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Pintando y esculpiendo sonidos

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Sábado 9 de abril, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Somió (Gijón). Recital de piano: Juan Barahona. Obras de Mozart, Schumann, Albéniz y Ginastera. Entrada: 10 €.

Volvía a esta maravilla de museo gijonés y a esa joya de Steinway© el pianista Juan Andrés Barahona Yepez (París, 1989), en una breve parada dentro de su actual formación londinense y tras su paso por el último Concurso Internacional de Piano de Santander o los recitales en la capital británica, y con un programa que continúa confirmándolo no ya como una promesa sino auténtica realidad interpretativa. Cada concierto suyo al que acudo es un paso de gigante, afrontando repertorios de enorme dificultad con los que no se arredra y aportando continuamente una musicalidad innata pero también heredada, aunque fruto de un enorme trabajo desde la pulcritud de su técnica, un sonido poderoso y un respeto hacia la partitura hasta el mínimo detalle, disfrutando en la distancia corta de lo riguroso que es con las duraciones, fraseos, pedales y sobre todo entrega en cada obra, sacándoles la esencia de su estilo y mostrándose igual de cómodo en todos los repertorios.
Si en este mismo museo y preparando el afamado concurso vecino le citaba como «escultor del piano«, este sábado primaveral lo reafirmaba como pianista total, pintor y escultor con cuatro autores genuinamente únicos y cuyo sello personal hace suyos nuestro intérprete ovetense al que «nacieron en París«.

La Sonata para piano en re mayor, KV. 311 de Mozart tiene en sus tres movimientos todo el universo del genio: un Allegro con spirito que retrata la necesaria limpieza con la que debe sonar el tema y la tensión por mantener claro y preciso el desarrollo con un empuje infatigable; el Andante con espressione es uno de los movimientos tranquilos tan mozartianos donde el lirismo y expresión flotan en cada nota, algo que Juan Barahona tiene asumido desde sus inicios, deleitándonos con un fraseo íntimo y cercano; finalmente el Rondó (Allegro) parece recordarnos el de los conciertos de piano por el impacto sonoro donde se dibuja el piano emergiendo de un lienzo ya preparado, incluyendo una cadenza meticulosa que nos hace esperar la entrada de una inexistente orquesta, sólo en la mente del prodigio salzburgués. Sonata limpia de trazo rápido para pintar un fresco impoluto de temática clásica.
Observando los cuadros las Escenas del Bosque (Waldszenen) op. 82 de R. Schumann ponían la banda sonora a un documento en primera persona, nueve imágenes claramente diferenciadas en ánimo y expresión con temática asturiana por la cercanía ambiental. Imposible detallar cada una e impresionante despliegue descriptivo desde el piano, desde la «Entrada» (Entritt) que nos pone en situación, la intriga de claroscuros en «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer), las casi impresionistas «Flores solitarias» (Einsame Blumen) o la cinegénita canción Jaglied donde el romanticismo puro de cámara saca del piano unas trompas alegres. La «Despedida» (Abschied) nos devolvió a la tranquilidad del museo tras viajar por una masa verde rota por manchas de color en unos paisajes con figuras dignos de los mejores lienzos.

La segunda parte presentada por el propio Juan tenía cierto trasfondo de homenajes y aniversarios, el de la muerte de Enrique Granados (1867-1916), quien completó en 1910 los póstumos e inacabados -solo 51 compases- Azulejos de Isaac Albéniz (1860-1909), y el nacimiento del argentino Alberto Ginastera (1916-1983) que cerraría recital.
De la amplia producción del músico de Campodrón, será la suite Iberia la obra de referencia para todo pianista, y las dos obras elegidas son en cierto modo preparación y conclusión de la misma, todo el lenguaje propio del catalán universal volcado en el piano. La Vega (h. 1887) podría figurar sin problemas como un número más, pero mantenerla independiente (la primera de una llamada Suite «La Alhambra») ayuda a comprender mejor la magnitud de los cuatro cuadernos de Iberia. Con toda la dificultad técnica y expresiva, Juan Barahona tradujo cada momento esculpiendo sonidos y difuminando contornos, dominando la masa sonora con un empleo de los pedales impoluto, unos ataques diferenciados desde la fuerza característica de dinámicas extremas que enriquecen aún más todo el universo de Albéniz. Y los Azulejos (1909) que son la reflexión póstuma a sus cantos españoles y su pasión ibérica desde el piano desde un mayor intimismo (recomiendo la lectura de Manuel Martínez Burgos en la revista del RCSMM). Ideal contraponer ambas páginas como obras acabadas, y no bocetos, miniaturas comparadas con sus compañeras de viaje pero tratadas magistralmente y dignas de exponerse independientes con el recuerdo de las demás en nuestra memoria auditiva. Si realmente no podemos encasillar a Barahona como intérprete de un autor, época o estilo, está claro que Albéniz le abrirá muchas puertas internacionales porque técnica para afrontarlo tiene y madurez solo la dan los años puesto que el trabajo no le asusta ni le detiene.

Las Tres Danzas Argentinas, op. 2 (Ginastera) confirmaron las impresiones anteriores, cómodo en cualquier repertorio, dotado de una fuerza no ya juvenil y lógica sino interior para comunicar desde el piano, los ritmos hermanos fueron el motor abstracto sobre el que plasmar un lenguaje orquestal en el «reducido al blanco y negro» del piano. Las extremas y vigorosas Danza del Viejo Boyero y Danza del Gaucho Matrero, ésta sobremanera por lo vertiginosa y virtuosística, flanquearon la cálida y milonguera Danza de la Moza Donosa, el lirismo que me recuerda La Rosa y el Sauce de su compatriota Guastavino sin palabras contrapuesto al Malambo desde las ochenta y ocho teclas, todo con el inconfundible «sello Ginastera» y la entrega del artista Juan Barahona, pintor y escultor de sonidos, dominador del color y moldeador de formas emocionales en un museo único.

Domingo para cerrar Musika-Música 2016

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Un paseo tranquilo por el Parque de Doña Casilda y al lado de la ría hasta el Guggenheim volviendo antes de la siguiente tormenta que nos precipitó hacia el Euskalduna en una mañana-tarde sin apenas tiempo para nada, solo para la música.

Domingo 6 de marzo, 13:00 horas: Kiosko Cósima, Conservatorio de Música de Calahorra,
Trío con piano: Ana Ausejo (violín), Beatriz Pérez (viola), Camila Bretón (cello), Alfo Fabo (piano): F. Schubert: Adagio y rondó concertante en fa mayor para cuarteto con piano D. 487: Rondó.

