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Vidas musicales

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Martes 8 de diciembre, 19:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XIV Curso «La voz en la música de cámara», homenaje a Manuel Burgueras. Directora artística: Begoña García-Tamargo. Organiza Asociación Cultural «La Castalia». Entrada libre.

Nueva edición de un curso de esta asociación presidida por Santiago Ruiz de la Peña, con profesorado conocido y reconocido para alumnado de distintas procedencias, finalizando con el «necesario» concierto para compartir las enseñanzas adquiridas en un «puente» que para los músicos nunca es festivo, vidas musicales longevas en experiencia e ilusiones, carreras ya avanzadas junto a otras comenzando, muchas en desarrollo y sobre todo mucho amor por la música, comenzando por un merecido homenaje al pianista Manuel Burgueras que sigue al pie del cañón aprendiendo de todo y todos, en activo además de compartir escenario con alumnos y colegas de profesión.

Imposible condensar la amplia biografía del pianista porteño afincado en España en los diez minutos de lectura de la directora del curso, que como bien contestó el homenajeado, es simplemente una trayectoria que comenzó de niño escuchando a Jessye Norman, para enamorarse de este mundo vocal en el que lleva toda una vida donde sigue aprendiendo de todos los que ha tenido al lado, y disfrutando cada vez que se sube a un escenario, algo que se le nota.

Dejo el programa con el orden final del concierto, alumnado y acompañantes, destacando sobre todo el estreno de dos obras, como ya viene siendo habitual en estos cursos:

None of Us (2013) de la compositora madrileña Mercedes Zavala (1963), dedicada a Malcolm Singer en su 60 aniversario y estrenada en Inglaterra, para barítono, clarinete en si bemol y piano, primera vez que se escuchaba en España, contemporánea de escritura con todas las dificultades para los intérpretes, Oscar Castillo, Rosa Fernández y Lelyzaveta Tomchuk, en una clara apuesta por obras de nuestro tiempo que no solo hay la obligación de estudiarlas sino de darlas a conocer al público, pues la parte educativa es para todos, difícil de escuchar sin un recorrido previo al tratarse de una obra llena de registros extremos, disonancias, juegos vocales y un obligado trabajo de cámara por parte del trío.
Mención especial el estreno en Asturias de La leyenda del tiempo (Madrid, 28 de enero de 2012) de mi admirado Guillermo Martínez Vega (1983) sobre textos de Federico García Lorca para cuarteto vocal y piano, encargo del «Cuarteto Vocal Español» formado por miembros del Coro de RTVE, la obra de un compositor que siempre asombra y agrada en toda su amplia producción, culto a la melodía, conocedor de sus recursos esta vez al servicio del cuarteto vocal formado por Ayelén Mose (soprano), Lola Fernández (mezzo), Adrián Begega (tenor), Pedro La Villa (bajo) y el piano de Manuel Burgueras (que también lo estrenó en el Monumental de Madrid), una belleza capaz de brillar para coro pero igualmente impresionante en cámara por su calidad, cercanía, armonías vocales, escritura pianística propia y propicia más allá del acompañamiento, combinando y jugando con voces, timbres y un mimo como sólo Guillermo sabe tratar cada intérprete en sus obras, que siguen aumentando en cantidad y calidad. De nuevo felicitar a la Asociación «La Castalia» por la apuesta de divulgar música actual, y sobre todo a este cuarteto vocal con el maestro Burgueras que la hicieron suya y compartieron con un público entregado a ella, buen termómetro de calidez y cercanía amén de la calidad subrayada.

No quiero dejar de citar otras obras como las Cuatro canciones sefardíes (1965) de Joaquín Rodrigo por Lola Fernández y Manuel Burgueras, una mezzo a la que que hacía años no escuchaba pero que sigue teniendo un registro amplio y potente con una musicalidad que nunca se pierde, la Chanson du printemps, opus 28 (Andreas Johann Lorenz Oechsner) para soprano, violín y piano, María Heres de timbre agradable, potencia y gusto, María Mirto Smith Ayuso perfecto sonido y coprotagonismo más un Alfonso Peñarroya al que seguiremos de cerca como pianista repertorista más que acompañante. También original propuesta la que iniciaba el concierto Tutto che il mondo serra (Bottesini) para soprano, contrabajo y piano con Ana Peinado, Roberto Norniella que luchó por afinar el instrumento virtuoso del compositor y el magisterio de Burgueras con estos alumnos.
Las siempre bellas melodías de Tosti Ideale y L’alba separa dalla luce estuvieron interpretadas por el tenor Gaspar Braña y la pianista Irina Palazhchenko, que no le ayudó mucho, o la hermosísima Élégie, opus 24 de Fauré con el chelo joven de Santiago Ruiz de la Peña Jr. aún inseguro, y el siempre solvente virtuoso del piano Sergey Bezrodny.

El punto final estuvo a cargo de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» dirigida por Pablo Moras, que con el piano del langreano Marcos Suárez cantaron dos números de zarzuela, género en el que participan hace años en el Festival del Campoamor, la «Barcarola» de Los sobrinos del capitán Grant (M. Fernández Caballero) y las «seguidillas» de La verbena de la Paloma (Bretón) dejando en el medio  el villancico Esta noche, caballeros de Benito Lauret, quien potenciara esta agrupación en los años 70, y en cierto modo homenaje siempre merecido por la labor que el cartagenero realizó en nuestra tierra.

Pese a la coincidencia de eventos en el Auditorio, una buena entrada en la sala de cámara sumándose al respaldo de instituciones y empresas para que «La Castalia» siga su labor docente y divulgadora.

Magníficos inconfundibles

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Viernes 4 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Los designios del destino», Abono 3 OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Ari Rasilainen (director). Obras de García Abril, Mozart y Tchaikovsky.
Festividad de Santa Bárbara, patrona de mineros y artilleros en cierto modo conmemorada con este concierto que aunaba obras con sello propio donde no faltó pirotecnia variada y devolvía al podio asturiano al finlandés Ari Rasilainen, con quien la OSPA se nota volcada, gran concertador y esta vez con una segunda parte magnífica.

