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La batuta amable

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Jueves 28 de mayo, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe, Oviedo: los Conciertos del Auditorio. Budapest Festival Orchestra, Ingela Brimberg (soprano), Hanno Müller-Brachmann (bajo-barítono), Iván Fischer (director). Obras de R. Schumann y R. Wagner. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una de las orquestas actuales que me impresionaron desde aquel concierto de hace nada menos que catorce años en este mismo ciclo, es la Budapest Festival Orchestra con su titular Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), su fundador en 1983 junto a Zoltán Kocsis. Y su directo en Granada de la pasada edición del Festival Internacional de Música corroboró las buenas impresiones que he ido comprobando en los conciertos que suelo disfrutar en el canal MezzoTV. Oviedo sigue estando en el mapa musical junto a las grandes capitales como Madrid, Barcelona y Valencia, esta vez con la tercera de Schumann (inspirada en el Rin, que desborda energía, lirismo y vitalidad) y la poderosa escena final de La Valquiria wagneriana, con la “Despedida de Wotan” y el “Fuego mágico”, un concierto no muy largo pero intenso emocionalmente.

Con una gran plantilla de cuerda desplegada por Fischer para la partitura del compositor de la ciudad sajona de Zwickau (14 primeros violines, 10 segundos, 10 violas, 8 violonchelos y 6 contrabajos, (situados, por cierto, arriba, en el centro, donde habitualmente se coloca la percusión y en la llamada colocación vienesa), fue pese a lo nutrida nada problemática porque el balance estuvo siempre en su punto y los planos de cada sección una delicia para el oido pudiendo equilibrar el “arsenal” de viento. Hay obras que la disposición de violines enfrentados, chelos frente al director, violas a la derecha con las arpas detrás, más el fondo con los contrabajos, parecen abrazar al público y permitir una escucha fiel, por lo que hay que aplaudir estas decisiones cuando son tan acertadas como la de los húngaros.

El maestro húngaro es contenido en los gestos, siempre amable, de batuta larga “como las de antes” (justo lo contrario al “mondadientes” de Gergiev) pero vibrante, por momentos recogida y nunca funcionando como estilete; mano izquierda en el amplio sentido de la palabra, invitando siempre a los fraseos, preocupado por los detalles y dinámicas sacando al primer plano lo que la partitura (que apenas mira salvo la primera página de cada movimiento) esconde, consiguiendo una sonoridad única de su orquesta, y que durante el 74º Festival de Granada confesaba que sin haberlo en su ciudad natal, para la formación siempre es un verdadero festival tocar: lo disfrutan y se nota en la actitud, la entrega, la complicidad, que si la unimos a unos programas que mantienen en sus largas giras (espero volver a escucharla el sábado 4 de julio en el Palacio de Carlos V), el dominio de cada obra es magnífico.

Del concierto celebrado el pasado lunes dentro de la Gira de Ibermúsica, aunque he leído distintas críticas, me quedo con la de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti para Scherzo, de la que iré tomando fragmentos que siempre son doctos y acertados, sabiendo que no se ofende por citarle, y que también hace lo mismo con nuestro común amigo Arturo Reverter, autor de las notas al programa madrileño:

«La sinfonía de Schumann despliega una música de jubilosa exaltación y luminosidad en los movimientos primero y último, un amable carácter en el scherzo que, en realidad, como comenta Arturo Reverter en sus notas, es un elegante y apacible ländler, y evidente solemnidad en los movimientos tercero y cuarto, la del primero de ellos muy lírica y de canto sereno; la segunda más próxima, como también apunta Reverter, al “esplendor de la expresión eclesiástica».

Si en mis palabras ya describo cómo nos hace vivir y sentir la batuta del húngaro, retomo al doctor Ortega: «Fischer es un maestro de contagiosa energía e intensidad, con un gesto muy efusivo, ayudado por una batuta de longitud considerable (“de las de antes”, podría decirse), generalmente claro, aunque ocasionalmente entra en cierta confusión por alguna tendencia al arrebato fogoso. Pero la intención musical, el concepto, es siempre tan interesante, que termina ganándonos por encima de pequeñas objeciones puntuales. Le ayudó mucho la calurosa entrega del concertino Daniel Bard».

