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Geroncio, ángeles y demonios

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Jueves 17 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto extraordinario de Semana Santa, OSPA, Allison Cook (mezzo), Zach Borichevsky (tenor), Nathan Berg (bajo), Coro FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Sir Edward Elgar: El sueño de Geroncio, op. 38 (1900). Entrada: invitación abonados OSPA.

Hay obras que deben escucharse en vivo al menos una vez en la vida, y si además el propio compositor dice «Si alguna obra mía es digna de no olvidarse, ésta es», entonces podrán comprender mi deseo hecho realidad de este The Dream of Gerontius de Elgar, puede que sintiéndome ya un «hombre viejo» como el protagonista, sin importar cómo clasificar o analizar esta magna obra (oratorio, cantata dramática…) sobre textos del cardenal John Henry Newman (1801-1890). Está tan bien escrita para cada intervención que es maravilloso escuchar cómo se mueven y aparecen las voces solistas, el coro y la propia orquesta en una sucesión sin apenas respiro, con dos partes bien diferenciadas donde el descanso rompió un poco el dramatismo implícito: una primera parte «terrenal» y la segunda «más allá de la tierra», tal y como la concibió un inglés que adoraba a Wagner (como recuerda Lorena Jiménez en las notas al programa enlazadas arriba en el autor) pero cuya música tiene sello propio en este diálogo con la muerte lleno de serenidad.

Interesantes los tres solistas de este concierto extraordinario, comenzando por el tenor Borichevsky que tiene el papel más extenso. De timbre hermoso, emisión más que correcta en todos los registros y momentos de belleza casi íntima, especialmente cuando se convierte en el alma de Geroncio con unos pianissimi muy sentidos.
El bajo-barítono Berg al que pude escuchar hace años en el Auditorio, interpreta al predicador de la primera parte y al ángel de la agonía final, dos registros en uno donde el impacto del texto se refleja en su proyección desde un color algo metálico en el agudo pero ideal para inspirar el terror y temblor antes del último vuelo.
Encantado con la mezzo escocesa Allison Cook que «llena» la segunda parte como un ángel, voz carnal de amplio registro, destacando un grave homogéneo precisamente en los momentos dramáticos, una musicalidad etérea como el personaje y un fraseo siempre contenido lleno de gusto, sin exceso alguno e ideal color para esta obra donde su voz lleva los momentos más emocionantes. Cantando ópera es un nombre a tener en cuenta y apuntarlo.

El Coro de la FPA se enfrentó nuevamente a un reto ante la envergadura de esta partitura, superando con creces las exigencias. A lo largo de la obra pasa por todos los estados anímicos hechos música, «Los asistentes» con un Kyrie latino «a capella» bien emitido y afinado, siguiendo el Be merciful, be gracious con orquesta sin perder presencia, el Rescue him con Amén incluido para mantener gusto y musicalidad, aumentando las tensiones durante la segunda parte, ángeles y demonios reflejados en papel y línea de canto, con unas voces blancas angelicales, las graves algo cortas en número pero buen contrapeso, e insistiendo en la escritura tan excelente de Elgar, el empaste y búsqueda de un timbre propio ideal, donde los instrumentos doblan a veces (impresionantes las trompas) o realizan contracantos alcanzando un color único donde no era necesario aumentar volumen para escucharlos nítidamente. La aparente lejanía del canto (estaba en la fila seis lateral) sumó en vez de restar calidades, puede que la inseguridad puntual esta vez ayudase a unos pianísimos increíbles, poniendo los contrastes al ángel o el alma en los coros de «Demonios» o «Coro angelical» (especialmente las mujeres), clamando las «Voces de la tierra» al pedir misericordia y ese final de las Almas del purgatorio como clímax coral antes de despedirse como «almas» y nuevamente el «Coro angelical», amén incluido.
La OSPA sigue en niveles de excelencia en todas sus secciones, incluso con los refuerzos que esta obra exige aumentando vientos e incluyendo órgano. Su amplísima gama dinámica fue un placer, más allá de buscar ambientes complementarios del texto, protagonismo siempre presente y tesituras que refuerzan cada número coral.

La dirección de Milanov tendió a ralentizar algunos números que perdieron impacto, salvo el inmenso y emotivo Preludio, aunque ganaron lirismo y emoción, pero hubiese preferido más aire que convenciese de los contrastes entre tierra y más allá, quedándonos en unos apuntes que el Jovellanos agradece por sus dimensiones, obligando a tocar muy juntos y escucharse todos. Este reto de Gerontio superado, supongo que en el Auditorio tendrá aún más grandiosidad tras este estreno gijonés.

Cocinando El Brian de Goossens

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Viernes 18 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Fundación Princesa de Asturias: Concierto Extraordinario «Europa Canta a la Navidad». El Mesías (G. F. Haendel, versión para orquesta sinfónica de Sir Eugene Goossens, 1959). Eugenia Boix (soprano), Sarah Couden (contralto), Davide Giusti (tenor), Luis Ledesma (barítono), Coro de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada gratuita con invitación previa.

«La vida de Brian» es una simpática película de los Monthy Python trata la vida de un judío que nace el mismo día que Jesús y ya de adulto incluso es confundido con él, algo parecido a este Mesías de Goossens quien «en 1959 orquestó para su amigo y mentor Sir Thomas Beecham, uno de los directores británicos más influyentes de su época, este gran oratorio barroco. Los arreglos de Goossens fueron hechos pensando en una orquesta sinfónica», algo que se indica en el programa para no llamar a engaño, aunque a la vista del escenario y cualquiera que hubiese asistido a los muchos Mesías anteriores en la Catedral de Oviedo se daba cuenta que esta OSPA iba a sonar distinta, reforzada para la ocasión y en esta elección del Maestro Milanov que ya la dirigiese hace dos años en el Kennedy Center Concert Hall a la National Symphony Orchestra y Choral Arts Society of Washington, repitiendo el de hace hoy seis años, todo un espectáculo para los norteamericanos tan dados a estos fastos sinfónico-corales pero que en Europa nos rechinan aún más que a los ultracatólicos la película de Terry Jones.

Lo que voy a contar me traerá calificativos de retrógrado, purista y demás lindezas porque gran parte del público que llenó el Auditorio salió encantado, pero evidentemente quiero explicar mi personal punto de vista porque sobre gustos no hay nada escrito y todos son particulares.
Si a una fabada asturiana con todo su compango le añadimos patatas y berzas se convierte en otro plato que llamamos pote asturiano, aunque puede estar igual de rico, incluso más. Si el producto base es bueno, en este caso nuestras alubias que llamamos «fabes», podemos cocinar otros platos también exquisitos aunque diríamos que menos típicos pese a figurar en muchas cartas: fabes con almejes, con jabalí, con centollo, con angulas, con langostinos, y todo lo que queramos añadirle porque es una legumbre que se adapta a todo, aunque yo quiero quedarme con nuestra fabada asturiana. Habrá frijoles, judías y judiones, alubiones (de La Granja) y todo lo que se quiera, incluso podemos cambiar el compango tradicional de chorizo, tocino y morcilla por criollos, morcilla de Burgos o matachana de León, poner chistorra navarra y seguir cambiando ingredientes, todo muy rico pero ya no será una auténtica fabada asturiana. Cada uno que ponga el nombre al plato porque «¿a qué sabe la música?«…
El Mesías de Händel es como nuestra fabada, en principio un plato de ricos porque no todo el mundo tenía acceso a unos ingredientes caros aunque la sociedad ha ido mejorando y hoy podemos presumir de ser nuestro plato más universal que algunos quieren cambiar por el cachopo, muy popular aunque poco asturiano a pesar de chascarrillos y modas pasajeras. De cocina sabe más Milanov que un servidor, pero quiero pensar que tras la lucha por recuperar y reconocer el Barroco, una vez degustado en su punto ideal sería una pena pasarse de cocción con un plato que tanto tiempo llevó poner en su sitio. No soy muy aficionado a la cultura norteamericana que tanto daño está haciendo en nuestra juventud en una verdadera colonización donde los «burguers» son el emblema visible aunque no nos importe llamarlo comida basura.

