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Balances y avances

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Ya finalizando julio, donde todavía queda mucha música, y antes de «cerrar» por vacaciones, me gustaría hacer un balance rápido de la temporada que finaliza, siempre muy rica en Oviedo donde somos privilegiados de contar con una oferta de primera en cuanto a cantidad y calidad.
Quiero comenzar comentando la celebración de las Bodas de Plata de «nuestra» OSPA, aunque sus orígenes, como así se recordó en el último concierto, sean republicanos y todavía haya algunos maestros vivos de unos orígenes que han mantenido una orquesta histórica en nuestro Principado. Como viene siendo «norma» se ha optado, como la mayoría de orquestas españolas,  por una programación que aúna repertorios «imprescindibles» para público y músicos, con obras menos habituales donde no faltaron los estrenos. Igual que en botica o en grandes almacenes, hubo de todo, si bien lo nuevo al carecer de referencias en nuestro recuerdo o memoria auditiva, hace más difícil juzgar las interpretaciones. Me preocupa la poca asistencia en el auditorio incluso de abonados habituales, desconociendo las razones, aunque pueda intuirlas.

El titular, que tampoco dirigió muchos programas, ha ido desencantándonos a muchos y de algunos desaguisados mejor no hablar porque ya está reflejado en su momento. Me quedo con la apuesta que ha supuesto Link Up, cuatro años y preparando el quinto, en cuanto a movilizar a más de veinte mil escolares asturianos para hacer música juntos, labor didáctica y de futuro que no podemos perder si deseamos un siglo XXI con nuevo público que entienda y disfrute de la música en general y la sinfónica en particular. De los 16 conciertos de abono en la capital, parece haberse aparcado la idea gastronómica y pediría más publicidad para las conferencias en colaboración con la Universidad de Oviedo por lo que suponen de acercamiento al concierto posterior, mucho más que las notas al programa (este curso se han recuperado las revistas que siguen siendo necesarias aunque los costes aumenten el siempre ajustado presupuesto). Se ha mantenido al maestro Lockington de principal director invitado así como otras batutas conocidas con resultados desiguales, a los que sumar una larga lista de solistas invitados donde no han faltado los primeros atriles de la OSPA, apostando por los de casa que no desmerecen nunca. No quiero olvidarme de la aportación a la temporada de ópera que pese a privarnos como abonados de una continuidad en la temporada, es la «financiación asturiana» a la segunda temporada más antigua de España y pone el nivel alto en un foso compartido con la OFil.

Del ciclo Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» globalmente todo un éxito en cantidad y calidad, 19 conciertos más el de Lang Lang fuera de abono, apostando sobre seguro con figuras que aseguran llenos frente a otros que «equilibran» una oferta que supone no ya un atractivo cultural de primera sino enriquecer nuestro «Paraíso Natural» y generar un tejido económico que aún debe explorarse más a fondo. La Oviedo Filarmonía, además de su participación en las temporadas de ópera y zarzuela, supone el ropaje ideal para cantantes y solistas que van conociendo la madurez y flexibilidad de una orquesta originariamente «de foso» pero creciendo con los años, aunque nuevamente la titularidad parezca distanciarse de lo que cualquier melómano desea para una orquesta como la ovetense.

Tanto la temporada de ópera como la de zarzuela han ido ganando públicos jóvenes, espantando a los «conservadores» que desean figuras mundiales, con las que no podría mantenerse el actual nivel, apostando también por repartos «noveles» que también sirven de aprendizaje con las voces principales aunque siempre echamos de menos algunas, siendo algo preocupante constatar cierta continuidad en algunos de los elegidos que no van parejos a la «calidad» esperada, echando de menos otras que parecen olvidadas para las temporadas carbayonas cuando no desaparecidas, mientras algunas hacen dobletes en el Campoamor.

De los gestores supongo que daría para mucho, algo como con el fútbol y el seleccionador, pero intuyo que cierta «comodidad» da la impresión de evitar buscar, optando por castings cerrados donde hay de todo. Como subida al carro que en cambio ha resultado muy positiva, en este caso con el CNDM el ciclo «Primavera Barroca» plenamente asentado y con público fiel además del joven al que esta música parece llegarle mejor que la sinfónica, con un avance para 2017 que promete mantener alto el listón, sin dejarme en el tintero el Ciclo de Música Sacra «Maestro De La Roza» que llena Noviembre de músicas e intérpretes singulares y este otoño llegará a su décima edición, todo un hito que demuestra el trabajo bien hecho con mucho amor por la música a pesar del poco dinero con que cuentan, pero el público se ha volcado y «algo tendrá el agua cuando la bendicen«.

De la Temporada 2016-17 ya conocemos fechas, intérpretes y autores, comenzando por la OSPA (que estará en el FIS el próximo 1 de agosto), arrancando el 14 de octubre con 15 conciertos de abono que traerán nuevas batutas además de las conocidas como Bayl, Rasilainen, Rubén Gimeno, J. R. Encinar, Víctor Pablo Pérez que es casi de casa, junto a Oliver Díaz o Pablo González (que estrena la figura de colaborador artístico) y solistas de casa como Andreas Weisgerber, Maximilian von Pfeil o Juan Barahona, además de Leticia Moreno, Jesús Reina o Ning Feng, más los «aportados» por directores que trabajan con otras formaciones y nos «descubren» figuras que triunfan en otros escenarios, también al otro lado del charco, nuevamente con repertorios equilibrando novedades y tradición, destacando los compositores españoles Jesús Torres, Marcos Fernández y Consuelo Díez junto a Mason Bates en contraposición a la interpretación de la novena sinfonía del avilesino Ramón de Garay (1761-1823), un clásico que en La Villa del Adelantado llevan años recuperando.

Mención especial para los 20 Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que harán volver a Oviedo los grandes Sokolov, Volodos, Pogorelich además del «debut» de Martha Arguerich en la capital junto al último triunfador de Santander, Juan Pérez Floristán, además de «las mezzos divas» Bartoli y Di Donato, también conocidas en Oviedo, sin perder de vista los «fichajes» de Bryan Terfel y Piotr Beczala con la OFil, así como Nathalie Stutzman en la batuta… porque 125 años del Campoamor no podían olvidarse de las figuras actuales aunque sean en recital, sin olvidarnos de formaciones y solistas de primera (Akademie für Alte Musik de Berlín, Orfeus Chamber Orchestra con Alisa Weilerstein, Renaud Capuçón o el nuevo espectáculo de Daniel Hope, así como el Cuarteto Brodsky con la Sinfónica de Guanajuato) que traerán a Oviedo melómanos llegados de todas partes.

