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Ruta Bach

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La revista «Coral» que edita el Orfeón de Mieres me encargó un artículo para el número de este año, y aprovechando el periodo vacacional recordé mi «Ruta Bach» en agosto de 2007 que transcribo aquí por si alguien se anima a realizarla. De aquella aún no tenía el blog aunque conservo un diario de viaje realmente curioso y a la vuelta preparé un vídeo con fotos desde el teléfono, pero mejor este recuerdo que permanecerá siempre en mi memoria limitándome a plasmar estas impresiones después de ocho años, con los añadidos siempre habituales de los enlaces o links que enriquecen un poco más cada entrada.

Mi pasión por Bach, el llamado “Kantor de Leipzig”, llegó en mis tiempos de coralista del Orfeón de Mieres al cantar Tus pasos encomienda, una adaptación del famoso coral de La Pasión según San Mateo, la obra cumbre de la historia musical que sacara a la luz y reestrenase el gran Mendelssohn, rompiendo la tendencia de los años como estudiante de piano que hacían de Johann Sebastian uno de los “odiados” por la dificultad que muchas de sus obras, especialmente de El clave bien temperado suponían en una ardua carrera, a la que tanto debo.

Poder interpretar al órgano los corales luteranos, acompañar algunas cantatas y hasta hacer mis pinitos de jazz con la música de Bach emulando a Jacques Loussier me hicieron “ver la luz” y reconocerle como el padre de todas las músicas posteriores al barroco, aunando tradición y genialidad, siempre actual y vigente, obras redondas, maduras, completas, sin fisuras, capaces de soportar versiones de todo tipo sin perder el sello original e inimitable.
Hace unos veranos planifiqué las vacaciones con una personal «Ruta Bach» haciendo de la universitaria Leipzig nuestro cuartel general y moviéndonos en tranvías y trenes desde la ciudad que respira música por todas partes, con una excelente combinación de itinerarios y horarios así como unos precios asequibles incluso optando por trenes ICE de alta velocidad que resultan el equivalente a nuestro AVE, ese que aún seguimos esperando en Asturias, si llega algún siglo de estos.

Lógicamente no estuve en todas las ciudades que marcaron la vida de J. S. Bach (nos quedaron Lüneburg, Ohrdruf, Mühlhausen o Lübeck) pero la disculpa para conocer los lugares más emblemáticos fue más que satistactoria, sigo recordándola y ahora la comparto desde este otro “Coral”. Hasta la ciudad alemana había vuelos “low cost” desde Asturias vía Palma de Mallorca con Air Berlin, aunque actualmente han desaparecido de nuestra tierra, pero siempre nos queda Santander…

Podríamos aunar con la melomanía muchas otras pasiones como la propia de viajar, siempre ligero de equipaje, la gastronómica, cervecística y por supuesto la museística, arte siempre para disfrute de todos los públicos. Dejo aquí unas pocas ciudades y periodos vitales de mein Gott (mi Dios) por si alguien gusta de una escapada parecida, aunque hoy en día sea posible viajar por “la red” sin moverse de casa.

Orígenes y juventud (1685-1703)

Eisenach (21 marzo 1685). Desde Leipzig 200 kms (aproximadamente una hora y tres cuartos).

El centro urbano es rico en edificios históricos y museos. La casa de Lutero, la casa de Bach en Frauenplan y la Plaza del Mercado con el Ayuntamiento, así como el palacio de la ciudad en el casco antiguo son algunos de los atractivos turísticos. Entre los museos más interesantes de Eisenach está el Museo Reuter-Wagner con su amplia colección sobre compositores alemanes.

En la avenida Frauenplan se encuentra la supuesta casa natal del famoso compositor con unas habitaciones y muebles que transmiten una viva idea de cómo eran la vida y vivienda de una familia burguesa de los años alrededor de 1700. La familia Bach destacó por generaciones como músicos de ciudad y organistas en Turingia. Se exponen testimonios históricos y una amplia colección de instrumentos musicales, cuyos sonidos se pueden experimentar durante una visita guiada. Del casco antiguo destacar el Mercado donde está también la iglesia parroquial de San Jorge en la que Martín Lutero predicó el 2 de mayo de 1521 a pesar de haber sido declarado proscrito por el emperador; tiene unas notables casas burguesas, el originalmente gótico tardío Ayuntamiento (1508) y el palacio barroco de la ciudad (alrededor de 1750).

También merece la pena una caminata hasta el famoso Castillo de Wartburg, en el borde noroeste de la Selva de Turingia, por encima de Eisenach, unido a la historia alemana como ningún otro castillo de Alemania puesto que Santa Isabel encontró dentro de sus muros su lugar de trabajo y Martín Lutero tradujo aquí el Nuevo Testamento. Asimismo el castillo se relaciona con las disputas de trovadores y la fiesta de las asociaciones de estudiantes. Como extraordinario monumento de la época feudal en Europa central, este castillo ha sido declarado patrimonio de la humanidad.

Organista (1703-1717)

Arnstadt -Turingia- (9 de agosto de 1703-1707): en la Iglesia de San Bonifacio (Neu Kirche ó Iglesia Nueva). Desde Leipzig 161 kms (con transbordo en Erfurt Hbf. aproximadamente hora y media).

Uno de los lugares más antiguos del país, tiene un histórico casco antiguo, el lugar conmemorativo de Bach, que acoge una amplia exposición de instrumentos y útiles del propio compositor, así como visitas guiadas de lo más didácticas. También merece visitarse el consejo de literatos y el museo palaciego con su incomparable ciudad de los títeres «Mon Plaisir», así como las ruinas del castillo.

Weimar (1708; 6 de noviembre 1717 detenido). Desde Leipzig 131 kms (aprox. 53 min).

Aunque Bach vivió dos momentos muy distintos de su vida en esta ciudad, apenas una estatua escondida le recuerda porque Goethe y Schiller acaparan casi toda la importancia, si bien tenga su propio espacio el músico Franz Liszt, con casa museo muy actualizada y en un enclave hermosísimo que nos lleva por un bosque lleno de sorpresas, el pintor Lucas Cranach y la escuela de pintura de Weimar, pues todos ellos han marcado la historia de esta ciudad que desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del siglo XIX tuvo un rol importante como centro intelectual, logrando realizar su visión de ser una moderna ciudad cultural gracias a la comunicación que existe entre su tradición y su presente. Como dijo Goethe: «¿dónde encuentra usted en un espacio tan reducido tanta cosa buena?».
La importancia histórica de esta ciudad la han convertido en patrimonio cultural de la humanidad con el nombre de «Weimar clásica«. También es patrimonio cultural de la humanidad la escuela de arte «Bauhaus» de Dessau y Weimar, fundada por Walter Gropius, quien marcó decisivamente la arquitectura del siglo XX, un conjunto de edificios con la casa «am Horn» perteneciente a una de las más hermosas obras de arquitectura en estilo Jugendstil de Alemania. Desde 1919 el lugar de fundación y acción de la escuela de arte estatal fue Weimar bajo el rectorado de Gropius, que en 1925 se mudó a Dessau desde donde sigue funcionando.

Merecen visita la casa de Goethe, que visualiza la vida y obra del consejo secreto con su biblioteca, la de Schiller, donde murió en 1805 a los 45 años y el palacio de Wittum, donde la duquesa Anna Amalia reunía a miembros de la corte interesados en la literatura, el arte y la ciencia con poetas, artistas y letrados de la región, encuentros donde llegaban numerosas visitas de cerca y lejos para socializar, intercambiar pensamientos y realizar actividades artísticas.

La Iglesia de la Ciudad (San Pedro y San Pablo) en el centro del casco antiguo se la conoce como la “Iglesia Herder” por J. G. Herder quien fuese durante 27 años el predicador de esta iglesia. Su más famoso tesoro es el tríptico, un altar en estilo Cranach, que fue construido por Lucas Cranach el viejo, en su último año de vida y fue su hijo quien lo terminó.

Destacan el Teatro Nacional Alemán y la Orquesta Estatal de Weimar. La casa en la plaza del teatro convence hasta hoy con espectáculos, óperas y bailes teatrales, y delante tiene al famoso monumento a Goethe-Schiller. Igualmente de visita obligada es la colección de arte de Weimar con sus cuatro edificios que forman el más importante grupo de museos de arte de Turingia.

