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Siempre la radio para vivir mejor

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“Músicas para vivir mejor” Radio Clásica en su 60 aniversario”. Prólogo de Gustavo Dudamel y Espido Freire. Editorial Medio Tono.

ISBN 978-84-127901-3-9. 198 páginas, Precio 22 €.

Soy de la generación que ha vivido y vive con la radio. Mi primer recuerdo es aquella que teníamos en la cocina sobre la mesa, con un mueble de madera a medida y donde escuché la muerte del papa Juan XXIII en 1963. Tres años más tarde se creaba en Radio Nacional un segundo canal dedicado a la llamada música clásica, y sumando los muchos discos de mi padre, era lógico que me aficionara a ella de crío, para ir pasando a pasión y profesión.

Llegaron los radiocasetes, y aún atesoro dos cintas grabadas en vivo cuando vino a España Leonard Bernstein con la Filarmónica de Viena y el pianista Krystian Zimerman al Teatro Real (por entonces solamente sala de conciertos) a finales de octubre de 1984 con una interpretación de nuestro “Himno Nacional” única -que recuerdan los archivos de RTVE– .

Llevo siempre sintonizada Radio Clásica en el coche, mi radio despertador otro tanto. Llegó la TDT, con una calidad de sonido fenomenal por lo que a menudo utilizo la televisión sólo para escuchar. Y no me falta una en el baño otra que funciona a pilas (se agradeció cuando “el apagón”).

Los llamados teléfonos “inteligentes” con la aplicación de RNE Audio se sumaron a las muchas opciones de seguir fiel y últimamente es la que más utilizo, pues me permite escuchar música a la carta con la posibilidad de los llamados “podcast” y así poder rescatar programas en “horas de sueño”, aunque también en el ordenador, y si lo tengo conectado a la cadena de música todavía mejor.

Celebré los 50 años de Radio Clásica con un cofre de 5 CDs (“La Música de una Historia”) donde se repasaba la historia de la música “académica” desde el Medievo hasta nuestros días con nada menos que 8o «pequeñas joyas», más un libreto con autógrafos de compositores, fotografías del equipo de Radio Clásica, y una selección de textos firmados por los  entonces trabajadores de la emisora, todo voces expertas de la radio pública.

Y en este 2026 llegaría el doble CD editado por Warner Music Spain (“Mucho más que música”) con abundantes fotos y textos de “mi familia radiofónica”, un aperitivo donde también están las sintonías de nuestra vida al otro lado de la radio «para trazar un itinerario afectivo a través de la historia de la cadena. Un viaje sonoro que conecta memoria, excelencia interpretativa y diversidad estilística» como lo presentaba la web.

A este 60 aniversario se suma 1/2 Tono, una editorial de libros de música “donde la historia se lee con los oídos y se escucha con la imaginación”. con un libro en colaboración con Radio Clásica, RNE y RTVE, titulado “Músicas para vivir mejor”, perfecto complemento donde 22 de sus actuales informadores nos dejan este relato colectivo y nos ofrecen su personal visión musical desde la óptica y línea “argumental” de los programas que dirigen. La contraportada ya nos indica que «Estas páginas exploran cómo la música influye en nuestra identidad, en nuestras relaciones, en nuestra forma de pensar y hasta en nuestra manera de habitar el tiempo». Además se acompaña de una lista de reproducción accesible desde un QR con la selección que cada uno de los participantes ha elaborado relacionada con el título  del capítulo (también en la Web).

El libro de 198 páginas, con un diseño y  cubierta de Javier Díaz Garridomarca de la casa” que sigue ampliando su catálogo (este es el cuarto y esperando que “no hay quinto malo”) lo he estado leyendo cual “rayuela” anímica (Ad libitum), mentalmente con sus voces y sintiéndome plenamente reflejado tanto en la selección y textos de cada uno y cada una, como en los propios títulos de Música para… Reír con Elena Horta, meditar con Mikaela Vergara, el duelo con Eva Sandoval, aprender idiomas con Martín Llade (en su línea habitual incluso por la extensión)… y por supuesto para despertarse feliz (Lidia Cossío), sólo por citar algunos capítulos, pero donde encontrar la música en cada momento.

Roberto Santamaría, actual director de RNE, en el Epílogo y (citado también en la contraportada) escribe que « (…) cada día se demuestra que Bach ordena el mundo, que Mahler lo ensancha, que Falla lo enciende y que Monteverdi lo consuela», porque todos están en nuestra vida y en este libro.

La radio nos mantiene informados, despiertos o acunándonos para el sueño, pero sobre todo nos hace vivir mejor. Radio Clásica es como mi hermana pequeña y no hay mayor placer que la lectura con música porque nunca termina.

En estos días se está presentando el libro, y esperando seguir cumpliendo y celebrando décadas solo queda cantar

Cumpleaños feliz ♫♪♫

Redacción actual de Radio Clásica:

Nacho Arbalejo, Fernando Blázquez, Ana Cortijo Haro, Clara Corrales, Lidia Cossío de la Iglesia, Yolanda Criado Díaz, Germán García Tomás, Carlos Hernández Sánchez, David Hervás, Elena Horta Barrio, Irene de Juan Bernabéu, Vigor Kuric, Martín Llade, Marisa Martínez Esparza, Amaya Prieto Barriuso, Ana Reina, Diego Requena, Clara Sánchez González, Eva Sandoval Díez, María del Ser, Gracia Terrén Lalana, Mikaela Vergara.

El milagro Mehta

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Viernes 12 junio, 22:00 horas. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos.Palacio de Carlos V: Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, Zubin Mehta (director). Obras de Mozart. Fotos de ©Fermín Rodríguez – Festival de Granada y propias.

He asistido de nuevo al privilegio de vivir en directo al nonagenario director hindú Zubin Mehta (Bombay, 1936) tras el concierto del pasado 19 de febrero en Oviedo, esta vez al frente de la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino (que se estrenaba en la capital nazarí), nada menos que con la trilogía sinfónica concebida por Mozart en el verano de 1788, una de las cimas de la música sinfónica y referencia fundamental en la historia de la música occidental. para la inauguración del 75 Festival (tras el previo de la noche anterior).

Mehta debutó en Granada en 1964, algo que el propio director relata en sus memorias “La partitura de mi vida”: «Mi romance con España empezó en 1964, cuando tuve el gran placer de hacer música con la Orquesta Nacional de España en la maravillosa Alhambra de Granada». En este regreso, habiendo dirigido siete conciertos a lo largo de más de seis décadas (en las ediciones de 1964, 1968, 2011 y la actual de 2026), tras su última visita bien se merecía la concesión de la Medalla de Honor 2026, reconociéndole una trayectoria excepcional que ha dejado profunda huella en la música clásica contemporánea y una relación privilegiada con el certamen granadino, como también recordaría en el acto su amigo Paolo Pinamonti.

Presente en aquel su primer concierto en este mismo recinto, estuvieron los entonces Príncipes de España, y este viernes la Reina Emérita, quien aquella noche junto a su hermana Irene de Grecia, lo llevó a ver bailar a los gitanos en las cuevas del Sacromonte, iniciando una amistad con Doña Sofía que llega hasta nuestros días, por lo que Su Majestad, reconocida y extraordinaria melómana, cercana y amiga de grandes figuras internacionales, sería la invitada perfecta para hacerle entrega al descanso de tan merecida distinción al maestro hindú. También estuvieron presentes en este emotivo concierto (retransmitido en directo por Radio Clásica y la UER) de homenaje: el ministro de Cultura, Ernest Urtasun; la alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo; el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau; la consejera de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo; y el director del Festival, Paolo Pinamonti que realizó la semblanza del maestro Mehta así como la cita a Alfonso Aijón (presente en el concierto), fundador de «Ibermúsica» y que tantas veces trajo a España al director hindú.

La web del Festival presentaba este concierto como Apasionante debut mozartiano, con otro de los grandes hitos de esta edición del Festival, “el debut de la prestigiosa Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, bajo la dirección de una de las batutas más reconocidas y admiradas del último medio siglo, Zubin Mehta. A sus 90 años, las limitaciones físicas no han mermado en absoluto la autoridad musical del maestro ni su comprensión profunda del gran repertorio internacional”, y en efecto tuvo la ocasión de “mostrarlo con la extraordinaria trilogía sinfónica concebida por Mozart en el verano de 1788, que a la postre sería culminación de su pensamiento sinfónico. Tres obras consecutivas y contrastadas, que recorren desde la amplitud luminosa hasta la tensión dramática y la afirmación final, y que resumen como pocas el genio del compositor salzburgués. Un debut de alto voltaje artístico para el Festival, a cargo de una orquesta histórica y un director esencial”.

