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Vientos del Este

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. “Mudanza”, abono 16 OSPA, Vadym Kholodenko (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Enescu, Liszt y Bartók.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa que el titular Nuno Coelho nos comentó en el encuentro previo, cada vez con mayor asistencia, y destacando la conexión con la Europa del Este. Junto a Fernando Zorita desgranaron las tres composiciones, haciéndonos partícipes de cómo los momentos más amargos de la vida puede crear obras de arte bellísimas, tanto en literatura como en la música que nos ocupa. Si este primer viernes de junio pocos noticiarios televisivos se hacían eco de una frase «escupida» (y estúpida) por algún político madrileño que «el calor inspira» (por las condiciones asfixiantes de alumnos y docentes en un cambio climático aún negado por tantos), queda mejor decir que «el dolor inspira».

Músicas de Rumanía y Hungría en épocas convulsas que van más allá del folklore y donde cada compositor vuelca una escritura sinfónica exigente para poner el broche de oro final a esta temporada de abono (en breve se presentará la próxima como así nos hicieron saber incluso el gerente Oriol Roch antes de comenzar el concierto con algún «chivatazo» que me callo). Los 35 años de OSPA se notan al alcanzar un momento dulce de feliz conjunción entre veteranía y juventud (ha comenzado poco a poco la renovación en parte de la plantilla, pues a todos llega la esperada jubilación) esperando se cubra la plaza de concertino (esta vez volvía Aitor Hevia de invitado), con un Nuno Coelho afianzando una formación que ya tiene identidad y sonoridad propia, trabajando amplios repertorios de todas las épocas que van enriqueciendo también a los abonados, esperando se sumen más, pues van menguando y es una lástima lo que están perdiéndose tantos aficionados asturianos de la que es «nuestra orquesta».

Tristemente el rumano-francés Enescu (o castellanizado Enesco) pasará a la historia por sus dos Rapsodias Rumanas op. 11, compuestas en París entre 1901 y 1902, siendo la más popular la primera en la mayor, elegida para abrir este último de abono que mantiene el «orden decimonónico» y que es virtuosa para toda orquesta. Pero calentar motores con ella ya deja a los músicos listos para «lo que les echen», enlazando con las húngaras de Liszt, deudoras incluso por la denominación «rapsodia» en el contexto de composición musical que probablemente se origina con el endemoniado y arrepentido abate que descansa en Bayreuth. Desde cierto aires folklóricos las rapsodias prometen una música que suena salvaje e improvisada, y la Rapsodia nº 1 de Enescu seguramente cumple esta promesa, proporcionando electrizantes melodías sucesivas con un aire de espontaneidad y un final frenético. Desde el inicio del clarinete solo, contestado por la flauta y oboe que marcan un paso de baile muy zíngaro, la alegría se hace contagiosa. Si la madera al completo es un seguro de calidad, la cuerda asturiana (incluso la pareja de arpas) sigue siendo un lujo de empaste, sonoridad amplia y limpia, con fraseos bien encajados y tímbricas variadas (excelente la viola en su intervención). Los metales cada vez más seguros, afinados, homogéneos, ricos además de matizados. Y la percusión la reafirmación de una OSPA recia, robusta, precisa y haciendo excelente música siempre bien llevada por la mano maestra de un Coelho que no solo la mantiene sino que la ha hecho mejorar como los buenos vinos de su tierra, exigiendo y «apretando» en unos tempi donde si no se arriesga falta bouqué, pero lo logró tras un final de curso en plena forma.

Si Enescu fue un virtuoso del violín, Liszt lo sería del piano, y sus dos conciertos una prueba de fuego para todo intérprete. El pianista ucraniano Vadym Kholodenko (Kiev, 1986) afrontó el menos interpretado segundo -en la mayor S. 125-, escrito desde 1839 pasando de Roma a Weimar (donde lo estrenaría en 1857 para volver a revisarlo sobre todo en la orquestación, y publicarse finalmente en 1863), como bien recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa. Si la interpretación parece fácil a la vista del oyente es muestra de un virtuosismo bien entendido, sin excesos cara a la galería, pero con una exigencia casi atlética ante los pasajes en fff más la delicadeza de otros que parecen beber del Chopin en el París, entonces capital musical. Obra escrita como un único y largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas y con una orquestación para gran plantilla (tres flautas -una doblando a piccolo-, oboes, clarinetes y fagotes a pares como las trompas y trompetas, más tres trombones, tuba y percusión con gong y timbales amén de la cuerda), el piano tiene momentos donde se suma a la sonoridad global en una transformación temática típica del compositor húngaro, junto a otros donde mostrar la escritura del Liszt virtuoso que hacía desmayarse a sus oyentes femeninas. No está al alcance de todo intérprete lograr y reflejar este catálogo emocional, pero el ucraniano, bien concertado por el portugués, nos brindó una interpretación precisa, rica en dinámicas, limpia de ejecución y ese dúo con el chelo de von Pfeil camerístico de perfecta simbiosis entre ambos (siendo muy aplaudidos) con una orquesta bien balanceada en las partes «dialogadas», conjunción ideal para escuchar todo lo escrito.

La propina de Kholodenko sería Prokofiev y el Preludio, nº 7 de las «10 piezas para piano» opus 12), vivo y delicado como se indica en la partitura, técnicamente impecable, delicado y contenido, de sonoridad deliciosa  y ejecución con mucho fondo.

Y tras una primera parte donde la OSPA ya mostró «músculo», el mejor cierre sinfónico vendría con el Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 del Bartók entonces emigrado a los EEUU y famélico, con este encargo casi  como una ayuda económica para poder subsistir. Obra cumbre del repertorio orquestal del siglo XX, Gallego de Torres escribe:

«Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción de lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”. Las palabras de Bartók sobre su Concierto para orquesta compuesto en el exilio en Nueva York al final de su vida (fue estrenado en Boston en 1944, falleciendo el fascinante compositor y etnomusicólogo en 1945) nos sitúan en la estructura de este concierto simétrico en cinco movimientos. El tercero, gozne entre los primeros y los últimos, es una abierta y lancinante manifestación elegíaca, que no nos deja sentirnos indiferentes y que nos sirve de mudanza del “mundo de ayer” (Zweig) a la modernidad».

Dolor y esperanza que la OSPA desplegó en esta maravillosa página donde dejar constancia de todas las virtudes que atesora, con Coelho dejando fluir la música, brillando los primeros atriles, cada sección rivalizando en mostrar su calidad, plantilla equilibrada y el entendimiento que sólo con los años se consigue. La orquestación es grandiosa: 3 flautas (una doblando al flautín), 3 oboes (tercero doblando al corno inglés), 3 clarinetes (tercero doblando al clarinete bajo), 3 fagotes (tercero doblando al contrafagot), 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, amplia percusión (con timbales, bombo, caja, platillos, triángulo y gong) más la cuerda con 2 arpas.

La Introduzione desplegó presión en una cuerda tersa con metales poderosos y tras la extenuación las maderas relajando con unos solos equilibrando sensaciones sonoras. Arranque marcial de la caja y una madera camerística en el Giuoco delle coppie, arrullada por los violines y empujada por unos graves siempre presentes, donde en la Elegía devolverían dolor, maderas cual brisa que va ganando fuerza bien marcada desde la batuta hasta un clímax del tutti conmovedor, impactante, sonoridad asturiana capaz de sutiles pasajes y desgarradores momentos. Al menos el popular (y conocido por ser sintonía radiofónica) Intermezzo interrotto nos devolvió luz, ritmo, rubati bien llevados por las manos del maestro portuense con la respuesta precisa de «su» orquesta, tras esa melodía inicial del oboe y la flauta, la cuerda sedosa fraseando co un empaste global, y el saltarín juego del clarinete, las varas, la contestación frotada, explosiones vitales que alternan melancolía y optimismo. El Finale Presto nos llevaría a ese éxtasis sonoro, virtuoso, sin complejos, reguladores increíbles para la conclusión esperada y esperanzadora de otra temporada madura donde «el dolor inspira» conciertos tan ideales como este final de curso. El próximo ¡más y mejor! con sorpresas que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA:

GEORGE ENESCU (1881-1955)

Rapsodia rumana nº 1 en la mayor, op. 11 (1901-02)

FRANZ LISZT (1811-1886)

Concierto para piano nº 2 en la mayor, S. 125 (1861-63):

Adagio sostenuto assai – Allegro agitato assai – Allegro moderato – Allegro deciso – Marziale un poco meno allegro – Allegro animato – Stretto: Molto accelerando

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 (1943):

I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace

II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando

III. Elegia: Andante non troppo

IV. Intermezzo interrotto: Allegretto

V. Finale: Pesante – Presto

El Barroco triunfa en Oviedo

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Domingo 31 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Georg Friedrich Händel (1685-1759): Ariodante, HWV 33 (ópera en versión de concierto). Libreto anónimo adaptado del libreto Ginevra, Principessa di Scozia (1708) de Antonio Salvi, basado en el poema Orlando furioso de Ludovico Ariosto (1532). Estrenada en Londres el 8 de enero de 1735. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una semana intensa con mucha y buena música para finalizar mayo con esta joya del barroco (llega el martes al Teatro Real) que volvió a llenar el auditorio ovetense porque se unen la pasión por la lírica y el «tirón» que tiene hace años una primavera barroca, hoy penúltimo del ciclo «Los Conciertos del Auditorio». Cuando además hay calidad, siguen funcionando las óperas en concierto, incluso con duraciones superiores a las tres horas sin que nadie marchase al descanso.

