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Vientos del Este

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. “Mudanza”, abono 16 OSPA, Vadym Kholodenko (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Enescu, Liszt y Bartók.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa que el titular Nuno Coelho nos comentó en el encuentro previo, cada vez con mayor asistencia, y destacando la conexión con la Europa del Este. Junto a Fernando Zorita desgranaron las tres composiciones, haciéndonos partícipes de cómo los momentos más amargos de la vida puede crear obras de arte bellísimas, tanto en literatura como en la música que nos ocupa. Si este primer viernes de junio pocos noticiarios televisivos se hacían eco de una frase «escupida» (y estúpida) por algún político madrileño que «el calor inspira» (por las condiciones asfixiantes de alumnos y docentes en un cambio climático aún negado por tantos), queda mejor decir que «el dolor inspira».

Músicas de Rumanía y Hungría en épocas convulsas que van más allá del folklore y donde cada compositor vuelca una escritura sinfónica exigente para poner el broche de oro final a esta temporada de abono (en breve se presentará la próxima como así nos hicieron saber incluso el gerente Oriol Roch antes de comenzar el concierto con algún «chivatazo» que me callo). Los 35 años de OSPA se notan al alcanzar un momento dulce de feliz conjunción entre veteranía y juventud (ha comenzado poco a poco la renovación en parte de la plantilla, pues a todos llega la esperada jubilación) esperando se cubra la plaza de concertino (esta vez volvía Aitor Hevia de invitado), con un Nuno Coelho afianzando una formación que ya tiene identidad y sonoridad propia, trabajando amplios repertorios de todas las épocas que van enriqueciendo también a los abonados, esperando se sumen más, pues van menguando y es una lástima lo que están perdiéndose tantos aficionados asturianos de la que es «nuestra orquesta».

Tristemente el rumano-francés Enescu (o castellanizado Enesco) pasará a la historia por sus dos Rapsodias Rumanas op. 11, compuestas en París entre 1901 y 1902, siendo la más popular la primera en la mayor, elegida para abrir este último de abono que mantiene el «orden decimonónico» y que es virtuosa para toda orquesta. Pero calentar motores con ella ya deja a los músicos listos para «lo que les echen», enlazando con las húngaras de Liszt, deudoras incluso por la denominación «rapsodia» en el contexto de composición musical que probablemente se origina con el endemoniado y arrepentido abate que descansa en Bayreuth. Desde cierto aires folklóricos las rapsodias prometen una música que suena salvaje e improvisada, y la Rapsodia nº 1 de Enescu seguramente cumple esta promesa, proporcionando electrizantes melodías sucesivas con un aire de espontaneidad y un final frenético. Desde el inicio del clarinete solo, contestado por la flauta y oboe que marcan un paso de baile muy zíngaro, la alegría se hace contagiosa. Si la madera al completo es un seguro de calidad, la cuerda asturiana (incluso la pareja de arpas) sigue siendo un lujo de empaste, sonoridad amplia y limpia, con fraseos bien encajados y tímbricas variadas (excelente la viola en su intervención). Los metales cada vez más seguros, afinados, homogéneos, ricos además de matizados. Y la percusión la reafirmación de una OSPA recia, robusta, precisa y haciendo excelente música siempre bien llevada por la mano maestra de un Coelho que no solo la mantiene sino que la ha hecho mejorar como los buenos vinos de su tierra, exigiendo y «apretando» en unos tempi donde si no se arriesga falta bouqué, pero lo logró tras un final de curso en plena forma.

Si Enescu fue un virtuoso del violín, Liszt lo sería del piano, y sus dos conciertos una prueba de fuego para todo intérprete. El pianista ucraniano Vadym Kholodenko (Kiev, 1986) afrontó el menos interpretado segundo -en la mayor S. 125-, escrito desde 1839 pasando de Roma a Weimar (donde lo estrenaría en 1857 para volver a revisarlo sobre todo en la orquestación, y publicarse finalmente en 1863), como bien recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa. Si la interpretación parece fácil a la vista del oyente es muestra de un virtuosismo bien entendido, sin excesos cara a la galería, pero con una exigencia casi atlética ante los pasajes en fff más la delicadeza de otros que parecen beber del Chopin en el París, entonces capital musical. Obra escrita como un único y largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas y con una orquestación para gran plantilla (tres flautas -una doblando a piccolo-, oboes, clarinetes y fagotes a pares como las trompas y trompetas, más tres trombones, tuba y percusión con gong y timbales amén de la cuerda), el piano tiene momentos donde se suma a la sonoridad global en una transformación temática típica del compositor húngaro, junto a otros donde mostrar la escritura del Liszt virtuoso que hacía desmayarse a sus oyentes femeninas. No está al alcance de todo intérprete lograr y reflejar este catálogo emocional, pero el ucraniano, bien concertado por el portugués, nos brindó una interpretación precisa, rica en dinámicas, limpia de ejecución y ese dúo con el chelo de von Pfeil camerístico de perfecta simbiosis entre ambos (siendo muy aplaudidos) con una orquesta bien balanceada en las partes «dialogadas», conjunción ideal para escuchar todo lo escrito.

La propina de Kholodenko sería Prokofiev y el Preludio, nº 7 de las «10 piezas para piano» opus 12), vivo y delicado como se indica en la partitura, técnicamente impecable, delicado y contenido, de sonoridad deliciosa  y ejecución con mucho fondo.

Y tras una primera parte donde la OSPA ya mostró «músculo», el mejor cierre sinfónico vendría con el Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 del Bartók entonces emigrado a los EEUU y famélico, con este encargo casi  como una ayuda económica para poder subsistir. Obra cumbre del repertorio orquestal del siglo XX, Gallego de Torres escribe:

«Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción de lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”. Las palabras de Bartók sobre su Concierto para orquesta compuesto en el exilio en Nueva York al final de su vida (fue estrenado en Boston en 1944, falleciendo el fascinante compositor y etnomusicólogo en 1945) nos sitúan en la estructura de este concierto simétrico en cinco movimientos. El tercero, gozne entre los primeros y los últimos, es una abierta y lancinante manifestación elegíaca, que no nos deja sentirnos indiferentes y que nos sirve de mudanza del “mundo de ayer” (Zweig) a la modernidad».

Dolor y esperanza que la OSPA desplegó en esta maravillosa página donde dejar constancia de todas las virtudes que atesora, con Coelho dejando fluir la música, brillando los primeros atriles, cada sección rivalizando en mostrar su calidad, plantilla equilibrada y el entendimiento que sólo con los años se consigue. La orquestación es grandiosa: 3 flautas (una doblando al flautín), 3 oboes (tercero doblando al corno inglés), 3 clarinetes (tercero doblando al clarinete bajo), 3 fagotes (tercero doblando al contrafagot), 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, amplia percusión (con timbales, bombo, caja, platillos, triángulo y gong) más la cuerda con 2 arpas.

La Introduzione desplegó presión en una cuerda tersa con metales poderosos y tras la extenuación las maderas relajando con unos solos equilibrando sensaciones sonoras. Arranque marcial de la caja y una madera camerística en el Giuoco delle coppie, arrullada por los violines y empujada por unos graves siempre presentes, donde en la Elegía devolverían dolor, maderas cual brisa que va ganando fuerza bien marcada desde la batuta hasta un clímax del tutti conmovedor, impactante, sonoridad asturiana capaz de sutiles pasajes y desgarradores momentos. Al menos el popular (y conocido por ser sintonía radiofónica) Intermezzo interrotto nos devolvió luz, ritmo, rubati bien llevados por las manos del maestro portuense con la respuesta precisa de «su» orquesta, tras esa melodía inicial del oboe y la flauta, la cuerda sedosa fraseando co un empaste global, y el saltarín juego del clarinete, las varas, la contestación frotada, explosiones vitales que alternan melancolía y optimismo. El Finale Presto nos llevaría a ese éxtasis sonoro, virtuoso, sin complejos, reguladores increíbles para la conclusión esperada y esperanzadora de otra temporada madura donde «el dolor inspira» conciertos tan ideales como este final de curso. El próximo ¡más y mejor! con sorpresas que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA:

GEORGE ENESCU (1881-1955)

Rapsodia rumana nº 1 en la mayor, op. 11 (1901-02)

FRANZ LISZT (1811-1886)

Concierto para piano nº 2 en la mayor, S. 125 (1861-63):

Adagio sostenuto assai – Allegro agitato assai – Allegro moderato – Allegro deciso – Marziale un poco meno allegro – Allegro animato – Stretto: Molto accelerando

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 (1943):

I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace

II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando

III. Elegia: Andante non troppo

IV. Intermezzo interrotto: Allegretto

V. Finale: Pesante – Presto

Paseando por Vetusta

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Jueves 4 de junio, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio: Steven Isserlis, (violonchelo), Oviedo Filarmonía (OFIL), Pietari Inkinen (director). Obras de Parera Fons, W. Walton y Sibelius.

Finaliza la temporada de los Conciertos del Auditorio con la OFIL que es la residente de este ciclo, esta vez dirigido por el violinista y director finlandés Pietari Inkinen (Kouvola, 29 de abril de 1980), y el chelista británico Steven Isserlis (Londres, 19 de diciembre de 1958) que volvía a Oviedo después de cinco años, con el concierto de Walton, del que el londinense es uno de sus mayores difusores.

De esa inmensa cantera de directores que es Finlandia, con una lista que sigue creciendo y están ocupando podios en medio mundo, habría para hacer una tesis doctoral y una reflexión por la juventud de la última “hornada” (mujeres incluidas), dado que a diferencia de otros países, en la Academia Sibelius de Helsinki se estudia dirección en paralelo a otros instrumentos (en España los Conservatorios llevan retraso secular hasta en su nomenclatura), por lo que no es extraño encontrarnos veinteañeros como Peltokoski, mi “último descubrimiento”. Más maduro, en todos los sentidos, Pietari Inkinen viene a sumarse a la “cantera finlandesa” poniéndose al frente de nuestra OFIL para una clausura por todo lo alto, sin que nos faltase un estreno, el de Antoni Parera Fons (Manacor, 1943) y su Vetusta promenade, encargo de la propia orquesta ovetense, aunque sería Sibelius el fuerte de la velada, siempre aplicando mi dicho de “no hay quinta mala”.

De Vetusta promenade las notas al programa del cellista, profesor y doctor en Musicología Santiago Ruiz de la Peña Fernández, nos cuenta y describe la partitura del compositor mallorquín:

«Vetusta promenade, de Antoni Parera, obra compuesta en 2025 por encargo de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, propone un paseo sonoro por la Vetusta clariniana. Concebida por el autor como una mirada a una sociedad de claroscuros, de pasiones ocultas y lamentos silenciados, la partitura despliega un crescendo emocional que avanza de principio a fin. Junto al empleo de un lenguaje modal, que dota a la obra de una ambigüedad armónica generadora de una sensación siempre latente de inestabilidad emocional, el discurso compositivo se construye a partir de una notable austeridad de material. Dos temas, sometidos a continuas reelaboraciones a lo largo de la obra, conforman una sólida unidad motívica, lo que revela una escritura minuciosa, laboriosa y profundamente reflexiva. Mientras que los motivos melódicos recaen preferentemente en las maderas, la cuerda protagoniza los pasajes de mayor sosiego. Los metales refuerzan los momentos de máxima intensidad expresiva, con un papel destacado de las trompas como nexo entre las secciones orquestales, al tiempo que la paleta orquestal se amplía gracias al aporte tímbrico del arpa, la celesta y el piano.

