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Un mundo de danzas

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Reseña para LNE del mismo sábado 7 en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

El pianista canadiense Jan Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) traía a Oviedo un programa intenso trufado de danzas a lo largo de la geografía y el tiempo, estilos y dificultades variadas para hacer las delicias de los muchos aficionados al mundo de las 88 teclas, que acudieron en buen número al Auditorio en un largo trayecto donde no faltó el homenaje a Falla en el año del 150 aniversario de su nacimiento.

Luz tenue para empezar viaje en la Chequia de Martinů, bajar hasta la “breve” Andalucía fallesca para tomar rumbo a Polonia (Szymanowski) -prólogo danzante chopininiano de la segunda parte- con escala en Viena y las poco transitadas “Danzas alemanas” de Schubert, reponer fuerzas casi siBartókn aliento en otro corto trayecto destino Rumania con el húngaro Bartók, antes de cruzar el Atlántico hasta la Pampa de Ginastera y sus “Danzas argentinas”, un mate con “la moza donosa” para cabalgar cual gaucho con boleadoras. Un itinerario musical a distintas velocidades pero siempre firmes y seguras: a pie, marcando buen paso, tomando caballo o diligencia, hasta el último en barco (que los vuelos son peligrosos). Con todo Lisiecki arriesga en cada danza desde una técnica impecable y una sonoridad amplia, un piano poderoso y delicado de este viajero que disfruta de paisaje y paisanaje, imaginando trajes de colores, cumbres y llanuras donde lo popular se hace música sin apenas reposo.

Para la segunda gran etapa un trayecto tortuoso y necesitado de mucho poso y reposo, de ballet más que danza aunque mantengamos el ritmo: Chopin de inicio, intermedio para paladear y final por todo lo alto, con Brahms acompañando a pares, más nuestros internacionales Albéniz y Falla, tango y fuego (se quemó algo) que Piazzolla aunó desde el mismo Paris, con nostalgia marplatense, donde triunfó Chopin y sus polonesas (hoy Sexta de arrebato).

En Oviedo triunfó Jan Lisiecki con dos propinas en “minuto y medio”.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Diluvio sinfónico

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Crítica para LNE digital del sábado 7, en papel el domingo 8, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Brahms sigue siendo una de las piedras angulares en los repertorios sinfónicos, y aún más en nuestra OSPA que estas dos últimas temporadas ha interpretado tres de sus sus sinfonías: Tercera (21/02/25) con su titular Nuno Coelho , Cuarta (21 de marzo  de 2025) con Giancarlo Guerrero, Primera (14 de noviembre de 2025) con Françóis Leleux, más su Obertura para un Festival Académico (23 de enero pasado) con Ramón Tébar, completándose este primer, frío y lluvioso viernes de marzo con la Obertura Trágica que escribiría a continuación, feliz complemento de la anterior, que la doctora María Sanhuesa en sus notas al programa escribe tanto de las dos oberturas como el análisis de la que escucharíamos abriendo este décimo de abono: «Consciente de las diferencias de carácter, el compositor afirmaba de ambas obras que “una ríe, y la otra llora”». Mas la interpretación del décimo abono mantuvo media sonrisa, su escritura en la tonalidad de re menor (que tantas obras maestras utiliza), asociada a lo triste y trágico, que pareció marcar el concierto, la OSPA con Coelho la mantuvo luminosa además de majestuosa, dejándonos el rictus para esperar el resto del programa, organizado a la manera decimonónica de obertura, obra con solista y sinfonía.

La soprano norteamericana Erika Baikoff , que nos enamoró en su Gretel de la ópera ovetense el pasado  septiembre, sería quien cantaría Les Illuminations de Benjamin Britten  en sustitución de Ian Bostridge  que cancelaría su participación por enfermedad el miércoles a primera hora, dejándome con las ganas de escucharle de nuevo tras su paso por el 74º Festival de Granada el pasado verano, precisamente con un Britten emocional e incluso escalofriante. Es de agradecer la prontitud de los gestores para contactar con la soprano de origen ruso para un programa que ya estaba cerrado y ¡tenía en su repertorio! (poco habitual por otra parte), estando encantada de regresar a Oviedo (como nos contaría Nuno Coelho en la conferencia previa al concierto).

Las notas de prensa sobre Erika Baikoff dicen que se está consolidando rápidamente como una de las voces líricas más cautivadoras de su generación y elogiada por su arte “conmovedor” y su canto “luminoso y vibrante”. Tras sus dos visitas a Oviedo puedo reafirmar todos los calificativos, que en mi caso describí como “de voz clara, ágil, excelente proyección y volumen suficiente, transmitiendo la inocencia sin caer en lo infantilizado desde un fraseo siempre elegante dominadora de la escena de principio a fin, con un vals conjunto pletórico por parte de ambas”.

El ciclo Les Illuminations op. 18 de Britten (estrenado el 31 de enero de 1940 por la soprano suiza Sophie Wyss) está compuesto para soprano o tenor solista con orquesta de cuerda, usando nueve canciones de la colección homónima escrita por Arthur Rimbaud que inspiraron al compositor inglés nada más leerlas. La OSPA, este viernes con Jordi Rodriguez de nuevo como concertino invitado (seguimos esperando la convocatoria de la plaza titular tan necesaria) volvió a sonar perfecta, empastada, rica, con los distintos solistas de cada sección que fueron completando una interpretación perfecta de Baikoff , verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices, con una voz de emisión clara, sentida, de enorme expresividad acorde con cada poema y una perfecta dicción en la lengua de Molière, que pudimos seguir desde el programa de mano aunque hubiese preferido se proyectaran, gustándome especialmente en la cuarta canción (Realeza: Allegro maestoso), una impactante quinta (Marina: Allegro con brio) y la última (Partida: Largo mesto), auténtica tormenta emocional mientras la cuerda “imitaba” en todos los registros los silbidos, rasgueos de guitarra, arpegios y fraseos donde Britten refleja sobre el pentagrama toda la carga que Rimbaud (sólo él comprende una realidad alucinada) plasmaría con alucinaciones, sueños y magia hecha música de nuestro tiempo. Más allá de la última frase «Départ dans l’affections et le bruit neufs!» (¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!), mucho afecto y poco ruido. Un triunfo que logró varias salidas de la soprano y el maestro portuense ante los largos y merecidos aplausos de un público fiel que no abandona nuestra orquesta ni en días de tragedias o diluvios.

Y para la segunda parte, una plantilla ideal de esta OSPA plenamente sinfónica y trágica por la susodicha tonalidad menor de esta segunda sinfonía de Schumann (escrita en 1841). Tras revisarla por el poco éxito tras su estreno en Leipzig homenajeando a Liszt ante un lenguaje orquestal novedoso, haría importantes cambios para dirigirla en Düsseldorf el 3 de marzo de 1853 ya como Sinfonía n.º 4, op. 120.

Sería interesante poder escucharla en su primera versión (que a Brahms le parecía “más natural”) pero está claro que tiene pros y contras. Sus cuatro movimientos enlazados, con modulaciones agradecidas, dinámicas amplias siempre bien planteadas por Coelho y bien respondidas por la orquesta, con todas las secciones bien balanceadas y plegadas a cada indicación del portuense, nos “iluminaron” hasta el re mayor final que hizo escampar pese a los presagios. Aires o tiempos arriesgados además de valientes, que la OSPA llevará hasta el Euskalduna bilbaíno dentro del festival “Música-Musika” donde siempre ha brillado, llevando la marca Asturias que mejor nos define culturalmente.

PROGRAMA:

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura trágica, op. 81

BENJAMIN BRITTEN (1913 – 1976):

Les Illuminations, op. 18:

I. Fanfarria: Maestoso (poco presto)

II. Ciudades: Allegro energico

IIIa. Frase: Lento ed estatico

IIIb. Antiguo: Allegretto; un poco mosso

IV. Realeza: Allegro maestoso

V. Marina: Allegro con brio

VI. Interludio: Moderato ma comodo

VII. Encarnando la belleza: Lento ma comodo

VIII. Desfile: Alla marcia

IX. Partida: Largo mesto

ROBERT SCHUMANN (1810-1856):

Sinfonía n.º 4 en re menor, op. 120 (rev. 1851):

I. Ziemlich langsam – Lebhaft

II. Romanze: Ziemlich langsam

III. Scherzo: Lebhaft

IV. Langsam – Lebhaft

Tragedia, luz y poesía

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Reseña para LNE del mismo viernes en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Tragedia, luz y poesía

La soprano Erika Baikoff brilla con Britten junto a la cuerda de la OSPA bajo la batuta de Nuno Coelho en el Auditorio

Pasado el ecuador de la temporada prosigue la OSPA con un programa de título apropiado a la climatología y “trágico”, donde la soprano norteamericana Erika Baikoff cantaría Les Illuminations de Britten en sustitución este mismo miércoles de Ian Bostridge (que cancelaría su participación por enfermedad). La «Gretel» triunfadora en la pasada edición de la ópera ovetense encantada de volver a la capital asturiana para registrar otro éxito en su carrera.

Abría velada la “Obertura Trágica” de Brahms, sumando repertorio del hamburgués que tan bien le va a la orquesta asturiana con su titular al frente, volviendo a demostrarlo desde un sonido compacto y majestuoso con una dirección precisa y enérgica.