Los conciertos de la formación fundada en 1999, casi habitual en Oviedo, y con Andrea Marcon como director artístico desde 2009, son siempre una apuesta segura en cualquier repertorio en el que son verdaderos especialistas, y en esta Ariodante volvieron a demostrarlo. Con una plantilla, que dejo al final de esta entrada, con ocho violines (4+4), violas y cellos a pares, un contrabajo, más dos oboes, añadiendo el fagot impecable en el bajo continuo junto al clave y la tiorba, sumando dos trompas impecables en sus intervenciones, más la puntual pareja de trompetas en igual nivel, La Cetra arropó al sexteto de solistas con seda y terciopelo, más raso y satén, distintas texturas, colores, consistencia, densidad y peso siempre a medida de cada voz bien elegidas por el maestro Marcon. Resulta difícil en concierto dar vitalidad a una ópera como esta de Händel, y las seis voces elegidas resultaron homogéneas, entregadas, algunas demasiado pegadas a la partitura que impide por momentos mayor gestualidad, incluso estar dirigiéndose a un personaje que no estaba en el escenario, pero cada rol se defendió con estilo, proyección, musicalidad, compenetración, empaste, afinación y una orquesta que siempre mimó las voces.

El barroco vocal es exigente especialmente porque cada cantante es como un atleta sometido a un esfuerzo físico y donde los años pueden pesar. La llamada «instrumentalización de la voz» requiere unas agilidades y ornamentos con un fiato que puede llegar a extenuar en las intervenciones rápidas, pero el anglo-alemán dejaba para las arias lentas toda la carga emocional y expresiva como así lo demostró todo el elenco, independientemente de la mayor o menor presencia en un libreto donde la proyección de los subtítulos en castellano tuvo incluso su propio argumento, «muriendo» con Ariodante y «resucitando» tras la falsa noticia.

Del análisis de Ariodante y «Händel en su laberinto» remito a las notas al programa del sevillano Pablo J. Vayón, siempre enriqueciendo la escucha posterior, y que dejo enlazadas.

Si de La Cetra Barockorchester Basel y su «alma mater» Andrea Marcon ya comentaba la perfección y los trajes a medida a lo largo de los tres actos (con pausa en el número 44 del segundo acto), del reparto vocal sólo con decir que la checa Magdalena Kožená no estuvo al nivel del resto ni resultó como en ella era de esperar (y fue ganando a lo largo de la ópera), sus compañeros lograron el equilibrio necesario para una ópera que brilló en todo.

Por sensaciones siempre personales, me gustó la Ginevra de la soprano rusoestadounidense Erika Baikoff que volvía a Oviedo tras su Hansel y Gretel en la temporada de ópera, y el décimo de abono de la OSPA hace poco. Si entonces destacaba «su voz clara, ágil, de excelente proyección y volumen suficiente», sigue siendo cautivadora, luminosa, brillante, «verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices (…) de enorme expresividad» que interpretó el papel de princesa impregnado de la evolución dramática desde el enamoramiento (Volate amori) al sufrimiento (Mi palpita il core), con recitativos y arias impecables (Si, morró), dúos bien empastados y encajados con Dalinda -con el «equívoco tímbrico» y argumental por el parecido de color vocal- y con Ariodante. Cada aria arrancó los aplausos de un público rendido a la Ginevra.

La soprano israelí Shira Patchornik fue todo un descubrimiento como Dalinda. Resultó la más desenvuelta en escena sin el peso del papel (apenas dos escenas con tableta), bien memorizado y expresivo, ideal desde su primera intervención y el aria Apri le luci para ir ganando en Il primo ardor emocionante, aún mejor en el acto segundo (muy sentida en Se tanto piace al cor), muy grande en el tercero (agilidades perfectas de Neghittosi or voi che fate), dúos perfectos (el Dite spera con Lurcanio) y una técnica primorosa para las «envenenadas» agilidades siempre cantadas con limpieza y proyección sin perder un color brillante en toda su amplia tesitura.

Cual Giovanni Carestini, el famoso castrato para el que Händel escribió muchos papeles (incluyendo el estreno de Ariodante), un más que agradable descubrimiento me resultó el contratenor francés Christophe Dumaux, otro de los más aplaudidos (y coincidiendo con la salida a escena de Ariodante), como Polinesso, y no lo escribo por esa rara afinidad mía con «los malos de las óperas», sino por todas las cualidades vocales exhibidas de principio a fin, impresionantes sus agilidades y expresividad. Dotado de una técnica asombrosa siempre al servicio de la partitura, con plena convicción interpretativa y escénica, desde un color que no perdió ni en el cambio al grave natural con ese registro y rolque pide ser incisivo y oscuro.

Ya he perdido la cuenta de las veces que he disfrutado de Magdalena Kožená. Mi primera entrada en el blog fue precisamente con La Cetra diez años atrás, y más recientemente en Granada en 2023 y 2025. La mezzo checa sigue manteniendo el carisma que la acerca a públicos heterogéneos. Mantiene su técnica impecable, unos agudos y medios todavía rotundos más curiosamente con los años ha perdido el color y volumen del grave. Supongo que Marcon la conoce como pocos directores, y apuró las dinámicas en esos pasajes para permitirnos seguir disfrutando de unas agilidades algo apuradas en las arias rápidas (Con l’ali di costanza y Tu, preparati a morire) o para encajarlas con el ensemble, reposando en los cambios de aire antes del «da capo», pero sobre todo en las más profundas y expresivas. Kožená volvió a ponernos la carne de gallina en el aria  Scherza infida, tiorba perlada y fagot meciendo el continuo, elegancia y empaste en los dúos con Ginevra o el monumental arranque del acto tercero con las arias Numi! Lasciarmi vivere, expresividad y emociones compartidas, recuperando sensaciones en Cieca notte, en unos graves muy mimados tras de sí, y sobre todo en la rápida Dopo notte, como si avanzando la representación la checa fuese encontrándose más cómoda en unas agilidades siempre endemoniadas, aunque con Marcon y La Cetra no lo parezcan.

El tenor chileno nacido en Suiza Emiliano González Toro mantuvo el nivel de calidad en su doble papel de Lurcanio, hermano de Ariodante (muy bien en las arias lenta Del mio sol vezzoi rai y rápida Tu vivi) y como Odoardo, un cortesano, de timbre ideal para este repertorio, bien empastado en los recitativos.

Y otro tanto con el barítono español José Antonio López, otro de mis conocidos en Oviedo y Granada, que fue de menos a más como Rey de Escocia, seguro en cualquier repertorio y que se lució en sus arias Voli colla sua tromba junto al impecable dúo de trompas, el aria Piú contento e piú felice, agilidades claras y el carnoso registro medio y agudo, sin perder mucho volumen en el grave. Mejor aún por lo emotivo y el fraseo ideal en la recogida Al sen ti stringo siempre «mimado» por Marcon y La Cetra.

Buena despedida lírica de esta temporada en Oviedo, donde remarcar que sin necesidad de figuras de renombre mundial, que también llenan, agradezco primen los repartos homogéneos y seguir disfrutando de títulos como los barrocos que mantienen la afición.

REPARTO

Magdalena Kožená (mezzosoprano): Ariodante, enamorado de Ginevra.

Erika Baikoff (soprano): Ginevra, hija del rey.

Christophe Dumaux (contratenor): Polinesso, duque de Albany

Shira Patchornik (soprano): Dalinda, amiga de Ginevra.

Emiliano González Toro (tenor): Lurcanio, hermano de Ariodante / Odoardo, un cortesano

José Antonio López (barítono): Rey de Escocia.

La Cetra Barockorchester Basel

MÚSICOS:

Violines primeros:

Katharina Heutjer, concertino – Johannes Frisch – Christoph Rudolf – Sue-Ying Koang

Violines segundos:

Germán Echeverri Chamorro, principal – Ildikó Sajgó – Cecilie Valter – Petra Melicharek

Violas:

Sara Gómez, principal – Lorenzo Rosato

Violonchelos: Jonathan Pešek, principal – Amélie Chemin

Contrabajo:

Fred Uhlig, principal

Oboes:

Georg Fritz – Priska Comploi

Fagot:

Carles Cristobal

Trompas:

Alessandro Denabian – Dimer Maccaferri

Trompetas:

Andreas Lackner – Thomas Steinbrucker

Clave:

Andrea Buccarella

Tiorba:

Lorenzo Abate

Andrea Marcon (director)

En femenino plural

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Crítica para LNE del domingo 31, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo concierto de abono de la actual temporada de la OSPA y programa marcado por una significativa presencia femenina. Sobre el podio, la directora estonia Kristiina Poska (Türi, 1978); en el atril, el estreno en España de Transience de su compatriota Elis Hallik (Pärnu, 1986), escuchada por vez primera tanto en Gijón (jueves) como en Oviedo (viernes); como concertino invitada, la violinista polaca Joanna Wronko; y hasta las notas al programa llevaban firma femenina, las de la pianista, gestora y musicóloga coruñesa Marta García Teijido. Todo ello en un concierto que hacía honor al título de esta crítica: un auténtico “femenino plural”.

La velada añadía además otro estreno español, el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (St. Louis, 1972), escrito para el británico Adam Walker (Retford, 1987), encargado de defender una partitura tan exigente como comunicativa. Un programa inteligentemente construido, alternando creación contemporánea y gran repertorio romántico.

Resulta esperanzador comprobar cómo muchas obras nuevas parecen recuperar ciertos cánones expresivos y narrativos que durante décadas parecían proscritos. Así ocurrió con Transience, cuya compositora, presente en la sala, recibió una cálida y unánime ovación. La obra, de apenas once minutos, propone una intensa reflexión sonora sobre lo efímero: la fugacidad del instante que desaparece pero deja huella. Como explicaba Poska en el encuentro previo, Hallik trabaja “la idea de aquello que nos atraviesa y se desvanece, casi como una luz suspendida en el tiempo”.

La escritura, de gran refinamiento tímbrico, alterna momentos de explosión sonora con otros de contemplativa suspensión, en un discurso que convierte el silencio en elemento estructural. La cuerda de la OSPA, tratada casi coralmente —tan propia de la tradición musical estonia—, respondió con admirable concentración, logrando esa atmósfera entre lo tangible y lo inaprensible que exige la compositora. Hubo compenetración absoluta entre Poska y Hallik, dos músicas nacidas bajo la misma geografía báltica y aparentemente unidas por una idéntica concepción del sonido.

