Inicio

El último vals que nos hizo bailar

Deja un comentario

Sábado 31 de octubre, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Miguel Ríos: «El último vals», gira de teatros 2025-26. Entrada: 68€ (+2€ de gestión).

Hay artistas que forman parte de la banda sonora de varias generaciones y otros que, además, han conseguido que sus canciones sobrevivan al paso del tiempo sin perder su capacidad de convocarnos. Miguel Ríos (Granada, 7 de junio de 1944) pertenece a esa estirpe. El granadino regresaba a Oviedo con El último vals, un título que podría sonar a despedida, pero que, a juzgar por lo vivido en un Auditorio lleno y entregado, parece más bien una invitación a seguir disfrutando de la carretera mientras el cuerpo aguante.

Desde el primer Bienvenidos, convertido en declaración de intenciones, Miguel Ríos se metió al público en el bolsillo. Enfundado en su condición de eterno rockero, se movió entre las canciones y las palabras con la naturalidad de quien lleva más de seis décadas sobre los escenarios. Todavía se encarama sobre las puntas de los pies y agita los brazos como aquel maestro de ceremonias del rock and roll que no ha perdido ni el gesto ni la complicidad con sus seguidores. Y eso que, entre bromas sobre la edad y las visitas al taburete, también hubo ocasión de reivindicar el estado de forma que conserva, pese a los achaques (hasta hizo guasa de su clonoscopia) y a un Covid persistente que no parece haberle arrebatado las ganas de cantar.

«Gracias, mecenas, amigos», saludó a quienes llenábamos el Auditorio, antes de alternar las composiciones de su último disco con las canciones de siempre, esas que él mismo definió, con mucho humor, como las «canciones de pago», en referencia a quienes habíamos pasado por taquilla. Un repertorio en el que las nuevas propuestas convivieron con la memoria de varias generaciones, siempre alimentadas por las raíces de la música negra que inspiraron al joven Mike Ríos, aquel Rey del Twist que encontró en el rock una manera de vivir.

De su último trabajo llegaría En la rampa de salida, con el recuerdo de aquella noche de difuntos vivida en Michoacán, México; y también Mientras el cuerpo aguante, toda una declaración de principios para quien sigue demostrando que todavía tiene cuerda para muchas más despedidas. La mirada retrospectiva continuaría con Oro irlandés, evocación de aquel viaje a Irlanda en el verano de 1973, cuando cargaba con una mochila y sin casetes, y con No estás sola, una de las canciones que más satisfacción le produjo componer, según confesó. Dedicada a la lucha de las mujeres por la igualdad y la libertad, sirvió para recordar que la violencia sigue sin remitir y que la música también puede ser una forma de compromiso. Una lucha que, en lo personal, al igual que al granadino, nos hizo recordar a Maricarmen y su batalla contra los desahucios.

Con Si pudiera parar el tiempo, Miguel se miró simbólicamente en el espejo de los años, pero sin que la edad (ya con 82 tacos) pareciera pesarle demasiado. Y entonces llegaron dos de esas canciones que ya no pertenecen únicamente a quien las escribió, sino también a quienes las han cantado durante décadas: El río y Vuelvo a Granada. El Auditorio se convirtió en un enorme coro, acompañando el «chiri, chiri, chiri, chiri» de la primera y celebrando la segunda, aquella canción dedicada a su ciudad natal y vinculada a la experiencia de la emigración. Granada y Oviedo quedaron hermanadas por la memoria de tantos que tuvieron que abandonar su tierra para buscarse la vida, una historia que también forma parte de la identidad asturiana. Como guiño a Neruda, que también reflejó Chus Neira en “La Nueva España”, Ríos nos recordó que le gusta cuando cantamos porque «no estáis como ausentes». Y allí nadie parecía estarlo.

La actualidad entró de lleno con No es la tierra, estúpido. ¡Eres tú!, composición de José Nortes incluida en el nuevo álbum y convertida en un auténtico SOS al planeta. Miguel aprovechó para cargar contra Donald Trump y la negación del cambio climático, recordando una reflexión del científico Fernando Valladares, del CSIC: el verano que vivimos podría ser «el más fresco de lo que nos queda de vida». La ironía no ocultaba la gravedad del mensaje: el calentamiento global exige responsabilidades y no admite la indiferencia de quienes contribuyen a agravarlo.

