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Sonaron campanas de gloria

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Viernes 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos del AuditorioJornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Noelia Rodiles (piano), El León de Oro -LDO- (Marco A. García de Paz, maestro de coro), Oviedo FilarmoníaLucas Macías Navarro (director). Obras de Jaëll, Martínez Burgos y Beethoven. Fotos de Beatriz Montes y propias.

Buena inauguración de las Jornadas de Piano del siempre recordado Iberni, con la avilesina Noelia Rodiles protagonista por partida doble y nuestro coro más laureado e internacional los luanquinos del LDO, con el titular de OFil el onubense Lucas Macías «armando» un programa muy interesante donde no faltó una obra de compositora (esta vez la francesa Marie Jaël) como bien anunciase su intención el maestro en cada concierto, un estreno absoluto de Manuel Martínez Burgos, catedrático del Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias (CONSMUPA) de amplísimo curriculum y galardones, para reencontranos con el genio de Bonn en la segunda parte.

Y es que Jaëll fue la primera pianista en interpretar todas las sonatas para piano de Beethoven en París y tras sufrir una tendinitis, realizó estudios sobre fisiología y psicología que posteriormente aplicaría a las técnicas manuales para tocar el piano, creando un método que lleva su nombre por sus investigaciones  que incluían cómo afecta la música a la conexión entre la mente y el cuerpo, así como la forma de aplicar estos conocimientos a la inteligencia y la sensibilidad en la enseñanza de la música. Nacida en 1846, la familia de Marie Trautmann la enviaría a París para recibir la mejor educación posible en su conservatorio. En ese entorno su círculo de amistades se ampliará y conocerá al austríaco Alfred Jaëll –antiguo alumno de Chopin– con quien terminará contrayendo matrimonio en 1866. De su obra titulada Harmonies d’Alsace (1917), Jonathan Mallada escribe en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras) que «la compositora se inspiró en los recuerdos de su infancia en Steinseltz, su localidad natal y comuna francesa, situada en el departamento de Bajo Rin en la región de Alsacia (…) bajo el magisterio compositivo de César Franck y Camille Saint-Saëns, con quienes mantendrá una abundante correspondencia epistolar (…) supone un canto de amor hacia su tierra de origen (Alsacia) ante el inminente desenlace de la Primera Guerra Mundial. Compuesta para pequeña orquesta, es una obra llena de lirismo y belleza que evoluciona desde una ligera inquietud y nostalgia –a través de una armonía algo oscurecida– hacia la brillantez de la cuerda, que llega para disipar cualquier mal presagio».  Buen arranque «camerístico» de la OFil con una cuerda que gana enteros cada día, siendo asombrosa la versatilidad de la formación ovetense pasando del foso lírico al escenario del auditorio donde se ha consolidado como orquesta residente de este ciclo. El maestro Macías Navarro siempre de gesto claro y preciso le da a la orquesta la confianza para afrontar repertorios de lo más variado, y esta breve «obertura» prepararía el estreno absoluto con todo el músculo sinfónico y excelentes refuerzos en la cuerda  para completar la plantilla ideal (14-12-10-8-6-4).

Cloches (2023) es un concierto para piano y orquesta lleno de detalles sonoros y tímbricos que Martínez Burgos domina desde una orquestación muy trabajada en todas sus secciones más allá de la percusión. Las notas al programa nos dicen que «es una búsqueda en las posibilidades expresivas de las campanas como un medio sonoro portador de mensajes a largas distancias». En una entrevista para el diario La Nueva España el propio compositor cuenta que refleja el paisaje sonoro que descubrió cuando llegó a Oviedo y le evocaba el de París y Oxford, el mejor cosmopolitismo para estrenarse en «La Viena española». Con Noelia Rodiles de solista, su piano se fundió en resonancias seculares junto a la OFil, en un trabajo meticuloso del maestro Macías, cinco movimientos con guiños a otros grandes orquestadores pero en un lenguaje propio dándole al piano momentos muy virtuosísticos junto a otros que engrandecen la tímbrica sinfónica. El primer movimiento, La vallée des cloches recuerda a Ravel más allá de que Miroirs contenga también unas «campanas», y personalmente me evocó un concierto en St Gallen hace nueve años, conectando todas las iglesias del valle que en el caso de Martínez Burgos hacen referencia a un metafórico valle de campanas que conectaría sinbólicamente toda Europa. El segundo número, La cloche Wamba, nos traslada directamente a la «Sancta Ovetensis» tras un análisis espectral de la campana en activo más antigua de Europa, “Wamba” –fundida en 1219–. El compositor trabaja las sonoridades incluso en un vibráfono cuyas láminas también vibran con dos arcos más allá de toda la percusión que se une a unos metales que calificaría de «broncíneos», utilizando el devenir armónico que vertebrará este movimiento. La recreación será aún más evidente en Grande volée de cloches à Notre-Dame de Paris, movimiento central del concierto con todas las campanas parisinas repicando, el piano sumándose con fuerza y fundiendo timbres grandiosos, incluso «debussyanos» de «Catedral sumergida», resonancias mágicas de sonoridades muy trabajadas y bien llevadas por el maestro onubense con la pianista avilesina verdadera «argamasa sonora» engordando unas texturas muy logradas. Cadenza y Finale cierran este original y exigente concierto, sonando algunos de los temas previos y dando una coherencia a la obra con un final virtuoso en el piano y explosivo a nivel orquestal en una lucha titánica de dinámicas muy actuales. Como escribe Mallada «En síntesis, las campanas sirven para dotar a la obra de un contexto armónico nada tradicional sobre el que se urde un concierto donde se conjugan la consabida dialéctica entre el solista y la orquesta, pero donde el piano trata de integrarse en la sonoridad general de la obra, demostrando el oficio, la originalidad y las facultades compositivas de su autor».

Y campanas de gloria en la despedida a la arpista polaca Danuta Wojnar, 40 años en nuestra tierra además de ser fundadora de la OFil desde aquellos tiempos de OSCO, una institución en la música asturiana a quien Noelia Rodiles le entregó su ramo de flores, con palabras de Lucas Macías y la propia principal Danuta que pasa a engrosar el «selecto club de músicos jubilados» en plena madurez.

Para Beethoven Fidelio fue “su hijo más querido” y en cualquier momento su música se hace necesaria. Si la ópera trabajaba los recursos y valores revolucionarios además de «heróicos» que aparecían en la “Tercera”, el obsesivo sordo genial le hacía rehacer constantemente sus manuscritos y tras su crisis depresiva de 1802 a causa de su incipiente sordera, la segunda de las cuatro oberturas para esta ópera,  (Leonora nº 2) encierra todo el dramatismo que Macías y la OFil mostraron sin complejos. Como en el foso para Fidelio pero con la acústica del auditorio de Rafael Beca, pudimos rememorar las mazmorras sevillanas o el aria de Florestán “In des Lebens Frühlingstagen”. Desde el podio fuimos paladeando la lenta y pesante Introducción con unas maderas bien empastadas y realzando los silencios tan importantes en el romanticismo y toda la música. En el allegro la cuerda se defendió limpia lo mismo que en el Presto final con una trompeta natural fuera de escena que anunciará no solo la llegada del emisario real a la prisión sino el ejército coral de leones para la Fantasía con el retorno de la pianista avilesina.

La Fantasia para piano, coro y orquesta, opus 80, dedicada al rey Maximiliano José de Baviera, está concebida en dos partes de longitud desigual: un Adagio (iniciada por una cadenza improvisada del piano solo de 26 compases) y un Finale formado por varias secciones de diferente tempo: allegro, meno allegro, allegro molto, adagio ma non tropo, marcia, allegro, allegretto, presto. Es una marravilosa fantasía libre para piano solo, conjunto de variaciones de la pieza “Seufzer eines Ungeliebten – Gegenliebe” (del propio Beethoven) y como concierto para piano que parece estar experimentando su «Emperador».

El inicio de Rodiles con el aplomo ya mostrado en las «campanas» y la fuerza llena de limpieza en todas sus intervenciones, diálogos con la orquesta que no flojeó en ninguna de sus secciones bien concertado todo por Lucas Macías (y de memoria toda esta segunda parte). El tema desarrollado es otro «banco de pruebas» para la Oda a la Alegría, cambiando a Schiller por el poeta Christoph Kuffner, y la letra traducida además de proyectada en el escenario.

LDO hoy con 45 voces sonó inmenso, en su línea de perfecta afinación, matices extremos y total entrega, destacando los cuatro solistas (las sopranos María Peñalver San Cristóbal y Elena Rosso Valiño, la contralto Andrea Gutiérrez D’Soignie, los tenores Jairo Flórez Gutiérrez y Jesús Fernando Torres Delgado, más el bajo Jesús Gavito Feliz). Cuando el público queda con ganas de volver a escuchar esta fantasía es por las emociones y belleza de una partitura que nunca cansamos de escucharla, con un piano impoluto pasando del protagonismo al diálogo, disfrutando de todas las variaciones en madera y cuerdas solistas, atmósferas preparadas con las «campanas de Burgos» para transitar entre lo lírico, lo majestuoso y el mejor fundido de piano, orquesta y coro con Lucas Macías perfecto maestro bruñidor. «Inmejorable
preludio del universal canto de fraternidad»
(Mallada scribit).

PROGRAMA:

1. Marie Jaëll (Steinseltz -Alsacia-, 17 de agosto de 1846 – París, 4 de febrero de 1925):

Harmonies d’Alsace

2. Manuel Martínez Burgos (Madrid, 1970):

Cloches, concierto para piano y orquesta *:

I. La vallée des cloches – II. La cloche “Wamba” – III. Grande volée de cloches à Notre-Dame de Paris – IV. Cadenza – V. Finale

* Estreno absoluto. Partituras propiedad de Universal Edition A.G.

3. Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827):

Obertura Leonora nº 2, op. 72

Fantasía para piano, solistas, coro y orquesta en do menor, op. 80 (Fantasía coral)

I. Adagio – II. Finale: Allegro – Allegretto – Allegro molto –
Adagio ma non troppo – Marcia, assai vivace –
Allegro ma non troppo – Presto

Universo orquestal «con forza»

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Viernes 17 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono III Subito con forza: OSPA, Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras deUnsuk Chin, Béla Bartók y Mozart.

Segunda semana con el «extra vitamínico» del violinista ucraniano afincado en Londres, que esta vez no estuvo en el encuentro con los abonados a las 19:15 en la Sala de Cámara del Auditorio sino el titular portugués explicándonos el programa (que repetiría antes de arrancar el concierto).

Y quiero volver a remarcar lo bueno que supone contar con el maestro Simovic porque no solo contagia su pasión a la OSPA, a la que se la nota feliz y a pleno rendimiento, también al público (hoy volvió a haber demasiados huecos) que recibe ese ímpetu y buena química sobre el escenario. Al «cocktail  energético» debemos sumar la apuesta por tenerle nuevamente de solista en el exigente concierto de Bartók tras un estreno, al menos asturiano, de la surcoreana Unsuk Chin (Seúl, 14 de julio de 1961), otro de los proyectos que ha traído Nuno Coelho en esta su segunda temporada al frente de la OSPA. Por cierto que sigue sin cubrirse la plaza de concertino, como preguntó en el encuentro una abuela para contárselo a su nieto violinista (!), de nuevo invitando a solistas  internacionales como esta vez la austriaca Birgit Kolar que lo fue igualmente hace un año de la OFil, junto a Sabine Lohez de ayudante. Y para la segunda parte, siempre en el formato decimonónico de «Estreno-Concierto-Sinfonía» no se olvidaron de programar el «repertorio de siempre», esta vez con la última sinfonía del genio de Salzburgo.

En las notas al programa (enlazadas al principio) de Hertha Gallego de Torres), sobre la obra de la pianista y compositora Unsuk Chin -distinguida alumna de juventud de Ligeti-, y actualmente viviendo en Berlín nos cuenta que «escribió Subito con forza en 2020 en pleno confinamiento, a petición de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam para celebrar el 250 Aniversario del nacimiento de Beethoven (…) indisimulada afición por el virtuosismo, que aquí se muestra en una paleta brillante de instrumentos de percusión con un papel tan importante o más que la cuerda. Puede presumir Chin  (…) de que sus obras son muy accesibles al público que rechaza la música contemporánea, por la brillantez que obliga a exhibir a la voz, a la orquesta o a ambas». También la elección de esta obra por necesidades de plantilla como explicó la gerente en el encuentro previo. Con los «motivos» de las oberturas de Coriolano o Leonora III y el inconfundible motivo rítmico de la Quinta, el maestro Coelho la defendió con su ímpetu habitual, destacando el enorme trabajo de los percusionistas, junto al arpa y el piano pero sin menoscabar al resto de una orquesta que hoy se colocó «quasi vienesa» con los violines enfrentados y violas-chelos frente al podio. Obra interesantísima la de esta surcoreana más europea que muchos y volviendo a recordarnos que la Pandemia del Covid también trajo mucha creatividad, caso de este Subito con forza… y fuego.

Esperado el regreso de Simovic con su Stradivarius pasando del pasado Beethoven al presente Concierto para violín nº 2 (1939) de Béla Bartók, de los más importantes escritos en el siglo XX plagado de recovecos para solista y orquesta, con el portugués mostrando de nuevo su calidad como concertador en una obra exigente para todos. Sobre esta partitura que bien nos explicó por partida doble, añadir de nuevo las notas sobre el mismo (con links míos): «después de varias consultas con el eximio violinista y compositor húngaro Zoltán Székely, su dedicatario (…) había sugerido al compositor la obra poco antes de que se exiliasen ambos a Estados Unidos. Székely, miembro del famoso Cuarteto Húngaro, fue quien estrenó el Concierto como solista con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en 1939», en este caso enlazando la misma formación con la obra de la surcoreana. Prosigue la profesora Gallego de Torres: «Ejemplo de la personal síntesis de tradición y progreso de Bártok, su estructura formal es la del concierto clásico o romántico. Sin embargo, tonalmente, bebe de la influencia dodecafónica y de las escalas modales del folklore de los Balcanes» y así lo entendieron a la perfección desde el trípode que mantiene el equilibrio perfecto: solista, orquesta y director, porque el virtuosismo de Simovic en el Allegro non troppo parece sencillo ante su sonoridad limpia, su musicalidad exquisita del bellísimo Theme and Variations: Andante tranquillo central que estuvo arropada y mimada por la OSPA, y el complicado Rondo: Allegro molto final lo entendió en sus múltiples cambios de tempi y compás un Coelho en sintonía con el mago Simovic, momentos de complicidad  con una madera contestando desde la misma intención que el Stradivarius para disfrutar de una amplísima gama dinámica que desde el podio pareció trabajar cual ingeniero de sonido manteniendo el balance y presencia exacta de cada pasaje.

Si el viernes pasado mister Simovic nos regalaba una propina a dúo con el concertino, de nuevo la sencillez y generosidad del maestro nos preparó con Max von Pfeil, principal de chelos, otra «delicatessen» del noruego Johan Halvorsen, violinista virtuoso, distinguido director de orquesta, compositor de gran cantidad de música incidental, obras orquestales y numerosas piezas para violín. En 1894, cuando trabajaba como director de orquesta en Bergen, la ciudad natal de Grieg, hizo una «extravagante» adaptación para violín y viola (hoy con chelo) de la Passacaglia de una «Suite para clavecín solo» de Handel, variaciones continuas sobre un bajo repetitivo que Halvorsen reelabora las suyas con un despliegue instrumental ampliado: dobles paradas, escalas vertiginosas, armónicos y una amplia gama de dinámicas, timbres y articulación, un impresionante dúo donde disfrutar de ambos intérpretes, compañeros unidos por estas músicas que siempre nos «descubren» el talento de los músicos de la OSPA y la cercanía de este violinista al que sigo pidiendo le pongan un piso en Oviedo pues cada estancia entre nosotros aumenta la calidad y entrega para disfrute de todos, aficionados incluidos.

Si Beethoven encandiló en el segundo de abono, en este tercero llegaba la última sinfonía de Mozart, el cierre de la trilogía compuesta en tiempo récord y sin necesidad de encargo alguno, como también nos contó el maestro de Oporto, y que no consta se estrenasen en vida del salzburgués. La sinfonía nº 41 ”Júpiter” fue escrita en el verano de 1788 en la tonalidad de do mayor de estructura clásica pero que encierra el lenguaje operístico de Don Giovanni o Cossì, música sin palabras pero con la firma inigualable. Coelho la trabajó así, pues tanto el portugés como Hertha Gallego citaron a Harnoncourt: «para Mozart lo importante siempre es el drama, el diálogo, el conflicto y su resolución (…) Lo paradójico es que esto no sólo se refiere a sus óperas sino también a su música instrumental, que siempre es dramática». De hecho los tempi elegidos no fueron extremos pero sí delineados cual canto, ayudado de nuevo por la colocación de la cuerda y la propia plantilla utilizada por Mozart, así como la elección para esta «Júpiter» de los timbales ‘clásicos’ que Mr. Prentice volvió a manejar con gusto y seguridad.

El Allegro vivace se planteó tranquilo, cual obertura luminosa de contrastes bien marcados, líneas melódicas en cuerda con maderas ideales y metales redondos. Lírico y reposado el Andante cantabile tan original y propio del Mozart maduro, acentos claros de sonoridad onírica en todas las secciones. El Minuetto: Allegretto bien marcado con las lengüetas y bisel alternando «el canto» revestidas con los bronces y abrigadas por una cuerda con identidad propia. Y el universo del Molto allegro preciosista, dbujándose claros los temas superpuestos bien delineados por el maestro Coelho sin forzar el aire, poderío de bronce y empuje sinfónico en la Viena que rompería moldes en todas las artes, escuchándose todos los músicos al detalle en esta sinfonía que nunca es igual aunque la escuchemos las veces que queramos y en los cientos de grabaciones.

Y qué mejor forma que cerrar esta entrada con los certeros versos del sevillano Luis Cernuda que nos dejó mi admirada Hertha Gallego de Torres en sus notas:

 

Si alguno alguna vez te preguntase: «la música ¿qué es?»
‘Mozart’, dirías, ‘es la música misma’

PROGRAMA:

Unsuk Chin (1961): Subito con forza.

Béla Bartók (1881-1945): Concierto para violín nº 2 (1937/1938): I. Allegro non troppo – II. Theme and Variations: Andante tranquillo – III. Rondo: Allegro molto.

W. A. Mozart (1756-1791): Sinfonía nº 41 en do mayor, K. 551, «Júpiter» (1788): I. Allegro vivace – II. Andante cantabile – III. Menuetto: Allegretto – IV. Molto allegro.

Temes al rescate

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Facundo de la Viña: Obras orquestales. Orquesta Filarmónica de Málaga, José Luis Temes (director). CZ117.

Necesitaríamos varias vidas para poder escuchar tanta música que duerme el sueño de los justos en archivos necesitando resucitarlas, escucharlas y grabarlas para no permanecer en el olvido. Y si algún director e investigador puede con tan magna tarea es José Luis Temes (Madrid, 1956), habiendo realizado 359 estrenos absolutos a día de hoy, desde 1979 más 111 discos grabados (con algunos pendientes de publicación y otros en «misceláneas» compartidas), contando este dedicado a las obras orquestales del astur-castellano Facundo de la Viña y Manteola (Gijón, 21 de febrero de 1876 – Madrid, 9 de noviembre de 1952) que se presentó recientemente en la villa natal del compositor, donde incluso tiene calle en el barrio de Viesques aunque no sea muy conocido (y menos aún escuchado), si bien en Asturias pudimos disfrutar de su «Covadonga» en el Conciertu de les Lletres asturianes (28 de septiembre de 2020) con Óliver Díaz dirigiendo la OSPA.