Personalmente la “Sinfonía Renana” (segunda de las cuatro que compuso Schumann aunque figura siempre como tercera) con semejante despliegue orquestal sonó grande en las dinámicas, pues la cuerda es capaz de compensar el viento y el balance siempre resulta ganador, alcanzando matices extremos sin perder presencia. En esto coincido con Don Rafael:

«Consiguió Fischer el carácter apropiado a la exultante música de Schumann. Apasionado, efusivo, el primer movimiento, con una respuesta orquestal brillante, empastada y de espléndida sonoridad. Algún matiz piano pudo haber quedado más adelgazado y certero, pero la música llegaba con claridad de planos y envidiable calor expresivo. Se tradujo con afable, tranquilo canto y excelentes inflexiones el ländler, muy lírico, que se dibuja en el atípico scherzo. La orquesta seguía siendo un lujo, con una cuerda homogénea y muy bien empastada, una madera de estupenda sonoridad y unos metales de envidiable redondez. El soberbio final de las trompas en este movimiento fue todo un ejemplo de ello. Estupendo el canto también de clarinetes y fagots en el inicio del Nicht schnell, trazado con estupenda sensibilidad y delicados matices. La atmósfera de solemnidad casi religiosa llegó sin decaer, con fantásticos trombones, a los que luego se sumaron trompetas y trompas para una fanfarria en el tramo final del movimiento de formidable impacto, aunque la nutrida cuerda pudo haber puesto algunas gotas más de misterio en la conclusión».

Y parafraseando un anuncio de mis años jóvenes, “un poco de Wagner es mucho”. Oviedo tiene centenaria tradición lírica, y se notó por la presencia de más aficionados que los habituales sinfónicos. Madrid y Oviedo han sido verdianos mientras Barcelona y Gijón wagnerianos. Los omnívoros, como quien suscribe, disfrutamos con ambos aunque la lengua italiana la sintamos más cercana que el duro idioma de Goethe. Pero si nos proyectan sobretítulos con la traducción, aunque parezcamos tontos mirando todos para arriba, cuando no hay escena el ridículo es menor (recordando un comentario que hizo a propósito de esta instalada costumbre Muti en un encuentro con motivo de un “Falstaff” para recordar en agosto de 2015).

Para las notas al programa ovetense nadie mejor que el compositor y profesor calasparreño Pedro Gómez, pues tiene un programa en Radio Clásica titulado precisamente “Desmontando a Wagner”. La lectura la dejo pinchando en el enlace o hipervínculo (los modernos siguen utilizando el anglicismo “link”). Y del tándem Ortega-Reverter vuelvo a desgranar lo ya apuntado del lunes 25 en Madrid:

«La Valquiria es, de las cuatro óperas del Anillo wagneriano, la que probablemente presenta una más continuada intensidad dramática, una vibración que no concede respiro alguno ni a intérpretes ni a oyentes (… ) la escena final del acto III con Wotan y Brunhilde es uno de los momentos más hermosos de la historia de la ópera. Y fue precisamente esa escena final (la tercera) del acto III la que Fischer y la orquesta húngara brindaron (…)  con Ingela Brimberg como Brunhilde y Hanno Müller-Brachmann como Wotan. Procede suscribir completamente lo anotado por Arturo Reverter respecto a este final: tras “un larguísimo dúo entre Wotan y Brünnhilde, en el que se hace memoria de todo —como en la entera Tetralogía—, el dios ha de castigar a su hija predilecta por haberlo desobedecido. Invoca a Loge para que rodee de fuego la roca donde va a depositar a la joven ya dormida y se despide amargamente de ella en uno de los monólogos más extraordinarios de la historia de la ópera”. En efecto, si la escena entera es de una intensidad ante las que no cabe ni el parpadeo, los quince minutos finales son de un nivel de emoción difícil de resistir. Por encima del manejo magistral y recurrente de los leitmotivs está el desfile de sentimientos. El tenso diálogo entre padre e hija que se inicia en la escena, con Brunhilde enfrentando a su padre a sus propias contradicciones, éste dedicándole palabras crueles (“El dios nunca más debe verte”), ella suplicándole que quien la tome sea digno (“aquél que me consiga debe merecerlo”) y finalmente rogando al menos que ponga algún obstáculo, que resulta ser el fuego de Loge alrededor de la roca en que ella dormirá el sueño decretado por su padre. Hay de todo en estos minutos: amor, rigor, explicación, súplica, una disciplina inclemente que obedece a un destino que se supone inmutable. Wotan está, cómo no, atormentado, pero no puede eludir el amor y la ternura por su hija. Todo ello asoma finalmente en su largo monólogo, con Brunhilda ya sumida en el sueño, en el que todo el amor callado sale a relucir desde las primeras palabras (¡Adiós, valiente y maravillosa hija!) hasta el desgarro que encierran las del tramo final (¡Así se aparta de ti el dios, con un beso a tu divinidad!) para culminar con la amenaza a pusilánimes y cobardes (¡Aquel al que la punta de mi lanza aterrorice nunca logrará atravesar el fuego!), emitida, como señala Reverter, a plena voz. La supeposición del motivo del fuego mágico, con el de Loge y el de Siegfried consigue en este tramo final una intensidad emotiva difícil de describir… y de igualar. Unos momentos inolvidables».