Escrita a modo de obertura, la introducción se articula a partir de un motivo ondulante en maderas, cuerdas graves y celesta, acompañado por arpegios de piano y arpa y trémolos de violines con sordina. Un toque de campana, respondido por una llamada de trompetas y ecos en las maderas, da entrada al primer tema a cargo del clarinete bajo. Se trata de una melodía breve, ondulante, mágica y misteriosa, de trasfondo oscuro, contrastante con el segundo tema, más luminoso y festivo, presentado por el oboe. El desarrollo, construido mediante sucesivas transformaciones de los dos temas y del material introductorio, que se entrelazan superpuestos y confrontados, desemboca en un gran crescendo de toda la orquesta sobre la nota do, centro tonal de la composición».

Paseo clariniano el del manacorí con ecos parisinos de Debussy o Falla con una plantilla poderosa que curiosamente era muy similar al Walton posterior (desconozco si sabía que irían juntas y de ahí esa coincidencia casi total). Interesante instrumentación donde la percusión no puede faltar para crear ese ambiente de neblina carbayona y campanas emulando La Wamba, con toques de celesta, piano y arpa, aunque toda la orquesta se mostró compacta, afinada, con solos bellísimos del oboe y el corno inglés, toda la madera impecable, unos metales empastados y afinados, más una cuerda sutil y muy matizada. El estudio de la partitura por parte de Inkinen se notó en esta primera obra, de gesto no muy grande pero siempre claro, preciso, marcando todo, dando seguridad y empaque a un estreno que enlazó perfectamente con el concierto posterior a cargo de Isserlis.

Prescindiendo del piano y añadiendo dos tubas a una OFIL que nuevamente contaría con el refuerzo de alumnado del CONSMUPA, sobre el concierto de Walton , el profesor Santiago Ruiz de la Peña (con su hijo en la misma cuerda de chelos) escribe:

«El Concierto para violonchelo de William Walton, compuesto por encargo de Gregor Piatigorsky, fue escrito entre febrero y octubre de 1956, periodo durante el cual el compositor y el violonchelista mantuvieron una correspondencia regular sobre diversos asuntos técnicos de la obra. Tras su estreno en 1957, parte de la crítica la percibió como decadente y anclada en la tradición romántica, pues, «aunque bien construido, la disonancia que presenta no alarmaría ni a una anciana». La obra, con una exigente parte orquestal, produce una impresión inicial más cercana a la de un poema sinfónico con violonchelo obligado que a la de un concierto tradicional, y presenta una estructura poco convencional al invertir el patrón habitual de tres movimientos de los conciertos clásicos adoptando un esquema lento-rápido-lento.

El primer tiempo es evocador y nostálgico. Sobre una figura de tic-tac hipnótica y rítmica de las cuerdas en pizzicato y los instrumentos de viento, la suave voz del violonchelo desarrolla lentamente una hermosa y oscura melodía. Tras la serenidad del primer movimiento, arranca un arrebatador y virtuoso Allegro appassionato, donde solista y orquesta se persiguen a toda velocidad en un constante movimiento perpetuo. Melodías elevadas, con armónicos aflautados, escalas vertiginosas y dobles cuerdas, crean un discurso de gran tensión, detenido ocasionalmente por momentos de un lirismo conmovedor a cargo del violonchelo. El último movimiento, Tema ed improvvisazioni, con la segunda y la cuarta variación asignadas al solista sin acompañamiento y concebidas como auténticas cadencias, concluye con un último suspiro del violonchelo desvaneciéndose sobre su nota más grave, un cierre de obra melancólico y nostálgico que Walton revisó en varias ocasiones, pues Piatigorsky deseaba un final más dramático e impactante».

Si Antoni Parera evocaba la capital asturiana, Sir William Walton aún más su Gran Bretaña, con una escritura que pasa por continuos “sobresaltos anímicos” que el Stradivarius “Marquis de Corberon” (1726) en las manos del solista británico siempre estuvo presente, perfectamente concertado por la batuta finlandesa, tiempos para disfrutar de todas las secciones de la OFIL y el virtuosismo de un Isserlis que en sus intervenciones solistas volvió a mostrar una sonoridad amplísima donde la técnica está siempre al servicio de la música escrita por su compatriota.

La propina desprovisto de arco y toda en pizzicato sería «Chonguri» del giorgiano Sulkhan Tsintsadzesonó (1925-1991), si se me permite el calificativo de sonido “british”, muy rítmico y en la línea de Clancy Newman o Jerry Liu e incluso los “juguetes” de Yo-Yo-Ma, donde la sonoridad del chelo solo es plenamente moderna tras el esfuerzo con Walton.

Y en la segunda parte la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor de Sibelius. Hace años que el compositor finlandés me ganó en el terreno orquestal, en parte por el excelente blog a él dedicado del vallisoletano David Revilla. Puedo presumir de compartir con él programas y hasta atesoro muchos vinilos y algunas integrales en CD, incluso compartí mi escapada al barrio de Töölö en Helsinki, donde hice mi personal peregrinaje al Monumento “Passio Musicae”  (obra de la escultora Eila Hiltunen inaugurado en 1967) que tiene en el parque con su nombre. Rodeado de “hordas salvajes” que hacían el tour turístico sin saber siquiera quién fue Sibelius o lo que representaban las dos obras enfrentadas. Hombre orgulloso y tímido, reservado y sensible, con una vida marcada por las contradicciones, como apuntan muchas de sus biografías, aunque otras lo describen como de «vida tranquila, sin turbulencias ni pasiones, no exentas de conflictos pero siempre sin estrépito». Su música parece reflejar esa personalidad que nos transmiten sus fotografías, esa mezcla de serenidad a veces sombría pero sin excesos ni desmesura, un verdadero mago de la orquesta que supo cantar como nadie a su pueblo y los paisajes nórdicos que tanto amaba.

De esta Quinta hay muchísima literatura, casi tanta como el tiempo que le llevó su composición. En el blog “Sibelius en castellano” del pucelano, ya escribe sobre esta sinfonía:

« (…) su creación fue gestada por el músico en un periodo prolongado, durante el cual redactó hasta tres versiones del trabajo, estrenadas respectivamente en 1915, 1916 y 1919, resultado del deseo de que la sinfonía, a pesar del reconocimiento que tuviera en su primer estreno, alcanzara la perfección con respecto a la idea que tenía en su mente de ella. Este largo proceso creativo, y la implicación emocional, su conexión biográfica, y los debates estéticos que suscitaba en la imaginación de Sibelius los cambios y la ascensión hacia la forma que considerará final de sus notas, resultan auténticamente reveladora para quienes nos hemos dedicado, de una manera u otra, a observar y estudiar la música del genio finlandés».

Sinfonía plenamente interiorizada por Pietari Inkinen sin las ataduras del atril, supuso una dirección precisa, acertada, dejando fluir una música rica con una respuesta perfecta de una OFIL versátil, aplicada, que navega por mares muy distintos (y que la próxima semana vuelve al foso del Campoamor para cerrar el XXXIII Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo con “Maharajá”). Una temporada de conciertos que deja un sobresaliente a la  ya veterana orquesta ovetense, siempre enriqueciéndose con directores como el finlandés que jugó con los tempi, los balances y la expresividad de esta sinfonía de su tierra no tan distinta a la nuestra, que hizo disfrutar a músicos y aficionados en buena respuesta.

Ya nos han hecho llegar en los programas de mano un avance de la próxima temporada, pero esperaremos a concretar las fechas, aunque los nombres ya auguran otro curso exitoso para “pasear por Vetusta” y seguir llamándola “La Viena Española”, que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA

PARTE I

Antoni Parera Fons (Manacor, 1943)

Vetusta promenade (2025)

(Obra de encargo por Oviedo Filarmonía)

William Walton (1902-1983)

Concierto para violonchelo y orquesta (1957):

Moderato

Allegro appassionato

Tema ed improvvisazioni

PARTE II

Jean Sibelius (Hämeenlina, 8 de diciembre de 1865 – Järvenpäá, 20 de septiembre de 1957)

Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 (1915, rev. 1916 -desaparecida-, rev. 1917/1919):

Tempo molto moderato
Andante mosso, quasi allegretto
Allegro molto

En femenino plural

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Crítica para LNE del domingo 31, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo concierto de abono de la actual temporada de la OSPA y programa marcado por una significativa presencia femenina. Sobre el podio, la directora estonia Kristiina Poska (Türi, 1978); en el atril, el estreno en España de Transience de su compatriota Elis Hallik (Pärnu, 1986), escuchada por vez primera tanto en Gijón (jueves) como en Oviedo (viernes); como concertino invitada, la violinista polaca Joanna Wronko; y hasta las notas al programa llevaban firma femenina, las de la pianista, gestora y musicóloga coruñesa Marta García Teijido. Todo ello en un concierto que hacía honor al título de esta crítica: un auténtico “femenino plural”.

La velada añadía además otro estreno español, el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (St. Louis, 1972), escrito para el británico Adam Walker (Retford, 1987), encargado de defender una partitura tan exigente como comunicativa. Un programa inteligentemente construido, alternando creación contemporánea y gran repertorio romántico.

Resulta esperanzador comprobar cómo muchas obras nuevas parecen recuperar ciertos cánones expresivos y narrativos que durante décadas parecían proscritos. Así ocurrió con Transience, cuya compositora, presente en la sala, recibió una cálida y unánime ovación. La obra, de apenas once minutos, propone una intensa reflexión sonora sobre lo efímero: la fugacidad del instante que desaparece pero deja huella. Como explicaba Poska en el encuentro previo, Hallik trabaja “la idea de aquello que nos atraviesa y se desvanece, casi como una luz suspendida en el tiempo”.

La escritura, de gran refinamiento tímbrico, alterna momentos de explosión sonora con otros de contemplativa suspensión, en un discurso que convierte el silencio en elemento estructural. La cuerda de la OSPA, tratada casi coralmente —tan propia de la tradición musical estonia—, respondió con admirable concentración, logrando esa atmósfera entre lo tangible y lo inaprensible que exige la compositora. Hubo compenetración absoluta entre Poska y Hallik, dos músicas nacidas bajo la misma geografía báltica y aparentemente unidas por una idéntica concepción del sonido.

El Concierto para flauta de Kevin Puts ofreció un paisaje sonoro muy reconocible desde la tradición estadounidense, con ecos de Copland o Bernstein, especialmente perceptibles en sus amplias melodías y en un sentido casi cinematográfico de la orquestación. Adam Walker fue el mejor embajador posible de una partitura escrita claramente a su medida, llena de exigencias técnicas y amplios vuelos líricos. El primer movimiento, Con gran sinceridad y afecto, desplegó una escritura brillante y de corte casi clásico para la flauta solista, mientras que el central, Juguetonamente, con creciente agitación, escondía un ingenioso guiño al célebre Concierto nº 21 de Mozart, reconocible incluso en la presencia del piano, aunque hábilmente reformulado dentro del lenguaje de Puts. El final, Muy rápido, con una sensación de desenfreno, convirtió la obra en un auténtico “tour de force” colectivo: percusión extenuante, cuerda participando con palmas en el final, y una sensación rítmica casi vertiginosa que Walker resolvió con virtuosismo deslumbrante. Todo con el sólido respaldo de una OSPA muy implicada y atenta en cada detalle a la precisa dirección de Kristiina Poska, siempre elegante y clarísima desde su característica batuta sostenida con la mano izquierda.

Como propina, el flautista británico regaló una impresionante lectura de Density 21.5 de Edgar Varèse, demostrando una vez más su extraordinario dominio técnico y expresivo.