En lo estrictamente musical, la primera parte, tras el susto de la caída desde el podio tras la laboriosa colocación desde la silla de ruedas hasta el taburete de un Zubin Mehta que nos puso el corazón en un puño, la ocuparían las sinfonías 39 y 40, donde el maestro nos hizo olvidar su estado físico porque revive con Mozart . Y la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino (en colocación vienesa con violines enfrentados y contrabajos atrás a la izquierda) se rindió al magisterio de un director que la conoce como pocos. Los años consiguen alcanzar el poso y la sabiduría para no apurar los tempi, con una gestualidad contenida y amable, la batuta reducida en movimientos pero siempre marcando la pulsación y las dinámicas exactas, mientras la mano izquierda marcaba todas las entradas, la presencia de las secciones, el fraseo amable hasta alcanzar la magia. Si la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor por los tres bemoles de la armadura esconde la simbología masónica del número 3, como nos cuenta José Luis García del Busto en las notas del programa, Mehta se erigió en Gran Maestre de la Orden Mozartiana. El Menuetto posado para saborear la maravillosa escritura del genio salzburgués con una orquesta ideal por plantilla. de sonoridad clara, con unas maderas (sin oboes) cantabiles y sobre todo un Allegro sin prisas, de “tempo giusto” que el hindú transmitió con la respuesta exacta a sus gestos, economizados, mas donde una mirada, un leve movimiento del cuerpo y permitir dejar fluir la música, dejaron el listón muy alto para “La 40”.

Parece increíble la rapidez con la que Mozart compuso esta trilogía, y un mes después de la anterior llegaba la popular Sinfonía nº 40 en sol menor, con un Molto allegro contenido para escuchar todos los detalles, de nuevo maderas al completo y trompas de empaste perfecto, más la cuerda sedosa, equilibrada con esa colocación donde apreciar que los llamados violines segundos son tan protagonistas como los primeros, y el juego instrumental que proyectan en el centro los cellos y violas. De nuevo con el Menuettto sacó a flote tanto las virtudes de los florentinos como el carisma y magisterio de un Mehta que detiene su tiempo vital y revive con el musical. Sin las ataduras del atril y con la mente clara, dirigiendo todo el concierto de memoria, el Allegro assai reafirmó que los años frenan los ímpetus para no perder ningún detalle de tanta buena música.

Tras el descanso llegaría el emotivo y emocionante acto de entrega de la Medalla de Oro presentada por Pinamonti, con los políticos de testigos mientras Doña Sofía de Grecia aplaudía a su amigo Zubin, que incluso se pondría brevemente en pie, agradecido, sonriente, y todo el público que llenaba el Palacio de Carlos V mostrándole el mismo cariño, respeto y admiración con una larguísima ovación.

Y nada mejor que soñar y volar con “Júpiter” al firmamento mozartiano, la luz de la tonalidad limpia de do mayor (sin alteraciones en la armadura), que en palabras del mencionado García del Busto, “con voluntad de superar, de resolver en positivo la tensión del heroico dramatismo de la Sinfonía en mi bemol mayor y la tragedia íntima de la Sinfonía en sol menor”. Tal parece la definición de Mehta con “su” Maggio para la Sinfonía nº 41 en do mayor, “sabiduría y altísimo oficio musicales”, pues no se puede describir mejor este soplo vital. Cada movimiento nos deleitó con unas dinámicas exquisitas, una elección de tempi perfecta y sobre todo ese Finale “claro, fluido, risueño” volviendo a tomar los calificativos de las notas al programa, con una orquesta brillante (sin clarinetes) con el rigor interpretativo y el milagro de un Mehta que dirigiendo nos hizo olvidar su frágil apariencia con la fortaleza de una carrera impecable, recibiendo los larguísimo y merecidos aplausos de un público puesto en pie que, como la orquesta, le quiere, admira y respeta a sus 90 años.

Una noche para recordar al eterno Mozart y al milagroso Zubin Mehta.

PROGRAMA:

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

I

Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, KV 543 (26 de junio de 1788)

Adagio – Allegro

Andante con moto

Menuetto. Allegretto

Allegro

Sinfonía nº 40 en sol menor, KV 550 (25 de julio de 1788)

Molto allegro

Andante

Menuetto. Allegretto

Allegro assai

II

Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter» (10 de agosto de 1788)

Allegro vivace

Andante cantabile

Menuetto. Allegretto

Finale: Molto allegro

Efecto Einaudi

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Jueves 11 junio, 22.30 h. 75 Festival de Granada, Concierto Extraordinario. Teatro del Generalife: Ludovico Einaudi. Solo piano. Fotos Álex Cámara / Festival de Granada, y propias.

Como figura en la web del festival, llegaba esta cita excepcional de aniversario (con todo vendido): Einaudi en el Generalife, antesala de la 75 edición del Festival, con el reconocido compositor y pianista italiano Ludovico Einaudi (Turín, 1955) debutando en Granada con este concierto extraordinario en el Teatro del Generalife, en gira española de Granada a Pamplona, Madrid y Barcelona hasta el día 16, y el programa Solo piano que ha grabado recientemente, a la espera de nuevo en estos días, enlazando y organizado temas con la naturalidad y sencillez del italiano.

Figura destacada en el panorama musical contemporáneo, Einaudi ha construido un lenguaje personal que trasciende géneros y públicos. Su obra, próxima a veces al minimalismo, combina claridad melódica y carga emocional profunda, conectando con audiencias amplias más allá de los circuitos clásicos tradicionales, lo que se nota por “el tirón” de todas su actuaciones, como en Granada con todo el papel vendido y colas esperando antes de abrirse las puertas. Sus composiciones para piano solo, también  para conjuntos, han sido aclamadas internacionalmente, formando parte de bandas sonoras cinematográficas y de series, consolidándolo como uno de los creadores más influyentes de nuestro tiempo.

Concierto extraordinario en todos los sentidos para comenzar oficialmente este viernes la septuagésima edición del festival granadino, apostando por “música sin etiquetas” como me gusta llamarla, y nadie mejor que el pianista italiano que rompe barreras, aunque los que peinamos canas asociemos su música a la por entonces llamada “New Age” donde el estadounidense George Winston marcó estilo siendo un superventas parecido al inglés Michael Nyman, y que ahora el turinés parece tomar el relevo.

Con una amplificación no de la calidad esperada, pero con los efectos de reverberación y delay habituales en sus grabaciones, sumándole un excelente uso de los pedales, Einaudi embrujó a todo el Generalife que siguió la actuación en un silencio sepulcral, relajante, cual «salvapantallas sonoro» de casi dos horas, donde ir desgranando y enlazando temas de una carrera longeva como el propio artista comentaría (en inglés) tras el primer bloque. Su música, como él la definió, es un lienzo desde el piano donde puede pasar de la brocha al lápiz, un paisaje que nunca es igual, como en cierto modo entendían los impresionistas, el mezclar colores  directamente en el óleo que para Ludovico es el piano, con el fondo de los cipreses imperiales.

En el Generalife ofreció una velada única e irrepetible, un concierto o mejor recital íntimo, donde “invita al público a sumergirse en un universo sonoro íntimo y universal, donde cada nota parece hablar en silencio. El programa propone un viaje emocional por una obra que trasciende géneros y fronteras, caracterizada por su minimalismo lírico, su profundidad expresiva y una conexión directa con el oyente”. A través del piano solo, fuimos disfrutando casi de un muestrario de todos sus trabajos, pues el autor interpretó algunas de las piezas más queridas de su repertorio junto con otras menos conocidas, y composiciones de sus trabajos más recientes, tal y como lo presentaba el programa de mano.

En su biografía destaca “que se ha formado en el Conservatorio de Milán bajo la guía de maestros como Luciano Berio. Einaudi ha sabido destilar la complejidad de la vanguardia para alcanzar una «esencialidad máxima». Desde su debut con Le Onde hasta su reciente e íntimo proyecto Underwater –gestado en el silencio del confinamiento–, su carrera ha sido una búsqueda constante de la pureza. Ya sea interpretando su célebre Elegy for the Arctic sobre el hielo del océano Ártico o bajo las estrellas en el Generalife (como en esta noche nazarí), Einaudi demuestra que, en un mundo ruidoso, su piano es el refugio donde el silencio y la emoción finalmente se encuentran”.

Cual cuadros de una exposición donde el italiano iba pintando al piano mientras el público contemplaba cada lienzo, el color inicial casi etéreo, por el empleo del registro agudo, iría ganando en intensidades cuando aparecían unos graves potentes, pinceladas donde el trazo cambiaba con irisaciones ayudadas por el técnico de sonido en un piano peculiar por esa sonoridad casi electrónica. No hace falta aplicar conceptos academicistas de acordes, tonalidad, cadencias, ni siquiera frases que esperamos se repitan y evolucionan sutilmente, simplemente dejar fluir sonidos y sensaciones.