Si en la Rheinische el ejército sinfónico era digno del Imperio Austrohúngaro, este final de Die Walküre resultaba lo más adecuado “para invadir Polonia” con permiso del genial Woody Allen (con estatua a tamaño real en la capital asturiana). A partir de ¡8 contrabajos! se puede  calcular el resto de la cuerda, y del viento ya se sabe cómo se las gastaba Don Ricardo. Incluso la percusión, además de unos timbales siempre ajustados, también se trajo triángulo, platillos y yunque, aunque sólo fuese para un par de compases, pero así está escrito. Los metales son pura artillería pero aterciopelada (¡qué placer escuchar las trompas perfectas! que Max Valdés llamaba los bronces), sus juegos tímbricos con trompetas, trombones y tubas, pues la orquestación wagneriana es un tanque que pasa a camuflarse por la inmensidad de los contrastes dinámicos. Y en el final de “La Valquiria” no están en Bayreuth sino apuntando a las espaldas del dúo para esta gira, solvente y con un Fischer igual de amable sin renunciar al generalato de este batallón sinfónico. De acuerdo con lo escuchado por el doctor en Madrid y las referencias a Don Arturo:

«La interpretación (…) fue gobernada con gran instinto dramático por Iván Fischer, que construyó con fluidez un discurso intenso, contrastado y fluido, con un clímax de gran carga dramática y un tramo final realmente emocionante. Tuvo a su disposición el lujo de la orquesta húngara, que lució con esplendor sus muchas virtudes. Estupenda y bien ajustada cuerda, preciosa sonoridad de la madera (maravilloso el clarinete bajo en el tramo inicial) y unos metales de una seguridad, redondez y poderío extraordinarios. Y, como es característico en él, sacó el mejor partido de tan distinguidos mimbres. Extraordinario. Hay que coincidir nuevamente con Reverter cuando señala, con su experto conocimiento de la cosa vocal, las exigentes características que han de poseer los cantantes encargados de los dos papeles para conseguir una interpretación de garantías. Para Brunhilde, en efecto, se reclama “una soprano dramática auténtica; puede que una de las más amplias de la literatura junto a la posterior Elektra de Strauss” (…) La veterana sueca Ingela Brimberg (Estocolmo, 1964) tiene la tesitura (más que muy exigente, como destaca Reverter). La voz tiene buena presencia, y aunque el vibrato empieza a rozar cierto exceso de amplitud, conoce al dedillo el papel (…) cantó de memoria su parte, al contrario que Müller-Brachmann) y lo tiene bien dominado en lo dramático. No fue la suya una Brunhilda inolvidable, pero sí muy notable en el carácter y la intención dramática. Nuevamente hay que hacerse eco de la atinada afirmación de Reverter en el caso del dios. Wotan es un “reto auténtico para un cantante poderoso, un bajo-barítono o barítono heroico, un Heldenbariton, capaz de tronar y de plegarse al lirismo más absoluto en este incomparable cierre”  (…) Müller-Brachmann tiene una voz noble, que se mueve con más soltura en centro y grave que en el agudo, donde evidenció alguna tirantez (…) y eso, en momentos como esa amenaza final a plena voz (frente a toda la potente orquesta wagneriana, cierto es), se nota. Más entonado en los momentos de más fina expresión que en aquellos donde se pide una imponente presencia que no alcanza. Cumplidor, sin duda, aunque tampoco un Wotan que deja huella. Con todo, la música es tan sobrecogedora y emocionante que, cuando se sirve con un plausible nivel de prestación vocal (como así fue) y con excelencia orquestal (como también ocurrió), el éxito está asegurado».