Y es que la temporada del coliseo carbayón sigue su línea, ópera y zarzuela con las dos orquestas en foso y dos coros solventes como el propio de la ópera (con Elena Mitrevska de nueva directora) más la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo». Aún no conozco el próximo festival lírico, recién finalizado el actual pero sí la LIXX Temporada, con un estreno nacional, Mazepa de Tchaikovsky combinado con los «imperdibles» Mozart, Verdi, Bellini y Gounod, volviendo a los viernes jóvenes donde los repartos de «cover» siempre preparados para cubrir bajas inesperadas, tienen su protagonismo. Los años anteriores he intentado no perdérmelos por el aire fresco y calidad que los «primeros repartos» no siempre tuvieron. Gijón se ha sumado a la oferta y esperemos continúen las entradas de última hora ¡a 15€! y las proyecciones en pantalla gigante que están llevando la lírica a lugares y públicos que probando seguro repiten en vivo, algo constatable por quien suscribe.

También haremos escapadas puntuales como a la vecina y cercana León donde el órgano Klais de «la Pulchra» seguirá sonando muchos jueves antes del sabatino vermut madrileño, además de conciertos gratuitos donde el pago es el peaje del Huerna y la cola obligada, pero están a poco más de una hora, así como la fiesta del Euskalduna bilbaino. Continuaré jugando todas las semanas a la Primitiva porque mi ilusión es viajar con la disculpa de la música, aunque con ella podamos hacerlo sin movernos de casa.

Seguimos con gobierno en funciones y hay dudas sobre la magnitud de los «obligados» recortes donde la cultura seguida o unida a la educación parecen estar en primera línea de fuego, así que viendo el curso que se avecina, toquemos madera y digamos aquello de «que me quede como estoy». Mientras tanto, a disfrutar de agosto y hasta la próxima…

Ascenso de la viola de Gestido

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Jueves 21 de julio, 20:00 horas. Oviedo, Claustro del Museo Arqueológico: Festival de Verano: Cristina Gestido (viola), Gala Pérez (violín), Ana Nebot (soprano), Luis Parés (piano). Obras de Mozart, Weber, Brahms y Piazzolla. Entrada libre.

En una reciente entrevista para el diario El Mundo, la navarra Isabel Villanueva decía que «a la viola le falta un Paganini o un Paco de Lucía» reivindicando su instrumento y citando referentes del violín o la guitarra flamenca. Cristina Gestido (Oviedo, 1983) toca la viola, un instrumento maduro que parece un violín grande, curiosamente el más humano (aunque «su hermano chelo» se haya apoderado de esa expresión) pero también la guitarra eléctrica además de una reconocida cantautora, siendo más famosa para algunos como la única española en la orquesta que acompañó a Sting o en su vertiente «rockera» en vez de un larguísimo currículo donde Londres sigue siendo su ciudad habitual desde hace más de una década tras un breve paso por nuestra OSPA. Seguimos exportando talento aunque el «Brexit» hará perder mucho capital humano de calidad.

La propia Gestido reconocía hace poco en el digital La Voz de Asturias: «me salgo un poco de la norma de la clásica y un poco de la del rock«, aunque en este nuevo concierto del festival del estío carbayón optó por la primera, rodeándose de amistades para abordar un programa variado y espléndido en el doble sentido de compartir, la escena y la excelencia por las interpretaciones, siendo la anfitriona en esta visita a casa para reencontrarse con compañeros y lugares que la música hace comunes y duraderos.

La violinista Gala Pérez Iñesta (Burgos, 1982) titulada en Oviedo y tan internacional como Gestido, es otra buscadora de nuevos caminos con el Trío Pérez Iñesta, fundado allá por 2002 en Palma de Mallorca y desde 2012 cuarteto con el chelista leonés Luis Zorita, otro músico emigrante e igualmente ligado a Asturias. Y es que la burgalesa no podía faltar a este encuentro con nada mejor que Mozart para hablar un mismo idioma: el Dúo para violín y viola en sol mayor nº1, K. 423, mano a mano puramente vienés de «dos hermanas» que en los tres movimientos (Allegro, Adagio, Rondó: Allegro) parecían comentar historias y experiencias con total naturalidad, sin quitarse la palabra, alternando protagonismo en un diálogo sin más disculpa que la propia música, enorme y exclusiva del austriaco universal, mínimo esfuerzo aparente y máxima entrega de dos amigas, la aguda y la grave como una sola en momentos indescriptibles y sin más compañía.

Ovetense que ejerce de ello, luchadora y con música en vena como la propia capital asturiana, la soprano Ana Nebot compagina docencia y escena, trabajo permanente, viajera con parada «obligada» en París antes de volver a la tierrina, pero sobre todo puro amor por la ópera, a la que pone la sinceridad que dice le falta, desde el programa de la televisión autonómica «Manos a la ópera» traído este jueves en formato reducido y en vivo con el piano de Luis Parés, un ítalo venezolano también de paso por Londres, solvente, seguro, muy reclamado como acompañante y con la propia Gestido a la viola, para contar y cantar Einst träume meiner sel’gen Base, el aria de Ágata perteneciente a «El cazador furtivo» (considerada la primera ópera romántica) de Carl Maria von Weber, registro y color ideal para nuestra cantante en un alemán perfecto, con detalles como girarse para las dos alas del claustro y así escucharla sin cortapisas, escena y voz arropada por dos compañeros en segundo plano enriqueciendo esta aria bellísima que corrobora un momento vocal de madurez donde la elección del repertorio es tan importante o más que la técnica.

Tras estas amigas invitadas, volvería la Gestido protagonista con Parés, la violista para disfrutar casi nueve años después, el sonido maduro y la interpretación viajera que deja poso como la propia vida, primero Brahms y su Sonata para viola y piano en fa menor nº 1 op. 120, página inicialmente compuesta para clarinete pero que con el arco alcanza el color vocal y la tensión en sus cuatro movimientos (1. Allegro appassionato / 2. Andante un poco adagio / 3. Allegretto grazioso / 4. Vivace), romanticismo en los dos instrumentos con el piano tan del hamburgués, casi de lied en esta sonata donde la indicación de los aires sirve de calificativo para lo escuchado, casi cantado en arco, fraseo, presencia e incluso silencio: apasionado, andando lento y tranquilo, gracioso y vivaz, mientras Irene, mi sobrina de nueve años, se enamoraba de esta música que llenaba el claustro que seguía embutida en la lectura (me lo comentaría nada más terminar, con charco de baba por parte de su tío que la traía otro verano más a disfrutar en la capital).

