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Auténtico sabor vienés

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Lunes 2 de enero de 2017, 19:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga: Concierto Extraordinario de Año Nuevo. Alba Chantar (soprano), Pablo García-López (tenor), Orquesta Filarmónica de Málaga, Manuel Hernández Silva (director). Entrada segundo piso: 27 €. Obras de J. Strauss hijo, R. Leoncavallo, F. von Suppé, J. Offenbach, F. Lehár, R. Chapí, G. Giménez, R. Soutullo / J. Vert y J. Strauss padre.

Un director venezolano con la Orquesta Filarmónica de Viena no, con la de Málaga de la que es titular y a la que está exprimiendo musicalmente, haciendo sonar cada vez mejor, con un programa de autores que ha mamado en sus estudios en la capital austríaca y van tomando poso como los buenos vinos con el tiempo, nada que ver con el otro venezolano más mediático que se «desinfló» en el concierto más visto de cada año, al que se le han dedicado montones de críticas, incluso musicales, no todas coincidentes con mi opinión de cierto «miedo escénico» y un desigual concierto que no le quita el mérito a mi admirado Gustavo Dudamel de haber llegado ahí con tan solo 35 años, el más joven de la historia (y lo que todavía le queda por delante) del más famoso y televisivo evento musical en esta semana que se llevó con 92 primaveras al francés Georges Prêtre, el más longevo en dirigirlo (con 85 años) y probablemente el mejor que muchos recordamos de los últimos años estrenando año nuevo. Esta vez no haré crítica aunque mis tuits en vivo (madrugando desde Aguadulce) están ahí para ver la evolución del mismo, y que tristemente en Venezuela solo pudieron disfrutarlo como «regalo de Reyes».

Si amanecer el primero de año con los vieneses es obligado para todo melómano, esta vez cambié fecha y ubicación para disfrutar en directo con Manuel Hernández Silva y «su» filarmónica, que además buscó dos voces para enriquecer esa sangre vienesa y mestiza de los compositores elegidos, la rondeña Alba Chantar y el cordobés Pablo García-López, programa que dejo a continuación y del que quiero resaltar algunas cosas en este concierto que volvía a la sede de la que nunca debió marcharse, con entradas agotadas y asistiendo un público entregado desde las primeras notas de la conocida obertura de El murciélago de J. Strauss hijo.

Si las obras instrumentales fueron sacando de la orquesta malagueña matices impensables, con una cuerda algo corta en número pero rica en dinámicas y sonoridad (siempre destacable la concertino Andrea Sestakova), el acompañamiento de las voces tanto en las intervenciones solistas como en los dúos son una delicia, unido a un buen empaste de dos voces con distinto recorrido, el cordobés con una Mattinata vespertina y la malagueña arrancando con el «aria de los pájaros» (la de la muñeca) de Offenbach demasiado exigente para su edad y algo atrevido comenzar con ella por unas agilidades que en frío no lucieron como debería aunque mejoró en el dueto de Sangre vienesa equilibrado y sentido por ambas voces tras haber «calentado» la orquesta con el vals Voces de primavera y la polka rápida Larga vida al magiar donde el magisterio del director venezolano fue más que evidente. Es un placer verle trabajar el «rubato» con la elegancia acostumbrada y contemplar la orquesta aguantar la batuta en esa tercera parte del compás que parece no terminar, con una entrega que evidenció la mejoría que el tiempo logra con su titular desde 2014. Es difícil transmitir tanto a una formación que va «in crescendo» en cada concierto que la escucho, pocos por la distancia, con una disciplina alcanzada con esfuerzo y mano izquierda, implicación total de un titular con la agenda apretada pero que no olvida sus obligaciones con «sus» malagueños. En estos tiempos que corren deberán agradecer este esfuerzo y amor por la música bien hecha.
La segunda parte mantuvo el tipo tanto con oberturas y polkas como en un Léhar a cargo de los solistas, una entregada «Canción de Vilja» por parte de la soprano, rojo pasión esta vez, y especialmente el tenor cordobés con «Dein is mein…» de El país de las sonrisas cantado en un alemán perfecto, con gusto, pasión y una orquesta aterciopelada que nos permitió degustar cada detalle de este aria hermosísima del llamado rey de la opereta vienesa a cargo de Pablo García-López que se incorporaba al día siguiente como el Borsa del Rigoletto que cerrará temporada carbayona.
Comentaba en una de las pausas el maestro Hernández Silva, algo griposo como la mayoría de los presentes, el mestizaje de la Viena de los grandes donde nuestros Chapí o Giménez no desentonarían puesto que la zarzuela es realmente opereta española, más aún, zarzuela vienesa porque todos beben de fuentes populares que elevan al mayor rango sinfónico, como se pudo comprobar con el preludio de La Revoltosa o el intermedio de La boda de Luis Alonso, dos joyas que compartieron programa junto a «La primorosa» Alba Chantar, «Bella enamorada» de El último romántico Pablo García-López, opereta española antes de las dos propinas de sangre vienesa con sabor andaluz a cargo de los Johannes Strauss hijo y padre que volvieron a llevarnos al día primero de este 2017 pero en Málaga el segundo: El bello Danubio azul como me gustaría hubiese sonado (pese al abismo de ambas filarmónicas) y la Marcha Radetzky matizada y con el humor que faltó en su famoso compatriota, porque calidad y calidez deben ir unidas, respeto a la música desde el disfrute compartido.

Hakim y su mundo sonoro

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Jueves 10 de noviembre, 21:00 horas. Catedral de León, concierto de clausura del XXXIII Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE), CNDM: Naji Hakim. Obras de J. S. Bach, C. Franck, J. B. Cabanilles y N. Hakim. Entrada libre.
Clausura ideal de la trigesimotercera edición del FIOCLE que ha vuelto a tener el respaldo del público, y por el que siguen pasando los mejores intérpretes del instrumento rey que en el caso del de «La Pulchra» por mi bautizado como «El Bicho Kleis» que en cada concierto sigue domándose, va sacando al aire catedralicio nuevos sonidos y combinaciones.

El organista, improvisador y compositor libanés Naji Hakim (31 de octubre de 1955, Beirut) afincado hace años en Francia al que descubrí en el 2007 dentro del defenestrado Festival de Órgano de Asturias, preparó un programa -actualizado por mí en el orden en que se ejecutó en León- que repetirá este sábado en el Auditorio Nacional de Madrid para conjugar pasiones y emociones. Primero Bach con su Passacaglia y fuga en do menor, BWV 582 en un avance de lo que vendría después, jugando en cada frase con los cinco teclados del Kleis más el pedalero sin perder detalle y ganando matices por los registros de cada uno, sin pausa antes de la fuga en pos de la mayor unidad antes de su propio homenaje en Bach’orama (2004) fantasía sobre temas del kantor y verdadero despliegue sonoro en la línea de los grandes organistas y compositores franceses. Melodías reconocibles de «Meine Gott» vestidas con el lenguaje propio de nuestro tiempo pero sobre todo por la búsqueda de timbres tan especiales que de nacimiento alemán pero ya con acento leonés nos trasladaron al París eterno (donde Langlais fue uno de sus maestros y sucedió a Messiaen en La Trinidad) en este órgano que asombra a público e intérpretes, silencios sonoros, arpegios celestiales, clusters dramáticos, disonancias rítmicas y tesituras extremas en «El Bicho» domado por Hakim.