Gente joven, estudiantes destacados que se atreven a hacer música juntos con el desparpajo y buen entendimiento fruto de mucho trabajo previo donde tocar en público y templar nervios es una asignatura que superaron sin problema.
Octeto de viento-madera: Nerea Andrés (flauta), Miguel Ibáñez (oboe), Guillermo Arnedo y Ruth Arriazu (clarinete), César Calvo y Josep L. Lloares (fagot), Virginia Montes y Marta Llorente (trompa): F. Schubert: Octeto para vientos D. 72: I. Allegro, II. Andante (arr. R. G. Patterson).

Cuando la música de cámara exige escucharse además de tocar, nos deja momentos como los de este octeto y una lección para no olvidar nunca que estos jóvenes tienen muy claro, así como el necesario apoyo de las familias a las que nunca se recuerda ni agradece su presencia y empuje. No nos quedamos a escuchar el Octeto de trompas por el horario algo apretado aunque teníamos las entradas numeradas para el siguiente. Mi cuerpo necesitaba un café porque el «kiosko» era más frío que las salas, por otra parte con buena temperatura que no influyó en exceso en los instrumentos.

Domingo 6 de marzo, 13:45 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 51, Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rossen Milanov (director):
R. Strauss: Una vida de Héroe, poema sinfónico op. 40. Entrada: 10,90 €.
Remate straussiano de «nuestra» OSPA donde cada músico tuvo su propia vida de héroe en este monumental Strauss para despedir la presencia asturiana en Musika-Música, lástima la hora poco agradecida con menos público del esperado, y es que la interpretación resultó muy equilibrada y con momentos de una calidad rayando la excelencia. Nuevamente con la plantilla reforzada que funcionó como si llevasen toda la vida juntos y unos solistas que no decepcionaron en los seis números (incluso el dúo de trompetas fuera de escena), heróicos todos ellos en expresividad y fuerza. Sigue adoleciendo Milanov de precisión en las entradas (yo ya le llamo «batuta flácida»), pero logró dinámicas realmente buenas, sin estridencias, gustándome la amplia madera (excelencia de las flautas en rítmica bien encajada con oboes), todos los «bronces» y por fin la cuerda que a todos nos enamora, hiriente cuando se le pide, aterciopelada, con un Vasiliev rejuvenecido en sus solos. Ritmo frenético desembocando en La retirada del mundo y la plenitud del héroe, percusión contagiosa, trombones empujando y por las exigencias del escenario la colocación de percusión atrás y contrabajos a la izquierda detrás de los violines primeros que no restó luminosidad y puede que incluso favoreciese la sonoridad alcanzada en este Ein Heldenleben que inundó el auditorio en esta Odisea fantástica.

Domingo 6 de marzo, 15:30 horas: Auditorio Odisea, Orquesta del Conservatorio «Juan Crisóstomo de Arriaga», Maite Aurrekoetxea (directora): Obras de R. Wagner y F. Mendelssohn. Entrada gratuita.
Los músicos bilbaínos no se arredraron con las obras elegidas para interpretar en el Auditorio. Tres grandes que sonaron más que dignos: Wagner, «Lohengrin«, introducción al acto III, con unos vientos seguros y una percusión «mandando», Mendelssohn con su Sinfonía nº 4 «Italiana» de la que prescindieron del complicadísimo primer movimiento para dejarnos el II y III más que bien, algún desafine puntual de la cuerda que hasta los profesionales deben trabajar, y de nuevo Wagner con el majestuoso preludio de «Los Maestros Cantores de Nüremberg» perfecto colofón de este último concierto en la sala Odisea, realmente tal para una juventud que disfruta con la música y así será toda su vida, independientemente de su dedicación completa o no a esta difícil profesión.
Emocionante contemplar a las familias en el patio de butacas y ver a sus herederos en el escenario grande, verdadero premio a lo estudiado y ensayado, sientiéndose tan importantes como los maestros a los que han estado escuchando este fin de semana y conviviendo con otros estudiantes que han recibido su alternativa en este macroevento. Los locales son habituales del festival y no decepcionaron, con una directora de gesto claro y preciso que lleva a los estudiantes de la mano. Hay cantera de músicos porque el sacrificio tiene estos premios.

Domingo 6 de marzo, 17:00 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 70, Judith Jáuregui: Obras de Félix Mendelssohn y Fanny Mendelssohn. Entrada: 6,90 €.
Los hermanos Mendelssohn fueron los elegidos por la pianista donostiarra que exigió una iluminación más íntima para ambientar sus obras, comenzando con Albumblatt, op. 117, aplomo y fuerza de pulsación para la ligereza casi chopiniana de esta pieza de salón al igual que la Romanza sin palabras, op. 30 nº 6 (Venetianisches Gondellied), delicadeza y fraseo sentido para estas bellas melodías despojadas de un texto que la música recrea respirando.
La gran desconocida Fanny Mendelssohn a la sombra de su hermano menor nos dejó entre su amplia producción esta impresionante Sonata para piano en sol menor; impresionante la fuerza y decisión de esta sonata que explora todo el registro del universo de las 88 teclas, con una Judith cuidadosa del sonido, pedales apropiados y una musicalidad tan cercana que recreaba aquellas veladas de los románticos elevando el salón a la pequeña sala de conciertos. Y para cerrar de nuevo Félix y sus Variaciones serias en re menor, op. 54, trabajando siempre la melodía aunque se oscurezca en cada reinterpretación, ligereza y pulsación, sonido buscado hasta el detallo en estado de gracia nuestra Judith Jáuregui que sigue su crecimiento interpretativo buscando repertorios que le gustan y hace suyos con total naturalidad. Excelente punto final a nuestra Musika-Música con los hermanos Mendelssohn para descubrir un Félix virtuosístico y poderoso, más la increíble Fanny que seguirá sorprendiéndonos como la pianista donostiarra.

A las 18:05 pusimos el punto y final del «puente romántico 2016» donde Richard Strauss volvió a exigir a todos sus intérpretes, especialmente a las orquestas, y me encantó seguir a los conservatorios, así como a los pianistas. Habrá que esperar la sorpresa del año próximo aunque los tiempos parecen no estar precisamente bien para la música. Esperemos que el sentido común no sea el menos común de los sentidos y se mantenga un festival que representa convertir la capital vizcaína en un referente más allá del turismo músical.

Tarde completísima primando lo sinfónico

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Ambiente dentro y fuera del Palacio Euskalduna, una comida rápida y vuelta porque quedaban por delante más de cinco horas de música.