La labor del maestro Temes no tiene adjetivos, es incalificable porque se ha dedicado en cuerpo y alma a la música, con una biografía tan inmensa como su propia vida: titulado en 1976 por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, ampliando estudios con profesores como Federico Sopeña, Enrique Llácer o Ana Guijarro entre otros; director del pionero Grupo de Percusión de Madrid entre 1976 y 1981, difundiendo el repertorio internacional contemporáneo; fundador en 1983 del Grupo Círculo (en la nueva etapa que por aquel año iniciaba el Círculo de Bellas Artes de Madrid) de quien tomará el nombre para realizar una extensísima labor de estreno y difusión de la nueva música española hasta 2001, siempre aportando, luchando contra todo y todos en su titánica labor de «rescatador» y divulgador, pues las partituras hay que hacerlas sonar. De su faceta como escritor destacar 17 títulos, inagotable siempre y con una energía que transmite en todo lo que hace, sin olvidarme tampoco de su Proyecto LUZ.

En el podio como director orquestal desde los años 80 ha dirigido regularmente la práctica totalidad de las formaciones sinfónicas españolas y varias de otros países, y su biografía sigue ampliándose, pudiendo encontrarnos auténticos hitos con cifras dignas del Guinness, pues lleva dirigidos más de 1.000 conciertos.

Esta recuperación de la obra orquestal de Facundo de la Viña parte en 2017 de la Tesis de Sheila Martínez Díaz sobre la vida y obra del compositor gijonés (…el regionalismo musical castellano) dirigida por María Encina Cortizo y coordinada por Ramón Sobrino, «matrimonio y patrimonio» si se me permite el juego de palabras pues siguen la estela en la recuperación de nuestra historia musical desde Oviedo al mundo. El propio José Luis Temes en el amplio cuadernillo que acompaña el CD realiza una amplia semblanza del astur-castellano, pues nacido en Gijón estará a caballo entre Valladolid (donde cursaría el Bachillerato) y Madrid (completando los estudios musicales con maestros como Fontanilla o Emilio Serrano), ampliándolos en París a inicios del pasado siglo nada menos que con Paul Dukas) para regresar a España en 1904 residiendo principalmente en Pucela con estancias en la provincia de Ávila, llegando a ser miembro de la Junta Nacional de Música desde su creación en 1931, catedrático de Solfeo en el Real Conservatorio de Madrid en 1939 nada más concluir la guerra, así como miembro del Consejo Nacional de Música y académico de la de Bellas Artes de Valladolid.

No falta tampoco un análisis detallado de las obras incluidas y grabadas por vez primera. Como asturiano tenemos que agradecerle al maestro madrileño que haya llevado al disco la integral sinfónica de otros dos compositores de nuestra tierra: Ramón de Garay (Avilés, 1761 – Jaén, 1823) y sus diez sinfonías -en 3 CDs- y María Teresa Prieto (Oviedo, 1896 – Ciudad de México, 1952) con la Orquesta de Córdoba, discos nada fáciles de encontrar y que son verdaderos tesoros fonográficos del ahora «triunvirato astur» completado con la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) y la obra orquestal de Facundo de la Viña.

Reconocido en vida como un compositor de oficio y rigor de ideas, de amplio catálogo que incluye casi todos los géneros sin olvidar la ópera (siete títulos de los que sólo uno llegó a estrenarse), llegó a gozar de cierto reconocimiento en vida, siendo premiado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con su ópera en un acto Almas muertas (1905), o por el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1912 por su poema sinfónico Hero y Leandro, llegando incluso a ganar el primer Concurso Nacional de Ópera con La Espigadora en 1924, que se llegaría a estrenar en el Liceo de Barcelona al año siguiente.

Parece que tras caer en el olvido, recogido ya por el gran Enrique Franco en 1976, al fin se ha roto el silencio con esta primicia de grabación que recoge cuatro de sus obras sinfónicas. A la muerte en Madrid del compositor el 19 de noviembre de 1952, muchas de las obras quedaron inéditas, y sería su hijo Carlos de la Viña quien custodió su legado, donado posteriormente al Archivo de Música de Asturias por el que tanto luchó mi siempre recordado Juan Bosco Gutiérrez, cuya muerte prematura impidió que el «Fondo Facundo de la Viña» sonase antes (y cuya recuperación material sigue pendiente y en muy mal estado). El maestro Temes lo refleja detalladamente y apunta que por lo que conocemos de la producción de Facundo de la Viña «estamos ante un excelente sinfonista y un melodista de alto vuelo. Su mundo estético es el del romanticismo tardío, fundamentado en muy buen oficio técnico. Paradójicamente, pese a su formación francesa, su paleta orquestal está más cercana al germanismo de sonoridades anchas, debitario del Richard Strauss de los poemas sinfónicos».

Cuatro obras sinfónicas, poemas o suites componen esta grabación que aumenta la discografía de la orquesta malagueña con José Luis Temes a la batuta. Abre la antología Poema de la vida (1946), la más cercana en el tiempo y perfecto inicio para un viaje tan vital dividido en cinco movimientos o «cantos» como los define el autor: I. Canción de cuna, una nana bella y arrulladora con la cuerda «madre» en un «arrorró» delicado que avanza con el viento hasta cerrar los ojos con un violín celeste que recuerda las añadas asturianas con los cantos de los angelinos; II. Juego de niños, algarabía infantil cual canción de corro y aires militares en una orquestación vivaz de jolgorio limpio en todas las secciones; III. Juventud, compleja como la propia vida, de ritmo constante y sinfonismo nórdico con unas trompas redondas y un buen tejido orquestal «relatando» el empuje juvenil de esta etapa; IV. Meditación, para el propio Temes «la más original… con una larga parrafada de los violines a solo y algunas frases de otros instrumentos en estilo camerístico», casi una oración musical con un pasaje de trompas que me lleva a los Picos de Europa en otoño, la penúltima estación de la vida antes del invierno, V. Epitafio como trance vital «en el que hay más serenidad que tragedia», optimismo o esperanza en lo desconocido, con una textura sinfónica madura, reflejo de una vida vivida en plenitud a la que marcha toda la orquesta malagueña desde un lirismo de sonoridad rotunda.

El maestro madrileño intentó estrenar en julio de 1977 en el Teatro Real para conmemorar el centenario del compositor con la Orquesta de RTVE que consideró «excesiva su duración» suprimiendo los tiempos II y III, por lo que habría de esperar ¡más de 60 años después de su composición! para estrenarse completa en el Teatro Monumental (2019) con la misma orquesta y ahora al fin grabada. Obra firmada en Pedralaves (Ávila) en el verano de 1946 figurando en el primer manuscrito «Cómo se pasa la vida» como los versos de Jorge Manrique, modificado posteriormente por el autor y quedando inédita a su muerte. Cinco tránsitos de la existencia del ser humano bien descritos en los títulos y mejor expresados en la música.

El caminante sobre el mar de nubes (Caspar David Friedrich)

Prosigue la grabación con el sexto corte, Sierra de Gredos (1915), indicada por el compositor en el subtítulo como «Evocación sinfónica en forma de poema» como bien refleja en el libreto el profesor Temes. La tierra adoptiva del gijonés reflejando esas montañas en las estribaciones de Madrid y Ávila con el espíritu puramente romántico del amante de la naturaleza, firmada en el Barco de Ávila en la festividad de Santa Bárbara de 1915, siempre inspiradora como lo fue para su contemporáneo Richard Strauss uniendo lo popular con lo sinfónico. Corno inglés pastoril y cuernos (trompas) majestuosos, bien templados por la OFM con una cuerda aterciopelada y un concertino impecable, presente incluso el arpa cristalina en una toma de sonido perfecta.

El estreno se vivió en el ciclo de «Conciertos Populares del Círculo de Bellas Artes de Madrid» con la Orquesta Filarmónica dirigida por Bartolomé Pérez Casas un 15 de diciembre de 1916 en el Teatro Price, y sigue siendo penoso que cayese en el olvido tan magna obra, pero al menos queda esta grabación con la esperanza de escucharla más frecuentemente en los siempre irrepetibles directos de cualquier temporada en las muchas orquestas con las que el maestro Temes ya ha trabajado.

Procesión de Covadonga (Genaro Pérez Villaamil)

De Covadonga (1918), una «evocación sinfónica» como está subtitulada la partitura, transcribo casi íntegro lo que escribí la primera vez que la escuché en directo, aunque tenerlo grabado supone poder disfrutarlo con pausa y sin prisas:

Arrancamos con el gijonés afincado en Valladolid Facundo de la Viña (1876-1952), triunfador en su época, con una carrera que finalizaría en Madrid tras estudiar en París con el mismísimo Paul Dukas, y caído en el olvido como tantos otros, aunque poco a poco se esté revitalizando con distintas publicaciones y la tesis doctoral de Sheila Martínez Díaz. El Poema Sinfónico Covadonga (1918) consta de tres secciones que comienzan con la melodía a nuestra Patrona «Santa María, en el cielo hay una Estrella que a los asturianos guía«, a la que sigue un rítmico Allegro a partir de dos temas populares, ampliamente desarrollados, «Fuisti a cortexar a Faro» y «Aquel pobre marino» además de alusiones a otras dos canciones marianas asturianas como «Virgen de Guía» y la propia «Virgen de Covadonga«, antes de una última sección evocadora de cualquier fiesta asturiana que se precie, el «Fandango de Pendueles» más la tonada que canta «La virgen de Covadonga ye pequeñina y galana» (hasta mi madre la tocaba con un dedo en el piano de casa), típica advocación de «fe, fervor y heroísmo» -como escribía Avello en el programa de 2020-, que no podía faltar en esta composición «ex profeso» para la conmemoración de la «Cuna de España» de un asturiano lejos de «la tierrina» inspirándose en nuestro folklore (…) para poder disfrutar de una Covadonga llena de sonoridades románticas y donde (el) concertino (…) puede lucirse «ad libitum», siempre bien arropado por sus compañeros y un podio que permite esos «rubati» para solaz de solistas sin perder la unidad agógica.