El turolense Antón García Abril (1933) escribió los Cantos de pleamar (1993) por encargo del CNDM para el IX Festival de Música Contemporánea de Alicante extinto con los tijeretazos, estrenada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y dirección de Maximino Zumalave. Hoy nuestra OSPA creo que dejó muy satisfecho al compositor, presente en la sala, atravesando un momento de excelencia en todas sus secciones, esta vez sólo para la cuerda que sigue sonando única, interpretando esta partitura de caracter atonal pero con giros clásicos y acordes reconocibles, de escritura clara explotando el color sin necesidad de buscar técnicas «innecesarias» para expresarse desde el sello inconfundible de un autor que podemos considerar verdadero melodista.
La inspiración marina nos toca de cerca tanto a los asturianos como al director finlandés que llevó la orquestación con verdadero mimo en tímbricas y dinámicas, con ritmos claros y precisos buscando la grandiosidad del cosmos con el mar como reflejo, cuadros de olas otoñales y calma chicha, espuma chispeante como estrellas acuáticas desde la contemplación casi mística que el propio compositor escribe o describe y las notas al programa (enlazadas en los autores al principio) del doctor Alejandro G. Villalibre recogen. Realmente la orquesta tradujo a música las palabras del maestro García Abril: «La plemar poética, colmada de impulsos de plenitud, la pleamar inspirada y litúrgica». Un placer seguir escuchando la música de uno de nuestros compositores vivos abriendo velada, al que Asturias y la OSPA siempre tendrán en su historia musical.

En el Concierto para piano nº 17 en sol mayor, K. 453 (1784) de Mozart pudimos escuchar al francés Jean-Efflam Bavouzet que nos dejó una versión clara, limpia, sin excesos dinámicos, bien concertada por el director finlandés con una formación equilibrada y perfecta para un clasicismo que el solista pareció olvidar en sus cadencias, sorprendentes por darles unas armonías y lenguaje impresionista tal vez buscando actualizar a un Mozart que no lo necesita. Puedo entender que a partir de él los compositores decidiesen escribirlas porque la libertad también debemos respetarla. De las muchas cadencias realizadas por los propios pianistas me quedo con la de Andreas Staier por el escrupuloso estilo en este mismo concierto, o la de Gulda, capaz de aparcar su estilo de jazz y respetar el inconfundible sello mozartiano recreando desde la técnica pero sin perder identidad. Bavouzet apostó por lo difícil, pues tras un Allegro bien llevado en líneas generales, su «fermata» me dejó descolocado, no ya por las modulaciones en las que se adentró sino por la rítmica y armonía totalmente ajenas, impactando técnicamente pero cambiando totalmente el color de un concierto brillante. El Andante discurrió en la misma línea, con una orquesta adecuada, maravillosa madera y una dirección en busca de la mejor concertación, no siempre fácil por el discurso francés, alcanzando otra cadencia algo más «contenida» pero nuevamente sorprendente por desarrollo. Es cuestión de gustos, pero coloquialmente no pegaba ni con cola, tal vez una boutade de inspiración impresionista por los acordes y trinos antes de finalizar el movimiento central mozartiano. El Allegretto fue volver a la raíz, recuerdos operísticos con la sencillez melódica en todas las intervenciones, sonidos cristalinos pulsación diáfana en el piano del francés para un discurrir luminoso, trinos, tiempo ajustado y equilibrio con una orquesta asturiana en estado de gracia dirigida por un finlandés.

Al menos la propina de Reflets dans l’eau (Debussy) mantuvo ese algo que las hace inconfundibles, la plasticidad y armonías tan francesas que esta vez sí mantuvieron identidad acorde con la época y estilo, dejándonos el Bazouvet habitual y esperado, pianista de técnica impresionante con sonoridades casi de la pleamar inicial.

En broma siempre digo que «no hay quinta mala» y es que la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (1888) de Chaikovski es una de las más grandes obras orquestales, con una plantilla reforzada en el número exacto para alcanzar toda la inmensidad de una partitura que conmueve en sus cuatro movimientos, «destino» amargo que finalmente alcanza la luz, llevada de memoria por un Rasilainen que la entendió diáfana sacando de todas las secciones y solistas de la OSPA lo mejor.
Hago referencia al refuerzo necesario porque el poderío de los metales con cinco trompas, dos trompetas, tres trombones y tuba más las tres flautas con el  resto de madera a dos exige una cuerda más numerosa, lo que brindó un balance dinámico realmente perfecto para las exigencias de la quinta del ruso. El maestro finlandés arrancó el Andante-Allegro con anima dejando fluir el clarinete aterciopelado de Andreas Weisgerber sin decaer la pulsación antes del fogoso desarrollo siguiente sin excesos para paladear maderas inspiradas y la cuerda asturiana como nunca, buenos balances con los metales poderosos sin tapar protagonismos, incluso los timbales presentes ayudando a la sensación de seguridad global. Difícil encontrar calificativos pero la sensación de sonido compacto y poderoso marcó este primer movimiento lleno de contrastes bien definidos, pizzicati claros, melodías llevadas con decisión sin amaneramientos. El Andante cantabile con alcuna licenza subió el lirismo y buen gusto interpretativo, contrabajos envolviendo una cuerda sedosa ideal para acompañar con esmero el conocido y bellísimo solo de trompa con el alicantino Miguel Ángel Martínez Antolinos pleno de musicalidad y acertado, bien contestado por las demás intervenciones al mismo nivel del solista, verdaderamente «cantable» por un tiempo sereno que permitió emocionarse con este movimiento único donde la melodía triunfa en cada intervención instrumental, todas de altura, calidad y gusto interpretativo. El Vals: Allegro moderato sonó realmente de ballet, acentuaciones adecuadas, tensión en el momento justo, dirección jugosa dejando disfrutar a todas las secciones, recreándose en la cuerda con las pinceladas de madera, equilibrios de secciones para relucir las intervenciones de fagot o flautas, cambios de tempo donde las notas se percibieron limpias en todos los instrumentos. Y qué decir del Finale: Andante maestoso-Allegro vivace, el camino sinuoso de la amargura inicial que alcanza una felicidad impensable en un desarrollo exigente en todos los terrenos musicales con el sello inconfundible del ruso: los cambios de tiempo, la riquísima paleta instrumental, el equilibrio entre las secciones, el ritmo cual motor de alto caballaje, las dinámicas extremas… otra prueba de fuego superada con sobresaliente, las recapitulaciones temáticas en recovecos de riqueza tímbrica y el empuje en ese vertiginoso final, energía pura sin desbocarse, bien encauzada desde una batuta que volvió a triunfar con la OSPA, algo que todos los presentes entendieron aplaudiendo larga y merecidamente, obligando al maestro escandinavo a salir tres veces pese a la duración del concierto. La «temporada plateada» avanza desde lo alto en este inicio de diciembre.

