Viernes 28 de agosto, 19:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, “OFIL CONTIGO… EN VERANO”, organizado dentro de la programación estival de la Fundación Municipal de Cultura (FMC): Andrey Baranov (violín), Gabriel Ureña (chelo), Oviedo Filarmonía (OFil), Lucas Macías Navarro (director). Obras de Weber y Brahms. Entrada libre. Fotos de Pablo Piquero y propias.
Segundo de los conciertos estivales de la FMC que de nuevo tendría un lleno al celebrarse en el Auditorio en vez del Claustro del Edificio Histórico de la Universidad, y con un programa romántico y alemán de los que mantienen en alto a una OFil cada vez más madura, compacta, homogénea, con un Macías Navarro dueño y señor de las obras, sumando como solistas al principal de chelos de la propia orquesta, Gabriel Ureña (Avilés, 1989) junto al violinista ruso Andrey Baranov (San Petersburgo, 1986), componente del afamado Cuarteto David Oistrakh, un dúo que nos haría vibrar con Brahms.
Para comenzar con puntualidad británica, la poco interpretada obertura de la ópera de Weber Euryanthe. Compuesta en Dresde tras ser nombrado director musical en 1817, pero estrenada en Viena seis años más tarde, con una trama inverosímil (que incluye recursos como un anillo envenenado y visitantes del mundo de los espíritus) y su enorme duración (más de cuatro horas) la convirtieron en objeto de burla, por lo que pasarían otros veinte años antes de que Europa aceptara ambas características en las óperas de Richard Wagner, cuyas obras fueron posibles gracias a las de Weber. Para la historia de Euryanthe, el compositor y su libretista Helmina von Chézy habían recurrido a las epopeyas de la Edad Media alemana, presagiando la preferencia del nacido en Leipzig por este tipo de temas debido a su carácter tan germánico. Weber elaboró la obertura a partir de material temático que se repite más tarde en la ópera. Muchos de los motivos se asocian con personajes o situaciones específicas, una técnica que Wagner desarrollaría más tarde en sus propias óperas. OFil mantuvo en 48 horas el mismo “músculo” para esta partitura que Lucas Macías conoce de memoria y tantas veces ha tocado primero en su años de estudiante y después como oboe solista en sus primeras orquestas en Alemania antes del salto a las neerlandesa y suiza (Concertgebouw o Lucerna), y que no falta cada temporada en Alemania, por lo que es de agradecer haberla programado para este concierto estival. Más allá de las habituales Oberón o El Cazador furtivo, la obertura de Euryanthe arranca con una vigorosa sección de apertura que contiene dos temas, ambos asociados con el héroe, y la formación ovetense sonó tal como era de esperar. La sección central resulta intrigante y dominada por la cuerda, nuevamente clara, precisa, tersa para una música descarnada y fantasmagórica, asociada con la hermana muerta del héroe: graves redondos y agudos limpios, cristalinos, siempre bien comandados por la concertino Marina Gurdzhiya. La música aumenta en intensidad antes de que se anime para cerrar con la misma energía del inicio, mostrando calidad, buenas dinámicas y perfecto entendimiento con el podio en una interpretación muy destacable.
Recolocando plantilla llegaría el Doble concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102 (1887) de Brahms. Comentar que es la única obra orquestal tras escribir su cuarta sinfonía en 1885, y sería nada menos que un concierto, pero no el ordinario para solista sino que uniría por primera vez violín y violonchelo. Esta combinación parece que fue una “ofrenda de paz” a Joseph Joachim a petición del amigo común, el violonchelista Robert Hausmann, que le pidió a Brahms un concierto, viendo el compositor una forma de satisfacer a ambos para recuperar la amistad del violinista. Los tres probarían la pieza y Clara Schumann escribiría en su diario que «El concierto es una obra de reconciliación. Joachim y Brahms se han vuelto a hablar”.
Musicalmente une los elementos del concerto grosso barroco -grupo solista (concertino) enfrentado a la orquesta- con la forma del concierto clásico. Si Mozart ya había reunido violín y viola, instrumentos no tan dispares, en una Sinfonía Concertante, y Beethoven un trío aunando piano, violín y violonchelo, llegaría con Brahms la unión entre violín y chelo. La suya no se basaba en el aprovechamiento de las individualidades contrastadas de la pareja solista sino en su capacidad para convivir felizmente si se les daban materiales potentes y afines (algo que el hamburgués proporcionó en abundancia), dotando a este doble concierto de una riqueza de ideas desarrolladas con la maestría que nace de la amplia experiencia del compositor fallecido en Viena.
