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La madurez de Yuja Wang

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Jueves 17 de enero, 19:30 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Yuja Wang (piano), Mahler Chamber Orchestra, Matthew Truscott (concertino), Fabien Gabel (director). Obras de Stravinsky, György Ligeti, Mozart y Chopin. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Cada visita a Oviedo de la pianista china, afincada en Nueva York, Yuja Wang (Pekín, 1987) es un espectáculo desde su primer concierto en solitario allá por diciembre de 2009 (con algún comentario «fuera de lugar») y su vuelta en febrero de 2015. Aún he tenido la suerte de volver a escucharla en el Festival de Granada de 2023 con la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo dirigida por Gustavo Gimeno, así que puedo presumir de comprobar su progreso acercándose a unos 39 años ya maduros en el universo de las 88 teclas en el que lleva desde su infancia.

Más allá de una imagen y un protagonismo en las redes sociales (RRSS) que vende y mucho, con un lleno de los históricos en un auditorio caldeado en todos los sentidos, la aportación de la china Wang al mundo del piano sigue siendo interesante y alejada de otros compatriotas donde solo parece importar el virtuosismo, que es necesario pero nunca suficiente. Y las obras elegidas para este regreso a “La Viena española” con la Mahler Chamber Orchestra (MCO) ha vuelto a demostrarnos que la artista afincada en NY nunca apuesta sobre lo seguro al dejarnos el famoso primero de Chopin junto al nada programado de Ligeti, que supone seguir ampliando su vasto repertorio.

En esta gira española de Wang y la MCO que arrancaba el día antes en el Palau de la Música Catalana, Oviedo sigue estando en el mapa, parada antes de Donosti y el salto a las Islas Canarias dentro de su Festival, con un programa lo suficientemente ensayado, por lo que hay que calificar de éxito rotundo tanto por las obras como por la respuesta de un público rendido a Wang, que desde Barcelona comentaban en las RRSS: «Puro virtuoso, elegancia y magnetismo. Ayer (…) la gran Yuja Wang y la Mahler Chamber Orchestra realizaron el desafiante ‘Concierto para piano’ de Ligeti, una obra de extrema complejidad, llena de ritmos irregulares y fascinantes texturas. Completaron la velada con el refinamiento neoclásico de la ‘Pulcinella Suite’ de Stravinsky, una selección del ‘Idomeneo’ de Mozart y el puro lirismo del ‘Concierto para piano nº 1’ de Chopin bajo la dirección de Fabien Gabel. ¡Otra noche de contrastes para recordar con entradas agotadas!». Se podría suscribir literalmente para este tercer jueves de enero en Oviedo.

La MSO también regresaba a Oviedo ocho años después tras un recordado Mozart con Mitsuko Uchida, y el genio de Salzburgo no faltaría esta vez, abriendo la segunda parte con dos números (I. Chaconne y II. Pas seul) del ballet de «Idomeneo», K. 367, mostrando sus mejores cualidades con una plantilla ideal, equilibrada, muy bien empastada en todas las secciones, con unas trompas aterciopeladas y siempre seguras, comandada la cuerda por el concertino Matthew Truscott y con Fabien Gabel (París, 1975) de estilo elegante, gesto claro y preciso, en un «clásico» donde esta orquesta con sede en Berlín y fundada por Abbado en 1997, es verdaderamente un «colectivo global» al que denominaba como «The Sound of Listening» (El sonido de la escucha).

Muy distinto el Stravinsky que abría la velada con la suite de Pulcinella (1922), K034 desigual, pese a una sección de vientos ejemplar, orgánica pero a la que le faltó «pegada» así como más impulso rítmico por parte de la batuta del parisino.

Gabel no encontró el balance ni equilibrio necesario en esta obra plena de «modernidad» que el ruso escribe en un neoclasicismo único. De cualquier forma estuvo bien ubicarla como preparación al «concierto con piano» de Ligeti donde una formación camerística jugaría con el piano de Yuja Wang (que también tiene en su repertorio los estudios del húngaro), a menudo opacado por unas dinámicas exageradas que también taparon las intervenciones de un concertino que no brilló como hubiésemos deseado.

El Concierto para piano y orquesta, escrito entre 1985 y 1988, supone en palabras del propio Ligeti «un cambio estilístico radical en mi escritura» como bien recoge en las notas al programa mi admirado musicógrafo Luis Suñén, donde el ritmo y las texturas son verdaderos protagonistas, citando de nuevo a mi amigo madrileño, afincado en tierras gallegas: «tomando el concepto de la fotografía, «el grano», según sea el deseo de mayor o menor veladura o densidad de su aspecto, evocando la relación entre píxeles e imágenes en una pantalla de televisión: la ilusión de movimiento es creada por elementos inmóviles». No quiero dejar de reflejar el impecable trabajo de los dos percusionistas que llevan el verdadero peso de este concierto tan sacrificado para ellos (pocas veces lo tocan), aunando color con un piano no siempre protagonista, al que Wang (en su estreno con esta obra) le intentó dotar de mayor presencia pero el director francés Fabien Gabel no «enfocó», más preocupado en no perder la pulsación ni el empuje rítmico que eché de menos en Stravinsky.

Cinco movimientos bien diseccionados por Suñén que explican esta obra tan poco habitual, difícil de escuchar, y provocando las mismas toses que el ruso siempre concita ¡en pleno siglo XXI!, sumándose un teléfono que parecía querer sumarse al «catálogo tímbrico» del húngaro:

«El primer movimiento emerge como una Toccata en la que el ostinato tiene un papel fundamental en su desarrollo. En el segundo, piano y orquesta llegan a una suerte de pacto que en el tercero adoptará la forma de un perfecto equilibrio entre la exactitud del discurso y la expresividad de sus líneas maestras. El cuarto ha sido definido por Pierre-Laurent Aimard como «un ejemplo de la articulación musical del idioma húngaro integrada como parte, a veces aparentemente excéntrica, de un único y sorprendente conjunto». En el polirrítmico quinto, Ligeti somete a piano y orquesta a una suerte de breve y concentrada aventura colectiva en la que sólo se puede llegar al final a través del riesgo: todo pareciera conducir al delirio pero desemboca en la lucidez».

Riesgo interpretativo por parte de todos y esa lucidez final en un muy trabajado además de nada agradecido «concierto con piano» desde la espléndida madurez de la artista china tras un paréntesis con el que afrontar esta nueva etapa donde seguir sumando nuevas obras sin dejar atrás las trabajadas hace años.

La segunda parte tras el aperitivo mozartiano ya comentado, donde Gabel y la MSO nos devolvieron a la escucha activa de todas las secciones, tras la nueva «mudanza» para reubicar el piano nos devolvería a Yuja Wang como solista y directora del Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin.

Cada vez que escucho «el primero de Chopin» (que es el segundo) me viene a la memoria el octavo curso del llamado Grado Profesional de Piano de mi adolescencia donde era obra obligada para los estudiantes, un «tormento» técnico que solo las muchas horas de trabajo alcanzaban a «tocarlo» (interpretarlo sólo con los años y cualidades innatas se logra). Atesoro en mi fonoteca múltiples interpretaciones de todas las épocas, intérpretes o «escuelas pianísticas», y no es habitual que el solista también dirija, aunque es una práctica que comienza a ser más «normal» entendiéndolo como «búsqueda del control total» y la verdadera colaboración de todos los músicos en otro ejercicio de «escucha colectiva» que con formaciones como la MSO se alcanza y es difícil no aceptarlo hoy en día.

Con cambio de vestuario tras el de la primera parte, un vestido que la pianista china pisaba al caminar, la entrada en pie entre la banqueta y el piano solo sirvió para marcar  el «tempo» del Allegro maestoso, bien delineado por la solista y mejor contestado por la orquesta, con una amplia gama de matices donde los pianissimi casi cortaban el aire y los forte esta vez estuvieron perfectamente balanceados (la complicidad con el concertino sí funcionó). Sonido limpio, control total del pedal con los ya conocidos stilettos «Louboutin» de Wang que tiene cogido el «punto exacto», más una visión con pocos rubati que favorecieron el encaje sonoro sin perder nunca el romanticismo del polaco.

Más profundo resultó el Romanze: Larghetto, sin prisas, paladeando piano y orquesta, diálogos bien medidos con un fagot impecable, sonido cristalino del piano y una orquesta «ideal» para este Chopin atemporal. Y de nuevo marcando el aire preciso para el Rondo: Vivace final, el torbellino chino ahora jugando con el tempo, los rubatos siempre intrínsecos al polaco, las agilidades y fraseos de todos, la intención interpretativa bien entendida demostrando cuánta música atesora la pianista china de un virtuosismo plegado a la expresión pura.

Aplausos y vítores que tras dos conciertos tan distintos y exigentes, nos dejó de regalo el Vals en do sostenido menor, op. 64 nº 2 del Chopin bien entendido e interiorizado, lección de buen gusto, matices, rubato, madurez con emociones que transmitieron otra noche para el recuerdo de estas Jornadas de Piano que llevan el nombre de «Luis G. Iberni» que seguro hubiese disfrutado como todos, y siguen trayendo a Oviedo lo mejor del panorama actual, donde Yuja Wang está en él por méritos propios.

PROGRAMA

I

Igor Stravinsky (1882-1971):

Pulcinella (suite), K034:

I. Sinfonía / II. Serenata / III. Scherzino – Allegretto – Andantino / IV. Tarantella / V. Toccata / VI. Gavotta (con dos variaciones) / VII. Vivo / VIII. Minuetto – Finale.

György Ligeti (1923-2006):

Concierto para piano y orquesta:

I. Vivace molto ritmico e preciso / II. Lento e deserto / III. Vivace cantabile / IV. Allegro risoluto / V. Presto luminoso, fluido, constante, sempre molto ritmico.

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Música de ballet de «Idomeneo», K. 367 (selección)

I. Chaconne / II. Pas seul

Frédéric Chopin (1810-1849):

Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11:

I. Allegro maestoso / II. Romanze: Larghetto / III. Rondo: Vivace

Benditas irreverencias

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Miércoles 14 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Concierto 2.099 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (año 120): “Una Suite española”. Rosa Torres-Pardo y La Jose (piano y cante). Obras de Granados, Albéniz, FallaGarcía Lorca Sefarad.

Si nuestros grandes compositores se inspiraron en el folklore y la canción popular, se agradece revisar (o devolver) los originales a las fuentes con todo el respeto a ellos desde el profundo conocimiento de las partituras. Y la madrileña Rosa Torres-Pardo (1960) volvía a visitar desde su larga trayectoria interpretando a Granados, Falla o Albéniz (su Iberia la tengo en mi discoteca) en colaboración con una cantaora como ya disfruté en la sociedad hermana de Gijón en mayo de 2018 junto a Rocío Márquez y los poemas recitados por Luis García Montero -esta vez sólo uno pero sin el poeta granadino– y cantando La Jose (Alicante, 1983), una artista «como la copa de un pino» que además estrenaban en España (el absoluto tuvo lugar en el Instituto Cervantes de Münich, prosiguiendo por Viena y Sofía el pasado año) este espectáculo que va más allá del mestizaje entre lo popular y lo clásico, «una bendita irreverencia» como la calificaron ambas, una actualización de lo mejor que tenemos en el patrimonio musical hispano, y que además nos sirvió para inaugurar los 150 años del nacimiento del Tito Manuel como lo presentaron en la primera de las dos propinas.