Ingela Brimberg fue una verdadera Valquiria, poderosa, dominadora del rol de Brünnhilda que lleva años cantándolo y la expresión de lo que se espera de una soprano wagneriana que los años no han hecho perder su volumen ni dramatismo. Y del bajo-barítono Müller-Brachmann, más segundo que primero, me quedo con su color, redondo, de buena proyección, deleitándonos en las pocas intervenciones “a capella” o con el “tanque” apuntando a la retaguardia antes de volver a cargar la munición en un Wotan más humano que dios, más preocupado de la partitura que de avivar el fuego.

Un éxito con el público en pie lanzando bravos al dúo y sobre todo a este «Festival Fischer» de quien hubiésemos deseado una cabalgata de propina, pero tras la dura batalla desde el Rhin hasta el castillo del Walhalla estas huestes germano-magiares bien se merecían “el descanso del guerrero”.

En Granada también lo contaremos, si nada lo impide…

PROGRAMA

Robert Schumann (1810-1856)

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 («Renana»):

I. Lebhaft

II. Scherzo: Sehr mäßig

III. Nicht schnell
IV. Feierlich

V. Lebhaft

Richard Wagner (1813-1883)

Escena final de Die Walküre (La Valquiria), www 86b (Acto III, escena 3- «Despedida de Wotan»

y «Fuego mágico»).

La música une los mundos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, inauguración de la temporada Los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Ingela Brimberg (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Jorge Muñiz, Richard Strauss y Antonín Dvořák. Entrada butaca: 18€.

Con la capital del Principado «cerrada por alerta» ante el Covid me temía que este sábado perdería el concierto inaugural de una temporada anormal donde cada día nos depara una sorpresa, pero finalmente pude escaparme desde mi aldea hasta Oviedo para seguir disfrutando de la música en vivo con un programa que conjugaba dos mundos en uno, cronológicamente inversos y misteriosamente unidos.

El llamado Proyecto Beethoven es un homenaje al genio universal de Ludwig van Beethoven a través del estreno absoluto de cinco obras de nueva creación, encargadas por la Oviedo Filarmonía e inspiradas en la vida y obra del compositor alemán que hoy comenzaba con Heiligenstadt del asturiano Jorge Muñiz (1974), más que el testamento del genio de Bonn como referencia, me quedo con esa «ciudad de los santos» de la Viena imperial, como mezclando ambientes, uno atonal y misterioso frente al melódico en ritmo ternario, la vida urbana vivida desde el otro lado del océano sin ninguna referencia musical beethoveniana pero con mucho oficio orquestal, el anonimato de las grandes ciudades americanas y el bullicio de las pequeñas europeas.

Escrita para una plantilla no muy grande y sin excesos de percusión (solo los timbales y pequeña percusión indeterminada), Lucas Macías llevó este estreno manejando una nave sinfónica con firmeza, acierto y poniendo a la formación ovetense en un punto ideal para continuar creciendo al afrontar repertorios tan variados desde la versatilidad que supone ser la orquesta local. Partitura agradable de escuchar a la que se puede sacar mucho juego por su escritura, inspiración y lenguaje netamente americano de un músico sin fronteras como nuestro Jorge Muñiz.

Las Cuatro últimas canciones, TrV 296 (Vier letzte Lieder, en alemán) para soprano y orquesta, fue la última obra de Richard Strauss, quien las compuso en 1948 con 84 años de edad y sin poder escucharlas representadas. Estrenadas en Londres el 22 de mayo de 1950, unos meses después de su fallecimiento, y consideradas como el último capítulo en la literatura lírica postromántica, Strauss no pensó escribirlas como ciclo, utilizando el texto de tres poemas de Herman Hesse y un cuarto poema de Joseph von Eichendorff, el primero al que puso música. Un acierto proyectar el texto y la traducción en el luminoso sobre la tarima que no obliga a perder la visión del escenario. Poemas sobre la muerte cercana y serena aceptación del destino, un tema recurrente pero unido a la propia vida, las dos caras de una misma moneda pues siempre van de la mano. El título creado por el editor Ernst Roth, determinó también el orden en que debían ser interpretadas.