Solo con la cuerda, hoy comandada nuevamente por Jordi Rodriguez, la soprano Erika Baikoff iluminó el Arthur Rimbaud musicado por Britten. Nueve canciones llenas de imágenes oníricas, alucinaciones, enigmas, incluso magia (especialmente en las centrales cuarta y quinta más la “Salida” última) que la soprano transmitió desde un mosaico vocal pleno de expresividad, delicadeza y lirismo poético, al igual que los atriles solistas dejándonos una interpretación de altura premiada con aplausos más que merecidos para cantante y cuerda. Como finaliza el poeta francés “¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!».

La “Cuarta de Schumann” devolvía el músculo sinfónico en la trágica y mortal tonalidad de re menor, solo con luz mayor en el final transitando cuatro movimientos enlazados, plenos de matices siempre bien marcados por Coelho que sigue sacando lo mejor de la formación asturiana, a la que disfrutarán en Bilbao este domingo en “Musika-Música». Lástima que el público de casa no lo valore y siga habiendo muchas butacas vacías…

PROGRAMA

Un banquete polaco

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Domingo 1 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sinfonia Varsovia, Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zukerman (violín, viola y director). Obras de Bach, Kilar, Mozart y Dvořák. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Si el pasado viernes hacía paralelismos entre música y gastronomía, este primer día de marzo mi querido Arturo Reverter (Santiago de Compostela, 1941) titulaba sus notas al programa como «Menú musical muy digestivo», y es que la Sinfonia Varsovia con uno de las pocas leyendas vivas que nos quedan, el israelí Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 16 de julio de 1948) nos ofrecían cuatro obras cual excelente banquete orquestal, músicas del Barroco, Clasicismo, Romanticismo y Contemporánea, con el violinista japonés Fumiaki Kiura (Tokio, 1993), nuevamente junto al maestro que nos dieron una lección de «alta cocina».

Los años pasan para todos y el maestro Zukerman, que ya nos había visitado en este ciclo pero como solista de violín con Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en 2012, mantiene su magisterio tanto en la viola como en el violín (un caso extraordinario) y la dirección, siendo otra oportunidad de disfrutar en «La Viena Española» de figuras que recuerdan su paso por Oviedo y tienen marcada parada «obligada» en giras donde a menudo solo Madrid y Barcelona las disfrutan, aunque también estén Valencia o incluso Santander, que está buscando sitio en este mapa musical español.

Es difícil encontrar en un programa tan variado música de Bach interpretada desde visiones bien (in)formadas  sin recurrir a las historicistas, pero la Sinfonia Varsovia puede afrontarlas solo con su calidad y sonoridad de su cuerda (más el siempre necesario clave) que transitó por este «menú cronológico» asombrando de principio a fin. El Concierto para dos violines en re menor es una de las muchas joyas de «dios Bach», y si contamos con dos solistas de altura el goce es aún mayor. Miura y Zukerman que dobla en edad al japonés, demostraron el entendimiento entre los dos Guarnieri (el primero un Kaston, de 1732, y un Dushkin, de 1742 el segundo) que sonaron como uno solo, muy cuidados los arcos, los fraseos que pasaban de uno a uno con total naturalidad y uniformidad tímbrica, la limpieza en la ejecución de los movimientos extremos y la hondura del central, contando con la complicidad de una orquesta camerística comandada por Jakub Haufa, siempre atento a las dinámicas que sin necesitar los contrastes extremos nos dejaron un «entrante» para paladear el siguiente plato.

De una época lejana a la actual y dejando la cuerda básica (5-4-3-2-1) bajo la dirección desde el atril de Haufa, nos dejarían Orawa (1986) del polaco Wojciech Kilar, nacido en Leopolis (hoy es de Ucrania) y fallecido en Katowice, a quien he recordado como autor de la banda sonora del Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola, que ocupa su lugar preferente en mi fonoteca, y otro de los muchos alumnos destacados de Nadia Boulanger en París. Con un grupo de cámara virtuoso, compenetrado, compacto y homogéneo, Orawa es una obra que podemos calificar como minimalista (aunque las etiquetas no siempre ayuden), con aires de danza popular y muy basada en la repetición, que me recuerda a Steve Reich, o como destaca en las notas al programa mi admirado Don Arturo:

«El polaco Wojciech Kilar fue un músico muy dotado, que se apuntó a las descubiertas que otros colegas (Gorecki, Lutoslawski, Penderecki, por ejemplo) practicaban en busca de nuevas formas de expresión musical. Recorrió distintas etapas y exploró tendencias, siempre con la vista puesta en la música popular de su región, en los Trata, apuntada ya en una de sus obras más populares, Krzesani, de 1974, escuchada hace unas semanas en Madrid. Orawa es bastante posterior, de 1986 y en ella el músico muestra su pericia con un lenguaje aparentemente simple cuajado de frases repetidas y constantes, de una rítmica contagiosa, emparentada con la de un Philip Glass, por ejemplo.

El material temático es enormemente sencillo y económico. El curso va creciendo paulatinamente a través de sencillas y lentas transformaciones, raras espirales y pasajeras zonas de aparente tranquilidad. El curso repetitivo e intenso nos prende y no podemos quitar ojo (oído) a las constantes formulaciones de las sencillas frases. Por momentos la música parece atenazarnos, envolvernos, apresarnos y casi respiramos al concluir. La veintena de instrumentistas de cuerda (número que puede variar) lanzan un grito exultante. Aunque no siempre es expelido. La categoría musical, la preparación y sapiencia de Kilar fue muchas veces apreciada por cineastas como Polanski (El pianista), Coppola (Drácula) o Kieslowski».

Todo un derroche musical en esta página actual pero agradable y con la estética siempre cercana del polaco, que sus compatriotas bordaron de principio a fin con el empuje desde su silla de Haufa, repeticiones que ya utilizó J. Strauss hijo hasta aires folklóricos de danzas transilvanas que desde Bartok o Enescu han inspirado tantas páginas, siendo esta de Kilar una más que añadir a la larga lista que enlaza con nuestro tiempo.

Y antes del descanso otro plato clásico donde disfrutar del genial salzburgués, su Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta, rareza porque Pinchas tomaba la viola en feliz emparejamiento con el violín de Fumiaki más una orquesta que cogía cuerpo en la cuerda (10-8-6-5-3) sumando trompas y oboes a dos (¡maravilla de empaste y sonido!). Si en Bach el entendimiento y sonoridad fue única, este Mozart redondeó un imaginado instrumento suma de ambos, con un mano a mano en las cadencias a cual más brillantes y profundas, o unos unísonos como el inicial para concluir con el alegre y detallista final de imitaciones y contrastes entre ambos solistas.

La Sinfonia Varsovia otro instrumento compacto, vibrante, con un Presto final que mostró cuánta calidad mantiene esta formación capaz de «transmutar» periodos tan distintos, con un Zukerman llevándola con mínimos movimientos de su arco o un simple movimiento de cabeza.

Si el banquete ya era exquisito y variado, aún quedaba música para rellenar oídos cual estómagos insaciables, o como escribe Reverter -ilustre gallego afincado en Madrid- citando al biógrafo del checo Gervase Hugues (de su libro Dvorak: His Life and Music) «tras escuchar la sinfonía uno tenga el mismo sentimiento que tendría un hombre robusto y buen comedor después de dar cuenta de un menú consistente en una sopa clara, una pequeña loncha de salmón ahumado, un soufflé de huevo, todo regado con agua fría. No está mal el símil; pero ese menú es en todo caso de una ligereza, de un refinamiento y de una exquisitez nada empachosos». La Octava de Dvořák me ha gustado siempre más que su famosa novena, perdiendo la cuenta de las veces que ha sonado en vivo desde mis años jóvenes hasta la actualidad, y la Sinfonia Varsovia ya trajo todos los condimentos de una orquesta romántica (2 flautas /2ª= flautín/, 2 oboes /2º=corno inglés/, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y cuerda / 4-6-8-10-12) para que el Chef Zukerman nos cocinase este plato checo y universal, impecable cada sección, cada solista, con balances perfectos donde poder escuchar todo lo escrito y saliendo a flote los motivos.

Cada movimiento de los cuatro (Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo) era una delicia de escucha, los tempi exactos y sin excesos, la sonoridad envidiable, con un Zukerman del que mi querido Justo Romero ha escrito que «empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico», algo que no comparto en absoluto pues esta Octava el Maestro la llevó por donde quiso en fraseos, aire, intensidades, rubatos… dejando fluir esta sinfonía con estos músicos polacos que transmiten energía y compromiso con toda la música que interpretaron, el Allegro con brio literal sin quemarse, un Adagio pletórico en cada sección lleno de dinámicas contrastantes hasta los extremos, un luminoso y vibrante Allegretto grazioso de ‘pizzicatti’ delicadamente contrapuestos a los arcos subyugantes con aires vieneses, vientos en el sitio preciso de protagonismo, o el Allegro ma non troppo desbordante de musicalidad.

Cuerda sedosa y rotunda, madera maleable e incluso etérea por momentos, metales brillantes sin estridencias -con un excelente arranque de la trompeta en el último movimiento- y timbales mandando sin excesos dinámicos. Un Dvořák que sigue enamorando por su frescura e inspiración melódica, tarareando al salir el Allegro ma non troppo que me lleva a no olvidar otros tantos conciertos ¡y zarzuelas!.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043:

Vivace / Largo ma non tanto / Allegro

Wojciech Kilar (1932-2013):

Orawa*

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, K. 364, (320d):

Allegro maestoso / Andante / Presto

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88:

Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo

* El concertino de la orquesta, Jakub Haufa, dirigirá Orawa de W. Kilar desde el atril.

