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KLAIS políglota

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Sábado 14 de octubre, 21:00 horas. Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE): Jeremy Joseph (órgano). Obras de Marchand, Alain, Couperin, Franck y Widor.

Nueva escapada al FIOCLE que sigue llenando la Pulchra Leonina con enormes colas desde una hora antes para un público fiel a este festival, ya en el meridiano de la trigesimocuarta edición con este décimo concierto.

Si «el bicho KLAIS» se mimetiza con los sonidos de cada época, puedo decir que esta agradable tarde en la Capital del Reino fue también políglota: el clavecinista y organista sudafricano Jeremy Joseph (Durban, 1978) discípulo del austríaco Martin Haselböck (también pasó por Oviedo y León el año pasado), organista de la Capilla de la Corte Vienesa y de la Orquesta Wiener Akademie, que aterrizaba en España con un programa de la escuela francesa abarcando distintas épocas. Destacar que Joseph también ejerce la docencia en la «Universität für Musik und darstellende Kunst» de Viena y anualmente imparte masterclasses en el curso estival de música barroca de la «Austria Barock Akademie«. Con este currículo era normal que el órgano hablase con tantos acentos franceses ante un intérprete políglota por naturaleza y destino musical.

El llamado rey de los instrumentos tiene distintas escuelas como todos los aficionados conocen, siendo el programa de la conocida como Escuela francesa de órgano (siglos XVI, XVII y XVIII) cuya producción, si bien menos abundante que los monumentales corpus de los autores alemanes de la época (especialmente J. S. Bach y Buxtehude) aporta a la historia un legado de calidad basado principalmente en la polifonía culta de origen medieval y renacentista, y sin entrar en Messiaen a quien se le sigue recordando este año, no digamos de la pléyade de grandes organistas del país vecino, naturales o formados allí.

Para comenzar nada mejor que LOUIS MARCHAND (1669-1732) y su Grande Dialogue en Ut majeur, el barroco francés poderoso y elegante, incluso galante y heredero de una tradición musical rica en todos las formas, siendo el órgano perfecto exponente de ese estilo propio, parisino para más señas. Joseph optó por registros habituales bien elegidos para poder disfrutar de una limpieza expositiva de cada línea melódica siempre en primer plano amén de la riqueza tímbrica que «el bicho» atesora.
Y cuando hablo de acentos solo hay que escuchar a JEHAN ALAIN (1911-1940), uno de los últimos grandes sinfonistas (junto a Franck y Widor) cuyas Variations sur un thème de Clément Jannequin, demuestran la técnica virtuosa partiendo de un tema conocido, esta vez del gran compositor renacentista impulsor de la chanson, pero con el lenguaje contemporáneo de sus sucesores, volcado en armonías rompedoras para el momento, nuevamente desde una registración sutil, de violones y lengüetería con vibrato francés como si del habla se tratase.

Otro francés típico fue FRANÇOIS COUPERIN (1668-1733), cuya música para tecla puede tomarse de referente, clave y órgano por momentos intercambiables aunando técnica del primero y riqueza del segundo de la que poco nos ha llegado hasta nuestros días. Los extractos de la Messe pour les couvents elegidos por el intérprete sudafricano nos sumergieron en la puesta en escena que es una «messe» (para los alemanes una feria), tres momentos cargados de sonidos variados, amplios y delicados cual referente junto a Marchand de las misas parisinas: «Kyrie» del Dialogue sur la Trompette con clara reminiscencia española por sonoridades, también con escuela propia que se acabaría perdiendo, la trompetería castellana del alemán KLAIS sonando plenamente francesa, el Offertoire sur les Gran Jeu elegante y refinado con la limpieza del clavecín sumada la gran paleta sonora, y finalmente la Elevation – Tierce en Taille, recogimiento sonoro merced a la riqueza tímbrica que el órgano catedralicio tiene para «dar y tonar», perfecto subrayado a la Palabra de Dios y meditación sonora revistiendo la individual. Extraigo de las notas al programa las palabras del propio Couperin «… quien creía en la habilidad de la música para expresarse a sí misma en su prosa y su poesía, penetrando en ella hasta descubrir que es plus belle encore que la beauté«.
No se puede hacer una historia del órgano, y menos aún francés, sin el belga afincado en París CESAR FRANCK (1822-1890), excelente compositor y mejor organista aunque considerado un hombre gris, modesto, sencillo y monótono según sus biógrafos. La música moderna del país vecino surge como reacción
ante las humillaciones de la guerra franco-prusiana que
acabó con la vida del segundo Imperio, y tiene en Franck uno de sus pilares fundamentales,
a través del órgano de Santa Clotilde y de sus contactos
con el organero Cavaillé-Coll, renovando la
literatura organística y dando al último romanticismo una
profundidad plenamente adecuada al nuevo instrumento, orquestal a más no poder del que su Prière Op. 20 es un claro ejemplo. Acierto pleno en la elección de obra y registros casi idénticos a los «originales», manteniendo acento y reafirmando la evolución de la música junto al «nuevo instrumento».

Volveríamos con Alain en otra visión diríamos que postimpresionista, rica en tímbricas y armonías cercanas con sus Deux danses á Agni Yavishta, aplaudidas por separado y rompiendo la unidad contrastada que Jeremy Joseph buscó en ambas, la primera con volúmenes contenidos y flautados cual «cuco» en vez de trompeterías ya investigadas, con pulsión rítmica recordando a Saint-Saëns incluso en la armonización, más las sonoridades «debussianas» tan francesas y reposadas en otro despliegue tímbrico de «el bicho».

El final tenía que ser grandioso, de explosiones sonoras en el KLAIS, y nadie mejor que CHARLES-MARIE WIDOR (1844-1937) con el «Allegro» de su Symphony 6, op. 42 nº 2. Cierre perfecto de velada, apoteósis de luz musical, la orquesta de tubos con todos los recursos sonoros posibles para las llamadas sinfonías para órgano: poderío, impacto, tímbricas desde la majestuosidad, virtuosismo instrumental revestido de la acústica catedralicia a mayor grandiosidad y gloria musical.

Dos épocas de esplendor musical del órgano francés, con el desértico periodo de decadencia que se prolongaría hasta la segunda mitad del siglo XIX, del que Jeremy Joseph mostró los mejores ejemplos, técnica al servicio de la música y sabia elección de registros.

Mas el regalo sería casi preparatorio del esperado domingo, el Preludio Coral BWV 731 Liebster Jesu, wir sind hier reposado, bien ornamentado y con el acento por excelencia de «Mein Gott»,
encuentro francoalemán sumándose al organista sudafricano el contratenor Carlos Mena cantando a «Bach todopoderoso», alineaciones a pares, el KLAIS en su esplendor, Bach y Buxtehude frente a los pesos pesados Messiaen y Widor. No habrá vencedores ni vencidos, la música siempre triunfa.

Mucho Trovatore

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Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» español y una de las señas de identidad la ópera que este año alcanza su septuagésima temporada, siendo Verdi uno de los compositores que no pueden ni deben faltar a la cita.

Il Trovatore ha estado vivo desde el pasado día cuatro con la conferencia inaugural de Alejandro G. Villalibre en la Sala Liberbank de la capital para ir preparándonos y abrir boca a las cinco representaciones programadas desde la Ópera de Oviedo, así como dos ensayos generales abiertos al público con ambos repartos, sin olvidarnos una retransmisión en directo de la tercera función o el ya habitual encuentro con los artistas en el Paraninfo de la Universidad, esta vez con Luis Cansino que debutaría rol este viernes 13, y el maestro Ramón Tébar, junto al profesor Javier Glez. Santos. Aún quedaba la «obertura» de Pachi Poncela media hora antes de cada representación que siempre recomiendo a los aficionados por su personalidad y peculiar acercamiento a cada título, esta vez como verdiano confeso y comunicador cercano a lo que hoy entendemos como animador.