Climatologías musicales

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Viernes 27 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2 OSPA, Ludmil Angelov (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Saariaho, Chopin y Sibelius.

Volvía la OSPA a los conciertos de abono tras el paréntesis operístico mozartiano que le ha venido realmente bien, con si titular al frente en un programa de los que le gustan y domina, algo que se percibe en muchos detalles. La estructura del concierto la ya centenaria de colocar en el centro un concierto solista y finalizar con obra sinfónica, en este caso continuación casi del día anterior en el mismo auditorio aunque con otra formación con una obra breve, a veces de estreno, para abrir velada.

También volvían las conferencias previas una hora antes, esta vez con Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa (que dejo enlazadas arriba en los autores), centrando perfectamente, aunque con tecnicismos que no todos los presentes entendieron, las obras a escuchar con el título París-Helsinki: Centro y periferia europea del siglo XIX para un concierto bautizado como «Auroras Boreales I» al enmarcar a Chopin entre dos finlandeses.

Comenzábamos con el estreno en España de Cielo de Invierno (2013) de la compositora Kaija Saariaho (1952), en la línea de otras contemporáneas basada en «texturas espaciadas que evolucionan lentamente desde el sonido individual a la totalidad del espectro armónico» que escribe el conferenciante, o si se quiere, el trabajo del timbre instrumental para crear ambientes o imágenes sonoras que sabiendo corresponde a la segunda parte de una trilogía titulada Orion (2002) y abandona su habitual estilo electrónico para reencontrarse con la orquesta, nos da una idea de música cósmica. Con amplia plantilla donde no faltaba la percusión más piano y celesta (hoy tocados por dos compositores como Omar Majbour Navarro y Guillermo Martínez, puede que por entender mejor la mecánica de estas obras cercanas a su generación), saca sonidos que evocan constelaciones, estrellas, frialdad cósmica vista y sentida desde su país natal, tiempos lentos casi flotantes con los instrumentos utilizando sordinas, registros no habituales y una serie de capas superpuestas que el director búlgaro iba balanceando para pasar de unos planos a otros, sin olvidarse de unas dinámicas extremas (impresionante el pianísimo final) que completan un lenguaje poco personal y más argumental por no llamarlo descriptivo, incluso sin saber nada de la obra. Bien todas las secciones y los refuerzos para seguir apostando por la escucha de obras actuales, puesto que debemos educar el oído como el resto de los sentidos.

La parte central nada menos que el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin a cargo de Ludmil Angelov, compatriota de Milanov por lo que podríamos decir que hablaron el mismo idioma para una escritura donde el protagonista es el solista y la orquesta acompaña con la dificultad del siempre necesario rubato romántico un poco en la línea del canto como también nos contó el doctor Moro en la conferencia. Sonido limpio y cristalino el de Angelov, con la técnica apropiada para Chopin, sin gran sonoridad y bien concertado por Rossen, disfrutando de este concierto que los pianistas de mi generación asociamos al último año de la entonces llamada carrera profesional. Salvo ligeros retrasos de la orquesta en algún final de frase, destacar la «colocación vienesa» que ayudó a ganar en color el papel orquestal de arropar al solista redescubriendo contestaciones del fagot o unas trompas contenidas y bien ensambladas, aunque siempre triunfando el piano en un clima de temperatura otoñal, con un buen comunicador el pianista búlgaro.
Y no podía haber otras propinas que Chopin, en solitario y con la misma limpieza y ligereza del número 1, el Nocturno en do sostenido menor profundo en lectura, más un personal Vals op. 64 nº 2 en la misma tonalidad, donde los juegos de tiempo fueron algo excesivos pero lógicamente buscando aportar algo nuevo para un repertorio que todo melómano conoce de memoria. Un excelente solista Ludmil Angelov en unas obras donde está reconocido como intérprete de referencia, aunque los grandes sigan en activo pese a los años que aún tiene por delante el búlgaro, verano de la Europa central en plena primavera vital.

Los fríos finlandeses los degustamos el jueves como preparándonos para estos climas nórdicos donde la música de Sibelius y otros vecinos parecen dibujar paisajes blancos de nieve, cielos azules intensos con auroras boreales, pero también bosques de apariencia devastadora con un encanto que a los asturianos nos toca de cerca, aunque sea un invierno con mejor temperatura. Finlandia y la segunda sinfonía nos hicieron descubrir una orquesta distinta de la habitual pero «Leyendas» la Suite Lemminkäinen, opus 22 sacó de la OSPA sus mejores cualidades, con Milanov sabedor de todos los recursos y calidades. Cuatro poemas sinfónicos o cuentos, historias de la mitología del frío con aires rusos cercanos y una escritura orquestal bellísima, llena de contrastes entre secciones, con intervenciones solistas que reafirman la calidad de cada atril, cuatro obras con personalidad propia conectadas por la unidad interpretativa desde un clima nunca gélido pero sí tenebroso, muy Mordor astur por emplear una imagen muy nuestra.
Lemminkäinen y las doncellas de la isla, arrancando con las trompas seguras, la madera nostálgica y alegre pero sobre todo la cuerda que nos cautiva, compacta, propia, presente, incisiva y aterciopelada, dinámicas muy trabajadas y manteniendo la pulsión del personaje con todas sus aventuras, melodías con el sello finlandés indescriptible con palabras e inconfundibles al oído, energía y vitalidad.
El cisne de Tuonela, probablemente lo más conocido de esta suite, nos dejó dos solos de corno inglés y cello dignos de unos intérpretes de primera que sintieron e hicieron sentir el ambiente nórdico desde nuestro paisaje y lenguaje asturiano, bien arropados por sus compañeros con un Milanov dejando fluir las melodías.
Lemminkäinen en Tuonela volvió a dejarnos una cuerda increíble, misteriosamente clara, trémolos presentes jugando con intensidades y ataques, la percusión, especialmente el bombo, más todo el viento derrochando protagonismos compartidos que el director búlgaro impulsó con autoridad en busca de la temperatura adecuada, balances dinámicos acertados y tensión mantenida con ritmos cambiantes y tímbricas increíbles.
El regreso de Lemminkäinen es como la reafirmación del paisaje plateado, los veinticinco años de esta OSPA continuadora de una larga tradición sinfónica asturiana que alcanza ahora un momento ideal para afrontar cualquier repertorio aunque Sibelius suene siempre especial en ella, y este regreso del protagonista nos permitió disfrutar de nuevo con todas y cada una de las secciones con un Milanov inspirado, brillo de metales, «pizzicattos» de cuerda punzantes, ritmo vigoroso y alegre reforzado por toda la percusión, píccolos volando a dúo, clarinetes chispeantes, tuba poderosa, trompas empastadas como nunca, la formación al completo y una sensación de trabajo bien hecho que como público agradecemos siempre, con ese final apoteósico que nos levantó el ánimo ¡y las posaderas!. Los siguientes directores invitados tienen ahora la responsabilidad de mantener e incluso superar el nivel actual.