Los habituales del blog conocen mi debilidad por Don Astor Pantaleón, y en 2009 escribía también de Le grand Tango con estos mismos intérpretes en un concierto casi privado celebrado en el defenestrado Centro Cultural CajAstur de Mieres: «totalmente volcados con la obra, el piano consiguió imprimir no sólo el tempo porteño o la dinámica del bandoneón sino convertir el teclado en una orquestina rioplatense tan protagonista como la viola, ya sin ataduras de papel (facilitando la interpretación, de memoria) cantabile y arrastrá si se me permite la expresión, que el tango reinventado por el gran Piazzolla destila en cada nota y que ha dado geniales versiones más con cello que esta de hoy con viola, aunque no por ello menos agradecida ni fantástica, al menos para un servidor que no pudo sino soltar un merecidísimo ¡Bravo! nada más concluirla.
Todo un privilegio asistir a esta sesión casi familiar con un dúo que demostró no sólo profesionalidad sino compenetración y pinceladas de maestría
«. El tiempo nos ha dado hondura, perspectiva y más carga en la mochila del recuerdo, dejando todo lo escrito como entonces pero debiendo añadir que como un tango bien bailado no levanta los pies de la tarima, casi deslizando las suelas sobre ella como el arco de la viola, el hombre guía con maestría el contoneo sensual de la mujer, piano masculino y viola femenina, duelo, suelo y vuelo pero sin despegarse, ascenso sin aire, solo el porteño de mi recordado barrio de La Boca con la banda sonora en vivo de dos artistas.

Bertolt Brecht con Kurt Weill escribieron la ópera en tres actos «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny«, pero antes trabajaron varios números, el Mahagonny-Songspiel también conocido como Das kleine Mahagonny (El pequeño Mahagonny), obra de concierto para voces y pequeña orquesta donde aparece la «Canción de Alabama«, un verdadero regalo de Gestido y sus amistades, cabaret alemán en el trazado gótico del claustro, estilos de entonces y de ahora como rag-time, jazz y contrapunto formal, canción en el común inglés (Alabama Song) dentro del texto alemán de la ópera, y que ha sido interpretada por diversos artistas como The Doors, David Bowie o Marilyn Manson. Porque Cristina también conoce versiones y épocas, escenarios y estilos atemporales donde el vestido arropa el mismo cuerpo haciéndolo parecer distinto, y así con Gala poder tocar como en Mozart y hacer los coros a una Ana nuevamente acertada, pletórica y en su salsa, con Luis de pianista irremplazable, omnipresente sin molestar jamás, que acabó de envolver este presente de Gestido recorriendo el mundo del que todos fuimos partícipes, sin caídas en la ciudad imaginaria de Vetusta, esta vez final con el ascenso de la viola.
Personalmente me despido por vacaciones aunque queda festival por delante, especialmente el martes 2 de agosto donde estarán mis queridos y admirados amigos Lola Casariego y Aurelio Viribay a los que mandaré como es habitual «MUCHO CUCHO» y un abrazo en la distancia, con un programa hermosísimo que no deben perderse los buenos aficionados.

Bonsais y crisantemos

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Sábado 16 de julio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo Evaristo Valle, Ciclo de Música de Cámara: Siripong Tiptan (violín), Ignacio Rodríguez (violín), David Abrahamyan (viola), Jaime Calvo-Morillo Rapado (violonchelo), Sergey Bezrodny (piano). Obras de Brahms y Puccini. Entrada: 10€.

El verano no supone descanso para los músicos y si cuentan con espacios como el museo gijonés donde poder ofrecer su trabajo, mucho mejor, inaugurándose este ciclo de lo que llamo la base musical, tanto para intérpretes como público, la música de cámara. El entorno del «Evaristo Valle» sigue siendo único en cualquier estación, y esta vez los bonsais, la paciencia, el tiempo y el verdadero amor por la naturaleza tuvieron de nuevo paralelismo en la compañía musical como intentaré describir en las siguientes líneas.

Alrededor del conocido virtuoso afincado en nuestra tierra Sergey Bezrodny se aglutinan jóvenes que sabedores de la solvencia del pianista ruso en estos repertorios aprovechan para trabajar unos conciertos básicos en sus carreras, y así conocí este sábado al violinista tailandés Siripong Tiptan quien con el ruso interpretó la Sonata para violín y piano nº 2 en la mayor, op. 100 (1886) de Brahms, el siempre exigente hamburgués que dominó el género camerístico como pocos, siendo un romántico que bebió de las fuentes clásicas para elevarlas a su quintaesencia. Tres movimientos donde poder respirar su riqueza melódica compartida por un dúo exigente técnicamente, el violín cantabile y el todopoderoso piano rivalizando en belleza protagonista, con un Allegro amabile de sonoridad carnosa por parte del tailandés más el contrapeso pianístico del ruso compañero ideal en estos viajes. El movimiento central juega con cambios de aire y amplias dinámicas que resultaron equilibradas y serenas (Andante tranquilo. Vivace. Andante. Vivace di più. Andante. Vivace) para quien se mostraba como un valor en alza con ganas de volar alto en los extremos. El Allegretto grazioso (quasi andante) devolvió la calma musical con el piano manteniendo una pulsación que frenase ímpetus desbocados, el contrapeso y equilibrio ideal para lograr con más tiempo una joya de cámara, un bonsai frondoso al que sólo la paciencia y el paso del tiempo dará la forma deseada.

Escrita para cuarteto de cuerda pudimos escuchar I Crisantemi (1890) de Puccini, luctuosa y colorida flor de temporada para tres conocidos músicos a los que se sumó Tiptan cual jardinero jefe, ejerciendo de primero pero compartiendo ideales, en algo más que el mero ejercicio compositivo del gran compositor de Lucca. Su concepción melódica para la escena se puede apreciar en esta composición donde Tiptan, Rodríguez, Abrahamyan y Rapado fueron cantantes de cuerda frotada, como dos sopranos de timbre irreal por uniforme, compartiendo acción con el tenor y el barítono, frases combinadas con temas que reaparecerán en Manon Lescaut desde el dominio armónico exportable a la orquesta dada la riqueza de esta breve obra elegíaca dedicada a Amadeo de Saboya duque de Aosta y rey de España (1870-1873), con el dolor por su muerte en enero de 1890 como bien recoge Clara Luz García en las notas al programa. El salón palaciego resulta ideal para saborear la tímbrica siempre cercana del cuarteto de cuerda, tesituras extremas y complementarias para un verdadero frasco de esencia pucciniana.

Un descanso para saborear una copa de cava rosado nos prepararía para el gran Quinteto con piano en fa menor, op. 34 (1864) de Brahms, obra muy trabajada y revisada cual tilo en bonsai, evoluciones y transformaciones que denotan el incorformismo del compositor alemán para alcanzar esta obra culmen y muestra del estilo joven con sello maduro e inimitable, lo mismo que los cinco músicos que la interpretaron. Como si llevasen tiempo tocando juntos, el quinteto fue desgranando cada uno de los cuatro movimientos resultando impactantes y seguros, todos dominadores de su papel y escuchándose para hacer música además de tocarla. La propia partitura es clara y precisa en emociones pero encontrar el momento de tensión requiere tiempo y trabajo, por lo que disfrutar este quinteto con piano compartido por todos volvió a recordarme los bonsais: apretar, recortar, dirigir, esperar, regar, tiempo, paciencia, toda una filosofía de la vida y de la música, el fruto esperado que todo amante de la naturaleza contempla y reflexiona.

