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Sombras luminosas

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Jueves 22 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español. «La Gran Vía» (Chueca y Valverde) – «Adiós a la bohemia» (Pablo Sorozábal). Fotos de Alfonso Suárez.

Crítica original para Ópera World del viernes 23, con los añadidos de fotos propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Oviedo puede presumir de ser con Madrid las dos únicas ciudades que tienen un festival estable de zarzuela, y que en el caso de la capital asturiana llega a su trigésimo primera temporada, manteniendo dos representaciones por función que están pidiendo aumentarlas, con todo vendido y ante el éxito de ediciones anteriores por la programación ofrecida, que sigue aunando las populares con otras apuestas arriesgadas, este año con una muy esperada «Coronis» barroca desde Francia a España, que contaremos desde aquí.

Para abrir temporada llegaba un programa doble con un reparto de mucha calidad, voces y caras conocidas de la otra temporada carbayona (la de ópera) en la que sigo llamando “La Viena española” demostrando no ya una centenaria afición lírica de mi tierra sino la dificultad de nuestro género tan exigente o más que lo italiano, francés o alemán para los cantantes que no hacen diferencias y defienden sus roles con el extra de las partes habladas junto a la necesidad actual de ser igual de buenos actores.

La primera parte tendría una producción propia para esa denominada revista madrileña cómico-lírica, fantástico-callejera como es «La Gran Vía» del exitoso dúo Chueca-Valverde, un amplísimo reparto de actores y cantantes que volvieron a hacernos reír con la actualización de unos textos hablados donde no faltó el “gusto por la fruta”, Almeida, Puigdemont, la Constitución, el barrio de Chueca, bandera arco iris incluida sobre el tridente de Neptuno con alegorías futbolísticas del Real junto al Atleti, y hasta esperar por la barba de Errejón, crítica decimonónica trasladada a nuestro tiempo porque en eso consiste la revista y lo callejero en un decorado “en obras” donde se suceden los cinco cuadros. Imposible destacar uno a uno de un elenco donde todos brillaron con luz propia, destacando el magisterio de una Milagros(a) Martín que contagia energía y buen hacer en sus tres papeles, vocalmente perfecta que con su presencia empuja a todos sobre las tablas. En estado de “Gracia” un Borja Quiza lisonjero y poderoso que domina la escena con seguridad o La Menegilda Vanessa Goikoetxea que dio frescura y buen hacer a un personaje “sobre ruedas” donde poder mostrar su excelente estado vocal y actoral.

Las voces blancas de la Capilla Polifónica continúan su largo recorrido en escena (calles y marineritos), moviéndose con la coreografía de Antonio Perea bien empastadas y con el volumen suficiente junto a una Oviedo Filarmonía que con Víctor Pablo al mando hizo pasar de “Gran Vía” a “Séptima Avenida” con tilos berlineses por su sonoridad germana digna de la familia Strauss, lo que hace aún mejor la música de Chueca (¡y Valverde!), ante un sonido impecable, encajado, incluso con el organillo grabado, matizado, mimando todas las voces a las que se aplaudió en cada intervención, si exceptuamos a los “sargentos” que sin acritud no tuvieron mando suficiente y les “robaron” hasta Los Ratas que se marcaron unos pasos de jota, cachirulos incluidos.

Los actores asturianos (Carlos Mesa, Sandro Cordero o Maxi Rodríguez) son otra apuesta segura de oficio y calidad en este Festival de Teatro Lírico que hicieron aún más luminosa esta revista, sin olvidarme de la patinadora Pilar Tejero que ayudó a crecer esta producción “Made in Oviedo”.

De la luz a las sombras, pero palabras mayores la ópera chica en duración y enorme en escritura del donostiarra Pablo Sorozábal, quien parece que actuó como violinista de café en el estreno de la obra teatral de Pío Baroja en 1923, y que desde Leipzig estrenaría diez años más tarde esta joya escénica que el propio compositor confesaba como su preferida, siempre preocupado por encontrar buenos libretos y quién mejor que su paisano. Explotando una temática musical y dramática cercana al viejo sainete del llamado género chico -de aquí la interconexión en este programa doble ovetense- pero estilizándolo y dándole su toque personal, Sorozábal lo sintió como “un estudio lírico, un atrevimiento” del que llegó a diseñar su propia escenografía aunando interior y exterior de la escena en ese cafetucho madrileño -como también hace Ignacio García– y conjugar la dificultad de poner en música los amplios pasajes en prosa sin ritmo poético del texto teatral, pero donde la belleza de los pentagramas y su maravillosa escritura, tanto de las romanzas y dúos de los protagonistas como de la rica orquestación, brillante y vibrante de nuevo con Oviedo Filarmonía más Víctor Pablo, dieron luz a este drama oscuro hasta en el diseño de Llorens, gracias a una interpretación luminosa, madura y bien llevada.

El vagabundo Lagares pasaría del pícaro rata tercero a este poeta fracasado capaz de angustiarnos, abrirnos los ojos a ese duro inicio del pasado siglo por quien sentir compasión desde el prólogo impactante de “Señoras, señores…” al final “Realismo, cosa amarga…”, barojismo duro y sorozabalismo exigente que el bajo onubense afrontó con valentía y potencia de cabo a rabo.

De mayor altura los dos protagonistas que también deben pasar de la alegría de Chueca (¡y Valverde!) a este triste reencuentro de café (con violín y piano interpretando el “Andantino” en vivo muy de aplaudir) entre Trini Goikoetxea y Ramón Quiza, soprano y barítono ideales para estos dos personajes que se volcaron en esta “ópera chica”: la duranguesa excelsa en un momento vocal impresionante donde jugar con todos los matices de su personaje, actriz de raza y voz impecable que enamora, arrancando las mayores ovaciones del teatro, y a su lado el coruñés ahora pintor frustrado tras el caballero primero. Sin apenas tiempo para poder cambiar mentalidad, corporalidad y por supuesto vocalidad, Vanessa Goikoetxea y Borja Quiza consiguieron iluminar las sombras por su entrega, empaste y lirismo profundo, haciendo triunfar todo su entorno, hasta el chotis del primero comadrón y después con El Heraldo leyendo Frías «el horrible crimen de Chinchón», los sucesos que aún hoy acaparan las noticias como si “El Caso” siguiera publicándose.

El coro de bohemios defendiendo a “El Greco, Velázquez, Goya, esos son pintores…” quedaría en anecdótico junto al Pérez admirador de Tiziano, pues nuevamente las mujeres, colocadas bordeando el patio de butacas, emocionaron por su línea de canto en “Noche, triste y enlutada como ni negro destino” haciendo enternecernos con su oficio -el mismo de Trini- gracias a la maravillosa música de Sorozábal, que cuando se interpreta con la calidad, seriedad y buen oficio de un Víctor Pablo defensor del trabajo concienzudo con todos, hacen de algo “chico” lo más grande de nuestro patrimonio.

Buen arranque de temporada y agradecidos de disfrutar de estas páginas que siguen vivas porque son nuestras y no podemos dejarlas caer en el olvido, “la juventud no vuelve” pero lo bueno permanece.

FICHA:

Jueves 22 de febrero de 2024, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español.

«La Gran Vía», revista madrileña cómico-lírica, fantástico-callejera en un acto.
Música de Federico Chueca y Joaquín Valverde, con libreto de Felipe Pérez y González. Estrenada en el Teatro Felipe de Madrid el 2 de julio de 1886. Edición crítica de Mª Encina Cortizo y Ramón Sobrino (Instituto Complutense de Ciencias de la Música, Ediciones SGAE / ICMU, 1997). Nueva producción del Teatro Campoamor – Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

«Adiós a la bohemia», ópera chica en un acto. Música de Pablo Sorozábal y libreto de Pío Baroja. Estrenada el 21 de noviembre de 1933 en el Teatro Calderón de Madrid. Versión de 1945, Ediciones SGAE. Producción de Donostia Musika.

FICHA ARTÍSTICA:

Dirección musical: Víctor Pablo Pérez – Dirección de escena: Ignacio García – Escenografía y efectos de vídeo: Alejandro Contreras – Vestuario: Ana Ramos – Iluminación: Juanjo Llorens (AAI) – Coreografía: Antonio Perea – Asistente a la dirección musical: Eros Quesada – Ayudante de dirección de escena: Ana Cris – Ayudante de Iluminación: Rubén Franco.

Oviedo Filarmonía – Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio Álvarez), coro titular desde el XIV Festival.

REPARTO:

«La Gran Vía»

Caballero de Gracia: Borja Quiza – La Menegilda: Vanessa Goikoetxea – Paseante en Corte: Carlos Mesa – Doña Virtudes / El Elíseo / La Gomosa: Milagros Martín – Comadrón: Jorge Merino – Los Ratas: Néstor Galván, Gabriel Alonso Díaz, David Lagares – Policía: Antonio Torres – La Fuente: Sandro Cordero – Un Paleto: Maxi Rodríguez – Una patinadora: Pilar Tejero.

«Adiós a la bohemia»

Trini: Vanessa Goikoetxea – Ramón: Borja Quiza – El vagabundo: David Lagares – El señor que lee El Heraldo: Alberto Frías – El señor de la capa: Carlos Mesa – Un chulo: Antonio Torres – Mozo: Gabriel Alonso Díaz – Un pianista: Mario Álvarez – Una violinista: Marina Gurdzhiya.

Un salón para nuestras canciones de concierto

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Miércoles 21 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos: Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1679: La canción de concierto española en la primera mitad del siglo XX: Inés López (mezzosoprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Albéniz, Granados, Falla, Obradors, Nin y Gerhard.

