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Pinturas parisinas

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Jueves 8 de octubre, 19:30 horas: Teatro Jovellanos, Gijón. Abono 1 OSPA,  Martín García (piano), El León de Oro (Marco A. García de Paz, director del coro), Nuno Coelho (director). Obras de Falla y Ravel.

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) daba comienzo a su temporada 2026-2027 por todo lo alto con un programa reuniendo dos grandes obras del repertorio sinfónico del siglo XX: Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla, y Daphnis et Chloé, de Maurice Ravel, y además con un carácter especialmente significativo, al ser la última inauguración de temporada que el portugués Nuno Coelho afronta como Director Titular y Artístico de la OSPA, culminando así cinco años de intenso trabajo, giras, explorando nuevos repertorios, aprendizaje y experiencias compartidas con la orquesta y el público asturiano, contribuyendo a construir esta etapa de especial intensidad en los últimos años de nuestra OSPA.

Esta primera cita de la nueva temporada contaría con la participación del pianista gijonés Martín García García, que interpretaba la obra de Falla, y del coro El León de Oro, que se incorporaría tras el descanso a la orquesta para abordar la partitura de Ravel.

En la nota de prensa presentando esta temporada, la propia OSPA ahondaba en las obras y los intérpretes:

Dos obras maestras para abrir la temporada

“El programa propone un recorrido por dos universos musicales de extraordinaria riqueza. En Noches en los jardines de España, Manuel de Falla combina la escritura sinfónica con la tradición musical española en una obra de marcado carácter evocador, en la que el piano desempeña un papel protagonista”.

La biografía del gijonés Martín García García (1996) es amplia y le llevo escuchando hace años, concretamente desde 2008 y 2009 también con la OSPA y Max Valdés, “precoz madurez” que ha ido pasando por ciclón con ímpetu aún juvenil, funcionando mejor en recital. Reconocido como uno de los intérpretes españoles con mayor proyección internacional, fue el encargado de afrontar la parte solista de la obra de Falla, habiendo actuado por todo el mundo con las orquestas más prestigiosas, logrando hitos significativos (como su debut en el Carnegie Hall de Nueva York) y una exitosa gira en Japón con 25.000 asistentes en 14 actuaciones. Ha recibido importantes reconocimientos a nivel mundial, incluyendo el primer premio en la ‘Cleveland International Piano Competition 2021’ y el tercer lugar en la ‘International Chopin Piano Competition 2021’. 

“La segunda parte estará dedicada a Daphnis et Chloé, una de las partituras más ambiciosas y deslumbrantes de Maurice Ravel. Destaca por su extraordinaria riqueza tímbrica, sus grandes contrastes sonoros y una orquestación de enorme sofisticación. La participación del coro convierte su interpretación en uno de los grandes retos del repertorio sinfónico”.

El León de Oro participaría en la interpretación de Daphnis et Chloé, todo un emblema de excelencia coral que ha conquistado tanto al público como a la crítica especializada a lo largo de su trayectoria de casi 30 años, y se ha convertido en un referente internacional avalado por invitaciones a festivales de prestigio (Arezzo, Flandes, Tolosa, Varna y Tours) y numerosos premios: el primer premio en la London International a Cappella Choir Competition (2014), el Gran Premio Nacional de Canto Coral (2003 y 2006)  y el premio Amuravela de Oro (2021). La versatilidad es uno de los rasgos que mejor define a esta formación ya que ofrece interpretaciones que abarcan desde los grandes nombres del Renacimiento y Barroco hasta las composiciones más audaces del repertorio contemporáneo y esto les ha permitido consolidarse como uno de los principales coros españoles.

Con el nuevo horario de conciertos a las 19:30 horas, tanto en Gijón como en Oviedo, dada la coincidencia el viernes con el segundo título de la Temporada de Ópera, acudí, como muchos abonados ovetenses, al Teatro Jovellanos para esta inauguración que no quería perderme por muchas razones: la doble dimensión al ser el comienzo de una nueva temporada y, al mismo tiempo, la culminación de una etapa artística compartida durante cinco años con el maestro Coelho que la ha hecho crecer hasta un nivel que merece conocerse más allá de nuestra tierra; mantener mi fidelidad  de 35 temporadas como abonado a la OSPA (pese a mi “divorcio con el cocinero”); seguir disfrutando de ella; comprobar la evolución del pianista gijonés; y por supuesto no perderme al LDO como “leónigan” confeso desde sus inicios.