La soprano sueca Ingela Brimberg en su CV destaca «sus atractivas representaciones de las heroínas dramáticas de la ópera. Brimberg cantó su primera Brünnhilde en la Tetralogía del anillo, de Richard Wagner, del Theatre an der Wien en la temporada 2017/18, después de haber impresionado como Senta en Der fliegende Hollander, Elsa en Lohengrin y con las heroínas de Strauss, Elektra y Salome, en varias de las principales casas de ópera europeas«. Y puedo asegurar que no defraudó en ninguna de las cuatro canciones del Richard Strauss pleno en todo, con una orquesta sin contención ni invasión, bien concertada por el maestro onubense, el alemán nada áspero de Hesse cantado por la sueca de dicción nórdica. «Primavera» (Frühling) de seda con trompas aterciopeladas y contención vocal sin recato. «Septiembre» sentido, brillantemente otoñal para un color de voz ideal y proyección suficiente sin restar nada la orquesta, compartiendo belleza con Mijlin. «Al irme a dormir» (Beim Schlafengehen) acunados nuevamente por el violín solo del concertino ruso hasta la muerte final, «En el ocaso» (Im Abendrot) que en la lengua de Goethe suena sensual, cada consonante musical, sílabas con los adornos imprescindibles de una soprano entregada y cómoda en cada lied, la cuerda compacta y el dúo de flautas etéreo, con una orquesta convincente hasta el silencio final, sin prisas, escuchando caer esa hoja simbólica sujeta hasta el último aliento de un auditorio donde las toses han desaparecido. Impecable «la Brimberg» y a su altura la Oviedo Filarmonía que con su titular transita hacia la excelencia.

Para cerrar nada menos que la Sinfonía nº 8 en Sol Mayor, op. 88 de Anton Dvořák, que pierdo la cuenta de veces escuchada en directo y no digamos en vinilo, casetes y cedés de toda la vida a la que siempre vuelvo porque mantiene en mí un estado de esperanza. Escrita en el verano de 1889, y destacada por su tierna inspiración nacida de la música tradicional bohemia que el compositor tanto amó. Estrenada en Praga el 2 de febrero de 1890 bajo la dirección del propio autor, los cuatro movimientos son un ascenso emocional además de la prueba de fuego para toda gran orquesta.

El Dvořák de Macías me aportó frescura a esta Octava que ha dejado interpretaciones históricas. Dirigiendo de memoria inspira confianza en sus músicos, no pierde la vista ni el detalle, impetuoso y tierno en el Allegro con brio inicial marcado con la compostura habitual del director andaluz, gestualidad precisa y perfecto entendimiento mutuo desde el primer ataque y la intervención motívica de la flauta solista antes del desgarro siguiente en todas las secciones, con un metal orgánico, afinado, nunca estridente y bien sujeto desde la batuta, al igual que una madera bien templada. El Adagio sonó limpio y claro además de elegante, sincero, con la agógica elástica que permite frasear y matizar, ese tema bohemio de clarinetes y flautas revestido de una cuerda presente, esas escalas descendentes que contestan la segunda melodía de la que emergen nuevamente el concertino y la flauta, más el metal brillando sin deslumbrar en los ataques permitiendo que los silencios resonasen en esta acústica de la «nueva anormalidad» que llevo varios conciertos destacando. Allegretto grazioso – Molto vivace cautivador, dejando fluir la música sin complejos, aire vienés marcado desde el podio lo necesario, dejando escucharse a todos, bien balanceado de contrastes y tempo antes del último ataque del Allegro, ma non troppo, majestuoso en su entrada de metales y la pausa conmovedora antes de la aparición en violas y cellos de esa melodía que me recuerda siempre la romanza “Junto al puente de la peña” de La Canción del Olvido del maestro Serrano, moldeada en diversos tiempos e instrumentos, con una cuerda sedosa y presente junto a un viento espectacular y acertado, la evolución acelerada antes del estallido de color en las trompas y una sonoridad orquestal totalmente cuidada, especialmente en la «marcha oriental» contenida para contrastarla con el motivo principal de este último movimiento que concluye espectacular, con un Lucas Macías dominador que cada vez confirma el acierto en su fichaje. Si nada lo impide disfrutaremos de un crecimiento a lo largo de una temporada que vuelve a prometer pese a las incertidumbres.