Buena entrada en el coliseo gijonés para otro concierto de la Sociedad Filarmónica con la joven mezzo asturiana  Inés López y el pianista vitoriano Aurelio Viribay, que nos ofrecieron un interesante programa de canción de concierto española con dos parres diferenciadas, una primera de los grandes «precursores» en llevar nuestra música a los salones (Albéniz, Granados, Falla) y la segunda «escuela» con sus dignos herederos (Obradors, Nin y Gerhard) que también inspirados en nuestro folklore consiguen marcar en letras mayúsculas el «lied español» donde la voz desgrana textos musicados y el piano es coprotagonista por la escritura más allá de un mero acompañamiento, categoría sin complejos por la exigencia interpretativa de unas páginas personales de cada uno de los compositores, sin ocultar la grandeza que esconde nuestro patrimonio oral elevado a las salas de concierto.

Las cuatro canciones de Albéniz de 1908 sobre textos en inglés (también en francés) del «mecenas» Francis Money-Coutts tienen el aire británico (como si inspirasen más tarde a Britten) y la madurez pianística del maestro de Campodrón que parece volcar su Iberia en una Britannia de altos vuelos. Inés López es una joven mezzo de color bello, voz corpórea, emisión suficiente y fraseo en la lengua de Shakespeare claro aunque aún pegada a lo escrito, algo rígida y con menos expresividad de la esperada, con el magisterio de Aurelio Viribay, auténtico recuperador de estos repertorios desde su cátedra en la Escuela Superior de Canto madrileña, conocedor de las peculiaridades para quienes elige las páginas que mejor van a cada voz.

Las tres tonadillas de La maja dolorosa de Granados encontraron en la vocalidad de la mezzo todo lo escrito por el segundo compositor catalán de la tarde: más expresivas en el canto con los «tres tipos de dolor» que el propio Granados definía a su editor norteamericano Schelling, como bien escribe Miriam Perandones  (especialista en la obra del ilerdense) en sus excelentes notas al programa: «La maja dolorosa representa tres tipos de dolor: el dolor inmediatamente después de la muerte del majo; el dolor de las lágrimas, y el dolor de tiempo después, el recuerdo doloroso», las melodías ceñidas a la escritura con unos graves poderosos, un registro medio rotundo y los agudos suficientes para dar tres visiones dolorosas y melancólicas siempre bien subrayadas por el piano maestro que complementa estos tres «grabados sonoros».

Y no podía faltar el gaditano Manuel de Falla con dos de las siete canciones españolas (Seguidilla murciana y Jota) precedidas por una «rareza» poco programada de la Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos, citando de nuevo a la profesora Perandones Lozano «la representación del sufrimiento por el inicio de la primera guerra mundial. Está escrita a finales del 1914 sobre texto de su íntima amiga María Lejárraga (aunque ella firmase con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra). El poema tiene dos partes: la primera es una plegaria en que una madre pide la intercesión del niño Jesús para que su hijo no vaya a la guerra, y la segunda evoca una visión de su agonía en la contienda», verdadera poesía en música con un lenguaje menos nacionalista y verdadera joya inspirada en un villancico que el exiliado madrileño Julián Bautista (1901-1961) también tomaría para su homónima como bien conoce el maestro Viribay. Encontrar la voz ideal para ello y sacar toda la poesía de la música que la engrandece fue labor compartida, mientras las dos canciones españolas fueron perfectas para el registro de la mezzo y el virtuosismo del pianista en estas páginas que exigen perfecta compenetración alcanzada por ambos intérpretes.

Los herederos, también con la sombra de los exilios tanto interiores como reales nos dejaron una segunda parte menos tensa para Inés López, quien pese a las dificultades de todas ellas pareció estar más cómoda  escénicamente, de nuevo con una dicción perfecta y unas melodías populares con el seguro de un piano protagonista en los compositores catalanes y el cubano. Las cuatro canciones de Obradors son micromundos para un piano exigente que dibuja mientras las melodías cantadas lo sobrevuelan, de nuevo con «homenajes» a los que he llamado pioneros de la canción española de concierto, en este caso dentro de los cuatro volúmenes que escribió sobre Canciones clásicas españolas (1921-1941): la primera inspirada en un villancico del XVI, probablemente de Juan Ponce (1470-1521), la segunda cual Granados de sus majas, la tercera al folklore cántabro, y la última del gran Manuel García (1775-1832) que incluso inspiró a Liszt y Obradors recrea tanto para una voz operística como para un piano exquisito, casi orquestal por momentos en la línea de todas sus canciones españolas (donde El Vito sonaría pero en la versión de Joaquín Nin).

Y el cubano-español Joaquín Nin también se acercó a nuestro folklore para elevarlo desde su dominio pianístico a las salas de concierto, imbricando la rítmica y melodismo propio con una escritura rica en armonías, eligiendo tres de sus Vingt chants populares espagnoles publicadas en Francia (1923): una sentida Granadina como el exquisito Paño murciano, que arrancó los aplausos del público, casi continuadora de Falla, para finalizar con El vito que si la mezzo asturiana volcó toda su expresividad vocal y gestual, el alavés nos dejaría un piano estratosférico y luminoso por lo exigente y el encaje perfecto de protagonismo con la cantante. Maravillosas páginas donde disfrutar nuestra música española convirtiendo el teatro gijonés en un salón de concierto con estos repertorios que son el pan nuestro de las sociedades filarmónicas que continúan dando a conocer nuestra mejor música de cámara.

Para cerrar ciclo nuestro catalán internacional Robert Gerhard, nacido en Valls, hijo de padre suizo y madre francesa, exiliado tras la Guerra Civil a la Inglaterra donde comenzaba el concierto, con su ciclo de Cante jondo (ca. 1943), continuación de sus Seis canciones catalanas de 1931, mantiene las melodías originales pero con un acompañamiento pianístico contemporáneo, rompedor si lo comparamos con los maestros de la primera parte. La necesidad de adaptarse a los tópicos que la sociedad inglesa exigía a nuestros exiliados y necesitando subsistir, Gerhard utiliza el llamado prototipo andalucista pero con un estilo propio que se refleja mejor en sus composiciones orquestales. Con todo, cuatro cantes andaluces bien escritos para la voz y el piano más «jondo» que las melodías, especialmente la Malagueña y el último Zapateado tan virtuosístico como el de Sarasate, con el tándem López-Viribay echando el resto tras este intenso recital.

Aún quedarían fuerzas para dos propinas de nuestro género por excelencia como es la zarzuela, donde el piano debe hacer de orquesta y la mezzo asturiana mostraría todo lo que le queda por delante en una carrera que está bien enfocada para una cuerda con mucho recorrido y contando con buenos maestros: la romanza perteneciente a «Los claveles» Qué te importa que no venga… de Serrano, y las conocidas Carceleras de «Las hijas del Zebedeo» de Chapí, agilidades precisas, gestualidad convincente y musicalidad a raudales para abrir boca a la inauguración de la XXI temporada ovetense este jueves.

PROGRAMA:

I

Isaac Albéniz (1860-1909): Four songs:

I. In sickness and health – II. Paradise regained – III. The retreat – IV. Amor, summa injuria

Enrique Granados (1867-1916): La maja dolorosa:

I. ¡Oh, muerte cruel! – II. ¡Ay, majo de mi vida! – III. De aquel majo amante

Manuel de Falla (1876-1946):

Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos

Seguidilla murciana

Jota

II

Fernando Obradors (1897-1945):

La mi sola Laureola

El majo celoso

El molondrón

Polo del contrabandista

Joaquín Nin Catellanos (1879-1949):

Granadina

Paño murciano

El vito

Roberto Gerhard (1896-1970): Cante jondo:

I. Rondeña – II. Boleras sevillanas – III. Malagueña – IV. Zapateado.

El Oviedo lírico de nuestro Patrimonio

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Este martes 20 al mediodía tenía lugar la presentación a los medios de comunicación del primer título con programa doble del XXXI Festival de Teatro Lírico Español en el Salón de Té del Teatro Campoamor de Oviedo.

Tras la presentación y primera intervención del concejal de cultura del Ayuntamiento de Oviedo, David Álvarez, reivindicando la capitalidad musical, proseguirían Cosme Marina como director artístico de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, auténtico valedor de nuestro patrimonio cultural, el director de escena Ignacio García, que explicaría la conexión madrileña de los dos títulos que abrirán el telón el jueves (más la del sábado), luces y sombras argumentales como la vida misma, alegrías castizas y tristezas del momento que reivindican también a los perdedores. Chueca (y Valverde) junto a Sorozábal en un género nuestro al que calificó como «biodiversidad cultural» pues deber ser una «especie protegida» y desde nuestra propia tierra como lo es el lince ibérico pues está «en peligro de extinción» y nadie duda de su conservación.

El director musical Víctor Pablo Pérez puso en valor la importancia y calidad de nuestras zarzuelas, pues no hay una sola, desde la llamada «revista madrileña cómico-lírica, fantástico-callejera» que es «La Gran Vía» a la «ópera chica» de «Adiós a la bohemia», dos partituras tan exigentes como lo puedan ser óperas por todos conocidas y que debemos seguir programando para mantener este patrimonio musical que el propio director burgalés en Tenerife o Galicia llevó al disco con las primeras figuras del momento, triunfando cuando las dirigía en Alemania y preguntándose algunos críticos de qué Strauss eran.

Víctor Pablo fue uno de los artífices del impulso musical asturiano que recordaba con cariño y crítica para las entonces seis únicas funciones de ópera con escaso trabajo previo, algo que ha cambiado también en la zarzuela, con más seriedad, ensayos y preparación concienzuda para ofrecer la calidad de unas páginas que debemos seguir disfrutando en vivo, contando con una Oviedo Filarmonía «en estado de gracia» y la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» que son la base en la que construir este festival que en esta edición volverá a contar con una Gala Lírica y una zarzuela barroca, además de actividades como la asistencia al pre-ensayo para los estudiantes del concejo y otros espectáculos que redondean este festival lírico.