Obra épica en escritura, compuesta a instancias del maestro Enrique Fernández Arbós para su gira con la Orquesta Sinfónica de Madrid en la primavera de 1919 y estrenada primero en el Teatro del Centro (actualmente Teatro Calderón) el 4 de noviembre, para volver a sonar en junio del mismo año en Gijón, Oviedo y Valladolid, el periplo vital de Don Facundo. Épica igualmente en la interpretación de una OFM y Temes en estado de gracia, dominadores de la partitura, nuevamente «enorme» el concertino y espléndidas todas las secciones en esta auténtica banda sonora para un documental sobre nuestra Cuna de España que Facundo de la Viña escribió pensando tal vez en ello desde la banqueta del piano que ambientaba musicalmente el cine de entonces (como bien cuenta Sheila Martínez en los Cuadernos de Etnomusicología, nº 3 (2013) «Facundo de la Viña y sus Seis impresiones para piano en los inicios del cine sonoro»).

Castillo del Barco de Ávila (Benjamín Palencia)

Finaliza el disco con Paisaje Castellano (1933) que nace también como tributo a Fernández Arbós, un pilar en la carrera del asturiano (y de sus contemporáneos), estrenada con la antes citada Orquesta Sinfónica de Madrid el 28 de marzo de 1934 en el Teatro Calderón de la capital de España. Inicio de contrabajos y arpa en el registro grave pintando con la pincelada del oboe una llanura árida que crece en extensión, cromatismos desde la magnitud sinfónica de una orquesta de cámara sin violines, sensación de calma para un final lleno de interrogantes.

Excelente interpretación de la OFM con mi admirado José Luis Temes al mando, en una toma de sonido perfecta de Javier Monteverde (Cezanne Producciones) en la Sala de ensayos Carranque de la orquesta malacitana, a la espera desde hace años de una nueva.

La Edad de Plata sin brillo

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Domingo 12 de noviembre, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor: «Goyescas» (Enrique Granados). «El retablo de maese Pedro» (Manuel de Falla).

Crítica para ÓperaWorld del lunes 13 con los añadidos de fotos de Iván Martínez y propias finalizada la función, links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Tercer título de esta temporada ovetense con otro programa doble y español titulado “La Edad de Plata” uniendo en dos cuadros teatrales a Granados y Falla desde la dirección de escena de Paco López, un homenaje a algunos de los artistas, intelectuales y literatos del primer tercio del siglo XX que protagonizaron uno de los momentos estelares de la cultura española y que tienen en la ciudad de París su refugio creativo, trayendo a la capital asturiana esta arriesgada producción.
Y cuando califico de arriesgada quiero referirme a dos páginas que se hicieron algo pesantes, porque la ópera de Granados no soporta bien la escena pese a contar con un cuarteto vocal de altura, mientras que cambiar los títeres por cine mudo aunque admisible, sigo sin encontrarle un nexo si bien “El pelele” de Goya sirve de inspiración e incluso sumar a Zuloaga con un “NoDo” de 1939, año en el que Falla se autoexilia a Argentina y el pintor deja Paris por la llegada de los nazis, para hacer un “flasback” a los felices 20 donde juntar a los artistas españoles en la casa parisina del vasco, escenario donde se representa este díptico, cerrando así un hilo argumental que sólo pictóricamente puedo entender como argamasa de dos obras tan distintas.
Al menos las notas del propio Paco López sobre su dramaturgia pueden arrojarme algo de luz a este domingo lúgubre, más allá del ambiente que estamos viviendo estos días: «(…) la plasmación de un ideal (una patria no nacional, un difuso país imaginado) y la constatación de que su búsqueda sólo tiene sentido para quienes viven fuera de la realidad en la insania de su propia ‘realidad’». Personalmente me quedo con la definición para este díptico: “recreación ucrónica”, pues Wikipedia lo describe mejor que yo: “historia alternativa que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento histórico sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad”.
Los majos enamorados (o “Goyescas”) trajeron un cuidado y elegante vestuario de época junto a un excelente ballet de cuatro parejas coreografiadas por Olga Pericet y nuevamente el coro poderoso, afinado y entregado que dirige mi tocayo Moras, a un nivel de altura en cada representación.
También rotundos vocalmente Rosario (Carmen Solís) y Fernando (Alejandro Roy), la soprano extremeña y el tenor asturiano ambos dominando la escena y empastando sus voces para sacar adelante un argumento que hace más de cien años no gustó y a mi edad tampoco aunque pienso que Granados no logró escenificar unas páginas que funcionan solas musicalmente (piano, tonadillas y hasta orquestales) pero no unidas sobre un escenario.
Buena réplica la otra pareja de Pepa (Cristina Faus) y Paquiro (Damián del Castillo), la mezzo valenciana y el barítono jienense completando este elenco vocal de altura que siempre ha lucido en otras óperas representadas en Oviedo, pero que esta vez no pudieron levantar bravos.
No quiero olvidarme de los números con un piano de época sobre las tablas, con el que Borja Mariño hubo de lidiar más que el torero, y que fueron el mejor Granados de esta parte, junto a los “personajes de fábula”.
Del centenario retablo de Falla sigo prefiriendo la versión original con títeres (en Granada este verano por dos veces) pero reconozco el acierto del cambio al “cine mudo” con sus letreros correspondientes y unos actores excelentes en esta película “ad hoc”, donde se incluye no solo el primer movimiento del Concierto para clave del gaditano sino también Psyché y el Polo Ay!, sirviendo para “rellenar” a modo de interludio este teatrillo y proyección en el salón parisino del pintor de Éibar, antes del retablo musical. Trujamán (Lidia Vinyes-Curtis) convincente el de la mezzo barcelonesa sin cambios vocales de registro y con proyección suficiente, moviéndose por la casa de Zuloaga como si fuese suya, en donde estaban invitados los “goyescos” de la primera parte. Rotundo como es habitual el barítono coruñés Javier Franco en el papel de Don Quijote, para cerrar el trío protagonista con el solvente Maese Pedro del tenor navarro José Luis Sola, tres voces de calidad aunque de nuevo incapaces de darme luz ni convencimiento sobre las tablas.
Oviedo Filarmonía con el maestro valenciano Álvaro Albiach al frente sonó en los dos títulos segura, ajustada en las dinámicas aunque el clave de Falla no tuviese el protagonismo que el gaditano pensó para el salón de la millonaria heredera Singer.
Valiente y arriesgada apuesta por este díptico español con un elenco de altura pero sin las emociones a que estamos acostumbrados en “la Viena española” esperando ya por Verdi (La traviata) y Wagner (Lohengrin) como agua de mayo para cerrar otoño y abrir invierno.
FICHA:
Domingo 12 de noviembre de 2023, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor.
«Goyescas» (1912), música de Enrique Granados (1867-1916); libreto de Fernando Periquet, inspirado en obras del pintor Francisco de Goya. Ópera en tres cuadros, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 28 de enero de 1916. Producción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga.
«El retablo de maese Pedro» (1923), música y libreto de Manuel de Falla (1876-1946), adaptación musical y escénica basada en el capítulo XXVI de la segunda parte de “El Quijote” de Miguel de Cervantes. Obra musical para marionetas, estrenada en el Palacio de Polignac (París), el 25 de junio de 1923. Producción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga.
FICHA ARTÍSTICA:
”Goyescas”
Rosario: Carmen Solís – Pepa: Cristina Faus – Fernando: Alejandro Roy – Paquiro: Damián del Castillo.
”El retablo de maese Pedro”
Don Quijote: Javier Franco – Maese Pedro: José Luis Sola – Trujamán: Lidia Vinyes-Curtis.
Dirección musical: Álvaro Albiach – Espacio escénico-audiovisual, iluminación, dramaturgia y dirección de escena: Francisco López – Diseño de vestuario: Jesús Ruiz – Coreografía: Olga Pericet – Realización de audiovisuales: José Carlos Nievas.

Vida, agua, poesía y música…

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Domingo 12 de noviembre, 12:00 h. Avilés, Centro Niemeyer: Suena la cúpula. Recital “Las seis doncellas”: Sílvia Nogales Barrios (guitarra), Esther Acevedo (actriz y coreografía). Obras de: Gilardino, Falla, Despeyroux, Brower, E. Sáinz de la MazaCastelnuovo-Tedesco. Poesía de Juan Ramón Jiménez. Entrada: 6€ + 1€ (gestión).

Una escapada matutina a «La Villa del Adelantado» y al ágora cultural del arquitecto brasileño para disfrutar con la poesía del Nobel onubense (re)vestida por la guitarra limpia y sentida de la manchega junto al verbo impoluto de la actriz granadina universalizando este proyecto original y creativo en otra bella propuesta de Silvia Nogales, con la calidad habitual de sus interpretaciones, como este domingo resonando en la cúpula de Niemeyer.

Lástima que la acústica ideal para la guitarra no ayudase a entender siempre la poesía de Juan Ramón, aunque el esfuerzo de Esther por moverse para favorecer la inteligibilidad fue encomiable y mejor aún su dramatización y escena con una vocalización de dicción perfecta y un atrezzo sencillo además de efectivo y creativo.

La guitarra sonó tan cristalina como el agua que fluyó, dulce y salada, vida en cada poema del Moguer postcolombino con música por él inspirada.

Los adjetivos para Platero resonaron vívidos en las “seis doncellas” lorquianas, olor a mandarinas, sonidos de pozo, caldero y barreño, la ría avilesina desembocando en el Cantábrico surcándola a dúo lírico hasta el inmenso océano, el flujo dramatizado fundiendo dulce y salado como música y poesía, pues somos agua y así suena la vida.

