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Siempre Federico

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Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 5 de junio de 1898 – Camino de Víznar a Alfácar, 19 de agosto de 1936) está siempre presente en mi vida, no ya desde su poesía que nunca pasa de moda, también desde su faceta musical que nos descubriese el Maestro Casares en aquellas clases del «aulín» en la entonces Facultad de Filosofía y Letras de la Plaza de Feijóo ovetense, recordando la propia definición del granadino:

«Ante todo soy músico«

El disco con la colección de Canciones populares Españolas editado por Sonifolk en 1989 forma parte de mi discoteca de «imprescindibles» (también en formato de cassette), una reedición en vinilo gracias a la colaboración de un gran número de entidades y personas con la propia Fundación García Lorca en cabeza, como no podía ser menos, y que parte de la grabación que el granadino realizó en 1931 para «La Voz de su Amo», cinco discos gramofónicos con diez temas de su propia «Colección de Canciones Populares Antiguas» con el propio García Lorca al piano acompañando a Encarnación López Júlvez (1897-1945), La Argentinita. De los diez temas iniciales se añade en este LP dos temas aparte de la cantante, interpretación exponente de la sencillez, gracia y sentimiento que requiere el canto popular. Y si la grabación en sonido monofónico tiene sus imperfecciones, sigue siendo una joya que como aquellos vinilos de entonces, contiene un excelente folleto con los textos de las canciones, una carta autógrafa con un dibujo, más tres trabajos de especialistas en la música de Lorca: un breve ensayo del hispanista Roger Tinnell (Virginia, 1944 – Ibiza, 2022), el trabajo publicado en 1940 por el filólogo e historiador de la literatura Federico de Onís (Salamanca, 1885 – Hato Rey -Puerto Rico, 1966) en la Revista Hispánica Moderna con el título «García Lorca, folclorista», y la crítica que el musicólogo Adolfo Salazar (Madrid, 1890 – Ciudad de México, 1958) hizo en 1931 para «El Sol» precisamente del primer disco de la Colección de Canciones, titulado «Un cancionero viviente».

La vigencia poética y especialmente musical de Lorca sigue presente, y en estos días se han publicado dos libros que considero imprescindibles, engrosan mi biblioteca y aumentan un fondo editorial que sigue creciendo tantos años después, incluso encontrándose imágenes inéditas escondidas en una lata de betún gracias al cineasta Manuel Menchón, así como el descubrimiento por parte del cantaor Miguel Poveda de un poema de nuestro amado y atemporal Federico, o una pieza musical del poeta con el título Canción de invierno, donde el genio andaluz no se había hecho un nombre y firmó esta obra como Federico García, fechada el 29 de enero de 1916, cuando Lorca era todavía un adolescente de 17 años.

En mis estancias granadinas durante el Festival Internacional de Música y Danza, que este año alcanza su 75 edición (recordando a Falla), no puede faltar la visita a su centro en la Plaza de la Romanilla, donde se ubica igualmente la fundación y su legado.

El primer libro es una edición cuidadísima, de la que dejo la ficha y los datos:

Obra musical de Federico García Lorca. Cancionero popular. Letras y partituras de las canciones compuestas / armonizadas por Lorca.

Referencia: N87826. Editorial: YA LO DIJO CASIMIRO PARKER

Año de edición: 2026

ISBN: 979-13-87766-28-3

Medidas: 26 x 19,5 cm

Tapa dura e impreso a color

Letras y partituras de las canciones compuestas / armonizadas por Federico García Lorca. Estudio preliminar de Samuel Diz. Epílogos de Mauricio Sotelo y Carmen Linares. Edición a cargo de Marcos Almendros.

Encuadernación en cartoné. 128 páginas. Precio: 26 €.

«Cancionero popular» reúne la obra musical de Federico García Lorca, faceta creativa que estuvo presente a lo largo de su vida y en toda su obra. Contiene partituras manuscritas del propio Federico (unas páginas absolutamente vibrantes), las letras y partituras de las canciones que grabó con La Argentinita y las letras de las canciones que escribió para sus obras de teatro.

Lorca fue un talentoso músico, capaz de unir lo erudito con lo popular, integrando tradición andaluza, intuición poética y una refinada sensibilidad artística. Este libro pone en valor otra dimensión de su faceta creativa: sus primeras composiciones musicales, el impulso del folklore a través de las canciones populares españolas y la presencia de la música en sus obras de teatro.

Este libro pone en valor otra dimensión de su faceta creativa: sus primeras composiciones musicales, el impulso del folklore a través de las canciones populares españolas y la presencia de la música en sus obras de teatro.

CONTENIDO:

Estudio preliminar. La música: metáfora omnipresente. Samuel Diz

Armonías de juventud: Partituras manuscritas. Carpeta de composición de Federico García Lorca

Resoluciones normales del acorde de 5ª

Modulaciones

Andante maestoso

Lieder Heroico (Andante maestoso)

Granada (Serenata de la Alhambra)

Canción de invierno (Romanza sin palabras)

Pensamiento poético (Canción de invierno)

Menuetto

Sonata 3 (Amorosa)

Canciones populares: Letras y partituras. Armonizadas por Federico García Lorca

Las tres hojas: villancico popular

Romance de los peregrinitos

Nana de Sevilla

Romance de los mozos de Monleón

El Café de chinitas

Canción antigua de las morillas

Los cuatro muleros

Sevillanas del siglo XVIII

Zorongo

Anda jaleo

Canciones para teatro: Letras. Escritas por Federico García Lorca.

Canción de las niñas

Canción del niño

Serenata

Nana

Cantar de boda

Copla del cortejo de boda

Canción de la criada

Canción de las muchachas

Canción popular

Girasol de tu madre

Nana

Canciones de la romería

Canción a ella

Ovejita, niño mío…

Canción de los gondoleros

Epílogo. Nuestras canciones populares. Carmen Linares

Epílogo. Lorca: músico infinito. Mauricio Sotelo

Y el segundo libro es otra excelente publicación que completa la exposición homónima “Lorca y el archivo: memoria en movimiento” de la Residencia de Estudiantes madrileña. Aquí dejo la ficha más la descripción:

Lorca y el archivo: memoria en movimiento

Edición bilingüe.

Editorial: Publicaciones de la Residencia de Estudiantes.

Edición: Andrew A. Anderson, Melissa Dinverno y Christopher Maurer.

Año de edición: 2026

ISBN: 978-84–128156-6-5

Medidas: 15 × 22 cm

640 páginas. Precio: 25 €

Ilustraciones: 360

Encuadernación: Tapa dura holandesa

Descripción:

«Mi obra apenas está comenzada. La veo a lo lejos, como un orbe denso, con firmeza de pulso para acercarme a ella».

Así hablaba Federico García Lorca de su obra en noviembre de 1935, en una entrevista publicada en El Mercantil Valenciano el 15 de ese mes. ¿Cómo imaginar entonces que unos meses después tendría lugar el golpe de Estado de 1936 y que en agosto de ese año el poeta sería asesinado? Ante el peligro de que sus manuscritos y documentos pudieran extraviarse o ser destruidos, desde ese momento su familia se desvivió para que la barbarie no lograra borrar la memoria de Lorca y que su obra perdurara y se expandiera por todo el mundo.

Lorca y el archivo: memoria en movimiento, basado en una nueva y rigurosa investigación en colecciones personales, familiares y estatales de varios países, recorre la historia del legado de Federico García Lorca desde la muerte del poeta hasta hoy. Concibe el archivo de un modo dinámico, destacando los esfuerzos de quienes lo generaron y los contextos sociopolíticos por los que navegaron, entre ellos la guerra, el exilio y la difícil vuelta a España. A cargo de Andrew A. Anderson, Melissa Dinverno y Christopher Maurer, esta edición de la Residencia de Estudiantes —donde Lorca vivió durante años decisivos para su obra, y donde este fondo estuvo alojado desde 1986 hasta 2018—, Memoria en movimiento ofrece nuevos datos sobre el archivo lorquiano, su creación y su desarrollo, y cuenta historias, hasta ahora desconocidas, de pérdida y salvación, de descubrimiento y perseverancia, demostrando cómo estos mudos objetos —y los de cualquier colección— nos pueden seguir hablando, ahora y en el futuro.

Además de los autores de la edición, escriben en este libro otros tres especialistas en Lorca: Christian de Paepe, Mario Hernández y Andrés Soria Olmedo. La exposición estará abierta hasta el 26 de julio en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Dos referencias bibliográficas totalmente aconsejables para seguir completando y venerando a Federico 90 años después de su paso a la eternidad.

Colores sugerentes

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Viernes 8 de mayo, 20:00 h. Oviedo, Auditorio Príncipe Felipe: OSPA, 𝐀𝐛𝐨𝐧𝐨 𝟏𝟑: 𝑂𝑟𝑔𝑖́𝑎 𝑑𝑒 𝑖𝑚𝑎́𝑔𝑒𝑛𝑒𝑠. Adèle Charvet (mezzo), Nuno Coelho (director). Obras de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 y 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚.

Encuentro previo a las 19:15 con Nuno Coelho
(Reseña para LNE del sábado 9, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

La OSPA presentaba en el decimotercero de abono un programa sugerente de música francesa y española con aires comunes desde la vecindad y biografías de los compositores elegidos.