El teatro del Paseo Begoña obliga por su escenario a una colocación “apretada” de la sinfónica asturiana, y más cuando hay un piano o un coro, tal como sucedió en este primer jueves de octubre. Con un retraso no habitual, del que desconozco la causa (con toda la orquesta afinada a la espera de la salida del solista y director), más un público que acudió en buen número a esta inauguración de la temporada de abono (pues la OSPA ya estuvo en el foso del Campoamor para el Sorrow de la ópera carbayona más el sinfónico del Auditorio para los 50 años de Nuberu), en este 2026 aún queda tiempo para la conmemoración de los #150Falla, y en esta segunda temporada como colaborador artístico de Martín García, nos ofrecería las “impresiones sinfónicas”, como así presentó el gaditano sus Noches en los jardines de España (1916) que iniciaría en París partiendo de los Nocturnos, como bien refleja Jonathan Mallada en las notas al programa. Tres movimientos donde el piano no se enfrenta a la orquesta como un solista convencional sino que dialoga y se imbrica con ella de forma constante. Nuno Coelho así lo entendió con ricas dinámicas y respetuoso con el piano, donde degustar la orquestación de Falla, aunque Martín García optó más por la potencia y el intento de sobresalir. No era necesario porque se pierde toda la sutileza de una pintura casi de acuarela y no de pastel ni óleo: fresca en vez de intensa, jugando con una amplia paleta de colores que la OSPA logró de principio a fin con un sonido que el titular ha ido personalizando en este tiempo, conocedor del potencial de su formación capaz de afrontar cualquier lienzo sonoro.

Si la evocación acuática del primer movimiento son las fuentes de La Alhambra, el gijonés prefirió las cascadas del bosque nazarí que bajan de Sierra Nevada. Al menos en la Danza lejana mantuvo una delicadeza necesaria para partir hasta la sierra cordobesa que nuevamente la OSPA con Coelho delineó con tinta china los trazos gruesos de un solista que no se integró en la sonoridad global.

Y la propina también Falla con una Danza del fuego imprecisa, trastabillada, con llamaradas y dando la impresión de un fuelle soplando para que no se apagase. Espero otra ocasión para reencontrarme con “el otro Martín” inspirado y contenido, más centrado como solista (un ciclón potente como en noviembre de 2022, o delicadamente poderoso desde el mismo ímpetu juvenil como en febrero pasado con la OSPA).

El descanso necesario para reubicar todo el escenario nos traería al Ravel de esta “sinfonía coreográfica” impresionante más que impresionista, muy trabajado, preciso, parisino y de aires cantábricos, con todas las secciones exigentes para todos los solistas, desde la concertino invitada Hannah Perowne hasta la celesta de Sergey Bezrodny, de la flauta de Pan de Myra Sinclair a la máquina de viento de Juan Antonio Martín, la viola de Lucía Ortiz y el cello de Max von Pfeil, así todos y cada uno de los profesores que en este Daphnis et Chloé (1909-1912) deben unirse, sentirse individuales sin perder la compleja unidad, siempre desde la batuta de Nuno Coelho dando protagonismo puntual, dejando fluir las frases, contagiando seguridad, marcando con precisión los múltiples cambios rítmicos y de aire, matizando cada detalle de esta página sinfónica llena de colores, intensidades, emociones y auténtico “caleidoscopio orquestal”, con pasajes que parecen preparar La Valse (1919-1920).

Sumemos al LDO, capaces de afrontar una partitura al alcance de pocos coros y con una plantilla que no llegó a 48 voces (que serían 12 por cuerda), sin referencias instrumentales ni texto para cantar, todo con boca cerrada o vocalizaciones como “ah” u “oh” con inflexiones, matices, ataques, creando efectos atmosféricos, casi místicos, de verdadero color armónico y comportándose como una sección orquestal más, pues así debe funcionar en esta compleja y difícil partitura, flotando sobre un colchón instrumental (cuerdas, arpas y viento-madera), e incluso cantando con los metales. Ubicados al fondo, con las siempre envidiables voces blancas flanqueando las graves, todos “incómodos” por las estrecheces del escenario pero con profesionalidad y mucho trabajo previo que Marco Antonio García de Paz logró para este ballet de Ravel, pocas veces podremos escuchar en vivo esta obra como en Gijón y al día siguiente en Oviedo. Perfectamente imbricado en el sonido sinfónico, también lo disfrutamos brevemente “a capella” en el único momento del Interlude (que cierra el primero de los tres cuadros) y que demostró la versatilidad de los gozoniegos para cualquier repertorio, que en el sinfónico-coral siguen siendo sinónimo de calidad, empaste y afinación.

Con un público respetuoso y emocionado, el ballet alcanzó su cumbre en la bacanal final, auténtico broche de oro para casi dos horas de buena música sentida como perfumes parisinos y salitre cantábrico.