La segunda parte devolvía el protagonismo al gran repertorio con la Sinfonía nº 3 “Escocesa” de Mendelssohn. Poska la dirigió íntegramente de memoria, mostrando un conocimiento profundo de la arquitectura de la obra y un admirable equilibrio entre las secciones de la orquesta asturiana. La directora estonia apostó por tempi vivos y un discurso muy fluido, especialmente convincente en el final “guerrero y majestuoso”, evitando cualquier tentación de pesadez romántica. Muy logrado también el Adagio cantabile, fraseado con sensibilidad y naturalidad, mientras la OSPA respondía con madurez y empaste a una lectura refinada y orgánica. Mendelssohn, el compositor viajero fascinado por Escocia, encontraba así una recreación de acentos nórdicos y sensibilidad báltica, pero también impregnada de ese salitre musical asturiano que la OSPA lleva décadas incorporando a su personalidad sonora.

Excelente propuesta de penúltimo abono, equilibrando contemporaneidad y tradición con naturalidad y coherencia. Lástima, una vez más, el preocupante vacío de butacas en una cita de semejante nivel artístico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience *estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta *estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace

III. Adagio cantabile

IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

Apostando por lo actual

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Reseña para LNE del sábado 30, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo de abono con estrenos y presencias femeninas. Sobre el podio la directora estonia Kristiina Poska, en el atril el estreno de Transience obra de su compatriota Elis Hallik (1986), la polaca Joanna Wronko de concertino invitada, sumando el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (1972) actuando de solista el inglés Adam Walker (1987).

De las obras nuevas parece que afortunadamente se vuelve a los cánones llamemos “clásicos” que se perdieron durante la transición entre nuestros dos siglos. Así fue Transience, con su compositora presente (que recibió el aplauso unánime saludando a los presentes). Obra de belleza intensa, evocadora en 11 minutos, enérgica y contemplativa, lo inaprensible hecho música para una formación de cuerda casi coral, como toda Estonia, en feliz entendimiento con las músicas nativas.

El Concierto de flauta de Puts resultó todo un catálogo desde los EEUU y escrito para el solista: recuerdos de Copland o Bernstein, con cadencias para la flauta muy clásicas y brillantes, pero también la inspiración del movimiento central en el famoso concierto 21 de Mozart (piano incluido). Obra virtuosa y exigente para todos (los dos percusionistas sin descanso y hasta la cuerda palmeando un vitalista final) para disfrutar de Walker (su propina increíble) respaldado por una excelente OSPA llevados por la precisa batuta izquierda de Poska.

Segunda parte con la “Escocesa” de Mendelssohn, redondeando un programa para alternar novedades y romanticismo, que se agradece por todos (lástima el preocupante vacío de aficionados). Valiente la dirección de la estonia por los tempi con respuesta fiel de una OSPA madura para esta escocesa refinada con salitre cantábrico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience

*estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta

*estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace
III. Adagio cantabile
IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

Arde París

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Martes 21 de mayo, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Emily D’Angelo (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Arriaga, Rossini y Falla. Fotos de Pablo Piquero y propias.

En una semana de lo más musical, acabando mayo llegaba el antepenúltimo de los Conciertos del Auditorio «Con París como telón de fondo» como titula Pablo Meléndez-Haddad las notas al programa. Y Oviedo Filarmonía pasaba con la ductilidad a la que nos tiene acostumbrados del foso zarzuelístico al repertorio sinfónico, con un ajetreado final de temporada, que nuevamente con su titular Lucas Macías Navarro (quien además acaba de renovar hasta la temporada 2027-28 con la OCG y la nueva gerencia de Ana Mateo). Orquesta y maestro siguen creciendo y haciendo crecer cada actuación en estos años de estabilidad.

Volvía nuevamente a Oviedo la mezzo canadiense Emily D’Angelo (Toronto, 23 de septiembre de 1994) que tan grato recuerdo nos dejó hace cuatro años, encandilando al numeroso público del auditorio especialmente con Rossini, pero esto lo cuento más adelante.

Al malogrado compositor vizcaíno Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Baizola (Bilbao, 1806 – París, 1826) se le ha llamado «El Mozart español» por ser un niño prodigio pero de sorprendente «madurez melódica y expresiva» como nos cuenta mi tocayo periodista, historiador y crítico musical. No es habitual en lo conciertos pese a que su calidad es equiparable a los mejores clásicos, manteniendo un estilo propio. Retomo las notas de Meléndez-Haddad sobre el genio vasco (de quien conmemoramos su 200 aniversario), «formado como músico en París, con once años ya comenzaba a destacar por su calidad y obras como su  ópera Los esclavos felices (1820), escrita el año anterior a su traslado, con 15 años, a París, donde se inscribiría en la École Royale de Musique et Declamation, siendo discípulo de Cherubini, quien le nombró profesor ayudante, sus obras se mueven entre el Clasicismo vienés y el incipiente Romanticismo francés».

La Sinfonía en Re para orquesta sinfónica, es una partitura ideal para formaciones como Oviedo Filarmonía. La Orquesta del Conservatorio de París, que la estrenó, no llegaba a los 40 músicos, mientras en el auditorio estos eran toda la cuerda (capitaneada por Marina Gurdzhiya) más viento a dos -sin trombones ni tuba- y timbales. De las grabaciones existentes, tengo en CD las de López Cobos con la Orquesta de Cámara Inglesa, y la de Jordi Savall con su orquesta Le Concert des Nations, ambas dignas de reescuchar, y que en el directo de esta jueves con calor veraniego, sumó fuego a todo el programa.

De estructura clásica en cuatro movimientos (Adagio, Andante, Allegro-Minuetto y Allegro con moto), su orquestación permitió comprobar el excelente momento de esta orquesta ambiciosa y colorista como la propia partitura de Arriaga. Una madera empastada, cuarteto de metales a pares (trompetas y trompas) de sonido orgánico y una cuerda que da gusto escucharla con un sonido claro, aterciopelado y compacto, siempre bien llevada de la(s) mano(s) de Macías.

El cisne de Pésaro tiene un lenguaje propio e inimitable por su manejo melódico, las armonías y una instrumentación única, tanto en sus óperas como en los «pecados de vejez». Esta Giovanna d’Arco (1832), cantata para voz solista y piano, en el arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino (Palermo, 1947), Rossini la estrena primero en su casa parisina (1 de abril de 1859) con él al piano y la célebre Marietta Alboni, antes de abandonarse a los placeres culinarios. Hay una versión orquestal de 1842, aunque la de Sciarrino es un encargo del Festival Rossini (1989) estrenada por nuestra Teresa Berganza bajo la dirección de Alberto Zedda.

Como tantos otros, el italiano se rindió a la santa doncella quemada en la hoguera, con ese estilo romántico que no faltó en la interpretación de una Emily D’Angelo ideal por tesitura, color, proyección e incluso dramatismo. Página bien interiorizada por la mezzo canadiense a quien solo faltó el fuego alrededor, pero que puso toda la carne en el asador, bien cocinada por Macías y la OFIL que mantuvo bien planos y dinámicas, en parte por una mezzo de registro grave, cercano al original de contralto, aunque con unos agudos y agilidades casi «belcantistas» que le permitieron afrontar esta cantata operística por su escritura (donde no faltan los recitativos) con una orquesta que fue manteniendo vivo el fuego enriqueciendo el original con piano.

La orquestación de Salvatore Sciarrino es totalmente respetuosa con el estilo del gourmet, y nos permitió disfrutar de una OFIL magnífica en todas las secciones, arropando a esta Juana de Arco convincente, pletórica y con una dramatización digna de las grandes figuras de la lírica (como demostrase en su recital junto a la soprano ucraniana Olga Kulchynska) incluso por el vestuario y corte de pelo habituales.

Sobre esta cantata, Meléndez-Haddad escribe: «Sigue siendo un misterio la autoría del libreto utilizado por Rossini en su Grande scena Giovanna D’Arco. Cantata a voce sola con accompagnamento di piano, espressamente composta per Madamigella Olimpia Pélissier da Rossini, aunque algunas fuentes apuntan al libretista Gaetano Rossi (1774-1855), quien colaboró con Vaccai en una ópera basada en la vida de la santa. Lejos de pretender brindar dimensión operística a esta pieza, una de las últimas de Rossini antes de su abrupta retirada, el compositor opta por un monólogo para voz de contralto con la típica estructura de cantata italiana con raíces en el Barroco dividida en recitativo / aria / recitativo / cabaletta brillante, secciones que permiten detallar la lucha interior de la heroína. El arco dramático camina desde un comienzo íntimo, melancólico, para posteriormente evocar a su madre y a su familia (“O mia madre, se frattanto”), para decantar en una emoción tan contenida como profunda antes del apasionado final (“Corre la gioia di core in core”), en el que la doncella, plena de energía y determinación, acaba celebrando su infausto destino». Así la afrontaron D’Angelo y OFIL con su titular Macías Navarro, una página poco habitual en los conciertos y que el público asturiano tan lírico siempre agradece acudiendo puntualmente a estos conciertos.

Este año se conmemoran los 150 años del nacimiento y 80 de la muerte del gaditano Manuel de Falla (1876-1946) cuya música eleva el nacionalismo español hasta el universo mundial, con obras sinfónicas que son habituales en los conciertos, más aún en este 2026. Para la ocasión y aprovechando la presencia de la mezzo canadiense, la segunda parte la ocuparía El amor brujo (versión de 1925). El maestro Macías repetirá con Falla en el 75 Festival Internacional de Granada al frente de la OCG en la primera versión inédita de 1905 de su ópera La vida breve el próximo 10 de julio en el Palacio de Carlos V en este #Falla150, donde en el amplio elenco estará el tenor asturiano Alejandro Roy (dejo sobre estas líneas el avance en el programa). 

El amor brujo es un ballet-pantomima escrito para orquesta de cámara entre 1914 y 1915, recién acabado de llegar de París, donde residía, huyendo de la guerra. «Sobre un libreto de María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra lo presentará en 1915 en el Teatro Lara de Madrid como gitanería, incluyendo danzas, canciones y texto según lo solicitado por la mítica Pastora Imperio. Al año siguiente Falla replantea la obra y propone una orquestación para conjunto sinfónico antes de una tercera revisión que se daría a conocer en París en 1923, la misma que, dos años después, estrena como ballet». Si de Arriaga refería mis grabaciones, de este «Falla brujo» casi puedo decir que colecciono versiones de todo tipo, donde no faltan las cantaoras pues en El amor brujo late el profundo conocimiento que Falla tenía del cante jondo (recordando que en 1922 junto a Lorca organizó en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra granadina el primer concurso, germen del actual festival internacional de música y danza de la capital nazarí). Pero si me piden una, aunque todos sepamos lo que supone grabar en estudio y nada que ver con el siempre irrepetible directo, me quedo con Rocío Jurado y la ONE dirigida por Jesús López Cobos, banda sonora de la película de Carlos Saura, pues nadie como la chipionera para poner fuego, pasión, celos y fantasmas, el retrato de Candela y Carmelo, la pareja de enamorados que lucha contra todo, un canto al amor teñido de genuino duende y quejío. Claro que de las líricas evidentemente elijo a la siempre recordada madrileña Teresa Berganza, porque sigue siendo mi referente entre «las grandes de la escena».