Sábado 5 de marzo, 17:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 19, Real Filharmonía de Galicia, Paul Daniel (director).
F. Mendelssohn: Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa». Entrada: 10,90 €.

De nuevo una orquesta de cámara que elige repertorio apropiado como la conocida «Escocesa», número ideal para evitar «males mayores» con refuerzos en pos de un espectáculo que no es tal sino un despliegue cara a la galería. Escribía yo en las notas rápidas lo de «Galicia Calidade» porque la formación con sede en Santiago nos pintó una acuarela escocesa  más que óleo, secciones bien equilibradas donde la cuerda suena lo suficiente para mantener las dinámicas en su sitio y donde las brumas del norte brillaron al mismo nivel que la orquesta y su director titular, sin batuta ni podio porque la cercanía también es física para exigir a sus músicos la máxima intensidad. Placer verle trabajar y cómo la orquesta responde siempre, contrastes de movimientos donde las indicaciones se interpretan literalmente: Andante con moto . Allegro poco agitato, Vivace non troppo, Adagio para disfrutar del sonido atlántico y Allegro vivacissimo – Allegro molto assai. No me defraudaron en absoluto aunque esta sinfonía sea siempre agradecida de interpretar y escuchar con las referencias gaiteras que tan bien entendemos todos los del llamado Arco Atlántico.

Sábado 5 de marzo, 18:30 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 41, Galdós Ensemble con Ivan Martín (piano).
R. Strauss: Cuarteto con piano en do menor, op. 13 TrV 137. Entrada: 6,90 €.

Siempre alternando sinfónico y cámara, quería volver a escuchar al canario Iván Martín con un trío de su Galdós Ensemble formado por Sheila Gómez (violín), Daniel Lorenzo (viola), Juan Pablo Alemán (violonchelo) y el citado Ivan Martín, en una obra poco conocida e interpretada, la más ambiciosa, lógico porque las dificultades técnicas son enormes y de nuevo necesario mucho tiempo de estudio previo para alcanzar la interpretación ideal. Impactante y duro romanticismo en estado puro este cuarteto opus 13 de Strauss, la «excelencia Galdós» con un trío que sólo junto a Iván Martín puede sonar así, cuatro movimientos a cual más intenso, sin respiros, con silencios subyugantes y sonoridades potentes en los cuatro, con una abundancia de ideas apabullante.
El Allegro de apertura muy elaborado y tempestuoso, alcanzó cotas y temperatura
elevada; El Scherzo con un piano decididamente straussiana, el Andante original y lírico con una melodía que pasa del piano a las cuerdas recordando a Brahms y sin cambiar el color del cuarteto y el Finale: Vivace otra vez romántico puro en ritmo sincopado, pasional e interpretado con el mismo entusiasmo de su compositor. Seguir recuperando al enigmático Richard Strauss camerístico porque la inmensidad también es necesaria.

Sábado 5 de marzo, 20:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 21, Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Hanna-Elisabeth Müller (soprano), Rossen Milanov (director): obras de R. Strauss. Entrada: 10,90 €.

No quería perderme la presencia de nuestra orquesta asturiana, representación de nuestra cultura en este segundo concierto, esta vez con dos obras de un Strauss con el que Milanov se siente muy a gusto. Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, poema sinfónico op. 28 presentaron una orquesta muy reforzada que nos ofreció un juguetón más que travieso Till, más sal gorda que maldon porque «amarrar» el poderío de una sección de metales se hace difícil y las exigencias para la cuerda se multiplican. Con todo Milanov pareció disfrutar con esta descarga sonora más atento a matizar que a sonsacar las melodías o dar entradas (alguna falsa), especialmente la que hace de motor de la obra. Tanto las trompas que están en un momento perfecto de ensamblaje como todo el metal y el entendimiento con nuestra madera siguen siendo de primera y esta fue la que marcó la intención de este grandioso poema sinfónico.

Las siempre hermosas Cuatro últimas canciones, op. 150 nos trajeron a una joven soprano alemana (1985) que promete en estos repertorios, con excelente carne en el agudo y más hueso en el grave pero dejando buen sabor «al ir a dormir» (Beim Schlafengehen) ante una obra asimilada incluso en escena, elegante en el amplio sentido de la palabra. «En la puesta de sol» (Im Abendroth) estuvo bien su dicción y musicalidad, con una interpretación no muy ayudada desde el podio, lo que por momentos la eclipsó pero una voz de la que tomo nota como «la Müller«, con una orquesta dúctil y más pendiente de la voz que nunca, don de los solistas cantaron con la misma intención que la soprano alemana.

Sábado 5 de marzo, 21:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 22, Bilbao Orkestra Sinfonikoa, Yaron Traub (director).
R. Strauss: Sinfonía Alpina, op. 64. Entrada: 10,90 €.

Nada mejor para concluir este sábado que asistir a una obra sinfónica de las que hacen época por todo el despliegue instrumental casi wagneriano al que odió y admiró el músico muniqués. Siempre reconforta escuchar el órgano del Auditorio engrosando la enorme plantilla. Podría decir que el concierto hizo cumbre alpina con ostentación sonora, disfrutando del órgano y una pletórica orquesta local con un aparentemente algo cansado Traub cuyo oficio le permitió ir marcando las complicadas intervenciones de esta magna sinfonía en veintidós números sin apenas respiro.

El llenazo se puede apreciar en la foto de la propia organización y hasta me he localizado… Público entregado a su orquesta al que no le importó la tardía hora de finalización pasadas las 22:30 de la noche. Menos mal que nosotros estábamos cerca y llegamos a tiempo de una reconfortante cerveza y una cena ligera tan exquisita como este sábado completísimo.

Salud a mis lectores y aún queda la última entrada del domingo, de nuevo siguiendo a la OSPA, a los conservatorios y a mi admirada Judith Jáuregui, que nos redescubrió a Fanny Mendelssohn. Mañana más…

Mañana de sábado con mucho Schubert en MUSIKA

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Impresiona madrugar y escuchar en algunas habitaciones músicos haciendo escalas. El desayuno hay de todo, los que prefieren algo frugal o mejor cargar fuerzas que el día se hará muy largo. Llegar a la fiesta Musika-Música de Euskalduna y encontrarse ya con las primeras colas sigue siendo buena señal.