El programa se organizaba en cuatro bloques, similares al «Desconcierto para piano y voz» que sigue igual de fresco y actual, donde volver a disfrutar del magisterio pianísitico de Torres-Pardo tanto en la versiones originales como en su visión acompañando y plegándose a la voz natural de Josefa, Josefina o directamente La Jose, una cantaora alicantina afincada en Madrid, hija de gitano y paya que muchos recordarán por su paso en el televisivo concurso «La Voz», esta vez en un maridaje lleno de «pellizco» culto al que sólo cabría la expresión «¡Qué arte!», y muy bien amplificada, discretamente para no perder el equilibrio necesario con un piano a tumba abierta siempre respetuoso con la voz, a quien se la ha calificado de «torbellino, verdad y garra».

La pianista arrancaba en solitario Granados con La maja y el ruiseñor que daba paso al cante de unas canciones donde la naturalidad de la voz sumándole los ornamentos tan de la copla flamenca engrandecían estas páginas Goyescas llenas de gracia, salero, dramatismo y hondura. Primer bloque que arrancó ovaciones de un público menos habituado a estos recitales pero que valora la calidad así como la apuesta de los programadores por estas propuestas que buscan nuevos públicos, y que los declarados «omnívoros musicales» seguimos apreciando.

La Lorquiana es una selección muy bien engarzada por la pianista que comienza con Almería de Albéniz  para ir modulando hacia el cante de La Jose que va enhebrando El vito, el Zorongo de Federico, la Jota de Falla, El Corpus original que va transitando tonalidades e incluyendo el canto de una saeta de cortar la respiración, La tarara que el propio Albéniz ubica en la Sevilla florida, una Soleá donde el piano eleva la guitarra al séptimo cielo, para arrullarnos con la Nana convirtiendo el negro mantón en bebé imaginado. Y enlazaría la maestra madrileña el Tango de Albéniz con el recitado de «Iberia, el sur del sur» del poeta granadino, tan presente como sentido.

La cantaora tiene un timbre propio y una expresividad no solo con su voz, baila, palmea, jalea, chasquea los dedos y se entrega desde un poderío pleno de amplísima tesitura siempre añadiendo su toque personal a cada obra. Y como bien presentaron al alimón, las tres melodías de «Sefarad» cantadas en ladino con la voz de la alicantina son una joya que brilla aún más por la elección por parte de la pianista de Córdoba y Jerez de Albéniz mostrando no ya el conocimiento de los originales a los que es capaz de «recocinar» y darles el tono adecuado (como en El Corpus), revestirlas e incluso hacerle el dúo en La Serena que resultó nuevamente hondo, sentido y bien construido por este tándem que aúna generaciones, estilos y musicalidad a borbotones.

Y no hubo mejor homenaje al gaditano que ese acercamiento a «El amor brujo» (que me recordó a Lole y Manuel), la Introducción en un piano orquestal,  la Canción del amor dolido llena de verdadero embrujo, la sonoridad bien lograda que culminaría en una Danza del fuego donde Rosa Torres-Pardo jugó desde la candela mínima a la hoguera resplandeciente, insuflando aire para avivar el rescoldo hasta la llamarada, arrancando una inmensa ovación por la pasión, interrumpiendo el último fuego fatuo donde La Jose aportó personalidad a una página que personalmente siempre aposté por voces menos líricas y plegadas al original de Falla (desde la irrepetible Rocío Jurado en la película de Saura, a Estrella Morente o Marina Heredia, pasando por Carmen Linares o las más cercanas por estilo de Pastora Soler o Diana Navarro). Cante y piano que elevaron lo flamenco a la canción de concierto internacional.

Propina igualmente «de raíz» con El paño moruno clásico al piano madrileño, tan natural como popular y flamenco transportado para la voz alicantina, mestizaje y devolución al folklore (como lo fue la Nana) y que sería interesante escuchar las Siete canciones populares españolas por este dúo que al menos prometió Volver cantándonos más que el tango gardeliano, de recuerdo almodovariano con otra gran voz como la ya famosa Rosalía, un guiño más de esta Suite (por fusión o mestizaje) que Torres-Pardo con La Jose llevaron a su estilo, invitando a cantar al respetable que fue imposible seguirles, prefiriendo disfrutarlas solas.

PROGRAMA:

«Una Suite española»

GOYESCAS:

La maja y el ruiseñor

La maja de Goya

El majo tímido

El tralalá y el punteado

Majas dolorosas II y III

LORQUIANA:

Selección de Iberia, de Albéniz y canciones populares de García Lorca (Almería – El vito – Zorongo – Jota – El Corpus Christi en Sevila – La tarara – Soleá – Nana)

Tango de Albéniz / Texto “Iberia, el sur del sur» de L. GarcíaMontero)

SEFARAD:

Los Bilbilicos

Morenika

La Serena

EL AMOR BRUJO:

Introducción

Canción del amor dolido

Danza del terror

Romance del pescador

Danza del fuego

Canción del Fuego Fatuo

Un Sorolla musical en el Cantábrico

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Domingo, 11 de enero, 12:00 horas. Centro Niemeyer, Avilés. “Suena la cúpula”: Saxperience Antonio Cánovas (saxos alto y soprano) & Elena Miguélez (piano)-. «Los sonidos de Sorolla». Obras de Albéniz, Debussy, Ravel, Falla y Guinovart. Entrada: 12€ + 1€ por gestión (!).

Para celebrar al llamado pintor de la luz, Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 – Madrid, 1923), llegaba a Avilés —tras actuar el día anterior en Veguellina de Órbigo dentro del ciclo Passionato— mi querido Dúo Saxperience, formado por el maestro de Totana Antonio Cánovas, al saxo alto y soprano, y la pianista leonesa Elena Miguélez. Ambos, muy vinculados durante años a Asturias como catedráticos del CONSMUPA y especialmente a Mieres (él dirigiendo la AMAM y la Banda Sinfónica del Ateneo Musical, ella al frente de la Coral Cantares), ejercen en la actualidad sus carreras docentes en Murcia y continúan siendo una pareja artística muy querida, algo que se reflejó en la buena entrada registrada en el Niemeyer de la Villa del Adelantado.

Las obras elegidas giraban en torno al Mediterráneo y a esa luz tan característica que, como fuente de inspiración, une a Sorolla con los compositores del programa, buscando fechas y cuadros contemporáneos a las partituras, que a diferencia del concierto escuchado en Mieres hace dos años, en esta ocasión no se proyectaron durante la interpretación -aunque confieso que los tenía perfectamente “guardados” en la memoria-.

El concierto se abría con el conocido Tango, op. 165 (1890), perteneciente a «España, seis hojas de álbum« de Isaac Albéniz (Campodrón, 1860 – Cambo-les-Bains, 1909). Una de las muchas transcripciones existentes —la guitarra ha sido especialmente generosa con esta página—, aquí adaptada para el Dúo Saxperience, con un saxo alto que canta la melodía y un piano que arropa esta habanera tan nuestra. Ambientación sonora muy bien elegida, aunando ese carácter viajero que comparten tanto el compositor como los intérpretes.

Le siguió la Rapsodia (1903) de Claude Debussy (1862-1918), original para saxo y orquesta. El impresionismo musical del francés y el pictórico de Sorolla se dieron aquí la mano en una de las interpretaciones más logradas de la mañana. Destacó el virtuosismo y dominio del saxofonista murciano —y asturiano de adopción—, con una excelente compenetración con el piano en esta reducción orquestal, creando una atmósfera ideal. La peculiar acústica de la cúpula sumó un plus etéreo e impresionista a una página que invita siempre a la ensoñación, con una adecuación por parte de ambos intérpretes al eco más la resonancia que no siempre ayudan y esta vez lograron nuevas sensaciones.

Sin abandonar los aires marineros, llegó la Pièce en forme de habanera (1907) del vasco-francés Maurice Ravel (Ciboure, 1875 – París, 1937), transcripción de la original para voz grave y piano. El saxo alto fraseó sin palabras, mientras el acompañamiento pianístico fue entendido con absoluto rigor. Faltaron, pero nos imaginamos, los Sorolla de niños, playas y barcas, esta mañana el Mediterráneo recreado desde el Cantábrico avilesino.

Tras una breve pausa para el cambio al saxo soprano, se abordaron las Siete canciones populares españolas (1914) de Manuel de Falla (Cádiz, 1876 – Alta Gracia, 1946) en el inicio de las celebraciones para conmemorar los 150 años de su nacimiento. Escritas para voz y piano y adaptadas a innumerables instrumentos, encontraron en el soprano una sonoridad especialmente rica y expresiva, fiel a los fraseos originales, con un acompañamiento pianístico siempre exigente en el arreglo del propio Cánovas.
Buen inicio con El paño moruno; más discreta -pese a la “proximidad geográfica”- la Seguidilla murciana; la Asturiana, auténtico regalo por carácter y expresividad; mejor encajada la Jota; intimista la Nana, con pianísimos que verdaderamente nos acunaron; inicio contenido de la Canción, algo comprometida tímbricamente pero resuelta con profesionalidad, y un Polo de complejo arranque pianístico, excelentemente fraseado en el soprano. Un ciclo siempre agradecido, aunque inevitablemente echemos de menos las letras que seguimos cantando interiormente. De nuevo me vinieron a la memoria los cuadros asturianos de Sorolla, tan bien representados también en el Museo de Bellas Artes de Oviedo.

Regresó Albéniz con Mallorca, op. 202 (1890-91), original para piano y aquí transcrita para saxo alto y piano por el maestro totanero. En esta suerte de barcarola, el protagonismo melódico del viento aporta una sonoridad especialmente envolvente, mientras el piano, liberado de la densidad de la partitura original y cercana a otras versiones con guitarra e incluso «orquestales«, puede recrearse en los detalles. Volví a “ver” a Sorolla con sus barcas de la Albufera, góndolas venecianas… ahora teñidas por los grises a la vera de la ría avilesina.

El cierre del programa lo puso la Fantasía sobre «Goyescas» de Granados (1997) de Albert Guinovart (Barcelona, 1962). De nuevo Don Antonio al soprano, instrumento que mejora notablemente la tímbrica respecto al clarinete original desde su propio arreglo, evocando incluso el color del corno inglés bien arropado por Doña Elena. Obra muy interesante, cargada de referencias como el encargo a Sorolla por la “Hispanic Society of America” en 1917, la inspiración goyesca de Granados y su ópera homónima —vivida en Oviedo hace dos años—. Personalmente, lo más logrado del concierto: Guinovart recupera el modelo decimonónico de la fantasía virtuosa con piano, género hoy injustamente relegado, respetando el lenguaje pianístico de Granados que el compositor barcelonés conoce en profundidad.