Es difícil para las mezzos y aún mejor contraltos rodadas en la lírica, captar la esencia flamenca que exige otra técnica y estilo, más tras el Rossini anterior donde el fuego alcanzó altas temperaturas para arrancar este Amor brujo ovetense. Para la Candela canadiense con perfecta dicción española no es el mejor papel al que enfrentarse. Sobreponiendo a su vestuario una gasa negra con grandes lunares -un toque actual flamenco-, sus intervenciones (Canción del amor dolido, Canción del fuego fatuo, Danza del juego del amor y Las campanas del amanecer) fueron de menos a más, pues la orquesta arrancó poderosa en la Introducción y escena sin bajar decibelios para el primer número. Para la mezzo en el registro grave pierde volumen aunque mantiene el color y cuerpo que mostró en la primera parte; mejor el fuego fatuo que intentó quemarla como a Juana de Arco, pero solventó con un estilo propio, elegante y bien fraseado, aunque no tenga el quejío flamenco; algo más templada la orquesta en el tercer número pudo lucir presencia y personalidad junto a violín y oboe; mas las campanas finales avivaron las llamas  y en el agudo no pudo brillar porque su color tiende a lo oscuro, aunque por otra parte la orquesta no bajaría el calor a lo largo de los doce números de este ballet en concierto sinfónico-vocal.

Y si Emily D’Angelo exprimió todo su potencial vocal buscando la cercanía a lo nuestro, sería Oviedo Filarmonía quien bordó cada intervención desde todos los principales. Si la trompeta del valenciano Juan Antonio Soriano lució en cada aparición, brillo y color con sordina, de fraseos empastados, el oboe del navarro Jorge Bronte no se quedó a la zaga, incluso en sus diálogos -a lo largo de todo su registro- con trompeta y flauta, más aún «jugando con el amor» de la mezzo. Importante e imponente la trompa del de Liria, Víctor Talayero, en la primera parte, más Daniel Ayala en Falla que no falla: de afinación exquisita y empastes con los metales muy destacados. La flauta de la cartagenera Mercedes Schmidt brilló a lo largo de todo el concierto (verdadero pájaro cantor); el clarinete de la madrileña Inés Allué mantuvo el altísimo nivel interpretativo. Contar con el piano del virtuoso ruso Sergey Bezrodny sigue siendo un lujo para toda orquesta, más el violín de la moscovita Gurdzhiya «cantando» con D’Angelo el juego del amor resultó uno de los momentos más líricos junto a su solo en la Pantomima, y otro tanto el chelo siempre solvente del avilesino Gabriel Ureña en el mismo número. El cuarteto de contrabajos sobre la tarima logró la sonoridad rotunda y necesaria en los graves más el empuje rítmico junto a los timbales siempre acertados del ilerdense Daniel Ishanda. Toda la cuerda sonó rica de color, presente, bien balanceada, y el maestro onubense Macías dejándoles interpretar gustándose (tanto en la Escena como la Pantomima resultaron otros momentos orquestales de altura para cada sección y principales brillando todos a gran nivel). La conocida Danza ritual del fuego bien avivado por el tempo elegido, sirvió para deleitarnos con esas maravillosas dinámicas sinfónicas y los balances precisos de los principales junto al tutti poderoso con un final que dejó esta evocación de un París en llamas para este jueves caluroso pero sin quemarnos.

PROGRAMA

PARTE I

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Sinfonía en re

Adagio / Andante / Allegro-Minuetto / Allegro con moto

Gioachino Rossini (1792-1868)

Giovanna d’Arco, cantata para voz solista y orquesta (arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino)

PARTE II

Manuel de Falla (1876-1946)

El amor brujo (versión de 1925)

Introducción y escena

Canción del amor dolido
El aparecido (El espectro)
Danza del terror
El círculo mágico. Romance del pescador A media noche. Los sortilegios
Danza ritual del fuego
Escena
Canción del fuego fatuo
Pantomima
Danza del juego del amor
Final. Las campanas del amanecer

NR con NR

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1715 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Orígenes», Nadège Rochat (violonchelo), Noelia Rodiles (piano). Obras de R. Schumann, Falla, Kodály y Stravinsky.

Hay días donde me coinciden dos conciertos y hay que elegir, aunque al de este miércoles gijonés no quería faltar por varias razones. Primera porque supone mi despedida de la temporada dado que el último (5 de junio)  pese a tenerlo en mi agenda desde que se programó (sobre todo por el «Homenaje a Falla» desde la óptica de Moisés P. Sánchez que regresa a esta filarmónica), me coincide con el último de abono de la OSPA, y la fidelidad está por encima de los gustos. Y esta fidelidad así como afinidad me acercó a Gijón para disfrutar de dos mujeres asturianas que comparten iniciales NR, tienen en el Jovellanos una casa donde siempre se las quiere, y dos artistas a las que sigo hace años pese a la juventud de ambas.

A la pianista «avilesina» Noelia Rodiles (Gijón, 1985) casi puedo presumir de haberla visto crecer y afrontar retos, acompañando al tenor Joaquín Pixán, todo un aprendizaje como maestra acompañante, con la OSPA interpretando a su paisano Julián Orbón, como solista en este mismo escenario del Paseo de Begoña estrenando obras de nuestro tiempo, con la Oviedo Filarmonía en las Jornadas de Piano estrenando a Manuel Martínez Burgos, su regreso para el 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón, sin olvidarme de sus grabaciones discográficas, precisamente de Orbón y M. Burgos, o el disco anterior «Efecto mariposa» presentado la víspera de un confinamiento del que no nos olvidaremos, por volver la vista atrás que he ido reflejando en mi blog.

Más cercana en el tiempo pero otro tanto puedo comentar de la chelista suiza Nadège Rochat (1991), a quien hemos enamorado de Asturias donde ha encontrado su «paraíso natural», puede que por aquellos que dicen lo de «Asturias, la pequeña suiza». Me la «descubrió» en Bilbao mi querida Judith Jáuregui y desde entonces sigo la trayectoria de ambas y siempre que he podido me he acercado a escucharlas. De nuevo la sociedad gijonesa acertó en traer a las figuras emergentes del momento, por lo que Nadège vino primero acompañada a la guitarra del malagueño Rafael Aguirre, después en trío con Soyoun Yoo y Judith en un «concierto de reencuentros»,  para hace casi dos meses verla «fichada» por el Ensemble 4.70 en Oviedo (también tocarían en Gijón).

Así pues era necesario escuchar este nuevo maridaje chelo-piano de las dos NR y con un programa muy bien estructurado, no solo cronológicamente sino también por «una misma orientación estética basada en la reelaboración de materiales vinculados a lo popular o tradiciones musicales del pasado» como comienza las notas al programa Mar Norlander.

La primera parte resultó un recital de lieder sin texto, el chelo cantante y el piano acompañando o compartiendo protagonismo. Primero las Cinco piezas en el estilo popular, Op. 102 (1849) de un entonces prolífico Schumann, con «los elementos de inspiración popular van dejando su rastro a lo largo de las cinco secciones, en las que destacan las referencias a los ritmos de danza», cinco páginas (la primera aplaudida, tal vez por desconocimiento de la unidad) donde no faltan el humor que las dos intérpretes comparten, una nana que estas dos madres habrán «cantado» a sus niñas, la sonoridad tanto de un cello alemán (el «Ex-Vatican» de 1620 no hubiera resultado igual) como del Steinway© en equilibrios dinámicos, el aire campesino asturiano en la inspirada interpretación del dúo casi olfateando esos aromas, hasta la marcada fuerza de la quinta. Interesante este «Estuche» donde comprobar el bien entendimiento del dúo pleno de afinidades estilísticas.

Recordaba el concierto con el guitarrista malagueño hace ya 8 años, donde sonaron las Siete Canciones Populares Españolas de Falla, y así  volverían esta vez con el piano en su versión original y manteniendo el orden, en vez de las seis de arregladas por Falla y Paul Kochanski que adaptaron seis de ellas para violín y piano como Suite populaire espagnole, omitiendo la nº 2 y cambiando el orden. Así nos avisó Nadège antes de arrancar con este homenaje a Manuel de Falla (#falla150) por su nacimiento, pero también los 80 años de su fallecimiento, efemérides que estamos celebrando en este 2026 (este jueves 21 seguiremos con Oviedo Filarmonía en el Auditorio de Oviedo).

Si no me fallan los datos, el arreglo para chelo y piano (pues los hay para todo tipo de combinaciones y es una de las suites más interpretadas del gaditano), es Maurice Maréchal (1892-1964). Los cambios de octava en el cello enriquecen las versiones vocales en la misma escala, incluso pasajes donde se suma al piano alcanzando momentos casi orquestales. La parte del piano además de su complejidad, requiere una total convivencia con «la cantada», siendo además el chelo lo más cercano a la voz humana. Nadège con la guitarra se acercó al «quejío flamenco», más con el piano fraseó sin necesidad del texto pero teniéndolo presente (haciéndome cantar mentalmente estas canciones que tanta guerra me dieron en los años de repertorista), pura canción de concierto con la esencia popular llevada a lo académico sin perder la riqueza melódica, y Noelia, maestra en estas lides, con los balances en su sitio, protagonismo compartido de todo lied, incluso apostando por una Seguidilla murciana muy ligera y virtuosa que para la voz sería excesiva pero dotada así del aire y tempo bailable que el chelo afrontó airoso.

Por su parte tanto la Asturiana como la Nana fueron íntimas, «Arrimeme a un pino verde» dolorido y «Duérmete mi niño, duerme» verdadero aRRoRRó de las dos eRRes, sentimientos expresados sin necesidad de palabras. Alternancias de sombras y brillos como la Jota que bisarían, El paño moruno lírica pura o el Polo potente donde el piano es una maravilla de escritura.

Abría la segunda parte Zoltán Kodály y su Sonata para violonchelo y piano, Op. 4 (1909), música de cámara del húngaro no siempre habitual en los conciertos del también pedagogo, musicólogo y folklorista, en este programa donde lo popular se hace clásico y encuentra en las sociedad filarmónicas el mejor escenario.  Mar Norlander describe esta sonata que refleja la síntesis entre tradición y modernidad y «…esta estética: una escritura de gran libertad expresiva, influida por el folklore y por el color armónico impresionista. Aunque concebida inicialmente en tres movimientos, la obra quedó finalmente reducida a dos, tras abandonar Kodály la composición del allegro inicial previsto originalmente». Cuando el folklore es inspiración para hacerlo camerístico, nos encontramos con páginas como esta sonata donde chelo y piano dialogan, juegan, bailan, rompen fronteras, y el dúo R&R transmitieron esta alegría que Kodály escribió. Momentos líricos junto a otros rapsódicos, perfecta conjunción y entendimiento entre las intérpretes, aún más exigente en el Allegro con spirito con el que nos deleitaron, ritmos contagiosos, conversaciones chispeantes que saltan del piano al chelo con una fuerza  contagiosa muy aplaudida por el público.