Después llegaría Año 2000, con una divertida exhibición de sus «yonkis del aplauso», como bautizó a los cuatro músicos que lo acompañan. El cuarteto intercambió sus instrumentos —teclados por batería, bajo por teclados y batería por bajo— para demostrar que el oficio y el dominio musical no dependen de una sola posición en el escenario. La letra hablaba del tiempo del cambio, y la banda lo escenificó con humor y solvencia.

El respiro lo proporcionó el alicantino Luis Prado (1972), multinstrumentista y teclista de la formación, un músico al que Miguel dedicó tantos elogios que terminó confesando que se le habían acabado los adjetivos. Prado cantó Estoy gordo, calvo y viejo, una «pequeña tragedia musical de la segunda edad» que convirtió el humor en virtud y permitió apreciar su enorme talento al piano, siempre certero a la hora de dar a cada tema su color y su aire. Poco después, el teclado volvería a quedarse solo para acompañar a Miguel en Todo a pulmón (del argentino Alejandro Lerner). Sin artificios y con una entrega conmovedora, el granadino volvió a demostrar que la intensidad no necesita grandes decibelios cuando hay verdad en lo que se canta.

Otro momento especialmente emotivo llegó con El último vals, canción que da título al disco y a la gira. La introducción, con Jorge Ruiz al Hammond©  y Luis Prado al piano, fue preparando la entrada de Miguel y la recuperación de la formación habitual de The Black Betty Boys, el cuarteto con el que ha grabado el álbum. Curiosamente, pese al título, la canción está escrita en compás de cuatro por cuatro: aquí no hay un vals convencional, sino una nueva oportunidad para seguir bailando al ritmo de su propia historia.

Y si hablamos de historias compartidas, pocas tan vinculadas a Asturias como la de El blues del autobús. Miguel recordó que fue Víctor Manuel quien escribió la letra cuando ambos terminaban los ensayos de Rock & Ríos. A partir de una línea, «Vivo en la carretera», el músico de Mieres construyó un retrato de aquella vida itinerante de los músicos de los años ochenta. Ríos se refirió a su amigo como «Titán», reclamó para él el Premio Princesa de Asturias y lo definió como uno de los mejores embajadores de esta tierra, además de una persona a la que respeta y de la que sigue aprendiendo. Personalmente, pienso que, siendo Víctor Manuel un republicano convencido, el reconocimiento como Hijo Predilecto de Asturias —ya lo es de Mieres— tendría también una especial coherencia.

La interpretación tuvo, además, su pequeña anécdota: Miguel se confundió de letra, introduciendo la segunda estrofa donde correspondía la primera, y tuvo que empezar de nuevo entre las risas cómplices del público. Un tropiezo sin importancia que reforzó la cercanía de una noche en la que el protagonista supo reírse de sí mismo. Pero la verdadera sorpresa estaba aún por llegar: Víctor Manuel, acompañado por Edu Galán, se encontraba sentado en las primeras filas y subió al escenario para fundirse en un abrazo con el granadino. No hizo falta que cantara. Bastaba con contemplar a dos amigos que han compartido tantas ideas, viajes, kilómetros y complicidades para comprender que aquella aparición era mucho más que una anécdota.

Con Insurrección, de Manolo García y El Último de la Fila, Miguel quiso involucrar a todo su equipo, también a quienes trabajan fuera de los focos, antes de lanzarse al fin de fiesta. Intentó que el público cantase como si fuéramos Manolos y Manolas, reservándose él su propia parte, pero terminó desistiendo y volvió a reprocharnos, entre risas, que parecíamos estar en el Campoamor. El Auditorio, sin embargo, ya estaba preparado para cumplir la promesa que había hecho en el periódico: acabar de pie, porque en nuestras butacas no había cinturón de seguridad.