De la conferencia del doctor Villalibre, locuaz y crítico, siempre aprendemos con anécdotas y datos serios en torno al autor y su obra. Encontrarse con algunos artistas nos ofrece nuevas visiones desde dentro, así como la cercanía y lado humano de los artífices del espectáculo contados en primera persona, y el paralelismo de Verdi con Goya analizado por Javier G. Santos desmenuzando la puesta en escena de Joan Antonio Rechi completó esta visión global previa al disfrute de la ópera en vivo, que además tuvimos la suerte de ver por La2 el mes de julio en «El Palco«, coproducción de la Ópera de Oviedo con el Teatro del Liceo de Barcelona.

Quienes me conocen saben que no entro muy a fondo en comentar la escenografía, pues lo que realmente importa sigue siendo la música, inspiraciones y traslaciones de época las hay para todos los gustos. La noche es el escenario principal de El trovador con todo lo que ello supone, por lo que la retransmisión del miércoles 11 vista en el Auditorio Teodoro Cuesta de Mieres resultó frustrante, realización de principiante que sigue cayendo en errores anteriores y con una iluminación no pensada para ello, nada que ver con la televisada veraniega y por supuesto un abismo de las vendidas en DVD, como la última adquisición ya hace años con La Netrebko y Domingo, por cierto inspirada en un museo. Incluir al genio de Fuendetodos en la trama tocado de sombrero con velas muy de Saura, no aporta nada al propio argumento aunque más al propio pintor, siempre trabajando de noche, guerra traída a la de Independencia junto a un vestuario en él inspirado, para un trovador que sigue siendo exigente en lo musical, esta trilogía donde Verdi usa el belcantismo (y hasta el libretista Salvatore Cammarano) como inspiración para la obra teatral de Antonio García Gutiérrez de la que el de Busseto quedó prendado por todo el romanticismo en ella encerrado, esa «tormenta perfecta» que decía Poncela antes de entrar en la función del viernes 13.

La «tercera televisada» en cuanto al sonido supuso alterar el normal orden de las cosas que traen estas retransmisiones, colocando los micrófonos tan mal que por momentos satura y hasta haga molesto escuchar un aria que en el teatro suena ideal. El balance resulta irreal, el arpa fuera de escena suena con un volumen excesivo, no digamos las intervenciones de Manrico fuera de escena, y encima captando tan al detalle lo vocal que realmente desnuda pudiendo apreciar desafinaciones y notas calantes, duraciones cortadas, más allá de los desajustes entre escena y foso. Aplaudo el acercamiento de la ópera a todos los públicos y lugares, pero no en estas condiciones.

De esa función y centrándome solamente en el cuarteto protagonista al que se le pide darlo todo, me quedo en orden de preferencia con Simone Piazzola (Conde Luna) y algo menos con Julianna di Giacomo (Leonora), por mantener el tipo aunque fueron «mejorando» del primer al cuarto acto, pues Aquiles Machado (Manrico) ni está en sus mejores momentos, y no solo por la «pira» que no ardió ni convenció, y la D’Intino hace bien en abandonar los escenarios esta temporada. Azucena es la protagonista que «no está loca» como bien recalcó el propio Verdi, pero pareció «la niña del exorcista» ante los continuos cambios de color en los registros más allá de una dramatización puntual. Escénicamente sigue dominando a la gitana, vocalmente es de un esfuerzo titánico, pero cuando se abusa de los recursos acaban manidos. Lástima llegar al final de una carrera precisamente con un rol que ha defendido como pocas por todo el mundo.

Los llamados «Viernes de Ópera» fuera de abono, ofrecen un segundo reparto a precio más reducido (10 € la entrada de último minuto en Principal) con las voces habiendo trabajado como el primero y dándoles una oportunidad incluso de sustituir alguna baja no deseada. Hace años lo llamábamos la función joven que sigue siéndolo incluso por el público, pero también otra forma de descubrir nuevas voces o papeles que terminarán de madurar en otros coliseos.

El directo es único, irrepetible, la oscuridad escénica no es tanta, los planos sonoros cuidados por el maestro Tébar al frente de la siempre solvente Oviedo Filarmonía ponen todo en su sitio. El Coro de la Ópera que dirige Elena Mitrevska sufre y disfruta en este «Trovador«, ya en la cuarta función perfectamente rodados, ajustando rítmicas de yunque en los gitanos, participando con seguridad incluso fuera de escena, voces graves poderosas y de amplias dinámicas, con las blancas de empaque y color convincente, corrigiendo y convenciendo.

El exigente cuarteto resultó equilibrado, homogéneo en conjunto, tanto por separado como en dúos y conjuntos, no hay dinero para tener las mejores voces del momento pero sí para ofrecer una calidad uniforme en esta ópera tan dura para todos, yendo de menos a más, entrando en sus papeles poco a poco siempre exigidos desde el foso por Tébar, verdadero responsable musical, tirando literalmente de todos por esa costumbre de ralentizar que hace perder pulsación. Las guerras la perdemos todos, pero el mando en plaza acabó haciendo encajar todo y llegar a destino.
Luis Cansino debutaba el rol del Conde Luna para seguir engrandeciendo su repertorio verdiano, en el que se encuentra cómodo y vocalmente preparado. Tras unos días donde la climatología anormal de Asturias es el verdadero enemigo de cualquier cantante, defendió con su profesionalidad habitual una partitura exigente, especialmente en el cuarto acto, voz rotunda y poderosa llena de lirismo con excelente empaste con Azucena y Leonora, aunque de color muy similar al Ferrando del bajo Darío Russo. Larga vida a este Conde Cansino.

Nuevos en la plaza y gratísima sorpresa la mezzo Agostina Smimmero que interpretó una convincente Azucena en todos los registros vocales y dramáticos sin perder color en el grave, puntualmente oscurecido sin exagerarlo y como el resto del cuarteto ganando enteros a medida que avanzaba la función.
Las arias de Manrico las conoce todo el mundo y tenemos nuestras preferencias, siendo Antonio Coriano una voz a seguir, tenor de casta y recursos, color krausiano si se me permite el calificativo, llenando la escena (incluso fuera de ella), rico en matices y de buena proyección incluso en la esperada Di quella pira segura aunque algo corta, algo tapado por el coro pero globalmente notable, con el aria Ah si, ben mio coll’essere del tercer acto como lo mejor en sentimiento y calidad.
La Leonora de Meeta Raval fue creciendo como el personaje, recursos técnicos sobrados, color nunca punzante de grave ya redondeádose y los momentos «belcantísticos» sorteados sin problema aunque todavía trabajándolo. Desajustes de pulsación solventados con el devenir de la trama y el entendimiento tanto con el foso como con el reparto, completó el nivel homogéneo del cuarteto protagonista.

Repetían manteniendo esa globalidad de calidad los asturianos Jorge Rodríguez-Norton (Ruiz / Un mensajero) y Mª José Suárez (Inés), los llamados secundarios tan necesarios siempre para asegurar y redondear un espectáculo global, junto al citado Ferrando de Dario Russo, correcto el gitano y corista Alberto García Suárez o Carlos Casero, el pintor Goya de este trovador verdiano con sabor aragonés independientemente de la época.

Lírica en Gijón

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Jueves 12 de octubre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Sociedad Filarmónica, Gala Lírica: Carlos Álvarez (barítono), Rocío Ignacio (soprano), Jorge de León (tenor), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano).