Musicalmente no podemos olvidarnos de la Escuela Superior de música “Franz Liszt” con su orquesta, orquesta de cámara, coros y orquestas de jazz, proyectos de óperas y oratorios, pues esta escuela superior está presente con mucha fuerza en la vida pública de la ciudad. Para los concursos llegan jóvenes artistas de todas partes del mundo y cada tres años se realiza el Festival Liszt en Weimar, un evento importante en la vida musical de Turingia.

Köthen (1717-1723)

Köthen – Anhalt (5 de agosto 1717-1723). Desde Leipzig 70’7 km (unos tres cuartos de hora aunque casi hora y media con transbordo en Halle (la ciudad natal de su contemporáneo Händel), de la que dista 30 km.

Por ser una ciudad pequeña tiene todo el encanto de ello, el lugar donde Bach disfrutó seis años con el Príncipe Leopoldo, gran aficionado musical y admirador suyo que le liberará de la cárcel en Weimar (tras forzar demasiado obstinadamente su renuncia al duque Wilhelm Ernst) y no sólo le pagará bien sino que dispondrá de todo el tiempo para componer y hasta le pondrá una orquesta a su servicio como “kapellmeister” en una época donde escribir música instrumental le alivió de las obligaciones puntuales y siempre apremiantes que le ocuparon el resto de su vida al servicio de la iglesia luterana, si bien cada obra suya tenga el espíritu del trabajo que ennoblece, comenzando cada partitura con las iniciales SDG (“Soli Deo Gloria”, a la gloria de Dios). Las biografías siempre citan esta etapa como la más feliz de Bach. La muerte de su esposa María Bárbara le sorprende en pleno viaje musical con el príncipe y marcará el rumbo de los años venideros, volviéndose a casar en 1721 con Anna Magdalena Wilcke, 17 años más joven que él, una talentosa soprano que cantaba en la corte de Köthen con la que tuvo trece hijos.

Los jubilados en Alemania siguen trabajando en museos colaborando como conserjes y asombrándose de un asturiano en el palacio donde vivía y tocaba Bach, que gentilmente nos enseñó hasta el último rincón, disfrutando como nunca de una visita única al salón del príncipe donde se interpretaron los famosos «Conciertos de Brandemburgo» o los de clavecín, las partitas de violín solo, las suites de cello y tantas otras auténticas maravillas donde el propio compositor ejercía de solista. Conservo el pequeño busto de Mein Gott como presente del amable anciano además de la reproducción del famoso retrato del cantor a un precio irrisorio comparado con las ciudades grandes.

A su lado está el museo dedicado a Samuel Hahnemann (1755-1843), fundador de la homeopatía que la practicó en esta coqueta ciudad. En San Angus Bach también demostró su virtuosismo al órgano, sin dejar de componer fantasías, preludios, fugas y sobre todo cantatas, el grueso de su obra religiosa y oficio obligado, junto a la iglesia de St. James que es otra referencia.

De la gastronomía, a la que apenas hago referencia, todavía quedan fondas antiguas con cocina tradicional, lejos de los menús turísticos, con un trato familiar que nos recuerda la antigua Alemania oriental aunque el esfuerzo por modernizarse es encomiable en esta coqueta población, también reconstruida tras los bombardeos de 1944.

Cantor de Santo Tomás (1723-1750) Der Kantor

Leipzig (firma el 5 de mayo 1723). ¡Todo es Bach! pero también Mendelssohn, su “apóstol” con casa natal casi palaciega por fortuna familiar en un entorno idílico, y muchos más: Schumann, Clara Wieck, Wagner, hasta el noruego Grieg vivió en este Leipzig ciudad de Bach y sobre todo ciudad de música.

La plaza del antiguo ayuntamiento (Alter Rathaus) acoge actuaciones y proyecciones de la obra de “mein Gott” durante el verano: las iglesias de San Nicolás y Santo Tomás (con un coro celestial) son como el peregrinaje de todo bachiano que se precie, contrastes de luz y sombra para dos monumentos que quedan en el recuerdo, incluyendo la tumba en la que reposa desde 1950 (la de San Juan fue destruida en la SGM) con los pies hacia el altar y flores sobre una sencilla placa de bronce para 65 años de una vida muy fructífera que Leipzig sigue salvaguardando.

También el inicio del cambio democrático, la “revolución pacífica” con el director de orquesta Kurt Masur al frente, de Santo Tomás y la historia de las velas hasta las dos Gewandhauss, templos musicales con más solera que la cerveza, teatro y orquestas.

Un antiguo taller de violeros acoge el Museo de los Instrumentos Musicales que atesora una colección con más de cinco mil, el más grande de Alemania, así como el Museo Grassi que alberga uno específico de instrumentos que da para una mañana con la posibilidad de practicar en muchos de ellos y hasta de comprender como nunca el funcionamiento de un órgano, el instrumento rey del que Bach era un auténtico virtuoso. No faltan los antiguos conservatorios y bibliotecas musicales y hasta el Museo de las Artes Plásticas que alberga la famosa escultura de Beethoven realizada por Max Klinger. Por supuesto la Academia Bach, el Museo Bach o el famoso Café Zimmermann donde trabajó entre 1732 y 1741 componiendo la conocida Cantata del café.

Fuera de ruta

Por aprovechar el nudo de comunicaciones hubo dos escapadas que necesariamente debíamos realizar por la cercanía y amplia oferta cultural, aunque ocuparían espacio propio y viajes específicos, sin olvidarnos de Praga, otro destino para programar:

Dresde (”La Florencia alemana”) Desde Leipzig 112 kms (en tren apenas una hora), y Berlín (capital alemana), 194 kms (entre 50 minutos y una hora en tren).

De ambas daría para un artículo exclusivo por todo lo que no debe perderse de ellas, desde una ciudad reconstruida tras quedar totalmente devastada en la Segunda Guerra Mundial, pero que con el esfuerzo de sus vecinos y compatriotas nadie diría que fuese un solar a la vista de cómo está actualmente, y Berlín la “capital europea” de moda y metrópoli cultural) que respira historia por todas partes.

Imposible destacar ni entrar en detalles pues como melómano ambas dan para mucho, especialmente la Semperoper Dresden o las varias de Berlín (Deutsche Oper Berlin, Komische Oper, Staatsoper, Unter der Linden) sin olvidarnos de la Filarmónica, edificio emblemático y sede de la orquesta que Karajan elevase al Olimpo del que todavía no ha bajado, buscando titular en estos momentos (1). Berlín, ciudad donde te puedes cruzar por la calle con figuras internacionales de la dirección, de la interpretación instrumental y cantantes famosos.
Ambas ciudades sin estar directamente relacionadas con Bach, merecen al menos una escapada en cualquier momento. Para quienes tengan la oportunidad de viajar son un auténtico caramelo, y como decía al inicio, siempre nos queda Internet, por supuesto con música de Bach sonando de fondo.

Nota: (1) Este artículo se escribió en el mes de mayo pero a día de hoy la Filarmónica de Berlín ya eligió como titular a Kirill Petrenko como sucesor de Rattle.

 

 

 

 

 

Abriendo armarios y cerrando temporada

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Lunes 29 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Zarzuela XXII Festival de Teatro Lírico Español, último título: Pepita Jiménez, música de Isaac Albéniz, libreto de Francis Money-Coutts basado en la novela de Juan Valera. FOTOS © Facebook y Programa de mano más ©pablosiana. Entrada principal: 27 €.

Cerramos mes, curso y temporada con este drama lírico de Albéniz con textos en inglés y dos actos sin descanso, publicado por la editorial Tritó en revisión de Borja Mariño (sobre la segunda versión de la obra estrenada en Praga en 1896) que obtuvo el Premio Lírico Teatro Campoamor 2013 a la mejor nueva producción de ópera española o zarzuela (coproducción del Teatro Argentino de La Plata y Teatros del Canal) y mejor dirección escénica a cargo de Calixto Bieito.

Impresionante partitura de una belleza sobrecogedora con la música como protagonista más allá de la propia acción cantada que Bieito traslada a una época más cercana con todos los «estereotipos» de una dictadura franquista llena de represión, clero, sexo y erotismo que organizados en una escena con armarios que se abren y cierran más una iluminación muy trabajada a cargo de Miguel Ángel Camacho, llena de momentos plásticos realmente conseguidos sin rasgarse vestiduras por unos pechos desnudos, unos tocamientos de un cura hacia un monaguillo e incluso una pedofilia callada y consentida por todos como auténtica crítica social a unos tiempos de cinismo, miedo. represión y poderes fácticos.