De los cuatro movimientos bien ajustados me quedo con el Scherzo: allegro cual momento ideal antes de la poda que supuso el Finale donde la forma tomaba cuerpo y el tiempo verá crecer. La combinación de talentos ayuda a crear momentos irrepetibles, aunque la música de cámara requiera cual árboles en miniatura, mucho esfuerzo y tiempo dedicado a ello. Como público agradecer el esfuerzo de afrontar obras de estas dimensiones y aplaudir el esfuerzo de los intérpretes por buscar esa excelencia que se encuentra al final de un camino aún arrancando. Por supuesto volver a aplaudir la apuesta de la Fundación y los colaboradores por la música de cámara.

Programa variado y colorido como los árboles junto a las flores en este ciclo habitual del verano gijonés que finalizará el 4 de agosto en los propios jardines (si el tiempo no lo impide) con la guitarra como protagonista. Buena opción escaparse hasta Somió, disfrutar del entorno, de la escultura, la pintura y por supuesto los bonsais de la familia Basagoiti, un ejemplo a seguir donde la música ayuda a un crecimiento vigoroso y continuado.

Madrid, museo de músicas con guinda

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Madrid en verano es un infierno pero quedan también purgatorios y paraísos terrenales. El calor horroroso además del climatológico fue el engaño del Caravaggio en el Museo Thyssen Bornemisza, como casi siempre, donde importa hacer caja con cualquier disculpa o reclamo, y el pintor del claroscuro lo es aunque solo se exponga una décima parte arropado por muchos seguidores bajo el pomposo título de «los pintores del norte», encima prestados de su vecino de El Prado donde El Bosco sí resultó purgatorio ideal y verdadero fenómeno de masas en un «jardín infinito«, para continuar con los imperdibles Fra Angélico, Goya, Velázquez, El Greco, Ribera, Tiziano, Rafael o Rubens, entre sus joyas destacadas de siempre, sin olvidarme del asturiano Carreño de Miranda.

El Teatro Real pesenta I Puritani de Bellini para ir cerrando temporada, pero no estaba esta primera semana al alcance de cualquier bolsillo y habré de conformarme con esta «semana de la ópera» que permitirá disfrutarse gratuitamente en muy distintos lugares y formatos, quedándome con las ganas de escuchar a Javier Camarena el día de San Fermín en vivo, ya que Celso Albelo no me coincidía la fecha.

Pero como el que suscribe no da puntada sin filo, el viernes 8 y con entrada gratuita se presentaba en la Escuela Superior de Canto de la calle San Bernardo con la colaboración de la Asociación de Amigos de la ESCM el curso internacional de interpretación del repertorio vocal español de Project Canción Española dentro del amplio «Clásicos en verano«, con un concierto titulado «Granados canta a Madrid» a cargo de la directora del mismo la mezzo neoyorkina afincada en España Nan Maro Babakhanian y el pianista Emilio González Sanz donde participó como invitada la soprano Raquel del Pino, una joven promesa de 19 años que estudia guitarra en el RCSMM además de canto en el Conservatorio «Victoria de los Ángeles» y no podía hacerlo en la clausura del próximo viernes 15, que comenzó el recital con «Tres canciones»: Por una mirada un mundo, Yo no tengo quién me llore y Canto Gitano, el Granados inspirado en poemas románticos que la soprano cantó con gusto y estilo pese a la brevedad de estas partituras, con la solvencia pianística de González Sanz.

El grueso del recital lo completaron las tonadillas y las seis canciones dedicadas a María Barrientos inspiradas en el mundo goyesco del que disfruté el día anterior en El Prado  a cargo de Babakhanian más las intervenciones solistas del piano en La Campana de la tarde de «Bocetos» y el Intermedio de «Goyescas» con un sólido Emilio González Sanz demostrando el dominio de la obra del catalán, tanto sola como en el siempre agradecido acompañamiento al mejor estilo de la canción española de las vocales. La niña Inés Maro Burgos Babakhanian (2009) -que ya canta en Los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid– fue una narradora especial y excelente en la parte pianística de La maja de Goya, con un tenue acompañamiento antes de la intervención de su madre que ya tomó el mando con El majo discreto, El tralalá y el punteado y El majo tímido, tonadillas creídas y sentidas, lección para los alumnos de dicción pero sobre todo interpretación con un registro grave natural y dramático acorde a los textos, color distinto por su registro de mezzo pero igualmente bellas y con tesitura sobrada.

Otro tanto puedo decir de las tres majas dolorosas cantadas sin pausa y bien delineadas para finalizar con El mirar de la maja, Amor y odio y Callejeo, partituras que son obligadas en los estudios de canto y las grandes voces han interpretado porque son equiparables al «lied» o la «chançon» y Granados da protagonismo tanto al texto cantado como al piano desde esta visión castiza que gusta en todo el mundo, buen tándem Babakhanian – González Sanz en el coqueto teatro, antiguo salón de baile del Palacio Bauer, hoy «la Escuela de Lola Rodríguez Aragón«.

Mi paraíso musical nocturno en Madrid es el Café Central, otro monumento de la música en vivo que lucha por mantenerse y lo hizo toda la semana con Zenet y su banda, también llenando por 20 € sin regatear calidad ni cantidad en su regreso al local de la Plaza del Ángel.

El actor y cantante malagueño supo encontrar un estilo propio a partir de las letras de Javier Laguna y la música del guitarrista José Tabodada, un trío único.

La banda con la que comenzó semana tenía al citado José Taboada y los también habituales Manuel Machado a la trompeta y fliscorno (bugle o flügelhorn para los puristas), Öve Larsson al trombón y el batería Pedro Moisés Porro, pero hubo dos cambios que no mermaron la excelencia instrumental: el viernes se incorporó el venezolano José Vicente Muñoz que hubo de sustituir en el contrabajo a Yrvis Méndez, mientras el sábado lo hacía el pianista chileno Jorge Vera por Pepe Rivero, siendo esta función la que disfruté en compañía de familia y amigos.

Si algo caracteriza al malagueño es la elección de sus músico, siempre excelentes, afincados en España pero que no han olvidado sus raíces, lo que enriquece cada canción hasta el infinito. Qué decir del cubano Machado, verdadero poeta de la trompeta y cuarta pata para asentar el trío primigenio, de Ove, sueco formado en Dinamarca y más madrileño que el cocido, al que tengo en vinilo con multitud de formaciones siempre aportando la musicalidad ronca que esta vez también es malagueña, el venezolano Taboada cual flamenco renacido de gallegos ancestrales pasado por el Mississipi en vez del Orinoco, la guitarra que Zenet no toca, el ritmo del cubano Porro que empuja sin necesidad de fumarlo, mago en cambios de velocidad y sabor, todos sustento y confianza para los recién llegados Muñoz, solvencia y musicalidad para lo que le pongan delante, pero sobre todo la sorpresa de Vera, «llegar y triunfar» a primera vista, engrandeciéndose en cada tema, convincente y delicado, humilde desde su grandeza conformando un sexteto zenetiano a más no poder, recreando canciones grabadas para hacerlas nuevas, vestidos de gala para el cuerpo que crece al cantar con ellos, apoyado en un micrófono cual complemento de la «naturalidad» instrumental.