Comenzaba el concierto con el poco escuchado 𝑃𝑜𝑒𝑚𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑦 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑎𝑟 de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, el amor y el mar con un interludio donde volver a constatar el excelente estado de la OSPA, con Aitor Hevia de nuevo concertino invitado, el titular portugués y la mezzo francesa 𝐀𝐝𝐞̀𝐥𝐞 𝐂𝐡𝐚𝐫𝐯𝐞𝐭, plena, expresiva, delicada, en esta maravilla sinfónico vocal que emocionó a un auditorio que sigue sin la asistencia que la calidad de los conciertos se merece.

La segunda parte con una reforzada OSPA con alumnado del CONSMUPA nos trajo la España parisina de Debussy más la sentida en la distancia del sevillano Turina.

𝐼𝑏𝑒́𝑟𝑖𝑎 de 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 es nuestra piel de toro, la orquestación impresionante del francés con la inspiración y color hispano, verdadero caleidoscopio instrumental para disfrutar con cada sección de la OSPA y Coelho dibujando toda la paleta parisina. Si el segundo “cuadro” trajo perfumes nocturnos, la mañana festiva resultó un derroche sinfónico.

Para  cerrar, todo el empuje orquestal desde el piano que son las enérgicas 𝐷𝑎𝑛𝑧𝑎𝑠 𝑓𝑎𝑛𝑡𝑎́𝑠𝑡𝑖𝑐𝑎𝑠 de 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚. Ritmo que nos transporta con aires festivos, nostalgia y energía en tres momentos de evanescencias y toda una gama tímbrica: jota aragonesa, zambra andaluza  y la “Orgía” casi zapateado que siempre asociaré a la publicidad de un conocido brandy. Pasión y exuberancia en este abono 13 que volvió a abrir la puerta grande a una OSPA pletórica y colorista.

PROGRAMA:

ERNEST CHAUSSON (1855 – 1899)
Poème de l’amour et de la mer, op. 19:
I. La fleur des eaux
II. Interludio
III. La mort de l’amour

CLAUDE DEBUSSY (1862 – 1918)

Imágenes para orquesta: Iberia:

I. Par les rues et par les chemins – II. Les parfums de la nuit – III. Le matin d’un jour de fête

JOAQUIN TURINA (1882 – 1949)

Danzas fantásticas, op. 22:

I. Exaltación
II. Ensueño
III. Orgía

NOTAS AL PROGRAMA de Julia María Martínez-Lombó Testa:

Zarzuela de las dos orillas

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Jueves 30 de abril, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXIII Festival de Teatro Lírico Español. Gala Lírica. Ruth Iniesta (soprano), Jorge de León (tenor), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). «Las dos orillas»: Preludios, intermedios, canciones y romanzas de zarzuela. Fotos de Pablo Piquero y Alfonso Suárez.

(Crítica para Ópera World, con los añadidos habituales de mi blog)

Dentro del trigésimo tercer Festival de Teatro Lírico Español, aunque fuera del abono de los cuatro títulos (con dos funciones), se presentaba una interesante gala lírica con dos de nuestra voces más internacionales y defensores de nuestra zarzuela: la soprano zaragozana Ruth Iniesta y el tenor tinerfeño Jorge de León con un programa titulado «Las dos orillas» con conocidas páginas de nuestro género a ambos lados del Atlántico, y que esta pareja defiende con la misma calidad que sus habituales roles operísticos, haciendo grande nuestro “Patrimonio Cultural Inmaterial” que de momento espera dicho reconocimiento.

El ovetense Óliver Díaz en el foso -pues la escena para “La Verbena de la Paloma” de los días 14 y 16 de mayo, ya se está montando- volvía a ponerse al frente de la orquesta titular del Festival (y del ciclo “Los Conciertos del Auditorio”) con la que hace años tiene una relación tan personal que le permite sacar de ella lo mejor, siempre mimando las voces, respetándolas, acompañándolas, y en las partes orquestales haciendo sonar compacta a una gran plantilla para esta ocasión, reforzada con alumnado del Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias (CONSMUPA) y contando con Marina Gurdzhiya como concertino, que como muchos primeros atriles, tendrían sus momentos de lucimiento.

Interesante programa donde además de los números instrumentales que forman parte del repertorio orquestal en medio mundo, reunía algunas de las romanzas y dúos más conocidos del género lírico español junto a imprescindibles páginas de su homónima caribeña, zarzuela cubana, que pocas veces hemos disfrutado sobre las tablas aunque sí de sus romanzas más populares, canciones que muchos no asociaban a la escena musical.

El Preludio de La Torre del Oro (Giménez) sirvió para testar el buen estado de Oviedo Filarmonía y cómo se plegaron al mando de un Díaz que jugó con unos retardandos no escritos pero muy apropiados por lo personales en cuanto al fraseo. En esta parte hispana, el segundo número orquestal sería el intermedio de La pícara molinera (Pablo Luna), con esa conexión sevillano-asturiana de nuestra zarzuela, bien de tempi y excelente balance en el foso.

La parte vocal iría alternando romanzas de Iniesta, León y dúos, comenzando con la poco escuchada y exigente “La Dogaresa” (1920) del maestro Rafael Millán. Salir casi a puerta gayola para enfrentarse con «Ya muerto está mi amor en flor» supuso para la soprano madrileña tardar en centrar su rol de Marietta dejando un agudo final algo destemplado. Por su parte «Yo arrasaré Venecia», del Paolo tinerfeño, también supone comenzar literalmente a pecho descubierto con otro agudo final de los que llamamos “a romper” que dicho sea, al público habitual le encanta. La aparición para el dúo «Tu voz resonaba en la noche tranquila» por ambos lados de la escena, ayudaron a crear la necesaria complicidad, voces empastadas y compenetradas, siempre mimadas por la orquesta, pero con el público aún frío.

Los que peinamos canas atesoramos las grabaciones de Alfredo Kraus como joyas y referentes vocales, Canarias tierra de tenores con Jorge de León que nos dejó la romanza «La roca fría del calvario» de La Dolorosa (Serrano) más vibrante que sentida, pasión en vez de dolor, pero con gusto y valentía tanto en los fraseos como en unos agudos que fueron encontrando posición a medida que avanzaba el recital.

Relevo con una Ruth “primorosa”, rojo pasión y mantón de Manila bien manejado como esta conocida página de El barbero de Sevilla de Giménez y Nieto. La excelente técnica permite unas agilidades y volumen perfectos aunque los años quiten esmalte vocal pero regalen su corporeidad, así como las tablas que el tiempo, como el bien vino, convierten en reserva.

Y en una parte dedicada a la zarzuela española no puede faltar Pablo Sorozábal, de quien nos dejarían el dúo «Todos lo saben» (de La tabernera del puerto). Escena, empaste, entrega, química incluso con la combinación de colores en la pareja, optando el Leandro canario por una chaqueta de smoking azul mar para esta bien cantada escena con la Marola madrileña en el hoy “Puerto de Campoamor”, que al fin levantó el ánimo de un público que acudió con ganas y en buen número, pese a la coincidencia en el Auditorio “Príncipe Felipe” del concierto para la celebración del “Día de les lletres asturianes” con el maestro Marco A. García de Paz al frente de la OSPA, su Coro “El León de Oro” y el estreno de dos obras de los compositores Jorge Muñiz y Guillermo Martínez.

Los aires caribeños llenarían toda la segunda parte, la zarzuela cubana que bebe de su folklore al igual que la nuestra pero más cercana a las revistas o musicales de sus vecinos, sin olvidarnos que La Habana en aquellos años era el cabaret de los yanquis. Grandes compositores cubanos los elegidos para esta fiesta de la lírica de las dos orillas, comenzando por un poco reconocido Eliseo Grenet cuyo «Lamento esclavo» aún está sin encontrarse una edición completa, y que Rodrigo Prats utilizará para La perla del Caribe. Oviedo Filarmonía hizo la travesía de nuestro abuelos para llenarse de ritmos afrocubanos donde la percusión cubana de un “recuperado” Fernando Arias aportaba el sabor y el arpa de Jose Antonio Domené ese especial color caribeño.

Vestuario distinto para esta parte cubana, azabache y tinto, negro la madrileña y grana el tinerfeño que abría “en” Soledad (1932) con la romanza «Qué negra y qué triste mi vida de ayer». Ideales los solos de violín (Marina Gurdzhiya) y flauta (Mercedes Schmidt) en el puente antes de retomar la estrofa con los agudos poderosos de Jorge de León llenando un teatro ya rendido al tinerfeño.

Aún quedaba el cubano más internacional, Ernesto Lecuona con María de la O (1930), Ruth Iniesta y la conocida canción de esta ópera, cuyo título original es «Mulata infeliz» antes de escuchar el famoso estribillo. Gurdzhiya contestando desde el violín en un puente instrumental de gran versatilidad en todo el foso y el buen gusto de la soprano que prepararían el dúo «Me engañabas traicionando mi pasión», revista musical en estado puro con cambios de ritmos y tonalidades muy variados, mejor cantados y compenetración de este dúo al que se le notaba cómodo en escena y todavía más en el estilo.

Una de las comedias líricas cubanas que más tirón han tenido en Madrid, recordando aún su retransmisión por los propios canales del Coliseo de la calle Jovellanos hace ya seis años, es “Cecilia Valdés” (1932) de Gonzalo Roig. Una gala lírica se puede hacer con piano y la misma dignidad, pero teniendo una orquesta y director de casa no se podía escatimar y apostar por unos números ganadores: la Contradanza fue otra marca de calidad con ese solo de clarinete (Inés Allué) tan de Brooklyn, más los ritmos caribeños que bien hubiese firmado Lenny, pero era Roig con una OFil en estado de gracia sección por sección: una cuerda danzante, unas maderas juguetonas, los metales redondeando presencias y la percusión que contagia el ímpetu para todos, dejando listo el fin de fiesta en el Barrio del Ángel habanero que hoy era calle madrileña en el teatro de la capital asturiana para lucimiento de los dos cantantes, siempre mimados por el ovetense Óliver Díaz:

«Dulce quimera» de Jorge de León, melodía sincopada, cantable, músicas de estilo cercanas al canario y su folklore, el mestizaje con las herencias que el tenor sintió y cantó como propias con un final en sobreagudo largo y mantenido por parte de su Leonardo.