Las notas prosiguen en el apartado Referente internacional de la música contemporánea que Ludovico Einaudi no es solo un pianista; es un referente indiscutible de la música contemporánea, una figura que ha logrado lo que parecía imposible para un compositor de formación clásica: derribar las barreras entre géneros y conectar con el alma de millones de personas en todo el mundo. Su nombre es sinónimo de un éxito sin precedentes, siendo el único músico de su disciplina capaz de batir récords de permanencia en las listas de éxitos internacionales, compitiendo con los grandes iconos del pop y el rock, y llenando los auditorios más prestigiosos del planeta, desde el Royal Albert Hall hasta la Sidney Opera House”.

Noche con el «Efecto Einaudi» para un público heterogéneo, intergeneracional, que vivimos un recital distinto, casi como de musicoterapia para una total relajación y disfrute emocional, banda sonora sin imágenes, donde cada uno puso las suyas, puede que en parte por los muchos vídeos que están en las distintas redes sociales del italiano, hoy auténtico soporte vehicular de esta música de nuestro tiempo que escapa a las etiquetas tradicionales.

PROGRAMA y enlaces:

Ascent
Jay
(* 10)
Melodia Africana
(* 3)

Memory One (* 4)
Swordfish

Tu sei
Elegy for the Arctic
(* 16)

Le Onde (* 1)
Oltremare

Low Mist 1
Birdsong
Devils
Low Mist 2
Una Mattina
(* 7)

Experience (* 14)
Divenire

I giorni (* 5)

(* X número de pista en su CD “Solo piano” ©2026)

Música para la Granada Imperial

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Martes 9 de junio, 22:00 horas. 25 FEX, Palacio de Carlos V: Concierto extraordinario “Música para un centenario. Estelas de Carlos V”. Coro Manuel de Falla (Juan Ignacio Rodrigo, maestro de coro) y Orquesta de la Universidad de Granada, Gabriel Delgado (director). Obras de F. Jusid, García Abril y J. Lopez-Montes.

La presentación de este concierto que llenó el palacio imperial, decía: «Un concierto que, con motivo del V Centenario de la UGR, explora el legado de Carlos V a través de tres miradas sonoras, desde la evocación histórica hasta la creación contemporánea». Y tras las fanfarrias a lo largo de día entrábamos a palacio para disfrutar de juventud y buena música.

Me alegra comprobar que las universidades españolas son una cantera musical, una afición como pueda ser la coral, como la orquestal donde comprobar el altísimo nivel de una juventud preparada que poco a poco va ocupando atriles en las profesionales, y siendo la labor docente como la realizada por la Universidad de Granada de alabar. Con una orquesta inmensa, de amplia mayoría femenina, especialmente en la cuerda, bastante equilibrada en plantilla y la acústica siempre increíble de este marco incomparable, la noche (no prevista para mí) arrancaba con música de cine, la de Federico Jusid (1973) organizando una suite con dos series televisivas (Isabel de 2021, y Carlos Rey Emperador tres años después) con la que mis antiguos estudiantes conocieron un poco de nuestra historia, aquí hecha música desde nuestro tiempo mostrando la oposición de caracteres de ambos personajes. Carácter épico que va transformándose hacia lo lírico antes de la explosión final de esta página sinfónica muy bien llevada por el maestro Gabriel Delgado, buen conocedor y director, exprimiendo al máximo a estos jóvenes instrumentistas, atento siempre a los detalles a los que le respondieron todas las secciones.

Del turolense García Abril se eligió para la ocasión el poema sinfónico Alhambra (1996-1998), aprovechando la propia historia hispano-germana (la obra fue un encargo de la Rundfunk-Sinfonieorchester Berlin para sus 75 años) no solo el entorno donde el Palacio representa al Emperador Carlos V, sino también la plantilla, que dejo  a contiuación para ver la magnitud: 3 (pic) – 3 (crn ing) – 3 (req, cl b) – 3 (cfg) – 4.3.3.1.1 – 5 perc, ap, pf – cuerda). Intervenciones excelentes de los solistas (no tengo sus nombres), desde la concertino al clarinete y oboe, con una orquesta muy empastada con unos metales siempre presentes. Partitura con el sello sinfónico de un compositor completo que también nos dejó unas bandas sonoras y televisivas que muchos conocemos aunque la mayoría desconozcan su autoría.

Asistir a un estreno siempre es un privilegio y nuestros compositores actuales no siempre tienen la posibilidad de que se escuchen sus obras, pero al menos los encargos de distintas instituciones, solistas o incluso orquestas, no solo motivan la creatividad sino que logran ampliar un repertorio que es el nuestro y era norma antes de lo que se ha convertido en repertorio. Aplaudo ue se sigan programando obras nuevas, más aún cuando se mezcla lo sinfónico-coral con la electrónica, poco habitual en parte por la complejidad de los montajes. En esta ocasión se contó con el propio músico, José López-Montes (Guadix, 1977), que presentaría su obra: Icnofonía. Diferencias sobre el Delphin de Narváez y sobre la icnografía del Palacio de Carlos V.

López-Montes, catedrático de «Tecnología musical» en el Conservatorio Superior de Granada, muestra interés, como él mismo refleja en su web, «en el trabajo tímbrico-armónico, la composición algorítmica y la sinestesia, con obras aúnan síntesis de vídeo, tecnologías de espacialización sonora y programación de herramientas de composición asistida por computadora, combinando elementos tales como autómatas celulares, algoritmos genéticos, gramáticas generativas o sonificación de datos. Su producción abarca una amplia variedad de instrumentaciones, técnicas y planteamientos escénicos».

El acitano de prolífico catálogo, nos explicaría antes del estreno, que esta composición es una instalación octofónica por encargo de la UGR,  pensado para el propio Palacio de Carlos V desde el pasado (la vihuela de Narváez y su “Delphin”) y presente, inspirado en la arquitectura renacentista de esta joya monumental con la obsesión por la geometría traducida a la música; también utiliza textos de la poeta y musicóloga franco-libanesa Katia-Sofia Hakim (Bayona, 1988), Garcilaso de la Vega, el granadino Ibn al-Jatib, Juan Boscán, el embajador de Carlos V Andrea Navagero y anónimos, tanto grabados como cantados.

Composición muy interesante y compleja de dirigir e interpretar, pues a una orquesta poderosa se sumaba el Coro Manuel de Falla que dirige Juan Ignacio Rodrigo, más la impactante parte electrónica que en momentos es protagonista y en otros se suma a la masa instrumental, alcanzando una tímbrica que pasa de lo inquietante a lo onírico. Aunque mi ubicación trasera no me permitió la escucha envolvente que los altavoces colocados en torno al círculo «abrazaban» los oídos e incluso parecían rebotar en las piedras centenarias, me pareció encontrar partes de sampleo sinfónico-coral manejadas por el propio compositor dentro de la propia orquesta, para esta feliz conjunción entre pasado y presente. La labor del director canario Gabriel Delgado fue admirable, desde el trabajo con unos músicos sobresalientes (espectaculares los percusionistas), un coro atento, afinado y con buena proyección frente al bloque sinfóncio, hasta el producto final de un directo siempre irrepetible, con unas sensaciones de poder estar asistiendo a todo un espectáculo sonoro.

Ya con tiempo pude leer el programa con notas extendidas de Marina Hervás Muñoz, profesora contratada doctora en el Departamento de Historia y Ciencias de la Música de la Universidad de Granada. De ellas quiero destacar la inclusión de los textos utilizados y su traducción, así como dejar algunos párrafos que ayudan a una mejor comprensión de este estreno:

«(…) Ya en el título se nos presentan sus dos ejes principales: de un lado, la «diferencia», el término renacentista para las variaciones, con la salvedad de que no son solo instrumentales –como acostumbraba a ser en la época–, sino también vocales. Estas diferencias se hacían sobre música, por lo general, muy conocida. Aquí se juega con la tensión entre lo que nos puede sonar conocido y su extrañamiento, en la medida en que parte de los materiales son del Delphin de música de Luys de Narváez, vihuelista granadino vinculado a la corte imperial. Fragmentos de esa música son absorbidos, transformados y orquestados hasta dialogar con sonoridades contemporáneas, revelando también su modernidad latente.