En los dos pases Toni Zenet desgranó temas que no pueden faltar en sus directos jugando con la voz como sólo él sabe, mandando en el ruedo, actuando, plegándose, intimando, pero sobre todo las melodías con la banda que crecían en cada intervención entre estrofas (Silencio salvaje de un Agua de Levante marinera a más no poder, Por debajo de Madrid casi chotís mediterráneo en Gata y no gato pero siempre chulesco, Un Beso de esos, Dientes de rata con Machado en el fliscorno y el público participando en una jam de altos vuelos, Ella era mala, o la propina última de Soñar contigo en una versión irrepetible como el resto de los temas) junto a los que ha grabado para el próximo disco «Si sucede conviene» (de nuevo con «El volcán música» más autoproducción con micromecenazgo  alcanzado en poco tiempo), Cómo será con los acordes guitarrísticos de «Pepiño» a los que se sumó el trío piano, bajo y batería antes de la descarga sabrosa del recién salido del horno Fuiste tú en un viaje desde la imaginación por cualquier océano de marineros de tierra o mares caribeños, música que crece, navega y llega a buen puerto con todos los estilos y ropajes para la voz única de Zenet, crooner por utilizar una palabra americana que intenta explicar el formato con el que actúa, pues con su banda surca no ya «Los Mares de China» sino los de la propia música para olvidarnos de etiquetas y contestar que la música de Zenet es propia porque su originalidad está en saber beber de aguas navegables desde todas las emociones.

San Juan, femenino plural

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Finalizadas las fiestas de San Juan en Mieres, tres conciertos con voz femenina ocuparon mi tiempo de ocio, voces y estilos diferentes pero con personalidad.

El miércoles 22 de junio en el Auditorio «Teodoro Cuesta» de Mieres con entradas a 10 € se presentaba el CD «Reflejos» plenamente mierense de Elena Pérez-Herrero y Alfredo Morán, doce temas autoproducidos por ellos mismos tras el aperitivo de hace un año donde la voz de nuestra Elena juega con temas clásicos de Poulenc (Les Chemins de l’amour), Donizzeti (Me voglio fa ‘na casa), Villalobos (Melodía sentimental) o mi querido Piazzolla (el Oblivion con letra italiana al más puro estilo Mina) sentidos desde un canto personal perfectamente pronunciado en cualquier idioma, capaz de acercarnos con igual calidad al folclore sudamericano (esta vez no había bossa pero sí la Tonada de luna llena de Simón Díaz) o al bolero ranchero (Y de Mario de Jesús es único) que se convierte en jazz de sabor minero, traduciendo previamente unos textos siempre hermosos desde la misma dramaturgia con la que canta, siempre con ese segundo plano impecable de Alfredo, melodías en acordes, rasgueos de buen gusto, contestaciones, rítmica libre pero ajustada, esperando el momento preciso, el ropaje ideal desde tiempo inmemorial para atreverse también como compositor de una Nana de la ilusión o un Canto de Sirenas sin palabras que Elena hace mitología del siglo XXI, brillando y sintiendo. Un placer comprobar que mantiene su amplísimo registro con un grave poderoso, unos medios pletóricos y unos agudos con gusto, matices y musicalidad que sólo una trayectoria sólida como la suya puede dejarnos. What a wonderful world de propina cual perfecto resumen del concierto. El disco no para de sonar en mi equipo y la sensación de paz que transmite lo hace ideal para todo tipo de momentos, pero el directo es indescriptible.

Tras ser pregonera el viernes 17, mi ex-alumna batanera Paula Rojo (1990) se convertía en la figura de la noche mágica el jueves 23 tras los fuegos artificiales y la foguera, con el tiempo climatológico ayudando sin «orbayu» (ya hubo agua de sobra el día de San Juan) a un llenazo en el Parque Jovellanos, el mismo al que todos asistimos muchos años para escuchar tantos conciertos de nuestros artistas y grupos favoritos. No era un sueño sino la realidad de una carrera ya consolidada con la Dixie Band y el llanisco Tristán Armas al frente, perfectamente acoplados con la mierense, profeta en su tierra y mediática tras su paso por el programa de Tele5 «La Voz», que como tantos otros, no encumbra siempre a los ganadores y el tiempo pone a todos en su sitio.
Dos discos en el mercado («Érase un sueño» y «Creer para ver») que se han vendido y escuchado mucho en todas las emisoras además de tener buenas críticas, canciones para todos los públicos con especial presencia de adolescentes y hasta en niñas de colegio (que arrastran lógicamente a sus padres y abuelos) que ven en Paula alguien cercano con esa imagen y música country muy americana (steel guitar, banjo y ukelele no pueden faltar) pero con el sello personal de su voz y estilo que sigue triunfando tanto en dúo, versión acústica o con esta su banda, además del dúo con el también asturiano Toni Amboaje (1981) con quien comenzó sus primeros pasos y la tele también hizo visible, conviertiendo sus propios temas en verdaderos hits. Más de dos horas de concierto con recuerdo a Elvis en un mix prodigioso en interpretación por parte de todos y un sonido impecable donde se escuchaba todo sin molestar, Si me voy no necesitó vasos, el parque cantó a coro Sólo tú y Mieres sonó a country un Poco más…

La noche del sábado 25 nos traía a la también cantautora Rozalén (Yeye, 1986), nombre artístico de Mª de los Ángeles Rozalén Ortuño, la manchega de voz rasgada que descubrí una mañana en «No es un día cualquiera» gracias a mi admirado Carlos Santos que, como un servidor, es omnívoro musical además de periodista, escritor y viajero con su «libreta colorá«. Nuevo éxito de público de todas las edades donde no faltaron las fans que corean los temas de sus dos discos («Con derecho a…» y «Quién me ha visto»), especialmente Comiéndote a besos con ese cambio de ritmo impactante, humor e ironía como prometía antes del concierto, y sobre todo buen hacer musical con letras comprometidas para alguien que se declara «libre, firme y luchadora», unido al toque tan especial de su inseparable intérprete de signos que hace llegar unas letras cuidadas a los sordos (las vibraciones musicales las sentimos todos, las emocionales también y sin exclusión). Una banda típica de guitarras, teclados, batería y bajo arropó a la albaceteña de principio a fin, aunque Ni tú ni yo con Fetén sea otra joya a guardar porque con Rozalén siempre Saltan chispas y es un Alivio.

No asistí a los conciertos de pago en el patio del Liceo donde la estrella del viernes 17 fue Manel Fuentes cual Boss con banda de «Tu cara me suena«, y desconozco resultados pero mi agenda final estaba abarrotada, incluso volví a repetir como pianista «ambientador» el viernes 24 en la ceremonia de entrega de los galardones «Mierenses en el mundo», donde acompañando al Coro Minero de Turón hicimos una versión para voces graves y piano del «Himno de Asturias» que he compartido en mi canal de YouTube©, con mejor sonido que imagen.