La gracia y estilo sabrosón, casi de una “modernizada” Celia Cruz para esa espléndida «Sí, yo soy Cecilia Valdés», habanera sentida que gira a danzón, donde Ruth Iniesta se entregó cantando, bailando, mandando siempre con buena respuesta desde el foso y otro final agudo, limpio, potente y arrancando muchos bravos. El dúo final, perfecto broche vocal, expresivo, entregado, de colores apropiados, química y literalidad de «Ya sabía, vida mía, que esa puerta la abriría», en este caso con dos propinas en la misma línea y totalmente ganado el público.

Primero la famosa «Quiéreme mucho» de Roig, en casa cantada como nadie por Kraus que mi padre dedicaba a mi madre (“Cuando se quiere de veras”) y de una zarzuela titulada Servicio Militar Obligatorio, que fueron alternando estrofas canario y madrileña, incluso con segundas voces que aportaron el toque distintivo, así como el baile del puente instrumental antes de atacar el final del estribillo en unos sobreagudos no escritos muy del gusto del respetable al que encandilarían todavía más con la conocida canción del tipo tango-congo compuesta por Eliseo Grenet «Ay mamá Inés» que formaba parte de la zarzuela Niña Rita (1927) completada por Lecuona.

Dos propinas que tras los saludos de rigor, aún bisarían la última, algo al menos curioso, con la participación del público y hasta el maestro Óliver Díaz cantando, muchos recuerdos radiofónicos, Ruth bailona, Jorge cómico y una OFIL siempre cómplice en el foso.

 

PROGRAMA «LAS DOS ORILLAS»:

PRIMERA PARTE

Gerónimo Giménez (1852-1923)

La Torre del Oro, Preludio

Rafael Millán (1893-1957)

La Dogaresa

«Ya muerto está mi amor en flor»

«Yo arrasaré Venecia»

«Tu voz resonaba en la noche tranquila»

Pablo Luna (1879-1942)

La pícara molinera, Intermedio

José Serrano (1873-1941)

«La roca fría del calvario», La Dolorosa

Gerónimo Giménez (1852-1923) y Manuel Nieto (1844-1015)

«Me llaman la primorosa», El barbero de Sevilla

Pablo Sorozábal (1897-1988)

«Todos lo saben», La tabernera del puerto

SEGUNDA PARTE

Rodrigo Prats (1909-1980):

«Lamento esclavo», La perla del Caribe

«Qué negra y qué triste mi vida de ayer», Soledad (1932)

Ernesto Lecuona (1895-1963)

María la O (1930)

«Mulata infeliz»

«Me engañabas traicionando mi pasión»

Gonzalo Roig (1890-1970)

Cecilia Valdés (1932)

Contradanza

«Dulce quimera»

«Sí, yo soy Cecilia Valdés»

«Ya sabía, vida mía, que esa puerta la abriría»

Noche impagable

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Larga noche”, abono 12 OSPA, Antje Weithaas (violín y directora), Obras de Haydn, K. A. Hartman y Mozart.

Concierto duodécimo de abono de una OSPA casi camerística en «disposición vienesa» que nos traía a la violinista y directora alemana Antje Weithaas (Guben, 1966) con un programa que «pone las pilas» a toda orquesta, y más cuando se dirige como concertino en el caso de las sinfonías clásicas, lo que exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse, pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado, más el concierto solista donde la violinista logró «concertar», poner de acuerdo y alcanzar un nivel altísimo.

El encuentro previo a las 19:15 horas con Oriol Roch nos ayudó a entender este programa titulado «Larga noche» que se hizo corta, así como el «maridaje» con su violín «Peter Greiner» de 2001 (un violinista y luthier alemán afincado entre Zurich y Londres) que sonó siempre claro, preciso y de tímbrica redonda en todo su rango.

Como curiosidad personal añadir que Weithaas mantiene una estrecha colaboración artística con el pianista Dénes Várjon a quien escuchamos hace unos días en este mismo auditorio, con las sonatas para violín de Beethoven premiadas con el «Jahrespreis der Deutschen Schallplattenkritik» en 2024.

Las notas al programa de mi admirado Eduardo Chávarri Alonso analizan las tres obras, e iré intercalándolas en mis comentarios, entrecomilladas y en el color habitual de mis citas en el blog.

Haydn y Mozart son verdaderas «trampas» en cualquier concierto, por la engañosa sencillez, y más en el caso de dos sinfonías tan populares que todo melómano atesora con grabaciones de referencia. Si además, como apuntaba al inicio, se dirige desde la silla de concertino, el reto se hace mayor y Antje Weithaas nos lo dejó claro en el encuentro previo. Con una plantilla apropiada, adecuada y equilibrada para ambas sinfonías (violines enfrentados, cellos en el centro, contrabajos detrás de los primeros, viento en la ubicación habitual y timbales -de cobre- a la derecha en la que abría programa), la sonoridad fue perfecta tanto en la 95 de Haydn como en la 40 de Mozart.

«La Sinfonía en do menor Hob. I:95, compuesta por Haydn en su primer viaje a Londres (1791-92), es la única de las londinenses en tonalidad menor y sin introducción lenta». La profesora Weithaas con Daniel Jaime de ayudante, nos enseñó cómo se «lleva» a la OSPA desde el puesto de concertino. «El primer movimiento contrapone unísonos apasionados y pasajes más íntimos», y esos unísonos fueron perfectamente ejecutados así como los matices, sin necesidad de marcarlos porque la propia música invitaba a escucharse por parte de toda la orquesta. «El Andante cantabile presenta un tema lírico con tres variaciones, la segunda marcada por contrastes dinámicos y modulaciones» de nuevo obligaba a la formación a un entendimiento y colaboración para que las muchas y variadas dinámicas de este segundo movimiento se ejecutasen, escuchándose todos, y se logró con un sentido y sonido unitario al más ajustado Sturm und Drang, como «el padre de la sinfonía» dejó para las generaciones posteriores. «El Minueto alterna secciones contrastantes de un carácter más tenso, y el Trío, en do mayor, permite lucirse al violonchelista principal». La cuerda asturiana sigue manteniendo un color propio, yo lo llamo «cantábrico»,y cercano a las formaciones británicas, algo que se alcanza tras más de tres décadas de «hacer música» juntos. Contar con Maximilian von Pfeil es un lujo como pudimos comprobar en el segundo movimiento y especialmente en este Menuet que me recordó al Haydn de su concierto para chelo. «El Finale, con brillante contrapunto, cierra enérgicamente la sinfonía, regresando a la tonalidad menor inicial» y literalmente resultó brillante y enérgico con todas las secciones perfectamente empastadas, los balances adecuados y una atención total a la Maestra Weithaas.

Si Haydn resultó una prueba superada con creces, aún quedaba escuchar cómo afrontarían en la segunda parte «La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550, de Mozart, compuesta en 1788, destaca por su intensidad emocional y su estructura innovadora». Misma plantilla aunque sin timbales ni trompetas pero con el par de clarinetes, nuevamente la orquesta camerística, debiendo afrontar sin ambajes cuatro movimientos a cual más exigente para todos, pues no hay forma de «escapar» de una escritura tan perfecta como la del genio de Salzburgo, donde los detalles conforman el toque de calidad. «El primer movimiento, Molto allegro, presenta un tema rítmico que ha trascendido al acervo popular, siendo una de las piezas más conocidas del compositor». Con el tempo giusto y sin complejos, Weithaas llevó a la OSPA por una música que, no por conocida, siempre pide y exige sumar, aportar por parte de cada sección. El equilibrio se logró de principio a fin: «El segundo movimiento, Andante, ofrece una melodía lírica en mi bemol mayor, proporcionando un contraste sereno al carácter dramático del primero». La madera sigue en su madurez y conjunción, con una línea de empaste que el propio Mozart trabajó con todos esos instrumentos en distintas combinaciones, las dos trompas manteniendo el nivel de los últimos conciertos, más una cuerda aterciopelada, matizada, unida y donde hasta los arcos marcan una coreografía digna de destacar. «El tercer movimiento, Menuetto, mantiene la tonalidad menor y presenta un carácter elegante que contrasta con el Trío en sol mayor«, y si hay que definir su interpretación es precisamente por la elegancia de todas las secciones antes de atacar «El cuarto movimiento, Allegro assai, retoma la intensidad inicial con un desarrollo contrapuntístico y una conclusión enérgica». Valiente en el tempo, pues los retos hay que afrontarlos, bien delineados los contrapuntos por parte de toda la orquesta, y sobre todo la energía que Antje Weithaas transmitió desde su silla.