Si Coelho ha conseguido un “sonido OSPA”, con la suma vocal de «los leones» amplió una paleta tímbrica casi galáctica, que a buen seguro en el Auditorio de Oviedo, con otra acústica y más espacio, aún brillará más.

PROGRAMA:

Manuel de FALLA (1876-1946): Noches en los jardines de España:

I. En el Generalife

II. Danza lejana

III. En los jardines de la Sierra de Córdoba

Maurice RAVEL (1875-1937): Daphnis et Chloé (Ballet completo):

Tableau I

Introduction et Danse religieuse

Danse générale

Danse grotesque de Dorcon

Danse légère et gracieuse de Daphnis

Danse de Lycéion

Nocturne

Danse lente et mystérieuse des Nymphes

Interlude

Tableau II

Introduction et Danse guerrère

Danse suppliante de Chloé

Tableau III

Leverdu jour

Pantomime (Daphnis et Chloé miment l’aventure de Pan et de Syrinx)

Danse de Chloé

Danse générrale (Bacchanale)

Telepatía, empatía y simpatía

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Viernes 9 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Con-cierto Velázquez» OSPA: Myra Sinclair y Peter Pearse (flautas), Giancarlo Guerrero. Obras de J. A. Perry, F. Velázquez y Tchaikovsky.

Tras la temporada operística, volvía la OSPA a sus conciertos de abono y retomando los encuentros previos a las 19:15 en la Sala de cámara del auditorio, este viernes con el carismático director nicaragüense Giancarlo Guerrero (Managua, 1969) nacionalizado costarricense, que nos dejó con ganas de escucharle más tiempo, contagiándonos la pasión por su profesión y muchas frases que ayudaron a comprender mejor el interesante programa del cuarto abono.

De las muchas pinceladas previas, el maestro Guerrero describió a una orquesta como «un dragón de 100 cabezas», y más que luchar para dominarlo lo cabalgó cual Atreyu a Fújur en la maravillosa obra de Michael Ende, verdadera lección de entusiasmo contagiado a todos que dejará un excelente recuerdo en la capital asturiana.

Manteniendo la estructura habitual de los conciertos, las dos obras iniciales eran nuevas para la OSPA que Guerrero como invitado no fue un «matrimonio de conveniencia» sino un auténtico flechazo, abriendo con Short Piece for Orchestra (1952) de la compositora y directora americana Julia Amanda Perry (1924-1979), alumna con honores de la neoyorkina Juilliard School y en Francia de Dallapiccola y Nadia Boulanger, sin batuta porque «quebré muchas» y con los años sus diez dedos dan mucho más juego, además de un lenguaje corporal donde hay mucho de «telepatía» para hacerse entender: «una buena orquesta limpia la gestualidad» y está claro que la veteranía le ha dado la razón porque esta obra es frenética y salvaje con una cuerda consistente, unos vientos cuya «discusión» fue más bien interesante debate, más una percusión atenta siempre para mediar en esta página llena de efectos que Guerrero fue desgranando y la OSPA respondiendo a cada detalle a lo largo de las cinco partes contrastantes con un material inicial atronador que iría moldeándose desde una sonoridad verdaderamente compacta para una gran plantilla en cada sección, donde vuelvo a recomendar tarima para los contrabajos, pues la espera por un concertino titular (volvía Benjamin Ziervogel con Ariadna Ferrer de ayudante) parece «Lo imposible» sin banda sonora.