Un espectáculo para ofrecer en cualquier recinto sin encasillarlo, necesitando buscar nuevos enfoques musicales que encajan allá donde los lleven si los gestores son «omnívoros» y sin complejos: en un teatro, un centro cultural y hasta un auditorio con la amplificación necesaria, pues música y poesía con Nogales y Acevedo es éxito seguro, amplía públicos, tiene calidad musical y literaria, con una perfecta elección de repertorio bien hilvanado, donde solo la guitarra de Silvia Nogales Barrios ya llenaría ella una hora, y si  le añadimos el extra de Esther Acevedo todo tiene más sentido para este recital que lleva 10 años de viaje y sigue tan vigente como entonces.

Una alegría volver a disfrutar en mi tierra de Silvia Nogales junto a Esther Acevedo, esperando continúen ofreciendo estos recitales distintos, cercanos, didácticos y siempre llenos de poesía incluso en las páginas instrumentales donde la guitarra habla sin palabras…

PROGRAMA:

Angelo Gilardino (1941): Elegía di marzo (Omaggio a Juan Ramón Jiménez), de «Studi di virtuosità e di trascendenza».

Manuel de Falla (1876-1946): El amor brujo (selección). Arreglo para guitarra de Miguel Llobet. Romance del pescador; Canción del fuego fatuo.

Pablo Despeyroux: Agua.

Leo Brouwer (1939): Preludios epigramáticos (selección): «Desde que el alba quiso ser alba, todo eres  madre…»; «Tristes hombres si no mueren de amores…»; «Alrededor de tu piel, ato y desato la mía…».

Eduardo Sáinz de la Maza (1903-1982): Platero y yo (1972): V. Paseo.

Mario Castelnuovo-Tedesco (1895-1968): Platero y yo op. 190 (selección): Platero; Amistad; Ángelus; La luna; El pozo; El loco; A Platero en el cielo de Moguer.

Otro Rembrandt

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Jueves 9 de noviembre, 20:30 h. Teatro Jovellanos, Jazz Xixón y Sociedad Filarmónica de Gijón.Concierto nº 1672: REMBRANDT TRIO: El fortepiano contemporáneo. Obras de Tony Overwater y Rembrandt Frerichs.

La centenaria sociedad gijonesa volvía a apostar por la heterodoxia musical en colaboración con el festival de jazz local, pero a diferencia de otras actuaciones anteriores como la del dúo Rivero-Jáuregui en 2012 con una visión chopiniana innovadora, o el más cercano de Moisés P. Sánchez en 2022, quien es capaz de inspirarse en Bach para revestirlo de jazz ortodoxo, el trío de los Países Bajos fundado hace tres lustros y que lleva por nombre de pila el del pintor (por otra parte como aquí Jesús o José), resultó el equivocado en tanto que no ofrecieron el esperado programa previsto, sino algunas obras de anteriores trabajos como A Wind invisible sweeps us throught the world (Un invisible viento nos barre por el mundo), inspirado en un poema del persa Rumi, fundador del sufismo, con un equilibrado y relajante concierto de jazz moderno europeo, nada «rompedor» por otra parte.

No hubo inspiración barroca porque ni Tony Overwater (1965) usó un violone barroco de seis cuerdas sino un contrabajo, y tampoco Vinsent Planjer (1972) vino con su Whisper Kit, una mezcla ecléctica de instrumentos de percusión de todo el mundo, en parte de construcción propia, sino más bien un «clásico» de batería básica y algún que otro idiófono con el que dar las pinceladas a una música con giros a Oriente Medio, en parte por Rembrandt Frerichs (1977), que al menos sí trajo su fortepiano construido por Chris Maene y copiado de un instrumento Walter de 1790, muy parecido al que Wolfgang Amadeus Mozart tenía en su casa, tal y como nos presentó el teclista y compositor en un perfecto español leído desde su tableta y que chocaba visualmente con la belleza del instrumento replicado.

Está claro que para Rembrandt este instrumento le sirve para experimentar libremente con los sonidos y las afinaciones (también con el contrabajo de Overwater) e idear nuevas composiciones, controlando la resonancia, utilizando las cuerdas directamente o haciendo arpegios sobre ellas, pero que por el poco volumen se amplificó (llevaba también algún efecto) como todo el trío, y no muy equilibrado con momentos de excesos de presencia en la percusión que también tuvo su solo en el más puro orden jazzístico.

Puede que Rembrandt Frerichs se enamorase del sonido de un instrumento histórico y de una época donde la improvisación, ya desde «dios Bach«, era parte integral de la música. Pero el trío holandés sonó «clásico» y nada rompedor, sin inspiraciones barrocas alemanas o francesas y virando más bien a unos sonidos kurdos y hasta norteafricanos que tanto los hermanan con nuestro flamenco. Seguramente sus colaboraciones con Chick Corea hayan influido en el tema que cerraba sesión, Alpujarra, que salvo la tímbrica del pianoforte cercana a la cítara o el salterio, fundió los aires granadinos, y sería un jazz probablemente más rotundo con un piano de cola, que utiliza en otros conciertos, o incluso sintetizadores pues siempre pueden crear más que recrear sonidos, arrancado en solitario antes de sumarse sus dos compañeros.

Hubiera sido interesante comprobar cómo Tony Overwater podría lograr una tímbrica barroca en un repertorio compuesto entre él y Rembrandt, incluso los solos bien logrados al contrabajo, aunque bajos en la mesa de mezclas, y Planjer utilizase su «kit» donde estarían djembés, darbukas más todo un arsenal que esta vez se limitó a campanas, cencerros y poco más, pesando los membranófonos con exceso de mazas en detrimento de baquetas o escobillas, junto al juego que siempre dan los platillos. Es un baterista de acentos limpios con buena réplica en la sección rítmica con el contrabajista, un trío de «libro».

El Rembrandt Trio todo el peso está en el pianoforte puramente jazzístico con «toques» de la llamada New Age y World Music en una fusión convencional bien planteada, sin muchos alardes, con alguna ilustración visual proyectada tras ello de imágenes cósmicas o videos vegetales abstractos (en la foto superior), pero buscando y experimentando esa tímbrica que le da un teclado «de época», siempre bien acompañado por Overwater y Planjer, trío con una conexión especial y una comunicación inmediata que es lógica tras  15 años tocando juntos.

Una música de atmósferas introspectivas universales que conocen de la música armenia que Rembrandt parece escuchó en uno de sus viajes, bien ambientado como los poemas de Rumi, música de aires islámicos como en el penúltimo tema «¿Por qué ls flores rojas?», y otros con ritmos de danzas cerviches. Pareciese que en todos los temas se colase, como el propio título, un viento invisible que ensancha no solo esta música de los Países Bajos en cierto modo emparentada con la del saxofonista noruego Jan Garbarek sino más minimalista y menos compleja, más suspiro que viento frío el que nos trajo del norte europeo a otro Rembrandt, puede que el equivocado.

Música sin etiqueta

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Lunes 6 de noviembre, 20:00 horas. 25 años, Los Conciertos del Auditorio: L’Arpeggiata, Christina Pluhar (dirección), Céline Scheen (soprano), Vincenzo Capezzuto (alto) y Luciana Mancini (mezzo): Los pájaros perdidos. Música barroca y tradicional sudamericana.

Uno de mis queridos seguidores y amigos en «X» (antes Twitter) comentaba ante mi anuncio de este segundo concierto para las bodas de plata del Auditorio «posteaba» lo siguiente: «Me parece alucinante que todavía haya una programación musical de cierto nivel en este país que siga programando a este conjunto» a lo que le contesté «Creo se busca lo comercial por encima de la calidad, que no siempre van de la mano«. El añorado y recordado Eduardo Torrico ya escribía en Scherzo hace cinco años que «Pluhar no tardó mucho en darse cuenta de que el prestigio y el dinero no van necesariamente de la mano. Dejó la rigurosidad a un lado ym superando cualquier escrúpulo profesional que pudiera albergar, apostó por eso que hoy se conoce como crossover (…) pero no renuncia a la fusión, porque es lo que le ha dado fama, porque tiene una legión de incondicionales y porque, en su suma, es lo que proporciona pingües beneficios«. Está claro que el Auditorio de Oviedo se llena con espectáculos como este donde «La Pluhar» volvía a «La Viena española» rodeada de unos músicos de primera, que en ella es habitual y por eso hace única a L’Arpegiata al aunar calidad con comercialidad. Para quien suscribe y bautizado como «omnívoro musical» precisamente por mi amigo de «X», los muchos discos y actuaciones de la austríaca residente en París son éxitos de ventas, lo que siempre es de agradecer, sin entrar en etiquetas o estilos, pues estos mestizajes musicales atraen nuevos públicos, acercan otros repertorios a un respetable que no suele asistir a los «otros clásicos», al que busca algo distinto y sobre todo para desconectar de un día a día cada vez peor donde la Música con mayúsculas, es la mejor terapia y al salir del auditorio lo hace con alegría, un «qué bien me lo he pasado» y por supuesto algún que otro refunfuñón/a incapaz de probar platos distintos al «menú del día» que no siempre llena ni tampoco se puede acudir diariamente a «Los  estrellas Michelín». La música para disfrutar sin prejuicios y sin etiqueta alguna.

En las excelentes notas al programa de mi querida María Encina Cortizo, tituladas «Los pájaros perdidos: músicas en la frontera»  explica perfectamente lo que escucharíamos en este primer lunes de noviembre: «Los esfuerzos interpretativos de los últimos cincuenta años en favor de la recuperación de criterios históricos han conformado un nuevo sonido barroco –no necesariamente el que fue–, recuperando repertorio olvidado y perdido, y atrayendo nuevos públicos con propuestas heterodoxas y desprejuiciadas. Este concierto es un buen ejemplo de ellas, pues Christina Pluhar con su conjunto L’Arpeggiata, propone un diálogo sonoro entre la Edad Moderna europea y el folklore de la América hispana y la cuenca mediterránea, combinando repertorio de sus discos Mediterráneo (2006) y Los pájaros perdidos (2012)«.