Sin perder ambientación gala la Prière, op. 20, FWV 32 (César Franck) supuso el punto intermedio entre Bach y Hakim, todos ellos compositores y organistas dotados de una capacidad propia para conjugar tradición y modernidad en sus respectivas épocas aprovechando la evolución del instrumento para dotarlo de toda la expresividad posible, algo que el libanés entiende como pocos, verdadera oración sonora delimitando cada plano y protagonismo con rigor científico desde una profunda y sentida interpretación, flautados de cristal como las vidrieras de la Pulchra leonina.
El homenaje español en las manos de este excelente organista nada menos que Juan Bautista Cabanilles (1644-1712) y su Batalla imperial, escuela renacentista en un órgano atemporal que sonó histórico por los contrastes perfectos, ecos históricos en los coros norte y sur para contiendas trompetísticas capaces de reverberar contundentes a la vez que limpias. Encantados de ver nuestra música de oro entre tres grandes, el origen ibérico del mundo sonoro construido con tubos y fuelles.

Tras la guerra un remanso de paz como sólo Bach es capaz de crear, Liebster Jesu, wir sind hier, BWV 633/634, ahí estábamos todos meditando con este coral de Neumeister donde el sonido recrea la palabra y también la serenidad, oración musical breve del enorme libro de órgano del Kantor de Leipzig casi íntima, ornamentada en su punto para no descentrarnos de esa melodía profunda.

El Hakim compositor interpretado por él mismo es un lujo del que pudimos disfrutar por partida doble, pues Le bien-aimé (2001) es fiel reflejo de su lenguaje, creencias y búsqueda sonora, un mosaico variado que resulta casi la banda sonora de su vida, una suite sinfónica en siete movimientos, «Cantar de los cantares» con ecos mediterráneos de diferentes culturas y vivencias volcadas en el órgano, paráfrasis gregorianas como inspiración, pájaros en flautados, ocas en fagotes, clarinetes y cornos pasando por todo el abanico de registros del Klais que pasaban de una fachada a otra, contención y explosión sonora pero también visual, guerras y oasis, el Sena y vinos del Líbano con sabor en boca comercializado en Francia, cedros y palmeras de un paisaje auditivo muy personal.

El improvisador no podía faltar desde una melodía mariana que Samuel Rubio (quien presentó el concierto final y los respectivos agradecimientos) le entregó volviendo a demostrar su vocación sonora, registros por descubrir, melodía pasando por todos los teclados y pies incorporando un fragmento de Beethoven donde su «oda a la alegría» parecía cantar la grandeza del Kleis plenamente asentado en la capital leonesa con un sonido único del que Hakim y todos los presentes pudimos disfrutar. Llegar a casa para contarlo no podía esperar, la XXXIV edición arranca ya…

Música y poesía para Juan Romero (in memoriam)

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El último fin de semana de octubre nos llevó hasta el pueblo natal de Juan Romero Rodríguez, Pipo para los amigos, Alcaraz bello y manchego que le honraba con una serie de actos donde no faltó la música, siempre presente en su vida, inculcada a sus hijas Alba y Juana que han estudiado cello y piano participando en cada momento del encuentro -y éste era uno de los imprescindibles, ni la poesía, por supuesto con buenas viandas y caldos de la tierra sobre la mesa alrededor de la cual todo fluye mejor, sin olvidarse de las tertulias, pues Pipo Romero junto a Gloria Aguinaga, su fiel esposa, amiga y colega, son personas a las que siempre les gustó hablar pero sobre todo escuchar, tal vez por «deformación profesional» de psicólogos.

Imposible glosar la trayectoria profesional de Juan Romero y aún menos la humana, todos lo intentaremos pero nos quedaremos cortos a pesar de habernos dejado tan pronto, pero su legado permanece y el recuerdo sigue vivo, de ahí estos encuentros que obligatoriamente deberían pasar por Alcaraz y su sierra, amantes de esa película de culto como «Amanece que no es poco» (1989) que tiene mucho del humor común a todos los que hemos conocido, admirado y querido a Pipo.

Ahí estuvieron muchos miembros de la psicología jurídica, ponencias de Juana Mª Azcárate o Josean Echauri, la «familia» de la AIPJ, pues así la sintió siempre Juan, con su presidenta en España Asunción Tejedor, la valenciana Elisa Alfaro, Ana Martínez Dorado directora de la editorial EOS que ha creado una colección con el nombre del eminente psicólogo alcaraceño (mucho más que «el psicólogo de la cárcel de Pamplona»), muchos amigos, representantes de la Asociación «Maestros de Pueblo», varios políticos del Ayuntamiento de Alcaraz, dedicándole un rincón en la Biblioteca Municipal con recuerdos donados por la familia Romero, también asistentes a todos los actos organizados en su memoria, debiendo destacar a su sobrino Joaquín Romero Tarazona que participó no ya como clarinetista junto a las hijas de Pipo, familia musical donde las haya, que se trajo a la Orquesta de pulso y púa «Celia Giner» de Alfafar (Valencia) que también dirige, y que el sábado 29 de octubre ofrecieron un espléndido concierto en la Iglesia de San Miguel donde no existió el descanso al regalarnos la palabra dos de los poetas del Ateneo Navarro, José Luis Allo Falces y Santiago Elso Torralba, con versos que también ponían lírica a la pintura.

Dejo aquí el programa del concierto con algunos comentarios sobre el mismo. Una excelente formación con muchos años de trabajo que se notan por el empaste, afinación y entendimiento con el director, trabajando un repertorio variado de arreglos ideales para estas agrupaciones orquestales de pulso y púa que van más allá de las rondallas folclóricas (alguna explicación hubo que dar), algo desequilibrada por la mayor presencia de bandurrias primeras y segundas que de mandolinas, mandolas o laúdes aunque compensadas por el mimo en los planos y las dinámicas ajustadas, así como una técnica y musicalidad en los solistas realmente plausibles.

Cual filosofía de la vida La vida es bella (N. Piovani) realmente de película, el conocido «Va pensiero» de Nabuco (Verdi) que casi animaba a corearse, la selección de La Canción del Olvido del maestro Serrano daba pie a participar aún más aunque fuera en voz baja, pero me quedo con la excelente interpretación del «Intermedio» de Goyescas (Granados) como homenaje doble, a su autor y a Pipo, especialmente Un viaje por España (J. Jarque) que repasó la procedencia de muchos viajeros que acudimos a Alcaraz para seguir recordando a nuestro querido y añorado Juan Romero.

Para mí todo una filosofía de la vida, gastronomía, viajes, poesía y música con Pipo siempre en el recuerdo tras casi cuatro años. De sábado a lunes hubo tiempo para conocer no ya Alcaraz y su sierra junto a la del Segura sino el nacimiento del río Mundo, los enclaves de la película de José Luis Cuerda como Molinicos, Lietor, Ayna… e incluso tocar tierras cervantinas en el regreso como Villanueva de los Infantes, Lagunas de Ruidera,  Argamasilla de Alba o Tomelloso, despidiéndonos en las distintas paradas de amigos que partieron para sus casas.

Nosotros todavía llegamos a dormir en Burgos y continuar el itinerario románico de Cantabria infinita con una visita ideal a la Colegiata de Cervatos o Reinosa antes de alcanzar la aldea para comenzar bien noviembre.