El rock de la cárcel y Sábado a la noche pusieron a bailar, cantar y vitorear a una sala que había viajado desde la emoción de las canciones íntimas hasta la celebración colectiva del rock. La carretera de Miguel Ríos seguía abierta y, con ella, la memoria de aquel muchacho de Granada que descubrió en Elvis Presley una voz que parecía hablarle directamente.

Todavía quedaban los bises. A petición de los «mecenas», que así llama cariñosamente a quienes compramos la entrada y contribuimos también a su fundación, llegaron «otres tres» reclamadas desde el patio de butacas. El primero fue Santa Lucía, coreada por todos, antes de que Miguel cambiara el tono para abordar uno de los momentos más comprometidos de la velada.

Con un pañuelo palestino y un discurso contra la guerra, el poder del neofascismo y la actuación de Netanyahu, presentó Oración, poema antibelicista nacido en el contexto de la guerra de Irak (20 de marzo de 2003), pero cuya vigencia vuelve a resultar dolorosa. De sus paisanos Luis García Montero (letra) y Raúl Cover (música), acompañado únicamente por el órgano, la interpretación adquirió un carácter solemne. Tras el «Amén» y el rotundo «¡No a la guerra!», pidió también un instante de recogimiento por las víctimas del accidente ferroviario ocurrido en Toledo. «Que la tierra les sea leve», fue el sentimiento que sobrevoló entonces el Auditorio.

La despedida llegó con Samuel Terroso incorporándose a la segunda guitarra para acompañar el comienzo del Himno a la alegría de Beethoven, convertido en símbolo universal de fraternidad y paz. El público, puesto en pie, no necesitó más indicaciones. La música hizo el resto.

Dos horas de concierto que nos rejuvenecieron a todos. Miguel Ríos llamó a su gira El último vals, pero la última noche de octubre dejó claro que, mientras haya canciones que compartir, causas que defender y público dispuesto a levantarse de sus asientos, todavía queda mucho rock por delante. Porque algunas despedidas no cierran una historia: nos recuerdan por qué seguimos formando parte de ella.

The Black Betty Boys

  • Miguel Ríos: voz.
  • Luis Prado: teclados, más batería y coros.
  • Jorge Ruiz: bajo, más guitarra y coros.
  • Samuel Terroso: batería, más guitarra y coros.
  • José Nortes: guitarras y coros.

El equipo que hace posible el concierto

El sonido de Manolo Camacho, los monitores de Jorge Gómez, la iluminación de Arturo, el trabajo de Itu en el escenario con las guitarras y Mariano Guía al teleprónter, además de los productores y el resto del equipo técnico, completando una maquinaria que permite que la música llegue al público con la precisión y la energía que exige el directo, impecable todo él.