Magnífica fiesta lírica con tres generaciones de voces españolas triunfando por el mundo y un pianista que sigue al pie del cañón trabajando repertorios tan variados como el de este Día de la Hispanidad.
Concierto de calidad y cercanía tocando todos los palos, el musical, la opereta, nuestra zarzuela y la ópera, la voz como verdadera protagonista organizada a la usanza de solos y dúos bien buscados para llegar a un público fiel aficionado a la lírica venido de distintos puntos de Asturias al abrir la centenaria sociedad gijonesa la taquilla, ampliando un aforo que los asociados no pueden llenar.

Tras la salida a escena del cuarteto de artistas dándonos la bienvenida el «veterano» barítono malagueño, comenzó el tenor canario Jorge de León con esa bellísima Maria del «West Side Story» (Leonard Bernstein) pletórico y lleno de matices tomando el relevo Carlos Álvarez con el «Sueño imposible» (Impossible dream) de «El hombre de La Mancha» (Mitch Leight), dos óperas más que musicales del siglo pasado también llevadas a la pantalla y conocidas en versiones más o menos líricas. Y cual musical la opereta del «rey Lehar» especialmente «La viuda alegre» para disfrute de la sevillana Rocío Ignacio con Vilja oh Vilja más reposado de lo habitual, y el dúo con el tenor canario del vals cantado en español, páginas conocidas y bien interpretadas, sentidas y mimadas desde el piano de Álvarez Parejo antes de acometer nuestra zarzuela.

Dificultades y exigencias aún mayores, cantantes y actores más que a la inversa para cuatro joyas de nuestra zarzuela defendidas como debe ser para alcanzar la calidad que se merece. Primero la soprano con la romanza Un tiempo fue de «Jugar con fuego» (Barbieri) de amplio registro y color uniforme, buena dicción y expresión, después el poderío y gusto de nuestro barítono más internacional en Luché la fe de «Luisa Fernanda» (F. Moreno Torroba), cantada con sentimiento y estilo único del malagueño para rematar en dúo andaluz del mismo compositor para «La Marchenera» que pudimos disfrutar en Oviedo, esta vez con piano pero igualmente agradecido, empaste, relevo generacional que hace coincidir madurez y frescura.

Verdi no pasa de moda y todavía estamos disfrutándolo estos días desde Oviedo, páginas que a nuestros cantantes les abre puertas en todo el mundo y demostrando su dominio. Dura el aria Come in quest’ora bruna de «Simón Bocanegra» para una soprano con voz creciendo poco a poco, durísimo ganar cuerpo y volumen en el grave pero bien defendida por Rocío Ignacio.
Para cerrar esta segunda parte cuatro números de «Otello«, el Shakespeare verdiano elevado al olimpo lírico para rodar dúos y arias en tres personajes dispares condenados a entenderse. Maravilloso estar cerca del escenario para ver la transformación gestual y actoral en cada número, Già nella notte de soprano y tenor, Desdémona aún más cómplice que la viuda de la primera parte, Credo in un Dio crudele de auténtica recreación a cargo de Carlos Álvarez en un momento álgido olvidado el pasado y disfrutando de una etapa nueva de mayor goce escénico y vocal; Dio mi potevi scagliar… nos descubrió nuevos colores del tenor Jorge de León, con cuerpo en el grave y agudos seguros en todos los matices. Y la guinda del pastel nuestros particulares Otelo y Yago del segundo acto, el dúo Si, per ciel, guiños de entendimiento y sabiduría, paleta de colores complementarios para enriquecer ese lienzo donde la reducción orquestal al piano es verdaderamente endiablada pero la belleza vocal primó de principio a fin. Excelente dúo de altos vuelos «Made in Spain» para un tenor canario que encara este demandado moro de Venecia con solvencia junto a un Yago talismán más que dominado por el barítono malagueño, para quien Verdi siempre es una llave que seguirá abriendo puertas.

De propina nada menos que dos dúos también verdianos: los caballeros Álvaro y Don Carlo en Solenne in quest’ora, el duetto de «La forza del destino» y los andaluces dejándonos a Leonora y El Conde Luna en «Il trovatore», desigual peso de personajes y voces pero buen cierre para seguir tarareándolo entre las funciones del Campoamor, a donde volverán Carlos y Jorge con el «Andrea Chenier» que cierra año, penúltimo título de la temporada. El buen sabor de boca durará varios días.

P.D.: Crítica de Ramón Avello en El Comercio. Crónica en La Nueva España.

Y de cena más barroco

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Sábado 7 de octubre, 22:30 horas. Noche Blanca, Oviedo: Patio del RIDEA, Palacio del Conde de Toreno. Un festín musical, «Concierto a la carta». Concierto 1700 (Daniel Pinteño, director artístico).

Oviedo el primer sábado de octubre tampoco duerme ante la amplísima oferta que como capital cultural trae a propios y visitantes, riadas de gente por a calle buscando en el mapa dónde acudir. Todavía con buen sabor de boca salimos del Auditorio y nos dirigimos calle Rosal abajo hasta la sede del Real Instituto de Estudios Asturianos en la Plaza Porlier, sorteando noctámbulos de todas las edades y gustos para darnos otro festín, este más familiar en cuarteto para la ocasión que nos ofrecía un menú a la carta.

Llegamos a los últimos postres, Rameau y la entrada para Los salvajes, mientras esperábamos asiento para el último turno servido por Daniel Pinteño (violín barroco) cocinado con su equipo vestido para la ocasión: Marta Mayoral (violín barroco), Ester Domingo (violonchelo barroco) y Asis Márquez (clave), todos reconocidos chefs musicales en distintos «establecimientos del ramo» y optando a su propia estrella Michelín como Concierto 1700 en el universo barroco que pasa por una nueva etapa dorada, como los restaurantes de autor frente a los tradicionales, con público para todos pero dándole un guiño de actualidad a la cocina de siempre en cuanto a la presentación más que en los ingredientes, pensando básicamente en disfrutar y contagiar el amor por lo que nunca muere.

El éxito de los dos primeros pases agotó el menú en papel (los previsores lo llevábamos en el móvil) aunque dejo copia al inicio, pero la cocina siguió abierta ofreciendo los distintos platos de viva voz, como en temporada, cantando el maître Pinteño los distintos platos que por aclamación fueron saliendo, aunque la oferta era apetecible en su totalidad, tras la «Copa de bienvenida» de Antonio Soler y su Fandango servido por el cuarteto donde los comensales ponían mentalmente las castañuelas o el propio baile.

De los tres «Entrantes» a cual más apetecible y cinematográfico para disfrutar cada instrumento por separado parece que Bach sigue arrasando entre los invitados, pudiendo saborear el conocidísimo Preludio de la Suite BWV 1007 a cargo de Ester Domingo, cocinado en su punto y servido con los ornamentos precisos para no perder esencias.

Cuatro ofertas para dos «Primeros Platos» nuevamente variados en sabores que nos dieron a catar con los ingredientes básicos del bajo ostinato (cello y clave siempre al punto de presencia y aplomo) decantándose por Nicola Matteis (ca. 1650-1714) y Andrea Falconieri (1585-1656), opciones bien contrastadas de sabor y ambas de la huerta napolitana:
Diverse bizarrie sopra la vecchia Sarabanda (Matteis) cual plato por entonces español cocinado con receta de «chacona», capaz de amoldarse a cualquier ingrediente por su forma lenta de ritmo ternario al punto italiano, mezclando tradición desde la modernidad de la época, esta vez contando con el cuarteto para mezclar los dos violines de presencia con el ostinado fondo que eleva el plato en boca. Cada uno de los músicos brillando con luz propia, sin olvidar el clave de Asís Márquez siempre acertado en presencia y ornamentos, sustento necesario y seguro del continuo junto a Ester Domingo completando este cuarteto barroco de primera fila.

