos claros del op. 32 central y la vuelta a la juventud del nº 2 op. 3 que el propio Sergei solía dar de propina en sus recitales. agitación y tensión pero delicadeza en la ejecución, sabedor el pianista bilbaíno que no hay obstáculos cuando se domina y entiende la obra desde su atalaya privilegiada.

Para terminar en Rusia nada menos que dos estudios de Scriabin, del que Achúcarro siempre fue su valedor (de hecho la última propina sería el conocido «Nocturno para la mano izquierda» que «lo dice todo»). El primero, opus 2 compuesto a los catorce años, de raíz chopiniana (como la primera propina del Nocturno op. 9 nº2) con un juego de voces interiores perfectamente escuchadas en el piano siempre enorme del bilbaíno, y el nº 12 de la op. 8, bautizado como “Patético” por la pasión exacerbada pero espectacular en la interpretación del Maestro vasco, unas octavas plenas y ritmos en tresillos que hacen sonar fácil lo intrincado de estos «estudios» donde «intensidad, vehemencia y pasión constituyen los ingredientes de este estudio trágico y épico» como escribe Ramón Avello.

Tras la primera propina de un Chopin para enmarcar, un sencillo y rápido homenaje tomando la palabra David Álvarez, melómano reconocido y Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo quien en compañía de dos «familiares» de «su» Filarmónica de Oviedo (Santiago González del Valle Rodríguez y Manuel Álvarez-Buylla, presidente y vicepresidente respectivamente), que le hicieron entrega del primer programa que Joaquín Achúcarro ofreció un 13 de abril de 1956, emociones, gratitud suya y nuestra para despedirse con la mano izquierda que siempre ha tenido El Maestro y una de sus propinas preferidas, el Scriabin que tendrá en Achúcarro un referente para tantos alumnos que ha tenido en su larga carrera docente, todo un lujo combinar interpretación y enseñanza, algunos incluso aprendiendo a escuchar el piano con él.

Gracias Maestro Don Joaquín.

PROGRAMA

I

Johannes Brahms (1833-1897):

Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 9

Intermezzo nº 1 en la menor, op. 118

Intermezzo nº 2 en la mayor, op. 118

Franz Liszt (1811-1886):

Valse oubliée nº 1, S. 215/1

Liebestraum nº 3, S.541/3 (Nocturno “Sueño de amor”)

II

Maurice Ravel (1875-1937):

Valses nobles et sentimentales:
1. Modéré, très franc – 2. Assez lent, avec une expression intense – 3. Modéré – 4. Assez animé – 5. Presque lent, dans un sentiment intime – 6. Vif – 7. Moins vif – 8. Épilogue. Lent

Claude Debussy (1862-1918):

Clair de Lune (de la «Suite bergamasque») L.75/3

Feux d’artifice (de los «Préludes», Libro 2)

Sergei Rajmáninov (1873-1943):

Preludio nº 1 en fa sostenido menor, op. 23

Preludio nº 12 en sol sostenido menor, op. 32

Preludio nº 2 en do sostenido menor, op. 3

Alexander Scriabin (1872-1915):

Estudio nº 1 en do sostenido menor, op. 2

Estudio nº 12 en re sostenido menor, op. 8, “Patético”

Los ‘Orígenes’ de Lucía Veintimilla

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Martes 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1674 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Lucía Veintimilla (violín), José Navarro Silberstein (piano). Obras de Jorge Muñiz, Schubert, Brahms,  Ysaÿe, Granados y Falla.

Penúltima escapada a Gijón para escuchar a la violinista «asturiana» Lucía Veintimilla por quien corre sangre musical desde antes de nacer, quien hubo de cambiar el programa inicialmente previsto por problemas médicos con el pianista Sergey Bezrodny (al que deseamos una pronta recuperación) pero que desde Bruselas pasando por Londres se trajo al boliviano José Navarro Silberstein (La Paz, 1995) que respondió a la perfección junto a la solista y compartiendo protagonismo en las obras a dúo.