Dos clásicos exigentes donde las «trampas» que escondían las respectivas sinfonías no hicieron caer a una  madura OSPA que pese a su veteranía y excelentes conciertos en esta temporada, aún no recupera público, pero esto daría para un análisis específico que va más allá de esta reseña…

Y entre los clásicos, Antje Weithaas nos brindaría como solista el “Concierto fúnebre” del muniqués Karl Amadeus Hartmann (1905-1963). «Compositor alemán, eligió permanecer en Múnich durante el nazismo, rechazando el exilio y defendiendo valores democráticos en silencio. En 1939 compuso su Concierto fúnebre como respuesta a la anexión nazi de los Sudetes. Estrenado en Suiza en 1940, fue revisado en 1959, cuando recibió su título definitivo». La profesora alemana ya nos advirtió en el encuentro previo que no nos dejáramos llevar por el calificativo de este concierto de Hartmann, porque la música que su compatriota escribe tiene momentos inspirados en corales, canciones populares y hasta ciertas referencias a Shostakovich, y no nos mintió. Con la orquesta solo de cuerda, ya con Daniel Jaime de concertino y Pablo de la Carrera de ayudante, nos brindaron un concierto intenso, difícil para todos, pero emocionante. «La obra tiene cuatro movimientos enlazados sin pausa y basados en corales. Se inicia con el canto husita “Vosotros, guerreros de Dios”, en homenaje al pueblo checoslovaco, seguido de un Adagio de intensa expresividad». El «Stefan-Peter Greiner» sonó pletórico, arrullado y acunado por una orquesta tan ensamblada que sonaba como un «gran cuarteto», escuchándose todo, desde los armónicos hasta esa feliz conjunción coral rica y plena donde la cuerda canta sin palabras. «El tercer movimiento, un frenético scherzo, combina virtuosismo y ostinati hasta un clímax a modo de danza macabra». Si se puede hablar de una prodigiosa cadenza, Antje Weithaas fue la solista capaz de epatar no ya por una técnica asombrosa y una sonoridad rotunda, además de sentida, sino por una concertación y compenetración que resultó el mejor premio para este esfuerzo compartido. «El final, Choral, introduce una canción rusa y concluye con una coda sombría y disonante», aunque las sombras resultasen luminosas y todo un descubrimiento, por quien suscribe, de esta obra de nuestro tiempo.

Otra tarde-noche impagable por el trabajo realizado a cargo de Antje Weithaas con quien la OSPA sigue dando alegrías y la satisfacción de continuar aprendiendo y creciendo con invitadas que huyen de protagonismos, sintiéndose una más de la orquesta desde la cercanía que hace grande a todos.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)

Sinfonía nº 95 en do menor, Hob. I:95:

I. Allegro moderato
II. Andante

III. Menuet

IV. Vivace

KARL AMADEUS HARTMANN (1905-1963)

“Concierto fúnebre”:

I. Introducción. Largo
II. Adagio
III. Allegro di molto
IV. Choral. Langsamer Marsch

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto

IV. Allegro assai

Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas “Contrapunto de cámara: forma y significado” iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Desde Bremen, plurales y actuales

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Lunes 20 de abril, 19:30 horas. Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: XIII Primavera Barroca, CNDM Circuitos Oviedo: Marsyas Baroque: Musas y heroínas.

Prosigue la decimotercera Primavera Barroca ovetense en colaboración con el CNDM y con otra conferencia previa para este cuarto concierto, enfocada a estudiantes del Conservatorio Superior de Música de la capital y la Universidad de Oviedo, presentado nuevamente por el doctor Ramón Sobrino, que nos darían la leonesa Sara Johnson Huidobro (a quien recordé hace casi 13 años en Gijón cuando ya apuntaba maneras estudiando en Zaragoza) y la tarazonesa (o turiasoniense) María Carrasco Gil preparándonos el concierto posterior, y aclarándonos tanto el origen del nombre de este cuarteto germano español (dos a dos) residente en Bremen, sin olvidarse de quién era Marsias (un pastor, ora sileno, ora sátiro, cuya leyenda se sitúa en Frigia y considerado el “inventor” del aulós, opuesto a la flauta de Pan, y desafiando nada menos que al dios Apolo, lo que le llevó a morir desollado tras ser vencido en el duelo). Alternando el uso de la palabra nos  desgranarían un programa titulado “Musas y heroínas”, que se completaba perfectamente con las notas del especialista sevillano Pablo J. Vayón que además añade al título “… y artistas”.

Para este concierto, que ya interpretaron en Madrid el pasado enero, lo presentarían desde “La doble cara de la feminidad”: la mujer como arquetipo, alegoría o construcción poética, y la creación de la mujer como arquitecta de su propio discurso y gestora de su autonomía intelectual.

Se agruparon y analizaron las obras y su autoría en seis bloques:

I. “Construcciones de lo femenino: de la ninfa transformada a la palabra de la heroína”, donde estaban Jacob van Eyck y G. Ph. Telemann.

II. “El parnaso francés: El manifiesto de Marin Marais y Michel Blavet”, el barroco elegante especialmente para el clavecín tan distinto del alemán.

III. “Bayreuth como epicentro: El diálogo entre la soberana y la virtuosa” en referencia a las obras de Wilhelmine von Bayreuth y Anna Bon di Venezia (egresada del Ospedalle della Pietà).

IV. “Celdas y Salones: La doble geografía de la creación barroca” con Isabella Leonarda, Claudia Francesa Rusca y Élisabeth Jacquet de la Guerre.

V. “El enigma y la modernidad: De la identidad oculta a la vanguardia de Marsyas”, con esa probable compositora que firmaba como Mrs. Philarmonica, al estreno de la italiana Alessandra Bellino (Nápoles, 1970) de su obra dedicada al cuarteto, con explicación de Sara Johnson sobre un fragmento de la partitura y explicándonos que el clave con el que hoy tocaba no tenía el registro a solo de cuatro pies, que al faltarle la octava aguda no es tal como lo escribió la napolitana para los más actuales, pero sí con el resto de registros, incluyendo el de laúd; finalmente el

VI. “La Pietà: La profesionalidad de la alteridad” con Vivaldi formando a las alumnas del hospicio veneciano de donde salían jóvenes virtuosas y “donde la frontera entre práctica profesional y educación de vida resultó especialmente permeable” como refiere mi tocayo sevillano, y de donde también saldría Anna Bon di Venezia como una de las destacadas en la música de su tiempo y excelente alumna, hija de una soprano y de un libretista de ópera, que escribió mucha música para flauta, siendo una auténtica virtuosa que luego veremos relacionada con Guillermina de Prusia.

Tras tres cuartos de hora y una vez informados del origen de este original programa ejecutado en el orden que figura al final de esta entrada, con tiempo para un café y la necesaria afinación del conjunto, comenzaría con puntualidad británica el concierto de “Las cuatro de Bremen” y otra excelente entrada con todo vendido, lo que corrobora el éxito de este ciclo entre el público asturiano.

De G. Ph. Telemann (1681-1767) y su Sonata en trío para dos violines y bajo continuo en do mayor, serían María Carrasco Gil y Paula Pinn las solistas con ese cambio tímbrico sobre el original en los movimientos asociados a las musas y diosas, siendo la violinista quien nombraría a cada una (Xantippe, esposa de Sócrates, la ultrajada Lucretia, la poetisa Corinna, la valiente Clelia o la legen­daria Dido) en una interpretación bien conjuntada con el continuo de Konstanze Waidosch y Sara Johnson.

La Sonata para flauta y bajo continuo en la menor de Wilhelmine von Bayreuth en tres movimientos (I. Affettuoso – II. Allegro – III. Presto) nos traería el dúo de la leonesa y la alemana que iría alternando a lo largo del concierto las distintas flautas de pico apropiadas a las tonalidades, virtuosa en los movimientos rápidos y con excelentes fraseos en los lentos. Interesante saber que la compositora es Guillermina de Prusia, her­mana de Federico el Grande y margravina de Bayreuth, donde, entre otras cosas, dejó un precioso teatro que sigue en pleno uso y donde Marsyas Baroque también actuaron, la procedencia noble y la ya citada Anna Bon di Venezia, que fue nombrada en 1756, con solo dieciséis años, virtuosa di musica di came­ra en la corte del margrave, cuando a Guillermina le quedaban dos años de vida, como nos cuenta en las notas mi tocayo sevillano.

Si en Telemann uno de los violines fue flauta, en el Divertimento para dos traversos y bajo continuo en re menor, op. 3, nº 3 (de los “Sei divertimenti”) de la alumna veneciana, el violín respiró y cantó con la misma intención que en el compositor del Sacro Imperio Romano Germánico, con un cuarteto bien ensamblado y de balances difíciles por las distintas dinámicas de cuatro instrumentos que lograron buscar un buen “sonare”.

Para las obras siguientes cambiarían la ubicación primera permutando violín y chelo tras presentar Sara Johnson el siguiente bloque, volver a explicar las características del clave ovetense, el diálogo Blavet-Rameau con un bello dúo de cello y flauta, donde las musas son invocadas genéricamente, más la obra de la napolitana Alesandra Bellino presente en la sala, que estrenasen en Madrid y tiene la originalidad de escribir música actual para esta formación instrumental barroca en este universo femenino. Paula Pinn elegiría la flauta soprano más aguda de su “arsenal” (hasta seis usaría) y el cuarteto interpretó esta partitura llena de disonancias, tímbricas extremas y uno uso de cada instrumento “rompedor” para ellos y plenamente innovador. Partitura inspirada en la mitología y en las sonoridades históricas, establece un diálogo contemporáneo con los siglos XVII y XVIII, reafirmando la vigencia creativa de los referentes femeninos y la capacidad del repertorio antiguo para inspirar nuevas lecturas precisamente por la sonoridad buscada en este rendido homenaje al gran maestro Luigi Dallapiccola celebrando el cincuenta aniversario de su muerte.