La Passacagllia del laudista y compositor Falconieri también supone cocinar un plato dependiendo de los ingredientes sin perder el sabor original, algo que Concerto 1700 entienden a la perfección, por lo que primó el conjunto lleno de detalles delicados para ir preparándonos al segundo plato más contundente.

Oferta variada entre el francés Jean-Frey Rebel (1666-1747) y su delicada Les caracteres de la danse, el «cumpleañero» G. Ph. Telemann (1681-1767) con Trietti Melodici TWV42:d3, que hubiese resultado un auténtico placer, y el siempre adorado «prete rosso» Antonio Vivaldi (1678-1741) seguro en carta para todos los gustos, del que escuchamos la Sonata a tre «La follia» RV 63, ese toque de locura divina en formato original para dos violines y bajo continuo, que sonó en todo su esplendor y equilibrio de sabores merced a lo bien tratados que fueron los cuatro ingredientes en conjunto.

Como no se debe prescindir del postre y para no repetir el degustado fuera de la mesa, sin querer hacer de menos las ofertas de la «Fruta de temporada» ni el «Postre del Chef», de nuevo la apuesta fue sobre seguro con Bach y su escuchadísima Aria de la Suite nº 3 en re mayor, BWV 1068, sin azúcares ni glúten, bien armada, cocinada como «adagio la italiana» y presentada en reducción a la esencia del cuarteto, pudiendo paladear cada ingrediente conocido servido como perfecto punto final de este menú a la carta de Concerto 1700 que no defraudó con tantos manjares para unos comensales agradecidos y de todas las edades.

La noche continuó por Vetusta y hubo que hacer una breve parada en el festejo de los 125 años del Teatro Campoamor donde en su fachada se proyectó un vídeo (titulado «Ave Fénix» con la que Luis Antonio Suárez hizo un repaso de media hora y 4.000 archivos) con algunos recuerdos de su historia: danza (Lindsay Kemp), teatro (moriré recordando a Nuria Espert) y por supuesto la lírica, histórica como Mario del Mónaco, Carlo Bergonzi, Giana D’Angelo, «La Tebaldi«, mucha vivida dentro (Freni y Pavarotti, Kraus, Domingo, Caballé…) y por supuesto la Zarzuela desde El gaitero de Gijón hasta el último Maharajá, bolero de Ravel de fondo documental para todo tipo de músicas también de espectador (¡qué tiempos de Jazz!), y cruzando el campo resonaban la locura, adiós a la vida, Fausto o Vissi d’arte. Espero poder festejar los 150 y disfrutar muchas más noches en blanco con la música como disculpa…

 

Monteverdi para abrir boca

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Sábado 7 de octubre, 20:00 horas. Inauguración de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: Balthasar-Neumann-Chor&Solisten, Balthasar-Neumann-Ensemble, Pablo Heras-Casado (director). Claudio Monteverdi (1567-1643): Selva morale e spirituale, SV 252-288 (selección).

Celebración de «el divino» que cumple 450 años para una tarde y noche blanca en Oviedo donde el barroco sigue estando de moda, y para abrir boca nada mejor que el «ensemble» (no en su totalidad) y coro Balthasar-Neumann con el granadino Heras-Casado al frente, haciendo esta escapada asturiana entre los dos conciertos de Madrid, completando esta Selva morale e spirituale y grabando disco con Monteverdi de protagonista, al igual que los conciertos del Auditorio Nacional, esta vez inaugurando nuestra nueva temporada, con lo que supone de trabajo detallista en las obras escuchadas.

Con el título Stylus ecclesiasticus las notas al programa de la doctora María Sanhuesa nos sirvieron para centrar esta selección del grandísimo compositor de Cremona, contando igualmente con los textos traducidos. Y en las obras elegidas de esta «biblia de la música sacra» todo un alarde de buen gusto vocal con un coro donde los solistas se integran en él sin romper nunca esa envidiable unidad de color de las 16 voces que vinieron a Oviedo, cuatro por cuerda destacando solo cinco mujeres, cuatro sopranos y una contralto, completando la plantilla hombres (impresionantes tres contratenores altos por el empaste logrado globalmente), retirándose en algunas obras elementos en búsqueda del equilibrio dinámico y tímbrico. No voy a descubrir al Balthasar-Neumann-Chor pero lo que personalmente me encantó fue la evolución de calidades y emociones a lo largo del concierto, con distintas combinaciones de instrumentos donde siempre estuvo el órgano del omnipresente Michael Behringer, completando, rellenando y aportando esa globalidad vocal con un Heras-Casado preciso especialmente en las dinámicas, algún gesto gratuito de más pero sin confundir, demostrando ser un todoterreno en la dirección, desenvolviéndose con este Monteverdi realmente cómodo por la respuesta siempre exacta de la formación alemana, pese a ligeros desajustes supongo que por cansancio del trasiego Madrid-Oviedo-Madrid y la tensión que supone toda grabación que queda para siempre.

Comenzaron con el Credidi à 8 voci da Capella, SV 275 para todo el coro y un acompañamiento reducido a un continuo de fagot, laúd, tiorba, arpa, violone y órgano, funcional, delicado, antes de proseguir con el Laudate pueri secondo, SV 271 (a 5 voces), retirándose los instrumentistas sin aplauso alguno antes de disfrutar de la Messa à 4 voci da Cappella (I. Kyrie – II. Gloria III. Credo – IV. Sanctus V. Benedictus – VI. Agnus Dei) con el órgano y coro de trece voces, degustando las calidades corales y el incipit gregoriano de los números, la sonoridad masculina bien contrastada con la femenina, antes del amén. Toda el oficio de la música al servicio del texto bien interpretado por un coro envidiable «reforzado» con el órgano que dotaba de redondez y solemnidad esta misa.

Con los mismos mimbres del coro completo y órgano llegó el Magnificat secondo à 4 voci in genere da Capella, SV 282, más luminoso y rico en matices que la misa, como por otra parte era de esperar, finalizando con ese «amen» solo que nos permitió disfrutar el silencio antes de los aplausos siempre contenidos en esta primera parte que finalizaría con el Memento Domine David à 8 voci da Capella, SV 276 retomando el «ensemble» inicial, mayor colorido y riqueza tímbrica donde no siempre instrumentos y voces encajaron sin ensombrecer la labor de conjunto bien llevada por el maestro Heras-Casado.

La segunda parte ya presentó en escena la formación instrumental al completo (de menores efectivos que el total del ensemble) sumándose al continuo inicial dos violines, cuarteto de trombones, una viola de gamba y dos cornetos, riquísima combinación con las dieciséis voces donde estaba la soprano Alicia Amo todavía recordada en Oviedo por su pájaro del bosque de Sigfried. Ella comenzó el salmo Dixit Dominus primo à 8, SV 263 con el doble coro en espejo, búsqueda de sonoridades equilibradas sin excesos, rítmicas rompedoras para su época hoy plenamente asumidas contrastadas con la placidez ingrávida por momentos, todo con el buen gusto que esperábamos, al igual que para el Laudate Dominum secondo, SV 272.

Reducción de efectivos instrumentales al continuo inicial para el Confitebor primo, SV 265 y recolocación coral en tenores, bajos, altos y sopranos con nuevos planos y dinámicas muy trabajadas, siendo la acústica del auditorio ideal en la percepción de todos los detalles para una formación caracterizada por ello.