Probablemente la premura en armar un nuevo programa nos privó de disfrutar el esperado, aunque sí mantuvo Veintimilla dos obras a solo para abrir cada una de las partes del concierto e incluidas en su CD ‘Origins: works for solo violin‘ (del sello asturiano ARIA classics): Salve Regina (2022) del asturiano residente en EEUU Jorge Muñiz a ella dedicada, y la sonata póstuma del virtuoso Ysaÿe, donde demostró desde su técnica una musicalidad innata, con una interesante obra compuesta en pandemia (explicada en las notas al programa por el musicólogo y crítico Jonathan Mallada) inspirado en el Gregoriano pero lleno de efectos, sonoridades actuales y una transcendencia que intenta reflejar una esperanza tras el Annus horribilis del Covid que ha dejado una buena cantidad de obras nuevas. Del violinista y compositor belga su sonata póstuma en tres movimientos, recientemente descubierta y con el gallego Manuel Quiroga como destinatario de la misma, trajo algún quebradero a la violinista asturiana, pero le imprimió el carácter a cada uno, especialmente en la Canzona central bien «cantada» y el toque jocoso del último.

Con el piano afrontaría dos sonatas de referencia para los estudiantes y que llevadas al concierto suponen un protagonismo compartido con el piano. La de Schubert titulada «Gran Dúo» ya está intrínseco en el propio sobrenombre (aunque publicadas como todas tras su muerte), cuatro movimientos bien contrastados y obra de transición hacia el romanticismo que se refleja en el respeto al genio de Bonn pero con la búsqueda de su propio lenguaje, inspirado como en sus lieder y donde el violín es la voz cantante. De nuevo musicalidad desbordante en Ventimilla aunque con algún traspiés de afinación y algo corta en volumen, tal vez por un piano con la tapa acústica totalmente abierta, pues Navarro se mostró seguro y respetando todos los matices escritos, así como un buen entendimiento con el violín, especialmente en el exigente movimiento final donde encajar los rapidísimos pasajes entre ambos intérpretes.

La primera sonata de Brahms adoleció de los mismos problemas aunque la escritura del alemán permite mayores dinamismos y juegos de tempo, destacando nuevamente en el Adagio pues es en los movimientos lentos donde pudimos saborear de las interpretaciones de Lucía y el buen acompañamiento de José, más conociendo el trasfondo o historia de ese segundo movimiento, casi una marcha fúnebre para su ahijado Félix Schumann.

La segunda parte más centrada con dos de los nuestros: Granados y Falla. Del catalán su Sonata H. 127 y con dos movimientos extremos conservados (el tercero desaparecido y del cuarto sólo unos bosquejos) que sólo suele escucharse el primero aunque el Scherzo es bellísimo con sus arpegios, escalas y hasta toques medievales, enlazando el romanticismo de Brahms con el Fauré de inicios del XX, y más cercano al francés por geografía y buena técnica compositiva donde abundan ya las señas de identidad de Don Enrique con más peso del violín que el piano, algo que así entendieron los intérpretes.

Y de las famosas Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla para soprano y piano (la Sociedad Filarmónica de Gijón fue testigo de la gira de estreno de la obra, con el propio Falla al piano y la soprano Aga Lahowska en el concierto que ofrecieron en diciembre de 1917 en el antiguo Teatro Jovellanos), el propio compositor junto a Paul Kochanski prescindiría de la ‘Seguidilla murciana’ para «rehacer» esta Suite populaire espagnole, añadiendo más protagonismo aún al violín y con un piano más presente. Impecable el boliviano y cantando la asturiana de adopción con altibajos, siendo la Nana o la Asturiana donde poder apreciar su expresividad, faltando más encaje y presencia en el resto, aunque de nuevo reseñar la premura en este nuevo programa.

Dos regalos, desde «Liebesleid» de Fritz Kreisler que no podía faltar en estos conciertos de violín y piano, más la sorpresa de escuchar a cuatro manos a Fauré y su Berceuse, primera de la «Dolly Suite», el pequeño homenaje  al francés que no pudimos escuchar pero que siempre se agradece en cualquiera de sus obras camerísticas, y el recuerdo de la profesora de piano de Lucía (y de Jorge Muñiz entre muchos otros), Doña Purita de la Riva (Oviedo, 1933) que a su vez fue discípula del pianista de Sarasate y de Pau Casals, como también recuerda el profesor Mallada.