De otro lado, suena el propio Palacio. Tal y como explica José López-Montes: «Icnofonía es una palabra inventada a partir de icnografía, que es la representación gráfica de la planta de un edificio. Icnofonía podría traducirse, pues, como su equivalente sonoro, y por tanto, una suerte de sonificación de las proporciones que se encuentran en una estructura arquitectónica horizontal». La electrónica, distribuida en un dispositivo octofónico que rodea al público, prolonga del octógono presente –aunque no de manera evidente– en la arquitectura del Palacio, algo que refuerza, aún más, su conexión con la tradición andalusí y la Alhambra. El coro, además, canta sobre textos de varios autores de distintas procedencias (…). Los poemas tratan de ampliar las numerosas capas de significado que se pueden extraer del Palacio: la transformación de la ciudad, la vida personal e íntima de los emperadores o el dolor bélico. A ello se suman voces, grabaciones y ecos del paisaje sonoro contemporáneo del monumento, como si la propia arquitectura conservase aún estratos de escucha acumulados durante siglos y que en Icnofonía se nos presentan como ecos espectrales a lo que solo hay que prestar oído. Es una invitación, entonces, a invocar a los «Icnos (ἴχνος)» –que significa «huella, rastro, pisada»– del Palacio, con el anhelo de que quiera revelarnos el enigma de su silencio».

Éxito de público y aplausos para todos los participantes, con dos propinas. No podía faltarnos Falla y de El sombrero de tres picos y el final de las seguidillas y farruca, homenaje a este granadino de adopción con la cuerda de la orquesta algo desbalanceada tras el esfuerzo previo, pero totalmente entregada al maestro Delgado, y todos entonando el muy logrado arreglo del himno universitario Gaudeamus Igitur con el público en pie y algunos entonando las estrofas elegidas.

PROGRAMA:

Federico Jusid (1973)

Suite Isabel / Carlos, Rey emperador (2012-2016)

Antón García Abril (1933-2021)

Alhambra, 1996-1998

José López-Montes (1977)

Icnofonía. Diferencias sobre el Delphin de Narváez y sobre la icnografía del Palacio de Carlos V (2016, estreno absoluto, encargo de la UGR)

La música por Granada

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Martes 9 de junio: 75 Festival de Granada, 23 FEX (Festival del Extensión).

Fanfarrias. Ensemble de Metales de la Federación Granadina de Bandas de Música (FEGRABAND). Puerta Real (12:45 horas), Plaza Bib-Rambla (12:45 horas), Hotel Victoria (20:00 horas) y Palacio Carlos V (21:30 horas). Obras de Tárrega, Beethoven, Puccini, Óscar Musso, Gustav Holst y Wagner.

Granada ya respira música en la calle y en mi día 1 en la capital nazarí me encontré como aperitivo el FEX (Festival del Extensión) que lleva un montón de actividades artísticas por la ciudad y su provincia. Los voluntarios reparten los folletos para seguir cada día paseando por la ciudad y encontrarnos sorpresas como las Fanfarrias, esta vez con un “ensemble” de ocho trombones de distintas edades, músicos que ya están tocando en las distintas bandas de música granadinas y agrupados en la FEGRABAND.

Buscando la sombra y a la puerta del edificio de Correos en Puerta Real, mi primera parada y la de muchos paseantes que se detenían a escuchar uso arreglos “corales” por las voces utilizadas y variando épocas y estilos. Mi amigo Fermín Rodríguez es fotógrafo profesional (Ferminius) con quien sigo charlando en mi “segunda casa” y me pilló preparando el teléfono para mis instantáneas con el móvil (me reconozco adicto) y son las que suelo acompañar cada entrada del blog, y que además no tenía prevista hasta el jueves.

Un breve paseo hasta la siempre concurrida Plaza Bib-Rambla y sentado en una terraza porque era  ya hora de mi primera cerveza granadina, nuevamente el público se asombraba de la sonoridad tan especial de lo que los guiris llamarían un “Brass Ensemble” y casi homenaje el conocido Amazing Grace. Banda sonora de la mañana antes de volver a mis aposentos, pues quedaba mucho por la tarde. 

Por deformación profesional en la tarde volví a seguir, como los niños de Hamelín, a los trombonistas que cambiaban de director pero mantenían las obras, aunque alternando el orden, y en la tarde regresaba a Puerta Real, donde desde el primer piso del Hotel NH Collection Granada Victoria (que ya disfruté en otros viajes), como es habitual en tantas ciudades con tradición musical y festivalera, la Fanfarria anunciaba que en nada arranca la edición del emblemático festival, 75 años que también conmemoran los 150 años de Falla, uno de los ideólogos del mismo junto a Federico allá por 1922, y cuya música estará presente a lo largo de un mes intenso, esperando ir contándolo.

Camino del primer concierto nocturno, tras tomar el microbús que nos lleva hasta La Alhambra, a rebosar ambos, delante del Palacio Carlos V cerraba esta “trombonada” del martes aún sonando la obertura de Tannhäusser, tan imperial y adecuada antes de acceder a un espacio y día tan especial, que contaré en la siguiente entrada.

Vientos del Este

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. “Mudanza”, abono 16 OSPA, Vadym Kholodenko (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Enescu, Liszt y Bartók.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa que el titular Nuno Coelho nos comentó en el encuentro previo, cada vez con mayor asistencia, y destacando la conexión con la Europa del Este. Junto a Fernando Zorita desgranaron las tres composiciones, haciéndonos partícipes de cómo los momentos más amargos de la vida puede crear obras de arte bellísimas, tanto en literatura como en la música que nos ocupa. Si este primer viernes de junio pocos noticiarios televisivos se hacían eco de una frase «escupida» (y estúpida) por algún político madrileño que «el calor inspira» (por las condiciones asfixiantes de alumnos y docentes en un cambio climático aún negado por tantos), queda mejor decir que «el dolor inspira».

Músicas de Rumanía y Hungría en épocas convulsas que van más allá del folklore y donde cada compositor vuelca una escritura sinfónica exigente para poner el broche de oro final a esta temporada de abono (en breve se presentará la próxima como así nos hicieron saber incluso el gerente Oriol Roch antes de comenzar el concierto con algún «chivatazo» que me callo). Los 35 años de OSPA se notan al alcanzar un momento dulce de feliz conjunción entre veteranía y juventud (ha comenzado poco a poco la renovación en parte de la plantilla, pues a todos llega la esperada jubilación) esperando se cubra la plaza de concertino (esta vez volvía Aitor Hevia de invitado), con un Nuno Coelho afianzando una formación que ya tiene identidad y sonoridad propia, trabajando amplios repertorios de todas las épocas que van enriqueciendo también a los abonados, esperando se sumen más, pues van menguando y es una lástima lo que están perdiéndose tantos aficionados asturianos de la que es «nuestra orquesta».

Tristemente el rumano-francés Enescu (o castellanizado Enesco) pasará a la historia por sus dos Rapsodias Rumanas op. 11, compuestas en París entre 1901 y 1902, siendo la más popular la primera en la mayor, elegida para abrir este último de abono que mantiene el «orden decimonónico» y que es virtuosa para toda orquesta. Pero calentar motores con ella ya deja a los músicos listos para «lo que les echen», enlazando con las húngaras de Liszt, deudoras incluso por la denominación «rapsodia» en el contexto de composición musical que probablemente se origina con el endemoniado y arrepentido abate que descansa en Bayreuth. Desde cierto aires folklóricos las rapsodias prometen una música que suena salvaje e improvisada, y la Rapsodia nº 1 de Enescu seguramente cumple esta promesa, proporcionando electrizantes melodías sucesivas con un aire de espontaneidad y un final frenético. Desde el inicio del clarinete solo, contestado por la flauta y oboe que marcan un paso de baile muy zíngaro, la alegría se hace contagiosa. Si la madera al completo es un seguro de calidad, la cuerda asturiana (incluso la pareja de arpas) sigue siendo un lujo de empaste, sonoridad amplia y limpia, con fraseos bien encajados y tímbricas variadas (excelente la viola en su intervención). Los metales cada vez más seguros, afinados, homogéneos, ricos además de matizados. Y la percusión la reafirmación de una OSPA recia, robusta, precisa y haciendo excelente música siempre bien llevada por la mano maestra de un Coelho que no solo la mantiene sino que la ha hecho mejorar como los buenos vinos de su tierra, exigiendo y «apretando» en unos tempi donde si no se arriesga falta bouqué, pero lo logró tras un final de curso en plena forma.