Como propina otro compositor catalán de nuestro tiempo, Homenatge a Lorca de Joan Albert Amargós (Barcelona, 1950) sobre Los cuatro muleros: lenguaje actual, jazz y flamenco, con grandes exigencias técnicas que el dúo resolvió con absoluta solvencia.

Una excelente mañana dominical para volver a disfrutar de este dúo de amigos, en una nueva escapada musical a esta tierra donde siguen siendo recibidos con respeto, admiración y cariño.

PROGRAMA:

Isaac Albéniz (1860-1909):

Tango – Op. 165 n° 2. 1890

Arreglo para saxofón alto y piano: A. L. Christopherson.

Claude Debussy (1862-1918):

Rhapsodie. 1903-1905

Adaptación para saxofón alto y piano: Vincent David.

Maurice Ravel (1875-1937):

Pièce en forme de Habanera. 1907.

Arreglo para saxofón alto y piano: Viard.

Manuel de Falla (1876-1946):

Siete canciones populares españolas. 1914

Arreglo para saxofón soprano y piano: Antonio Cánovas.

1. El paño moruno – 2. Seguidilla murciana – 3. Asturiana – 4. Jota – 5. Nana – 6. Canción – 7. Polo

Isaac Albéniz (1860-1909):

Mallorca. 1890

Arreglo para saxofón alto y piano: Antonio Cánovas.

Albert Guinovart (1962):

Fantasía sobre «Goyescas» (1911). 1997

Arreglo para saxofón soprano y piano: Antonio Cánovas.

Una emotiva y plácida gala lírica

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Sábado 10 de enero, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: “Gala Lírica” con Plácido Domingo (barítono), Ismael Jordi (tenor), Sabina Puértolas (soprano), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). Entradas: 89€ y 79€, con la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y el patrocinio de Riesco Abogados y Grupo Resnova.

(Crítica para Ópera World del domingo 11, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias más las de Pablo Piquero)

Nada menos que cuarenta y ocho largos años después de su última actuación en Oviedo, el legendario artista, Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1991, Plácido Domingo, y nuevo director artístico de la Accademia Pucciniana, regresaba a la capital asturiana este frío sábado 10 de enero para protagonizar una gala extraordinaria en un Auditorio Príncipe Felipe rendido y con todo vendido desde hacía semanas, que le vitoreó a lo largo de toda la velada.

Y es que el músico madrileño, que el próximo día 21 cumplirá 85 eneros, sigue siendo el mejor embajador de nuestra lírica y todo un reclamo para seguir llenando cada recital, más aún rodeándose de grandes voces de la “penúltima generación” como son la soprano mañica, y mierense de adopción, Sabina Puértolas (1973) y el tenor jerezano Ismael Jordi (1973), que brillaron tanto solos como en los dúos con el maestro Domingo gracias a un programa muy bien armado con el ovetense Óliver Díaz (1972) al frente de una Oviedo Filarmonía (OFIL) que es ya un referente en la programación asturiana tanto en el foso del Campoamor como en el auditorio de la capital.

En palabras del propio artista en la prensa regional, regresar a Oviedo después de tantos años, me produce una gran emoción. Esta ciudad ocupa un lugar muy especial en mí y me trae recuerdos memorables de los inicios de mi trayectoria artística en España. Estoy feliz de volver en este momento de mi vida”. En 1977 cantaría Tosca y Andrea Chenier, entonces tenor “in crescendo” del que no hace falta recordar una carrera que ha ido amoldando a una voz siempre reconocible aunque los años le llevaran a la cuerda de barítono y en la actualidad esa longeva trayectoria le ha dado todos los recursos y trucos para seguir en activo aunque transporte las partituras para amoldarse a su actual estado físico, por otra parte envidiable, y las necesite en el atril, siempre con una musicalidad y gusto al cantar tanto ópera como zarzuela. Precisamente su primer aria sería “Nemico della patria” como prueba de ese trayecto de tenor a barítono, siempre con una OFIL respetuosa y bien llevada desde el atril por un Díaz que la entiende como pocos, tras abrir velada con la obertura verdiana de Nabucco, página ideal para testar a una orquesta siempre compacta, de sonoridades ricas, secciones muy equilibradas, con Marina Gurdzhiya de concertino y el arpa impecable de un José Antonio Domené que es imprescindible en estos repertorios.

La primera parte operística fue alternando las primeras arias de soprano y tenor con un Plácido verdiano más dos dúos con cada uno de ellos. Primero una Puértolas en estado de gracia (“Mercè, dilette amiche” de las Vísperas), impecable, de agilidades cristalinas y entrega total, después Jordi con el Werther capaz de olvidarnos de Kraus (perfecto su “Pourquoi me réveiller” de dicción, matices, color e interpretación) junto al Macbeth (“Perfidi!… Pietà, rispetto, amore”) de un Domingo que “capea el temporal” pero sigue emocionando por sus tablas y oficio.

De los dúos, empaste ideal con Ismael Jordi en “Au fond du temple saint” de Los pescadores de perlas, otro rol krausiano que el andaluz bordó, más “Udiste?… Mira, di acerbe lagrime”, de Il trovatore junto a Sabina Puértolas que sirvió para cerrar por todo lo alto una primera parte operística de muchos quilates, tras la famosísima obertura de Carmen donde Óliver Díaz llevó a la OFIL como buen diestro de naturales sin engaño.

La zarzuela goza también en Oviedo del mimo y respeto de una afición lírica que entiende y exige, disfrutando cuando las voces responden y la orquesta las ayuda con igual calidad. El famoso intermedio de La leyenda del beso sonó completo y no recortando el arpa virtuosa que abre la parte más conocida de esta zarzuela de Soutullo y Vert. “La aldea” de Domingo no levantó el vuelo cual gavilán ni brilló con el esmalte de barítonos que la han hecho casi carta de presentación, pero escuchar al octogenario interpretarla aunque bajada de tono, sigue emocionando porque son romanzas que hemos heredado de nuestros abuelos y padres conociéndolas casi como “Las 40 principales” de varias generaciones. Otro tanto con la Maravilla de “Amor vida de mi vida” que ha perdido parte del encanto de esta romanza que el madrileño ha llevado por todo el mundo y continúa en el repertorio casi cual seña de identidad de la “segunda etapa” de Domingo.

Antes, otra de las imprescindibles nos la interpretó Ismael Jordi emocionándonos con la romanza de Doña Francisquita (“Por el humo se sabe dónde está el fuego”) de escuela canora canaria por medias voces, fraseo, línea de canto y agudos precisos bien colocados en un estado vocal impecable del jerezano.

Y un verdadero primor Sabina Puértolas en feliz complicidad con batuta y orquesta de El barbero de Sevilla de Giménez (también sonaría el intermedio de La boda de Luis Alonso), virtuosismo vocal que hace fácil lo difícil ante el dominio técnico donde nunca pierde el color y los graves han ganado cuerpo, coquetería no solo en el vestido rojo pasión de esta segunda parte, también en enamorar con una interpretación de presencia absoluta sobre las tablas.

Los dúos elegidos volvieron a traer el empaste perfecto de Domingo, su magisterio y conocimiento de nuestro patrimonio lírico, primero con Jordi en una Marina casi cantábrica de salitre vocal y sentimientos compartidos (“Se fue, se fue la ingrata”) y el grato regreso de Puértolas para el Manojo imprescindible nuevamente brillante y chulapón mezcla de veteranía y juventud que nos recordó tan buenas representaciones en el Campoamor dignas de haberse llevado al disco. El directo siempre irrepetible y la conciencia de estar despidiendo a un Plácido Domingo que se resiste a cortarse la coleta.

Las propinas resultaron una tercera parte con los mismos protagonistas y similares sentimientos, primero La Tabernera con un Domingo que “No puede ser…” más dramatizado que cantado bien arropado por la OFIL y Díaz, unas Carceleras de Chapí impactantes con una Puértolas que hasta jugó con los músicos en todos los registros vocales y escénicos, más un “jondo” Jordi de “Adiós Granada” (Emigrantes), romanza que los grandes tenores han interpretado, y que tanto Kraus como Domingo han popularizado de este cuadro lírico en un acto escrito por Tomás Barrera y Rafael Calleja en 1905, y que el jerezano la bordó de principio a fin con una OFIL versátil, compacta, brillando con el tenor.

Aún quedaba rematar la faena con Soleá y dos Rafaelillos, el famoso pasodoble del maestro Penella, un Gato Montés a tres, que pareció evocar “Los tres tenores” donde Domingo ejerció de maestro de ceremonias, este sábado cual diestro que se despedía en la plaza ovetense (sin cortarse la coleta) dando la alternativa a Puértolas y Jordi toreando este último morlaco lírico del que guardo la grabación para el sello amarillo cantada junto a Verónica Villarroel, Juan Pons y Teresa Berganza más la Orquesta Sinfónica de Madrid bajo la dirección del siempre recordado Miguel Roa. Larga vida a Plácido Domingo y a nuestra lírica.

PROGRAMA:

I

Giuseppe Verdi (1813-1901):

Nabucco, obertura.

Umberto Giordano (1867-1948):

“Nemico della patria”, Andrea Chénier (Plácido Domingo).

Giuseppe Verdi:

“Mercè, dilette amiche”, I vespri siciliani (Sabina Puértolas).

“Perfidi!… Pietà, rispetto, amore”, Macbeth (Plácido Domingo)

Jules Massenet (1842-1912):

“Pourquoi me réveiller”, Werther (Ismael Jordi)

Georges Bizet (1838-1875):

“Au fond du temple saint”, Les pêcheurs de perles (Plácido Domingo / Ismael Jordi).

Carmen, obertura.

Giuseppe Verdi:
“Udiste?… Mira, di acerbe lagrime”, Il trovatore (Plácido Domingo / Sabina Puértolas)

II

Reveriano Soutullo (1880-1932) y Juan Vert (1890-1931):

La leyenda del beso, Intermedio.

Jacinto Guerrero (1895-1951):

“Mi aldea”, Los gavilanes (Plácido Domingo).

Amadeo Vives (1871-1932):

“Por el humo se sabe dónde está el fuego”, Doña Francisquita (Ismael Jordi).

Federico Moreno Torroba (1891-1982):

“Amor, vida de mi vida”, Maravilla (Plácido Domingo).

Gerónimo Giménez (1852-1923) y Manuel Nieto (1844-1915):

“Me llaman la primorosa”, El barbero de Sevilla (Sabina Puértolas)

Emilio Arrieta (1821-1894):
“Se fue, se fue la ingrata”, Marina (Plácido Domingo / Ismael Jordi).

Gerónimo Giménez:
La boda de Luis Alonso, Intermedio.

Pablo Sorozábal (1897-1988):
“Hace tiempo que vengo al taller”, La del manojo de rosas (Plácido Domingo / Sabina Puértolas)

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si me permiten este trato epistolario:

Como todavía queda algo de inocencia (será por los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes cada vez lo llevo peor y no solo por esta tendencia mía a La República) es seguir pasando hojas del calendario aunque la gripe y el «bicho» del Covid n quieren abandonarnos.