Música entre amigos

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Viernes 28 de octubre, 20:00 horas. Málaga, Teatro Cervantes: Programa 3 OFM (Orquesta Filarmónica de Málaga), Gabriela Montero (piano), Manuel Hernández-Silva (director). Obras de T. Marco y P. I. Tchaikovsky.
Había que cruzar España para no perderse un concierto en el que volvían a reencontrarse dos amigos venezolanos en mi segunda casa en el segundo día del tercer programa de la OFM con su titular al frente.

Para comenzar la Sinfonía nº 10… «Infinita» del madrileño Tomás Marco (1942) que estrenase en el Festival de Santander el 14 de agosto de 2012 con todas las evocaciones cántabras que vienen más de los títulos de los movimientos aunque resulten de lo más evocadores, al menos para un oyente asturiano, trabajadas con un material sonoro modelado por Marco como pocos de sus contemporáneos, y que desde mi perspectiva suenan cercanos: el 1 Reverso de la marea inquietante presenta registros extremos y matices amplios con un ritmo de los parches en glisandi unido al de todas las secciones. 2 Mar y monte me resultó profundo y grave en tesituras incluida el arpa junto a unos timbales poderosos, el contraste de color y hasta de olor, totalmente distinto del 3 Rincón de poetas, mortecino y celeste por los toques de arpa y fagot más un solo de viola hermoso a cargo de Evdokia Erchova, o ese dúo de flautas mitológicas en ambientes lúgubres, los dos movimientos que en cierto modo vuelven al ciclo vital y paisajístico, 4 Cumbre y valle, 5 Colores de la caverna, vigor majestuoso de tempestades con origen marino y perlas de espuma salpicando en los cellos, más evocador que los dos primeros cual vistas marinas desde las alturas con canto de los bronces como sirenas, las literales del faro de Ajo cuando hay niebla, contrabajo y glisandos varios de esa incertidumbre inestable en continuo juego de dinámicas sin opulencia, timbres etéreos con sordina disipada en un solo de trompa de Cayetano Granados antes de los nuevos embites del hombre primitivo en Altamira, solo de fagot (a cargo de Alberto Reig) y calma cortada por armónicos preparando un final in crescendo tras un enorme trabajo de dirección e interpretación a cargo de la orquesta malagueña que alcanzó momentos de total entendimiento con su titular Hernández-Silva que demuestra nuevamente su talento y profesionalidad en todos los repertorios, sacando de sus músicos lo mejor. Unir magisterio y rigor al trabajo continuado marca la trayectoria ascendente de director y orquesta que solo con tiempo se alcanza, y el venezolano deja huella por donde pasa. El propio Tomás Marco, presente los dos días, compartió aplausos para una «infinita» sinfonía que cambió el Cantábrico por el Mediterráneo de manos de un caribeño con espíritu asturiano.

La esperada segunda parte me devolvía el Concierto nº1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 (Tchaikovsky), totalmente distinto al reciente de Oviedo, con una Gabriela Montero lesionada en el dedo anular de su mano derecha por un percance doméstico que a punto estuvo de cancelar, incluso con el sobreesfuerzo del día anterior podría hacerme pensar que mermaría la parte técnica, cosa que no ocurrió, máxime cuando su musicalidad es superlativa y el entendimiento alcanzado con su amigo compatriota fue sobresaliente. Concierto exigente para todos, el Andante non troppo e molto maestoso-Allegro con spirito marcó la pauta a seguir, la fortaleza física y sonora de la pianista, el equilibrio orquestal y el encaje ideal de la batuta con la solista para una página conocida que utiliza un motivo popular ucraniano más el segundo romántico en plenitud de pasiones e «inquietante ansiedad» que escribe José Antonio Cantón en las notas al programa. Tras ese volcán sonoro y cristalino donde pudimos disfrutar de todos los detalles, el Andantino semplice-Allegro vivace assai central fue un remanso remando todos en las mismas emociones, la flauta de Jorge Francés dialogando con un piano rivalizando en lirismo y el alegre aire de vals que Hernández-Silva entiende como vienés de espíritu, contagiado a su formación que fue perfecta pareja de baile venezolana, sin pisotones, encajado al detalle para llegar al verdadero «fuego» final, el Allegro con fuoco que comienza vertiginoso y saltarín, nueva danza de entendimiento único para alcanzar lo sublime, la batuta siempre atenta al piano, protagonismos en diálogos sin quitarse la palabra, completándose para engrandecer ese derroche de emociones con un virtuosismo hondo que puso la carne de gallina a mis compañeras de palco.

Mas toda aparición de Gabriela Montero lleva incluida la felizmente recuperada técnica de la improvisación que siempre asombra allá donde actúa, algo que para «la Divina Emperatriz» (como la rebauticé tras escucharla hace tres años en Barcelona) forma parte de su propia historia desde los juegos infantiles en su amada Venezuela, dañada y más querida aún, con distintas peticiones por parte del público, bandera tricolor incluida, decantándose por ese Alma Llanera de la querida tierra natal de estos amigos reunidos en Málaga, pero con las referencias al recién finalizado primero de Tchaikovsky, reencontrándose con Mozart tras un apunte llegado de lo alto del coliseo, con variaciones y modulaciones en tono menor, ritmos de habanera marina y llanera recorriendo un océano de musicalidad y dolor, físico e interior, para regalarnos diez minutos para el recuerdo y la alegría de este encuentro entre amigos que continuaría tras el concierto, porque los kilómetros no son distancia para unir pasiones.

P. D.: Compartí palco con mi esposa Asun, mi cuñada Olvido e Irene que acudía por vez primera a un concierto. No podía ser mejor bautismo musical para mi sobrina de nueve años.
Antes del concierto y durante el descanso con Alejandro Fernández (crítico de Codalario y de La Opinión de Málaga, entre otras publicaciones) pudimos ponernos voz y conversación.
Especialmente emotivo resultó conocer a Pilar Pino, una zamorana compañera de profesión en Fuengirola, y a su hijo Roque Casabona, joven pianista que tampoco podía faltar a este concierto que nos reunió por unas horas fuera de las redes sociales continuando una amistad de años con la pasión musical como motor vital de nuestras vidas.