El Concierto para flauta de Kevin Puts ofreció un paisaje sonoro muy reconocible desde la tradición estadounidense, con ecos de Copland o Bernstein, especialmente perceptibles en sus amplias melodías y en un sentido casi cinematográfico de la orquestación. Adam Walker fue el mejor embajador posible de una partitura escrita claramente a su medida, llena de exigencias técnicas y amplios vuelos líricos. El primer movimiento, Con gran sinceridad y afecto, desplegó una escritura brillante y de corte casi clásico para la flauta solista, mientras que el central, Juguetonamente, con creciente agitación, escondía un ingenioso guiño al célebre Concierto nº 21 de Mozart, reconocible incluso en la presencia del piano, aunque hábilmente reformulado dentro del lenguaje de Puts. El final, Muy rápido, con una sensación de desenfreno, convirtió la obra en un auténtico “tour de force” colectivo: percusión extenuante, cuerda participando con palmas en el final, y una sensación rítmica casi vertiginosa que Walker resolvió con virtuosismo deslumbrante. Todo con el sólido respaldo de una OSPA muy implicada y atenta en cada detalle a la precisa dirección de Kristiina Poska, siempre elegante y clarísima desde su característica batuta sostenida con la mano izquierda.

Como propina, el flautista británico regaló una impresionante lectura de Density 21.5 de Edgar Varèse, demostrando una vez más su extraordinario dominio técnico y expresivo.

La segunda parte devolvía el protagonismo al gran repertorio con la Sinfonía nº 3 “Escocesa” de Mendelssohn. Poska la dirigió íntegramente de memoria, mostrando un conocimiento profundo de la arquitectura de la obra y un admirable equilibrio entre las secciones de la orquesta asturiana. La directora estonia apostó por tempi vivos y un discurso muy fluido, especialmente convincente en el final “guerrero y majestuoso”, evitando cualquier tentación de pesadez romántica. Muy logrado también el Adagio cantabile, fraseado con sensibilidad y naturalidad, mientras la OSPA respondía con madurez y empaste a una lectura refinada y orgánica. Mendelssohn, el compositor viajero fascinado por Escocia, encontraba así una recreación de acentos nórdicos y sensibilidad báltica, pero también impregnada de ese salitre musical asturiano que la OSPA lleva décadas incorporando a su personalidad sonora.

Excelente propuesta de penúltimo abono, equilibrando contemporaneidad y tradición con naturalidad y coherencia. Lástima, una vez más, el preocupante vacío de butacas en una cita de semejante nivel artístico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience *estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta *estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace

III. Adagio cantabile

IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

Apostando por lo actual

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Reseña para LNE del sábado 30, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo de abono con estrenos y presencias femeninas. Sobre el podio la directora estonia Kristiina Poska, en el atril el estreno de Transience obra de su compatriota Elis Hallik (1986), la polaca Joanna Wronko de concertino invitada, sumando el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (1972) actuando de solista el inglés Adam Walker (1987).

De las obras nuevas parece que afortunadamente se vuelve a los cánones llamemos “clásicos” que se perdieron durante la transición entre nuestros dos siglos. Así fue Transience, con su compositora presente (que recibió el aplauso unánime saludando a los presentes). Obra de belleza intensa, evocadora en 11 minutos, enérgica y contemplativa, lo inaprensible hecho música para una formación de cuerda casi coral, como toda Estonia, en feliz entendimiento con las músicas nativas.

El Concierto de flauta de Puts resultó todo un catálogo desde los EEUU y escrito para el solista: recuerdos de Copland o Bernstein, con cadencias para la flauta muy clásicas y brillantes, pero también la inspiración del movimiento central en el famoso concierto 21 de Mozart (piano incluido). Obra virtuosa y exigente para todos (los dos percusionistas sin descanso y hasta la cuerda palmeando un vitalista final) para disfrutar de Walker (su propina increíble) respaldado por una excelente OSPA llevados por la precisa batuta izquierda de Poska.

Segunda parte con la “Escocesa” de Mendelssohn, redondeando un programa para alternar novedades y romanticismo, que se agradece por todos (lástima el preocupante vacío de aficionados). Valiente la dirección de la estonia por los tempi con respuesta fiel de una OSPA madura para esta escocesa refinada con salitre cantábrico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience

*estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta

*estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace
III. Adagio cantabile
IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

La batuta amable

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Jueves 28 de mayo, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe, Oviedo: los Conciertos del Auditorio. Budapest Festival Orchestra, Ingela Brimberg (soprano), Hanno Müller-Brachmann (bajo-barítono), Iván Fischer (director). Obras de R. Schumann y R. Wagner. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una de las orquestas actuales que me impresionaron desde aquel concierto de hace nada menos que catorce años en este mismo ciclo, es la Budapest Festival Orchestra con su titular Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), su fundador en 1983 junto a Zoltán Kocsis. Y su directo en Granada de la pasada edición del Festival Internacional de Música corroboró las buenas impresiones que he ido comprobando en los conciertos que suelo disfrutar en el canal MezzoTV. Oviedo sigue estando en el mapa musical junto a las grandes capitales como Madrid, Barcelona y Valencia, esta vez con la tercera de Schumann (inspirada en el Rin, que desborda energía, lirismo y vitalidad) y la poderosa escena final de La Valquiria wagneriana, con la “Despedida de Wotan” y el “Fuego mágico”, un concierto no muy largo pero intenso emocionalmente.

Con una gran plantilla de cuerda desplegada por Fischer para la partitura del compositor de la ciudad sajona de Zwickau (14 primeros violines, 10 segundos, 10 violas, 8 violonchelos y 6 contrabajos, (situados, por cierto, arriba, en el centro, donde habitualmente se coloca la percusión y en la llamada colocación vienesa), fue pese a lo nutrida nada problemática porque el balance estuvo siempre en su punto y los planos de cada sección una delicia para el oido pudiendo equilibrar el “arsenal” de viento. Hay obras que la disposición de violines enfrentados, chelos frente al director, violas a la derecha con las arpas detrás, más el fondo con los contrabajos, parecen abrazar al público y permitir una escucha fiel, por lo que hay que aplaudir estas decisiones cuando son tan acertadas como la de los húngaros.

El maestro húngaro es contenido en los gestos, siempre amable, de batuta larga “como las de antes” (justo lo contrario al “mondadientes” de Gergiev) pero vibrante, por momentos recogida y nunca funcionando como estilete; mano izquierda en el amplio sentido de la palabra, invitando siempre a los fraseos, preocupado por los detalles y dinámicas sacando al primer plano lo que la partitura (que apenas mira salvo la primera página de cada movimiento) esconde, consiguiendo una sonoridad única de su orquesta, y que durante el 74º Festival de Granada confesaba que sin haberlo en su ciudad natal, para la formación siempre es un verdadero festival tocar: lo disfrutan y se nota en la actitud, la entrega, la complicidad, que si la unimos a unos programas que mantienen en sus largas giras (espero volver a escucharla el sábado 4 de julio en el Palacio de Carlos V), el dominio de cada obra es magnífico.

Del concierto celebrado el pasado lunes dentro de la Gira de Ibermúsica, aunque he leído distintas críticas, me quedo con la de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti para Scherzo, de la que iré tomando fragmentos que siempre son doctos y acertados, sabiendo que no se ofende por citarle, y que también hace lo mismo con nuestro común amigo Arturo Reverter, autor de las notas al programa madrileño:

«La sinfonía de Schumann despliega una música de jubilosa exaltación y luminosidad en los movimientos primero y último, un amable carácter en el scherzo que, en realidad, como comenta Arturo Reverter en sus notas, es un elegante y apacible ländler, y evidente solemnidad en los movimientos tercero y cuarto, la del primero de ellos muy lírica y de canto sereno; la segunda más próxima, como también apunta Reverter, al “esplendor de la expresión eclesiástica».

Si en mis palabras ya describo cómo nos hace vivir y sentir la batuta del húngaro, retomo al doctor Ortega: «Fischer es un maestro de contagiosa energía e intensidad, con un gesto muy efusivo, ayudado por una batuta de longitud considerable (“de las de antes”, podría decirse), generalmente claro, aunque ocasionalmente entra en cierta confusión por alguna tendencia al arrebato fogoso. Pero la intención musical, el concepto, es siempre tan interesante, que termina ganándonos por encima de pequeñas objeciones puntuales. Le ayudó mucho la calurosa entrega del concertino Daniel Bard».

Personalmente la “Sinfonía Renana” (segunda de las cuatro que compuso Schumann aunque figura siempre como tercera) con semejante despliegue orquestal sonó grande en las dinámicas, pues la cuerda es capaz de compensar el viento y el balance siempre resulta ganador, alcanzando matices extremos sin perder presencia. En esto coincido con Don Rafael:

«Consiguió Fischer el carácter apropiado a la exultante música de Schumann. Apasionado, efusivo, el primer movimiento, con una respuesta orquestal brillante, empastada y de espléndida sonoridad. Algún matiz piano pudo haber quedado más adelgazado y certero, pero la música llegaba con claridad de planos y envidiable calor expresivo. Se tradujo con afable, tranquilo canto y excelentes inflexiones el ländler, muy lírico, que se dibuja en el atípico scherzo. La orquesta seguía siendo un lujo, con una cuerda homogénea y muy bien empastada, una madera de estupenda sonoridad y unos metales de envidiable redondez. El soberbio final de las trompas en este movimiento fue todo un ejemplo de ello. Estupendo el canto también de clarinetes y fagots en el inicio del Nicht schnell, trazado con estupenda sensibilidad y delicados matices. La atmósfera de solemnidad casi religiosa llegó sin decaer, con fantásticos trombones, a los que luego se sumaron trompetas y trompas para una fanfarria en el tramo final del movimiento de formidable impacto, aunque la nutrida cuerda pudo haber puesto algunas gotas más de misterio en la conclusión».