Llegaría el turno para algunas de las voces del elenco al completo, comenzando con Milagros Martín, una de las grandes defensoras de nuestra lírica española, que no está en peligro de extinción aunque los años obliguen a cambiar los roles, dando paso a una nueva generación de voces como las de Vanessa Goikoetxea o Borja Quiza, reconocidos en el mundo operístico y en la capital asturiana que debutan papeles en el siempre exigente mundo canoro de la poliédrica zarzuela, más en este primer programa doble. También intervinieron el actor y escritor mierense Maxi Rodríguez, encantado de su participación en esta producción del propio Teatro Campoamor, Alberto Frías, un auténtico madrileño que «ejerce de castizo» o David Lagares, otro «habitual» en el coliseo ovetense, antes de degustar nuestros típicos carbayones con los que nos obsequiaron al final de esta rueda de prensa, que con el mantón de Manila cubriéndolo es la imagen de este festival lírico de la capital asturiana.

La parte que me concierne la contaré para Ópera World y desde este blog, sumando años a la gran oferta de «La Viena española» donde la lírica es seña de identidad para reivindicar la «Capitalidad Musical» de Oviedo.

Dobles parejas

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Domingo 18 de febrero, 12:30 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. Ciclo «Vermut de Cámara»: OctetoOspa. Obras de Mozart, Prokofiev y Gershwin. Entrada: 12 €.

Continúa este ciclo mensual, matutino y dominical de la OSPA dando protagonismo a sus solistas en distintas agrupaciones camerísticas y acercando obras propias o arreglos para estas formaciones que mantienen el buen estado de los primeros atriles, esta vez un octeto con las maderas (salvo las flautas) y trompas, dobles parejas de solistas que brindaron una excelente sesión de «vermut de cámara».

Tras la bienvenida de la gerente de la OSPA Ana Mateo, recordándonos los próximos compromisos solidarios y el quinto de abono con encuentro previo, así como este ciclo camerístico, sería Jose Luis Morató (Madrid, 1971) el encargado de presentar las dos primeras obras, empezando con la Serenata para vientos en do menor, K 388 (1782) del genio de Salzburgo, una «Nachtmusik» hoy matutina aunque las serenatas parecerían «poco serias» para apreciar el dominio que Mozart tenía para escribir páginas para los instrumentos de viento con su estilo inimitable, único (en 1787 lo transcribiría a su Quinteto de cuerda nº 2, KV 406/516b), en este octeto para la Harmonie (banda de viento del emperador), jugando con las dobles parejas en todas las combinaciones cual partida de poker o de mus, investigando la tímbrica propia y las asociaciones de los mismos tejiendo el lenguaje personal que transita toda su amplia producción. En los cuatro movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Minuetto in canone  – IV. Allegro), Mozart introduce detalles como la tonalidad menor en el primer movimiento y procedimientos más complejos como el contrapunto del tercer movimiento. Protagonismo inicial de los oboes presentando la melodía con respuesta de los fagotes -como buen conocedor de Handel y Bach que era el joven Wolfi– perfectamente compenetrados tras tantos años conviviendo en la orquesta y trabajando cada detalle: los clarinetes que siempre iluminan con sus melodías la escritura del genio y las trompas empastadas con buen equilibrio dentro del octeto. Curioso también los «rituales» personales de mantener húmedas las cañas o la limpieza del instrumento, y quién marca las entradas. Un trío canónico en la escritura, con la respuesta a la melodía tocada al revés llena de matices, fraseos y un balance perfecto en cuanto a dinámicas con los metales en el mismo plano de las maderas. El conjunto de variaciones final con un episodio central en mi bemol mayor y la coda que acaba en el do mayor final fueron un muestrario mozartiano para disfrutar esta obra original con los principales y co-principales de la OSPA, hoy sin categorías profesionales en igualdad de esfuerzo y calidad.

Y del original a los arreglos para el octeto comenzando con una selección de cinco números de la suite de Prokofiev para el ballet Romeo y Julieta, un arreglo del alemán Andreas N. Tarkmann (Hannover, 1956) muy agradecido para los intérpretes, con pasajes originales de los respectivos solos bien arropados por los otros siete, importante la labor del arreglista que debe conservar el esqueleto del original y dotarlo de nuevas tímbricas para el viento, en este caso cinco números donde brillaría el corno inglés en los dos primeros y el último con la famosa Danza de los caballeros. Si en Mozart la escritura original brilla por sí sola, está claro que la visión de Tarkmann es más libre pero dándoles protagonismo a los ocho componentes, de nuevo bien empastados, jugando con los solos y conjuntos en un juego amplio de dinámicas y fraseos bien entendidos.

El norteamericano Gershwin sigue siempre acercándonos la mezcla del jazz a la llamada música académica. Su ópera Porgy & Bess tuve la suerte de escucharla allá por 1982 en el Teatro Campoamor aprovechando un mundial de fútbol que también atrajo cultura y esa ocasión única. Muchos de sus números se han hecho famosos en todo tipo de versiones, y esta vez John Falcone (New York, 1962) nos presentaría estas Scenes from ‘Porgy & Bess’ en arreglo del trompista Andrew Skirrow cargadas tanto del humor del astur-neoyorquino en su pronunciación y traducción como de los números elegidos para esta «adaptación» con nueva aparición del corno inglés pero también del clarinete bajo, tímbricas propias de Gershwin bien entendidas por el  arreglista británico, dándole el papel de «contrabajo» al fagot de su paisano en el registro grave, «cantar» el conocido Summertime entre oboe y trompa, cambiar la tímbrica de las trompas y moviendo al octeto con el swing necesario de esta joya del siglo pasado que sigue sonando actual en el nuestro. Excelente interpretación delo OctetOSPA.

No se hicieron de rogar para mantener el aire de «los felices 20» con el ragtime Easy Winners de Scott Joplin en arreglo de lo más cinematográfico y sonoro sin necesidad de percusión, piano o flautas, sin prisas pero con el mismo clima de big-band que ya quisiera Woody Allen en su formación New Orleans. Una hora de buena música con los primeros atriles de la OSPA tras el disfrute de «Los Pearse» en el último concierto de la OSPA que vuelve la próxima semana con un programa ruso y su titular portugués donde el octeto dominical en dobles parejas se sumará al resto para comentarlo desde esta página si nada lo impide.

OctetoOSPA:

Juan Ferriol (oboe) – Juan Pedro Romero (oboe / corno inglés) – Andreas Weisgerber (clarinete) – Daniel Sánchez
(clarinete / clarinete bajo) – Jose Luis Morató (trompa) – David Rosado (trompa) – Vicente Mascarell (fagot ) – John Falcone (fagot).

PROGRAMA

W. A. Mozart (1756-1791): Serenata para vientos en do menor, K 388.

S. Prokofiev (1891-1953): Romeo y Julieta -selección de la suite-. (Arr. Andreas N. Tarkmann).

G. Gershwin (1898-1937): Scenes from ‘Porgy & Bess’ (Arr. A. Skirrow).

Telepatía, empatía y simpatía

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Viernes 9 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Con-cierto Velázquez» OSPA: Myra Sinclair y Peter Pearse (flautas), Giancarlo Guerrero. Obras de J. A. Perry, F. Velázquez y Tchaikovsky.

Tras la temporada operística, volvía la OSPA a sus conciertos de abono y retomando los encuentros previos a las 19:15 en la Sala de cámara del auditorio, este viernes con el carismático director nicaragüense Giancarlo Guerrero (Managua, 1969) nacionalizado costarricense, que nos dejó con ganas de escucharle más tiempo, contagiándonos la pasión por su profesión y muchas frases que ayudaron a comprender mejor el interesante programa del cuarto abono.

De las muchas pinceladas previas, el maestro Guerrero describió a una orquesta como «un dragón de 100 cabezas», y más que luchar para dominarlo lo cabalgó cual Atreyu a Fújur en la maravillosa obra de Michael Ende, verdadera lección de entusiasmo contagiado a todos que dejará un excelente recuerdo en la capital asturiana.

Manteniendo la estructura habitual de los conciertos, las dos obras iniciales eran nuevas para la OSPA que Guerrero como invitado no fue un «matrimonio de conveniencia» sino un auténtico flechazo, abriendo con Short Piece for Orchestra (1952) de la compositora y directora americana Julia Amanda Perry (1924-1979), alumna con honores de la neoyorkina Juilliard School y en Francia de Dallapiccola y Nadia Boulanger, sin batuta porque «quebré muchas» y con los años sus diez dedos dan mucho más juego, además de un lenguaje corporal donde hay mucho de «telepatía» para hacerse entender: «una buena orquesta limpia la gestualidad» y está claro que la veteranía le ha dado la razón porque esta obra es frenética y salvaje con una cuerda consistente, unos vientos cuya «discusión» fue más bien interesante debate, más una percusión atenta siempre para mediar en esta página llena de efectos que Guerrero fue desgranando y la OSPA respondiendo a cada detalle a lo largo de las cinco partes contrastantes con un material inicial atronador que iría moldeándose desde una sonoridad verdaderamente compacta para una gran plantilla en cada sección, donde vuelvo a recomendar tarima para los contrabajos, pues la espera por un concertino titular (volvía Benjamin Ziervogel con Ariadna Ferrer de ayudante) parece «Lo imposible» sin banda sonora.