Espiritualidad con música de banda

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Sábado 28 de febrero, 19:15 horas. Catedral de Oviedo, Concierto de Música Religiosa: Banda Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música “Anselmo González del Valle”, Enrique Yuste Rivero (director). Marchas procesionales. Fotos propias y de Begoña García-Tamargo.

Llamamos Cuaresma al período de cuarenta días (cuadragésima) reservado a la preparación de la Pascua, “tiempo litúrgico de conversión”, siendo la Semana Santa una de las manifestaciones y señas de identidad de la España católica, donde las procesiones de las distintas hermandades, con sus encapuchados nazarenos y penitentes, son mucho más que una tradición que sigue asombrando a nacionales y extranjeros, desde Sevilla a Zamora, de Málaga a León, de Granada a Cuenca… y desde hace años en Asturias (Luarca, Candás o Villaviciosa por citar alguna que mantiene esta tradición secular), siendo Oviedo una de las que las ha recuperado con éxito, incluso adoptando el “estilo” de la sevillana.

Y no puede haber fiesta, menos las religiosas, sin música, por lo que las bandas son reclamadas allá donde saquen a procesionar las imágenes de Vírgenes, Nazarenos o Santos locales.

Las bandas de música son la cantera de instrumentistas de viento y percusión para formaciones tanto profesionales como amateurs que llevan siglos llevando las páginas sinfónicas donde no llegaban las orquestas, ni la radio o las grabaciones, que evidentemente popularizaron y enraizaron esta “escuela de vida” donde conviven los educandos con los veteranos. En España hay todo un enorme tejido de centenarias bandas de música civiles (las militares son capítulo aparte) de todos los tipos, otras que se mantienen a pesar de las circunstancias, y otras de creación para seguir manteniendo este “BIC” (Bien de Interés Cultural inmaterial), parte fundamental del patrimonio cultural español ya reconocido desde mayo de 2018 por una tierra de bandas como es la Comunidad Valenciana.

En los conservatorios, tanto profesionales como superiores, ante la demanda de más instrumentos, especialmente los de viento y percusión, han ido creciendo en plantilla y  teniendo sus propias bandas como formación camerística y orquestal, además de la humana de cooperación y trabajo en equipo.

Una muestra del buen hacer que llenaba incluso los laterales de la Catedral de Oviedo con un concierto a cargo de la Banda Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música “Anselmo González del Valle” dirigida por Enrique Yuste Rivero, que nos ofrecieron un excelente concierto de marchas procesionales organizado por el propio centro que dirige Santiago Ruiz de la Peña en el Palacio del Deán Paxarinos (en la Corrada del Obispo), la Consejería de Educación del Principado de Asturias (representada por la inspectora Gloria Ruiz Rodríguez), la Archidiócesis  de Oviedo, la propia Catedral (agradeciéndole a su Deán Don Benito Gallego la predisposición para acoger toda oferta musical de calidad), y la Junta de Hermandades y Cofradías de Semana Santa con su presidente Carlos Ángel González presentando el concierto y entregando un obsequio al finalizar el concierto al director del Conservatorio Profesional.

Ocho obras bien elegidas, que detallo al final, con el común denominador de ser marchas, debiendo acompañar y ayudar a “llevar el paso”, manteniendo una pulsación donde la caja redoblando, el bombo y los platillos son imprescindibles, pero también la afinación, los matices, el buen fraseo y gusto interpretativo… por supuesto el sentimiento. Todo funcionó con una nutrida plantilla de alumnos y profesores bajo la atenta dirección del Maestro Yuste, con una selección de las miles de marchas procesionales de distintas épocas y estilos aunque Sevilla siga siendo un referente para una música con identidad propia, y donde no quiero olvidarme del Maestro Pedro Braña Martínez (Candás, 1902 – Salinas, 1995), un asturiano del que conocí sus orígenes en mis veranos de infancia y adolescencia en el pueblo natal al frente de la Banda de Música y que pronto se marcharía a la capital andaluza para integrarse plenamente en ella, tanto como director de la Banda Municipal de Sevilla como uno de los compositor más fecundos de la Semana Santa de Hispalis (más de treinta marchas durante sus 27 años y después en Madrid), siendo una verdadera institución reconocida más que en su propia tierra. Al menos su hija Coral, sevillana de nacimiento, ha escrito hace dos años un libro con la biografía titulada “Maestro Pedro Braña” que recopila la vida, bien conocida, y obra de su padre (lo que más trabajo le llevó).

El concierto se abría con Amarguras (1919) de Manuel Font de Anta (1889-1936),  considerada como el “Himno de la Semana Santa de Sevilla”. Proveniente de una saga de grandes músicos de bandas militares y civiles, de quienes “aprendió el oficio”, excelente orquestador que daría color a las marchas procesionales de su ciudad natal. Precisamente esta marcha fue un encargo de su padre Manuel Font y Fernández (fundador de la citada Banda Municipal de Sevilla) con una curiosa historia sobre su autoría, que suena con la entrada en su templo de la Virgen de la Aurora.

Y también del compositor sevillano en el “segundo bloque” del concierto se interpretó Soleá, dame la mano (1918), inspirada en una saeta que cantó un preso a la Esperanza de Triana y que tiene la siguiente letra: «Soleá dame la mano a la reja de la carse, que tengo muchos hermanos huérfanos de pare y mare». Tiene la siguiente dedicatoria: «A los desgraciados presos de la cárcel de Sevilla que, al cantarle saetas a la Virgen en Semana Santa, me hicieron concebir esta obra». Tengo muchos recuerdos astures en el barrio de Triana, que incluso cité cuando hice la reseña de la zarzuela “Entre Sevilla y Triana” hace tres años dentro del Festival de Teatro Lírico Español, y es una marcha descriptiva con esos toques de cornetas (hoy ya se usan las trompetas) y tambores, sin perder el aire de saeta (que se canta cuando la Esperanza de Triana pasa frente a la antigua cárcel).

El también sevillano Joaquín Turina fue profesor de composición de Font de Anta. De su ópera Margot (1914), con libreto de María de la Ó Lejárraga, escuchamos una adaptación de la marcha que surge de una pieza de la propia ópera, inspirada en la noche del Jueves Santo, cuando los protagonistas José Manuel y Amparo están viendo una procesión. El arreglo es del saxofonista onubense Antonio Domínguez Fernández que ha hecho de esta marcha una pieza “independiente”, más escuchada que la original (recuperada y grabada hace apenas un mes por la Orquesta de Córdoba dirigida por Salvador Vázquez y un elenco vocal de altura) y de enorme dificultad bien solventada por esta banda ovetense.

Si las marchas anteriores tienen solera en la Semana Santa, llegaría Soledad (2004) de otro sevillano, David Hurtado Torres (1980), experto en flamenco y que estrenaría su primera marcha en 1995, género que le ha ocupado tanto tiempo ante encargos de toda Andalucía que ha decidido hacer una pausa en la composición cofrade. Esta marcha está dedicada para la Virgen de la Soledad de los Servitas, una de las hermandades más austeras que con esta música dan luz y color al silencio característico, con un profundo arranque en los graves de los metales mientras las maderas llevan una melodía sentida que pasa de clarinetes a saxofones, marcando el paso emocionado.

Retomo mis recuerdos adolescentes y mi respeto a todas las bandas de música con el maestro y músico militar Ricardo Dorado, que me descubrió su alumno Alejandro Fernández Sastre (Méntrida -Toledo-, 1930), profesor mío de armonía cuando dirigía a principios de los 70 la extinta Banda Municipal de Música de Mieres, compaginándola como Teniente de la Música Militar del Regimiento Príncipe nº 3 entonces en el Cuartel del Milán, y que posteriormente pediría destino a la Banda de Música de la Academia de Infanteríaa de Toledo (1976-1979), ascendiendo a Capitán y después a Comandante dirigiendo la Unidad de Música de la Dirección General de la Guardia Civil (con la cual actuaría en el Teatro Campoamor de Oviedo allá por mayo de 1984). En su domicilio del pabellón de oficiales, enfrente del actual Campus de Humanidades, pasé muchas mañanas de los sábados (desayuno incluido), además de interpretar muchas obras de su maestro en mi Mieres natal, donde nos traía unos refuerzos «de galones». El coruñés Ricardo Dorado, un compositor nunca suficientemente conocido del que escuchar su Mater Mea (1962) en la Catedral de Oviedo fue revivir una música emotiva bien llevada e interpretada por el Maestro Yuste con la Banda del Conservatorio Profesional de Música de Oviedo. Música para el Viernes Santo, Cristo muerto y desnudo con la Virgen de la Soledad enlutada ante su Hijo, desconsolada como la música de Dorado, compañero de Falla o Turina, que dedicaría sus últimos años en Madrid a la enseñanza. Capaz de componer pasodobles, revista, óperas o marchas militares, pero también de tanta música religiosa donde esta “Madre Mía” hace aún más espiritual una página conmovedora más allá de creencias. Página digna de analizarse con la minuciosidad que la hacía “mi teniente”, partiendo de un motivo sencillo de tres notas cargado de tensión dramática, con trombones y trompetas casi “cinematográficos”, usando pocos recursos para un tema emocional pleno de matices extremos, patetismo, amargura y desesperanza de este maestro de la composición.