Respeto por los mayores

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Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Dos conciertos en uno

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Sábado 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano «Luis G. Iberni». Bertrand Chamayou (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Scriabin, Ravel y Rimsky-Korsakov.
Buena inauguración de las jornadas de piano que llevan el nombre de su impulsor, con una OFil cada vez más madura y compacta, hoy algo reforzada para la ocasión, su titular al frente más un joven pianista francés y valiente que se atrevió con dos conciertos en vez de uno, el del ruso Scriabin con el que se estrenaba, más el de su compatriota Ravel.
Se nota el trabajo previo de la formación carbayona porque cada sección está segura y compenetrada, hoy echando de menos un poco más de tensión en los cellos que resultaron «blanditos» en comparación con sus hermanos contrabajos, hoy cinco, que redondearon un equilibrio en la cuerda necesario para el programa sabatino, una madera convincente con solistas increíbles, los «bronces» también con refuerzo que sonaron compactos aunque demasiado presentes por momentos (no fue culpa suya) y una percusión un poco insegura como contagiada de un Conti que estuvo desigual en las tres obras de este primer sábado de noviembre.

El Concierto para piano en fa sostenido menor, op. 20 (1898) de Alexander Scriabin (1872-1915) tiene todos los elementos para gustar, manejando los dos instrumentos para los que compuso toda su vida, piano y orquesta, aún joven sin adentrarse en demasiadas «complicaciones», con un melodismo postromántico seguidor de Chopin o Liszt aunque con aire ruso propio digno también de su amigo y compañero Rachmaninov, piano protagonista arropado por una orquestación delicada que nunca enturbia al solista. Tres movimientos (Allegro-Andante-Allegro moderato) casi cinematográficos en su discurrir, con un Chamayou de sonido limpio, pulcro, potente cuando la partitura lo requería, fraseos bien llevados y una concertación por parte de Marzio Conti sin mayores dificultades, con la orquesta respondiendo sin más problemas que los antes apuntados para una obra delicada, lírica y transparente. Especialmente sentido el movimiento lento central con sus variaciones para disfrutar de todo lo escrito antes del «viril» final que diría Jeremy Paul Norris y bien comenta Miriam Perandones en las notas al programa.

Más complicaciones para todos presenta el Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937), original y exótico para el momento con fuertes influencias del jazz y exigencias rítmicas para solista y orquesta que Conti hubo de sortear con desigual fortuna. De nuevo impresionante el sonido y entrega de Bertrand Chamayou, demostrando una claridad expositiva compartida por una instrumentación rica en tímbrica que los distintos solistas (arpa, trompeta, corno inglés, clarinete, trombón, percusión…) solventaron con colorido individual muy estudiado y personal. Estructura también en tres movimientos (Allegramente-Adagio assai-Presto) donde el pianista fue creciendo en intensidad y entrega aunque muy pendiente de la dirección por momentos errática y poco clara. Con todo el resultado final resultó más que agradable y el público obligó al solista a salir para regalarnos una espléndida y hermosa Pavana para una infanta difunta para no perder esa continuidad raveliana tan plenamente francesa, en el amplio sentido del término, convencido nuevamente de que el terruño ayuda a entender la música de uno, y Chamayou puso el mejor broche a esta jornada pianística con orquesta por partida doble.

La impresionante Scheherezade, op. 35 (Rimsky-Korsakov) son palabras mayores que requieren poso y pausa, dominar la masa sonora para no caer en ampulosidades innecesarias, sonsacar la riqueza tímbrica que atesora y mimar la agógica al detalle, algo que no hubo en la interpretación diseñada por Conti. Cada solo de Andrei Mijlin, concertino en la segunda parte, era un guante que no recogía el italiano, utilizando por momentos aires precipitados, atropellados, uniendo fortísimos de nuevo erróneos y erráticos. No entendí muy bien los juegos conversacionales en dos tiempos de trombón y trompeta cuando hablan el mismo idioma, supongo que intentando aportar algo nuevo a una obra que todos tenemos más que interiorizada. De nuevo los solistas volvieron a brillar aunque hubiese momentos tan atolondrados que daba vértigo escucharlos, miedo al error por un aire excesivo que tampoco ayudó a disfrutar con unos cuentos que fueron sólo de «quinientas noches». Lástima porque son obras sinfónicas para masticarlas bien, y pausarlas, antes de tragar. Los ad libitum en los solistas sí resultaron melódicos y los pianos presentes, pizzicati por fin audibles pero sin posibilidad de tomar aire antes de afrontar los cuatro relatos de la princesa. Esperaremos una versión más convincente.