Tras la explosiva obra el “remanso” del clave solo y elegante de Élisabeth Jacquet de La Guerre , de biografía interesante pues fue niña prodigio admirada por todos, que acabó instalándose en París con su marido -el organista Marin de La Guerre– y lo hizo como compositora libre llegando a publicar colecciones de música para violín y clave, abriendo un salón de formidable éxito social. Criada en Versalles allí coincidiría con Marin Marais, y de él escuchamos dos movimientos de la Suite a tres en sol menor (1692), pues además del conocido legado para la viola, es autor de una colección menos conocida de tríos como el que disfrutamos, manteniendo la colocación y retomando una flauta contralto, con una buena combinación y alternancia de dúos y tutti que cerrarían la primera parte de estas barrocas.

Abriría la segunda parte la flauta soprano sola de Paula Pinn con una de las diferencias sobre “Doen Daphne d’over schoone Maeght” de Jacob van Eyck (ca. 1590-1657), el carillonero ciego de Utrecht, donde se retrata la belleza proverbial de Dafne -la ninfa deseada por Apolo y trans­formada en laurel- como explica en las notas al programa Pablo J. Vayón, para proseguir con la procedencia conventual de Claudia Francesca Rusca y su Canzon prima à 4 ‘La Borromea’ (de Sacri concerti a 1-5 con salmi e canzoni francesi) ya con el cuarteto al completo.

Llegaría el momento del lucimiento de la española María Carrasco al violín con la Sonata para violín y bajo continuo, op. 16, nº12 de la monja ursulina, organista, cantante y prolífica compositora italiana Isabella Leonarda, la primera mujer en publicar una colección de sonatas arrancando con el clave para sumarse el cello en el cambio de tempo.

Esquiva a los historiadores y sin saber su sexo real, Mrs. Philarmonica dejó en Londres un par de publicaciones para violín y de su Sonata terza para dos violines, violonchelo y bajo continuo en sol menor (de la Sonate a due violini…, prima parte, 1715) escuchamos sus cuatro movimientos (I. Largo – II. Vivace – III. Lento – IV. Tempo giusto) donde nuevamente la flauta “hizo de violín” con todas las dificultades de los ornamentos, el virtuosismo del Vivace o el excelente diálogo con el violín en una interpretación de altura por parte igualmente del bajo continuo (siempre impecable Konstanza Waidosch).

Y nadie mejor para finalizar que Il Prete Rosso con uno de sus conciertos de cáma­ra: el Concierto para flauta de pico, violín, violonchelo y bajo continuo en re mayor, RV 92 para disfrutar de una inspirada Paula Pinn bien arropada por sus tres compañeras, los movimientos rápidos vertiginosos más el intermedio que pese a no indicarse el tempo, como ya habían explicado en la conferencia, toman los motivos escritos por Vivaldi que se han utilizado en otros conciertos para violín como el “Per Anna Maria”, del que el cuarteto toma parte de los motivos del veneciano.

Sin entrar ya en musas aunque sí fueron “heroínas y artistas”, el regalo de una danza virtuosa para otra flauta y Marsyas Baroque: «Ballo detto Pollicio»de Tarquinio Merula (ca. 1595-1665), agradecidas tanto al CNDM como a todo el personal del Auditorio de Oviedo y la mejor recompensa de una ovación cerrada en este nuevo concierto primaveral de la capital asturiana a la que aún quedan dos más.

PROGRAMA:

Georg Philipp TELEMANN (1681-1767)
Sonata en trío para dos violines y bajo continuo en do mayor, TWV 42:C1 (ca. 1728).

I. Introduzione. Grave. Vivace. Andante. Vivace – II. Andante. Vivace – III. Xantippe – IV. Lucretia. Largo – V. Corinna – VI. Clelia. Spirituoso – VII. Dido. Triste. Disperato

Wilhelmine von BAYREUTH (1709-1758)
Sonata para flauta y bajo continuo en la menor

I. Affettuoso II. Allegro III. Presto

Anna Bon di VENEZIA (ca. 1738-1765)
Divertimento para dos traversos y bajo continuo en re menor, op. 3, nº 3 (Sei divertimenti, 1759):

I. Andantino – II. Allegro – III. Presto.

Michel BLAVET (1700-1768) / Jean-Philippe RAMEAU (1683-1764)

De la Suite en E, si, mi (Troisième recueil de pièces):

V. L’entretien des muses-Gracieux

Alessandra BELLINO (1970)

Marsýas * (2025)

Élisabeth JACQUET DE LA GUERRE (1665-1729)

De la Suite para clave solo en sol menor (Les pièces de clavecin, premier livre, 1687):

I. Prélude

Marin MARAIS (1656-1728)

De la Suite à trois en sol mineur (Pièces en trio, 1692):

X. Plainte XI. Passacaille

II

Jacob van EYCK (ca. 1590-1657)

De Der Fluyten Lust-Hof (1644):

Diferencias sobre ‘Doen Daphne d’over schoone Maeght’

Claudia Francesca RUSCA (1593-1676)

De Sacri concerti a 1-5 con salmi e canzoni francesi (1630):

Canzon prima à 4 ‘La Borromea’

Isabella LEONARDA (1620-1704)

Sonata para violín y bajo continuo, op. 16, nº 12 (1693)

Mrs. PHILARMONICA (fl. 1715)

Sonata terza para dos violines, violonchelo y bajo continuo en sol menor (Sonate a due violini…, prima parte, 1715):

I. Largo – II. Vivace – III. Lento – IV. Tempo giusto

Antonio VIVALDI (1678-1741)

Concierto para flauta de pico, violín, violonchelo y bajo continuo en re mayor, RV 92 (1720-1724):

I. Allegro – II. [Sin indicación] – III. Allegro

* Estreno absoluto

MARSYAS BAROQUE

Paula Pinn, FLAUTAS DE PICO:

María Carrasco Gil, VIOLÍN BARROCO:

Konstanze Waidosch, VIOLONCHELO  – BARROCO:

Sara Johnson Huidobro, CLAVE:

Recordando a Bartók en Oviedo

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Miércoles 8 de abril, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Dénes Várjon. Obras de B. Marcello, D. Scarlatti, della Ciaja,  Kodály y Bartók.

No está nunca de más recordar que Oviedo es parada obligatoria de las grandes figuras musicales desde hace muchas décadas. Esta vez llegaba al auditorio, dentro de las jornadas que llevan el nombre del siempre recordado Luis Gracia Iberni (1964-2007), el pianista  húngaro Dénes Várjon (Budapest, 1968) que recordaría y casi repetiría el concierto de su compatriota en 1931 (entonces su tercera visita a la Península Ibérica e invitado por Manuel de Falla para tocar en Granada), aunque finalmente aquella gira sólo pasaría por Barcelona, San Sebastián y Oviedo, además de Lisboa.

El siempre recordado Adolfo Casaprima Collera (1961-2024) en el libro “Una vida para la música: Historia de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, 1907-1994”, dedica un apartado titulado ‘Bartók y su poético ayudante’ (pág. 110 y ss.) donde refiere que «La epidemia de gripe que invade España preocupa sobremanera a los directivos de la Sociedad Filarmónica al inicial la temporada de 1931. Han recibido un telegrama en el que se les anuncia que el compositor Béla Bartok, que debe actuar en el Campoamor el día 31 de enero, se ha contagiado con la enfermedad. Afortunadamente, se recupera rápido y el músico húngaro tan solo retrasa su comparecencia al 3 de febrero, desestimando anular sus citar españolas, como le propone su representante». Llegaba en la cúspide de su carrera y las notas al programa de mano las escribió Adolfo Salazar, con un lleno en el coliseo carbayón de público venido de todas partes, y entre el que estaba Gerardo Diego, apasionado por la música y gran aficionado al piano, acompañado por el pintor gijonés Nicanor Piñole, siendo de destacar que el poeta se llegó a cartear con el húngaro de quien aseguró que “con Ravel, Falla y Stravinsky, forman cuatro puntos cardinales de la música moderna (…) Bartók es el Norte, el punto donde convergen las dos tendencias opuestas”. A Oviedo Bartók llegaría como pianista además de acompañar a la cantante Marie-France de Montaut, solista de los conciertos del Conservatorio de París.

Parte de esta historia también la refleja László Stachó, musicólogo, psicólogo, pianista, profesor titular e investigador principal en la Academia de Música Liszt de Budapest cuyas notas al programa para la Fundación March se incluyen en el programa de mano ovetense, pues La March dedicó un “Ciclo de miércoles” titulado “Perspectivas bartokianas” del 17 de enero al 7 de febrero de  en 2024, donde Dénes Várjon estaba anunciado y hubo de cancelar por enfermedad (desconozco si también una gripe al igual que su compatriota) pero que en Oviedo hemos podido disfrutar como entonces.

Del extenso programa de la fundación madrileña (dejo el enlace así como arriba la portada del diseñador mierense Alfredo Casasola), el propio László Stachó hace una introducción al mundo de Bartók, «compositor, pianista (no uno cualquiera, sino un verdadero virtuoso de su instrumento) e investigador de la música folclórica», y en las notas al programa disecciona las obras que Dénes Várjon nos interpretaría en un auditorio con apenas público, que parece volver a 1931 cuando la crítica del periódico La Voz de Asturias explicaba: “(…) una ola de extrañeza y respeto cruzaba la sala. Alguien suspiraba por los dioses de Beethoven, de Mozart” para finalizar que al menos el crítico se alegraba por “este público está dando en nuestra Sociedad, sino una nota de fina comprensión, al menos una nota de franco respeto y resignación, lo cual no es poco”.