Con Durón de Brihuega a León

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Miércoles 5 de octubre, 21:00 horas. Catedral de León, XXXIII Festival Internacional de Órgano Catedral de León – Centro Nacional de Difusión de la Música «Músicas históricas«: La Galanía, Raquel Andueza (soprano): Ayrezillos suaves. Durón 300.
León estaba de celebración con el patrón San Froilán y la fiesta llegó hasta La Pulchra que volvió a llenarse para celebrar también el tricentenario de la muerte de Sebastián Durón (Brihuega, Guadalajara 19 abril 1660 – Cambo-les Bains, Francia, 3 de agosto de 1716) gracias a la colaboración del CNDM con el FIOCLE y un concierto muy esperado que congregó aficionados llegados de todas partes. No está de más seguir recuperando nuestro patrimonio musical y rendir tributo a figuras universales que no siempre tienen la consideración necesaria, pero si además los intérpretes son referentes de estos repertorios, es lógico el éxito de este concierto en mi capital vecina.
Excelente y buen programa desde el sugerente título hasta la organización del mismo, alternando al homenajeado (con tres recuperaciones históricas a cargo del musicólogo Raúl Angulo Díaz y Antoni Pons Seguí, con las ediciones de las obras vocales en su catálogo Ars Hispana de la Cátedra de Filosofía de la Música dirigida por el primero dentro de la Fundación Gustavo Bueno), con contemporáneos que ayudan a vivir y comprender todo el entorno musical de aquellos tiempos dorados.
La obra religiosa de Durón es hermosa en si misma y atemporal, junto a unos textos que la soprano pamplonica Raquel Andueza articula con la maestría que la caracteriza, por lo que vestirlos en diferentes combinaciones y colores instrumentales a cargo de La Galanía (en trío) agranda la belleza, juegos tímbricos tejidos por la tiorba de Jesús Fernández Baena, el arpa barroca de Manuel Vilas y el órgano positivo de Alberto Martínez Molina, para las distintas cantadas y tonadas sacras más la alegre jácara de Navidad que cerraría el concierto, alternando obras instrumentales que además de descansar la voz o enriquecer el repertorio sirven para lucimiento de unos reconocidos y prestigiosos instrumentistas.
Dejo arriba del todo el programa leonés íntegro con ligeras variantes, destacando algunas cosas. El Durón de Andueza y La Galanía tiene sello propio de intención, emoción, buen gusto, entendimiento, lo apuntado de melodías que realzan unos textos religiosos desde una globalidad interpretativa que pasa por el cuidado coprotagonismo instrumental, más que un complemento polifónico. El blando susurro, tono al nacimiento, resulta de un intimismo que cortaba el aire de la catedral leonesa por donde la voz de la soprano navarra corría con la misma naturalidad de su timbre, siendo el bis esperado y largamente aplaudido. Tomando cada título literalmente nos da el enfoque perfecto de estas formas religiosas, varias dedicadas (y recuperadas) al Santísimo Sacramento: «Atended, sonoras aves», «Si mirando las luces», «Impetuosas cristalinas fuentes», «Pajarillo que el viento peinando»… sentidas por este cuarteto que respira al unísono y visten de gala cada partitura, engrandeciendo las letras en la mejor tradición compositiva e interpretativa.
Ideales estos instrumentistas para el arreglo propio de las famosas Folías de Gaspar Sanz, permitiendo centrar nuestra escucha en esas combinaciones despojadas de la voz, con un arpa celestial (más rica que la guitarra), la tiorba virtuosa igualmente cantarina que contrapunstística o rítmica en sus rasgueos, más el órgano positivo capaz de silabear como buen aerófono pero también de dar la base sonora a cada dibujo, y con él pudimos disfrutar la Gaitilla de mano izquierda que preparaba el el penúltimo bloque de Durón, además de la Zarabanda (Martin i Coll) en versión cercana del nuevo órgano positivo leonés, suficiente en volúmenes y acorde con el intimismo que rodeó todo el concierto. Igualmente interesante Encarceladito está (Carlos Subías) o los anónimos del siglo XVII como La Nochebuena, zagales y Morenas, gitanas en el último bloque cantado por una Andueza que ya había cautivado a todos los presentes, rematando con dos obras del alcarreño, Ayrezillsos suaves (título del programa) y Vaya pues rompiendo el aire cuya letra final pide el aplauso, ganado mucho antes.
El excelente reportaje gráfico del concierto a cargo del músico y fotógrafo local Juan Luis García se puede ver en este enlace de flickr©, arte visual de un artista global.

Eloqventia danza en La Pulchra

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Viernes 23 de septiembre, 21:00 horas. Catedral de León, segundo concierto del FIOCLE: ELOQVENTIA (Alejandro Villar, flautas; David Mayoral, percusión): «Danzas imaginarias», música instrumental del medioevo europeo. Entrada libre.

Eloqventia en su formato original de dúo llegaba a la ciudad natal de Alejandro, su fundador allá por 2009, para presentar su reciente trabajo discográfico, «Danzas imaginarias», grabado en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo con una calidad y cercanía en la toma de sonido nada habituales en otros registros, y que en la catedral leonesa, con una leve amplificación, ideal para apreciar todos los detalles y amplia gama de matices de su repertorio, unida al directo siempre irrepetible, mejoraron aún más estas obras medievales fruto del trabajo de muchos años, entendimiento y química perfecta entre el madrileño David Mayoral, un genio de las percusiones al que se rifan muchas otras formaciones y que también nos dejó el dominio del dulcimer, dulcémele o tympanon, variante del salterio con cuerdas percutidas, más el leonés Alejandro Villar, verdadero virtuoso de todas las flautas de pico, incluida el aulos o doble pero también el cuerno o la sinfonia, organistrum, zanfona, zanfonía, zanfoña o gaita de rabil, que así se conoce este cordófono de cuerda frotada, en un tándem capaz de hacer crecer cada «danza» hasta límites insospechados desde el dominio y el rodaje de un programa que hizo las delicias del público, nuevamente llenando La Pulchra tras la cola de rigor, y la mejor promoción de su CD con el prestigioso sello Cantus que comienza a ser reconocido por especialistas y melómanos «omnívoros» como el que suscribe en una verdadera recreación sonora de muchas ilustraciones de las Cantigas de Alfonso X «El Sabio» o tantos pórticos catedralicios.

Más de una hora de programa donde fueron desfilando distintos anónimos medievales, piezas recogidas en las dos colecciones fundamentales de la época, el Chansonnier du Roi de Paris y el Códice italiano 29987 de la biblioteca del Museo Británico en Londres. Combinaciones de flautas y percusiones que vestían unas melodías ricas, llenas de vivacidad y frescura, juegos de pandero «tipo bodhram», panderetas y darbukas siempre asociadas a historias sonoras del viejo Al Andalus y la música sefardí, alternando con los trovadores franceses o los goliardos italianos.

Eloqventia arrancaron con el anónimo italiano Belicha y a continuación el andalusí Badri Ader Kasa antes de esa joya del «Llibre Vermell» como el Polorum regina con unas iniciales campanas delicadas que preparan la entrada de la zanfona en un engarce de riqueza tímbrica que la amplificación permitió degustar en toda su amplia gama dinámica, lo mismo que ese pandero universal, bodhram capaz de «afinar» y casi cantar.

La Tierche estampie roial fue una peregrinación sonora por las alas del aulos hasta el crucero más la darbuka con la pandereta esperando, generando emociones cercanas en ese tránsito musical antes de volver al escenario con el anónimo andalusí Lamma Bada de largo solo de salterio, intimismo y juegos tímbricos más la posterior aparición de la flauta grave, perfecta afinación y entendimiento, o la canción sefardí Los Bilbilicos que resultó otro placer de pandero y flauta capaz de hacernos viajar y danzar en el tiempo, multiculturalidad y convivencia añorada que solo la música mantiene, al igual que el anónimo italiano Tre fontane.
Volvería la estampie, una danza típica medieval y que el trovador Guiraut Riquier (ca.1230-1292) compone a partir de la «cansó» Mot me tenc ben per paguatz, obra de lucimiento para los dos intérpretes, donde la sonoridad del cuerno evoca intercambios musicales de ida y vuelta con el subrayado siempre acertado de unas percusiones increíbles.