Si Enescu fue un virtuoso del violín, Liszt lo sería del piano, y sus dos conciertos una prueba de fuego para todo intérprete. El pianista ucraniano Vadym Kholodenko (Kiev, 1986) afrontó el menos interpretado segundo -en la mayor S. 125-, escrito desde 1839 pasando de Roma a Weimar (donde lo estrenaría en 1857 para volver a revisarlo sobre todo en la orquestación, y publicarse finalmente en 1863), como bien recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa. Si la interpretación parece fácil a la vista del oyente es muestra de un virtuosismo bien entendido, sin excesos cara a la galería, pero con una exigencia casi atlética ante los pasajes en fff más la delicadeza de otros que parecen beber del Chopin en el París, entonces capital musical. Obra escrita como un único y largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas y con una orquestación para gran plantilla (tres flautas -una doblando a piccolo-, oboes, clarinetes y fagotes a pares como las trompas y trompetas, más tres trombones, tuba y percusión con gong y timbales amén de la cuerda), el piano tiene momentos donde se suma a la sonoridad global en una transformación temática típica del compositor húngaro, junto a otros donde mostrar la escritura del Liszt virtuoso que hacía desmayarse a sus oyentes femeninas. No está al alcance de todo intérprete lograr y reflejar este catálogo emocional, pero el ucraniano, bien concertado por el portugués, nos brindó una interpretación precisa, rica en dinámicas, limpia de ejecución y ese dúo con el chelo de von Pfeil camerístico de perfecta simbiosis entre ambos (siendo muy aplaudidos) con una orquesta bien balanceada en las partes «dialogadas», conjunción ideal para escuchar todo lo escrito.

La propina de Kholodenko sería Prokofiev y el Preludio, nº 7 de las «10 piezas para piano» opus 12), vivo y delicado como se indica en la partitura, técnicamente impecable, delicado y contenido, de sonoridad deliciosa  y ejecución con mucho fondo.

Y tras una primera parte donde la OSPA ya mostró «músculo», el mejor cierre sinfónico vendría con el Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 del Bartók entonces emigrado a los EEUU y famélico, con este encargo casi  como una ayuda económica para poder subsistir. Obra cumbre del repertorio orquestal del siglo XX, Gallego de Torres escribe:

«Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción de lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”. Las palabras de Bartók sobre su Concierto para orquesta compuesto en el exilio en Nueva York al final de su vida (fue estrenado en Boston en 1944, falleciendo el fascinante compositor y etnomusicólogo en 1945) nos sitúan en la estructura de este concierto simétrico en cinco movimientos. El tercero, gozne entre los primeros y los últimos, es una abierta y lancinante manifestación elegíaca, que no nos deja sentirnos indiferentes y que nos sirve de mudanza del “mundo de ayer” (Zweig) a la modernidad».

Dolor y esperanza que la OSPA desplegó en esta maravillosa página donde dejar constancia de todas las virtudes que atesora, con Coelho dejando fluir la música, brillando los primeros atriles, cada sección rivalizando en mostrar su calidad, plantilla equilibrada y el entendimiento que sólo con los años se consigue. La orquestación es grandiosa: 3 flautas (una doblando al flautín), 3 oboes (tercero doblando al corno inglés), 3 clarinetes (tercero doblando al clarinete bajo), 3 fagotes (tercero doblando al contrafagot), 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, amplia percusión (con timbales, bombo, caja, platillos, triángulo y gong) más la cuerda con 2 arpas.

La Introduzione desplegó presión en una cuerda tersa con metales poderosos y tras la extenuación las maderas relajando con unos solos equilibrando sensaciones sonoras. Arranque marcial de la caja y una madera camerística en el Giuoco delle coppie, arrullada por los violines y empujada por unos graves siempre presentes, donde en la Elegía devolverían dolor, maderas cual brisa que va ganando fuerza bien marcada desde la batuta hasta un clímax del tutti conmovedor, impactante, sonoridad asturiana capaz de sutiles pasajes y desgarradores momentos. Al menos el popular (y conocido por ser sintonía radiofónica) Intermezzo interrotto nos devolvió luz, ritmo, rubati bien llevados por las manos del maestro portuense con la respuesta precisa de «su» orquesta, tras esa melodía inicial del oboe y la flauta, la cuerda sedosa fraseando co un empaste global, y el saltarín juego del clarinete, las varas, la contestación frotada, explosiones vitales que alternan melancolía y optimismo. El Finale Presto nos llevaría a ese éxtasis sonoro, virtuoso, sin complejos, reguladores increíbles para la conclusión esperada y esperanzadora de otra temporada madura donde «el dolor inspira» conciertos tan ideales como este final de curso. El próximo ¡más y mejor! con sorpresas que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA:

GEORGE ENESCU (1881-1955)

Rapsodia rumana nº 1 en la mayor, op. 11 (1901-02)

FRANZ LISZT (1811-1886)

Concierto para piano nº 2 en la mayor, S. 125 (1861-63):

Adagio sostenuto assai – Allegro agitato assai – Allegro moderato – Allegro deciso – Marziale un poco meno allegro – Allegro animato – Stretto: Molto accelerando

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 (1943):

I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace

II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando

III. Elegia: Andante non troppo

IV. Intermezzo interrotto: Allegretto

V. Finale: Pesante – Presto

El Barroco triunfa en Oviedo

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Domingo 31 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Georg Friedrich Händel (1685-1759): Ariodante, HWV 33 (ópera en versión de concierto). Libreto anónimo adaptado del libreto Ginevra, Principessa di Scozia (1708) de Antonio Salvi, basado en el poema Orlando furioso de Ludovico Ariosto (1532). Estrenada en Londres el 8 de enero de 1735. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una semana intensa con mucha y buena música para finalizar mayo con esta joya del barroco (llega el martes al Teatro Real) que volvió a llenar el auditorio ovetense porque se unen la pasión por la lírica y el «tirón» que tiene hace años una primavera barroca, hoy penúltimo del ciclo «Los Conciertos del Auditorio». Cuando además hay calidad, siguen funcionando las óperas en concierto, incluso con duraciones superiores a las tres horas sin que nadie marchase al descanso.

Los conciertos de la formación fundada en 1999, casi habitual en Oviedo, y con Andrea Marcon como director artístico desde 2009, son siempre una apuesta segura en cualquier repertorio en el que son verdaderos especialistas, y en esta Ariodante volvieron a demostrarlo. Con una plantilla, que dejo al final de esta entrada, con ocho violines (4+4), violas y cellos a pares, un contrabajo, más dos oboes, añadiendo el fagot impecable en el bajo continuo junto al clave y la tiorba, sumando dos trompas impecables en sus intervenciones, más la puntual pareja de trompetas en igual nivel, La Cetra arropó al sexteto de solistas con seda y terciopelo, más raso y satén, distintas texturas, colores, consistencia, densidad y peso siempre a medida de cada voz bien elegidas por el maestro Marcon. Resulta difícil en concierto dar vitalidad a una ópera como esta de Händel, y las seis voces elegidas resultaron homogéneas, entregadas, algunas demasiado pegadas a la partitura que impide por momentos mayor gestualidad, incluso estar dirigiéndose a un personaje que no estaba en el escenario, pero cada rol se defendió con estilo, proyección, musicalidad, compenetración, empaste, afinación y una orquesta que siempre mimó las voces.

El barroco vocal es exigente especialmente porque cada cantante es como un atleta sometido a un esfuerzo físico y donde los años pueden pesar. La llamada «instrumentalización de la voz» requiere unas agilidades y ornamentos con un fiato que puede llegar a extenuar en las intervenciones rápidas, pero el anglo-alemán dejaba para las arias lentas toda la carga emocional y expresiva como así lo demostró todo el elenco, independientemente de la mayor o menor presencia en un libreto donde la proyección de los subtítulos en castellano tuvo incluso su propio argumento, «muriendo» con Ariodante y «resucitando» tras la falsa noticia.

Del análisis de Ariodante y «Händel en su laberinto» remito a las notas al programa del sevillano Pablo J. Vayón, siempre enriqueciendo la escucha posterior, y que dejo enlazadas.

Si de La Cetra Barockorchester Basel y su «alma mater» Andrea Marcon ya comentaba la perfección y los trajes a medida a lo largo de los tres actos (con pausa en el número 44 del segundo acto), del reparto vocal sólo con decir que la checa Magdalena Kožená no estuvo al nivel del resto ni resultó como en ella era de esperar (y fue ganando a lo largo de la ópera), sus compañeros lograron el equilibrio necesario para una ópera que brilló en todo.

Por sensaciones siempre personales, me gustó la Ginevra de la soprano rusoestadounidense Erika Baikoff que volvía a Oviedo tras su Hansel y Gretel en la temporada de ópera, y el décimo de abono de la OSPA hace poco. Si entonces destacaba «su voz clara, ágil, de excelente proyección y volumen suficiente», sigue siendo cautivadora, luminosa, brillante, «verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices (…) de enorme expresividad» que interpretó el papel de princesa impregnado de la evolución dramática desde el enamoramiento (Volate amori) al sufrimiento (Mi palpita il core), con recitativos y arias impecables (Si, morró), dúos bien empastados y encajados con Dalinda -con el «equívoco tímbrico» y argumental por el parecido de color vocal- y con Ariodante. Cada aria arrancó los aplausos de un público rendido a la Ginevra.