Mencionar igualmente para bien a Rebeca Ringst en el diseño escenográfico e Ingo Krügler en el vestuario. Excelentes las dos páginas escritas por la dramaturga de la función Bettina Auer desgranando esta puesta en escena, ¡Abrimos los armarios!, explicando las posibles dudas ante un planteamiento valiente y nada rompedor, capaz de llenar y completar silencios escénicos con el subrayado de una música inimitable y pionera en su tiempo, ópera española o zarzuela más allá de etiquetas, auténtico drama lírico.

La música de Albéniz siempre protagonista con la Oviedo Filarmonía pletórica en foso, compacta, musicalidad y empaste en cada intervención con Marzio Conti al frente llevando todo el peso arriba y abajo, tanto en las partes instrumentales como concertando y mimando el acompañamiento a unas voces no siempre sobradas en volumen para una partitura exigente y complicada, erigiéndose en el factotum global de este drama donde la Pepita de Nicola Beller Carbone dejó presencia física y vocal suficiente, pianísimos y gusto para esta protagonista con mucho que cantar en cualquier posición, una soprano a la que tendremos que seguir de cerca su trayectoria. Y de nuevo Marina Rodríguez Cusí puso el contrapeso y calidad en su Antoñona, un placer volver a verla y escucharla porque cada papel lo hace suyo y convincente.

Por fin pude escuchar a Gustavo Peña escénicamente y me gustó como Don Luis, lidiando un protagonista que debe pasar por distintos estados anímicos sin perder del todo la compostura, afinación ni el volumen en una partitura endiablada para todas las voces donde las melodías son mucho más que arias o romanzas auténticos catálogos de recovecos expresivos para un Albéniz que busca y encuentra un estilo propio aunque falto de esos protagonismos vocales de la ópera o la zarzuela «al uso», porque la escena que discurre en un solo día se hace algo lenta y las intervenciones no parecen terminar nunca.

El resto del reparto cumplió sin más a partir de esta opinión mía, con mayor protagonismo del Don Pedro Vargas que interpretó Federico Gallar más cómodo en los agudos que en medios y graves.

Mención especial para el Coro Infantil y Juvenil de la Escuela de Música Divertimento que dirige Iván José Román Busto, afinados y claros de emisión incluso en el difícil cuadro a capella y escénicamente auténticos profesionales.

De la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» con Rubén Díez Fernández al frente sólo elogios al consolidarse como una formación joven y segura, sinónimo de éxito independientemente del número o escena exigidos, esta vez en las alturas en todos los sentidos.

Mi enhorabuena por la apuesta de títulos como Los Diamantes de la corona o esta Pepita Jiménez que van más allá de la zarzuela en una oferta lírica amplia y complementaria de la Temporada de Ópera, dos señas de identidad de Oviedo y Asturias que tendrán de «regalo veraniego» el Falstaff de Muti único en España para cerrar julio y abrir agosto. También lo contaremos pues hay cambios políticos de calado y muchos interrogantes sobre las prioridades económicas pero no deben olvidarse que la cultura en general y la música en particular también es inversión, no solo gasto. La educación es el otro pilar básico y alternar títulos de siempre con novedades genera nuevos públicos, los del mañana que ya es hoy. Vigilaremos de cerca y exigiremos como contribuyentes además de melómanos. Hoy toca abrir armarios y cerrar temporada.

Granito mierense en el estreno

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Domingo 21 de junio, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón. Concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica de Asturias (OFA), Antonio Ribera Soler (director). Obras de Beethoven, Schubert, Rossini, Verdi y Juan Carlos Casimiro. Entrada: 16 €.

Comienza el verano en el Día europeo de la música y nada menos que con el estreno de una nueva orquesta con epicentro en el Conservatorio de Música y Danza gijonés, siendo el profesor de clarinete y director Antonio Ribera Soler su primer titular, continuando una formación por y para jóvenes que no pueden seguir esperando más oportunidades, dando forma a un proyecto con distintos apoyos que para su bautizo quiso programar una muestra de su potencial: sinfonismo, ópera y música asturiana de compositores actuales, contando con invitados de distintas localidades que no podían faltar a esta puesta de largo.

Mi primera queja será para la acústica que no ayudó para apreciar al detalle los valores que atesora una formación que respira música por todas partes. Hace 42 años podía escuchar en este mismo teatro precisamente una «Quinta de Beethoven» con la Orquesta Nacional de Eespaña y el recordado maestro Frühbeck al frente en un concierto de los que se quedan grabados a fuego en mi memoria musical, en un recinto que presumía de tener una sonoridad única, tristemente perdida con una remodelación muy cómoda a la vista y traseros pero cargándose uno de los valores que atesoraba esta sala. No es posible que una masa sonora como la que Casimiro presenta en sus obras quede apagada, amortiguada y casi con sordina para unos tutti que deberían inundar y poner los pelos de punta. De los metales no digamos lo poco presentes que se escucharon no ya por estar en el mismo plano que el resto sino precisamente por unos materiales constructivos y una caja escénica que se comen literalmente el volumen. Lástima de trabajo que no obtuvo la misma respuesta arriba que abajo, aunque ya no tenga remedio. Esperemos otros entornos mejores para disfrutar con una orquesta cuyo ímpetu juvenil no llegó a las butacas como hubiésemos deseado todos.

Siempre aplaudiré proyectos como este local de la Asociación Cultural Gijón Sinfónica en colaboración con otros conservatorios y sociedades filarmónicas asturianas, esperando tenga más suerte y visión que otras formaciones desaparecidas o casi en extinción por políticas miopes o falta de apoyos varios (Orquesta Sinfónica de Gijón, JOSPA, Sabugo Filarmonía u Orquesta Clásica de Asturias por recordar las más cercanas), agradeciendo igualmente el esfuerzo por poner sobre la escena a cinco formaciones corales donde no faltó la aportación mierense con el Coro de la Escuela de Música de Mieres que dirige mi admirada Reyes Duarte incluso con dos mierenses más: Eduardo López Fernández de concertino en la recién nacida OFA y el «adoptado» Fulgencio Argüelles, autor de los textos de la Loa de Casimiro. Las palabras iniciales del promotor gijonés Aquiles G. Tuero, autopresentándose, o de Ángeles Miranda, presidenta de la AMPA del Conservatorio de Gijón, fueron los deseos y buenas intenciones que todos intentaremos apoyar como público, dejando para posteriores encuentros las opiniones musicales más exigentes.

Arrancar concierto con el «Allegro con brio» de la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67 de Beethoven ponía alto el listón para todos, ese inicio traicionero donde el director debe transmitir empuje y seguridad ante una todavía insegura y nerviosa orquesta. El «Allegro Moderato» de la Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759 «Incompleta» (Schubert) sería el escalón siguiente dentro del sinfonismo vienés con aires marineros, ya asentándose los músicos siempre llevados y casi «amarrados» de las manos (ambas) por el docente y maestro valenciano que siempre supo dar confianza a sus antiguos alumnos, respuestas convincentes a la vista que como ya apunté, no llegaron en igual medida al patio de butacas.

La obertura de Guillermo Tell (Rossini) permitió el lucimiento de Guillermo López Cañal al cello, bien secundado por Ignacio Alonso Canteli antes de un final donde percusión, maderas y metales no alcanzaron el volumen deseado pero intuyendo un esfuerzo enorme por parte de todas las secciones que siempre sonaron afinadas.

Tras el descanso volvería la ópera, esta vez de Verdi con la profundidad de La forza del destino cuya obertura resulta exigente para cualquier orquesta, y no digamos el conocidísimo «Ah, for’è lui… sempre libera» de La traviata con la soprano Inmaculada Laín a la que sí pudimos apreciar presente en volumen pero desafinada tras el silencio antes de la «cabaletta», agilidades no siempre claras y un timbre desigual buscando más las notas que una auténtica recreación de la Violeta. Pesan mucho las referencias de esta endiablada aria donde clarinete y oboe suplieron un Alfredo que yo cantaba mentalmente con la voz de Kraus… (incluso Pavarotti). Concertación correcta del maestro Ribera para una orquesta que nunca tapó a la soprano.