El prolífico Fernando Velázquez (Getxo, 1976) que mantiene un buen entendimiento con nuestra OSPA en distintas colaboraciones para el cine o la mal llamada música ligera, es igualmente autor de más de 250 composiciones sinfónicas, y el «pintor de las bandas sonoras» se convirtió en protagonista de este abono «Con-Cierto Velázquez» al escribir una obra pensada por y para nuestra orquesta, también para el público pero especialmente para dos de los solistas más queridos de la OSPA como son «Los Pearse». El concierto para dos flautas se estrenaba el día antes en Gijón y en Oviedo ya totalmente rodado nos llenaría de imágenes que como apuntan las breves notas al programa de la profesora Andrea García Alcantarilla «podría llevar el subtítulo de Atlántico, en el que el buen hacer sinfónico se une a melodías, ritmos y maneras del folclore para conectar el Cantábrico con las Shetland y hacer que todos nos sintamos en casa». Los que llevamos casi tanto tiempo casados con la OSPA como Myra Sinclair (1967) y Peter Pearse (1968) desde 1993 juntos, conocemos sus biografías y la llegada a nuestra tierra, la californiana de sangre escocesa (Molly en «El secreto de Marrowbone») escapada estudiantil a Londres para conocer al británico, para ambos sentir su Shefield con las flautas de esta unión atlántica, podríamos decir que celta por la cercanía de las melodías en que el compositor vasco se inspira para este concierto de flautas tan folklórico y tan sinfónico (con recuerdos de Copland o Williams), donde la película la ponemos nosotros con una música que une melodías y ritmos atemporales desde una escritura «clásica» por los tres movimientos donde no faltaron las «cadenzas» de ambos solistas, cómplices en el fraseo, las respiraciones y la intencionalidad de una escritura amena que sus compañeros arroparon y Guerrero dejó disfrutar a todos. Aires cantábricos, atlánticos más allá del Cabo Peñas en otra muestra de que las nuevas obras deben programarse como lo han sido las que hoy conocemos, con la ventaja de que la novedad y el directo siempre son irrepetibles, como bien recordaba el director en el encuentro previo. Si en Perry hubo telepatía, está claro que en el Velázquez compositor la empatía fue total, y ante el éxito «Los Pearse» bisarían el movimiento intermedio desde su cadenza al final con ambos en solitario, dedicado a sus hijos y disculpando la presencia del vasco por estar en otro estreno.

Las obras «nuevas» suponen disfrutar por partir de cero, pero con las «conocidas» la labor del director se hace más complicada, ya que todos las llevamos en los genes (a diferencia de las orquestas americanas, más herederas por transmisión generacional desde la Vieja Europa) y hay que evitar «meter pimienta en la sopa» para cocinar un plato de ingredientes habituales para servirlos de otra forma. Transmitir pasión, incluso aunque se aplauda entre movimientos («no estar atado al asiento del avión» o «estar callado tras un gol»), era el reto del «dragón ruso» que Guerrero cabalgó y dominó desde la simpatía, aportando detalles propios que hicieron saborear esta gran sinfonía, casi un poema sinfónico como es la «Cuarta» de Chaikovski.

El extenso primer movimiento (I. Andante sostenuto) comenzó grandioso en los metales pero calmado para ir disfrutando desde la fanfarria inicial hasta la llegada de una cuerda tersa, siempre presente y aunada, concisa y aterciopelada ya en el primer motivo. Dinámicas muy trabajadas y marcadas con la filosofía de «el más es menos» pues el maestro nicaragüense sabía dónde indicar el dramatismo con un movimiento de cejas, de hombro o de sus diez dedos y la inspiración en el Beethoven que tanto conoce en su larga trayectoria en orquestas de medio mundo. Intervenciones de los primeros atriles dándoles libertad expresiva pero marcando fluido (una madera hoy inspirada en cada solista), balances perfectos y matices donde se escuchaba todo al detalle. El II. Andantino in modo di canzona mantendría los detalles personales, la calma y la calidad bien «cantada» por Juan Ferriol o Daniel Sánchez Velasco con una cuerda sólida, escucha total con el maestro «llevando de las manos» a una orquesta disciplinada, donde también brillaron Mascarell o las flautistas de este viernes Blanca Ruiz, Carmen Arrufat y Ana Modéjar que cumplieron con sobresaliente. Impactante el III. Scherzo: Pizzicato ostinato por la libertad con la que Guerrero dejó sonar la cuerda llena de volumen, ímpetu, precisión y entrega, apenas sin gestos, leves miradas incluso al público (me recordó al gran Temirkanov) para poder apreciar la calidad de esta orquesta con tantos quilates, redondeando nuevamente la madera esta «broma» vital del ruso o manteniendo el balance ideal con los metales,  antes de «echar el resto» en el IV. Finale: Allegro con fuoco, el culmen de esta cuarta para degustar las cualidades conocidas y mostradas a lo largo del concierto, telepatía corporal entre Guerrero y la OSPA, empatía de todos en las tres obras elegidas y simpatía necesaria para el trabajo previo que en el irrepetible directo es in plus. Tiempo ágil, rápido y exigente sin perderse ni una nota de esta magna obra sinfónica: equilibrios dinámicos muy logrados, la tensión necesaria en cada sección y el ímpetu desde el podio de un Giancarlo que exprimió hasta la última gota a la formación asturiana disfrutando y contagiando la pasión sinfónica a un público que no acude como se merece la orquesta de todos.

PROGRAMA

Julia Amanda Perry (1924-1979): Short Piece for Orchestra.

Fernando Velázquez (1976): Concierto para dos flautas.

P. I. Chaikovski (1840-1893): Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 (I. Andante sostenuto – II. Andantino in modo di canzona – III. Scherzo: Pizzicato ostinato – IV. Finale: Allegro con fuoco).

Camarena como en casa

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Crítica para Ópera World del domingo 28 con los añadidos de fotos propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

El ciclo ovetense de “Los Conciertos del Auditorio” celebra junto a la Oviedo Filarmonía su vigésimo quinto aniversario, con una presencia en este año donde no faltan las galas líricas, y este sábado regresaba a la capital asturiana el tenor mexicano Javier Camarena (1976) en un recital muy esperado por los muchos melómanos llegados de toda la geografía que agotaron el papel y donde el gran Tosti estuvo presente pues está presentando su último trabajo discográfico junto al pianista cubano Ángel Rodríguez, aunque esta vez con los arreglos orquestales de Gonzalo Romeu que han sido una “primicia” que podemos tomar como regalo de las Bodas de Plata en la que sigo llamando “La Viena Española” por su amplia oferta musical, que unida a la Capital Gastronómica de este año (como bien recordó el xalapeño) deberíamos reclamar también su “Capitalidad Musical”. Dedicatoria desde megafonía para nuestro querido Fernando Rodríguez Perez ‘Fernando Lluarca’, trabajador del auditorio y melómano, que nos dejó repentinamente hace cuatro días pero al que siempre tendremos presente.