Y parafraseando un anuncio de mis años jóvenes, “un poco de Wagner es mucho”. Oviedo tiene centenaria tradición lírica, y se notó por la presencia de más aficionados que los habituales sinfónicos. Madrid y Oviedo han sido verdianos mientras Barcelona y Gijón wagnerianos. Los omnívoros, como quien suscribe, disfrutamos con ambos aunque la lengua italiana la sintamos más cercana que el duro idioma de Goethe. Pero si nos proyectan sobretítulos con la traducción, aunque parezcamos tontos mirando todos para arriba, cuando no hay escena el ridículo es menor (recordando un comentario que hizo a propósito de esta instalada costumbre Muti en un encuentro con motivo de un “Falstaff” para recordar en agosto de 2015).

Para las notas al programa ovetense nadie mejor que el compositor y profesor calasparreño Pedro Gómez, pues tiene un programa en Radio Clásica titulado precisamente “Desmontando a Wagner”. La lectura la dejo pinchando en el enlace o hipervínculo (los modernos siguen utilizando el anglicismo “link”). Y del tándem Ortega-Reverter vuelvo a desgranar lo ya apuntado del lunes 25 en Madrid:

«La Valquiria es, de las cuatro óperas del Anillo wagneriano, la que probablemente presenta una más continuada intensidad dramática, una vibración que no concede respiro alguno ni a intérpretes ni a oyentes (… ) la escena final del acto III con Wotan y Brunhilde es uno de los momentos más hermosos de la historia de la ópera. Y fue precisamente esa escena final (la tercera) del acto III la que Fischer y la orquesta húngara brindaron (…)  con Ingela Brimberg como Brunhilde y Hanno Müller-Brachmann como Wotan. Procede suscribir completamente lo anotado por Arturo Reverter respecto a este final: tras “un larguísimo dúo entre Wotan y Brünnhilde, en el que se hace memoria de todo —como en la entera Tetralogía—, el dios ha de castigar a su hija predilecta por haberlo desobedecido. Invoca a Loge para que rodee de fuego la roca donde va a depositar a la joven ya dormida y se despide amargamente de ella en uno de los monólogos más extraordinarios de la historia de la ópera”. En efecto, si la escena entera es de una intensidad ante las que no cabe ni el parpadeo, los quince minutos finales son de un nivel de emoción difícil de resistir. Por encima del manejo magistral y recurrente de los leitmotivs está el desfile de sentimientos. El tenso diálogo entre padre e hija que se inicia en la escena, con Brunhilde enfrentando a su padre a sus propias contradicciones, éste dedicándole palabras crueles (“El dios nunca más debe verte”), ella suplicándole que quien la tome sea digno (“aquél que me consiga debe merecerlo”) y finalmente rogando al menos que ponga algún obstáculo, que resulta ser el fuego de Loge alrededor de la roca en que ella dormirá el sueño decretado por su padre. Hay de todo en estos minutos: amor, rigor, explicación, súplica, una disciplina inclemente que obedece a un destino que se supone inmutable. Wotan está, cómo no, atormentado, pero no puede eludir el amor y la ternura por su hija. Todo ello asoma finalmente en su largo monólogo, con Brunhilda ya sumida en el sueño, en el que todo el amor callado sale a relucir desde las primeras palabras (¡Adiós, valiente y maravillosa hija!) hasta el desgarro que encierran las del tramo final (¡Así se aparta de ti el dios, con un beso a tu divinidad!) para culminar con la amenaza a pusilánimes y cobardes (¡Aquel al que la punta de mi lanza aterrorice nunca logrará atravesar el fuego!), emitida, como señala Reverter, a plena voz. La supeposición del motivo del fuego mágico, con el de Loge y el de Siegfried consigue en este tramo final una intensidad emotiva difícil de describir… y de igualar. Unos momentos inolvidables».

Si en la Rheinische el ejército sinfónico era digno del Imperio Austrohúngaro, este final de Die Walküre resultaba lo más adecuado “para invadir Polonia” con permiso del genial Woody Allen (con estatua a tamaño real en la capital asturiana). A partir de ¡8 contrabajos! se puede  calcular el resto de la cuerda, y del viento ya se sabe cómo se las gastaba Don Ricardo. Incluso la percusión, además de unos timbales siempre ajustados, también se trajo triángulo, platillos y yunque, aunque sólo fuese para un par de compases, pero así está escrito. Los metales son pura artillería pero aterciopelada (¡qué placer escuchar las trompas perfectas! que Max Valdés llamaba los bronces), sus juegos tímbricos con trompetas, trombones y tubas, pues la orquestación wagneriana es un tanque que pasa a camuflarse por la inmensidad de los contrastes dinámicos. Y en el final de “La Valquiria” no están en Bayreuth sino apuntando a las espaldas del dúo para esta gira, solvente y con un Fischer igual de amable sin renunciar al generalato de este batallón sinfónico. De acuerdo con lo escuchado por el doctor en Madrid y las referencias a Don Arturo:

«La interpretación (…) fue gobernada con gran instinto dramático por Iván Fischer, que construyó con fluidez un discurso intenso, contrastado y fluido, con un clímax de gran carga dramática y un tramo final realmente emocionante. Tuvo a su disposición el lujo de la orquesta húngara, que lució con esplendor sus muchas virtudes. Estupenda y bien ajustada cuerda, preciosa sonoridad de la madera (maravilloso el clarinete bajo en el tramo inicial) y unos metales de una seguridad, redondez y poderío extraordinarios. Y, como es característico en él, sacó el mejor partido de tan distinguidos mimbres. Extraordinario. Hay que coincidir nuevamente con Reverter cuando señala, con su experto conocimiento de la cosa vocal, las exigentes características que han de poseer los cantantes encargados de los dos papeles para conseguir una interpretación de garantías. Para Brunhilde, en efecto, se reclama “una soprano dramática auténtica; puede que una de las más amplias de la literatura junto a la posterior Elektra de Strauss” (…) La veterana sueca Ingela Brimberg (Estocolmo, 1964) tiene la tesitura (más que muy exigente, como destaca Reverter). La voz tiene buena presencia, y aunque el vibrato empieza a rozar cierto exceso de amplitud, conoce al dedillo el papel (…) cantó de memoria su parte, al contrario que Müller-Brachmann) y lo tiene bien dominado en lo dramático. No fue la suya una Brunhilda inolvidable, pero sí muy notable en el carácter y la intención dramática. Nuevamente hay que hacerse eco de la atinada afirmación de Reverter en el caso del dios. Wotan es un “reto auténtico para un cantante poderoso, un bajo-barítono o barítono heroico, un Heldenbariton, capaz de tronar y de plegarse al lirismo más absoluto en este incomparable cierre”  (…) Müller-Brachmann tiene una voz noble, que se mueve con más soltura en centro y grave que en el agudo, donde evidenció alguna tirantez (…) y eso, en momentos como esa amenaza final a plena voz (frente a toda la potente orquesta wagneriana, cierto es), se nota. Más entonado en los momentos de más fina expresión que en aquellos donde se pide una imponente presencia que no alcanza. Cumplidor, sin duda, aunque tampoco un Wotan que deja huella. Con todo, la música es tan sobrecogedora y emocionante que, cuando se sirve con un plausible nivel de prestación vocal (como así fue) y con excelencia orquestal (como también ocurrió), el éxito está asegurado».

Ingela Brimberg fue una verdadera Valquiria, poderosa, dominadora del rol de Brünnhilda que lleva años cantándolo y la expresión de lo que se espera de una soprano wagneriana que los años no han hecho perder su volumen ni dramatismo. Y del bajo-barítono Müller-Brachmann, más segundo que primero, me quedo con su color, redondo, de buena proyección, deleitándonos en las pocas intervenciones “a capella” o con el “tanque” apuntando a la retaguardia antes de volver a cargar la munición en un Wotan más humano que dios, más preocupado de la partitura que de avivar el fuego.

Un éxito con el público en pie lanzando bravos al dúo y sobre todo a este «Festival Fischer» de quien hubiésemos deseado una cabalgata de propina, pero tras la dura batalla desde el Rhin hasta el castillo del Walhalla estas huestes germano-magiares bien se merecían “el descanso del guerrero”.

En Granada también lo contaremos, si nada lo impide…

PROGRAMA

Robert Schumann (1810-1856)

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 («Renana»):

I. Lebhaft

II. Scherzo: Sehr mäßig

III. Nicht schnell
IV. Feierlich

V. Lebhaft

Richard Wagner (1813-1883)

Escena final de Die Walküre (La Valquiria), www 86b (Acto III, escena 3- «Despedida de Wotan»

y «Fuego mágico»).

Bellos lamentos

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Miércoles 27 de mayo, 19:30 horas. Sala de Cámara del Auditorio, XIII Primavera Barroca – Circuitos Oviedo CNDM. Les Épopées, Eva Zaïcik (mezzosoprano), Stéphane Fuget (clave, órgano y dirección): Lamenti. Obras de B. Strozzi, Felice Sances, R. Rognoni, T. Merula, M. Rossi, F. Cavalli, C. Monteverdi, D. Mazzocchi y A. Falconieri.

Con tiempo veraniego finaliza la decimotercera edición de esta Primavera Barroca en colaboración con el CNDM con el famoso conjunto francés Les Épopées bajo la dirección, clave y órgano de Stéphane Fuget y el regreso de la mezzo Eva Zaïcik que hace tres años en este mismo ciclo llegó, cantó y “reinó”, entonces con Le Consort capitaneado por Justin Taylor. El programa titulado “Lamenti” proponía un intenso viaje por el primer Barroco italiano, con obras de Barbara Strozzi, Claudio Monteverdi, Francesco Cavalli, Tarquinio Merula entre otros autores fundamentales del siglo XVII, en un concierto que combinaba virtuosismo instrumental y expresividad vocal. Como bien explica en las notas al programa Pablo J. Vayón «El lamento constituye uno de los núcleos expresivos más fértiles y persistentes del primer Barroco, un espacio en el que la música abandona definitivamente los equilibrios renacentistas para adentrarse en una retórica del afecto basada en la intensidad, el contraste y la inmediatez».