Musicalmente, y a la vista de cómo está el mundo lleno de odio, guerras, genocidios y las tristes circunstancias de las que parecemos no aprender, solo pido mantener toda la música posible, a ser posible en PAZ, aunque sé que la salud es el mejor regalo en estos tiempos.

Sin necesidad de aniversarios (que en 2026 hay muchos para celebrar), como todo los años, que son como mi Scalextric, pido poder escuchar en mi tierra la Octava Sinfonía «De los Mil»  de Mahler con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, y la de la Fundación Filarmónica de Oviedo recién nacida tras la «degollada» Universitaria), coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y chicos de hierro, jóvenes pétreos y peques, igual que el de la Fundación Princesa, la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y también alguna escolanía -la Escolanía de Covadonga -la han «desaparecido»- como la luchadora heredera de San Salvador… que sigue recordando a Don Alfredo), junto a solistas de los que tenemos un montón y ¡de primera! en nuestra querida Asturias y de todas las tesituras: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Lola Casariego, María Heres, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa). Sería lo más deseado de mi lista… Para todos ellos siempre les pido a ustedes mucho trabajo, pues los éxitos llegan con el esfuerzo y eso no les falta nunca.
Eso sí, mantengo mi ilusión de contar con Pablo González como director de un acontecimiento que saben me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… y mi tocayu ya dirigiese en Barcelona cuando estuvo de titular, ya que se ha despedido de la OCRTVE, agradeciéndoles que le dieron una orquesta en Tenerife y continúa siendo invitado en las de medio mundo. Ya por redondear este paquete, podrían traernos un concertino para la OSPA, pues llevamos huérfanos y necesitados desde la jubilación de nuestro querido Sasha. Darles las gracias porque nos han traído a un nuevo gerente.
Con la ilusión infantil de este día tampoco quiero olvidarme de pedirles mucho trabajo para Forma Antiqva, esperando les llegue un Grammy clásico (que llevan años mereciéndolo), sobre todo a los tres hermanos Zapico que pese a todo, siguen «a tope» haciendo historia volando desde casa, actuando solos, en otros ensembles, y especialmente en «su formación», así como pedir que sigan grabando nuevos discos, juntos o por separado, pues siempre son el mejor regalo.
También quiero recordar a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes en Madrid a la cabeza de los también docentes como Mario Bernardo o Noelia Rodiles, a Martín García o Henar F. Clavel que siguen creciendo en todos los sentidos, sin olvidarme de mis admirados Diego Fernández Magdaleno, Judith Jáuregui o mi querida venezolana Gabriela Montero, a quienes les vendrá bien seguir trabajando mucho en este recién estrenado 2026.
Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Jorge Muñiz junto a las de la joven e inconmensurable pareja Guillermo Martínez (que este pasado año sigue igual de fructíferoy Gabriel Ordás (que sigue en USA con sus estudios y componiendo nuevas obras), pues siguen estando de lo más inspirados, regalándonos muchos estrenos tal como les había pedido en mi carta del 2025. Gracias señorías…
Y por mantener la ilusión, aunque como decía mi madre «parece que te hizo la boca un fraile» (?), continúo reclamando a los llamados «gestores culturales» les den mucho más trabajo a los de casa, no por patrioterismo o «aldeanismo» barato sino por la calidad contrastada, incluso que varíen de agencias de contratación… saben de sobra que la Cultura ha demostrado resultar la mejor inversión en tiempos difíciles.
De mis violinistas favoritos, que se van haciendo mayores, siguen trabajando. Gracias por traernos desde Bélgica a Valencia a Don Ignacio Rodríguez, y a María Ovín que continúa en la OSPA con el mejor regalo de su reciente maternidad. Que sigan creciendo como personas y artistas, deseándoles que continúen sus éxitos.
Para mi adorada Beatriz Díaz siempre les escribo otra carta porque se merece todo lo que le traigan en este 2026 con mucho más. Además de darle de nuevo las gracias a la asturiana, felicitarla por un repertorio que sigue creciendo aunque no tanto su agenda. Al menos ha estrenado la ópera Faycán, y retornará a nuestro Campoamor con Maharajá, que nos enamoró en 2017. Sigo pidiendo la lleven al Teatro Real de Madrid o al Liceu barcelonés. En Tokio o Brasil ya ha triunfado, en Italia «la piccolina» ya es casi suya, y continúa teniendo fechas por Europa, pero recordándoles que en Londres, Viena o Nueva York aún no se han enterado cómo canta, y Vds. lo saben por ser Magos… la magia de la soprano allerana es tan única como la suya y debemos compartirla. Para la ópera necesitaría otra carta de adulto, pero haciendo caso a mi mamá, que creo está con ustedes, vale ya de pedir… al menos mantenerla en Asturias apostando por títulos nuevos sin olvidarnos de los «top» y seguir dando oportunidades a nuevas voces y públicos.
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir otra misiva más detallada para tantos como tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS). Al menos me consta que los envíos llegan a destino y se agradecen, incluso con emoticonos que ya son universales (🚜💩💩💩💩💩💩💩🐄).
Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalásteis su presidencia en junio de 2018 y ahí seguimos, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2025, esperando ver crecer más su Banda Sinfónica y en un nuevo año acertemos con los dos directores que además «son de casa». Poder mantener el mismo nivel tras casi ocho años sin parar, con ganas de seguir con nuestros «13 Reyes 2.0» que tantas alegrías nos lleva dando junto a los «Toroyos hermanos», y llevando su música, además del nombre de nuestra «Hermosa Villa» lo más lejos posible con una calidad y programas que son la envidia de muchos. Salud es lo importante porque ganas e ilusión no nos faltan.
A propósito, de la música en la educación, tras cuatro cursos fuera de ella, ya ni les pido como el chiste «me quede como estoy» pues sigo comprobando que lo que hay que mejorar son los políticos, y eso no lo arregla ni un milagro. Ya está aquí la generación de ignorantes digitales y adictos al móvil, aunque mantengo la esperanza (es lo último que se pierde) de alcanzar un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia que intenta reescribir la historia a base de tantos eufemismos.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan) utilizando el transporte que tengan (saben de sobra que los carburantes son más caros que el pienso y los eléctricos no tienen autonomía suficiente para un viaje tan largo)… El regalo del ascenso de «el mi Oviedín» ha sido lo mejor del año pasado tras 24 años esperando con mi papá que seguro saltó de alegría con ustedes. Que sigan llenándonos de esperanza e ilusiones todos los días de este 2026.
Y como siempre, que no se me olvide

¡Hala Oviedo!

Pablito, 12 años

Lorca en el CIMCO

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Jueves 18 de diciembre, 19:30. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. CIMCO, “Lorquiana”. Ana María Valderrama, violín – David Kadouch, piano – Cris Puertas, actriz. Obras de: Poulenc, A. Terzian, Debussy, Falla y García Lorca.

(Reseña rápida escrita desde el el teléfono para LNE de viernes 19,  con el añadido de fotos propias, los enlaces –links– enriquecedores, y la tipografía más colores que la prensa no refleja)

Clausura de la actual edición del Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) con el dúo que forman la violinista madrileña Ana María Valderrama y el pianista francés David Kadouch, con un programa en torno a la figura de Federico García Lorca, que ya pude disfrutar en Granada durante el último Festival Internacional de Música y Danza. Su repertorio ya lo han llevado igualmente al disco (que vendían al finalizar el recital), y por el que han recibido el galardón al mejor álbum de música clásica en 2024 por la Academia de la Música Española.

Tras la presentación de Cristina Gestido, la velada se abriría con la «Sonata para violín» FP 119 de Poulenc, gran admirador de Lorca y dedicatario de la misma, intensa, evocadora, lunática llena de luz como el poema interpelado por Cris Puertas.

De la argentina Alicia Terzian (Córdoba, 1 de julio de 1934) llegaron aires tan franceses como los porteños, dos de los «Tres retratos» del Libro de Canciones de Lorca, canto y piano -1954/6-  («Verlaine» y «Debussy»), compenetración musical y poética más allá de las palabras, eterno universo lorquiano.

Seguimos afrancesados y cosmopolitas con el Debussy de su «Sonata para violín y piano» en tres movimientos y poesía interpretada, la luciérnaga de Lorca viva en el verso iluminado por Valderrama y Kadouch, colores caleidoscópicos; acequia, ranas o estrellas protagonistas vestidas de pentagramas a dúo con el fluido impresionismo musical teñido de cante y encanto (Fantasque et léger) reconocido desde postales enviadas a D. Claudio en maravillosa interpretación plena de complicidades.

Lorca, Granada y Falla, terna indivisible como la poesía y el canto de violín y piano, campanas de amanecer en Granada, ímpetus y sonoridades grandiosas canalizados en el arreglo de Kreisler sobre la «Danza española» de La vida breve, con un impresionante despliegue técnico y toda la hondura nazarí.

Breve pausa antes del homenaje y protagonismo absoluto de Federico, músico antes que poeta, con cinco de sus canciones populares por él armonizadas, en espléndido arreglo muy actual de Alberto Martín Díaz junto a la palabra proyectada en la piedra: «Nana de Sevilla«, «Los reyes de la baraja«,  «Zorongo«, «Las tres hojas» y «Las morillas de Jaén», más el regalo de “Los cuatro muleros”. Lírica popular sin palabras, sin voz o guitarra pero con el mismo canto sentido del violín y el piano que nos hicieron “tararear” en silencio junto a estos dos intérpretes inmensos de talla universal… Lorquianos eternamente.

PROGRAMA:

F. POULENC: Sonata para violín, FP 119 (dedicada a F. García Lorca)

I. Allegro con fuoco

II. Intermezzo

III. Presto tragico

ALICIA TERZIAN: Tres retratos (selección)

I. Verlaine

II. Debussy

C. DEBUSSY: Sonata para violín

I. Allegro vivo

II. Intermède. Fantasque et léger

III. Finale. Très animé

M. DE FALLA: La vida breve: Danza (Arr. F. Kreisler)

F. GARCÍA LORCA: Selección de canciones (Arr. Alberto Martín)

I. Nana de Sevilla

II. Los reyes de la baraja

III. Zorongo

IV. Las tres hojas

V. Las morillas de Jaén

VI. Los cuatro muleros

Navidades sinfónicas y solidarias

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos: Concierto nº 1.706 de la Sociedad Filarmónica de Gijón (a beneficio de la Asociación Española Contra el Cáncer). Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, Pedro Ordieres (director). Obras de Schubert y Dvořák.

Mi último concierto del año en  la Sociedad Filarmónica de Gijón resultó una cita que aunaba música y compromiso solidario al celebrarse a beneficio de la AECC en Gijón, y con una extraordinaria entrada que seguro ayudará a seguir invirtiendo en la investigación para seguir una lucha que nunca es suficiente, como bien nos recordó la periodista lenense Laura Mayordomo del diario El Comercio, antes de que sonase la música.

La Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la dirección de Pedro Ordieres, presentó un programa equilibrado y de gran atractivo, con obras de Franz Schubert y Antonín Dvořák, con una plantilla algo desequilibrada donde el viento era casi tan numeroso como la cuerda (esta vez capitaneada por Daniel Jaime Pérez), con todo el “sacrificio” que supone intentar una sonoridad bien balanceada, una especie de ecualización donde el primero baja el volumen y la segunda lo sube, en un ímprobo trabajo cuando además violas y contrabajos quedaban en franca minoría perdiéndose «pegada en los graves». Con todo alcanzaron una calidad que para una orquesta amateur con apenas tres meses de vida, heredera de la desahuciada Orquesta Universitaria que fundase mi siempre recordado Alfonso Ordieres y recuperase su hijo Pedro durante ocho años, una «escuela de vida» que trabaja para unir caminos, aficiones y una experiencia para los jóvenes que pronto ocuparán atriles profesionales, o como reza en su presentación «un espacio donde personas de distintas edades, trayectorias y niveles musicales comparten algo en común: el deseo de hacer música juntas».

Ya en su debut al que tuve la suerte de disfrutar en su “sede”, en la sociedad hermana de la gijonesa, resaltaba el empuje y ganas de trabajar de esta “heredera universitaria” y con parte de este programa, la obertura “asturiana” de Schubert  y solo el primer movimiento de la sinfonía. Para el 22 de abril del próximo año retornarán «a casa» y espero seguir su evolución, deseándoles muchos más conciertos para llevar la música sinfónica allá donde no alcanzan las orquestas profesionales.

La velada se abrió con la Obertura “Alfonso und Estrella”, D. 732 de Schubert, una página infrecuente en las salas de conciertos que permitió asomarse a una faceta menos conocida del compositor vienés. Como señalaba en las notas al programa, que esta vez tuve el honor de escribir, se trata de una obertura en la que Schubert conjuga la herencia clásica con un marcado aliento lírico, anticipando ya algunos rasgos de su madurez. Pedro Ordieres subrayó precisamente ese equilibrio, ofreciendo una lectura clara y bien estructurada, con un discurso fluido y un sonido cuidado, en el que destacó el buen empaste de las cuerdas y la elegante participación de los vientos.

A continuación llegaría la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95, “Del Nuevo Mundo”, de Antonín Dvořák, obra emblemática del repertorio sinfónico y verdadero cruce de caminos estéticos y culturales. Tal como recordaba en las notas al programa, la sinfonía no pretende tanto una cita literal del folklore americano como una síntesis personal entre el lenguaje del compositor y las impresiones recogidas durante su estancia en Estados Unidos. Esta idea encontró reflejo en una interpretación atenta a los contrastes y al desarrollo orgánico del discurso musical. Con alguna permuta en los atriles de la madera la orquesta volvió a trabajar los matices para proseguir con el mismo empuje juvenil y la madurez en la dirección.

Desde el Adagio-Allegro molto inicial, Ordieres planteó una lectura de amplios arcos formales, con una introducción solemne y bien graduada que desembocó en un allegro de pulso firme. El célebre Largo fue abordado con un tempo contenido y una atmósfera recogida, destacando la calidez y calidad del solo de corno inglés, sostenido por un acompañamiento delicado y expresivo que evitó cualquier exceso sentimental, trabajando los matices y equilibrios entre las secciones. El Scherzo, rítmicamente incisivo, mostró a una orquesta ágil y bien articulada, mientras que el Allegro con fuoco final cerró la obra con energía y coherencia, integrando los motivos recurrentes de la sinfonía en un clímax convincente, siempre  bajo el magisterio de «junior». Personalmente quiero felicitar especialmente a los componentes de “mi” Banda Sinfónica del Ateneo Musical de Mieres por sus respectivos solos a Alba García (flauta) y Mateo Velasco (trompeta) porque estoy viéndolos crecer en todos los sentidos, y su participación en la Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo es un escalón más en su formación y toda una experiencia siempre enriquecedora en el largo camino de los músicos.

Como concierto navideño hubo propina con los músicos envueltos en espumillones plateados, manteniéndonos en el continente americano pero bajando hasta México con el agradecido Danzón nº 2 de Arturo Márquez para una orquesta engrosada con más viento, percusión y el piano de Luis López Aragón, que prosigue cursando estudios de dirección orquestal en Oviedo y Alemania.

Público en pie, varias salidas a saludar de Pedro Ordieres, y no podía faltar en este día festejando ya la Navidad el mundialmente conocido villancico Noche de Paz (de Joseph Franz Mohr y Franz Xaver Grüber) en un bellísimo arreglo del avilesino Rubén Díez y el chipriota afincado en nuestra tierra Rafaelos Christofi, ambos presentes en el teatro, digno de banda sonora para alguna de las películas de temática navideña que seguro abundarán próximamente. De nuevo excelente repuesta de todo el teatro con calurosos aplausos, reconociendo tanto la calidad artística de esta propuesta como el valor añadido de una velada en la que música, reflexión y compromiso social se dieron la mano.

En conjunto, un concierto que ofreció una interpretación sólida y musicalmente honesta, sustentada en una lectura reflexiva del programa y en un notable trabajo de conjunto por parte de la Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo.

PROGRAMA

Franz Schubert (1797–1828):

Obertura “Alfonso und Estrella”, D.732

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95, “Del Nuevo Mundo”:

I. Adagio – Allegro molto II. Largo III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro con fuoco

Un enigma que no Falla

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Jueves 11 de diciembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Lucas Debargue (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director), Sofía Martínez Villar (narradora). “Música y enigma II”, obras de Òscar Colomina i Bosch, Ravel y Falla.

Vamos cerrando este año tan musical y volvían las Jornadas de Piano con la OFil y su titular junto al tocayo francés Lucas Debargue (Villers-sur-Coudun, 1990), a quien ya disfrutamos hace ocho años en este mismo ciclo sustituyendo a Martha Argerich, y este jueves recuperando formato de concierto narrado por Sofía Martínez Villar (y autora de las notas al programa que esta vez titula «Evolución ante revolución» para esta segunda edición de «Música y enigma») en la misma línea del que tuvo lugar en mayo pasado, una fórmula didáctica que si entonces gozó de mi aprobación, de nuevo resultó positiva para un público que debe ir renovándose y así se pudo comprobar este jueves (con una sesión matinal para escolares y distintos colectivos  de discapacitados que me consta disfrutaron con este nuevo Enigma que no falla).

The Styx (La Estigia) del director y compositor valenciano Òscar Colomina i Bosch (1977) se estrenó por la Orquesta de València y Baldur Brönnimann en septiembre de 2024, primera de una serie de Mitos para orquesta que exploran tradiciones mitológicas en las que el agua es un elemento central en el paso entre la vida y la muerte. Actualmente está trabajando en la segunda parte de esta serie (tal y como refleja en su web) Pozos del Olvido, comisionada por la Orquesta Sinfónica de TenerifeThe Styx toma como punto de partida el río mitológico que separa los mundos de los vivos y los muertos, evocado en un mundo sonoro descrito por la crítica como «preciso pero fluido», «sugestivo y emocionalmente resonante» y lleno de «paisajes extraños e incorpóreos».

Poco antes de comenzar el concierto me llegaba la triste noticia de la muerte de mi querido Misael Campo tras una dura lucha donde fue ejemplo de resilencia y amor por la música que con tantos colombianos y habanos disfrutamos, así que  escuchar este cruce de la laguna estigia me resultó aún más duro y Caronte fue la obra del valenciano con una OFil sin fisuras para una partitura poderosa, oscura, de amplia instrumentación para vivir con la música un el tránsito que todos haremos pero que nunca deseamos llegue para nuestros seres queridos. La doctora Martínez Villar nos describía en las notas esta «Estigia» definiéndola, la música como símbolo y analizándola:

«La sonoridad grave del inicio, así como el sonido de violines en el agudo, aporta una imagen muy evocadora que remite al enigmático tránsito entre la vida y la muerte. La segunda característica es: la música como narrativa. La forma en la que se desarrolla la obra, mediante grandes terrazas sinfónicas que contrastan y dialogan, genera una sensación muy cinematográfica en la que los instrumentos aparecen y desaparecen como si fueran personajes en un paisaje neblinoso. La tercera es: la conexión emocional. En este tránsito, a través de una línea melódica ininterrumpida en las cuerdas, la obra nos sumerge con sus tensiones armónicas en una permanente sensación de misterio, jugando con las dinámicas más extremas para golpearnos en unos momentos y dejarnos sin aliento en otros».

Sensaciones, emociones y una orquesta siempre dúctil, versátil, madura tras años de trabajo y capaz de afrontar tanto el barroco en el foso como estas obras de nuestro tiempo con un Macías que sabe cómo sacar lo mejor de todos ellos, con la percusión alcanzando a pintar los claroscuros de este cuadro sinfónico. El compositor, presente en la sala, además de saludar al respetable felicitaría una interpretación que a buen seguro le satisfizo. Mi valoración no puedo separarla del estado de ánimo que me dejó un nudo en la garganta.

Celebrando al hispano-francés Maurice Ravel llegaría ese maravilloso Concierto para piano en sol mayor donde su compatriota Debargue supo sacar todos los guiños del compositor en una obra que maneja aires de jazz  en el Allegramante (siempre me viene a la memoria Gershwin), placidez en el Adagio assai central y toda la energía y empuje rítmico del Presto final. El piano sonó siempre en primer plano, lleno de matices, colores resaltados por el arpa de Domené y la celesta virtuosa de Bezrodny, gracias nuevamente una orquesta bien balanceada por Macías, segura sección a sección con una concertación primorosa donde paladear esa escritura única tan buenísima en su instrumentación, de la que The Styx parece haber bebido, siendo el preludio ideal para esta joya de Ravel, que curiosamente nunca fue gran pianista pero dejándonos unas páginas que siguen sonando actuales.

Las notas al programa nos explican que los tres movimientos de este concierto «son un buen ejemplo para descubrir por qué Maurice Ravel se consideraba a sí mismo un compositor de evolución más que un revolucionario. Su música, igual que su personalidad, es una mezcla de sencillez, sofisticación, búsqueda de perfección técnica y sensibilidad con los rasgos musicales de oriente y occidente descubiertos a partir de exposición universal de París (1889). Se mantuvo alejado del lenguaje más rupturista de la vanguardia de su época y siguió utilizando estructuras musicales claras en las que el oído musical se orienta bien, aunque se sienta sorprendido por armonías más disonantes y ritmos irregulares. Todo esto lo vamos a percibir en esta obra fundamental del repertorio para piano que, desde su estreno en 1932, con Marguerite Long como solista y Ravel como director de la Orquesta Lamoureux, no ha dejado de ser interpretada». Y si The Styx me dejaba inquietud, este Ravel pianístico como bien escribe Sofía Martínez, «el resultado sonoro es fascinante ya que al mismo tiempo que sentimos el vértigo del tempo rápido percibimos la seguridad de melodías y armonías muy claras».

Debargue nos regalaría la Sonata en la mayor, K. 208 de «Domingo» Scarlatti impecable por limpieza, riqueza de sonido, intimista, casi romántica y cercana en la interpretación del francés que dejó un buen sabor de boca en este regreso a las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni».