Cerraríamos este viaje en el tiempo nada menos que con Stravinsky y su Suite italienne en el arreglo del chelista ucraniano Grégor Piatigorsky (1903-1976) para este dúo que volvió a encandilarnos. Mar Norlander nos la explica a la perfección: «Constituye una de las manifestaciones más refinadas de su periodo neoclásico. Derivada directamente del ballet Pulcinella (1920) y adaptada posteriormente para distintas formaciones instrumentales, la obra parte de materiales atribuidos durante mucho tiempo a Giovanni Battista Pergolesi y a otros autores italianos del siglo XVIII. Lo que propone Stravinsky es una reinterpretación moderna del pasado: conserva la claridad formal, el equilibrio y el espíritu danzable de la música barroca, pero los transforma mediante síncopas, desplazamientos de acentos, giros armónicos inesperados y una escritura rítmica de gran precisión». Lenguaje cercano, melodías pegadizas, alternancias incluso tímbricas marcando los pasos. Prosigue Norlander comentando que «La suite alterna movimientos de carácter contrastante entre la elegancia cortesana, el humor y la vivacidad teatral en una continua exploración de colores y texturas. En esta versión para violonchelo y piano, realizada en colaboración con el violonchelista Gregor Piatigorsky, el diálogo entre ambos instrumentos adquiere una dimensión especialmente incisiva y virtuosa. El violonchelo oscila entre el canto lírico y el gesto irónico, mientras el piano apuesta por una escritura transparente y de gran vitalidad rítmica. El resultado es un lenguaje plenamente moderno y personal». Casi al pie de la letra, R&R mostraron esa vitalidad y rica paleta sonora por parte de ambas, complicidad, virtuosismo necesario (impecable y contagiosa la Tarantella) siempre al servicio de esta música del ruso tan actual desde ese lenguaje «neoclásico» que se agradece en estos tiempos donde parecemos buscar otras sensaciones. El chelo sigue haciéndonos vibrar, el piano pareja ideal con ese finale cómico que parece imitar el rebuznar de un «sedoso Platero ruso» y un dúo que hizo las delicias de un público siempre atento.

Manteniendo este acercamiento a lo popular y el baile, completando este programa tan interesante, la primera propina sería del checo Dvořak su Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre), número cuarto de las Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104, otro guiño al viaje popular de salón con este dúo. Tras el éxito bisarían la Jota de Falla, cierre nacional de un concierto internacional con dos asturianas que tocaban en casa, a gusto, felices como todos los que compartimos velada.

PROGRAMA:

Orígenes

I

Robert SCHUMANN (1810 – 1856)

Fünf Stücke im Volkston (Cinco piezas en el estilo popular), Op. 102

1. Vanitas vanitatum. Mit humor (con humor)

2. Langsam (Lentamente)

3. Nicht schnell, mit viel Ton zu spielen (No rápido, para ser tocado con gran entonación)

4. Nicht zu rasch (No demasiado rápido)

5. Stark and markirt (Fuerte y marcado)

Manuel de FALLA (1876 – 1946):
Siete canciones populares españolas (arr. para chelo y piano)

I. El paño moruno

II. Seguidilla murciana

III. Asturiana

IV. Jota

V. Nana

VI. Canción

VII. Polo

II

Zoltán KODÁLY (1882 – 1967)
Sonata para violonchelo y piano, Op. 4

I. Fantasia – Allegro di molto

II. Allegro con spirito

Igor STRAVINSKY (1882 – 1971)
Suite italienne (arr. Piatigorsky)

I. Introduzione

II. Serenata

III. Aria

IV. Tarantella

V. Minuetto e finale

Propinas:

Antonín DVOŘAK (1841-1904)

Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104: IV. Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre)

BIS Jota (FALLA)

Un piano con voz propia

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«UN PIANO ENTRE LIBROS». Diego Fernández Magdaleno (piano)

Junta de Castilla y León / Instituto Castellano y Leonés de la Lengua / Ref. 8 435725 606535 / S-33327

Precio: 15€

Obras de F. García Álvarez, I. Adiego, J. Legido, C. Fernández-Vidal y J. Soler.

Grabado en la Sala de Cámara del Centro Cultural Miguel Delibes, en Valladolid, entre los días 4 y 7 de agosto de 2025. Técnico de sonido: Armando Fernández León. Afinador: Xavier Pérez Casares. Piano: Steinway & Sons.

Puedo presumir de los muchos años que conozco y admiro al vallisoletano Diego Fernández Magdaleno (Medina de Rioseco, 31 de diciembre de 1971), siguiéndole tanto en algunos de sus conciertos como en las redes sociales e incluso en su faceta de escritor (guardo desde 2005 sus diarios titulados El tiempo incinerado), tan unida a la de pianista. Así, en 2011 pude disfrutar de su CD “Soledad sonora” dedicado a Pedro Aizpurúa, y ahora llega este último titulado “Un piano entre libros”, verdadera definición de toda una vida entre ellos, pues son dos de sus facetas más significativas del académico y Premio Nacional de Música 2010 o en 2024 la Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio (entre muchos más galardones).

Quiero comenzar con las palabras del propio maestro en el extraordinario libreto que acompaña este su último trabajo discográfico que está presentando estos días por parte de la geografía española, contando también con el texto “La virtud ilimitada” de su colega y amiga María del Ser Guillén:

«Vuelve el camino, mira

su mapa de silencio

donde se abre la luz:

un piano entre libros.

Allí está, como el agua,

dejándose soñar hacia lo alto.

La belleza que muere

es lo que llamas fruto».

Desde el Centro Cultural Miguel Delibes, vecino del conservatorio de la capital castellana y segunda casa del profesor riosecano, nos ha dejado una grabación con 28 obras de sus muchos compositores de referencia, manteniendo una trayectoria que le ha situado como el mayor exponente de la música de nuestro tiempo por haber estrenado más de 300 obras escritas por casi 80 compositores contemporáneos. De cinco de ellos, las páginas elegidas vuelven a las siempre necesarias referencias literarias, inspiración y bandas sonoras para todo lector uniendo el legado sonoro del piano actual de su gran difusor y docente.

En un concierto celebrado en Valdediós (Asturias) allá por agosto de 2019, en mi blog escribía que “Nada es casual” asombrándome “cómo combina las obras para darles unidad, diálogo entre ellas, uniones impensables que con él resultan plenamente convicentes”. Y en este disco ese nexo son los libros, “bellísima metáfora de conciencia y consciencia y parte indispensable de un todo ordenado en este tiempo disipado y fútil” como lo (d)escribe María del Ser con sus doctas y cercanas palabras.

Unión y reunión de las las dos facetas más significativas de Diego Fernández Magdaleno: pianista y escritor de extensa trayectoria pero también resumen de su vida y de su tierra, embajador de Castilla y León donde lleva décadas difundiendo su patrimonio musical y literario.

No faltan los homenajes a tantos grandes de nuestra literatura donde no podía faltar Miguel Delibes, Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Agustín García Calvo, incluso Umberto Eco… también compañeros y amigos, desde Joaquín Díaz, Pedro Aizpurúa o Eva Gigosos, pero también la invitación para seguir descubriéndonos escritores como la leonesa Elena Santiago (Veguellina de Órbigo, 1936 – 2021), la dominicana Ángela Hernández (Buena Vista Jarabacoa, 1954) el poeta palentino Gabino Alejandro Carriedo (1923-1981), el burgalés Tino Barriuso (1948-2017), el segoviano Luis Javier Moreno (1945-2015), el abulense José Jiménez Lozano (Langa, comarca de La Moraña, 1930 – Valladolid, 2020), o el soriano Avelino Hernández (Valdegeña, 1944- Selva, Baleares, 2003), relaciones literarias cercanas al propio Diego en esta fusión de música y literatura minuciosamente construida.

Textos castellanos, recios, poéticos, musicales en origen, homenajes desde el mismo blanco y negro de su escritura que en estas (re)interpretaciones se vuelven todo un mosaico donde los compositores vuelcan su creación de esta literatura musical o música literaria, pues tanto monta una como otra.

Alternando autores y obras, todas van sumando estilos, texturas, duraciones, cercanías, geografías, historias, sentimientos e imaginación. Veintiocho partituras cual autobiografía y gratitud a unos compositores que son y han sido “la familia musical” del escritor y pianista Diego Fernández Magdaleno.

La mitad de las obras son de su paisano Francisco García Álvarez (Valladolid, 1959), muchos años de amistad entre ambos, incluso escribiendo el discurso de contestación tras el ingreso de su compañero en la Academia de Bellas Artes de Valladolid.

Perfecto entendimiento entre el compositor y su intérprete, obras casi todas recientes en el estilo inconfundible de nuestro Paco, desde la locura de Rosa la salmantia, el aire folklórico de la quintaesencia asturiana “Dónde vas por agua” que también inspiró al inigualable Joaquín Díaz, el color malva de Elena Santiago con pinceladas rítmicas y acordes potentes, espíritu y homenaje femenino de principio a fin, el guiño de Delibes a los diputados de la transición en la austera (como su música) Castilla rural, contrapuesto a la amiga y profesora Eva Gigosos, felizmente jubilada hace poco, todo un ejercicio pianístico de acordes y plácidas atmósferas como la sonoridad del “Begin the beguine” de Cole Porter para esta “Eva en el jardín de las hadas”. También aparece la mentira nocturna para Ángela, verdaderas perlas luminosas, la “ausencia” de Umberto Eco con clusters y notas llenas de matices sonoros en una estructura pianística propia.

Un “tríptico” que arranca con la angustia de ese corazón en un puño homenajeando a Carriedo, latidos asincopados, desasosiego con registros extremos, el siguiente Mompou espiritual que escribe a San Juan de la Cruz, “noche pasiva del espíritu” con resonancias que invitan a una mística casi organística, y más filosofía con el salto hasta los Países Bajos de Baruch Spinoza, de origen sefardí quien defendía que alma y cuerpo no son entes separados, música y filosofía en la unidad compositiva e interpretativa.

Dos nuevas poesías pianísticas para Avelino Hernández y Tino Barriuso, reflexiones en los propios títulos, con el primero clásico en escritura, juguetón el segundo. Finalizan disco y autorías la muy afamada Caperucita neoyorquina de 1990, aires americanos cercanos al jazz pero con impronta propia y tintes literarios de este cuento para todas las edades, más el homenaje común al maestro Aizpurúa, el silencio musical, la reflexión sobre lo aparentemente insignificante que toma cuerpo en una diálogo de notas cual sílabas formando palabras antes de un inquietante coral de nuestro tiempo.

No podía faltar en este disco el recuerdo además de homenaje al maestro y amigo Josep Soler i Sardá (Vilafranca del Penedès, 1935 – Barcelona, 2022), precisamente de quien dio la lección inaugural de la Real Academia de Bellas Artes con el discurso “Estética e interpretación de la obra pianística de Josep Soler”, un hombre de increíble personalidad creadora y vasta cultura, siendo además escritor y ensayista, muchos puntos en común con “su” intérprete. Primero, dos corales de 2009 contrapuestos en el aire con el lenguaje que el compositor catalán encontró en el pianista amigo su intérprete de referencia (y obras siempre sabiamente colocadas en el orden del disco para dotar de la unidad expositiva que Diego Fernández Magdaleno lleva también a sus conciertos). Prosigue el guiño juvenil escrito en 1956 al cuento que se hace ballet ruso (La bella durmiente) y casi melodía para una caja de música de nuestro tiempo; la Elegía (1995) siempre definida como subgénero de la poesía lírica, generalmente de naturaleza triste y sombría, que Soler eleva a género pianístico propio, más el todopoderoso “Wagner del Tristán” de 1996, con quien el compositor catalán nos lleva a la magia de la “obra de arte total” condensada en las 88 teclas por su intérprete amigo.

Aportan cuatro obras el catalán Ignasi Adiego (Barcelona, 1963) y el vallisoletano Jesús Legido (Valladolid, 1943). Del primero páginas recientes de nuestros años 20, como la evocación que Alonso Mudarra hace de las famosas coplas de Jorge Manrique (Recuerde el alma dormida, 2020), el Preludio (2023) que preparará la mujer malva cual paleta de pintor donde colocar los colores que se mezclarán sobre el lienzo de la partitura, la Cantiga dos babous (2024), que me recuerda al Verdi de su Requiem antes de adentrarnos en esos ritmos medievales galaico-portugueses de Martín Códax y tantos juglares vecinos, y Las semanas de Daniel (2024), mucho más que las profecías bíblicas unos apuntes pianísticos sobre un conflicto que permanece en nuestros días.