Con todo vendido Javier Camarena se sintió como en casa, bien recibido, cercano, comunicativo en todo momento, empatizando con todos arriba y abajo del escenario, demostrando su pasión en todo lo que afrontó pese a no estar completamente bien debido a una flema que le daría problemas hasta el último agudo de la segunda propina que nos quitó a todos esa angustia por lo que supone escuchar sus agudos siempre “al límite”, pero volviendo a poner en pie al auditorio tras una velada dura donde el mexicano repasó sus mejores roles, sin olvidarse de la querida zarzuela en esta ciudad tan lírica, en una etapa donde irá abandonando parte del repertorio que le encumbró entre los grandes tenores y buscando nuevos caminos para su voz.
De nuevo Oviedo Filarmonía (OFil) con su titular Lucas Macías en esta nueva gala, donde al menos se mimó algo más al cantante, demostrando en las oberturas su buen momento tras un Zampa algo precipitado que sirvió para calentar, un excepcional Rossini que nos “robaría” los recuerdos cinematográficos de una ópera conocida por esta obertura, sirviendo además para lo mejor de la “Gala Camarena”, y sobre todo el popular Intermedio de La leyenda del beso donde pudimos comprobar la excelente gama dinámica de la formación ovetense que bien podría haber servido de test sonoro para todo el recital, con sonoridades impecables, una cuerda madura (con el arpa nuevamente de Domené siempre de agradecer) empastada, las maderas muy “cantabiles” con especial presencia de Inés Allué al clarinete, unos metales correctos y la percusión con altibajos por una desigual matización que no empañó para nada la seguridad que da tener en Vetusta esta orquesta sinónimo de lírica en todas sus variantes.
Oviedo y Camarena quedaron unidos desde su primera gala en noviembre de 2017 también con Oviedo Filarmonía pero con López-Reynoso a la batuta, un verdadero “flechazo” que seguiría hace cuatro años con su pianista de cabecera Ángel Rodríguez en un programa muy similar al de este último sábado de enero. Pero volver a escucharle con orquesta, incluso sea detrás suyo y no en el foso, siempre son palabras mayores, más en las arias de la primera parte cantadas en francés, donde la nasalización (sumada a la incómoda “telilla”) no ayudó a disparar la voz, aunque con los años el mexicano haya ganado en recursos, con ese registro medio y “mezza voce” característicos del tenor que son cual tarjeta de visita. Así, el Romeo de Gounod fue la ya exigente carta de presentación en frío, mimado por la OFil, o el Lalo de Le roi d’Ys donde mostrar su gusto por el ‘legato’ y el respeto al texto que ha caracterizado desde siempre a Javier Camarena.
Tras unas palabras donde volvió a ganarse el público recordando el paréntesis que supuso la pandemia y volver a cantar, emocionado, dos arias que pese a lo antes comentado, serían el mejor Camarena de la velada por su entrega: dominio, madurez y emoción. Primero la endiablada aria de Ramiro del segundo acto de La Cenerentola que exige un estado físico atlético por los ornamentos, sin faltarle ninguno, el rol que le abrió el MET hace diez años, hoy más corpóreo y tirante en el agudo pero igual de entregado, con el final poderoso y fidedigno hasta en la duración. Para cerrar la primera parte el Tonio de La fille du régiment, ese aria del primer acto cual verdadera dedicatoria a tantos amigos hoy presentes, no solo por los famosos “nueve dos” que en la ópera suenan casi sin calentar pero este sábado estaban bien situados en el programa. Camarena los atacó “a pecho descubierto”, limpio, impetuoso, con la orquesta perfecta en volumen, que si Rossini le preparó el instrumento, con el bergamasco alcanzó la cima de un Everest vocal que probablemente no vuelva a escalar a su edad.
Para la segunda parte aún quedaba un último Verdi que el mexicano domina, transmite y encandila: la cavatina «La mia letizia…» de Oronte en el acto II de I lombardi alla prima crociata, Lucas Macías llevando de la mano a Camarena ayudando al fraseo y ‘rubati’ hasta el último ataque al agudo corriendo el riesgo pero dándolo, pues valentía y entrega nunca le faltan al tenor.
Cómodo con la lengua de Dante vendrían las tres últimas páginas antes de la zarzuela: una “Danza” de Rossini muy personal en el arreglo y agógica elegida para el mismo, personalmente alejada de mi referente Alfredo Kraus (omnipresente en esta gala por el repertorio), con la picardía del veterano y la complicidad desde el podio, no siempre fácil de ajustar y encajar, más los dos Tosti que presentaría por el último disco, estrenando en Oviedo los arreglos de Gonzalo Romeu perfectos para esta gala, disfrutando de una orquestación actual pensada para realzar aún más la voz. «Chitarra abruzzese» dedicada a Caruso sonó desde el respeto idiomático, el melodismo del de Ortona y la fuerza necesaria para no perder volumen desde la matización intrínseca a esta partitura, y después despuntando la luna del «Marechiare», otra instrumentación “ideale” para Tosti en la voz de Camarena, encajando mejor en la segunda estrofa (la única con la ayuda de la partitura en tablet) pero dejándonos la media voz que la orquesta respetaría para disfrutar el color del mexicano.
Dos romanzas de zarzuela serían el cierre oficial donde el tenor mexicano defiende nuestro género por excelencia, en el que muchas otras voces han dejado su impronta y Camarena las conoce sumándose a tantas versiones: primero el Juan Luis de El huésped del Sevillano con la mujer de perfil agareno que el mexicano tornó azteca por los ornamentos, y después “no pudo ser” el buen Leandro de La tabernera del puerto pese al esfuerzo en los agudos, la exquisita vocalización y una OFil plegada al tenor. Agradecerle que siga incorporando zarzuela en sus recitales porque la quiere y canta con pasión y rigor, aunque el timbre y proyección no sean lo mejor para esta lírica tan exigente o más que la ópera, sumándole todo lo que llevaba cantado a estas alturas de la gala.
Los dos regalos sí fueron adecuados para el Camarena actual, de nuevo con arreglos de Gonzalo Romeu que si se llevan al disco con el balance adecuado a la voz, serán un triunfo por atemporales aunque en la mal llamada música ligera: “El día que me quieras” (Gardel / Le Pera), tango traído casi al bolero, jugando con “tempi”, matices y adaptando la melodía al registro (echando de menos un recitado del puente instrumental como hizo Rosa María Mateo con Los Sabandeños), y “Contigo en la distancia” (César Portillo de la Luz), uno de los mejores boleros de la historia donde las voces mexicanas siempre han encontrado intérpretes de referencia y Camarena también lo ha hecho suyo gracias a una instrumentación que no solo engrandece el tema (flauta, trompa, bongoes y cuerda le dan el toque sinfónico) sino que ayuda a sobresalir la voz y el buen gusto de este tenor feliz en Asturias, disfrutando de la buena mesa y luchando con las inoportunas flemas que sólo en la penúltima nota, deteniéndose para limpiarla tosiendo antes del último agudo, consiguió quitársela mostrando su agudo portentoso, penetrante y al fin claro. Estaba en el momento vocal de “Begin the beguine” pero el punto final ya quedaba puesto.
FICHA:
Sábado 27 de enero de 2024, 20:00 horas. Auditorio “Príncipe Felipe” de Oviedo, Los Conciertos del Auditorio (25 aniversario): Javier Camarena (tenor), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director).
PROGRAMA:
Ferdinand Hérold (1791-1833): Obertura de Zampa.
Charles Gounod (1818-1893): «L’amour… Ah, lève-toi, soleil» (de Roméo et Juliette).
Édouard Lalo (1823-1892): «Puisqu’on ne peut fléchir… Vainement ma bien aimée» (de Le roi d’Ys).
Gaetano Donizetti (1797-1848): «Un ange, une femme inconnue…» (de La favorite).
Gioachino Rossini (1792-1868): Obertura de La gazza ladra.
Gioachino Rossini: «Si, ritrovarla iu giuro…», de La cenerentola.
G. Donizetti: «Ah! Mes amis, quel jour de fête!» (de La fille du régiment).
Giuseppe Verdi (1813-1901): Obertura de Luisa Miller.
Giuseppe Verdi:«La mia letizia infondere» (de I lombardi alla prima crociata).
G. Rossini: «La danza» (Arr. Ángel Rodríguez).
Francesco Paolo Tosti (1846-1916): «Chitarra abruzzese» (Arr. Gonzalo Romeu).
Francesco Paolo Tosti: «Marechiare» (Arr. Gonzalo Romeu).
Reveriano Soutullo (1880-1933) y Juan Vert (1890-1931): Intermedio de La leyenda del beso.
Jacinto Guerrero (1895-1951): «Mujer de los ojos negros» (de El huésped del Sevillano).
Pablo Sorozábal (1897-1988): «No puede ser» (de La tabernera del puerto).

Papoian: heredero del legado ruso

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Miércoles 24 de enero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, concierto nº 1677 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Alvargonzález: Ilia Papoian (piano). Obras de Scriabin, Médtner, Tchaikovsky y Rachmaninov.