El «fin de fiesta» tuvo sabor italiano, el Chominciamento di gioia en nuevo dúo de flauta aguda, ligerísima como la jugetona pandereta unida al grave de la darbuka, o La Manfredina con su correspondiente «rotta» de zanfona ornamentada y esas pinceladas de la percusión que arrancaron bravos de un público totalmente entregado.
Sinceras y emotivas palabras de gratitud a cargo del local que arrancaba de niño en esta misma catedral una andadura musical con un horizonte siempre inalcanzable pero lleno de alegrías como estas compartidas en el festival leonés, verdadero referente antes de la propina en «formato Eloqventia», saltarello de flauta y darbuka danzarinas para encaminarnos a la Plaza de Regla tras casi hora y media de música pura que también tiene su hueco en estos tiempos pluriculturales. Bravo por Eloqventia (nombre de la obra de Dante Alighieri De vulgari eloqventia vinculada a la música medieval y a la poesía trovadoresca) y a seguir escuchando estas «Danzas Imaginarias» que no tienen desperdicio porque nunca pasan de moda.

Haselböck despierta el bicho

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Miércoles 21 de septiembre, 21:00 horas. Catedral de León, XXXIII FIOCLE: Martin Haselböck (órgano). Obras de J. S. Bach, G. Ligeti, F. Liszt y M. Haselböck. Concierto inicial, en colaboración con el CNDM y su ciclo «Músicas históricas». Entrada libre.

 

Volvía a La Pulchra el director y organista vienés pero con «el bicho KLAIS» en el día del tercer aniversario de su inauguración, con un lleno presagiado por la larga cola una hora antes, y cambiando algo el programa inicial (donde estaba Wagner) para poder hacer rugir y casi renacer el impresionante órgano alemán que va tomando acento castellano, recio y brillante en cuanto le aprietan, algo que el maestro austriaco Haselböck hace como nadie.

Porque unir a Bach, Ligeti y Liszt en el mismo concierto, tras las palabras de agradecimiento iniciales de Samuel Rubio Álvarez, sobre el papel podría parecer chocante aunque la escucha corroboró lo acertado del programa.

Meine Gott Bach es perfecto siempre, comenzando con la conocida Tocata y Fuga en re menor, BWV 565, buena elección de registros y una versión muy romántica en cuanto al juego dinámico y sobre todo expresivo, acelerandos y ritardandos más allá del rubato, pletórico de sonoridades, tal vez investigando registros que aparecerían posteriormente, virtuoso y brillante más que reposado y austero, pero es partitura siempre agradecida en cualquier versión por muchos ornamentos que le añadan. Lo mismo podríamos decir de los cuatro corales del Orgelbüichlein, esta vez más plegados a lo que podría llamar interpretación tradicional, contrastante registros y prevaleciendo la melodía desde los registros buscados: intimismo reposado del BWV 639, flautados barrocos y vivos del BWV 642, vuelta a la tranquilidad de la lengüetería levemente ornamentada del BWV 641 y creciendo volúmenes con los propios registros y tempo vigoroso utilizados en el BWV 642 de factura impecable, aunque algún pasaje el pedal tomase un primer plano demasiado presente en relación a los teclados, pero nada que objetar de la visión personal de Haselböck.

Difícil encontrar a György Ligeti (1923-2006) en los conciertos de órgano, algo apuntado en el discurso previo de Rubio, y es que Volumina sacó del KLAIS sonidos de tubos nunca escuchados, aprovechando la comodidad que supone poder tener automatizados los cambios de registro alternando con los manuales, una explosión sorpresiva que levantó murmullos, dinámicas amplias conseguidas con el juego tímbrico, ambiente sonoro contrastado con el silencio pétreo de La Pulchra Leonina que parecía despertar de un letargo secular con el ballet de los tiradores movidos por un fantasma llamado tecnología como ayudante invisible pero bien trabajado, exprimiendo pedales de expresión y cambios vertiginosos en un alarde de volúmenes y texturas.

Desempolvados casi todos los tubos escuchar a Franz Liszt resultaría el puente húngaro entre los dos mundos alemán y rumano, el virtuosismo de las Variaciones «Weinen, Klagen, Sorgen Zagen» que delineaba tímbricas esculpidas en bruto por el contemporáneo con el ímpetu del abad reconvertido tras una vida licenciosa, romanticismo en estado puro lleno de convulsiones dinámicas con cambios de volúmenes abruptos pero bellos, jugando con la reverberación y resonancia catedralicia y la vuelta al origen, al otro dios de Eisenach enterrado en Leipzig y adorado mundialmente por todo melómano con el Preludio y fuga sobre B-A-C-H, la locura del teclado máximo con el respeto al Maestro, órgano en vez de piano pero igual de virtuosista añadiendo nuevas sonoridades solo antes intuidas, como el mármol de la cantera que montaña abajo toma forma como con Miguel Ángel, cual cierre del círculo orgánico.

Para concluir nada mejor que retomar las improvisaciones, siempre parte de las propias formas musicales tan del gusto de los intérpretes que parecen recuperarse de nuevo. El tema nos lo había chivado Samuel Rubio y entregada la partitura del Himno a la Virgen del Camino, Martin Haselböck fue revistiendo la melodía de armonías francesas, pasando de las manos al pedal sin perder el norte y redescubriendo registros que encajaban como anillo al dedo el juego de acordes desplegado en las distintas variaciones. Una lección de improvisación que hizo despertar al bicho para ser domado en toda su grandeza.

Buen inicio del festival en sus 33 años consecutivos y perfecto cumpleaños para esta joya fabricada en Bonn y bautizada en San Mateo de 2013, que comienza a hablar un perfecto castellano. Aún quedan muchos conciertos, variados y dentro de la Catedral de León.

Adiós verano, adiós

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Aunque climatológicamente hablando el verano finaliza por San Mateo, las vacaciones han llegado a su fin y el nuevo curso 2016-17 arranca todavía con ecos del anterior, que no está tan lejos pero parece un mundo. Musicalmente la temporada arranca este domingo con la Ópera en Oviedo y la OSPA en el foso, como es costumbre local, esta vez con el estreno en España de Mazepa (Tchaikovski), y que intentaremos contar desde aquí en la medida del bolsillo, pero sobre todo tras una escapada suiza donde hubo mucho y bueno.

Como escribía mi querido danés «Viajar es vivir» y sigue siendo de mis «adagios» que esta vez me llevaron a zonas de Suiza aún desconocidas. Si hubiera que resumir este periplo de agosto bien cabrían palabras como verde, agua, montañas, bicicletas, y por supuesto quesos, salchichas, cerveza más multiculturalidad, no mucha emigración y ésta con trabajadores en un país con moneda propia (el franco suizo) y una historia reciente de neutralidad con secretos bancarios que parecen ir rompiéndose.

Sin música en vivo suelo visitar iglesias con sus órganos, edificios emblemáticos, museos, y por supuesto disfrutar de la gastronomía autóctona además de callejear, unas veces sin rumbo fijo, mezclándose con el paisaje y el paisanaje, otras buscando sitios concretos, pero con el factor sorpresa siempre presente.