PROGRAMA

Jorge MUÑIZ (1974): Salve Regina para violín solo
(dedicada a Lucía Veintimilla).

Franz SCHUBERT (1797-1828): Sonata para violín y piano en la mayor «Gran Dúo», D. 574:

I. Allegro moderato – II. Scherzo. Presto – III. Andantino – IV. Allegro vivace.

Johannes BRAHMS (1833-1897)
Sonata para violín y piano en sol mayor nº 1, op.78:

I. Vivace, ma non troppo – II. Adagio – III. Allegro molto moderato.

Eugène YSAŸE (1858-1931): Sonata póstuma para violín solo, op. 27 bis:

I. Molto moderato ma con brio – II. Canzona – Lento e mesto – III. Finale Giocoso.

Enrique GRANADOS (1867-1916): Sonata para violín y piano, H. 127.

Manuel DE FALLA (1876-1946): Suite populaire espagnole
(arreglo para violín de P. Kochanski, de las Siete canciones populares españolas):

I. El paño moruno – II. Nana – III. Canción – IV. Polo – V. Asturiana – VI. Jota.

Recuperando «lieder» de Manuel Palau

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CD Canciones para voz y piano de Manuel Palau. «LUNA MUERTA».
Mar Morán, Aurelio Viribay.
Cezanne Producciones: CZ119 / 0 718157 641464 / M-29961-2023

Manuel PALAU BOIX (Alfara del Patriarca, 4 de enero de 1893 – Valencia, 18 de febrero de 1967) fue un pedagogo además de músico prolífico y polifacético no lo suficientemente reconocido en la llamada «canción de concierto» del que el vitoriano Aurelio Viribay Salazar (1963) nos cuenta en las notas del álbum que «por su excepcional calidad y originalidad la extensa producción para voz y piano (…) ocupa un lugar de especial relevancia en la evolución de la canción de concierto española a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX. El maestro de Alfara del Patriarca expresó reiteradamente su afinidad y predilección por un género del que se ocupó ininterrumpidamente y con especial dedicación a lo largo de su dilatada trayectoria compositiva y al que prefería referirse como ‘Lied’ por entenderlo como fruto de la completa fusión entre poesía y música». Y nadie mejor que este pianista, investigador, docente, recuperador, estudioso de nuestro patrimonio vocal, todo un especialista en este repertorio como el maestro Viribay Salazar para contarnos y transmitirnos en esta selección de canciones una pequeña muestra del legado de Palau con la voz de la soprano pacense Mar Morán (1992) -estos días en Oviedo cantando «La Traviata»– en quien ha encontrado la intérprete ideal no ya para este repertorio sino también para el de otros compositores españoles como García Leoz en su anterior trabajo «Luna clara», del que esta «Luna muerta» es continuación en un proyecto que seguramente encuentre más calificativos a la siempre encantadora luna lorquiana en un dúo que tiene aún mucho recorrido.

Muy interesante y abundante la producción del compositor valenciano, que en el terreno del lied nos encontramos más de 100 canciones con textos en distintas lenguas (galaico-portugués, gallego, brasileño, francés o alemán) aunque el grueso de su obra liederística se basa en textos valencianos y castellanos, las dos lenguas que Palau utilizaba asiduamente. Para esta grabación Morán y Viribay se han centrado solo en las compuestas en castellano -con la excepción de una canción en gallego- presentando veintinueve canciones, algunas formando colección con título propio denominadas por el propio compositor «Lieder», indicativo de su conocimiento del género y con una visión europea más que española, junto con otras canciones «sueltas» de distinta temática, todas ellas compuestas entre 1924 y 1955 «cuya sorprendente y rica disparidad estética revela un original eclecticismo como principal rasgo estilístico de la obra para voz y piano de Manuel Palau» citando de nuevo y como haré a lo largo de esta reseña las notas de Don Aurelio en el magnífico libreto que acompaña el CD, donde tampoco pueden faltar las letras, pues la comunión texto-música es la base para paladear el lied y entender mejor estos lieder españoles.