Volvíamos al orgánico interpretativo con el Laudate Dominum omnes gentes primo, SV 272a (a 5) también reubicando las voces, disfrutando de las cuatro cuerdas enfrentadas ocho y ocho, los efectistas ecos vocales e instrumentales con los cornetti respirando cual cantores y el sustento solvente y seguro del órgano. Emociones y calidades que fueron «in crescendo» como la música del gran Monteverdi.

La recta final con el conocido Beatus primo à 6, SV 268 de dúos vocales femeninos empastadísimos, solistas en el coro de catorce voces (prescindiendo de un alto y un bajo) bien ensambladas con los instrumentos, belleza espiritual, rítmica y dinámicas globales con planos claros, para finalizar en otra colocación vocal (SATB) esta vez sin una soprano y un alto entonando el Gloria à 7, SV 258, a mayor gloria del «divino», fresco, cálido, sentido y bien interpretado con las exigencias vocales en agilidades más el equilibrio instrumental duplicando o completando esta formación «arquitectónica» con Pablo Heras-Casado de maestro de obra en la Selva morale e spirituale, difícil selección de esta inmensidad, bien organizada por los germanos en el programa ovetense que dejó un excelente sabor de boca para continuar más tarde con un barroco instrumental más cercano e igualmente actual.

Carmina instabilis

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Viernes 6 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 1: «Música y literatura I», OSPA, Ana Nebot (soprano), David Alegret (tenor), Hugh Russel (barítono), Coros de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Carl Orff (1895-1982): Carmina Burana (1935-1936), «in memoriam Juan Carlos y Olga».

Sabores agridulces en la inauguración de la temporada de abono ovetense con la OSPA y su titular que recordaba, además de guardar todos en pie un minuto de silencio, a los dos componentes fallecidos el pasado agosto: el chelista Juan Carlos Cadenas y la pianista Olga Semouchina, antes de pasar a escuchar el ¿One hit wonder? de Orff como bien nos contaba una hora antes el doctor Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa enlazadas al principio) en una amena conferencia (¡diez años ya!) sobre un autor no flor de un día ni solo famoso por una obra, aunque esta primera cantata profana junto a su conocido «Método Orff» sean de por sí suficientes para pasar a la posteridad más allá de una biografía algo turbia. Resaltar un lleno nunca visto en la misma así como la excelente entrada para el concierto al sumarse la sala polivalente que se abre esporádicamente y se cerrará cuando era costumbre (sobre la cuestionada seguridad del auditorio mejor no hablar para no seguir agriándome).

Y como la vida del compositor así resultó la interpretación de esta obra que sigue atrayendo al público en general más allá de los fieles abonados, estando todavía viva la interpretación en la Plaza de la Catedral del pasado San Juan carbayón. La belleza e impacto de la partitura se sobrepone a cualquier versión, soportando desde la «furera» a la festiva al aire libre pasando por esta de un primer viernes de octubre donde el calor solo fue climatológico (en un mal llamado veroño) y la calidez con humor vendría del barítono canadiense, todo desde una sensación de inestabilidad a lo largo de la hora y cuarto de duración que transmite una dirección desigual, imprecisa, turbia por momentos, sin criterios claros de agógica y dinámicas que siguen sumándose a errores de bulto como frenar en los piani y acelerar en los forte.

A pesar de todo, la orquesta continúa ganando enteros, sonoridad propia, amplísima gama de matices, solistas de primera que solo necesitan más confianza porque la inseguridad casi se masca en el aire (y sigo cerrando los ojos para no perderme como oyente). La belleza melódica y de texturas instrumentales junto a la riqueza rítmica de Orff es innegable, con dos pianos, celesta, percusión impactante, todos ingredientes que deben cuidarse junto a los balances nunca caprichosos, más en esta cantata donde prima la voz de principio a fin. Para mi gusto volvió el trazo grueso y solo los matices indicados en la partitura, que fueron mejores los pp que los ff.

El Coro de la FPA, junto al infantil que mima y hace crecer Natalia Ruisánchez, continúa en su línea de trabajo sinfónico (en menos de dos semanas afrontará el concierto anual de la Fundación, retomando el cinematográfico Iván El Terrible de Prokofiev pero con Miguel Ortega, que vuelve al frente de la OSPA), amoldándose a cada batuta con el esfuerzo que ello supone, plegándose como profesionales a las indicaciones y vaivenes de tempo, poca precisión que no favoreció mayor enjundia en los tutti con la orquesta. En este Carmina instabilis volvieron a estar a la altura de lo esperado, intervenciones llenas de matices, color uniforme tanto juntos como en las intervenciones separadas de las distintas cuerdas, destacando las voces graves con empaque y homogeneidad así como las contraltos de empaste perfecto, aunque esta vez los «peques» se llevaron la mejor parte por aplomo, seguridad, afinación y color ideal.

Del trío solista el joven barítono canadiense Hugh Russel se tomó muy en serio su participación, no solo cantar con toda la riqueza y cambios de color que su papel exige sino sumándole la escena tan necesaria en esta cantata (Orff así lo entendió), dominador de principio a fin sobrado de facultades y realmente completo. A la soprano ovetense Ana Nebot le faltó la sobrada actuación del canadiense, enamorar In trutina y dominar un papel exigente que requiere interiorización además de proyección (no le ayudó cantar con partitura al bajar la cabeza y perdiéndose emisión), aunque tampoco colaboró la dirección, pero siguen siendo tan hermosas sus intervenciones que al gran público no le importan detalles tan técnicos como poder afrontar recreándose en crescendi, fiatos o agudos pianissimi. Finalmente el barcelonés David Alegret no es un contratenor (al que estamos más acostumbrados) y sus agudos sonaron «apretados» para un tenor lírico-ligero muy mozartiano, haciéndose extraño el color pese a tener dominada su breve intervención.

La OSPA sonará de cine la próxima semana y mozartiana a fin de mes tras el «concierto real» en un octubre de lo más variado que no ha comenzado como (yo) hubiese querido, antes de volver al foso en noviembre. Casi sin respiro volveré mañana al auditorio donde repito inicio de temporada con los conciertos y jornadas de piano… por supuesto también lo contaré desde aquí.

Descubrimientos de López Banzo

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Domingo 1 de octubre, 
21:00 horas. Catedral de León, coproducción del XXXIV Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE), XXIV Ciclo de «Músicas Históricas de León» y Ayuntamiento de León: 
alumnos del V Curso de interpretación vocal barroca organizado por el CNDM en León: Laura Martínez Boj (soprano), 
Alberto Martínez (barítono), Cristina Bayón Álvarez (soprano) y Carmina Sánchez Picazo (soprano); Eduardo López Banzo (clave y dirección). Obras de G. F. Haendel, J. S. Bach y A. Stradella.

El mes de octubre comienza con el quinto concierto del FIOCLE en La Pulchra en el inicio de las fiestas locales de San Froilán, con uno que ya es tradición, coproducido por el CNDM, trayendo cuatro cantantes seleccionados en el quinto curso de interpretación vocal barroca celebrado el pasado mes de abril (ya está convocado el sexto el marzo próximo) por uno de los grandes de la música antigua española, Eduardo López Banzo (Zaragoza, 1961), y un programa de cuatro cantatas barrocas italianas que nos vuelve a descubrir a unos jóvenes ya afianzados en estas músicas con futuro, voces que sienten este periodo histórico como propio pese a todas las dificultades que entraña su estudio y evolución a lo largo de una carrera profesional que parece ofrecerles más oportunidades que otras «salidas» más líricas o sinfónicas a la vista del panorama nacional e internacional tras comprobar la trayectoria de anteriores «descubrimientos» del maestro maño que precisamente están triunfando en el repertorio barroco.