Soy nacido en 1959, el año de esta (per)versión de E. Goossens con esta maravilla de oratorio barroco para cuatro solistas, coro y orquesta. Aunque Bach vence a Händel quiero contar que tengo en disco tres Conciertos de Brandemburgo en interpretación de la Marlboro Festival Orchestra dirigida por Pau Casals donde Rudolf Serkin toca al piano el papel del clave, un instrumento casi desconocido (o difícil de encontrar) allá por 1964, también versiones grandiosas de la Pasión según San Mateo con plantillas hoy diríamos que algo exageradas, pero hubo estudiosos que nos abrieron los oídos y las mentes para cocinar de otra forma encontrando los ingredientes apropiados en la proporción idónea, y así aprendimos a degustar estos platos de siempre, sin necesidad de excesos ni sucedáneos. En Oviedo han pasado distintos directores al frente de la OSPA para este Mesías con el que damos el pistoletazo de salida a la Navidad, pero la apuesta del cocinero Milanov creo que no era apta para mi paladar maleducado. La grandilocuencia y el espectáculo están en la propia música de Händel por la que Goossens parece no mostrar mucho respeto disfrazado de visión renovada. No es «el Bach de Stokowski«, que Milanov y la OSPA interpretaron en Musika-Música, ni tan siquiera aumentar efectivos para el original. Ni me atrevería a llamarlo orquestación porque no consiste en añadir percusión (bombo, platillos, triángulo, caja) donde los timbales ya tienen su protagonismo, y parece olvidar a los solistas, ampliando plantilla para un acompañamiento a los recitativos totalmente ignominioso, con un cuarteto de trompas más un arpa, o doblando arias con un clarinete bajo o flautín cuando no taparlas a base de redoblar el bombo o escuchar unos platillos atemporales. Tendría para seguir sumando sinsentidos que desdibujan, por no decir perturban una joya de la música barroca haciendo cual personal deconstrucción de una fabada inigualable. El famoso «Aleluya» puede parecer más impactante en esta destrucción del director y compositor británico en su época, adaptada muy al gusto de los actuales yanquis, los mismos a los que en los programas de mano se les pide que no marquen con el pie el ritmo de la música, aunque sigan mascando chicle o comiendo palomitas… Este no es Mesías sino Brian de Goossens, nada que ver con otros Mesías populares donde el respeto a la partitura no impide aumentar el número de participantes.

Los cuatro solistas internacionales tuvieron que luchar con el cocinero búlgaro, ingredientes de primera algo quemados en la olla a presión de una orquesta sinfónica que tocó lo que tenían escrito. La aragonesa Eugenia Boix puso el sabor español puro, conocedora como nadie de este repertorio que cantó un «Rejoice» limpio y sentido y un «How beautiful» al pie de la letra, sin perder la compostura con el «acompañamiento goossensiano» manteniendo el espíritu barroco en su canto, y un perfecto «He shall feed» con la contralto americana Sarah Couden, una voz ideal para este oratorio tan difícil en su registro, una mezzo grave, bien su «But who may abide» o «He was despised» tras el recitativo del barítono, devolviendo ese color tan especial, igualmente pugnando con la densa escritura orquestal. El tenor italiano Davide Giusti casi como su apellido, arrancando en frío su recitativo sinónimo antes de la hermosa aria «Ev’ry valley» llevada algo lenta, y destemplado hasta el «Thou shalt break them with a tod of iron» de la seguna parte, agilidades endiabladas de por sí con timbre bonito pero complicado brillar con una masa orquestal detrás. El mexicano Luis Ledesma hubo de cantar no «a bombo y platillo» sino con ellos, barítono más que bajo en «The people that walked in darkness» que Sir Goossens pareció tomar al pie de la letra, o la esperada «The trumpet shall sound and the dead shall be rais’d» donde quien «murió» fue nuestro Maarten al quedar reducida su piccolo a un plano nunca imaginado por Händel. Una lástima porque de tener la orquestación original hubiésemos podido disfrutar de estas voces más que prometedores.

El Coro de la Fundación sabe lo que son repertorios sinfónico corales románticos, contemporáneos y por supuesto este «Mesías» que llevan cantando hace muchísimos años con distintos directores, amoldándose a sus exigencias con verdadera profesionalidad, y este Goossens ha sido el más exigente por lo que supuso de intentar borrar tantos años de experiencia a sus espaldas, referencias totalmente distintas que acaban dando inseguridad, unida a unos tempi no siempre apropiados pero que compensaron con el dominio a base de fuerza, contagiados por una voluptuosidad inapropiada en pos de un espectáculo más de cocido que de fabada asturiana con mala digestión. Salieron airosos a pesar del fuego que casi quema el plato, «And the glory of the Lord» y «For unto us a Child is born» presentes, lo que ya era un triunfo, algo desajustados y cortos entre las cuerdas para «And He shall purify«, destemplados en el inicio de la Parte II «Behold the Lamb of God» donde tuvieron mucho más trabajo antes de un «Hallelujah» contagiados y algo desbocados hasta el «Amen» donde parecieron alcanzar la paz, aunque hubiese de regalar el popular «Aleluya» al que Milanov intentó sumar al repestable dentro de este espectáculo para mí bochornoso aunque entendiendo este «Refreshed» made in USA, porque el british es otra cosa.

De la sufrida OSPA solo ponerme en su pellejo y respigarme, debiendo tocar lo que tienen en el atril siguiendo las indicaciones del maestro. Me imagino el asombro de Rafael en la caja redoblando con el coro en este debut mesiánico, el triángulo otro tanto, Paco Revert al bombo atormentando al barítono y Jeffery con trabajo extra en casi todos los números. Del metal nunca tanto que tocar para no aportar casi nada: un cuarteto de trompas que debía hacer diabluras, un dúo de trompetas en un plano secundario olvidando un protagonismo propio, el trío de trombones y tuba doblando coros… La madera reforzada con intervenciones impensables siempre bien ejecutadas pero duplicando melodías o «engordando» recitativos, como clarinete y clarinete bajo, dos oboes más corno ingles, dúo de fagotes más bajo, flautín más flauta… ¿Goossens enloqueció? Y la cuerda a partir de cinco o seis contrabajos calculen, además de la mencionada arpa cuyos armónicos y resonancia no casan muy bien con la voz, así que pueden ir calculando el derroche tímbrico a pesar de buscar dinámicas apropiadas para lo imposible. Las partes donde el Sir no añadió demasiado de su cosecha, casi como limitándose a transcribir el órgano del que prescinde incluso parecían originales aunque más llenas, pero del alemán nacionalizado inglés sólo la presencia melódica, unes fabes de primera perdidas en una olla gigantesca con fuego excesivo que acabó atormentándolas. El chef Mr. Milanov nos sirvió una hamburguesa con patatas fritas cuando esperábamos alta cocina, pero la carta avisaba antes de probar el plato servido por la Fundación.