Arranca la grabación con un primer bloque de canciones que «refleja la mirada al pasado del compositor, ejemplificada en un estilo neoclásico en lo musical y en la utilización de textos antiguos en lo literario. Cinco de los ‘Seis Lieder’ que abren esta selección ponen música a textos del Cancionero anónimo de la Edad Media mientras que la primera canción del grupo, «Por el montecico sola», se basa en un texto de Lope de Vega en el que la temerosa inquietud de la protagonista abandonada es traducida con gran belleza por el compositor». Un piano hondo preludia y acompaña el primer lied con la voz rotunda y delicada de la soprano pacense, una galería de personajes femeninos de este primer grupo de canciones, dramatismo vocal en el siguiente, Gritos daba la morenica, campanadas al piano y voz cuyo grito es matizado y realzando el texto, tesitura amplia con homogeneidad en el color de la soprano, al igual que una tristeza de enamorada bien reflejada en Mal ferida iba la garza que reflejan ambos intérpretes con delicadeza y dolor en el agudo mientras el piano casi acuna cual aleteo; buen gusto y preciosismo pianísitico de La flor de la villa, aire de inspiración popular pero escritura «clásica».

Los dos siguientes lieder, ¿Con qué la lavaré? y De los álamos vengo, madre, conocidos por las recreaciones que hizo Joaquín Rodrigo en sus célebres e interpretadísimas «Cuatro madrigales amatorios«, Palau como bien explica Viribay en las notas, «no recurre a citas musicales preexistentes sino que utiliza música de nueva creación: desnudos acordes pianísticos subrayan la solitaria tristeza de la protagonista en la primera canción mientras un movimiento continuo de dinámicas semicorcheas dibuja la agitación de las hojas de los álamos movidas por el viento en la segunda». Si no conociésemos las del compositor de Sagunto, son dos visiones nuevas de unos textos atemporales que Mar Morán desgrana deleitándose en cada nota y el acompañamiento de Aurelio Viribay casi sosteniendo esa fresca vocalidad del compositor recuperado en estas bellísimas páginas líricas, la primera sosegada y la segunda con brisa mediterránea.

Siguiente bloque con ‘Dos canciones amatorias’ que Palau busca en la musicología a historia su inspiración: No me habléis, conde sobre un texto anónimo del siglo XVI y en el “Cancionero de Uppsala” para Ya no más. De nuevo creatividad musical para unos pentagramas delicados en voz y piano, cristalinos y pausados, cual viaje al pasado desde una perspectiva muy actual que refleja el compositor valenciano en estos cantos de amor.

Tras el díptico, otro lied inspirado en un texto anónimo del siglo XVI, ¿Qué sentís, coraçón mío?, otro itinerario histórico a la época y textos cantados desde un lenguaje sencillo y atractivo, sin prisa, diálogo más que voz con acompañamiento, articulación exacta en la soprano y perlas al piano.

Continúan el disco con dos lieder basados en textos de Lope de Vega, Elegía al Caballero de Olmedo y Villancico. En la primera con extenso piano inicial de protagonista como «llamadas de trompetería» que vuelve a transportarnos al contexto de la época de sus versos, y la soprano dramatizando una escritura muy exigente en tesitura y matices que la pacense afronta sin problemas; la segunda cual oposición y contraste, «íntima, tierna y delicada, como corresponde a una canción de cuna de contexto navideño» precisamente en estas fechas, nana que arrullan ambos intérpretes desde una dicción perfecta para la excelente combinación de palabra y música.

Prosigue el ambiente navideño pero con una escritura más «neoclásica» de Palau con La Virgen va caminando, muestra de la gran cultura del compositor valenciano capaz de escribir en estilos distintos, una canción con texto de una copla popular malagueña y piano que envuelve la hermosa melodía. La palmera es la segunda de las ‘Dos canciones de Navidad’, árboles importados que no faltan como símbolo de nuestra emigración y convertidos aquí en árbol navideño. Para el maestro Viribay una de las joyas de la producción de canciones de Manuel Palau y «una de las más bellas canciones de concierto españolas del siglo XX», pues si alguien conoce este repertorio es el pianista vitoriano, y corroboro su afirmación pues hay una delicadeza vocal que refleja a la perfección la ternura del poema de Gerardo Diego y un piano sugerente que no distrae en ningún momento.