Sábado 5 de marzo, 11:00 horas: Sala Biblioteca Shakespeare, Concierto nº 23, Luis Fernando Pérez (piano), Aitzol Iturriagagoitia (violín), Andoni Mercero (viola), David Apellániz (chelo) y Toni García Araque (contrabajo).
F. Schubert: Quinteto para piano y cuerdas en la mayor «La trucha», op. 114 D. 667. Entrada: 8,90 €.

Me gusta que los grandes pianistas no se limiten al concierto con orquesta o al recital en solitario sino que formen y participen en la música de cámara que siempre reivindico como la base de todo melómano porque también lo es de los propios compositores. Está claro que para alcanzar niveles altos de calidad en el conocido quinteto «La trucha» se necesitan años de trabajo conjunto porque no sirve solo tocar lo escrito, algo para lo que estos músicos y profesores están más que capacitados, incluso en quinteto puro para el Allegro vivace inicial donde todos son protagonistas. Los tiempos elegidos para los movimientos optaron por un virtuosismo técnico más que por la poesía que el lied original debería transmitir, en inspiración o en la cita directa del tema en las variaciones del Andantino. Mejor el cuarteto de cuerda aunque había química desde el teclado que nos dejó una trucha asalmonada pescada en aguas cristalinas, de esperar en estos profesionales que fueron como el aparejo del cuatro más una caña campeona del pianista madrileño Luis Fernando Pérez que no siempre sacó a flote el esperado pez, al menos de las medidas reglamentarias para no devolverlo al río, si bien su sonoridad y fuerza siguen impresionándonos a todos y el toque de ajuste técnico y afinación estuvo a cargo del asturiano Jesús Ángel Arévalo, un fijo en el staff de este festival.

Sábado 5 de marzo, 12:30 horas: Kiosko Cósima, Orquesta del Conservatorio Rafael Frühbeck (Burgos), Daniel Lorenzo (director).
F. Schubert: Sinfonía nº 8 «Incompleta»: I. Allegro Moderato.
Tras el necesario café escuché de fondo sonar de nuevo a Schubert y me acerqué para disfrutar con este movimiento tan bien escrito, tocado y dirigido, sorprendente calidad de unos estudiantes burgaleses con un director que vamos siguiendo de cerca. Todo ello asegura un futuro optimista en el campo musical, aunque pasemos momentos donde parece volver la sombra del pasado que recordaba Jesús López Cobos sobre que «ser director de orquesta en España es como ser torero en Finlandia«, muchos años de inversión que va siendo hora de recoger nosotros y no otros.

Sábado 5 de marzo, 13:45 horas: Sala La Trucha, Concierto nº 32, Cuarteto Quiroga: obras de  F. Mendelssohn y F. Schubert. Entrada: 6,90 €.

Si en el primero de la mañana reflexionaba sobre la necesidad de la música de cámara y el tiempo de trabajo que hay detrás de un cuarteto, no cabe duda que escuchar «el Quiroga» es siempre un placer por entendimiento, riqueza tímbrica y perfección en la forma y formación. Aitor Hevia (violín), Cibrán Sierra (violín), Josep Puchades (viola) y Helena Poggio (violonchelo) son mejor que la conocida marca de aceite, son cuatro en uno, sonoridad impecable desde una técnica siempre al servicio de la obra que tratan con un respeto digno de reflejarse, siendo reconocidos allá donde van como un verdadero fenómeno. El Andante y Scherzo para cuarteto de cuerdas, op. 81 (F. Mendelssohn) resultó ideal con esos mimbres, arranque casi coral donde todo está medido antes de un Scherzo vibrante y brillante, escuchándose todo lo escrito sin perder detalle, melodías, arcos, pizzicatti, en un enfoque global lleno de musicalidad.
Y el momento grande de nuevo con F. Schubert y su Cuarteto nº 13 en la menor «Rosamunda», op. 29 D. 804. Delicias de un ensamblado cuarteto donde los arcos parecen movidos por un solo brazo, la música que brota por doquier entendida como globalidad, un Schubert limpio, brillante y equilibrado con sentido contraste, romanticismo en estado puro que «el Quiroga» entiende al pie de la letra en cada uno de los cuatro movimientos, sin excesos y sin defectos. Es maravilloso escuchar la melodía pasar de uno a otro sin perder el color, algo al alcance de muy pocos. Referente de este repertorio aunque sin encasillarse en ninguno porque sienten todo lo que tocan y el enorme trabajo previo se nota en cada frase. Hay cuerda para rato… me perderé su cuarteto estrella «La muerte y la doncella» pero el día no da para más. Y con poco tiempo a comer algo antes del primero de la tarde.

Notas rápidas de Musika-Música 2016

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Recién llegado a casa de esta «maratón» o fiesta de la música en Bilbao que es Musika-Música este fin de semana del 4 al 6 de marzo, con 190 € en entradas (que mi «sufridora» ahí estuvo también) dejando aquí unas notas rápidas tomadas a vuelapluma, vamos tecleando en el móvil nada más terminar cada uno de ellos. Con tiempo las crónicas detalladas con sus fotos, enlaces y todo lo habitual.

Viernes 4 de marzo
19:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 2.

Contención dinámica y explosión anímica en Wagner, implosión Strauss en Euskadiko Orkestra Sinfonikoa potente y dirección clara de gesto e ideas de José Miguel Pérez.
21:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 3.

Aprovechar recursos con maestría hace «Grande» a Maestro Andretta, Orquesta Ciudad de Granada y Sinfonía de Schubert.

Sábado 5 de marzo
11:00 horas: Sala Biblioteca Shakespeare, Concierto nº 23.

​Una trucha casi asalmonada en aguas cristalinas con aparejo de cuatro y una caña campeona manejada por el pianista Luis Fernando Pérez.
12:30 horas: Kiosko Cósima, Orquesta del Conservatorio Rafael Frühbeck (Burgos), Daniel Lorenzo (director).
F. Schubert: Sinfonía nº 8 «Incompleta»: I. Allegro Moderato.

Llegué al final pero disfrutando con este movimiento y una sorprendente calidad en unos estudiantes que aseguran un futuro optimista.
13:45 horas: Sala La Trucha, Concierto nº 32.

Entendimiento, riqueza y perfección en forma y formación hacen ideales a Mendelssohn y sobre todo a Schubert, limpio, brillante y con sentido contraste.

17:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 19.
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​Calidade gallega para una acuarela escocesa  más que óleo, donde las brumas brillaron al mismo nivel que la orquesta Real Filharmonía de Galicia y su director Paul Daniel.
18:30 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 41.

R. Strauss: Cuarteto con piano en do menor, op. 13 TrV 137.
Impactante y duro romanticismo en estado puro este cuarteto opus 13 de Strauss, la excelencia Galdós con un trío que sólo junto a Ivan Martín puede sonar así.
20:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 21.