Los Globetrotters del canto

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Miércoles 9 de diciembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: The King’s Singers. Obras de: Lasso, John Bennet, William Byrd, Thomas Morley, Saint-Saëns, Francisco Guerrero, Mateo Flecha «El viejo», Paul Drayton, Franz Gruber, J. L. Pierpoint…

Los famosos Harlem Globetrotters me hicieron enamorarme del baloncesto como espectáculo desde el deporte de la canasta con licencias y concesiones siempre enfrentándose a unos equipos universitarios que entonces quisiéramos en España.

Los tiempos cambian para mejor y The King’s Singers son como los artistas de la canasta, toda una marca, no importa que cambien los jugadores porque el espectáculo está garantizado como en sus anteriores visitas hace ya muchos años. El sexteto que llegó a Oviedo en esta gira europea y navideña se presentaba con la siguiente «alineación: David Hurley, Tymothy Wayne-Wright, contratenores – Julian Gregory, tenor – Christopher Bruerton, Christopher Gabbitas, barítonos – Jonathan Howard, bajo, ninguno de los que figuran en mi lista de éxitos cantando a Johann Strauss II, los madrigales y toda la música sacra de Lassus, sus versiones de The Beatles o el conocidísimo álbum «América«, incluso el tributo a «The Comedian Harmonists«, pero como los Globetrotters, siempre únicos, inimitables y manteniendo el sello inconfundible de calidad británica, voces especiales, con dos contratenores, especialmente el «veterano» Hurley, de timbre bello, o un bajo que rellena el amplio abanico de registros sin perder nunca un empaste galáctico, emisión envidiable, afinación perfecta, interpretaciones irrepetibles y las armonizaciones de temas conocidos que los hacen maravillar siempre, aún más en directo.

Acortar la caja escénica sirvió para disfrutar aún más de toda la calidad esperada, apreciar la exquisitez de sus matices, la vocalización perfecta en todos los idiomas y hasta sus explicaciones en un castellano mejor que nuestro inglés con una emisión hablada tan mágica como la cantada, organizando un programa en la línea esperada de su repertorio de siempre: primera parte de polifonía renacentista donde no faltaron sus impecables versiones de Orlando di Lasso (Resonet in laudibus, op. 26), W. Byrd (Though Amaryllis dance in Green) o el estratosférico Thomas Morley (Now is the Month of Maying), con dos guiños hispanos dignos de estos ingleses que los entienden a la perfección: Francisco Guerrero con Oyd, oyd, una cosa, Virgen Sancta y Mateo Flecha con La bomba, una ensalada teatralizada donde la guitarra hecha voz dejó toda una lección canora, con el intermedio y cercano Saint-Saëns del que la selección de tres obras vocales nos permitió comprobar que pueden «jugar en inferioridad» y seguir ganando el partido en cuarteto o quinteto porque la calidad y el espectáculo siempre están asegurados.

El descanso sirvió para separar estilos pero seguir encestando triples y acertando dobles, la Masterpiece (2005) de Paul Drayton (1944) o cómo explicar cantando en nueve minutos la historia de la música en un derroche armónico capaz de provocar sonrisas, más los villancicos que nos recuerdan la cercanía de la Navidad siempre con unos arreglos hermosos que son santo y seña de la «Marca King’s Singers»: La peregrinación (A la huella la huella) de la «Misa Criolla» (Ariel Ramírez) en arreglo de Peter Knight, El niño querido (arreglo de Richards) y God Rest you Merry Gentlemen con una armonización de Geoffrey Keating que sólo ellos pueden cantar, con ese ritmo en 5/4 muy «Take Five» de D. Brubeck. No digamos los arreglos de Rutter del «hit navideño» Stille Nacht (F. Gruber) o el increíble de Gordon Langford de un tema que sin serlo es el más popular de estas fiestas, Jingle Bells de J. L. Pierpoint, acallando un auditorio que se rindió como siempre a «estos reyes cantantes», quienes todavía nos regalaron otro «carol» y el medieval «Gaudete» tan británicos como su monarquía, la ginebra o el «Big Ben».

Porque The King’s Singers son como «los globetrotters del canto», siempre espectáculo, buen humor y calidad impactante independientemente de los años que no pasan por ellos, porque su forma de entender la música y la vocal más en concreto, son ya historia viva. En casa estoy disfrutando de su CD «Postcards«, otra joya para la colección…

Vidas musicales

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Martes 8 de diciembre, 19:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XIV Curso «La voz en la música de cámara», homenaje a Manuel Burgueras. Directora artística: Begoña García-Tamargo. Organiza Asociación Cultural «La Castalia». Entrada libre.

Nueva edición de un curso de esta asociación presidida por Santiago Ruiz de la Peña, con profesorado conocido y reconocido para alumnado de distintas procedencias, finalizando con el «necesario» concierto para compartir las enseñanzas adquiridas en un «puente» que para los músicos nunca es festivo, vidas musicales longevas en experiencia e ilusiones, carreras ya avanzadas junto a otras comenzando, muchas en desarrollo y sobre todo mucho amor por la música, comenzando por un merecido homenaje al pianista Manuel Burgueras que sigue al pie del cañón aprendiendo de todo y todos, en activo además de compartir escenario con alumnos y colegas de profesión.

Imposible condensar la amplia biografía del pianista porteño afincado en España en los diez minutos de lectura de la directora del curso, que como bien contestó el homenajeado, es simplemente una trayectoria que comenzó de niño escuchando a Jessye Norman, para enamorarse de este mundo vocal en el que lleva toda una vida donde sigue aprendiendo de todos los que ha tenido al lado, y disfrutando cada vez que se sube a un escenario, algo que se le nota.