Cuatro cantantes (tres sopranos y un barítono) seleccionados por López Banzo en torno a cantatas de Haendel y Stradella sin faltar una intervención del maestro al clave con una de las suites de Bach. Enormes colas, como es habitual aunque las puertas abrieron media hora antes, colocándome en el lado opuesto del crucero donde se ubicó el escenario, pues creía necesario comprobar la proyección de las distintas voces, aunque la reverberación catedralicia no ayude mucho a entender los textos ni tampoco a degustar el virtuosismo del músico aragonés, que siempre es un lujo ver cómo mima a sus pupilos en unas obras que domina en todos los aspectos, siendo el concierto la auténtica puesta de largo de estas jóvenes voces, colocadas en orden a las cualidades demostradas en el mismo.

Por ampliar datos sobre el repertorio elegido señalar que las tres cantatas de Haendel son producto de sus viajes por Italia, Non sospirar, non piangere escrita entre Florencia y Venecia en 1707-09 y las otras dos de sus primeros meses en Londres (finales de 1710), donde el compositor angloalemán demuestra un perfecto dominio del llamado estilo italiano, apreciable en el romano Stradella como antecedente cercano en el género y ubicado en penúltimo lugar dentro del programa ofrecido para este quinto concierto del FIOCLE y tercero del de Músicas Históricas.

La soprano afincada en Barcelona 
Laura Martínez Boj abría concierto con la cantata Partì l’idolo mio, HWV 147 
de G. F. HAENDEL 
(1685-1759) compuesta en 1710 con el orden habitual de alternancia 
Recitativo – Aria – Recitativo – Aria; de voz todavía «pequeña» en proyección a la que queda igualar color en todos los registros, como a muchas otras, pero con quilates y material sonoro a pulir, de agudos suficientes, los recitativos claros y las arias llevadas con soltura y oficio, notándosela cómoda en este repertorio.

Natural de Almendralejo (Badajoz), el barítono Alberto Martínez prosiguió con Haendel y su cantata arcadiana o pastoral Nel dolce tempo, HWV 135b (1708) en cuatro movimientos (
Recitativo – Aria – Recitativo – Aria
), registro poderoso especialmente en el medio y agudo, aunque los tempi lentos no le ayudaron, siendo más «llevadera» el aria final por un aire donde lució su voz e interpretó con profesionalidad esta forma tan italianizante cual ópera en miniatura por la carga emotiva, sin dificultades técnicas en una carrera ya iniciada con solvencia que le deparará un futuro prometedor.

Del gran 
J. S. BACH
 (1685-1750), 
Eduardo López Banzo eligió la Suite inglesa nº 3 en sol menor, BWV 808 (ca.1715) de sonoridad íntima y contrastes claros en el clave a lo largo de sus movimientos (Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Gavotte et Musette – Gigue
), con el público aplaudiendo el primero, supongo que por no leerse el programa de 1€ del FIOCLE (el gratuito del CNDM no detallaba ni coincidía el orden). Lástima la distancia y reverberación para poder disfrutar aún más de los ornamentos y juegos tímbricos en esta tercera suite inglesa de «mein Gott» entre las cantatas ajenas.

Subiendo el listón de calidad, la soprano sevillana Cristina Bayón Álvarez afrontó la cantata de ALESSANDRO STRADELLA 
(1639-1682) 
Affligetemi pur, memorie amare
 sin problemas de ningún tipo, puede que sobreactuada en cuanto a una gestualidad excesiva en manos y brazos aunque siempre ayude en el fraseo, de voz penetrante y contundente, segura en afinación, color bastante homogéneo y buena proyección durante los cinco números Recitativo – Aria – Recitativo – Aria (adagio) – Recitativo

, de dramatización vocal además de corporal siempre bien arropada por el clave del maestro, respirando y completando una partitura algo más alejada de las de Haendel pero bien elegida para beber de los orígenes.

Personalmente agradable sorpresa supuso la soprano valenciana Carmina Sánchez Picazo que nos (de)volvía a Haendel con su cantata 
Non sospirar, non piangere, HWV 141 (Florencia / Venecia 1709), madurez total pese a su juventud ya asentada en carteles de mayor enjundia, voz que corrió perfectamente en las piedras de la seo leonesa a lo largo de los tres números, también más agradecidos que en las otras tres por la organización tripartita (Aria – Recitativo – Aria
) dejando un excelente sabor de boca tanto técnica como musicalmente, con agilidades precisas y limpias además de toda la teatralización que Haendel volcó en sus cantatas profanas. Bravo.

Un placer saber que la docencia tiene estos regalos que el maestro López Banzo saca a la luz en este León que retoma el pulso musical con el otoño aunque la prensa no ayude a informar del todo.

Concierto duro: KLAUS en KLAIS

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Martes 26 de septiembre, 21:00 horas. XXXIV Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE), concierto III: Klaus Lang (órgano). Obras de Klaus Lang, Erik Satie, Michelangelo Rossi, J. J. Froberger, G. Frescobaldi y Claudio Merulo. Entrada libre.

Volvíamos a pasar el Pajares para repetir visita a La Pulchra Leonina que volvió a registrar colas antes en el concierto del austríaco Klaus Lang (Graz, 1971) en un programa puedo decir que duro para cualquier aficionado y no digamos para un público que fue cual goteo abandonando el mismo a medida que avanzaba en la interpretación sobre todo de sus propias composiciones.
Como comenta en su web la Academia de órgano Julián de la Órden sobre el organista y compositor «no usa el sonido, sino que el sonido es explorado, dándosele la oportunidad de desvelar su belleza y riqueza intrínseca. Sólo cuando el sonido es simple sonido podemos apreciar lo que realmente es: un fenómeno temporal, es tiempo audible. Klaus Lang entiende el tiempo como materia genuina del compositor y al mismo tiempo también como contenido fundamental de la música.

En su sentido musical, la materia es el tiempo percibido a través del sonido; el objeto de la música es la experiencia del tiempo a través de la escucha. La música es, así, el tiempo hecho audible».

Comenzar con su ABD. Tryptichon für orgel ya marcó las líneas de lo que vendría a continuación, una investigación de las infinitas posibilidades que «el bicho Klais» esconde, arrancando con la nota A (la) en el pedal con un tutti largo, molesto por momentos sobre el que va construyendo distintos planos sonoros sobre esas tres notas (ABD) arracimadas en octavas variadas investigando tímbricas cercanas a la música electrónica pero poco agradables en una abstracción acústica a la que no estamos acostumbrados y donde el ritmo es tan interiorizado que no trasciende, jugando con intervalos donde el de cuarta llegó a ser casi obsesivo.
La forma de continuar el programa fue un enlazado, con cierto «horror vacui» sonoro, manteniendo notas de unión donde fueron apareciendo los compositores más reconocibles pero como disfrazados a causa de una registración tampoco habitual y salpicada por los otros números improvisados y del Tryptichon, incluso con una monotonía en el tempo buscando nuevamente otra concepción muy personal. Así la sonoridad de Satie resultó similar a la de Froberger olvidándose de estilos o cronologías, y no digamos de la forma «toccata» tal como se entiende, por lo que la escucha en frecuencias extremas y tímbricas hirientes, unidas a la sensación de lentitud propiciada por sonidos de duraciones exageradas, convirtieron este tercer concierto del FIOCLE en un auténtico ejercicio penitente para nuestros oídos que no todos soportaron hasta el final.

Reconozco la labor del «Mago Lang» en esta exploración del sonido y el tiempo y como dice el texto arriba transcrito, le di la oportunidad de desvelar su belleza (personal y de la que discrepo) y riqueza intrínseca que sí la hubo, dudando de lo que se puede entender como «audible» pese a considerarme un omnívoro musical y navegante por aguas turbulentas de todos los estilos y épocas. Pero ni siquiera las páginas conocidas supusieron descanso, contrapunto o luz en un discurrir espacio-temporal con el sonido como disculpa.