Con un orgánico un tanto «sui generis» donde se combinan cuerda frotada, pinzada (clave) y pulsada del laúd, más la variante permutando clave por órgano, las propias obras del programa no ayudaban a disfrutar de la limpieza en los ornamentos de unas páginas donde lo mejor fueron aquellas donde se reducían a uno o dos instrumentos, como comento más adelante, si bien hay  que reconocer la calidad de los cuatro instrumentistas con los que el maestro Fuget se rodeó.

También intentó avanzada la primera parte explicar someramente, en un español similar a mi francés, que lo que podría parecer que sonaba mal estaba bien por las afinaciones, modos y la tonalidad del primer barroco aún sin asentar tal como hoy la reconocemos. Pero estaba claro que la protagonista sería la mezzo francesa Eva Zaïcik (Ivry-sur-Seine, 1987) por una voz expresiva, matices muy ricos, buena proyección, color uniforme en todos los registros, con un timbre agudo nunca punzante y un grave poderoso que con este ensemble tan reducido pudimos apreciar aún más.

En L’Eraclito amororo de Strozzi, ya noté que salvo la viola de gamba, los ornamentos ensuciaban los fraseos que la mezzo iba cantando con un legato muy expresivo, y otro tanto en el Usurpator tiranno de Giovanni Felice Sances, original para soprano pero cómoda y bien interpretada por la francesa. De esta página el crítico sevillano apunta que «el bajo de chacona que usa (…)  o los signos especiales empleados por Mazzocchi para marcar con intervalos microtonales las lágrimas de la Magdalena muestran hasta qué punto el lamento aguijoneó la imaginación de los compositores y estimuló una búsqueda constante de novedad musical al servicio de una expresión cada vez más refinada y extrema del padecimiento».

Es habitual alternar en estos conciertos partes cantadas e instrumentales tanto por la variedad como para el descanso vocal, y así disfrutamos de un Rognoni perfecto entre el órgano de Fuget y la viola de Agnès Boissonot-Guibault, un alivio en una tímbrica no siempre variada ni equilibrada, que sí se buscó precisamente en el acompañamiento solo con clave y órgano de la nana conmovedora de Merula, pues la Virgen arrulla al Niño anticipando su trágico destino, así como el virtuosismo de Fuget en una excelente Toccata settima en re menor. (Rossi). Cerraría la primera parte la escena 14 del primer acto de Medea de Il Giasone (Cavalli) donde el «tutti» nunca empañó la presencia y gusto de una Eva Zaïcik siempre pulcra en su línea de canto, dramatismo y agilidades limpias en toda su tesitura así como el acompañamiento remarcando la escena, lo más destacado hasta ese momento.

Nadie mejor para estos «Lamentos» que el propio Monteverdi, del que mi tocayo sevillano escribe en las notas:

«Pocas páginas condensan de manera tan ejemplar este giro como el Lamento d’Arianna, de Claudio Monteverdi, auténtico punto de arranque de la tradición que articula este programa. Su origen se remonta a 1608, cuando la corte de Mantua celebró con extraordinaria magnificencia el matrimonio de Francisco Gonzaga y Margarita de Saboya. En ese contexto festivo vio la luz L’Arianna, fruto de un proceso creativo marcado por la urgencia y la adversidad: la muerte por viruela de Caterina Martinelli, joven cantante destinada al papel protagonista y profundamente querida por el compositor, obligó a rehacer la obra. El libreto de Ottavio Rinuccini se ha conservado completo, pero de la música solo ha sobrevivido esta pieza deslumbrante, que Monteverdi reutilizaría desde Venecia, como madrigal a cinco para su VI Libro de madrigales (1614) y vuelto a lo divino como Pianto della Madonna».

Interesante la versión tanto de una expresiva y contenida Zaïcik como de Les Épopées, retardando las caídas al acorde que resuelve, silencios bien marcados y la sonoridad  mejor al alternar clave y órgano para darle esa riqueza a un orgánico algo monócromo, repitiendo la fórmula en la Intonazione cromatica del terzo tono de Merula. También pudimos disfrutar del solo de arpa de Marina Bonetti para lucirse despojada del resto del orgánico y retornar a las lágrimas de Mazzocchi  y «la Strozzi», siempre con las sensaciones que crean unas disonancias tan expresivas como la propia mezzo en los textos de Giovanni Pietro Monesi, donde la voz encarna la melancolía elevada a sufrimiento de esta amante cantando este lamento.

Más equilibrado el conjunto con La suave melodia e su corrente (Falconieri) con la melodía a cargo de la viola de gamba y la corriente estaba interpretada de una manera exquisita por el laúd, más un clave bien ornamentado dejando el protagonismo al dúo.

Cerraba programa y primavera barroca el Cavalli de su ópera Xerxe (la escena 18 del segundo acto, «Luci mie») con todos  los efectivos a mayor gloria de una Zaïcik, página que apunta al primer bel canto, con los conjuros mágicos de Medea más la ingenuidad íntima y doliente de la joven hija de Ariodante. Buen broche para esta mezzo siempre entregada, expresiva, con un color que si ya es bello, seguro que en pocos años esmaltará todavía más, y un cuarteto que brilló en momentos puntuales y casi solísticos, aunque la mano maestra de Fuget siempre buscó el encaje con la solista.

Al menos la alegría vino con una propina donde apreciar esa faceta de esta mezzo francesa que dejó atrás los lamentos para coquetear en una simpática canzonetta que cambió la oscuridad por la luz en un día veraniego cerrando esta decimotercera primavera barroca carbayona.

PROGRAMA:

I

Barbara STROZZI (1619-1677)
De Cantate, ariette e duetti, op. 2 (1651):

14. L’Eraclito amoroso

Giovanni FELICE SANCES (1600-1679)

De Cantade, libro 2 (1633):

2. Usurpator tiranno

Riccardo ROGNONI (ca. 1550-1620)

Diminutions sur ‘Ancor che col partire’ (1592)

Tarquinio MERULA (1595-1665)

Canzonetta spirituale sopra alla nanna (1636)

Michelangelo ROSSI (1602-1656)

De Toccate e correnti:

Toccata settima en re menor

Francesco CAVALLI (1602-1676)

De Il Giasone (1649):

Medea: Dell’antro magico (acto i, escena 14)

II

Claudio MONTEVERDI (1567-1643)

Lamento d’Arianna, SV 22 (1623)

T. MERULA

Intonazione cromatica del terzo tono

Domenico MAZZOCCHI (1592-1665)

De Dialoghi e sonetti (1638):

9. Lagrime amare

B. STROZZI

De Diporti di Euterpe, op. 7 (1659):

4. Lagrime mie

Andrea FALCONIERI (ca. 1585-1656)
De Il primo libro di canzoni, sinfonie… (1650):

La suave melodia e su corrente

F. CAVALLI

De Xerse (1654):
Adelanta: Luci mie (acto II, escena 18).

LES ÉPOPÉES:

Agnès Boissonnot-Guilbault, VIOLA DE GAMBA

Yuli Bayeul, LAÚD

Marina Bonetti, ARPA

EVA ZAÏCIK, MEZZOSOPRANO
STÉPHANE FUGET, CLAVE, ÓRGANO Y DIRECCIÓN

El arte de escuchar

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Abono 14 «Sublime ambición», Cuarteto Quiroga y OSPA. Obras de Beethoven, Haydn y Mozart.

En la Festividad de Santa Rita, llamada abogada de los casos imposibles y patrona de las causas difíciles, el antepenúltimo abono de la OSPA (encomendándonos a ella para que la próxima temporada acuda más público), nos devolvía un concierto con «los clásicos» que no pueden faltar en cada curso, y sin director pero con el Cuarteto Quiroga, repetíendo la experiencia de hace un año con los mismos compositores y tres obras que la doctora Mª Encina Cortizo presenta en las notas al programa como «Sublime ambición».

Los encuentros previos a las 19:15 horas en la Sala de conferencias nº 1 sí está siendo un éxito porque la transmisión oral («el boca a boca») sí funciona y siempre aprendemos de las interioridades tanto de los invitados como de las obras que posteriormente escuchamos. Moderados por Fernando Zorita acudieron todos los componentes de «El Quiroga» (el asturiano Aitor Hevia, el gallego Cibrán Sierra, el valenciano Josep Puchades y la madrileña Helena Poggio) que no solo compartieron cómo coordinar sus carreras como solistas o profesores con el cuarteto, los nuevos proyectos, la toma de decisiones siempre democráticas (en las orquestas parece imposible porque quien manda es la batuta), con lo que tiene de enriquecimiento, o la simpática  comparación que Sierra hizo de qué es un cuarteto: el chelo es la botella, sin ella no hay nada; el primer violín es la etiqueta y el diseño, pero el auténtico vino son el segundo y la viola, con todo el humor y reflexión sobre los buenos compositores que se diferencian no por las melodías sino por su desarrollo, recordando la frase de Brahms «No es difícil componer, pero es maravillosamente difícil dejar que las notas superfluas caigan bajo la mesa. . . Hay tantas melodías volando que hay que tener cuidado de no pisarlas».