Amorós: contención y explosión

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Miércoles 4 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, recital de piano: Pablo Amorós. Obras de Schubert, Chopin, Granados y Falla. Entrada: 18 €.
Las sociedades filarmónicas siguen siendo la base de toda formación musical y el lugar idóneo para iniciarse en la llamada música de cámara, de la que el piano es probablemente el instrumento principal, no solo para melómanos o aficionados sino para los propios músicos en unos momentos donde la contratación es difícil y darse a conocer en vivo una verdadera odisea.

En esta temporada 2015-16 serán varios intérpretes los que pasen por el escenario del coliseo gijonés, llegando desde Córdoba el joven Pablo Amorós con un programa del que habló el día anterior invitado por el Taller de Músicos que mantiene colaboración con la sociedad local, acercando al público los concertistas que dan a conocer esos detalles ayudando a comprender y entender mejor su profesión. Parte de los asistentes aplaudían el poder escuchar obras de música española, que tristemente sigue teniendo más reconocimiento fuera de nuestra tierra como el propio Amorós ha hecho en EE.UU. por citar una de sus giras. Puede ser coincidencia que los dos elegidos para hoy falleciesen fuera de España.

Este miércoles la primera parte estuvo ocupada por dos compositores que no deben faltar en el repertorio de un pianista: Schubert con su Impromtu op. 90 nº 2 que resulta difícil para abrir boca, donde el músico cordobés mostró una de sus cualidades, la elegancia, dibujando con verdadera delicadeza todos los cromatismos sin perder las melodías, elección de aire no muy agitado, con una mano izquierda nunca ofensiva, más bien pinceladas como si de una obra vocal se tratase, y sobre todo el grueso de esta parte que recayó en Chopin, del que Amorós parece tenerle tomado su pulso desde una lectura interior, introspectiva, contenida, sin arrebatos, delicada a más no poder como en los dos nocturnos opus 27 número 1, mano izquierda de brumas y derecha luminosa, pausado para degustar el intimismo, y el número 2, posado y no pesante. Pero sobre todo en las dos baladas, la nº 3 op. 47 diseñada desde la sonoridad buscada con los fuertes contenidos y el ritmo marcado, más la nº 4 op. 52, el intimismo de la mal entendida «música de salón» donde la fuerza nunca es explosiva ni desgarradora, más bien contenida como el propio corazón del compositor polaco, dibujos delicados, casi abocetados con los toques de color en el momento justo, de «rubato» nada exagerado y siempre oportuno, todo ello trabajado desde una sonoridad aterciopelada, sonido cercano aunque capaz de llenar todo el teatro. Si los referentes del cordobés son Horowitz o Rubinstein parece claro que también quiere aportar su interpretación, la tensión necesaria y en el momento preciso capaz de arrancar indebidamente los aplausos como si acumular emociones necesitase soltarlas de golpe. No en vano la biografía del programa dice textualmente: «Un simple «nocturno» de Chopin en las manos de Amorós consigue conmover a muchos de sus oyentes», conmoción romántica entendida desde lo apolíneo y la pasión sin amaneramientos.

Hay que seguir reconociendo, interpretando y escuchando a nuestros grandes porque tanto Granados como Falla lo son. El españolismo universal bien entendido como cultura sin patrioterismos, el que bebe de las fuentes populares con distinto sello y formación pasadas por la genialidad de los compositores, la visión catalana y «afrancesada» del sur que propone Don Enrique  en sus «Danzas españolas» de las que Amorós eligió la «Oriental» (nº 2) y la popular «Andaluza» (nº 5) pero sobre todo los «Valses poéticos» con referencias parisinas y chopinianas en inspiración y color, de nuevo elegancia más contención pero con «duende», andaluz que se nace y no se pace.

Pero punto y aparte resultó Falla (que no falla) como el gaditano capaz de diferenciar toda la región, las distintas provincias de la que Granada marcaría su obra, y sobre todo la Sevilla inspiradora de tantos músicos. La «Serenata Andaluza» comenzó a despeinar el talento del cordobés como traduciendo dede las fuentes lo que Don Manuel captó como nadie, las melodías cristalinas como las fuentes del Generalife o la mezquita cordobesa que tantas veces habrá imaginado el pianista. La explosión necesaria tras la contención llegaría con la «Fantasía Bética«, geografía sonora de una tierra de contrastes donde lo flamenco es solamente disculpa para demostrar el dominio de la escritura pianística del fallecido en la Córdoba argentina y compuesta por encargo del virtuoso Arthur Rubinstein, verdadera fantasía para 88 teclas, cascada de color y ritmo, capaz de transmitir el taconeo y el rasgueo, verdaderos jirones del alma hechos música en el piano del cordobés intérprete, desmelenado, fogoso, encogido para sentir una guitarra de teclas dando rienda suelta al despliegue sonoro casi prohibido en la primera parte. Y como en los grandes momentos aquéllo tuvo «pellizco».

Serán leyendas urbanas pero nadie mejor que los intérpretes españoles para entender, sentir y transmitir nuestra música. Los grandes maestros de Pablo Amorós han sido referentes, especialmente Alicia de Larrocha y Joaquín Achúcarro, dominadores del piano romántico pero modelos en la música española capaz de compartir programa con Chopin y Schubert sin complejos y sin necesidad de traducción. Habrá que seguir de cerca la trayectoria de este cordobés, digno alumno de nuestros grandes intérpretes y compositores.

Mozart nun tris

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Martes 3 de noviembre, 11:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Producciones Nun Tris: Los amorinos de Bastián y Bastiana (Mozart). Vanessa del Riego (soprano), Cristóbal Blanco (tenor), Antón Caamaño (bajo), Mario Álvarez Blanco (piano). Supervisión musical: Elena Pérez Herrero; escenografía: Pablo Maojo; ayudante de dirección: Inma Rodríguez. Dirección escénica y versión en asturianu: Antón Caamaño.