Me tomé este concierto como la exploración del KLAIS por KLAUS que sigue asombrando, rugiendo esa La Pulchra donde cabe todo, sacrificio de penitencia en las sillas esta vez aumentado hasta nuestros tímpanos. Por primera vez salí con un dolor de cabeza que solamente el relente de la noche leonesa logró aliviar, llevándome el posterior café con amigos a rememorar la felicidad del Sigfrido ovetense.

 
PROGRAMA

KLAUS LANG
(1971): “ABD. Tryptichon für orgel“- A.
K. LANG: Improvisación.
ERIK SATIE
(1866-1925): Prière des orgues de “Messe des pauvres”.
K. LANG: “ABD. Tryptichon für orgel“- B.
MICHELANGELO ROSSI
(1602-1656): Toccata VII.
JOHANN JAKOB FROBERGER
(1616-1667): Toccata da sonarsi alla Levatione.
GEROLAMO FRESCOBALDI
(1583-1643): Ricercar cromático.
CLAUDIO MERULO
(1533-1604): Toccata del nono tono.
K. LANG: Improvisación.
K. LANG: “ABD. Tryptichon für orgel“- D.

Briggs sinfónico en el KLAIS

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Jueves 21 de septiembre, 21:00 horas. XXXIV Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE): David Briggs (órgano). Obras de J. S. Bach, F. J. Haydn, D. Briggs, O. Messiaen, M. Ravel, G. Mahler y N. Rimsky-Korsakov. Entrada libre. Precio del programa general: 1 €.

San Mateo además de fiesta en Oviedo (y Logroño), está marcado normalmente en mi calendario como el inicio del FIOCLE hasta noviembre con el patrocinio del CNDM (dentro del ciclo Músicas Históricas de León), que este año alcanza su trigésimocuarta edición mientras sigue presumiendo de su «bicho», el órgano KLAIS ante el que los más reputados intérpretes comienzan a rendir pleitesía y admiración, como este primer concierto con el británico David Briggs (1962), que repetía visita a la Pulchra Leonina tras su participación en Todo Bach, comentando a los presentes en español antes de arrancar el concierto su devoción por un instrumento que en manos como las suyas volvió a sorprender a un público que hizo larguísima cola (llegando por la calle Ancha casi hasta la Casa Botines), porque a León acuden aficionados y peregrinos que mantienen año tras año un festival variado con el «rey de los instrumentos» como verdadero protagonista, articulado en torno a la música francesa en los diecisiete conciertos previstos para esta edición. Enhorabuena.

Si el «bicho» ya está sonando a lo largo del año celebrando los 25 años de la muerte de Olivier Messiaen cual Bach del siglo pasado en cuanto a la magnitud de su producción para órgano, qué mejor que unir a ambos en este primer programa, entretenido y variado donde las transcripciones orquestales junto a las improvisaciones también encontraron hueco. El amante de los pájaros seguirá con su monográfico dentro del festival con Giampaolo Di Rosa pero muchos conciertos también le recuerdan y David Briggs no dudó en sumarse al homenaje.

Como «prueba de fuego», que también se cita en el programa general de este concierto inaugural, nada mejor que comenzar con J. S. BACH (1685-1750) y su popular Toccata y fuga en re menor, BWV 565 para hacer «rugir el bicho» desde unos ornamentos plenamente barrocos pero con registraciones e interpretación de lo más romántica. David Briggs optó por registros puede que «distintos», especialmente en la fuga mezclando nasardos cuya afinación no sea del todo idónea en las contestaciones, así como un rubato continuo pero buscando el contraste típico desde un mayor impacto tímbrico que por la disposición de los tubos consiguió efectos estereofónicos muy logrados.

También jugó el británico con sonidos encontrados esta vez perfectos para las Tres Piezas para reloj musical (de «Flötenuhrstücke«, 1772/93) de FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809), verdadero juguete en las manos del virtuoso intérprete que brilló mucho más en sus Variations on Greensleeves (2005), en una lenguaje actual lleno de disonancias explorando los registros del KLAIS donde a la conocida melodía tradicional inglesa se la reconocía revestida de unos sonidos y ropajes cercanos al siempre innovador y celebrado OLIVIER MESSIAEN (1908-1992) de quien Briggs eligió Le banquet céleste (1928), registros ya conocidos en el gran órgano alemán que resultaron como si para él fuesen indicados directamente por el galo al inglés.
Comentaba unas líneas más arriba que la música francesa será el eje vertebrador de esta 34º edición del FIOCLE, más allá de Messiaen, y así pudimos disfrutar de «la orquesta KLAIS» gracias a la transcripción que Eugenio Maria Fagiani hizo de La Valse (1919/20) de MAURICE RAVEL (1875-1937), tal vez majestuosa aunque poco clara en su escucha desde mi posición (esta vez a la entrada de la catedral, con la consola colocada en medio del coro y el público sentado en bancos y las «sillas de tortura» plegables rellenando todos los huecos posibles). Hubo momentos de sonoridades más logradas, la utilización del pedal de expresión consiguiendo efectos verdaderamente sinfónicos, la «pegada» del pedalero como contrabajos aerófonos (nunca la cuerda encontrará equivalencia en el órgano o el piano) y por supuesto los registros de trompeterías y lengüetería que ayudaron a darle esa pátina tan impresionista llena de colores de esta partitura inigualable en instrumentación de la que Ravel fue único y Fagiani parece haber buscado casi al detalle, faltando solamente una ejecución a la altura del compositor y transcriptor.

El propio Briggs hizo su propia transcripción del emocionante Adagietto de la Sinfonía nº 5 (1901/02) de GUSTAV MAHLER (1860-1911) que a diferencia con la anterior de Ravel buscó sonoridades propias en vez de intentar recrear unas cuerdas siempre imposibles en un órgano no electrónico. Puede que las emociones y recuerdos que afloran con esta música, en cualquier versión que elijamos, sean especiales para muchos de los presentes, dolor del alma que han hecho del Adagietto de la Quinta un himno a la pena «cantado» desde el respeto a la partitura por parte del organista inglés.
Continuó la fiesta sinfónica en el «bicho KLAIS» con NICOLÁI RIMSKY- KORSAKOF (1844-1908) y su conocidísimo El vuelo del moscardón (1899-1900) en arreglo de Willi Nagel, breve y virtuoso contagiando el humor de esta partitura orquestal que en el órgano con Briggs sirvió de contrapunto emocional del gran Mahler.

Y como David Briggs además de compositor y transcriptor es un reconocido maestro del órgano, las improvisaciones no pueden faltar en un concierto suyo. Así desde dos melodías tan conocidas como la Oda a la alegría de Beethoven más el himno God Save The Queen, el intérprete británico nos dejó una peculiar Improvisación: Tríptico Sinfónico sobre ambos temas con estructura propia, «Introducción y Scherzo – Fuga – Finale», verdadera lección de una técnica que parece haberse recuperado por parte de muchos músicos como siempre se hizo desde los orígenes, esta vez con el lenguaje ya comentado de música atonal pero deudora de toda una vida transitando por la historia de la literatura musical como los propios compositores han afrontado sus obras. Búsqueda de registros que siguen apareciendo nuevos, luminosos como las vidrieras, oscuros como las interioridades pétreas, mosaico sonoro del órgano de Bonn cuyos tubos van tomando recio acento castellano en las catedralicias piedras seculares leoneas. La química entre intérprete e instrumento trasciende a los aficionados que seguiremos peregrinando para disfrutar con tantos maestros como está previsto sigan haciendo Música desde sus teclados, el único lenguaje universal. Un breve regalo de virtuoso con sonoridad americana (si se quiere canadiense) tras hora y media disfrutando.