Sobre tener a la orquesta sin director es algo necesario, enriquecedor e incluso habitual cuando hay un solista que también «conduce» desde el piano o el violín. En estos casos siempre destaco la dificultad que ello conlleva y precisamente durante el encuentro previo al abono 12 de esta temporada, la violinista y directora Antje Weithaas nos comentaba, junto al gerente Oriol Roch, que «exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse», pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado. No es imposible cuando el Cuarteto Quiroga, con quien la OSPA lleva años de colaboración (especialmente con Aitor Hevia de concertino invitado), sabe «hacer equipo», compartir experiencias para hacer que una formación esta vez sin superar los 50 músicos (como era en los tiempos clásicos y muy alejadas de nuestras cercanas grabaciones de los Karajan o Kleiber, por citar dos referentes de mi juventud) suene camerística. Aprender a escucharse, mantener la atención a los detalles, incluso desde la «distancia» de los cuatro atriles que comandaron toda la cuerda, pero especialmente en este programa ¡valorar los silencios! que son tan importantes en los tres compositores: expresión y dramatización que obliga a mantener la pulsación interior en todos los miembros de la orquesta mientras el sonido aún está flotando en el aire antes de atacar el siguiente compás.

El arte del silencio realzando la expresividad aparece ya en Coriolano: obertura, op. 62 (1807) del genio de Bonn con una plantilla de 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (12-10-8-6-4).

Con Hevia marcando, fraseando y contagiando el tempo escrito por Beethoven como Allegro con brio, comunicando y ejerciendo el mando otorgado, parecía difícil encontrar los balances perfectos entre cuerda, viento y timbales -de cobre-, pero una vez que la sincronización en el latir musical se alcanzó (que costó algunos compases), esta página llena de tragedia de un Beethoven con 37 años ya romántico, sacó de la OSPA esa mezcla de aire heroico y lírico, con un empaste ideal desde la plantilla idónea donde el Cuarteto Quiroga ocupó los atriles principales de la cuerda, algunos coprincipales hoy principales -también varias «caras nuevas»- pero todos manteniendo calidad, profesionalidad en este compartir la escucha ¡y los silencios!.

En la Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78 de «papá Haydn», que la doctora Cortizo cuenta «es una de las tres (76, 77 y 78) que Haydn escribe en 1782, todavía en Esterházy, con 50 años, para una visita a Londres que finalmente se retrasará una década. En una carta al editor francés Boyer, Haydn las define como «hermosas, magníficas y no muy largas […] muy fáciles y sin demasiado concertante». Mientras que las sinfonías 76 y 77 presentan un carácter galante, ésta explora la sensibilidad Sturm und Drang en los movimientos extremos», pasaría al concertino Sierra, y con una plantilla más reducida (flauta, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas y la cuerda), de nuevo la exigencia, la atención y el respeto a los silencios escritos en este romanticismo que ya es «la tormenta y el ímpetu» (traducción del  Sturm und Drang), dinámicas bien marcadas, los balances con la gestualidad habitual del violinista orensano, retorciéndose o levantándose de la silla y blandiendo el arco para subrayar o recordar las entradas del viento.

Todos latiendo con el mismo pulso, desde el Vivace inicial (contrastes ideales del oboe con el tutti) al bello Adagio siguiente, una esfuerzo equiparable al de los deportistas de élite por los cambios de ritmo que encajaron todos a la perfección. Y subiendo «revoluciones» el expresivo Menuetto: Allegretto perfectamente sincronizado en fraseos, intervenciones solistas, aires y planos sonoros antes del valiente Presto final, un rondó lleno de pasión e interpretación no ya académica sino la demostración de una OSPA convencida, madura, respetuosa con la partitura bien entendida por «El Quiroga» compartida con la formación asturiana.

Y volvía «al frente» Hevia para Mozart y la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543, nuevo reto conjunto en una obra de la llamada trilogía final escrita entre junio y agosto de 1788, con 32 años y con la controversia del motivo de la composición, aunque a diferencia de Haydn o Beethoven, la escritura fluye tan espontánea y natural como solo el prodigio de Salzburgo era capaz. Así la entendieron todos ellos con una plantilla conformada por flauta, 2 clarinetes, 2 fagots, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (destacando la tarima que refuerza los graves en los cuatro contrabajos). La sonoridad resultó perfecta, equilibrada en todas las secciones, aún más exigente que en Haydn, pues la engañosa facilidad mozartiana pide atención continua y el mínimo despiste, más aún sin director, puede dar lugar a entradas en falso. Pero los cuatro movimientos (I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro) fluyeron con la naturalidad de unos músicos que disfrutan con estos repertorios, la riqueza de nuestra orquesta que a lo largo de esta temporada, que va llegando a su fin, han transitado estilos, compositores, épocas y batutas muy distintas. Arranque con los timbales mandando a una cuerda aterciopelada e incisiva, flauta clara -como toda la madera-, metales empastados (dos trompas perfectas y abriendo sonido cuando debían) seguido por el Allegro luminoso, valiente y equilibrado; el Andante con moto sereno, aún más complicado hacer latir con menos pulsaciones pero logrado sin aparente esfuerzo colectivo, verdadero disfrute de la madera y sus diálogos en pasajes cual ópera sinfónica; «marcando el paso» el Menuetto, incisivo, contrastado, fraseos y acentos claros; y el Finale valiente de metrónomo, equilibrados los balances marcados desde el puesto de concertino pero plenamente asimilados, alegría contagiosa con el Cuarteto Quiroga contagiando su espíritu de unidad y calidad donde poder disfrutar de intervenciones plenas de gusto, personales pero compartidas.

PROGRAMA

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Coriolano: obertura, op. 62

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)
Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78:

I. Vivace / II. Adagio / III. Menuetto: Allegretto / IV. Presto

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)
Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543:

I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro

Sin edulcorantes

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Martes 19 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 9 del año 2026 (año 129, concierto 2.106) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Diana Cooper (piano). Obras de D. Scarlatti, F. Mendelssohn, E. Granados y F. Chopin.

Tras un breve paseo por alguno de los órganos de Vetusta en su IV edición del Festival musicUO guiados por el doctor Ramón Sobrino, y con el tiempo justo para llegar a la calle Mendizábal, volvía a escuchar a la francesa Diana Cooper (Tarbes, 1999) un año después de su monográfico Chopin en Gijón, y me gusta comprobar cómo en tan poco tiempo esta joven pianista ha madurado en sus interpretaciones, transitando otros compositores que además organizó en el programa de forma magistral, y con «su polaco preferido» que va ya tomando cuerpo y (re)posándolo, sin almibarar ni edulcorar.

Con una técnica impecable y aún sin los muy habituales tics de tantos pianistas, Diana Cooper fue creciendo en intensidades y transmitiendo muchas emociones. Comenzar con Domenico Scarlatti era ideal por la técnica y los tempi de las tres sonatas elegidas (9, 96 y 14 del catálogo Kirkpatrick) de las más de 500 que escribió, jugando con la tonalidad de re (menor-mayor-menor) casi conformando una «gran sonata» bien diferenciadas en su estructura binaria (una primera parte a modo de exposición y una segunda parte que repite, con algunas variaciones, los elementos melódicos y rítmicos que habían aparecido ya en la primera): limpia en los ornamentos, bien contrapuestas desde la tranquilidad del Allegro de la primera, el conocido Allegrissimo de la segunda y la virtuosa tercera. Luis Ángel de Benito describió el estilo de las sonatas del hispano-italiano que «presenta disonancias atrevidas y salvajes, incluso agresivas, que imitan la mano del gitano en la guitarra, y que Bach, Händel, Mozart y Beethoven nunca se atrevieron a utilizar». Con un interesante manejo del pedal que nunca ensuciaría ese lenguaje para el clave que hace a grandes pianistas enriquecerlas por sonoridad, dinámicas y profundidad. Cooper dejó esa mezcla de ímpetu juvenil con una frescura encomiable y la técnica al servicio de la música.

Y con el mismo enfoque y tonalidad afrontaría las llamadas «Variations sérieuses» op. 54, MWV U156 (1841) de Mendelssohn, probablemente una de sus obras más maduras. Un tema y 17 variaciones que Diana Cooper fue desgranando con personalidad, una mano izquierda poderosa y precisa, matizaciones extremas sin esfuerzo aparente, romanticismo sin endulzar, verdaderas delicatesen para el paladar auditivo, contrastes rítmicos y dinámicos portentosos, seguros, fraseos bien variados y una sonoridad rica en esta partitura no muy habitual en los programas, que la pianista francesa defendió con seriedad y musicalidad, variaciones lentas casi bachianas con unos bajos en la mano izquierda poderosos y el fraseo de la derecha impoluto, rápidas apabullantes sin pizca de dulzor, los excesos en su punto de dinámicas todopoderosas.

Casi continuación técnica tras Scarlatti y Mendelssohn llegaría nuestro Granados y su “Allegro de concierto” en Do sostenido menor, op. 46 (1903). Continuidad por dedos y pedales, pero diferenciación estilística bien entendida, sin complejos ni excesos de azúcar desde el Molto Allegro: spiritoso inicial. Los ingredientes son los mismos aunque la preparación distinta y el toque de dulce puede combinarse desde los anisados o la canela hasta el azúcar glass o el de caña. Diana en las proporciones y el producto final para «relamerse»: contrastes de aires, matices, digitación magistral, pedales mesurados ayudando a una riqueza en el veterano Steinway© ovetense que parecía otro tras el anterior concierto a cuatro manos. Octavas poderosas, de vértigo, arpegios cristalinos, trinos claros, momentos en calma con mucho poso y trabajo para esta joya del ilerdense, verdadero tour de force para todo pianista, que la francesa afrontó con seguridad y madurez.

Chopin sigue siendo una tentación y el éxito a menudo está en la correcta elección de las obras y su ubicación dentro de un concierto. Está bien programar alguno de sus top 10 alternando aires y formas, pero Diana Cooper, que lo «tiene en dedos», supo buscar tres partituras que mantienen el espíritu del polaco con variadas exigencias técnicas y el poso que en Gijón eché de menos. No cayó en la tentación fácil y si en el Jovellanos optó  por cuatro mazurkas de las opus 30, habituales en pianistas de referencia, para Oviedo eligió las Tres Mazurkas, Opus 59 (1845). Un reto cada una de ellas por los contrastes de tempo donde no abusar del rubato, y el juego de tonalidades que les dan ese carácter propio sin perder la esencia chopiniana y menos escuchadas: la primera Moderato (la menor), la segunda Allegretto (en la♭mayor) y la tercera Vivace (fa♯ menor), sonoridades muy logradas, serias, buen equilibrio de manos, con los bajos atinados y presentes cuando así están escritos, la rítmica bien marcada para los fraseos delineados y un acercamiento ya maduro.