La soprano israelí Shira Patchornik fue todo un descubrimiento como Dalinda. Resultó la más desenvuelta en escena sin el peso del papel (apenas dos escenas con tableta), bien memorizado y expresivo, ideal desde su primera intervención y el aria Apri le luci para ir ganando en Il primo ardor emocionante, aún mejor en el acto segundo (muy sentida en Se tanto piace al cor), muy grande en el tercero (agilidades perfectas de Neghittosi or voi che fate), dúos perfectos (el Dite spera con Lurcanio) y una técnica primorosa para las «envenenadas» agilidades siempre cantadas con limpieza y proyección sin perder un color brillante en toda su amplia tesitura.

Cual Giovanni Carestini, el famoso castrato para el que Händel escribió muchos papeles (incluyendo el estreno de Ariodante), un más que agradable descubrimiento me resultó el contratenor francés Christophe Dumaux, otro de los más aplaudidos (y coincidiendo con la salida a escena de Ariodante), como Polinesso, y no lo escribo por esa rara afinidad mía con «los malos de las óperas», sino por todas las cualidades vocales exhibidas de principio a fin, impresionantes sus agilidades y expresividad. Dotado de una técnica asombrosa siempre al servicio de la partitura, con plena convicción interpretativa y escénica, desde un color que no perdió ni en el cambio al grave natural con ese registro y rolque pide ser incisivo y oscuro.

Ya he perdido la cuenta de las veces que he disfrutado de Magdalena Kožená. Mi primera entrada en el blog fue precisamente con La Cetra diez años atrás, y más recientemente en Granada en 2023 y 2025. La mezzo checa sigue manteniendo el carisma que la acerca a públicos heterogéneos. Mantiene su técnica impecable, unos agudos y medios todavía rotundos más curiosamente con los años ha perdido el color y volumen del grave. Supongo que Marcon la conoce como pocos directores, y apuró las dinámicas en esos pasajes para permitirnos seguir disfrutando de unas agilidades algo apuradas en las arias rápidas (Con l’ali di costanza y Tu, preparati a morire) o para encajarlas con el ensemble, reposando en los cambios de aire antes del «da capo», pero sobre todo en las más profundas y expresivas. Kožená volvió a ponernos la carne de gallina en el aria  Scherza infida, tiorba perlada y fagot meciendo el continuo, elegancia y empaste en los dúos con Ginevra o el monumental arranque del acto tercero con las arias Numi! Lasciarmi vivere, expresividad y emociones compartidas, recuperando sensaciones en Cieca notte, en unos graves muy mimados tras de sí, y sobre todo en la rápida Dopo notte, como si avanzando la representación la checa fuese encontrándose más cómoda en unas agilidades siempre endemoniadas, aunque con Marcon y La Cetra no lo parezcan.

El tenor chileno nacido en Suiza Emiliano González Toro mantuvo el nivel de calidad en su doble papel de Lurcanio, hermano de Ariodante (muy bien en las arias lenta Del mio sol vezzoi rai y rápida Tu vivi) y como Odoardo, un cortesano, de timbre ideal para este repertorio, bien empastado en los recitativos.

Y otro tanto con el barítono español José Antonio López, otro de mis conocidos en Oviedo y Granada, que fue de menos a más como Rey de Escocia, seguro en cualquier repertorio y que se lució en sus arias Voli colla sua tromba junto al impecable dúo de trompas, el aria Piú contento e piú felice, agilidades claras y el carnoso registro medio y agudo, sin perder mucho volumen en el grave. Mejor aún por lo emotivo y el fraseo ideal en la recogida Al sen ti stringo siempre «mimado» por Marcon y La Cetra.

Buena despedida lírica de esta temporada en Oviedo, donde remarcar que sin necesidad de figuras de renombre mundial, que también llenan, agradezco primen los repartos homogéneos y seguir disfrutando de títulos como los barrocos que mantienen la afición.

REPARTO

Magdalena Kožená (mezzosoprano): Ariodante, enamorado de Ginevra.

Erika Baikoff (soprano): Ginevra, hija del rey.

Christophe Dumaux (contratenor): Polinesso, duque de Albany

Shira Patchornik (soprano): Dalinda, amiga de Ginevra.

Emiliano González Toro (tenor): Lurcanio, hermano de Ariodante / Odoardo, un cortesano

José Antonio López (barítono): Rey de Escocia.

La Cetra Barockorchester Basel

MÚSICOS:

Violines primeros:

Katharina Heutjer, concertino – Johannes Frisch – Christoph Rudolf – Sue-Ying Koang

Violines segundos:

Germán Echeverri Chamorro, principal – Ildikó Sajgó – Cecilie Valter – Petra Melicharek

Violas:

Sara Gómez, principal – Lorenzo Rosato

Violonchelos: Jonathan Pešek, principal – Amélie Chemin

Contrabajo:

Fred Uhlig, principal

Oboes:

Georg Fritz – Priska Comploi

Fagot:

Carles Cristobal

Trompas:

Alessandro Denabian – Dimer Maccaferri

Trompetas:

Andreas Lackner – Thomas Steinbrucker

Clave:

Andrea Buccarella

Tiorba:

Lorenzo Abate

Andrea Marcon (director)

En femenino plural

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Crítica para LNE del domingo 31, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo concierto de abono de la actual temporada de la OSPA y programa marcado por una significativa presencia femenina. Sobre el podio, la directora estonia Kristiina Poska (Türi, 1978); en el atril, el estreno en España de Transience de su compatriota Elis Hallik (Pärnu, 1986), escuchada por vez primera tanto en Gijón (jueves) como en Oviedo (viernes); como concertino invitada, la violinista polaca Joanna Wronko; y hasta las notas al programa llevaban firma femenina, las de la pianista, gestora y musicóloga coruñesa Marta García Teijido. Todo ello en un concierto que hacía honor al título de esta crítica: un auténtico “femenino plural”.

La velada añadía además otro estreno español, el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (St. Louis, 1972), escrito para el británico Adam Walker (Retford, 1987), encargado de defender una partitura tan exigente como comunicativa. Un programa inteligentemente construido, alternando creación contemporánea y gran repertorio romántico.

Resulta esperanzador comprobar cómo muchas obras nuevas parecen recuperar ciertos cánones expresivos y narrativos que durante décadas parecían proscritos. Así ocurrió con Transience, cuya compositora, presente en la sala, recibió una cálida y unánime ovación. La obra, de apenas once minutos, propone una intensa reflexión sonora sobre lo efímero: la fugacidad del instante que desaparece pero deja huella. Como explicaba Poska en el encuentro previo, Hallik trabaja “la idea de aquello que nos atraviesa y se desvanece, casi como una luz suspendida en el tiempo”.

La escritura, de gran refinamiento tímbrico, alterna momentos de explosión sonora con otros de contemplativa suspensión, en un discurso que convierte el silencio en elemento estructural. La cuerda de la OSPA, tratada casi coralmente —tan propia de la tradición musical estonia—, respondió con admirable concentración, logrando esa atmósfera entre lo tangible y lo inaprensible que exige la compositora. Hubo compenetración absoluta entre Poska y Hallik, dos músicas nacidas bajo la misma geografía báltica y aparentemente unidas por una idéntica concepción del sonido.

El Concierto para flauta de Kevin Puts ofreció un paisaje sonoro muy reconocible desde la tradición estadounidense, con ecos de Copland o Bernstein, especialmente perceptibles en sus amplias melodías y en un sentido casi cinematográfico de la orquestación. Adam Walker fue el mejor embajador posible de una partitura escrita claramente a su medida, llena de exigencias técnicas y amplios vuelos líricos. El primer movimiento, Con gran sinceridad y afecto, desplegó una escritura brillante y de corte casi clásico para la flauta solista, mientras que el central, Juguetonamente, con creciente agitación, escondía un ingenioso guiño al célebre Concierto nº 21 de Mozart, reconocible incluso en la presencia del piano, aunque hábilmente reformulado dentro del lenguaje de Puts. El final, Muy rápido, con una sensación de desenfreno, convirtió la obra en un auténtico “tour de force” colectivo: percusión extenuante, cuerda participando con palmas en el final, y una sensación rítmica casi vertiginosa que Walker resolvió con virtuosismo deslumbrante. Todo con el sólido respaldo de una OSPA muy implicada y atenta en cada detalle a la precisa dirección de Kristiina Poska, siempre elegante y clarísima desde su característica batuta sostenida con la mano izquierda.