En Partida el compositor vuelve a cambiar de estilo, ahora «neorromántico» pero manteniendo la inspiración y métrica que la poesía impone, con largas frases largas que expresan la tristeza por el marinero que no volverá sobre un poema del valenciano Lluís Guarner Pérez. La poesía siempre en la base de todo lied, Palau utiliza al gaditano José María Pemán para Arroyuelo del molino, melodía sencilla y piano manteniendo la pulsación que recrea el fluir constante del agua moviendo las aspas.

La única canción en gallego, Chove, toma un desolador poema del orensano José Ramón Fernández-Oxea, y como bien explica en las notas del disco, «pertenece a la colección de canciones gallegas encargadas por el crítico Antonio Fernández-Cid a diferentes compositores españoles. Utiliza un lenguaje impresionista que describe musicalmente la lluvia en las corcheas iniciales de una parte pianística que adquiere paulatinamente una complejidad paralela a la exigente parte cantada». Importante la lengua gallega en la escritura de tantas canciones como el propio Aurelio Viribay nos dejó en su trabajo ‘No Camiño’ recorriendo distintos compositores, podría decir que con ésta se completa este ciclo con el valenciano Palau en versión para soprano y piano que seguirá aumentando el repertorio de concierto.

Cierran este tercer bloque dos páginas, Tonadilla y Chiquilla, de las primeras canciones de Palau con textos de la colección poética Mil y un cantares del valenciano Estanislao Alberola, que está en mis estanterías literarias. Musicalmente siguen mostrando el «oficio» del valenciano ya en estos inicios, no importa calificarlas de «canción de concierto» o «canción ligera», Chiquilla es una copla casi de las llamadas «folklóricas» (que también habría que situar en su contexto y no desmerecen en nada de estas que comento), pues parece que el ánimo del valenciano era «llamar la atención de un público foráneo ávido de tópicos costumbristas de carácter españolizante, de los que también participa ‘Tonadilla’». Desde la humildad del propio compositor, si Rossini confesaba «pecados de vejez» sus últimas obras una vez abandonada la ópera, el valenciano consideraba estas dos “pecados de juventud”, pero que ayudan a comprobar la evolución de su escritura vocal.

Y con otro cambio estilístico, retomando la idea de un «lied español» por el coprotagonismo de piano con voz y el texto centro de cada pentagrama, Ávila y Montesa, sobre poemas del valenciano Joan Lacomba i Guillot, que pertenecientes a la colección de cinco “Evocaciones de España”, posteriormente se publicaron como Dos Lieder. Buen conocedor de nuestro patrimonio, Palau recrea musicalmente ambas ciudades con los textos de Lacomba, transportando al oyente tanto a la llanura de la Ávila amurallada y llena de iglesias o conventos, como a la Montesa medieval, de nuevo con evocación de trompetas y fanfarrias organísticas en el piano vasco y la poesía bien cantada por la extrema. Recuerdos franceses lógicos tras los estudios del compositor con Ravel o Charles Koechlin, por entonces al alcance de pocos y que el valenciano aprovechó al máximo.

Dentro de los tantos estilos transitados por Palau e igualmente por las modas del momento, el díptico ‘Del Oriente lejano‘ nos lleva al exotismo de tantos otros compositores coetáneos suyos, como bien recuerda Viribay en sus notas, Stravinsky, el citado Ravel, Albert Roussel, cuatro breves Poesías japonesas del madrileño Julio Gómez o el tríptico La flûte de jade del también madrileño Julián Bautista son composiciones que el pianista y estudioso vitoriano conoce de primera mano y en esta búsqueda no podía faltar Manuel Palau, primero Improvisación, musicando un texto del poeta chino Li-Tai-Pe y Lírica japonesa, de un anónimo japonés del siglo XVI, traducidas al castellano e intensamente interpretadas por el dúo Morán-Viribay, con aires impresionistas de los que el compositor de Alfara del Patriarca nunca renegó.