Los concursos y premios además de darnos a conocer figuras emergentes, supone para los ganadores la posibilidad de ofrecer bastantes conciertos en distintos escenarios, descubriéndonos verdaderos talentos que en el caso del piano nos traía a Gijón. tras su paso el pasado año por la homónima de Oviedo, al ruso Ilia Papoian (San Petersburgo, 2001), con un currículo que tras escucharle en el Steinway© del Jovellanos no extraña su palmarés.
Con el Primer Premio del V Concurso Internacional de Piano «Ciudad de Vigo» en 2021 y Tercer Premio del XXVII Concurso Internacional de Piano Tchaikovsky (2023), llegaba a la capital de la Costa Verde con el patrocinio de la Fundación Alvargonzález, aunque su palmarés resulta impresionante a sus solo 22 años. Y es que el pianista ruso parece predestinado a ser uno de los grandes del siglo XXI, digno heredero de la llamada «Escuela Rusa» que en tiempos de globalización sigue siendo un referente a la vista de la cantera que está llenando los mejores escenarios, un país donde desde siempre ya en la educación primaria se enfoca al alumnado hacia las cualidades en las que destaca. Por ello Papopian comenzó directamente en la Escuela Secundaria Especial de Música en el Conservatorio Estatal Rimsky-Korsakov de su ciudad natal, y con 9 años ya ganó el  de su ciudad. Con 13 años daría su primer concierto en solitario, así pues el niño prodigio ya es un joven que lleva toda su corta vida unido al piano, con disciplina, un trabajo que se nota en su técnica asombrosa pero sobre todo con una madurez interpretativa que marca diferencias, ¡y aún sigue estudiando en el Conservatorio de San Petersburgo! con el profesor Alexander Sandler. El futuro es esperanzador y debemos tomar nota de su nombre.
El programa que traía Ilia Papoian a Gijón era una auténtica maratón de exigencias y nos dejaría una «tercera parte» con cuatro propinas que me recuerda a Don Gregorio Sokolov por su generosidad y exigencia tras un concierto durísimo donde su tierra fue la protagonista, como bien escribe Mar Norlander en las notas tituladas «La pasión y el talento del legado ruso» aplicables tanto al repertorio como al intérprete.
Para abrir boca nada menos que los 24 preludios, Op. 11 de Scriabin, no solo con valentía y riesgo ante esta magna partitura que enamoraría a otros grandes pianistas como Horowitz, Ashkenazy o S. Richter, y parece que también a nuestro Papoian. Verdadero homenaje a Chopin pero con una paleta inmensa de ritmos, melodías y armonías que el joven ruso fue desgranando tras una concentración previa y afrontándolos cual perlas bien engarzadas, jugando con el tempo y tonalidad de cada uno, poses y tics que transmiten lo que se escucha y toca desde una amplísima paleta de ataques (muñeca, mano, brazo y antebrazo) que suponen la gama dinámica en todos los extremos pero también la musicalidad de todos ellos, con un pedal derecho perfectamente incrustado y dejándonos no solo unos preludios vertiginosos además de limpios, sino los lentos de un lirismo y madurez que parecen imposibles en un aún estudiante de tan alto nivel, tomando casi al pie de la letra las indicaciones metronómicas desde un virtuosismo plegado a la maravillosa música de Scriabin.
Vuelta a un ritual previo de concentración para pasar a Médtner y su Sonata opus 30 compuesta coincidiendo con su plena madurez en la amplia obra pianística en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial (de hecho es conocida con el subtítulo de After the War Sonata). Amigo de Scriabin y Rachmáninov (quien le dedicó su Concierto para piano nº 4), que compartían programa, es una obra bella pero complejísima y más allá de la forma sonata clásica, ésta solo en un movimiento pero con una profundidad emocional y técnica al alcance de pocos pianistas donde encontramos como bien nos recuerda Mar «una gran conexión con la tradición romántico-rusa al incorporar elementos folclóricos rusos».  Maravilloso ver y percibir el poderoso sonido en ambas manos y momentos originales, sublimes, todos dramáticos, sacando del piano todos los recursos escritos y tejiendo sonidos como el alegre repique de campanas antes de un final potentísimo de esta sonata difícil de escuchar en vivo y aún más de interpretar que en las manos de Papoian pareció tomar de nuevo el legado ruso que en el siglo XIX comenzaría también en su San Petersburgo nada menos que Antón Rubinstein (1829-1894).
Descanso para tomar fuerzas porque aún quedaba lo más duro desde la siempre equivoca sensación de sencillez que Ilia Papoian transmite al piano, alejándose del teclado, la cabeza ladeada al lado contrario, sentado casi al borde de la banqueta para tocar con todo el cuerpo en una apabullante gama dinámica  y una musicalidad de quien lleva a su espalda toda una mochila llena de vivencias. El Chant élégiaque, nº 14 (de las de 18 piezas, op. 72) del tercer ruso, Tchaikovsky, fue buena muestra de todo ello: una miniatura gigantesca en su interpretación, expresividad, sonoridad romántica que nunca faltó en el concierto, fraseos elegantes con toda una labor de orfebre del sonido en este Adagio profundo, introspectivo y adulto.
Quedaba el cuarto as de la tarde, el último romántico ruso, Rachmáninov y su gigantesca Sonata para piano nº 2 en si bemol menor (1913), una de las grandes obras para piano del siglo XX, siendo la primera versión la preferida como es el caso de la ofrecida por Papoian. Obra de grandes dimensiones  al alcance de pocos pues «exige una gran madurez y mucha formación pianística para ejecutar correctamente el fraseo, las dinámicas, el tempo, el uso del pedal, saber destacar la melodía del acompañamiento con los desplazamientos melódicos continuamente entrecruzados y un sinfín de detalles técnicos y sonoros que surgen desde los seisillos iniciales de esta gran sonata» como bien la describe Mar Fernández (Mar Norlander) que pareció adivinar lo que disfrutaríamos con el pianista de San Petersburgo. Sonoridades majestuosas, sinfónicas, evocadoras de los conciertos para piano con el estilo inimitable de Don Sergio, una tentación para todo pianista que Papoian afrontó con un talento innato, puede que bebiendo de las fuentes de la primera capital rusa. Agitación interior en el primer movimiento, pausado segundo para seguir degustando el joven pianismo maduro, y un impactante tercero donde los dedos volaban igual que las imágenes tejidas desde el teclado, todo un discurso adulto en un cuerpo joven para un programa que desde las emociones resultó una «montaña rusa» (y perdón por la obviedad) para esta sonata majestuosa tan apabullante cono el intérprete.
La «tercera parte», distendido, como sabedor del deber cumplido, volvería a demostrar que el legado ruso sigue vigente, las variaciones y paráfrasis tan habituales en los grandes virtuosos del pasado siglo que en el actual suelen servir para epatar técnicamente en manos de chinos que compiten en dar mil notas por segundo pero carentes de la musicalidad propia de estas páginas ideales como propinas.
El Largo al factótum de «El barbero de Sevilla» (Rossini) parafraseado por el soviético Grigori Ginzburg (1904-1961) es un verdadero homenaje al aria más famosa de la ópera, cantando siempre la melodía pero tan adornada que parece imposible tocarse con dos manos y diez dedos. Papoian parecía fresco, desinhibido y feliz con esta página virtuosa de la siempre adorada «escuela rusa». Y como deseando demostrar la hondura de la música de su tierra, de nuevo Médtner y su Canzona serenata op. 38 nº 6, profundidad expresiva, música pura sin calificativos, que cerrando los ojos era la de un veterano pianista que vuelve a casa sin aspavientos ni fuegos artificiales.
Bendita juventud de mente abierta que nos traería al Beethoven de salón con su conocida y nada fácil Para Elisa en unas variaciones del pianista de jazz norteamericano Ethan Uslan con toques de ragtime, boogie-woogie, música sin etiquetas bien ejecutada, sentida y un verdadero placer comprobar la veresatilidad de un Papoian disfrutando en el piano.
Aún tendría fuerzas para emular al gran Horowitz y sus «Variaciones sobre Carmen« que dejaron boquiabierto a todo el teatro, velocidad de vértigo y ornamentaciones que nunca ocultaron el sabor de la famosa «Seguidilla», óperas ambientadas en España en un homenaje musical de Ilia Papoian a un país que ya está conquistando con su piano y musicalidad increíble.
PROGRAMA:
I
Aleksandr SCRIABIN (1872-1915): 24 preludios, Op. 11:
I. Vivace en do mayor – II. Allegretto en la menor – III. Vivo en sol mayor – IV. Lento en mi menor – V. Andante cantabile en re mayor – VI. Allegro en si menor – VII. Allegro assai en la mayor – VIII. Allegro agitato en fa sostenido menor – IX. Andantino en mi mayor – X. Andante en do sostenido menor – XI. Allegro assai en si mayor – XII. Andante en sol sostenido menor – XIII. Lento en sol bemol mayor – XIV. Presto en mi bemol menor – XV. Lento en re bemol mayor – XVI. Misterioso en si bemol menor – XVII. Allegretto en la bemol mayor – XVIII. Allegro agitato en fa menor – XIX. Affettuoso en mi bemol mayor – XX. Apassionato en do menor – XXI. Andante en si bemol mayor – XXII. Lento en sol menor – XXIII. Vivo en fa mayor – XXIV. Presto en re menor).
Nikolái MÉDTNER (1880-1951): Sonata para piano nº 9 en la menor, Op. 30.
II
Piotr Ilich TCHAIKOVSKY (1840-1893): Chant élégiaque, nº 14 de «18 piezas, Op. 72»
Serguéi RACHMÁNINOV (1873-1943): Sonata para piano nº 2 en si bemol menor, Op. 36 (primera versión, 1913): I. Allegro agitato – II. Non allegro—Lento – III. L’istesso tempo—Allegro molto.
Propinas (III)
ROSSINI – GINSBURG: Paráfrasis Largo al factótum de «El barbero de Sevilla».
N. MÉDTNER: Canzona serenata op. 38 nº 6.
BEETHOVEN: Variaciones sobre Para Elisa (arreglo Ethan Uslan).
G. BIZET – V. HOROWITZ: Variaciones sobre Carmen.

Una travesía musical

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Viernes 19 de enero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, «Conciertos del Auditorio» (25 años): Christian Tetzlaff (violín), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Laura Vega, Elgar y Dvořák.

Interesante travesía musical con tres buques cargados de historias y cual viaje en el tiempo de la Vieja Europa al Nuevo Mundo con una vuelta a casa de la música vieja a la nueva diría que en avión para desandar cronológicamente este periplo con Oviedo Filarmonía y su titular Lucas Macías que disfrutan y hacen disfrutar cada vez más a un auditorio que está respondiendo bien a sus propuestas.

Desde Las Palmas, parada en los cruceros transoceánicos desde tiempos de Colón, hasta La Asturias, primer reino hispano y hoy por mí bautizada como «La Viena Española» llegaba un barco a estrenar con el nombre de «Vetusta», obra de la profesora Laura Vega (Gran Canaria, 1978) que la propia OFil le encargó para surcar el Atlántico hasta nuestro pantalán musical de «Carbayonia» con la tripulación al mando del capitán Macías Navarro que apuesta por mujeres compositoras y obras nuevas.

Interesante esta primera singladura de la tarde con una partitura que siguiendo las notas al programa de Stefano Russomano toma como fuente de inspiración el fragmento inicial de la universal novela del zamorano afincado en Oviedo Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) «La regenta», que cumple ahora 140 años de su publicación: “La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles…”, una descripción de Vetusta (Oviedo) que se refleja en cada una de las secciones de la obra con una orquestación actual que bebe de lo conocido como no puede ser menos  en estos tiempos donde nunca se parte de cero, un barco nuevo con todas las actualizaciones para una buena navegación. Con más sugerencias que descripciones con frases de Clarín incluidas en la propia partitura, la música de Vega nos evoca imágenes conocidas por todos, de la ciudad provinciana que aún perdura como de los pequeños motivos musicales citados: el Preludio a la siesta de un fauno (1892-1894) de Debussy, el Himno de Asturias y el Concierto para piano Gift of Dreams (1998) de Rautavaara, tomando el diseño actual y rompedor del compositor finlandés para fusionar lo antiguo y lo nuevo en este astillero compositivo preparado para navegar muchos años y botado esta tarde ovetense con la propia Laura Vega presente, que con sus palabras define su música para Vetusta como “de carácter programático con un lenguaje basado en la consonancia (y no en los principios fundamentales de la ‘tonalidad’) siguiendo la línea de mis composiciones de los últimos años como por ejemplo Galdosiana”, verdadera obra Clariniana sugerente, de instrumentación ideal para la tripulación ovetense que Macías desde el puente de mando llevó en este estreno cantábrico, casi una banda sonora de la actual Oviedo, «Capital Gastronómica 2024» que mantiene vivo el espíritu decimonónico también en nuestra particular historia melómana.

Cambiamos de embarcación para viajar ahora en una enorme goleta de la armada británica, un velero de tres palos hasta la Inglaterra de Sir Edward Elgar (1857-1934) y su Concierto para violín en si menor, op. 61 (1910) con el invitado Christian Tetzlaff (Hamburgo, 1966) cual sobrecargo que izaría velas al mando de su trinquete musical en cada movimiento, dejándonos un perfecto entendimiento con el capitán Macías y toda su tripulación de la OFil. Volviendo a citar las notas de Russomano «coloca al principio de la partitura una enigmática frase en castellano, procedente de la novela Gil Blas de Alain-René Lesage: ‘Aquí se esconde el alma de…’«, y el violinista alemán la enseñó desde el primer Allegro, convincente, seguro técnicamente y con una musicalidad digna de mención, aires inquietos con sus compañeros de cuerda luciéndose cada primer atril en el palo de mesana junto al viento cada vez más favorable para afrontar cualquier estado de esta mar musical en buena colaboración y sin enfrentamientos, protagonismos compartidos para una buena navegación. Pasión y lirismo o «terriblemente emocional» como el propio compositor definió este concierto escrito para el virtuoso Fritz Kresiler que sigue dándonos fieles estudiosos y seguidores de su legado como si un gran almirante se tratase. Caluroso y efusivo se mostró Tetzlaff en el Andante, con una mezcla de polifonía, lirismo y melancolía en la tripulación nuevamente bien llevada con Macías al timón y en el tercero, Allegro molto que devolvería el carácter dramático de una mar rizada con pasajes difíciles en el violín virtuoso de sonoridad amplísima (un Peter Greiner actual), dominando la situación en el tema cantable que tiene una larga y elaborada cadenza solista bien apoyada por la orquesta en un segundo plano que parece devolver la camla chicha tras el temporal previo para arribar felizmente a puerto antes de la última travesía transoceánica.