Esta mañana de noviembre nos fuimos con el alumnado del IES «El Batán» a escuchar una ópera de Mozart traducida al asturiano, dentro de la «Axenda Didáctica escolar» que patrocina la Consejería de Educación y Cultura desde hace seis años, a través de la Dirección Xeneral de Política Llingüística, aunando en nuestro caso los Departamentos Didácticos de «Llingua asturiana» y «Música«, una actividad muy útil desde todas las áreas que acoge proyectos de lo más variado, decantándonos nosotros por esta dualidad que toca el folk como en otros años,

pero también la «ópera de cámara», pues eso es Bastien und Bastianne, K. 50/46b, un singspiele que no llega a la hora de duración pero no en alemán sino en nuestra lengua autóctona, ya rodada y con artistas de la tierra, en un montaje sencillo, ocurrente, en época trasladada al siglo XIX de la emigración asturiana como «una crítica a los valores de las ciudades, a las que se la identifica con la vanidad, y una apuesta por la sencillez, simbolizada en el mundo rural» (el mismo de gran parte de nuestro alumnado) y con tres personajes siempre actuales desde cualquier óptica, partiendo de elementos tradicionales que evolucionan al paisaje urbano.

Difícil es cantar por la mañana, aún más tener al alumnado atento, pero resultó todo un éxito esta adaptación muy trabajada no ya por la traducción del alemán al asturiano, primera ópera representada en nuestro idioma, a cargo del director escénico y bajo para la ocasión Antón Caamaño, con la supervisión de la mierense Elena Pérez Herrero, que conoce a la perfección obra e intérpretes desde su condición de cantante y profesora de canto.

Con el piano (eléctrico) de Mario Álvarez Blanco, curtido en repertorios operísticos (es maestro repetidor de la Ópera de Oviedo desde hace años), el propio actor profesional Antón Caamaño como Colás más la soprano Vanessa del Riego en Bastiana y el tenor Cristóbal Blanco como Bastián, ambos también componentes del Coro de la Ópera de Oviedo, ayudados por sobretítulos y una iluminación suficiente, siempre ayudados por el personal técnico de la Casa de la Cultura de Mieres, nos hicieron disfrutar de esta joya compuesta por el prodigio de Mozart con 12 años, música a borbotones con el sello inconfundible del genio de Salzburgo y la engañosa facilidad de una partitura exigente para todos, trío cantante y pianista que debe «reducir la orquesta», donde el alumnado pudo escuchar arias, dúos y el trío final junto a los simpáticos diálogos y enredos que algunos creyeron reales como la vida misma en el coloquio entablado al finalizar la representación.

Mi más cordiales felicitaciones al pianista que hubo de tocar a oscuras en muchos momentos, a una Vanessa acatarrada que luchó como los grandes para no cancelar representación, a Cristóbal que se preparó el papel en tiempo récord (al encontrarse el avilesino Pablo Romero en Londres) y por supuesto al mago Antón, verdadero triunfador entre el público por su trabajo antes, durante y después de esos amoríos que enamoraron a todos. Esta agenda nos viene muy bien a todos en nuestro arduo trabajo, esperando sigan apostando los dirigentes por ella. No olviden que es invertir en futuro.

Estrenos cercanos

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Sábado 10 de octubre, 20:00 horas. Teatro Municipal Bergidum, Ponferrada. Ciclo romántico: «Cantando a Gil y Carrasco». Patricia Rodríguez Rico (soprano) y Manuel Alejandre Prada (piano). Obras de Alejandre, Schubert, Lortzing, Rossini, Lehár, Arrieta y Giménez. Entrada: 7,50 €.

Llevaba tiempo sin escuchar a la soprano ferrolana, muy solicitada para estrenos gracias a su poderío vocal basado en un trabajo meticuloso y versatilidad, la misma que le trajo hasta la capital de El Bierzo para regalarnos el «Tributo a Gil y Carrasco» opus 64, en homenaje al bicentario de su nacimiento, siete lieder sobre poemas de Enrique Gil y Carrasco del compositor local y pianista Manuel Alejandre Prada. No es accesorio titular esta obra de «lied» puesto que el diálogo y protagonismo de piano y voz marcan esta obra de dificultades extremas para el registro de soprano, con poemas no excesivamente musicales a los que Alejandre intenta sacar más la expresión que la lírica propiamente dicha.

Siete poemas distintos con el sello del músico berciano donde aparecen colores y atmósferas grises, duras, llevadas al discurso melódico en saltos de octavas realmente abismales, medios tonos generadores de indecisión tonal como en El Sil, agudos altísimos en pianísimo o graves profundos sin poder perderse nunca la inteligibilidad de unos textos difíciles caso de Niebla. La soprano gallega hubo de pasar por todos los registros defendiendo una partitura realmente agotadora con detalles de lirismo como en La mariposa o Una gota de rocío que cerraba este ciclo con un pianismo igualmente vertiginoso de arpegios alternando con reposos casi litúrgicos de Campana de una oración sin caer en descriptivismos literales pero sí buscando esa ambientación romántica deudora de muchos compositores volcados en poner música a textos. Obra la de Alejandre que seguramente habrá de «readaptar» al terreno vocal para voces graves o incluso para una mezzo de amplia tesitura en el agudo pueden lograr un color más adaptado a la buena idea del pianista y compositor local.

La segunda parte tras el esfuerzo de la primera, dejó la voz preparada para los dos lieder de Franz Schubert, An die Musik D. 547 y la conocidísima serenata póstuma Stänchen, D. 957 nº 4 con el piano coprotagonizando estas bellísimas perlas románticas de salón, o las arias de opereta vienesa que tan bien le van a Patricia R. Rico como las de Zar und Zimmerman de Lortzing o la balada de Vilja de La Viuda Alegre (Franz Lehár) en el mejor estilo desenfadado y lleno de melodismo que nos imaginaba a la soprano con guantes largos y trajes negros de encaje sin copa de champán pero el mismo aire pícaro de ambas.

No podía faltar entre lo germano nuestro querido bufo Rossini, del que Non si da follia maggiore de «El turco en Italia» volvió a corroborar el dominio técnico de Patricia para unas arias exigentes como las del italiano con un piano reduciendo la orquesta solo en tímbrica porque así trabajó Manuel su siempre impecable y certero acompañamiento.