El final contaba con dos obras del madrileño con vínculos asturianos Juan Carlos Casimiro Pinto (1961) que pusieron sobre el escenario a la gaitera Andrea Joglar, al lado del arpa, la citada Inmaculada Laín (que participó en la grabación del CD «Asturias paraíso natural» del compositor) y a cinco formaciones corales: Coro de voces mixtas del Conservatorio de Gijón y Coral de Granda, ambas dirigidas por Policarpo Muñiz Santurio, Coro Más que Jazz con la directora Adriana Cristina García, la Coral Polifónica de Llanera con Carlos Esteban al frente y el ya citado coro mierense, en la Loa, para gaita, coro y orquesta más el Panegírico para gaita, coro y orquesta. De nuevo quedamos con ganas de apreciar ese poderío vocal e instrumental en unas partituras bien escritas, reconocibles sobre todo con las variaciones sobre nuestro Asturias patria querida con orquestación muy completa, incluso la propina del Sunday de Stephen Sondheim con letra en español adaptada al evento y redondeando una velada donde no faltó como regalo a cada asistente la litografía de Marcos Tamargo «El motivo del destino» con el texto que dejo a continuación.

Tendremos que seguir de cerca a la OFA y seguir asistiendo a sus conciertos, hay mimbres de calidad y la versatilidad en cualquier repertorio ha quedado demostrada a pesar del recinto. La juventud tiene la palabra y debemos defenderla de los ataques furibundos de unos dirigentes que no parecen apostar mucho por la cultura, menos aún por la música. Iniciativas privadas con apoyos públicos parecen ser el futuro a medio y largo plazo a la espera de un IVA cultural más europeo y una necesaria Ley del Mecenazgo que siempre se queda en proyecto incumplido. Para muchos de nosotros cada día es de la música pero este 21 de junio de 2015 va unido a este nacimiento de una criatura que tenemos que ver crecer sana y bien alimentada.

Junio siempre duro incluso para pianistas

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Martes 16 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Ciclo de Jóvenes Intérpretes: Julián Turiel Lobo (piano). Obras de Beethoven, Chopin y Rachmaninov.

Para los estudiantes, como para los profesores, el mes de junio es temible, pero necesario porque no hay punto y final sino seguido. El joven pianista de Alcalá de Henares afincado en nuestra tierra se presentaba en Mieres con un concierto duro donde estaban tres autores que siempre son necesarios en la formación y habituales a la hora de programar recitales, un poco buscando sensaciones y estilo propio en un proceso de trabajo desde una técnica exigente que parece no acabar nunca. Los distintos maestros que le han orientado habrán dejado muchos apuntes que el eterno estudiante deberá adaptar y hacer suyos para alcanzar las mayores cotas de calidad. Julián Turiel Lobo apunta maneras y el concierto fue una pequeña muestra de las altas cotas que puede alcanzar en breve.

La Sonata nº 31 op. 110 en la bemol mayor de Beethoven forma parte de ese repertorio que siempre está ahí y al que se necesita volver con los años para redescubrir pasajes, intenciones, remansos en un fluir tumultuoso. La pasión contenida a lo largo de sus tres movimientos, por otra parte también complejos, como el último Adagio mano troppo – Allegro ma non troppo no permitió gozarlos en su amplitud emocional, no es solo tocarla, todo un esfuerzo, sino interiorizarla para disfrutarla aunque ese «no demasiado» parezca coartar al intérprete. Con la madurez del tiempo que deja poso estoy seguro que la terminará de rematar, pero quedaron detalles dignos de resaltar como las amplias dinámicas alcanzadas y la visión global de cada tiempo, echando de menos un trabajo de pedal más escrupuloso en pos de la limpieza de líneas, especialmente en la fuga del último movimiento.

Chopin es también habitual en todo pianista, esta vez dos obras distintas en ejecución y sentimientos, el Estudio op. 25 nº 12 que exige sacar a flote (de hecho se le ha llamado «Océano») entre un marasmo de notas las distintas melodías en una forma que va más allá de una técnica concreta y donde la mayor o menor velocidad no siempre marca diferencias, aunque se la supone. En cambio la Polonesa-fantasía op. 61 representa lo que mejor pude apreciar en Turiel, esa contención de pasiones, un autocontrol para no desbordarse con un auténtico torrente sonoro. Le encontré más cómodo y profundo en su discurso.

La segunda parte sería un paso más en estilo pianístico a partir de las Variaciones sobre un tema de Corelli, op. 42 de otro virtuoso y compositor como Rachmaninov. Complicado resulta mantener presente ese tema que parece crecer en encaje de bolillos y exigencias de todo tipo: ataque, fraseos, pedales, sonoridades, y Julián Turiel Lobo demostró aplomo ante las turbulencias, capaz de no perder los papeles (ni la concentración) pese a los odiados móviles o distintos ruidos en la calle, con un discurso aún necesitado de limpieza pero apuntando maneras de intérprete con mucho que decir, intenciones no solo estilísticas desde el respeto a la partitura, sino con la fuerza juvenil necesaria que el tiempo redondeará. Siempre un placer descubrir talento en una generación a la que deberemos mimar para no perderla a la vista de las previsiones de nuestros incultos dirigentes.

Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

OSPA fin de curso

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: abono 14 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Fernando Buide del Real, Ravel, Sarasate, Waxman y Brahms.

Finaliza la temporada de abono de nuestra OSPA y como los alumnos llega el momento del último examen aunque las valoraciones de los resultados siempre se hacen después. En el penúltimo quedaron sabores agridulces y el esfuerzo final elevó la nota global pero no me resisto a la coletilla que digo a mis alumnos: «podíais haber rendido más».

Programa interesante que arrancaba con el estreno asturiano de Fragmentos del Satiricón (2013) del gallego Fernando Buide del Real (1980), obra ganadora del VII Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA bien comentada por Israel López Estelche en las notas al programa (enlaces al inicio en los autores), quien también conoce las mieles del triunfo y donde el premio importante, además del económico, es poder escuchar la partitura interpretar por las orquestas que conforman la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) de la que nuestras orquestas OSPA y OFIL son miembros.

El propio compositor también la comentaba en el canal «OSPA Sinfónica» de YouTube© que presenta el violinista Fernando Zorita, por lo que me limitaré a las impresiones de la primera escucha, agradeciendo siempre mezclar repertorios de ayer y de siempre puesto que es el mejor legado cultural, poder abrir mentes y sobre todo horizontes, tanto a músicas como públicos, educar como tarea inherente a toda actividad pública y objetivo que tarda generaciones en alcanzarse. El Satiricón de Petronio como «disculpa» para una obra sinfónica abierta, juegos tímbricos que trabaja con sutileza el músico gallego e intervenciones solistas agradecidas para crear momentos contrastados de emociones, tensiones no siempre resueltas, melodías diluidas en texturas orquestales muy logradas que demuestran el conocimiento de la paleta y la técnica compositiva, sin necesidad de recurrir a paralelismos con bandas sinfónicas (que podemos encontrarlos) puesto que la obra funciona sola y es de escucha fácil. Milanov trabajó bien el sonido y los balances para convencer en un repertorio donde se muestra cómodo, algo que se le nota.

Pero la auténtica estrella fue el violinista chino Ning Feng y «El MacMillan», un Stradivarius de 1721 de préstamo privado, que volvía con la OSPA, esta vez con tres obras para lucimiento de virtuosos que bordó haciendo brotar música en cada momento, aflorando de nuevo las dificultades que el titular tiene en concertar adecuadamente, notándosele incluso con prisa por arrancarlas, esperando trabaje este apartado para el próximo curso.

Cuidado con los músicos orientales formados y asentados en Occidente porque las leyendas urbanas se derrumban en muchos casos, y Feng es un claro ejemplo de la grandeza interpretativa en obras que exigen una técnica estratosférica, casi sobrehumana por no decir diabólica, pero donde la musicalidad y gusto hacen olvidar el grado de dificultad de las obras interpretadas para convertirlas en maravillas sonoras. La rapsodia «Tzigane» para violín y orquesta (Ravel) es un claro ejemplo, con el solo inicial del Lento quasi cadenza que ya erizó la piel por la sonoridad del joven músico chino afincado en Berlín, creciendo en el Allegro pese a la rémora de una orquesta perfecta de presencia y equilibrio, como el gran compositor francés la trabaja, hasta el Meno vivo, grandioso literalmente hablando, luces desde todos los ángulos y sombras en el fondo, aires gitanos de la Europa del Este que traspasan fronteras y son ya universalmente atemporales.