Como propina, el flautista británico regaló una impresionante lectura de Density 21.5 de Edgar Varèse, demostrando una vez más su extraordinario dominio técnico y expresivo.

La segunda parte devolvía el protagonismo al gran repertorio con la Sinfonía nº 3 “Escocesa” de Mendelssohn. Poska la dirigió íntegramente de memoria, mostrando un conocimiento profundo de la arquitectura de la obra y un admirable equilibrio entre las secciones de la orquesta asturiana. La directora estonia apostó por tempi vivos y un discurso muy fluido, especialmente convincente en el final “guerrero y majestuoso”, evitando cualquier tentación de pesadez romántica. Muy logrado también el Adagio cantabile, fraseado con sensibilidad y naturalidad, mientras la OSPA respondía con madurez y empaste a una lectura refinada y orgánica. Mendelssohn, el compositor viajero fascinado por Escocia, encontraba así una recreación de acentos nórdicos y sensibilidad báltica, pero también impregnada de ese salitre musical asturiano que la OSPA lleva décadas incorporando a su personalidad sonora.

Excelente propuesta de penúltimo abono, equilibrando contemporaneidad y tradición con naturalidad y coherencia. Lástima, una vez más, el preocupante vacío de butacas en una cita de semejante nivel artístico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience *estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta *estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace

III. Adagio cantabile

IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

Apostando por lo actual

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Reseña para LNE del sábado 30, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo de abono con estrenos y presencias femeninas. Sobre el podio la directora estonia Kristiina Poska, en el atril el estreno de Transience obra de su compatriota Elis Hallik (1986), la polaca Joanna Wronko de concertino invitada, sumando el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (1972) actuando de solista el inglés Adam Walker (1987).

De las obras nuevas parece que afortunadamente se vuelve a los cánones llamemos “clásicos” que se perdieron durante la transición entre nuestros dos siglos. Así fue Transience, con su compositora presente (que recibió el aplauso unánime saludando a los presentes). Obra de belleza intensa, evocadora en 11 minutos, enérgica y contemplativa, lo inaprensible hecho música para una formación de cuerda casi coral, como toda Estonia, en feliz entendimiento con las músicas nativas.

El Concierto de flauta de Puts resultó todo un catálogo desde los EEUU y escrito para el solista: recuerdos de Copland o Bernstein, con cadencias para la flauta muy clásicas y brillantes, pero también la inspiración del movimiento central en el famoso concierto 21 de Mozart (piano incluido). Obra virtuosa y exigente para todos (los dos percusionistas sin descanso y hasta la cuerda palmeando un vitalista final) para disfrutar de Walker (su propina increíble) respaldado por una excelente OSPA llevados por la precisa batuta izquierda de Poska.

Segunda parte con la “Escocesa” de Mendelssohn, redondeando un programa para alternar novedades y romanticismo, que se agradece por todos (lástima el preocupante vacío de aficionados). Valiente la dirección de la estonia por los tempi con respuesta fiel de una OSPA madura para esta escocesa refinada con salitre cantábrico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience

*estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta

*estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace
III. Adagio cantabile
IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

La batuta amable

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Jueves 28 de mayo, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe, Oviedo: los Conciertos del Auditorio. Budapest Festival Orchestra, Ingela Brimberg (soprano), Hanno Müller-Brachmann (bajo-barítono), Iván Fischer (director). Obras de R. Schumann y R. Wagner. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una de las orquestas actuales que me impresionaron desde aquel concierto de hace nada menos que catorce años en este mismo ciclo, es la Budapest Festival Orchestra con su titular Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), su fundador en 1983 junto a Zoltán Kocsis. Y su directo en Granada de la pasada edición del Festival Internacional de Música corroboró las buenas impresiones que he ido comprobando en los conciertos que suelo disfrutar en el canal MezzoTV. Oviedo sigue estando en el mapa musical junto a las grandes capitales como Madrid, Barcelona y Valencia, esta vez con la tercera de Schumann (inspirada en el Rin, que desborda energía, lirismo y vitalidad) y la poderosa escena final de La Valquiria wagneriana, con la “Despedida de Wotan” y el “Fuego mágico”, un concierto no muy largo pero intenso emocionalmente.

Con una gran plantilla de cuerda desplegada por Fischer para la partitura del compositor de la ciudad sajona de Zwickau (14 primeros violines, 10 segundos, 10 violas, 8 violonchelos y 6 contrabajos, (situados, por cierto, arriba, en el centro, donde habitualmente se coloca la percusión y en la llamada colocación vienesa), fue pese a lo nutrida nada problemática porque el balance estuvo siempre en su punto y los planos de cada sección una delicia para el oido pudiendo equilibrar el “arsenal” de viento. Hay obras que la disposición de violines enfrentados, chelos frente al director, violas a la derecha con las arpas detrás, más el fondo con los contrabajos, parecen abrazar al público y permitir una escucha fiel, por lo que hay que aplaudir estas decisiones cuando son tan acertadas como la de los húngaros.

El maestro húngaro es contenido en los gestos, siempre amable, de batuta larga “como las de antes” (justo lo contrario al “mondadientes” de Gergiev) pero vibrante, por momentos recogida y nunca funcionando como estilete; mano izquierda en el amplio sentido de la palabra, invitando siempre a los fraseos, preocupado por los detalles y dinámicas sacando al primer plano lo que la partitura (que apenas mira salvo la primera página de cada movimiento) esconde, consiguiendo una sonoridad única de su orquesta, y que durante el 74º Festival de Granada confesaba que sin haberlo en su ciudad natal, para la formación siempre es un verdadero festival tocar: lo disfrutan y se nota en la actitud, la entrega, la complicidad, que si la unimos a unos programas que mantienen en sus largas giras (espero volver a escucharla el sábado 4 de julio en el Palacio de Carlos V), el dominio de cada obra es magnífico.

Del concierto celebrado el pasado lunes dentro de la Gira de Ibermúsica, aunque he leído distintas críticas, me quedo con la de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti para Scherzo, de la que iré tomando fragmentos que siempre son doctos y acertados, sabiendo que no se ofende por citarle, y que también hace lo mismo con nuestro común amigo Arturo Reverter, autor de las notas al programa madrileño:

«La sinfonía de Schumann despliega una música de jubilosa exaltación y luminosidad en los movimientos primero y último, un amable carácter en el scherzo que, en realidad, como comenta Arturo Reverter en sus notas, es un elegante y apacible ländler, y evidente solemnidad en los movimientos tercero y cuarto, la del primero de ellos muy lírica y de canto sereno; la segunda más próxima, como también apunta Reverter, al “esplendor de la expresión eclesiástica».

Si en mis palabras ya describo cómo nos hace vivir y sentir la batuta del húngaro, retomo al doctor Ortega: «Fischer es un maestro de contagiosa energía e intensidad, con un gesto muy efusivo, ayudado por una batuta de longitud considerable (“de las de antes”, podría decirse), generalmente claro, aunque ocasionalmente entra en cierta confusión por alguna tendencia al arrebato fogoso. Pero la intención musical, el concepto, es siempre tan interesante, que termina ganándonos por encima de pequeñas objeciones puntuales. Le ayudó mucho la calurosa entrega del concertino Daniel Bard».

Personalmente la “Sinfonía Renana” (segunda de las cuatro que compuso Schumann aunque figura siempre como tercera) con semejante despliegue orquestal sonó grande en las dinámicas, pues la cuerda es capaz de compensar el viento y el balance siempre resulta ganador, alcanzando matices extremos sin perder presencia. En esto coincido con Don Rafael:

«Consiguió Fischer el carácter apropiado a la exultante música de Schumann. Apasionado, efusivo, el primer movimiento, con una respuesta orquestal brillante, empastada y de espléndida sonoridad. Algún matiz piano pudo haber quedado más adelgazado y certero, pero la música llegaba con claridad de planos y envidiable calor expresivo. Se tradujo con afable, tranquilo canto y excelentes inflexiones el ländler, muy lírico, que se dibuja en el atípico scherzo. La orquesta seguía siendo un lujo, con una cuerda homogénea y muy bien empastada, una madera de estupenda sonoridad y unos metales de envidiable redondez. El soberbio final de las trompas en este movimiento fue todo un ejemplo de ello. Estupendo el canto también de clarinetes y fagots en el inicio del Nicht schnell, trazado con estupenda sensibilidad y delicados matices. La atmósfera de solemnidad casi religiosa llegó sin decaer, con fantásticos trombones, a los que luego se sumaron trompetas y trompas para una fanfarria en el tramo final del movimiento de formidable impacto, aunque la nutrida cuerda pudo haber puesto algunas gotas más de misterio en la conclusión».