El prolífico Fernando Velázquez (Getxo, 1976) que mantiene un buen entendimiento con nuestra OSPA en distintas colaboraciones para el cine o la mal llamada música ligera, es igualmente autor de más de 250 composiciones sinfónicas, y el «pintor de las bandas sonoras» se convirtió en protagonista de este abono «Con-Cierto Velázquez» al escribir una obra pensada por y para nuestra orquesta, también para el público pero especialmente para dos de los solistas más queridos de la OSPA como son «Los Pearse». El concierto para dos flautas se estrenaba el día antes en Gijón y en Oviedo ya totalmente rodado nos llenaría de imágenes que como apuntan las breves notas al programa de la profesora Andrea García Alcantarilla «podría llevar el subtítulo de Atlántico, en el que el buen hacer sinfónico se une a melodías, ritmos y maneras del folclore para conectar el Cantábrico con las Shetland y hacer que todos nos sintamos en casa». Los que llevamos casi tanto tiempo casados con la OSPA como Myra Sinclair (1967) y Peter Pearse (1968) desde 1993 juntos, conocemos sus biografías y la llegada a nuestra tierra, la californiana de sangre escocesa (Molly en «El secreto de Marrowbone») escapada estudiantil a Londres para conocer al británico, para ambos sentir su Shefield con las flautas de esta unión atlántica, podríamos decir que celta por la cercanía de las melodías en que el compositor vasco se inspira para este concierto de flautas tan folklórico y tan sinfónico (con recuerdos de Copland o Williams), donde la película la ponemos nosotros con una música que une melodías y ritmos atemporales desde una escritura «clásica» por los tres movimientos donde no faltaron las «cadenzas» de ambos solistas, cómplices en el fraseo, las respiraciones y la intencionalidad de una escritura amena que sus compañeros arroparon y Guerrero dejó disfrutar a todos. Aires cantábricos, atlánticos más allá del Cabo Peñas en otra muestra de que las nuevas obras deben programarse como lo han sido las que hoy conocemos, con la ventaja de que la novedad y el directo siempre son irrepetibles, como bien recordaba el director en el encuentro previo. Si en Perry hubo telepatía, está claro que en el Velázquez compositor la empatía fue total, y ante el éxito «Los Pearse» bisarían el movimiento intermedio desde su cadenza al final con ambos en solitario, dedicado a sus hijos y disculpando la presencia del vasco por estar en otro estreno.

Las obras «nuevas» suponen disfrutar por partir de cero, pero con las «conocidas» la labor del director se hace más complicada, ya que todos las llevamos en los genes (a diferencia de las orquestas americanas, más herederas por transmisión generacional desde la Vieja Europa) y hay que evitar «meter pimienta en la sopa» para cocinar un plato de ingredientes habituales para servirlos de otra forma. Transmitir pasión, incluso aunque se aplauda entre movimientos («no estar atado al asiento del avión» o «estar callado tras un gol»), era el reto del «dragón ruso» que Guerrero cabalgó y dominó desde la simpatía, aportando detalles propios que hicieron saborear esta gran sinfonía, casi un poema sinfónico como es la «Cuarta» de Chaikovski.

El extenso primer movimiento (I. Andante sostenuto) comenzó grandioso en los metales pero calmado para ir disfrutando desde la fanfarria inicial hasta la llegada de una cuerda tersa, siempre presente y aunada, concisa y aterciopelada ya en el primer motivo. Dinámicas muy trabajadas y marcadas con la filosofía de «el más es menos» pues el maestro nicaragüense sabía dónde indicar el dramatismo con un movimiento de cejas, de hombro o de sus diez dedos y la inspiración en el Beethoven que tanto conoce en su larga trayectoria en orquestas de medio mundo. Intervenciones de los primeros atriles dándoles libertad expresiva pero marcando fluido (una madera hoy inspirada en cada solista), balances perfectos y matices donde se escuchaba todo al detalle. El II. Andantino in modo di canzona mantendría los detalles personales, la calma y la calidad bien «cantada» por Juan Ferriol o Daniel Sánchez Velasco con una cuerda sólida, escucha total con el maestro «llevando de las manos» a una orquesta disciplinada, donde también brillaron Mascarell o las flautistas de este viernes Blanca Ruiz, Carmen Arrufat y Ana Modéjar que cumplieron con sobresaliente. Impactante el III. Scherzo: Pizzicato ostinato por la libertad con la que Guerrero dejó sonar la cuerda llena de volumen, ímpetu, precisión y entrega, apenas sin gestos, leves miradas incluso al público (me recordó al gran Temirkanov) para poder apreciar la calidad de esta orquesta con tantos quilates, redondeando nuevamente la madera esta «broma» vital del ruso o manteniendo el balance ideal con los metales,  antes de «echar el resto» en el IV. Finale: Allegro con fuoco, el culmen de esta cuarta para degustar las cualidades conocidas y mostradas a lo largo del concierto, telepatía corporal entre Guerrero y la OSPA, empatía de todos en las tres obras elegidas y simpatía necesaria para el trabajo previo que en el irrepetible directo es in plus. Tiempo ágil, rápido y exigente sin perderse ni una nota de esta magna obra sinfónica: equilibrios dinámicos muy logrados, la tensión necesaria en cada sección y el ímpetu desde el podio de un Giancarlo que exprimió hasta la última gota a la formación asturiana disfrutando y contagiando la pasión sinfónica a un público que no acude como se merece la orquesta de todos.

PROGRAMA

Julia Amanda Perry (1924-1979): Short Piece for Orchestra.

Fernando Velázquez (1976): Concierto para dos flautas.

P. I. Chaikovski (1840-1893): Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 (I. Andante sostenuto – II. Andantino in modo di canzona – III. Scherzo: Pizzicato ostinato – IV. Finale: Allegro con fuoco).