Dejo el programa con el orden final del concierto, alumnado y acompañantes, destacando sobre todo el estreno de dos obras, como ya viene siendo habitual en estos cursos:

None of Us (2013) de la compositora madrileña Mercedes Zavala (1963), dedicada a Malcolm Singer en su 60 aniversario y estrenada en Inglaterra, para barítono, clarinete en si bemol y piano, primera vez que se escuchaba en España, contemporánea de escritura con todas las dificultades para los intérpretes, Oscar Castillo, Rosa Fernández y Lelyzaveta Tomchuk, en una clara apuesta por obras de nuestro tiempo que no solo hay la obligación de estudiarlas sino de darlas a conocer al público, pues la parte educativa es para todos, difícil de escuchar sin un recorrido previo al tratarse de una obra llena de registros extremos, disonancias, juegos vocales y un obligado trabajo de cámara por parte del trío.
Mención especial el estreno en Asturias de La leyenda del tiempo (Madrid, 28 de enero de 2012) de mi admirado Guillermo Martínez Vega (1983) sobre textos de Federico García Lorca para cuarteto vocal y piano, encargo del «Cuarteto Vocal Español» formado por miembros del Coro de RTVE, la obra de un compositor que siempre asombra y agrada en toda su amplia producción, culto a la melodía, conocedor de sus recursos esta vez al servicio del cuarteto vocal formado por Ayelén Mose (soprano), Lola Fernández (mezzo), Adrián Begega (tenor), Pedro La Villa (bajo) y el piano de Manuel Burgueras (que también lo estrenó en el Monumental de Madrid), una belleza capaz de brillar para coro pero igualmente impresionante en cámara por su calidad, cercanía, armonías vocales, escritura pianística propia y propicia más allá del acompañamiento, combinando y jugando con voces, timbres y un mimo como sólo Guillermo sabe tratar cada intérprete en sus obras, que siguen aumentando en cantidad y calidad. De nuevo felicitar a la Asociación «La Castalia» por la apuesta de divulgar música actual, y sobre todo a este cuarteto vocal con el maestro Burgueras que la hicieron suya y compartieron con un público entregado a ella, buen termómetro de calidez y cercanía amén de la calidad subrayada.

No quiero dejar de citar otras obras como las Cuatro canciones sefardíes (1965) de Joaquín Rodrigo por Lola Fernández y Manuel Burgueras, una mezzo a la que que hacía años no escuchaba pero que sigue teniendo un registro amplio y potente con una musicalidad que nunca se pierde, la Chanson du printemps, opus 28 (Andreas Johann Lorenz Oechsner) para soprano, violín y piano, María Heres de timbre agradable, potencia y gusto, María Mirto Smith Ayuso perfecto sonido y coprotagonismo más un Alfonso Peñarroya al que seguiremos de cerca como pianista repertorista más que acompañante. También original propuesta la que iniciaba el concierto Tutto che il mondo serra (Bottesini) para soprano, contrabajo y piano con Ana Peinado, Roberto Norniella que luchó por afinar el instrumento virtuoso del compositor y el magisterio de Burgueras con estos alumnos.
Las siempre bellas melodías de Tosti Ideale y L’alba separa dalla luce estuvieron interpretadas por el tenor Gaspar Braña y la pianista Irina Palazhchenko, que no le ayudó mucho, o la hermosísima Élégie, opus 24 de Fauré con el chelo joven de Santiago Ruiz de la Peña Jr. aún inseguro, y el siempre solvente virtuoso del piano Sergey Bezrodny.

El punto final estuvo a cargo de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» dirigida por Pablo Moras, que con el piano del langreano Marcos Suárez cantaron dos números de zarzuela, género en el que participan hace años en el Festival del Campoamor, la «Barcarola» de Los sobrinos del capitán Grant (M. Fernández Caballero) y las «seguidillas» de La verbena de la Paloma (Bretón) dejando en el medio  el villancico Esta noche, caballeros de Benito Lauret, quien potenciara esta agrupación en los años 70, y en cierto modo homenaje siempre merecido por la labor que el cartagenero realizó en nuestra tierra.

Pese a la coincidencia de eventos en el Auditorio, una buena entrada en la sala de cámara sumándose al respaldo de instituciones y empresas para que «La Castalia» siga su labor docente y divulgadora.

Don Alfredo, la muerte no es el final

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Este sábado 31 de octubre se cumplían once años del fallecimiento del Maestro Alfredo de la Roza Campo (Santa Marina de Siero, 1925 – Oviedo, 2004) y «su» Escolanía San Salvador le rendía homenaje con una Misa en San Isidoro oficiada por su párroco Don José Luis Alonso Tuñón, y cantando porque es la mejor forma de mantener vivos a nuestros seres queridos, desde el inicial Cerca de tí, Señor hasta La muerte no es el final pasando por una de las misas compuestas por el propio Don Alfredo, cuyas partituras calígrafas eran mejores que las de imprenta, porque así era este sacerdote que ejerció su pastoral por y desde la música, con alumnado a lo largo de muchos años al que inculcó su pasión plantando una semilla que con el tiempo ha dado buenos frutos.

La «Escolanía de Don Alfredo» sigue funcionando a la perfección, con muchos avatares (situación o vicisitud contraria a la buena marcha de algo) pero muy viva y madura, dirigida actualmente por Elisa García Gutiérrez, también organista y profesora. Por esta formación han pasado varias generaciones, incluyendo a su anterior director Don Gaspar Muñiz, sin olvidarme de Joaquín Sandúa que tanto trabajó codo con codo con Don Alfredo en la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (en los tiempos de Benito Lauret) y que le ayudó a crear junto a Manuel Ardura Nachón la Escolanía de Mieres, de breve recorrido ensayando en la entonces llamada Casa de la Juventud de Mieres en Oñón, con Javier Pérez López de responsable. Todos buenos amigos.

Y los viernes de noviembre vuelven a ser cita obligada del Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza», que con esfuerzo, como todo en la vida, alcanza su undécima edición, siendo esta Misa el verdadero arranque del mismo y siempre con nuestro Alfredo presente. El lema de este año «Nada te turbe», acertado como la música e intérpretes elegidos para la misma, cuatro conciertos #yosoydelciclo, etiqueta en las redes sociales donde la Escolanía y sus seguidores van informando puntualmente.

La Iglesia de Santa María de La Corte acogerá el día 6 de noviembre a las 20:00 horas el concierto del compositor y organista burgalés Germán Yagüe, también en su momento escolano en su tierra, ahora estudiante y organista en Oviedo, que interpretará obras de Correa de Arauxo, Pablo Bruna, Cabanilles o Frescobaldi entre otros. Buen repertorio para poner a prueba el órgano de La Corte, también con mucha historia.
Volveremos a la «sede oficial» de San Isidoro el 13 de noviembre a las 20:30 horas, la iglesia de la Plaza del Ayuntamiento, con la cantante griega Nektaria Karantzi, un referente del canto bizantino que será objeto del programa a escuchar.
El 20 de noviembre a las 20:30 horas será el turno del grupo malagueño Oniria que dirige Daniel Anarte, especializado en repertorio renacentista y barroco en una formación que seguro llamará la atención del público con sacabuches, antecesores de los actuales trombones, percusión y narrador en un concierto titulado «La música estremada», música y mística del Siglo de Oro enlazando con ese «Nada te turbe» tan teresiano con obras del Cancionero de Upsala, Francisco Guerrero, Morales, Cabezón o Victoria.
Cerrará el XI Ciclo la propia Escolanía San Salvador dirigida por el prestigioso profesor y músico argentino Gabriel Garrido, especialista del barroco y fundador del Ensemble Elyma, el 27 de noviembre a las 20:30 horas, un concierto titulado «Oh luz gozosa» con Marc Sunyer al violón, Luis Alberto Rodríguez al bajón, arpa y Elisa García al órgano, interpretando villancicos navideños con batallas y lamentos de Juan de Araujo encontrados en los archivos del virreinato peruano donde fue Maestro de Capilla en Lima, verdadera mina para rescatar repertorio hispano.
coincidiéndome con un concierto en el Auditorio, pero seguro que colofón perfecto de una música que ha encontrado su hueco en el mes que comienza con todos los santos y los difuntos, aunque como la propia letra de esta maravillosa partitura del sacerdote Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991), autor entre muchas más de la popular Pescador de hombres, y hoy convertida como otras en himno militar, aunque fuese compuesta tras la pérdida de Juan Pedro, joven organista de 17 años de su parroquia:

«Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.
Siendo felices contigo,
sin padecer ni morir
«.