De nuestro Sarasate podemos sentirnos orgullosos, no ya como un genio del violín sino también con composiciones de altura como sus Danzas españolas, de las que en versión orquestal pudimos escuchar la Romanza andaluza, op. 22 nº 1, maravillosa interpretación de Ning Feng sintiendo y transmitiendo el espíritu del navarro como si por sus venas corriese sangre española, impresionando la delicadeza, el fraseo, la tensión contenida con un manejo del arco sedoso, aparentemente sencillo unido al difícil virtuosismo «fácil», culmen musical al que todos aspiran y pocos alcanzan. Lástima de mayor comunicación y entendimiento, puede que también más tiempo de ensayo entre todos porque la propina, obra fuera de programa además de regalo, esos Aires gitanos, op. 20, si se quiere «Aires bohemios» (que son como un avance del disco que grabarán en breve todos ellos) que resultaron nuevamente brillantes y prolongación raveliana en concepción e interpretación global, esperando se ajuste para lograr un registro sonoro de los que se guarden mucho tiempo. El discurso musical de Ning Feng en el inicio resultó impecable, melodía hirientemente delicada, zíngaro universal con colchón orquestal, un cantabile dramático de belleza sin par, «czarda de Sarasate» virtuosísticamente emocionante, sublime en cada recurso técnico, contestado por esa trompeta con sordina completando el cuadro naturalista que desemboca en rápido desparpajo con una vertiginosa cascada de fuego como si la «pólvora musical» también la manejase el violinista chino tras la lenta preparación previa, al fin acompañada por una OSPA inspirada y contagiada del ímpetu oriental para esta partitura tan universalmente española.

Y entre Sarasate otra joya violinística como la Fantasía sobre «Carmen» de Franz Waxman, casi de película para insistir en la matrícula de honor del solista chino más un notable para la formación asturiana que no muestra fisuras en ninguna sección. El líder no llegó al suficiente, mismos problemas sin resolver y bajando la calificación global que hubiese sido altísima de cumplir con las expectativas. Creo que muchos del público intentamos empujar un poco, alguno hasta con el paraguas (dedicaré en otra entrada una lección útil para su ubicación correcta y evitar percusiones no escritas) para encajar las recreaciones que de cada número de esta ópera -que conocemos de memoria- hace el virtuoso Waxman mimando y engrandeciendo a Bizet, como también hiciese Sarasate, redondeando unos aires gitanos con este violinista chino.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 (Brahms) serviría para subir nota ya que superadas las dificultades previas del último test, Milanov se esmeró en defender este testamento del hamburgués sacando lo mejor de la orquesta, sonido cuidado en cada sección, cuerda tensa y clara para una emotividad cargada sin exageraciones, madera siempre brillante (donde Julio Sánchez Antuña suplió a nuestro querido Andreas), metales contenidos y percusión precisa, planos bien definidos, balances exactos delineando cuatro movimientos personalmente poco resposados, puede que contagiado aún del ímpetu chino y mal consejero para el siempre profundo Brahms. Cuatro movimientos para dejar en el lugar que corresponde una temporada con altibajos, porque la sinfónica asturiana tiene calidad más que sobrada, la renovación de su plantilla está en el buen camino sin perder identidad propia, los refuerzos siempre solventes y trabajo más que contrastado a lo largo del tiempo.

La «cuarta de Brahms» corroboró la grandeza de una partitura que contagia y nos llena de satisfacción a todos los melómanos, un Allegro non troppo para saborear la cuerda en su punto, equilibrios asentados con el viento, tensión contenida en la tonalidad menor y presencia dominadora. El Andante moderato transición a mayor sin perder sello alemán y orquestación elegante que Milanov se encargó de subrayar adecuadamente reteniendo el «tempo», trompas seguras, maderas majestuosas de melodías infinitas. La alegría del modo mayor en el Allegro giocoso transmitida y sentida con un aire más liviano extendido como la propia duración de este tercer movimiento, mostrando unas dinámicas amplias que la batuta marcó siempre, llamadas de atención en unos metales presentes de sonoridad muy trabajada, dibujos de una cuerda fortalecida que estrenaba concertino y ayudante, madera empastada y convincente como es habitual, y percusión detallista. Aumentando en tiempo y expresión llegaría el Allegro energico e passionato más segundo que primero aunque suficiente para un notable que redondeó la nota media, majestuoso y casi trágico cierre sinfónico del irrepetible Brahms, angustias musicales en la expresión contenida por todas las secciones al mando de un Milanov seguro y al fin convencido, convincente aunque no pleno. Salvado y redimido por la grandiosidad de esta partitura que siempre es bien recibida por todos.

Los responsables políticos seguramente desconozcan todo lo que supone programar una temporada, por otra parte ya pergeñada como es lógico y necesario para el próximo curso académico, así que espero poder seguir contando y disfrutando con esta orquesta seña de identidad de nuestra Asturias que lleva la cultura más allá de nuestras fronteras. El avance para los 25 años, nuestras bodas de plata, vuelve a ser esperanzador sin olvidar el proyecto social y la misión educativa emprendida hace tres años, aunque todavía me quede realizar el balance final de junio. Es mi trabajo como docente que también intento traer aquí como no podía ser menos.

La magia de Andris Nelsons

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Sábado 30 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Klaus Florian Vogt (tenor), Orquesta Sinfónica «Ciudad de Birmingham» (CBSO), Andris Nelsons (director). Obras de Wagner y Bruckner.

La magia inundó el último concierto de este ciclo municipal coincidiendo con la vuelta al Auditorio ovetense del gran «helden tenor» Klaus Florian Vogt, que entonces también supuso una victoria del Barça como hoy, esta vez en la Copa del Rey. Mágico el programa que Alberto González Lapuente presentó como «Amigos conciables (supongo que serían conciliables) referidos a Wagner y Bruckner, con una orquesta británica de esas de sonido único e inimitable, y sobre todo el Mago letón Nelsons (Riga, 1978) al frente, de gestos no muy ortodoxos pero efectivos con su formación, trabajo de años al frente dando fruto hasta con una mirada, posiciones que le permiten encogerse como un ovillo, cambiar la batuta de mano y ponerla del revés sin perderse ni un detalle, apoyarse en la barandilla, quedar a la pata coja, caracolear con los dedos para manejar el gran instrumento sinfónico, incluso bajar los brazos dejando fluir esa magia y clamar al cielo en los momentos más sublimes (mi tocayo en la crítica de «El País» lo llama Calistenia musical). Verle dirigir mientras sonaba la séptima bruckneriana era asistir al hechizo de disparar en el momento exacto todos los efectos mientras adelantaba en el instante previo lo que vendría a continuación, dirigiendo la atención de músicos y públicos al lugar exacto, conduciéndonos a todos en una velada donde el brebaje que nos dio causó el efecto deseado. No es de extrañar que sea firme candidato a la titularidad de la Filarmónica de Berlín, aunque tengamos que esperar al 2016 para el veredicto final.

La ópera de Wagner es única donde la música supone la parte de un todo (Gesamtkunstwerk), la obra de arte total que incluye lógicamente la voz cantada pero cuya orquestación marcará historia y modelo a seguir. Para la primera parte dos arias de «Parsifal» y dos de «Lohengrin» precedidas de los preludios Karfreitagszauber e inicial del tercer acto para asentar sonoridades antes de escuchar la voz poderosa e íntima de Vogt, auténtico defensor de sus dos personajes, no ya cantados sino sentidos, comprobando la evolución de Parsifal del segundo acto Amfortas, die Wunde al tercero con Nur eine Waffe taugt, pudiendo seguir los textos también traducidos en el programa de mano, heroico de timbre wagneriano capaz de alcanzar matices en cualquier registro y sobrevolando la densa orquestación que coprotagoniza el drama, perfecto ejemplo de lo que se ha matizado como «helden tenor«, el más dramático y heroico de su cuerda (que en mis años jóvenes llamaban tenor abaritonado, «tipo» Plácido Domingo). Aún mejor su Lohengrin del tercer acto, Höchstes Vertrauen hast Du mir schon zu danken y esa verdadera confesión final In fernem Land llegando al clímax conjunto con los de Birmingham mientras «Merlín Nelsons» descubría los personajes y pasiones wagnerianas. Auténtica lección por parte de todos, con el «lírico» Klaus Florian Vogt pletórico en sus cuatro arias, un verdadero tenor wagneriano a los que se les pide que tengan voz rica, oscura, poderosa y dramática, de amplia tesitura vocal y gran potencia además de una auténtica resistencia física (que dicen los estudiosos). Bravos y nada mejor que seguir con Wagner de propina: Winterstürme wichen dem Wonnemond (de «La Walkyria«) para corroborar cómo es un tenor para disfrutar, con una orquesta bajo la varita mágica de Nelsons. Seguiré jugando a la lotería para poder hacer una escapada veraniega y escucharlo en Bayreuth…