Aurelio Viribay escribe que «Manuel Palau se sentía especialmente satisfecho del ciclo ‘Paréntesis lírico’, cuyo lenguaje musical evoluciona notablemente adquiriendo una mayor complejidad. Los textos de Vicente E. Pertegaz referidos al entorno de una huerta valenciana -la noria, un farol, la lluvia, la noche, la luna o la niña que recoge caracoles- dan lugar a una música tan descriptiva como sugerente que abarca una amplísima gama de registros expresivos». Sonoridades francesas, cromatismos, jugando con bitonalismo, atonalismo y tonalidad académica, este ‘Paréntesis lírico» es un muestrario de la versatilidad musical de Palau por todos los recursos compositivos utilizados. Siete lieder para disfrutar de la voz de Mar y el piano de Aurelio: Imperceptible, de recuerdo catedralicio debussyano en el piano y exigente registro grave en la voz; Noria vieja , evocadora desde el cromatismo al piano y sentida de la soprano con difícil entonación así como su amplia tesitura; Lluvia, la más francesa en todo e igualmente exigente para los dos intérpretes; otro giro de estilo con Caracolera, cante andaluz o tonada llevada al salón de conciertos; Farsa, llena de atonalidad que viste una melodía resplandeciente, expresionista y totalmente actual con la rompedora habanera final («¡Qué danza más loca!» dice la letra ); la cita del “Dies Irae” en Farsa, un delicioso «engaño» en el piano para llevar la melodía misteriosa cantada por la soprano, y la «marcha surrealista» de Luna muerta que da título al disco y «cierra brillantemente esta antología con una de las canciones más sorprendentes del repertorio lírico español del siglo XX», un verdadero descubrimiento de un repertorio que sigue asombrándonos por el tiempo que ha permanecido en un cajón pero que un trabajo de investigación, ensayo y sabia elección de la intérprete ideal para ello al menos tenemos la ocasión de escucharlo cuantas veces queramos, esperando se mantenga en los conciertos de nuestra amplia geografía.

La toma de sonido perfecta para poder escuchar un piano excelente y toda la amplia gama de matices y buen gusto de la soprano, y todo un CD cuidado hasta el mínimo detalle.

Pistas:

01-06. Seis Lieder:

I. Por el montecico sola (Lope de Vega); II. Gritos daba la morenica (Cancionero anónimo de la Edad Media); III. Mal ferida iba la garza (Anónimo); IV. La flor de la villa (Cancionero anónimo de la Edad Media); V. ¿Con qué la lavaré? (Cancionero anónimo de la Edad Media); VI. De los álamos vengo, madre (Anónimo).

07-08. Dos canciones amatorias:

I. No me habléis, conde (Anónimo); II. Ya no más (Cancionero de Upsala).

09. ¿Qué sentís, corazón mío? (Anónimo siglo XVI); 10. Elegía al Caballero de Olmedo (Lope de Vega); 11. Villancico (Lope de Vega); 12. La Virgen va caminando (Popular); 13. La palmera (Gerardo Diego); 14. Partida (Lluís Guarner Pérez); 15. Arroyuelo del molino (José María Pemán); 16. Chove (José Ramón Fernández-Oxea); 17. Tonadilla (Estanislao Alberola); 18. Chiquilla (Estanislao Arberola).

19-20. Dos Lieder (Juan Lacomba):

I. Ávila; II. Montesa.

21-22. Del Oriente Lejano:

I. Improvisación (Li-Tai-Pe, siglo XVI); II. Lírica japonesa (Anónimo japonés, siglo XVI).

23-29. Paréntesis lírico (Vicente E. Pertegaz):

I. Imperceptible; II. Noria vieja; III. Lluvia; IV. Caracolera; V. Farsa; VI. Farol; VII. Luna muerta.

Grabado, mezclado y masterizado en los Estudios Cezanne, 24 a 27 julio de 2023 por Javier Monteverde.

Universo orquestal «con forza»

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Viernes 17 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono III Subito con forza: OSPA, Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras de: Unsuk Chin, Béla Bartók y Mozart.

Segunda semana con el «extra vitamínico» del violinista ucraniano afincado en Londres, que esta vez no estuvo en el encuentro con los abonados a las 19:15 en la Sala de Cámara del Auditorio sino el titular portugués explicándonos el programa (que repetiría antes de arrancar el concierto).