Casi palabras en boca del propio Don Alfredo, siempre en nuestro recuerdo.

Ensayo de gloria

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Miércoles 21 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias, ensayo general: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre (con invitación)
Ensayo general para el «concierto de los premios» del jueves a las 19:30 horas al que asisten los actuales reyes (parece que la reina asturiana llegará más tarde, pues estará con Coppola en Gijón) desde que eran príncipes, y ahora la Fundación renombrada «Princesa de Asturias» donde su coro muestra lo mejor de su repertorio sinfónico coral, esta vez debutando la OFil con su titular y una preciosidad de claro sabor operístico como la Misa de Gloria (titulada originalmente «Misa para solistas, cuatro voces y orquesta», 1880) del compositor de Lucca.
De solistas el afamado tenor mexicano Ramón Vargas, que no dio la talla aunque los generales siempre son para encajar más que interpretar, y el barítono asturiano David Menéndez en un momento vocal único y con una trayectoria bien trabajada y asentada en el panorama lírico.

Cinco números con el sello de Puccini para una obra juvenil de apenas una hora de duración donde las voces se mueven en registros medios y graves que dificultan presencias con una nutrida y poderosa orquestación más unos agudos nunca excesivos y bien situados, música al servicio del texto del ordinario de la misa católica.
El maestro Conti optó en este ensayo por dinámicas variadas en todos los intérpretes y agógica casi extrema, tendiendo a unos rubati excesivos que hacían perder pulsación, acelerando en fuertes para frenar los pianos, incluso ritardandi también algo largos, aunque el coro siempre respondió atento al italiano.
El Kyrie arrancó con una cuerda sedosa de graves marcados antes de la entrada del coro casi celestial, con sopranos contenidas en pos de la melodía serena que va contestándose por tenores, bajos y contraltos más el subrayado orquestal antes del «Christe» poderoso en su modulación, casi de requiem dado el carácter marcado por trombones y tuba antes del nuevo «ascenso al cielo», revoloteos pletóricos de esa ondulante melodía.
Contraste total para un Gloria indicado como Allegro ma non troppo despojado del calificativo al buscar un aire casi infantil y demasiado fresco que impidió paladear el texto latino, aunque la orquesta pareció disfutar con este ímpetu casi marcial cual homenaje verdiano de tinte egipcio, deteniendo el vuelo en el «Et in terra», litúrgico en concepción e interpretación, orquestación con reminiscencia de órgano y polifonía clásica de motete elevado a un lenguaje claramente operístico, por lo que esta misa fue tachada de caracter teatral cuando dramatizar consista precisamente en esto, apareciendo el primer solo de tenor «Gratias» cual aria con si bemol incluido y flauta límpida, al que faltó algo de sentimiento y sonido más pulido, menos abierto (puede que por lo comentado de un general), algo que la cuerda sí tuvo presente remarcando los silencios del solista con aromas «bohemios» antes de volver a la gloria coral con un «Qui tollis» para deleite de las voces masculinas contestadas por unas blancas cantando con verdadero mimo y tensión compartida, nuevamente verdiano y marcial de metales presentes manteniendo volúmenes desde el podio, más un «Cum Sancto» impecable, con tensiones bien resueltas para saborear ese fugado final con una orquesta sincopada.
Verdadero acto de fe el Credo aparentemente sencillo pero con recovecos de todos, coro, orquesta y solistas, inicio fortísimo pero de registro grave en el coro, impecable en dinámicas que mantuvo el tipo en todo momento, llegando el solo de tenor sin amoldarse al «Et incarnatus» (el concierto espero sea otra cosa), más buscando encajarlo que sentirlo, agudos tensos y buscando el entendimiento, todo lo contrario del «Crucifixus» del asturiano que resolvió con seguridad y potencia, grave contundente más agudos sostenidos incluso en los pianos, verdadera demostración de buen gusto y musicalidad hasta el los momentos «soto voce» que la orquesta redondeó desde la cuerda, rubricando un excelente número.
El Sanctus et Benedictus devolvió la dulzura sinfónico-coral, escritura con lenguaje propio llena de momentos plenamente luminosos junto a los destellos de oscuridad expresiva, orquesta subyugante en busca de paleta propia, barítono arropado y compartiendo colorido, «Hossana!» que se apaga antes del cierre con el Agnus Dei que nos dejó un dúo solista desequilibrado del lado «visitante» y compensado por los «locales», barítono y coro seguros (manteniendo su «Miserere» afinado) bien apoyados por la orquesta de un Conti enamorado de esta partitura rescatada en 1952 que hacía años no escuchaba en Oviedo.
Ensayo fructífero para todos aunque el concierto siempre es distinto… Mi ubicación será otra pero promete emoción y pasajes para disfrutar.

Sábado coral en casa

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Sábado 17 de octubre, 20:15 horas. FECORA «Ciclos Corales del Principado», Convento Padres Pasionistas, Mieres. Orfeón de Mieres, director: Luis Alberto Suárez Herrera.
La Federación de Coros de Asturias llena el otoño con sus formaciones en toda la geografía promocionando una de nuestras señas de identidad como es el cantar en grupo, esta vez el Orfeón de Mieres que lo hacía en casa pese a la variada oferta de los fines de semana, congregando poco público pero fiel a coro más veterano del Principado y de los más antiguos de España.
Programa muy variado y del gusto del respetable alternando estilos que todo coro tiene en su repertorio, hoy dirigidos por el jefe de cuerda Luis Alberto Suárez que hizo notar su impronta y carácter, respondiendo perfectamente su coro con 16 voces graves y 18 blancas, bien equilibradas en dinámicas y presencia.

Arrancaron con el siempre emocionado Señor, me cansa la vida del recién fallecido compositor extremeño Juan Alfonso García (como bien recordó en la presentación el presidente Eustaquio Álvarez Hevia) a quien recordaron en esta bella partitura con letra de Antonio Machado dedicada, como otros muchos poemas, a Miguel de Unamuno -a quien le envió  en 1913 este hoy musicado-. Aprovechando la sonoridad de la iglesia del arquitecto Luis Cuesta, el coro sonó muy empastado resultando una interpretación muy emotiva «in memoriam» del músico organista durante 40 años de la Catedral de Granada.

No pueden faltar las habaneras y La golondrina (José Pagán) es una de las habituales, llevada con ritmo nada forzado y más cercano al balanceo que a las galernas como a menudo sucede, igualmente bien balanceado en las distintas interpretaciones de las cuatro voces.
También optó el director por un tiempo lento para Ay! un galán (Javier Armenter) mimando los finales aunque hubiese algún percance pero nunca con «pisotones» para esta danza prima armonizada con mucho sentido y grado de dificultad medio superado por el tiempo que lleva en el repertorio de nuestro coro local.