Un juguetón Till con más sal gorda que Maldon y los lieder con más hueso en el grave que excelente carne aguda pero buen sabor «al dormir» ante una obra asimilada incluso en escena. Tomo nota de «la Müller».
21:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 22.

Haciendo cumbre alpina con ostentación sonora para cerrar el sábado, disfrutando del órgano y una pletórica Bilbao Orkestra Sinfonikoa local que casi llena el Auditorio pese a la hora de finalización.

Domingo 6 de marzo
13:00 horas: Kiosko Cósima, Conservatorio de Música de Calahorra:
Trío con piano: Ana Ausejo (violín), Beatriz Pérez (viola), Camila Bretón (cello), Alfo Fabo (piano): F. Schubert: Adagio y rondó concertante en fa mayor para cuarteto con piano D. 487: Rondó. Desparpajo y buen ententendimiento fruto de mucho trabajo previo.

Octeto de viento: Nerea Andrés (flauta), Miguel Ibáñez (oboe), Guillermo Arnedo y Ruth Arriazu (clarinete), César Calvo y Josep L. Lloares (fagot), Virginia Montes y Marta Llorente (trompa): F. Schubert: Octeto para vientos D. 72: I. Allegro, II. Andante (arr. R. G. Patterson).

Cuando la música de cámara exige escucharse además de tocar, una lección para no olvidar nunca que estos jóvenes tienen muy claro.
13:45 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 51.

Cada músico de «nuestra» Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) vida de héroe en este monumental Strauss para despedir la presencia asturiana en Musika, lástima hora poco agradecida y menos público del esperado.

15:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto gratuito, Orquesta del Conservatorio «Juan Crisóstomo de Arriaga», Maite Aurrekoetxea (directora):
R. Wagner: Lohengrin, introducción al acto III.
F. Mendelssohn: Sinfonía nº 4 «Italiana»: II y III mov.
R. Wagner: Los Maestros Cantores de Nüremberg: Preludio.
Qué maravilla ver la juventud en el escenario grande, premio a lo estudiado y ensayado sientiéndose tan importantes como los maestros a los que han estado escuchando y conviviendo. Hay cantera.
17:00 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 70.

En estado de gracia​ Judith Jáuregui que nos pone el punto final a nuestra MusikaMusica con los hermanos Mendelssohn para descubrir, un Félix virtuosístico y poderoso, más la increíble Fanny que seguirá sorprendiéndonos tanto como la pianista donostiarra.

A las 18:05 salimos del Euskalduna, coche, carretera y agua… En casa alegres tras este fin de semana con «puente romántico 2016» donde Richard Strauss volvió a exigir a todos sus intérpretes, especialmente centrado en las orquestas que sumaron mi «plan», los conservatorios verdadero vivero de talento que no podemos dejar emigrar, unos pianistas consagrados que también en cámara atraviesan un momento dulce, y la reafirmación del Cuarteto Quiroga como lo mejorcito en la actualidad dentro de mi complicada elección. Mucho que contar con detalle en una semana donde la música en el Principado tampoco parará… y mi admiración a la organización que sigue asombrándome. No quiero olvidar al trompa ovetense Jorge Monte de Fez que la mañana del sábado (concierto nº 17 en el Auditorio Odisea) interpretó con la OSPA y Milanov el primero de Strauss en un nuevo hito dentro de su meteórica carrera, y a Jesús Ángel Arévalo dentro de los afinadores oficiales de este macro evento. La presencia asturiana en Bilbao sigue dejando el pabellón muy alto y puedo presumir de haber estado ahí.

Meditaciones vallisoletanas

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Sábado 13 de febrero, 20:00 horas. Museo Nacional de Escultura, Colegio de San Gregorio, Valladolid. Ciclo «Nada temas, dice ella». Diego Fernández Magdaleno (piano), Meditaciones. Obras de Fenton, Sardà, J. Alain, Kurtág, Joaquín Díaz, S. Bainbridge, Lully, H. Skempton, Benet Casablancas, Cruz de Castro, Federico Olmeda, Teresa Catalán, Francisco García Álvarez, C. Halfter, Marais, A. Grèbol y Edward Ivory. Entrada: 10 €.

Entrar en la capilla del Colegio de San Gregorio impacta por cierta austeridad unida a la comodidad de unas sillas confortables y una calefacción radiante, espacio ideal para asistir a un concierto, donde el piano, flanqueado por los primeros Duques de Lerma como magníficos orantes de Pompeo Leoni llamaban a una primera meditación de la fría tarde de sábado en Pucela.

Con el programa en la mano impresionaba ver nada menos que veinte obras de compositores variados, casi todos actuales, organizados en cuatro meditaciones, un verdadero alarde de originalidad en la composición de cada bloque con el nexo de György Kurtág (1926) en todos ellos y pinceladas históricas intercaladas entre los actuales, como notándose la faceta docente del maestro Diego Fernández Magdaleno (1971) que es capaz de preparar conciertos siempre únicos y muy trabajados en el marco ideal, como el reciente del Instituto Cervantes de París, esta vez con unas músicas para meditar no ya sobre Santa Teresa sino sobre nuestra historia, también la musical, incluso de la actualidad plegada a pie de calle.
Porque el pianista riosecano, Premio Nacional de Música 2010, un humanista de nuestro tiempo, escritor y músico, hila siempre fino y sabe engarzar verdaderas perlas buscando ofrecer momentos para meditar, un embajador de nuestros compositores vivos, equiparándolos con los eternos y los olvidados, igualando en la música categorías vanales de prioridades o gustos para defender partituras con un dominio y expresión como sólo Diego Fernández Magdaleno es capaz de interpretar. Incluso el nexo Kurtàg cuyos 90 años podemos comenzar a celebrar toda esta temporada, esperando siga regalándonos obras como las escuchadas este sábado.