La famosa Marcha fúnebre del polaco Chopin es probablemente una de las más escuchadas fuera de su contexto pianístico (es el tercer movimiento de la Sonata nº 2 en si bemol menor, op. 35) porque ya encontramos toda la música en dos pentagramas y orquestarla casi es un ejercicio obligado para los estudiantes de composición. Así la versión para banda es habitual en las procesiones de toda Semana Santa, sonando la noche del Viernes Santo como la anterior marcha, así como en funerales de envergadura donde no suele faltar, rica en cambios de tonalidad con una melodía simple y dramática, donde también aparece un “arremolinado y salvaje” final, todo un empuje de notas simples en las distintas secciones de la banda que el maestro sevillano (no podía ser de otro sitio) Enrique Yuste pareció mentalizar las dos manos del piano a una octava de distancia para traspasarla a la plantilla bandística, un impresionante y formidable golpe del polaco universal.

Aún quedaban dos marchas más, María Santísima del Dulce Nombre (1955) del violinista y compositor sevillano (¡cómo no!) Luis Lerate Santaella (1910-1994), alumno entre otros de Nadia Boulanger en París (becado en 1931 por el Ayuntamiento de su ciudad natal), otra aportación de los músicos y bandas militares a la Semana Santa más allá de lo que conocemos como “marchas procesionales” aportando un estilo nuevo alejado de lo castrense que también ha estado unido a la Iglesia Católica y permanece vivo en muchas celebraciones religiosas. Lerate compuso más de 100 obras de todos los géneros y sus marchas procesionales son famosas como Cristo del Mayor Dolor además de la escuchada este sábado, que son las que le han dado más reconocimiento precisamente por la llamada “música procesional religiosa de la Semana Santa”, una tradición cofrade que nunca se ha perdido y está gozando de buena salud, como lo demuestran cada año por toda ka geografía española.

Y para finalizar sonaría La Madrugá (1987) del reputado compositor y director militar onubense Abel Moreno (1940), Medalla de Andalucía de 2025 en la modalidad de las Ciencias Sociales y las Letras, precisamente por sus marchas procesionales, siendo muy solicitado en este repertorio al que trae nuevos horizontes a una música que trasciende la religiosidad. Con una instrumentación que incluye timbales y campanas imposibles de procesionar pero grandiosas en concierto (de hecho la bisarían tras el comentado detalle de la Junta ovetense al director del Conservatorio Profesional), se trata de una marcha en forma de Poema Sinfónico. Obra de película (se ha utilizado en muchas, incluyendo la española “Alatriste”) que ya tiene más de treinta años y está inspirada en la famosa madrugá sevillana, que ha tenido infinidad de versiones y grabaciones, estando dedicada a las seis hermandades de esa jornada nocturna (que en Oviedo han “copiado” desde la Hermandad de Los Estudiantes -con muchos amigos del Mester de Tunería– que también tiene su origen en la Agrupación Musical San Salvador). Esta marcha intenta describir lo que ocurre durante las horas de esa famosa noche sevillana, representada cada una por un tema musical donde aparecen las seis cofradías que realizan esa noche la llamada “estación de penitencia”. Ritmos variados y sonoridades ricas aunque sea un tema muy fúnebre pero solemne y esplendoroso como la noche sevillana más famosa, “llena de matices que nos llevan de un extremo a otro” como ha explicado el propio compositor. Se ha convertido en una de las marchas más internacionales de Moreno.

P.D.: Esta entrada, más extensa de lo que suelen ser las mías, quiero dedicarla al Ateneo Musical de Mieres que orgullosamente presido desde su fundación en junio de 2018, y donde varios músicos que hoy participaron e interpretaron este concierto, están también en nuestra Banda Sinfónica, savia joven de nuestros conservatorios, muy preparada, trabajadores entusiastas que nos dan muchas alegrías musicales y humanas, la convivencia de amantes de la música, aficionados y profesionales, estudiantes y veteranos, que conforman lo que llamo “Mi familia del Ateneo”.

GRACIAS

PROGRAMA

Manuel Font de Anta (Sevilla, 1889 – Madrid, 1936): Amarguras.

Joaquín Turina (Sevilla, 1882 – Madrid, 1949): Margot (arreglo de Antonio Domínguez Fernández).

David Hurtado Torres (1980): Soledad. -dedicada a María Santísima de la Soledad de Sevilla.

Ricardo Dorado Janeiro (La Coruña, 1907 – Madrid, 1988): Mater Mea.

M. Font de Anta: Soleá, dame la mano.

Frederic Chopin (Żelazowa Wola, 1810 – París, 1849): Marcha fúnebre.

Luis Lerate Santaella (Sevilla, 1910 – 1994): María Santísima del Dulce Nombre.

Abel Moreno Gómez (Encinasola -Huelva- 1944): La Madrugá.

Dualidades

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Viernes 27 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 Transcendencia: OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Martínez Burgos, Wagner y R. Strauss.

El noveno de abono que cierra el mes de febrero, se titulaba «Transcendencia», aunque rápidamente me vino a la memoria el famoso y desternillante «cuento» de Les Luthiers «La gallina dijo Eureka» donde Daniel Ravinovich le  pregunta a Marcos Mundstock sobre el significado con la contestación siguiente:

«Realizarse es trascender, yendo mas allá de los hechos, hasta lograr cierto tipo de equilibrio, cierto tipo de equilibrio, como por ejemplo, un árbol…».

Pero no me encajaba pensar en la música de este último viernes de febrero desde ese enfoque humorístico aunque trascender sea ir más allá de los hechos, y tras asistir al habitual encuentro de las 19:15 h., esta vez con el director titular y el compositor madrileño (del que escucharíamos dos obras), preferí elegir mi título de «Dualidades» porque estaba claro que se jugaba con aunar visiones dobles, sin llegar a «el Yin y el Yang» pero sí ante las distintas emociones contrapuestas que son como la propia vida, blanco y negro aunque con muchas gamas de grises.

Cada día se aprende algo nuevo y poder escuchar de primera mano qué busca un compositor de nuestro tiempo en cada página es prepararse para una audición más completa, que Nuno Coelho también cuenta micrófono en mano antes de iniciar los conciertos. Por mi parte aplaudir estas iniciativas así como seguir apostando por obras de nuestro tiempo, recordando que la historia cuenta cómo se estrenaban siempre y sería en tiempos cercanos cuando se optó por la repetición de unas pocas, formando lo que suelo llamar «Las 40 principales» aunque en otros géneros musicales, especialmente las denominadas músicas urbanas, todas parecen de poco uso para tirarse rápidamente, pasando a la memoria las que nos «machacaron» haciéndolas como decimos en Asturias pegañosas, hasta aquellas (pocas) que están tan bien escritas que permanecen en el inconsciente colectivo de distintas generaciones.

Me decía una querida amiga al descanso que no estaba acostumbrada a escuchar composiciones sinfónicas actuales, así que le hice el paralelismo con la pintura o mejor aún con la gastronomía que siempre está de moda. La cocina tradicional nos gusta a todos pero debemos probar nuevos platos. Los ingredientes pueden ser los mismos pero influyen igualmente las proporciones,  la elaboración, la guisandera o el cocinero, incluso la presentación del plato, y es cierto que se puede arruinar un menú o bien descubrir sabores que parecían ocultos y salen al paladar con nuevas sensaciones. La dualidad entre comida y OSPA la hemos sufrido con un cocinero  búlgaro que casi me obliga a clausurar este «restaurante», pero la llegada del chef portuense (definiendo ese término tomado del francés como «máximo responsable de una cocina profesional, encargado de dirigir, organizar y supervisar la elaboración de alimentos») nos ha devuelto a todos el gusto por esta cocina musical: repertorio habitual bien elaborado junto a nuevas recetas que tienen todo lo que necesitan para gustar (o al menos probarlas).

Del menú sinfónico había dos platos potentes que no pueden faltar en la mesa (Wagner y Richard Strauss) más otros dos entrantes o primeros de la «nueva cocina musical» dignos de cinco estrellas, pues Martínez Burgos ha trabajado y conoce lo tradicional para combinarlo y presentar unas exquisiteces (delicatessen) llenas de sensaciones cual sabores y olores sobre pentagramas que además maridaron perfectamente con los segundos, todo con una despensa bien surtida de la OSPA y el Master Coelho que sigue cocinando con esmero y presentándonos cada nuevo menú para integrarlo en nuestra memoria sensitiva.

El primer plato sería Daivāt (estrenada el 23 de febrero de 2019 en Basel) del catedrático del CONSMUPA al que Coelho conoció tras estrenar esta obra con la OSG y añadió a su amplio recetario sinfónico, cocinándolo para todos (me consta que las dos obras de Martínez Burgos se han grabado esta mañana para el sello Aria Classics, esperando las tengamos disponibles el próximo año, y alentando a volver con la costumbre de registrar el trabajo de una OSPA que sigue estando por descubrir incluso en nuestra tierra). Esta obra de hace siete años se estrenaba en Asturias y obtuvo el ‘Primer premio de composición Andrés Gaos’ de la Diputación de A Coruña en 2017, que pese a la objetividad de los jurados a la hora de elegir obras anónimas, está claro que los premios ayudan a difundir estas páginas sinfónicas como el propio compositor nos contó, y Hertha Gallego de Torres también en las notas al programa nos explican el título que surge de la lectura de Bhagavata-purana, uno de los textos religiosos que narra leyendas del hinduismo:

«Curiosamente encontré una palabra —daivāt— que no tenía traducción directa. En ciertos contextos lingüísticos este vocablo significa “el tiempo más allá de la memoria” (…) A partir de ahí surgió en mí una reflexión acerca de la memoria y el olvido que desencadenó finalmente un pensamiento musical».