El premio en tierra tras desembarcar no podía ser otro que la acción de gracias a «Mein Gott» Bach al que su compatriota virtuoso del violín le tiene tanta admiración que lo ha llevado al disco e interpretado a lo largo de su dilatada y exitosa carrera, eligiendo para esta vez el Largo (III movimiento) de la Sonata Nº 3 en do mayor, BWV 1005, otra degustación de un lirismo doliente como el Elgar anterior (y propina el pasado lunes), sonido cálido y limpio, fraseos personales de delicada interpretación e impecable ejecución, diseños de siempre para nuevas embarcaciones.

Y la gran travesía vendría hasta el Nueva York donde Dvořák llevaría su conocida Sinfonía desde el Nuevo Mundo (1893), hoy nada nuevo aunque siempre más joven que la «Vieja Europa» pero que en su momento fue cual transatlántico de lujo que no sería un Titanic pero impresionaría por su grandiosidad y «guiños» a unos EEUU que aún no habían encontrado su propio camino musical en aquel final del siglo XIX. La OFil y Macías afrontaban el reto de una navegación conocida pero siempre distinta como el propio océano, pero se manejan en cualquier embarcación con la madurez de los 25 años y el «entrenamiento» en singladuras variadas y dificultosas. Con la misma plantilla la novena sinfonía del checo sacó a flote las mejores cualidades de todas las secciones, desde los timbales seguros junto a la percusión, la cuerda como cabos bien trenzados capaces de pasar de la tensión máxima al aterciopelado fondo para disfrutar de unos metales siempre afinados en el plano exacto, y la madera bien barnizada donde en esta partitura el protagonismo solista y la gran ovación final la llevó el valenciano Javier Pérez al corno inglés. Melodías conocidas, ritmos ricos, contrapuntos bien llevados y presentes además de precisos gracias al capitán de este barco que logró dinámicas amplias, balances perfectos y el trabajo bien repartido y acompasado de una tripulación que volvió a dejarse la piel en la última singladura, con el arranque delicado antes de poner la maquinaria a la máxima potencia, dosificando la velocidad de crucero con los nudos precisos en cada una de las «cuatro etapas».

El «viaje de vuelta» de Nueva York a Asturias lo hice en avión con escala nuevamente en Las Palmas Gran Canaria de donde partió toda la travesía musical para este viernes bajo cero en el exterior pero cálido en butaca, que no nos impidió repasar a Clarín con Galdós, disfrutar de la pompa británica y recordar sintonías radiofónicas o hasta versiones «pop» con Mocedades.

Aún queda mucha música en este enero de 2024 que seguiremos contando desde aquí con el agradecimiento de quienes me leen en el desayuno.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

MAPA SONORO DE VETUSTA: Laura Vega (1978): Vetusta
(Estreno absoluto. Obra por encargo de Oviedo Filarmonía)

Edward Elgar (1857-1934): Concierto para violín en si menor, op. 61 (I. Allegro; II. Andante; III. Allegro molto)

SEGUNDA PARTE

Antonín Dvořák (1841-1904): Sinfonía nº 9 en mi menor, “Del Nuevo Mundo”, op. 95, B. 178 (I. Adagio- Allegro molto; II. Largo; III. Scherzo: Molto vivace; IV. Allegro con fuoco)

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si me permiten este trato epistolario:
Como todavía queda algo de inocencia (será por los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes cada vez lo llevo peor y no solo por esta tendencia mía a La República) es pasar la hoja del calendario aunque el «bicho» del Covid siga entre nosotros conviviendo con la gripe habitual.
Musicalmente, y a la vista de cómo está el mundo lleno de odio, guerras, genocidios y las tristes circunstancias de las que parecemos no aprender, solo pido mantener toda la música posible, a ser posible en PAZ, aunque sé que la salud es el mejor regalo en estos tiempos.
Sin necesidad de aniversarios (y en 2024 hay muchos para celebrar), como todo los años que son como mi Scalextric, pido poder escuchar en mi tierra la Octava Sinfonía «De los Mil»  de Mahler con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, la Universitaria ya renacida), coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y peques, igual que el de la Fundación Princesa, la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y también la Escolanía de Covadonga -que la han «desaparecido»- más la de San Salvador…), junto a solistas de los que tenemos un montón y ¡de primera! en nuestra querida Asturias y de todas las tesituras: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Lola Casariego, la joven María Heres, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa). Sería lo más deseado de mi larga lista… Para todos ellos siempre les pido a ustedes mucho trabajo, pues los éxitos llegan con el esfuerzo y eso no les falta nunca.
Eso sí, mantengo mi ilusión de contar con Pablo González como director de un acontecimiento que saben me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… y mi tocayu ya dirigiese en Barcelona cuando estuvo de titular, y ya que se ha despedido de la OCRTVE, aprovecho para pedirles le den una orquesta para este 2024 y siguientes. Ya por redondear este paquete, podrían traernos un concertino para la OSPA, pues llevamos huérfanos y necesitados desde la jubilación de nuestro querido Sasha. Darles las gracias porque sí nos trajeron al fin un titular, y además «vecino».
Con la ilusión infantil de este día tampoco quiero olvidarme de pedirles mucho trabajo para Forma Antiqva, esperando les llegue un Grammy clásico (se lo merecen), sobre todo a los tres hermanos Zapico que pese a todo, siguen «a tope» haciendo historia volando desde casa, actuando solos, en otros ensembles, y especialmente en «su formación», así como pedir que sigan grabando nuevos discos, juntos o por separado, pues siempre son el mejor regalo.
También quiero recordar a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes en Madrid a la cabeza de los también docentes como Mario Bernardo, a Martín García o Henar F. Clavel que están creciendo en todos los sentidos, sin olvidarme de mis admirados Diego Fernández Magdaleno, Judith Jáuregui (que será mamá este año como el mejor y mayor regalo) o mi querida venezolana Gabriela Montero, a quienes les vendrá bien seguir trabajando mucho en este recién estrenado 2024 tras ir recuperando todos ellos fechas.
Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Jorge Muñiz junto a las de la joven e inconmensurable pareja Guillermo Martínez (que este pasado año sigue igual de fructífero) y Gabriel Ordás (que tambén se ha ido a USA para proseguir sus estudios), pues siguen estando de lo más inspirados, regalándonos muchos estrenos tal como les había pedido en mi carta del 2023. Gracias señorías…
Y por mantener la ilusión, aunque como dice mi madre «parece que te hizo la boca un fraile» (?), continúo reclamando a los llamados «gestores culturales» les den mucho más trabajo a los de casa, no por patrioterismo o «aldeanismo» barato sino por la calidad contrastada, incluso que varíen de agencias de contratación… saben de sobra que la Cultura ha demostrado además de ser Segura resultar la mejor inversión en tiempos difíciles.
Este año no pido nada para mis jóvenes violinistas favoritos que se van haciendo mayores, pues están trabajando y bien (Ignacio Rodríguez sigue emigrado aunque ahora en Bélgica y María Ovín continúa en la OSPA), creciendo como personas y artistas… solo desearles que continúen los éxitos.
Para mi adorada Beatriz Díaz siempre les escribo otra carta porque se merece todo lo que le traigan en este 2024 (el Año Puccini que debería celebrarse contando con su voz) y mucho más. Además de darle de nuevo las gracias a la asturiana, felicitarla por un repertorio que sigue creciendo tanto como su agenda aunque espere mucha más ópera y zarzuela en el Campoamor como protagonista (con ganas de La Rosa del Azafrán), pues al fin le trajeron el año pasado su esperada Mimí en Alicante (donde le cambiaron hasta su apellido Díaz por Martínez), por lo que les sigo pidiendo la lleven al Teatro Real de Madrid o al Liceu barcelonés. En Tokio o Brasil ya ha triunfado, en Italia «la piccolina» ya es casi suya, y continúa teniendo fechas por Europa, pero recordándoles que en Londres, Viena o Nueva York aún no se han enterado cómo canta, y Vds. lo saben por ser Magos… la magia de la soprano allerana es tan única como la suya y debemos compartirla.
Para la ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi mamá dice que vale ya de pedir… al menos mantenerla en Asturias apostando por títulos nuevos sin olvidarnos de los «top» y seguir dando oportunidades a nuevas voces y públicos.
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir otra misiva más detallada para tantos como tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS). Al menos me consta que los envíos llegan a destino y se agradecen, incluso con emoticonos que ya son universales (🚜💩💩💩💩💩💩💩🐄).
Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalasteis su presidencia en junio de 2018, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2023 en que cumplíamos nuestro primer lustro (incluso con la Lotería que no les pedía tocase, porque ya lo hacían nuestros músicos, pero que les agradezco nos trajeran ¡una pedrea!), esperando mantengan su Banda Sinfónica y acertemos en el relevo de Antonio Cánovas (a quien le han traído destino en su tierra murciana y la dirección de la Banda de Águilas). Poder mantener el mismo nivel tras cinco años sin parar (ni siquiera con el Covid), y llevando su música, además del nombre de nuestra «Hermosa Villa» lo más lejos posible con una calidad y programas que son la envidia de muchos. Salud es lo importante porque ganas e ilusión no faltan.
A propósito, si pudieran dejar la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales en este mi segundo curso fuera de ella. Pero veo que la LOMLOE  (Ley Celáa) sigue empeorando leyes anteriores (y dicen que van ocho en 36 años),en pos de una generación de ignorantes digitales y adictos al móvil, aunque mantengo la esperanza que algún día se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia que intenta reescribir la historia a base de tantos eufemismos. Aunque suene un tanto repipi la esperanza nunca la pierdo.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan) utilizando el transporte que tengan (saben de sobra que los carburantes son más caros que el pienso), sin entrar en cabalgatas de las que no opino, y menos con Baltasar descolorido… Que sigan llenándonos de esperanza e ilusiones todos los días de este 2024 olímpico y bisiesto.
Y como siempre, que no se me olvide

¡Hala Oviedo!