En lugar de encontrar el enorme rango combinado de los instrumentos, difícil de manejar, Brahms lo aprovecha al máximo poniendo en marcha los agudos y graves contrastados con una convicción inquebrantable, que además Macías y la OFil defendieron y entendieron al máximo. En los numerosos pasajes en los que ambos instrumentos se encuentran en la misma gama, incluso en las mismos notas, Brahms hubo de tener fe en que el violonchelo y el violín se fusionarían en una mezcla sonora mejorada, en vez de proyectar identidades separadas y posiblemente enfrentadas. Estas demandas aparecen a lo largo del Doble Concierto (durante el período de prueba, tanto Joachim como Hausmann le aconsejaron con detalles sobre la técnica de sus respectivos instrumentos, y algunas de sus sugerencias parecen haber hecho partes más fáciles de tocar mientras otras las hicieron más difíciles).
Desde el inicio, Ureña y Baranov fueron los Hausmann y Joachim en este último concierto de agosto. Pasajes solos y a dúo que abundan a lo largo de la obra: en el Allegro el primer solo (para violonchelo) llega en el quinto compás con la primera intervención de Gabriel con un sonido rotundo, llenando la sala tras los cuatro compases precedentes a esta entrada en solitario, que no contienen un motivo introductorio sino una declaración directa del tema principal del primer movimiento. El hecho de que el cello en solitario pueda dejar de lado esta energía orquestal es una clara demostración del principio más antiguo y básico de todo de concierto: “uno contra muchos”. En este caso, al violonchelo como “adversario” se le unirá pronto un aliado solista -el violín de Andrey– en otra “entrada” con autoridad, convincente, de sonido impecable para que los dos compartiesen una elaborada cadencia, declaración de intenciones e independencia, antes de que la orquesta volviese para una exposición completa del tema principal. No era por tanto “dos contra muchos” sino una maravilla tímbrica global, todos juntos bien llevados por el director onubense. En contraste con este tema principal sinuoso y propulsivo, el segundo tema, dirigido por el violonchelo y del que se hace eco el violín, sería el epítome de la atractiva dulzura, un complejo trabajo del resto del movimiento tan apasionado y «cantabile» como el inicio sugiere que sería. Aplausos espontáneos de un público heterogéneo al que no podemos impedir la alegría rayando la euforia escuchando este primer Allegro pletórico.
Tras un perfecto juego de dinámicas del primer movimiento llegaría en contraposición un amplio lirismo del Andante, que comienza con el violín y el violonchelo en una octava resonante uniendo tímbricas y “cantando” una de las melodías más expansivas de Brahms, tema impregnado del calor rapsódico no exento de melancolía. Perfección en los unísonos de los solistas mostrando un entendimiento y complicidad necesarios para sacar todo lo que Brahms volcó en este tema central, donde entran otras ideas, pero sólo accesorios de la reluciente expresividad de la melodía principal, todo un juego entre solistas contestados por los atriles principales y nuevamente un sonido sinfónico bien balanceado desde la tarima del titular.
El Vivace non troppo final persigue con vigor las tensiones (en la tonalidad de La menor), es casi una montaña rusa llena de color, cambios de tempo y compás, que tras sumergirse en las relajaciones (en Re mayor) del movimiento anterior, parece una lucha de aires gitanos, filósoficos y demoniacos, lucha cual compendio culminando en un triunfo ¡en la tonalidad de La Mayor!. La escritura orquestal del Brahms maduro se refleja en esta última obra “sinfónica” y esta orquesta de casa con el invitado ruso para este doble concierto (en todos los sentidos) confirmó las sensaciones del miércoles y el excelente estado de forma en un verano que para los músicos nunca son vacaciones sino todo un ejercicio de crecimiento y trabajo diario.
Tras las prolongadas ovaciones no podía faltar una propina de este dúo Baranov – Ureña que nos dejaría boquiabiertos por la perfecta conjunción, afinación, fraseos, intensidades y emociones en la Passacaglia (Handel–Johan Halvorsen), unas variaciones virtuosas que estos dos “locos” bordaron con sus respectivos instrumentos, casi «sacando chispas» en las crines de los arcos y digna pugna musical de estos dos excelentes músicos con la edad ideal para interpretar lo que quieran, pues sus vidas está unidas al instrumento, viven por y para la música, lo que percibimos de principio a fin. Apoteosis final para la guinda de esta pastel sinfónico donde no faltó de nada.
Gracias por otro concierto para guardar en el recuerdo… y ahora toca esperar el arranque del curso 2026-2027 que espero seguir contando desde aquí.
PROGRAMA:
Carl Maria von Weber (Eutin, 1786 – Londres, 1826):
Obertura de Euryanthe (J. 291 – Op. 81)
Johannes Brahms (Hamburgo, 1833 – Viena, 1897):
Doble concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102:
I. Allegro – II. Andante – III. Vivace non troppo.