La primera parada en Zürich donde estuvimos en un apartamento a un paso de la estación de tren y al lado de uno de los mejores miradores de la zona vieja (Lindenhof), nos dejó imágenes impensables como las de su universidad, la más grande del país con un edificio que además de albergar distintos museos, tiene réplicas de griegas, romanas o egipcias, paseos por el lago, caminatas varias que nos llevaron incluso a la sede de Google, o una buena raclette en el Hotel Adler, y por supuesto dos edificios que son santo y seña de la actividad musical:

La ópera y el Tonhalle, uno a cada lado del lago y verdaderos templos de la lírica y la música sinfónica. La primera no tenía funciones esos días y la segunda acogía un encuentro de música folklórica, pero pudiendo admirar un edificio ampliado que combina épocas sin problemas.

Una de las calles que circundan la Tonhalle lleva el nombre del genio de Bonn, y no pude resistir la tentación de la foto con la placa.

De las iglesias me quedo con la reformista de Fraumünster con vidrieras de Chagall o Augusto Giacometti, tío del más famoso Alberto, y la protestante de Grossmünster, todas con conciertos de órgano programados, aunque no coincidieron con mis fechas. Tampoco está mal pasear por las zonas comerciales que albergan todas las firmas famosas de relojes, ropa o automóviles.

La segunda parada sería St. Gallen, para los músicos una parte de la historia con su famosa abadía originaria de la primera escritura musical neumática, hoy solo facsímiles, también de la cerveza, pero sobre todo con el encanto de una biblioteca barroca, y por supuesto su catedral en cuyo órgano había estado unos días antes el guipuzcoano Esteban Elizondo dentro de un ciclo habitual en cualquier templo que se precie, y la catedral barroca es parte de las giras de los mejores organistas mundiales.

Pero el verdadero «campanazo» resultó asistir en vivo a un estreno mundial el 21 de agosto desde la atalaya privilegiada del hospital y residencia geriátrica (hay que ir tomando nota), puede que acústicamente no tan bien ubicado como los miles de «peregrinos» que ocupaban las montañas cercanas, un original proyecto titulado Zusammenklang, capaz de unir tradición al hacer sonar las 118 campanas de las 29 iglesiss de la zona, con tecnología mediante dispositivos móviles que hicieron posible ejecutar la composición de la rusa Natalija Marchenkova, afincada en esta bella ciudad, y el compositor local Karl Schimke, tuba de la sinfónica de St. Gallen.

Tuve el humor de grabar el audio, al menos para recordar una experiencia única y que conociendo la complejidad del mecanismo así como todo el proyecto, solo puede darme una idea aproximada de lo que realmente sucedió. Presumir de haber estado «in situ» no tiene precio, y más por el sitio que respiraba paz y sosiego.

St. Gallen tiene unos alrededores como la reserva natural del «Wildpark Peter und Paul» desde donde se puede divisar el Lago Constanza, familias al completo y animales en cautividad, escapada cercana al centro, y un poco más lejos llegar a la zona de Ebenalp, tomar un teleférico y realizar la actividad por antonomasia de los suizos, caminar por unas montañas cuidadas y listas para ser fotografiadas como si de una postal se tratase, incluso visitando cuevas prehistóricas. Uno de los restaurantes más curiosos supone una caminata que hace pensar en los trabajadores del mismo y en llenar sus neveras, no solo de su cerveza típica, pero la experiencia es inolvidable.

La ciudad de Chur (o Coira), considerada como la más antigua de los Alpes, es acogedora, coqueta, diría que casi familiar, tan cercana como el piso que nos acogió en algo tan habitual como los Bed and Breakfast, y la Catedral de Santa María de la Asunción en lo alto, que alberga una cripta que me recordó nuestra Cámara Santa asturiana por el apostolado, así como un moderno órgano.

Pero el protagonista resultó el Bündner Kunstmuseum y su ampliación adyacente, un hermoso edificio recién estrenado el pasado mes de junio a cargo del estudio de los arquitectos Barozzi – Veiga, un tándem ítalo-gallego en Barcelona que también está ligado al danés Andersen en su Odense natal y al centro de arte gijonés, con una belleza única en su diseño, albergando una exposición de la familia Giacometti, por supuesto también Alberto, «Solo Walks» así como otros artistas ligados a esta ciudad de Chur, perfecta conjunción en línea con las obras que exhibe.

Siguiendo por esta zona la mayor parada estuvo en Sankt Moritz como cuartel general, aunque también nos llevaron esos trenes orgullo helvético hasta Tirano (Italia). La subida alpina en el más lento del mundo es impresionante: glaciares, ríos, lagos, cientos de tonos de verde a bordo del panorámico Bernina Express en un viaje de cuatro horas que merece la pena hacerse.

Y el fin del trayecto en suelo lombardo donde se paga en euros, hablamos italiano con los Alpes de otro color y sabor, visitando el Santuario della Madonna de Tirano, basílica construida en el siglo XVI en perfecto estado de conservación, con un órgano barroco del que no pude disfrutar su sonido pero sí su arquitectura.

De St. Moritz habría mucho para contar además de lo ya sabido en tiempos de la decaída jet-set, especialmente en invierno aunque el verano es radiante y con la suerte de unos días de sol increíbles. Un gran lago para caminar a cualquier hora del día bordeándolo, tiendas de lujo, terrazas y restaurantes comidas de todo el mundo, como los conciertos, variados desde la Casa de Cultura local donde el viola da gamba Paolo Pandolfo estaba impartiendo un curso con recital final de sus alumnos, al que no pude asistir, hasta el que ofrecía a precios estratosféricos el hotel más lujoso de la ciudad alpina con el reclamo de un Mozart que nunca falla.

Dicen que Asturias es la pequeña Suiza y algo hay de cierto: vacas, leche o mantequilla, también maíz, manzanas, solas o en zumo, aunque la asignatura pendiente de nuestra tierra siga siendo además de la poca publicidad, la limpieza. Un placer caminar por cualquier rincón y no encontrarte suciedad pero tampoco policía. La educación como la cultura se puede legislar, pero básicamente se hereda y refleja la sociedad e idiosincrasia que no se puede copiar ni comprar porque se hereda, supongo que como el dinero. Desconozco si la envidia es sana, y si como escribía Andersen «At rejse er at leve«, regresar nos hace añorar lo que no tenemos.

Esta región de Engadin tiene lagos, sendas y pueblos cercanos bien comunicados por autobuses, como Sils Maria y Silvaplana, la primera alberga la Casa Museo de Nietzsche, así como hoteles para celebridades que también ofertan conciertos puntualmente (alguno incluso grabado por sus vecinos de Winter and Winter), visitas obligadas antes de regresar a la capital disfrutando siempre de un paisaje de postal.

También se celebraba esos días el CSI (Concurso Internacional de Saltos) donde no encontré famosos entre el público pero tampoco jinetes o amazonas de prensa rosa, si bien al lado de la zona equina, en el llamado St. Moritz Bad, está la iglesia católica de St. Karl, con unas modernas vidrieras y ampliación de 1991, más el necesario y obligado órgano que tampoco pude escuchar, pero la querencia por el rey de los instrumentos sigue allá donde viajo.

St. Moritz nos regalaba cada día al despertarnos una vista única, la última antes de abandonar nuestro particular refugio, la comparto aquí.