Lockington connection

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Viernes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7, OSPA, Myra Kathryn Pearse (flauta), David Lockington (director). Obras de Haydn, Reinecke y Schumann.

Tras el paso por Bilbao de nuestra orquesta asturiana volvía a su sede todavía con regusto barroco, flauta protagonista y mi admirado Lockington al frente, principal director invitado al que siempre es un placer verle.

Las obras del séptimo programa de abono parecieron de transición una vez escuchada en el Euskalduna, comenzando con la poco escuchada Sinfonía nº 24 en re mayot Hob. I/24 compuesta por «papá» Haydn en 1764 como bien recuerda Rafael Banús en las notas que incluyo enlazadas a los compositores. Con Lockington hay realmente una química especial, una auténtica conexión en cuanto arranca y se nota en los músicos. La colocación vienesa actual, con los efectivos adecuados para esta obra, colocó los contrabajos detrás de los primeros violines y el fagot tras los cellos, con el clave en el centro dando ese color especial que se perdería en pleno Clasicismo. Y la sonoridad alcanzada junto a la precisión resultó ideal en los cuatro movimientos, como si el afecto y las buenas formas que siempre luce el director británico afincado en los EE.UU. se contagiasen al resultado homogéneo de la interpretación, obra con el inconfundible sello del padre de la sinfonía que además da protagonismo a la flauta en el Adagio, esta vez con Peter Pearse de solista por la confección del programa, como veremos a continuación. Versión alegre con tiempos bien dibujados desde la elegancia en el gesto del director invitado.

El Concierto para flauta en re mayor, op. 283 de Carl Reinecke (1824-1910)no es obra muy programada y parece conocida solamente en el mundo de los flautistas, siendo nuestra solista Myra Pearse quien nos deleitó en una intervención plagada de buen gusto, cariño y respeto en todos los sentidos, corroborando nuevamente la calidad de nuestros músicos a los que agradecemos la posibilidad de participar como protagonistas en partituras tan hermosas como la del compositor, pianista y director natural de Hamburgo que dirigió durante treinta y cinco años los célebres conciertos de la Gewandhaus de Leipzig, y ciudad donde moriría con 86 años. Música bien escrita, de orquestación muy sonora que la OSPA resolvió con solvencia, y melodías agradables con un estilo (post)romántico en este concierto compuesto al final de su vida, partitura evocadora como la interpretación de Myra perfectamente concertada por Lockington, tres movimientos de lucimiento pero también recogimiento, destacando el maravilloso dúo con el cello de Juan Carlos Cadenas en el Lento e mesto, para finalizar con un Finale: Moderato encajado al detalle entre los compañeros que no sólo arroparon a la solista sino que escucharon con respeto sus intervenciones alcanzando momentos casi sublimes entre todos.

La propina no era de Ramón Carnicer para solo de flauta y acompañamiento de cuarteto de cuerda como en un principio publiqué sino Morceaux de concurs de Fauré (original para flauta con piano en arreglo de Peter Pearse para la ocasión)1, esta vez de la casa, un auténtico lujo con esos primeros atriles amigos compartiendo música, momento y emociones, estuvo dedicada a sus hijos y familiares presentes en la sala, siendo agasajada por sus compañeros y con el director sentado atrás sobre la tarima disfrutando como uno más.

La Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 «Renana» (Schumann) ocuparía la segunda parte del concierto, con ubicación vienesa pura que alcanza mayor presencia y equilibrio sonoro en partituras con orquestaciones tan maravillosas como esta. Con una orquesta perfecta en número, los cinco movimientos fueron de menos a más, exigentes en todas las secciones y especialmente las maderas y los «bronces», ensamblados cual alemanes trombones y trompetas pero donde las trompas, auténticas protagonistas a lo largo de la sinfonía, no lucieron al máximo aunque tampoco ensombrecieron una visión luminosa y «vital» a cargo de Lockington, elegancia en el estilo de dirigir y entender esta partitura, con los tiempos casi al pie de la letra según la traducción del idioma de Goethe con ligero acento «british»: animado, lleno de vida (Lebhaft), no demasiado rápido (Nicht schnell) o solemnemente (Feierlich), afectos y efectos, conexión desde las buenas formas con una luz hecha sonido que sin ser cegadora estuvo tamizada por la búsqueda de calidez y amalgamando texturas y dinámicas que la orquesta correspondió a la gestualidad especial del director invitado. Programa ligero y digerible con flautas que no sonaron por casualidad junto a la «conexión Lockington».

(1) Gracias a mis lectores que están en todo por la posibilidad que me dan de aprender y poder corregir fallos «on line».