De los primeros temas grabados por el Orfeón es este maravilloso Capricho del jesuita gijonés José Ignacio Prieto, reteniendo el tiempo «original» y buscando sonoridades del propio texto para disfrutar del contrapunto y las disonancias.
Habanera casi seña de identidad del titular Joaquín Sandúa (hoy en cometidos ornitológicos como juez de canaricultura) es La niña de Marianao (Fernando Moraleda Bellver) que el Orfeón no se limitó a cantar sino a seguir las indicaciones de Suárez Herrera como coro disciplinado y muy trabajado.
También juega con disonancias no siempre logradas a la perfección Ilusión de amor (Santos Montiel, armonizado por Ginés Abellán) y personalmente nunca me gustó el arreglo y armonización de Antonio Barés sobre el bolero Mi viejo San Juan (Noel Estrada, donde los pentagramas deberían ser más indicativos que rigurosos al tratarse de una transcripción demasiado académica que no debe resultar parecida a una habanera, pero el Orfeón de Mieres la tiene desde hace años y así la cantan convencidos y obedientes, como debe ser, gustos propios al margen.

De las muchas composiciones del músico y militar asturiano Antolín de la Fuente (1921-1997) puede que Mocina dame un besín se lleve el número uno en popularidad. En distintas versiones que no olvidan las voces iguales con solos incluidos, la de Luis Alberto volvió a tender al tiempo tranquilo y un ritmo casi de «sardana» tomándonoslo como el beso pequeño de agradecimiento a los presentes.
Y para finalizar con alegría la canción gallega Velai vai  del compositor y director vigués Francisco Antonio Rey Rivero (1919- 2012) calentando motores para los próximos compromisos del Orfeón que volverá a Mieres el 21 de noviembre para celebrar Santa Cecilia en la Casa de Cultura de Mieres con la Coral Benaventana, devolviendo la visita de la semana anterior a la villa zamorana.
Me alegra comprobar que el Orfeón de Mieres, cuyos enlaces a los temas citados, todos suyos, están en su Canal de YouTube, sigue en forma pese al poco relevo generacional, pero de esto mejor hablaremos en otro momento. Nos quedamos con el buen gusto que nos dejó este concierto organizado por FECORA aunque sin mucha publicidad del evento.

Granito mierense en el estreno

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Domingo 21 de junio, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón. Concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica de Asturias (OFA), Antonio Ribera Soler (director). Obras de Beethoven, Schubert, Rossini, Verdi y Juan Carlos Casimiro. Entrada: 16 €.

Comienza el verano en el Día europeo de la música y nada menos que con el estreno de una nueva orquesta con epicentro en el Conservatorio de Música y Danza gijonés, siendo el profesor de clarinete y director Antonio Ribera Soler su primer titular, continuando una formación por y para jóvenes que no pueden seguir esperando más oportunidades, dando forma a un proyecto con distintos apoyos que para su bautizo quiso programar una muestra de su potencial: sinfonismo, ópera y música asturiana de compositores actuales, contando con invitados de distintas localidades que no podían faltar a esta puesta de largo.

Mi primera queja será para la acústica que no ayudó para apreciar al detalle los valores que atesora una formación que respira música por todas partes. Hace 42 años podía escuchar en este mismo teatro precisamente una «Quinta de Beethoven» con la Orquesta Nacional de Eespaña y el recordado maestro Frühbeck al frente en un concierto de los que se quedan grabados a fuego en mi memoria musical, en un recinto que presumía de tener una sonoridad única, tristemente perdida con una remodelación muy cómoda a la vista y traseros pero cargándose uno de los valores que atesoraba esta sala. No es posible que una masa sonora como la que Casimiro presenta en sus obras quede apagada, amortiguada y casi con sordina para unos tutti que deberían inundar y poner los pelos de punta. De los metales no digamos lo poco presentes que se escucharon no ya por estar en el mismo plano que el resto sino precisamente por unos materiales constructivos y una caja escénica que se comen literalmente el volumen. Lástima de trabajo que no obtuvo la misma respuesta arriba que abajo, aunque ya no tenga remedio. Esperemos otros entornos mejores para disfrutar con una orquesta cuyo ímpetu juvenil no llegó a las butacas como hubiésemos deseado todos.

Siempre aplaudiré proyectos como este local de la Asociación Cultural Gijón Sinfónica en colaboración con otros conservatorios y sociedades filarmónicas asturianas, esperando tenga más suerte y visión que otras formaciones desaparecidas o casi en extinción por políticas miopes o falta de apoyos varios (Orquesta Sinfónica de Gijón, JOSPA, Sabugo Filarmonía u Orquesta Clásica de Asturias por recordar las más cercanas), agradeciendo igualmente el esfuerzo por poner sobre la escena a cinco formaciones corales donde no faltó la aportación mierense con el Coro de la Escuela de Música de Mieres que dirige mi admirada Reyes Duarte incluso con dos mierenses más: Eduardo López Fernández de concertino en la recién nacida OFA y el «adoptado» Fulgencio Argüelles, autor de los textos de la Loa de Casimiro. Las palabras iniciales del promotor gijonés Aquiles G. Tuero, autopresentándose, o de Ángeles Miranda, presidenta de la AMPA del Conservatorio de Gijón, fueron los deseos y buenas intenciones que todos intentaremos apoyar como público, dejando para posteriores encuentros las opiniones musicales más exigentes.

Arrancar concierto con el «Allegro con brio» de la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67 de Beethoven ponía alto el listón para todos, ese inicio traicionero donde el director debe transmitir empuje y seguridad ante una todavía insegura y nerviosa orquesta. El «Allegro Moderato» de la Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759 «Incompleta» (Schubert) sería el escalón siguiente dentro del sinfonismo vienés con aires marineros, ya asentándose los músicos siempre llevados y casi «amarrados» de las manos (ambas) por el docente y maestro valenciano que siempre supo dar confianza a sus antiguos alumnos, respuestas convincentes a la vista que como ya apunté, no llegaron en igual medida al patio de butacas.

La obertura de Guillermo Tell (Rossini) permitió el lucimiento de Guillermo López Cañal al cello, bien secundado por Ignacio Alonso Canteli antes de un final donde percusión, maderas y metales no alcanzaron el volumen deseado pero intuyendo un esfuerzo enorme por parte de todas las secciones que siempre sonaron afinadas.

Tras el descanso volvería la ópera, esta vez de Verdi con la profundidad de La forza del destino cuya obertura resulta exigente para cualquier orquesta, y no digamos el conocidísimo «Ah, for’è lui… sempre libera» de La traviata con la soprano Inmaculada Laín a la que sí pudimos apreciar presente en volumen pero desafinada tras el silencio antes de la «cabaletta», agilidades no siempre claras y un timbre desigual buscando más las notas que una auténtica recreación de la Violeta. Pesan mucho las referencias de esta endiablada aria donde clarinete y oboe suplieron un Alfredo que yo cantaba mentalmente con la voz de Kraus… (incluso Pavarotti). Concertación correcta del maestro Ribera para una orquesta que nunca tapó a la soprano.