Febrero de 1975: Nueva Conciencia

3 comentarios

La inmortalidad de la buena música
Hace unos años nadie podía suponer que a la juventud le interesase la música clásica e incluso tener en casa un disco de Beethoven al lado de uno del momento. Parece antagónico pero hoy no lo es. Y esto se debe a la labor de una serie de señores que bien mediante arreglos musicales o letrísticos, hicieron una música clásica al alcance de todos, pese a diversos sectores que califican como “crimen” artístico o sacrilegio alterar las inamovibles obras de los maestros. Es como un conflicto de dos generaciones: la joven que está de acuerdo y la de los adultos que lo consideran irreverente.
Pero no se puede juzgar igual a unos arreglos en el ritmo como los de Ray Conniff o Waldo de los Ríos, con otras interpretaciones personales de Emerson – Lake y Palmer o Teddy Bautista, por ejemplo y citando dos nacionales y otros dos extranjeros, con los originales.
Así, son muy conocidas versiones clásicas con letra de hoy de la “Canción de Cuna” de Brahms, o “Sueño de Amor” de Liszt, y muchas otras que han popularizado diversos cantantes mundiales.
Esto no es de ahora ya que en los 50 hubo una canción con el título de “Passion Flower” que no era más que una versión del “Para Elisa” de Beethoven pero más rítmica y con letra.
Pero no cabe duda de que el revolucionario de este nuevo estilo sinfónico-pop por así llamarlo, fue Waldo de los Ríos con su versión del “Himno de la Alegría”, cuarto movimiento de la Novena de Beethoven, que a su vez tomó la letra del poeta Schiller. La versión español corrió a cargo del cantante Miguel Ríos y obtuvo un resonante éxito mundial, vendiendo millones de copias.
Volvió a probar suerte con el “Te Deum” de Charpentier, con el título de “United” (Himno de Eurovisión), pero no consiguió igualar el record de ventas de la anterior versión beethoveniana.
Por tercera vez insistió, esta vez con Mozart y su sinfonía nº 40 manteniendo esta vez su línea de éxitos que hoy mantiene con su álbum “Mozartmanía”.
Respecto a la primera hubo una serie de críticas. Mi punto de vista es que no existe ningún problema con hacer una versión de una obra inmortal, pues quienes consideran como una “herejía” que manipulen y desfiguren obras ajenas no se dan cuenta que las originales permanecen incólumes y sin daño después de la versión propia que puede triunfar, caso de Picasso con sus Meninas al igual que las de Velázquez pero con su sello y estilo personal. La esencia se mantiene en ambas. Pero no sabemos cuál es el grado de admisibilidad de esas versiones, ni si son o no buenas. Puede darse el caso de que sirva para ir al original y que se den cuenta de su valor pero también el caso contrario de desilusión al compararlas (aunque sea esto casi imposible).
Esto es referente a la adaptación de obras clásicas para nuestros días, pero también está la conversión de una obra ajena en propia. Así y favorecidos por inventos de instrumentos electrónicos como el sintetizador, en el año 1968, debido a Walter Carlos, Leonard Bernstein y Robert Moog (aunque sus primeros pasos se remontan a 1952).
Este aparato es capaz de reproducir la frecuencia y los armónicos de cualquier instrumento, pero con igual timbre y sonoridad. Se han conseguido excelente versiones de obras sinfónicas, con nuevos matices. Ejemplo de esto, es el “Cuadros de una exposición” de Moussorggsky y Ravel, en versión de Emerson, Lake y Palmer, y una anterior del propio inventor, Walter Carlos, que basándose en Bach y con el título de “El sintetizador bien templado”, se la puede considerar como la primera en su género.
Una última posición, es la composición de obras actuales con forma clásica. Así, óperas pop o rock, como “Tommy” de Pete Townshend del conjunto “Who”, o la tan renombrada “Jesucristo Superstar”, de Tim Rice y Andrew Lloyd, junto a las últimas obras de Luis de Pablo.
De lo que no cabe duda, es que a música clásica está en alza. La gente joven se da cuenta de que las melodías del momento se olvidan pronto, pero que una obra de Mozart, Beethoven…, cualquier clásica, sea en la versión que sea, siempre se recordará, o al menos, tardará menos en olvidarse.
La prueba de que se dan cuenta está en el aumento de ventas de discos clásicos. Karajan compite en ventas con Dylan o Hendrix. Las múltiples grabaciones del mejor director del momento, se agotan una tras otras. Sinfonías de Brahms, Preludios de Mozart, Oberturas de Beethoven, Óperas de Verdi, se venden cada día más. Pero ¿quién las compra? los jóvenes. Ya se empiezan a ver la sala de concierto repletas de jóvenes de larga cabellera y tejanos, aplaudiendo una obra de Tchaikovsky, lo mismo que una actuación de un grupo moderno interpretando Chopin a ritmo de rock y acompañamiento de batería.
Vivaldi y sus “Cuatro Estaciones” ya se oyen lo mismo en versión de la Filarmónica londinense que en la actual de Teddy Bautista, antiguo “canario”.