Con una formación de ocho músicos, algunos habituales en su siempre flexible conformación, más tres cantantes, mezcla de intérpretes barrocos y tradicionales a los que otras agrupaciones se rifan, sumándose de nuevo la bailarina o «teatrodanza» Anna Dego, el espectáculo estaba asegurado y el programa se conformó para poder disfrutar de todos ellos. El programa se organizó con 22 páginas, quince de la tradición oral hispanoamericana (México y Venezuela) más las otras cinco de la tradición mediterránea española e italiana, un repertorio que «dialoga con seis obras instrumentales y vocales, fijadas a través de la escritura en los siglos XVI y XVII» como escribe la doctora Cortizo.

Antes de entrar a pormenorizar las páginas, destacar dos «bloques» de músicos que entienden la música barroca y la actual con los criterios de la improvisación casi jazzística, bien organizada y amplificada con mucha delicadeza aunque faltasen por ajustar «detalles», en parte debido a la necesidad de escuchar más presente el salterio o el contrabajo, así como la voz del alto italiano, mientras sobraba o al menos era sobrada para las dos voces femeninas de técnica lírica que no «dominan» el micrófono como los cantantes de pop. El bloque «popular» estaría dominado por dos venezolanos de largo recorrido y profesionalidad también en obras de concierto como Leo Rondón al cuatro y Rafael Mejías en las maracas, a los que dedicaré algún comentario posterior, siendo dos puntales de este espectáculo que por sí solos ya darían para ser protagonistas, sumándose el percusionista español David Mayoral que no necesita presentación entre los aficionados, con las pinceladas y hasta los solos que dan color a toda la música que acompaña. El «puente» lo pondría el francés Leonardo Teruggi al contrabajo, sustento grave, más el imprescindible cornetto del «fijo» Doron David Sherwin en L’Arpeggiata que por momentos suena a saxo soprano. Completarían «el otro bloque» instrumental la propia Pluhar a la tiorba, Marcello Vitale a la guitarra barroca y chitarra battente  para finalmente contar con el delicado salterio de Margit Übellacker que hubiese necesitado más presencia desde la mesa de mezclas del ingeniero de sonido que es uno más en este equipo. De las tres voces repetía el italiano Vincenzo Capezzuto, esta vez más «alto» que bailarín quien ya nos encantase en este mismo auditorio con su anterior espectáculo Stabat Mater: Vivaldi-Project en julio de 2021 junto a Soqquadro Italiano y hace ya ¡diez años! con L’Arpeggiata en Teatro d’Amore que nos «descubrió» a la danzatrice italiana , repitiendo alguno de sus números este frío lunes de noviembre donde el calor lo pondría el escenario. La soprano belga Céline Scheen pondría la potencia y buen gusto en sus intervenciones y mención aparte a la chileno-sueca Luciana Mancini de voz natural, profunda, oscura, potente, grave como «La Negra» tucumana en sus canciones tradicionales y técnicamente un portento que hace fácil lo difícil, transmitiendo y sintiendo unas letras en su idioma materno con la musicalidad de nuestra amada Hispanoamérica. Tres solistas vocales que se mueven habitualmente en el repertorio barroco y afrontaron este concierto con la calidez y calidad de las obras elegidas y atemporales.

La Ciaccona de Maurizio Cazzati (1616-1678) en arreglo de Christina Pluhar sirvió para  introducirnos en esta bendita heterodoxia con presencia del cornetto y el salterio en una «rueda barroca» mientras se ajustaban los niveles de la amplificación antes de la primera italiana con Capezzuto y Dego interpretando La Carpinese y arrancando los primeros aplausos de un público espectante.

Uniendo a Alonso Mudarra (c. 1510-1580)Santiago de Murcia (1673-1739) con una mexicana tradicional llegaría la primera intervención de la mezzo Mancini tras la Romanesca y Los imposibles arrancados con un punteo del cuatro, el «orgánico» y La lloroncita. Mestizaje perfecto que sería la seña de identidad del resto del concierto.

Esquema de concierto con una obra instrumental, La Dia Spagnola de Nicola Matteis (c. 1650-1714) también en arreglo de Christina Pluhar para disfrutar de otra rueda con protagonismos de salterio corneto, contrabajo y percusión, enlazando con una peculiar interpretación de Yo soy la locura de Henry de Bailly (c. 1590-1637) por la soprano belga, sobrada de volumen aunque sin buena articulación del español, el gusto de Jaroussky ni el estilo de nuestra Raquel Andueza que sigue siendo un referente.

Y una página donde disfrutar del trío vocal en perfecto empaste para la jácara No hay que decirle el primor (un anónimo del s. XVII) con el «bloque barroco» sin los venezolanos, buen conjunto para los puristas antes de retomar la tradición con Montilla. El protagonismo inicial de Leo Rondón, un virtuoso del cuatro que lo mismo puntea que empuja rítmicamente, traería de nuevo el baile de Anna Dego, la voz poderosa de Luciana Mancini y hasta los coros de todos los artistas.

Seguiríamos en Venezuela con la instrumental Zumba que zumba a cargo del cuarteto «latino» (Rondón–Mejías-Teruggi-Mayoral) dando todo el aire caribeño que llevan en la sangre aunque estén lejos de su tierra, calor contagioso y público rendido a una música que sentimos cercana y con ritmo que da alegría de vivir.

Del gran Girolamo Kapsberger (1580-1651) la Toccata L’Arpeggiata sirvió para el «lucimiento» de Pluhar, el alma de este ensemble, sumándose el cornetto y la percusión vistiendo la nueva aparición de Anna Dego, siempre descalza y cambiando el vestuario, transmitiendo la plasticidad de una danza actuada y enlazando, cortando los aplausos, con la canción tradicional catalana La dama d’Aragó bien cantada y pronunciada por la soprano  y el «orgánico barroco», delicioso tema e interpretación sentida.

Volvería Capezzuto con un arreglo de Christina Pluhar de la conocida canción mexicana La Llorona, una verdadera reinterpetación del contratenor italiano al que esta vez ayudaría la amplificación junto al «ensemble barroco» muy aplaudido.

El primer punto álgido de la noche lo pondría el Pajarillo (Joropo) venezolano, un cuatro estratosférico, el contrabajo francés tan «tumbao» como si fuese caribeño, las pinceladas y empuje de la percusión y hasta un solo de maracas de Rafael Mejías (apodado El tigre de San Sebastián de los Reyes en El Llano  de Venezuela) que mantuvo en un silencio de asombro a todo el auditorio, mientras «la Negra Mancini» más chilena que sueca volvía a emocionar con su voz.

El propio guitarrista de L’Arpeggiata y también compositor Marcelo Vitalle (1969) nos regalaría a solo con Anna Dego la Tarantella a Maria di Nardò, la Italia tradicional traída a nuestros días con un instrumento barroco que puede acercarnos música de todos los tiempos. Virtuosismo en la cuerda con acordes, rasgueos y punteos que actualizan el folklore.

Y cruzaríamos el Mediterráneo para llegar a Mallorca y la canción De Santanyí vaig partir con Céline Scheen de nuevo bien cantado y pronunciado, acompañada por el quinteto Pluhar-Úbellacker-Vitalle-Teruggi, otro momento de sentimientos y gusto musical.

Otro compositor de nuestro tiempo como el folklorista venezolano Constantino Ramones tiene la divertida canción con ritmo de «gaita margariteña» La embarazada del vientoque canta lo que cuenta una hija de pescadores a su mamá diciéndole «estoy preñada…». Otra maravilla que L’Arpeggiata grabó en el CD Los pájaros perdidos para volver a disfrutar esta vez de la profunda naturalidad vocal de Mancini mejorando la grabación de hace doce años hoy junto a Rondón y Mayoral, el humor tan necesario como la música.

El espectáculo continuaría con el joropo oriental del venezolano Luis Mariano Rivera (1906-2002) La Cocoroba, esta vez con Capezzuto y el «ensemble» con guitarra pero sin los «barrocos», el Caribe del italiano y la magia instrumental nativa y adoptada, con un acelerando final que dejó nuevamente entusiasmado al público.

Vuelta a la «pureza» con el francés Gabriel Battaille (c.1574-1630) y El baxel está en la playa cantado por la soprano Scheen y L’Arpegiatta sin venezolanos, personalmente mejor que la versión con Jarouskky, pues el volumen y color de la belga es ideal para esta página que nos llevaría a las tres últimas piezas, primero otro joropo venezolano, el Pajarillo Verde con Mancini «contestada» por Sherwin, sin salterio, tiorba ni guitarra, pero con el empuje caribeñ, después los italianos Capezzuto y Dego en Pizzica di San Vito, arrancando Mayoral con una pandereta que descubrimos la cantidad de sonidos que artesora, y finalmente otro joropo, El Curruchá del caraqueño Juan Bautista Plaza (1898-1965) con casi todos en este fin de fiesta de baile con diálogo cantado por Mancini-Capezzuto que L’Arpeggiata suele llevar de propina en estos espectáculos. Aunque esta vez la propina sería el bis de la Pizzica con una apoteosis sobre el escenqrio incluyendo a un Doran Sherwin transformado en rockero con chupa, gafas de sol y actualizando un show donde no faltaron bailes compartidos y Capezzuto ofreciendo su otra faceta.

Lo dicho y escrito, otro espectáculo de L’Arpeggiata de Christina Pluhar que volvió a alegrarnos a (casi) todos, sabiendo lo que íbamos a escuchar, pues la música no tiene etiqueta.

Una emotiva «saxperience» en Mieres

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Sábado 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres: Dúo Saxperience, Los sonidos de Sorolla. Obras de Albéniz, Debussy, Ravel, Falla y Guinovart.