Aún quedan memorias finales, balances y avances para la próxima temporada, con un verano donde no pararemos, pero curiosamente San Juan, en lo musical, me resultó femenino plural.

Imparable Laura Mota

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Sábado 25 de junio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo «Evaristo Valle», Recital de piano: Laura Mota Pello. Obras de Mozart, D. Scarlatti, Soler, Beethoven y Chopin. Entrada: 5 €.

Volvía al «Evaristo Valle» para seguir escuchando a nuestros jóvenes intérpretes, esta vez a la pianista ovetense Laura Mota Pello (28 de Febrero de 2003) a la que sigo hace años, para comprobar su increíble crecimiento no ya físico, hoy toda una jovencita de 13 años recién finalizado 1º de Secundaria todo con sobresalientes de 10, sino el musical de la mano de Francisco Jaime Pantín con un programa duro, exigente, trabajado desde una técnica que es envidiable en los siete años que lleva estudiando piano, y volviendo a impactarnos por su musicalidad, aplomo, fraseo, adaptación a estilos tan diferentes, pedales en su sitio, dinámicas amplias abarcando desde los pianísimos más íntimos a los fortísismos poderosos en un Steinway&Sons de los años cuarenta, agradecido aunque necesitado de algunos ajustes mecánicos, donde cada autor y obra se diferenciaron a la perfección, demostrando nuevamente que la capacidad y posibilidades de Laura Mota son infinitas, esperando encuentre el apoyo institucional (el familiar y profesional siempre está asegurado) que no nos haga perder esta joya del panorama pianístico mundial. Escucharla es algo indescriptible, cierras los ojos absorbido por el fluir mágico y maduro de cada nota y al abrirlos te encuentras con esta joven inconmensurable, enorme al piano y enfrentada al programa que solo puedo comentar a grandes rasgos porque todo lo hace suyo.

La Sonata nº 18, K 576 en re mayor, de W. A. Mozart, la última del genio de Salzburgo con enorme dificultad técnica plagada de pasajes virtuosísticos escoltando un Adagio central hondo resultó de una limpieza asombrosa y difícil elección para abrir un concierto, pero afrontado con la seguridad de la que la pianista ovetense hace siempre gala.
Las dos sonatas de D. Scarlatti interpretadas sin pausa (Sonata K 107 L 474 en fa mayor y Sonata K 135 L 224 en mi mayor) impresionantes por agilidad y madurez de toque, casi clavecinísticas por los ataques y ornamentos siempre perfectos con un equilibrio y sonoridades cercanas contraponiendo tiempos parecidos pero diferenciados y delimitados.
También a pares y espíritu de clavecín el Padre Soler, primero la Sonata R 90 en fa sostenido mayor (una de las joyas de la hoy recordada Alicia de Larrocha con quien Laura tiene muchas similitudes) y después el complicadísimo Fandango R 146 en re menor, virtuosismo al servicio de un lenguaje español que se hace universal, sentido como si de una enorme trayectoria vital se tratase por el conocimiento intrínseco de un lenguaje preclásico de inspiración geográfica pero de una frescura incluso en momentos tan complicados técnicamente (el pulgar de la mano derecha martilleando rítmicamente sin perder pulsación alguna, las octavas, cruces de manos y tantos «recovecos» más) dejándonos boquiabiertos ante el despliegue musical de Laura Mota.

Si la primera parte parecía dura, ya no sé cómo calificar la segunda porque me quedaría corto ante el abismo que sin embargo resultó un placer de vuelo planeando nuevamente la música de piano por encima de todo, casi metiéndome en los cuadros de Evaristo Valle para contemplar el prodigio de una pianista de horizontes inabarcables perfectamente orientada y guiada por su maestro Pantín (sin él sería imposible alcanzar este nivel): la Sonata Op. 2 Nº 3 en do mayor de L. V. Beethoven
me recordó al Wilhelm Kempff referente de mis años de conservatorio hace casi medio siglo pero con el «preparatorio» de la primera parte al hacernos sentir el clasicismo de la técnica y el romanticismo del lenguaje inimitable del genio de Bonn. Si los tiempos rápidos resultan poderosos desde la pulcritud, verdadero brío del primero, chispeante el Scherzo o cascada emocional limpia de tempo valiente el Allegro Assai, el Adagio volvió a impresionarme por la hondura del fraseo, veterano y con toda una vida dedicada al piano aunque parezca mentira al ver quién tocaba.
Y no digamos del Chopin elegido para cerrar concierto, primero dos polonesas (de las 23 al menos compuestas por el polaco) de las opus 26, la Polonesa nº 1 en do sostenido menor, vértigo emocional y trasfondo poético de una obra de juventud interpretada desde esta edad infinita de Laura Mota, dos manos que se funden y diluyen en hacer fluir sentimientos únicos, contrapuesta a la nº 2 en mi bemol menor todavía más interiorizada, tocada con la mayor naturalidad haciendo fácil lo inabarcable, midiendo cada compás con total fidelidad a la partitura para revolverla como propia, lo intangible e inexplicable de los grandes intérpretes, esta vez con ¡trece años!, el rubato adecuado, los contrastes de tempo y dinámicas, la fuerza física con la delicadeza en el toque.

Aún quedaba más Chopin: dos estudios del Opus 10 para quitar el hipo, el virtuosismo para trabajar la técnica sin perder de vista las melodías escondidas, el equilibrio de manos y pedales, primero el

Estudio nº 8 en fa mayor y después el conocido como «teclas negras», Estudio nº 5 en sol bemol mayor, sin importar las tonalidades complicadas porque Laura Mota hace fácil lo imposible desde la naturalidad y equívoca inocencia, una madurez asentada en un trabajo increíble y capacidad de sacrificio más unas cualidades innatas que el buen magisterio lleva por el camino ideal alternando con los estudios obligatorios de Secundaria que en este país parecen incompatibles con los musicales aunque los resultados sean tercos y refuercen un maridaje incomprendido por quienes nos gobiernan.
Todo un programa gigantesco interpretado de memoria que cercano a las dos horas todavía nos dejaría más asombrados ante el Allegro de concierto op. 46 (1904) de Granados, conmemoración centenaria y nuevo guiño a la siempre recordada Alicia desde la juventud descarada y descarnada, apoteósica para un público que parecía enloquecer ante el derroche pianísitico de Laura Mota Pello. No olvidar este nombre porque cada actuación suya es todo un acontecimiento irrepetible.

Jordi Casas con el Coro de la FPA

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Sábado 11 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Conciertos por Asturias: Coro de la Fundación Princesa de Asturias, Óscar Camacho Morejón (piano), Jordi Casas (director invitado). Obras de R. Halfter, Schubert y Brahms. Entrada libre.