Pero la Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 de Bruckner son palabras mayores sin necesidad de textos, con una «orquestaza» que nos trajo las tubas wagnerianas alineadas desde la izquierda con el resto de metales hasta la tuba en el extremo contrario, entre la percusión sin elevar detrás y la madera, más la cuerda en la colocación habitual, con ocho contrabajos para calcular el número total de arcos, equilibrio ideal que me llevaba al ideal del día anterior con Richard Strauss. Nada mejor tras Wagner que Bruckner, incompatibilidad de caracteres en ese postromanticismo que tanta música ha producido, y Leipzig siempre capital de la música, inspiración  y admiración del segundo hacia el primero, amistades irreconciliables solo salvadas por el mismo amor musical. La séptima como la única sinfonía que Bruckner apenas modificó y además la estrenó como homenaje a su héroe, la más «popular» pero no tan interpretada por los efectivos que requiere. La CBSO los tiene y todos de primera que con el director letón alcanzó la magia total dejándonos un recuerdo imperecedero de este fin de ciclo:

El Allegro moderato fue trenzando melodías eternas en contrastes anímicos como dudas vitales hechas música, los metales preguntando, la cuerda serenando, todo dibujado y sentido con todo el cuerpo de Nelsons, sacando dinámicas increíbles, redondas, allá donde la partitura las indica y salen al aire como si las notas cobrasen vida con el mago. El Adagio. Sher feierlich un sehr langsam (con lentísima solemnidad) es el homenaje wagneriano más allá del protagonismo de las tubas diseñadas por el sajón, la dedicatoria también a Luis II de Baviera, o la sensación de eternidad veneciana con una marcha fúnebre que hipnotiza, acongoja pero también brilla cual interrogante universal, casi la «precuela» del mismo movimiento mahleriano en su Quinta, inspiración también previa para Visconti, en Senso (1954). El director es también un excelente intérprete de Mahler por lo que el «maridaje» con Anton Bruckner es más que evidente. La cuerda británica de seda y terciopelo, violines angustiosamente desgarradores y contrabajos en la boca del estómago en un discurrir sin prisa pero desenfrenado hacia un punto final que no quiere llegar, «crescendi» y vientos llamando del más allá como pesadillas con la belleza bruckneriana plasmada en la interpretación de Nelsons con su orquesta, arrullo y consuelo donde no falta un brevísimo tema del Te Deum. Clásica en construcción, el tercer movimiento de esta sinfonía es un Scherzo. Sehr schnell (muy rápido), brillante, casi jocoso pese al contraste tonal, danzarín por lo rítmico en compás ternario, bromista por el propio significado llegando a lo tumultuoso a medida que crece antes de frenarse en el Etwas langsamer (un poco más lento) que indica la partitura y da protagonismo a los violines contestados por el viento reforzados con unos timbales que ayudan a ese crecimiento anímico antes de la repetición, sin olvidar el aire de danza popular y macabra, puede que hasta riéndose de la propia e inevitable muerte, un «Aprendiz de brujo» ante la ausencia de Merlin con resultados esperados y siempre arreglado por la sabiduría e incluso convicción, antes de coronarse en el Finale. Bewegt, doch nich zu schnell (movido pero no demasiado rápido), siempre añadiendo cómo desea el compositor austriaco «exactamente» el aire de cada movimiento, el último perfectamente leído por Andris Nelsons en otra pócima de magia cocinada dentro de la marmita Birmingham, recordando el inicio de la obra pero conteniendo efectismos para la instrospección católica traducida a un coral donde los metales suenan como un órgano donde Maese Bruckner trabajó, incluso los contrabajos redondearon una tímbrica controlada al detalle, jugando con cada plano en una formación que responde como un solo instrumento más allá de los unísonos, no importa alguna nota «insegura» de las trompas como si un tubo del gigantesco órgano escupiese alguna mota de polvo, atacando una conclusión sobrenatural, efectista y convincente. Aplausos más que merecidos sin olvidar la propia partitura, ovacionada por el maestro.

Lástima en las prisas incluso para aplaudir que nos privaron de disfrutar el silencio final, algo que es inherente a la música y todavía más a esta séptima que pudimos saborear. La popularidad de esta sinfonía más allá del gran melómano Visconti (y Thomas Mann, «El arte, el deseo y la muerte») estriba en las emociones que todos tenemos, la varita mágica que toca la fibra sensible, el sonido orquestal bien combinado en cada momento que el brujo Nelson hace disminuir y aumentar como retorciéndonos con él, espectáculo casi místico, poesía musical, esperanza cristiana, admiración vital, sensibilidad artística y comunión total entre obra, intérpretes y músicos para una liturgia sin igual.

Heroicidades musicales

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 13, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Prokofiev y R. Strauss.

Dice el saber popular que «los cementerios están llenos de héroes«, pudiendo añadir que por ello el objetivo más importante es salvar la vida. Este decimotercero presentaba auténticas heroicidades musicales, pero el resultado fue amargo.

Para los supersticiosos el número trece dicen que trae mala suerte, supongo que desde la conocida y famosa «última cena»; incluso los aviones no tienen esa fila, aunque la mía en el Auditorio es precisamente esa y puedo decir que he disfrutado mucho en ella. Pero los presentimientos parecen funcionar: los ingredientes eran perfectos, algunos cambiaron para la siguiente «carta», y volvía el cocinero titular a los fogones, aunque la mesa no estuvo bien organizada, el menú falló y la digestión tras la ingesta aún sigue siendo pesada.

El Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Prokofiev suponía el regreso de la pianista moscovita Lilya Zilberstein tras su tercero de Rachmaninov hace ahora dos años, (entonces con el maestro asturmexicano Carlos Miguel Prieto al frente). La OSPA permutó varios primeros atriles para esta página increíble del compositor ruso con todas sus señas de identidad y el más interpretado de los cinco, obra muy exigente para el solista pero aún más para la orquesta, con continuos cambios de ritmo, compás, tempo, agógicas increíbles y un impulso rítmico de principio a fin. Milanov estuvo casi siempre a remolque de la pianista, no concertó como esperábamos, los balances tampoco funcionaron y hubo momentos donde el poderío solista quedó diluido ante unos volúmenes excesivos. Cierto que el piano tiene compases plenamente incrustados en el color orquestal, pero es importante dejar fluir una sonoridad tan protagonista como la de este «otro» tercero.

De estructura clásica Prokofiev «se toma libertades» a lo largo del mismo, como bien recoge en las notas al programa (enlazadas en los autores) de Asier Vallejo Ugarte, comenzando con ese dúo de clarinetes marca  de la casa en un Andante que pronto pasa al Allegro, brillante en colorido y algo menos en el tempo elegido, contenido aunque igualmente virtuoso por parte de Zilberstein en un derroche de fuerza que no tuvo la pegada esperada en cuanto a presencia. La orquesta siempre en primer plano, con intervenciones precisas desde las castañuelas a la madera pasando por la cuerda o los metales, aunque cojeando en las caídas con la solista, con esos cambios de velocidad tan difíciles de encajar cuando la batuta no es precisa y comienza a dibujar ondas en vez de líneas rectas, intento de la pianista en avanzar pero lastrada por la orquesta. El Andantino es un tema con variaciones donde la orquesta diseña ese «sonido Prokofiev» con una cuerda incisiva, una madera sutil, metales opacos por la sordina buscando colores y sabores dentro de ese aire grotesco tan peculiar del ruso para dejar que el piano dibuje melodías hermosas, el momento más equilibrado y sutil por parte de todos, «pequeñas diabluras armónicas, feroces galopadas pianísticas y un hedonismo de aromas neo-impresionistas» que escribe el crítico vasco, aromas imperecederos de un piano cristalino al fin plenamente protagonista, la salsa perfecta para un plato llenos de matices, la sal justa en una cuerda atinada y acertada con madera de fondo más que condimento ideal antes de arrancar con el Allegro ma non troppo final en compás ternario con los fagotes marcando el ritmo contestado con «glissandos» pianísticos y escalas vertiginosas en la cuerda que de nuevo salpicó a este oyente-comensal por la falta de entendimiento entre solista y director, como si nos pasásemos de mantequilla en el caviar de este suculento manjar, salvándose los momentos orquestales gracias a una cuerda cálida sin perder el sonido marcante y el momento protagonista, casi solístico, del piano contestado por violines y maderas en bellos juegos tímbricos. Sabor agridulce para una pianista como la rusa que no sonó como esperábamos en este «otro tercero ruso» ni la vi cómoda en ningún momento. De hecho no hubo propina, aunque el esfuerzo que exige la haya podido dejar exhausta.