El final contaba con dos obras del madrileño con vínculos asturianos Juan Carlos Casimiro Pinto (1961) que pusieron sobre el escenario a la gaitera Andrea Joglar, al lado del arpa, la citada Inmaculada Laín (que participó en la grabación del CD «Asturias paraíso natural» del compositor) y a cinco formaciones corales: Coro de voces mixtas del Conservatorio de Gijón y Coral de Granda, ambas dirigidas por Policarpo Muñiz Santurio, Coro Más que Jazz con la directora Adriana Cristina García, la Coral Polifónica de Llanera con Carlos Esteban al frente y el ya citado coro mierense, en la Loa, para gaita, coro y orquesta más el Panegírico para gaita, coro y orquesta. De nuevo quedamos con ganas de apreciar ese poderío vocal e instrumental en unas partituras bien escritas, reconocibles sobre todo con las variaciones sobre nuestro Asturias patria querida con orquestación muy completa, incluso la propina del Sunday de Stephen Sondheim con letra en español adaptada al evento y redondeando una velada donde no faltó como regalo a cada asistente la litografía de Marcos Tamargo «El motivo del destino» con el texto que dejo a continuación.

Tendremos que seguir de cerca a la OFA y seguir asistiendo a sus conciertos, hay mimbres de calidad y la versatilidad en cualquier repertorio ha quedado demostrada a pesar del recinto. La juventud tiene la palabra y debemos defenderla de los ataques furibundos de unos dirigentes que no parecen apostar mucho por la cultura, menos aún por la música. Iniciativas privadas con apoyos públicos parecen ser el futuro a medio y largo plazo a la espera de un IVA cultural más europeo y una necesaria Ley del Mecenazgo que siempre se queda en proyecto incumplido. Para muchos de nosotros cada día es de la música pero este 21 de junio de 2015 va unido a este nacimiento de una criatura que tenemos que ver crecer sana y bien alimentada.

Requiem de fuerza

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Domingo 26 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Angela Meade (soprano), Marianne Cornetti (mezzo), Vittorio Grigolo (tenor), Carlo Malinverno (bajo), Orfeón Donostiarra (José Antonio Sainz Alfaro, director), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Verdi: Messa da Requiem.

Auténtica despliegue sonoro el derrochado durante este último domingo de abril por todos los músicos intervinientes en el «operístico» réquiem verdiano. Uniendo fuerzas con nuestros vecinos donostiarras más un cuarteto vocal poco conocido pero equilibrado, incluso en color vocal, Marzio Conti volvió a liderar un auténtico espectáculo con el que se siente realmente cómodo, y eso que la partitura del genio de Le Roncole está repleta de momentos íntimos, a capella para coro, para solistas, frente a los más impactantes, debiendo alternar ambos desde un difícil equilibrio.

Pablo Meléndez-Haddad en sus notas al programa comenta al final de las mismas que «tanto la parte orquestal como la vocal -sin olvidar la que recae en los solistas-, posee un tratamiento propio de la madurez del genio verdiano, que no escatima en efectos y deja la puerta abierta a la inventiva del director que relee la obra, ofreciendo posibilidades que van desde la extroversión más pura, teatral y manierista, hasta la introspección propia de una obra religiosa, carácter, este último, por el que optan pocas batutas, ya que esta misa se reclina más en la espiritualidad que en la religión«.

Y quedaba poner el punto medio aunque balanceado hacia la explosión. Porque por ello optó el titular de la Oviedo Filarmonía que algo reforzada pareció olvidarse de los graves, quedando extenuados los contrabajos ante la catarata sonora demostrada por sus compañeros en todas las secciones.

Del Donostiarra sólo caben felicitaciones, volviendo a demostrar su excelencia en toda la gama de matices, afinación y presencia. Los fortísimos siempre en su sitio (cada Dies Irae un placer) y presentes pese a una orquesta que nunca quitó «f» de la partitura para aminorar volúmenes (impactando en el Sanctus), y los pianísimos tan delicados y bien pronunciados que nadie pensaría estar ante 90 voces en la escena. La formación de Sáinz Alfaro tiene más que banquillo de repuesto para seguir liderando estos repertorios con el perfecto relevo generacional llevado como sólo ellos llevan haciendo durante muchos lustros. Por echar de menos algunos bajos más, que siguen escaseando en nuestros coros, incluso los norteños, todavía necesarios en número para estas grandes obras sinfónico corales.

De la orquesta en general bien, pese a detalles mejorables como una más escrupulosa afinación en la cuerda (los violonchelos sobre todo), dominada como Conti nos tiene acostumbrados, y aplausos para los refuerzos que necesarios para este Requiem no desentonaron con sus compañeros de atril.

El cuarteto solista ya prometía desde su primera intervención, pese a alguna indecisión puntual, aunque estuvo dominado por el tenor Vittorio Grigolo con un volumen y color realmente asombroso, puede que exagerado en detrimento de sus tres compañeros, con una musicalidad «manierista» dejándonos un Ingemisco bello. Sus contrastes dinámicos agradecidos y una media voz que no pierde uniformidad tímbrica, difícil en estos momentos, pidiendo paso entre los tenores italianos del momento, pienso que fue el triunfador de la noche.

Me encantó la mezzo Marianne Cornetti en todas sus intervenciones, voz bellísima, equilibrada, de graves claros, dicción perfecta, pero sobre todo por su línea de canto puramente verdiana, lirismo en cada solo y dúo, sin diluirse en los cuartetos manteniendo ese nivel de principio a fin.

La soprano Angela Meade tuvo que enfrentarse a la «ingratitud» de una versión tan poderosa que obligó a pequeños tics que pueden deslucir la visión global, con un «vibrato» algo exagerado por momentos aunque una potencia sin perder afinación para aplaudir y un fiato impresionante. Los «pianísimos» detallistas aunque en algún ataque cortados y abusando a veces de un portamento como buscando la nota correcta. El papel más difícil y exigente del cuarteto, hay que alabar su entrega con todos los pros y contras, agradecer el darlo todo con los riesgos asumidos y brillando con luz propia.

Ante los otros tres solistas, el bajo Carlo Malinverno no desentonó pero estuvo un escalón por debajo. Color hermoso en el medio y agudo, volumen algo corto, su canto como en el Tuba mirum o el Confutatis es ideal con menos presencia orquestal, algo que en esta partitura es imposible obviar. En los cuartetos empastó y ayudó a un color homogéneo pero creo que le queda grande para su edad, sabiendo que con los años ganará en empaque. No desentonó en un Requiem difícil de encontrar cuatro voces que no cojeen, primando el resultado global que antiguamente se calificaba como aseado y yo prefiero llamar honesto.

Retomando las notas de Pablo Meléndez-Haddad, «este testamento musical de un agnóstico es un canto al alma humana que ha sobrevivido intacto a más de un siglo de existencia«. Y aunque las toses son peores que en las misas de doce, no ya por la media de edad sino por la total falta de educación cívica, la genialidad operística de Verdi sigue presente incluso en una misa para su difunto amigo Manzoni alcanzando la grandeza y pasión en una ira de Dios musical a más no poder hasta liberarnos con la soprano arropada por coro y orquesta en un hilo de tensión hacia una luz cegadora, no sabemos si eterna, totalmente operística desde el recitativo.

Conti como pez en el agua volvió a anotarse un logro con un compatriota suyo. No será el mejor Requiem de Verdi que haya pasado por el auditorio ovetense pero marchamos con las pilas cargadas ante una inyección sonora que levanta los ánimos aunque la lluvia parezcan lágrimas que no nos abandonan.