La Barcarola, op. 60, en fa♯ mayor tampoco suele faltar en competiciones como el famoso Concurso Chopin, con interpretaciones que siguen siendo referentes, donde la técnica es necesaria pero la interpretación marca las diferencias. Y Diana Cooper nos dejó un muy personal acercamiento de sonido muy pulido, pedales en su sitio, balance perfecto entre las dos manos con una gestualidad siempre contenida sin alardes para la galería, una interpretación que ya tiene hondura por su calidad.

Para cerrar esta parte chopiniana, otra página poco habitual pero exigente como todas, la Polonesa-Fantasía, op. 61 en la♭ mayor (1846), en la tonalidad preferida por el polaco y cercanía a su tierra natal desde el virtuosismo habitual, el sello inconfundible y el acertar con la carga emocional sin edulcorar desde el inicio, con sutilezas rítmicas expresivas que simplemente no se pueden captar en la notación sino que se deben sentir. En 1846 Fryderyk Chopin atravesaba un momento difícil de su vida tras su ruptura con George Sand. Es entonces cuando compone esta Polonesa-Fantasía, una pieza en la que se funden el ritmo ternario característico de la polonesa con la libertad armónica y el carácter rapsódico de la fantasía, aspectos que la pianista francesa plasmó de principio a fin.

De la misma manera que su Barcarola pulveriza las convenciones de una canción veneciana, esta Polonaise-Fantasie supera cualquier expectativa que tengamos de la forma de polonesa que había popularizado el polaco a lo largo de su carrera. De hecho, durante mucho tiempo se ha observado que es mucho más fantasía que polonesa. Una misteriosa y errante apertura, radicalmente poco convencional -anticipa los experimentos posteriores de Wagner y Liszt- marca esos momentos en los que se escucha el aire marcial de la polonesa tradicional pero sirven más como demarcaciones de episodios que como cimientos estructurales. La grandeza de esta página radica en su abrazo a la forma fantasía y a la posibilidad de pasar en un instante musical, de la melancolía y la introspección al triunfo y al éxtasis. Así lo entendió Cooper en una más que notable interpretación.

Un éxito para un público entregado y numeroso en el Filarmónica, y sin hacerse de rogar nada mejor que una propina también de Chopin y manteniendo la tonalidad: el Vals nº 5 en la♭ mayor, Op. 42 ‘Grande Valse’, corroborando cómo ha madurado la francesa en su acercamiento a estas páginas conocidas y no tanto, todas exigentes, desde el romanticismo juvenil que derrocha pasión y respeto por la partitura, esperando mantenga el acierto en la elección de sus repertorios, especialmente los solitarios que son los que desnudan a los intérpretes.

PROGRAMA:

Primera parte

D. SCARLATTI (1685 – 1757):

Sonata en re menor, K. 9

Sonata en re mayor, K. 96

Sonata en re menor, K. 141

F. MENDELSSOHN (1809 – 1847):

“Variaciones serias” en re menor, op. 54

E. GRANADOS (1867 – 1916):

“Allegro de concierto” en do sostenido menor, op. 46

Segunda parte

F. CHOPIN (1810 – 1849):

Tres Mazurkas, op. 59

Barcarola, op. 60, en fa sostenido mayor

Polonesa-Fantasía, op. 61, en la bemol mayor 

Propina: Valse nº 5 en la bemol mayor, Op.42 ‘Grande Valse’

Los años 80 de Víctor Pablo en Asturias

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Viernes 15 de mayo, 19:30 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo: Cultura OFF (Talleres y encuentros): “Historias de la historia musical de Oviedo”. Encuentro musical con el maestro Víctor Pablo Pérez.

Aprovechando el retorno a Oviedo y la presencia estos días del director burgalés Víctor Pablo Pérez (15 de marzo de 1954) dirigiendo “La Verbena de la Paloma”, tuvo lugar en la fría tarde de la festividad de San Isidro un encuentro con el maestro, moderado por el Concejal de Cultura del Ayuntamiento David Álvarez, donde no faltó un vídeo con imágenes de sus años en Oviedo dirigiendo en el Campoamor.

Interesante escuchar al maestro que nos hablaría de sus inicios en la música, primero en el Colegio “La Virgen del Camino” de los Padres Dominicos en León donde estuvo interno y tuvo su primer contacto con el padre Ángel Torrellas, una formación musical tan importante como el resto de las materias, y donde se cantaba “El Mesías” junto a Victoria o Palestrina. Cada clase tenía su coro e incluso competían por la excelencia. También estuvo tocando el laúd en la rondalla y sobre todo la primera clase de piano donde Torrellas le puso las manos sobre el piano (había uno en cada aula, muchos procedentes de antiguas pianolas donadas por las viudas de entonces), del DO al SOL y que el padre músico le dijo: “ha sonado Do pero no ha hablado al bajar el dedo”, repitiendo el gesto que le marcaría toda su vida: No solo son notas sino que deben hablar, que nos digan algo…

 

En 1980 llegaría a Oviedo desde Munich donde estudiaba por entonces, compartiendo piso con cinco estudiantes. La llamada telefónica le sedujo y el trabajo consistía en preparar las cuatro óperas de entonces, más los conciertos con la entonces Orquesta de Cámara “Muñiz Toca”. Anécdotas como el incendio del archivo musical y los instrumentos cuando Benito Lauret estaba al frente y se marchó tras echarlos de su entonces lugar de ensayo en los bajos del Campoamor.

No faltaría el relato de sus primeros años como director, presentando un concurso de proyectos donde le eligieron y con la condición de vivir aquí, el Patronato con Nely Fernández Arias y Xuan Xosé Sánchez Vicente, y tras renovar su primer contrato anual llegaría el impulso de los conciertos, con una publicidad entonces inexistente, encargando unos carteles en la imprenta que había enfrente del Museo de Bellas Artes, y donde tras entregárselos sólo faltó pedirle que los pusiese…

Anecdótico igualmente la petición de las cajas para los contrabajos dado los muchos viajes que emprenderían por toda la geografía asturiana, contestándole “¿Contra qué?” indicando el conocimiento musical de aquellos gestores. Otro tanto con la necesidad de contratar un secretario técnico y el Comité de Empresa nombraría al entonces timbalero Juan Bosco (QEPD) revitalizando lo que sería la OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias), continuadora de la de Muñiz Toca (excelente violinista y director) con una formación reducida y de calidades muy diversas, pocos “profesionales” y muchos aficionados que compaginaban el pluriempleo. Entonces apenas tenían de asistencia 150-200 personas, por lo que crearían una oferta de bonos con el 50% de descuento (y además numerados para ver y rastrear la procedencia), encargando 1000 (“¿Y si vienen todos? -Pues damos diez conciertos»). Finalmente acudiría un 10% con los músicos de entonces.

Más anécdotas de aquellos músicos como uno (que me guardo el nombre pero conocemos más de uno) que preparando con Edmon Colomer una obra difícil de Ginastera  llegó a decir “está mal escrito” por la imposibilidad de tocarlo y debiendo retirarlo del programa. Músicos excelentes, algunos alumnos de ellos y los «afici0nados» (en mi época casi todos conocidos, incluso desde mi Mieres pues había muchos componentes de la Banda Municipal de Música, comenzando por una figura como César San Narciso). Curiosidad igualmente la de tener los bolsos de la chaqueta y pantalones rotos por donde asomaban grandes fajos de billetes de los que presumía («Tomái algo que invito yo»), para saber que recogía la caja de distintos clubs nocturnos y sin dormir llegaba a ensayar con el dinero «¡y la pistola que dejaba siempre sobre el atril”.

Aquellos años duros con pocos conciertos y muchos ensayos, porque no todos eran profesionales (algún trompeta que cambió a la trompa sin leer música), y había que repetir muchas veces las mismas obras cinco días de la semana, el recorrido por las distintas iglesias de Asturias -incluso en Taramundi- que eran los escenarios habituales (además del Teatro Campoamor) y muchas más anécdotas que nos sacaron risas, y personalmente muchos recuerdos vividos con Víctor Pablo y la Orquesta Sinfónica de Asturias (predecesora de la actual OSPA) de 1980 a 1988. También la oferta de «hacer ópera» (nada menos Falstaff) por parte de la Asociación que las organizaba, aunque tras exigir al menos un mes con todo organizado y tener sólo un día antes, el candidato sería Paco Camino, anécdota compartida con Manuel Fdez. de la Cera entonces Consejero de Cultura y presente en este encuentro.

No faltó tampoco reconocer que desde la primera edición de los Premios FPA en 1981, tras la ceremonia se hacían los conciertos, el premio al maestro López Cobos y el primer “Asturias, patria querida” antes de ser el himno oficial, «la que se va a liar» ante los comentarios que corrían por Oviedo, el comité para darle la forma definitiva, las correcciones (del «en algunas» a «todas las ocasiones») y su publicación en 1984.