Conflictos existenciales o cómo una sola palabra puede describir toda una frase cargada de simbolismo y filosofía, siempre a tener en cuenta por el premiado compositor y profesor afincado en la capital asturiana, que bajo esta premisa nos deja una composición plagada de sensaciones y texturas, una gran orquesta sinfónica donde explorar la tímbrica en cada sección, con la percusión utilizando arcos en platos o láminas, la cuerda con sordinas y armónicos, más color (o sabor) con el arpa y el piano, más un viento que equilibra fuerzas entre maderas y metales. Coelho fue dejando hacerse a fuego lento este aperitivo potente de mano pero delicado al «paladar auditivo».

Segundo plato que no puede faltar en un buen menú sinfónico: el «Preludio y Muerte de amor» del Tristan und Isolda wagneriano, inicio y final despojado (o deshojado) de las cuatro horas intermedias , otra dualidad que Hertha Gallego comenta: «El dúo de Eros y Thánatos es un tema universal que ha preocupado a los más grandes filósofos, poetas, novelistas, músicos… desde el comienzo de la historia. Recordemos simplemente las infinitas versiones del mito de la desgraciada Dido o de Romeo y Julieta», amor y muerte, leyendas medievales como las que utiliza Wagner que tanto arte nos han dejado. Liebestod en alemán une las palabras amor (Liebe) y muerte (Tod), el famosísimo preludio de la ópera -estrenada en 1865- enlazado con la Muerte de amor de Isolda, ambigüedades y dualidades desde el conocido como «el acorde de Tristán» perfectamente cocinado por Coelho y mejor servido por la OSPA, unos cellos magníficos y acoplados como uno solo, ricos en fraseo y dinámicas, el canto del oboe siempre melancólico, lengüetas alternando presencias y el «fondo» de una cuerda comandada hoy por el concertino invitado Luis María Suárez Felipe. Toda una modulación de sensaciones y emociones típicamente wagnerianas llevadas con mano maestra por el director portugués y la respuesta precisa de una orquesta contundentemente delicada, como sacando a flote sabores escondidos, «ingrávidos y sutiles como pompas de jabón» (con la venia de Machado), mezclados con especias poderosas en una escritura sinfónica que sobrevive a toda la ópera. Una primera parte para paladear y degustar.

La segunda parte se abría con otro plato del madrileño preparado durante su estancia en la Universidad de Oxford donde en 2019 (se doctoraría al año siguiente) le encargaron componer una obra sobre Leonardo da Vinci, todo un reto para Martínez Burgos que tras rebuscar se inspiró en un estudio sobre las aves (el Codex on The Flight of Birds), inspirándose básicamente en los dos tipos de planeo: propulsión, en cuanto a la fuerza para comenzar a volar, y el planeo, que apenas necesita esfuerzo dejándose llevar por las distintas corrientes de aire, este Codex (estrenado el 11 de mayo de 2019 por la Oxford Philharmonic) presenta otra dualidad: «transformar la energía cinética en expresión musical». No hay mejor forma de captar el germen sinfónico de esta nueva receta con los mismos ingredientes de la primera pero combinados y presentados más del gusto europeo actual, casi banda sonora de un documental bello desde su inicio: tutti de metales y percusión, súbitos contrastes de volumen con unas dinámicas bien controladas por Coelho que nunca deja quemarse ningún ingrediente, y menos con la calidad de una OSPA versátil en todo repertorio pero respondiendo a cada «cocinero» con toda la calidad que atesora y mantiene.

Y la última dualidad, Muerte y Transfiguración de Richard Strauss, un compositor que nuestra OSPA entiende como pocas formaciones, y son muchas las obras del muniqués que ha servido la orquesta asturiana en sus 34 años largos, aunque no siempre bien horneadas, retomando los paralelismos gastronómicos. Todo un plato potente con los ingredientes en cantidad y calidad donde no faltaron dos arpas, cinco trompas… equilibradas con una cuerda suficiente (12-10-8-7-6) para mantener los balances precisos elegidos por un Strauss admirador de Wagner, bien combinado tras el primer plato de Martínez Burgos. Gallego de Torres nos la describe perfectamente:

«(… basada en las Sagradas Escrituras y estrenada en 1890. Para Strauss cada momento de la obra poseía un significado extramusical: Un artista yace moribundo, y los pensamientos sobre su vida revolotean sobre su cabeza: la infancia inocente, los años de lucha, la consecución en este mundo de sus objetivos; al final, recibirá la ansiada transfiguración «del alcance infinito de los cielos». Podemos pensar (no seremos los únicos) que la música siempre remite a sí misma y no necesita de estas imágenes. Dejo a cada uno con sus reflexiones, no sin antes decir que este programa, al margen de un análisis más cerebral, nos remite a un mundo de espiritualidad contenida. Emoción, pero con conciencia».

Coelho nos recordaría cómo en su lecho de muerte a los 85 años Richard Strauss confesaba que la sentía igual que la había escrito a sus 24. De nuevo la dualidad, «Muerte y transfiguración» (Tod und Verklärung), una muerte que comienza con la misma vida, un artista que yace moribundo mientras pasan los pensamientos como una película (infancia, luchas de madurez, consecución de objetivos mundanos y la transfiguración «del alcance de los cielos». Como en Wagner, la OSPA nos llevó por estos recovecos con una mayor riqueza de matices y colores, con solos impecables como el de violín a cargo de Luis Mª Suárez, el duelo fraternal entre oboe y corno inglés, la suma de los fagotes (el contrabajo cimentando sonoridades), unos bronces -como se refería a nuestro recordado Max Valdés a los metales- empastados, ricos en presencia incluso en los pianissimi que cortaban la respiración, flautas de ensueño, arpas celestiales, una cuerda compacta de amplias dinámicas, empaste perfecto y balances gracias a un Coelho «master chef» cocinando este pote sinfónico asturiano capaz de competir con la mejor gastronomía germana, verdadera trascendencia para un programa que necesita de buena digestión tras una ansiada ingesta que nos hará soñar cual breve muerte diaria con la vida compañera de La Parca desde la primera cuna.

PROGRAMA:

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS (Madrid, 1970 – ):

Daivāt
(Estreno en Asturias, Avilés 27 de febrero – Primer premio de composición «Andrés Gaos» de la Diputación de A Coruña, 2017)

RICHARD WAGNER (1813 – 1883):

Tristán und Isolda, WWV 90: Preludio y Muerte de amor

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS:

Codex

RICHARD STRAUSS (1864 – 1949):

Tod und Verklärung, op. 24, TrV 158

Ímpetu juvenil en el octavo

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Abono 8 OSPA, Pasión y melancolía: Martín García (piano), Nil Venditti (directora). Obras de Gabriela Ortiz, Schumann y Chaikovski.

Una semana intensa en el auditorio ovetense y llegábamos a la mitad de los conciertos de abono de la OSPA con los ya habituales encuentros previos 45 minutos antes, moderados por Fernando Zorita en la Sala de conferencias nº 1 (del tercer piso), que paulatinamente van atrayendo -al igual que a los conciertos- más público del habitual, esperando se mantenga el incremento de aficionados. Personalmente no me los suelo perder porque son una forma de conocer de primera mano las obras que escucharemos a continuación con las aportaciones de los invitados, esta vez con la expresiva y mejor comunicadora directora ítalo-turca Nil Venditti (1994) invitada de nuevo por la orquesta asturiana, siendo su tercera visita a este mismo auditorio, a la que recordaremos precisamente por su ímpetu y forma de transmitir energía desde en un italiano comprensible siempre ayudado de las manos, y que volvería a lucir para todos los asistentes antes de dirigir cada una de las obras de la primera parte, más un dominio de cada obra que además contagia seguridad a una OSPA cada vez más madura, compacta, brillante por momentos, creciendo en cada abono en una temporada de asentamiento (a la espera de un concertino titular).

Comentaba el maestro Zorita lo habitual que es en la orquesta asturiana programar obras contemporáneas que no suelen repetirse pese a que muchas resultan verdaderos éxitos, y Venditti nos contó lo que la compositora Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 20 de diciembre de 1964) refleja en su obra, la conexión entre Clara y Robert Schuman, los momentos de esta relación y los papeles dados al oboe (Robert) y violín (Clara) más su forma de comunicarse precisamente con la música. También las notas al programa de mi admirado Ramón Sobrino nos prepararon para entender aún más esta obra compuesta en 2021 por encargo de la New York Philharmonic y estrenada el 10 de marzo de 2022 bajo la dirección de Gustavo Dudamel. Ubicar a continuación la «Sinfonietta» del alemán es rememorar al Schumann juvenil, despojado del tempo lento en esta «piccola sinfonia» por ser demasiado íntimo en un momento de euforia juvenil. Y por supuesto hablarnos del archiconocido concierto de piano de Tchaikovski donde aparecen motivos del folklore ruso con las características melodías también en los cellos y violas («no como Puccini que las escribe todas para los violines»), aunque retomaría para finalizar el encuentro desmenuzándonos la obra de la mexicana.

Aplaudir también el cambiar el habitual y decimonónico orden de los programas al colocar el concierto de piano en la segunda parte, algo que vengo reclamando hace tiempo evitando igualmente los trasiegos de un instrumento por el que ya pasan los años, especialmente en los agudos.