La vuelta a Kloten, al lado del aeropuerto, sirvió para saborear las últimas cervezas suizas (es más cara el agua ¡quién lo diría! y no digamos la «frei» sin alcohol) y una comida italiana que parece estar presente como el idioma en una Suiza algo cara para nuestros sueldos, creo que también para los trabajadores (que cobran poco más que en España), con paisajes también para saborear, caminar, paraíso ciclista y última noche antes del retorno a la normalidad. Imposible plasmar tanto aunque el diario de viaje, siempre a mano, ocuparía mucho más espacio.
Septiembre me devolverá a la música, en vivo o grabada, pues también tiene su hueco en el blog y lo seguiremos contando tras el necesario descanso estival. Este curso 2016-17 arranca con dudas pero la esperanza nunca podemos perderla…

P. D.: A petición de Alonzo V. de Artsy.net en N.Y. dejo aquí el link a las obras de Alberto Giacometti disponibles en su web con otros enlaces interesantes incluso para educación.

Madrid, museo de músicas con guinda

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Madrid en verano es un infierno pero quedan también purgatorios y paraísos terrenales. El calor horroroso además del climatológico fue el engaño del Caravaggio en el Museo Thyssen Bornemisza, como casi siempre, donde importa hacer caja con cualquier disculpa o reclamo, y el pintor del claroscuro lo es aunque solo se exponga una décima parte arropado por muchos seguidores bajo el pomposo título de «los pintores del norte», encima prestados de su vecino de El Prado donde El Bosco sí resultó purgatorio ideal y verdadero fenómeno de masas en un «jardín infinito«, para continuar con los imperdibles Fra Angélico, Goya, Velázquez, El Greco, Ribera, Tiziano, Rafael o Rubens, entre sus joyas destacadas de siempre, sin olvidarme del asturiano Carreño de Miranda.

El Teatro Real pesenta I Puritani de Bellini para ir cerrando temporada, pero no estaba esta primera semana al alcance de cualquier bolsillo y habré de conformarme con esta «semana de la ópera» que permitirá disfrutarse gratuitamente en muy distintos lugares y formatos, quedándome con las ganas de escuchar a Javier Camarena el día de San Fermín en vivo, ya que Celso Albelo no me coincidía la fecha.

Pero como el que suscribe no da puntada sin filo, el viernes 8 y con entrada gratuita se presentaba en la Escuela Superior de Canto de la calle San Bernardo con la colaboración de la Asociación de Amigos de la ESCM el curso internacional de interpretación del repertorio vocal español de Project Canción Española dentro del amplio «Clásicos en verano«, con un concierto titulado «Granados canta a Madrid» a cargo de la directora del mismo la mezzo neoyorkina afincada en España Nan Maro Babakhanian y el pianista Emilio González Sanz donde participó como invitada la soprano Raquel del Pino, una joven promesa de 19 años que estudia guitarra en el RCSMM además de canto en el Conservatorio «Victoria de los Ángeles» y no podía hacerlo en la clausura del próximo viernes 15, que comenzó el recital con «Tres canciones»: Por una mirada un mundo, Yo no tengo quién me llore y Canto Gitano, el Granados inspirado en poemas románticos que la soprano cantó con gusto y estilo pese a la brevedad de estas partituras, con la solvencia pianística de González Sanz.

El grueso del recital lo completaron las tonadillas y las seis canciones dedicadas a María Barrientos inspiradas en el mundo goyesco del que disfruté el día anterior en El Prado  a cargo de Babakhanian más las intervenciones solistas del piano en La Campana de la tarde de «Bocetos» y el Intermedio de «Goyescas» con un sólido Emilio González Sanz demostrando el dominio de la obra del catalán, tanto sola como en el siempre agradecido acompañamiento al mejor estilo de la canción española de las vocales. La niña Inés Maro Burgos Babakhanian (2009) -que ya canta en Los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid– fue una narradora especial y excelente en la parte pianística de La maja de Goya, con un tenue acompañamiento antes de la intervención de su madre que ya tomó el mando con El majo discreto, El tralalá y el punteado y El majo tímido, tonadillas creídas y sentidas, lección para los alumnos de dicción pero sobre todo interpretación con un registro grave natural y dramático acorde a los textos, color distinto por su registro de mezzo pero igualmente bellas y con tesitura sobrada.

Otro tanto puedo decir de las tres majas dolorosas cantadas sin pausa y bien delineadas para finalizar con El mirar de la maja, Amor y odio y Callejeo, partituras que son obligadas en los estudios de canto y las grandes voces han interpretado porque son equiparables al «lied» o la «chançon» y Granados da protagonismo tanto al texto cantado como al piano desde esta visión castiza que gusta en todo el mundo, buen tándem Babakhanian – González Sanz en el coqueto teatro, antiguo salón de baile del Palacio Bauer, hoy «la Escuela de Lola Rodríguez Aragón«.

Mi paraíso musical nocturno en Madrid es el Café Central, otro monumento de la música en vivo que lucha por mantenerse y lo hizo toda la semana con Zenet y su banda, también llenando por 20 € sin regatear calidad ni cantidad en su regreso al local de la Plaza del Ángel.

El actor y cantante malagueño supo encontrar un estilo propio a partir de las letras de Javier Laguna y la música del guitarrista José Tabodada, un trío único.

La banda con la que comenzó semana tenía al citado José Taboada y los también habituales Manuel Machado a la trompeta y fliscorno (bugle o flügelhorn para los puristas), Öve Larsson al trombón y el batería Pedro Moisés Porro, pero hubo dos cambios que no mermaron la excelencia instrumental: el viernes se incorporó el venezolano José Vicente Muñoz que hubo de sustituir en el contrabajo a Yrvis Méndez, mientras el sábado lo hacía el pianista chileno Jorge Vera por Pepe Rivero, siendo esta función la que disfruté en compañía de familia y amigos.

Si algo caracteriza al malagueño es la elección de sus músico, siempre excelentes, afincados en España pero que no han olvidado sus raíces, lo que enriquece cada canción hasta el infinito. Qué decir del cubano Machado, verdadero poeta de la trompeta y cuarta pata para asentar el trío primigenio, de Ove, sueco formado en Dinamarca y más madrileño que el cocido, al que tengo en vinilo con multitud de formaciones siempre aportando la musicalidad ronca que esta vez también es malagueña, el venezolano Taboada cual flamenco renacido de gallegos ancestrales pasado por el Mississipi en vez del Orinoco, la guitarra que Zenet no toca, el ritmo del cubano Porro que empuja sin necesidad de fumarlo, mago en cambios de velocidad y sabor, todos sustento y confianza para los recién llegados Muñoz, solvencia y musicalidad para lo que le pongan delante, pero sobre todo la sorpresa de Vera, «llegar y triunfar» a primera vista, engrandeciéndose en cada tema, convincente y delicado, humilde desde su grandeza conformando un sexteto zenetiano a más no poder, recreando canciones grabadas para hacerlas nuevas, vestidos de gala para el cuerpo que crece al cantar con ellos, apoyado en un micrófono cual complemento de la «naturalidad» instrumental.