De la inconmensurable producción del profesor Legido escuchamos en este disco sendos homenajes y el recuerdo a Javier Marías (1951-2022). Primero Pasos silentes (2017) del compositor vallisoletano que me hacen viajar a la Semana Santa castellana, una miniatura en el título de El mudejarillo (2022) que me lleva de nuevo a rememorar a Mompou y su Damunt de tus nomes les flors, aquí homenaje a Jiménez Lozano, música sin palabras plena de romanticismo. En la misma línea los Brotes primaverales (2020) con la inspiración del luchador y rebelde zamorano Agustín García Calvo (1926-2012), primavera poética al piano en el lenguaje inconfundible de Don Jesús -de quien recomiendo sus obras para voz y piano– para finalizar con el Corazón tan blanco (2022) que estrenase el 11 de septiembre del año siguiente el propio Diego Fernández Magdaleno en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, una bellísima página que rezuma pedagogía y melodismo.

También aparecen compositoras de nuestro tiempo en muchos programas del pianista, como Teresa Catalá, y así de la mallorquina Carme Fernández-Vidal (Palma de Mallorca, 1970) su Tanto vay Santa María (2024), otra nueva inspiración en nuestras cantigas (como la de Alfonso X El Sabio), que mantienen vigencia más allá de su tiempo con estos acercamientos que resultan verdaderas relecturas musicales.

Un disco para escuchar, desde una excepcional toma de sonido y un piano ideal para subir el volumen y sentirlo a tu lado, no por autores sino en el mismo orden de aparición, porque todo está hilvanado cual capítulos de este libro pianístico que nos “lee” Don Diego con la misma pasión con las que están escritas, “la narrativa interior sin perder la coherencia musical que debe tener” en sus palabras, una voz propia para este “piano entre libros”.

Autores, cortes, obras y cronologías

Francisco García Álvarez (1959):

1. Ofrenda a una virgen loca (2023) -sobre un texto de Rosa Chacel-.

4. Un romance de Joaquín (2024) – homenaje a Joaquín Díaz-.

6. Una mujer malva (2023) -sobre un texto de Elena Santiago-.

8. El disputado voto del señor Cayo (2020) -homenaje a Miguel Delibes-.

10. Eva en el jardín de las hadas (2024) -homenaje a Eva Gigosos-.

15. La noche y la mentira (2022) -a la memoria de Ángela Hernández-.

17. La estructura ausente (2017) -homenaje a Umberto Eco-.

20. El corazón en un puño (2023) -homenaje a Gabino Alejandro Carriedo-.

21. Mompou escribe a san Juan de la Cruz (2015).

22. Baruch Spnioza (2017).

24. No es bueno echar el ancla donde se ha sido feliz (2024) -homenaje a Avelino Hernández-.

25. Paloma sin alas (2023) -homenaje a Tino Barriuso-.

27. Caperucita en Manhattan (2023) -sobre un texto de Carmen Martín Gaite-.

28. Prevalencia del silencio (2018) -Pedro Aizpurua in memoriam-.

Ignasi Adiego (1963):

2. Recuerde el alma dormida (2020) -evocación de la melodía de Alonso Mudarra para las Coplas de Jorge Manrique-.

5. Preludio (2023).

7. Cantiga dos babous (2024).

19. Las semanas de Daniel (2024).

Jesús Legido (1943):

3. Pasos silentes (2017) -homenaje a Luis Javier Moreno-.

11. El mudejarillo (2022) -homenaje a José Jiménez Lozano-.

14. Brotes primaverales (2020) -homenaje a Agustín García Calvo-.

23. Corazón tan blanco (2022) -in memoriam Javier Marías-.

Carme Fernández-Vidal (1970):

9. Tanto vay Santa María (2024).

Josep Soler (1935-2022):

12.-13. Dos corales (2009) -sobre un glosado de Antonio de Cabezón, Au holy bois sur le verdure, de Johannes Lupi-:

12. Molto tranquilo; 13. Lento.

16. La bella durmiente del bosque (1956).

18. Elegía (1995).

26. Tristán e Isolda (1996) -recuerdo de Richard Wagner-.

“13 Reyes: El Camino Primitivo”

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La saga continúa: 30 de mayo, 19:00 horas, Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo.

Entrada libre hasta completar aforo (se hará una cuestación en beneficio de la Asociación Down Principado de Asturias)

Esta mañana de San Isidro tuvo lugar a las 11:30 horas la Rueda de Prensa en el Ayuntamiento de Oviedo presentando el «Episodio II: La saga musical más épica sobre la monarquía asturiana», “13 Reyes: El Camino Primitivo”, que dejo con todos los detalles más los enlaces que siempre enriquecen y aportan más información.

El presidente de la Fundación Municipal de Cultura, el concejal David Álvarez ha presentado, esta mañana, en rueda de prensa el segundo concierto de “13 Reyes: El Camino Primitivo”, que tendrá lugar en el Auditorio Príncipe Felipe, el sábado 30 de mayo, un espectáculo de la Banda Sinfónica del Ateneo Musical de Mieres y la Banda de Gaitas «La Laguna del Torollu» compuesto por Yónatan Santianes y organizado por la Delegación de Defensa en Asturias y la Fundación Municipal de Cultura.


El edil de Cultura, que ha estado acompañado por el Coronel Delegado de Defensa en Asturias, Jesús Moreno del Valle, Iñaki Santianes, ideólogo del proyecto y Pablo Álvarez Fernández, presidente del Ateneo Musical de Mieres, ha asegurado que “este segundo volverá a poner en valor, como lo hizo en el primero, la monarquía asturiana, una de nuestras raíces, seña identitaria de nuestra sociedad y germen de lo que hoy somos, de nuestro país y de nuestra nación. Tenemos una obra creada ex profeso, dando cabida a los creadores musicales, pero también de cualquier tipo, como debe ser la obligación de cualquier institución pública. Y tenemos la unión de dos formaciones musicales: la Banda de Gaitas «La Laguna del Torollu» y la Banda Sinfónica del Ateneo Mieres, dos formaciones que a priori pueden parecer inconexas, pero que encima del escenario forman una conjunción extraordinaria”.

El Coronel Delegado de Defensa en Asturias, Jesús Moreno del Valle, tras agradecer al Ayuntamiento de Oviedo y al concejal de Cultura su apoyo, ha destacado: “La Delegación de Defensa mantiene un firme compromiso con las actividades orientadas a reforzar el vínculo entre las instituciones y las sociedades,  que, entre otras, se materializa en un compromiso permanente para la difusión de la cultura de defensa en particular y de la cultura en general, así como otras actividades de apoyo a asociaciones de carácter social”. Respecto al poema sinfónico “13 Reyes, El Camino Primitivo” se trata, en su opinión, “de una aproximación más épica, si cabe” y lo ha calificado de “ejemplo de colaboración, tradición y proyección cultural, valores especialmente significativos para Oviedo  en su aspiración y carrera a convertirse en la Capital Europea de la Cultura” en 2031.

El recital, ha concluido Moreno, es de entrada libre si bien “incluirá una cuestación voluntaria en apoyo a la Asociación Down Principado de Asturias, con la que se busca contribuir a facilitar la inclusión de las personas con síndrome de Down o discapacidad intelectual”.


El creador del proyecto, Iñaki Sánchez-Santianes, ha especificado: “Esta segunda parte, que dedicamos al Camino primitivo, la dedicamos a Alfonso II. El Episodio I lo cerramos en una lluviosa tarde en el Jardín de los Reyes Caudillos, junto a la Catedral, y ahí consideramos que debíamos empezar ahí la segunda parte, bajo la estatua de Alfonso II. Lo que nos lleva la música es a esa ruta que Alfonso II hacía en ese caminar a Santiago de Compostela, tras el rumor de que allí estaban los restos del apóstol. La música nos va guiando por toda esa historia. Habrá jotas, pandereta, pandero, gaita, la banda sinfónica… creo que es muy interesante esta segunda parte porque introducimos la parte vocal y coral. Viene una soprano que traemos de Salamanca, Inés Cortés, que también nos aporta ese dulce sonido de la voz y que nos ayuda a todavía más a meternos en lo que es la música y en la historia. Es muy interesante saber que va a haber 100 personas encima del escenario , una masa coral, una banda de gaitas,  una banda sinfónica, un grupo de pandereteras, un grupo de panderos, una soprano y alguna sorpresa más».

Oviedo de verbena

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Jueves 14 de mayo, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Tomás Bretón (1850-1923) – Ricardo de la Vega (1839-1910): La Verbena de la Paloma. Sainete lírico en un acto, con el prólogo cómico lírico Adiós, Apolo, de Álvaro Tato (Madrid, 1978). Estrenada el 17 de febrero de 1894 en el Teatro Apolo de Madrid. Producción del Teatro de la Zarzuela (2024). Fotos de Alfonso Suárez.

(Crítica para Ópera World del viernes 15, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Alfonso Suárez, más alguna propia)

Con todo el aforo vendido hace semanas para las dos funciones (que siguen pidiendo a gritos la tercera), se comprueba que Oviedo es capital lírica de referencia, y La Verbena de la Paloma sigue estando entre nuestras zarzuelas grandes donde lo de “género chico” solo se puede entender por la duración. Si además se crea un sainete lírico para completar y homenajear al Teatro Apolo, donde se estrenó esta joya del dúo De la Vega-Bretón con una selección de los números que el histórico templo de nuestra lírica acogió hasta el 29 de junio de 1929 -fecha de su última función y que sería tristemente derribado para construir  la sede del Banco de Vizcaya- en una genial idea de Nuria Castejón con la colaboración de Álvaro Tato, el éxito estaba asegurado de antemano en esta producción madrileña de hace dos años, y con una escena casi homenaje a “El Manojo de Sagi”.

Para tan magna producción hacía falta contar con un enorme elenco de actores que canten junto a cantantes que actúen, más un cuerpo de baile, y por supuesto una dirección musical que tenga en el foso una orquesta solvente, y en escena un coro rodado en estas obras tan populares que el público, que llenó el Campoamor, las canturrea de cabo a rabo.

En este tercer y penúltimo título del XXXIII Festival de Teatro Lírico Español se dio todo, sumándole escena, iluminación (Albert Faura) y vestuario fiel (siempre elegante el de Gabriela Salaverri), llevado a ese fatídico 1929 para redondear otra verbena ovetense que quedará en el recuerdo, y con mucho recorrido por delante dos años después de su paso por el Teatro de la Zarzuela madrileño.

“Veremos qué pasa…” comentaba Bretón antes del estreno y nos preguntábamos lo mismo al añadir no otro sainete o “zarzuela chica”, de las que hay muchas dónde escoger como bien nos recordó el profesor Casares en la conferencia del pasado lunes 11, sino el prólogo Adiós, Apolo de Álvaro Tato, con una “acertada antología breve” donde poder escuchar números no siempre muy populares que también sonaron en “las noches del Apolo” para mostrar y presentar todo el elenco, incluyendo el cuerpo de baile. Así fueron desfilando “Soy la garçon, con el pelo cortao” de El sobre verde (Guerrero), una guerra de valses  “De los mares rey me llaman” enlazada con el Caballero de Gracia  y La Gran Vía (Chueca-Valverde), el “Tango del cinematógrafo” de La gente seria (Serrano), la simpática polca japonesa de El pobre Valbuena (Torregrosa y Valverde) para cerrar este nuevo sainete para la ocasión con la “Polca del fotógrafo” de El bateo (nuevamente Serrano), con una escena entre cajones preparando “La verbena” e intervenciones orquestales interrumpidas, aprovechando el piano de María Cueva, unos diálogos acertadísimos, con guiños históricos al final de la dictadura de Primo de Rivera, críticas claras y estampas “fotografiadas” perfectamente ambientadas con apariciones desde las bolsas o el patio de butacas.