«Meditación I» uniendo ingredientes aparentemente incompatibles pero cocinados en el orden perfecto para este primer pensamiento de atemporalidad, comenzando con un Veni Sancte Spiritus espiritual de George Fenton (1950), seguido por Amor y humor de Albert Sardà (1943), donde la fuerza de los sentimientos toma forma en una ejecución impactante estrenada por el propio painista vallisoletano, un breve respiro «organístico» con El niño Jesús va a la escuela de Jehan Alain (1911-1940), recuerdo infantil sobre el teclado de alguien todavía cercano desde la lejanía, el toque breve y profundo de Somos flores… (1b) de Kurtág que daaría para un tratado sobre la expresividad máxima con recursos mínimos, y la tierra común de Joaquín Díaz (1947), La rosa enflorece cual deseo de olvidar distancias cronológicas, incluso religiosas, y convertir la música atemporal en ideario vital.
«Meditación II» con aumento de tensiones y reflexiones interiores, desde las Campanas de Simons Bainbridge (1952) que resonaron pianísticas en la capilla, el recuerdo francés de J. B. Lully (1632-1687) con una Zarabanda (en transcripción de Marie Bertin) llena de sonoridades violagambistas en un piano universal que se pliega a los lenguajes sin acentos, el Versetto: Temtavit Deus Abraham breve Kurtág porque no puede condensarse más en menos, nueva Reflection 2 esta vez de Howard Skempton (1947) y el admirado Benet Casablancas (1956) Come un recitativo, compositor unido al intérprete como todos los españoles de nuestro tiempo que Diego recrea y engrandece en este segundo bloque.

«Meditación III» de la amistad y el trabajo, obras de la vida y rescate del olvido, Carlos Cruz de Castro (1941) con el Preludio IV, un Andante religioso de Federico Olmeda (1865-1909) inmenso, necesario de interpretar en un espacio desacralizado devolviéndonos autores «ninguneados» con obras capaces de firmarlas sus compañeros de Olimpo, este músico presbítero de Burgo de Osma, folklorista burgalés recuperado por el zamorano Joaquín Díaz de la primera meditación, y recreado por el pianista de Medina de Rioseco, la música de Castilla al piano; el Tiento de tantos tonos (2011) donde Teresa Catalán (1951) juega con la tecla del siglo de oro para traerla a la era digital con los mismos mimbres de antaño pasados por la óptica abierta de los compositores a los que Diego da voz, se entrega, engrandece con mimo por el sonido, matices inconmensurables y profunda reflexión con el punto de inflexión Kurtág Somos flores… (2) antes de Partiré en silencio del cántabro Francisco García Álvarez (1959), interesantísima partitura donde la evolución e involución se dan la mano, lenguaje abstracto que lleva a la pura melodía coral antes del terrible conflicto interior de una partida silenciosa hecha música cercana incomprensible solamente para los inmovilistas de espíritu, de nuevo (re)creado por un Diego Fernández Magdaleno irrepetible.
«Meditación IV» de los grandes, el culmen del concierto donde todo parece encajar del papel al piano, lo antiguo y lo nuevo, padres e hijos, atemporales e imperecederos, herencias actuales y sueños eternos, Cristóbal Halfter (1930) Contando una historia, Kurtág … flores… también las estrellas iluminando el retablo y la capilla renacentista, Marin Marais (1656-1728) La soñadora, Savall en el subconsciente colectivo de intérprete y público, hasta en el título buscado, Armand Grèbol (1958) Fantasía, compositor diría que fetiche para Fernández Magdaleno por las sinergias entre ambos, y Edward Ivory (1985) Resonancia (J. S. Bach, Quédate con nosotros Señor), la paleta de las teclas y el cuadro bachiano leído desde la juventud de un estreno cercano por el propio Diego, crisol y tamiz en el universos de las 88 teclas con un piano que sonó siempre poderoso  (pese al tamaño) e íntimo, conjunción ideal para entorno y título de un concierto irrepetible con el magisterio de Fernández Magdaleno.

Foto © Diego Fernández Magdaleno

Todavía hubo tiempo de escuchar de nuevo a Skempton Extremely quietly en un cuatro por ocho que hizo sonar las piedras.

Mozart y Say

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Lunes 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Fazil Say (piano y dirección), Camerata Salzburg, Gregory Ahss (concertino). Obras de F. Say (1970) y W. A. Mozart (1756-1791).

Muchos huecos entre los abonados para un concierto en lunes de carnaval (en Valencia lo disfrutarán el martes) que supuso una apuesta sobre seguro al programar de nuevo a la Camerata de Salzburg seis años después con un pianista y compositor que no deja indiferente a nadie como es el turco Fazil Say (Ankara, 14 de enero de 1970) que debutaba en Oviedo. De gestualidad exagerada y tics habituales en muchos intérpretes, pero además en su faceta de creador abriendo y cerrando el programa que compartía con el genio de Salzburgo como solista de su poco escuchado Concierto nº 12 más la conocida Sinfonía 29 con una formación de cámara que impacta por calidad y musicalidad. Podemos decir que más que dirigirla, Say dejó que los austriacos escuchasen su interpretación para que la música les guiase, por otra parte muy académica, con cuerda, dos trompas y dos oboes (un percusionista para la última obra) bien comandada por un concertino de primera fila como es Ahss.

De Mozart solo excelencias, una Sinfonía nº 29 en la mayor K 201 (1774) abriendo la segunda parte para disfrutar cada uno de los cuatro movimientos por sonoridades increíbles en todos (momentos donde las violas sonaron a flauta), por una energía nunca desbocada desde una gama dinámica portentosa, incluyendo el viento, una limpieza de ejecución más que digna para los de Salzburgo, y unos tiempos ajustados con un sentido musical puramente clásico. Si un par de días antes me quejaba de la ausencia de un sonido propio ante la primacía de la cantidad, hoy la calidad permitió degustar el «sonido Mozart de Salzburgo» que refleja la biografía incluida en el programa, con unas excelentes notas de Alberto González Lapuente. Impecable la sucesión de temas y movimientos de esta sinfonía tan emocional y galante de un genio con 18 años que don Leopoldo prefería no dar a conocer por no estar a la altura de su hijo, con ese final verdaderamente «spiritoso», escuchando todas las notas en una cuerda con impronta. Un soplo de aire fresco en aquellos años de suplicios con Colloredo que la Camerata de esa ciudad sintió como propia.