Como entonces, en este abril de 2026 el concierto comenzaba con transcripciones que el propio Bartók realizó de las sonatas en si bemol mayor de Benedetto Marcello (1686-1739), y la Canzone de la opus 4 nº 1 de Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755), «obras para piano típicamente románticas que recuerdan a las transcripciones de Bach realizadas por Ferruccio Busoni (y otros contemporáneos), con una mayor densidad de la textura musical (octavas dobladas, acordes con más notas)» con las partituras en el atril que Várjon ejecutó con una técnica impecable, de ataques precisos, un pedal muy medido para saborear el enfoque virtuosístico que estas dos sonatas esconden aunque no con la profundidad de las dos siguientes de Domenico Scarlatti (1685-1757) ejecutadas sin pausas: la K 427 en sol mayor, y la K 537 en la tonalidad de la mayor. Impecable su técnica y sonoridad amplia, el acercamiento que hoy en día están haciendo muchos pianistas al repertorio de clave con la grandiosidad de las 88 teclas y una digitación cristalina emulando la cuerda pinzada, pero con la tímbrica poderosa del piano. Bartók conocía la edición completa de Scarlatti preparada por Alessandro Longo en 1906 y hasta dejó grabadas las cuatro, con estas dos elegidas por Várjon.

Lo mejor llegaría con las Danzas de Marosszék de Zoltán Kodály (1882-1967), probablemente su obra de mayor envergadura. Cercano amigo personal, aliado y compañero de Bartók en la lucha por la renovación de la música húngara. Béla Bartók fue un fiel defensor de las composiciones de su colega, y estas danzas las interpretaría con mucha asiduidad, que como escribe Stachó «tan solo en 1930-1931 la tocó docenas de veces». Para todo pianista es un reto por las dificultades que entraña desde una sonoridad tan rotunda que la orquestación del propio Kodály forma parte del repertorio sinfónico de las grandes formaciones. Várjon sacó de un Steinway© perfectamente afinado todo el abanico tímbrico y el empuje rítmico de estas antiguas danzas folclóricas húngaras, bellas y cercanas pese a la geografía, siempre con unas dinámicas amplias y el conocimiento profundo de esta compleja partitura que el Profesor Várjon interpretó de memoria, sobrio y brillante.

Bartók ocuparía toda la segunda parte con un “muestrario” donde reflejar no ya el virtuosismo que todos conocemos -y hemos podido escuchar en grabaciones históricas- sino del nuevo lenguaje del siglo XX inspirado en los folclores de su tierra (Hungría, Rumanía y Eslovaquia) desde el conocimiento como pianista de los grandes que también interpretaba (Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Richard Strauss o Debussy), para  integrarlos en su estilo propio e inconfundible tras las enseñanzas de la Academia Liszt de Budapest bebiendo de las fuentes directas, como el citado László Stachó y nuestro Dénes Várjon.

Imposible describir el derroche pianístico del húngaro, la fidelidad y conocimiento profundo de cada partitura, la búsqueda de los sonidos precisos, las danzas y hasta los ambientes (las “Gaitas” de la última de las Quince canciones campesinas húngaras fueron casi literales incluso en el roncón).

No solo este ambiente campesino, directo o inspirado, también la grandeza y explosión del Allegro barbaro, o la expresividad del “Atardecer en Transilvania», la impecable Suite para piano, op. 14 con cuatro movimientos delineados y esculpidos, una mano izquierda siempre poderosa y precisa, con profusión de distintos ataques para encontrar el sonido ideal.

Las Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20 fueron un nuevo catálogo interpretativo y clase maestra de la técnica al servicio de la música, lo cantabile siempre presente y lo «accesorio» en su plano, con un juego variable en cada tempi donde la indicación “rubato” fue magistral y lo caprichoso entendido como alegría y regocijo recreando música de su tierra.

Éxito de Dénes Várjon que para deleite pianístico nos regalaría un Schumann modélico en todo. De sus «Escenas de niños» (Kinderszenen, Op.15) y como queriendo cerrar otro acercamiento romántico desde “su” Academia en Budapest, la primera Von fremden Ländern und Menschen (Extraños países y personas) y la última Der Dichter spricht (El poeta habla), elección precisa y sentida donde Bartók volvía a Oviedo 95 años después con el piano de su compatriota.

Parte I

Benedetto Marcello (1686-1739)

Sonata en si bemol mayor, SF 742 (transcripción de Béla Bartók):

Lento
Allegro ma non troppo

Allegro
Maestoso

Domenico Scarlatti (1685-1757)

Sonata en sol mayor, K 427

Sonata en la mayor, K 537

Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755)

Canzone (Sonata en sol mayor, op. 4 nº 1, transcripción de Béla Bartók)

Zoltán Kodály (1882-1967)

Danzas de Marosszék

Parte II

Béla Bartók (1881-1945)

Quince canciones campesinas húngaras, BB 79 (Sz 71) (1881-1945) (selección):

6. Ballade – Tema con variazioni. Andante (Angoli Borbála…)

7-15. Antiguas melodías de danza

7. Allegro (Arra gyere, amőrre én…)

8. Allegretto (Fölmentem a szilvafára…)

9. Allegretto (Erre kakas, erre tyúk…)

10. L’istessotempo(Zölderdőbenaprücsök…)

11. Assai moderato (Nem vagy legény, nem vagy…)

12. Allegretto (Beteg asszony, fáradt legény…)

13. Pocopiùvivo(Sárilovam,afakó…)

14. Allegro (Ësszegyültek, ësszegyültek az izsapi lányok…)

15. Allegro [Gaitas]

Suite para piano, op. 14, BB 70 (Sz 62):

Allegretto

Scherzo

Allegro molto

Sostenuto

Allegro barbaro, BB 63 (Sz 49)

Este a székelyeknél [Atardecer en Transilvania] (Diez piezas fáciles, BB 51 [Sz 39])

Allegro vivace (Dos danzas rumanas, op. 8a, BB 56 [Sz 43])

Tres canciones populares húngaras del distrito de Csík, BB 45b (Sz 35a):

Rubato

L’istesso tempo

Poco vivo

Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20, BB 83 (Sz 74):

Molto moderato

Molto capriccioso

Lento, rubato

Allegretto scherzando

Allegro molto

Allegro moderato, molto capriccioso

Sostenuto, rubato

Allegro

Pulcritud coral

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Lunes 30 de marzo, 20:00 horas. Catedral de San Salvador, Oviedo: “Crucifixus”, Concierto de Semana Santa. Coro “El León de Oro” (LDO), Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Lotti, Victoria, Donati y Pizzetti. Fotos de Beatriz Montes y propias.

En la presentación de este concierto sacro, el coro “El León de Oro” (LDO) dentro de su propia temporada (de los pocos que la tienen) nos describen lo que escucharíamos este Lunes Santo en la Sancta Ovetensis con un lleno increíble y colas que rodeaban la plaza de Alfonso II hasta la capilla de La Balesquida media hora antes:

«El programa que presenta El León de Oro en la Catedral de Oviedo se inscribe plenamente en el espíritu de la Semana Santa, como un recorrido sonoro por la oscuridad, el dolor y la esperanza que atraviesan estos días. En él se respira, además, un marcado ambiente italiano, que conecta distintas generaciones y estéticas: desde Antonio Lotti hasta Lorenzo Donati e Ildebrando Pizzetti, sin olvidar a Tomás Luis de Victoria, cuya profunda vinculación con Italia —donde vivió y se formó— se refleja en la intensidad expresiva de su música.

A través de este diálogo entre tradición y contemporaneidad, el programa traza un itinerario que transita desde las tinieblas hacia la trascendencia. En este contexto, la interpretación de la Messa di Requiem de Pizzetti se erige como el eje central del concierto: una obra de extraordinaria belleza y profunda espiritualidad, muy poco frecuente en los escenarios. Su inclusión supone una apuesta artística valiente que invita a la escucha atenta y al recogimiento, en perfecta sintonía con el carácter introspectivo y meditativo de la Semana Santa».

Si algo identifica al coro asturiano, uno de los más laureados en España y con casi tres décadas de trayectoria, es la impecable organización de cada concierto, con una versatilidad al alcance de muy pocas formaciones corales amateurs, y que conjugan tradición e innovación con una plantilla de geometría variable que le permite tan amplio repertorio (desde el Renacimiento a las llamadas vanguardias actuales). Y nuevamente volvieron a acertar en elección y calidad con el éxito de un público fiel que crece en cada aparición de los gozoniegos. En el IV Festival AtriumMusicae de Cáceres cautivaron a medianoche en su Concatedral con el Officium Defuntorum de Victoria junto a la Schola Antiqva, y a primera hora del día siguiente asombraron con parte de este programa que disfrutamos este penúltimo día de marzo. Incluso en el Niemeyer volvieron a cantar parte de un Donati que ya es «fondo coral» de los gozoniegos.

La magia coral se repitió nuevamente en Lunes Santo (como el pasado año), con la acústica catedralicia que ayuda y no perdona, pero LDO no conocen las dificultades. Afinación perfecta, concentración total para unas entradas seguras, matices extremos sin importar la tesitura, finales precisos y cada partitura un dechado de belleza coral aunque la temática de este “Crucifixus” pareciera oscura. Pero resultó contenida, brillante, sin estruendos, empaste entre las cuerdas impecable, las asombrosas sopranos de agudos casi imposibles siempre limpios y fraseados, los bajos que cimentan hasta las profundidades cada templo sonoro, los contrastes de unas contraltos que enriquecen el color, y los tenores que van rejuveneciendo desde la cantera para completar una tímbrica de coro uniforme, compacta y expresiva a más no poder.