Arriba el telón ya para esta verbena carbayona, en la víspera de San Isidro, que sigue chispeante con más años que sumados los de Don Hilarión y Don Sebastián (una recreación personal de Antonio Comas, debutante en el festival, sin hilaridades y toques de revista, más un sobrio Gerardo López), la gracia y desparpajo de Gurutze Beitia, otra debutante y perfecta Tía Antonia, junto al dúo protagonista de Julián y Susana: César San Martín, poco aplaudido en el prólogo y algo más en el sainete (con su canción “También la gente del pueblo”), y Carmen Romeu que brilló también como feminista garçon.

Empaste y entrega en la famosa habanera “Dónde vas con mantón de Manila”, en unos roles bien defendidos vocalmente que además se movieron en escena con la soltura de estos veteranos muy queridos en Oviedo. No se quedó a la zaga Amparo Navarro como la Señá Rita, papel exigente incluso en las partes habladas con excelente proyección. Nicolás Boni colocó a la morena y la rubia en el balcón del primer piso con el boticario, también en la calle, ayudando a una mayor presencia vocal, y el juego de callejas donde mover una acción en la que apenas hubo paradas.

Si el cuerpo de baile cantó, y bien, en el prólogo, en la verbena nos dejaron momentos bellísimos donde se nota que Nuria Castejón conoce y domina las tablas desde su experiencia. Y la soleá “En Chiclana me crié” de la cantaora Sara Salado con el piano y el baile desde el Café de Melilla aportaron otra de las escenas más plásticas de esta fiesta madrileña.

La Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” que dirige José Manuel San Emeterio volvió a mostrar su largo recorrido y experiencia como coro titular del festival: voces equilibradas y escena muy trabajada, ayudando a lograr un divertido jolgorio sobre las tablas, con muy dignas intervenciones de las voces “vecinas” de Eugenia Ugarte y Pelayo Alonso del propio coro.

Y del amplísimo elenco todos redondearon esta verbena coral donde los diálogos son tan importantes como los números musicales. La Casta de la ovetense María Zapata o los actores Rafa Castejón (como tabernero y el director de escena del prólogo donde nos dejó un “rico Valbuena”), sumaron junto a Críspulo Cabezas (buen fichaje para nuestro género) y Mitxel Santamarina (un sereno en toda su acepción). De la pareja de guardias además de Adrián Quiñones (haciendo de apuntador en el prólogo), el asturiano Carlos Mesa como bombero, no solo ayudaron en los diálogos, también con una presencia que el libreto de Ricardo de la Vega (ofrecido inicialmente a Chapí) remarca sin perder la crítica de esta pareja de autoridades, al igual que Ricardo Reguera como inspector.

Finalmente una Oviedo Filarmonía en el foso, siempre bien llevada por el maestro Víctor Pablo Pérez que logró la viveza de una música conocida -con el famoso Preludio para degustar calidades individuales y colectivas- más una concertación muy cuidada y atenta a una escena siempre poblada donde encajar mucha acción.

Todo un éxito este penúltimo título a la espera del cierre de temporada con la reposición de Maharajá para los días 18 y 20 de junio, una producción propia que ha tenido que esperar nueve años para volver a la escena, mientras se sigue pidiendo una tercera función para próximas ediciones.

FICHA

Jueves 14 de mayo, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: Tomás Bretón (1850-1923) – Ricardo de la Vega (1839-1910): La Verbena de la Paloma. Sainete lírico en un acto, con el prólogo cómico lírico Adiós, Apolo, de Álvaro Tato (Madrid, 1978). Estrenada el 17 de febrero de 1894 en el Teatro Apolo de Madrid. Producción del Teatro de la Zarzuela (2024). Fotos de Alfonso Suárez.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección Musical: Víctor Pablo Pérez – Dirección de escena y coreografía: Nuria Castejón – Escenografía: Nicolás Boni – Iluminación: Albert Faura – Vestuario: Gabriela Salaverri – Asistente de dirección de escena, solista y bailarina: Cristina Arias – Asistente de iluminación: David Hortelano – Asistente de vestuario: Sabina Atlanta.

REPARTO
Barítono / Julián: César San Martín – Tiple 1ª / Susana: Carmen Romeu – Tiple 2ª / Será Rita: Amparo Navarro – Actor 1º / Don Hilarión: Antonio Comas – Tiple 3ª / Casta: María Zapata – Característica / Tía Antonia: Gurutze Beitia – Fotógrafo / Don Sebastián: Gerardo López – Cantaora: Sara Salado – Director de Escena / Tabernero: Rafa Castejón – Mujer del actor 1º / Doña Severiana: Ana Goya – Actor 2º / Mozo 1º: Críspulo Cabezas – Actor 3º / Sereno: Mitxel Santamaría – Actor 4º / Inspector: Ricardo Reguera – Apuntador / Guardia 1º: Adrián Quiñones – Bombero / Guardia 2º: Carlos Mesa – Ayudante del director / Mozo 2º: Albert Díaz – Portera / Vecina: Eugenia Ugarte *- Portero / Vecino: Pelayo Alonso *.

Bailarines: María Ángeles Fernández, Esther Ruiz, Luis Romero, Cristhian Sandoval, Daniel Morillo, José Ángel Capel, Juan Pedro Delgado, Lucía Fernández, Marian Alquézar, Olivia Juberías.

* Miembros de la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”.

Colaboración especial de Jesús Castejón (voz de la radio).

Oviedo Filarmonía

Coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio Álvarez)

VIII ciclo de conferencias de «La Castalia»

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Club de Prensa LA NUEVA ESPAÑA (LNE), Oviedo. La Castalia: VIII Ciclo Conferencias “Literatura, Casticismo y Parodia”, en torno a la XXXIII edición del Festival de Teatro Lírico Español.

Coincidiendo con el XXXIII Festival de Teatro Lírico Español en el Teatro Campoamor, el Club de Prensa de LNE sigue siendo el escenario del octavo ciclo de conferencias organizado por La Castalia, que este año llevan por título “Literatura, Casticismo y Parodia”.

A continuación paso a reseñar las tres conferencias a las que he asistido hasta este lunes 11 de mayo, quedando pendiente la última en la que no podré estar, y dedicada al reestreno de Maharajá con la presencia del compositor Guillermo Martínez el 15 de junio a las 18:00 horas. Conferencias de los dos alumnos  más aventajados de «El Profesor» que nos darían mucho más que clases magistrales, acercándonos aspectos de tres títulos en La Viena Española , verdadera capital lírica sólo detrás de Madrid.

Lunes 23 de febrero, 19:30 horas. María Encina Cortizo: El barberillo de Lavapiés.

«La zarzuela contribuyó a forjar una identidad musical española, frente a la ópera italiana, que dominaba los teatros en el XIX». Lo dijo el lunes 23 de febrero en el Club de Prensa de LNE la doctora María Encina Cortizo en la apertura del ciclo «Literatura, casticismo y parodia» de la asociación cultural La Castalia, durante una conferencia dedicada a «El barberillo de Lavapiés». La actividad, vinculada a la 33ª edición del Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo que organiza la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo (en colaboración con el diario LNE), contó con la catedrática de Musicología de la Universidad de Oviedo, Mª Encina Cortizo, presentada por Begoña García-Tamargo, directora artística de La Castalia, quien, en su intervención, destacó la variedad y ambición del festival ovetense.

Cortizo hizo una encendida defensa de la zarzuela como género, despojándola de prejuicios y reivindicando su valor histórico y artístico. «Los géneros no son mejores ni peores. Son diferentes; la zarzuela tiene muchísimo valor», afirmó. La catedrática contextualizó la magnitud del repertorio, con 13.000 títulos registrados en la la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), fundada precisamente por varios creadores del género, como el propio Barbieri, Ruperto Chapí y Sinesio Delgado. «Quizá entre esos títulos 500 sean buenos y 250 muy buenos», matizó Cortizo, y situó «El barberillo de Lavapiés» entre los grandes.

Trasfondo político

Con libreto de Luis Mariano de Larra –hijo del escritor Mariano José de Larra– y música de Francisco Asenjo Barbieri, se estrenó el 19 de diciembre de 1874 en el Teatro de la Zarzuela, con gran éxito. Los tres actos, en verso, combinan intriga política, aventuras y una vibrante defensa del casticismo madrileño, todo ello en un tono cómico que ha asegurado su permanencia en los escenarios.

Cortizo fue más allá del título para trazar la dimensión histórica de Barbieri. Recordó cómo un grupo de jóvenes compositores que, sin apenas recursos, comenzó su andadura en 1850, logró en apenas seis años levantar el Teatro de la Zarzuela, impulsando el resurgir del género en el siglo XIX. Indicó también que Barbieri fundó la Sociedad de Conciertos de Madrid en 1866 y creó la primera orquesta sinfónica estable en España, ampliando así su legado más allá del teatro musical. «Ha pasado a la historia como compositor de zarzuela, y es mucho más», señaló.

La zarzuela está ambientada en el Madrid del siglo XVIII. La acción transcurre en el barrio de Lavapiés durante el reinado de Carlos III, “el Rey alcalde”. Refleja el ambiente popular madrileño, con majos y manolas, pero también incluye intrigas políticas contra el ministro Grimaldi, tal como comentó la profesora Cortizo.

Toda la obra es un retrato musical del Madrid popular: lenguaje castizo, chulapos, verbenas y ambiente de barrio y fue un gran éxito en un momento político clave. El estreno coincidió con el final del turbulento Sexenio Democrático en España (1874).

Aunque el título parece dar a entender que el barbero Lamparilla es el eje de la historia, en realidad la trama mezcla una historia de amor con conspiraciones políticas. «Lamparilla es más bien un personaje carismático que sirve de nexo entre los distintos mundos sociales», remarcó la doctora berciana. La partitura alberga entre sus números más conocidos la «Canción de Paloma» («Como nací en la calle de la Paloma…»); las Seguidillas Manchegas «En el templo de Marte vive Cupido», pieza coral y de solistas muy popular que destaca por su ritmo castizo, y el Preludio y Coro («A mí las Valonas»), el inicio de la obra, conocido por su ritmo y ambiente popular.

Para Cortizo, la zarzuela es «un cajón de sastre, como la ópera; teatro con música que sirve para entendernos como sociedad». En «El barberillo de Lavapiés» confluyen la pareja noble y la pareja cómica, en una arquitectura dramática que convierte la partitura en «la mejor ópera de Barbieri». La producción se estrenaría el jueves, 26 de febrero, en el Campoamor, con dirección musical de Óliver Díaz, dirección de escena de Christof Loy, de quien pudimos visualizar fragmentos del estreno en el Theather Basel (Basilea, Suiza), disponible en las RRSS hasta el 16 de julio y que en Oviedo sería el estreno en España, con escenografía de Manuel La Casta. «Vamos a seguir luchando para tener una tercera función que se llenaría, fijo», aseguró Begoña García-Tamargo, al cierre del acto, como así sucedió esperando que en el próximo año siga creciendo.

Jueves 12 de marzo, 19:30 horas. Ramón Sobrino: El gitano por amor.