Muy interesante la obra de Gabriela Ortiz con una excelente e impresionante orquestación  que exige una buena cuerda (12-10-8- 6-5-5) hoy comandada por Jordi Rodríguez Cayuelas, para equilibrar a un viento poderoso, timbales más dos percusionistas desplegando un amplio arsenal de membranófonos e idiófonos que son parte imprescindible en toda la partitura, y especialmente en la «respuesta» que la mexicana plantea en la relación del matrimonio Schumann llena del trepidante ritmo de su tierra (güiro, temple blocks…) con la óptica femenina pero plenamente universal. El doctor Sobrino analiza la partitura al detalle en las notas al programa:

Clara consta de cinco secciones continuadas – 1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara –, que desarrollan dos elementos musicales: una breve secuencia rítmica como leitmotiv o idea fija, y un tema melódico en el oboe que representa el mundo privado de Clara. Salvo la número 3, todas las secciones son bocetos íntimos o esbozos de la relación entre Clara y Robert. Al final de la obra, el leitmotiv se percibe, en palabras de la autora, «como una respiración, dejando implícita la permanencia y el legado de ambas figuras».

Según Ortiz, «Clara parte de la idea de que la música nos permitirá acceder a una concepción no lineal del tiempo, más circular, donde el pasado (ellos) y el presente (yo) puedan encontrarse, conversar y conocerse». En «Mi respuesta», la compositora persigue acercar a Clara y Robert a su propio mundo, reivindicando a las mujeres que «desafiaron a la sociedad en la que crecieron al manifestar su obra artística». «Me gusta pensar que, a través de Clara, Clara Wieck Schumann está aquí, en esta sala de conciertos con nosotros».

Venditti conectó desde el primer compás con la esencia y sonoridad de la mexicana, sororidad musical impetuosa y delicada, defendiendo la partitura con seguridad, aplomo, gestualidad amplia donde su mano izquierda lo es en el amplio sentido de la palabra (en el encuentro comentaba ser menuda y mujer que no siempre ha tenido en las muchas orquestas la química esperada hasta que explica que lo importante es la obra), más una batuta flexible, precisa, pincel o tiralíneas pero nunca brochazos, lo que redundó en una OSPA entregada, con lucimiento de «los protagonistas», amplísimas dinámicas y dejándonos una interpretación de altura.

Con el espíritu de Schumann en el aire llegaría esa «sinfonía coja» si se me permite el calificativo (el compositor la llamó «Symphonette» o «Sinfonietta«) y juvenil, de nuevo impetuosa en sus tres movimientos (I. Obertura – II. Scherzo – III. Finale) de orquestación más liviana (vientos a dos salvo los tres trombones), obra más complicada que su aparentemente sencilla estructura, nuevo protagonismo del oboe de un Ferriol que este viernes «se ganó con creces una buena cena», una cuerda aterciopelada y siempre presente toda ella, manteniendo una sonoridad romántica plena de dinámicas siempre marcadas por ese vendaval que es Venditti. Obra compuesta durante tres semanas en 1841  con la «presencia alegre» de su amigo y admirador Mendelssohn (que dirigiría el estreno en Leipzig de su Sinfonía Primavera), que no encontró la respuesta editorial ni del público por lo que introdujo cambios en los dos primeros movimientos, estrenando esta nueva versión el 4 de diciembre de 1845, y publicada en 1846 por la editorial Friedrich Kistner. El Schumann sinfónico siempre para degustar que el tándem Venditti-OSPA nos brindaron para cerrar esta primera parte tras el impetuoso Finale.

Al pianista asturiano Martín García (Gijón, 1996) le sigo hace años recordando el doblete mozartiano y «Emperador» en un extraordinario de la OSPA en marzo de 2021, hasta el regreso a su Gijón natal dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Sociedad Filarmónica en enero de 2022, más su presentación en las jornadas de piano en noviembre de ese mismo año (El ciclón gijonés), titulando su concierto como «espectacular y potente», especialmente en Rachmaninov, la evolución está siendo increíble pero con mucho trabajo y esfuerzo que le ha dado ya el poso necesario, manteniendo un ímpetu ideal para obras como el «Primero de Chaikovski» habiendo ganado lirismo y profundización en su interpretación, con una amplísima gama de matices, poderosamente delicado (o delicadamente poderoso). Si ya entonces le describía como jovial en Mozart, explosivo en Liszt y especialmente «su» Chopin sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas -el primero lo mantiene, sumando alguno más como salir con un pañuelo para secarse el sudor de la cara o levantarse casi al momento de finalizar-, el Tchaikovsky de este abono octavo de la OSPA resultó profundo, valiente y musicalmente entregado.

Don Ramón Sobrino nos explica que «El Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky (1874, con revisiones en 1879 y 1888), rechazado inicialmente por Rubinstein, fue estrenado por Hans von Bülow en Boston en 1875. En tres movimientos, Allegro – que tras la conocida introducción emplea melodías de Ucrania, Francia y Rusia –; Andantino-Prestissimo-Tempo I; y Allegro con fuoco – con forma rondó –, es obra de referencia para los grandes pianistas, reconocida por público y crítica», así que contando con una orquesta en estado de gracia, una directora excelente concertante y un solista reconocido, el éxito estaba asegurado. Nunca hay dos interpretaciones iguales y he perdido la cuenta de las veces que lo he escuchado en directo, pero la de Martín García con Venditti y la OSPA no ha decepcionado. Siempre bien balanceado con la orquesta desde el potente inicio, sus solos fueron limpios, contrastando los súbitos que pasan del momento eufórico a la calma necesaria, sonoridades rotundas y cristalinas, encajes perfectos en los tempi que fueron valientes en los movimientos extremos, junto a la delicadeza «con poso» del andantino central que solo tiene de semplice el calificativo, porque más allá del virtuosismo necesario en los rápidos, el transmitir sentimientos siempre se hace con pocas notas pero bien tocadas. Y caer en la tentación del «primero» del ruso es fácil pero contener el exhibicionismo es una virtud. ¡Bravo Martín!.

La propina, con Venditti sentada en el suelo escuchando y la luz atenuada, nos demostró que Martín García García afronta la treintena con la serenidad y sonoridad de su Debussy (el Preludio nº 5, Bruyères, del segundo libro) rico, brillante, pedalizado con acierto, además contenido tras el ímpetu y pasión rusa.

PROGRAMA:

GABRIELA ORTIZ (1964):

Clara (1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara)

ROBERT SCHUMANN (1810 – 1856):

Obertura, Scherzo y Finale, op. 52

I. Obertura
II. Scherzo
III. Finale

PIOTR ILICH CHAIKOVSKI (1840 – 1893):

Concierto para piano nº1 ensi bemol menor, op. 23:

I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Silencios sonOROs

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Domingo 15 febrero, 12:00 h. Cúpula del Centro Niemeyer. Coro EL LEÓN DE ORO, Marco Antonio García de Paz (director): Deafening Silence. Obras de Venturini, Donati, Pärt, Cage, Arnesen y Whitacre. Entrada: 12€ (+ 1€ de gestión). Fotos de Beatriz Montes y propias.

Silencio sonoro, silencio de oro, silencio respetuoso, silencio vergonzoso, silencio cómplice, silencio doloroso, silencio bochornoso, silencio majestuoso y musicalmente llenando vacíos como pausas en un camino de aires actuales, con un silencio imponente y trágico, impetuoso y nostálgico, el oximoron de «silencio  atronador» o «silencio ensordecedor» (Deafening Silence), porque lo vivido esta mañana dominical en la Cúpula del Niemeyer -con todo vendido muchos días antes– gracias al El León de Oro (LDO), más allá de mi reconocido calificativo de «leónigan», traspasa todo lo que pueda contar o intentar describir. Pensé incluso en poner solo la ficha técnica y dejar toda esta entrada en blanco cual silencio, pero hay experiencias que no podemos dejar pasar aunque a veces la prensa las omita o no les dé la importancia que tienen.

Barajé también disertar sobre la cantidad de música que se ha compuesto con el silencio como tema a lo largo del tiempo («The Sound of Silence» lo primero que me vino a la cabeza), más allá de que sea tan importante como el propio sonido desde aquella definición decimonónica que «la música es el arte de combinar sonidos y silencios».

No hace falta decir que LDO es sin duda uno de los coros más reconocidos del panorama coral internacional, más allá del español, y he vivido en primera persona su triunfo en el reciente Festival AtriumMusicae en Cáceres, donde ofreció dos conciertos que siempre son únicos bajo la dirección de Marco Antonio García de Paz, maravillando a un público llegado de los cuatro puntos cardinales.

El programa del Niemeyer se titulaba Deafening Silence (Silencio ensordecedor), una invitación al público a adentrarse en un viaje sonoro que interpelaba, conmovía y cuestionaba nuestro tiempo, como ya indicaba la web del ágora avilesina y el propio programa de mano:

«En una época en la que las ideologías se disuelven y las palabras pierden peso, el silencio –aparentemente pasivo– se vuelve protagonista. Pero no cualquier silencio: un silencio ensordecedor, que grita con fuerza todo aquello que ya no se dice, lo que se oculta, lo que no se quiere mirar».

Luces cuidadas, proyecciones con varios textos, cantados o evocados, imágenes en movimiento y un público en un respetuoso y por momentos inquietante silencio, donde se podía escuchar respirar con solo algún leve y breve comentario infantil que se apagaba rápidamente. Una selección de obras que solamente «los leones» puede interpretar porque se mueven -en todos los sentidos- cómodos tanto en las épocas históricas pero especialmente en el repertorio coral de nuestro tiempo que dominan como ningún otro en España. Sigo citando los propios textos que invitaban a leerse y pensarse antes, durante y/o después de una experiencia sonora más allá del silencio:

Este concierto nace de una necesidad urgente: la de reflexionar, desde el arte, sobre la indiferencia y la distancia creciente entre los avances tecnológicos y la dignidad humana. Mientras algunos alcanzan las estrellas, millones siguen luchando por derechos básicos. Las voces que aquí resuenan –poéticas, espirituales, fragmentarias– nos hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre.