Pero la realidad es esa. La música clásica, la Música, así con mayúscula, se oye y gusta. Claro. Es Inmortal.
Pablo Álvarez Fernández
Dejo esta transcripción literal con ligeros retoques de puntuación y los añadidos casi obligados a los enlaces o links que hoy nos permite la tecnología y enriquecen los textos de mi primer artículo publicado en 6º del Bachillerato de Ciencias, siendo de los primeros escritos por alumnos en la prestigiosa revista del único instituto en el Mieres de entonces, dirigido por Doña Carmen Díaz Castañón. Estaba en mi penúltimo curso (1974-75), suprimiendo el ministerio de turno la reválida de 4º de bachillerato y dejando opcional la de 6º para titular superando el llamado COU (curso de orientación universitaria que sustituía al PREU), y con mi título profesional de piano también en su recta final (llegaría al Conservatorio de Música de Oviedo en pleno San Mateo del mismo año 1975), profesional entonces y dependiente de Bellas Artes y la Diputación, aún en la calle Rosal. El curso 1975-76 cursaría el mío justo cuando comenzaba a impartirse el BUP (bachillerato unificado y polivalente), apareciendo en su primer año la materia de “Música” tras décadas pidiéndolo, llegando incluso a solicitar a la dirección del centro el puesto de profesor que por titulación podía, mas la edad resultaba un inconveniente, unido a ser alumno del propio instituto.
La revista “Nueva Conciencia” comenzó cual fanzine para ir mejorando en presentación e impresión, en parte financiada con las aportaciones de la Asociación de Padres de Alumnos de entonces, editándose profesionalmente e incluso enviándose algunos ejemplares a distintas universidades mundiales, pues recogía básicamente la memoria de actividades pero especialmente colaboraciones del profesorado de las distintas materias, incluso avances de tesis doctorales, dejando a continuación el índice de ese décimo número.
Guardo los números 4 al 10 y desconocía cuántos años más estuvo editándose (en Internet encontré que llegaron al 23) pues finalizado mi séptimo año en El Bernaldo tras aquel COU de calabazas en junio y tras un verano de enclaustramiento obligado con las ciencias puras (Matemáticas Física y Química) poder superarlas en septiembre junto a la temida Selectividad de entonces, para marchar a estudiar a Oviedo, aunque no Ciencias Químicas como en principio quería y a la vista de los problemas optar por “Magisterio”, entonces convertido en Diplomatura de la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB.
Aquel verano del 76 cambió muchas cosas en todos los aspectos, no digamos en “Mi querida España” que cantaba la malograda Cecilia, las ciencias por las letras al optar por la especialidad de “Humanidades y Ciencias Sociales” siempre esperando que se convocasen plazas de especialistas en mi materia, “Música”, tanto en las escuelas como en los institutos, aunque ésta no llegaría hasta 1987 en mi segunda “intentona” de oposiciones madrileñas para lo que se llamaba Territorio MEC, pero hoy tocaba recordar los años mozos.
De mis opiniones y gustos musicales no hubo tantos cambios a lo largo del tiempo como se puede deducir de la lectura de este artículo o de las entradas en el blog, pues sigo confesándome “omnívoro” en cuanto a la música se refiere, y donde los estilos e interpretaciones de la entonces llamada “música clásica”, siguen discutiéndose cuarenta años después. Pero gracias al esfuerzo y trabajo de todos en aquella transición, estos años pasados han formado a grandes profesionales en este mundo entonces de “bohemios” o gente de “mal vivir” que por lo menos son reconocidos socialmente, aunque nunca lo que se merecen.
Puedo concluir que incluso estos años reflejados por un adolescente de 1975 han redondeado la visión que da el tiempo, publicaciones muy serias y documentadas, verdaderos análisis de una historia de nuestro país que en el caso de mi admirado Eduardo García Salueña (1982) no solo fue tema de tesis doctoral sino el de una joya de libro recientemente publicado “Música para la libertad” (Norte Sur Ediciones) del que puedo presumir de haber estado en su bautizo en Gijón (arriba está la foto) y traerlo hasta Mieres el próximo 30 de noviembre a la librería “La Pilarica”, magna publicación con la que rejuvenezco por haber podido vivir tanto de lo reflejado en ella sobre aquella fusión en Galicia, Asturias y Cantabria. A él le debo recuperar este artículo por todo lo que removió su presentación y posterior lectura.
Tratándose de seguir haciendo historia musical además de cercana, el CD que acompaña al libro es otro documento imprescindible donde entre los doce temas (con dos inéditos) El ventolín de Asturcón fue sintonía de amigos y Juan Carlos Calderón mi pianista y compositor ideal de una adolescencia recordada en esta entrada que rememoraremos alguna que otra vez.