Para conmemorar el centenario del llamado pintor de la luz Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 – Madrid, 1923) llegaba a Mieres, tras actuar el día anterior en Llanes, el Dúo Saxperience formado por el maestro Antonio Cánovas al saxo alto y soprano junto a la pianista Elena Miguélez, vinculados a nuestra Villa por haber dirigido las bandas musicales de Mieres (AMAM y Banda Sinfónica del Ateneo Musical) el murciano y la Coral «Cantares» la leonesa, pareja muy querida que congregó una buena entrada en el auditorio local.
Las obras elegidas tienen todas relación con el Mediterráneo y esa luz que emana como fuente inspiradora tanto para los músicos elegidos como para Sorolla al proyectar durante el concierto cual banda sonora distintos cuadros bien seleccionados y comentando cada página el propio maestro Cánovas, labor pedagógica siempre de agradecer, más ante la falta de programas de mano.
Comenzaba el concierto con el conocido Tango, op. 165 (1890) perteneciente a «España, seis hojas de álbum» op. 165 del gerundense Isaac Albéniz (Campodrón, 1860 – Cambo-Les-Bains, 1909) en una  de las muchas transcripciones entre las que la guitarra tiene varias muy interesantes, en este caso para el dúo  Saxperience donde el saxo alto canta y el piano arropa esta música de habanera tan nuestra, ambientación sonora y pictórica muy bien elegida, aunando el carácter viajero de los dos artistas.
Proseguirían con la Rapsodia (1903) de Claude Debussy (1862-1918), original para saxo y orquesta, donde el impresionismo tanto pictórico de Sorolla como el musical del francés se aunaron en una de las para mí mejores interpretaciones sabatinas, destacando el virtuosismo y dominio del saxofonista murciano y asturiano de adopción. Bien ambos intérpretes en esta reducción orquestal para el piano creando una atmósfera ideal y artística, imagen y sonido aunados para disfrutar del magisterio de esta pareja que se compenetra a la perfección dentro y fuera del escenario.
Sin perder estos aires marineros que tantas obras ha inspirado, el vasco español Maurice Ravel (Ciboure, 1875 – París, 1937) compuso su Pieza en forma de habanera (1907), transcripción de la original para voz grave y piano, el saxo alto fraseando sin palabras y el acompañamiento pianístico original bien entendido por el dúo que nos interpretó e ilustró al Sorolla de niños, playas y barcas.
Tras una breve pausa para cambiar el alto por el soprano, las Siete canciones populares españolas (1914) de Manuel de Falla (Cádiz, 1876 – Alta Gracia, 1946), originales para voz y piano con versiones para voz aguda o grave -y en adaptaciones para casi todos los instrumentos solistas- encontrarían en el saxo soprano tan rico tímbricamente una visión expresiva, fiel a los fraseos originales, muy matizadas y con el exigente acompañamiento de piano que suele dar preocupaciones en las interpretaciones de estas joyas del compositor gaditano.
Algún problema en el inicio de «El paño moruno» bien cantado al soprano, regular pese a la «proximidad geográfica» la «Seguidilla murciana», «Asturiana» con algunas notas de regalo pero carácter y expresividad escrupulosa en ambod, mejor encajada la «Jota», intimista la «Nana» con unos pianissimi y fraseos que verdaderamente nos acunaron, dubitativo inicio de la «Canción» que por el respeto al original tuvo problemas sobrellevados con la profesionalidad, complicidad y experiencia del dúo, y el «Polo» de complicado inicio en el piano con un excelente fraseo en el soprano y buen encaje finalizando este ciclo que melódicamente siempre es un placer, aunque se pierdan las letras que iría cantando interiormente. Muy adecuados los cuadros elegidos donde no faltó nuestra tierra asturiana que tan bien pintaría el valenciano y del que el Museo de BBAA ovetense también atesora algunas obras del «pintor de la luz» como bien recordó Don Antonio antes de la interpretación, siendo bisada la Asturiana de regalo mucho más interiorizada y con la emotividad de sentir nuestro Principado desde su nuevo destino en Murcia.
Nueva transcripción de Mallorca, op. 202 (1890-91),a original para piano compuesta por Albéniz que al igual que las de Falla ha tenido numerosas versiones para distintos instrumentos solistas, especialmente para arpa o guitarra incluso a dúo.y hasta orquestales. En esta «barcarola» para saxo alto y piano se gana en su sonoridad al llevar todo el peso melódico de la mano derecha el viento, dotándola de texturas etéreas bien redondeadas por el piano, «liberado» de toda la carga de la partitura y permitiendo más detallismo. De nuevo interesante la selección de los cuadros de Sorolla para esta música tan mediterránea como las góndolas venecianas o las barcas de pescadores de la Albufera.
Para finalizar el concierto nos interpretarían la Fantasía sobre «Goyescas» de Granados (1993) de Albert Guinovart (Barcelona, 1962), nuevamente el maestro Cánovas al soprano para la original con clarinete, pero que el saxo mejora notablemente la tímbrica propia de esta interesantísima obra del compositor catalán. Importante la presentación previa con referencias al año 1917, el encargo a Sorolla por parte de la Hispanic Society of America de Nueva York, la inspiración en Goya del propio Granados y su ópera homónima que podremos disfrutar en Oviedo en brevr. Obra muy interesante donde los registros y color del saxo soprano tan rico, con las referencias directas al ilerdense, disfrutamos cómo van «fantaseando» en el dúo. Personalmente lo que más me gustó del concierto pues Guinovart sigue el modelo de las fantasías virtuosas del siglo XIX con acompañamiento de piano, género típicamente decimonónico y hoy olvidado, relegado a programas de exámenes o premios pero que entonces eran habituales en las salas de concierto y Saxperience ha recuperado para este centenario. Sin dejar de ser fiel al lenguaje pianístico de Granados que el compositor barcelonés conoce muy bien por haber interpretado y grabado sus Goyescas, la parte del solista está escrita con rigor  asesorado por el clarinetista Joan Enric Lluna y con una cadenza optativa para su instrumento solo.
Una buena tarde de sábado donde volver a disfrutar de este dúo de amigos en esta escapada musical que finalizaría alrededor de una mesa entre tantas amistades en la «Hermosa Villa de Mieres» que acabaría con algo más que orbayu.

Arte del cuarteto vienés en Gijón

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Miércoles 25 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1671 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Iberia. Obras de Mozart, Webern y Schubert.

El cuarteto de cuerda es una formación que en España está creciendo en cantidad y calidad, pese al sacrificio que supone trabajar esta unidad desde las individualidades, pero sobre todo con «la pasión compartida por la música de cámara». En una mini gira por dos de las centenarias filarmónicas asturianas  a las que debemos agradecer su enorme esfuerzo por mantener esta ardua tarea de formar y difundir nuestros intérpretes, iniciaba ayer en Oviedo y llegaba a la de Gijón el joven Cuarteto Iberia, fundado en Madrid allá por 2018 y manteniendo la tradición camerística de sus respectivos maestros. Tras su paso por la cátedra de cuarteto de cuerda de la Universität Mozarteum Salzburg con el
profesor Cibrán Sierra, integrante del Cuarteto Quirogatras ganar en junio de 2021 la ansiada plaza, no han parado de formarse, actuar y ganar distintos premios, desde un amplio repertorio de compositores y estilos diversos del que en Asturias se ha podido disfrutar una muestra con instrumentos modernos de Cremona (Pascal Hornung, Diego
Taje y Martin Gabbani) y un violín de autor desconocido del siglo XVIII de Mittenwald.

Las obras y autores elegidos para Gijón indican la versatilidad de este cuarteto que en cinco años ha alcanzado un altísimo nivel, debiendo felicitar de nuevo a la Filarmónica por las excelentes notas al programa, esta vez a cargo de Daniel Jaime Pérez, que siempre conviene guardar en papel por una calidad paralela a la de los programas que nos ofrecen los intérpretes.

El Iberia comenzaba con Mozart presentando Luis Rodríguez el conocido como «Cuarteto de la Primavera» (1782), obra en homenaje a «papá Haydn», juvenil como el propio cuarteto, lleno de guiños, bromas pero con la complicada aparente sencillez del genio de Salzburgo. Excelente conjunción de los intérpretes, compenetración en las escalas veloces fruto de muchos ensayos, muy matizado, afinado, perfecto equilibrio en los «protagonismos», colorido desde el clasicismo como base musical que el Iberia dominó en sus cuatro movimientos cual cuarteto vocal operístico, especialmente en el Andante, expresividad y lirismo bien entendidos y el último Molto Allegro donde la fuga sonó clara, precisa y arriesgando en el tempo porque técnica les sobra.

Otro mundo del también vienés Anton Webern y sus Cinco movimientos, op. 5 (1909), la ruptura de las formas y la expresividad llevada al límite tímbrico además de emocional. Si el clasicismo y romanticismo estaban periclitados, más para el cuarteto de cuerda, estas miniaturas son exigentes por los todos los recursos empleados, complejo en cada detalle y pieza, efectos bien resueltos y nuevamente un encaje perfecto entre los Iberia que volvieron a mostrar la versatilidad pasando de la jovialidad mozartiana a este expresionismo acervado de Webern lleno de bruscos contrastes dinámicos tan exigentes para los intérpretes como para un público que se comportó con respeto para una obra que sigue siendo más de cien años después perturbadora y plenamente vigente, al alcance de pocas formaciones.