Enorme despliegue y refuerzos en la OSPA para Vida de héroe (Ein Heldenleben), op. 40 de R. Strauss aunque no en su justa medida, pues la cuerda se quedó algo corta, supongo que por los dichosos presupuestos en tiempos de recortes económicos, pero una auténtica lástima no poder alcanzar el número ideal para esta maravilla sinfónica del compositor muniqués, auténtico genio de la orquestación en una partitura que pone a prueba a cualquier formación y director. No podemos quitar ingredientes para un plato tan potente y suculento como el del menú, y si falta arroz tendremos que usar fideos ¡pero ya no es paella!.

Quiero destacar la auténtica heroicidad de todos los músicos, dándolo todo en los seis episodios de la propia vida del alemán Strauss (nada que ver con la saga de los valses vieneses aunque en último número de la revista de la OSPA aparezca la foto de Johann Strauss II), especialmente la cuerda que en «inferioridad numérica» hubo de forzar para buscar el equilibrio y balance necesarios, auténtico esfuerzo titánico. Para los cocineros de la batuta preparar este plato es una tentación siempre que se acierte en todo, desde el punto de cocción, la proporción de los ingredientes y el salpimentado en su justa medida, así como el «fumé» y demás condimentos. Creo que a Milanov se le fue la mano ante la opulencia, puede que hasta la autocomplacencia que el propio Strauss pone en esta página donde intenta «glorificar sus propios triunfos y caricaturizar a sus críticos«, pendiente del espectáculo que suponen «los bronces» (que decía Max Valdés) incluso fuera de escena, en detrimento de una cuerda que cuando pudo demostró la primerísima calidad que atesora. Vasiliev disfrutó en La compañera del héroe enamorado de su esposa, aunque buscando el gusto más que el impacto con el poso de la veteranía, siempre comandando la sección estrella originaria (clara y presente sobre todo en el último episodio), que el viento lleva compartiendo liderazgo, no ya los solistas sino toda la sección incluyendo los refuerzos para este concierto. La orquestación es de quitar el hipo: piccolo, tres flautas, cuatro oboes (con corno inglés), cuatro fagots (uno contrafagot), cuatro clarinetes (con requinto y bajo), nueve trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas (con la tenor), percusiones ricas para cuatro músicos, dos arpas, y toda la cuerda frotada… Y todos impecables, de musicalidad innata, esfuerzo enorme y trabajo global por alcanzar la excelencia, por gustar y repetir, pero mucha comida para un recipiente que se quedó pequeño, incluso pienso que faltó atención al fuego, quemándose algunos ingredientes que hicieron perder el sabor global, abusando del picante que en exceso enmascara el paladar y deja un toque amargo en la garganta. La elección del menú era cosa del cocinero, así que su responsabilidad es total. Altibajos en presencias, tiempos no excesivos, sonoridades desiguales, líneas melódicas no siempre claras y discurso ceñido a la partitura, por otra parte precisa hasta el mínimo detalle, fluyendo no siempre contenida. Con todo es de aplaudir poder saborear estos manjares aunque llega un momento donde el cliente puede devolver el plato a la cocina, pues a pagar nunca se niega. A favor siempre paladares (que no estómagos) agradecidos o menos exigentes, personalmente el mío fruto de años degustando otros fogones y por supuesto dependiendo del momento y estado anímico individual, esta vez elevado tras una temporada variada y llena de sorpresas agradables.

Sólo queda un concierto para cerrar temporada, de nuevo con excelentes ingredientes y mismo cocinero. Espero acabar con buen sabor de boca y no tener que usar antiácidos.

Tesoros barrocos en Oviedo

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Jueves 28 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo. «Primavera barroca»: Raquel Andueza (soprano), Al Ayre Español, Eduardo López Banzo (clave y dirección). Tesoros españoles en América, obras de José de Torres, A. Corelli, Giovanni Zamboni Romano y Juan Cabanilles.

Clausura de altura para este ciclo primaveral en colaboración con el CNDM y el Ayuntamiento de Oviedo, que sin llegar a llenar sigue atrayendo un público fiel a la música barroca y melómanos en general, «redescubriendo» esta tarde a José de Torres Martínez Bravo (1670-1738) con cuatro cantadas recuperadas por el propio López Banzo por encargo del propio CNDM en 2013, un género bien explicado en las notas que dejo aquí mismo, maravillas perdidas en su mayoría pero que «debemos seguir grabando y escuchando» como comentaba al final del concierto el músico aragonés antes de regalarnos otro «grave» de una cantata profana, pues no sólo de la religión vivían los compositores, destacando que también fue editor fundando en Madrid una Imprenta de Música en 1699, colaborando a publicar tanto obras suyas como de contemporáneos así como tratados teóricos importantísimos.

Con un sexteto de calidad y sonido impecables y el propio López Banzo al clave, la formación resultó excelente ropaje de una Raquel Andueza que canta como pocas estos repertorios, auténtico placer escucharla poniendo siempre «ánima e corpo«, dicción extraordinaria para unos textos hermosísimos subrayados por una instrumentación donde el barroco Torres muestra un magisterio y estilo propios para unas cantatas que mantienen estructura italiana con el sello español, tesoros que traspasaron fronteras e incluso el océano Atlántico, ayudando a preservar muchas de ellas.

Protagonismo vocal pero sin olvidar intercalar distintas obras contemporáneas para solaz de los músicos de Al Ayre Español,  la Sonata da chiesa a trè, op. 3 nº 12 de Arcangelo Corelli con seis movimientos bien contrastados, puro barroco donde disfrutamos con la cuerda tratada como nadie por un violinista como el italiano que escribía desde el conocimiento directo: un dúo de violines (Sylvan James y Kepa Arteche) en eco perfecto de color haciendo uno, contrapuestos a un solístico cello de James Bush coprotagonista en virtuosismo, y un violone en pizzicato (Xisco Aguiló) redondeando una sonoridad rotunda siempre contrapuesta con el archilaúd de Juan Carlos de Mulder, que nos brindó en la segunda parte Alemanda y Giga de la Sonate d’intabolatura di leuto, op. 1 del laudista G. Zamboni Romano (ca. 1650) deliciosa en emociones, pulcritud y buen gusto, como también el propio López Banzo al clave con el Tiento de segundo tono y las Gallardas de Cabanilles, alumno de Torres, música de tecla de calidad excelsa equiparable a muchos contemporáneos, recordándonos que el trabajo de investigación no aparca su faceta interpretativa en la que lleva toda su vida.

Para José de Torres la inclusión del oboe de Rodrigo Gutiérrez en las cantadas (excepto en la que abría la segunda parte) supuso el toque sutil de textura y color, equilibrio con la voz de Raquel Andueza, timbres complementarios y escritura magistral, «relleno» en las notas largas, contestaciones como prolongaciones vocales, respiraciones paralelas, en un dominio del lenguaje por parte del compositor madrileño capaz de mantener la claridad de los textos dedicados al Santísimo o a Nuestra Señora con unas melodías que refuerzan el carácter dramático, instrumentaciones increíbles como por ejemplo en A el abismo de gracia que en el Area «Si solo es amar amoroso gemir» teje la cuerda un pizzicato plenamente moderno y remanso espiritual para acompañar la delicadeza de voz y oboe, adornadas con perlas del archilaúd y dorados ornamentos del clave que emocionaron al público interrumpiendo con unos sinceros aplausos (más que las toses siempre inoportunas) antes de las «inesperadas» Coplas finales movidas y alegres.