Manuel García y El gitano por amor: historia, voz y redescubrimiento en Oviedo

El jueves 12 de marzo el Club de Prensa de LNE acogía la segunda cita del VIII Ciclo de Conferencias “Literatura, Casticismo y Parodia” organizado por La Castalia dentro de la XXXIII edición del Festival Lírico. La sesión sirvió como antesala de uno de los acontecimientos más esperados del certamen: el estreno de El gitano por amor, que llegaría al Teatro Campoamor el jueves 19 de marzo.

La conferencia, presentada como siempre por la directora artística de La Castalia, Begoña García-Tamargo, estuvo a cargo del musicólogo Ramón Sobrino, catedrático de la Universidad de Oviedo, quien ofreció una completa introducción histórica y musical a esta singular obra.

Una ópera pensada para una diva

Manuel García compuso El gitano por amor pensando en una intérprete excepcional: su hija, la legendaria soprano María Malibrán. Figura imprescindible del Romanticismo, Malibrán destacó por una expresividad única y una técnica vocal fuera de lo común, cualidades que marcaron profundamente la escritura del papel protagonista, Rosita.

Como explicó Sobrino, la complejidad vocal del personaje responde directamente a esas capacidades extraordinarias. La propia vida de la cantante —tan intensa como breve— contribuyó a forjar su aura legendaria.

Manuel García: una figura clave de la ópera europea

Ramón Sobrino situó al compositor sevillano en el centro de la historia operística europea de comienzos del siglo XIX. García no solo fue un brillante tenor, sino también empresario, pedagogo y creador incansable, desempeñando un papel fundamental en la difusión de la ópera italiana fuera de Italia.

Tras su carrera como cantante, desarrolló una intensa actividad compositiva y docente, dejando una huella duradera en el arte del canto. Su legado se vio reforzado además por su propia familia: junto a María Malibrán, otra de sus hijas alcanzó proyección internacional, mientras que su hijo, también llamado Manuel García, se convirtió en uno de los pedagogos más influyentes del siglo XIX.

Cervantes y la ópera: una combinación poco habitual

Uno de los aspectos más llamativos de El gitano por amor es que se trata de una ópera bufa en dos actos escrita íntegramente en castellano, algo poco común en su época. La obra está basada en La gitanilla de Miguel de Cervantes, relato que combina amor, identidad y vida nómada.

García supo trasladar estos elementos al lenguaje escénico y musical, creando una obra que dialoga tanto con la tradición literaria española como con el estilo operístico europeo.

Una fusión estética singular

Compuesta en 1828, la partitura pertenece a la última etapa creativa del compositor y representa probablemente su proyecto escénico más ambicioso de ese periodo. Sin embargo, su estreno ha tenido que esperar más de dos siglos.

El estilo musical refleja claramente la influencia del bel canto italiano, con amplias líneas melódicas y exigente virtuosismo vocal. Pero, como destacó Sobrino, la obra incorpora también giros rítmicos y melódicos que evocan el mundo andaluz, generando una fusión estética que le otorga una personalidad propia dentro del repertorio prerromántico.

Un redescubrimiento esperado

La conferencia no solo permitió contextualizar históricamente la obra, sino también despertar el interés por este «redescubrimiento» musical. La admiración que Manuel García suscitó en figuras como Emilio Castelar —presidente de la Primera República española— da cuenta de la relevancia que tuvo en su tiempo.

Más de doscientos años después, El gitano por amor encuentra por fin su lugar en los escenarios, ofreciendo al público actual la oportunidad de descubrir una pieza que combina historia, virtuosismo y tradición.

Los pasados 19 y 21 de marzo, el Teatro Campoamor fue testigo de este esperado estreno.

Jueves 11 de mayo, 19:30 horas. Emilio Casares: ”Un paseo por el Madrid castizo con «La verbena de la Paloma».

Hay conferencias que informan y otras que contagian pasión. La de «mi profesor» Emilio Casares en el Club de Prensa de LNE perteneció claramente a las segundas, haciéndome viajar en el tiempo a una de sus inolvidables clases. Más de una hora que pasó volando gracias a la erudición, memoria y entusiasmo de quien lleva más de medio siglo sumergido en el universo de la zarzuela y defendiendo sin complejos uno de los patrimonios líricos más importantes —y paradójicamente más olvidados— de Europa.

Casares comenzó recordando sus años como niño cantor y sus primeros contactos con la zarzuela, que conocería a fondo hace ya cincuenta y dos años investigando a los maestros de capilla de la Catedral de Oviedo y el legado de Francisco Asenjo Barbieri, con 3.927 cartas editadas en dos tomos, y desde entonces sumergirse en ese mundo. Aquella curiosidad acabaría convirtiéndose en una vida dedicada a rescatar un patrimonio gigantesco: más de 15.000 zarzuelas catalogadas, 20.000 libretos y alrededor de 3.000 tonadillas. “El país con más lírica del mundo”, afirmaría con convicción. Y lo mejor es que para mi profesor «es una diversión que otros llaman trabajo». Genio y figura de este querido ovetense de adopción, además de compañero de fatigas en sus años de Seminario de Raimundo Arias Mere, un melómano en Rioturbio con quien me unen muchos años de amistad, esta vez presente en la conferencia.

Las cifras que Don Emilio nos daría siguen quitando el hipo desde que en 1989 se va a Madrid para crear el ICCM: el apoyo de la SGAE de Teddy Bautista que se sumó al proyecto, 10.000 zarzuelas, 20.000 libretos y ni una zarzuela de Barbieri publicada (Jugar con fuego de Mª Encina Cortizo abriría un inmenso trabajo musicológico junto a Ramón Sobrino, un tándem de sus más destacados alumnos), el Diccionario de la Zarzuela pagado por Villar Mir, con dos ediciones de 4.000 ejemplares agotados y hoy accesible en internet. Faltaba en España una «Historia de la Zarzuela» junto a 23 países más de Iberoamérica -y Filipinas- con otra curiosidad como que el patrocinio de la misma es de la Fundación Beckmann, dirigida por Juan Domingo Beckmann Legorreta con sede en Tequila (Jalisco) y dueño de una famosa marca de ese mezcal como «José Cuervo». Serán ¡cuatro volúmenes de mil páginas! (el primero entraría este lunes en imprenta), siendo en pleno 2026 la primera historia de nuestro género, e igualmente disponible para consultarse en el portal digital. Don Emilio recordó que hay más de 15.000 zarzuelas ya catalogadas, 3.000 tonadillas… «el país con más lírica del mundo», con más de 20 mil en nuestra «España gamberra y divertida». De las pocas estadísticas publicadas, en 1867  hubo 4.401 funciones de zarzuela en todos los recintos posibles (teatros, salones, casinos…) y por entonces se daban 1.080 funciones de ópera al año (hoy llegan a poco más del centenar) que con la población española de entonces -14 millones- llegaban a dos millones doscientos mil espectadores que acudían a las representaciones de «La Corte de Faraón» (cuando no había lo que hoy llamaríamos «repertorio», pues se estrenaban zarzuelas y óperas casi semanalmente).

La conferencia derivó pronto en una apasionante lección de historia cultural española. Casares fue dibujando el mapa de esta música popular, culta, satírica y profundamente viva. “Hoy solo tenemos editadas 62 zarzuelas”, lamentó, pese a la existencia de centenares de títulos de enorme valor, con al menos 200 títulos magníficos (en el portal digital ya hay 3.121 compositores y 5.283 libretistas).

Especial atención dedicó a Tomás Bretón, figura capital de nuestra música y víctima, según Casares, de un injusto olvido. En sus clases nos hablaba que tras Wagner o el Don Giovanni mozartiano después vendría La Revoltosa de Chapí (de la que Saint-Saens llegó a decir que la cambiaría por toda su obra), y tristemente no tenemos cuántas funciones hubo, y no solo en España, pues Latinoamérica es otro ejemplo.

Bretón fue grande en Europa, dejó más de 140 zarzuelas (La Dolores fue récord de éxito con 66 funciones en Madrid y 133 en Barcelona, más que sus óperas). Gran teórico en la Restauración, fue magnífico escritor, director de orquesta, compositor de sinfonías… su Diario es un documento de lectura obligada y reflexión, datos biográficos que comentaría Casares, como que Bretón fue un autodidacta hasta que Arrieta le tutelará. Compondrá 37 zarzuelas «ligeras», dirige las orquestas madrileñas y el Teatro Real. Bretón soñaba con triunfar en la ópera pero necesitaba vivir de la música y encontró en el género lírico español un éxito tan inmenso como contradictorio para sus aspiraciones. “Causa dolor y vergüenza”, escribió el propio compositor al comprobar que La verbena de la Paloma alcanzaba mucha más popularidad que sus óperas.

Y precisamente ahí se centró el tramo más brillante de la charla. Casares analizó La verbena de la Paloma como mucho más que un «sainete costumbrista»: un retrato social y periodístico del Madrid popular (frases que han quedado en el acervo popular como «Qué tiés madre»), donde se habla “de lo que habla la gente”: política, calor, celos, viejos verdes, serenos de Cangas del Narcea y bailes callejeros. Nada de héroes mitológicos ni gestas históricas como Bretón hubiese deseado, tras componer su ópera Los Amantes de Teruel que hubo de esperar 6 años para su estreno, y triunfó más en Barcelona que Madrid. El pueblo convertido en protagonista con un libreto «sentimental» construido sobre un triángulo amoroso y sostenido por una música extraordinaria que, según el musicólogo, se acerca mucho más a la ópera de lo que tradicionalmente se admite.

Hubo también espacio para las anécdotas deliciosas: el enfrentamiento entre Barbieri y Bretón, las cinco repeticiones en la noche del estreno en el Teatro Apolo (con 2.500 butacas que se llenaban cada día), o aquella carta donde Friedrich Nietzsche comentaba desde Turín La Gran Vía para escribir a Wagner sobre “La Jota de los ratas” madrileños de Chueca que tanto le impresionaron, así como la «vecindad» de Barbieri con el citado teatro y cómo tras conocer el éxito de Bretón con «La Verbena» no se lo creyó y expiró… Curiosidades que nos sacaron más de una sonrisa como la propia ambientación y la  crítica del libreto de Ricardo de la Vega válida para nuestros días (nada que ver aquellos políticos de las dos repúblicas que fueron los únicos momentos de defensa lírica en este «país duro para la cultura»).

Casares reivindicó igualmente la dimensión internacional del género, especialmente en Latinoamérica y Filipinas, como Cuba donde se llegó a representar más de 3.000 zarzuelas, y hasta los mineros chilenos interrumpían su trabajo para escuchar a Bretón. También recordó que el cierre de las capillas musicales tras la desamortización empujó a muchos músicos hacia los escenarios líricos, alimentando un repertorio inmenso y prácticamente inagotable, o la necesidad de quitar ese «sambenito» de un Falla único, olvidándonos de Amadeo Vives, Giménez y tantos otros de la misma talla musical que el gaditano.

El coloquio final dejó otro dato revelador: existen al menos 29 compositoras de zarzuela documentadas desde 1856, aunque apenas se conservan partituras completas, caso de dos obras de María Rodrigo.

Más que una conferencia, la intervención de Emilio Casares fue una reivindicación apasionada de nuestra memoria musical. Una invitación a mirar la zarzuela sin prejuicios, a descubrir su modernidad, su riqueza y su extraordinaria vitalidad. Y también una llamada de atención: quizá seguimos sin ser plenamente conscientes del tesoro cultural que tenemos delante.

Los próximos días 14 y 16 con todo vendido, serán las dos funciones de esta gran zarzuela del «Género Chico», con todo vendido hace semanas…

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