Y quiero volver a remarcar lo bueno que supone contar con el maestro Simovic porque no solo contagia su pasión a la OSPA, a la que se la nota feliz y a pleno rendimiento, también al público (hoy volvió a haber demasiados huecos) que recibe ese ímpetu y buena química sobre el escenario. Al «cocktail  energético» debemos sumar la apuesta por tenerle nuevamente de solista en el exigente concierto de Bartók tras un estreno, al menos asturiano, de la surcoreana Unsuk Chin (Seúl, 14 de julio de 1961), otro de los proyectos que ha traído Nuno Coelho en esta su segunda temporada al frente de la OSPA. Por cierto que sigue sin cubrirse la plaza de concertino, como preguntó en el encuentro una abuela para contárselo a su nieto violinista (!), de nuevo invitando a solistas  internacionales como esta vez la austriaca Birgit Kolar que lo fue igualmente hace un año de la OFil, junto a Sabine Lohez de ayudante. Y para la segunda parte, siempre en el formato decimonónico de «Estreno-Concierto-Sinfonía» no se olvidaron de programar el «repertorio de siempre», esta vez con la última sinfonía del genio de Salzburgo.

En las notas al programa (enlazadas al principio) de Hertha Gallego de Torres), sobre la obra de la pianista y compositora Unsuk Chin -distinguida alumna de juventud de Ligeti-, y actualmente viviendo en Berlín nos cuenta que «escribió Subito con forza en 2020 en pleno confinamiento, a petición de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam para celebrar el 250 Aniversario del nacimiento de Beethoven (…) indisimulada afición por el virtuosismo, que aquí se muestra en una paleta brillante de instrumentos de percusión con un papel tan importante o más que la cuerda. Puede presumir Chin  (…) de que sus obras son muy accesibles al público que rechaza la música contemporánea, por la brillantez que obliga a exhibir a la voz, a la orquesta o a ambas». También la elección de esta obra por necesidades de plantilla como explicó la gerente en el encuentro previo. Con los «motivos» de las oberturas de Coriolano o Leonora III y el inconfundible motivo rítmico de la Quinta, el maestro Coelho la defendió con su ímpetu habitual, destacando el enorme trabajo de los percusionistas, junto al arpa y el piano pero sin menoscabar al resto de una orquesta que hoy se colocó «quasi vienesa» con los violines enfrentados y violas-chelos frente al podio. Obra interesantísima la de esta surcoreana más europea que muchos y volviendo a recordarnos que la Pandemia del Covid también trajo mucha creatividad, caso de este Subito con forza… y fuego.

Esperado el regreso de Simovic con su Stradivarius pasando del pasado Beethoven al presente Concierto para violín nº 2 (1939) de Béla Bartók, de los más importantes escritos en el siglo XX plagado de recovecos para solista y orquesta, con el portugués mostrando de nuevo su calidad como concertador en una obra exigente para todos. Sobre esta partitura que bien nos explicó por partida doble, añadir de nuevo las notas sobre el mismo (con links míos): «después de varias consultas con el eximio violinista y compositor húngaro Zoltán Székely, su dedicatario (…) había sugerido al compositor la obra poco antes de que se exiliasen ambos a Estados Unidos. Székely, miembro del famoso Cuarteto Húngaro, fue quien estrenó el Concierto como solista con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en 1939», en este caso enlazando la misma formación con la obra de la surcoreana. Prosigue la profesora Gallego de Torres: «Ejemplo de la personal síntesis de tradición y progreso de Bártok, su estructura formal es la del concierto clásico o romántico. Sin embargo, tonalmente, bebe de la influencia dodecafónica y de las escalas modales del folklore de los Balcanes» y así lo entendieron a la perfección desde el trípode que mantiene el equilibrio perfecto: solista, orquesta y director, porque el virtuosismo de Simovic en el Allegro non troppo parece sencillo ante su sonoridad limpia, su musicalidad exquisita del bellísimo Theme and Variations: Andante tranquillo central que estuvo arropada y mimada por la OSPA, y el complicado Rondo: Allegro molto final lo entendió en sus múltiples cambios de tempi y compás un Coelho en sintonía con el mago Simovic, momentos de complicidad  con una madera contestando desde la misma intención que el Stradivarius para disfrutar de una amplísima gama dinámica que desde el podio pareció trabajar cual ingeniero de sonido manteniendo el balance y presencia exacta de cada pasaje.