Abría el concierto el Crucifixus (a 8) de A. Lotti, con una acústica que multiplica presencia y realza las líneas de claroscuros para esta página conmovedora, herencia directa del Maestro Peter Phillips.

Alternar a Victoria con Donati es otra apuesta arriesgada, y acertada, de Marco A. García de Paz que los “enfrenta” por temática y aúna en esta visión doble de la polifonía eterna. Las tinieblas del abulense y la interiorización del italiano, el Renacimiento del “tactus” que tan bien conocen “los leones” más lo abrupto de nuestro tiempo hecho música. El Caligaverunt oculi mei a cuatro voces mixtas (de su Oficio de Tinieblas), arrancó unos tímidos aplausos por su magna interpretación que no rompieron la continuidad con las tinieblas de Donati. Todo un despliegue de voces siempre equilibradas, de disonancias afinadas, todas las cuerdas entregadas, llevadas con la expresividad de las manos maestras y la respuesta justa a cada indicación, con las campanas de Las Pelayas sonando de fondo.

Reubicando las voces con las blancas a la izquierda y graves a la derecha llegaría la impresionante Messa di Requiem (1923) de Ildebrando Pizzetti (1880–1968), una obra que muestra la influencia de los compositores polifónicos de los siglos XV y XVI, todo un descubrimiento por parte de LDO y Marco que mantienen toda la solemnidad de la liturgia en latín con esa herencia polifónica llena de “guiños” históricos que son como la propia historia del coro, más las aportaciones de unas disonancias siempre bellas, de sonidos esculpidos por las distintas voces de los luanquinos. Un Réquiem de dinámicas asombrosas, desde un perfecto unísono contraltos-bajos quasi gregoriano; el poderoso Dies Irae medieval «vistiéndose» actual con las contestaciones rítmicas y melódicas sin apenas palabras; el vibrante Sanctus de armonías espectaculares, sustentadas por unos bajos tenidos mientras las voces agudas nos elevan a las alturas que Victoria ubicó en el infinito y las sopranos iluminando al parmesano, verdadera explosión vocal frente a la espiritualidad contrapuntística; el Agnus Dei suplicante y ese final «liberador» marcando el carácter de cada sílaba, de cada frase, tejiendo un manto sonoro acogido con una atronadora ovación.

No faltó el regalo de bisar el Sanctus para esta misa (entendida incluso como puesta en escena) esperanzadora donde LDO siguen conmoviendo, asombrando y enamorando.

¡Hosanna Leones!

PROGRAMA:

Antonio Lotti (1667–1740):

Crucifixus (a 8)

Tomás Luis de Victoria (1548–1611):

O vos omnes (SSAT)

Lorenzo Donati (1972):

Davanti alle tenebre

Tomás Luis de Victoria:

Tenebrae factae sunt (SSAT)

Lorenzo Donati:

Dentro alle tenebre

Tomás Luis de Victoria:

Caligaverunt oculi mei (SATB)

Lorenzo Donati:

Oltre le tenebre

Ildebrando Pizzetti (1880–1968):

Messa di Requiem, 1923.

I. Requiem aeternam

II. Dies irae

III. Sanctus

IV.Agnus Dei

V. Libera me

Angustia y Enigma

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Viernes 27 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono 11 «Enigma»: Lidya Teuscher (soprano), Marta Infante (mezzo), Gavan Ring (tenor), Jan Antem (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Matthew Halls (director). Obras de Haydn y Elgar.

Viernes de dolor para cerrar marzo y abrir una Semana Santa donde la música no puede faltarnos, y un programa donde se mezclaban angustia y enigma. Los encuentros previos a las 19:15 horas van congregando  más aficionados que no queremos perder los detalles que no están en las notas al programa y enriquecen la escucha posterior. Y esta vez el británico Matthew Halls, actual director de la orquesta finlandesa Tampere Filharmonia acercaría no ya las dos obras con sus autores sino la forma de enfrentarse a las orquestas donde le invitan.

Es cierto que en la actualidad encontramos muchas batutas titulares al frente de varias orquestas, una exigencia tanto para las formaciones como para los directores, y aunque el maestro Halls suele estar invitado por muchas, comentaba que su esposa le agradecía ser solamente titular en Tampere (Finlandia), caracteres nórdicos totalmente opuestos a los españoles, pero que como buen británico está «en medio» para sacar en cada momento lo mejor de cada partitura, pues su objetivo no es el de que haya una «marca orquestal» (algo que con la globalidad se ha perdido) sino que los músicos interpreten las obras según el estilo de los compositores, como así lo demostraría con Haydn y Elgar.

No conocer la historia puede condenarnos a repetirla, y escuchar el origen de la Missa in Angustiis (“Nelson Mass”) de Haydn es trazar paralelismos entre aquellos tiempos convulsos del Imperio Austro-húngaro: Napoleón intentando conquistar Egipto y el inglés Nelson en defensa de los intereses del Imperio Británico, las tropas napoleónicas cruzando los Alpes amenazando Viena por vez primera, con la ciudad festejando la aplastante victoria del entonces contraalmirante británico Horatio Nelson en la Batalla del Nilo. Tiempos angustiosos que dan lugar a obras maestras. Las notas al programa de Álvaro Flores Coleto completan la historia de esta misa, que como curiosidad más que confirmación, el propio Horatio Nelson escuchó el estreno tras visitar al príncipe Esterházy pidiendo quedarse con la copia firmada por Haydn, un militar que leía música y la leía en sus momentos de relax.

Franz Joseph Haydn (1732 – 1809) se encontraba en Viena en 1795 tras su triunfante periplo londinense, pero el trabajo y los viajes ya le pesaban, y a sus 63 años regresa a su ciudad, donde Nicolás II -sucesor de los Esterházy- quería rehabilitar el antiguo esplendor de la capilla musical familiar, para situar de nuevo a «papá Haydn». Aceptado el cargo llegaron los encargos de una serie de misas para celebrar anualmente el onomástico de María Josefa Hermenegilda de Liechtenstein, esposa del príncipe. Guardo muchas versiones de estas joyas y aquí está el origen de la Missa in angustiis (estrenada en septiembre de 1798) con la que alcanzaría altas cotas de depuración del género.

Con una plantilla tanto coral como orquestal más «romántica» que históricamente informada, en la línea de la que he estado escuchando en casa se abría este undécimo abono con un cuarteto solista algo desigual:

La soprano alemana Lidya Teuscher (sustituyendo a Lucy Crowe que canceló por enfermedad, de nuevo agradeciendo la prontitud en encontrar sustituta) fue lo mejor de esta misa ya desde el Kyrie inicial, luciendo una proyección y volumen excelentes, una línea de canto expresiva, un empaste en los concertantes y una dicción clara. En el rápido «Quoniam tu solus sanctus» del Gloria con el coro su voz fluía limpia y amplia, incluso en el Amen con el resto del cuarteto solista. Bellísimo el «Et incarnatus» del Credo, con una orquesta mimando tanto el tempo Largo como un coro bien matizado donde Matthew Halls llevó con sus manos la expresividad de todos.

Las partes de mezzo no son muy «agradecidas» en esta misa, y la ilerdense Marta Infante empastó muy bien pero en esta «versión poderosa» el empuje sonoro no permitió apreciar su  hermoso color, con un volumen que quedó demasiado tapado. Al menos en el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi» disfrutamos el arranque y buen empaste con la soprano alemana.

El tenor irlandés Gavan Ring posee la voz deseada en estas obras sinfónico-corales, aunque forzando una presencia no siempre protagonista, pero al menos el color resultó ideal sobre todo con el joven barítono catalán Jan Antem (1998), que los años acabarán dándole más cuerpo, proyección y volumen, pues musicalidad la tiene y en su solo inicial del «Qui tollis peccata mundi» así lo demostró, bien mimado por Halls siempre atento a los matices y tempi (sin poder disfrutar un sonido más presente del órgano) con soprano y coro.

El Coro de la FPA que dirige hace año mi querido compañero Pepu, llevaba tiempo sin escucharle, y en estos repertorios luce por cantidad y calidad. No tengo a mano cuándo cantaron otra vez esta «Misa Nelson» (la culpable de mis adquisiciones discográficas como la que puse arriba), supongo que a finales de los años 80, pero el tiempo acaba dando peso y poso a todos. Sin contar el número, pienso que entorno a 70 voces (con reparto 40-30 entre blancas y graves), volvió a mostrar lo mejor de sus cuerdas, especialmente las sopranos que en los difíciles agudos nunca sonaron  forzadas aunque el balance sea a su favor. Muy matizado en los pianos (impecable el inicio en Adagio del «Benedictus qui venit»), equilibrado en dinámicas con los solistas, vocalidad precisa en los pasajes fugados («Credo in unum Deum»), entradas seguras incluso en los diferentes cambios de tempi o compás (desde el Amen del Vivace en el Credo al inicio del Sanctus), y con el volumen necesario y ajustado en los tutti, de nuevo con las manos maestras de Halls que le llevaron, junto a la OSPA, por esos momentos donde Haydn conjuga espiritualidad, tristeza, recogimiento, alegría y orgullo patrio.