Cerrando la primera parte escuchamos el Concierto para piano nº 12 en la mayor, K 414 (1782) con un Fazil Say que pareció descolocar al público ante sus poses, primero de espaldas, como ajeno a la orquesta hasta que comenzó su intervención, limpieza en cada nota, presencia sin excesos y sobre todo un fluir que contagiaba a sus acompañantes, más protagonistas si cabe con esta obra de la que se el propio Mozart deja escrito que es «la exacta vía intermedia entre lo demasiado difícil y lo demasiado fácil» (carta a su padre del 28 de diciembre de 1782), pero que el turco Say aparentó lo segundo desde lo primero. Impresionante verle levitar por momentos sobre los pedales, manejo siempre al servicio del sonido, claro, ausente donde la pulsación da la duración exacta, con una primera cadencia en el Allegro que por personal no dejó de mantener el espíritu mozartiano en ningún momento y arropado por terciopelo con filigranas doradas. Del Andante como si quisiese dirigirse a si mismo, manos que cantan sin tocar, musicalidad hasta en los silencios, sentado en posiciones por momentos incómodas a la vista, la suya perdida en el infinito pero encontrada en unos trinos terrenales, asentados, y unos fraseos entendidos por la camerata fusionada con el solista. Y el Rondeau: Allegretto verdadera explosión contenida, incluso optando por cadencias nada largas para no perder la esencia del genio, ya vienés universal, a medio camino entre «la música de cámara sin interiorización y la música orquestal sin amplitud» que escribe González Lapuente.

Del Say compositor dos muestras del dominio tímbrico, rítmico y narrativo. Abría concierto su Chamber Symphony, op. 62 (2015) para orquesta de cuerda de la que Camerata Salzburg exprimió todo lo reflejado en la partitura, encargo a su vez de la Orpheus Chamber Orchestra y de la que el compositor reconoce su inspiración en la música de su país, «penetrar en las complejidades de la actual Turquía, y en una cierta introspección transmitida mediante el ritmo y la tonlaidad». País en la encrucijada Oriente – Occidente que la música de su compositor parece transmitir desde los compases y contrastes de tiempo hasta la nostalgia de una Constantinopla tan brillante y oscurecida en la historia, hasta llegar al Estambul de hoy, gitano, enérgico y turco desde nuestra «óptica auditiva europea», tristemente cerrada a unas culturas que también musicalmente siguen aportando mucho (mi recuerdo para la obra del franco-libanés Bechara El-Khoury). Una obra impactante, con toques minimalistas y sonoridades muy de nuestro tiempo.

Punto y aparte merece Silk Road (Concierto para piano nº 2), op. 4 para piano y orquesta de cuerdas más gong, la Ruta de la Seda que tanto ha inspirado a los artistas a lo largo del tiempo, un viaje de China a Europa y África aquí reflejado en cuatro espacios o movimientos: Tibet, India, Mesopotamia y Anatolia con un tratamiento abstracto a partir del conocimiento del folklore que el propio Fazil Say realizó en Berlín, cuatro movimientos con una nota pedal constante ejecutada por la contrabajista a la derecha del escenario y el gong separando cada etapa, más un piano lleno de exotismos buscados en la manipulación de las cuerdas, los apagadores, incluso tocando directamente sobre ellas evocando cordófonos asiáticos, toda una apuesta sonora donde el intérprete se vistió para ella y ejerció de mago más que director para ir dirigiendo este viaje a la misma cuerda capaz de sorprender con Mozart o Say. Imposible expresar las sensaciones en casi veinte minutos de obra y mejor (d)escritas en las ya referidas notas al programa de González Lapuente, dejando al final el vídeo con la Academy of St. Martin in the Fields en Kiel del año 2011.

La propina del propio Fazil Say solo con el piano dejó aromas de Mompou o Esplá, el mismo Mediterráneo hecho música, en la línea de su capacidad improvisatoria y podemos disfrutar mucho más en su web oficial así como en el canal de YouTube, la mejor plataforma para dar a conocer una música que no deja indiferente y menos cuando los intérpretes tienen la calidad de una camerata con el propio compositor al frente, al que me encantaría escuchar con Patricia Kopatchinskaja porque sus dúos son para no olvidar.

That’s entertainment

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Sábado 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, WDR, Wayne Marshall (piano y dirección). Obras de G. Gershwin y L. Bernstein.
Como dice el título en inglés «That’s entertainment», eso es entretenimiento, un concierto para disfrutar con una música siempre cercana a nuestra memoria cinematográfica con dos compositores norteamericanos que entendieron la música popular del jazz para elevarla a categoría sinfónica desde unos arreglos realmente agradables de escuchar, esta vez con una orquesta alemana que parecía no de Köln sino de Hollywood, con una plantilla algo corta en la cuerda pero que cumplió con las expectativas de un programa diríamos que ligero, capitaneados por el organista, pianista y director británico Wayne Marshall, especialista en los dos compositores que hoy traía al Auditorio de Oviedo dentro de una gira que llegaba de Barcelona, supongo que por «encajarlo» en las llamadas jornadas de piano, aunque lo único con el instrumento de las 88 teclas solista sería la Rhapsody in Blue tras la obertura Of thee I Sing que supo a poco pese al éxito de todo el musical, y antes de lo que los anglófonos denominan «Medley» y nosotros popurrí, que comentaré más adelante.

Con una cuerda sedosa, abundante percusión, maderas donde no podían faltar los saxofones y el propio Marshall dirigiendo y tocando la «rapsodia» este «concierto» de piano tuvo dos momentos álgidos precisamente en los solos «made in Wayne» cargados de buen gusto jazzístico, distintos de las múltiples versiones que atesoro (la de Michel Camilo es referente para mí junto a la de Gabriela Montero, con el género de la improvisación tan antiguo como la propia música), llevando las melodías de Broadway con unas armonías delicadas bien marcadas, así como unos tiempos rápidos sin perder nunca el «swing» y dejando que la orquesta alemana demostrase la calidad de sus integrantes desde el solo de clarinete inicial. Difícil tocar y dirigir que el músico británico, dominador de todo el concierto (memorizado en su integridad), llegó a contestar tocando de pie sin perder detalle en una obra donde el solista tiene dificultades técnica y de carácter. No es el pianista y organista de color uno de esos intérpretes de fuerza en las dinámicas (con orquesta deberían ser algo mayores) ni de sonido cristalino (en los arpegios quedó algo opaco) pero su versión de la rapsodia fue notable, sobre todo por la visión global, impetuosa y cercana de una obra siempre actual con una instrumentación rica en colores aunque con la balanza caída hacia el carácter.

Con el título de Gershwin in Hollywood Robert Russell Bennet (1894-1981), un gran músico siempre en la sombra, orquestó esta suite de concierto con ocho conocidos temas de los hermanos Gershwin que hemos escuchado en tantas películas y documentales, todo muy bien analizado en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, donde no faltó «El amor llegó para quedarse» de la conocida película y musical Un americano en París, instrumentaciones muy «americanas» y canciones bien enlazadas para dotar de unidad idiomática en el amplio sentido este repertorio que también se denomina de «standards«. Bien los alemanes que tanto les gusta el jazz (no faltó el banjo), con calidad y calidez para esta música hoy sin palabras de George Gerswhin.