Si el viernes pasado mister Simovic nos regalaba una propina a dúo con el concertino, de nuevo la sencillez y generosidad del maestro nos preparó con Max von Pfeil, principal de chelos, otra «delicatessen» del noruego Johan Halvorsen, violinista virtuoso, distinguido director de orquesta, compositor de gran cantidad de música incidental, obras orquestales y numerosas piezas para violín. En 1894, cuando trabajaba como director de orquesta en Bergen, la ciudad natal de Grieg, hizo una «extravagante» adaptación para violín y viola (hoy con chelo) de la Passacaglia de una «Suite para clavecín solo» de Handel, variaciones continuas sobre un bajo repetitivo que Halvorsen reelabora las suyas con un despliegue instrumental ampliado: dobles paradas, escalas vertiginosas, armónicos y una amplia gama de dinámicas, timbres y articulación, un impresionante dúo donde disfrutar de ambos intérpretes, compañeros unidos por estas músicas que siempre nos «descubren» el talento de los músicos de la OSPA y la cercanía de este violinista al que sigo pidiendo le pongan un piso en Oviedo pues cada estancia entre nosotros aumenta la calidad y entrega para disfrute de todos, aficionados incluidos.

Si Beethoven encandiló en el segundo de abono, en este tercero llegaba la última sinfonía de Mozart, el cierre de la trilogía compuesta en tiempo récord y sin necesidad de encargo alguno, como también nos contó el maestro de Oporto, y que no consta se estrenasen en vida del salzburgués. La sinfonía nº 41 ”Júpiter” fue escrita en el verano de 1788 en la tonalidad de do mayor de estructura clásica pero que encierra el lenguaje operístico de Don Giovanni o Cossì, música sin palabras pero con la firma inigualable. Coelho la trabajó así, pues tanto el portugés como Hertha Gallego citaron a Harnoncourt: «para Mozart lo importante siempre es el drama, el diálogo, el conflicto y su resolución (…) Lo paradójico es que esto no sólo se refiere a sus óperas sino también a su música instrumental, que siempre es dramática». De hecho los tempi elegidos no fueron extremos pero sí delineados cual canto, ayudado de nuevo por la colocación de la cuerda y la propia plantilla utilizada por Mozart, así como la elección para esta «Júpiter» de los timbales ‘clásicos’ que Mr. Prentice volvió a manejar con gusto y seguridad.

El Allegro vivace se planteó tranquilo, cual obertura luminosa de contrastes bien marcados, líneas melódicas en cuerda con maderas ideales y metales redondos. Lírico y reposado el Andante cantabile tan original y propio del Mozart maduro, acentos claros de sonoridad onírica en todas las secciones. El Minuetto: Allegretto bien marcado con las lengüetas y bisel alternando «el canto» revestidas con los bronces y abrigadas por una cuerda con identidad propia. Y el universo del Molto allegro preciosista, dbujándose claros los temas superpuestos bien delineados por el maestro Coelho sin forzar el aire, poderío de bronce y empuje sinfónico en la Viena que rompería moldes en todas las artes, escuchándose todos los músicos al detalle en esta sinfonía que nunca es igual aunque la escuchemos las veces que queramos y en los cientos de grabaciones.

Y qué mejor forma que cerrar esta entrada con los certeros versos del sevillano Luis Cernuda que nos dejó mi admirada Hertha Gallego de Torres en sus notas:

 

Si alguno alguna vez te preguntase: «la música ¿qué es?»
‘Mozart’, dirías, ‘es la música misma’

PROGRAMA:

Unsuk Chin (1961): Subito con forza.

Béla Bartók (1881-1945): Concierto para violín nº 2 (1937/1938): I. Allegro non troppo – II. Theme and Variations: Andante tranquillo – III. Rondo: Allegro molto.

W. A. Mozart (1756-1791): Sinfonía nº 41 en do mayor, K. 551, «Júpiter» (1788): I. Allegro vivace – II. Andante cantabile – III. Menuetto: Allegretto – IV. Molto allegro.

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