En los dos pases Toni Zenet desgranó temas que no pueden faltar en sus directos jugando con la voz como sólo él sabe, mandando en el ruedo, actuando, plegándose, intimando, pero sobre todo las melodías con la banda que crecían en cada intervención entre estrofas (Silencio salvaje de un Agua de Levante marinera a más no poder, Por debajo de Madrid casi chotís mediterráneo en Gata y no gato pero siempre chulesco, Un Beso de esos, Dientes de rata con Machado en el fliscorno y el público participando en una jam de altos vuelos, Ella era mala, o la propina última de Soñar contigo en una versión irrepetible como el resto de los temas) junto a los que ha grabado para el próximo disco «Si sucede conviene» (de nuevo con «El volcán música» más autoproducción con micromecenazgo  alcanzado en poco tiempo), Cómo será con los acordes guitarrísticos de «Pepiño» a los que se sumó el trío piano, bajo y batería antes de la descarga sabrosa del recién salido del horno Fuiste tú en un viaje desde la imaginación por cualquier océano de marineros de tierra o mares caribeños, música que crece, navega y llega a buen puerto con todos los estilos y ropajes para la voz única de Zenet, crooner por utilizar una palabra americana que intenta explicar el formato con el que actúa, pues con su banda surca no ya «Los Mares de China» sino los de la propia música para olvidarnos de etiquetas y contestar que la música de Zenet es propia porque su originalidad está en saber beber de aguas navegables desde todas las emociones.

Meditaciones vallisoletanas

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Sábado 13 de febrero, 20:00 horas. Museo Nacional de Escultura, Colegio de San Gregorio, Valladolid. Ciclo «Nada temas, dice ella». Diego Fernández Magdaleno (piano), Meditaciones. Obras de Fenton, Sardà, J. Alain, Kurtág, Joaquín Díaz, S. Bainbridge, Lully, H. Skempton, Benet Casablancas, Cruz de Castro, Federico Olmeda, Teresa Catalán, Francisco García Álvarez, C. Halfter, Marais, A. Grèbol y Edward Ivory. Entrada: 10 €.

Entrar en la capilla del Colegio de San Gregorio impacta por cierta austeridad unida a la comodidad de unas sillas confortables y una calefacción radiante, espacio ideal para asistir a un concierto, donde el piano, flanqueado por los primeros Duques de Lerma como magníficos orantes de Pompeo Leoni llamaban a una primera meditación de la fría tarde de sábado en Pucela.

Con el programa en la mano impresionaba ver nada menos que veinte obras de compositores variados, casi todos actuales, organizados en cuatro meditaciones, un verdadero alarde de originalidad en la composición de cada bloque con el nexo de György Kurtág (1926) en todos ellos y pinceladas históricas intercaladas entre los actuales, como notándose la faceta docente del maestro Diego Fernández Magdaleno (1971) que es capaz de preparar conciertos siempre únicos y muy trabajados en el marco ideal, como el reciente del Instituto Cervantes de París, esta vez con unas músicas para meditar no ya sobre Santa Teresa sino sobre nuestra historia, también la musical, incluso de la actualidad plegada a pie de calle.
Porque el pianista riosecano, Premio Nacional de Música 2010, un humanista de nuestro tiempo, escritor y músico, hila siempre fino y sabe engarzar verdaderas perlas buscando ofrecer momentos para meditar, un embajador de nuestros compositores vivos, equiparándolos con los eternos y los olvidados, igualando en la música categorías vanales de prioridades o gustos para defender partituras con un dominio y expresión como sólo Diego Fernández Magdaleno es capaz de interpretar. Incluso el nexo Kurtàg cuyos 90 años podemos comenzar a celebrar toda esta temporada, esperando siga regalándonos obras como las escuchadas este sábado.

«Meditación I» uniendo ingredientes aparentemente incompatibles pero cocinados en el orden perfecto para este primer pensamiento de atemporalidad, comenzando con un Veni Sancte Spiritus espiritual de George Fenton (1950), seguido por Amor y humor de Albert Sardà (1943), donde la fuerza de los sentimientos toma forma en una ejecución impactante estrenada por el propio painista vallisoletano, un breve respiro «organístico» con El niño Jesús va a la escuela de Jehan Alain (1911-1940), recuerdo infantil sobre el teclado de alguien todavía cercano desde la lejanía, el toque breve y profundo de Somos flores… (1b) de Kurtág que daaría para un tratado sobre la expresividad máxima con recursos mínimos, y la tierra común de Joaquín Díaz (1947), La rosa enflorece cual deseo de olvidar distancias cronológicas, incluso religiosas, y convertir la música atemporal en ideario vital.
«Meditación II» con aumento de tensiones y reflexiones interiores, desde las Campanas de Simons Bainbridge (1952) que resonaron pianísticas en la capilla, el recuerdo francés de J. B. Lully (1632-1687) con una Zarabanda (en transcripción de Marie Bertin) llena de sonoridades violagambistas en un piano universal que se pliega a los lenguajes sin acentos, el Versetto: Temtavit Deus Abraham breve Kurtág porque no puede condensarse más en menos, nueva Reflection 2 esta vez de Howard Skempton (1947) y el admirado Benet Casablancas (1956) Come un recitativo, compositor unido al intérprete como todos los españoles de nuestro tiempo que Diego recrea y engrandece en este segundo bloque.

«Meditación III» de la amistad y el trabajo, obras de la vida y rescate del olvido, Carlos Cruz de Castro (1941) con el Preludio IV, un Andante religioso de Federico Olmeda (1865-1909) inmenso, necesario de interpretar en un espacio desacralizado devolviéndonos autores «ninguneados» con obras capaces de firmarlas sus compañeros de Olimpo, este músico presbítero de Burgo de Osma, folklorista burgalés recuperado por el zamorano Joaquín Díaz de la primera meditación, y recreado por el pianista de Medina de Rioseco, la música de Castilla al piano; el Tiento de tantos tonos (2011) donde Teresa Catalán (1951) juega con la tecla del siglo de oro para traerla a la era digital con los mismos mimbres de antaño pasados por la óptica abierta de los compositores a los que Diego da voz, se entrega, engrandece con mimo por el sonido, matices inconmensurables y profunda reflexión con el punto de inflexión Kurtág Somos flores… (2) antes de Partiré en silencio del cántabro Francisco García Álvarez (1959), interesantísima partitura donde la evolución e involución se dan la mano, lenguaje abstracto que lleva a la pura melodía coral antes del terrible conflicto interior de una partida silenciosa hecha música cercana incomprensible solamente para los inmovilistas de espíritu, de nuevo (re)creado por un Diego Fernández Magdaleno irrepetible.
«Meditación IV» de los grandes, el culmen del concierto donde todo parece encajar del papel al piano, lo antiguo y lo nuevo, padres e hijos, atemporales e imperecederos, herencias actuales y sueños eternos, Cristóbal Halfter (1930) Contando una historia, Kurtág … flores… también las estrellas iluminando el retablo y la capilla renacentista, Marin Marais (1656-1728) La soñadora, Savall en el subconsciente colectivo de intérprete y público, hasta en el título buscado, Armand Grèbol (1958) Fantasía, compositor diría que fetiche para Fernández Magdaleno por las sinergias entre ambos, y Edward Ivory (1985) Resonancia (J. S. Bach, Quédate con nosotros Señor), la paleta de las teclas y el cuadro bachiano leído desde la juventud de un estreno cercano por el propio Diego, crisol y tamiz en el universos de las 88 teclas con un piano que sonó siempre poderoso  (pese al tamaño) e íntimo, conjunción ideal para entorno y título de un concierto irrepetible con el magisterio de Fernández Magdaleno.

Foto © Diego Fernández Magdaleno

Todavía hubo tiempo de escuchar de nuevo a Skempton Extremely quietly en un cuatro por ocho que hizo sonar las piedras.

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