La segunda parte sería mucho más que didáctica, presentada previamente por la pucelana Sofía Martínez Villar, cuyo proyecto «Música y Enigma» desarrollado con la OFil desde la pasada temporada, «nos da la oportunidad de escuchar esta obra de una forma diferente que invita a ir más allá de la escucha mediante una presentación breve y una guía de audición». Así nos ayudó a diferenciar el «Olé gaditano» del «Ole» granaíno, así como conocer el argumento simple (amor y traición) junto a los cuatro personajes del ballet de Falla encargado por Diaghilev más los figurines de Picasso, recordar a María Lejárraga que al fin está saliendo de la sombra y peso de su esposo Gregorio Martínez Sierra

También irían proyectándose las imágenes y textos enriquecedores según iban sonando las dos suites orquestales del gaditano afincado en Granada en las manos de un onubense medio asturiano, descripción de cada uno de los siete números de ambas suites, los motivos, instrumentos, las distintas danzas con sus orígenes e inspiración, morir aprendiendo con evolución antes que revolución. Si hubo algún enigma lo dejo para mis lectores con el simbolismo de la numerología: obras, tricornio y nombres repetidos en este concierto.

Ilustrada por diapositivas proyectadas en grande, primero la Suite nº1 impecable por el gusto, el juego tímbrico, las dinámicas, las intervenciones de los primeros atriles gustándose, «visualizando» el ballet sin necesidad de danzantes porque la música brillaba sola ilustrada por y tras la orquesta. Y la Suite nº2, casi sin pausa y sin aplausos que rompieran la unidad narrativa, una explosión sonora donde la jota final me devolvió a Granada, la «sintonía» en el Palacio de Carlos V que suena como seña de identidad propia de un «Falla que no falla» nunca, el compositor alumno de Pedrell que se sentía español en el extranjero y extranjero en España, pero al menos el tiempo lo ha hecho universal, viviendo (y bebiendo) el París de Ravel pero también de Debussy o Stravinsky. La OFil con Macías nos dejaron una versión sinfónica apta para todos los públicos con una calidad digna de haberse grabado para así poder sumarla a tantas que guardo en mi discoteca, que esta vez sonaron para eMe que seguro estará leyendo estas líneas, con una orquesta compacta y los principales luciéndose todos ellos (de nuevo el lujo al arpa de Domené y las teclas de Bezrodny en una «noche de San Juan» pródiga), pero también del empuje en los timbales y toda la percusión junto a las intervenciones solistas de oboe, clarinete, trompeta o corno inglés, así como destacar las trompas, tuba y toda la cuerda, esta vez comandada por Marina Gurdzhiya, y hasta unos «refuerzos» que se unieron y sumaron a la familia sinfónica para el «Falla que no falla», el nacionalismo que une, pero no unifica, la esencia de nuestra música (y de nuestro día a día)

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Òscar Colomina i Bosch (1977): The Styx

Maurice Ravel (1875-1937): Concierto para piano y orquesta en sol mayor, M. 83

1. Allegramente

2. Adagio assai

3. Presto

SEGUNDA PARTE

Manuel de Falla (1876-1946): El sombrero de tres picos.

Suite nº 1:

1. La tarde

2. Danza de la molinera

3. El corregidor

4. Las uvas

Suite nº 2:

1. Los vecinos

2. Danza del molinero (Farruca)

3. Danza final

Bosques líricos

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Miércoles 3 de diciembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1705 de la Sociedad Filarmónica de GijónTrío Preseli. Crossroads: obras de Berlioz, Rubén Díez, Anthony Randall, Schubert, Gabriel Ordás, António Victoriano D’Almeida y Havelock Nelson.

Siempre resulta interesante asistir a un recital donde la poesía se une con la música, matrimonio indisoluble aunque no esté sobre un pentagrama. Si le sumamos que la formación era el Trío Preseli (creado en 2021) con la soprano María Hinojosa, la trompa de Simon Lewis y el piano de Daniel Pereira González, la sonoridad y tímbrica propia, que ya disfrutamos en este mismo teatro el 3 de abril del pasado año, me servía para volver a titular esta entrada como entonces, «El oscuro romanticismo» pero había mucha música de nuestro tiempo así como dos compositores asturianos que no quería perderme, incluyendo un estreno absoluto.

El programa titulado «Cruzando caminos» (Crossroads) viene perfectamente explicado en el programa de mano (que dejo enlazado) con las notas escritas por el galés Simon Lewis (aún recuerdo su paso por la Oviedo Filarmonía y actualmente en la Bilbao Orkestra Sinfonikoa), que también aprovechó para contar algunas anécdotas mientras cuidaba y limpiaba la trompa. De ellas iré insertando píldoras según voy comentando cada obra, y sobre la originalidad del trío decir que está en su propia idiosincrasia: tender puentes entre las culturas gallega y galesa (pianista y trompista). No faltarían por tanto letras en inglés, gallego, también alemán y por supuesto nuestro castellano, exigencias para una María Hinojosa Montenegro a la que seguimos hace años por nuestra tierra, como todos los cantantes, resulta políglota y estudiosa de cada idioma para poder expresar tanto de unos textos que dejo enlazados y la propia Sociedad Filarmónica de Gijón ubicó en varios lugares con un código QR para poder descargarlos e ir siguiéndolos a medida que se iban escuchando (me consta que no había tiempo para proyectarlos, aunque así evitábamos «distraer la mirada» y concentrarnos en la audición, que a menudo realizo con los ojos cerrados). Seguir aplaudiendo la incorporación en Spotify© de las listas con las obras de cada concierto en versiones de referencia y añado los links (enlaces).

La primera parte sería un tanto oscura aunque la variedad tímbrica de la trompa del galés daba los destellos para no caer en las tinieblas, la soprano sabadellense volcaba su expresividad desde cierto intimismo interiorizado y el piano del gallego compartía el protagonismo que toda «canción de concierto» conlleva.

La Captive (La Cautiva) (1832-1834) de Hector Berlioz (1803-1869), compuesta sobre un poema de Les Orientales de Victor Hugo, es una de sus melodías más significativas. Escrita inicialmente para voz y piano durante su estancia en la Villa Medici, el compositor francés la revisó y orquestó en varias ocasiones. Un hito en la evolución de la mélodie francesa, la pieza marca la transición desde la romanza hacia una expresión más profunda y sofisticada. El poema muestra a una mujer que, aunque reconoce la belleza del lugar donde está cautiva, no puede disfrutarlo. Recuerda con nostalgia su tierra, donde podía vivir y relacionarse libremente. La hermosura del entorno solo acentúa su tristeza y deseo de recuperar la libertad perdida.

Tras el inicio de trompa y piano, María Hinojosa arranca cantando en francés «Si yo no estuviera cautiva», casi literal porque no parecía disfrutar en el registro grave, ya de por si oscuro, y lo difícil de entender la pronunciación, pero su color vocal se adaptó a esta obra compleja.

Introspección (2021) del asturiano Rubén Díez (1977) es una obra que musicaliza el Soneto nº 10 de Emilia Pardo Bazán y en el que se reflexiona sobre la fugacidad y la futilidad de la vida, ya que todo termina desembocando en la muerte, representada por los intervalos de quintas y cuartas a cargo de la trompa. A partir de ese momento la obra se llena de sensaciones íntimas fruto de la aceptación del destino inexorable que todos compartimos.

El pianista, director y compositor avilesino conoce bien la escritura vocal y el papel del piano, añadiendo la tímbrica variada de la trompa (en vez de la viola original) para otra página sombría, interior, dolorosa como el propio soneto de la escritora gallega (La muerte, triste, pálida y divina, / al fin de nuestros años nos espera / como al esposo infiel la fiel esposa) que el trío asumió con el beneplácito del propio Rubén Díez que acudió a felicitarlos tras escucharla.

Do Not Go Gentle Into That Good Night (1999) del compositor galés Anthony Randall (1937-2023), quien empieza su vida profesional como trompista en todas las orquestas importantes de Londres y con conciertos como solista en Londres, Aldeburgh, Edimburgo y Lucerne. Fue profesor de trompa y director del departamento de metales en el London College de música y de la Royal Military School of Music Kneller Hall. La pieza se basa en el poema de Dylan Thomas, No entres dócilmente en esa noche quieta, obra maestra de la lengua inglesa, traducida a varios idiomas y conocida alrededor del mundo. Thomas se inspiró en la muerte de su padre y el poema explora la difícil relación paternofilial.

Interesantes las obras de este profesor y trompista, compatriota y colega de Lewis, así como la elección del poema del galés Dylan Thomas (1914-1953), obra maestra de la lengua inglesa traducido a varios idiomas. Traducido como «No entres dócilmente en esa noche quieta» y nuevamente la muerte que sobrevuela en texto musicado. Conjunción sonora del Preseli con una Hinojosa casi expresionista o «bergiana» en vocalidad, dramatismo, fraseos e incluso respiraciones, revestida en el ambiente por la trompa virtuosa en tímbrica y el sustento del piano.

Der Hirt auf dem Felsen (El pastor en la roca) (1828) de Franz Schubert (1797-1828) es posiblemente la última obra que el compositor vienés escribió y fue pensada para la gran cantante de la Ópera de la Corte de Berlín, Anna Milder-Hauptmann. Ella le había pedido no un Lied —que ya había escrito para ella—, sino una auténtica pieza de lucimiento y que pudiera representar diversas emociones. El texto expresa el lamento de un pastor que, junto a su rebaño, espera la llegada de la primavera, cuando podrá volver a ver a su amada. Lanza su voz al valle y escucha el eco que regresa. Al darse cuenta de lo lejos que ella está, lo invade una profunda tristeza, lo que da lugar a la sección central. Pero el pensamiento de la primavera renueva su energía y esperanza, y la obra pasa a una tercera sección alegre, danzante y virtuosística. El eco, que comienza y termina la obra, lo interpreta la trompa.

Al fin un poco de luz en este bosque sombrío, el mago de la melodía y la mejor herencia vocal para una obra que sobrepasa el lied por la originalidad, manteniendo la voz femenina llena de sentimientos encontrados, las contestaciones de la trompa y el piano armando esas melodías que transitan desde la esperanza a la tristeza con ecos pastoriles casi alpinos. La primera parte abriría una ventana a la segunda más alegre pese a un ambiente siempre grisáceo, atlántico, incluso cantábrico tan de este otoño que ya es invierno en nuestra tierra.

El compositor Gabriel Ordás (1999) comenta sobre su obra de estreno Bosque (2025) «el crepúsculo, la densidad del aire, la altura de los árboles, el canto de un pájaro, el eco distante… En mi primer contacto con el poema de Ángel González que inspira esta obra, me sentí transportado a un bosque donde las últimas horas de sol teñían de naranja los árboles en un día frío. Esta escena congelada en mi mente persistió a lo largo del proceso compositivo de la partitura, retrotrayéndome al pasado y llevándome a retomar las primeras tres notas de mi obra Luces de un cielo nocturno, que aluden precisamente al atardecer, pero haciéndolas repetirse aquí una y otra vez hasta volverlas un cuerpo hierático. El verso ‘Andas. No dejan huellas tus pies’ inspiró el segundo tema de la obra, que cita lejanamente el preludio Huellas en la nieve de Claude Debussy, una de las mejores representaciones de pasos jamás escritas en pentagrama. En los últimos compases ambos temas suenan simultáneamente, entremezclándose y desapareciendo, sugiriendo la belleza de aquello que se percibe como eterno, pero es efímero».