Cada una de las cantadas, de las más de cuatrocientas que parece compuso el madrileño, solo se conserva una quinta parte y en Oviedo pudimos disfrutar de cuatro de ellas más la propina de la profana (sólo el movimiento Grave) en la voz natural, única, convincente de Raquel Andueza, madura, técnica al servicio de estas obras, convincente en todos los registros, y la inmensidad (en el amplio sentido de la palabra) de un Eduardo López Banzo liderando proyecto investigador e interpretativo, mimando cada pentagrama, aportando sabiduría y conocimiento (comentaba que hay seis o siete joyas «cantadas» de todas las que ha recuperado), acompañado de unos músicos que redondearon el mejor broche de ciclo posible.

El avance de programación de la próxima temporada promete seguir en esta línea, esperando que los cambios políticos tengan la suficiente cultura y amplitud de miras para entender cómo se planifican las temporadas, los costes y sobre todo el derecho de todos los ciudadanos a la cultura, siendo la música una de nuestras mejores señas de identidad, auténtica «marca» que en momentos donde se ha alcanzado un nivel de excelencia tras décadas de trabajo y esfuerzo la miopía o desconocimiento pueden echar a perder en un abrir y cerrar de urnas. Recuperarlo será entonces imposible y el retroceso sí nos pondrá cien años atrás.

Para Mozart no hace falta escena

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Lunes 25 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Don Giovanni (Mozart), versión concierto. Johannes Weisser (barítono), Marcos Fink (bajo-barítono), Jeremy Ovenden (tenor), Birgitte Christensen (soprano), Alex Penda (soprano), Sunhae Im (soprano), Tareq Nazmi (bajo), Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana (director: Josep Vila i Casañas), Orquesta Barroca de Friburgo, René Jacobs (director).

Mozart cuando está bien interpretado es único, incluso cualquier ópera suya soporta una versión semi-escenificada como la que tuvimos el placer de escuchar en este penúltimo de los conciertos del auditorio (en Barcelona el miércoles 27), con el mítico contratenor René Jacbos al frente de su formación que volvía a convencer en Oviedo tras su anterior «La Finta Giardinera» de hace cinco años, con instrumentos de época incluyendo un fortepiano que hizo las delicias en los recitativos, y un septeto vocal de altura, sin olvidarnos del coro del Palau catalán que dirige un viejo conocido en Asturias como Josep Vila, perfecto en número, presencia y escena, auténticos profesionales.

Cierto que para los cantantes no siempre ayuda tener a la orquesta detrás en vez de ubicada en el foso, pero buscaron posiciones buenas, incluso la idea de la tarima trasera favoreció la emisión vocal, además de dar mucho juego las puertas laterales, tanto del escenario como las de acceso por las butacas, cantar fuera de escena y hasta la aparición del Comendador bajando por todo el patio de butacas hasta subirse a escena. Los sobretítulos, aunque amarillo sobre blanco y con mucha luz, ayudaron a seguir un argumento que la mayoría conocemos al dedillo pero que resulta más cómodo que leerlo en los programas de mano.

Comenzaba mis elogios con el músico belga René Jacobs por todo lo que supone en la interpretación de la música de los siglos XVI al XVIII en las últimos décadas donde Mozart también ha estado siempre presente, y este Don Giovanni de gira con parada en Oviedo lo recordaremos mucho tiempo. Formación ideal en número con ese color instrumental especial que dan los instrumentos llamados antiguos, básicamente la madera y metal, además de la cuerda o el fortepiano sustituyendo a un clave que en el Clasicismo pierde protagonismo, así como los timbales naturales. Supongo que la afinación también estaba más baja que en la actualidad, favoreciendo el lucimiento de los cantantes en los registros extremos, especialmente las voces agudas, y optando por tiempos agradecidos por movidos incluso en las arias más conocidas, tendentes casi siempre a retener velocidades para no comprometer las agilidades, aunque el elenco vocal no tuvo problemas en ningún número, siendo de agradecer unos ornamentos muy trabajados en todos los «da capo». En suma una versión viva que no hace olvidar en ningún momento el drama universal del Don Juan.

No se olvidó el maestro de incorporar la mandolina en el aria de «la ventana» de Don Juan (tocada impecablemente por uno de los violines primeros), de completar algún recitativo del pianoforte con el violonchelo, o de sacar de sitio un par de contrabajos y un violín, dotándoles de pandereta y pandero para la escena de Zerlina y Masetto, así como poner en pie las maderas para el baile del segundo acto, siempre detalles que hacen del Mozart de Jacobs algo distinto sin perder sabor. Salvo la obertura algo lenta en relación al resto, por otra parte necesariamente lúgubre, la orquesta sonó con ese barniz clásico que «acuna» a las voces incluso en los momentos de tutti, destacando la concertino Petra Müllejans como auténtica directora de esta formación que Don René lleva «de la mano», cuidando sobre todo los recitativos y los concertantes, porque hay tanto entendimiento que los músicos parecen tocar solos.

El coro al completo sólo tiene la intervención del primer acto con Zerlina, mientras las voces graves (siete por cuerda) tienen dos apariciones que resultaron convincentes de volumen, presencia, afinación así como el movimiento escénico donde camisas blancas y después negras es suficiente para convencernos de la acción. Bravo por el coro catalán.

Llegando a las voces protagonistas, intentaré ir de más a menos, debiendo destacar al bajo kuwaití Tareq Nazmi por el esfuerzo de doblar al Comendador y a Masetto, buscando distintos colores para diferenciar los personajes extremos en cuanto a la aparición en escena, convincente bajo para el noble y lirismo en el pastor, muy cantabile en una línea donde no hay bajos profundos sino barítonos «dramáticos», más con estas orquestas y versiones que ayudan al lucimiento.

El barítono noruego de formación danesa Johannes Weisser bordó su Don Juan, altura en todos los sentidos que le dan presencia independientemente de dónde se coloque para cantar, llenando la escena allá donde vaya, perfilando este personaje que resulta cómico dentro del drama, conquistador de todo y no sólo de lo que lleve faldas.

La Donna Anna de la soprano noruega Birgitte Christensen puso muy alto el listón para un rol siempre dramático, de turquesa en el primer acto y riguroso luto en el segundo, de emisión perfecta desde todas sus posiciones, penetrante sin perder dulzura, convincente en todas sus intervenciones.
No se quedó atrás Elvira con la búlgara Alex Penda cuyo personaje crece a lo largo del drama, despechada, enamorada y sacrificada, estados anímicos que llevó en su línea de canto, siendo emocionante su última aria.
La pequeña surcoreana Sunhae Im personificó una Zerlina ideal, bellísimo el dúo Là ci darem la mano, inocencia desde un registro medio y agudo presente, algo menor en el grave (de nuevo la afinación de la orquesta) pero de bellísimo color vocal y musicalidad en cada aria y dúo, escénicamente completa para recrear un papel muy agradecido, de los bombones Mozart que toda soprano desea.
También es un caramelo el Leporello que cantó el porteño de origen esloveno Marcos Fink, más barítono que bajo, mejor actor aún que con la orquesta en los fuertes o en los concertantes quedaba algo oscurecido pero que defendió como un veterano de las tablas, incluso con algún «parlato» para evitar «males mayores». El dúo con Don Juan mantuvo el equilibrio para dos colores vocales bien diferenciados y su «catálogo» lo solventó con profesionalidad aunque falto de más dicción en un «tempo aligerado» por Jacobs y su formación.
Dejo el último al tenor inglés Jeremy Ovenden que fue de menos a más en su Ottavio, color mozartiano a más no poder aunque algo justo de volumen, especialmente en los conjuntos donde no se le apreciaba, pero defendiendo muy bien sus dos arias (Dalla sua pace e Il mio tesoro) bien llevadas de tiempo por el maestro Jacobs, unos ornamentos y agilidades bien afinadas así como una línea de canto muy estudiada. Puede que con la orquesta en el foso gane en presencia pero el escalón inferior respecto al resto pareció claro a casi todos.
Con estos mimbres se armó este Don Giovanni «en concierto» plenamente convincente por la profesionalidad e interpretaciones de todos, difícil encontrar tanto equilibrio en una ópera del genio de Salzburgo, nivel homogéneo o versión más que aseada que se decía antiguamente. Al menos el único móvil que apareció fue el de Don Juan para comprobar que aún no eran las dos de la madrugada antes de su «mandolino» a la luz de la luna. Y es que ni siquiera las tres horas y media parecieron causar toses, aunque los que cenan temprano se fuesen al descanso. Ellos se lo perdieron.
Esta semana aún queda mucha música.
P. D. 1.: Los links mayoritariamente son los del propio reparto escuchado en Oviedo.

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