Las obras de los seis compositores elegidos suman textos de autores que nos invitan a escuchar  esa música desde otro lugar, puede que el interior. Y el silencio se hizo con Venturini (Udine, 1959) y la obra que daba título al concierto. Aparición del coro bajo la cúpula susurrando, hablando, cantando recorriendo el espacio con el sonido, ubicándose en una tarima con un fondo que daría luz al tríptico y las letras de Donati (Arezzo, 1972), tinieblas de disonancias que suenan próximas, bellas y hasta luminosas. El lenguaje de Dante sublimado con la música del madrigalista contemporáneo en las voces impecables, afinadas, expresivas, celestiales asentadas desde el Averno del arquitecto brasileño.

Si hay un compositor que conmueve como pocos es el estonio Arvo Pärt más allá de su música sacra, y LDO sigue ejerciendo su apostolado. Las dificultades no existen, afinan, empastan, emocionan, juegan con el espacio, disfrutan con el sonido, la magnificencia de los fortissimi y los interiorizados pianissimi tan trabajados que se hace imposible consigan esa fusión vocal tan plena. Carne de gallina en el cántico bíblico de Simeón, Nunc dimittis, enlazado con The Deers Cry (2007), maravilloso diálogo de la voces masculinas y femeninas en un continuo “in crescendo” lleno de fuerza donde sentir esas maravillosas polifonías del final con todas las voces combinadas en un momento de gran inspiración y emoción con el grito del ciervo (impresionantemente proyectado), jugando con «Cristo» conmigo, delante, detrás, en mí…

Y llegó la «conocida» obra de John Cage, el único compositor no vivo del concierto, con 4’33’’ que no apareció como provocación (lo fue en su momento y hasta se vendía por 0,99€ en las plataformas), un reloj de arena proyectado ese tiempo de silencio absoluto mientras Marco  A. García de Paz dirigía al imaginario coro silencioso que formaba el público, marcando a tres o a cuatro, quién sabe si Victoria o  Rheinberger como en Cáceres, las pausas y «fraseos», que buscaban lo escrito previamente: «un punto de inflexión que nos invita a escuchar el espacio, el tiempo y la comunidad reunida. Especialmente en un lugar como la cúpula del Centro Niemeyer, el silencio se convierte en una experiencia compartida que da sentido a la música que la rodea».

Del compositor noruego Arnesen (Trondheim, 1980) que hoy en día está siendo referente coral a nivel mundial, LDO nos interpretarían un emocionante Even When He Is Silent (2011), una obra coral conmovedora e introspectiva cuya música está inspirada en un texto breve pero profundamente conmovedor, escrito por un judío que se escondió durante la Segunda Guerra Mundial y encontrado rayado en la pared de un sótano en Colonia, que estuvo proyectada mientras  la escuchábamos.

De nuevo el silencio como protagonista pues así comienza reflejando la profunda profundidad de las palabras usadas para ir gradualmente desarrollándose hasta un clímax dramático con la frase «Creo en el amor», que encarna las intensas y conflictivas emociones de aferrarse a él en tiempos difíciles. La pieza se desvanece luego en un final más contemplativo, que culmina en una serena aceptación de la fe en Dios, incluso en medio del silencio. Música conmovedora, de acordes exuberantes y desafiantes líneas vocales, todo un viaje emocional del texto interpretado con profundidad por LDO donde también está la esperanza en los momentos más oscuros, iluminados tenuemente como las luces sobre las partituras. Podrán quitarnos el sol o el amor pero la música nos recuerda que incluso en las circunstancias más sombrías, podemos aferrarnos a nuestra esperanza y fe.

Y para finalizar esta experiencia coral otro de los compositores «fetiche» de los asturianos, Eric Whitacre (1970) con las voces graves rodeándonos desde arriba, las blancas en la tarima y Marco manejando ese Water Night, luz y oro, noche con ojos de caballo y de agua, «Silencio y soledad» antes de un recitado preparando la última posición del coro, «voces que aquí resuenan, poéticas, espirituales, fragmentarias, hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre«, de guerras en Gaza y Ucrania pero también en África, Asia… When David heard, un tránsito musical a la muerte, al silencio y la oscuridad, emoción contenida, explosión coral de una página que LDO tienen en su genética y va pasando de generación en generación con la misma entrega de sus inicios. El proyecto es una realidad y mantiene la eterna búsqueda de la belleza vocal que prosigue con una versatilidad única, capaz de transitar entre estilos muy diversos manteniendo coherencia expresiva y claridad sonora, que incluso desde el silencio atronador.

Finalizo con las notas escritas por Marco A. García de Paz:

En su ensayo “El resto es silencio”, Aldous Huxley reflexiona sobre cómo el ser humano experimenta la belleza, el placer, el dolor, el éxtasis o la muerte sin necesidad de expresarlos con palabras. Cuando lo inexpresable exige manifestarse, decía, recurrimos a la música. Y cuando la música ya no basta, siempre queda el silencio.

Shakespeare coloca esas mismas palabras —The rest is silence— en boca de Hamlet en el instante final. Pero en su tragedia la muerte no es solo un desenlace: es un proceso. Un camino que va desde la oscuridad del duelo hasta un intento de reconciliación con lo inevitable. La vida, parece decirnos Shakespeare, no se pierde del todo mientras haya alguien que recuerde, alguien que cruce el umbral del tiempo para contar la historia. Mientras exista la memoria, el silencio no será vacío.

Deafening Silence propone precisamente eso: escuchar el silencio no como ausencia, sino como presencia cargada de significado. Como un espacio donde la música, al retirarse, nos obliga a mirar, y a mirarnos, con mayor profundidad.

PROGRAMA

Andrea Venturini (1959)

Deafening silence

Lorenzo Donati (1972)

– Davanti alle tenebre – Dentro alle tenebre – Oltre le tenebre

Arvo Pärt (1935)

Nunc dimittis

The Deers Cry

Jonn Cage (1912 – 1992)

4’33’

Kim André Arnesen (1980)

Even When He Is Silent

Eric Whitacre (1970)

Water Night

When David heard

Colores sinfónicos

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Viernes 6 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Pájaro de fuego», abono 7 OSPA, Javier Comesaña (violín), Otto Tausk (director). Obras de Shostakovich, Ravel y Stravinsky.

Séptimo abono de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias) que volvió a mostrar músculo y personalidad en un programa que, bajo la apariencia de eclecticismo, trazaba un arco coherente de colores, tensiones y arquitecturas sonoras del siglo XX. Desde la densidad emocional de Shostakovich (al que seguimos «conmemorando» esta temporada 2025-26) hasta el refinamiento francés de Ravel y el fuego controlado de Stravinsky, la velada tuvo algo de lección sinfónica bien entendida y con más público del habitual, que se va incorporando paulatinamente a medida que avanzan los conciertos de abono.

Como siempre hubo encuentro previo a las 19:15 horas con Otto Tausk (Utrecht, 1970), director invitado que nos hizo llegar su visión de este programa ruso con acento francés y mucho color sinfónico en tres obras de tres grandes sinfonistas que, a diferencia de otros compositores, plasman en la partitura todo lo que debe tocarse, que ya es mucho, y que como refería con humor el holandés, tiene «poco trabajo» con estas obras donde lo importante es dejar que la la música fluya, pero sin excesos.

Tausk, un director holandés con amplia trayectoria que como violinista tuvo de profesor en su Holanda al que fue discípulo de David Oistrakh (que estrenó precisamente el concierto de este primer viernes de febrero), es de gesto claro y economía expresiva, y supo dejar fluir la música sin forzarla, tal como nos previno, cuidando un equilibrio muy trabajado entre secciones. El resultado fue un sonido compacto, especialmente en una cuerda densa y bien empastada, liderada con autoridad por la concertino invitada Joanna Wronko, y unas maderas y metales integrados con naturalidad en el discurso junto a la percusión  y arpa más celesta (alternaría en Stravinski con el piano) perfectamente ensamblados .

El eje emocional del concierto fue, sin duda, el Concierto para violín nº 1 de Dmitri Shostakovich, obra escrita “escondida en un cajón” a la espera de tiempos menos oscuros tras la sombra de Stalin. Javier Comesaña afrontó el exigente papel solista con una mezcla de valentía, madurez y control técnico admirable. Desde el Nocturne, supo cantar con un sonido flexible y lleno de matices, desplegando una paleta cromática que recordaba a un Pollock sonoro: aparentemente libre, pero profundamente estructurado. El Scherzo y la Burlesca, con su ironía corrosiva y ese sarcasmo “tan Dmitri”, fueron una auténtica montaña rusa de sensaciones, mientras que la Passacaglia se erigió como un núcleo de gravedad trágica, sostenida con pulso firme y gran concentración expresiva con una cadenza de cortar la respiración.

Como propina, Comesaña ofreció el último movimiento (Les furies) de la Sonata nº 2 de Ysaÿe, un momento de introspección con ese «Dies Irae» que cerró su intervención con recogimiento y elegancia desde su violín parisino Claude Pierray (datado en 1720).