Esplendor solamente vocal

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Domingo 17 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Coro «El León de Oro», Grupo Vocal KEA (director: Enrique Azurza), director: Marco Antonio García de Paz: «El esplendor de la polifonía», obras de Lasso, Victoria, Stanford, Schnittke, Holst y Martin. Entrada butaca: 14 €.

Deberíamos haber celebrado un cumpleaños de oro para conmemorar el del Teatro Campoamor pero solo refulgió el coro asturiano con veinte años «rugiendo», como sus fieles leónigans. La política cultural del ayuntamiento capitalino sigue errando en su concepción musical, manteniéndose a duras penas lo que tantos años ha costado alcanzar, eliminando por equivocadas visiones eventos que eran toda una inversión (nunca gasto) y pergeñando una pobre celebración de estos 125 años donde se mezclan óperas y zarzuelas ya previstas, con intérpretes tan dispares como Rodrigo Cuevas, Estrella Morente e India Martínez en el mismo cartel que Paco Ibáñez con Jerónimo Granda, la Real Banda de Gaitas local con la Oviedo Filarmonía o Barbara Hendricks, que con nuestro laureado coro El León de Oro (LDO), aprovechando que el Caudal pasa por Mieres y el Gafo por La Manjoya, al menos figuran dentro de la mal llamada «música culta» (mejor que clásica). Desconocer la historia del coliseo asturiano parece haberles llevado a «olvidar» los grandes nombres de la lírica o la escena que por sus tablas han pasado y engrandecido sus propias biografías, para hacer un «tótum revolútum» de estilos y públicos en una concepción de la cultura errática y fuera de lugar, confundiendo la  «Excelencia en el gusto por las bellas artes y las humanidades, también conocida como alta cultura» frente a «Los conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver necesidades de todo tipo«, que hasta la popular y excesivamente consultada Wikipedia© explica más detalladamente.

Amén de gaitas y placa conmemorativa con asistencia de distintas autoridades locales, no se cantó «cumpleaños feliz» pero al menos los compases finales de la última función de Sigfrido y El León de Oro pusieron la música en las horas extremas del día que le correspondía soplar velas a esta longeva historia de un teatro que lleva el nombre de nuestro escritor y periodista naviego Ramón de Campoamor gracias a la sugerencia de otro ilustre, Leopoldo Alas «Clarín».
Y el programa que nuestro coro más internacional y laureado eligió para conmemorar la doble efeméride, veinte y 125 respectivamente, también buscó hacer historia y cronología de la polifonía religiosa «a capella», de Lasso a Martin sin olvidarse de nuestro universal Tomás Luis de Victoria. Difícil búsqueda que tuvo la recompensa para el numeroso público de poder disfrutar todas las excelencias de un coro «amateur» que canta como un profesional para compartir con los tolosarras de KEA una segunda parte al alcance de muy pocas formaciones corales.

La primera parte arrancó con el coro de cámara, otra de las virtudes de los «Leones de Marco» en cuanto a combinaciones posibles dentro de su plantilla, con las Lamentaciones (tertia, primi dei) a cinco voces de Orlando di Lasso (1532-1594), impecables y bien explicadas (como el resto del programa) en las notas de la doctora Diana Díaz González. Sumando efectivos y manteniendo calidad nada menos que el Regina Coeli (Tomás Luis de Victoria, 1548-1611), recogiendo lo sembrado por Peter Phillips, enamorado hace años de este coro, del que dijo «es extraordinariamente inusual encontrar un coro grande capaz de cantar música del Renacimiento
con tanta calidad»
, madurando y posando las enseñanzas para dejarnos una versión íntima, equilibrio y pureza, delicada sin excesos -no suele haberlos en «los leones»- para realzar el texto con la música en la mejor línea del abulense, también de oro como esta polifonía seguidora de Palestrina y Trento pero Contrarreforma elevada a lo sublime.

Salto en el tiempo y nuevo aumento de efectivos, coro ideal para el irlandés Charles Villiers Stanford (1852-1924) y su Beati quorum via. Sacar de nuevo obras ya trabajadas por los luanquinos supone recuperar y volver a descubrir matices y presencias, equilibrios con dinámicas increíbles desde la técnica perfecta al servicio de la música, una belleza polifónica que sigue admirando a todos los amantes de la música vocal.

Aún quedaban dos joyas cercanas en el tiempo, del soviético-alemán Alfred Schnittke (1934-1998) sus Drei geislitche Gesänge (Tres himnos sacros) a 8 voces, un despliegue buscando abrazarnos con el sonido siempre único del coro asturiano donde el derroche es emocional, muy trabajado por todas las cuerdas con exigencias solventadas sin problemas (detalles mínimos que no merece ni mencionar) y Nunc dimittis del británico Gustav Holst (1874-1934), una de las obras emblemáticas de los asturianos que siempre suenan irrepetibles dependiendo del lugar donde la canten, jugando con la acústica que en el Campoamor sigue siendo impecable como la versión del LDO.

Armar una obra para sesenta voces uniendo dos coros me recordó el reto de Sigfrido con las dos orquestas. Cuando la dirección es la correcta y el estudio detallado lleva un trabajo minucioso, los retos se alcanzan y la recompensa del éxito es la deseada. El Grupo Vocal Kea que dirige Enrique Azurza son unos profesionales que ya nos emocionaron hace años en la Semana de Música Religiosa de Avilés, compartiendo con LDO ese monumento cultural que se mantiene pese a todo(s) en la Villa del Adelantado. Compartir escuela de dirección y canto (Musikene es un referente internacional) hace fácil lo difícil, por lo que la Messe pour double choeur a capella (2004) del suizo Frank Martin (1890-1974) nos permitió escuchar en Asturias una interpretación irrepetible por lo plena, con Bach en el origen siempre exigente para todo músico, los cinco números del ordinario de una misa que como decía Marco a la prensa (que dejo al final de esta entrada), «se puede disfrutar con oídos ateos» -algún despistado intentó aplaudir entre el Kyrie y el Gloria-. El empaste y afinación de los dos coros fue encomiable, digno de destacarse para una partitura complicada, de registros extremos en todas las cuerdas, con momentos tensos resueltos con brío y aplomo, volviendo a demostrar lo necesario de un equilibro dinámico entre ellas que pocos consiguen, cambios rítmicos, juegos onomatopéyicos de gran riqueza, pinceladas de calidad e intimismo contrastadas con fortísimos nunca estridentes. Aplaudir el trabajo de los directores y coristas para alcanzar la excelencia buscada, difícil, costosa, sacrificada, cercana pero siempre agradecida. El esplendor de este doble cumpleaños no pudo ser mayor musicalmente.

Y como Bach siempre será «el padre de toda la Música», en mayúsculas para evitar errores de concepción, con el sello dorado de colocar parte del coro rodeando al público del patio de butacas, ampliando escenario y sonoridades, el regalo de Knut Nystedt (1915-2014), al que KEA me descubrió en Avilés, con su Immortal Bach, una recreación mejor que «deconstrucción» del coral Komm, süsser Tod, BWV 478 donde las disonancias y juegos dinámicos alcanzados por este tren (coral) Vasco-Asturiano llegó a la estación de Campoamor como la más cálida ceremonia musical para una efemérides a la que le faltaron otros brillos.

Enlaces:
Dos entrevistas a Marco Antonio García de Paz en la prensa regional:
Crítica de Ramón Avello en El Comercio.

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