Adrenalina Burana de La Fura

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Sábado 11 de abril, 20:00 horas. Sala Sinfónica Centro Cultural Miguel Delibes, Valladolid: Concierto Extraordinario Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCYL). La Fura dels Baus: Carmina Burana (Orff). Josep Vicent (director), Beatriz Díaz (soprano), Toni Marsol (barítono), Vasily Khoroshev (contratenor), Luca Espinosa (actriz), Coros de Castilla y León (Jordi Casas, director).

Entradas agotadas desde semanas, dos días a rebosar, éxito abrumador, espectáculo único, pueden ser los titulares de este Camina Burana en el montaje de La Fura del Baus allá donde va. Cambian los recintos, algo importantísimo, las orquestas con todo lo que ello supone, los coros, desde el «originario» pamplonés a las asociaciones vocales que favorecen presencias, los directores que no todos entienden de igual manera la partitura, pero el equipo «furero» se mantiene y el espíritu cautivador también. Pude asistir en Oviedo a esta cantata donde también estaba la asturiana Beatriz Díaz, me perdí el de Granada con Manuel Hernández Silva capitaneando la imprescindible partitura, y esta vez pude escaparme hasta Valladolid para continuar «disfrutando como un enano» de la magia total que La Fura ha conseguido con este orffiano Carmina Burana tan imbuido del espíritu medieval desde nuestra perspectiva actual, imágenes no sólo complemento musical sino parte integrante de la propia partitura.

Apuntaba cómo los escenarios influyen en la concepción global de la obra irrepetible de Carl Orff, y seguramente el Palacio de Carlos V dentro de La Alhambra granadina fuese el ideal precisamente por su diseño circular. En Oviedo nuestro Campoamor no da para más de lo que tiene. La impresionante sala sinfónica del auditorio vallisoletano unido a una acústica muy buena, favoreció el impacto que La Fura busca con esta puesta en escena. La orquesta suena como si no estuviese la veladura y el coro «de escena» protagonista principal con voces blancas a la izquierda y graves a la derecha se pudo reforzar con las voces de otros once coros castellano leoneses en las gradas traseras superiores que alcanzan nada más arrancar el O Fortuna un clímax realmente impactante en el público por el poderío sonoro. Jordi Casas Bayer realizó la ardua labor previa de ensayos para unificar colores e intenciones, alcanzando todas las voces un nivel excelente.

En conjunto los tutti inicial y final resultaron ideales en afinación, volúmenes y equilibrios con la orquesta, el de escena sumándole el movimiento con las carpetas y luces «led», así como el «divisi» entre blancas y graves en feliz pugna vocal, colocación a los lados delante de la orquesta que facilita presencia. Sin niños las sopranos cumplieron sobradamente en el rol más agudo aunque el color no sea el mismo.

La única pega sobre el escenario fue no poder ver al director, puesto que la emisión se enfoca hacia las butacas y los monitores de referencia para seguir las indicaciones, por leve que sea el «retardo» hicieron que no estuviesen por momentos tan encajados, algo que podía haber evitado el maestro Vicent de seguirles y no perseguirles. También optó por pausas entre los números que hicieron perder un poco esa tensión dramática que la obra tiene y personalmente la elección de tiempos algo lentos, algunos excesivamente lentos (como el In trutina) «olvidando» que los cantantes respiran, aunque respondieron todos como auténticos titanes.

Las chicas del «cuerpo de baile» siempre contagiando la alegría desbordante de la música, los movimientos bien trabajados sin necesidad de coreografías complicadas pero exigentes en atención y ubicación exacta dentro del escenario, incluso los aromas primaverales derramados que impregnaron el auditorio de esencia.

De la crevillentina Luca Espinosa, la imagen de este montaje y fija en cada representación (creo que van cinco años y seguirán girando porque es apostar sobre seguro) admirar su puesta en escena, una artista total e imprescindible dentro del equipo «furero». Y como tal hay que tratar a los tres solistas aunque sus intervenciones tengan distinta presencia, pues en este espectáculo global el equilibrio y elección de las voces va más allá de las partituras.

Las exigencias no ya escénicas sino físicas son enormes para un cantante, mayor que en muchas producciones operísticas, y así el Olim lacus colueram de La Fura se canta en posición horizontal y elevado con una grúa dentro de una especie de jaula – asador, que el contratenor ruso Khoroshev resolvió musical y dramáticamente sin dejar la pizca de humor de ese cisne churruscado al que alude el texto en latín.

El barítono catalán Toni Marsol tiene un color de voz hermoso, potencia suficiente y escena imponente, desde el Omnia sol temperat bien cantado, el esfuerzo del Estuans interius de la segunda parte («In taberna») imponente en la piscina convertida en cubo de vino durante el juego de borrachera lógica con algunos hombres del coro escénico, provocando risas y aplausos tras el baño del néctar báquico, más el derroche del Ego sum abbas no solo vocal o el Dies, nox et omnia donde prefirió la voz natural al «falsete» sin perder esencia, supongo que por alguna ligera afección gripal, que en Valladolid no es de extrañar, y a remojo todavía peor.

Dejo para el final a nuestra Beatriz Díaz, soprano total capaz de cantar el Siqua sine socio del número 15 Amor volat undique colgada de unas cadenas en posiciones no aptas para cualquiera, puede que bombeando sangre a la cabeza, manteniendo esos pianos nunca tapados por la orquesta, elevarla con la grúa al asador ahora convertido casi en púlpito para el Stetit puella, esa muchacha que se detuvo con túnica roja, cara radiante y boca como una flor, para descenderla recogida tras el velo de escena y seguir escuchando su voz pianísimo como una flauta a la que me refería tras su Requiem malagueño, o de nuevo en el universo aéreo para el celestial In trutina, con un fiato «obligado» por la lentitud orquestal. Por supuesto el Dulcissime literal, al pie de la letra y la música, «dulcísima entregada por entero» a esas notas exigentes sin equilibrio en el suelo, como pendiente de un hilo y cortando las respiraciones de una sala abarrotada con las miradas (aunque cerrasen los ojos) puestas en ese momento álgido en todo el sentido de la palabra. Sólo unos pocos conocerán o cantarán un «re natural flemol» que dejo aquí como un guiño cariñoso, casi críptico, y convencido que Orff tiene en la soprano asturiana la mejor voz para esta su obra maestra, más en este montaje que muy pocas pueden interpretar como ella, volcada en cuerpo y voz. Además «La Fura lo sabe»…

La orquesta sonó siempre correcta, solistas con altibajos pero sin pifias y una dirección personalmente algo anodina que podía haber sacado más partido de unos músicos que cumplieron como profesionales faltando un poco de más pegada sin necesitar el estrépito, mayor «endendimiento» con las voces y la siempre deseada escucha mutua.

El final impresionante que «derrumba al hombre fuera que llora conmigo por tu villanía» (sternit fortem mecum omnes plangite!) levantó de los asientos a un auditorio que necesitaba romper tras la tensión, la adrenalina de La Fura que todo lo invade. Bis casi lógico con los solistas participando como coristas para otro nuevo éxito de este Carmina Burana.

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