Los coros de la Fundación Princesa de Asturias siempre implicados con la sociedad asturiana, llevan su música por el Principado y son perfectos embajadores de nuestra tierra allá donde van, desde el área musical que apostó desde sus inicios por el mundo coral con tanta tradición en nuestra geografía. Y no solo en los conciertos sinfónicos donde su aportación es ya habitual en las programaciones, también en la música vocal, llamemos de cámara, son protagonistas de recitales donde directores invitados les aportan sabiduría y enriquecimiento en una carrera que nunca se acaba, de la que sus directores también toman nota.

Estos días ha estado con el coro de José Esteban G. Miranda el músico catalán Jordi Casas Bayer (1948), una autoridad en la música coral y director del Coro de RTVE al que volvió tras su primera época de 1986 a 1988, figura internacional que lleva los coros en su propia historia desde la infancia en la Escolanía de Montserrat, con un bagaje vital y trayectoria musical de quitar el hipo.

Dirigiendo tres conciertos del coro de adultos viernes y sábado en Avilés y Oviedo más Gijón la próxima semana, con un repertorio básicamente alemán y el guiño a nuestro Rodolfo Halfter (Madrid, 1900 – Ciudad de México, 1987) en este año tan cervantino con sus Tres epitafios, op. 17 que abrían concierto. Maravillosa partitura del gran humanista exiliado tras la guerra civil, y excelente interpretación del coro en tres números que el propio Maestro Casas presentó para mejorar la comprensión de ellos, como haría con el resto del programa. De agradecer escuchar a capella este coro maduro con ansias de seguir aprendiendo y más con el catalán que tuvo total complicidad y atención con ellos, tras días de trabajo que nunca concluyen en los conciertos sino que permanecerán en el acerbo de la formación, conjugando como siempre veteranía y juventud.

Ya con el pianista Óscar Camacho llegaría el grueso coral alemán con Franz Schubert (1797-1828) y Johannes Brahms (1833-1897), los lieder para coro y piano donde el idioma es tan importante para saber cantar e interpretar unos textos de los grandes literatos a los que la música siempre realza estando a su servicio. Un placer escuchar a Jordi Casas antes de cada página compartir con el público el sentido de estas partituras que el Coro de la FPA desgranó con buen gusto, empaste, afinación y entrega. Los cuatro de Schubert tan contrapuestos emocionalmente, Gott im Ungerwitter (texto de Johann Peter Uz) con la fuerza de la naturaleza y la luz divina de una obra póstuma con la sensación cercana de la muerte, el salmo «El Señor es mi pastor» (Gott ist mein Hirt) para voces blancas que Schubert dedicase a su profesora con alumnado solamente femenino para pulsar la calidad de esas cuerdas al completo, An die Sonne vital como un día de sol aunque siempre temeroso de la tormeneta, degustando cada sílaba en un perfecto alemán (igualmente de Uz) tan bien ensamblado con la música a cuatro voces de Schubert, y con texto anónimo Des Tages Welhe nuevamente íntimo con una entrada segura de los tenores más un coro bien empastado (lo bisarían al final del concierto) con un acompañamiento pianístico que complementa al más puro estilo schubertiano las bellas melodías (la última recordándome vagamente el Panis Angelicus de Franck) en perfecta sincronía.

Aún más hondura presenta Brahms en una continuidad de estilo elevado a la quintaesencia camerística con sus canciones, la maravilla del lied llevado al coro con todo lo que ello supone, Vier Quartette, op. 92 marcan un hito tanto en conjunto como una a una en poesía musical, O schöne Nacht (Oh! noche amorosa) con un piano cristalino y voces unidas disfrutando de las cuatro cuerdas por igual, Spätherbst (Otoño tardío) de misticismo renacentista y emociones románticas, Abendlied (Canción de la tarde) desbordando alegría en tesituras agudas contrapuestas con el piano y los bajos, antes de la última Warum (¿Por qué?), inquietante, rítmico, protagonismo global e intervenciones por cuerdas seguras, presentes, llenas de matices bien entendidos por Camacho y «leídas» por un Casas verdadero experto en estos repertorios.

De las Sechs Quartette, op. 112 los cuatro últimos sobre aires zíngaros (catalogados incluso como Zigeunerlieder o Zwei Quartette, op. 112a) con letras más intranscendentes, música en compás binario que adquiere momentos y pasajes pletóricos elevando lo popular a lo clásico: Himmel strahit so helle und klar (El cielo resplandece brillante y limpio), luminoso y matizado, sin perder ligazón en ninguna voz con un piano coprotagonista; Rote Rosenknospen (Rosas rojas predicen la llegada de la primavera), de tiempo tranquilo con cuatro voces equilibradas desde una dinámica contenida, Brennessel steht an Weges Rand (Ortigas al borde del camino), cortante, agitado pero matizado con unos tenores en tesitura difícil solventada sin problemas más el empaste ideal del que hizo gala en todo el concierto, antes del último y breve Liebe Schwalbe, kleine Schwalbe (Golondrina querida, pequeña golondrina) que el piano inicia y continúan las voces blancas casi a media voz antes del coro en tutti bien llevado por Casas sacando a flote el espíritu brahmsiano y unos poemas románticos que la música eleva a lo eterno y atemporal.
Toda una lección de dirección coral a cargo del maestro catalán que las voces asturianas asimilaron a la perfección demostrando el excelente nivel mostrado a lo largo de la temporada, aunque todavía les quedan conciertos para ir cerrando curso y llevando la música coral por nuestra tierrina de la que ellos son la voz cantante de nuestra cultura.

Con cierto desconcierto

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPA, Luis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Con alma y pasión rusa

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Lunes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Denis Matsuev (piano). Obras de R. Schumann, Tchaikovsky y Rachmaninov.

Programado el 25 de abril pero pospuesto hasta este lunes llegaba el esperado pianista Denis Matsuev (11 de junio de 1975) que no defraudó en absoluto con un programa brutal, potente, poderoso, con un estilo más bien recio pero enérgico y lleno de matices desde una técnica apabullante válida para dejar un excelente concierto con toda el alma y la pasión rusa, amante del piano y del Arte con mayúsculas que dejó cuatro propinas (en la onda de mi «San Sokolov«) variadas y hasta con un guiño al jazz que tanto le gusta en una recreación propia del gran Duke Ellington de quien escuchamos los motivos del Take a train y su Caravan de auténtico vértigo casi en blanco y negro para un verdadero espectáculo de casi dos horas de duración que, como siempre pasa con lo bueno, pasó volando. Hoy los enlaces de las obras corresponden a interpretaciones del propio y prodigioso Matsuev que en vivo resulta todavía más impactante, imaginándome lo que pudo ser el concierto de Verbier en 2012 bastante similar a este de Oviedo y al previsto en el Palau y no encajó en las nuevas fechas. Suerte la nuestra…