Centrándome en la orquesta asturiana, con una plantilla «engordada» e inmensa para esta misa clásica, la cuerda (hoy de nuevo comandada por Pablo Suárez como concertino invitado) sonó aterciopelada en su momento, intensa y clara en los allegri, el inicio del «Osanna in excelsis» en el Benedictus, llevando a soprano y coro en volandas, maderas devolviéndonos los primeros atriles habituales, metales «orgánicos» por tímbrica y presencia, más los timbales clásicos de cobre, pero una lástima el órgano eléctrico que no se escuchó en ningún momento (tampoco en Elgar). Si como nos avanzaba el director británico que buscaba el estilo, pese a esta versión tan habitual en mis jóvenes años 80, al menos con estos mimbres se tejió una interpretación notable donde la sonoridad pletórica primó sobre una que hubiésemos preferido con la mitad de efectivos, más cercana tanto al Clasicismo como al espíritu de esta «Misa Nelson«.

Hace años que comento lo bien que le sientan a la OSPA los directores británicos que logran esa sonoridad que se está perdiendo. Cuando Radio Clásica grababa los conciertos para emitirlos posteriormente, tenía el humor de escucharlos en la entonces primera TDT, grabarlos en el ordenador para después pasarlos y guardarlos en CD. Buscando al llegar a casa me encontré con dos magníficas batutas allá por 2009: Adrian Leaper (con la obertura Cocaigne ¡de Elgar!) y Howard Griffiths (Mendelssohn, Schumann, Bach y la «Sinfonía Inglesa» de Dvorak). Estaba claro que con Matthew Halls volvería ese sonido «british» que la OSPA atesora y sólo unos pocos saben sacar a flote. Si el inglés en el encuentro previo nos ubicó perfectamente a su compatriota Elgar desde su modestia y poca popularidad, el «Enigma» quedó resuelto desde el Andante y cada uno de las catorce «variaciones» fueron descifrándose casi como la propia máquina que tanto ayudó en la Segunda Guerra Mundial a derrotar el nazismo, un enlace histórico de angustias con final feliz que todos esperamos discurran igual de satisfactorias en estos tiempos que no queremos ni debemos repetir.

Si puedo buscar calificativos a ese touch of class sinfónico con el que tantos hemos crecido, el sonido es una mezcla de aterciopelado, sedoso, brillante y «nebuloso», de líneas bien definidas en cada sección con unas dinámicas amplias, «pomposo» por momentos casi ceremoniales, y con un equilibrio (lo llamo balance) donde el primer plano protagonista no quede opacado por una globalidad que debe cuidar cada matiz, unido a una expresividad que solo se encuentra con el sonido correcto que el compositor busca. Elgar con sus Variaciones Enigma, op. 36 es perfecto para poder encontrar todo ello, por cercanía climatológica o de paisaje, tal vez con el trasfondo estudiantil inglés de muchos músicos de la OSPA, y aunque parte del público se fuese al descanso (nunca no lo entenderé) o incluso un teléfono volviese a sonar en el peor momento (se cumple la «Ley de Murphy» con penitencia exigida al usuario para que esta Semana Santa escuche completa la Tetralogía wagneriana ¡más el Parsifal!), este Enigma sacó lo mejor de nuestra orquesta, casi 35 años de viaje, hoy caminando de las manos de un Matthew Halls, gestos claros, amplios, cercanos, esculpiendo sonido y tiempo, dejando disfrutar de los primeros atriles (bravos von Pfeil, Alamá y el «recuperado» Andreas), pausas tan expresivas como la propia música de Elgar, o perlas engarzadas con primor del «W.N. Allegretto» (variación VIII) con el IX. Nimrod que siempre me conmueve. Brillantes todos y broncíneos los metales con ese «E.D.U.» final que sigue sonando esperanzador, británico y dejándonos otro «Viernes de Dolor» pleno de emociones.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809)

Missa in Angustiis (“Nelson Mass”), Hob. XXII:11:

I. Kyrie

II. Gloria

III. Credo

IV. Sanctus

V. Benedictus

VI. Agnus Dei

EDWARD ELGAR (1857 – 1934)

Variaciones Enigma, op. 36

Enigma: Andante

Variaciones:
I. «C.A.E.» L’istesso tempo

II. «H.D.S.- P.» Allegro

III. «R.B.T.» Allegretto

IV. «W.M.B.» Allegro di molto

V. «R.P.A.» Moderato

VI. «Ysobel» Andantino

VII. «Troyte» Presto

VIII. «W.N.» Allegretto

IX. «Nimrod» Moderato

X. «Dorabella – Intermezzo» Allegretto

XI. «G.R.S.» Allegro di molto

XII. «B.G.N.» Andante

XIII. «*** – Romanza» Moderato

XIV. «E.D.U.» – Finale

El piano danzante

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Crítica para LNE de lunes 9, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

En Praga está la famosa “Casa Danzante” del arquitecto Frank Gehry (en realidad son dos edificios, también conocidos como “Fred y Ginger”, la famosa pareja de bailarines de Hollywood) en colaboración con el checo Vlado Milunić, un polémico proyecto para el que ambos arquitectos gozaron de total libertad artística. La misma libertad del pianista canadiense Jan Lisiecki para organizar un programa ecléctico y nada habitual titulado “Mundo de danza”, toda una guía musical de viajes por Europa con dos pequeños saltos hasta Argentina, una mezcla de valses, mazurkas, polonesas y tangos, música popular que también se traslada al ballet aunque en el piano todo adquiera una dimensión menos bailable pero más universal, usando distintos elementos que conformaron un edificio sonoro de lo más agradecido para el numeroso y variado público que acudió hasta el auditorio ovetense, tras su concierto en el Palau catalán el pasado jueves, únicas paradas españolas en esta nueva gira.

De las dos partes en las que el canadiense organizó este concierto, la primera parecía una suma de lo que ahora se llaman “encores” -yo sigo diciendo propinas-, seis conjuntos de piezas breves de seis autores bajo el título de danzas, mezclando romanticismo y nacionalismo con aires normalmente ligeros donde disfrutar del virtuosismo del aún joven Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) que lleva desde su más tierna infancia delante de las 88 teclas, de técnica asombrosa pero aún con el ímpetu que le hace transitar por tempos algo precipitados junto a los más aposentados y emotivos lentos imposibles de danzar.

Abría el recital con las “Tres danzas checas” de B. Martinů, temperamentales y de complejas armonías y ritmos que el canadiense llenó de colorido, especialmente en la Polka tercera. Sin pausa ni aplausos (igual en las dos partes) llegaría el homenaje a Falla (150 años de su nacimiento y 80 de su muerte) con las dos primeras “Danzas españolas” de “La vida breve”, la segunda sugerente por sus contrastes sonoros y dinámicas ricas, más una primera algo atolondrada pero igual de luminosa. Lisiecki es de origen polaco y se nota por cómo entendió las “Cuatro danzas polacas” de Szymanowski, exhuberantes y jugando con los tempi y sus acotaciones de aire, desde ese aire chopiniano (que llenaría la segunda parte). Las poco escuchadas “Dieciséis danzas alemanas D 783” de Schubert fueron más vienesas que germanas, de melodías bien fraseadas ejecutadas con la elegancia típica del pianista.

Retornaba la arquitectura nacionalista con Bartók y sus coloridas “Danzas populares rumanas Sz 56″, una suite  de seis páginas mezclando vértigo y calma de la tercera (“En el lugar”) donde poder paladear el pianismo delicado despojado de ornamentos, el más interesante de Lisiecki. Algo similar con las famosas “Danzas argentinas op. 2” de Ginastera, tres aires evocadores y coloristas donde la intermedia, “Danza de la moza donosa”, fue delicada sutileza entre las otras dos tan explosivas y virtuosas, en un auténtico arrebato rítmico que cerraba casi una hora de lo más intensa.

Para la segunda parte sería la música de Chopin la que nos llegó al alma, mostrando más poso desde una técnica al servicio de cada partitura. El “Gran Vals Brillante”, los dos valses Opus 34, con un “Lento” enlazado con el Opus 39 nº 15 de Brahms de suma delicadeza (primero sonaría su Opus 39 nº 3), con amplias dinámicas y sonoridad de un Steinway© que parecía otro, llenando toda la sala desde los pianissimi a las fff. El Chopin de Lisiecki es poético, personal, sentido, posado, antes de la sexta “Polonesa Heróica”con la que finalizaría el concierto, todo un derroche técnico de tempi prodigiosos, temperamental y con una ejecución potente (aunque “pise” alguna tecla como ya sucediese en el Campoamor a la “leyenda Rubinstein“ un inolvidable 7 de junio de 1975).

En este viaje no faltarían un personal “Libertango” de Piazzolla, el otro salto argentino más virtuoso que evocador desde el mismo París bien enlazado con el “Tango” de la “España” de Albéniz, y una impetuosa “Danza ritual del fuego” que adoleció de precisión pero regaló sonoridad antes de la chopiniana heroicidad final.

Lisiecki pudo presumir de sus orígenes polacos sin perder los aires de danza del resto del programa, y así la primera propina fue de su “compatriota” Ignacy Jan Paderewski (1860-1941), el “Minueto en sol mayor, Op. 14 nº 1”, para repetir con el Chopin “marca de la casa” y su famosísimo Vals del minuto (“Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1”) que duró lo habitual: minuto y cuarenta segundos, otra muestra de virtuosismo e ímpetu juvenil. Su agenda no para, pero tendrá que hacer alguna pausa para (re)posar y asentar un repertorio propio aún sin definir.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

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