Y en un recital lírico lo español nada menos que con dos grandes como Arrieta y Pensar en él de «Marina«, género grande compartiendo programa con alemanes e italianos en esta romanza operística de agilidades y hondura interpretativa para rematar con Me llaman la primorosa de «El barbero de Sevilla» de Gerónimo Giménez, la voz que ha ido ganando registro grave y mantiene los agudos de flauta tan característicos de Patricia Rodríguez Rico, no mero juego pirotécnico sino gusto vocal por cualquier página que afronte.

El recital sabatino resultó muy exigente y se volcó en cada partitura, incluyendo una propina de lujo como el conocido O mio babbino caro de «Gianni Schicchi» (Puccini) que gallega y leonés entendieron a uno para comunicar la emoción final a un público que no llenó el coliseo ponferradino pero disfrutaron del estreno y aún más con estos clásicos románticos.
Los medios locales reflejaron el evento y los presentes esperamos volver a escuchar aunque sea grabado, pues siempre reconforta el interés de las jóvenes generaciones de compositores españoles por nuestro patrimonio literario llevándolo al perfecto maridaje con la música como forma de difusión y conocimiento, aunque el novelista de Villafranca del Bierzo fallecido joven -casi obligatorio en su época- Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) tenga su sitio en la historia de la literatura en este año romántico.

Codalario suma y sigue acertando

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Sábado 3 de octubre, 19:00 horas. Salón de Actos del COAM, Madrid. Premios Codalario de la música 2015. Entrada por invitación.

Codalario, mucho más que un portal web o una revista digital, volvía a la capital de España para presentar su Anuario 2015, ya a la venta por 10 €, mejorando aún los anteriores en cantidad y calidad (convirtiendo esta publicación en una, sino la mejor editada del mundo musical), además de entregar unos premios que ya van por su tercera edición, una «Musa inconclusa» del pintor y escultor Sergio Portela Campos, que están asentándose como referente del panorama musical más allá de nuestras fronteras y que son una ceremonia de reconocimiento a los valores musicales así como el encuentro de distintas figuras y melómanos.

Larga la lista de verdaderas autoridades en los distintos campos del saber y artistas españoles a los que admiro (algunos como Joaquín Achúcarro, premiado en la anterior edición, o el director Enrique García Asensio) y sigo desde hace años (Mª José Montiel, Luis Cansino, Svetla Krasteva, Miguel Borrallo, Cecilia Lavilla, Aurelio Viribay, Cristina Faus o Sonia de Munck por citar algunos), convirtiéndose muchas en amistades imperecederas precisamente por compartir la misma pasión.

Sonaba de fondo una grabación de Teresa Berganza y sus Canciones españolas mientras tomábamos asiento en un salón lleno antes del discurso inicial del Aurelio M. Seco, director de la publicación y docente donde no faltaron críticas ni elogios («¿Para cuándo un apoyo decidido, sistemático y estable al mundo de la música?»), sin olvidar a todo el equipo de Codalario o un repaso a los premiados de este año.

El redactor jefe Gonzalo Lahoz hizo de maestro de ceremonias con cercanía, emoción, pasión juvenil pero madura, glosando con cariño a cada premiado, todos presentes en la sala y absortos con las palabras espontáneas del madrileño, porque la palabra también puede ayudar a la música. Y con distintos vídeos fueron subiendo al estrado los premiados leyendo las notas del jurado:

Ruth Iniesta, artista revelación, una joven soprano con larga trayectoria en el musical pero que la zarzuela recuperó para la lírica dando pasos seguros en la ópera, revelación para quienes no la hayan escuchado, ganadora del «Jacinto Guerrero» a la mejor intérprete de música española, y ya para todos «La Iniesta» que decía Gonzalo.

Recién llegado de Aalborg el pianista onubense Javier Perianes galardonado con el premio al mejor artista, al que sigo hace años y admiro por su carrera al margen de lo comercial, que toca lo que le gusta como nadie, que sigue fiel a sus maestros Ana Guijarro o Josep Colom y del que otro maestro como Francisco Jaime Pantín hace una semblanza en el Anuario como sólo él podría. La sencillez hecha arte quiso agradecer el apoyo de su familia, dedicándole especialmente a sus padres (uno vivo y la otra fallecida) todo su excelente quehacer desde su pequeño pueblo de Nerva hasta los mejores teatros del mundo, en solitario o buscado por los grandes directores y orquestas para seguir haciendo historia.

En el caso de José Luis Temes no se premiaba al director sino al autor del mejor producto editorial por el libro El siglo de la zarzuela (de 1850 a 1950) publicado por Siruela dedicado a un género algo denostado por nosotros olvidando que Chile importaba en tres semanas toda la producción de «El Juramento» de Gaztambide desde Madrid con todo lo que suponía, poniendo el acento de un conocedor objetivo de este fenómeno culturalmás trascendental de España.

Decir Alfonso Aijón es lo mismo que Ibermúsica, premio a la mejor entidad que como él mismo decía, casi resulta póstumo tras las dificultades pasadas pero que no restan este homenaje más que merecido para quien desde la iniciativa privada ha traído a España lo mejor del panorama mundial, y quien en sus palabras pidió «un premio para el ministro de Cultura «que se ocupe de una vez de la música».

El momento más esperado y emotivo fue el «Premio homenaje a toda una carrera» para la irrepetible y única Teresa Berganza, emocionada al ver en el vídeo tantos amigos que ya no están, coqueta al decir que los surcos de la cara que aparecen en las geniales fotografías del Anuario podrían haberlos retocado, y especialmente la conversación telefónica con Mirella Freni, haciéndonos partícipes de un diálogo de hermanas, bromeando, preguntando por las familias, íntimo y compartido, grandes figuras de la historia a las que he tenido la suerte de escuchar en vivo varias veces, cercanía de las estrellas que nada tienen de divas pese a ser leyendas vivas.

En compañía de los suyos disfrutó y nos hizo disfrutar de este homenaje a la mezzo madrileña más universal, capaz de cantar como nadie a los españoles, de descubrirnos a Mahler, de hacer una Carmen «interiorizada» y sobre todo el mejor Cherubino de Mozart, con el que se abría la entrega de otra «Musa inconclusa», porque continúa su magisterio. La esperamos pronto en Oviedo.