El final del burgalés comenzaría a fraguarse en 1986, cuando a la OSA se le otorga la Medalla de las Bellas Artes del Gobierno, ceremonia en el Museo del Prado y galardón en parte por el asturiano Nacho Quintana, entonces Subsecretario de Cultura del Gobierno español, tal vez aprovechando el 45 aniversario de la anterior Orquesta Sinfónica Provincial de Muñiz Toca (con el entonces rey Juan Carlos I presente diciéndole «allá os mando al guaje, tratármelo bien…»), tras del envío de una amplia memoria a cargo del propio Víctor Pablo y Juan Bosco. Estando presente el entonces Presidente del Principado Pedro de Silva, le entregaría dicha medalla junto a la dimisión como director de la OSA, citándole para el día siguiente en su despacho. Acababa de destinar 100 millones de pesetas con los que mejorar salarios y aprobar el proyecto inicial del maestro, aunque para muchos músicos “lo de trabajar todas las semanas no podían”, en parte por tener otras ocupaciones, y ante la negativa, llegaría su dimisión irrevocable en 1988 y la pérdida de una figura que marcó los años 80 en nuestra historia musical.

A raíz del comentario anterior, Víctor Pablo comentó que muchos profesionales no cobraban en verano y sólo la ONE y la de RTVE pagaban todo el año, siendo realmente de las pocas orquestas profesionales de entonces, cuando hoy en día tenemos nada menos que 26.

Sobre cómo acercar nuevos públicos a los conciertos, el maestro Pérez habló de las jóvenes orquestas en las que está centrado o de otros celebrados para grandes auditorios al aire libre caso de Tenerife (con Los Sabandeños o el timplista Benito Cabrera) o Galicia (con gaiteros como Carlos Núñez), incorporando la música folklórica a la sinfónica, así como la realización de conciertos para escolares, que por entonces eran una rareza y casi una excepción.

Nos hizo pensar que de los nuevos públicos, aunque se notan, hay pocos estudiantes de los conservatorios, y cómo debería ser obligatorio asistir a los conciertos porque son necesarios en la formación musical integral, algo que incluso planteó como vocal a la presidenta de la Fundación Scherzo, la pianista Ana Guijarro.

Breve coloquio posterior y mis recuerdos compartidos, especialmente los de junio de 1981 donde mostrar (por aquí están varios) y demostrar cómo se trabajaba entonces, tres conciertos (que aún los patrocinaba la Dirección General de Música y Teatro del Ministerio de Cultura) con el mismo programa para la Filarmónica de Mieres celebrado en el añorado Teatro Capitol (día 19), el de la Iglesia de los Padres Carmelitas de Oviedo (día 23) y el organizado por el “Ateneo Jovellanos” celebrado en el Teatro de la Universidad Laboral gijonesa (día 24): la “Incompleta” de Schubert más la “Misa de Gloria” de Puccini junto al Coro Universitario (que entonces dirigía Luis Gutiérrez Arias) y dos conocidos solistas: el tenor Joaquín Pixán y el barítono Luis Álvarez Sastre.

Por supuesto que guardo muchos más programas de mis felices años 80 de estudiante, sin olvidarme de los primeros Festivales de Música que organizaba la Universidad con Teodoro López Cuesta de Rector y mi querido Emilio Casares, o las óperas que venían compartidas con Bilbao durante las fiestas de San Mateo, seis títulos en doce días sin ensayos y con las figuras de entonces… El propio David Álvarez trajo uno de 1991, pero estas son otras historias y otros tiempos, muy distintos a los actuales, sobre todo porque ¡éramos más jóvenes!.

Beethoven al piano

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Martes 12 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 8 del año 2026, 2.105 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (año 120). Beethoven Piano Dúo (Sylvia Torán y Ramón Grau). Obras de Beethoven.

Desde mis años de estudiante Beethoven ha estado presente tanto en el piano como en los conciertos donde mi tío Paco me llevaba al Teatro Filarmónica (haciéndome socio de su sociedad en 1971) e incluso me regalaba discos donde profundizar y seguir aprendiendo de los grandes intérpretes.

Las sonatas del genio de Bonn están en mi discoteca desde hace muchas décadas, y Willhem Kempff  sería mi primer referente. Después llegarían muchos más, desde los vinilos a los discos compactos sin faltar Daniel Barenboim o el siempre único Glenn Gould, entre otros muchos. De mis partituras abundan no solo las distintas ediciones de las sonatas, también las de violín y piano (obligadas en los dos años de «Música de cámara» con mi siempre recordado Carlos Luzuriaga), las increíbles transcripciones de las sinfonías a cargo de Liszt (diabólicas como el propio virtuoso), más lieder varios y algunas páginas sinfónicas y/o corales que trabajé en los ya lejanos tiempos de repertorista en la Academia Real Musical de la calle Principado ovetense.

Está claro que para todo melómano y estudiante, por supuesto todo un reto para los músicos profesionales, Beethoven siempre está y debe estar presente «en dedos», desde la llamada trilogía de Las Tres B (junto a Bach y Brahms), que en los conciertos de cámara tampoco puede faltar. Así que volvía a la calle Mendizábal para un monográfico pianístico con dos de sus sonatas de plenitud (la Appasionata y la número 31), más una transcripción a 4 manos de su séptima sinfonía con dos maestros que llevan desde 2008 uniendo carreras y pasión beethoveniana, repartiéndose las sonatas y sumando dedos para «La Séptima» del sordo, con las transcripciones de las sinfonías que sigue llevando el dúo en sus recitales.

Sería Sylvia Torán quien presentaría este concierto, con el que volvían a la Sociedad Filarmónica de Oviedo, cronologías, breve análisis y el deseo de compartir una pasión que nos une a tantos.

Ramón Grau (Úbeda, 1989) abriría la velada con la Sonata nº 23 en fa menor, op. 57, «Appassionata» en su acepción e interpretación. El acercamiento del jienense afincado en Madrid (alumno de Ana Guijarro y del añorado Jenõ Jandó entre otros) a esta sonata, resultó nebuloso aunque intenso, en parte por un pedal no siempre apropiado ni ajustado que impidió una mayor claridad en el sonido, compensado por la pasión y unos excelente contrastes dinámicos que pusieron a prueba los años del Steinway© de la sociedad ovetense que sigue mimado por Jesús Arévalo. Desconozco si había problemas técnicos en el piano, que todo intérprete debe lidiar al no ser nunca el mismo, pero no me emocionó ni resultó la interpretación esperada (mis referencias siempre ponen el listón demasiado alto). Hubo detalles interesantes por los fraseos, la elección de los tempi e incluso cierta frescura juvenil en el acercamiento a esta página, que personalmente necesita algunos años más para poder exprimir todo lo que encierra su escritura, avanzar técnicamente y profundizar musicalmente.

Si el andaluz puso pasión, la madrileña pondría el poso y la madurez con la Sonata nº 31 en la bemol mayor, op. 110, toda una súplica humana y la respuesta divina en una época difícil para Beethoven. Con una pulsación desigual y débil por momentos -que nos hizo perder notas-, el primer movimiento resultó literalmente «espressivo», mientras las dos fugas del tercero estuvieron poco claras aunque bien contrastadas por el juego de las cuartas (descendentes y ascendentes) aunque sin la rotundidad o profundidad de la forma que «dios Bach» colocó en el más allá compositivo e interpretativo.

No hubo pausa y llegaría la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 en una interesante transcripción a 4 manos de Hugo Ulrich (1827-1872), Torán en los graves y Grau en los agudos. Liszt parece tener veinte dedos en su acercamiento sinfónico desde el piano, y escribió: «No hay meditación sobre ellas ni estudio demasiado profundo. En consecuencia, cualquier modo de propagarlas y popularizarlas tiene su lugar». Las transcripciones de Liszt de las sinfonías de Beethoven no sólo son algunas de las transcripciones piano más rigurosas y difíciles de tocar, sino también las más fieles desde el punto de vista sonoro. Ulrich las utiliza directamente, «facilitando» los equilibrios y balances de esta maravillosa Séptima que sigue siendo rica, vitalista, pletórica por momentos, colorista desde una profundidad  de escritura que, al piano, nos acerca a los tiempos donde las orquestas no estaban al alcance del gran público.

El Steinway© sufrió un poco en los agudos que «castañetean» aunque lograsen un color distinto que se agradece en esta transcripción. Importante el trabajo de compenetración de los dos artistas, siempre difícil encajar entradas, silencios y matices, así como manejar los pedales para no enturbiar, si se me permite, «lo principal desde lo accesorio», e incluso la necesaria coordinación para pasar hoja entre uno y otro.

Del acercamiento que el compositor, educador musical y arreglista romántico hace de las sinfonías del «sordo genial», logra un lenguaje pianístico a cuatro manos que puede incluso hacernos olvidar el original, pues trabaja para los dos pianistas, caso del interesante Allegretto con la conocida «marcha fúnebre» donde comienzan las manos graves para ir sumando la tercera y cuarta en el agudo, logrando no solo ganar en dinámicas sino en presencia.

Los tempi rápidos resultan siempre exigentes y bien trabajados, especialmente el Allegro con brio final, aunque los matices resultasen de libro, y por momentos exagerados por unas acentuaciones que ayudan a encajar las cuatro manos, pero escapan de los fraseos y tímbricas orquestales que el piano, por mucho que se trabaje, es incapaz de superar.

Con todo siempre se agradecen estas transcripciones a cuatro manos, así como la riqueza de los dos pianos -esta vez solo uno- que son parte de la propia historia de las sociedades filarmónicas  y hoy en día siguen atrayendo por la espectacularidad de unos repertorios propios, o ajenos, donde «las 88 teclas» siguen siendo en blanco y negro con infinitas gamas de grises.

PROGRAMA:

Ludwig Van Beethoven (1770-1827)

Sonata nº 23 en fa menor, op. 57, «Appassionata» (1804-1806):

I. Allegro assai / II. Andante con moto / III. Allegro ma non troppo – Presto.
(Ramón Grau)

Sonata nº 31 en la bemol mayor, op. 110 (autógrafo de 25 de diciembre de 1821):

I. Moderato cantabile molto espressivo / II. Allegro molto / III. Adagio ma non troppo.
(Sylvia Torán)

Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812), transcrita para piano a 4 manos por Hugo Ulrich:

I. Poco sostenuto – Vivace / II. Allegretto / III. Presto / IV. Allegro con brio.

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