La segunda parte, presentada por Arnold Rodríguez nos traería el conocidísimo cuarteto de La muerte y la doncella (1824) de Schubert tras la lectura del texto que canta la doncella en el lied homónimo compuesto en 1817 del que el tercer vienés de esta noche toma los motivos, apelación a la muerte llena de claroscuros, romanticismo en estado puro y una interpretación arriesgada (sobre todo en el Presto final), pletórica, cual encaje de bolillos lleno de detalles por parte del joven cuarteto que seguramente haya escuchado y trabajado la versión de sus maestros y «vecinos» en el Lázaro Galdiano. La tragedia hecha música llena de belleza, emocional, optimista por momentos, cantabile en el Andante con moto y con una energía propia de su juventud sin obviar una madurez digna de encomio para una formación que lleva tan «poco tiempo» juntos. Los unísonos, las amplias dinámicas, el latir común son ya señas de identidad del Cuarteto Iberia que aún dará mucho que hablar en los circuitos nacionales e internacionales.

Y de regalo otra prueba de fuego con la Polka del ballet «La Edad de Oro» (Shostakovich),  presentada por Aurora Rus, un placer sonoro para una complicada obra que ejecutaron con un magisterio y entrega que fueron la línea mostrada a lo largo de una velada de dos horas llena de entusiasmo, musicalidad, hasta plasticidad por cómo finalizan cada movimiento cual fotograma congelado disfrutando del último aire emanado, entrega total no exenta de humor y sobre todo esta pasión vienesa por la música para cuarteto de cuerda en el último viernes de octubre.

PROGRAMA

Wolfgang Amadeus MOZART (1756-1791): Cuarteto de cuerda n.º 14 en sol mayor, K. 387 (1782)

I. Allegro vivace assai; II. Menuetto; III. Andante cantabile; IV. Molto allegro

Anton WEBERN (1883-1945): Cinco movimientos, op. 5 (1909)

I. Heftig bewegt; II. Sehr langsam; III. Sehr lebhaft; IV. Sehr langsam; V. In zarter Bewegung

Franz SCHUBERT (1797-1828): Cuarteto de cuerda nº 14 en re menor, D. 810, La muerte y la doncella  (1824)

I. Allegro; II. Andante con moto; III. Scherzo. Allegro molto – Trio; IV. Presto – Prestissimo

CUARTETO IBERIA:

Marta Peño, violín – Luis Rodríguez, violín – Aurora Rus, viola – Arnold Rodríguez, violonchelo

Primer vermut camerísico

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Domingo 22 de octubre, 12:30 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo: Vermut de cámara: Quinteto VentArt (Myra Sinclair, flauta; Juan Ferriol, oboe; Andreas Weisgerber, clarinete; Vicent Mascarell, fagot; José Luis Morató, trompa). Obras de Klughardt, Arnold, Hindemith y Medaglia. Entrada: 12 €.

Primero del nuevo ciclo de conciertos de cámara organizado por la OSPA con el título de «Vermut de cámara» donde sus solistas conformando distintas agrupaciones nos ofrecerán a las 12:30 de la mañana y a razón de uno mensual (hasta el 16 de junio) estas sesiones con el precio de 12€ y que por lo visto este domingo de octubre, solo llenaron medio aforo de la sala de cámara, donde no faltaron compañeros de la orquesta, jóvenes estudiantes y los melómanos incombustibles.
Para abrir boca llegaría uno de los grupos más afianzados como el quinteto de viento VentArt  que lleva lustros juntos y a quienes ya pude disfrutarlos hace un año en la Filarmónica de Gijón con este mismo programa (e incluso las dos propinas) por lo que aprovecharé algunas de mis anotaciones de entonces.
Siempre digo que la música de cámara no solo es un «banco de pruebas» para los autores, también una excelente forma de trabajar el pequeño formato y una verdadera delicia para los melómanos que se acercan a este formato bien por afición o por la curiosidad de escuchar «nuevas sonoridades», tan necesarias para todos y más cuando hay obras originales, como esta vez, para el quinteto de viento (las maderas más una trompa), con un programa interesante y «cercano en el tiempo» para poder comprobar la evolución en la composición para esta formación abarcando desde el período romántico hasta finales del pasado siglo. Si el cuarteto de cuerda es la prueba de fuego, está claro que la riqueza tímbrica del quinteto de viento, unida a la amplia capacidad dinámica y los recursos que ofrece, son para disfrutar con el estilo propio de cada compositor y mostrar el dominio y conocimiento instrumental así como de las formas musicales usadas en cada obra.
Un programa sin pausas que volvió a demostrar el feliz entendimiento de estos cinco «asturianos» de adopción (para mí desde el pasado siglo con sus nombres propios: Myra, Andreas, Vicent, José Luis y Juan) que llevan tantísimos años de compañeros y manteniendo este grupo que incluso actuó en El Vaticano, ya peinando canas como todos, con la madurez del trabajo diario, el entendimiento y no ya una técnica magistral en cada uno de ellos, que podemos comprobar en los conciertos sinfónicos, sino un mismo amor por la música que se transmite al público, premiando cada obra presentada brevemente por el maestro Morató.
La primera obra sería del alemán August Klughardt
(1847-1902) y su Quinteto de viento, op. 79, obra publicada en 1901, por tanto tardía pero plenamente romántica con muchos «recuerdos» tanto de Brahms como de Mendelssohn en sus cuatro movimientos (I. Allegro non troppo
II. Allegro vivace
III. Andante grazioso
IV. Adagio – Allegro molto vivace
). Impresionantemente bien tratados cada uno de los instrumentos, permitió que disfrutásemos con juegos de timbres, diálogos y contestaciones en los cinco intérpretes, estructurando este quinteto de forma académica, muy bien escritos, destacando el último movimiento con una introducción lenta antes de atacar el virtuoso final donde degustar el virtuosismo individual de este conjunto siempre al servicio de la música.
Del británico Sir Malcom Arnold
(1921-2006), un trompetista que también compondría bandas sonoras, destacan estas tres «Canciones marineras», Three Shanties for Woodwind Quintet, op. 4 que el público disfrutó recordando estas melodías populares tan cercanas a la angloastur Myra: I. Allegro con brio («What Shall We Do with a Drunken Sailor»), un tango o habanera que va creciendo y jugando con la tímbrica del quinteto, II. Allegretto semplice («Blow the Man Down / Boney was a Warrior») de contagioso ritmo ternario, simpático, brillante, con el tema pasando por los cinco instrumentos, y el  III. Allegro vivace («Johnny Come Down to Hilo») virtuosístico, humorístico y casi cinematográfico en su concepción, muy aplaudido y con la deseada alegría contagiosa de esta obra del compositor británico en una interpretación  colorista y muy matizada.
A continuación VentArt nos ofrecerían a uno de los grandes del pasado siglo, el violista, musicólogo y compositor alemán Paul Hindemith
(1895-1963) con la Kleine Kammermusik, op. 24 nº 2 («Pequeña Música de cámara») creada para sus compañeros de la orquesta de la ópera de Frankfurt estrenada en Colonia el 12 de junio de 1922. Rompedora en su tiempo por sus armonías, toques de jazz, referencias al mejor Stravinsky y de nuevo el toque de humor que prevaleció en este primer vermut de octubre. Música camerística que solo pequeña en el título, con cinco movimientos exigentes tanto individualmente como en conjunto, demostrando la necesaria compenetración del quinteto en interpretarnos esta maravilla de obra con la «curiosidad» de utilizar el piccolo en el segundo movimiento con Myra Sinclair «haciéndonos olvidar a Peter» más allá del apellido, y maravillándonos con la sonoridad del oboe de Juan, el toque bufón de Andreas, el lirismo de Vicent y el «soporte tímbrico» de José Luis. Maravillosa partitura para ir disfrutando de cada movimirnto: I. Lustig. Mäßig schnell Viertel, el vals satírico y también lírico del II. Walzer. Durchweg sehr leise, la muerte inspiradora del III. Ruhig und einfach, de ritmo vital casi marcial, el interludio IV. Schnelle Viertel para degustar la calidad del quinteto con tantas partituras compartidas en su larga trayectoria, hoy unidos en esta joya del compositor alemán, concluyendo con el enérgico V. Sehr lebhaft, la lógica evolución romántica que en su momento fue revolución y el tiempo nos la ha dejado cercana, agradecida de escuchar y seguir disfrutando con la excelente interpretación de VentArt.
Y nada mejor para cerrar el programa que el brasileño Julio Medaglia (São Paulo, 1938), también muy cinematográfico, formado en la Europa de la llamada «vanguardia» con Berlín de capitalidad musical. Todas las obras son del gusto del quinteto y cada una igual o más de exigente, que en este  caso Medaglia partiendo de tres danzas populares en sudamérica a principios del pasado siglo (tango, vals paulista y chorinho), compondrá para el quinteto de viento de «Los Berliner» su Belle Epoque en Sud-America, tres aires que nos suenan conocidos por la cercanía cultural y reconocibles incluso en su escritura: I. El Porsche Negro (Tango), porteño y casi «plagio» de una Cumparsita con «buenos vientos» tanto individuales como en conjunto; II. Traumreise nach Attersee (Vals Paulista) reposado, cantado con el aire instrumental y un «rubato» bien entendido por este quinteto, más el III. Requinta Maluca (Chorinho), derroche de virtuosismo de Andreas en diálogo con sus cuatro compañeros con un desenfreno musical que levantó los mayores aplausos tanto para el solista de la OSPA como para sus amigos en esta travesía musical por el quinteto de viento.
Con el regusto argentino que me ha hecho «continuar» en esa tierra, nada mejor que el excelente arreglo de Adiós Nonino de Astor Piazzolla (1921-1992) que VentArt tiene desde sus inicios casi como «obligado» en su repertorio, muestra de la pujanza de la música hispana trabajada en la Europa académica y engrandecida por los compositores de nuestro tiempo.
Aún quedaría tiempo para un segundo regalo: la «Aragonesa» de G. Bizet (1838-1875), cuya Suite nº 1 de Carmen en arreglo para quinteto sonó sinfónica en la interpretación de estos cinco maestros hoy reunidos para este primer vermut musical carbayón que sigue de «desarme» y con ecos principescos. El siguiente será el 19 de noviembre con el Cuarteto Cethair.

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