Regalo musical el de Ruth Iniesta acompañada al piano Steinway por un discreto Miguel Huertas en este recinto de hormigón algo duro de acústica, lo que no dio todo el colorido habitual de la soprano zaragozana que comenzó brava y algo metálica en los sobreagudos con Suis-je gentille ainsi? de «Manon» (Massenet), algunas prisas por parte del público en aplaudir tras cada silencio del aria, sentida de principio a fin, y un piano que debe reducir la orquesta como dificultad añadida, suficiente para entrar en calor antes del aria Quel guardo il cavaliere de «Don Pasquale» (Donizzetti), Norina que debutará en breve con Carlos Chausson en el Gayarre de Pamplona que le va muy bien a su registro, buena coloratura y perfecta dicción italiana.

Había que cerrar este minirrecital con algo tan nuestro y de la propia soprano como la polonesa Me llaman la primorosa de «El barbero de Sevilla» (G. Giménez), una romanza cantada con gracia y frescura en un género donde «La Iniesta» se siente más que cómoda.

Un vino español acompañado de cecina leonesa y queso sirvieron de colofón para charlas entre amigos, conocidos y admiradores así como fotos varias que inmortalizaron una verdadera fiesta de la música gracias a Codalario y su equipo. Ya estamos esperando la edición 2016 que volverá a ocupar preferentemente mi agenda para Madrid.

Cine mudo pero con música

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Sábado 3 de octubre, 12:00 horas. Fundación Juan March, Madrid: Conciertos del Sábado, Ciclo «Clásicos del cine». Improvisar para películas mudas, Javier Pérez de Azpeitia (piano). Entrada gratuita.

La oferta cultural de la Fundación Juan March es encomiable y la música tiene un lugar especial en ella. Durante el mes de octubre se programa un ciclo interesantísimo y personalmente me llamaba la atención acudir a este primer concierto por mi breve relación con el tema. 1982 además del Mundial de Fútbol que tuvo sedes en Gijón y Oviedo también fue año del centenario del cine y además de un Mundial Cultural, un incondicional del séptimo arte como Isaac del Rivero tuvo la idea de hacer un ciclo de películas mudas con acompañamiento al piano en vivo en el salón de actos de la Feria de Muestras, donde tuve la suerte de participar alternando proyecciones con mi recordado Antolín de la Fuente, básicamente películas cómicas de La Pandilla, Keaton, Lloyd o el genial Charlot, pero también La salida de los obreros de la fábrica (Lumière), La casa encantada (Segundo de Chomón) como homenaje al cine español e incluso El gabinete del Doctor Caligari (Wiene), alternando cortos y largometrajes.

Mi experiencia fue increíble y sin visionados previos, pero sirvió para que años después pudiese poner música en directo a La aldea maldita de Florián Rey con el maestro Luis Miguel Ruiz de la Peña al violín en el Ateneo Jovellanos, ya preparando motivos y temas específicos adaptados al trascurrir de la acción. Como mierense repetí en el Teatro Jovellanos invitado por el director de la Filmoteca de Asturias Juan Bonifacio Lorenzo Benavente, Boni para todos, en la proyección y recuperación de la película Mieres del Camino (Juan Díaz Quesada), un acontecimiento que aún recuerdo. Mis únicas referencias eran las «bandas sonoras» añadidas en las proyecciones, muchas con órgano, alguna actualizada como Berlín, sinfonía de una gran ciudad con música de Pegasus, y algunas con orquesta original como Alexander Nevski o Iván el terrible (Eisenstein) con música de Prokofiev, Nosferatu (Murnau) o Metropolis (Lang) incluyendo la «revisión» de Giorgio Moroder, que a lo largo del tiempo he podido revivir como espectador.

El pianista y profesor Javier Pérez de Azpeitia no solo puso la música en vivo a cuatro películas que pudimos disfrutar en pantalla grande sino que también disertó sobre el papel de la improvisación, con todo lo que ello supone, así como la subjetividad, y hasta la forma de trabajar sobre las músicas, algo de agradecer en un mundo recuperado pero no lo suficientemente difundido, por lo que este concierto era impresindible para mi.

La casa encantada (1907) de Chomón, además de una joya de efectos especiales para su época, fue la primera en desgranarse al piano por parte del maestro y hasta de pormenorizar su explicación posterior. Los guiños del piano en perfecta sincronía con la imagen, los motivos tétricos y hasta cómicos por momentos fueron la perfecta banda sonora.

El arranque de Tartüff (1925) de Murnau supuso todo un paso adelante en dificultad y extensión, música específica, original de Giuseppe Becce, y muy trabajada en sonoridades y expresión para una película adaptada o de inspiración teatral, como tantas de su época y que aún continúa pasando casi cien años después.

El toque satírico más que de humor lo puso La princesa de las ostras (1919) de Lubitsch, la música al piano del intérprete vasco el resto, perfecto, acertado en la elección de cada fragmento, variaciones sobre la Marcha Nupcial de Mendelssohn en el mejor estilo improvisatorio (y muy estudiado) y cada situación de la narrativa visual al detalle musical de ritmo infatigable como el propio fox-trot del baile nupcial. El regusto global es premio para el tándem cine-música que siempre han permanecido unidos y algunos compositores se atrevieron a ponerle música propia.

Interesante también la moda de películas inspiradas en zarzuelas, verdaderos éxitos del momento, como Curro Vargas (1923) de José Buchs donde no podían faltar motivos originales de la partitura de Chapí adaptados como el propio discurso cinematográfico, los aires de farruca o la recordada melodía «Soledad mía» del protagonista asociada a cada aparición pero sutilmente moldeada por Pérez de Azpeitia. Con un piano no puede sacarse más partido a una película donde el referente original es eso, recreado para la proyección.

Todo un clásico «de miedo» para finalizar como el Nosferatu (1922) de Murnau, cercano a las composiciones actuales como la de Sánchez Verdú sin perder la idea espacio-temporal de la época y el argumento, con la propia limitación de un instrumento que engrandece la proyección. Bravo por esta banda sonora (Hermann) en directo, única e irrepetible que se podrá volver a escuchar hasta el 4 de noviembre en los audios que la propia fundación coloca en su web, música pura desgajada de las imágenes para la que sonó pero igualmente bellas.

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