La estancia neoyorquina del ovetense que sigue ampliando estudios, le está viniendo bien no solo en lo formativo donde ya está encontrando un estilo propio, también la inspiración fuera de casa y esta obra que no pudo encontrar mejor día e intérpretes para su estreno mundial. Para los asturianos Ángel González (1925-2008) es nuestro poeta de cabecera y mucha producción suya ha sido musicada por distintos autores y géneros, así que Gabriel se suma a la lista con este trío donde la voz de María Hinojosa fue creciendo en confianza, entrega, dicción, matizada con su «dúo de trompa» y una piano donde se respira la raíz del compositor que lo lleva en los genes aunque sus pasiones son amplias y así lo ha volcado en este Bosque tan asturiano de principio a fin, bien sentido por catalana, galés y gallego.

Tres Cançōes op. 92 (1993) de António Victorino de Almeida (1940) están compuestas sobre textos de José Carlos González, y originales para soprano, trompa y piano, ejemplifican el estilo armónico variado y sofisticado de Almeida, conservando un bello lirismo con un cierto sabor atlántico, donde las disonancias forman parte del ambiente sonoro con total naturalidad. Uno de los compositores portugueses más prolíficos y versátiles, además de pianista, director, escritor y figura mediática, Victorino de Almeida inició su carrera como niño prodigio, componiendo ya a los cinco años y a los siete ofreciendo su primera audición pública. Formado en el Conservatorio Nacional de Lisboa y en Viena, desarrolló una intensa actividad internacional, incluida su labor cultural en la Embajada de Portugal en Viena. Su catálogo abarca prácticamente todos los géneros: música para piano, cámara, orquesta, ópera, banda sonora, fado y numerosas obras para cine y teatro. También destacó como divulgador musical en radio y televisión, y como escritor, y sigue siendo una figura central de la cultura musical portuguesa contemporánea.

El carácter portugués lo asociamos a la saudade tan cercana a la morriña gallega, pero estas canciones de Almeida también tienen un estilo cercano y escritura muy actual, y encontraron en el trío su mejor vehículo expresivo. O Malabarista nos habla de «silenciosos equilibrios donde solo queda el dolor de vivir, un fantasma olvidado por el viento nocturno», texto y música unidos en esas tres patas que sustentan esta primera canción y prosiguen cantando «Tres gritos de advertencia suspenden la noche. Tres ecos responden, tres armas apuntan. Y la espada del viento renueva su látigo. En los rostros ya fríos que los dedos encuentran«. Tres número mágico antes de la segunda, A veces una nube que nos canta «Otoño prematuro desciende tras los edificios (…). A veces un barco pierde el rumbo y ancla en el tiempo. A veces es difícil saber dónde, cómo y cuándo. El tiempo del Amor es nuestro y de todos nosotros», música transatlántica de versos certeros e interpretación ganando enteros, especialmente por la soprano catalana que se sintió más cómoda en esta tesitura. Y la tercera canción «Una larga despedida» que abre los balcones de la mañana, de nuevo el amor dibujando su rostro de sal en la playa vacía, aires cercanos y juegos tímbricos donde la música del lisboeta António Victorino de Almeida no solo subraya los poemas del escritor, traductor y técnico de la Biblioteca Nacional Portuguesa José Carlos González (1937 – 2000), hijo de gallegos emigrados al país vecino, el Trío Preseli nos perfumó con el salitre gallego hasta El Muro en una interpretación cargada de expresividad en la lengua de Pessoa.

Three Poems by Geraint Jones (2010) de Anthony Randall musicaliza los poemas de David Rhys Geraint Jones y está cargada de tragedia. Los poemas son descripciones de pérdida y anhelo y se tornan más conmovedores al saber que fueron escritos solo unos meses antes de la muerte prematura del poeta en la campaña de Normandía en 1944. Las melodías y armonías que acompañan las palabras solo añaden tristeza y sentimiento a esta emocionante obra.

Sonaba nuevamente Anthony Randall lleno de angustias que el trío transmitió con el dramatismo de una ópera breve que firmarían Schoenberg o Webern, pues el ambiente expresionista se respira tanto en los poemas como en la partitura. Tres capítulos (Let Me Not See Old Age (Que yo no vea la vejez), A Joy too deep for words to say (Una alegría demasiado profunda para vocalizar) y Your peace is bought with mine (Tu paz se gana con la mía), tres intérpretes, emociones triplicadas y un momento de profundidad musical rotunda que deja desarmado al oyente con el Trío Perseli que es un referente para la música de Randall. Pero al menos quedaba Irlanda, una Asturias a lo grande que siempre transmite juventud, optimismo, ganas de vivir, y pese a la climatología sigue siendo una tierra que visitar.

Four Irish Songs (Cuatro Canciones Irlandesas) (1993) de John Havelock Nelson (1917- 1996) fueron compuestas solo tres años antes de su fallecimiento, son originales para este ensemble de soprano, trompa y piano, y muestran su estilo caracterizado por la claridad, el humor refinado, la escritura accesible y una inclinación hacia el color local, combinando tradición folclórica con un lenguaje tonal elegante. Están dedicadas al trompista británico Ifor James y a su madre, la soprano Ena Mitchell. Compositor y director irlandés cuya carrera combinó la música con la investigación académica, John Havelock Nelson se formó en Dublín en piano, órgano y composición, y realizó estudios superiores en el Trinity College. Cofundó en 1939 los Dublin Orchestral Players y, desde 1947, desarrolló una larga trayectoria en la BBC de Belfast.

Cuatro canciones escritas por el compositor irlandés y originales para esta formación de trío, juguetonas, socarronas, marineras… Lovely Jimmie (Querido Jimmie) de ambiente portuario que canta la duda de volver a pisar tierra, Poor Auld Ass (Pobre burro viejo) donde la trompa rebuzna y la soprano, manos en los bolsos del pantalón, nos hace reír y penar a la vez por el aspecto del animal, Lovely Armoy, adorable despedida al pueblo pesquero con música acorde al texto, para terminar con Linking O’er the Lea (Caminando por la pradera), de letra intraducible, inventada, picarona buscando al buen joven que se cuela en casa ajena para pernoctar con la criada. Al fin la alegría de la noche tras atravesar bosques espesos, oscuros, trágicos, dolorosos, con el Trío Preseli fiel intérprete de cada página y donde disfrutar al fin de una María Hinojosa siempre segura, conocedora del tortuoso camino que la traería sana y salva tras «cruzar caminos» que solo el trabajo y buen hacer alcanzan la meta.

Y la propina sería gallega, hermosa y sentida Lela tradicional con músicas de distintos autores, aquí en el arreglo de Juan Durán (Vigo, 1960) que en la ampliación de Lewis para su trío- llena de color esta partitura muy conocida, programada y versionada de una música nuestra y tan cercana, con la letra de Castelao.

PROGRAMA:

Crossroads

I

Hector BERLIOZ (1803–1869):

La captive (1832-1834) H 60 -texto sobre un poema de Les Orientales de Víctor Hugo

Rubén DÍEZ (1977):

Introspección (2021) -texto de Emilia Pardo Bazán, Soneto nº 10-

Anthony RANDALL (1937–2023):

Do not go gentle into that good night (1999) -texto sobre un poema de Dylan Thomas

Franz SCHUBERT (1797–1828):

Der Hirt auf dem Felsen, D. 965 (1828) -Texto de Willhelm Müller y Wilhelmina von Chézy (versos V y VI)

II

Gabriel ORDÁS (1999):

Bosque (2025), estreno absoluto -sobre un poema de Ángel González

António Victorino D’ALMEIDA (1940):

Tres Cançoes, Op. 92 (1993) -sobre textos de José Carlos González

O malabarista

Por vezes uma nuvem

Uma longa despedida

A. RANDALL:

Three Poems by Geraint Jones (2010) -textos sobre poemas de David Rhys Geraint Jones

Let me not see old age

A joy too deep for words to say

Your peace is bought with mine

Havelock NELSON (1917–1996):

Four Irish Songs (1993) -Canciones tradicionales irlandesas-

Lovely Jimmie

Poor Auld Ass

Lovely Armoy

Linking O’er the Lea

Propina:

Juan DURÁN (1960):

Lela (texto de Alfonso R. Castelao)

Oviedo barroco

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Martes 2 de diciembre, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Conciertos del Auditorio: Emőke Baráth (soprano), Carlo Vistoli (contratenor), Le Concert d’Astrée, Emmanuelle Haïm (órgano y dirección). Scuola Napolitana: obras de Durante, D. Scarlatti, Leo, Locatelli y Pergolessi.  Fotografías propias y de Borocz Balasz (E. Bartáh), Nicola Allegri (C. Vistoli), Marianne Rosensthiel (E. Haïm) y WarnerClassics / Erato (Le Concert d’Astrée).

Como bien anunciaba ayer Jonathan Mallada en el diario LNE (colaborador del ciclo) «La capital del Principado mantiene, de este modo, la estética barroca que predominó en los espectáculos musicales durante el mes de noviembre con el «Orlando furioso» de Vivaldi en la Ópera de Oviedo y los conciertos de «Les Arts Florissants» y «Le Jardin des Voix» en los «Conciertos del Auditorio» y de Shunske Sato al frente de la OSPA». Y parece claro que el Barroco, que tiene su propio ciclo en primavera junto al CNDM, atrae a mucho público, también joven, en parte por tratarse de un repertorio agradecido de escuchar, que explicaba hace años a mis alumnos es como el rock del siglo XVIII por su estructura o duración. Oviedo, a quien no me cansaré de llamar «La Viena Española» gracias a unos gestores que llevan años trayendo lo mejor del panorama musical internacional hasta Asturias, prosigue en el mapa español con Le Concert d’AstréeEmmanuelle Haïm (París, 11 de mayo de 1962) tras Barcelona, abriendo diciembre, y Madrid (miércoles 3) para finalizar en París el próximo viernes 5 esta gira de la formación fundada en el año 2000 (siendo conjunto residente en la Ópera de Lille desde 2004) por la clavecinista y directora francesa, unas bodas de plata con un programa interesante centrado en la llamada «Escuela Napolitana», repertorio en el que son formación de referencia, el antiguo reino español con el sabor del Tirreno en un XVIII que respiraba arte por todas partes, y por supuesto mucha música.

Las dos partes se abrían con sendas obras instrumentales, el Concierto nº 5 en la mayor para dos violines, viola, violonchelo y bajo continuo de Durante, y la Sinfonía fúnebre en fa menor, D.2.2 para cuerdas y bajo continuo de Locatelli, admirables ambas donde la formación de cuerda (incluyendo el archilaúd) y el órgano más la dirección de Haïm demostraron las cualidades por todos reconocidas: empaste, afinación, dinámicas amplias, contrastes en los tempi y una sonoridad envidiable, limpia, clara, con David Plantier de concertino. Se notó el trabajo preparatorio para estos cuatro conciertos que seguramente acabaran en grabación, pues no hubo desperdicio en toda la tarde.