Un músico completo fue Leonard Berstein, el gran Lenny que destacó en todas las facetas (también interpretó y dirigió la «Rhapsody») y donde la composición nos ha dejado páginas únicas que rompen etiquetas, caso de West Side Story o Candide, versiones en cualquier soporte y escena con fuentes cercanas tanto a Gerswhin y el jazz como a Copland o lo mejor del music hall, su forma de entender el espectáculo total, concepción de la ópera popular, opereta en cuanto a la cercanía contrapuesta a la «seria» que parece irreconciliable con ese letrero de «música culta» que los puristas no perdonaron (ni perdonan) todavía en este siglo XXI. Mejor interpretación de unas partituras llenas de matices, contrastes, ritmo y siempre la popularidad desde la calidad.
Las «Danzas sinfónicas» de West Side Story mostraron el dominio que Bernstein tenía del lenguaje orquestal, revisión de 1961 para unir nueve secciones de su musical tras la orquestación que Ramin y Kostal hicieron para la película que nos hizo enamorarnos de Natalie Wood, dejando la música pura capaz de mantener el dramatismo del argumento shakesperiano. Un placer escuchar los temas por unos alemanes a los que Marshall deja disfrutar, con un Mambo realmente latino y técnicamente sinfónico a más no poder.
Otro tanto podríamos decir de la suite de Candide, obertura incluida, que la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia eleva a la categoría de culta con una ejecución impecable en todos los números y una química con el maestro británico al que especializarse en estos repertorios le da la autoridad demostrada en unas interpretaciones de indiscutible calidad.
Entretenimiento ideal para una tarde de sábado y cual cambio de menú que los melómanos agradecemos, aunque ya saben que me declaro omnívoro. El regalo con la orquesta «sola» y Mr. Wayne al piano (lástima no tener órgano como en Barcelona) como un músico más, todo un refresco.

Como en casa

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…

Eterna juventud

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Miércoles 13 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mitsuko Uchida (piano y dirección), Mahler Chamber Orchestra. Obras de Mozart.

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Nada mejor para comenzar el año que Mozart, el joven eterno que nos transmite esa vitalidad indescriptible, y con una de las grandes del piano, Mitsuko Uchida, madurez juvenil que sigue siendo referente en la interpretación del genio de Salzburgo, en gira con la MCO plena de jóvenes músicos donde también había representación española (seguimos formando y exportando), calidad, cercanía, vitalidad, complicidad con la Maestra en un número ideal para los conciertos elegidos, y contagiosa alegría haciendo de Mozart una verdadera fiesta sobre el escenario de un auditorio que no se llenó como merecía este esperado concierto.

El concertino israelí Itamar Zorman lideró el Divertimento en Si bemol mayor «Sinfonía Salzburgo», K137 (K125b), que sirvió como tal entre los dos grandes conciertos solistas, al frente de la sección de cuerda que sonó realmente camerística como si del cuarteto original se tratase, empastada, de sonido brillante y claro en una obra del joven Mozart con tres movimientos ligeros y frescos, especialmente el conocido Allegro di molto central para disfrute interpretativo, compuesto aún en Salzburgo ya con ese sello personal para completar un programa donde piano y pianista fueron los verdaderos protagonistas.

Y es que Mitsuko Uchida mantiene un idilio permanente con Mozart del que parece absorber su energía juvenil más allá de su atuendo siempre etéreo cual ángel a punto de levantar el vuelo, controlando todo desde el piano con una química y entendimiento cercano además de cómplice con sus jóvenes acompañantes, lo que permite tener el control total en cualquiera de los conciertos que interprete, en esta gira dos de la época vienesa que analiza perfectamente Juan Manuel Viana en sus notas al programa.

El Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor, K453 tiene una orquestación donde el trío de madera (flauta, oboe y fagot) presenta momentos sublimes perfectamente ejecutados por unos intérpretes de primera, bien contestados por el dúo de trompas (a pesar de algún problema en los saltos de octava) y sobre todo por una cuerda que daba gusto escucharla, coprotagonista siempre con el piano de Mitsuko Uchida, tímbricas increíbles junto a dinámicas asombrosas por parte de todos, ejecutado con una limpieza cristalina para saborear cada movimiento y paladear las cadencias de la Maestra. Si personalmente disfruto con los movimientos lentos (y el Andante fue una lección de intimismo), los rápidos de la japonesa afincada en Viena representan otro mundo que cautiva por su empuje y energía sin perder nunca una sonoridad clara desde la precisión y dominio total de la obra. La transición del Allegretto al Presto en el tercer movimiento contagió su vigor a todos los presentes, obligando a la artista a salir al escenario casi sin esperarlo ataviada con un mantón para aliviar la diferencia de temperatura. Mientras sus jóvenes nos «divertían», ella se metió en la sala de cámara donde había otro piano para mantener sus dedos en estado óptimo para la segunda parte, lo que nos da una idea de cómo entienden y sienten la música estos genios.

El Concierto para piano y orquesta nº 25 en do mayor, K503 tiene de sobrenombre «Emperador», homónimo del beethoveniano en parte por la majestuosidad global, desde la elección de la tonalidad hasta la evolución de los tres movimientos que parecen estar presagiando ya el romanticismo, incluso con una rítmica digna de su continuador en Viena, sin olvidarnos del tema secundario que recuerda la famosa Marsellesa compuesta cinco meses después de la muerte de Mozart. Añadiendo timbales y trompetas (naturales) a la orquestación del 17, nuevamente Mitsuko Uchida dominó de principio a fin, con los tiempos exactos para escuchar todo lo que está escrito, asombrar con sus trinos, dejarnos unas cadencias que la orquesta contestaba con la misma intención y equilibrio de planos escuchados en el piano, respeto por la partitura que marca diferencias con otros intérpretes reconocidos, pero sobre todo la mencionada complicidad y control de cada momento, pisando a fondo y frenando afectos sin perder intensidad emocional.

Un placer escuchar este debut en las jornadas dedicadas al piano y además con Mozart que también fue regalo solitario en otra lección magistral: el Andante de la Sonata en Do K545 que iba devolviéndome juventud al escuchar y seguir mentalmente una partitura que estudié con verdadera fruición y me descubrió la dificultad de ejecutar el engañoso y aparentemente fácil Wolfgi, un genio que nos dejó pese a su juventud un catálogo sin par. Su música sigue contagiando vida y produce ese vampirismo casi adolescente tanto a sus intérpretes como al público.

©Foto Web

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