Y parafraseando un anuncio de mis años jóvenes, “un poco de Wagner es mucho”. Oviedo tiene centenaria tradición lírica, y se notó por la presencia de más aficionados que los habituales sinfónicos. Madrid y Oviedo han sido verdianos mientras Barcelona y Gijón wagnerianos. Los omnívoros, como quien suscribe, disfrutamos con ambos aunque la lengua italiana la sintamos más cercana que el duro idioma de Goethe. Pero si nos proyectan sobretítulos con la traducción, aunque parezcamos tontos mirando todos para arriba, cuando no hay escena el ridículo es menor (recordando un comentario que hizo a propósito de esta instalada costumbre Muti en un encuentro con motivo de un “Falstaff” para recordar en agosto de 2015).

Para las notas al programa ovetense nadie mejor que el compositor y profesor calasparreño Pedro Gómez, pues tiene un programa en Radio Clásica titulado precisamente “Desmontando a Wagner”. La lectura la dejo pinchando en el enlace o hipervínculo (los modernos siguen utilizando el anglicismo “link”). Y del tándem Ortega-Reverter vuelvo a desgranar lo ya apuntado del lunes 25 en Madrid:

«La Valquiria es, de las cuatro óperas del Anillo wagneriano, la que probablemente presenta una más continuada intensidad dramática, una vibración que no concede respiro alguno ni a intérpretes ni a oyentes (… ) la escena final del acto III con Wotan y Brunhilde es uno de los momentos más hermosos de la historia de la ópera. Y fue precisamente esa escena final (la tercera) del acto III la que Fischer y la orquesta húngara brindaron (…)  con Ingela Brimberg como Brunhilde y Hanno Müller-Brachmann como Wotan. Procede suscribir completamente lo anotado por Arturo Reverter respecto a este final: tras “un larguísimo dúo entre Wotan y Brünnhilde, en el que se hace memoria de todo —como en la entera Tetralogía—, el dios ha de castigar a su hija predilecta por haberlo desobedecido. Invoca a Loge para que rodee de fuego la roca donde va a depositar a la joven ya dormida y se despide amargamente de ella en uno de los monólogos más extraordinarios de la historia de la ópera”. En efecto, si la escena entera es de una intensidad ante las que no cabe ni el parpadeo, los quince minutos finales son de un nivel de emoción difícil de resistir. Por encima del manejo magistral y recurrente de los leitmotivs está el desfile de sentimientos. El tenso diálogo entre padre e hija que se inicia en la escena, con Brunhilde enfrentando a su padre a sus propias contradicciones, éste dedicándole palabras crueles (“El dios nunca más debe verte”), ella suplicándole que quien la tome sea digno (“aquél que me consiga debe merecerlo”) y finalmente rogando al menos que ponga algún obstáculo, que resulta ser el fuego de Loge alrededor de la roca en que ella dormirá el sueño decretado por su padre. Hay de todo en estos minutos: amor, rigor, explicación, súplica, una disciplina inclemente que obedece a un destino que se supone inmutable. Wotan está, cómo no, atormentado, pero no puede eludir el amor y la ternura por su hija. Todo ello asoma finalmente en su largo monólogo, con Brunhilda ya sumida en el sueño, en el que todo el amor callado sale a relucir desde las primeras palabras (¡Adiós, valiente y maravillosa hija!) hasta el desgarro que encierran las del tramo final (¡Así se aparta de ti el dios, con un beso a tu divinidad!) para culminar con la amenaza a pusilánimes y cobardes (¡Aquel al que la punta de mi lanza aterrorice nunca logrará atravesar el fuego!), emitida, como señala Reverter, a plena voz. La supeposición del motivo del fuego mágico, con el de Loge y el de Siegfried consigue en este tramo final una intensidad emotiva difícil de describir… y de igualar. Unos momentos inolvidables».

Si en la Rheinische el ejército sinfónico era digno del Imperio Austrohúngaro, este final de Die Walküre resultaba lo más adecuado “para invadir Polonia” con permiso del genial Woody Allen (con estatua a tamaño real en la capital asturiana). A partir de ¡8 contrabajos! se puede  calcular el resto de la cuerda, y del viento ya se sabe cómo se las gastaba Don Ricardo. Incluso la percusión, además de unos timbales siempre ajustados, también se trajo triángulo, platillos y yunque, aunque sólo fuese para un par de compases, pero así está escrito. Los metales son pura artillería pero aterciopelada (¡qué placer escuchar las trompas perfectas! que Max Valdés llamaba los bronces), sus juegos tímbricos con trompetas, trombones y tubas, pues la orquestación wagneriana es un tanque que pasa a camuflarse por la inmensidad de los contrastes dinámicos. Y en el final de “La Valquiria” no están en Bayreuth sino apuntando a las espaldas del dúo para esta gira, solvente y con un Fischer igual de amable sin renunciar al generalato de este batallón sinfónico. De acuerdo con lo escuchado por el doctor en Madrid y las referencias a Don Arturo:

«La interpretación (…) fue gobernada con gran instinto dramático por Iván Fischer, que construyó con fluidez un discurso intenso, contrastado y fluido, con un clímax de gran carga dramática y un tramo final realmente emocionante. Tuvo a su disposición el lujo de la orquesta húngara, que lució con esplendor sus muchas virtudes. Estupenda y bien ajustada cuerda, preciosa sonoridad de la madera (maravilloso el clarinete bajo en el tramo inicial) y unos metales de una seguridad, redondez y poderío extraordinarios. Y, como es característico en él, sacó el mejor partido de tan distinguidos mimbres. Extraordinario. Hay que coincidir nuevamente con Reverter cuando señala, con su experto conocimiento de la cosa vocal, las exigentes características que han de poseer los cantantes encargados de los dos papeles para conseguir una interpretación de garantías. Para Brunhilde, en efecto, se reclama “una soprano dramática auténtica; puede que una de las más amplias de la literatura junto a la posterior Elektra de Strauss” (…) La veterana sueca Ingela Brimberg (Estocolmo, 1964) tiene la tesitura (más que muy exigente, como destaca Reverter). La voz tiene buena presencia, y aunque el vibrato empieza a rozar cierto exceso de amplitud, conoce al dedillo el papel (…) cantó de memoria su parte, al contrario que Müller-Brachmann) y lo tiene bien dominado en lo dramático. No fue la suya una Brunhilda inolvidable, pero sí muy notable en el carácter y la intención dramática. Nuevamente hay que hacerse eco de la atinada afirmación de Reverter en el caso del dios. Wotan es un “reto auténtico para un cantante poderoso, un bajo-barítono o barítono heroico, un Heldenbariton, capaz de tronar y de plegarse al lirismo más absoluto en este incomparable cierre”  (…) Müller-Brachmann tiene una voz noble, que se mueve con más soltura en centro y grave que en el agudo, donde evidenció alguna tirantez (…) y eso, en momentos como esa amenaza final a plena voz (frente a toda la potente orquesta wagneriana, cierto es), se nota. Más entonado en los momentos de más fina expresión que en aquellos donde se pide una imponente presencia que no alcanza. Cumplidor, sin duda, aunque tampoco un Wotan que deja huella. Con todo, la música es tan sobrecogedora y emocionante que, cuando se sirve con un plausible nivel de prestación vocal (como así fue) y con excelencia orquestal (como también ocurrió), el éxito está asegurado».

Ingela Brimberg fue una verdadera Valquiria, poderosa, dominadora del rol de Brünnhilda que lleva años cantándolo y la expresión de lo que se espera de una soprano wagneriana que los años no han hecho perder su volumen ni dramatismo. Y del bajo-barítono Müller-Brachmann, más segundo que primero, me quedo con su color, redondo, de buena proyección, deleitándonos en las pocas intervenciones “a capella” o con el “tanque” apuntando a la retaguardia antes de volver a cargar la munición en un Wotan más humano que dios, más preocupado de la partitura que de avivar el fuego.

Un éxito con el público en pie lanzando bravos al dúo y sobre todo a este «Festival Fischer» de quien hubiésemos deseado una cabalgata de propina, pero tras la dura batalla desde el Rhin hasta el castillo del Walhalla estas huestes germano-magiares bien se merecían “el descanso del guerrero”.

En Granada también lo contaremos, si nada lo impide…

PROGRAMA

Robert Schumann (1810-1856)

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 («Renana»):

I. Lebhaft

II. Scherzo: Sehr mäßig

III. Nicht schnell
IV. Feierlich

V. Lebhaft

Richard Wagner (1813-1883)

Escena final de Die Walküre (La Valquiria), www 86b (Acto III, escena 3- «Despedida de Wotan»

y «Fuego mágico»).

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