La segunda parte “hablaba francés”, aunque con acentos bien distintos. La Pavane pour une infante défunte de Ravel sonó perfectamente coloreada, arpa con trompa y flauta rivalizando en ejecución bien sentida, de refinado impresionismo y fraseo amplio, con un lirismo que, sin caer en la languidez, me evocó incluso ciertos aires cantábricos por su atmósfera húmeda y envolvente que amplía la paleta de la original de piano, en las manos de Tausk.

Ya con una plantilla completa y una cuerda que se puede calcular con los 6 contrabajos, que siempre son necesarios para un buen cimiento sinfónico, Stravinsky, por su parte, apareció en su versión más gala que rusa con la Suite de El pájaro de fuego (1945), ya desligada del ballet pero aún cargada de energía narrativa. Tausk recordó en el encuentro previo cómo, en esta música donde todo está escrito al milímetro, el reto consiste en comprobar que cada elemento esté exactamente en su sitio. Así ocurrió: danza infernal precisa, berceuse de pulso contenido y un final luminoso, construido con lógica interna y sin efectismos gratuitos, bien llevados por un director que contactó sin problemas con una OSPA cada vez más madura que siempre se ha movido bien en estos repertorios que también conviene “sacar del cajón”.

Un concierto que confirmó el buen momento de la orquesta y dejó claro que los colores sinfónicos, cuando se trabajan con rigor y sensibilidad, siguen diciendo mucho más de lo que parece.

La velada tuvo además un momento de emoción contenida con la despedida de Irina Bessedova, violín segundo, que se jubila tras 35 años en la OSPA. Un agradecimiento sincero y merecido a una trayectoria silenciosa pero esencial.

Gracias, Irina

PROGRAMA:

I

DMITRI SHOSTAKOVICH (1906 – 1975):

Concierto para violín n.º 1 en la menor, op. 77:

I. Nocturne

II. Scherzo

III. Passacaglia

IV. Burlesca

II

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

Pavane pour une infante difunte

IGOR STRAVINSKY (1882 – 1971):

El pájaro de fuego: Suite (rev. 1945):

I. Introduction and Dance of the Firebird

II. Dance of the Princesses

III. Infernal Dance of King Kastchei

IV. Berceuse

V. Finale

Modernidad desde la tradición

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 12:30 horas: Museo Vostell Malpartida, Bach Fluxus IV. Mario Brunello (cello). Obras de Bach y Weinberg.

Desde que comenzó el Festival Atrium Musicae, Antonio Moral consiguió incluir como cita imperdible este Museo Vostell y el espíritu de Bach Fluxus, continuando este idilio desde sus tiempo en el CNDM así como la colaboración con José Antonio Agúndez (director gerente del museo y cronista oficial de Malpartida) y la apuesta fue sobre seguro viendo la respuesta de un público que peregrina hasta este municipio de Cáceres más allá de “Juego de Tronos” en Los Barruecos, que también merecen visita pero en otro contexto y momento.

Fluxus en latín significa flujo pero también es un movimiento de las artes visuales, de la música y de la literatura que tuvo su momento más activo entre la década de los sesenta y los setenta del siglo XX. Se declaró contra el objeto artístico tradicional como mercancía y se proclamó a sí mismo como el antiarte. Así se funda en 1976 este museo en Los Berruecos dedicado este Fluxus donde llegaron el artista alemán Wolf Vostell (1932-1998) y su mujer Mercedes, que se enamoraron de este paraje natural en un antiguo lavadero de lanas, conjugando arte y naturaleza.

Y si los espacios son importantes, las agendas de los gestores musicales son mejores que las de los políticos que dan el salto a las multinacionales, bufetes o grandes empresas privadas. Si con ella se puede encontrar en un día un barítono para sustituir al previsto, ahí está el contacto (de otras “adversidades” aún me quedan por contar las de la tarde de este primer domingo), y cuando se establecen vínculos casi fraternos con muchos intérpretes, se les convence para que den no uno sino dos conciertos. Así sucedió con Mario Brunello (1960) tras el dúo Yulianna Avdeeeva del pasado jueves que esta mañana dominical lo hacía en solitario con dos de las suites de Bach (las nº 3 y nº1) escoltando a Weinberg.

El maestro italiano ofrecía en este espacio tan singular bajo el título Bach Fluxus IV (identificando el término latino ya explicado) un recorrido entre “la música” y “la vida”, entre Meinn Gott y el siglo XX del perseguido y enorme compositor judeopolaco, en sintonía con el espíritu del museo fundado Vostell. Junto a dos de las suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, auténticos pilares del repertorio instrumental que Pau Casals rescató del olvido, el italiano Brunello como el catalán italiano está recuperando a Mieczysław Weinberg que merece un sitio propio más allá de su amistad con Shostakovich como ya comentamos en el concierto del jueves. De este “olvidado” e incluso borrado por el estalinismo soviético, Brunello nos interpretó la Sonata nº2 op. 121 (1977) que conjuga lirismo y dramatismo, felizmente hermanado en este mediodía dominical.

Tras unas palabras en italiano perfectamente entendibles donde presentarnos las obras, de las suites de Bach que probablemente son de la época de Cöthen aunque se siga investigando su cronología exacta, comenzaría con la tercera en do mayor (BWV 1009) que arranca con el famosísimo Prelude válido en cualquier entorno. Brunello la llevó a su estilo con fraseos propios, intensidades variadas, prosiguiendo con la profunda Allemande que parecía presagiar a Weinberg en cada “danza”, incluso en la Sarabande aunque la Gigue de aires gaiteros abría cierto tono festivo.

Pero los movimientos de la Sonata 2 de Weinberg ponía un nudo en la garganta, compuesta casi el mismo año en que se inauguraba este Museo y rodeada de muchas obras tan expresivas como esta sonata para violonchelo que la acústica también favoreció. Brunello siente cada nota, cada frase, estados de ánimo que como decía Bach es “la música” pero Weinberg es “la vida”. Las notas al programa se titulan “Tradición y modernidad” aunque yo invierta el orden, y en ellas se disecciona el programa. Del compositor remarca una vida marcada por el Holocausto, el exilio, su cercana amistad con Shostakovich (que le salvaría la vida en plena persecución estalinista), y destacando que es un compositor clave no sólo de música de cámara, también de sinfonías y óperas con un catálogo inmenso que se está “sacando del olvido”, y esta Sonata op. 121 pertenece a un ciclo de cuatro para violonchelo solo. La analizan de la siguiente manera:

“Tras un inicio introspectivo del Andante inicial con un tono de soledad casi meditativa, el Allegro siguiente irrumpe con fuerza, con un ritmo trepidante, lleno de energía y contrastes que desemboca en un Adagio donde el tiempo queda suspendido con un canto sencillo y directo del violonchelo creando una atmósfera entre melancólica y resignada que tanto caracteriza a Weinberg. La obra se cierra con un movimiento más ligero, con algunos guiños al folclore judío y a Bach, para concluir de forma solemne en un final que se desvanece poco a poco buscando de nuevo el sosiego del Andante inicial”.

La interpretación de Brunello fue poderosa e introspectiva, desgarradora pero llena de esperanza, amplísima en unas dinámicas con todas las técnicas del instrumento que en momentos dados hicieron soltarse el arco o arrojar la sordina violentamente al suelo para no perder un discurso que el italiano siente tan ruso como el compositor, y que obtuvo el premio Tchaikosky en 1986. El público, que agotó las plazas del museo, premió en pie con una atronadora ovación la entrega y emociones de esta sonata.

Tras el dolor viene el perdón de “dios Bach” y la primera de las seis suites, como el vermut al desayuno diario de Casals a lo largo de toda su vida a partir de los 48 años en que realizó la primera interpretación en público y llevarla al disco para convertirse en una referencia absoluta y todo un reto para los violonchelistas desde entonces. Mismas “danzas” que en la tercera que abría la velada (salvo el cambio de la Bourrée por ell Menuet) y otra lección del italiano que si desde el piccolo nos asombró en Granada, con el del siglo XVII del luthier Giovanni Paolo Maggini con una hermosa voluta tallada en forma de cabeza redondeó este Bach Fluxus antes de otra cálida, merecida y larga ovación, dejándonos un regalo de Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966), alumno por muchos años de Casals en París, también amigo de Falla, Casella o Ricardo Viñés, residiendo desde 1923 en Florencia por sus amores con Guilietta Gordigiani y un dúo que triunfó incluso en los EEUU. Brunello nos lo “devolvió” con el mismo y reciproco amor en un sentido Intermezzo y Danza Finale de la Suite para Cello solo. Hora y media de profundidad interpretativa, magisterio en el instrumento y emociones a flor de piel, en esta coproducción con el Museo Vostell –como en las anteriores ediciones–, en una forma de que el concierto subraye la vocación del Festival Atrium Musicae de llevar la música a escenarios singulares y de establecer vínculos entre tradición y modernidad.

Aún quedaba el concierto de la tarde en el Gran Teatro, que es otro capítulo para el blog… Lo dicho, ¡CONTINUARÁ!

PROGRAMA:

Bach Fluxus IV
Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Suite para violonchelo n° 3 en do mayor, BWV 1009 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Bourèe 1&2 – Gigue

Mieczysław Weinberg (1919-1996)
Sonata para violonchelo n° 2, op. 121 (1977):

Andante – attaca / Allegro / Adagio – attacca / Allegretto – Lento – Adagio

Johann Sebastian Bach
Suite para violonchelo n° 1 en sol mayor, BWV 1007 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Menuet 1&2 – Gigue

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