Sobre el quinto concierto de Durante mi admirada y querida langreana Lorena Jiménez, musicóloga y periodista, escribe en las notas al programa que «presenta la división más moderna en tres movimientos, con un enfoque más cercano a las soluciones formales y estilísticas del concerto veneciano, pues en aquellos años había una amplia circulación de los Concerti de Vivaldi (con la típica sucesión rápido-lento-rápido) en el ambiente napolitano», con tres movimientos (Presto-Largo-Allegro) muy bien llevados, esa fusión entre el rigor contrapuntístico y la frescura melódica del incipiente ‘estilo galante’, pura energía contagiada por la directora y teclista, para unir el ritmo de la danzante giga alegre y acelerada junto a unos pasajes fugados perfectamente delineados por su formación.

De la sinfonía de Locatelli nos cuenta que «(…) es el único compositor que no forma parte de la Scuola Napoletana. Pertenece, en cambio, a esa tradición de violinistas-compositores italianos como Vivaldi, Tartini, Geminiani y Nardini. Predominantemente oscura y sin el virtuosismo de sus conciertos para violín, Locatelli compuso esta Sinfonía fúnebre en fa menor para cuerda y clave con motivo de las exequias de su mujer celebradas en Roma. Con tres de sus cinco movimientos en Fa menor, responde a las convenciones dieciochescas asociadas a la muerte y las celebraciones funerarias, y concluye con un reconfortante movimiento (la consolazione) en Fa mayor», que en la interpretación de Le Concert d’Astrée se optó por mantener el órgano en todo el concierto, ayudando a una sonoridad propia válida para unas obras donde lo espiritual -más allá de lo religioso- predominó, sinfonía casi plegaria entre movimientos graves y menos lentos, con el violín como protagonista («no el pirotécnico de L’arte del violino, sino al arquitecto emocional de una ceremonia, donde cada acorde conforma el adiós final» como lo describe Viviana Reina), casi operístico, acompañado por un bajo continuo sombrío pero de presencia suficiente, plena teatralidad y la riqueza expresiva que caracteriza al barroco de la formación francesa.

Las voces solistas serían las verdaderas protagonistas, dos cuerdas y colores que brillaron tanto por separado en la primera parte, como a dúo en la segunda. Ambas venían de cantar Händel el pasado día 16 de noviembre con Jarouskky y el Ensemble Artaserse.

Para esta gira, comenzarían con dos Salve Regina distintas, dos perspectivas de dos compositores, ambos ejemplos purísimos de la música religiosa barroca italiana de finales del siglo XVII y de su paso a la ópera barroca. La de Domenico Scarlatti por parte del contratenor italiano Carlo Vistoli, y la de Leonardo Leo con la soprano húngara Emőke Baráth. Del primero nos cuenta Lorena que «(…) fue compuesta entre 1756 y 1757 (poco antes de su muerte) en su época en la corte de Madrid, ciudad a la que había llegado desde Lisboa, siguiendo a su patrona María Bárbara de Braganza. Observen cómo se detiene y cambia de carácter en “ostende”; “O clemens”, el momento más emotivo de la obra (con disonancias incluidas), nos prepara para el “Amen” final (allegro), en un estilo mucho más operístico». Por su parte en las notas al programa de Madrid, Viviana Reina Jorrín nos habla de los «cambios de entonaciones y aires según la dulce madre es alabada o invocada en busca de ayuda. Las palabras han pasado a la música, enriquecidas con recursos compositivos tales como la alternancia frecuente entre modos mayor y menor, cambios de textura y distintos motivos o ideas musicales que expresan y resaltan el sentido del texto». Vistoli mostró lo mejor de su voz, con una técnica sólida y un timbre idóneo, fraseos muy cuidados, corpóreo en todos los registros, de agudo redondo y grave poderoso, unido a una dicción clara y muy expresivo, dejándonos una interpretación primorosa con el acompañamiento refinado del orgánico.

La Salve Regina de Leo es un motete más luminoso y extrovertido, casi «mozartiana», llena de agilidades vocales, pasajes virtuosísticos, y ese tratamiento tan operístico y teatral del texto litúrgico, que Reina Jorrín describe: «se combina con la contención expresiva de la música sacra, desplegando un estilo galante en el que el brillo melódico no se impone, sino que halaga. La obra mantiene un refinado contrapunto interno y cada parte del texto es tratada con un carácter propio, a menudo precedida de breves introducciones instrumentales. Al final de la plegaria, tendremos la seguridad de que hemos vivenciado la lucidez de quien aprendió a expresar lo sagrado». Emőke Baráth nos brindó una interpretación en esa vía de religiosidad teatral, de sonoridad amplia y matizada, con los da capo de ornamentaciones muy cuidadas, agilidades precisas, buenas notas tenidas, enorme musicalidad y una proyección vocal excelente, de nuevo bien arropada por una cuerda y continuo que subraya la expresividad del texto con una dirección siempre atenta a la solista.

El plato fuerte sería el Stabat Mater (1736) de Pergolesi, una de las obras más conmovedoras e interpretadas del repertorio sacro, que con los «mimbres» de la primera parte ya augurábamos el éxito por el perfecto empaste de los solistas, de colores bien diferenciados, con la voz prístina aguda de Baráth y el contratenor Vistoli poderoso en los graves, que en los «cruces» melódicos brillarían igualmente. Cada número, de los doce de que consta esta maravilla sacra, sería un placer para el oído: la húngara entregada, el italiano rotundo, ambos de una paleta vocal impecable y rica, con los textos bien articulados y unos fraseos subrayados por el orgánico. El primer dúo (Stabat Mater dolorosa) ya marcó el nivel, Baráth prosiguió con el Cujus animam gementem verdaderamente «andante amoroso», de nuevo a dúo el lento O quam tristis (dúo) y la primera aria rápida a cargo del italiano, Quae moerebat et dolebat, agilidades precisas, color carnoso y el ropaje «a medida» de Le Concert. Expresividad máxima en el dúo lento Quis est homo con el Pro peccatis suae gentis, antes del hermosísimo Vidit suum dulcem natum donde la soprano volvió a derrochar musicalidad, dicción, fraseo, matices y un estilo que domina de principio a fin. Como «espoleado» no quedó a la zaga el contratenor con el Eia Mater donde cada palabra subrayada por el ensemble, tomaba cuerpo y carácter teatral alto ante la expresividad demostrada. En los dos números siguientes a dúo, Fac ut ardeat cor meum y Sancta Mater la plegaria jugaba con el color bien mezclado de ambas voces, los sobretítulos contagiaban a seguir respetuosos e imaginar tantas representaciones pictóricas y escultóricas de esta Madre Dolorosa. Avanzaba la emoción con Vistoli (Fac ut portem Christi mortem) y el auténtico momento «flamígero» del dúo Inflammatus et accensus. Cambios de tonalidad y expresión que la cuerda reflejaba igualmente, claroscuros que irían dibujando poco a poco el final a dúo del último Quando corpus morietur con el Amen, así sea que levantó los bravos de un auditorio casi a tope.

Las notas para Oviedo reflejan que el autor fue «uno de los representantes más destacados de la Scuola Napoletana, su expresivo y emotivo Stabat Mater (con su variada línea melódica, largas notas pedales, disonancias, y esas palabras “dolorosa”, “lacrimosa”, “gementem” y “tristis et afflicta” llenas de pathos), fue durante años el Sabat Mater de referencia, y hasta Rossini dudó antes de componer su propia versión, convencido de que nadie habría podido realizar una mejor versión. Wagner llegó a definirlo como “una obra absolutamente perfecta” y Bellini lo bautizó como “el divino poema del dolor”. Pergolesi pasó sus últimos días en el convento franciscano de la ciudad de Pozzuoli (Nápoles), donde se había retirado por el empeoramiento de su salud, y allí fue donde aceptó un último encargo de la Confraternita di Santa Maria dei Sette Dolori, que necesitaba un nuevo Stabat Mater para la celebración del Viernes Santo, porque el de A. Scarlatti se había quedado obsoleto. Como señala el musicólogo italiano Alberto Basso, “la secuencia de Pergolesi constituyó una muestra significativa del nuevo clima sentimental y patético introducido en la música sacra por obra del estilo napolitano (intercalando arias y dúos), pero sin alardes vocales inútiles, y más bien sencillo, cantabile, afectuoso y delicado, melancólico y casi nunca hierático». Y las notas madrileñas destacan que en esta obra «se conjugan la textura dúo-solista con una orquesta de cuerdas reducida, que permite a la voz habitar un espacio íntimo, casi confesional. Las doce partes se suceden con una unidad emocional impecable. Una retórica afectiva traduce el dolor sacro en una sensibilidad íntima y teatral, típica del barroco tardío italiano. Los silencios, las cadencias plañideras, los gestos melódicos que suben para luego caer tristemente, construyen una dramaturgia interna que transforma el sufrimiento en forma sonora. En este canto, la muerte no es un abismo, sino un umbral que se cruza con lágrimas y luz»

Después dos propinas, de Roma a Londres, donde disfrutar de estos los intérpretes, nuevo catálogo colorido por parte de los solistas sobre un lienzo sonoro que Emmanuelle Haïm brindó para iluminar casi dos horas de excelente barroco en este arranque del último mes del año, pero aún queda diciembre para volver a «los clásicos»… que contaremos desde aquí, pues la oferta sigue siendo amplia y difícil la elección.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Francesco Durante (1684-1755): Concierto nº 5 en la mayor (Presto – Largo – Allegro).

Domenico Scarlatti (1685-1757): Salve Regina para voz solista, cuerda y continuo en la mayor.

Leonardo Leo (1694-1744): Salve Regina para voz solista, cuerda y continuo en fa mayor.

SEGUNDA PARTE

Pietro Antonio Locatelli (1695-1764): Sinfonía fúnebre en fa menor, D.2.2 (Lamento: Largo – Alla breve ma moderato Grave – Non presto – La Consolazione: moderato)

Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736): Stabat Mater, P. 77:

Stabat Mater dolorosa / Cujus animam gementem / O quam tristis et afflicta / Quæ mœrebat et dolebat – Pro peccatis suæ gentis / Quis est homo qui non fleret 7 Vidit suum dulcem natum / Eja Mater fons amoris / Fac ut ardeat cor meum / Sancta Mater, istud agas / Fac ut portem Christi mortem / Inflammatus et accensus / Quando corpus morietur – Amen.

INTÉRPRETES:

Emőke Baráth, soprano – Carlo Vistoli, contratenor

LE CONCERT D’ASTRÉE:

Primeros violines: David Plantier (concertino), Giorgia Simbula, Rozarta Luka, Clémence Schaming

Segundos violines: Stéphanie Pfister, Agnieszka Rychlik, Yan Ma, Yuki Koike

Violas: Michel Renard, Diane Chmela, Delphine Millour

Violonchelos: Mathurin Matharel, Annabelle Luis

Contrabajo: Ludovic Coutineau

Archilaúd: Shizuko Noiri

Órgano y dirección: Emmanuelle Haïm

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