Pablito, 12 años

Lírica asturiana y solidaria

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Miércoles 20 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1675. Gala Lírica: Beatriz Díaz (soprano), Jorge Rodríguez Norton (tenor), Marcos Suárez (piano). Ópera y zarzuela. Concierto benéfico a favor de la Asociación Síndrome de Down del Principado de Asturias.

Llegaba mi último concierto asturiano del año y además en Gijón por «La Minera» para una gala lírica asturiana con artistas «de casa» uniéndose una causa solidaria pues los beneficios eran para la Asociación Síndrome de Down del Principado de Asturias, que al descanso se nos comunicó había recaudado solo en taquilla más de 2000€, pendientes de la «Fila Cero» y las ventas de manualidades en el vestíbulo del teatro por muchos de ellos, que también acudieron al concierto.

Hizo de presentadora del evento la radiofónica Camino Sofia de la Guerra quien además nos dejó unas pinceladas de lo que se ha avanzado con los chicos y adultos con un síndrome que hasta hace poco parecía taparse o al menos no visibilizarse, mientras hoy vamos incorporándolos a nuestra sociedad con todo el derecho, independizándose muchos de ellos y trabajando, donde sabemos que son puntuales y cumplidores como pocos, como bien recordaba la periodista quien por experiencia había realizado unos talleres de radio con ellos.

Otra gala lírica asturiana en Gijón, este miércoles con la allerana Beatriz Díaz, el avilesino Jorge Rodríguez Norton y el langreano Marcos Suárez, bien conocidos por su exitosa carrera más allá de nuestro Principado y que siempre están dispuestos a participar con su talento en donde se les reclame para causas solidarias, buscando un hueco en unas agendas que están «a tope» y más en estas fechas. La velada se organizaría como es habitual, una primera parte italiana con canciones, arias y dúos de ópera, más una segunda española donde no faltó la canción asturiana o romanzas y dúos de zarzuela, alternando presencia los solistas, abriendo la soprano la primera parte y el tenor la segunda.

Las obras elegidas, que contaron con unas magníficas notas al programa de la doctora María Encina Cortizo no solo analizándolas sino añadiendo anécdotas y curiosidades que todo aficionado agradece, fueron del agrado del respetable que llenó el patio de butacas y buena parte del anfiteatro, haciendo cola antes de abrirse las puerta del Jovellanos a las 19:30, en un ambiente festivo y navideño en todo el Paseo de Begoña.

Beatriz Díaz nos enamoraría nada más comenzar a cantar  «Non t’amo più» de Tosti, más acostumbrados a las versiones con tenor pero que en su voz sonó a pura lírica y ese aire pucciniano del compositor de Ortona. Y continuaría Jorge Rodríguez con «Musica proibita», la obra más conocida de Gastaldón, dos canzoni italianas a la que se sumaría en este bloque la popular «‘O sole mio» que como bien escribe la doctora Cortizo «(…) pasando, incluso, por ser una verdadera canción popular napolitana, a pesar de su ritmo de habanera. Sin embargo, es una partitura de Di Capua, compuesta sobre un texto en dialecto napolitano del periodista Giovanni Capurro». Todas con un acompañamiento camerístico al piano que Marcos Suárez brindó con su buen hacer habitual, aunque la tablet no sean papel y el cambio de pantalla a veces obligue a «perderse» notas que nadie recoge al finalizar (con todo el humor y cariño).

No podían faltar en el caso de la soprano el Puccini que parece haber compuesto para ella y siempre pone la carne de gallina, el aria de Tosca y la de Gianni Schicchi que la escuchamos recientemente en Oviedo.

Aunque el piano no es orquesta y sus reducciones sean casi imposibles, Marcos Suárez las afrontó siempre plegado a la voz (como todo maestro debe hacer), dramatizada y poderosa «Vissi d’arte« y enternecedor «O mio babbino caro«, recordando a la periodista que es babbino (diminutivo de papá, papito) y no bambino (niño). Dos arias que siguen emocionando en la interpretación de la allerana.

Y Verdi, el tenor con una de las seis romanzas del genio de Le Roncole para sumarse la soprano en el conocido brindis de La Traviata que el avilesino acaba de representar en la temporada ovetense, copa de cava en mano la Violetta Díaz también disfruta con Verdi y empasta a la perfección con Giorgio Rodríguez Norton, una pareja de primer acto fresca, joven, creíble y en un momento vocal ideal en ambos capacitados para cualquier representación en los mejores teatros europeos o americanos.

El gijonés Vázquez del Fresno, socio de honor de esta Filarmónica y presente en el concierto, en su amplia producción también se ha acercado a la llamada «Canción de concierto», con un piano virtuoso en el mismo plano de protagonismo que la voz. Sobre temas e inspiración asturiana, nadie mejor que nuestros cantantes para una pequeña muestra hispana en la segunda parte, Jorge Rodríguez Norton con «De noche» (de las Siete canciones asturianas, op. 14), lleno de giros de tonada líricos e íntimos, y «El xuguete» (Cantarinos pa que suañes, op. 30 nº 12) que ya escuchásemos a Beatriz Díaz, la voz ideal del compositor, capaz de emocionarnos con esa letra musicada desde el respeto a la métrica habitual en Don Luis, que la musicalidad innata de la allerana eleva al nivel del lied.

Nada más nuestro que la zarzuela, que además presentaba el día anterior el próximo Festival de Oviedo, y cuatro romanzas como ejemplos de la «zarzuela grande» donde los asturianos demostraron su magisterio canoro en ellas.

El dúo de Luisa Fernanda con un buen empaste de ambas voces y la necesaria escena para transmitir este desamor entre Luisa y Javier, con un piano a nueve dedos (el décimo en la mano izquierda «picoteaba» la pantalla para pasar página).

El tenor cantaría la romanza del rey «¡Intranquilo estoy!» (acto III, nº 17) de la genial El rey que rabió de Chapí, originalmente escrita para una contralto aunque hoy es más frecuente que sean los tenores quienes la interpreten. El registro grave del avilesino ha ganado cuerpo y en este fragmento que evoca cuando el rey regresa a palacio tras su secreta aventura haciéndose pasar por pastor, es una romanza llena de lirismo y esas melodías que el de Villena redondeaba con una orquesta, hoy al piano.

Preparando la Sagrario que Beatriz Díaz encarnará en La Rosa del Azafrán en mayo próximo, su romanza «No me duele que se vaya» (escena I, acto II), estoy convencido que la volverá a encumbrar en Oviedo y allá donde incluyan esta zarzuela del maestro Guerrero que no se programa frecuentemente, y que tener a la soprano asturiana en ese rol marcará diferencias. Es lo más destacado de la partitura, donde se despide de su amado el capataz Juan Pedro, tras asumir lo imposible de su unión, un personaje desgarrado perfecto para unos graves que van tomando cuerpo y los exigentes agudos cual explosión desbordante de «la nostalgia de un amor que no puede ser por las convenciones sociales» que bien describe mi admirada María Encina.

Siempre que escucho el dúo de El gato montés de Penella viene a mi memoria el recuerdo del mayor admirador de la soprano de Boo, Ramón Jiménez, quien clamaba por escucharla con Alejandro Roy y cuando lo logró fue el hombre más feliz del mundo, aunque le contase el mismo dúo con Enrique Ferrer en Pamplona, y volví a recordarlo con José Bros. Evidentemente el Juanillo de Rodríguez Norton tiene otro color de voz y menos potencia que el tenor gijonés o el catalán, pero nuestra Soleá Díaz se marcó un dúo para seguir manteniendo vivos a nuestros seres queridos, uno de los pasodobles más famosos e internacionales con una actuación entregada por parte de estas figuras que levantaron bravos como si estuviésemos en El Bibio.

Con la Navidad a la puerta, no podían faltar unos villancicos que bien enlazados y modulados al piano por Marcos Suárez, conformando un «Christmas Medley» en francés, inglés, español, algún puente handeliano, latín y hasta un guiño germánico en el que el tenor avilesino se mueve como pocos por Bayreuth. Así fueron sonando un sentido Cantique de Noël (Adolph Adam), nuestro popular El tamborilero con Marcos a las «ostinadas baquetas» llegando los mejores musicales americanos y de Hollywood con White Christmas (Irving Berlin), Santa Claus is Commin’ (Sia & Greg Kurstin) que estas fiestas sonará ambientando muchas luces en las múltiples versiones, aquí con dos voces perfectas para un final de fiesta donde también escuchamos tras un «intermezzo» delicado al piano Adeste fideles antes del Noche de Paz, la que pedimos para todos.

PROGRAMA:

I

Francesco Paolo TOSTI (1846-1916): «Non t’amo più»

Stanislao GASTALDON (1861-1939): «Musica proibita»

Giacomo PUCCINI (1858-1924) «Vissi d’arte», aria de Tosca.

Giuseppe VERDI (1813-1901):
«In solitaria stanza» (Seis Romanzas, nº 3)

G. PUCCINI: «O mio babbino caro», aria de Gianni Schicchi.

Eduardo DI CAPUA (1865-1917): «‘O sole mio»

G. VERDI: «Libiamo ne’ lieti calici», brindis de La Traviata

II

Luis VÁZQUEZ DEL FRESNO (1948):

«De noche» (Siete canciones asturianas, op.14 nº 3)

«El xuguete» (Cantarinos pa que suañes, op.30 nº 12)

Federico MORENO TORROBA (1891 -1982): «¡Cállate corazón…!», dúo de Luisa Fernanda.

Ruperto CHAPÍ (1851-1909): «¡Intranquilo estoy!», romanza de El rey que rabió.

Jacinto GUERRERO (1895-1951): «No me duele que se vaya», romanza de La rosa del azafrán.

Manuel PENELLA (1880-1939): «Torero quiero ser», dúo de El gato montés.

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