La primera parte llenó, en el amplio sentido de la palabra, con Schumann enlazando sin pausa las Kinderszenen (escenas infantiles) op. 15 y la Kreisleriana, op. 16, unidad estilística y formal con veintiún cuadros, trece «nada infantiles» más ocho «excéntricos,
salvajes e ingeniosos» como el personaje Johannes Kreisler del prusiano E.T.A. Hoffmann que bien recuerda la musicóloga Miriam Mancheño Delgado en las notas al programa (enlazadas en los autores del inicio). Todo un muestrario de saber tocar con todo el cuerpo más allá de los dedos que parecían multiplicarse, muñeca, brazo, hombro… momentos brutales frente a los más íntimos (excelencia del Ensueño), cuadros variados en temática pero claros en cada detalle, empleo escrupuloso de pedales con una digitación preclara, todo con una energía que se transmitía incluso en los silencios, apenas pausas entre cada número, explosión sonora y murmullos casi al oído. Hacía tiempo que no escuchaba un Schumann desde el virtuosismo más musical, con un Matsuev espléndido sin «despeinarse» donde el placer de tocar sólo se vislumbraba por unas sonrisas serenas y cómplices en los números «tranquilos» y el cabeceo cual asentimiento de pasajes vertiginosos creadores de ambientes como sólo un obsesionado por el teclado y su técnica como Robert Schumann son capaces de llevar a la partitura y este ruso elevarlo al paraíso romántico (su rubato para anotar) del instrumento con 88 teclas.

Y el alma rusa ocupó toda la segunda mitad, puede que genética, condicionamiento geográfico o directamente la escuela que sigue poblando de excelentes pianistas las salas de conciertos de todo el mundo, siendo Matsuev uno más en la larga lista, no el anunciado Tchaikovsky (con dos obras no muy habituales: Meditación Op. 72 nº 5 -que suele ser propina, y Dumka op. 59, por otra parte no anunciado el cambio) sino TODO Rachmaninov, marca de la casa y como bien decían Javier Nuevo o mi admirado Ramón Avello, comenzando con dos de los Etudes-tableaux, op. 39, siguiendo el Preludio en sol menor, op. 23 nº 5, marcial y agitado, potente como el propio Sergei en pasajes de octavas sobrecogedoras en velocidad y potencia, los acelerandos en transición calma contrapuestos al melodismo de sus conciertos de piano (especialmente el segundo) donde la orquesta resultó el propio piano llenando sin problemas el auditorio para poder apreciar cada detalle, seguido del Preludio en sol sostenido menor op. 32 nº 12 y especialmente la arriesgada Sonata nº 2 en si bemol menor, op. 36 (segunda edición de 1931), increíble en los tres movimientos sin descanso y verdadera «montaña rusa» de poderío físico y mental, Allegro agitato, Non allegro de breve remanso en una catarata de notas, y Allegro molto, velocidades sin vértigo por la facilidad con la que seguíamos cada melodía, cada ornamento, cada respiración, cada cromatismo, cada octava, agitación y vorágine… Si la primera parte resultaron cuadros llenos de color, la segunda inmensos murales donde la globalidad permitía el dibujo a pesar del tamaño tal fue el despliegue y perspectiva de Matsuev.

De las propinas además de la última «en clave de jazz», una caja de música (Liadov) delicada como un collar de perlas naturales, un Sibelius (Estudio en la menor op. 76 nº 2) más ruso que finlandés y «habitual» propina del pianista junto a otro apasionado y vibrante romántico como Scriabin (Etude op. 8 Nº12 en re sostenido menor) para un enorme paquete que no se hizo rogar para un verdadero amante de su oficio y regalo para los aficionados que gozamos como niños ante el derroche de energía, vigor y música de Matsuev.

P. D.: De nuevo las GRACIAS a mis amistades musicales que están en todo y engrandecen este blog con sus aportaciones además de enmendar mis errores.

Formando pianistas

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Martes 17 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: David Sánchez Álvarez (piano). Obras de Mozart, Debussy, Scriabin y R. Schumann.
Organizado por el Conservatorio de Mieres, más la Concejalía de Educación y el Ayuntamiento de Mieres, el joven pianista ovetense David Sánchez se presentaba en Mieres (unos días antes en Llanes) preparando el fin de curso y fogueándose con público variado (profesores, alumnos y aficionados), con un programa difícil en la recta final de sus estudios de interpretación y pedagogía del piano del CONSMUPA tutelado por la profesora Teresa Pérez Hernández.

Con un amplio currículo y una trayectoria tanto de solista como en música de cámara que dejo aquí y en una formación que nunca se acaba, David tiene por delante un futuro prometedor, siendo los conciertos parte de una experiencia necesaria que todos los estudiantes deben afrontar, vencer miedos e inseguridades, sentirse cómodos con un instrumento que nunca es el mismo, esforzando la memoria sin apoyos en la partitura delante, adaptación a las temperaturas de la sala y tantos factores que los concertistas tienen en cuenta en cada salida al escenario.

Las obras elegidas todas ellas exigentes, de estilos cercanos en el tiempo de su escritura pero totalmente variadas: el siempre clásico y «traicionero Mozart» de la Fantasía en do menor, KV. 475 que fraseó con limpieza y fuerza, amplios contrastes de volúmenes para una forma extensa con distintos movimientos continuados (Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I) que permite condensar muchas técnicas sin perder el inimitable sabor del genio salzburgués; el impresionismo francés de Debussy con los tres números  con dedicatoria de «Pour le piano«, maravillando unos pedales ajustados para crear ambientes sin perder claridad en las manos, un Prélude de potencia, la reposada Sarabande y la enérgica Toccata, cerrando el primer bloque nada menos que el Estudio op. 8 nº 12 de Scriabin, el mago ruso emulando los homónimos de Chopin pero elevado a cotas supremas que requieren un esfuerzo global por parte del intérprete mucho más allá del virtuosismo supuesto.

El romanticismo de Schumann con su poco escuchado Carnaval de Viena (Faschingsschwank aus Wien) op. 26 llenó la segunda parte, cinco números que presentan el lenguaje pianístico del alemán complejo de dedos, dinámicas amplias, expresión extrema que necesita madurez y trabajo para sacar a flote los distintos motivos pero también los detalles nunca accesorios, con rubatos adecuados, ataques seguros, mano izquierda marcada y todo el material que un pianista trabaja desde siempre. Allegro, poderosamente rítmico; Romanze, serenidad para un ambiente interior; Scherzino, juguetón y saltarín, sincopadamente claro y contrastado a la vez que preciso para ambas manos; Intermezzo, virtuosismo de arpegios envolviendo una melodía siempre presente desde la fuerza contenida; y el Finale, enloquecido, brutal de velocidad y expresión, verdadero mazazo físico y psíquico, remate brillante a los cinco movimientos que conforman estos lienzos sonoros de un compositor obsesionado con la técnica pero con profundidad expresiva que el tiempo ayudará a madurar en las manos y talento de David Sánchez Álvarez. Mucha suerte en este fin de curso y ánimo porque el camino es largo, contando con una familia que le apoya así como un profesorado guiándole en la dirección correcta. Más no se puede pedir y sabe que en el Conservatorio de Mieres siempre será bien recibido.

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